Interrogatorio con Ibiki
En serio, perdón por la tardanza, pero las cosas han estado un poco raras por aquí y no había encontrado la ocasión para actualizar, pero ya ven, aquí estoy de nuevo. Ahora sí les terminaré de contar mi aventura en las salas de interrogación de Konoha.
Como les había dicho, Ibiki creía que yo era una especie de espía enemigo infiltrado desde hace aproximadamente 3 ó 4 años (el tiempo que llevaba la serie narrando las aventuras de Naruto en su espacio temporal) y que por laguna estupidez o qué se yo, me había revelado.
Las primeras horas de interrogatorio fueron largas y pesadas, yo agradecía que Ibiki fuera más de la tortura psicológica que física, pues de otra forma mi hermoso cuerpo de Mary Sue se hubiera visto perjudicado. Aun así, aquella mañana ha sido hasta ahora una de las más tortuosas que he tenido, lo único que me alegra es que fue tan mala para mí como para Ibiki, pero, oye, la culpa la tuvo enteramente él por haber planteado esa única y solitaria pregunta que nos estuvo ocupando toda la mañana.
¿Quieren saber cuál era? De hecho es una bastante simple, se las diré:
La pregunta (o más bien orden) que me había dicho era: Dime tu nombre completo.
Así es, tan sencilla como suena se había tragado todo nuestro tiempo, pero a diferencia de lo que Ibiki creyera que iba a ser el problema (es decir, que me fuera a rehusar a soltar todo mi información personal a la primera como buen ninja que creía era), sucedió todo lo contrario. Como no quería meterme en más problemas cooperé de maravilla, y fácil desembuché toda mi información, quizás hasta lo hice de más.
Y pensarán, ¿cuál fue el problema entonces? Verán, en el primer capítulo había dicho que mi nombre era Ana María Sue o algo así, pero de hecho eso no es del todo exacto: es mucho más largo. Mi verdadero y completo nombre(s) son: Ana María Estela Jennifer Jackelin Esperanza Aneth Lyth de los Verdes Prados de Hyrule Esquina Hogwarts Frente al Digimundo *Constancia* Anea Jimena Sarah Carly Brenda de los Altos Alpes Suizos de la Tierra Media Heleia Giselle Candy Gloria-Edith Idonia ~Anele~ Galadrielle Aeilin-uial*o* Jîneü-uraíìl VI Galádriêl —¡aguas! no es lo mismo que Galadrielle, no para mí— Petra la Primera (y aquí vienen los nombres japoneses) Neko Hikaru Tomoyo Akane Usagi Yuka Nanami Misaki Rukia Rin Kokomi Card Captors Airi Sailor Earth Momoka Ayane Karinami Miu Sayayin Last Survivor The-One-Who-Lived-And-Was-Chosen (y claro, con los respectivos apellidos:) Sandoval Sánchez von Heindel Schneider Johnes Dubois Peral Von Firemann Cullen Thalassinos Papaloukas Gianakopoulos Le-roy Magic Princess Shinigami Minamino Hija de mis Padres que me Vieron Nacer Akallabêth Aranrúth Kinomoto Bustamante Sanzano, para servirles.
Por supuesto que éstos no son todos mis nombres completos, pero dado a que no los quiero aburrir sólo puse los más relevantes. Ahora que lo pienso la mayoría de estos nombres no tienen mucho sentido, por favor, ¡ni siquiera tengo ascendencia alemana-greco-asiática-élfica! Y además están los nombres que ni siquiera existen, pero al parecer eso no les detuvo a mis padres a la hora de bautizarme (ya me imagino el acta…) En fin, es por eso que no me molesta que me llamen Sue a secas, es más fácil de abreviar.
El punto es que cuando me interrogó Ibiki me había pedido mi(s) nombre(s) completo(s), con apellido y todo; y por su semblante tan serio y amenazante creí conveniente obedecerlo al pie de la letra, sin omitir nada. Seguro se arrepintió después.
Más o menos a mi cincuenteavo nombre dejó de anotar y para el 264avo me pidió que parara. Hay que reconocer que tuvo mucha perseverancia el hombre.
Yo lo miré con inocencia, pero él ya estaba harto de mí, me preguntó una sola vez de donde venía y cuando le respondí lo mismo que a Tsunade y los guardias, me pasó lo mismo que con Tsunade y los guardias: no me creyó.
Esta vez fue menos paciente y ordenó que me tuvieran encerrada toda una semana para que así ya estuviera más dispuesta a hablar. Estoy segura de que lo hizo más porque yo le caía mal que por motivos profesionales, algo así como venganza porque en todas esas horas la que había aplicado lo tortura había sido yo y no él.
