Capítulo 4.- ¡Ah, esa gente solitaria!

La vida en Hogwarts era más complicada de lo que a Ron le parecía comúnmente. En su época, al concluir las clases, uno podía irse a su dormitorio a descansar, ir al gran comedor cuando se tenía hambre, o estudiar cómodamente en su sala común.

En ese sitio las cosas eran distintas.

La mayoría de los alumnos vivían al borde del lago en pequeños grupos, en una especie de casas de campaña que no estaban ampliadas bajo ninguna forma de hechizo, rodeados de luna, sol, estrellas, agua y árboles protectores (según Albus Dumbledore). Esa era la razón de que hubieran hallado sitio en los dormitorios. Y eso, para Ron era muy bueno, pues de ningún modo le parecía divertido todo ese cuento de las comunas o como sea que les llamaran, ¿cómo dormir en semejantes casitas donde apenas si cabía un niño?, pero a Neville y a Hermione, por alguna extraña razón, les había fascinado la idea.

- ¿No les gustaría pasar esta noche con nosotros? - les había preguntado Albus y sus amigos habían aceptado de inmediato. Ahora, Ron iba detrás de él y Neville a regañadientes. Hermione había desaparecido.

Y ahí estaban. Él sentado cerca de una fogata mientras Neville ayudaba a Flitwick a servir la cena.

- Espero que cocines mejor que Elphias - advirtió Albus mientras recibía su plato. Dirigiéndose a Ron con una sonrisa, aclaró - ayer hizo un guisado muy extraño, nunca supimos lo que era... y su sabor era aún peor.

- No estaba tan mal, sólo le faltó un poco de sazón... a Dedalus le gustó...

El chico gordo que de nuevo tocaba quedamente la guitarra, asintió con desgano.

- ¿Sí? – Albus miraba su patata como cuidando que no tuviera un explosivo dentro – pues eso no te ayuda en nada Elphias, Dedalus se come lo que sea.

Flitwick se acercó a Ron ofreciéndole un plato de patatas, el pelirrojo tenía tanta hambre que enseguida se llevó un buen pedazo a la boca. No tardó ni un segundo en escupirlo con un estruendoso - ¡guácala! ¡esto sabe horrible!

Flitwick lo miró ofendido.

- Imposible, puse todos mis conocimientos mágicos para lograr unas patatas sabrosas y nutritivas.

Albus olisqueó el plato y mordisqueó un poquito, hizo un esfuerzo supremo por no escupir el bocado y sonrió mostrando todos sus dientes – creo que también a ti te faltó sazón.

- ¿Puedo ayudarlos?

La voz de Hermione hizo reaccionar a Ron de inmediato, giró su cabeza, y al verla, exclamó horrorizado - ¿qué es eso que traes puesto?

No es que Hermione luciera mal, de hecho, su túnica vaporosa salpicada de colores y su cabello trenzado al descuido con un sin fin de mechones cayéndole por la cara, la hacían lucir realmente bonita.

- ¿Te gusta? – preguntó dándose un giro – pienso que ya que estamos aquí...

- Luces preciosa – murmuró Albus levantándose para ponerse a su lado – las veelas son nada a tu lado.

Hermione se ruborizó, mientras Ron daba un mordisco rudo a sus patatas sin preocuparse de su sabor.

- Prof... perdón, Filius, yo le ayudaré con la cena. – Dijo Hermione apartándose de Albus y de la mirada furiosa de Ron.

- ¡Excelente! Pero, ¿porqué me hablas de usted?

Ron la vio alejarse contestando quién sabe que cosas al futuro profesor de encantamientos, en tanto Elphias Doge aseguraba con naturalidad – linda chica, pero muy tímida... y lista. No creo que puedas con ella, Alb.

Suficiente. Ron no quería escuchar más. Arrojó su plato sobre el césped y se alejó lo adecuadamente lejos de Albus y Elphias.

Terminó sentado lejos de las fogatas. Oyendo el rumor del viento en las hojas. Oyendo el suave murmullo acariciante y tranquilizador de la brisa. Ese sonido parecido a la calma, parecido al suspiro que ahora mismo acababa de dar, parecido a una respiración entrecortada. Parecido a... un momento, ese de ningún modo podía ser el ruido del viento en las hojas. Eso era...

