Segunda semana: Eres lo más importante para mí.
Los días transcurrían con desconcertante velocidad y la debilidad de la enana crecía. Un segundo desmayo me obligó a llevarla de regreso a la Sociedad de Almas en uno de nuestros paseos, tras lo cual nuestras visitas a Karakura fueron canceladas por su seguridad. Más bien fue Byakuya quien las canceló, apelando a que si "osaba llevarla al mundo real", me convertiría en víctima de su zampakutou.
A partir de entonces nos dedicamos a recorrer el Seireitei, muchas veces acompañados por algún capitán o teniente. Sentía un pinchazo de molestia cada vez que alguien venía con nosotros y, tras dos o tres oportunidades, llegué a la imposible conclusión de que parecían sentir celos de ellos. Celos. Sí, era posible estar celoso de que la enana compartiera su tiempo con gente que no fuera yo, al fin y al cabo en la semana anterior Byakuya y yo éramos las únicas personas que habían estado con ella; y su presencia a mi lado, solos, sin nadie que captara su atención, se había vuelto tan cómoda que un dejo de odio me inundaba al ver a quienes querían arrebatármela.
¿Por qué me sucedía eso? Esos eran sus últimos días, era una respuesta factible, pero no totalmente verdadera. Había algo en ella, algo que no había notado antes, algo que me hacía sentir cosas que nunca había sentido antes. ¿Acaso…?
- ¡ICHIGO! ¡DESPIERTA! Esto no es divertido si no intentas atacarme – resonó una voz en mis oídos haciéndome perder el hilo de mis pensamientos.
Sacudí la cabeza para despejar mi mente y alcé la vista. Delante mío se alzaba la imponente figura de Zaraki Kempachi, zampakutou en mano y una sonrisa de sonra en el rostro que comenzaba a amenazar con desaparecer.
"¿Cómo llegué a esto?" me pregunté en un momento de incomprensión. Un instante después una imagen de Kempachi recordándome una vieja promesa apareció en mi mente. Claro, el capitán del decimoprimer escuadrón había apelado a la promesa de volver a luchar con él que había hecho en mi primer visita a la Sociedad de Almas. No pude rechazarla.
- ¡Ichii! Ken-chan no está feliz – oí que gritaba Yachiru desde un montículo que había a pocos metros de donde nos encontrábamos.
Me volteé a verla y me topé con la figura de Rukia. La pequeña teniente y ella se encontraban a la sombra de un árbol observándonos con impaciencia. Una ligera brisa movió las hojas del árbol haciendo que la luz se filtrara entre ellas y cayera sobre la marmórea piel de la enana. Mis ojos recorrieron lentamente los sectores donde la luz del sol se reflejaba con claridad en su piel, llegando por último a su rostro. Un solo pensamiento invadió mi mente: aquella chica, aquella enana mandona, era la persona más bella que había visto jamás.
Sus oscuras cejas se encontraban en un ángulo en el cual muy pocas veces las había visto y sus ojos brillaban mientras me devolvía la mirada. Preocupación. Si no la conociera, podría haber dicho que Rukia estaba preocupada por lo que pudiera pasarme a continuación.
- ¿Quieres protegerla? – preguntó Kempachi con un tono anormal en su voz al tiempo que dirigía su mirada hacia el montículo donde las dos shinigamis se encontraban.
- Más que nada en el mundo – las palabras salieron de mis labios sin que pudiera pensarlas con claridad, mi mirada fija en la de Rukia – Pero no puedo, no en este caso.
- Demuéstralo.
- ¿Qué?
- Que harías todo por protegerla.
Lo miré sin comprender sus palabras. No existía sentido alguno en lo que decía.
- Demuéstrale que tu fuerza proviene del deseo de salvarla y luego discúlpate porque no fuera suficiente.
La sorpresa se reflejó claramente en mi rostro. ¿Desde cuándo Kempachi era tan profundo? Asentí lentamente, sin borrar de mi mente la imagen de Rukia bajo el árbol, con el sol reflejado en su pálida piel.
- Prepárate a perder – dije con una sonrisa macabra.
