Capítulo 7.- Memorias de un niño indecente.
¿Dónde se habían metido Neville y Hermione?
¿Especialmente Hermione?
Era tan absurdo estar ahí solo, porque sin sus amigos era así como se sentía. Solo, vulnerable y ajeno en ese mar de... con mil cojones, ¿cómo diablos le llamaba Hermione? Pico... psico... ¡psicodelia! ¡eso era! En un mar de colores y gente rara que lo saludaba amigablemente con cualquier mínima provocación.
Era un extraño vestido de uniforme, con algo de sentido común y una inevitable tendencia casi patológica, hacia la hostilidad.
Y también estaba eso, la música. Que lo invadía todo.
- ¡Son tus sentidos los que abren la mente! ¡hay que avivarlos, explotarlos y hacerlos más sensibles a todo lo que nos rodea!
- Mira hermano, definitivamente estos tipos debieron ser magos, ¿es qué acaso no es magia lo que hacen con su ritmo?
Pláticas de ese estilo escuchaba por todos lados. Magos empapados de ropa y música muggle. Escuchando discos en un gramófono que se había vuelto omnipresente.
"Son incontables las lágrimas de una vida sin amor.
Llévame de vuelta, llévame de vuelta,
llévame de vuelta, nena, a mi origen...."
Que gracia. Escuchar a unos tipos cantando con voces imposibles sobre el amor. Si estuviera ahí, Sirius seguro se sentiría tentado a aullar junto con ellos. Pero a él todo aquello le tenía sin cuidado. Hermione no aparecía y quizás le estaba rehuyendo.
- ¡Eh, Wazlib!
Albus Dumbledore. Haciéndose un lío con la envoltura de unas grageas de todos sabores. Se guardó el papel del dulce en uno de los bolsillos y se llevó la gragea a la boca, casi de inmediato la escupió - ¿coles? ¿cómo puede alguien hacer una gragea de coles? ¡Deberían demandarlo! – hablaba, se movía con hiperactividad repentina y se acercaba a él. - ¿Dónde están tus amigos? – preguntó escogiendo de nuevo otra gragea y ofreciéndole una.
- Ni idea.
Maldita suerte. El no tener ni idea de donde estaba Hermione no era nada divertido.
- ¿Cómo es eso? ¿Qué no siempre están juntos?
Ron se encogió de hombros y se llevó la gragea a la boca, afortunadamente era de caramelo. Albus movió la nariz de un lado a otro logrando únicamente que sus gafas de media luna resbalaran e inclinó la cabeza para verlo con curiosidad.- Oye, sé que no te soy agradable, de hecho, sé que prefieres a mi hermano... ¿qué pueden tener tú y Abeforth en común? Es algo que no quiero saber.
Mientras no lo relacionara con cabras todo estaba bien.
- No es eso, es sólo qué...
- Que no te caigo bien.
- No.
- No me soportas.
- No.
- Piensas que no soy divertido.
- No.
- Mmmm, ¿piensas qué soy un idiota engreído?
- ¡No!
La mirada de Albus chispeó - ¡qué bien! ¡entonces no has pasado tanto tiempo con mi hermano! Porqué él lo cree con fe absoluta, de hecho debe repetirlo constantemente como un mantra. – volvió a llevarse otro dulce a la boca y casi de inmediato volvió a sacarlo - ¡guac! ¡sabe a troll! – suspiró compungido y resignado guardó el resto de grageas en uno de sus bolsillos. - ¿sabes qué pienso Wazlib? – dijo pasándole un brazo alrededor del cuello y dándole palmadas en un hombro – pienso que me caes bien, y pienso que tienes una linda y pequeña chica a tu lado – al ver la aprensión en el rostro del pelirrojo la cara de Albus se iluminó - ¡ah! ¡es por ella que no te agrado! ¡qué bien, qué bien! ... oh, no... - corrigió al ver la expresión de Ron – lo digo porque ahora sé donde ha estado la falla, mira – se acercó para confiarle – ella es hermosa, es frágil, brillante y muy valiente, tantas cualidades en una chica harían imposible no voltear a verla, tú sabes, pero ¿te digo una cosa? Con ella pasa algo extraño, aunque quisiera algo con Sweet, no sé, a veces siento que estoy con una hermana, no... te vas a reír, con una hija, absurdo, ¿no?
- ¿Entonces no vas a tratarla como a las chicas de los invernaderos?