- Ah, Wazlib, otra vez tú.

Abeforth Dumbledore.

Levantándose y ajustándose la ropa, en tanto un pequeño ser peludo se alejaba rápidamente de ahí, yendo a comer hierba unos pasos adelante.

- Pero, pero... – tartamudeó Ron. Ese pequeño sinvergüenza se frotaba la nariz con la manga sin parecer ni un poquito preocupado.

- ¿Qué te trae por aquí? – preguntó como si tal fuera la cosa. Ron dio una bocanada de aire y decidió tomar las cosas como Abeforth lo hacía. Al fin de cuentas daba igual. Había otras cosas que le apuraban más.

- Sólo, sólo quiero alejarme de tu hermano. – Murmuró antes de detenerse a pensar en lo que decía.

Abeforth lo miró de soslayo, y una sonrisa feliz, rapaz apareció en su cara. - ¡Qué bien! ¡A ti tampoco te agrada mi hermano! ¡Vaya! – dijo levantando los brazos en señal de agradecimiento - ¡Al fin alguien que no cree en la grandiosidad de Albus Dumbledore! – Se sentó sobre la hierba y de su bolsillo extrajo la bola multicolor que Ron ya le había visto antes.

- ¿Porqué te gusta esa cosa? Es un juguete de niñas .- Era raro, definitivamente Abeforth era muy raro. De pronto hacia cosas fuera de lo normal, y de pronto estaba ahí, sentado, con toda la inocencia de un chiquillo a cuestas. Ron le hizo aquella pregunta por tener con quien hablar. No estaba Harry, y Neville, al igual que Hermione, estaba impactado con el fabuloso Albus adolescente. Y eso lo mortificaba.

- Vamos Wazlib, no me dirás que tienes prejuicios. No creí que los tuvieras.

- Si conocieras a mi madre sabrías que debo tenerlos – contestó Ron con aires de sabiduría. Abeforth echó a reír.

- Si es un juguete de niñas – murmuró Abeforth cambiando el tono de voz – lo tengo conmigo porque es un regalo.

- ¿De una chica?

- Ajá – contestó el pequeño con vaguedad. - ¿Te gustan las cabras? – inquirió de pronto.

Ron arrugó la nariz y le contestó con sinceridad – no de la misma forma que a ti. Eso te lo aseguro.

- Son pequeñas, y son tiernas. No hablan y eso les da una gran ventaja. – Abeforth era terrible. Decía todo aquello con esa gran naturalidad que da la simpleza. Ni siquiera se inmutó con la respuesta del pelirrojo. Con asombro, Ron lo vio extraer algo de su bolsillo, era un cigarro y encendiéndolo con un aparato que nunca había visto, comenzó a formar pequeñas volutas de humo. - ¿Fumas? – Ron negó con la cabeza. No es que nunca lo hubiese intentado, o que nunca le hubiera llamado la atención, pero había algo en el aroma de ese cigarro que lo hacía desconfiar.

- Mi madre me mataría si llegara a verme fumando.

- ¡Bah! Las madres no son tan terribles, únicamente quieren asustarte...

- No conoces a la mía. - Lo miró de reojo, el aroma extraño del cigarro se hacía más evidente - ¿qué se supone que es eso? - preguntó señalando el cigarro.

- Ah, Wazlib, esto es una obra de los dioses en los que no creemos, pero los muggles sí. Y es, digamos... un regalo, de unos tipos de allá afuera.

- ¿Fuera de Hogwarts?

- Sí, tienen tratos con muggles melenudos y esto está mejorado con algo de magia.

Ron seguía desconfiando, pero le llamaba la atención que Abeforth le platicara todo aquello con esa confianza. Abeforth, mientras tanto, lanzó y atrapó su pelota. Los colores en ella se entremezclaron como en un prisma. Hablaba con el cigarro en la boca y eso le daba un tono casi ininteligible a sus palabras.- Vamos Wazlib, deberías intentar otras cosas.

- Mm - gruñó Ron abrazando sus rodillas. A lo lejos, pudo distinguir a Hermione riendo. Abeforth no dejó escapar ese detalle y aspiró con fuerza de su cigarro dejando escapar el humo con aire teatral. El aroma ácido penetraba poco a poco por la conciencia de Ron.

