Las comillas significan pensamientos. Ahora si, comencemos.

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Cinco días viviendo en casa de Trenderman eran demasiado para Jeff. Aunque si nos ponemos justos, el pelinegro debía aceptar que descubrió a una persona más allá de lo que aparenta ser ese fanático de la moda.

Pero muy poco le importaba, ya que él seguía siendo ese terco, orgulloso, y obstinado adolescente de siempre. Probablemente, lo sería por el resto de su existencia. Y si decía que estaba harto e incómodo de seguir viviendo de arrimado con el hermano de su dolor de cabeza; es porque así era. Al menos según él.

Insistía en que ya se quería largar de ahí, y al final, seguía sin irse. En parte porque Trender le advertía que podía ser muy peligroso, y que se notaba que todavía estaba débil. Y también porque él mismo se daba cuenta, de las pocas fuerzas con las que contaba. Estaba ya hartisímo de eso, no comprendía porque no se terminaba de recuperar. Por lo regular cuando algún humano o contricante le daba batalla, máximo se tardaba dos días en recuperar su energía, jamás tanto.

¿Qué le habrían hecho esos insectos del juzgado?

Salió de ducharse, y se colocó los pantalones que hace unos momentos le había prestado el dueño de la casa. Y únicamente, ya que su suéter aun estaba secándose. El mayor insistió en que estaba muy sucio, y que le permitiera al menos lavarlo.

Quiso modificarla o hacerle una nueva, pero con la mirada asesina del muchacho entendió que con lavarla era suficiente.

Ya se imaginaba las modificaciones: rosa, moños, lazos... ¡Ni lo mande Luzbel!

Vio al que podría llamar "cuñado", muy ocupado en su maquina de coser. Ni idea de que estaba confeccionando ahí, pero tampoco tenía ganas de saber. El sastre dejó solo un poco lo que hacía, para mirar a Woods. Después de todo, estos días se la pasaba como trapo viejo; no se le fuera a desmayar otra vez o algo.

—Parece que te ves un poco mejor hoy, Jeffrey. Mira... — Se atascó en sus palabras, dejando extrañado al contrario. Pero más incómodo se puso aun cuando notó que lo miraba detalladamente.

—¿Qué? ¿Tengo monos en la cara o qué? — Preguntó, frunciendo el ceño.

—Jeffrey... — Se paró, puso las palmas de sus manos sobre la mesita de la maquina y retomó su enunciado. —¡Has engordado!

Al azabache le rodó una gotita de sudor por la sien, acompañada de una venita que se hinchaba sobre su frente.

—¡¿PARA ESO TE PUSISTE TAN DRAMÁTICO?! — Explotó en un grito. —Tsk... ya lo sé, me he dado cuenta. Pero no tenías que decírmelo de esa manera, idiota.

El modista se alejó de su lugar para inspeccionar al joven más de cerca. Trendy era alguien que cuando se le metían las cosas a la cabeza, nadie se las sacaba, y terminaba valiéndole mierda todo a su alrededor. Tanto así que ignoraba cualquier ofensa que le dijeran, porque él vivía en su mundo. Por lo tanto, si pensaba que la gordura de Jeff era extraña, entonces algo raro debía estar pasando.

—Woods... No lo entiendes. Es que, tú casi no has comido desde que llegaste aquí. Osea, es ilógico que estés... mucho más gordo de lo que llegaste. — Al terminar de decir esto, le tocó con su mano derecha la pancita a Jeff, que ya era notable. Claro que al instante fue retirada por un manotazo del pelinegro, enojado por tal atrevimiento. ¿Qué clase de confianza era esa? ¿Qué acaso no sabía del gran y temido asesino que él era?

—Y en fin, ¿a ti que te importa eso? Estoy gordo y ya ni modo, ya que.

—¡Ponle más interés a esto Jeffrey! — Puso una distancia prudente entre ellos, y colocó los puños en su cintura. —Dime... ¿has estado con mi hermano?

La mirada de "vas a morir justo ahora" en la cara de Jeff era épica. Paró una ceja, como preguntando... "¿enserio?"

Dejó escapar un suspiro, ya harto de molestarse con ese larguirucho que ni la pena valía. Y mejor optó por dejarse caer en el sofá y encender el televisor, ignorándolo olímpicamente.

—¡WOODS, TE HICE UNA PREGUNTA! Respóndela, por favor.