- ¿Invernaderos? – por un instante Albus pareció desconcertado, más al punto explotó en sonoras carcajadas - ¡ah, Wazlib! ¡Te diste cuenta! ¿No es maravillosa la magia de los invernaderos? – bajó la voz con malicia – no hay nada como disfrutar el amor libre entre flores y mandrágoras. – torció el gesto reflexionando algo – pero las chicas de los invernaderos son sólo pequeñas travesuras, lo esencial, lo importante, está en otro lado.
A saber de lo que estaba hablando. Ron no tenía ni idea, pero quizás después le preguntaría a Hermione.
- Ahora Wazlib, hemos limado asperezas y puedo mostrarte algo.
Malo. Por lo regular, cuando alguien quería mostrarle algo en ese sitio, seguro era algo absurdo. Pero no pudo exteriorizar su desconfianza, ya Albus lo llevaba en una dirección determinada.
- ¿A dónde vamos? – preguntó Ron después de varias vueltas sin sentido. Al darse cuenta que Albus miraba de un lado a otro con disimulo como buscando algo contuvo su exasperación – no lo sabes ¿verdad?
- No, pero lo sabremos en un minuto, busco algo divertido que mostrarte.
Y lo encontró. O eso debió pensar él porque sus ojos brillaron y arrastró a Ron por uno de los pasillos. Aunque Ron no entendía que de divertido podía tener McGonagall, porque evidentemente la estaban siguiendo. La chica entró en un aula y Albus se detuvo – esperemos un momento y no hagas ruido.
- ¿Qué se supone que vamos a hacer? – la actitud de Albus no le infundía ni tantita confianza, pero era McGonagall y eso en cierto sentido lo tranquilizaba.
- ¿No te parece que a Minerva le vendría bien quitarse un poco el luto?
- ¿En qué rayos estás pensando?
Albus no contestó, jaló a Ron y con tiento se acercaron al aula. El pecho de Ron latía temeroso, por un instante creyó que McGonagall podría expulsarlo. Recordó que ahí no tenía ese poder, era prefecta y nada más. Albus abrió la puerta y se escurrió por ella, Ron lo siguió. Minerva McGonagall escribía muy concentrada en un pergamino sin sentir su presencia. Se subía las gafas con autosuficiencia y Ron pensó por un momento que quizás Neville no estaba tan errado. Albus le hizo una seña y Ron aguardó. El joven Dumbledore sacó su varita y apuntó a Minerva. Ron lo miró con alarma, pero Albus sólo sonrió y movió los labios murmurando un hechizo casi inaudible. Un haz de luz brotó y fue a dar directo en Minerva, al instante, su impecable túnica negra se convirtió en una vaporosa prenda de colores, otro hechizo y la liga que sostenía la coleta desapareció, el cabello de Minerva cayó en una oscura cascada.
- ¿Qué? – balbuceó Minerva mirándose confundida, más de inmediato sus puños se crisparon con furia y dando una palmada en la mesa se levantó gritando - ¡Albus!
Dumbledore sólo reía. - ¡Caramba Minerva, qué bien te ves!
- ¡Has arruinado la túnica de mi uniforme!
Albus la miró con incredulidad – por favor Minerva, puedes volverla a la normalidad con los ojos cerrados... ¡eres la mejor en transformaciones!
McGonagall respiraba con dificultad. A Ron le recordó mucho a Hermione. - ¡Pero aún no llego a este nivel! ¡El que tu seas capaz de hacer magia como si respiraras no quiere decir que todos podamos hacerlo! ¡A algunos nos cuesta más trabajo!
- Bueno Minerva, pero no hice nada malo. Sólo le di color a tu vida. – murmuró Albus haciendo pucheros.
- ¿Color? ¡Parezco Janis Joplin!
- ¿Quién? – preguntó Ron, pero no obtuvo respuesta, porque Albus sonreía totalmente satisfecho.
- ¡Es cierto! ¡Deberías sentirte orgullosa!
Por toda respuesta Minerva sacó su varita y apuntó a Dumbledore. Ron no se esperaba semejante reacción, pero Albus, riendo como loco, hecho a correr y saltar por toda la habitación esquivando los hechizos furiosos de McGonagall.
- ¡Disculpa, Minerva!, ¡se me hizo...!
¡Zas!... Un haz de luz dio de lleno contra Neville quién acababa de entrar en el salón. Al momento sus piernas quedaron unidas y cayó de bruces contra el suelo.
Minerva llegó a su lado como una exhalación.
- ¡Disculpa Nevi, no fue mi intención! – y susurrando el contra-hechizo le ayudó a incorporarse.
Entonces el chico se fijó en ella. Mudo. Asombrado. Con dos platos redondos por ojos, clavados, fijos en su persona. Al fin balbuceó – e...estás... estás hermosa.
