5 días y 6 noches

El sonido de la caja registradora se escuchaba en todo el local. No había otro cliente además de Takeshi. ¿La razón de todo esto? Eran las cuatro y media de la madrugada. Una vez estuvo todo registrado, el cajero presionó el botón para obtener el total, suma que fue pagada por Takeshi con un par de billetes. Luego de guardar todo en bolsas de papel, el cliente se despide amablemente al tiempo que un ayudante le abre la puerta, para luego cerrarla con llave. A altas horas de la madrugada conviene mantener las cosas así.

Takeshi abre la puerta de su auto con una mano, mientras que con la otra sostiene las compras, que luego deja en el asiento de copiloto. Mientras pone en marcha el vehículo y sale de la gasolinera, lo único abierto a esas horas, repasa mentalmente lo que acaba de comprar, y se pregunta si habrá faltado algo, a pesar de que lo fundamental está empacado ya.

Como no había tráfico, demoró apenas siete minutos en llegar a su departamento. Tocó brevemente la bocina, lo suficiente como para sacar de la posible siesta al sereno de turno y que éste a su vez le abriera el portón eléctrico para avanzar al subterráneo. Las luces se prendieron automáticamente tras parpadear unos segundos. El dueño del automóvil bajó de él, junto con sus compras y cerró suavemente la puerta de su vehículo. Se produjo un eco, el cual lo acompañó al ritmo de sus pasos, hasta que éstos se detuvieron frente al ascensor, que estaba todavía en ese piso, luego de que él mismo lo hubiera ocupado minutos atrás. La máquina lo llevó hasta el sexto piso. Las luces nuevamente parpadearon antes de iluminar los pálidos pasillos. Se encaminó a su departamento, el número 604.

- Yoko-chan, ya llegué.- anunció tras cerrar la puerta. - ¿Yoko-chan?- llamó un poco más alto al no obtener respuesta.

- En el dormitorio.- se escuchó una voz apagada.

Takeshi se dirigió hacia allá. En la habitación se encontraba su hija Yoko, con medio cuerpo bajo la cama.

- ¿Has visto mis sandalias?, ¿Esas verdes con café? - preguntó, mientras buscaba afanada bajo la cama.

- Las guardé ayer.- dijo en tono de disculpa. Yoko resurgió con dificultad desde ahí abajo.

- Me lo hubieras dicho.- resopló apartando unos mechones de su cara. - ¿Por cierto, qué fuiste a comprar?

- Sólo un par de cosas para el viaje – respondió, pero al ver la cara de reproche de su hija quién intuía que no eran "sólo" un par de cosas, agregó - compré un par de bebidas, galletas, papas fritas, goma de mascar, una bolsa de caramelos y unos masticables. No me mires así, sabes que tú y tu tía Himeko adoran los dulces.- argumentó a su favor.

- Está bien.- al fin y al cabo era cierto, sólo que ella no había estado de acuerdo en salir a comprarlos a esas horas. – Lo guardaré en la mochila.-

- Ya lo hago yo, baja a ver a tu tía, dile que salimos en 3 minutos.-

Obedeciendo a la petición, Yoko se dirigió a la sala de estar, que tenía una particularidad que la hacía diferente a cualquier otra del edificio, además de la que se encontraba bajo ésta. Ubicada en el piso de una esquina, se encontraba disimulada una puerta-trampa. Retiró la pequeña alfombra que la recubría y tiró de una argolla metálica para abrirla, la acomodó extendiéndola sobre el piso. Luego descendió por una pequeña escalera de caracol que conducía al piso de abajo, el 504. Himeko y Takeshi habían decidido instalar aquel mecanismo para tener mayor comodidad, y es que, tras la muerte de la madre de Yoko apenas un mes luego de haber dado a luz, Himeko se encargó de ayudar a su hermano en cuidado y crianza de la pequeña.

- ¿Tía Himeko?, ¿Estás lista ya? – preguntó mientras descendía rápidamente por el reducido espacio de la curvada escalera.

- Todo listo.- Himeko apareció desde su dormitorio, con un bolso de mano y arrastrando una maleta.