- Las personas solemos ser perversas y podemos dañar a otros con los ojos cerrados. -"Los ojos cerrados", se repitió Ron mentalmente sintiendo que se adormecía. La voz dulce de Abeforth y sin embargo cargada de amargura resonaba en su cabeza -. Podemos dar la espalda sin mirar de nuevo atrás.

"La espalda sin mirar atrás", se dijo Ron, respondiendo después en voz baja - ajá -. Sus ojos no se despegaban de Hermione.

- Las ventajas de las cabras es que no son así. No tienen conciencia del bien ni del mal. Mira aquella, pastando ahí, tranquila y pequeña, suave y desinteresada. Necesita muy poco para estar feliz. Se mueve ágil y brincotea como si danzara con la hierba y el viento, moviendo su pequeño cuerpo al ritmo de una orquesta invisible que jamás escucharemos. Ella no dañaría a nadie. No intentaría jamás ser mejor que alguien.

Ron escuchaba en un adormilado silencio. Era raro oírlo hablar de una cabra como si se tratara de una chica. Una idea llegó como un chispazo al cerebro del pelirrojo. Esa extraña voluptuosidad era una forma de llenar el vacío. Ese hueco molesto que hundía y hundía cada vez más a Abeforth. Malas mañas, tratos con rufianes, su necedad por las cabras... y entonces comprendió. A sus catorce años, Abeforth Dumbledore era el chico más solitario que hubiese conocido.

- Pero creo que todo eso a tí te importa un comino - rumió Abefoth con una sonrisa apagada. - No te asustes, prometo no ser una mala influencia para ti, aunque... - su semblante se iluminó cuando su vista chocó con la silueta lejana de Hermione intentando ayudar a Flitwick a preparar una comida decente. El cabello rozaba sus mejillas encendidas por el esfuerzo de mover algo dentro de un caldero puesto sobre una fogata. - Bonita chica, además inteligente. Y por lo que se puede ver, de un gran corazón... eliges bien.

- ¿De qué hablas? - inquirió Ron con desentendida sorpresa, pero observando a Hermione de vez en vez con miradas fugitivas, culpables.

- ¿Hace cuanto tiempo la conoces?

- Cinco, creo, pero ¿por...?

- Cállate y escucha. La ves diario, supongo, entonces ya lo habrás notado.

- ¿Notar qué?

Abeforth dejó escapar entre dientes una rabiosa y divertida carcajada. Moduló su tono de voz haciéndola terriblemente inocente. - Con el uniforme no es tan visible, y con esos cientos de libros que se carga, menos, pero ahora... - la barrió con una mirada lasciva. Ron sintió que podría aplastarlo ahí mismo por mirarla así. -Tiene bonitas piernas, pero eso ya lo sabías ¿no? - La respuesta se atragantó en la garganta del pelirrojo. El vapor seguro saldría por sus orejas como de una olla en ebullición. Abeforth continuó visiblemente animado al verlo en apuros - un poco delgadas,es verdad, pero torneadas y blancas, parecen tan suaves.

- No, no creo que esté bien... es mi amiga - pudo balbucear. Abeforth pasó una mano por su cuello toscamente.

- Vamos Wazlib, ¿eres un chico o un pedazo de estúpido? ¿tantos años y me dirás que no la has mirado? Sube por sus piernas, entretente en sus caderas, con esa túnica tan ligera se destacan aún más, ¿y qué me dices de su cintura?

Merlín ¿porqué rayos no se callaba? Ron luchaba contra ello, pero a pesar de hacerlo encarnizadamente, no podía evitar que sus ojos recorrieran la silueta de Hermione. No sólo en los puntos donde le decía ese pequeño maloso, sino en otras partes que estaba seguro ya había recorrido con escondidas miradas en otra ocasión. Con la angustia a cuestas de saberse un malnacido. Sabía, por ejemplo, que el pecho de Hermione subía y bajaba cuando discutían y era pequeño y firme, Su cuello era blanco y delgado y Ron apostaría lo que fuera a que olía a jabón. Sus labios, Merlín, sus labios rojos y suaves, que le hacían odiar a Krum tan sólo de pensar... no, no quería pensarlo. Su cabello, sus ojos...