Vomitar. Eso era exactamente lo que iba a hacer Ron si Neville no dejaba de mirar a McGonagall de aquella manera. La futura profesora se ruborizó. Era más de lo que Ron podía soportar.
- Nevi, ¿quieres venir un momento por favor?
Levantó casi en vilo a Neville por la túnica y lo arrastró fuera del aula.
- ¿Puedes decirme que carajos significa todo esto?
Un suspiro hondo, inmenso, fue la respuesta más sincera de Neville Longbottom.
*******
Debería haber una manera de explicarle a uno de tus mejores amigos sobre la imposibilidad de enamorarse de alguien que en un futuro (un futuro donde tu existes joven para ser más explícitos), será tu maestra. Y una maestra de edad cuestionable. Debería de haber una forma de explicarlo lo suficientemente claro para que al amigo en cuestión no le quedara ninguna duda. Debería haberlo. Misteriosamente Ron no la había encontrado. Buscó con todo el afán que hubiese reunido en su vida y aún así no encontró ni una estúpida forma de hacer entender a Neville algo tan sencillo, tan jodidamente obvio. Su amigo, simplemente, había caído en una especie de hechizo maligno que lo hacía ignorar los sabios consejos sacados, de Merlín sabe donde, por parte de Ron. No escuchaba. No entendía. Y para colmo de males lo dejó hablando solo mientras él, tan contento, regresaba al aula para continuar en su obstinado deseo de vivir admirando a McGonagall.
Eso era suficiente para sacar de quicio a cualquiera.
Resopló.
Y una voz audaz, cantarina, respondió a su enojo diciendo - ¿no tienes de casualidad ganas inmensas de devorar algunos bombones cubiertos de chocolate?
Albus Dumbledore rodeó sus hombros y lo llevó con él a través de los pasillos mientras tarareaba el himno de Hogwarts al son de un blues deprimente. Al doblar una esquina se toparon con alguien que los miró sorprendido.
Abeforth Dumbledore.
Sin saber porqué, Ron se sintió como un traidor.
- ¡Ah!, ¡Abe!, ¡Adivina qué! ¡Wazlib y yo hemos coloreado a Minerva y ahora vamos por unos bombones de chocolate! ¿Quieres venir?
- Preferiría cuidar de un sauce boxeador con irritabilidad crónica. - Aseguró por respuesta. Se dio la vuelta con helada indiferencia dando un último y minúsculo vistazo.
Fue suficiente.
Ron juraría que aquello que pasó fugazmente por los ojos del pequeño Dumbledore fue un asomo de tristeza. De velada decepción.
*****
- ¡Hermione!
Al fin la encontraba. Presurosa y acompañada ¿de Sprout y Trewlaney? Llegó hasta ella y la saludó un poco cohibido. Aún había rastros de lluvia en sus labios.
- Te he estado buscando toda la mañana, ¿dónde te habías metido? – preguntó sin poder evitar sonar molesto. Era verdad, después de dejar a Albus comiendo chocolates se había dedicado a buscarla.
- Algunos de nosotros aún tenemos interés en los deberes, Ron, y si mal no recuerdo, no te he visto hacer ninguno.
Bendita normalidad. A pesar de que la Hermione que lo decía, vistiera con una túnica floreada y una cinta morada sujetando su cabello.
- Deberías avergonzarte, Wazlib, los deberes son deberes y no deberías pasarlos por alto – imputó Trewlaney viéndolo acusadoramente detrás de sus gafas de lechuza.
- ¿Has hecho alguno tú? – Le increpó Sprout, para después mirar con simpatía a Ron, mientras negaba con la cabeza – disculpa a mi amiga, tanto opio mágico le ha afectado seriamente la cabeza. Seguro terminará de vidente.
- ¡Es un oficio muy digno! Claro que antes me iré a rodar por San Francisco... eh, por cierto – dijo acercándose subrepticiamente hacia Ron - ¿sabes donde puedo localizar a tu amigo? Ese, el de la afición por las cabras...
- Lo vi hace un rato, pero no sé donde estará ahora.
Trewlaney suspiró con tristeza. – Lástima, un poco de hierba no me vendría mal en estos momentos.
Hermione la miró escandalizada .- ¿Hierba? No creo que eso sea muy correcto.
Trewlaney le lanzó un gesto chocante - ¿por qué no? Es un modo de abrir nuestras mentes a nuevas dimensiones, mira, lo dice en este libro – de la especie de costal que traía por mochila, extrajo un libro que rezaba "Las puertas de la percepción". Hermione enarcó una ceja con censura - ¿te gustan los libros, no? Crees fielmente en ellos. Entonces, si lo dice en un libro, asúmelo como una gran verdad, al fin de cuentas no es tan malo, ¿o no es así Wazlib?