- Bien, subamos esto entonces, para ir todos juntos.-

- Sí.- estaba emocionada por el paseo, aunque su propósito de ida era cuidar a los jóvenes.

Entre las dos subieron la maleta. Arriba los esperaba Takeshi, con sus llaves en mano, listo para partir...

En otro punto de la ciudad, una ansiosa profesora se encontraba pendiente de cada auto que llegaba al lugar, mientras que pasaba lista a medida que los estudiantes llegaban al autobús.

- ¿Cuántos faltan por llegar?- la voz de Yamamoto la obligó a desviar su mirada del auto que venía llegando.

- Sólo cuatro más.- repasó la lista.

- Bien, todavía queda tiempo.- dijo revisando su reloj.- Ahí viene llegando otro. Creo que es Kurusagawa-san.-

El corazón de Chikane dio un latido más fuerte de lo normal, haciéndole saber a su portadora que la espera había llegado a su fin. Y es que estuvo semana y media esperando ese momento. Fueron 11 días en los que aquel par de ojos violetas estuvieron rondando permanentemente su memoria. 264 horas que no hacían más que recordarle la única tarde que estuvo con ella. 15.840 minutos de los cuales tardó solo un par de ellos en darse cuenta que no dejaría de pensarla durante la semana y media siguiente.

Desde su posición se dedicó a observarlos. El primero en bajar fue Takeshi, quien fue saludado cordialmente por Yamamoto; luego bajó Yoko, quien tras saludar respetuosamente a su sensei, se despidió con un gran abrazo de su padre y fue inmediatamente hacia Chikane, para subir al autobús y reunirse con sus pares.

- Apellido.- en su rostro no había rastro de toda aquella expectación de hace algunos instantes, eso si se expresó en algún momento en su cara.

- Hinamoto.- respondió sonriendo. Luego subió las escaleras. La profesora se preguntó por qué su apellido no era Kurusagawa, pero ya se enteraría más tarde. Había vuelto a observar el auto, y por fin pudo ver a la persona que tanto había esperado. Tras mirarle unos instantes, como asegurándose que era real, se fijó en quien estaba a su lado. Instintivamente caminó hacia ellos, respondiendo su deseo de conocer todo de Himeko, incluyendo a su entorno.

Cuando llegó, no había duda que quien acompañaba a Himeko era su hermano. Las similitudes eran evidentes. Él tenía la misma forma de ojos que su hermana, sólo que éstos eran de un color violeta más oscuro, al igual que el castaño de su pelo, que también era un tono más oscuro. En cuanto a la estatura, era apenas un poco más alto que ella (Yoko tenía las mismas características de su padre, a excepción de sus ojos, que era azules, heredados de su madre). A pesar de tener más de diez años de diferencia con su hermana, conservaba aquella mirada tan jovial que compartía con ella.

- Buenos días.- saludó a los hermanos Kurusagawa. Himeko se sorprendió de verla ahí, ella no se había enterado de que también iba.

Yamamoto la presentó a Takeshi, quien no la conocía.

- Kurusagawa Takeshi, mucho gusto.- extendió su mano. Chikane la aceptó, sintiendo una extraña familiaridad en ese gesto. Lo curioso fue que Takeshi también sintió lo mismo.

Luego cargaron las maletas en el autobús, y Takeshi se despidió de Himeko con un abrazo.

Minutos más tarde estaban todos los alumnos arriba y la máquina ya se estaba alejando del instituto.

Como Chikane se subió al final, no tuvo oportunidad de decirle a Himeko que se sentara con ella, así que un tanto decepcionada, se sentó sola, al lado de la ventana y al principio del autobús. Himeko iba sentada tres puestos más atrás, junto al otro apoderado que habían seleccionado para ir. Chikane los vio antes de sentarse y tuvo el impulso de ir hacia ellos, sacar al hombre de ahí y sentarse ella en su asiento, junto a Himeko.

Yamamoto se encontraba atrás, asegurándose que todos los alumnos estuvieran en orden. Chikane sintió que unos pasos se acercaban, con pesar, intuyó que era al profesor que venía para sentarse con ella. Los pasos estaban ya a su lado, pero ella no miró, no se creía capaz de soportar todo el viaje junto a él, menos sabiendo que Himeko se encontraba muy cerca, interaccionando con alguien más.

