Mi corazón no puede ilusionarse con falsas esperanzas. Volteé para encontrarme con su hermoso rostro – Dime – le dije. Me quedó mirando, sin decir palabras. ¿Por qué se quedaba callado? Agachó la mirada, parecía sufrir o algo así – Adiós – me dijo. Me quedé helada, mi corazón ya se había ilusionado con que él diría algo, que nos haría volver. Pero ¡qué tonta de mí para pensar eso! Sentí cólera, fruncí el seño y me mordí el labio. No debes amarlo, pensé – Adiós – alcancé a decir y me encaminé hacia no sé dónde.

Sólo quería alejarme de aquel lugar y de él. Empecé caminando normal, para que él no se diera cuenta de mi deseo de desaparecer de aquel lugar. Pero luego, cuando estuve a una distancia razonable, empecé a caminar más rápido, casi corriendo. Sentía como el viento golpeaba mi rostro, pero no me importaba. Lágrimas comenzaron a caer por mi rostro. ¿Cómo podía pensar que él me seguía amando? Era una tonta, por dejar que mi corazón se ilusionara por unos segundos que él estuvo junto a mí. Luego, me paré en un lugar, no había gente. En ese momento, mi celular sonó – ¿Aló? – Contesté – Jen, ¿dónde estás? – Me preguntó Ximena. Oh rayos, deseaba poder responderle pero no sabía dónde estaba. No quería preocuparla, pero en serio, no sabía dónde estaba – Eh… Ximena, no lo sé – admití. Se escuchó un pequeño gruñido por el otro lado del teléfono – ¿Cómo no vas a saber? Tenemos que ir a encontrarnos con Tatty en cinco minutos – me recordó. Teníamos que ir al encuentro de Tatty – Ok, ok. Dime dónde estás. Trataré de llegar para allá – le dije. Dio un suspiro – Estoy casi a la entrada del Malecón – me dijo, mientras yo seguía mirando a mi alrededor, para ver si alguien se aparecía por aquel lugar – Ok, llegaré para allá. Espérenme – le dije y colgué. Me di la media vuelta y empecé a caminar, por dónde vagamente recordaba que había caminado. Estaba empezando a asustarme, pues ya estaba empezando a oscurecer y el viento a soplar más fuerte. Seguí caminando, mirando a todos lados, deseando que alguien apareciera. Deseaba estar con Robert, en esos momentos. Tonta de mí, al seguir queriendo tenerlo cerca. En ese momento, vi la figura de un hombre, algo regordete. Me acerqué a él rápidamente – Buenas noches – le dije al gordo. Volteó a mirarme, era algo viejo – Hola, muñeca – me dijo – ¿Sabe cómo salir para el malecón? – Le pregunté, temerosa. Me miró sorprendido – Claro que sí… Pero, estás muy lejos – me dijo el hombre. ¿Qué tanto había corrido? – Waw, pero ¿cómo salgo de aquí? – Le inquirí. El viejo se lo pensó unos segundos – Mi hijo y yo vamos de salida, justo por esa ruta… Te podemos llevar – me ofreció el viejo. Lo dudé unos segundos, no me agradaba la idea de estar en un auto con un par de desconocidos, pero no quedaba de otra – Ok, muchas gracias – le dije al viejo. Frunció el seño – No eres psicópata, ¿verdad? – Me preguntó, y me sorprendí de su pregunta. Pero le di una sonrisa – ¿Cómo cree? Claro que no lo soy – le respondí. Me devolvió la sonrisa – Disculpa que te pregunte esto, pero es que en este mundo ya no sabes en qué o quién creer – me dijo el viejo – Tiene usted razón – le aseguré. En ese momento, vi acercarse una figura algo delgada y desgarbada. Pero no lo veía bien, por la oscuridad – Papá, ya está todo listo para irnos – dijo el muchacho a su padre, el viejo regordete – Ok, hijo… Déjame presentarte a… – empezó a decir el viejo – Jennifer Zegers – le dije – Jennifer Zegers – repitió el viejo – Ella nos va a acompañar hasta el malecón – le informó el padre a su hijo – Hola Jennifer, yo me llamo Alec – me dijo el hijo del viejo, acercándose adonde yo estaba y extendiéndome la mano. En ese momento, lo vi más claramente. Tenía el mismo color de piel que Robert, blanco. Era guapo, sí, pero no tanto como mi Robert. Tenía cabello negro, lacio. Ojos color caramelo y labios de un color rojo vivo. Me dio una sonrisa, tenía los dientes perfectos, así como Robert. ¿Qué rayos hacía yo comparando al chico con Robert? Me daba cólera cuando hacía