Disclaimer: Nada de lo que reconozcan me pertenece.

Conociendo el futuro.

Capítulo 14.

Harry se despertó al día siguiente y se puso en cuclillas junto a la cama de Ginny. Acarició su rostro y la observó dormir. Su pecho se inflaba y desinflaba rítmicamente, sus labios estaban entreabiertos y su cabello estaba desparramado por su almohada. Simplemente se quedó ahí, asegurándose de que estuviera bien. La chica abrió los ojos un poco y sonrió al verlo, volviendo a cerrarlos. Harry besó su mejilla y se levantó. Salió del cuarto rumbo al comedor. Lily y James ya se encontraban ahí, junto con el pequeño Harry. Lily le sonrió y besó su mejilla mientras James cargaba al bebé.

- Buenos días – saludó.

- ¿Qué tal, querido? ¿Dormiste bien? – preguntó Lily.

- Bastante, gracias. ¿Alguna novedad?

- No. Sirius aún no ha venido a decirnos nada – respondió James.

- Oh, vale. Espero que se ponga bien – más que nada, Harry estaba preocupado por la salud mental de su padrino.

- Nosotros también. Creo que Sirius se volvería loco si ella… Bueno, mejor no pensar en cosas tristes, ¿Cierto?

- Cierto.

A eso de las once de la mañana, llegó un elfo con la comida para todos. Tuvieron un agradable desayuno y al terminar se sentaron en la estancia y observaron a los bebés jugar un rato. Remus parecía ansioso todo el tiempo y miraba constantemente hacia la entrada. Tonks lo observaba y tomó su mano, intentando que se calmara; él volvió la mirada hacia su esposa, sacudió la cabeza y besó su mejilla. Cuando dieron las cinco de la tarde, un nuevo capítulo apareció.

La magia es poder.

Harry salió de la casa para recoger el periódico, con la capa de invisibilidad. Tras darle un rápido vistazo, gruñó e informó a Ron y Hermione que tenía noticias y no les agradarían. En la cocina, extendió el periódico, en primera plana se leía. "SEVERUS SNAPE CONFIRMADO COMO DIRECTOR DE HOGWARTS"

- ¡¿Qué?! – exclamaron todos los del pasado, buscando alguna explicación en los del futuro, que sonreían un poco.

Tras una ruidosa reacción de Ron y Hermione, la chica pareció recordad algo importante.

- ¡Por los pantalones de Merlín! – exclamó y salió de la cocina.

- ¿Por los pantalones de Merlín? – repitió Ron, sonriendo – debe estar cabreada.

En la sala de los requerimientos todos rieron, Hermione se ruborizó violentamente y golpeó el hombro de su novio, acción que sólo hizo que los demás rieran aún más.

- Hoy hay más mortífagos de lo normal – comentó Harry, mientras comía – es como si esperaran a que saliéramos de casa con nuestros baúles para ir a Hogwarts.

- He estado pensando en eso todo el día – dijo Ron, mirando su reloj – el tren partió hace seis horas. Es raro no estar en él ¿No es cierto?

Hermione entró en la cocina con un gran cuadro que miraba hacia abajo. Hermione lo metió en su pequeño bolso, que físicamente parecía imposible de que cupiera en este.

- Recordé esto.

- ¿Qué cosa? – preguntó Ron.

- Phineas Nigellus.

- ¿Perdón?

- Snape podría mandarlo a vigilar dentro de la casa, pero ahora solamente podrá ver el interior de mi bolso.

- ¡Bien pensado!

Comenzaron a discutir sobre lo que habían descubierto al espiar la entrada del ministerio. Hermione casi se infarta cuando Ron le dijo que los que vestían de azul marino eran de mantenimiento. Entonces Harry propuso que entraran al día siguiente. Hermione comenzó a recitar un montón de cosas que podrían ir mal, pero Harry insistía en que no podrían estar mejor preparados aunque siguieran visitando el ministerio un mes más.

- Digamos que entramos mañana. Aún pienso que sólo Harry y yo deberíamos ir – comentó Ron.

- ¡No empieces de nuevo con eso!

- ¡Estás en la lista de hijos de muggles que no se han presentado en la entrevista!

- Y tú deberías estarte muriendo de Spattergroit en la madriguera. Si hay alguien que no debería ir, es Harry. Ofrecen diez mil galeones por su cabeza.

- Vale, me quedo. Me dejarán saber si derrotan a Voldemort. ¿Verdad?

Mientras Ron y Hermione reían, el dolor se disparó en su cicatriz. Se dirigió rápidamente al baño y se tiró en la bañera, gruñendo de dolor.

Lily observaba a su hijo con los ojos abiertos como platos y abrazaba al pequeño bebé lo más cerca a su pecho que podía. Remus negaba con la cabeza, algo molesto.