- ¿Está ocupado este asiento? – preguntó una voz femenina que hizo que Chikane volteara de inmediato. Negó con la cabeza.

- Gracias.- dijo sentándose. –No sabes... - se acercó al oído de Chikane y ésta automáticamente se tensó.- lo aburrido que es ese hombre, no para de hablar de negocios y cosas que no entiendo.- susurró y soltó una pequeña carcajada al final. – Por suerte tengo a mi hermano para que se encargue de esas cosas.- dijo alejándose de Chikane y sentándose bien.

- Para que se encargue de esas cosas en qué.- quiso saber la profesora.

- Lo que pasa es que tenemos un local nocturno, ambos trabajamos en él, pero Takeshi se encarga de administrarlo y yo de la atención del lugar.- explicó.

- ¿Local nocturno?, ¿Y atiendes tú? No me digas que eres una stripper.- bromeó Chikane, aunque deseaba que no fuera así.

- Chikane no digas esas cosas.- en la semioscuridad no se notó el leve sonrojo.- Soy una chef.- dijo con orgullo.

- ¿Y qué tal les va?- quiso saber.

- Bastante bien. No son muchos los lugares abiertos de noche que ofrezcan un servicio completo de comida. Además tenemos karaoke.- informó.

- Genial, me gustaría verlo alguna vez.- se interesó la profesora.

- Te llevaré cuando volvamos.- dijo Himeko, emocionada por llevarla a conocer su local. Chikane se alegró, porque ya eran dos compromisos que tenía con ella, el primero era juntarse para tocar el piano, y ahora este. Se quedó mirando fijamente a la castaña, podía distinguir en la penumbra que sonreía. Se pregunto...

- ¿Cómo lo haces?, Himeko siempre estas sonriendo.-

- Yo...- le sorprendió el brusco cambio de tema, y no se le ocurría qué contestar.- Bueno es fácil, mira.- acercó sus manos al rostro de Chikane y con ambos índices puestos cerca de la comisura de los labios, presionó hacia arriba, obligándola a formar una sonrisa. - ¿Lo ves? -

- Lo es porque estoy contigo.- dijo sinceramente, esbozando por sí sola el gesto producido por Himeko.

- Puedes hacerlo siempre que quieras.-

- Si tú lo dices... - no quiso insistir en su declaración que Himeko pareció no tomarse muy en serio.

Luego continuaron platicando durante aproximadamente un tercio del viaje. Pero no dejaron de conversar por no tener otro tema, sino porque Himeko expresó que tenía sueño y quería dormir. Chikane no puso objeciones, guardó silencio y se dedicó a observar el paisaje nocturno. Al cabo de un rato comenzó a darle sueño también, y justo antes de que se quedara dormida, sintió un cuerpo cálido en su hombro que la hizo alertarse. Voltea y se da cuenta que es la cabeza de Himeko la que descansa en él. Al quedarse dormida había buscado una posición más cómoda, encontrándola en el hombro de quien iba a su lado.

Chikane se sintió abrumada, su corazón comenzó a latir aprisa. Esta vez podía sentir plenamente al aroma que manaba de Himeko.

Dudó unos instantes si dejarse llevar por lo que pensaba en esos momentos, mientras sentía un suave cosquilleo en aquel punto donde tenía contacto con Himeko.

Sin darle más vueltas a sus pensamientos, apoyó su mejilla sobre Himeko, rogando que su sueño fuese tan pesado como la vez anterior. Cerró los ojos, esperando a que algo ocurriera, imaginándose qué haría si ella se despertaba.

Sin embargo, nada pasó.

Entonces se relajó.

Minutos después, cayó en un sueño profundo, envuelta por todas esas emociones que la hacían estar ajena a cualquier otra realidad.

Y por supuesto, no pudo notar la sonrisa que se dibujó en los labios de Himeko, quien al cabo de un rato, también se durmió de verdad.