- Jajaja, ¡ya era tiempo! – río Kempachi con felicidad.
- ¡Ken-chan está feliz! – se oyó que cantaba la voz de Yachiru y con un rápido movimiento desenfundé a Zangetsu, lanzándome sobre el enorme capitán del décimoprimer escuadrón.
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- ¡Baka! ¿Qué intentabas probar? – gritó Rukia con aquel tono mandón que lograba enfurecerme con rapidez, al tiempo que aparecía en el umbral de la sala donde me encontraba.
- Nada – mentí enfadado volteando el rostro hacia otro lado.
Rukia bufó y una sonrisa surgió en mis labios.
Nos encontrábamos en las instalaciones del cuarto escuadrón. Las heridas que Kempachi y yo nos habíamos echo habían resultado de tal gravedad que habíamos llegado inconscientes al edificio.
Había despertado hacía poco más de cinco minutos y la enana aparecía y comenzaba a gritarme. Aquello no era justo, al fin y al cabo ella había sido mi principal motivación para luchar.
- ¡Ay! – me quejé en el tono más bajo de voz que pude cuando una venda se ajustaba demasiado sobre una herida sangrante sobre mi pecho.
- Lo siento, Kurosaki-kun – dijo nervioso Hanatarou con una leve reverencia, pero eso no evitó que continuara su trabajo sobre mis repetidas marcas de combate.
- Buen combate Ichigo – comentó Kempachi apareciendo tras Rukia con Yachiru al hombro. Se encontraba tan lleno de vendajes que por un momento me dio la impresión de encontrarme frente a una momia de aquellas que veía en las películas con Karin (a Yuzu le daban demasiado miedo como para verlas).
Me regocijé. Había logrado hacerle tanto daño como él a mí.
Asentí sonriendo con suficiencia y el dolor me abrasó el pecho. Intenté ignorarlo, pero no pude evitar que una mueca se reflejara en mi rostro. Oí otro bufido por parte de Rukia.
- Deberá repetirse – declaró con una sonrisa que más parecía una mueca de dolor como la mía – Aún no he logrado vencerte.
La realidad era distinta: ambos habíamos caído rendidos casi al mismo tiempo, pese a mis constantes intentos de superar sus fuerzas. Aún así él parecía no considerarse el ganador y eso llenó mi interior de satisfacción.
Sonreí e intenté levantarme pero un espasmo de dolor me recorrió por completo, obligándome a recostarme de nuevo para no gritar.
- La próxima vez te venceré – dije convencido tratando de ignorar las punzadas que sentía por todo mi cuerpo.
- Hazte más fuerte Ichigo y volveremos a encontrarnos – dijo Kempachi a modo de despedida.
- ¡Bye-Bye Ichii! Hacía mucho que no veía a Ken-chan tan contento – chilló Yachiru desde el hombro de su capitán - ¡Qué te mejores Rukia-chan!
Mi corazón se paró durante un segundo. Escudriñé con velocidad el rostro de la enana, pero se veía tan inmutable como siempre.
- Arigato – dijo con una sonrisa que pude notar no llegaba a sus ojos, y haciendo una reverencia agregó - Yachiru-fukutaicho, Zaraki-taicho, si me permiten, debo regresar a la mansión.
- Rukia… - dije para llamar su atención al ver su extraña expresión.
- Nos vemos luego, Ichigo.
Pude sentir el tono frío en sus palabras y algo se revolvió en mi interior, culpable. Ella estaba enfadada y no iba a culparla. Pero tampoco iba a arrepentirme de haber luchado con Kempachi. Por primera vez en esos días mi cabeza se había vaciado por completo y una sensación de bienestar me invadía, ajena a todos los problemas y centrada en el hecho de ver a Rukia junto a mí.
La vi alejarse pero no dije nada. El silencio invadió la habitación cuando Kempachi y Yachiru también la abandonaron, solo interrumpido por el incesable trabajo de Hanatarou sobre mis heridas.
