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Capítulo 5: Por mi culpa.

—Así es. Ese tan buscado asesino por fin está preso.

—No podría estar más tranquila.

—Por mi que se pudra en la cárcel.

—Concuerdo.

No había noticia mas caliente que esa en toda Olympia. El famoso y buscado psicópata Jeff el asesino, al fin era capturado. Y es que, no era cualquier cosa, era un gran logro para la ciudad, estado, e incluso para el país, el tener detenido al joven del sweater blanco.

Y ahí estaba el azabache, humillado tras las rejas. Atrapado detrás de esos barrotes de metal, sin poder salir, débil, y sin su fiel arma blanca. Por más que quisiera escaparse, no podía. Sería un despiadado asesino, pero aun no tenía superpoderes, como para salir de ahí.

Dos guardias merodeaban la celda del pelinegro, regocijandose de la miseria contraria. Si algo había genial en esta carrera, no era el sueldo precisamente; sino abusar de su autoridad con los presidiarios. Y más de disfrute era el día de hoy para este par, pues no todos los días tenías en bandeja de plata a un asesino tan odiado y buscado, listo para humillar.

Se acercó a él uno moreno, con una sonrisa de sorna y prepotencia en el rostro. Con una rama lo picó, y le siseaba como si de un perro se tratase.

—¡Hey tss, tsss! Imbécil, ¿estás feliz ahora? Ya no podrás hacerle ninguna estúpida sonrisita a nadie... ¿oíste? ¡A nadie estúpido! Ni te esperances con el dictamen del juez, que tanto tu como yo sabemos como va a salir... ¡JAJAJAJAJAJA!

Se retiró a carcajearse junto con su compañero, satisfecho con la humillación de hoy. A pesar de las palabras, el menor ni se inmutó. Solo se quedó ahí, abrazando sus rodillas con sus manos, con la mirada perdida.

¿Qué había pasado allá con la anciana? Eso no era normal que le ocurriera a él. Aunque si lo pensaba mejor, tenía días que no comía bien. En sus delirios, ridículamente creía que por ser quien era, no le perjudicaría en nada su salud. Pobre inocente.

Pues estaba muy débil, quizás hasta anemia tenía y él ni en cuenta. Cualquier cosa era una posibilidad.

Lo cierto era que ya nada importaba. Solo importaba que estaba a casi nada de ser condenado a la pena de muerte, porque exactamente por ser quien era; no alcanzaría ni cadena perpetua.

"Slendy... soy un terco hijo de puta... jamás viví nada bonito en mi vida, lo único mas aproximado... serías tú. Perdóname... "

Por sus pálidas mejillas rodó un par de lágrimas. Era raro que el pelinegro tuviera esa clase de pensamientos. Pero seguramente solo los tenía en momentos donde no parecía haber más. Un momento justo como este.

...

—¡Hoodie!

Llegó corriendo y emocionado a la mansión, el chico de la máscara. El mencionado se giró rápidamente al oír esa voz. Sintió que el alma le volvía al cuerpo al verlo frente a él. Pero estaba molesto, sí que lo estaba, pues el castaño llevaba horas desaparecido.

—¡¿Pero donde rayos estabas Masky?! ¡Hace horas que regresé a casa con Ben! ¡Y hace horas que deberías estar aquí!

El menor bajó su nivel de entusiasmo al oír a su compañero gritarle. Aunque claro, el demonio lo hacía por su bien y con cariño. Puesto que se preocupaba en demasía por él.

Aun así, el ojiverde sabía bien como amansar a su mejor amigo. Se echó a los brazos contrarios y recargó la cabeza en su pecho; no existía comodidad mas grande que esa.

—No te molestes por favor... hoy estoy muy feliz.

Lo logró. Logró que el otro se olvidara casi por completo de su coraje. Porque era imposible no hacerlo, cuando lo veía tan alegre. Hace mucho que no lo veía así.

—Me alegra mucho oír eso Masky... ¿y a que se debe tanta dicha?

