Crudo


Corre… su corazón se agito dentro de su pecho, juraba que casi podía escupirlo por su garganta. Corre… el sudor frío mojaba su tunica y sus pies helados no sentían la dureza de las piedras en el patio. Corre… porque nadie merece perderlo todo, nadie merece ser tan desdichado ¿O si?

¿Qué hizo mal?, la pregunta le repercutía una y otra vez en la cabeza, siempre fue obediente, siempre fue honesto y fiel a sus principios, era un niño feliz, si es que así se le podía decir, tal vez carecía de padres amorosos como otros, pero el palacio rebozaba de gente agradable, y aun así, esta siempre terminaban por abandonarlo, como Kandra, como Ilkur y Luana.

Cuando escuchó que ambos habían cometido la estupidez de entrar a la jaula de los leones para buscar la pulsera de Ilkur, lo primero que hizo fue ignorar el grito colérico de su padre, y correr con todas sus fuerzas, lo segundo fue enojarse, nadie podía ser tan imbécil como para ir a un lugar que destilaba peligro, excepto esos dos imprudentes. Cuando llegó a la escena, las antorchas y los criados rodeaban el lugar, el tumulto de gente le impedía acercarse, contando con los guardias que al reconocerlo intentaron prohibirle el paso, pero Gilgamesh era demasiado necio, demasiado autoritario, no tuvieron más que acceder al capricho de su señor, porque evidentemente ahora Gilgamesh sería el rey, y nadie podía negarle nada.

Cuando sus ojos encontraron el rastro de sangre, el oxigeno se le escapó de los pulmones, sus ojos casi se nublaron, pero fue la tierna y débil voz de Ilkur lo que lo regreso a su realidad, buscándola por todas partes, rezando a su madre, esa que decían era una diosa, fuera verdad lo que sus oídos habían captado. Entonces fue que la encontró, en una camilla mientras un par de hombres la llevaban al interior del palacio, estaba llena de sangre y mugre, pero viva…

—¿Y Luana? —la voz le tembló —. ¿Dónde esta Luana?

Hubo silencio, las miradas se encontraron unas con otras, y antes de que la gente comenzara a ofuscarlo, Urur llegó abrazando a Gilgamesh y colocándole una capa encima, sus ojos estaban hinchados, había llorado, Gilgamesh la interrogó con remordimiento en la mirada, ella sonrío débil, cansada.

—A él ya se lo llevaron, ven, vamos adentro, no es seguro estar aquí, todavía no cierran las jaulas.

Lo tomó de la mano mientras lo condujo dentro del complejo. Silencio, solo silencio. Gilgamesh esperó afuera de la habitación donde sus amigos eran atendidos, lo habían intentado sacar de ahí, pero el temperamento del pequeño rey era más grande, lo dejaron cumplir su voluntad. Tal vez ser un rey no era tan malo, pero para Lillah, aquello era una actitud infantil e inmadura, Gilgamesh debía estar pensando en otras cosas, en lugar de preocuparse por dos mugrosos.

La mañana siguiente Gilgamesh despertó en el regazo de Urur, había pasado tiempo desde que sintiera la protección de alguien, Luana era un bastardo afortunado, tenía una madre que se preocupaba por él y lo amaba.

Todos dormían, Gilgamesh aprovecho eso para al fin entrar a esa habitación prohibida, abrió la puerta despacio, procurando el menor ruido, y se asomó, seguía oscuro, pero tibio, producto de la chimenea en la que ahora solo quedaba un fuego casi extinto y mucha ceniza. Cerró la puerta tras su espalda y caminó despacio, temeroso, era la primera vez que no daba pasos firmes y seguros, lentamente se acerco a la cama de Luana, observó los moretones y las vendas en su cuerpo, de ser otra situación seguramente se burlaría de él, pero en el fondo, algo le decía que aquello era más grave de lo que aparentaba. Luego se dirigió a la cama de Ilkur, aún con vendas y moretones, la seguía viendo linda, su cabello estaba intacto, gracias a los dioses, sonrió algo avergonzado y se atrevió a acariciarle algunos mechones, se sorprendió al descubrir que era suave.

