Vamos de paseo
Los pastos comenzaban ya a mostrar esa tonalidad marrón que los caracterizaba cuando la temperatura rondaba los 30 °C. El ambiente de la escuela se llenaba de comentarios expectantes sobre lo que cada cual haría en sus vacaciones, o de "ya no puedo esperar una semana más para que finalicen las clases. En efecto, quedaban sólo siete días para que terminaran las clases. Había un curso en especial que deseaba con muchas ganas terminar, ya que este año les correspondía un paseo, diferente al de los demás. Este lo pagaba la escuela, duraba 5 días completos y tenía lugar en las afueras de la ciudad, en una gran cabaña donde había espacio suficiente para todos. El viaje les correspondía a los de segundo de secundaria. Por este motivo, los murmullos de excitación eran más altos en ese salón.
La brillante luz del sol se colaba entre las cortinas a medio cerrar. El olor a tabaco estaba presente en la habitación. En la cama había un bulto que dormía profundamente, a pesar de que eran las 4 de la tarde de un día laboral. En el suelo, entre un par de zapatillas de levantar, yacía un inocente despertador roto, víctima del bulto que, al escucharlo hace un par de horas, lo arrojó al suelo, cuando lo único que había hecho era sonar tal y como se le había programado. Volviendo a aquel bulto, que comenzaba a despertarse abriendo lentamente sus ojos violetas, teniendo la agradable, pero errónea sensación de que podía seguir durmiendo, ya que, según ella, el despertador no había sonado. Bostezó larga y perezosamente aún entre las sábanas antes de tantear en su mesita de noche el despertador para averiguar la hora. Al no sentirlo, se alarmó y salió de las profundidades de las sábanas para buscarlo mejor. Su aspecto no era mejor que el de todos los días, tenía ojeras, y su castaño pelo se encontraba muy revuelto en múltiples direcciones. Por un momento olvidó lo que estaba buscando, y cuando lo recordó, abrió al máximo sus ojos al descubrir el paradero y estado de su despertador. Adivinando lo sucedido, se paró rápidamente de la cama hacia el reloj del comedor...
- ¡¡Las 4:00!! ¡No puede ser, llegaré tarde! –
- Oigan, oigan ¡silencio! –
La voz del profesor resonó en el salón ya por quinta vez, evidentemente molesto, hecho captado por los alumnos quienes rara vez lo veían así. Rápidamente guardaron silencio, a excepción de una chica que estaba hablando por lo bajo con su compañera de puesto, y no podía dar crédito a lo que su amiga le contaba.
- ¿!¿!QUE TE BESO Y LUEGO QUÉ?!?!?! –
Además de las risas que causó el comentario, había dos personas que no participaban de la acción, la primera se encontraba demasiado roja y paralizada como para hacerlo, mientras que la otra, de pie frente a la clase, intentando en vano continuar su lección, murmuró "adolescentes", y sonrió para sí mismo, al recordar un episodio de la suya; por fortuna, después de este pequeño incidente, la clase pareció comportarse, y no emitió ni un sonido más durante el resto de la clase.
Tomó una ducha lo más rápido que pudo, se cepilló los dientes y el pelo, salió del baño y se vistió con lo primero que encontró: una polera de tirantes amarilla con unos jeans largos, se enfundó un par de sandalias, tomó su bolso, las llaves y corrió fuera del apartamento, no sin antes haber tropezado con una silla y un macetero. Anduvo lo más rápido que pudo las dos manzanas que la separaban del paradero, mientras corría pensaba, arrepentida, que debió haberse puesto unos pantalones más cortos, ya que hacía un calor de mil demonios. Dobló una esquina aún con ese pensamiento y llegó justo a tiempo cuando iba pasando un autobús que se iba por la avenida Yotsuya 21, que según ella era más rápido. Ya sentada en él, suspiró, recuperando el aliento y reprochándose el haberse pasado la hora. Aún tenía tiempo, era quizás demasiado justo, pero se lo había prometido a su hermano, y no podía faltar a su motivo de salida.
El profesor se relajó, se sentó en su pupitre y esperó a que los alumnos copiaran la lección, mientras tanto, cerró los ojos, y por un momento, gracias al bendito silencio, pudo escuchar una dulce melodía que provenía del salón de enfrente. En sus tres años que llevaba enseñando en el lugar, ya había logrado reconocer cuando era su colega la que se sentaba frente al instrumento a tocar, y no sus alumnas.