El aludido gruñó y se colocó un cojín en el rostro. Si le iba a responder, no lo quería mirar a la cara... o a eso, que él llamaba cara.

—Claro que he estado con tu hermano, imbécil. Muy seguido me peleo con él. Claro que él huye, porque sabe que soy más fuerte.

La palma cayó directo a la cara del modista. —¡Ya sabes que no me refiero a eso, tonto! Te estoy preguntado que si has hecho el amor con mi hermano, que si has tenido sexo con él, que si has cogido con él, ¡vamos! ¡Como quieras llamarlo!

Con cada impertinente palabra que el mayor soltaba, más rojo se ponía el chico bajo esa almohada. Pero la última, esa si lo hizo pararse y aventarle esa misma almohada directo a la cabeza.

—¡¿Y A TI QUE DIABLOS TE INCUMBE ESO?!

Alcanzó a esquivar el almohadazo justo a tiempo, qué fue a parar hasta un desafortunado florero. Y si no hubiera estado tan intrigado con lo de la gordura de Jeffrey, ya le hubiese puesto semejante regañiza por romper ese florero.

—¡Pero por todos los modistas de este mundo! ¿Tú eres tonto o te haces? — Se acercó más a él, aunque el otro se le alejara. —Vomitas muy seguido, te sientes mal, mareado, y la medicina solo empeora tu situación... Si has estado con mi hermano, no dudes que puedes estar esperando una pequeña abominación en esa pancita tuya.

Dijo como si eso fuera lo más natural del mundo, y dicho esto volvió a sentarse para atender su interrumpida costura.

Raramente, el pelinegro se quedó estático, con los ojos bien abiertos, viendo hacia nada en particular.

¿En verdad una tontería de ese tamaño dicha por ese rarito lo iba a hacer dudar? Para empezar, eso no era posible, ¡él era hombre! No cabía la más mínima posibilidad.

—Tsk... — Reaccionó, luego de unos segundos. —No eres mas estúpido porque no eres más alto. Imbécil, por si no te has dado cuenta, ¡soy un hombre!

Trendy seguía cosiendo, pero le prestaba atención. —¿Y? Slendy es un creepy, o... como sea que ustedes se llamen a sí mismos. Y créeme, ese mundo, aunque no pertenezca del todo a él, sé que está lleno de cosas inimaginables para el ser humano. Incluído obviamente tú, que eres uno aun, si no me equivoco. Además, estás prácticamente confirmándome que si estuviste con él. Así que comienza a preocuparte querido, porque quizá muy pronto seas mamá. — Concluyó, con una invisible sonrisa pícara.

—¡YO NO ESTOY CONFIRMÁNDOTE NADA! — Gritó, al borde de la histeria. —Ni siquiera sé porque te hago caso, solo dices estupideces. — Volvió a echarse en el sofá, y muy molesto le dio la espalda.

Trender rió levemente, y negando con la cabeza, continuó con su labor.

...

—Jack... ¿ya casi llegamos?

Preguntó un pequeño rubio, con muchísimo cansancio en la voz. Su linda hermanita no estaba mejor, ambos llevaban horas caminando sin descanso, atravesando las altas montañas que se hallaban más allá del bosque.

—Si Jack... Sé que prometí acompañarlos en la búsqueda del tesoro, pero tengo mucha sed... — Se quejaba la pequeña, casi con la lengua de fuera. Además de caminar por tanto tiempo, lo más pesado era hacerlo bajo ese sol tan imponente.

—¡Oh vamos niños! No se quejen, creí que eran valientes piratas que irían por donde sea con tal de lograr su cometido, ¿no es así? Claro que Sally sería la princesa pirata y, ¡tú Ben! ¿No dijiste que amabas las aventuras?

Que perfección tenía Jack para las artimañas. Sobre todo si se trataba de engañar a unos niños estúpidos, lo cual era demasiado fácil. Sonrió con diversión debajo de esa máscara azul.

—Si, lo dije, pero...

—¡Ni hablar! ¡Si siguen así dejaran de acompañarme en esta grandiosa aventura y los consideraré unos cobardes! — Se paró firme, con las manos sobre la cintura.

Ambos niños gritaron infantilmente al oír eso. Lo que menos querían era ser tratados como débiles o cobardes. Aunque estuvieran muy cansados y ahora hasta atemorizados, seguirían hasta el final. Sally abrazó fuerte su osito de felpa y se paró firme como soldado, al lado de su hermano, quien saludaba como tal.