Salí del edificio del cuarto escuadrón un par de horas más tarde. La noche ya había caído a mi alrededor por lo que mi primer idea fue dirigirme directo a la puerta Senkai y volver a mi hogar, pero a mitad del recorrido un repentino deseo me invadió. Volví sobre mis pasos y giré en una de las esquinas. Quería ir a la mansión Kuchiki para despedirme y decirle que volvería al día siguiente, aún sabiendo que no podría entrar a ver a Rukia.
Caminé sin prisa, olvidando por completo el hecho de que llegaría tarde a casa. Hacía tiempo que eso había dejado de importarme. Pétalos de sakura comenzaron a caer a mi alrededor conforme me acercaba a la mansión.
Me detuve ante las grandes puertas de la muralla. No iba a entrar, y posiblemente tampoco me lo permitirían, por lo que me dediqué a observarlas, imaginando que Rukia se hallaba ante ellas. Sabía que era estúpido, pero de alguna manera me hacía sentir bien.
Tras unos minutos dirigí mi mirada al edificio en sí, descubriendo con asombro una pequeña figura en un tejado no muy lejano a donde me encontraba. Salté sobre el muro y fijé la vista. Tarde poco menos de un minuto en descubrir en la sombra a Rukia. La enana miraba el cielo, ajena al hecho de que yo me hallaba en la puerta de su hogar.
Sin pensarlo dos veces traspasé de un saltó el espacio que separaba la muralla del tejado y, recorriendo techo por techo, llegué a donde ella estaba.
- ¿Qué haces aquí? – me saludó sin dejar de mirar las estrellas.
- Estaba de paso – respondí rascando mi cabeza y me senté junto a ella - ¿Qué haces tú en el tejado a estas horas?
- Miraba el cielo y pensaba – respondió en un susurro aún sin mirarme.
- ¿Qué pensabas? – pregunté sin esperar respuesta.
- En muchas cosas… principalmente en las últimas semanas – murmuró y finalmente volteó su rostro.
La luz de la luna se reflejaba en su piel blanca tal como el sol lo había echo esa tarde, pero dándole un brillo plateado que hacía resaltar enormemente sus ojos. La brisa revolvía suavemente sus cabellos y su kimono. Me sonrojé al notar lo bella que era aquella visión de la enana.
Pero entonces un leve destello en sus mejillas capto mi atención. Me acerqué unos centímetros y caí en la cuenta de que su rostro estaba surcado por lágrimas que habían cesado de caer pocos segundos antes de mi llegada. Coloqué mi mano sobre su mejilla en un intento de borrar todo rastro de ellas.
- ¿Por qué llorabas? – pregunté aún acariciando su mejilla.
Ella sonrió y tomó mi mano entre las suyas.
- ¿Por qué quieres saberlo? – dijo con la vista clavada en nuestras manos.
¿Qué responder? No podía decirle la verdad, aquella verdad que había descubierto esa misma tarde mientras peleaba. Pero si contestaba mal, ella no diría nada.
- Eres mi amiga Rukia, es natural que me preocupe si lloras – respondí liberando parte de mis sentimientos, obviando aquello que realmente quería decirle.
- No te preocupes – susurró con una sonrisa triste y una sola lágrima resbaló por su mejilla, cayendo en nuestras manos – Nos vemos mañana.
Se puso de pie lentamente y soltó nuestro agarre con más lentitud aún. La vi desaparecer por segunda vez en ese día y pronuncié al viento aquello que querría haberle dicho:
- Eres lo más importante para mí Rukia. No quiero que sufras.
Me van a odiar con este fanfic T.T
Bueno.. aquí les traigo la segunda semana!! (3er cap)
Arigato por los reviews =) es muy bueno saber que a la gente le gusta lo que escribo.
Aclaración de este capítulo: pensaba agregar una escena, pero finalmente quedó bien así.. por lo que veré de introducirla en el próximo. Sé que resulta algo raro la manera en que describí a Ichigo como una persona dulce.. pero al fin y al cabo ¿cómo puede ser con la persona que quiere y sabe que va a morir? y también la forma de comportarse de Rukia suena extraña.. Espero saber explicarla en el cap que viene! no se preocupen
De por si, gracias por leerlo =)
Lulaa-chan
