Mikoto abrió los ojos y parpadeó, para ajustarse a la oscuridad. Sentía el cuerpo calentito, y dejó salir un bostezo.

Estaba fundida contra el pecho de Madara, sus manos alrededor de ella. Un hombre desnudo la apretaba por detrás, y miró por encima del hombro, intentando ver si era Obito o Fugaku.

Por lo que podía ver, era Obito. Frunció el ceño. ¿Dónde estaba Fugaku?

—Estás despierta —murmuró Madara.

Agachó la cabeza, tímida, sonrojada, contenta de que él no pudiera verla bien en la oscuridad.

Sus brazos la estrecharon y él le metió la cabeza bajo su barbilla.

—¿Estás bien?

Asintió contra su pecho. Estaba muy bien. Nunca se había sentido tan bien en toda su vida. Se acurrucó mejor entre sus brazos, amando la sensación de seguridad que tenía, estando allí. Levantó el rostro, acercando los labios a su oreja.

—¿Dónde está Fugaku?

Madara se tensó ligeramente, pero continuó acariciándole la espalda.

—Se fue a su dormitorio —dijo quietamente.

—¿Por qué?

Madara miró fijamente el techo.

—No duerme bien. Tiene pesadillas. No quiere que lo escuchemos.

Mikoto se sintió preocupada. Había visto el tormento en los ojos de Fugaku, pero ¿qué le habrá pasado en Konoha como para aterrarlo hasta en los sueños?

—Fugaku fue capturado detrás de las líneas enemigas, los de Konoha lo abandonaron a su suerte al parecer. Estuvo preso durante varias semanas, antes de que nuestros hombres lo rescataran. No ha sido el mismo desde entonces.

—Entiendo, ¿no mencionó nada al respecto? —en el mundo shinobi hay que prepararse para esas experiencias de torturas extremas.

Madara suspiró.

—Desearía saberlo. No quiere hablar sobre ello.

—¿Van a callarse, para que pueda dormir? —exigió Obito, la voz era amortiguada por la almohada.

Ella se rió y le dio un codazo.

Parecía tan natural estar en la cama con esos dos hombres, confortable, fácil, sin apremios.

Obito se volvió y deslizó el brazo por encima de su cuerpo.

—Estoy contento de que no te hemos matado.

Ella sonrió.

—Pero que modo de morir.

—Ven a acurrucarte en mis brazos. Madara te tuvo toda la noche—se quejó Obito.

Soltó la risa, pero lo abrazó y recostó la cabeza en su tórax.

—Ahora cierra los ojos y vuelve a dormir —le pidió él.

Cerró los ojos, maravillada por la dicha que sentía.


Cuando Mikoto volvió a despertarse, la luz del sol entraba por la ventana, casi cegándole, mientras abría los ojos. Estaba sola en la cama, cosa que la decepcionó.

Un rápido vistazo al reloj le dijo por qué estaba sola. Eran casi las nueve.

Se flexionó, estirando el cuerpo. Se sentía dolorida, pero increíblemente bien. Sacó las piernas fuera de la cama, gimiendo cuando los músculos protestaron.

Empezó a coger una toalla para cubrirse y entonces se rió del absurdo de la idea. Por el contrario, caminó desnuda hasta el baño. La idea de un largo baño caliente sonaba como el cielo.

Abrió el agua y pronto, el vapor llenó el baño. Cuando había bastante agua en la bañera, entró. Suspiró cuando la envolvió el agua caliente.

Se recostó en la tina y cerró los ojos, permitiendo que el agua la envolviera. Las imágenes de la noche anterior llenaron su mente. Su cuerpo hormigueó, sus muslos se estremecieron, los pezones se endurecieron en respuesta.

Había sido la mayor experiencia de su vida. Si no permanecía con los hermanos Uchiha, ¿qué más podría esperar del sexo? No creía poder encontrar a alguien que la satisficiera como ellos.

Y estaba el hecho de que no tenía ningún deseo de irse de su lado y extrañaba a su clan. Estaba cansada de huir, cansada de vivir con miedo, ¿cómo lograrían detener al consejo para que no se entrometieran en donde no les llamen? ¿Cómo lograría proteger a ambos clanes en esos momentos en que mas la necesitaban?