—¡No por favor! ¡No somos cobardes, seguiremos con usted señor! — Afirmaba Ben con un poco de miedo.

—¡Si señor! — Replicó la castaña, cerrando fuertemente sus ojitos.

"Esto es tan divertido... Que genial que lo será aun más..." Pensaba con malicia para sus adentros. Y entonces siguió fingiendo amabilidad; ya casi se merecía un oscar por tan pulcra actuación.

—¡Así me gustan niños! ¡Tomen fuerzas de nuevo y continuemos con el camino!

Los menores suspiraron al ver que aun les faltaban muchos metros por recorrer. Pero si querían darle una buena impresión a su amigo Jack, debían ser fuertes.

"Tan ingenuos... "

...

Se juraba a sí mismo qué si no lo encontraba pronto, no respondería por sus actos. ¡Qué tan enorme podía ser Washington! Cinco días llevaba buscando, cinco. Todo ese tiempo sin parar, incluso sin comer, aunque de solo pensar que estaba buscando de en balde, ni hambre le daba.

A veces se detenía a pensar, porque le hizo caso a Zalgo. Un ser tan ruin como lo era ese demonio, bien pudo haberle mentido, solo por ilusionarlo y ver su patética cara de esperanza. No es que el alto ser fuera un pan de Dios, pero comparándolo con el demonio había kilómetros de diferencia. Y bien, pudo haberle dicho eso sobre el azabache, simplemente por jugar y burlarse de él. Entonces, ¿porqué no detuvo su búsqueda y se olvidó de aquel histérico adolescente?

Era tan sencillo. Por el simple hecho de que no era así de fácil darlo por muerto. Porque, quería aferrarse a una esperanza de que su amado estuviera vivo, por más mínima que fuera. Solo así gustaba de aferrarse a unas huecas palabras dichas por Zalgo.

Slender lo sabía, debió hacerse caso a sí mismo. Hace muchísimo tiempo que debió convertir a Jeff en un creepymonster. Si lo hubiese hecho, no estaría pasando por todo este dolor. Porque estaría seguro de que no puede morir, ni a manos de un humano, ni de otro creepy. Solo a manos de él, y claro... del desgraciado de Zalgo también. Pero claro, Zalgo aquí no tenía nada que ver. Inocente Slendy.

Despejó su mente, atormentándose horriblemente en la posibilidad de que Jeff ya estuviera muerto desde hace días. Si así fuera, ni él podría traerlo de regreso para pasarlo al lado de los monsters. Porque sencillamente, él no es tan poderoso. El alma de Woods viajaría con el encargado de todos los muertos, La Sagrada Muerte. Y Slenderman junto a ella era una simple hormiga. Las decisiones de La Muerte nadie las puede refutar, ni Dios ni Lucifer. Ella decide a donde van; y por obvias razones ya sabemos a donde iría a parar el pelinegro. Justo en ese lugar donde también vive Zalgo. Que aunque para Slenderman él no pintaba nada aquí, jamás era bueno que un ser querido para él terminara cerca del cornudo ese. Entre ellos dos, no había un pasado muy bonito que digamos. Y lo mas seguro, es que quisiera tomar un tipo de venganza hacia él utilizando al asesino.

—Mierda... Porqué he de tener tantos enemigos... Un momento... — Se habría jalado los cabellos, de no ser porque aquel menjurje no duraba tanto. La poción de cambio de forma había perdido su efecto hace días. —Es muy cierto. El estúpido de Zalgo me odia... ¿Qué me hace pensar que él no pinta nada aquí? Y que tal si más bien... ¿por culpa de él están pasando todas estas cosas? Sin embargo... ¿qué es lo que querría ese granuja? Solo... ¿venganza?

La cabeza de Slenderman se hacía bolas con tanto pensamiento, no llegaba a una conclusión clara consigo mismo. Porque, si Zalgo solo buscaba una venganza... ¿Porque hacía tanto misterio y volvía todo tan enredoso como si fuera un juego de la oca? Slender lo conocía demasiado bien como para pensar que ese era el único motivo. Había algo más de trasfondo, algo que el demonio quería, pero... ¡¿Qué?!

—Ya me estoy volviendo loco... — Se refregó el rostro. —Para empezar ni siquiera estoy seguro que esto sea culpa de él; y ahora estoy hablando conmigo mismo, por todos los infiernos...

