Capítulo 6.- Quédate conmigo.
- ¡Ahí tienes! ¡Ese es tu gran Albus Dumbledore!
Sentados en el suelo de la sala común, Hermione y Neville llevaban media hora oyendo a Ron refunfuñar. Ambos, enlazando los brazos alrededor de sus piernas, no atinaban a responder al pelirrojo. Neville, débilmente, lo había intentado, tratando de argumentar que "podían confiar en Dumbledore aunque tuviera dieciséis años", lo cual no fue lo más acertado, pues Ron inició una perorata sobre todo lo supuestamente "perverso" del futuro director, diciendo tajante que él había sido testigo de la infinidad de veces que lo había visto perderse detrás de los invernaderos con distintas chicas "y seguro no es para explicarles herbología", concluyó mirando a Hermione como si ella tuviera la culpa.
- Ron, quiero ir a descansar – murmuró la chica, conciliadora – y olvida todo este asunto. Albus tiene razón, es mucho escándalo por nada, yo ya había volado en thestrald.
- Claro, defiéndelo. Si hubiera sido yo a esta hora estaría recibiendo maleficios de tu parte.
Hermione no lo soportó más. Irritada, se levantó y se fue presurosa escaleras arriba.
- Y encima va y se enoja conmigo – masculló Ron, dolido.
La presencia de alguien alejó lo denso del ambiente. Abeforth acababa de llegar.
- Wazlib, Sanders, ¿tan temprano por aquí?
- Queríamos descansar un poco – contestó Neville mientras Abeforth ocupaba sitio a su lado – Y suponemos que todos estarán en las comunas... ¿tú no duermes ahí?
- Duermo donde me plazca, pero siempre lejos de los tipos que sueñan con ser los más grandes magos sin importar como.
- ¿Lo dices por tu hermano? – inquirió Neville ligeramente sorprendido.
- Por él y por los que sean. Si vivo lo suficiente tengan por seguro que seré un enemigo de cualquier mago que abuse de su poder.
- Pero tu hermano no...
- Ni siquiera te importa aprender magia – escupió Ron cortante, impidiendo que Neville dijera algo sobre el futuro de Albus.
Abeforth se desperezó con descaro y masticó su respuesta.- ¿Sabes que quiero? Olisquear la hierba con su rocío matinal y comer a puños la tierra de los caminos. Quiero saborear cada día hasta hartarme de su tedio. Quiero tejer el tiempo hasta convertirlo en una trenza larguísima de lágrimas y decepciones. Quiero verme un día al espejo y sorprenderme ante el desconocido de fugitivos dientes y pelo ralo que me mire a través del liso de su superficie. Quiero sentarme y mascar un poco de tabaco, quiero beber wisky de fuego hasta que mis tripas ardan como el infierno... y para eso ¿me sirve de algo la escuela, saber leer o mezclar pócimas?
- Pues, no... – respondió Neville confundido.
Los ojos de Abeforth brillaron con alegría y dio fuertes palmadas sobre el hombro de Neville - ¡Ah, Sanders! ¡Tú también me caes bien! ¡Con razón Wazlib se la pasa contigo! – rebuscó por debajo de su raída toga y sacó una botella de aspecto sospechoso.
- Eso no es cerveza de mantequilla ¿verdad? – preguntó Ron imaginando la respuesta. Abeforth respondió con una pequeña y maliciosa carcajada y Ron sólo añadió - ¿porqué será que no me extraña?
- Es hidromiel con un toque mágico. Cosecha especial para mis camaradas. Prueba.
- Yo no voy a probar eso – advirtió Ron con desconfianza. Abeforth ensanchó su sonrisa.
- Mago prevenido vale por dos. Bien, no te culpo – y sin molestarse en dar más explicaciones, abrió la botella y le dio un buen trago. Chasqueó la lengua con deleite y se dirigió a Neville - ¿tú que dices Sanders?
- ¿No eres muy pequeño para beber?
Abeforth lo miró boquiabierto, más al instante reaccionó - ¡no que dices de eso, sino de si quieres probar!
- Ah, pues... he bebido un poco de hidromiel en navidad con mis abuelos, ellos me lo permiten, así que no veo que pueda tener de malo.