Su conversación con Obito del día anterior, le rondó por la cabeza. La verdad era, a pesar de todo, ya estaba enamorada de ellos.

Suspiró. Debería estar feliz. Pero en cambio, estaba llena de pavor.

Agitó la cabeza, no deseaba analizar la sucia realidad. Tomó el jabón, se frotó el cuerpo y se enjuagó deprisa. Cuando estuvo lista, salió del agua y se envolvió en la toalla.

Salió en busca de sus ropas, sin saber en dónde las habían dejado Obito y Fugaku, cuando volvieron de la excursión de compras del día anterior. Su estómago se estremeció. ¿Había sido el día anterior cuando los Hyuga atacaron el barrio?

Suspiró seria, al comprender a cuantos tuvieron que verse afectados porque ella tenía miedo. Le dolía en extremo dañar tanto a ambas familias.

Se acurrucó en la cama, presa de un ataque de estrés.

—¿Mikoto? ¿Qué está mal?

Vio a Obito en la puerta, mirándola preocupado.

Se acercó y se arrodilló delante de ella, le tomó suavemente las manos y entrelazó sus dedos.

—¿Qué te pasa, muñeca?

—Tenían razón —lloró—. Soy totalmente inútil para liderar un clan.

Tomó su barbilla y la forzó a enfrentarlo.

—Vístete y reúnete con nosotros en la sala. Tu piedad por proteger a la familia es lo que te hará una líder perfecta y recordada por la historia.

Ella lo miró fijamente, atreviéndose a esperar que pudieran mantenerla a salvo y evitar así ser la causa de sus muertes.

Él se incorporó y la besó en la frente.

—Tus ropas están en el primer cajón —salió, dejándola vestirse.

Revolvió en el cajón y sacó una camisa púrpura y un vestido. Para su sorpresa encontró un paquete con bragas de algodón y dos sostenes de su talla además de sandalias ninjas a juego.

Se vistió rápidamente y se dirigió a la sala. Se detuvo en la puerta, disfrutando de la vista de los tres hombres. Fugaku echado en el sofá, con sake en la mano; Obito en el escritorio con los pergaminos; Madara cerca del fuego, con aspecto impaciente.

Madara levantó los ojos y la miró, sus ojos eran ardientes como las llamas y se sobresaltó al ver sus ojos.

—¡Que rayos le pasó a tus ojos Mikoto! —gritó sorprendido al ver que en vez de ser grises claros, se estaban obscureciendo.

Sintió que la abandonaba su confianza. Ella sabía lo que sucedía, implica que la pérdida de su virginidad, sus ojos cambian su tonalidad hacia los ojos de su marido y podrían volverse más obscuros si estuviese embarazada de ellos. Tuvo el loco deseo de huir al dormitorio, donde estaría segura. En cambio, dio un paso en frente, cruzando los brazos protectoramente sobre el pecho.

—Que opinas, no pueden retractarse en que seré su matriarca y si están grises muy obscuros es que su primer hijo se está gestando y mis días están contados —dijo Mikoto de forma seria.

La expresión de los hermanos no tenía precio, estaban congelados, asustados e impresionados. Nunca imaginaron darse cuenta que eran padres de esa forma.

Era común entre las mujeres Hyuga de ser muy fértiles cuando tienen una salud general muy endeble, pero con una genética muy fuerte

Obito fue el primero en despabilar, se levantó, cruzó la sala y la tomó de la mano.

—Ven. Tenemos mucho que hablar —dijo, mientras la empujaba dentro de la sala.

Se sentó en el sofá, a pulgadas de Fugaku. Se sentía en un punto sin retorno. Debía abrir secretos de su clan para que comprendieran la situación a la que se enfrentaban. Con esos ojos era prioritario volver a su casa para averiguar como debía enfrentar el embarazo sin morir en él y si volvía sin ellos la matarían por faltar a las obligaciones del clan.

El peso de la decisión pesaba sobre sus hombros.

—Es hora de hablar —dijo Madara. Caminó hasta un taburete y lo coloco frente a Mikoto y se sentó en el.

Analizó a Obito y a Fugaku, midiendo sus reacciones. Obito la miraba, atento. Fugaku no mostraba ninguna emoción en su rostro.

—¿A que te refieres que tus días están contados?—continuó Madara.