Horas más tarde, cuando el cielo comenzaba a dar claras muestras de que el sol se avecinaba, el autobús se encontraba a punto de entrar a un camino colateral a la carretera, razón por la cual disminuyó su velocidad para entrar en éste. Un camionero que iba detrás, tocó la bocina al traspasarlos, en señal de protesta. El conductor del autobús ni se inmutó por el sonido, sin embargo, dos personas que dormía cómodamente, muy cerca una de la otra sí lo hicieron. Ambas abrieron sus ojos al mismo tiempo, algo sobresaltadas. Chikane alzó la cabeza unos centímetros, la otra, al sentir esto, la alzó también, manteniendo la vista hacia arriba. Como consecuencia, sus rostros quedaron en frente uno del otro, a un palmo de distancia.

La reacción de las dos fue idéntica e inmediata, ambas adoptaron una posición recta, y miraron en sentidos opuestos. Al parecer observar el pasillo se volvió tan interesante para Himeko como la ventana cubierta con las cortinas para Chikane. No intercambiaron palabras durante los escasos diez minutos que restaban de recorrido.

Al bajar tuvieron que separarse, puesto que debían cumplir con sus tareas. Chikane bajó después del profesor, y se encargaron de la descarga del equipaje. Himeko y Suzuki (el otro apoderado), se encaminaron hacia la cabaña, para supervisar los grupos que se distribuirían en las habitaciones. Himeko se llevó una gran sorpresa al tener la construcción a la vista, y es que ésta era enorme. Tenía tres pisos, el primero estaba hecho de concreto y los dos últimos de madera. La parte de cemento correspondía al espacio de la cocina, comedor, sala de estar y baños; mientras que los otros eran sólo habitaciones. Antes de entrar, alcanzó a contar seis ventanas en el segundo piso, suponiendo que cada una equivalía a una habitación, había más de 12 en total, puesto que era sólo el frente. Por dentro era casi tan impresionante como por fuera. Lo primero que saltaba a la vista era la gran sala de estar, que estaba muy bien equipada con numerosos muebles, además contaba con una mesa de billar. Himeko supuso que la cabaña también se ocupaba en invierno, puesto que había una gran chimenea en la pared del fondo. A un lado había dos puertas que seguramente conducían a los baños. Por el otro extremo se encontraba la escalera, y una puerta doble que daba con la cocina.

Poco a poco, los estudiantes se fueron separando en pequeños grupos que se distribuyeron en las habitaciones. Los adultos, al igual que los alumnos, se dividieron por género, quedando entonces Himeko compartiendo habitación con Chikane.

Debido a la excitación de encontrarse por fin en el lugar deseado, a todos se les quitó el poco sueño que les quedaba tras haber dormido en el autobús, por lo que decidieron preparar el desayuno. Voluntariamente, Himeko se ofreció a encargarse de la cocina, junto a ella, se sumaron tres voluntarios más, dos hombres y una mujer. Chikane se encontraba también en la cocina, guardando los víveres que habían traído. Aprovechó la oportunidad para comprobar la destreza de la chef, y se llevó una gran sorpresa al ver que manipulaba los alimentos con extraordinaria precisión y coordinación. Al parecer en la cocina era el único lugar donde Himeko no era torpe, observó la profesora, mientras guardaba unas bolsas de arroz.

Minutos más tarde estaba todo servido. Estudiantes y adultos se encontraban sentados alrededor de la mesa. Los comentarios le hicieron saber a la cocinera que estaba todo delicioso, Himeko sonrió ante las adulaciones. Estuvieron todos de acuerdo en que debía encargarse permanentemente de la preparación de la comida. Ella aceptó feliz.

Para ese día estaba planeado ir un lago que se encontraba a unos dos kilómetros. A todos se les pidió que apartaran en una mochila todo lo necesario para salir. También tuvieron que cambiarse ropa de modo que cuando todos estaban listos, vestía ropas ligeras, algunos iban sólo con su traje de baño puesto, ya que el calor comenzaba a ser evidente.

Como el trayecto no era muy largo, lo hicieron a pie. Iban todos conversando amenamente en fila y si ésta no hubiese estado tan ordenada, Chikane no se habría dado cuenta que uno de sus componentes se alejaba un poco del grupo, desviando su camino desde el sendero al bosque que lo acompañaba. Siguió a la figura, sabiendo sus intenciones, adentrándose tras ella en el bosque. La siguió desde muy cerca, procurando no ser detectada, esperando el momento preciso para aparecer.