Claro que el gran monstruo tenía sus momentos tanto de lucidez, como también en los que sentía que enloquecería. Sobre todo porque como dicen, no se puede pensar con el estómago vacío, y él llevaba días sin comer. Aunque se negara a hacerlo, lo tenía que hacer pronto si no quería perder fuerzas y buscar a su pelinegro todo debilucho. Alguna persona que pasara cerca del parque donde se escondía, esa sería su próxima víctima.

...

—¡Wooohooo!

Para el castaño, era la mayor alegría disfrutar de sus nuevos poderes. Corría, saltaba, casi volaba por los árboles. Se sentía como un niño pequeño con juguete nuevo.

Y no era para menos, después de haber sido considerado como uno de los creepys más débiles, hoy en día con estas nuevas habilidades, ya era alguien de quien debías temer.

Su velocidad habría aumentado al menos unas cien veces más, y su fuerza quizá unas cincuenta.

Todo esto no pasó desapercibido por Hoody. Aunque su mejor amigo no le contara nada, él sabía que algo ocurría. Estos días, lo había estado espiando, por lo tanto notaba esa reciente velocidad y fuerza. No es que desconfiara de él, no es que creyera que no podía volverse más fuerte.

Él confiaba mucho en Masky. Pero era ilógico adquirir esas técnicas en solo unos días. Algo tonto había hecho su querido ojiverde, de eso estaba seguro. Sin embargo no sabía qué.

Aun así, de vez en cuando le daba su espacio, no quería que Masky lo tomara como un ensimoso. Después de todo, solo eran amigos.

Ese espacio era aprovechado por el ahora semi-vampiro. Sentía como si pudiera derrotar a un ejército él solo, y sin esfuerzo. Era una extraña sensación electrizante corriendo por sus venas.

El siguiente árbol tendría una distancia de al menos unos veintidós metros del que se encontraba postrado. Pero eso no fue impedimento para que, con un salto a la velocidad de la luz, nuestro proxy se trasladara hacia él. Ese salto jamás podría ser visto por ojos humanos. Claro que por otros ojos no humanos si.

—Esto es lo mejor que me pudo haber pasado...

Dijo para sí, en un eufórico susurro. Se sentía libre. Pero eso no le duró mucho.

En un segundo llevó su mano derecha directo al corazón. Y es que comenzó a bombearle con tal rápidez, que un inminente dolor se apoderó de él. Quería creer que solo era una molestia pasajera, que con su reciente fuerza ese insignificante dolor se iría.

Pero no fue así, sino al contrario. Aumentó a grados enormes, hasta el punto de hacerlo caer del árbol, gritando de dolor.

—¡AAAAHHHHH!

Gritando, se sujetaba con fuerza el pecho, lugar donde estaría el órgano. Quería aminorar el dolor de alguna forma, pero era inútil.

Esos gritos, esos hermosos y deliciosos gritos, eran más que disfrutados por cierta chica de cabello plata. Ella, quien pudo ver aquel salto con claridad. Ella, quien lo metió en todo esto. Ella, la traidora cínica que se se estaba consumiendo su vida a cada minuto que pasaba.

Con un rápido movimiento, se postró frente a su nueva y bella víctima. La presencia de la joven era para el chico como una salvación. Pobre iluso.

—¡Silver! Aa-gghh... A-ayúdame... m-mi corazón... d-duele...

El pobre proxy se retorcía en el suelo del dolor. La vampiresa solo miraba la escena con seriedad, cruzando los brazos sobre su pecho. Hasta que una ladina sonrisa se posó en sus labios.

—Si, ya lo sé.

—¿Y?... ¡A-ayúdame!

Ella se agachó hasta llegar a donde el chico estaba recostado, y acarició su mejilla con suavidad.

—Eres mi pequeño tontito Masky. Pero un bello tontito. No te preocupes, te haré sentir mejor. Pronto estarás mucho mejor. — Las palabras de Silver salían con gran sutileza y elegancia de su boca. Pero, estaban tan llenas de egoísmo y esquizofrenia, que casi jurarías que escuchabas a una serpiente hablar.

—¡¿Q-qué?! — Realmente, Masky no entendía. Estaba tan confundido respecto a todo.

Aun así, Silver no dijo más. Solo sacó polvillos de su inseparable botellita que cargaba en un collar. Los esparció en un lugar libre, abriendo un raro portal color violeta.

