9.- Greñas y mochilas.
Había caído en una especie de sopor. Abrió los ojos pesados como concreto. A primera vista no reconoció el lugar. Números indescifrables en una pizarra, libros de encuadernaciones solemnes aquí y allá. Enormes aparatos de medición muy precisos... ¿medición? ¿precisos? ¿cómo rayos sabía eso? Ah, ya, aritmancia. Hermione seguramente le había hablado de ellos. Hermione... ¿Hermione? ¡Merlín bendito! De un salto se levantó. Aún se sentía confundido, desorientado, pero no por eso había olvidado... diablos. Como pudo se puso los pantalones. Su camisa, llena de tinta, yacía olvidada ahí, completamente inútil.
¿Cómo se había atrevido a...?
Lo iba a odiar. Seguro lo iba a odiar. Más que a las injusticias, al desorden y a las teorías improbables. Lo había echado todo a perder. Recogió sin fijarse su chaleco de flequillos y como autómata se lo puso. No podía andar semidesnudo por el colegio. Se colocó los zapatos con la velocidad del rayo, de pie, manteniendo milagrosamente el equilibrio. Estaba asustado. No, aterrado. Tomó su camisa y como perseguido por un basilisco salió de ahí.
- ¡Mierda! ¡mierda! ¡mierda! – farfullaba buscando por todos lados la silueta espigada de Hermione. No le importaba su aspecto y a decir verdad, a ninguna otra persona tampoco. Alumnos iban y venían sin prestarle la más mínima atención. Era raro. En Hogwarts, por lo regular, las murmuraciones siempre estaban a la orden del día. Ahí las cosas eran diferentes.
La prisa de sus pies igualaba a la de sus pensamientos. Todos, en completo barullo, se confundían en su cabeza. Le ardían las orejas con tan sólo recordar, y lo peor de todo es que lo hacía con fantástica nitidez. Maldita, maldita, maldita suerte, ¿qué le diría a Hermione? ¿Cómo pedirle perdón? Lo iba a odiar. Lo odiaría y seguramente ni siquiera le daría la oportunidad de disculparse. ¿Porqué rayos había perdido la cabeza? Le diría que podría obliviarlos, no recordarlo, volver el tiempo atrás y que nada hubiese sucedido.
Sus pies aletargaron la marcha y su alterado ánimo cambió de golpe. Una inquebrantable seguridad lo cubrió de lleno como un manto de paz. Lo podían atacar cien mil basiliscos furiosos, podrían intentar robar su alma todos los dementores del mundo, podrían hacerlo gritar el nombre de quién-tú-sabes, pero con todo eso no podrían hacerlo desistir de querer recordar. Y quería hacerlo. Y no tenía caso volver el tiempo atrás, porque con las tripas hechas un caos, se reconocía a si mismo que volvería a hacerlo. Volvería a perderse en Hermione y en todos los impredecibles recovecos de su cuerpo.
Merlín malnacido. Podría apostar contra los Chudleys Cannons tan sólo por volver a hacerlo.
Una sonrisa satisfecha, luminosa, que nacía desde lo más profundo de la espera, se le escapó. El perfume de Hermione, que tantas veces había percibido estando cerca de ella, ahora estaba en su piel. Podía sentir aún sus besos cosquilleando y deslizándose. Resbalando ansiosos, desesperados. Por primera vez se le ocurrió que quizás Hermione no iba a odiarlo. Que tal vez, por las noches, él también entraba en sus fantasías.
- ¿Qué le pasó a tu camisa? – una voz juguetona, rapaz, maliciosa, lo hizo volverse. La mirada azul, infantil de Abeforth, brillaba con suspicacia.
- Se me cayó un tintero encima – respondió sin dejar de espiar por todos lados.
- Ah, que curioso – comentó Abeforth ensanchando su sonrisa con deleite y regocijos contenidos – no se extendió la tinta hasta tus manos, pudiste quitártela a tiempo, ¿o acaso el tintero cayó sólo sobre tu camisa? ¿qué podrías estar haciendo sin ella? – se preguntó muy serio, pero con un aura de alegría mal disimulada. Ron se sintió hervir.
- No... este... yo sólo... – balbuceó nervioso. Abeforth lo interrumpió de una manera malvadamente pueril.