Sus delgados dedos se deslizaban firmes y seguros por las teclas del piano, al ritmo de una melodía no muy compleja, pero que no dejaba de ser en cierta forma hipnotizante para el que la escuchara, claro, esto para el que la escuchara, porque quien estuviera de oyente y observador a la vez, no podría dejar de embobarse con la visión, y es que Himemiya Chikane era una mujer, que a sus 22 años de edad resaltaba notablemente de las demás. Nadie sabía qué era exactamente lo que producía su persona tan atrayente, quizás podía ser su larga cabellera azul, que parecía tener luz propia, y caía dócilmente sobre sus hombros y espalda, o podía ser también su profundo mirar azulado, fortaleza impenetrable para todos. Nunca nadie sabía con precisión lo que Chikane pensaba.
Su encanto podía encontrarse en un gesto, una mirada, un saludo, una despedida, un roce… y en cualquier momento ese encanto te atrapa y te envuelve por un segundo en que se te corta la respiración y se detiene tu corazón, un segundo que parece eterno, uno en que sólo existen aquella mujer y tú.
Bueno, así es más o menos lo que le ocurría al 99 por ciento de las personas que se cruzaban en su camino, el porcentaje restante estaba perdidamente enamorado de alguien más, o simplemente podría ser muy despistado.
Chikane sólo abrió sus ojos cuando terminó de tocar la pieza, se puso de pie y volteó para quedar frente a sus alumnas de último año. Sonrió para sus adentros al detectar asombro en sus caras. A pedido de las estudiantes, y por ser la última clase, ella accedió a tocar para ellas, al fin y al cabo, habían sido buenas alumnas, no podía haberse negado.
-Bien, eso ha sido todo, ha sido un placer haber sido su profesora durante todo este tiempo, y espero que todas lleguen a ser grandes profesionales- A pesar de ser una despedida, no se tomó mucho tiempo y se despidió de forma directa y para impresión de algunas casi tajante. De todas formas, sus alumnas no podían dejar de admirarla y quererla. Una de ellas se atrevió a ponerse de pie y dirigirse a Chikane:
-¡Muchas gracias por todo!- dijo con una exagerada reverencia. Inmediatamente, todas se pusieron de pie y repitieron lo que la chica había hecho. Después de (ad)mirarla una vez más, se retiraron del salón. Chikane solo las observaba, notó que una de ellas se iba quedando atrás mientras que todas las demás salían.
- Sensei - murmuró la chica con la vista baja.
- Dime, Nayuki -
- Esteee, solo quería darle las gracias, personalmente, y decir también que la admiro mucho, me encantaría llegar a ser como usted, Sensei.-
Levantó la mirada, tenía los ojos brillantes.
- Gracias, Nayuki- dijo, y sonrió. Para la estudiante eso fue increíble, puesto que, su Sensei pocas veces sonreía. Así que feliz, se retiró finalmente del salón.
Inmediatamente después de que Nayuki se perdiera de la vista de Chikane, esta borró su sonrisa, se dio media vuelta para quedar mirando por la ventana, alzó una mano y toco el cristal. Luego, como si quisiera dejar sus pensamientos en él, se retiró rápidamente hacia la sala de profesores.
Por ley universal, cuando estás apurado y/o atrasado, todo el posible hecho que pueda retrasarte más, sucederá... así fue exactamente como le ocurrió a Himeko, cuando iba en el autobús. Descargó si ira por quinta vez consecutiva en el ya triturado boleto, al ver la larga fila de pasajeros que esperaban subir.
También, además de esa ley, existe otra que dice más o menos: si existe una posibilidad de que una situación empeore, lo hará, y si dicha posibilidad no existe, empeorará de todos modos. Precisamente en esa típica frasecilla estaba pensando nuestra protagonista ("Esto no puede ser peor..."), cuando sube una señora, de unos 45 años, con un vestido de flores (y dimensiones gigantescas), cargando un gran número de bolsas de supermercado. Luego de pagar con dificultad su boleto, comenzó a caminar por el pasillo, hasta llegar a un lugar que sólo estaba ocupado por el lado de la ventana, por una joven de pelo castaño y de aspecto malhumorado, cosa que la señora ni notó.
- ¿Disculpa, querida, serias tan amable de ayudarme con estas bolsas? -
La voz distrajo los desesperados pensamientos de Himeko. Giró su cabeza para dirigirse a quien le hablaba, pero antes de que pudiera responder, se dio cuenta de que tenía la mitad de un descomunal pedido sobre sí misma.
- Haa, muchas gracias cariño.- Dijo al tiempo que sacaba un pañuelo (de flores también) para secarse el sudor de la cara.
– No sabes lo complicada que estaba al subirme al autobús.- Terminó de secarse la cara y guardó su pañuelo.