Posteriormente, cargó en sus brazos al adolorido proxy, como si de una princesa se tratara. Después de todo, algo así sería para ella muy pronto.

Masky se habría quejado, de no ser porque el dolor era tan inmenso que ya ni de hablar le daba oportunidad. Llegó hasta tal punto, que cayó desmayado antes de ver a la vampira cruzar ese portal.

Menos mal, que el acosador favorito del castaño estaba presente observando la escena. Sus ojos se abrieron como platos al ver a la joven abrir ese portal.

—Es obvio que no es de esta dimensión... — Había susurrado el encapuchado.

Era Hoody. Se había mantenido al margen solo porque quería averiguar quien era ella, y de que se trataba todo esto. Pero ya todo estaba fuera de sus casillas, y se ponía color de hormiga. Esa chica se estaba llevando a Masky a quien sabe donde. A su Masky.

No esperó un segundo más. Como alma que lleva el diablo se alcanzó a meter al portal antes de que se cerrara, justo después de ella.

No tenía idea a donde lo enviaría ese portal. Tampoco le importaba. Él solo quería salvar a Masky.

...

—¡Uff! ¡Pero que gentuza! Asustarse por mi maravillosa presencia, que barbaridad... — Se quejaba nuestro modista favorito.

Las compras de la canasta básica no se hacían solas, y aunque Trender trataba por todos los medios de ir a hacer el super como una persona normal, jamás sucedía tal cosa.

Las personas siempre terminaban huyendo solo de verlo, y al final terminaba yéndose del centro comercial sin pagar ni nada. Trenderman ya solo suspiraba cada vez que eso pasaba. Y es que nadie comprendía, que él solo buscaba ser normal, parte de la multitud. Pero a la vez, con esa estrella única que lo diferenciaba del resto. ¡Un modista famoso y reconocido! Algún día lo lograría, le pese a quien le pese.

Cada vez que, obligatoriamente tenía que salir, usaba su poción de cambio de forma, pero ya se le había terminado hoy. Y no estaba seguro de cuando iría a visitar a su hermano para pedirle más. Le quedaba algo lejos, y tenía que hacer ciertas cosas para poder entrar al lugar donde su colorido hermano vivía.

Agarró con más firmeza las bolsas de papel canela que cargaba, donde estarían los víveres que había comprado por hoy. Bueno, más bien "que se había traído del super"; ya que no le dieron ni la oportunidad de pagarlos. ¡Hasta balas le lanzaron! Y solo las desperdiciaban, ya que no le hacían daño alguno a un ser como él.

Siguió caminando por una vereda solitaria, para evitar a los humanos. Entre queja y queja, logró escuchar algo que no le pareció del todo normal. En momentos como este es cuando agradecía su gran sentido del oído. Porque en unos segundos reconoció de quien eran esos susurros. Y que estaban al menos a un kilómetro de lejanía. Y no los habría escuchado a tan lejana distancia, si no fuera porque se trataba de cierto demonio.

—"Ya esperé demasiado... Ya me divertí jugando. Es tiempo de ir por él."

—"A sus órdenes su señor Zalgo, pero... ¿sabe usted donde se encuentra?"

—"Por supuesto. Siempre lo supe. Solo quería jugar, y hacer sufrir un poco más al querido Slendy..." — Inclusive una risilla maligna alcanzó a oír.

—"Esa abominación que espera el mocoso de Woods, es un ser muy poderoso, ¿cierto señor?"

—"Exactamente. Y sabes muy bien que no lo estaría esperando si no fuera gracias a mí. Así que por ley me pertenece, ¡jajaja! Solo tomaré lo que es mío."

—"Está usted en lo cierto señor. Pero dígame, ¿no le gustaría torturar al patético Slenderman un rato más?"

—"Mmm. Tienes razón Grave. Hay tiempo, ven, sígueme."

Absolutamente todas las compras se le cayeron al suelo al terminar de oír esa charla.

Entonces sus sospechas eran ciertas. Jeff si estaba embarazado. Y al parecer de un ser muy poderoso que Zalgo buscaba, y tomaría. Pero...

¡¿Que rayos ocurría?!

El demonio dijo que Jeffrey no estuviera preñado si no fuera por él. Entonces... el hijo que Jeff esperaba, ¡¿era de Zalgo?!

