Tercera semana

: ¿Por qué lloras?

La semana comenzó con la llegada de nuestros amigos del mundo real.

Era una mañana lluviosa y debido a su progresiva debilidad, Rukia aún se encontraba durmiendo cuando llegué a al mansión. Entré a su habitación haciendo el menor ruido posible, conciente de que aquello equivaldría a una pelea en cuanto despertara. Pero al igual que en muchos otros asuntos, poco me importaba que ocurriera después: sólo quería verla descansar y admirar la belleza que recientemente había adquirido para mí, algo empañada por su enfermedad, sin ningún tipo de distracción.

- Ohayo, Rukia – susurré acariciando el dorso de su mano con la yema de mis dedos, cuando estuve junto a su cama. Se veía tan dulce y desprotegida mientras dormía, tan diferente a su yo despierto.

Mis mejillas se sonrojaron en un acto reflejo. ¿Qué estaba pensando sobre la enana? Aún era incapaz de describir el sentimiento que me invadía cuando la veía o estaba junto a ella: me sentía completo y la necesidad de sonreír todo el tiempo se apoderaba de mí. Si debía aplicarle una palabra a esa sensación, podría decir que con ella me sentía feliz, más feliz de lo que nunca había estado.

- ¡Deténgase! Esta habitación está fuera de los límites que Kuchiki-sama indicó – gritó alguien al otro lado de la puerta.

- Pero… - comenzó a argumentar otra voz.

- Sin excepciones, salvo que obtengan el permiso de Kuchiki-sama para entrar.

- ¡Pero queremos ver a Kuchiki-san! – chilló una tercera voz.

Me dirigí a la salida hecho un vendaval, pero procuré abrir y cerrar la puerta con delicadeza para no despertar a Rukia.

- ¡¿Qué es este escándalo?! – grité una vez del otro lado del umbral - ¡¿No ven que Rukia necesita descansar?!

- Lo sentimos, Kurosaki-sama – dijeron al unísono dos hombres que identifiqué como sirvientes de la mansión.

- ¡Kurosaki-kun! – dijo la tercera voz con sorpresa.

Dirigí la mirada a mi interlocutora y me topé con los rostros sorprendidos de Inoue, Ishida y Chad.

- Vinimos a ver que ocurría con Kuchiki-san – explicó Inoue con presteza – Abarai-kun nos ha contado algo sobre una enfermedad…

- Hablemos afuera – la interrumpí rápidamente y los guié hacia una puerta cercana.

Salimos a los grandes jardines de la mansión y nos sentamos bajo un cerezo. Mi mente volvió por un momento al instante en que Rukia me explicaba el por qué de la gran cantidad de esos árboles en los alrededores del edificio. Sakura había sido la flor preferida de Hisana-sama, su hermana y esposa de Byakuya, por lo que el capitán del sexto escuadrón había adquirido cierto favoritismo por aquellas flores y había obligado a plantar cientos de cerezos. ¿Había sentido Byakuya lo mismo que yo en ese momento al ver a Hisana enferma? Me resultaba extraño pensar en el capitán Kuchiki afligido y preocupado, pero por un segundo, creí comprenderlo.

- Te escuchamos – dijo Ishida sacándome de mi ensimismamiento.

- Etto…

- ¿Es verdad que Kuchiki-san está enferma? – me interrumpió Inoue antes de que pudiera pronunciar palabra.

Asentí lentamente, clavando la mirada en el suelo.

- Pero no es nada grave, ¿verdad? Se recuperará… - continuó la chica.

Negué con la cabeza. A mi lado sentí que Ishida se movía nervioso.

- ¿Por qué no nos has contado nada? – preguntó Chad saliendo de su silencio.

Traté de hablar, pero la voz me falló. Podía notar como una furia contenida luchaba por asomar en forma de lágrimas. Golpeé el puño contra el suelo en un intento de contenerlas.

- ¿Cuánto tiempo…? – comenzó el Quincy.

- Diez… días… cuanto mucho – murmuré con la mandíbula apretada. Aunque quisiera negarlo, me dolía hablar sobre ese tema.

- ¿Diez días para qué? – susurró Inoue inocentemente.

- De vida. A Kuchiki-san le quedan diez días de vida – contestó Ishida nervioso.

Sus palabras fueron la gota que colmó el vaso. De un salto me puse de pie y les di la espalda.

