Mi dulce pequeña

La media botella de vino consumida bastó para acompañar la cena de las jóvenes, dosis que también fue suficiente para elevar los ánimos de Himeko a un estado un poco más alegre del usual. Asimismo, los de la pianista también se vieron afectados, pero no por el alcohol, sino por la contagiosa felicidad que parecía brotar de una fuente infinita en la chef. Si bien el vino no tuvo efectos sobre su estado, embriagada sí se encontraba, todo por compartir un grandioso momento acompañado por las tiernas sonrisas de Himeko, la inocente mirada de Himeko, la dulce voz de Himeko, los fugaces sonrojos de Himeko, y por supuesto, la propia Himeko. Indudablemente, si la chef fuera bebestible, habría caído ebria con el primer sorbo.

Aún con todas estas cosas presionándole a hacer una atrevida declaración, procuraba mantener el control de sus actos y la coherencia de sus palabras, porque aún no era el momento.

- Pero cuéntame de una vez Himeko, cómo fue que empezaste ese incendio.- insistía Chikane tras haber terminado el postre, que había consistido en una crema aireada de frambuesas con chocolate.

- Está bien, está bien, te lo contaré.- accedió la chef. Chikane se removió impaciente en su asiento. Le había entrado mucha curiosidad por conocer más detalles, aún más cuando Himeko se los había negado durante toda la cena. Lo que ignoraba la pianista era que la chef estaba jugando con ella, porque simplemente, y aunque quisiera, no le era posible entregar los detalles del asunto. – Ocurrió hace seis años en un viaje con mi hermano y unos amigos. Resulta que una noche nos quedamos en un motel, recuerdo que uno de mis amigos llegó a la habitación con unas botellas de licor, comenzamos a beber, y luego… - hizo una pausa para evaluar a Chikane, quien estaba más que atenta con sus cinco sentidos alertas al relato. Sonrió antes de continuar. - … no recuerdo más.- La expresión de la pianista lo dijo todo, y Himeko rió abiertamente ante tales muestras de decepción. - ¿Y qué esperabas? Si estaba ebria.- habló entre risas.

- Bueno, ¿y lo que recuerdas después? – se tuvo que conformar con preguntar aquello.

- Lo primero que recuerdo luego de esa noche, fue despertar en el auto de Takeshi, y de su gran regaño que me informó que había ocasionado un incendio, además de aumentarme el endemoniado dolor de cabeza, porque lo hizo a gritos.- se lamentó al recordar aquella ocasión y la pianista rió divertida.

- ¿Y quemaste todo el complejo de moteles? – se interesó Chikane en saber.

- No soy tan destructiva con alcohol, Chikane-chan.- le informó la chef. – Sólo fue una parte de la habitación que ocupamos en el momento, nada más. ¿Me dirás que jamás te ha ocurrido una desgracia por culpa del alcohol? – preguntó obviamente suponiendo lo contrario.

- ¿Yo? Por supuesto que no. Mi hoja de vida permanece en blanco.- se jactó orgullosa la pianista. – Además no suelo beber demasiado, y por lo general cuando lo hago estoy con Yura.- agregó esa información, cosa que causó un efecto algo impulsivo en la chef.

- ¿Por qué con Yura? – la pregunta se escurrió de su boca antes que pudiera contenerla.

- Porque es mi amigo y confío en él.- respondió con simpleza Chikane.

- Ah… y él, ¿siempre ha sido gay? – soltó otra inquietud incontenible.

- Creo que sí... al menos desde que lo conozco.- respondió con algo de inseguridad pues no recordaba con exactitud.

- ¿Y hace cuando se conocen? – continuaba interrogando inconscientemente la chef.

- Hace... casi diez años.- había mirado al techo mientras hacía memoria sobre lo que le acababan de preguntar. Respondido aquello, bajó su mirada, posándola sobre la chef, quién mantenía parte de su peso recargado sobre sus brazos cruzados sobre la mesa. Había adquirido esa postura del momento que comenzó a hacer sus preguntas. La pianista se inclinó también hacia Himeko antes de hablar nuevamente. - ¿Algo más que quieras saber acerca de él? – preguntó arqueando una ceja. Himeko se dio cuenta que sus preguntas la habían llevado a mostrar una actitud que bien podían interpretarse como celosa. Rápidamente apoyó su peso en el respaldo de su asiento y bajó su avergonzada mirada.

- N-no... está bien así.- habló muy despacio mientras comenzaba a jugar con el corcho de la botella de vino, presionándolo con un dedo y haciéndolo saltar.