—A que... — Se detuvo. Porque puso a trabajar su cerebro, y a meditar si era en verdad buena idea contarle las buenas nuevas en este momento. Toda la información que había adquirido con la chica esa. Quizá, era demasiado pronto. —Te tengo conmigo. ¿No es ese ya suficiente motivo?

Porque para Masky, decir todo ese tipo de cosas era normal entre dos mejores amigos. Y que decir de Hoodie, para él era un completo deleite tenerlo ahí, tan cerca a él, sintiendo su corazón latir junto al suyo. Le acarició suavemente la espalda, aspirando esa dulce esencia que solo de él emanaba.

Lastima que tuviera que arruinar el momento el mismo. Y no lo habría hecho si no fuera algo en verdad importante.

—Masky... No sabes lo feliz que me hace verte tan alegre y entusiasmado. Y créeme que odio arruinar este momento pero, es importante en verdad.

—¿Hmm? Dime Hoodie, te escucho. — Se separó con pesar del mayor, para alzar el rostro y mirarle através de los ojos de la máscara.

—El jefe está histérico, porque no encuentra a Jeff. Además no se que le pasa al Sr. Slenderman, es como si ocultara algo. O igual yo estoy paranoíco. Pero por ende, está molesto con nosotros, por no encontrarle a su querido Jeffrey.

—Vaya... y yo llegando tarde, perdón por eso. — Igual, el jefe era el jefe y le tenían aprecio, no les gustaba dejarlo solo en momentos asi. —¿Qué hacemos?

—No lo sé. Esperar, creo.

...

"Enojado", no era ni la cuarta parte de como se sentía Slender en este instante. Porque conocía de sobra al pelinegro, y sabía que lo estaba evitando a propósito. Todo por su orgullo y negación al amor. Él lo aceptaba, aceptaba que amaba al asesino, y sino, ¿qué estaba haciendo ahora mismo en la ciudad metido entre la gente?.. Lo estaba buscando. No hacía nada ahí mas que eso.

Se vio forzado a salir de su refugio, de su amado bosque, para adentrarse en la mera y poblada capital del estado de Washington. No recordaba a Olympia tan grande, aunque quizá eso se debía a pasar tanto tiempo encerrado en el bosque. Tampoco era como que estaba feliz de la vida por caminar enmedio de la urbanización, el alto ser odiaba el ambiente citadino.

Claro que, antes de salir, se bebió uno de los tantos menjurjes que guardaba secretamente en su hogar. Uno en específico, uno que le permitía camuflajearse para pasar desapercibido frente a todos.

Y ahí estaba ahora, mezclado entre los humanos, como uno de los suyos. Un joven alto de cabello negro corto y ojos de igual color, acompañado de su elegante tuxedo.

Pero lo veía casi inútil. Ni siquiera sabía sí se encontraba en esa ciudad realmente, solo era una suposición. Pero no por eso dejaría de buscar ahí, cuando era el lugar más cercano y obvio donde podría estar.

Sin embargo, estaba algo cansado ya, llevaba horas buscando sin parar y ni rastro del asesino. Decidió que sería mejor sentarse un poco para ver si podía tranquilizarse y pensar con la cabeza fría. Así tal vez podía concentrarse sobre en que sitio exacto debía buscar a su pelinegro.

Eligió una banqueta que estaba enfrente de una cafetería para descansar, y posó la cara sobre sus manos, hastiado.

"¿Dónde estás Jeff? Me estas haciendo todo tan difícil... qué afán tuyo ese de esconderte de mí. Te amo, me amas, lo sabes. Todo sería más fácil si tan solo tú... "

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el parlar de unas señoras, quienes disfrutaban de un café en el local de atrás. Muy bien acompañada esa bebida, con los chismes de las mujeres. Y es que donde mencionaran a Jeffrey, él tenía que estar presente.

—Como lo ves amiga... capturado ese psicópata, Jeff el asesino, que llevaban tanto tiempo buscando.

—Me parece perfecto. Como detesto la delincuencia.

—Igual yo. Vámonos.