Tomó la botella, pero la mano enérgica de Ron lo detuvo – Nevi no, no creo que sea buena idea.
- ¿Desconfías de mi Wazlib? – preguntó Abeforth en tono ofendido.
- No, claro que no... es sólo que...
- ¿No? Pues deberías... – esa situación estaba divirtiendo a Abeforth. Seguro se la estaba pasando en grande con la cara de tontos que tendrían sin duda los dos – que le vamos a hacer, aunque mayores, son mucho más infantiles que yo, pequeños bebés llorones.
- ¡Eso no es verdad! – alegó Neville enojado y arrebatándole la botella le dio un buen sorbo al hidromiel – oye, no sabe tan mal. – le dijo categórico a Ron ofreciéndole la botella.
Este dudó un poco. Sabía como se las gastaba el pequeño de los Dumbledore. Olisqueó la botella y se la llevó a los labios. Su sabor era dulce y no raspaba la garganta - ¡esto no es hidromiel! – gritó enojado - ¡es té de hierbas de hada!
Las carcajadas de Abeforth rebotaron un buen rato por todo el castillo.
*****
- ¿Ves Wazlib como no soy tan perverso? Tú eres el mal pensado.
- Seguro – murmuró Ron descreído dando un vistazo rápido a todo el lugar. - ¿Qué es exactamente lo que estamos buscando?
Abeforth lo había arrastrado fuera de la sala común con el tajante argumento "tienes que venir Wazlib, hay algo importante que debo mostrarte". Neville, demasiado cansado como para seguirlos, había tomado la cómoda opción de quedarse a dormir. Llevaban dando vueltas exactamente cuarenta y cinco minutos, treinta segundos y veinte exasperaciones de Ron. No entendía que era lo que buscaban subiendo y bajando escaleras cambiantes y yendo de uno a otro pasillo.
- Debe estar por aquí... ¿dónde demonios se meten las aulas cuando las ando buscando?
- ¿Aulas? ¿Estamos buscando un aula?
Abeforth no respondió. Fingía examinar concienzudamente cada puerta hasta su más mínimo detalle. Por fin dio con una que pareció convencerlo y la estudió con ojo crítico.– Madera fina, de bosques de Albania, acabados finísimos a cargo de manos de duendes malencarados... es bonita ¿no te parece?
- Si, preciosa, puedo quedarme aquí parado durante horas y horas extasiándome con su belleza.
Abeforth hizo un gesto de complacencia y abrió la puerta con tono teatral – que bien Wazlib porque es la puerta que te conducirá al paraíso... ¡bienvenido a estudios muggles!
Entraron. Ron no veía ni rastro del paraíso prometido por Abeforth. Sólo veía cientos de cachivaches de desconocido uso y toda una hilera de libros que llegaba hasta el techo, algunos, para completo horror del pelirrojo, se hallaban esparcidos en las mesas y el suelo.
- ¿Y bien? ¿Qué jodidos hacemos aquí?
- Buscando el paraíso, ya te lo dije ¿tengo que ser tan repetitivo?
Ron no se fiaba, espió a Abeforth a través de su flequillo con inquietud mal encubierta. - ¿Qué tramas? – inquirió con simpleza.
Abeforth sin responder, se dirigió a un rincón y buscando detrás de una torre de libros, exclamó - ¡lo encontré! – arrastró no sin cierta dificultad un armatoste levantando una inmensa nube de polvo y lo llevó hasta Ron – esto, querido Wazlib, es el invento muggle más mágico de todos.
- Es un gramófono – comentó Ron sin emoción alguna.
- ¿Lo conoces? ¡No me digas que eres fanático de estudios muggles!
Ron se acercó para ayudar a Abeforth a sacudir un poco el polvo que cubría por completo al aparato. – No precisamente, pero conocí a alguien que lo escuchaba sin cesar.
- Bien , pues este será nuestro guía. Toma asiento por favor, que el viaje va a comenzar.
Se acomodaron entre montones de libros. Ron, a la expectativa, miraba como Abeforth, tarareando, rebuscaba de nuevo en unos estantes. – Muy bien, creo que con estos serán suficientes.