¿Porqué Trewlaney no cerraba la boca? Hermione se quedó boquiabierta y sus cejas comenzaron a unirse con enfado. No le convenía quedarse ahí. Como un último y desesperado recurso jaló a Trewlaney de los vuelos de su blusa y la llevó con él .- Creo saber donde está Abeforth .- musitó apresurado.
- ¡Ron!, ¡vuelve aquí!
Pero ni por todo el oro de Gringotts se enfrentaría en ese instante a la furia de Hermione.
******
- ¿Me utilizaste para escapar de tu novia o querías estar a solas conmigo? Si es lo segundo, conozco unos matorrales donde podemos pasarla en grande.
- ¡Deja de inventarte ideas! ¡No tengo ningún interés en ti!
- ¿Seguro? – Se interpuso en su camino y ajustándose las gafas lo retó con la mirada – soy bonita e inteligente, acariciándose la blusa, añadió – mis pechos son pequeños pero eso no es tan malo, puedo prescindir del sostén.
Merlín justiciero... ¿porqué no existía alguna forma de escuchar semejantes cosas sin ponerse del color de un tomate? Ron levantó la vista evitando por todos los medios dirigir su mirada hacia la blusa de la chica. Si regresaba a casa iba a suplicar por un hechizo desmemorizador.
- ¿Entonces? ¿Vamos a los matorrales?
- ¡NO! – atajó Ron y tomándola de la mano la arrastró detrás suyo caminando con prisa y sin detenerse a pensar que los pasos de Trewlaney eran más cortos y prácticamente corría para no perder el paso. – Vamos a buscar a Abeforth.
- ¿Abeforth querrá ir a los matorrales?
Casi prefería a la Trewlaney que no dejaba de predecir fatalidades. Llegó al lindero del bosque y nada. La verdad era que no tenía ni idea de donde estaría Abeforth.
- Si quieres buscar a tu amigo, yo lo he visto por allá – dijo señalando un punto frente a ella – cerca de los límites del castillo.
- ¿Ahí? – preguntó Ron intrigado. No era muy común ver a ningún alumno en los límites del castillo. No era muy prudente. Pero ya que estaba en ese sitio...
- Ve tu a buscarlo, si quieres – espetó Trewlaney lanzando un largo bostezo – a mi ya se me fueron las ganas de la hierba. - Se estiró perezosamente y luego se acomodó las gafas - voy a ver si encuentro a Pomona para ir a robarnos los dulces de la cocina. No es por nada, pero la comida que prepara Filius es asquerosa y me quedé con hambre. – Echó a andar, y no bien había avanzado unos cuantos pasos, cuando se giró de nuevo – ah, si cambias de opinión con respecto a los matorrales, puedes buscarme en el aula de estudios muggles, iré ahí a echarme una siesta.
Ni muerto. Ron respiró aliviado en cuanto Trewlaney desapareció de su vista. Luego se encaminó hacia los límites del castillo. Algo dentro de él le susurraba que Abeforth no estaría haciendo nada bueno, y no se equivocó. Encontró a Abeforth y debió sentir sus pasos porque escondió algo con la rapidez de un relámpago. Unos matorrales se movieron delatando la presencia de alguien.
- Ah, Wazlib, que susto me diste.
- ¿Qué haces? – preguntó Ron mirando con desconfianza hacia el punto donde debió haber estado un mago, una bruja, a saber quién.
- Negocios – contestó Abeforth mirándolo suspicaz - ¿dónde dejaste a mi hermano?
- En la cocina comiendo chocolates... ¿qué clase de negocios?
- Ese Albus, no sé como puede comer tanta porquería en la vida, a veces parece un niño – respondió el pequeño Dumbledore evadiendo la pregunta de Ron.
- ¿Estas metido en problemas? – Seguro era así, ¿qué otra cosa podría esperarse de Abeforth?
- Mira Wazlib, si quieres sacarme cosas para después írselas a contar a mi hermano, pierdes tu tiempo, ¿por qué no vas a buscarlo y se van a comer un barril de meigas fritas? Seguro la pasan en grande.
Raro. Eso en la voz de Abeforth podrían interpretarse como celos. Y Abeforth no podía estar celoso de Ron. O tal vez sí, si pensará en él como en un hermano, un amigo.