Si en ese momento alguien hubiese visto la ventanilla por fuera, jamás hubiese pensado que bajo esa torre de bolsas iba una joven, que luchaba por mantener la mente en blanco, por lo menos hasta llegar a su destino.
El profesor se quedó unos minutos meditando su decisión a tomar, ya cuando todos los alumnos se habían retirado a sus respectivas casas. Como profesor jefe del curso, era su obligación elegir a uno de sus colegas para que lo ayudara durante la estadía en la cabaña, más dos apoderados que se determinarían durante la reunión que tendría lugar 3 horas más tarde. Repasó sus posibilidades, primero pensó en Kidari Momoko, una profesora de unos 30 años, buena para conversar, en definitiva no era una persona que le desagradaba... pero recordó su fobia a los insectos, y tras imaginársela llenando la cabaña de insecticida a tal punto que la dejaría imposibilitada para la convivencia, desechó esa opción. Sacudió la cabeza para alejarla de sus pensamientos. Luego estaba Sumi Nobu, mujer joven, bastante reservada, pero que de vez en cuando se lograba conversar con ella, obteniendo como resultado un ameno intercambio de palabras, pero también la descartó al recordar que era excesivamente buena para dormir, a tal punto de encontrarla tomando siestas entre cada receso, y cuando no, se le veía corrigiendo exámenes o trabajos apresuradamente. Todo esto lo sabía porque además de ser un buen observador, era una muy buena persona para entablar conversaciones, sabía qué cosas decir y en qué momento, además no era una persona sin gracia, tenía el pelo de un color negro muy intenso y ojos grises que en conjunto hacían de él una persona atractiva.
Sacudió su cabeza por segunda vez. Finalmente, se obligó a pensar en su opción más obvia: Himemiya.
"Que estupidez", pensó, al haber dado tantos rodeos cuando esa opción era evidente. Ella fue la primera persona con la que habló al llegar a trabajar, y a pesar de que Himemiya es una mujer de pocas palabras, siempre disfrutó de su compañía. Pero… no sabía cómo era la situación a la inversa, por lo que temía le dijera que no.
- Ya está, iré a invitarla – dijo decido al aire, y se levantó de su silla, directo a la sala de profesores.
En la sala de profesores:
- "... y con el informe de este accidente que ha dejado a la avenida Yotsuya 21 en un gran embotellamiento, nos despedimos, muy buenas tar..." – Chikane no dejó continuar a la periodista y apagó la radio. Se levantó a preparar un té. Estaba hirviendo el agua, cuando alguien entra en la sala de profesores.
- Buenas tardes, Himemiya-san – dijo el profesor medio sorprendido, al no esperarse a su colega en ese lugar.
- Yamamoto-san, buenas tardes – responde.
- Hasta cuando debo decirle, llámeme por mi nombre – dice, aunque sabe que jamás será así.
-Sólo si también me llamas por el mío – cuantas veces le había tocado responder aquello. Desde que se conocieron, él nunca la tuteó, según ella creía, por respeto, aunque nunca le dio mayor importancia.
Hiroshi Yamamoto se limitó a sonreír, como siempre lo hacía en esos eternos diálogos.
- ¿Te gustaría beber un poco?- preguntó Chikane indicando el té.
- Por favor –
Chikane sirvió el té en silencio, mientras que Yamamoto, aún de pie, pensaba en cómo pedirle que lo acompañara en el paseo.
- Himemiya-san, tengo algo que pedirle – ambos estaban ya sentados y tras unos minutos de silencio, Yamamoto decidió romperlo, yendo directo al grano.
Chikane sólo levantó la mirada, pero no respondió.
- Bueno, como sabe, a mi curso le corresponde ir a la cabaña este fin de año, y necesito de la compañía de un profesor, además de mí, claro, para que me ayude a cuidar a los jóvenes.- hizo una pausa antes de continuar, esperando algún comentario por parte de su interlocutor, pero éste permanecía en silencio.
- Así que, ¿le gustaría acompañarme? – Terminó. Le sostuvo la mirada.
Chikane pareció meditar la mejor forma de rechazar su propuesta, ya que no tenía la menor intención de asistir. Tomó aire para responder, pero Yamamoto la interrumpió:
- Le propongo esto: a las 7 de esta tarde, tendré la reunión con los apoderados, acompáñeme a la reunión, y después me responde.-
- Está bien.- respondió tras unos segundos, a pesar de que nada la haría cambiar de parecer, pero al menos tendría algo que hacer, ya que tenía la tarde libre, y precisamente en ese día en que Nayuki, inocentemente, le había hecho recordar tantas cosas, prefirió no estar sola en su departamento.