- Si que eres porfiada.- acortó de un gran paso la distancia que las separaba, sobresaltando a Himeko.

- Ah, eras tú.- dijo tomando el cigarro de su boca que aun no encendía, protegiéndolo de Chikane.

- Puedes fumar tranquila, no vengo a quitarte el vicio todavía.- se puso a la defensiva Chikane, observando el movimiento de Himeko para esconder el cigarrillo.

- Está bien.- dijo con un ademán de acercarse la varilla blanca a la boca, movimiento que Chikane aprovechó para arrebatárselo de los dedos.

- Pero si me lo pones tan fácil no dudaré cada vez que tenga oportunidad.- dijo, y con el mismo gesto que utilizó la vez pasada, partió el cigarro en dos.

- ¡Tramposa! – la acusó Himeko.

- Me lo agradecerás algún día.- aseguró.

- No sabes lo ansiosa que estoy por que llegue ese momento.- replicó, buscando un nuevo cigarro en su bolso. - ¿Me dejaras fumar en paz? – preguntó mirando con recelo a Chikane.

- Insisto en que lo dejes, pero descuida, no lo volveré a hacer por hoy.- al ver la seriedad con que la miraba Himeko, añadió – está bien, no lo haré hoy ni mañana, lo prometo.-

Himeko se había puesto realmente molesta cuando de sus queridos cigarros se trataba, así que la profesora decidió dejar de lado sus intenciones, y continuar caminando tranquilamente. La acompañó en silencio mientras la otra consumía su cigarrillo, y luego se unieron a la cola del grupo. El resto del camino se hizo muy corto, y en muy poco tiempo llegaron al lugar.

Los adultos se instalaron bajo la sombra de unos árboles, mientras que los estudiantes se dispersaron por todo el lugar. El calor era soportable gracias a una leve pero reconfortante brisa fresca.

En poco tiempo, estaban todos los alumnos en el agua, y más tarde fueron también los adultos. Chikane sólo se mojó los pies, junto a Himeko. Luego de refrescarse, volvieron a donde estaban sus cosas y se tumbaron sobre las toallas. Conversaron larga y tendidamente, logrando conocerse un poco más, hasta que Yamamoto y Suzuki interrumpieron, uniéndose a la plática, que automáticamente dio un giro, centrándose en temas que para Chikane al menos no tenían ninguna relevancia.

El resto del día transcurrió sin mayores novedades. Al caer la tarde, se encontraban recorriendo el camino de vuelta, cansados y hambrientos, a pesar de haber llevado provisiones.

Tras una contundente y deliciosa cena preparada por Himeko, los jóvenes se repartieron por la sala de estar, mientras que otros salieron al aire libre, tras la cabaña. Chikane, cuya presencia no era necesaria por el momento, se retiró a dormir. Al llegar a la habitación, eligió la cama que se encontraba apegada a la pared.

Apartó los cojines, se acostó y se durmió inmediatamente. No llevaba ni diez minutos de sueño, cuando una mano en su hombro la mueve con suavidad.

- Chikane…- dijo la voz de Himeko, un tanto angustiada por despertarla.

- ¿Qué quieres Himeko? – su voz soñolienta hizo que ésta se sintiera aun más culpable por despertarla.

- Disculpa pero… es que… no te enojes, pero yo… verás, no puedo dormir si no lo hago cerca de la pared.- terminó hablando en susurros, creyendo que eso amortiguaría el posible enojo que esperaba de Chikane al escuchar su extraño argumento. Sin embargo, ésta no se molestó.

- ¿Y por qué no? – preguntó incorporándose, un poco más despierta.

- Simplemente no me gusta…- respondió Himeko y la profesora tuvo la impresión de que ocultaba algo más.

Sin darle más vueltas al asunto, se acostó en la otra cama, que si bien también tenía pared a su lado, no se encontraba pegada a ésta. Esperó que Himeko se acostara para decir:

- Pero no me culpes después si algún bicho baja de la pared a tu cama y te despierta.- bromeó un poco para vengarse de que la hubiesen despertado. Recibió un cojinazo por toda respuesta.