Trenderman cada vez entendía menos. Era como si entre tantos pensamientos se deshiciera de un nudo pero en seguida se le formara otro. Es que, por más que intentara unir todos los puntos, y encontrarle una explicación a todo, no la hallaba.

Sin embargo había una cosa entre todo que si era obvia. El demoníaco ser estaba a punto de ir a su casa a llevarse a Jeff. Y eso no podía ser algo bueno, no señor.

No es como que a Trender le importara, todo el tiempo se repetía a si mismo que no era eso. Que él solo quería pagarle la deuda a su hermano, no es porque tuviera un corazón bondadoso ni nada de eso. Realmente, cada vez se creía menos sus propias mentiras.

Mandó todas sus compras al diablo, y utilizó sus largas piernas para salir corriendo directo a su casa a toda velocidad. No permitiría que Zalgo llegara antes que él.

...

Sin duda esa era una cueva fría. Solitaria, asquerosa, y terrorífica a vista de la pequeña Sally.

Pero para Ben, era la cúspide de su aventura, el lugar donde todos sus esfuerzos daban los esperados frutos. Giraba su vista por doquier, buscando algún monstruo que derrotar, o un brillante tesoro en su defecto. Y por más que miraba, solo veía puntas rocosas y pequeñas gotas de agua cayendo del techo. Un ambiente lúgubre es el que reinaba en ese lugar. Y aunque ellos eran creepy monsters, comenzaron a invadirse de un miedo que no se explicaban el porqué, de todas formas intentaban ignorarlo.

—Jack... ¿tenemos que derrotar a un jefe o algo aquí? — Se atrevió a preguntar el rubio.

El joven de la máscara azul metió las manos en los bolsillos de su chaqueta negra, sonriendo. Le tomó unos segundos tener una respuesta. Después, miró a ambos pequeños antes de hablar.

—No. Primero viene la recompensa por subir tan alta montaña y llegar a la cueva. Ya luego viene el jefe. — Solo él sabía el trasfondo de esas palabras.

A la castaña algo aquí ya no le empezaba a gustar, por lo tanto decidió esconderse detrás de su hermanito. Como si tuviera un mal presentimiento, de su garganta nada salía.

—¡Mira allí Ben! En la parte brillante del fondo, busquen ahí, es un tesoro. — Exclamó Eyeless Jack con fingida emoción.

La pequeña fantasma no quería ir, pero su hermano la jaló e inevitablemente terminó buscando entre las rocas junto con él. Cabe decir que por más rocas que quitaban, no encontraban nada.

—¡Jack aquí no hay nada!

Gritó el fanático de los videojuegos, pero se calló casi al instante. Un escalofrío recorrió su espina dorsal y también la de su hermana. Algo no andaba bien.

Se giraron para ver al de cabello café. Jack seguía estático en el mismo lugar.

—¿Qué sucede niños? — Su falsa inocencia era tan buena.

—E-es una energía... rara, no se lo que pasa... — Esta vez se animó a hablar Sally.

—¿Ah, si?

Un extraño impulso obligó a Ben a querer salir ya de esa cueva, por lo que se incorporó y comenzó a correr. Pero a los tres metros de recorrido chocó contra un muro invisible, cayendo para atrás duramente contra el suelo.

—¡Ahhhh Ben! ¡¿Que pasó?! — Preguntó una alterada Sally yendo con su hermano.

—A los niños que son hijos de monstruos malos les pasan cosas malas. En este caso, ustedes pagarán los errores de su "padre".

Para este momento, las palabras salían de la boca de Jack tan secamente que provocaban estupor. Ya no guardaba ningún vestigio de humor o amabilidad fingida. Ya no era necesario, ya los tenía justo donde quería.

El rubio se alzó otra vez, sentándose en el piso. Ni él ni ella entendían de que hablaba este tipo.

—Jack... ¿qué te pasa?

—Oh, no me pasa nada Ben. A mí nada, a ustedes quizá les pasará. Porque no podrán salir de aquí. Esa esquina donde se encuentran está hechizada por una de mis fuertes técnicas. No es visible, pero no podrán salir de ahí, nadie puede romperla, excepto yo. Y claro, el señor Zalgo.

Ese demonio... ¿qué tenía que ver aquí? A Sally le temblaron los ojos. Ella amaba jugar, pero este tipo de juegos ya se iban al extremo. El miedo la invadió por completo.