- La vi salir. Corriendo. Es bonita cuando esta confundida, asustada, pero eso tu ya lo sabes ¿o no? - Ron se atragantó con su propia voz, lo que dio pie a que Abeforth continuara – al fin de cuentas si te sirvió esto – dijo sacando un cigarrillo de su chaqueta. Lo encendió y chupó de él como si besara a una chica y luego dejó escapar el humo en la cara de Ron – hizo que te olvidaras de todos tus temores.
- No vuelvas a darme nada de eso – advirtió Ron con voz pastosa. Abeforth echó a reír.
- ¡Vamos Wazlib! ¡Disfrutar de tus sentidos es bueno! ¡Tú ya lo querías pero esto sólo te dio el empujón!
En cualquier momento, Ron iba a lanzar humo por las orejas. - ¿Cómo es que siendo tan niño eres tan... tan...? – murmuró sin encontrar la palabra exacta para definirlo.
Abeforth se encogió de hombros – no me importa la escuela, ni ser alguien respetable. La vida me ha enseñado otras cosas.
- Puras maldades – afirmó Ron.
- Pero enseñanzas al fin y al cabo. El rodearme de alimañas quizás algún día me sirva de algo.
Ron no contestó. Abeforth le aseguró con gravedad – no deberías avergonzarte, lo sucedido con tu amiga no es algo cuestionable, terrible, simplemente es algo normal.
Eso era el colmo. Hablar de lo normal con un tipo al que le gustaban las cabras. A saber donde iba a parar todo.
- Bien – dijo ya sin el ánimo de sentir pudores innecesarios - ¿para dónde se fue?
Abeforth levantó la mano señalándole un punto al otro lado del castillo. Ron se despidió presuroso y echó de nuevo a correr.
****
- Pero ¿qué rayos...?
Fue lo primero que dijo Harry después de recuperar la vista perdida gracias al gran destello de luz. Sondeó con la vista a su alrededor. Había algo ligeramente distinto. El artefacto en sus manos giraba a una velocidad anormal. Lo miró extrañado, ¿qué significaba todo aquello?
Salió de la habitación donde debió de haber estado el lavarropas y donde, sin embargo, no había nada. Presentía que encontraría a Hermione, Ron y Neville en alguna parte de ese sitio. Fuera, lo sorprendió el decorado del castillo, tanta luz, tanto color no eran normal. Como tampoco lo era que la escuela se encontrara vacía. Eso no era Hogwarts. Al menos no el Hogwarts que él conocía.
- ¿Qué fue lo que pasó?
No se lo explicaba. ¿Algún hechizo? Imposible. No sabía de ningún hechizo que desapareciera a tanta gente. A lo lejos, le pareció escuchar una especie de música.
- Adiós Ruby Martes ¿quién podría ponerte un nombre...?
La voz dulce casi lo sobresaltó. Se dio la vuelta y descubrió a una muchacha extraña, casi tanto como su ropa. Tenía dos enormes gafas que le daban aspecto de búho y cabello terriblemente desaliñado. Le recordó un poquitín a Luna. Había algo en ella de despiste. Y además, bailaba sola.
- Hola. – saludó con exagerada cautela ¿porqué rayos se comportaba así si era sólo una muchacha? Aunque no recordaba haberla visto antes en Hogwarts. Aún así necesitaba preguntar a alguien lo que pasaba. Porque pasaba algo y muy grande.
- Cuando marchas con...
La chica detuvo su canto y su baile. Lo miró por encima de sus enormes gafas y lo estudió descaradamente con algo de desaprobación. - ¿Qué te pasó en la frente? – preguntó sin responder al saludo.
- ¿Eh? – Harry se acarició la cicatriz. Sorprendido un poco por que alguien no supiera...
- No se te ve muy bien, ¿algún accidente?
- Eh, sí, algo así...
La chica siguió tarareando sin darle más importancia al tema. De pronto se detuvo de nuevo y lo miró fijamente - ¿me buscabas a mí?
- Pues la verdad no sé ni quién eres tú.
La chica hizo un mohín ofendida – pues no seré tan brillante como la honorable y estirada prefecta de Gryffindor, pero tengo lo mío y puedo ser más alegre que ella.
- ¿Conoces a Hermione? – preguntó Harry de pronto emocionado.