Y así pasó toda una semana más. De comer me daban algo asqueroso —aún no puedo asegurar que era— y que seguro tenía la intención de debilitar mis fuerzas. Lo que no sabían era que yo había estado comiendo cosas peores en la entrada, por lo que no me afectó realmente.
Lo mismo sucedió con el baño.
En cualquier caso, empleé el tiempo de esa semana para analizar mi situación. Hasta el momento había estado necia con la poca creíble versión de mi origen —que por cierto, sigue siendo la verdadera, no crean que las he engañado— pero después de que ya fuera la tercera vez que no servía y aún no había vencido era indicio de que tal vez debía de cambiar a algo más "coherente" y aceptable. Quizás si lo hubiera hecho desde el principio me hubiera ahorrado muchos problemas.
De todas formas yo ya tenía mi plan hecho, así que cuando vino Ibiki al final de la semana, yo ya sabía que debía de inventarme algo diferente.
Empezó a cuestionarme sobre nuestro pasado encuentro y pareció satisfecho cuando le dije que mi historia no era cierta. Una vez que aclaramos ese punto, pasó a preguntarme, ahora sí, mi verdadero origen.
Y me quedé petrificada.
¿Me creerán que todo el rato que estuve a solas no se me ocurrió inventarme un origen? Estaba tan concentrada en decirle que mi historia vieja no era verdadera que se me había olvidado hacerme una nueva.
Así que dije lo primero que se me vino a la mente:
— Soy del País del Arroz.
Ya muchos se imaginaran el enorme error que cometí al decir eso, cuya consecuencia neta fue que tuve que soportar otra semana más de interrogatorio.
En su momento contestar aquello no me había parecido tan malo. Había creído prudente no decir que era de Konoha, ya que que solicitara la entrada tan "formalmente" y partiendo del hecho de que nadie más allá de los guardias me conocía aquí, era claro indicio de que ésta no era mi aldea. Entonces había decidido que lo mejor era decir que era de una aldea de por ahí fuera de Konoha, no importaba cual. Como Ibiki me veía impacientemente y me ponía nerviosa, no tuve mucho tiempo para pensar y dije lo primero que se me ocurrió.
No pasó mucho tiempo para que me diera cuenta de lo poco inteligente que había sido responder que yo era de la aldea fundada por uno de los mayores enemigos que había tenido Konoha al punto de que hacía tres años aproximadamente casi había la había destruido. Claro, sin contar que yo ya era considerada una espía de por sí.
De todas formas las palabras ya habían sido dichas y tuve que soportar otra semana extra, tiempo que utilicé para inventarme algo que enmendara mi error.
Cuando al fin llegó Ibiki, yo ya tenía toda una historia confusa y distorsionada acerca de mi origen.
Resultaba que yo era la hija de Yugito Nii (obviamente no iba a ser hija de una desconocida, por lo que elegí a Yugito, pues era una Jinchuriki, lo cual lo hacía todo muy interesante, y además no se sabía mucho de ella e igual podría tener una hija perdida por ahí, aunque claro, no consideré las edades y después me enteraría gracias a la Wikipedia y una simple resta que la contenedora del Nibi tuvo que haberme tenido como a los catorce años para que mi historia tuviera coherencia.) y que había sido abandonada con mucho pesar ya que mi madre no podía asegurar mi bienestar (y cómo no, con sólo catorce años…) por lo que había sido criada como kunoichi en la Aldea Oculta del Sonido a manos del mismísimo Orochimaru, quien viendo el gran potencial que tenía me había entrenado personalmente algo así porque de una forma inverosímil e ilógica yo había heredado el chakra del Nibi, contradiciendo así las leyes de la herencia de Mendel y más afín a Lamark.
El punto era que Orochimaru me había criado como si fuera mi padre, volviéndome así una de los kunoichis más letales, poderosas y súper-mega magníficas que ni Kishimoto hubiera podido crear, confiándome de paso todas sus técnicas y secretos más celosamente guardados (ya quisiera Kabuto). Además, claro, también era súper mega: misteriosa, grácil, mortífera, fuerte, poderosa, seductora, bellísima, atlética, inteligente, astuta, ágil, oscura, original, atractiva y todos los demás adjetivos que se les pueda ocurrir que una persona soberbia diga de sí misma. Era toda una femme fatale a la décima potencia con técnicas de sannin, kage y más, con todos los doujutsus que había actualmente y por haber y uno que otro de mi cosecha. En resumen era una especie de diosa kunoichi más fuerte que ninguna otra ya a mi joven edad.
Pero entonces, una noche oscura y lluviosa, repentinamente y sin previo aviso me dio un ataque de moral y decidí que Orochimaru era una persona terrible, por lo que me tuve que escapar de él y lo maldije de paso, como buena ingrata que era.