- ¿Todavía no dominabas la Oclumancia, Harry? – le preguntó.

- Uh… no.

- Nunca lo entendiste.

La mañana siguiente, Hermione repasaba el plan con su cara de maniática, que Harry asociaba a los exámenes.

Hermione lanzó un cojín contra su amigo, que ahora reía histéricamente por la exacta descripción de lo que él había pensado en ese momento. Los demás reían o miraban la escena con simpatía.

Los chicos se aparecieron en un corredor, donde se aparecían el resto de los trabajadores del ministerio. Se ocultaron y poco después una bruja se apareció. Hermione la aturdió. Mafalda Hoppkiss. Arrancaron un poco de cabello de ella y Hermione bebió la poción. Un mago llegó y Hermione le ofreció un dulce, en cuanto tocó su lengua, el mago comenzó a vomitar. Hermione le arrancó algunos cabellos y él se desapareció hacia San Mungo. Harry tuvo que esperarlos para que le llevaran los cabellos que él mismo utilizaría.

Se dirigieron a unos baños, la nueva entrada del ministerio. No tenían idea de cómo entrar. Harry se subió al retrete y descubrió que había hecho lo correcto. Tiró de la palanca y entró como en un pequeño tobogán y cayó por una chimenea.

- ¿Tenían que entrar por un retrete al ministerio?

- Sí, con monedas que el ministerio utilizaba.

- Un mago incluso me preguntó que quien esperaban que se colara ¿Harry Potter? Y comenzó a reírse – comentó Ron.

- Quién lo diría.

Yaxley, un mortífago, ordenó a Ron que parara la lluvia que había en su oficina. Hermione y Harry estaban en el ascensor; ella le decía que debería ir con Ron, pues no podría hacerlo él solo y podrían descubrirlos rápidamente. Entonces el ascensor se detuvo y cuatro personas entraron, destacando a una bruja bajita y rechoncha, con ojos saltones, y vestida completamente de rosa, cuyo aspecto recordaba a un gran rosado sapo.

Un gruñido se escuchó en la sala. A nadie le agradaba Umbridge, en lo absoluto. Harry se levantó y se estiró. Se moría de hambre y deseaba tener a Kreacher a su disposición como en su tiempo. Remus también se puso de pie, tomando la mano de Tonks.

- Iremos a la enfermería a ver como sigue – informó. Los demás asintieron.

- Avísenos cualquier cosa.

Remus y Tonks salieron de la Sala. Permanecieron callados un buen rato, cosa que extrañó a Remus, pues su esposa era bastante parlanchina y sacaba conversación de cualquier cosa; en ese momento se encontraba sumida en sus pensamientos. Remus se paró en seco, la miró a los ojos y se cruzó de brazos. Tonks siguió sin hablar, hasta que se desesperó.

- ¿Qué? – preguntó.

- Lo mismo te pregunto yo a ti ¿Qué?

- Nada – Remus levantó una ceja – Oh, de acuerdo. Es sólo que… ¿Quién es esta chica? ¿De dónde la conoces? ¿Por qué te preocupa tanto?

- Dora, no me digas que estás celosa – tentó Remus, intentando ocultar una sonrisa que luchaba por salir. El cabello de Tonks se tornó de un rojo intenso y Remus rió un poco; la abrazó y besó su cabello - ¿Qué debo hacer para demostrarte que te amo más que a nada? Ella fue mi mejor amiga durante Hogwarts y los años antes de la muerte de Lily y James. Cuando yo creí culpable a Sirius ella cortó toda relación conmigo; estaba realmente enojada y yo me sentía herido y traicionado. Pensaba que ella era una tonta por creerle y que el amor la había cegado. Nunca sentí por ella nada más que una hermandad.

- ¿Por qué no volviste a hablar con ella cuando descubriste la verdad sobre Sirius? – susurró Tonks, abrazándolo fuertemente. Él soltó un suspiro.

- No sabía donde localizarla. Le mandé varias lechuzas, pero siempre regresaban con la carta sin abrir – dijo con pesadumbre, luego la miró a los ojos y besó sus labios – anda, vamos.

Siguieron su camino hacia la enfermería, entonces Tonks comenzó a bombardearlo con preguntas. Él rió y poco a poco fue respondiéndolas. Cada respuesta traía otra pregunta y parecía que nunca iban a terminar, pero a él no le importaba, así la amaba y no quería que cambiara. Cuando llegaron a la enfermería, Tonks seguía parloteando. Una cama tenía las cortinas corridas y se escuchaba que conversaban ahí dentro.

Se acercaron a esa cama y Remus inspiró profundamente; Tonks apretó su mano, cariñosamente y él le sonrió, no podría enfrentar a su amiga sin su ayuda. Descorrió la cortina poco a poco y observó a Daisy recostada en la cama, con Sirius a su lado, sentado en una silla tomando su mano y acariciando su cabello. Ambos tenían una gran sonrisa plasmada en sus rostros, mientras se miraban a los ojos, embelesados.