eso, sin darme cuenta. Es que, así era. Cualquier chico que veía, por más guapo que estuviera, para mí Robert era mucho mejor. Tonta enamorada – Mucho gusto – le dije, mientras le daba la mano y le devolvía la sonrisa – El gusto es todo mío – me dijo él y me puse roja – Ok, muchachos, al auto – dijo el viejo – Por cierto, me llamo Michael – me dijo el viejo. Le di una sonrisa, mientras subíamos al auto. Michael condujo, mientras Alec y yo estábamos sentados en la parte de atrás – ¿Y cuántos años tienes Jennifer? – Me preguntó Alec – Puedes llamarme Jen, y tengo 22 para 23. ¿Y tú? – Le inquirí. Se lo pensó antes de responder – Yo tengo… 26 años – me aclaró. Lo quedé mirando, vaya que Alec no parecía de 26, al igual que Robert. Estaba a punto de cumplir 25 y parecía de 20. Claro que su vestimenta, había cambiado. Se vestía como de 25. En cambio Alec, parecía de 19 y se vestía como tal. Llevaba puesto unas bermudas y un polo negro – No pareces de 26 – le confesé. Él sonrió – Aunque parezca imposible, tengo 26 – dijo, mirando al frente. Sonreí – Y… ¿qué haces por la vida? – Me preguntó Alec, y le empecé a contar a todo lo que me dedicaba. Él hizo lo propio. Su padre y él tienen una empresa de autos. Y justo estaban por esa zona, porque habían tenido una queja de un cliente – Nuestro trabajador no trató nada bien al cliente – me contó Alec – Y el cliente siempre tiene la razón – le dije – Exacto, por eso tuvimos que ir nosotros – me dijo y siguió contándome sobre el suceso con el cliente – y, ¿qué pasó con el trabajador? – Le pregunté – Tuvimos que despedirlo – dijo Alec, con rostro apenado – Que pena – dije – Pero así hay que actuar con trabajadores como aquellos – dijo Michael. Sólo sonreí – Aparte ese cliente es muy importante para nosotros – dijo Michael, y Alec puso los ojos en blanco – ¿Qué tan importante? – Inquirí – Son una familia muy importante y conocida – dijo Alec, en tono burlón. Sonreí – ¿Qué familia? – Le pregunté – Los Bassi – respondió Alec, y a mí se me puso la piel de gallina. Bassi es el apellido de Robert. Y sí eran una familia importante y conocida. No sabía que se hubieran mudado por esos lares, con razón, Robert estaba por ahí. Y seguro fue su idea de mudarse por ahí, pues él amaba ese lugar – ¿Pero ellos no vivían por otros lares? – Pregunté, como quien no quiere saber – Se mudaron hace unos 4 o 5 años – respondió Alec. Ese era casi el tiempo que Robert y yo teníamos de no vernos. Tosí, no sé por qué. Me vino un fuerte exceso de tos – ¿Te encuentras bien? – Preguntó Alec. Asentí, mientras me aclaraba la garganta. Robert había estado más cerca de mí, de lo que hubiera imaginado. Pero no podía ilusionarme, él estaba ahí sólo por el amor al lugar, no a mí – Bueno, llegamos – dijo Michael, y volteé a ver. Ya estábamos en el malecón – Ok, muchas gracias – dije – En serio, muchísimas gracias – añadí. Alec se me acercó – Que rico aroma tienes – me dijo y me asusté. Porque sus ojos se pusieron de un color más oscuros – Alec, no molestes a la chica – dijo Michael y Alec sacudió la cabeza, sonriendo – ¿Puedes darme tu número telefónico? – Me pidió, mirándome fijamente a los ojos. No pude decirle que no y le di el número de mi celular.

Bajé del auto y me encontré con las miradas de Ximena, Tatty y Louis – Hola chicos – dije – Que bueno que estás bien – dijo Tatty, corriendo a abrazarme. Le devolví el abrazo – Me encontré con un señor y su hijo. Fueron muy amables de traerme hasta acá – les conté. Ximena se me acercó – ¿Y porqué te fuiste tan lejos? – Me preguntó. Dudé en responder, no quería que supieran que me había encontrado con Robert. Ximena, al toque sacaría sus conclusiones, de lo mucho que me afectó verlo – Empecé a caminar y perdí la noción del tiempo y lugar. Disculpen – dije. Ximena puso los ojos en blanco – Típico de ti – me dijo con una sonrisa – Ok, chicos. Despídanse – añadió Ximena a Tatty. Ella fue a despedirse de Louis – ¿Jennifer? – Preguntó alguien – ¿Jennifer Zegers? – Volvió a inquirir aquella voz de mujer.