- Ya te dije que no me agrada mucho. Lo encontré hace un rato y me invitó a ver como le hacia una travesura a McGonagall, eso fue todo.
Abeforth no parecía muy convencido, pero al fin cedió – bien, entonces, supongo que puedo confiar en ti. Sucede que tengo ciertos negocios en puerta – hablaba como un hombre importante, detrás de Ron, los matorrales aún se movían y eso lo ponía nervioso, fuera quien fuera el tipo con quien Abeforth hacia negocios, seguro todavía seguía ahí. – Y bueno, encontré la forma de comunicarme con mi contacto a través de este sitio. Una especie de polvos flu, como cuando metes la cabeza en una chimenea, pero aquí no es la cabeza lo que aparece, sino cosas más interesantes.
- ¿Entonces no hablabas con nadie?
- No, ¿porque lo dices?
- Porque los matorrales se movieron y...
Abeforth lanzó una atronadora carcajada - ¡ah, eso! – volvió a reír – era una de mis cabras.
- Ah, ya... – comentó Ron ya sin sorprenderse – pero ¿qué es lo que te aparece? ¿en qué clase de negocios estás metido?
Abeforth calló, meditando, luego se acercó a Ron hablando en voz baja – son calderos robados... ¡sht! ¡cállate! ¡Sé que es altamente castigado por el Ministerio, sobre todo si esos calderos salen defectuosos y se colocan dentro del mercado a buen precio. Malo para quién los adquiere.
- ¿Sabes qué puedes ocasionar con eso una grave crisis en la elaboración de pociones? Mi padre me contó que una vez en San Mungo tuvieron graves problemas al hacer pociones curativas por eso mismo. Por adquirir calderos robados en mal estado.
- ¡Wazlib, por favor! No puedes tentarte el corazón en los negocios, además, el mercado en el que me encuentro es pequeño, se reduce a Hogwarts. Ahora mismo me llegó una lista de alumnos que se les han perdido los suyos, y yo, amablemente, les daré la dirección a donde pueden conseguirlos a bajo costo, si salen buenos o no, ya es asunto suyo.
La cabra no parecía querer alejarse. Ron meditó un momento. – creí que traficabas con opio mágico.
Abeforth lo miró sin comprender - ¿y qué habría de negocio en eso? ¡Todos aquí lo adquieren con facilidad! ¡Albus se encarga de ello!
Debía suponerlo. En un lugar de locos como ese, debía suponerlo. De todos modos lo de los calderos robados tampoco era tan bueno. Abeforth ganaría galeones, sí, pero de una forma poco ética, ¿Trewlaney lo sabía entonces? Había hecho un comentario al respecto, aunque Ron había creído que se refería a otra cosa. Vaya, ahora entendía un poco más el comportamiento de cada uno en su época normal. En su juventud todos habían sido unos pequeños gamberros.
- Entonces tu contacto...
- Mi contacto es muy fiable, y dice que siendo yo tan pequeño y tan inteligente tengo un gran futuro en este negocio.
- Y seguro eso te pondrá muy orgulloso.
Oh-oh. No había sido una cabra la que movía los matorrales justo detrás de Ron. Era Albus Dumbledore.
- ¡Mierda! ¡Ya llegó Don Perfecto! - Abeforth escupió al suelo soltando su mal humor y acto seguido dio la media vuelta para alejarse de ahí.
- ¿Tú eres el principal en todo esto? – Albus lo siguió a zancadas feroces. Increíble que su pequeño hermano estuviera metido en todo ese enredo - ¿estás loco? ¿No ves que pueden expulsarte del colegio y no volver a aceptarte en ninguna escuela de todo el mundo mágico?
- ¡No me importa! – rugió Abeforth sin detener su marcha. Ron, detrás de ellos, intentaba seguirlos. - ¡Al fin de cuentas el puto colegio es lo de menos!
Albus lo jaló por el hombro obligándolo a detenerse. La mano de Abeforth se dirigió con rapidez a su varita.
- ¡Ni lo pienses! – advirtió Albus y sus ojos fueron furia en pleno - ¡en un duelo entre los dos tú sales perdiendo!... ¡jodida manía la tuya con los duelos!
Abeforth dejó escapar una risita desdeñosa. Guardó su varita y levantó las manos con gesto mordaz. – Me declaro vencido entonces, pero no cambiaré por lo que tú me digas.
- ¿Es qué no piensas en tu futuro? – le riñó Albus contrariado - ¡si sigues así terminarás metido en cualquier tugurio!
- ¡Lo prefiero mil veces a ser como tú! – sentenció Abeforth con los labios apretados – ¡primero barrendero de las Tres Escobas o cantinero de cualquier bar perdido en la inmundicia que buscar la grandeza que tu quieres!