- ¡Oh, Kurosaki-kun! – escuché que comenzaba a sollozar Inoue.

La ignoré y me alejé de ellos.

- Si van a ver a Rukia, díganle que la volveré más tarde – dije al frenarme a un par de metros, sin voltearme.

- Ichigo… - dijo Chad.

- Estaré bien – contesté girando mi rostro y simulando una sonrisa.

- No, Kurosaki… - intentó convencerme Ishida, pero lo interrumpí.

- Sólo… Quiero estar solo – dije con tono monótono y comencé a caminar nuevamente.

- Kurosaki-kun… - susurró Inoue entre llantos, pero yo ya me encontraba muy lejos para escucharla.

Me paseé por el Seireitei sin rumbo durante el resto de la mañana y parte de la tarde. Caminaba sin rumbo, sin pensar, sin querer sentir; solo caminaba.

A media tarde me detuve a observar por primera vez a mi alrededor, la pena en mi interior algo aliviada. Me encontraba frente al sitio donde Rukia iba a ser ejecutada en mi primera visita a la Sociedad de Almas. En esa ocasión todo había sido tan diferente: una parte en mi interior era conciente de que lograría salvarla, aunque ello me costara hasta lo imposible. Las luchas, las heridas, no eran nada comparado a la desesperación de saber que no podía hacer nada que sentía en ese momento. Esta vez, no podía hacer nada para salvarla, nada.

Mis ojos se empañaron, pero los sequé con fuerza. No iba a llorar, debía ser fuerte y mostrarme sonriente para ella. Si me afligía, Rukia lo notaría y posiblemente se entristecería también, aunque su orgullo no le permitiría mostrarlo.

En ese momento recordé la noche en que la encontré en el tejado. Ella ya estaba sufriendo, pese a que no quisiera demostrarlo. Me prometí aliviarle aquel dolor, era lo mejor que podía hacer por ella.

Regresé a la mansión cuando el sol comenzaba a ponerse en el horizonte. Rukia había despertado pocos minutos después de que yo me fuera y, al llegar Renji al mediodía, habían salido a pasear por los jardines.

Los encontré bajo la sombra de un cerezo especialmente florecido, frente al pequeño lago que poseía la propiedad. Inoue se encontraba completamente recuperada de la noticia y reía junto a la enana, pese a que pude notar que la alegría de ambas amigas no llegaba a sus ojos.

- Ohayo – saludé de forma generalizada.

- ¡Kurosaki-kun! Nos preguntábamos dónde habías ido – dijo Inoue sonriente.

- Por ahí – contesté sin interés sentándome junto a Rukia.

- Como estaba diciendo… - continuó Ishida con su monólogo y no pude evitar un bostezo.

Una hora después solo quedábamos Renji, Rukia y yo. Los demás habían partido en dirección al mundo real antes de que se hiciera demasiado tarde.

Bostecé por décima vez en esa hora, ajeno a la conversación del pelirrojo y la enana. Casi inconscientemente me recosté en el césped y coloqué mi cabeza sobre el regazo de Rukia. La enana se detuvo a mitad de la frase y me miró entre asombrada y furiosa.

- Necesito descansar – me defendí feliz de que aún no me hubiera golpeado.

Miré en dirección a Renji y sonreí para mis adentros al notar que estaba realmente enojado. Luego cerré los ojos, disfrutando de la proximidad de la shinigami hasta que ella reaccionara y me quitara de allí. Pero para mi asombro eso no sucedió y pronto caí dormido.

Soñé con mi madre y Rukia, ambas desvaneciéndose a medida me acercaba a ellas. Desperté sobresaltado al sentir algo húmedo que caía sobre mi rostro, pero no abrí los ojos. Podía sentir que alguien acariciaba con ternura mis cabellos y pequeñas gotas caían lentamente sobre mi piel. Eran lágrimas.

- Arigato – oí que murmuraba la voz de Rukia – Siento tanto que tengas que pasar por esto…

Sentí una presión en el pecho al notar su tristeza y sin pensarlo dos veces, me senté y la miré fijamente a sus húmedos ojos. Renji ya no se encontraba allí y la noche nos rodeaba, pero no reparé en nada de ello, inmerso como estaba en su mirada.

- ¿Por qué lloras? – susurré acariciando su mejilla como la otra noche.