Llegó hasta Ron con un grupo de cosas redondas y planas que Ron también ya conocía. Se llamaban discos y guardaban música muggle. El profesor Lupin tenía varios de ellos. Abeforth le enseñó la portada de algunos, pero Ron no les hizo mucho caso. Un hombre y una mujer dándose un beso no le parecía muy llamativo. Ni el tipo con lentes redondos y rostro tranquilo. Abeforth le explicó que era el mismo. Y que era un genio.
- Te lo demostraré – aseguró y puso a sonar uno de los discos en el gramófono. La voz entusiasta del tipo gritaba que todos hablaban de mochilas, greñas y rollos locos, pero había que hablar de darle una oportunidad a la paz. Ron se lo pensó un rato. Quizás, después de todo, el tipo ese no estaba tan loco.
Quizás también Harry pensara lo mismo si estuviera ahí.
- Sigo sin entender que hacemos aquí – Ron comenzaba a sentir una especie de tranquilidad. Era probable que la música tuviera algo que ver. Al fin de cuentas quizás si era una especie de magia.
- Te prometí algo y voy a cumplirlo – Abeforth hurgó sus bolsillos, sacó dos cigarros y el aparato que Ron ya le había visto – toma- dijo alargándole uno de los cigarillos, Ron lo tomó y lo examinó cuidadosamente – es sólo un poco de hierba muggle, no te hará mucho daño. – al ver que Ron seguía desconfiando, Abeforth se acercó para asegurarle con vehemencia – Wazlib, entiende algo, yo jamás intentaría nada para hacerte daño, me caes bien, siendo sinceros, podría decirse que eres el único amigo que tengo.
Ron no supo que responder. Se llevó el cigarro a la boca y se acercó a Abeforth. Este, con una sonrisa agradecida, encendió el cigarrillo. En instantes un aroma intenso invadió el lugar. La tranquilidad en Ron se fue haciendo más aletargadora.
- ¿Y no crees que venga nadie?
- ¿A estudios muggles? No, claro que no, la profesora de esta asignatura se fue a una comisión de reconocimiento de la vida muggle en su entorno natural con varios de sus alumnos, es decir, tomó una camioneta, esas cosas que usan lo muggles para trasladarse, toda llena de colores, y se fue a recorrer el mundo. A esta hora estará buscando desesperadamente a un tipo llamado Morrison.
- ¿Y Dippet no dice nada?
- No creo que le hayan quedado ganas. La última vez que intentó poner "paz" en los alumnos, Albus hizo que todos salieran al patio a lanzar bombas fétidas de zonko hacia el castillo como protesta. Tiene cada ocurrencia. – se quedó pensando. Luego, dando una bocanada a su cigarro, añadió – no creo que Dippet le tenga miedo a mi hermano. En el fondo creo que todo este asunto le hace gracia.
- ¿Porqué llevabas té de hierbas de hada en la botella? – ya encaminado en las preguntas, Ron decidió saber un poco más sobre el misterioso hermano de Albus Dumbledore. - ¿Era una broma?
Los ojos de Abeforth se hicieron huidizos – si, sólo una broma. – se levantó y cambió de disco, de nuevo la voz del tipo de lentes redondos escapó del gramófono, esta vez diciendo algo de un karma repentino. – Esta es una buena canción... me agrada la idea de que todos resplandecemos como la luna, el sol y las estrellas. Todos somos la misma estúpida cosa.
- Ajá – musitó Ron, los ojos comenzaban a pesarle y los de Abeforth ya estaban enrojecidos. - Entonces ¿tú no duermes en las comunas? ¿de veras no haces nada con tu hermano?
- No – La voz de Abeforth se hizo cortante – las comunas son buena idea, pero me lo topo a cada rato, prefiero evitarlo. Los alumnos sólo suben a sus salas comunes cuando hace demasiado frío o cuando extrañan estar bajo techo. Entonces la mayor de las veces eso está abandonado y yo me encuentro muy a gusto. McGonagall es una de las pocas que duerme también ahí, pero siempre estudia hasta tarde y casi no se le ve llegar.