¿Había escuchado bien? ¿Jeff encarcelado?... Sus recientes labios humanos temblaron, y se giró para encontrarse con las mujeres, pero ya se habían ido. Pero en su lugar dejaron un diario, en la mesita donde bebían el café. La foto del asesino estaba en primera plana, asi que, con algo de inseguridad, el alto estiró su mano izquierda para tomar ese periódico y leerlo.

•ENCARCELAN A JEFFREY WOODS EL FAMOSO ASESINO. SE PROGRAMA SU EJECUCIÓN HOY A LAS 6:00 PM. •

No sabía ni porque, si por auto-tortura o alguna otra cosa lo hacía, pero subió su diestra, para mirar su reloj. 6:57 PM.

Furia, tristeza, depresión, ira, impotencia... Era completamente indescriptible lo que sentía el reciente pelinegro en estos momentos. Solo sintió que la sangre le hervía y un tic nervioso aparecía en su ojo.

Ahora si su mente ya no estaba funcionando bien, se encontraba totalmente fuera de sus casillas. Y un tentáculo que dejó salir de su espalda, lo demostró, tomando fuertemente un auto y arrojandolo lo mas lejos que pudo.

...

—Vamos inútil, ¡CAMINA!

El mismo par de guardias ya llevaban fuera al adolescente psicópata, atado con esposas. El camino lo dirigía hacia el juzgado, donde se daría a conocer el veredicto. ¿Pero que más podía ser? Era bastante obvio ya que incluso la silla eléctrica sería poco castigo para alguien como él. Solo querían hacerlo sufrir y humillarlo lo mas posible hasta que llegara su hora, eso pensaba el azabache.

En todo este tiempo no había dicho nada, ni una queja al respecto. Y se puso a meditar... ¿porqué?

Si se suponía que él era el gran cabrón e hijo de puta Jeff the killer, al menos, lo seguiría siendo hasta la muerte. Usando como ultima arma una de sus grandes cualidades: su gran bocota. La cual abrió, para vociferar la primera grosería que pasara por su mente.

Pero tal palabra nunca llegó. Para su infortunio, comenzó a sentir esa sensación como la que sintió con la anciana, solo que peor. Esta vez no dió ni un aviso. En solo un segundo, todo se le nubló y cayó de lleno al piso.

Los guardias notaron esto de inmediato, y el mas rudo de los dos rodó los ojos, y le pateó las costillas al joven.

—Oye tu, idiota, ¡levántate! ¡No tenemos tu tiempo!

—Ya oíste a mi compañero, ¡hazlo!

El segundo también lo pateó ligeramente, y el menor seguía sin moverse ni un poco. Era como si hubiese caído en un sueño profundo. Otro de los guardias de seguridad, una mujer, que observaba la escena a unos metros de distancia, se hartó de la situación y decidió intervenir, yendo hacia donde se encontraban ese par de pedantes policías.

—Haber, ya, ¡háganse a un lado! Solo retrasan mas todo...

Suspiró y se abrió paso entre el par, agachandose para checar el pulso de Woods. En efecto, lo tenía demasiado acelerado y también comenzaba a sudar fiebre. El pobre asesino no se encontraba nada bien.

—No está bien. Llévenlo a la enfermería. — Aseguró ella.

—¿QUÉ?! ¡Pero si este mocoso no se merece nada de piedad! — Gritó el primero de ellos, incrédulo y con el entrecejo fruncido.

—Mira tonto soy el guardia al mando, las órdenes las doy yo, asi que haz lo que te digo, ¡si no quieres tener problemas!

El segundo rodó los ojos, y el mas rebelde gruñó por lo bajo.

...

—¿Dónde estoy?...

Se preguntó el adolescente, mientras se introducía en algo que a simple vista parecía un campo de golf. Amplio y verde, largo, como si no tuviera un fin. ¿Qué rayos hacía ahí? ¿No se suponía que estaba a punto de ser juzgado para que lo mandaran a la guillotina o algo así?

Ahora si ya no entendía nada. Pero en definitiva esto era mejor que estar allá, lo viera por donde lo viera. Metió las manos a los bolsillos de su sweater, para empezar una caminata por el lugar. No tardó mucho para que algo llamara su atención, y ese algo fue un sonido extraño. Miró por todo su alrededor, hasta dar con el causante de aquel ruido.