- ¿Por qué sigues aquí? – preguntó bajando la mirada.

- ¿Por qué debería irme? – refuté confundido.

- Deberías haberlo echo hace tiempo… Cualquier persona razonable lo habría echo…

- Supongamos que no soy razonable – dije dejando a un lado mi orgullo - ¿Cuál es tu punto?

- ¡Voy a morir Ichigo! – chilló de repente - ¿Por qué sigues cerca de lo que te hace sufrir?

Quedé paralizado. ¿Cómo era posible que la enana supiera que iba a morir?

- ¿Q-Quieres que me vaya? – dije sin pensar.

- N-No… no te vayas… - murmuró tomando mi mano entre las suyas.

Vi como las lágrimas volvían a rodar por sus blancas mejillas. En un acto inconsciente, comencé a besarlas una a una antes de que cayeran de su rostro. Sentí que se estremecía bajo mi contacto, pero no hizo nada por detenerme.

- ¿Por qué sigues aquí? – preguntó luego de unos instantes en un murmullo.

"Porque te quiero" hubiera sido mi respuesta si en su lugar no la hubiera besado. Las lágrimas seguían cayendo, por lo que la besé con más pasión. Ella me rodeó el cuello con los brazos, acercándonos más, y mantuvo el abrazo una vez nos separamos.

- ¿Por qué lloras? – volví a preguntar tan cerca que podía sentir el roce de nuestros labios con cada palabra que pronunciaba.

- P-Porque… no quiero verte sufrir… - susurró sin voz – No quiero que estés herido.

La besé de nuevo, incapaz de pronunciar palabra.

- Vale el sacrificio – dije finalmente abrazándola con fuerza.

Estuvimos así un tiempo que me resultó eterno, disfrutando de la mutua compañía.

- Creo que deberías volver a la mansión – murmuré luego de unos minutos al notar la oscuridad a nuestro alrededor por primera vez.

Rukia se volteó a mirarme con sorpresa e intentó protestar, pero yo ya me encontraba de pie. La ayudé a pararse y comenzamos a caminar. Cada en tanto le fallaban las piernas y debía apoyarse en mí para no caerse, por lo que la rodeé con un brazo por la cintura.

- Arigato – dijo cuando estuvimos a la entrada de su habitación.

Sonreí y la besé cortamente.

- Nii-sama va a matarte – murmuró con una risita.

- Sólo estoy haciendo feliz a su hermanita – dije tras besarla de nuevo – Nos vemos mañana, enana.

- Nos vemos, Ichigo.

Los siguientes días fueron los más felices de mi vida. Poco me importaron las miradas asesinas que Byakuya había comenzado a lanzarme cuando me veía cerca de la enana, luego de que me descubriera besándola una tarde; o la notable irascibilidad de Renji; o la sensibilidad a flor de piel de Inoue. Rukia era todo en lo que podía pensar y por primera vez en esas semanas, me sentía completamente en paz.

Finalmente una tarde logré armarme de valor y aclarar la duda que hacía un tiempo rondaba por mi mente.

- Etto… enana… - dije no muy seguro de querer traer a flote el tema.

Ella alzó la mirada con expresión inquisitiva y me miró a los ojos.

- ¿Sí?

- Etto… - comencé desviando la mirada hacia el lago que teníamos frente a nosotros. Nos encontrábamos en el mismo lugar que en la noche que nos habíamos besado por primera vez - ¿Cómo es que…? ¿Alguien te contó sobre…? Ya sabes…

Ella suspiró y elevó la vista al cielo.

- ¿Sobre mi enfermedad? – sentí un nudo en el estómago, pero no la interrumpí – Lo sé desde antes que me llevaras de Urahara. Podía sentirla.

- Pero…

- No quería que nadie se preocupara – dijo suavemente y luego colocando su mano sobre mi mejilla y mirándome a los ojos agregó: - No quería que te preocuparas por mí.

La abracé con fuerza y una pequeña sonrisa se asomó en mis labios.

- Yo siempre me preocupo por ti, tonta – le susurré al oído y pude sentir que ella también sonreía.


Tomatazos?? Abucheos?? Que opinan? Demasiado cursi??

Siento la demora en subir el capítulo. He comenzado las clases y no me dan los tiempos...

Arigato por los reviews ^^ me hacen muy feliz!

En cuanto pueda subiré el siguiente.

Lulaa-chan