Daisy se percató de la presencia de Remus e inmediatamente su sonrisa se borró. Sirius dirigió la mirada hacia donde se encontraba la de su esposa y comprendió. Tonks miraba de Remus a Daisy y de ella a él. Ellos dos se miraban con intensidad a los ojos.

- Bárbara… - comenzó Remus, pero ella lo interrumpió.

- Daisy. Ahora soy Daisy – lo corrigió bruscamente.

- Vale, Daisy. Yo…

- ¿Tú qué, Remus? – Sirius le dio un leve apretón a su brazo y ella volvió su mirada hacia él.

- Déjalo que hable, dale esa oportunidad – si las miradas mataran, Sirius habría caído muerto en ese instante. Daisy inspiró profundamente y soltó el aire poco a poco. Volvió la mirada hacia Remus y le indicó con un movimiento de cabeza que hablara.

- Lo siento ¿De acuerdo? Yo no sabía del cambio. Pensé que Sirius nos había traicionado.

- No. No te dijimos nada sobre el cambio antes de que pasara. Pero cuando te lo dije, no me creíste ¿Y qué fue lo que me dijiste? Oh, sí. "Debes enfrentar la realidad, Bárbara, Sirius nos traicionó a todos y no sólo entregó a James y a Lily, sino que asesinó a Colagusano" seguí insistiéndote que no era verdad, pero tú veías lo que querías ver. ¡Pudiste haber confiado en mí!

- ¿Cómo confiaron ustedes en mí? Niega que tú también pensaste que yo era el traidor – se exaltó Remus.

- ¡Yo JAMÁS creí eso! Cuando Sirius lo propuso, durmió una semana en el sofá. Nunca dudé de ti, porque eras mi amigo; nos conocíamos desde los once años. Si me hubieran dicho de Petigrew habría dudado, nunca fue tan unido a nosotros. ¿Pero tú? Lo negué y si en verdad lo hubieras sido habría muerto, porque tenías mi confianza a ciegas – las lágrimas corrían por las mejillas de la chica.

Remus se había quedado callado pensando en todo lo que le había dicho. Se sentó a la orilla de la cama y bajó la cabeza. Él siempre había dado por sentado de que ella también lo creía. Sintió las manos de Tonks sobre sus hombros, sobre una de ellas colocó la suya. Negó con la cabeza y volteó a ver a Daisy.

- Lo siento, de verdad. Siento no haberte hecho caso; siento no haber confiado en ti; siento que nos hayamos distanciado tanto; siento no haber estado contigo cuando encerraron a Sirius o cuando estuviste embarazada o cuando nació tu hijo. Si pudiera, cambiaría todo eso, pero no puedo. Ahora es otro tiempo y estamos todos. Es tú decisión si vas a seguir odiándome o me perdonarás e intentaremos recuperar nuestra amistad y que todo sea como antes – un silencio se apoderó de la sala durante unos momentos.

- Yo no te odio, Remus – concluyó Daisy, en un susurro – pero me dolió tanto. Eras mi nuestro amigo. Sé que de todos modos lo habrían encerrado, pues nadie habría hecho caso a las súplicas de la esposa y el mejor amigo de aquél al que consideraban un asesino, pero no me habría sentido tan sola como me sentí en esos momentos…

- Daisy… - empezó él, pero ella siguió hablando.

- Y cuando me enteré de Damián… Merlín sabe lo que habría dado porque estuvieras ahí conmigo. Tenía tanto miedo. Mi esposo en Azkaban, mis padres y mi primo muerto, y mi mejor amigo… no podía ni pensar en él porque me hacía mal. Así que salí del país y me cambié el nombre, el apellido. Alegué que mi marido, Orión White, acababa de morir y que había quedado embarazada poco antes de eso. Entonces Damián nació y era lo único que me tenía aferrada a la vida. Cuando cumplió once años, regresé a Inglaterra, pues deseaba que asistiera a Hogwarts; él conocía toda la historia, desde que nos conocimos hasta el día en que su padre entró a Azkaban. Damián siempre fue un chico inteligente y despierto y bastante maduro para su edad.

- Ese mismo año, Sirius escapó de la cárcel y ambos nos preguntábamos si iría a buscarnos. Damián recibió su carta para ir a Hogwarts y vaya sorpresa nos llevamos cuando supimos que el nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras era nada más y nada menos que R. J. Lupin.

- Damián nunca mostró interés por mi clase – Daisy sonrió, entre lágrimas.

- Por más maduro que fuese, seguía siendo un niño y no entendía por qué no me habías creído. Supongo que creó cierto rencor hacia ti, por no quedarte con nosotros. Pero que quede claro que nunca le hablé mal de ti.