Un tipo larguirucho, en completo color blanco y negro, estaba jugando golf. Su cabello era negro y muy alborotado, seguramente jamás vio un peine en su vida. Tenía la cara maquillada en los mismos tonos, como un payaso, solo que; un tétrico payaso. Por encima de sus excéntricas vestimentas negras, traía puesto una camisa de polo azul claro y unos pantalones cortos en tono beige. Como si fuera cualquier señor normal al que le encanta el golf.

Obviamente, Jeff lo reconoció al instante. Ya había visto a este tipo un par de veces antes, y no le caía muy bien que digamos. Mas bien, le parecía completamente irritable.

Pero, a vista de que no se veía nadie mas en el lugar más que el, lo mejor sería acercarsele para tratar de despejar dudas.

—Hey... tú... ¿Jack? ¿Laughing Jack?

Cuestionó, como a dos metros del sujeto. El aludido giró su cabeza para con el menor, sonriendo de forma perturbadora. Estaba asombrado por encontrarse a ese niñito del cuchillo en uno de sus lugares favoritos para relajarse. No le caía muy en gracia la visita, pero tampoco le molestaba del todo. Dejó su palo de golf de lado, para atender al recién llegado.

—¡Jeffrey! Que... grata sorpresa. ¿Quieres jugar?

—No... no quiero, jugar. — Respondió, tratando de evitar el sonar grosero. Cosa que era difícil para él. —Quiero saber... que rayos estoy haciendo aquí.

—Oh querido yo me pregunto lo mismo.

—¿También te preguntas que rayos haces aquí?...

Al oír la respuesta tan atípica del contrario, el payaso se echó a reír con una vocecita algo chillona y lúgubre que molestaría a más de uno. Y Jeff no fue la excepción, gruñó bajo por eso.

—Jajajajaja... eres, tan fresco y gracioso Woods, deberías trabajar conmigo. Solo maquillaríamos esa pobre carita tuya para que no espantes a nadie.

—¿Y que demonios quisiste decir con eso? Si yo, soy... hermoso. Todos lo saben. — No era sarcasmo. El en verdad se creía todas sus huecas palabras.

El mas alto soltó un pequeño suspiro, sonriendo. Las sonrisas fingidas eran su especialidad. Levantó su palo de golf y recargó ambas manos en la base de éste.

—Solo se me ocurre una cosa jovencito. O estas dormido, o drogado. — Dijo con toda la naturalidad del mundo.

El menor abrió bien sus ojos, y luego se rió. Pero con clara molestia, por la insinuación.

—Mira payaso de pacotilla... — El mayor soltó unas risillas cuando escuchó ese sobrenombre. —Yo soy muchas cosas... pero no me drogo. Es mas, hasta hace unos momentos yo debía estar entrando a un estúpido juzgado y no se que mierdas pasó. ¿Tu me trajiste aquí verdad?

—¿Yo? Lamento desilusionarte, deary, pero no eres de mi interés. — Le palmeó una mejilla, y le guiñó un ojo, causando una gran molestia de parte del otro. —Tengo tu respuesta. Estas sedado.

¿Sedado? ¿De que diablos hablaba este loco? Puso una mueca de confusión, y negó con la cabeza nada satisfecho con esa respuesta.

—Eres un loco. No puedo estar sedado como dices, porque estoy parado aquí hablando contigo.

—¡Jajajajajaja! Por eso pequeño tontuelo, ¿qué crees que este perfecto y hermoso campo de golf es real? De hecho, me interrumpiste cuando llegaste. Este lugar es mi lugar, el que uso para hacer cosas que no te incumben.

—¡¿Podrías porfavor explicarme mejor?! — Gritó con coraje, ese payaso lo hacía más nudos que sus sentimientos por Slenderman.

—¡Claro que porsupuesto que no! No te incumben dije~ — Fue su respuesta, con una risa pícara, como si de verdad toda esta absurdez fuera divertida.