- ¿Quién diablos es Hermione?
Lo dicho, ahí había algo extraño, miró de nuevo el giratiempo, seguía funcionando de forma anómala. Para Harry, que eso tenía mucho que ver en todo ese asunto.
- Nunca te había visto, ¿eres nuevo?
- Pues... no sé...
La chica siguió meciéndose aunque un poco más lento esta vez - ¿quién piensas que es mejor guitarrista? ¿Hendrix o Page?
- ¿Eh? No... no sé de...
- Por lo visto no sabes muchas cosas.
Harry estudió un poco más detenidamente a la chica ¿porqué diablos sentía que la conocía? Trató de hacer memoria. Collares, flores en el cabello, su atuendo no le decía nada. Decidió arriesgar. - Ando buscando a mis amigos – soltó – quizás tu los hayas visto. Son dos chicos y una chica – dudó en decir los nombres. Al final de cuentas no creía que sirviera de algo – uno de los chicos es pelirrojo, el otro tiene cabello oscuro y la chica tiene cabello castaño albo...
- ¡Ah, ya sé quienes son! – gritó la chica emocionada - ¡yo puedo llevarte hasta ellos! Sólo tienes que seguirme. – Echó a andar y Harry, indeciso, comenzó a seguirla. La chica bailaba y seguía tarareando. ¿Dónde había conocido a alguien así?
- ¿Será pariente de Luna? – se preguntó en voz alta.
- ¿Decías, querido?
- ¿Eh? ¡Oh, no nada! – respondió Harry de inmediato – entonces, tú conoces a mis amigos...
- Si – se detuvo para voltear hacia Harry y mirarlo fijamente – y déjame decirte algo, los pelirrojos nunca han sido mi tipo.
Eso estaba mal. Esa chica estaba loca y Harry la siguió con pesadumbre. Seguía teniendo la incómoda sensación de conocerla, repasó mentalmente nombres, sin éxito alguno, seguía siendo una perfecta desconocida.
Llegaron hasta el área donde los alumnos habían puesto barricadas de baúles en protesta por las excesivas tareas impuestas a los elfos, pero eso Harry no lo sabía, así que miró extrañado todo ese lugar.
- ¿Y bien? ¿qué hacemos aquí? – preguntó Harry entre la intranquilidad que le producía ese ambiente anormal en la escuela y la exasperación de ver a la bruja canturreando y meciéndose suavemente - ¿no dijiste que podrías llevarme con mis amigos?
La bruja lo miró enfadada - ¿quieres callarte? No puedo abrir mi ojo interior con tus preguntas. Necesito concentrarme para encontrar a tus amigos.
Harry calló, mirando a la bruja con ojos inquisidores, ¿sería posible? La bruja lo miró sonriente.
- ¿Porqué me miras así? – preguntó deteniendo su movimiento. Caminó hacia él y fue entonces que Harry se percató de que iba descalza.
- ¿Por qué no traes zapatos? – inquirió arrugando el ceño con extrañeza mal disimulada. Aquél era un lugar de locos.
- Porque eres más libre cuando más en contacto con la naturaleza estés. A mi me gusta sentir el suelo directamente.
- Eso es absurdo, el piso está frío.
La bruja dio un salto y se sentó sobre unos baúles, hizo un mohín de suficiencia y extendió una pierna poniéndola cerca del rostro de Harry – tengo un hechizo para remediarlo. Mis pies no están fríos ¿lo notas?
Harry retrocedió enrojeciendo ¿cómo podía la bruja tener semejante descaro? – Bien, entonces, ¿me llevarás con mis amigos? – dijo tratando de no mirar.
La bruja sonreía maliciosa. Sin duda había notado el estupor de Harry ante su acción - ¿nunca has tocado a una chica? – preguntó con voz cadenciosa.
- ¿Qué? – balbuceó Harry turbado. La bruja había bajado y quitándose una flor del cabello comenzó a jugar con ella.
- Que si nunca has tocado a una chica – repitió riendo, lo miró y dijo – eres más guapo cuando te sonrojas.
Esa bruja decididamente estaba mal de la cabeza. Toda ella era extraña de la punta del pelo a los pies. A su lado, Luna resultaba completamente normal. Mejor era poner los pies en polvorosa.