- Perfecto.- volvió a sonreir, miró la hora, eran las cinco en punto, tendría tiempo para comer, y por qué no, volver a tentar su suerte:
- Me voy a comer algo antes de ir al salón para terminar con los preparativos de la reunión, ¿le gustaría comer algo conmigo? – Se puso de pie.
- Sí... "por qué no".- respondió, levantándose también.
Entonces, juntos se dirigieron a la cafetería, donde Chikane pidió un jugo de durazno y Yamamoto un sandwich.
No hablaron mucho, y lo poco se centró en temas de la escuela, nada muy relevante.
Luego de cargar la comida a la cuenta de Yamamoto, Chikane se excusó diciendo que quería pasar el resto de tiempo antes de la reunión en la sala de música, así, ambos se despidieron caminando en sentidos opuestos.
- Bien, entonces, la veo más tarde - se encaminó hacia la sala donde se haría la reunión para terminar de arreglar asuntos para esta misma.
Antes de ir a la sala de música, Chikane pasó a los servicios a refrescarse un poco, ya que el calor era aún más sofocante a esa hora, a pesar de los esfuerzos del aire acondicionado.
El último tramo del recorrido se llevo a cabo sin mayores incidentes, sin embargo, nuestra protagonista iba resignada ya a llegar tarde. Al bajar del autobús echó un vistazo a su reloj: las 17:30, eso significaban cuarenta y cinco minutos de retraso.
Nunca antes había ido a ese lugar, por lo que se llevó una gran sorpresa al descubrir que el recinto estaba compuesto por 3 grandes edificios, ubicados de tal forma que si se uniesen con una línea imaginaria, formarían un triángulo, en cuyo centro se encontraba una pequeña plaza rodeada árboles y flores, lugar que seguramente en más de una ocasión a alguien le habrá servido para relajarse de un día atareado. Himeko se encaminó hacia la plaza, esperando encontrarse con alguien que le facilitara el cómo llegar al dónde.
Fue lo primero bueno que le sucedió en el día, se encontró con un caballero que barría el camino, se acercó a él y le dio las indicaciones a donde iba, a lo que el hombre amablemente respondió:
- Edificio Kazaku -
Agradecida, corrió hacia el edificio y luego de entrar, disminuyó la velocidad para evitar algún accidente.
Un poco más fresca, Chikane se sentó frente al piano de la escuela, y sin más ni más, comenzó a tocar una melodía, diferente a la que había tocado para sus alumnas, esta era mucho más rápida, compleja, furiosa, llena de expresión; mantenía sus ojos cerrados fuertemente, sintiendo cada nota y su vibración en sus oídos, sus dedos, en todo su cuerpo, y se dejó llevar por aquello, vaciándose de las emociones evocadas. De pronto, la melodía cambia, ahora es más lenta, pausada, tan sutil como el suave batir de una mariposa cuando descansa en una superficie. Así, de forma intermitente, la melodía comenzó a bajar su volumen, a medida que los párpados que resguardaban aquellas perlas azules dejaban de apretarse, dándole a Chikane un aspecto de estar durmiendo, salvo claro, por sus dedos, que ahora apenas presionan las teclas para producir el sonido justo antes de concluir la pieza.
Subió las últimas escaleras de dos en dos, dobló en un pasillo y se encontró por fin con lo que estaba buscando, se dirigió a la puerta, tomó aire antes de golpearla suavemente.
Luego de que la melodía acabo, Chikane sentía que había recuperado la serenidad que hace un momento había perdido. Ubicó sus dedos sobre el piano para volver a tocar, cuando alguien la interrumpe al tocar la puerta. Algo molesta, se pone de pie para recibir de forma no muy agradable al causante del ruido y tratar de hacer que se vaya lo más pronto posible. Así y con estas intenciones en mente, gira la perilla.
- ¡¡ Lamento llegar tarde!! –
Al deshacer su reverencia, se encuentra con un par de ojos azules que le devuelve una mirada fría e indiferente, sin embargo, las intenciones de su portadora se esfumaron al tiempo que se encontraban también con el par de ojos violeta.
Luego del choque producido por ambas miradas, Chikane rompió el silencio:
- ¿Necesitas algo? – aunque era una pregunta bastante obvia, Himeko no se dio cuenta, puesto que se había puesto algo nerviosa al verse en el lugar equivocado.
- ¡Lo siento mucho! – fue lo que atinó a decir, y una vez más hizo una reverencia.