—¿Zalgo?... ¿Qué?... ¡Jack deja de jugar esto no es divertido! ¡Y sacanos de aquí! — Ben intentó seguir corriendo, pero solo volvía y volvía a chocar, lastimándose más.

—¡Pero yo creí que les gustaba jugar! ¡Jajajaja! Miren mocosos, no es personal hacia ustedes, yo solo cumplo órdenes... y venganzas.

Eso último lo saboreó más, recordando que estaba entregando a los hijos del estúpido Slenderman, a manos del insensible Zalgo. ¿Qué mejor venganza había que esa?

Ambos niños comenzaron a llorar en silencio. No podían creer, como un día estaban tan cómodos con su papá en casa, y para el otro, metidos en semejante lío. Ben, quien más convivió con el castaño, además de todo, se sentía cruelmente traicionado.

—Yo... confié en ti Jack... ¿porqué haces esto? Creí que eramos amigos... — El pequeñito se tallaba los ojos, intentando retener sus sollozos, qué igual salían. Ambos pequeños estaban hechos un mar de lágrimas.

Jack quizá no tenía vista, pero escuchaba, y veía con sus famosos puntos. Fue justo en ese momento cuando sintió como si algo desconocido se le rompiera en el corazón. Pero... ¡no! No podía permitir eso. Nada de sentimientos en él.

Sacudió su cabeza, concentrándose otra vez.

—Debo irme. Suerte enanos.

Ni siquiera pudieron ver cuando el susodicho se retiró. De verdad que era muy rápido. Un estruendoso grito se pudo escuchar por toda la cueva.

—¡JAAAAACK!

...

—Sintió eso, ¿verdad señor?

El gran demonio y su lacayo no alcanzaron a encontrar a Slenderman, cuando una sensación electrizante invadió a ambos. Era un desequilibrio de magia. Y no cualquier magia. Magia blanca...

—¡Ese estúpido modista entrometido!

...

—¡Entiende Jeffrey por favor! Si te quedas aquí, Zalgo te raptará y quien sabe que planea hacerte!

El pelinegro no entendía ni jota de lo que el mayor le decía. En primer lugar, llega como loco corriendo a la casa, balbuceando cosas sobre Zalgo, y para acabarla también seguía insistiendo en que él estaba embarazado. A veces se preguntaba, porque tenía que toparse con tantos locos. Aunque él mismo fuese uno de los locos en la lista, jamás lo aceptaría.

—¡Con un carajo, Trenderman! Ya te dije, ¡no estoy esperando ningún puto bebé! ¡Y me importa mierdas Zalgo! El debería estar preocupado por meterse conmigo, tsk. — El orgullo de Woods siempre iba ante todo. Ya estaba cansado de oír los estúpidos gritos de espanto que Trender pegaba desde hace un rato, así que se sentó con los brazos cruzados. —Y te tardaste tanto el super mercado para llegar sin comida, tsk... con el hambre que tengo...

El sastre se pegó en la cara con la palma y soltó un gran suspiro. Las cosas no iban a funcionar de esta manera.

—Mira Woods, no tengo tiempo para esto. Ya te dije que mientras yo esté aquí tú seguirás vivo, para que yo al fin pueda saldar mi maldita deuda. ¿Escuchaste?

Pero Jeff no escuchó, lo ignoró como él sabía hacer. Aun así, el más alto no prestó atención a eso, se dedicó a escribir una nota en un papiro especial mágico. Es algo que necesitaba si o si, antes de hacer lo que tenía planeado. Una vez la terminó, la dejó en la mesa.

Sacó una extraña pulsera del color del arcoíris de uno de los cajones de su máquina de coser. Jamás pensó que la usaría en una situación así, pero... era lo único que se le ocurría. Además, estaba seguro que su hermano comprendería la situación.

Se dirigió hasta donde estaba sentado el chico del problema, mostrándole la pulsera.

—Escúchame con atención Jeffrey. Tienes que ponerte esta pulsera y girarla tres veces en tu muñeca. Te llevará a un lugar seguro.

El adolescente subió una ceja y dejó sus párpados caer. Estaba hambriento, y este monstruo solo seguía empeñado en decir estupideces.

—¿Es enserio? ¿Quieres que me ponga esa mariconada para qué? ¿Irme a Oz o que pendejada?

—¡Jeffrey! Por fav...

Ni su oración pudo terminar. La puerta de su hogar fue destruida sin compasión. La sangre del azabache se heló en cuanto vio al mismísimo Zalgo entrar por ese agujero.