- Mira, no te molestes, mejor me voy a buscar a mis amigos por mi cuenta.
- No, no, espera... – atajó la bruja interponiéndose en su camino – deberías abrir tu mente, buscar tu aura, tu deseo interior...
- Claro – contestó Harry sin poder evitar sonar mordaz – abriré mi mente, buscaré mi aura y mi deseo interior, pero en otro lado.
- Yo puedo ayudarte – murmuró la bruja y antes de que Harry pudiera evitarlo, saltó sobre él derribándolo detrás de unos baúles.
- ¡Au! – gimió Harry dándose un golpe en la cabeza, pero no pudo ni acariciarse porque ya la bruja sobre él, se afanaba en besarlo en las mejillas y cuello.
- ¡Espera! ¡Nos pueden descubrir! – fue lo único que se le ocurrió. La bruja asomó la cabeza espiando por encima de los baúles y volvió a la carga con determinación.
- No te preocupes, no hay nadie.
¿Qué no se preocupara? ¿Cómo no iba a preocuparse si no podía quitársela de encima?
- ¡Te... tengo novia! – gritó deteniéndola por los hombros. Un brillo de astucia alumbró los ojos de la muchacha.
- Entonces no tendré que explicarte lo que debes de hacer – aseguró la bruja y tomándolo desprevenido, aferró su rostro con las manos y le plantó un beso. Harry se quedó de una pieza. Si tenía que actuar, tenía que hacerlo ya, porque su cuerpo empezaba a responder de una forma que él no quería.
Un hechizo aturdidor, eso era, pensó aterrado mientras las manos atrevidas de la chica bajaban hacia sus pantalones. Dirigió la mano a su varita, pero la chica lo detuvo.
- ¿Qué pretendes? – preguntó deteniendo su ataque. Se había puesto a horcajadas sobre él y esa situación se estaba poniendo muy peligrosa. Harry sabía que no tenía opción, tenía que dejar a un lado toda su caballerosidad y derribarla al suelo.
- Discúlpame por favor – pidió antes de hacer acopio de todas sus fuerzas y lograr que la chica quedara tirada en el suelo, mientras él, sobre ella, le detenía las manos con firmeza para no dejarla mover.
- Te gusta el juego rudo ¿eh? – preguntó la chica con coquetería.
- ¿Qué? ¡No! – respondió Harry levantándose como expelido por un resorte. - ¿Es que esa es tu manera de tratar a un desconocido?
- ¿Desconocido? ¿Y eso que importa? Yo te gusto, tu me gustas, no debemos desperdiciar el tiempo en sutilezas de ese tipo.
- ¿Qué? ¿De dónde sacas que tu me gustas?
- De la forma en que me miras...
Harry levantó las cejas consternado, tenía que encontrar a sus amigos para que le explicaran que rayos estaba sucediendo. Aunque tenía una ligera sospecha. Pero primero tenía que alejarse de esa bruja.
- ¿Por qué no continuamos con lo que estábamos? – susurró la chica levantándose y yendo rítmicamente hacia él.
- No te acerques – advirtió Harry decidido. Pero la bruja sin hacer caso se lanzó de nuevo.
De reojo, tratando de liberarse, Harry percibió la figura de un chico pasar corriendo.
- ¿Ron? – preguntó liberándose al fin de la chica. Merlín bendito, era... - ¡Ron!
El chico se detuvo y se giró hacia él. Lo miró un segundo confundido y luego lo abrazó con ruda efusividad.
- ¡HARRY! ¿cómo lograste....?
- ¿Qué pasa? fui a buscarlos pero... mira luego te explico, ahora sácame de aquí.
Fue entonces que Ron se percató de la presencia de Trewlaney. La bruja se acomodaba la blusa y Ron los miró alternadamente con la boca abierta. El aspecto de Harry también daba mucho que pensar.
- ¿Harry?
- ¡No es lo qué estás pensando! ¡O bueno, no como lo estás pensando...! tengo que explicarte pero...
- ¿Por qué te llamó Ron, Wazlib? – quiso saber Trewlaney sin dar muestras de estar avergonzada.
- Por que es mi apodo y no me gusta.