- ¿Podrías dejar las reverencias y responderme la pregunta?-
- Esto… necesito llegar a una reunión en la sala de tercero de preparatoria, y bueno, me perdí… – articuló de forma casi inaudible.
- ¿Con el profesor Yamamoto? – preguntó Chikane comprendiendo algo. Himeko asintió.
- ¿Para hablar sobre un paseo de fin de año? - una imperceptible sombra de sonrisa cruzó los labios de Chikane.
- Sí – esta vez Himeko habló enérgicamente.
- ¿Y llegas tarde? – continuó preguntando, a la vez que echaba una breve mirada a su reloj de muñeca.
- ¡Sí! – estaba casi saltando.
- Y tu nombre es…-
- Kurusugawa Himeko, ¿podrías por favor decirme dónde debo ir? – replicó Himeko impacientándose aún más.
Chikane suspiró antes de responder.
- Este es el salón de música, el que tú buscas se encuentra en el edificio de enfrente.- Señaló con el pulgar detrás de su espalda. - Y… también haz de saber que tu reunión no comienza sino en una hora y media más.-
Ante la atónita reacción de Himeko, a Chikane no le quedó opción más que reír abiertamente, soltando una pequeña carcajada, a pesar de que internamente sentía unas ganas enormes de haberse echado a reír aún más, sin embargo su implacable costumbre de no demostrar sus emociones impidió su expresión.
- No te rías.- dijo una avergonzaba Himeko.
- Lo siento, no pude evitarlo.- se disculpó cubriendo su boca con una mano, para intentar en vano ocultar su sonrisa.
- Bueno, gracias por la información, por cierto, ¿me puedes decir dónde puedo comer algo?, muero de hambre.- dijo, tratando de salir lo más pronto posible de su embarazosa situación.
- Puedes ir a la cafetería, si quieres puedo acompañarte.- se ofreció amablemente.
- Está bien…- dijo Himeko con su rostro vuelto a la normalidad.
- Vamos.- dijo Chikane cerrando la puerta tras de sí e invitando a Himeko a seguirla.
En la cafetería, Himeko, recuperada de su bochorno, pidió un almuerzo completo, después de todo, no había desayunado; mientras que Chikane, que ya había comido antes, pidió sólo un jugo.
Mientras Himeko comía, la otra tuvo la oportunidad para observarla con mayor detenimiento, no pudo evitarlo, a pesar de haberla conocido hace unos minutos. Estuvo atenta a todos sus movimientos de forma casi inconsciente, incluso encontraba inexplicablemente graciosa la forma en que se llevaba la comida a la boca. Sus observaciones se vieron interrumpidas por la propia Himeko, quien levantó la cabeza por primera vez cuando ya llevaba la mitad de su plato. Chikane tardó unos segundos en darse cuenta que le devolvían la mirada, ¿se equivocaba o era también tan intensa como la suya?
No se atrevió a pestañear, esperando alguna reacción por parte de la otra. Himeko, sin desviar su mirada, dejo los servicios apoyados en el plato, y adoptó una posición de absoluta concentración. El calor y la sequedad del ambiente obligaron a Chikane a pestañear contra su voluntad y al hacerlo, temió haber roto aquel mágico momento, según ella, pero Himeko estaba teniendo algo totalmente diferente en mente:
- Gané.- dijo con una sonrisa triunfal.
- ¿Qué?- Chikane no entendía la expresión del todo.
- Pestañeaste primero que yo.- explicó con sencillez.
- A eso, sí, me ganaste…- dijo sintiendo una gran decepción en su interior. Al mismo tiempo, no podía creer lo ingenua que era Himeko. Pero por lo menos había servido para que no se diera cuenta de que la había estado mirando.
Luego de este pequeño juego, que fue sólo para Himeko, reanudó su ingesta de alimentos. Tras terminar, y luego de haber cargado todo a la cuenta de Chikane, (no sin antes haber discutido largamente, pues una se negaba), volvieron a la sala de música, a petición de Himeko, quien había entrevisto el piano de la sala y quiso apreciarlo más de cerca. Una vez dentro, la de pelo castaño se sentó frente al piano, Chikane se quedó atrás, atenta a lo que haría.
Himeko, tras observarlo unos instantes deslizó un dedo por una tecla que se encontraba más o menos en el medio del piano, sólo la rozó, puesto que no produjo ningún sonido. Chikane se preguntó a si misma si sabría tocar. Obtuvo su respuesta de inmediato:
- La verdad es que yo no se tocar.- confesó. – Pero me parece muy lindo, y nunca había tenido uno de frente.- Hizo presión sobre la tecla que había rozado, luego, con el mismo dedo índice, tocó la siguiente y continuó así, pausadamente, haciendo una escala que iba en ascenso. Cuando faltaban las dos notas más altas del instrumento otros dedos se deslizaron sobre ellas, completando el recorrido. Chikane estaba a su lado, sus labios estaban curvados en una sonrisa. No había podido evitar caminar hacia ella mientras ejecutaba la escala, se había enternecido con la imagen de Himeko, que se veía como un niño jugando con su juguete preferido.