- Se dice buenas noches.- dijo con un tono de satisfacción al haber escuchado el pequeño quejido de Chikane al recibir el cojín.

- Buenas noches.- apartó el cojín dejándolo en los pies. Gracias al cansancio, se volvió a dormir rápidamente y no despertaría en toda la noche.

Himeko tardó un poco más en dormirse, debido a la costumbre que tenía de pasar la noche en vela trabajando, quiso hablar con Chikane, pero supuso acertadamente que ésta ya dormía y obviamente no quiso despertarla. Cuando por fin pudo conciliar el sueño, lo hizo inconscientemente descansando su cabeza en el mismo lugar donde estaba antes la de la peliazul, guiada por un leve rastro de aroma que había quedado impregnado en la almohada.

Para las dos de la tarde del día siguiente, se encontraban todos listos y equipados para ir a recorrer las cuevas de Tokobi, que se encontraban a veinte minutos en bus del lugar.

Hubo tres estudiantes que se negaron a ir, argumentando que tenían claustrofobia, así que tuvieron que designar a alguien para que se quedara con ellos. La persona elegida fue Himeko, quien, aliviada para sus adentros, se quedó en la casa.

La excursión resultó ser muy emocionante. Tuvieron la oportunidad de recorrer toda la cueva, debido a que su extensión no era muy grande.

Por otro lado, en la cabaña, a los estudiantes y a Himeko se les ocurrió una brillante idea para esperar a los excursionistas, quienes llegaron cinco horas más tarde, encontrándose con muchos cubos, llenos de globos de agua. Entusiasmados, se dispusieron a refrescarse de forma entretenida.

Se dividieron en dos bandos, separando también los globos en dos armamentos. Cuando estaban todos provistos de bombas, uno de ellos silbó indicando que la guerra había comenzado. Los adultos se retiraron del campo de batalla para resultar ilesos, sin embargo, Himeko y Suzuki se les unieron más, tarde, tras recibir un ataque por parte de Yoko y del hijo de Suzuki, respectivamente.

Chikane se retiró un poco más, tras esquivar por poco un globo que pasó rozándole la oreja. Decidió rodear la cabaña para quedar a salvo del juego. Del otro lado se estiró en una silla de playa a descansar un poco, libre por el momento de ocupaciones. Cerró los ojos pensando que quizás hasta podría dormir, pero unas pequeñas gotitas de agua en su frente la obligaron abrirlos nuevamente. Las gotitas procedían del pelo castaño de una guerrera que se encontraba inclinada sobre Chikane, sosteniendo dos globos sobre su cabeza y torso.

- Himeko, no lo harás...- dijo no muy convencida, al ver la sonrisa maliciosa que se dibujó en ella.

- Esta es... mi venganza por haber roto mis cigarrillos... DOS VECES.- y sin darle tiempo para que reaccionara, cerró sus puños con todas sus fuerzas.

Desde el lugar en donde se libraba la lucha, se vio salir corriendo de un costado de la casa, a una castaña que de milagro no cayó al tropezar con una rama, seguida muy de cerca por una empapada peliazul, quien en la carrera tomó un globo de la cesta y haciendo acopio de toda su puntería, la lanzó contra Himeko. El misil fue a dar justo en su cabeza. Himeko volteó y comenzó a reir, contagiando a Chikane.

Pero la razón por la que Himeko reía, era porque la profesora se encontraba en medio de donde más volaban globos. Como consecuencia, en menos de diez segundos, se empapó más de lo que estaba.

Volvieron a la cabaña para secarse y cambiarse de ropa, mientras lo hacia, Chikane tuvo la certeza de que lo estaba pasando mejor de lo que había pensado

Sin darse cuenta, los dos días sucesivos pasaron volando, entre la visita a las termas en el primero, y al pueblo en el siguiente. Este último era muy famoso por sus tiendas de artesanía, por lo que cada uno terminó comprando mínimo tres productos.

