Fugaku agarró a Mikoto por la muñeca y la empujó detrás de él. Su rostro se oscureció con ira y Madara avanzó, esforzándose para salvar una situación potencialmente peligrosa. Sabía que a Fugaku no le gustaba Kushina, y si ella amenazaba a Mikoto, temía lo que su hermano pudiera hacer.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Y qué es lo quieres? —exigió Madara.
Kushina levantó la ceja, sorprendida por su rabia.
—La pregunta es ¿qué está ella haciendo aquí? —preguntó Kushina señalando a Mikoto con la cabeza—. A menos que esté equivocada, tiene una misteriosa semejanza con la hime Hyuga desaparecida, del informe que está en Konoha.
Maldición, Maldición, Maldición. ¿Por qué tuvo qué aparecer Kushina justamente ahora?
—Su clan declaró que fue secuestrada —continuó Kushina—. ¿Qué tiene que decir la señora sobre eso?
—No fui secuestrada —dijo Mikoto.
Fugaku la mantuvo detrás de él y miró duramente a Kushina.
—Como puedes ver, está perfectamente —dijo Fugaku, frío—. Estoy seguro de que sus servicios son necesarios en otro lugar. No aquí.
Kushina titubeó.
—Nunca te gusté —agitó la cabeza—. Pero no es ésta la cuestión. La cuestión es que tengo a un representante de ese clan fastidiando a todos en Konoha para que encuentren a la líder desaparecida. Le advierto como una Uzumaki que si te quedas 1 semana más sin dar reporte de ti misma te quitará el poder el consejo de tu clan, mas te vale ahorita ir a declarar en la oficina mas cercana de la alianza que estas haciendo una diligencia como líder de clan y que regresaras cuando termines. Preferiblemente lejos de cualquier influencia impropia —completó, mirando intencionalmente los tres hermanos.
—Sobre mi cadáver —murmuró Madara.
—No va a ninguna parte, cerca de esos bastardos —dijo Obito.
Kushina suspiró y llevó la mano a la cadera, cerca su porta-kunais.
—Veo que no van a facilitarme esto.
—Iré —dijo Mikoto, moviéndose para quedar en frente de Fugaku.
Madara sintió un aprieto en el corazón y el miedo invadió sus ojos.
—No, cariño. No irás.
Lo miró preocupada.
—No os causaré problemas. Iré.
—Maldita sea —dijo Fugaku—. Kushina te puede tomar aquí la maldita declaración.
—Miren, no sé que demonios está pasando aquí, pero necesito la versión de la hime. Sin la presencia de tres trogloditas mirando sobre mi hombro. Necesito que venga conmigo. No me fuerces a usar la fuerza, Madara. Sabes que no quiero hacer esto.
—Que demonios es tú problema, Kushina—exclamó Obito, sorprendiendo a Madara por la ira de su voz.
—Estoy haciendo mi trabajo —declaró—. Me mentiste cuando pregunté si la habían visto. Tengo a un hombre muy importante, atosigando a todos en la ciudad, buscando a la líder de uno de los mas prestigiosos clanes shinobis. Su nueva líder, podría añadir. Ahora la encuentro aquí. Me parece muy preocupada, así que quiero hablar con ella a solas, porque necesito oír de su propia boca que está pasando.
—No tiene miedo de nosotros —precisó Fugaku.
—Bien. Entonces, puede venir conmigo y explicármelo.
A Mikoto se lo cortó la respiración, intentando no dejarse llevada por el pánico. No podía dejar que los hermanos tuvieran demasiados problemas, solo por estar protegiéndola. Ya era la hora de actuar por sí misma. Madara dijo que ellos la ayudarían con su clan. Tendría que ir con Kushinay explicarle algo de todo esto. En caso contrario, se liberaría todo un infierno.
Se movió en dirección de la mujer, determinada a no dejarse intimidada. Fugaku agarró su brazo e intentó traerla de vuelta. Se volvió a él, intentado alejar el miedo de los ojos.
—Tengo que hacer esto —dijo.
—Iremos contigo —afirmó Fugaku.
Negó con la cabeza.
—No, no pueden. Es algo que tengo que hacer sola.
La incertidumbre brilló en los ojos de Fugaku, y por un momento, creyó ver miedo. Entonces, su expresión se endureció en una máscara impenetrable.
—Volveré —dijo suavemente.
—No me gusta eso —protestó Obito.
—Esos bastardos Hyuga no deben acercarse a ella —murmuró Madara—. ¿Me oíste, Kushina? Conseguirás tú maldita declaración, pero mantén a esos bastardos alejado de ella. Estoy encargándote de su seguridad.