- Si quieres puedo tocar para ti.- Himeko se levantó inmediatamente de su silla dejándosela a Chikane, mientras se buscaba una y la ponía cerca del piano.
Chikane tomó asiento en el lugar que había ocupado Himeko, dudó unos instantes sobre cual melodía tocar, porque quería interpretar algo que fuera del agrado de su espectadora. Buscó algo en su memoria que le pudiera servir, hasta que encontró algo que la dejó satisfecha y comenzó a tocar. Himeko, por su parte, se acomodó en un costado del piano, y apoyo un codo. Al escuchar las primeras notas, quedó encantada, así que Chikane tomó confianza y continuó más segura.
La melodía escogida por Chikane era en verdad hermosa, algo así como una mezcla perfecta de colores vivos, pero no muy fuertes, de tonalidades variadas, pero no muy agudas ni graves; era en definitiva armonía.
Al cabo de un rato, Himeko comenzó a sentir sueño, pero no por aburrimiento, sino por la calidez que la envolvió desde el momento en que Chikane tocó la primera nota. Calidez que la acogió y la llevó a un mundo en el que todo era muy suave y esponjoso. Esto y el cansancio la hicieron caer en un sueño profundo.
Chikane notó que se había quedado dormida, y es que la estaba observando desde que la vio cerrar sus ojos. Procuró disminuir un poco el volumen de las notas para no perturbarla. No quiso detenerse, porque temió que Himeko despertara, y la verdad era que no quería dejar de verla así. Sintió que podía estar tocando eternamente con tal de mantener aquella paz que veía reflejada en su semblante.
Pero lo que la mayoría olvida en momentos como este, es la existencia del tiempo, y de lo fugaz que torna aquellos preciosos instantes que se desean que durasen por siempre. Cuando Chikane se dio cuenta, faltaban 10 minutos para que comenzara la reunión, así que improvisó un final para la eterna pieza que estaba tocando. Pero, contrario a sus pensamientos, Himeko no despertó cuando el silencio se hizo presente; tampoco lo hizo cuando Chikane la llamó por su nombre, y menos lo hizo cuando ésta le tocó el hombro. Así, con el propósito de zarandearla un poco más fuerte, se puso de pie y se acercó a la bella durmiente, pero antes que pudiera tocarla, sintió un olor que le llenó los sentidos, si eso era posible: el dulce aroma de Himeko.
Sin embargo, era muy leve, y se atrevió a ir por más. El rostro de la que dormía se veía perfilado sobre el piano, y a unos pocos centímetros se encontraba el de la pianista, quien se encontraba embriagada ya por el aroma, estando tan cerca.
Y esta vez no fue el tiempo el que interrumpió el momento, sino un, y sólo un pelo que cayó rebeldemente sobre la frente de Chikane, y que rozó la nariz de Himeko, provocando un estornudo que sacó finalmente, a la bella de su sueño. Chikane se retiró rápidamente antes que Himeko abriera los ojos tras el estornudo.
- Lo siento mucho, me quedé dormida…- fue lo primero que dijo, un tanto apenada.
- No te preocupes, por lo que vi estabas cansada.- dijo Chikane, aliviada por segunda vez que Himeko no se hubiera percatado de sus actos.
- Pero estabas tocando para mí, y no te escuché.- Himeko seguía con su arrepentimiento. - No sé que me pasó, de repente me relajé tanto que no lo pude evitar.-
- Y yo te digo que está bien, pero si tan mal te sientes… podrías visitarme algún día, entonces tocaría para ti nuevamente.-
- ¿En serio? – parecía realmente emocionada.
- Por supuesto.- "tocaría para ti siempre si lo quisieras"
- Bien.- dijo Himeko más animada.
- Bueno, debemos irnos, sino llegarás tarde de verdad.-
- ¿Me vas ir a dejar? -
- Olvidé decirte que yo también voy a la reunión.- explicó Chikane al tiempo que cerraba la puerta del salón y emprendían el camino juntas.