Ron recargó la cabeza en una montaña de libros. El olor del papel le llamó de pronto como una invitación y se preguntó si no estaba pasando demasiado tiempo con Hermione. Tomó uno y leyó. "Gemelos" rezaba en la portada. - Recorro la casa de mi padre y observo la cama en la que durmió aquella noche, y siento que debería estirar las sábanas pero no puedo. Éramos exactamente iguales, podríamos haber sido gemelos, el viejo y yo: eso decían. Tenía sus bulbos protegidos, preparados para plantarlos, mientras yo estaba con una puta de la calle Tres.
- Aquí hay otro del mismo escritor. Es un malnacido, pero escribe como nadie. – arguyó Abeforth.
- Escritos de un viejo indecente. – recitó Ron. - Ella empezó a dar botes y a girar. Me agarré e intenté... - comenzó a leer pero se detuvo sonrojándose.
Abeforth rió arrebatándole el libro – vamos Wazlib, no seas tan inocente, a ver... ella empezó a dar botes y a girar. Me agarré e intenté agarrar el ritmo. Se movía muy bien, pero unas veces hacía círculos y otras iba arriba y abajo. Cogí el ritmo de los círculos, pero en el de arriba y abajo me encontré fuera del colchón varias veces... ¡rayos! ¿no te ha sucedido nunca eso?
- No – Ron se aclaró la garganta y dijo con espantada sorpresa – tampoco a ti ¿verdad?
Abeforth lanzó una atronadora carcajada – claro que no Wazlib, aún soy muy pequeño.
- Por Merlín... – murmuró tan sólo Ron sin saber que pensar.
- Este tipo muggle dice que el amor no existe, que es una fábula, como la navidad – Abeforth aplastó la colilla de su cigarro con el zapato y encendió otro, ofreciéndole antes a Ron, este negó con la mano - ¿sabes una cosa Wazlib? En cuanto pueda me iré a vivir con él – dijo Abeforth decidido.
- Yo sé quién es, lo conozco. – se volvieron. Trewlaney , con ojos arrogantes detrás de sus enormes gafas, los miraba desde detrás de un libro en un rincón del aula – y dudo que te aceptara, a ninguno de los dos, de hecho. - Ron puso los ojos en blanco. Como si le importara. - Es un tipo que huele a cerveza, y en el mejor de los casos a ginebra o vodka. Escribe versos y de ser mago sería un gran vidente. Y sólo alguien a su altura, como yo, podría tener el descaro de querer pisar su hogar. - Miró a Ron y sonrió – pero si él no te acepta Wazlib, yo lo haría con gran gusto.
- No gracias, estoy bien así – murmuró Ron calculando el momento preciso para echar a correr antes de que Trewlaney intentara otra vez su osadía del Gran Comedor.
- ¿Desde a qué horas estás ahí? – preguntó Abeforth sin ocultar su desagrado.
- Desde antes que llegaran. Pensaba irme cuando oí ruido, pero vi a Wazlib y decidí quedarme. – Se levantó y se acercó a ellos. Ron tuvo el impulso de saltar y ponerse fuera de su alcance, pero Trewlaney se sentó cerca de Abeforth y con confianza de amigos le quitó el cigarro. Abeforth la lanzó una mirada incendiaria. Chupó de él y arrojó el humo a la cara de Ron – muy buena hierba muggle, ya sé a quién contactar cuando la mía se acabe.
- No voy a darte nada.
- Lo harás. Un galeón es un galeón y sé que tu ganas muchos de ellos.
Parecía que Abeforth iba a estrangularla - ¿me has estado espiando? – rugió entre dientes.
- No, seguramente los astros se lo dijeron – contestó Ron con una sonrisa irónica.
Trewlaney torció el gesto y se acomodó los lentes. – No me decepciones Wazlib, el hecho de que tú no confíes en la adivinación, no quiere decir que no sea útil. Ya te lo dije. Predeciré grandes cosas y seguro una de esas servirá para salvar al mundo.
- ¡Claro! ¿Cómo no me di cuenta? – exclamó a voces Abeforth extendiendo los brazos al cielo - ¡eres una enviada de Merlín!
Trewlaney lo jaló de la túnica y lo obligó a sentarse no muy amablemente – no te burles de mí, pequeño pedazo de imbécil, o te convertiré en renacuajo y te pondré en una pecera encima del buró de Dippet mientras duerme. Te advierto que ronca más que un dragón con tos crónica.
