Cuarta Semana: Arigato

Finalmente llegó la última semana y con ella todas mis preocupaciones. Antes de lo que yo pensaba, la enfermedad le impidió a Rukia caminar y la obligó a estar todo el día en reposo. Fue en ese momento que mi estadía en la mansión se volvió permanente, al menos hasta que aquel día llegara.

Esa noche me despedí del viejo, Yuzu y Karin sin muchas palabras, excusando mi partida con un viaje de estudio.

- Onii-chan, cuida de Rukia-chan por favor – susurró Yuzu cuando me acerqué a ella.

La abracé con fuerza preguntándome cuanto sabrían en realidad. Karin avanzó unos pasos y también me abrazó.

- Todo va a estar bien Ichi-nii – dijo con una sonrisa que intentaba ser alegre – Envíale nuestros saludos.

Me separé de ellas y caminé hacia la entrada de mi hogar. El viejo me siguió extrañamente calmado.

- ¿Qué saben? – pregunté una vez afuera sin voltearme.

- Todo. Es sorprendente lo comunicativo que te vuelves mientras duermes – dijo con un tono extraño y pude imaginar que se estaba rascando la cabeza.

Una furia repentina, mezclada con cierta vergüenza, me invadió al comprender que me habían escuchado hablar por las noches, pero pronto se desvaneció. Un extraño alivio ocupó su lugar, seguramente porque mi familia comprendía mi situación en ese momento, algo que creí nunca habían echo antes.

- No servirá de nada que te diga "No te preocupes" o "Lo superarás", ¿verdad? Son palabras inútiles – dijo mi padre desempeñando por primera vez el rol que le correspondía como tal – Sólo se tan feliz como puedas. Es lo mejor que puedes hacer por ti y por ella.

Me volví a verle. Tenía la mirada perdida en algún punto del estrellado cielo y su rostro reflejaba tristeza y alegría al mismo tiempo. Supe con solo verlo que estaba pensando en mamá.

- Arigato – susurré incómodo.

- Vete ya – sonrió bajando la mirada – y hazme un padre orgulloso.

No supe si reír o golpearle, por lo que opté por solo voltearme y comenzar a caminar hacia la tienda de Urahara.

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Grande fue mi sorpresa cuando tras cruzar el umbral de la puerta Senkai que me separaba de la Sociedad de Almas, me encontré con el rostro inexpresivo de Kuchiki Byakuya. Pese a que cualquier otra persona hubiera dicho que su mirada era la misma de siempre, yo pude sentir que me fulminaba con ella como si quisiera matarme pero algo se lo impidiera. Rukia, esa era la razón por la que quería acabar conmigo y, a la vez, la razón por la que no podía.

- Sígueme Kurosaki – dijo sin muchas vueltas y comenzó a caminar con paso rápido.

Media hora después nos encontrábamos frente a lo que iba a convertirse en mi habitación durante los siguientes días. Era pequeña pero cómoda, y no pude dejar de notar que, convenientemente, toda la mansión separaba el cuarto de Rukia del mío.

"¿Quién iba a pensar que el capitán Kuchiki era tan pervertido?" pensé por un momento, pero al siguiente me sonrojé al comprender lo que eso significaba. Maldición, me estaba volviendo un pervertido como el viejo.

Con intención de vaciar mi mente procedí a acomodar las cosas en los diminutos armarios que me correspondían. Separé una pila de mangas que le había prometido a la enana y me recosté sobre la cama. Pese a que intenté conciliar el sueño, éste parecía reacio a hacer acto de presencia, por lo que desistí de la idea de dormir.

Me puse de pie lentamente y tomé la pila de mangas, pensando en dejarlos en la habitación de Rukia y, tal vez, verla dormir durante unos minutos. Pero me sorprendí al llegar y notar que ella aún seguía despierta. Se encontraba sentada en su cama, con una pequeña mesita sobre su regazo, escribiendo algo que sospeché era una carta.

- ¿Qué es? – pregunté para llamar su atención al darme cuenta de que no se había percatado de mi presencia.

- I-Ichigo, pensé que llegabas por la mañana – chilló por la sorpresa y dobló rápidamente el papel.

- ¿Para quién es? – dije mitad curioso, mitad celoso.

- No es de tu incumbencia – respondió comenzando a enfadarse.

- Sí lo es – contesté acercándome.

- No me digas que Kurosaki-kun está celoso… – murmuró con tono meloso, pestañeando repetidamente y con una media sonrisa en su rostro.

- ¡No estoy celoso! – mentí sin mucho éxito.

Noté que su sonrisa autosuficiente se ensanchaba y la miré con furia. Acto seguido, y casi de forma inconsciente, besé suavemente sus labios dejando de lado el hecho de que acabara de herir mi orgullo.

- ¡KUROSAKI! – gritó la voz de Byakuya desde el umbral de la puerta.

Nos separamos instantáneamente. Una vez recuperado del susto puse los ojos en blanco, antes de voltearme. Por el rabillo del ojo vi como las mejillas de Rukia adquirían un brillante color rojo.

- Nii-sama – susurró a modo de disculpa.

- Sal de aquí Kurosaki – dijo Byakuya fulminándome con la mirada – Rukia necesita descansar.