- La has mirado - dijo Abeforh satisfecho. Ron se sentía sofocado y su semblante seguro lo delataba. - No me digas que es tu amiga cuando la has mirado justo como lo haces ahora, con ganas de recorrerla toda, de que sea toda para tí...

- ¡Eres un hijo de perra! - Maldijo Ron y quitándole el brazo de encima se levantó muy airado y se fue a grandes trancos de ahí. A sus espaldas pudo escuchar la risa divertida de Abeforth.


Llegó a trompicones al lago e inclinándose torpemente sobre la orilla comenzó a arrojarse agua en la cara. Ese Abeforth era un… no terminó de pensarlo. Una voz conocida lo sobresaltó.

- ¡Ron! ¿Qué se supone qué estás haciendo?

Hermione. El corazón se le fue a la boca.

- Eh… sólo quería… quería refrescarme un poco – tartamudeó evitando enfrentarla, creía casi imposible no poder impedirse mirarla como hacía un rato, y ¡Merlín! prefería morir antes que ella se diera cuenta de algo así. Preferiría que perdieran los Chudley Cannons. Preferiría cualquier cosa antes que perder su amistad. Perderla a ella.

Hermione hizo un gesto de extrañeza, luego tomó aire con diplomacia para decir. – Ron, estás comportándote de una forma muy rara, ¿con quién y dónde estabas?

Esa especie de interrogatorio lo hubiera sacado de quicio en cualquier otro momento, pero ahora, estaba muy ocupado tratando a toda costa de alejar ciertos pensamientos de su cabeza. Abe era un desgraciado. – Estaba con Abeforth, allá. – Dijo señalando al lugar donde hacía unos segundos había platicado con el pequeño Dumbledore. Hermione acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja, entrecerrando los ojos. Ahí venía. Seguro un sermón.

- No sé, no me agrada que simpatices con él, Abeforth es muy raro, preferiría que te inclinaras más por hacer migas con Albus Dumbledore. Podemos aprender de él.

- Estar con Abeforth es mejor, y prefiero estar con él que con el idiota Albus adolescente – murmuró Ron sentándose sobre una piedra. Hermione se acercó a él escandalizada.

- ¿Cómo puedes decir eso?

- Es tan genial que apesta. Abeforth se encuentra a un lado y es como yo, vive a la sombra de su hermano brillante – torció una sonrisa – tiene suerte, al menos él sólo tiene uno…

El rostro de Hermione se dulcificó, puso la mano en su hombro y acercándose murmuró – Ron, sé que te desagrada esta época y que harías cualquier cosa por salir de ella – suspiró y su aliento cálido fue a parar directo al cuello del pelirrojo causando en él estragos – lamentablemente no podemos hacerlo, así que tratemos de llevar las cosas lo mejor posible – rió – también sé que luzco horrible con esta ropa.

Su risa hacia cosquillas en su nuca. Si Ron perdía la cabeza no podrían culparlo. Hermione era hermosa. Se necesitaría ser un pedazo de idiota para no darse cuenta. Y él lo había notado. Siempre lo había notado. – No, luces preciosa – dejó escapar en un doloroso susurro. El corazón se le hundía al comprender que él no era tan inteligente como Albus, ni tan fantástico como Krum, mucho menos un héroe como Harry, era sólo Ron y no sabía si eso sería suficiente para Hermione.

La chica lo miró con desconcierto, luego poco a poco comenzó a acercarse más. Su aliento le rozaba ya la cara y la mano de Ron, de forma automática, se dirigió a su rodilla, dudando en subir. La respiración de Hermione se hizo entrecortada y Ron comprendió que se estaba jugando el pellejo, pero parecía tan sencillo…

- ¡Ron! ¡Hermione! ¿Dónde están?

La voz de Neville rompió la magia del momento. Turbada aún, Hermione se levantó de golpe contestando - ¡estamos aquí!

Ron maldijo por lo bajo, a buena hora se le ocurría a Longbottom aparecerse por ahí. Se levantó viendo como el chico se acercaba a ellos saltando entre las piedras. – Necesito su ayuda… - musitó desesperado.


- A ver Neville, déjame preguntarte una vez más… ¿cómo se te ocurre decir qué estás enamorado de Mc Gonagall y encima quieres que te ayudemos? ¿Te ha comido un escorbuto el cerebro?