Mikoto se sorprendió por la dureza de su voz. Kushina asintió, después señaló la puerta.
—Después de usted, milady.
Mikoto volvió a mirar los tres hermanos, con una súbita ola de incertidumbre. No quería dejar la seguridad que había encontrado aquí.
Antes de que pudiera seguir a Kushina, Madara dio un paso y la abrazó contra él. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, como infundiéndole fuerzas.
Kushina se dispuso a salir y Mikoto se giró para marcharse. Saliendo, tembló de frío.
Empezaron el recorrido saltando de rama en rama, sintiendo un nudo en la garganta, según aumentaba la distancia de la cabaña.
—¡No podemos dejarla ir! ¡Está embarazada!—dijo Obito.
Fugaku permanecía donde lo dejó Mikoto, con los ojos en la puerta.
Madara se pasó la mano por el pelo, preguntándose que demonios han hecho.
—No confío en esos bastardos. Voto que bajemos la montaña y nos quedemos vigilando las cosas. Si Mikoto nos necesita, iremos. Será mejor que quedarnos sentados aquí.
Obito asintió.
Madara miró a Fugaku, que aún no se movía.
—¿Vienes con nosotros?
—Se fue —dijo con voz cansada—. ¿Cómo sabremos que quiere volver?
Aunque la declaración de Fugaku enojó a Madara, supo que expresaba sus miedos.
—Se fue para protegernos y a nuestros hijos —dijo Obito—. Y es nuestro deber protegerla y a ellos tambien.
—Vamos. Estamos perdiendo el tiempo —dijo Madara. No tenía ningún deseo de arbitrar una pelea entre sus hermanos menores.
Mikoto y Kushina viajaron en silencio hasta la ciudad. Kushinaparó delante de un edificio de madera, pequeño, que alojaba la oficina del representante de la alianza. Mikoto se tensó. Su corazón se disparó. Detectaba chakra Hyuga dentro de la oficina.
—No me dijiste que él estarían aquí —protestó, mirando a Kushina con ojos furiosos.
Kushina se encogió los hombros.
—Son tus protectores. ¿En qué otro lugar estarían? Están enfermos de preocupación por su culpa.
—No sabes nada sobre ellos—escupió Mikoto.
Kushina le lanzó una rápida mirada.
—Mire, dicen que fue secuestrada. Si no lo fue, bien. Solo entre, firme la declaración y puede seguir su camino.
Mikoto abrió la puerta con las manos temblando, anduvo hasta la entrada y esperó a Kushina.
Cuando entró, secó las manos en el vestido. Encontraría suficiente valor. Lo haría. Podía hacer eso. Ya tenía el poder para frenarlos, y no iría con ellos, pasara lo qué pasara. Era su oportunidad de dejar las cosas en claro.
—Mikoto-sama. ¡Que bien que se encuentra en buen estado!
Mikoto se estremeció cuando la voz de Hizashi produjo eco por de la sala, y se encontró rápidamente en sus brazos. Se alejó deprisa y puso la mayor distancia posible entre ellos.
Hizashi se giró hacia Kushina.
—Gracias por traerla. Si no le importa, nos vamos. Quiero estar seguro de que no está herida.
Mikoto jadeó.
—No voy a ninguna parte contigo.
Hiashi la miró, y sus ojos brillaban peligrosamente.
—¿Es lo que creo que veo? Milady si usted ya hizo el ritual de unión, debe presentarlos urgentemente a la mansión
—¿Crees que no lo sé? Iremos, solo ve y dile al consejo que ya hice el ritual y en poco tiempo presentaré a mi familia política.
Mikoto se alejó, mirando a Kushina, pidiendo su ayuda.
Kushina interfirió:
—Caballeros, lady Mikoto ya expuso sus disposiciones, vayan a hacer sus encargos.
—Nos retiramos —dijeron los gemelos con la voz llena de enojo—. Cuidese, Mikoto-sama.
Pasaron por al lado de Kushina y cerraron la puerta detrás de él.
Mikoto escuchó un zumbido y sintió que iba a desmayarse.
—Aquí —dijo Kushina, empujando una silla—. Quizá debería sentarse.
Mikoto se sentó en la silla, y sus manos estaban apretadas en puños. Lo hizo. Se enfrentó a ellos sin herirlos, y venció. Ahora todo lo que quería era volver con Madara, Obito y Fugaku.
—¿Tienes alguna invocación para que pueda enviar un mensaje? —preguntó con voz ronca.