Su corazón se aceleró, batía dolorosamente en el pecho. Abrió la boca para hablar, pero se le había secado.

Para su sorpresa, Fugaku se giró y la agarró por la mano; su gesto la confortaba. Se concentró en él, intentando descubrir sus pensamientos. Él la miraba fijamente, con una expresión indescifrable.

—Bien, Mikoto —dijo perezosamente—. ¿Qué vas a hacer? No podremos ayudarte realmente si no conocemos como se maneja tu clan.

—No es tan simple —dijo calma.

Fugaku puso un dedo bajo su barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos.

—Pruebanos entonces, veremos que tan simple sale.

Se levantó, abrazándose por la cintura.

—Es sabido por toda mujer Hyuga que cuando pierdes la virginidad tus ojos cambian un poco hacia el color de quien te la quitó, si quedas embarazada de ese encuentro se tornan aún mas cercano al color del padre, su significado es sombrío porque implica que tu estado de salud es extremadamente frágil para soportar el embarazo normal y el kekkei genkai procura sobrevivir dejándote muy fértil y con embarazo múltiple. Si se dan cuenta en cuanto tiempo se cambiaron mis ojos pueden detectar que es en muy poco tiempo, debemos regresar a la mansión Hyuga para encontrar la información para que sobrevivamos todos, yo y los niños—señalando a los tres—. Una forma que no me maten a pedradas cuando miren mis ojos es que se presenten ustedes casi como corderitos a degollar por tomar a la líder del clan. Y la otra es que invoque el kaiho* para derrocar al consejo de ancianos y sus reglas. Pero igual en ambas siempre habrán heridos y no quiero que eso suceda.

—Cariño, escúchame —le pidió Madara, girándola hacia él—. Ya tienes a nuestros hijos en tus entrañas y son los que por sangre tendrían el liderazgo de este clan. No permitiremos y tampoco el clan que esos niños mueran o se queden sin padres, informaremos al clan que realizaremos el kaiho.

—No me preocupo por mí —quería gritar de frustración. ¿Por qué no lo entendían?

—Dijimos que cuidaríamos de ti —dijo Fugaku calmamente—. Si algo nos sucediera, no podríamos cuidarte, y por otro lado el clan ya te adoptó y te adoran porque los salvaste. Por lo tanto, por prometerte que vamos a protegerte, puedes estar segura de que ningún bastardo va a tocarnos.

—Tienes un don con las palabras —dijo Obito.

La absoluta convicción de la voz de Fugaku la hizo dudar.

—La pregunta es ¿tienes este tipo de fe en nosotros? —dijo Fugaku, levantando la ceja al indagarla.

Había dado la vuelta a la situación, en su contra. Si persistía con las protestas, demostraría su falta de confianza en ellos. ¡Maldito sea!

Madara la abrazó por la cintura y la acercó a su pecho.

—Dinos que hacer hime para que ese kaiho se logre, que debemos hacer para ayudarte.

—Por quienes son debe ir el clan completo, dejar en la entrada a los niños, los adultos avanzan por los jardines y quedan en las puertas y nosotros cuatro y posiblemente su madre entramos a la mansión, entramos a la sala del consejo y reto a muerte al que preside el consejo y empieza la batalla en que nadie puede interferir y una vez muerto se les pregunta al resto si aceptan que como líder cambiaré todo el reglamento interno de la casa o se les corta la cabeza.

—Entonces está decidido —dijo Madara, la determinación brillaba en sus ojos—. Afilaremos las espadas y te entrenaremos para que logres matar a ese viejo.

Abrió la boca para protestar, pero él la silenció con un dedo.

—Confía en nosotros, cariño.

Ella suspiró. El problema era que confiaba. Era una locura. Siempre se le enseñó que debían ser enemigos, y aún así confiaba en ellos, más que en cualquier otra persona.

—De acuerdo —aceptó.

Madara bajó la cabeza y la besó hambrientamente. Empujo la mano en su pelo, acariciando su nuca, mientras su lengua hurgaba en la boca de ella.

Cuando se apartó, ella estaba jadeando.

—Bien, debo decirlo, esto es una sorpresa —declaró una voz femenina.

Mikoto giró y vio a una pelirroja alta, con una banda de Konoha.

Madara juró.

—Maldita seas, Kushina, ¿no sabes llamar a la puerta?