- Porque si estás interesada yo puedo hablar con él, y... quizás resulte que no sea tan gay como le conocemos.- insinuó Chikane, muy segura que nada de eso era lo que quería Himeko.

- ¡¿Qué?! – se alarmó considerablemente, perdiendo el control sobre el corcho, que salió despedido hacia el techo. Sin embargo, inmediatamente compuso su actuar. Miró fijamente a Chikane. - ¿En verdad harías eso por mí? – decidió probar hasta dónde llegaría la profesora.

- Por supuesto. Lo haría encantada.- aceptó gustosa el desafío de la chef, quien la miraba con una competitiva sonrisa.

- Te lo agradecería mucho Chikane-chan. No sé cómo has sabido, pero desde que lo vi esa vez que me abrió (semidesnudo) la puerta de tu departamento me ha interesado. Encuentro que es tan atractivo, esbelto, muy varonil a pesar de su condición, simpático, gracioso... – continuó agregando cuanto adjetivo se le viniese a la cabeza. Escuchando a la chef, de pronto Chikane olvidó que se trataba de un juego y comenzaron a entrarle ganas de contradecir cada cosa buena que Himeko decía sobre Yura.

¡Atractivo? Deberías verlo sin su pelo arreglado, o cuando lo tenía más corto y se le notaba lo cabezón que es... ¿Varonil?, uff... si lo vieras de uke caerías de espaldas...y de gracioso no tiene nada, la gente se ríe porque es idiota…

Y así continuaron, una halagando y la otra contradiciendo mentalmente y algo ya molesta. La pianista, luego de unos segundos, dejó de escuchar a la chef, concentrándose más en lo que pensaba y en cómo hacerle ver a Himeko que Yura no era tan genial como pensaba. Absorta en sus pensamientos, no llegó a escuchar los últimos disparates que Himeko decía, pues ésta no quería quedarse sin ideas y hablaba lo primero que viniera a su cabeza.

- ... camina con los pies derechos, corta bien el pasto y pronuncia mejor que nadie la letra hache.- terminó su larga lista de adulaciones, satisfecha de sí misma por haber sido capaz de elogiar tanto a un hombre que ni siquiera conocía. Observó expectante a Chikane, en espera de su reacción. Sin embargo, ésta se encontraba muy concentrada enumerando una lista con sus dedos, murmurando ideas que no llegaban a los oídos de la chef. - ¿Chikane-chan? – le llamó al notar que la estaba ignorando. Movió una de sus manos frente a los ojos de Chikane, buscando llamar su atención.

- ... y luego lo mataré.- se escuchó alto y claro la última sentencia de la elaborada lista de Chikane, quien de inmediato se dio cuenta que había hablado en voz alta, y se corrigió rápidamente. – Lo llamaré. Sí, eso haré Himeko. Si tanto te gusta, lo llamaré ahora mismo. Así lo invitas a esta cena también.- habló procurando ocultar su molestia, mientras sacaba su celular del bolso, y buscaba entre sus contactos el nombre de su recién fichado enemigo.

Himeko no se esperaba que Chikane tomara acciones tan pronto. Tragó saliva, algo preocupada, y pensando que quizás debería admitir su derrota, sin embargo, una iluminadora idea surgió en su mente y la puso en práctica de inmediato.

- No, no lo harás.- la chef se puso de pie y antes que la pianista presionara el botón de llamada, le quitó el móvil.

- ¡Himeko, devuélvemelo!.- exigió la profesora. Para ella el juego había acabado, y necesitaba hacer su llamado para comprobar si a la chef le gustaba realmente Yura. Por otro lado, para Himeko no era más que una divertida discusión, por lo que se alejó zigzagueando entre las mesas cuando vio que Chikane se ponía de pie para alcanzarla.

Cada una con objetivos muy diferentes pero acciones similares, comenzaron una acelerada persecución dentro del salón. Cada vez que Chikane creía poder atrapar a Himeko, una mesa o un pilar obstaculizaba su paso. Conforme pasaban los segundos, la risa que atacaba a Himeko cada vez que estaban a punto de cazarla, comenzó a contagiar a Chikane, quien olvidó la razón de su persecución, y por lo pronto, mantener el celular fuera del alcance de la pianista para una, y conseguir dicho aparato para la otra, se transformó en una excelente excusa para mantenerse jugando a una especie de pinta, sólo que Chikane era quien la llevaba permanentemente.