- ¡Abe no me retes! ¡Sabes muy bien que de los dos yo soy el más fuerte y puedo obligarte con los ojos cerrados a dejar esas estupideces en las que estas metido! ¿Pero que puta mierda pasa por tu cabeza?
Abeforth no contestó. Le costaba un gran esfuerzo respirar debido a la rabia. Ron, que se había mantenido al margen, decidió intervenir.- ¡Oigan, ya basta! ¡Eeh! – exclamó jalando por la túnica a Abeforth antes de que se abalanzara sobre su hermano. – Albus, escucha, tienes un buen hermano, algo confundido, pero bueno al final... ¿por qué no se tranquilizan y hablan después?
Si Hermione y Harry lo vieran, seguro se les caía la quijada hasta el suelo. Pero alguien tenía que comportarse con cordura en ese momento y ni Abeforth ni Albus parecían dispuestos a hacerlo.
Albus se acomodó las gafas y la túnica, miró a Abeforth con una advertencia muy clara y soltó – bien, después hablaremos, pero espero Abe que empieces a comportarte y no dejes en mal a nuestra familia. Hay algunos que si queremos un futuro brillante.
Como respuesta Abeforth le dio un empellón y salió disparado rumbo al castillo.
********
Tenía que encontrarlo. No sabía exactamente por qué, pero tenía que encontrarlo. Al fin lo hizo. Lo halló sentado cerca de la cabaña, que algún día sería de Hagrid, acariciando a su cabra. Le pareció tan vulnerable. Quizás resultara patético pero algo le impulsaba a darle un poco de apoyo. De consuelo. Abeforth bien podría ser como un hermano menor. Todos sus hermanos eran mayores, e incluso – lo pensaba a cada rato - mucho, muchísimo mejores que él. Sabía como se sentía Abeforth. Competir con un hermano perfecto resultaba un trabajo muy duro. Amargo. Si al menos él supiera decir algo que lo hiciera sentir mejor. Nunca le había dado apoyo moral a nadie. No era bueno para eso. O bueno, quizás a Harry, pero era distinto. Harry tenía casi su edad y en cambio Abeforth en ese momento era sólo un niño. Y un niño muy solo.
- Hola.
Abeforth se pasó el dorso de su brazo por los ojos sin responder al saludo. Ron, sin saber que decir, se sentó junto a él observándolo de reojo – eh... – vaciló – es bonita la cabra.
Un sonidito escapó de los labios de Abeforth, se estaba riendo.
- Eso que dices es estúpido – musitó sin verlo. Ron se quedó de una pieza, ¿qué se estaba creyendo ese pequeño insolente? – pero si, es bonita... – levantó su cara, sus ojos eran tan cristalinos en esos momentos, que de haber sido su hermano mayor, y de haber tenido el aplomo para hacerlo, Ron le hubiese dado un abrazo, a cambio, sólo dejó caer unas palmaditas amistosas en la espalda. – Creí que te irías con Albus, por lo regular siempre lo prefieren a él.
- Yo no – aseguró Ron, se aclaró la garganta y dijo con media voz – no es por nada en particular, es sólo que – sus mejillas se encendieron – no, nada.
Abeforth ladeó la cabeza, su rostro se transfiguró, había comprendido - ¿sabes? No creo que realmente Albus tenga interés en tu novia, yo creo... que su interés está en otra parte.
- ¿A qué te refieres? – quiso saber Ron.
- Albus tiene amigos, grandes amigos... hay uno en especial, al que le tiene particular afecto. Grindelwald se llama, me parece. A mi no me agrada.
- ¿Y eso qué tiene que ver con su desinterés por Hermione?
Abefoth clavó sus perplejos ojos en él, para inmediatamente después esbozar una maravillosa sonrisa - ¿sabes Wazlib? El otro día, caminando sin rumbo, me topé accidentalmente con tu novia, hablaba de ti... – Ron aguzó el oído, Abeforth lo notó y eligió las palabras – no recuerdo exactamente que decía, pero al parecer han pasado por mucho, juntos. Hablaba de un tercero, no pude entender bien, creo que es amigo de ambos y por lo visto se mete en muchos líos. Creo que es algo así como mi hermano, donde esté, no hay quien no voltee a verlo, un tipo de héroe, supongo, pero ella hablaba de ti, no de él. Ante sus ojos, tú eres el héroe de la historia.