Kushina llamó a un sapo que estaba allí.
—Allí lo tienes.
Mikoto se levantó y se acercó al escritorio, y escribió en un pergamino un mensaje.
—¿Sabes como encontrar a los hermanos Uchiha?
Kushina se lo dijo, con una familiaridad que molestó a Mikoto. Dejó el mensaje con la rana y esta desapareció en un poof. Después de eso, esperó.
Los hermanos llegaban a la ciudad, cuando se les paró de frente una rana. Madara leyó el mensaje que les traia.
—¿Madara?
Oyó la voz de Obito.
—Quiere que la recojamos donde Kushina
Echó un vistazo a Fugaku, y vio alivio en el rostro de su hermano.
Llegaron a la ciudad y se acercaron a la oficina de Kushina. Madara frunció el ceño, cuando vio salir a los gemelos de la ciudad.
—Hijos de puta —juró Obito—. Estaban allí.
Madara aceleró el paso.¿Le habrían hecho algo? ¿Kushina les permitió que le hicieran daño?
Los hermanos salieron corriendo hacia la oficina.
Madara llegó primero a la puerta y la abrió, buscando a Mikoto en el interior. La tensión lo abandonó cuando la vio sentada, detrás del escritorio. Ella levantó los ojos, y con un grito, se lanzó en sus brazos.
Él la abrazó.
—Gracias a Dios que están bien —él dijo en un murmullo.
Ella lo agarró con más fuerza, su rostro estaba enterrado en su cuello.
—Lo hice —susurró—. Mandé a avisar mi compromiso.
Madara acarició su pelo y besó su sien, y la satisfacción recorría sus venas. Con desgana, la sentó. Igual de rápido, Obito la tomó en los brazos, abrazándola tan fuerte como Madara. La besó ligeramente, su alivio era evidente.
Del otro lado de la sala, Kushina se quedó con la boca abierta. Sus ojos se abrieron mucho, al entender. Madara sabía que la compresión la dolía.
—No era yo —dijo despacio—. Nunca fui yo... eran ellos.
Madara no fingió no haberlo comprendido. Pasó la mano por el pelo y se acercó a Kushina.
—Cometí un error —admitió honestamente—. Eres una buena mujer, Kushina.
—Aparentemente, no lo suficiente —dijo afligida.
Madara suspiró. No quería una escena, especialmente delante de Mikoto. El plan inicial era unir sus clanes con Kushina, hasta pensó que sus hermanos podían sentir lo mismo, pero no lo hicieron. Obito reaccionó con indiferencia y a Fugaku no le gustó. Sabía que nunca iba a funcionar entre ellos, pero seguía pasando tiempo con ella. Fue una buena compañía y alguien con quien tomar sake. Pero no estaba destinada a ocupar un lugar en su corazón. Este lugar estaba reservado a Mikoto.
Vio el dolor en los ojos de Kushina y anheló no haber sido él el culpable.
—Debemos irnos —dijo Fugaku, hablando por primera vez—. Va a nevar.
—Necesito que ella firme la declaración —dijo Kushina—. Después, se podrán ir —buscó en su mesa y encontró un papel y un bolígrafo. Mikoto los agarró y miró el papel en blanco.
—¿Algo en particular? —preguntó suavemente.
—Cualquier cosa que quiera —contestó Kushina—. Solo hazlo rápido. Tengo trabajo que hacer.
—Ya es suficiente, Kushina—dijo Madara y su voz era más dura de que pretendió.
Mikoto garabateó tres líneas, firmó y puso el papel sobre la mesa, y se volvió. Caminó hacia la puerta, en donde Obito y Fugaku la esperaban. Estaba lista para irse.
—Déjame traer tu abrigo —le pidió Fugaku—. Olvidaste traerlo.
Salió de la oficina y volvió treinta segundos más tarde con el abrigo, la ayudó a vestirse y pasó protectoramente el brazo alrededor de ella.
—Yo la llevo.
Madara asintió y miró como Obito los seguía. Se volvió hacia Kushina, con los labios apretados.
—Entiendo qué estás disgustada, pero no es una razón para ser una bruja con Mikoto.
Kushina se enrojeció por la reprimenda.
—¿Entonces no hay nada más a decir, verdad? Que tengas una buena vida al lado de tú pequeña y débil muñeca.
Madara estrechó los ojos ante el insulto, pero se negó a discutir. Mikoto lo esperaba para volver a casa. Y eso era todo lo que importaba.
Se giró y se fue.