En un error de Himeko, se encontró de repente con Chikane de frente y una mesa a sus espaldas, tenía libre ambos lados para correr, pero el problema era decidirse por uno sin que la pianista escogiera el mismo. Se miraron mutuamente, ambas con sus respiraciones algo agitadas, y muy alertas frente a cualquier indicio de movimiento de la otra. Cuando Chikane adelantaba su pie derecho, Himeko también lo hacía con su derecho. Lo mismo ocurría con el izquierdo.

- ¿Te rindes? – ofreció la chef al cabo de un rato, alzando el celular frente a la mirada azulina.

- Nunca.- negó rotundamente Chikane, siguiendo con la vista el movimiento que describía la mano de Himeko junto al teléfono, atenta a la vez si hacía algún movimiento para escapar. Tomó una decisión, determinando que la oportunidad era sólo una.

Tomando impulso y cogiendo aire, amagó con un pie y luego avanzó con el otro. Como esperaba, Himeko cayó en la finta, y Chikane pudo por fin, conseguir el bendito teléfono por sobre la cabeza de la chef, quien en un inútil intento de alejarlo de Chikane, había alzado su mano en lo alto.

¡Lo tengo! Celebró Chikane con triunfo. Sin embargo, en la atmósfera no percibió ese aire de victoria que tanto esperaba, sino que se sentía quieto y silencioso. Bajó la mirada hacia Himeko y comprendió el por qué del cambio.

Resulta que la escena se encontraba más o menos así: Himeko estaba casi sentada en la mesa, debido a que el cuerpo de Chikane no le permitía estar completamente de pie. Su mano libre se sujetaba con fuerza al borde de ésta y la otra en alto, sujetando junto a la mano de la pianista, un estúpido aparato que ya ni recordaba por qué estaba ahí. No podía recordarlo porque, en esos momento se encontraba comenzando a caer en un pozo de profundidad indefinida, en un azulado mar abierto de aguas muy serenas, su mirada pues, se encontraba perdida frente al encantador par de zafiros que tenía a no más de una cabeza de distancia.

La pianista, al notar la mirada violeta sobre ella, no puede evitar fijar la suya también, porque aquella forma tan frágil e intensa con que era observada, la obligaba a querer mantenerla así, a desear conservar aquella luz que jamás vio brillar en los ojos de otra persona, luz que iluminaba cálidamente su fuero interno, y por qué no decir el externo también, pues el mundo reflejado en aquel espejo violáceo parecía verse mucho más colorido.

Comenzando por deshacerse de objetos inútiles, la pianista soltó el teléfono, que cayó silenciosamente sobre la mesa y luego al piso, pero sin soltar la mano de la chef. Ahora libre de estorbos, entrelazó sus dedos con los de Himeko, quien respondió agregando una adecuada presión al lazo, y bajó sus manos a la altura de sus elocuentes miradas.

Antes de hacer movimiento alguno, Chikane, procurando mantener la prudencia, preguntó:

- ¿Quieres seguir jugando? – habló en susurros audibles sólo para la persona que tenía delante.

- Sí.- respondió sin dudarlo ni un segundo la chef.

Aquella afirmación le permitió a Chikane comenzar un acercamiento hacia la chef. El rítmico latir de ambas marcaba el compás de sus acciones, tanto así, que podían resumirse en ellos:

Latido

El acortamiento de la distancia permitió que ambas pudieran sentir el tibio aire que exhalaban cada tanto.

Latido

Las mejillas de la chef adquirieron una enrojecida tonalidad, y sorprendentemente las de la pianista también, sólo que en un grado menos intenso.

Latido

Era momento de cerrar los ojos, y buscar a tientas aquel ansiado roce de labios.

Latido

Menos de un centímetro de separación.

Latido

Suena el teléfono.

Y como si se apretara un simple botón de retroceso, la escena sufrió una acelerada marcha atrás. Chikane se separa rápidamente de Himeko, primero de su cara, luego de su cuerpo, y finalmente de su mano. La chef se incorpora inmediatamente, y corre a su bolso, lugar de donde provenía la inesperada interrupción.

Con su cara vuelta hacia el lado contrario de Chikane, contesta el teléfono, logrando controlar un tembloroso tono que amenazó con mezclarse en su voz.

- ¿Diga?... ah, Tameguchi-san que gusto oírla… dígame lo que necesita… aham… sí, está libre esta noche… para quince personas, de acuerdo, la esperamos entonces… no, gracias a usted… hasta luego.- corta la llamada. Llenó de aire sus pulmones, muy consciente que Chikane tenía la vista fija en su nuca. Espiró lentamente y luego volteó hacia la pianista.

- Lo siento mucho, Chikane-chan.- se disculpó inclinando levemente la cabeza, a lo que Chikane reaccionó muy alarmada, pues de ninguna manera quería que Himeko se sintiera culpable por aquel beso no consumado.