Esa noche previa a la última, por tradición los profesores y apoderados, se alojarían en un hostal, dejando la cabaña sola para los adolescentes, por lo tanto, volvieron un poco más temprano, de modo que hubiera tiempo para ordenar las cosas, antes de ir a donde alojarían. El hostal era el mismo que se utilizaba todos los años, así que el dueño del lugar sabía de la llegada de los cuatros con anticipación, sólo que hubo una pequeña confusión con los días. El hombre suponía que llegarían después, de modo que no disponían de las habitaciones amobladas para los cuatro. Quedaban una con cama matrimonial, y otra con dos camas. Lógicamente, el profesor no compartiría cama con Suzuki, así que, como suponen, Chikane y Himeko tuvieron que dormir juntas.

En la habitación reinaba el silencio, ambas estaban listas para acostarse pero alargaban inútilmente el momento, dando innecesarias vueltas la baño, y rebuscando objetos que no ocuparían en sus bolsos. Los días que habían pasado juntas habían hecho que entraran en confianza, de tal forma que no debían por qué avergonzarse por el hecho de compartir el mismo lecho, sin embargo, ninguna podía explicar la razón de su comportamiento. Finalmente, Chikane fue la primera en acostarse, seguida por Himeko, quien apagó la luz antes de hacerlo.

Pero la profesora se levantó inmediatamente tras recordar algo importante. Encendió la luz e hizo que Himeko, confundida, se levantara. Luego le pidió que la ayudara a correr la cama. Así, del centro de la habitación, desplazaron el mueble hasta apegarlo a la pared.

Acostadas nuevamente, Himeko no podía creer el gesto tan considerado de Chikane, y tuvo el impulso de agradecérselo de una forma poco común.

- Chikane… - la llamó para que volteara, porque en ese momento le daba la espalda. Al escuchar su nombre, giró su cuerpo quedando boca arriba y dirigió su cabeza hacia Himeko, prestando atención.- Gracias.- dijo al tiempo que se acercaba a su mejilla, depositando un suave beso, apenas rozando su piel. Sin embargo, la oscuridad traicionó a Himeko, quien calculó mal, pasando a rozar algo más que la piel de la mejilla.

Cuando se dio cuenta, sus labios estaban posados ya, tocando en parte la comisura de la boca de Chikane. Todo se paralizó al acto por unos segundos, que fueron suficientes para ambas se sonrojaran y sus latidos se aceleraran abruptamente. Chikane actuó por instinto, suponiendo que no había error en la acción de Himeko. Con un sutil movimiento, sin perder el único y valioso contacto, sus labios quedaron por fin frente a frente, uniéndose cada vez más uno con el otro. La suavidad de aquel tacto bloqueó su mente y sus sentidos, menos el que se encargaba de la zona a la que estaba dirigida toda su atención. Cuando ya no quedaba aire entre medio, Chikane abrió levemente su boca, invitando a Himeko a hacer lo mismo, y ésta no se quedó atrás.

En un intento de afianzar el beso, Himeko pasó un brazo por sobre Chikane, dirigiéndolo a su espalda, pero ésta, al sentirlo, actuó por instinto nuevamente, pero estaba vez alejándose bruscamente de Himeko. Confundida y avergonzada, ésta volteó rápidamente, enterrándose bajo las sábanas.

Chikane, al caer en la cuenta de sus propios actos, las agradables sacudidas que hace unos segundos se encontraban en su estómago, subieron hasta su pecho, transformándose en un peso que presionó sobre él.

Quiso hablarle a Himeko, disculparse, hacerle saber de alguna forma que apartarla no había sido su intención, pero no pudo formular ninguna frase coherente.

Ninguna de las dos pudo dormir esa noche.

Al día siguiente, no se dirigieron la palabra. Ninguna tuvo valor siquiera para mostrarse ningún tipo de gesto o seña. Como autómatas realizaron el resto de actividades que les correspondían.

El tiempo pasó increíblemente rápido. Chikane se encontraba a la entrada del instituto, despidiéndose de Yamamoto, queriendo alejarse lo más pronto posible del lugar.

Himeko estaba sentada en una banca a unos metros de la entrada del instituto, con la vista fija al suelo, sola. Takeshi se había llevado a Yoko a comer, y su hermana se negó a ir, diciendo que estaba cansada, así que estaba esperando el autobús, que tardaría bastante en llegar debido a la hora.