—Dame lo que me pertenece, monstruo patético...

"Así que... Trender no mentía. Pero... ¡¿qué coños está pasando?!" Eran los pensamientos de Jeffrey Woods.

Patético o no, se quedó congelado. Ni siquiera se le ocurría que hacer. Nunca había tenido al famoso Zalgo tan de cerca. Y si que causaba un miedo terrible, como si te fuera a devorar con esos ojos. Por lo tanto, decidió no mirarlo. Solo permaneció estático.

Pero para el sastre, cada segundo no pasaba de en balde.

—¡NO TENGO TIEMPO PARA ESTO!

Con una velocidad impresionante, tomó el brazo del menor y le colocó la pulsera, girándola tres veces. Nada se pudo hacer después, el histérico adolescente había desaparecido entre una humareda de polvillos brillantes.

—¡GRRRRR!

Zalgo hizo a un lado a su asistente, ahora su nuevo objetivo era ese modista de pacotilla. Una vez llegó a él, lo tomó del cuello de la camisa, levatándolo sin piedad.

—¡Qué has hecho grandísimo imbécil! ¡¿A dónde lo has enviado?!

A pesar de la situación en la que se encontraba, en la que, lo más probable es que no saliera vivo, el rostro de Trender escondía una sonrisa de satisfacción invisible.

—Jaja... A un lugar, al que tú, jamás podrás entrar... — Le costaba trabajo respirar, pero como amaba burlarse en la cara del gran demonio. En eso, apretujó con fuerza el papiro qué con anterioridad había tomado, arrugándolo. Zalgo no evitó prestar atención a eso.

—¡¿Qué diantres guardas ahí?

Trenderman ni se molestó en responder. Lo siguiente que hizo fue pasar el puño frente a su invisible boca. Abrió sus secretos y algo macabros labios, para después soplar. Cuando abrió la mano, el papel ya no estaba ahí.

Ese acto de cinismo solo hizo gruñir más al demonio. Apretó con más fuerzas el cuello del larguirucho ser, para después mirarlo directamente a los inexistentes ojos. Trender trataba de defenderse, golpeando a Zalgo con sus tentáculos, pero no le hacían daño alguno.

—Me parece que tienes ganas de morir, Trenderman... Monstruo indeciso... Eres un ser sobrenatural, jamás quisiste volverte un creepy... Sabes lo que pasará si mueres... — La sangrienta boca de Zalgo sonreía maquiavélicamente.

—Pero... saldé mi deuda... — Por debajo de sus lentes rodó una lágrima, sin embargo reía.

Ese lugar donde sus ojos debían estar no duró mucho más. Su garganta se desgarraba al gritar de dolor, cuando el demonio, con solo mirarlo, hervía dos agujeros en su rostro, que chorreaban un extraño líquido negro.

Pronto, su secreta boca se abrió para comenzar a escupir sangre.

"Los modistas alcanzan la fama por sus méritos..."

Y todo se volvió oscuro.

...

Era una sensación muy extraña. Como dar vueltas y vueltas en la montaña rusa, pero unas cien veces peor. No logró ver nada, hasta que cayó inevitablemente contra el suelo. Ese dolor, su pequeña pancita lo resentiría después.

Olió. Olía suave, como a flores, y raramente le pareció percatar algo de algodón de azúcar. Sus manos definitivamente tocaban pasto, un pasto muy verde.

Elevó solo un poco su cabeza para mirar a su alrededor. Árboles coloridos, algunas cabañas se veían a lo lejos, cielo claro y azul, hasta le pareció ver a un raro monstruo peludo y alto, de color amarillo con morado, que perseguía a alguien, tratando de hacerle cosquillas.

Ahora si sus ojos se abrieron al máximo.

—¿Donde mierdas estoy?...

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Este capítulo me costó trabajo y no se porque. También siento que quedó muy largo.

Quiero hacer especiales agradecimientos a los que continúan con mi historia fielmente, a pesar que me tarde en actualizar, a los que siguen ahí, y claro a los nuevos lectores. Loki, tu siempre me animas a seguir. Amo los reviews que dan comentarios sobre el capítulo, eso me da ánimos, y me anima a mejorar.

Gracias a pequebalam por ser nuev lector . Y en fin, a todos. Es un verdadero honor tener quien me lea.

Un abrazo y un maullido para todos. Ahora es que empieza el verdadero drama. (?)