- Himeko, por favor no digas eso. Si alguien es culpable, esa soy yo. Porque yo me acerqué a ti, yo tomé tu mano, y yo… me acerqué a tus labios. Perdona, pero no voy a permitir que te sientas… - sin embargo no pudo continuar, porque su gran disculpa fue interrumpida por una estridente risa que no pudo contener Himeko. La observó, perpleja, pues no comprendía en absoluto la actitud de la chef.

- Chikane-chan…- pronunció la chef tras controlar su risa, la cual había dejado de huella una traviesa sonrisa plasmada en sus labios, de esas que hacen que sientas que has caído como idiota en una trampa muy evidente, tal y como se sentía Chikane ahora.- Cielos… con que así es como te sientes tú. Debo hacer esto más seguido.- hizo un breve alto, observando a Chikane con satisfacción. Se notaba que disfrutaba tanto de la incertidumbre de la pianista, como de lo que está por develar a continuación.- Dije que lo sentía, porque acaban de hacer una reserva del salón vip, y debemos marcharnos.- Himeko se sintió elevar muy por sobre Chikane. Ascendió más alto, y se sorprendió también, cuando vio a la pianista voltear ligeramente hacia un lado, tratando de ocultar un evidente sonrojo.

- Ah… lo hubieras dicho antes.- habló sin mirar directamente a la chef. Se había puesto realmente nerviosa ante la mínima posibilidad de arrepentimiento de la chef, lo cual bien podría significar inequívocamente, un rechazo.

Himeko se limitó a sonreír, mientras comenzaba a guardar los platos y servicios de vuelta al carrito. Cuando fue el turno de la botella de vino, tuvo una pequeña consideración:

- Chikane-chan, ¿te llevas el vino? – ofreció extendiendo el envase de vidrio hacia ella.

- No, no es necesario Himeko. Muchas gracias.- rechazó educadamente Chikane, sin embargo, Himeko insistió, caminando hacia ella.

- Por favor, quiero que te lo quedes.- determinó, obligando a la pianista a recibir el presente. – Para que lo bebas… con Yura.- rió Himeko, recordando sus injustificados celos de antes.

- Muchas gracias. Sí, tal vez lo haga… con el apuesto Yura.- recordó ella también sus estúpidos celos de hace un rato. Se regañó mentalmente por haber odiado a su gran amigo por unos minutos, y al mismo tiempo, tuvo una mejor idea. – O quizás lo termine de beber… contigo.- la mano de Himeko aún asía la botella por el cuello, mientras que Chikane la sostenía más abajo. Llevó su mano libre hacia la parte superior de la botella, encontrándose con la de Himeko. - ¿Qué me dices? –

Himeko miraba fijamente el punto donde sus manos habían hecho contacto. Al igual que momentos atrás, cuando Chikane le había preguntado si quería seguir jugando, nuevamente sintió que aquella no era una simple propuesta. Fijó su mirada ahora en aquel par de luciérnagas azules que tanta seguridad le transmitían. No corría riesgos, de eso estaba segura, y también de que su respuesta volvería a ser afirmativa.

Sin embargo, ninguna aseveración llegó a concretarse fuera de sus labios, puesto que algo, más bien alguien irrumpió en el salón.

- Takeshi…- se asustó Himeko, alejándose de Chikane. De milagro la botella no cayó al suelo, pues la pianista se las arregló para sostenerla, y es que ella también se sobresaltó con la llegada del hermano de la chef.

- Himeko, que bueno encontrarte aquí. Himemiya-san, vaya que sorpresa.- saludó a ambas de forma aparentemente tranquila. Al parecer, no había alcanzado a presenciar la cercanía de ambas, pero al acercarse a ellas, Himeko notó que se encontraba algo nervioso.

- Tameguchi-san me llamó hace unos minutos, dijo que…- le iba a explicar el llamado de la mujer, sin embargo, su hermano la interrumpió.

- Quería reservar, ya lo sé. También me llamó a mí, y por eso precisamente me alegra encontrarte aquí, Himeko, necesito pedirte un favor.- hizo una pausa esperando alguna reacción de su hermana, pero como no dijo nada, prosiguió.- Sé que estás de vacaciones, y que tienes tu historia con los Tameguchi, pero me preguntaba si podrías encargarte de su cena, ya sabes, son unos clientes muy importantes y de los más antiguos que tenemos, y a ellos…-

- Se les da la mejor atención, comida y servicio. Lo sé.- intuía que su hermano le pediría algo así. De haber sido otra ocasión, habría aceptado gustosa, pues siempre disfrutaba desempeñar su rol en el restaurante.