—¡Escúchame bien tu pedazo de... ! — Se quedó corto, porque comenzó a gritar de dolor, cubriendo sus oídos. Se hincó en el césped, sus oídos ardían con algo que en verdad, no entendía.

"Esto no puede ser posible... "

"Ya se lo expliqué mil veces, ni yo lo creo pero asi es. "

"Pero doctor, ¿ya lo examinaron bien? ¿está seguro que no es una mujer?"

"Yo pensé lo mismo, pero lo examiné y no. Es un varón natural. "

—¡AGGGHHHH! — Esas voces raras en su cabeza, le estaban taladrando los oídos, su vista se nublaba, y el bello campo de golf parecía desvanecerse, junto con Laughing Jack.

—Ouuuhh... parece que te estamos perdiendo Jeffrey... — Comentó el payaso diabólico, fingiendo preocupación. Pero agitó su mano despacito, en forma de despedida.

-MUNDO REAL, ENFERMERÍA DEL JUZGADO DE OLYMPIA-

—Esto debe ser obra del diablo... es eso, ¡o este mismo pequeñajo es un engendro del demonio!

—Yo opino que lo matemos y asunto arreglado. Nadie lo reclamará, todos lo odian.

—¡Cállense todos ya! ¿Pero que clase de insensibles monstruos son ustedes? Sea lo que sea este... muchacho, está preñado. Y el código de juicio de este estado marca que antes de cumplir con la pena de muerte, deben esperar a que nazca la criatura. — Hizo voz el doctor del lugar, que parecía ser el único con sentido común ahí.

—Perdone usted doctor, pero eso no es una "criatura". Es obra de Lucifer sin duda, ¡y debería ser exterminada! — Solo uno de los tantos policías que se metió a la sala de enfermería por el reciente chisme. Casi nadie ahí se quería perder este terrorífico suceso de la naturaleza.

Pero su pelea sobre ver quien tenía la razón se interrumpió por el joven del tema. Jeff.

Empezaba a despertar, al parecer el sedante que le habían administrado no duró lo suficiente. Y más que despertar, parecía sudar y convulsionarse, sus parpados temblaban y sus orbes estaban en blanco. Pues le habían inyectado medicamento a alguien en gestación, eso jamás era buena idea.

El pobre Jeff, aun veía visiones de Jack jugando al golf, y de los policías y el doctor discutiendo sobre algo. Todo era tan incomodo, borroso, y para rematar, sentía el corazón bombeando a todo su ritmo. No le sorprendería si le explotaba y moría en ese mismo instante. Mas bien, lo prefería; porque el dolor que estaba sintiendo era horroroso.

—¡Esa cosa del diablo se convulsiona! ¡Disparen! — Ordenó la jefa de guardias, provocando que todos ahí cargaran sus pistolas.

—¿Acaso están locos? Esta extrañez de la naturaleza debería estudiarse y tratarse con cuidado... — El médico, qué era un aficionado a la ciencia más loca, intentaba defender que este "milagro" él tenía que estudiarlo. Se acercó al protagonista del drama momentáneo, trantando de estabilizar un poco su presión con masajes en el pecho.

—Hágase a un lado Doctor Green... ¡O no respondo! Chicos, ¡disparen al engendro!

Los policías subieron sus armas, importándoles poco que el doctor vociferara un gran "¡No!". Daba igual seguramente... si lo mataban, acabarían de una vez por todas con su dolor, tanto físico como emocional. Enmedio de sus convulsiones logró escaparse una lágrima, esperando el fin de su dolor.

Pero vamos, qué Dios no lo quiere, as8 que no será piadoso con él. Antes de que pudieran jalar del gatillo, un tentáculo rompió el cristal de la ventana de la sala, ganándose la atención de todos ahí. Un par se desmayó ante la presencia de ese monstruo, y los demás no sabían ni lo que tenían en frente.

—Bonjour~

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¿les gustó? ¿les hice más nudos que respuestas? ¿está demasiado largo este capitulo? ¿debería hacerlos más cortos? ¿he empeorado y debería aventarme del tejado? ¿alguien siquiera esta leyendo esto?

Actualizare devuelta cuando llegue a 15 reviews xD

El Gato.