Chikane se dirigió al estacionamiento de la escuela, donde había dejado su auto aparcado. En el camino se encontró con Himeko, y en un intento de arreglar las cosas, se ofreció a llevarla a casa, dirigiéndole la palabra por primera vez desde aquella noche. Himeko se limitó a asentir, en el fondo también quería remendar la situación. Con estas intenciones, subieron al auto, pero a ninguna de las dos se le ocurrió algo que decir.

La atmósfera que se creó entonces se hacía cada vez más densa, acompañada de un silencio que al parecer no cedería con facilidad. Chikane ya sabía dónde vivía Himeko, puesto que ésta ya se lo había mencionado, así que ni indicaciones había que decir. Esto incomodaba más a Himeko, ya que no tenía nada de qué estar pendiente, no como Chikane, que por lo menos iba manejando. En un intento de calmar la tensión, prendió la radio, pero la apagó inmediatamente tras escuchar la letra: "...si te acuerdas de aquel primer beso, de las noch..." que había salido de ella.

- No se me dan mucho las canciones románticas.- dijo simplemente por decir, en un fallido intento de ocultar lo que había sucedido. Porque la letra había sido muy clara y Himeko la había escuchado perfectamente. Sin embargo, la castaña quiso responderle algo, ya que finalmente el silencio había sido roto.

- Pero tiene una voz preciosa, ¿podemos terminar de escucharla?- antes de que Chikane le contestara, Himeko dirigió su mano a la radio, queriendo prenderla, sin darse cuenta de que la otra trató de hacer lo mismo. Ninguna de las dos pudo consumar sus actos, porque en el recorrido se rozaron ambas pieles, y como si por efecto de repulsión se tratara, se separaron automáticamente.

Con esto, el aire volvió a tornarse casi palpable.

Así transcurrió el tiempo, hasta que por fin llegaron al departamento. Chikane se bajó para ayudar a Himeko con sus pertenencias. Arrastró la maleta, caminando detrás de ella.

Durante el pequeño trayecto por el sendero que llevaba al edificio, Chikane pensaba con desesperación en alguna forma de impedir que la situación quedara así. No quería irse con la incertidumbre de saber qué pensaba Himeko. Iba tan absorta en sus pensamientos, que no se dio cuenta que ésta se había detenido y había volteado. Hubiese chocado si no hubiese escuchado:

- Gracias por traerme hasta acá.- dijo mirando el suelo.

- De nada.- respondió. Acomodó la maleta cerca de Himeko. Si iba a decir algo debía hacerlo ya. -Himeko, yo... lamento mucho si... - pero no pudo continuar, ya que Himeko había dado un paso hacia adelante, extendiendo sus brazos y envolviendo a Chikane en un abrazo, que selló tras su espalda. Tras unos segundos Chikane la estrechó también, un poco más arriba de donde lo estaba haciendo Himeko. Ambos corazones latían muy intensamente, retumbando en todo el pecho, de modo que ninguna de las dos pudo distinguir si el de la otra estaba igual que el propio. Tras un largo momento que consideraron apropiado, se separaron.

- La pasé muy bien contigo, Chikane-chan.- dijo empleando por primera vez aquel apelativo.

- ...chan? - se sorprendió un poco.

- Lo siento, ¿acaso te molesta?, si es así, no lo diré más.- se alarmó. Pero Chikane negó con la cabeza. Himeko sonrió aliviada. - Desde el primer día quise llamarte así, pero no me atreví... ahora que somos amigas podré hacerlo, porque seremos grandes amigas ¿verdad? - había un dejo de negación en la pregunta, pero Chikane no se percató, ya que las palabras de Himeko la helaron por completo, pero si eso era lo que quería, no le quedaba otra que aceptarlo. Por fin pudo comprender que todo había sido un error.

- Por supuesto, Himeko.- confirmó, mirándola intensamente a los ojos. A partir de ese momento, firmaron un acuerdo mutuo y silencioso de olvidar aquella noche, ambas suponiendo que era lo que la otra quería.

Quedando verse pronto, Chikane se fue del lugar.

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Ninguna se percató de que alguien las observaba desde una distancia prudente. Alguien que enloqueció de ira al ser testigo del abrazo. Nadie más podía tocar a su presa, nadie más que él... y se aseguraría de aquello.