Al principio no sabía a dónde ir y vagué por el mundo, pero después me acordé de que Orochimaru hablaba mucho de una aldea llamada Konoha, por lo que decidí ir ahí, pues tenía el presentimiento de que la gente de ese lugar me enseñaría una vida que nunca tuve, rehabilitándome por completo al demostrarme que la verdadera bondad y amistada existían, y yo en cambio haría lo mismo con ellos al enseñarles el amor verdadero o algo así de cursi, por lo que terminaría con una relación sentimental con todos mis personajes favoritos (sí, ese sigue siendo mi sueño y si puedo, cada vez que tengo oportunidad lo meto en una de mis historias).
Todo marcharía bien y me aceptarían como si nada, pero de repente, en un capítulo cualquiera, mi pasado regresaría por mí y tendría que enfrentarlo, pero esta vez tendría a mis nuevos amigos apoyándome, lo que me daría más fuerza, aunque al final yo solita acabaría con el asunto gracias a mi infinito poder interior y lo haría en menos de un minuto, mientras el resto de los personajes canon se habrían quedado viendo como idiotas (incluso llegaría a salvar a uno que otro) como mi enorme poder me sacaba unas alas, me hacía brillar y hasta levantaba pequeñas rocas a mi lado.
Y todos viviríamos felices para siempre, o en su defecto, yo moriría dejando una marca profunda en el corazón de todos por más que me hubieran conocido hacía apenas una hora.
¿Mencioné que en algún punto de la historia me haría con tres kekkei genkai más, a pesar de que eso contradiga el término?
Y sí, aunque ustedes no lo crean, tuve el descaro de contar esa historia con todo y final con la cara más seria del mundo en la sala de interrogación. Y obviamente Ibiki no me creyó, creo que fue más que nada porque mientras hablaba de lo poderosa que era, la escuálida chica que tenía enfrente de él evidenciaba lo contrario.
Confieso que tal vez me emocioné un poco y exageré en algunas partes, pero en ese momento me repetía una y otra vez que si historias así les servía a muchas OC en el fanfiction, ¿por qué no habría de servirme a mí?
Pero, a pesar de todo, los preceptos y leyes de la Mary Sue, que eran algo así como mi Biblia, no funcionaron de nuevo. ¡Rayos! ¿Por qué me había tocado ser escrita por una autora que creía en la lógica y la coherencia?
De todas formas, para la sorpresa de muchos lectores y lectoras, mi historia sí me sirvió después de todo:
Ibiki se convenció de que no era ninguna amenaza, de hecho creo que me consideró patética y sin ninguna habilidad para mentir.
Aun así no podía estar seguro de eso y yo aún tenía cierta información que podía ser útil, por lo que decidió conservarme por un rato más, así que también tuve mi temporada en las prisiones de Konoha, un lugar muy bonito por cierto.
Había colchonetas (más cómodas que el rocoso piso debajo de la tienda de acampar), un techo seguro, comida tres veces al día, un espacio de recreación y sanitarios con agua (de todas formas, dudo que algún día me acostumbre a los sanitarios orientales). ¿Y saben qué era lo mejor de todo? Que yo no debía de hacía nada para seguir teniendo tales beneficios. Ni siquiera recibía maltratos, pues al parecer el tercer Hokage había prohibido los castigos corporales o cualquier otro tipo si el preso no era un criminal o un ninja enemigo y/o traidor. Y como yo no era lo primero y lo segundo en verdad se ponía en duda (más que nada por la primera parte), yo estaba muy tranquila.
Así pasaron dos semanas más, terminando mi segundo mes en Konoha. Para ese momento yo ya me había deshecho de la ilusión de tener mi vida al lado de mis personajes favoritos de Naruto, pero no me molestaba demasiado. Había aprendido a valorar la fácil vida que se llevaba en la prisión, sin necesidad de trabajar ni nada, y justo cuando me decía a mí misma lo fácil que sería acostumbrarme a eso, fui llamada a la oficina de la Hokage, por segunda vez.
Creo que se habían dado cuenta del desperdicio de recursos que era y querían solucionarlo a lo de ya.
Así que ahí yo estaba, cruzando de nuevo la puerta de la godaime.
Pero eso lo contaré después, pues se supone que este capítulo sólo es para contar lo de Ibiki (aunque apenas si éste salió).
Por cierto, perdón si me tardo en actualizar, la próxima semana no voy a poder usar la computadora y además ha habido uno que otro problemita aquí en Konoha.
¡De todas formas no dejen de comentar! Que las Mary Sue's se alimentan de reviews. (Y sus autoras también)