—Gil… —él respingó cuando la voz de Ilkur lo llamó —. ¿Qué haces aquí?

La voz sonaba débil, pero aliviaba el corazón de Gilgamesh, estaba viva y eso era lo que contaba.

—Ayer no me dejaron verlos… —agachó la cabeza avergonzado, Ilkur logró sonreír, Gilgamesh sintió que el estomago se le revolvía y frunció el ceño, ahí estaban de nuevo esas emociones —. Ahora, soy el rey —desvió la mirada.

—Oh... —ella articulo y miró al techo —. Serás un buen rey —lo decía de corazón, a pesar de sus diferencias, Gilgamesh siempre había sido un excelente amigo.

—Sabes… Yggar dice que un rey necesita una reina —, el arrebol de sus mejillas era inevitable, Ilkur se mordió el labio ahogando una carcajada que si la soltaba, seguramente le dolería hasta el ultimo de sus músculos, estaba débil y dolorida.

—Comprendo —, no era momento para hablar, no cuando hace una noche un león enorme los había casi asesinado.

No hubo más tiempo para conversar, los guardias entraron obligando a Gilgamesh salir del lugar, se despidió con la promesa de volver por la tarde… pero la tarde no llegó. El rey debía partir a su nuevo palacio en el centro de Uruk.


Me han contado de Plagiacci ha llegado a la ciudad, tal vez eso lo anime.

Doctor, yo soy Plagiacci.

Rorschach


Deposito su puño izquierdo sobre la mejilla para sostenerla, otra vez, debía escuchar las peticiones del pueblo, otra vez debía escuchar las adulaciones falsas de los sacerdotes y señores del consejo, otra vez… ¿Cuánto tiempo pasó ya? Tal vez dos o tres años… ¿A quién le importa?, Gilgamesh bufó cansado, obviando la situación, algunos sacerdotes tradicionalistas fruncieron el ceño ante la actitud del rey, continuaba siendo un crío, con catorce. Y sin embargo, ese crío ya había logrado hacer prosperar más a Uruk que ningún otro rey, aun que no todo dependía de él, Yggar, lo acompañaba como su mano derecha. Si iba a abandonar el palacio de la diosa Ninsun, lo haría llevándose al hombre más sabio.

Lillah vocifero encolerizado cuando lo planteo, pero Gilgamesh era el rey, e Yggar no se negó ante el joven, necesitaba un guía, y el anciano se había ganado el respeto, e incluso cierto cariño de aquel joven.

—Ha sido suficiente por hoy —, con pesadez se levantó del trono. —Pueden ir a hacer cualquier otra cosa, no me fastidien ahora —gruño mientras se retiraba, dejando atrás a la larga fila de personas que esperaban.

¿Cómo un honesto y dedicado niño había cambiado tanto?... Yggar sabía la respuesta, el anciano era el ancla que aun mantenía a Gilgamesh medianamente cuerdo. Todo había comenzado el verano pasado.

La insistencia del rey por visitar el palacio de su madre, había sido tal que no hubo otra opción más que cumplir el decreto, o su amenaza de no fungir en su cargo sería cumplida, las amenazas de Gilgamesh siempre se cumplían, el joven rey actuaba, siempre actuaba. Yggar escuchó con entusiasmo la avivada voz del rey que ansiaba volver a ver a la gente del palacio, la cocinera Urur a la que llevaría a su residencia para prepararle de comer personalmente a él ¡El rey!, también se llevaría a Ilkur y Luana, serían una familia.

El viaje, aun que cansado, no apagaba el ánimo de Gilgamesh, cuando hubieron llegado, sin importar el cansancio, busco a su familia, pasando de largo e ignorando a Lillah en el acto.