La plática se había repetido hasta el cansancio desde la hora del desayuno. Neville, acongojado, sólo acertaba a encogerse sobre sí mismo.

- Ron, por favor…

Hermione, comprensiva, rodeaba a Neville con su brazo mientras miraba acusadoramente a Ron. El pelirrojo bufó exasperado. – Hermione, eso es idiota, Mc Gonagall es arcaicamente vieja, bueno, aquí no lo aparenta, pero lo es, y Neville no tiene ninguna oportunidad. Jamás. No existe un probable tú y ella. Es ilusorio. Es irracional.

Hermione echó a reír – Harry no lo creería si te oyera hablar así.

- Pero, pero… no sabemos si algún día podremos regresar a nuestro tiempo, entonces quizás, sería posible…

- No repitas eso ni bajo un imperius – advirtió Ron apuntándolo con el dedo – regresaremos, y veremos a Harry y a Seamus, y a Dumbledore más viejo y más chiflado.

- No te creo, eso es imposible.

Por el camino se distinguió a dos alumnas hablando acaloradamente, siguiéndose una a la otra. La primera era bajita, regordeta y de cara simpática; llevaba ropa muggle, es decir, pantalones acampanados, blusa con muchos vuelos y su cabello lucía mal recogido en una coleta hecha con prisa. Prisa que ponía en su andar, mientras detrás de ella, una menudita chica con túnica muy a la usanza de la ropa hindú y un sin fin de pulseras y collares, la seguía tratando de convencerla.

- Tienes la mente muy cerrada, eso te impide ver las grandezas del poder de la videncia. Mi madre dice que yo llegaré a profetizar grandes cosas. Mi ojo interior...

- Tu ojo interior está muy dañado, no puedes ni ver donde has dejado tu maldito tintero.

- Ah, eso, ya lo repuse, bagatelas como esa no son importantes.

Pasaron frente a ellos. La chica regordeta los saludó con un gesto cordial y siguió andando. La otra bruja, en cambio, se acomodó sus enormes gafas mirándolos con recelo. Su cabello ensortijado le daba un terrible aspecto desaliñado, pero sus ojos brillaron peligrosamente al detenerse en Ron.

- Te digo que podríamos intentarlo, déjame profetizarte algo – rogó despegando con dificultad la vista del pelirrojo.

- ¡No! ¡La semana pasada no dormí tres noches porque me dijiste que moriría uno de esos días!

- ¡Pomona! ¡Pomona! ¿No comprendes que los astros no se equivocan? Tal vez, quizás los interpreté mal y...

- ¡No! ¡Ya te dije que no quiero saber nada de la adivinación!

La bruja respingó ofendida - ¡Ah! ¡Pero si vas muy contenta a regar tus hierbas esas!

- ¡Malvas! ¡Son malvas curativas! ¡Y son más útiles que tus tontas predicciones!

Poco a poco se iban perdiendo de vista, aunque su discusión aún se escuchaba claramente. Los tres chicos al fin despegaron la vista de donde ellas habían ya desaparecido. Hermione enarcó una ceja, divertida. - ¿Madame Sprout?

- Y la otra es sin duda Trewlaney – dijo Ron horrorizado - ¡Por Merlín! ¡Siempre ha estado loca!

- Ese giratiempo ha hecho un desastre, Trewlaney y Sprout tampoco deberían estar aquí.- Dedujo Hermione intrigada.

- Valiente cosa, ahora resulta que nos podemos encontrar a cualquiera.

Neville se volvió hacia Ron con los ojos muy abiertos, parecía presa de una revelación. Ron, incómodo, se revolvió mirando a Hermione y a Longbottom a su vez - ¿qué? – preguntó a la defensiva.

Neville siguió un segundo más con los ojos muy abiertos, más luego, la luz que había aparecido en ellos se fue apagando poco a poco, hasta lucir totalmente desolados – nada – suspiró – es sólo que de pronto pensé que tal vez aquí podría encontrar a mis padres.

Ron y Hermione se miraron sin hallar que responder.


A paso de tortuga veloz, pero ahí va. Como breviario cultural informo que el nombre del capítulo hace alusión a la canción de los Beatles "Eleanor Rigby" por aquello de "ah, look at all the lonely people" o lo que es igual "ah, mira a toda la gente solitaria"