El corazón de Ron podía caber en un puño, se hizo pequeño y palpitante y sólo repetía un nombre. El efecto de semejante alteración podría verse en su cara, seguramente. Y seguro tenía la cara más boba y más feliz de todas las épocas posibles.
- Y también dijo la verdad más grande de todas – Ron se volvió expectante. Abeforth contuvo la risa – que jamás te enteras de nada – y empezó a reír suavemente.
*****
Si pudieran precisar el tiempo que llevaban ahí charlando, ambos hubieran jurado que eran horas. A ratos Abeforth reía, a ratos dejaba escapar su amargura.
- ¡El gran Albus Dumbledore! – rumiaba Abeforth entre dientes – ¡es lo único que le interesa!
- Algo tiene que interesarle – consideró Ron – aparte de los bombones y los calcetines.
- ¿Cómo es que sabes eso? No, espera, no me extraña. Es tan estúpida y evidente su manía por los calcetines, que lo saben hasta los trolls y eso que son idiotas.
- Y la tuya es por los duelos. Al menos eso dice tu hermano.
- Lo dice porque en el tiempo que llevo en Hogwarts, he tenido más duelos que el mismísimo Sir Cardigan.
Mientras hablaba, sacó de su bolsillo la bola multicolor y empezó a arrojarla y atraparla. La bola se deshizo en colores y Ron no pudo evitar ser curioso.
- ¿Por qué te gusta tanto esa cosa? Es un juguete de niñas.
- Es un regalo Wazlib, me la dio alguien a quien quiero mucho.
No podría ser una novia, ni tampoco una de sus cabras. Tal vez fuera...
- ¿Te la dio tu madre?
Abeforth atrapó la bola y no volvió a arrojarla, se quedo un rato pensando y finalmente pareció ceder. - Me lo dio Ariana. Mi hermana. Era su juguete favorito. Un día, antes de partir hacia acá, llegó a mi cuarto y me la puso simplemente en las manos. Sin decir nada, jamás dice nada. – Las confidencias importantes suelen hacerse en voz baja. Con los ojos puestos en un punto indefinido. Ron comprendió que Abeforth estaba a punto de decirle algo muy delicado por la expresión de su rostro. Y tenía razón. Abeforth le contó de Ariana y de los muggles. De Azkabán y de su padre. De Albus y de él mismo. Y de cómo se embriagaba de amargura.
- Éramos muy unidos. Solíamos pasar tardes enteras en la casa jugando con esa cosa. Todos decían que era un juguete de niñas pero a mí no me importaba. Ariana era feliz. – sonrió con amargura. – Había un chivatoscopio en su habitación, cuando Albus quería jugarnos alguna broma no dejaba de chillar. Entonces Albus no pensaba en la grandeza. Sólo en Ariana y en mí, pero se topó con ese tipo, Grindelwald y... bueno, qué más da.
Ariana. La fragilidad convertida en un ser vulnerable al que había que proteger. Pequeña y silenciosa. Oculta entre paredes de un hogar que albergaba al que sería el más célebre de los magos. Ariana que en horas muertas se entretenía combinando colores en esa esfera común que a los ojos de Abeforth se había transformado en una esperanza redonda. Ariana que mandó su único tesoro al hermano más singular que chica alguna halla tenido. Ariana.
Y mientras Abeforth hablaba, su voz llevaba de la mano a Ron, cruzando una casa de grandes ventanas y chivatoscopios en cada uno de sus rincones. Casi podía ver a Ariana correteando feliz, jugando y convirtiendo cada paso en algo divertido, pero la vida trae sorpresas y no todas son agradables. Y Ariana, toda alegría y amor quedó reducida a un fantasma gracias a una jugarreta sucia del destino. Ariana...
Ron se levantó trabajosamente y Abeforth lo miró extrañado.
- ¿ dónde vas?
- Es mi turno de enseñarte algo.
Le tendió la mano y lo ayudó a levantarse. Lo guió por los intrincados caminos del castillo hasta la entrada al pasadizo que llevaba directo a Hogsmeade. Abeforth lo siguió por la penumbra del túnel y cuando salieron exclamó - ¡Wow! ¿Cómo es que conocías este sitio?
- No sólo tu puedes dar sorpresas.
Siguieron el camino hacia Las Tres Escobas. Aún no había nieve y un viento suave revolvía sus cabellos. Abeforth con las manos en los bolsillos miraba a todos lados.
- ¿Me invitarás una cerveza de mantequilla?
Ron asintió. Llegaron a las puertas de aquél sitio y al pasar, le pareció entrar por primera vez. "Caballos salvajes, no podrán arrastrarme de aquí". También ahí las cosas eran distintas. También ahí se respiraba música y calidez colorida. Por un instante a Ron no le pareció ya tan aprensivo. Estaba empezando a acostumbrarse.