- Ya, basta, se supone que estamos aquí buscando el paraíso – atajó Ron viéndose obligado a separarlos. No quería reconocerlo, pero se la estaba pasando bien y no tenía aún ganas de moverse de ese sitio.
Abeforth se acomodó enojado la túnica y se sentó de nuevo, sacó otros dos cigarros y extendiéndole uno a Ron, comenzó a fumar, tratando deliberadamente de ignorar a Trewlaney.
- ¿Y tus amigos? – Trewlaney dio una elegante calada al cigarro y se dirigió a Ron.
- Están durmiendo – contestó el pelirrojo animándose a probar de nuevo el suyo.
- ¿Porqué no los invitaste?
Ron sonrió pensando en Hermione – Nevi estaba cansado, Her... Stella, enojada.
- ¿Enojada? ¿Contigo? ¿Porqué?
- Porque es su estado natural – dijo y aunque trató de evitarlo su voz sonó triste.
- ¿De verdad no es tu novia?
Negó con la cabeza. Trewlaney volvió a hablar – lástima, creí que eso te ayudaría.
Abeforth la miró con curiosidad. Ron, con escepticismo. - ¿A qué?
- A superar lo que te voy a decir. Wazlib, tú me gustas, es verdad, pero yo soy un alma libre y no puedo encadenarme a nadie. – Abeforth no disimuló su hilaridad, pero Trewlaney ni volteó a verlo. – Si hay algo entre nosotros, sólo será pasajero. La verdad es que aún estoy en busca de mi alma gemela.
Ron se quedó atónito, ¿de dónde sacaba tanta teoría fantasiosa esa Trewlaney?
Abeforth se carcajeó sin piedad en sus narices. - ¿Alma gemela? ¿Crees qué encontrarás un alma gemela?
Trewlaney lo fulminó con la vista - ¿La has encontrado tú?... eh... las cabras no cuentan. – dijo apuntándolo con el dedo.
Abeforth, enfurruñado, se dirigió a cambiar de disco. La música se desprendió del vinilo.
- Es algo así – susurró Trewlaney escuchando con atención la voz del muggle de los lentes redondos. – Es un constante ruego. Encontrar tu alma gemela es rogar a toda hora por que se quede a tu lado. No tener temor. No llorar. Sólo pedir que se quede contigo.
Y rogaba. El muggle melenudo de lentes pedía una y otra vez "quédate conmigo", con una voz suplicante, algo desesperada, pero sobre todo, con vehemencia. Si, era verdad. Lo que Trewlaney decía era verdad. Así como era verdad que ese maldito cigarro le estaba haciendo perder el juicio. Mira que estar de acuerdo con una bruja demente como ella.
- Ya tengo que irme – Trewlaney se levantó y terminó su cigarro. La voz del vinilo se apagó – me la estoy pasando bien, pero mañana tengo que levantarme temprano. Prometí a Pomy ayudarle a regar sus mandrágoras y cantarles mientras lo hacemos. – Arrojó los restos del cigarrillo al suelo diciendo con algo de furia – plantas de mierda, no sé que de interesante les ve Pomona.
Salió moviéndose rítmicamente. Tarareando y meciéndose. Abeforth la vio partir y poniendo cara elocuente le dijo a Ron por lo bajo – no sé quien es, pero ¿sabes qué pienso? Qué se fumó uno de mis mejores cigarros de opio mágico. Está completamente deschavetada.
Ron, sinceramente, creía que todos ahí lo estaban.
*****
No era uno de los mejores días en ese Hogwarts insólito. El día había amanecido nublado y a Ron le dolía un poco la cabeza. A ver cuando volvía a seguir a Abeforth a buscar paraísos inverosímiles. Para colmo de males, Hermione seguía vistiéndose de la misma forma extravagante que todos ahí, y Neville la había secundado. Ahora lucía radiante con un pantalón raído y una camisa larga, arrugada y colorida.
Eso lo dejaba a un lado. Solo. Diferente. Extraño.
El aguacero cayó sin previo aviso. Cuando se dirigían a Herbología. Los patios de Hogwarts, que en otra época se hubieran quedado vacíos, ahora lucían llenos de alumnos que bailaban felices la danza de la lluvia. El torrente de agua cayendo del cielo se había convertido en el marco perfecto de muchachos al óleo fundiéndose a la naturaleza. Los brazos se agitaban al aire mientras las gotas furiosas resbalaban a través de ellos.