Reconocí esa voz. Volteé para mirar quién era. Y era Suzanne, la hermana melliza de Robert. La que fue mi mejor amiga. Pero cuando Rob y yo terminamos, ella se alejó poco a poco. Nunca lo entendí, porque al igual que Robert, ella tampoco me dio explicaciones. Me sorprendió que me saludara, pues, dejamos de tener comunicación. Fue algo muy extraño, y ahora me doy cuenta de lo extraño de todo. Rob y yo terminamos, pero ella seguía siendo mi amiga. Tratábamos de no tocar el tema de Rob, pero había ocasiones en que sí lo hablábamos. Ella siempre me decía que, deseaba de todo corazón que su hermano y yo volviéramos. Luego, poco a poco se fue alejando de mí. No respondía a mis correos, cuando me conectaba al msn, ella se desconectaba. La llamaba y nunca contestaba, o apagaba el celular. No me atrevía a llamar a su casa, por temor a que contestara Robert. La última vez que, hablé con ella, fue cuando por fin, luego de tantos intentos, me contestó el celular. Me dijo que se estaban mudando, que se iban a ir de viaje. Lejos. Nunca me dijo que se mudarían a un lugar tan cerca de dónde yo vivía, supongo que no quería que supiera dónde iban a estar. Seguro, temía que buscara a su hermano. Muy confuso. Me acerqué a ella, ni siquiera se por qué – Hola Suzanne – le dije, con la mirada de sorpresa en mi rostro – ¿Qué ha sido de tu vida? – Me inquirió ella, mientras me daba un fuerte abrazo. Me quedé helada. ¿Por qué ahora actuaba así? ¿Acaso no quería alejarme de su vida? ¿Por qué regresan los Bassi a mi vida? Correspondí débilmente a su fuerte abrazo – Bien, estoy bien. ¿Y tú? – Le pregunté, mientras me separaba de su abrazo. Ella me miró cautelosamente – Estoy bien también – respondió ella – Jen, ya vamos – llamó Ximena. Volteé a mirarla, y vi que miraba con bastante recelo a Suzanne – ¿Ya te tienes que ir? – Me preguntó Suzanne – Eh… Sí, tenemos que ir a casa – le conté. Suzanne movió sus labios, haciendo un puchero. Típico de ella – ¿Tienes que?… Tenemos muchas cosas que contarnos – me dijo ella. ¿Tenemos muchas cosas que contarnos? JA, no lo creo – ¿Tenemos? – Le inquirí, y creo que ella reconoció mi mirada de confusión – Sé que te debo muchas explicaciones. Y te las voy a dar, por favor ven conmigo a mi casa – Me pidió Suzanne. ¿A su casa? Oh, Dios. Era para ver a Robert también. Me lo pensé un buen rato. No quería ver a Robert, pero necesitaba explicaciones y por fin Suzanne me las iba a dar. No podía desaprovechar esta oportunidad – Mejor ven a mi casa – le dije, no podía ver a Robert. Suzanne me miró con rostro de intriga – Jen, vamos ya – insistía Ximena – Tenemos que ver a tu madre – me recordó Tatty. Por ella también, le dije a Su para que mejor vaya a mi casa. Me di la vuelta – Esperen – les dije – Ok, vamos a tu casa – dijo Suzanne – Pero, ¿qué pasa con tu madre? – Me preguntó, mientras caminábamos hacia Ximena y Tatty – Está delicada de salud. Le han encontrado cálculos – le respondí – Waw, mi mamá tiene un remedio natural para eso – me dijo Su – ¿En serio? ¿Crees que podrías pedirle? – Le pregunté, esperanzada – Por supuesto – me dijo, sonriente. La madre de Rob y Suzanne, era una hermosa mujer. Le encantaba la naturaleza, y sabía de muchos remedios naturales. Creo que Rob sacó su pasión por la naturaleza. Suzanne se parece más a su padre. Siempre tan alocada y pasional. El papá de ellos, era un conocido y millonario ingeniero de sistemas. Había creado los programas más usados para importantes empresas. Él siempre estaba haciendo algo, a veces pensaba que no dormía. Siempre fueron buenísimas personas conmigo. Sally, la madre de Rob y Su, me trataba como a una hija más. Al igual que Matthew, el padre de ellos – ¿Ella viene con nosotras? – Preguntó Ximena, distrayéndome de mis pensamientos. Al parecer, la idea no le agradaba para nada – Sí – respondí sin más explicaciones. Ximena miraba a Suzanne con recelo, no le quitaba la mirada de encima – Es lógico que tu prima me odie. Pero me intimida su mirada – me dijo Su – No te odia – fue lo único que le dije. Tatty se dio cuenta, y jaló a Ximena hacia adelante. Su y yo, nos quedamos caminando detrás de ellas. Caminamos en completo silencio.