Fruncí el ceño más de lo que ya lo tenía y una vengativa idea se asomó en mi mente. Sin decir palabra, me volteé y tomando la barbilla de la enana, alcé su rostro. Me miró a los ojos entre confundida y curiosa. Sonreí y la volví a besar tiernamente.

- Buenas noches enana – murmuré separando mi rostro del suyo unos centímetros.

- B-Buenas noches – respondió sorprendida.

Solté su barbilla con delicadeza y comencé a caminar hacia la puerta. Eché un vistazo a Byakuya antes de salir de la habitación. Me regocijé al notar que iba a explotar en cualquier momento.

- ¡KU-RO-SA-KI! – lo oí gritar unos segundos después mientras caminaba hacia mi cuarto. Sonreí con malicia.

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En los días siguientes me arrepentí de haber jugado con la paciencia del capitán del sexto escuadrón. Seguramente bajo las órdenes de Byakuya, Renji comenzó a pasarse el día dentro de la mansión, eliminando por completo toda posibilidad de que Rukia y yo estuviéramos solos más de unos minutos. Junto a él comenzaron a ser más frecuentes las visitas de nuestros amigos del mundo real y de algunos capitanes y tenientes, por lo que la habitación de la enana regularmente se convertía en una sala de reunión donde todos charlaban y las risas, aunque algo forzadas, no faltaban.

Pronto descubrí a Rukia mirando por las ventanas con nostalgia, por lo que una tarde decidí llevarla a los jardines. Rápidamente ese gesto se convirtió en costumbre. Cada mediodía la alzaba en brazos y la llevaba a la sombra de "nuestro" cerezo, seguido de cerca por el visitante de turno. Normalmente la sentaba en mi regazo, acción que lograba irritarla y sonrojarla a la vez, pero nunca se quejó. Allí pasábamos el resto del día, y por la noche la llevaba nuevamente a su habitación.

Realmente disfrutaba de su compañía, aunque más no fuera de solo verla junto a mí.

Pero aquel sentimiento no me permitía dejar de notar como la vida de Rukia desaparecía poco a poco. Dormía gran parte del tiempo y al menor esfuerzo se mareaba y amenazaba con desmayarse. Se había vuelto tan frágil y vulnerable que en momentos me excedía en cuidados hacia ella, desde cargarla para que pudiera salir de su habitación hasta velar por ella en las noches cuando Byakuya no estaba cerca.

Me mantuve junto a ella hasta que llegó el día.

Estábamos sentados bajo el cerezo frente al pequeño lago de los jardines de la mansión. Atardecía y, para mi alivio y extrañeza, nadie nos acompañaba. Rukia se encontraba acurrucada sobre mi regazo y yo la abrazaba en un intento de darle calor. Estaba ligeramente temblando.

- El atardecer es muy hermoso – dijo mirando a la distancia.

No respondí, embelesado en los destellos del sol reflejado sobre su piel.

- ¿No te gusta? – insistió clavando sus orbes azules en los míos.

- Sí – respondí desviando la mirada – solo creo que es triste…

- ¿Triste?

Asentí y nos hundimos en el silencio nuevamente, solo roto por la suave caída de los pétalos de sakura a nuestro alrededor.

- Rukia… - susurré luego de unos minutos.

Me volvió a mirar con aquellos ojos que lentamente me volvían loco y eso solo me hizo dudar de lo que estaba por decirle.

- ¿Sí…?

- Te quiero – susurré tocando su frente con la mía y cerrando los ojos.

No sabía por qué había tardado tanto en decirlo o por qué lo hacía en ese momento. Solo quería que supiera lo que sentía por ella.

Para mi sorpresa, se limitó a sonreír y continuar con la vista clavada en la mía antes de colocar su mano sobre mi mejilla y rozar sus labios con los míos.

- Yo también, baka.

La abracé con fuerza y muy en mi interior supe que ella era tan feliz como yo en ese momento. Tras unos instantes volvimos a nuestra posición inicial y ella se acurrucó más contra mi pecho.

- Estoy cansada – murmuró con los ojos cerrados.

Algo en mi mente gritó "¡NO!" e hizo que me atolondrara. ¿Qué significaba eso? ¿Ya había llegado la hora?

- Ichigo – me llamó y la miré con el dolor reflejado en mi semblante – A-Arigato, p-por todo…

Pronunció las últimas palabras en un tono casi inaudible antes de caer en una especie de sueño intranquilo. Poco a poco pude sentir como su respiración y sus signos vitales disminuían. Finalmente, tras unos cortos segundos, la vida de Kuchiki Rukia se escapó entre mis manos.

- No. Gracias a ti por cambiar mi vida – susurré abrazando con fuerza el cuerpo inerte de la enana y dejando que las lágrimas rodaran por mis mejillas.


Me van a matar no??

Aún así voy a cargar con la culpa de haber matado a Rukia. Era el tono dramático que buscaba de un principio..

Así que las cartas- bomba por favor que sean con comentarios =)

Pronto subiré el capítulo final, o más bien el epílogo.. Así que allí haré los agradecimientos que perdonen no tengo tiempo de hacer en este..

Arigato por todos sus reviews!

Lulaa-chan