Remus asintió. Siempre le llamó la atención aquél niño. Mente brillante y activo. Notaba como las niñas lo buscaban y le daba cierto aire a Sirius, pero nunca tuvo esa actitud arrogante que su amigo siempre había tenido. No tenía idea de cómo no lo había visto antes. Siempre tuvo buenas notas pero parecía no tener mucho interés en la clase.

Daisy lo observaba, esperando alguna reacción. Sintió un pequeño ardor en su costado, pero no le dio importancia, su herida llevaba todo el día haciendo eso. Observó a la mujer que acompañaba a Remus. Era bajita y de rostro joven; tenía el cabello muy corto, peinado en picos y de cabello rosado. Sonrió al pensar en sus tiempos en Hogwarts y en su tímido amigo. Volteó a ver a Sirius, quien acarició su mejilla levemente, mientras la miraba con ternura. El ardor aún no se iba y se llevó la mano a su costado, para darse cuenta de que estaba sangrando.

- Demonios – susurró.

- ¿Qué sucede? – preguntó Sirius.

- Uh… pues… verás, estoy sangrando – comentó ella, intentado sonar despreocupada, para no alarmarlo. Cosa que logró sin éxito.

- ¡Poppy! – llamó, exaltado.

La enfermera llegó rápidamente y los sacó a todos de ahí, sin miramientos. Sirius caminaba de un extremo al otro a la entrada de la enfermería. Tonks abrazó a su esposo, quien devolvió el abrazo, nervioso, esperaba que no fuera nada grave.

Al cabo de unos minutos, Madame Pomfrey les informó que se encontraba mejor, pues ya habían identificado el maleficio que había recibido, pero había tomado una poción y en ese momento estaba dormida y debía descansar. Tras varios reniegos y negaciones rotundas, los tres se encaminaron a la sala de los requerimientos, Tonks parloteaba alegremente. Entonces Sirius la interrumpió.

- Te perdonará ¿Sabes? Dale tiempo.

- Eso espero – comentó – sería raro que no lo hiciera. Después de todo, siempre terminaba perdonándome, a su tiempo.

- ¿Siempre? ¿Se peleaban muy seguido? – preguntó Tonks.

- Bastante. Ambos somos muy tercos y cuando algo se nos mete a la cabeza no hay quien nos saque de ahí.

- ¡Ja! Yo sí – dijo ella, risueña, recordando viejos tiempos y a un lobo que se rehusaba a amar. Remus sonrió.

- Sí. Tú sí. Pero tú tienes bastantes influencias sobre mí – le informó.

- ¿Ah, sí? ¿Cómo cuales? – inquirió ella, abrazándolo.

- Como estas – respondió y besó sus labios.

- ¡Que dejen su miel en otro lado! – les reprochó Sirius – que es mi sobrinita.

- Que ya tiene un hijo – dijo Tonks, rodando los ojos.

- Eso a mí no me importa.

- Vale, prometo besar a tu sobrina en otro lado – tentó Remus, con una gran sonrisa.

- Si serás…

- ¡Dale ya! Esto de ser el tío sobreprotector no se te da, Sirius.

- Mira, Dora. Esto es tú culpa, por casarte con mi mejor amigo.

- ¿No te alegra que haya sido él, en vez de cualquier otro? – Sirius titubeó.

- Eh… no… digo… sí… ¡Demonios!

Tonks y Remus rieron, Sirius se les unió después. Entraron a la sala de los requerimientos, pero no encontraron a nadie. Sirius les dijo que se daría una ducha. Los otros dos se dirigieron a su habitación, donde encontraron a Teddy, dormido en su cuna. Tonks se acercó a él y sonrió. El pequeño abrió sus ojos lentamente y bostezó. Cuando vio a su madre alzó los brazos hacia ella y Tonks lo cargó y besó su frente. Sintió cómo los cálidos brazos de su esposo los envolvían; recargó su cabeza en el pecho de Remus y cerró los ojos, la felicidad no cabía en su pecho.

Harry estaba con Ginny. Se había hartado de estar en la sala de los menesteres, así que salieron un rato al lago. Se sentaron bajo un árbol, Ginny acostada sobre las piernas de Harry y él jugando con su cabello pelirrojo. Esos últimos días habían sido una locura y Harry aún se creía en una utopía. Aún así, necesitaba tiempo para despejar su mente y entender que al finalizar la lectura del libro, deberían tomar una de las decisiones más importantes de su vida.

Rió al pensar que Harry Potter nunca podría tener una vida normal. Ginny lo observó, cuestionándolo con esa mirada marrón que tanto le gustaba. Él sonrió y besó sus labios. Volvió su vista al lago y cerró los ojos. No pensaría en nada en ese momento; simplemente disfrutaría de la compañía de su novia y de la tranquilidad del lago.