- ¿Irás a mojarte tu también?
Avidez. Sed de lluvia. Eso había en el semblante de Hermione y Ron temía estarla perdiendo. Todo ese tiempo rodeado de tipos locos la estaba afectando seriamente. Flores en su ropa y en su pelo. Flores en sus pensamientos y en su voz. Protesta pintada a colores y en ese lugar su dichosa idea del P.E.D.D.O. no parecía ni remotamente ridícula. Muy al contrario, muchos la habían alabado. Como Elphias Doge o Minerva McGonagall, como Filius Flitwick y la candorosa Pomona Sprout.
- Debe ser maravilloso hacer las cosas por el simple hecho de sentirte libre.
Había luz en sus pupilas y Ron ahogó un gruñido. Neville, sin importarle nada, estaba mojándose feliz al lado de Albus Dumbledore. Brincaban en los charcos como niños de cinco años. Fue su idea. Cuando empezó el torrencial, Albus saltó primero hacia el patio gritando "¡Wohaaa!" y al instante todos lo siguieron. Ni siquiera McGonagall pudo detenerlos. A nadie parecía importarle que, al entrar al castillo, ensuciarían todo de lodo logrando con eso únicamente aumentar la carga de trabajo del conserje.
Era lluvia y lo demás no importaba demasiado.
Y lo mismo pensó seguro Hermione, porque antes de que Ron pudiera alzar su voz de protesta, lo tomó de la mano arrastrándolo hasta llevarlo bajo la cortina de agua. Ron sintió una corriente de frío. El agua estaba helada y caía sobre la cabeza y los hombros con toda su natural fuerza.
- ¿No es maravilloso? – gritó Hermione entre el ensordecedor murmullo del cielo y de los empapados alumnos.
- ¿Maravilloso? ¡Hermione, con esto sólo lograremos un resfriado!
Pero Hermione no lo escuchó. Tomó sus manos y comenzó a dar vueltas, al igual que los otros chicos y comenzó a cantar una especie de hechizo "harekrisna" que llenaba de energía a su cuerpo. Ron se hubiera sentido ridículo si las manos de Hermione no estuvieran cargadas de una corriente poderosa como la de los relámpagos.
- ¡Ron! ¡Dime que esto lo recordaremos por siempre! – gritó Hermione sonriendo, formando un círculo con los demás alumnos mientras la lluvia no se decidía a ceder.
Ron no sabía si en su memoria se quedaría el infame bochorno que sentía al hacer cosas como esa. Ni sabía si, por el contrario, en su cabeza quedaría registrada la sonrisa maravillosa, eterna, brillante, de una Hermione que en esos momentos jugaba a ser niña y se permitía ensuciarse de lodo y llenarse de agua. Lo que sí sabía, y lo sabía muy bien, es que seguro lo recordaba por siempre.
Pero no pudo decírselo.
****
- ¡Aaaaachíiiiiiiiis!
- ¿Ves? Te dije que pescaríamos un resfriado. Será mejor que te seques.
Ron extendió una toalla que acababa de encontrar en un cajón de un armario olvidado en la habitación común de los chicos. Gotitas de agua todavía resbalaban de su cabello y seguían la ruta de su cara. Hermione, con el cabello chorreando, había comenzado a titiritar.
- ¿Porqué carajos nunca me haces caso?
- ¿Quieres cuidar tu vocabulario?
Hermione tomó la toalla y comenzó a secarse el cabello con ligeros golpecitos. Ron se acarició los brazos, también comenzaba a tener frío.
- Esa puta lluvia del demonio me ha dejado congelado.
- ¡Ron!
Sonrió. Al menos en ese momento todo parecía ser como siempre. – Es la verdad Hermione, estoy que me hago pis del frío.
Su expresión de enfado era un bálsamo para curar su apatía por la época en la que se encontraban. Era como si estuvieran en casa y en cualquier momento pudiera aparecer Harry. Sin saludos extraños ni colores extravagantes. Sin música de muggles melenudos como la de los discos que Dumbledore solía traer en sus manos.
- Espero que Neville no se enferme – comentó preocupada.