- ¿Por qué?, ah ya lo sé, tienes un hijo en ese curso.-
- ¿Un hijo?, no, yo sólo…- y detuvo su oración porque un pensamiento se apoderó de su cabeza. Cómo fue que no lo pensó antes, si es tan obvio: Himeko va a la reunión de apoderados, eso quiere decir que tiene un hijo y si tiene un hijo… sintió una pequeña presión en el pecho… probablemente también está…
- Oye, ¿estás bien? – dijo Himeko deteniéndose, un tanto preocupada porque Chikane no siguió hablando.
- Sí, no es nada, sólo que recordé que… dejé una ventana abierta, sí.- fue la excusa más pobre que su atareada mente pudo trabajar.
- Ah, eso…- Himeko pensó que se preocupó demasiado.- Pues verás, yo también olvido hacer esas cosas de vez en cuando… creo que una vez llegué a dejar la puerta abierta.- se quedó mirando al techo, rebuscando en su memoria lo que acaba de decir.
- Contigo como ejemplo creo que debo dejar de preocuparme.- dijo esbozando una falsa sonrisa, y reanudando la marcha.- Por cierto, Himeko, ¿cómo se llama tu hijo?, supongo que he de conocerlo.- intentó sonar casual, tratando de comprobar si Himeko tenía hijos.
- Yo no tengo hijos.- automáticamente, la presión del pecho de Chikane disminuyó, pero sólo un poco. Aun quedaba algo más por averiguar.- Por el momento los hijos no se encuentran dentro de mis planes cercanos.- Agregó.
- Ya veo. De modo que prefieres disfrutar de tu tiempo a solas con tu pareja. Me parece comprensible.- disfrazó una vez más su verdadera pregunta.
- Tampoco tengo pareja.- respondió Himeko, aliviando la inquietud interna de Chikane y al mismo tiempo liberando la presión por completo.- Oye, acaso quieres decir, ¿que con un hijo una pareja deja de disfrutar?
- Sí, en parte sí…- Himeko la miró con cara de reproche. - Vamos, no me puedes negar que cuando llega un hijo, hay cosas que no pueden hacerse tan seguido como antes, y sabes a que me refiero.- dijo con picardía.
- Es sólo un pequeño detalle en el que quizás tienes razón.- puntualizó Himeko al tiempo que sus mejillas se sonrosaban levemente.- Pero el sexo no lo es todo en una relación.- agregó mientras sus mejillas subían de tono.
- ¿Sexo?, yo no he hablado de sexo. Me refería simplemente a que se duerme menos, que me mente más sucia tienes, Himeko...- dijo Chikane sólo para ver la reacción de Himeko, ya que estaba claro que sí se refería a lo que todos pensaron. Se detuvo antes de abrir la puerta de salida, y disfrutó del gracioso efecto que tenían las mejillas de Himeko en su expresión. Definitivamente comenzaba a gustarle aquello.
La avergonzada pasó rápidamente por su lado, saliendo por la puerta y dejando a Chikane atrás.
- Te sonrojas con facilidad.- dijo la profesora cuando le dio alcance. Se encontraban cruzando la plaza.
- Lo sé.- respondió volteando su cara para que no estuviera a la vista de quien iba a su lado.
- Lo siento.- dijo un tanto arrepentida de su juego. – Entonces, cambiando de tema, si no tienes hijos ¿por qué estas aquí?
- Ah eso.- dijo volviendo a mirar a Chikane. – Es que mi hermano tiene a su hija aquí, y me pidió que asistiera a esta junta para ser parte de los que van al paseo. Es sólo por seguridad, a él no le gusta separase de su hija, son muy unidos. Entonces contamos con que me elijan para ir.-
- Espero que así sea.-
El resto del camino de la plaza al salón lo hicieron en silencio, una porque estaba pendiente de la bonita decoración del lugar, y la otra porque se encontraba rebatiendo internamente su idea de ir o no al paseo, lucha comenzada tras escuchar las últimas palabras de Himeko.
En el salón, Yamamoto se encontraba de pie frente al escritorio, y un poco más lejos de él, se encontraba un grupo de apoderados que iba creciendo conforme iban llegando uno en uno.
Cuando ambas entraron, Himeko se dirigió al grupo de padres y Chikane se ubicó cerca del profesor.
- Me alegro que haya venido.-
- Así es como habíamos acordado.- dijo simplemente Chikane. – Yamamoto-san, tengo que pedirlo un favor…- el profesor escuchó atentamente. Mientras hablaban, él último apoderado que faltaba estaba llegando ya.
- Kurusugawa-san, muy bien, lo recordaré.- dijo Yamamoto, Chikane fue a tomar asiento en primera fila, lejos de Himeko, quien estaba unos puestos más atrás.