Sin embargo, ahora estaba con Chikane, era su velada y, sumado a que tendría que despedirse de ella quizás, aún estaba molesta por la interrupción del llamado de la señora Tameguchi, por muy importante que fuese la señora.

- De acuerdo, yo lo hago.- aceptó procurando ocultar su decepción.

- Gracias. Llamaré a algunos meseros para que arreglen el lugar.- dedicó una fugaz mirada hacia el carrito con platos sucios, a la botella de vino que Chikane sostenía, y a la propia Chikane. – Lamento haber interrumpido su junta.- se disculpó ante la mirada de la profesora para luego retirarse.

- No pensaba que tu hermano fuese tan simpático.- comentó Chikane con algo de de ironía en su tono de voz tras haber visto marchar a Takeshi.

- Bueno, la verdad estaba algo extraño ahora. Creo que es porque vienen a cenar los Tameguchi, y a mi hermano siempre le gusta planificar todo con mucha anticipación.- pensó en voz alta Himeko. Si bien su hermano exageraba a veces, esta ocasión ameritaba tales preparativos. Los Tameguchi eran una respetable familia de raíces inglesas, que si bien no era muy conocida, su presencia siempre ponía en guardia al anfitrión del lugar que ocupasen. La cabecilla y matriarca de la familia, la viuda Catherine, era una orgullosa madre de cinco exitosos jóvenes, todos destacables profesionales, conocedores de su lengua y tierra de origen.

Sin embargo, para Himeko no era una situación tan alarmante, pues tenía asuntos más importantes que atender.

– A mi no me estresa ni me preocupa tanto como a él, pero esta situación en particular te diré, que me molesta mucho.- dijo esto último frunciendo el entrecejo y presionando sus puños.

- ¿Y por qué te molesta 'esta' situación en particular? – resaltó Chikane.

- Porque…- la rabia se esfumó visiblemente del semblante de Himeko, reemplazando esa arrugada contracción de su entrecejo por una acumulación de color en sus pómulos, pues se había dado cuenta que, sin querer, había comenzado una declaración que no tenía en mente expresar. – porque… yo no quería dejar de estar hoy con Chikane-chan.- habló en un susurro muy bajo, que sin embargo llegó a reverberar con fuerza en el interior de la pianista, quien sintió algo estremecerse en su pecho bajo la vibración de esas dedicadas palabras.

- Himeko… ¿y existe alguna posibilidad de acompañarte mientras cocinas? – la pregunta trajo de vuelta aquella iluminadora sonrisa que tanto encantaba a Chikane.

- ¿De verdad? – Himeko hubiera saltado a abrazarla.

- Por supuesto que de verdad. ¿Qué… acaso quieres que lo pregunte otra vez? – ahora la chef hubiera saltado a golpearla, pero su idea no llegó a concretarse, porque entraron un par de meseros a arreglar el salón para la llegada de los Tameguchi. Ambos saludaron con mucho respeto a la chef antes de dedicarse a laborar en el salón.

- Bien, me acompañarás entonces. Bajemos a la cocina ya, Chikane-chan.-

Juntas descendieron las escaleras que conducían al primer piso, lugar que ya estaba ocupado por una docena de comensales en el comedor, y otra docena más en la barra. Uno de ellos alargó la mano en alto, saludando a Himeko, quien devolvió radiante el saludo.

- Todos saben quién es el jefe por aquí.- bromeó Himeko hacia Chikane, dándose importancia. La pianista simplemente sonrió por toda respuesta.

Prosiguieron su camino rumbo a la cocina, bajo una calculadora mirada cuyo portador, fundido entre los consumidores, decidió salir de su anonimato y cortarles el paso a las jóvenes.

- Buenas noches.- hizo una breve reverencia hacia una de ellas, ignorando por completo a la otra. – Perdona que interrumpa así, pero tengo que decir que… tu sonrisa… sigue siendo la misma.- continuó dirigiéndose a una de las jóvenes. - Me trae muchos recuerdos en los que todo era tan fresco como el brillante cielo azul. Cada vez que te miro siento que soy llevado hacia ese lugar tan especial que contigo conocí. Tu pelo me recuerda a un espacio tibio y seguro, donde solía esconderme del rayo y la lluvia cuando era pequeño. Mi dulce pequeña, no puedo evitar decir estas palabras antes de saludarte a ti…- alarga la mano hacia quien ha dedicado sus elaboradas palabras. - … mi adorada Himeko.