Otra vez estaba solo… Urur había muerto, Gilgamesh había escuchado sobre una plaga que había azotado al pueblo, pero no esperaba que esta se adentrara en los muros del palacio, trago grueso y pidio que lo llevaran hasta donde sus restos descansaban, esa mujer había sido una segunda madre, apretó los puños con impotencia ¡Debió habérsela llevado junto a Yggar! El sentimiento de culpa lo embargo. Se arrodillo frente a la tumba mientras suspiraba resignado, al final todos se iban.

¿Gilgamesh? —esa voz, esa hermosa voz…

Se giro esperanzado, la miró, seguía siendo hermosa… sin embargo… algo no estaba bien, y es que Ilkur aun poseía esa hermosa cabellera negra, pero, un parche aun le cubría el ojo izquierdo, y uno de sus brazos estaba oculto en la tunica que llevaba consigo, sin contar que detrás de los mechones de cabello espeso, se asomaba un manchón de color marrón abultado.

—… —agachó la mirada, Ilkur sonrió melancólica.

Creí que no volverías, ahora eres el rey —pasó de largo para depositar un ramo de flores en la tumba de Urur —. Me contaron que la capital de Uruk es hermosa, y que el palacio es el triple de grande que éste.

Si —la respuesta fue seca—. ¿Y Luana?

Temió por la respuesta, pero a cambio recibió una sonrisa.

Él esta bien, supongo que te gustaría verlo.

Porque aun que él fuera el rey, aun que vistiera con finas túnicas y la corona le adornara la cabeza, para Ilkur, Gilgamesh seguía siendo el mismo niño fastidioso por el que suspiraba. Camino junto a él mientras platicaban de todo y nada, las respuestas de ella eran precisas, casi como si ocultara algo más que la simple charla sobre su vida común, no habían tocado en nada el tema de la jaula, ese horroroso escenario. Llegaron a una pequeña casa a mitad del mercado, Ilkur ahora vivía con su padre, el mercader, y con ella Luana, luego de que falleciera su madre. Las cosas habían cambiado tanto en tan poco tiempo. El mercader se sorprendió al ver al rey pisando su humilde choza, Ilkur trato de tranquilizarlo y Gilgamesh volvió a reír por primera vez en bastante tiempo.

Llamaré a Luana —se disculpo mientras se quitaba la capa y se escabullía hasta un pasillo.

Pasó un tiempo medianamente largo, antes de escuchar un par de ruedas acercándose. Gilgamesh se quedo mudo, todas las palabras de regocijo, todo el fulgor de volver a ver a su amigo se apagó cuando observo a Luana en una silla de ruedas, sin una pierna, y con la cabeza gacha, las palabras sobraron, no hubo nada que decir, Ilkur también se quedo en silencio. Pero no era el único sin una extremidad, a Ilkur le faltaban tres de los dedos de la mano derecha… curioso… a Luana le faltaba la pierna, a Ilkur los dedos, pero a Gilgamesh le hacia falta algo más importante. A Gilgamesh le hizo falta el corazón.

Desde entonces, no fue el mismo, regresó derrotado, debía continuar su vida como rey, su carácter se volvió errático y duro, pocas veces sonreía, y cuando lo hacia era por arrogancia en algún acto que llenara su ego. Yggar lo sabía, un hombre roto buscaba pegar los pedazos con placer corrupto.

—Mi joven rey —pidió permiso para entrar en esa sala donde solo él y los más allegados a él podían entrar.

—Adelante Yggar —no le dedico ninguna mirada, se mantuvo atento a la ventana observando lo que había afuera sin interés alguno.

—Me preocupa su actual estado —dijo con mesura, Gilgamesh apretó los puños.

—¿Qué hay de malo en mi? —las palabras fueron escuetas y difíciles de pronunciar.

—No deseo que tomes a mal mis palabras mi joven rey, sabes que te amo como a un hijo —se excuso el anciano, aun que todo en sus oraciones era verdad, Gilgamesh era el hijo que jamás tuvo, lo vio crecer, lo vio jugar y reír entre los pasillos del palacio en honor a Ninsun.