Como estaba planeado, se habló de los últimos preparativos del evento, se fijaron horarios con actividades para los alumnos, e incluso un calendario con los platos que se servirían en él. Himeko ya se estaba aburriendo cuando llegó el turno de elegir a los padres que irían, así que se ofreció de inmediato y Yamamoto, recordando la petición de Chikane, la aprobó al instante.
Desde su puesto, Chikane volteó para ver a Himeko, quien al verle levantó ambos pulgares, esbozando una gran sonrisa, a la que respondió sonriendo también.
Luego de elegir al segundo apoderado, esta vez a un hombre, la sesión se dio por finalizada.
Como Himeko estaba aburrida, y al borde de haberse quedado dormida, decidió salir a penas el profesor Yamamoto permitió que todos se fueran. Apresuró el paso hasta llegar a la salida. Cuando está fuera por fin, comienza a buscar algo en su bolso, extrayendo el objeto tras haberlo encontrado. De él saca un cigarro, guarda la cajetilla mientras lo mantiene entre sus labios, cuando se dispone a prenderlo, una mano le arrebata el objeto de la boca.
- ¿Acaso no estás enterada de todo el daño que esto te produce?- inquirió Chikane jugando con el cigarrillo entre sus dedos, fuera del alcance de Himeko, quien intenta quitárselo sin tener éxito.
- Si por eso fuera nadie fumaría en este mundo, devuélvemelo ya, quieres.- otro intento fallido por recuperar su vicio.
- No quiero.- dio un pasó hacia atrás y partió el cigarro en dos, frente a los ojos de Himeko.
- Pagarás por eso.- dijo dedicándole una fugaz mirada de odio. Se dio media vuelta para irse, Chikane se queda en su lugar. Cuando estaba a dos metros de distancia voltea. Hay algo que ha olvidado preguntar durante toda la tarde.
- Por cierto, ¿cómo te llamas? -
- Himemiya Chikane.- fue lo único que dijo. A ella no se le había pasado por alto la falta de interés de Himeko en saber su nombre, pero esta pequeña inquietud fue borrada en ese momento.
- Bien, adiós Chikane, ha sido un gusto conocerte.-
- Adiós, Himeko.- hizo señas con una mano. – Nos volveremos a ver.- dijo para sí.
Observó la figura de Himeko alejarse cada vez más. El sol se estaba poniendo, tiñendo la atmósfera de un color naranja. La observa llegar a una esquina, y nota que voltea mirando hacia donde se encuentra ella, la ve prender un cigarro, lanzar una bocanada de humo al aire y… ¿sacándole la lengua?...
Ante el gesto a Chikane no le quedó más remedio que sonreír.
Ya había perdido la cuenta de las veces que ese gesto se había mostrado en su expresión durante esa tarde.
Hizo una nota mental de lograr que Himeko dejara el vicio más adelante, y se refirió a un futuro cercano, porque está acostumbrada a cumplir lo que se propone, y además porque estaba más que segura que la volvería a ver. Así, con este pensamiento en mente, más el gracioso gesto de Himeko, se dirigió a casa.
Un cuarto de hora más tarde se encuentra ya en su apartamento. Su mente está llena de recuerdos de la tarde. No tiene hambre, así que se dirige a su habitación a oscuras, para observar con mayor comodidad las luces de la ciudad desde su gran ventanal que ocupa casi toda una pared. Aún faltan unas horas para que la luna se posicionara en frente de ella, por lo que el brillante astro no se encuentra a la vista.
- Himeko – susurró su nombre una última vez, como si no fuera suficiente el hecho que ya estuviera grabado con fuego en su memoria.
El sonido del teléfono la sacó de sus pensamientos bruscamente, volviendo a la realidad de su departamento.
-¿Sí? – contestó.
- Himemiya-san, soy Yamamoto, disculpe el haberla llamado pero es que salió tan rápido de la reunión que no alcancé a hablarl…. – no pudo seguir hablando, porque Chikane lo interrumpió.
- Sobre mi respuesta, sí, discúlpeme, la verdad es que, salí tan rápido que olvidé que debía hablar con usted –
- Bueno, entonces ¿qué me dice? –
- Iré –
-¿De verdad?, honestamente, luego de verla marchar pensé que no querrí… - nuevamente fue interrumpido.
- Por supuesto que iré.- No tenía ganas de seguir conversando.- Bueno, me despido Yamamoto-san, estoy cansada, gracias por la invitación. Adiós. – dijo, y tras escuchar un adiós de la otra voz al teléfono, colgó.
-No me lo perdería por nada del mundo. – Sentenció con la imagen de una recién conocida en mente… volvió a sonreír.