"Caballos, caballos salvajes, no podrán arrastrarme de aquí".
Buscaron lugar en uno de los rincones más alejados. Una mesera menuda y de aspecto muy alegre fue a recibirlos. La señora Rosmerta aún no estaba ahí.
- ¿En qué puedo servirles, guapos?
- Dos cervezas de mantequilla, por favor. – Sacó dos de los pocos sickles que traía y se los entregó a la bruja quién de inmediato apareció dos botellas. Abeforth sonrió.
- Me agrada este lugar, en especial cuando no deberíamos estar aquí... ¿gustas un cigarro?
Ron estiró la mano como simple y sencilla respuesta, y entre humo, música y cervezas de mantequilla, la nostalgia de Abeforth se evaporó.
*******
Las amistades más poderosas suelen darse así, de pronto, sin planear, sin premeditar nada. Abeforth, alegre, iba brincoteando al lado de Ron, maravillándose ante las cosas más sencillas.
- ¡Mira! ¿Ves ese dibujo en el muro de allá enfrente? Lo hicimos entre Albus y yo, hace ya un tiempo, estábamos enojados porque nos castigaron por pelear en pleno Gran Comedor, Dippet nos puso a lavar los pisos de todo el corredor del quinto piso. No queríamos pero tuvimos que hacerlo, y lo peor de todo, tuvimos que hacerlo juntos. Albus dijo que eso era un claro ejemplo de abuso de poder y que Dippet no tenía porque meterse en querellas familiares, yo asentí, aunque los dos sabíamos bien que todo eso no eran más que tonterías. Como sea, el caso es que Albus tomó su varita y empezó a plasmar su queja para que futuras generaciones fueran testigos del atentado contra su libertad de poner disciplina como hermano mayor. Saqué entonces yo también mi varita, no quería plasmar nada, pero seguro le echarían toda la culpa a Albus.
- ¿Y lo hicieron?
- No, creo que a Dippet le gustó.
Ron observó el dibujo. Era extraño. La silueta de un ave fénix sobrevolaba majestuosa alrededor de un castillo, sin duda Hogwarts, y allá, pérdida entre arbustos, una cabra mal dibujada observaba escondida al fénix volar. Un claro ejemplo de cómo se sentía Abeforth junto a su hermano.
- Es bonito. - Ron se volvió y pudo ver a Hermione mirando atenta el dibujo. No la había visto venir – seguro lo hizo Albus.
Claro, algo tan maravilloso ¿quién más podría hacerlo?
- Abeforth también cooperó – señaló Ron molesto. Hermione vio la cabra mal dibujada y sonrió.
- Ya veo – suspiró y se volvió hacia Ron – hace siglos que no te veo, ¿puedo saber donde te habías metido?
Se encogió de hombros. Hermione arrugó la frente y clavó su vista en Abeforth – supongo – dijo – que habrás estado muy ocupado. – Jaló aire y musitó con gesto adusto – yo también lo he estado – su semblante cambió – este lugar es maravilloso ¿sabes que hicimos con Albus y Minerva? Una declaración en favor de los derechos de los elfos. Neville nos ayudó. Debe ser el cambio en Minerva lo que lo anima, realmente se veía hermosa con su nuevo atuendo. ¿Qué te parece el mío?
- Muy colorido – farfulló Ron de mala gana, a veces, muchas veces, extrañaba a la antigua Hermione.
- Sé que para ti es difícil adaptarte a este lugar, pero ¿no podrías por lo menos hacer el intento? – se dio la vuelta con pesadez y echó a andar. Ron la vio partir sin animarse a detenerla. Algo iba creciendo entre ellos y ese algo era un abismo. Cada vez sentía a Hermione más lejos.
- Odio decirte esto Wazlib, pero ella tiene razón, debes poner de tu parte.
Miró a Abeforth a los ojos, éste tan sólo pestañeó. Era verdad, odiaba esa época y adaptarse a semejante situación era difícil, pero quería a Hermione cerca y sólo tenía dos opciones: seguir siendo el punto y aparte en ese sitio, o ser parte de aquello que a Hermione tanto fascinaba. Y entonces tomó una decisión muy Gryffindor. Si no podía con el enemigo, no quedaba otra opción que unirse a él.
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Otro capítulo. La canción que se escucha en el gramófono es "Rock and roll" de Led Zeppelín, y la que escuchan en Las Tres Escobas es "Wild horses" de los Stone.