—Ve al punto Yggar —Gilgamesh comenzaba a desesperarse, no porque le desagradara Yggar, para nada, el sentimiento era mutuo, él también lo amaba como el padre que jamás tuvo, el hombre que lo vio crecer. Pero la vida había decretado que, cada cosa que amaba le era arrebatada, así, sin más, como si ser el hijo de una diosa fuera una maldición.

—Eso haré mi joven rey… ¿A dónde fue el pequeño rey que reía por todos los pasillos del palacio? —Gilgamesh contuvo el enojo, enojo consigo mismo, porque la pregunta había arremetido en lo profundo de su carne, porque esa misma pregunta era la que se hacia cada noche desde que hubiera llegado a la capital. ¿Dónde estaba Gilgamesh?

—Deberías preocuparte más por otros asuntos Yggar —dijo ocultando su rostro en la sombra de la habitación—. Lo que pasé o deje de pasarme es asunto mío, aquí solo funges como mi consejero, no me hagas arrepentirme de ello, —se mordió la mejilla interna, aun que por dentro se desmoronara, implorando que el anciano le abrazara y aconsejara con sus sabias palabras. Pero la rebeldía de la juventud y su presión de siempre mostrarse imponente pudo más que sus sentimientos.

—Te pido disculpas —Yggar se inclino con congoja—. Si este viejo ya no te sirve más, te pido mi rey, consideres pueda retirarme lo que me quede de vida en un lugar más adecuado para alguien de mi edad.

Sus palabras eran hirientes, todos se van, siempre… Gilgamesh pudo arrepentirse y pedirle que no se fuera ¿Cómo echar al hombre que admiraba y quería así nada más?, se giró para mirarlo con el ceño fruncido, Yggar enarco ligeramente una de sus cejas y comprendió la respuesta de su rey, de su hijo.

—Tú te quedaras aquí, nadie ocupara tu lugar ¿Me has entendido?, te lo ordena tu rey.

Yggar sonrió si, aún existía la bondad y el amor en el corazón amurallado de Gilgamesh. Sin embargo, Yggar sabía que no siempre estaría ahí para mostrarle que detrás de esas tres partes divinas, también había un humano, sus músculos y huesos viejos se lo anunciaban, a su edad, era un milagro continuar viviendo, sin embargo, toda su fuerza -la que le restaba- y todo su cariño, estarían dedicados a su pequeño rey.

—Entonces mi pequeño rey, permíteme ir a dormir un momento, estos viejos huesos cada vez estan más empolvados —bromeó y Gilgamesh soltó una carcajada—. Ojala tuviera tu juventud.

—¡Pero qué dices! Si eres más fuerte que una muralla —se acerco para palmearle suavemente la espalda. Yggar carcajeo con ese sonido peculiar tan de él.

—Pero las murallas también se vuelven polvo mi pequeño rey, no olvides eso…

—… —bufó molesto, la idea de morir era algo que detestaba pensar—. No hablemos de eso.

—Mi pequeño niño —escuchar eso removió cosas dentro de él, ¿Hace cuanto que no lo llamaban así? ¿Hace cuanto había abandonado los juegos y las risas por un rostro duro y una autoridad implacable?—. La muerte es algo natural, un día todos debemos ir a descansar, imagina si fuéramos eternos.

—¿Eso no sería genial? —Gilgamesh debatió pero Yggar negó.

—La inmortalidad solo es para los dioses, nosotros los mortales gozamos del don de la muerte, no lo veas como algo horroroso, más bien es un proceso.

—Pero… todos siempre se van… me dejan…— Yggar se compadeció, era verdad, la vida de Gilgamesh había comenzado así, la primera había sido su propia madre, Ninsun, luego Kandra, seguida de Urur, y finalmente Ilkur y Luana, que aun que no estaban muertos, habían perdido parte de sus vidas.

Pero Yggar no podía prometerle un imposible a Gilgamesh, Yggar también se iría, un día, uno no muy lejano.