- ¿Bromeas? Neville no se enferma ni por que le caiga encima todo el Polo Norte. Anda tan feliz con Albus que ni se acuerda que siempre ha sido menos fuerte. Ya ves, prefirió quedarse abajo a escuchar el disco ese de música para dementes que venir a secarse.
Hermione reflexionó y dijo contenta – es verdad, a Neville toda esta época le ha sentado de maravilla... oye ¿no piensas secarte? Estás a punto de convertirte en paleta.
- Lo haría si te apuraras de una vez con esa maldita toalla.
- Siempre tan educado. – respondió Hermione con un gesto mordaz e hizo más pausada su tarea. – Puedes ir a buscar algún elfo y pedirle POR FAVOR que te consiga otra.
- En lo que encuentro uno, bien me quedo convertido en témpano... no, mejor préstame esta.
Hizo el intento de arrebatarle la toalla, pero Hermione se adelantó poniéndose fuera de su alcance. – Esta es mía, consigue tú la tuya.
- No pienso ir a buscar a ningún elfo así que dame esa toalla.
- Aaaaaacchíssssss – volvió a estornudar Hermione y Ron aprovechó para abalanzarse sobre ella en un nuevo intento por quitarle la toalla. Hermione no iba a ceder tan fácilmente y la detuvo con fuerza. El esfuerzo y la risa de los dos los hizo chocar contra la pared.
- Que me la des, te digo.
- Y yo te digo que consigas la tuya.
Forcejearon un poco. Midieron fuerzas. Ron sabía que con una mano atada a la espalda saldría victorioso, pero quería darle un poco de triunfo a Hermione. La fuerza de su amiga poco a poco menguó.
- Gané.
Y Ron levantó victorioso la vista. La toalla estaba en sus manos. Entonces se dio cuenta de la situación. Hermione todavía reía pero de pronto paró. También ella lo había notado.
El agua todavía resbalaba por su cara.
Olía a lluvia.
Y estaban cerca.
Muy cerca.
Completamente empapados.
Y eso era más peligroso que un grindylow furioso.
- Ron – musitó Hermione dolorosamente. A Ron se le hundió el estómago. Era el momento menos apropiado para acordarse de Abeforth y de sus palabras. Especialmente de sus palabras. "¿Tantos años y me dirás que no la has mirado?". No, no lo había hecho, no como ahora, con gotitas de agua brillando en su piel, con el miedo en los ojos, con la barbilla temblándole de frío o quizás por otra cosa. No la había mirado.
- Es conmigo con quien debes volar – no supo ni porque lo dijo. Si era todavía por la rabia de lo sucedido con Albus en el campo de quiddicht, o si era porque al final de cuentas quería constatar su singular teoría. Si era como deslizarse y subir, si era verdad que se perdía noción del tiempo. No podía escapar, la tenía acorralada contra la pared. No quería ser un cretino pero la tenía tan cerca... y él era todo menos un pedazo de estúpido.
Se jugó el pellejo y la besó.
Y también rezó para que Neville no llegara a interrumpirlos con su trauma por McGonagall. En su cabeza el rezo se convirtió en un ruego. Los labios de Hermione eran ávidos y se abrían dando paso a besos más profundos. Enterraba las manos en su cabello y suspiraba si Ron resbalaba por su cuello.
Ron creyó que estallaría si no acortaba el espacio entre sus cuerpos. Si no lo hacía tan breve que no cupiera ni el aire de esa habitación.
Pero tenía miedo.
Y Hermione seguro, también.
De pronto se separó y sus ojos se abrieron azorados mientras balbuceaba – Ron... esto no...
Pero no terminó de decir la frase. Salió disparada dando un portazo que retumbó por toda la habitación de los chicos.
Y en el corazón de Ron.
Se quedó petrificado mirando la puerta. Daría la mitad de su vida por alejar ese temor que le carcomía las entrañas. Daría la vida entera porque Hermione se quedara para siempre con él.
****
Otro capítulo. Espero ya no tardar más en publicar. Las canciones que escucha Ron con Abeforth son "Karma repentino", "Una oportunidad a la paz" y por supuesto "Quédate conmigo". El tipo con olor a vodka es Bukowsky, y los poemas son de él.