- Ah, espero que no te pongas celoso, tu amigo es muy amable. – sonrió y se acomodó sus gafas de lechuza – nos vemos después, cariño, para terminar lo que empezamos. – y dando la vuelta se alejó cantando de ahí – cuando marchas con cada nuevo día, aún voy a extrañarte...
Ron observó a Harry de reojo.
- Ron, no empezamos nada, o bueno, quizás ¡pero ella lo inició! ¡está loca! ¿sabes? Nunca había conocido...
- Si, ya lo has hecho... ella es Trewlaney.
Harry miró a Ron como si se hubiera vuelto loco. - ¿Qué dices?
Entonces Ron le explicó.
- Lo supuse, la ropa, las flores, pero no creí que realmente... ¿dices que el giratiempos ha hecho un lío?
Ron asintió.
- Ya veo – se frotó la cabeza abatido – si Trewlaney de por si está loca, como hippie es mil veces peor, ¿sabes, sabes que trató de...? – Harry enrojeció. Ron lo miró y murmuró muy serio.
- Siempre sospeché que lo que Trewlaney sentía por ti no era normal.
- ¡Cállate! – le gritó Harry poniéndose de un rojo imposible de describir.
Ron aseguró indiferente – podría sorprenderme, pero a estas alturas ya no me sorprende nada.
- Mira, dejémonos de tonterías, ahora tenemos que... ¿pero qué demonios traes puesto? – Harry al fin se había percatado de la indumentaria de su amigo y lo veía con desaprobación – Ron, me parece comprensible que intentes mezclarte entre los alumnos, pero ¿cómo quieres ser hippie si ni siquiera sabes quién es John Lennon?
- Si, lo sé, es un muggle loco de lentes redondos... ¿qué? – preguntó Ron arisco al notar que Harry lo examinaba concienzudamente.
- ¿De verdad eres tú?
- ¡Por supuesto que soy yo! Si sé lo del muggle loco es por culpa de Abeforth.
- No te imagino haciendo migas con Abeforth, pero en fin, ¿dónde estará Hermione? ¿Se habrá quedado en el festival?
- No... no creo... – balbuceó Ron esquivando la mirada.
- ¿Sucede algo? – preguntó Harry al notar el nerviosismo de Ron - ¿pelearon de nuevo?
- No... no sé...
Harry puso los ojos en blanco – mira, eso es algo que no me extrañaría, pero no importa, vayamos a buscarla a ella y a Neville, pero antes, ponte por lo menos una camisa.
- Se ensució de tinta – murmuró Ron con las orejas coloradas mostrándole la prenda que traía en las manos.
Harry suspiró – bien, pues vayamos al festival, todavía se oye música. ¿Hace cuanto que te saliste de ahí?
- ¿Del festival? – Ron lo miró asustado mientras Harry asentía distraídamente echando a andar – no sé...
Y era verdad. Podrían haber pasado mil días después de aquello. Si Harry supiera... mejor desviar la atención a otro lado.
- Lo importante es regresar a casa. Si tan sólo tuviéramos el giratiempo en nuestras manos.
- Ah, pero yo sí lo tengo – aclaró Harry con tranquilidad, sacando el artefacto de su bolsillo – lo tomé antes de llegar a este sitio.
- ¡Mierda, Harry! ¡De verdad eres un héroe! – Ron estaba eufórico. Miraba a su amigo y al artefacto con la más inmensa de las alegrías. Valía la pena ser amigo de alguien como Harry porque sencillamente era el mejor. Y los sacaría de ahí. Y eso no se podía pagar con nada. – Podría besarte ahora mismo – y podría, si eso no fuera demasiado mal visto – oh, que rayos, estamos en una época donde todo esta permitido... – masculló y sin atender las protestas de Harry ni sus intentos por escabullirse le dio un gran abrazo y le besó la cabeza.
- ¡Ron! ¿Quieres dejar de llenarme de babas?
Pero Ron reía y estaba feliz.
*****
Siete horas de festival habían sido extenuantes. Nadie sabía como, pero Albus había conseguido que una imagen conjurada de un tal Jimmy Hendrix desprendiera el hechizo de su música a través de su guitarra.
Era alucinante.
Pomona giraba con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Parecía una hada bonachona con la guirnalda de flores que lucía en su cabeza. Trewlaney había aparecido y se hallaba haciendo figuras con sus brazos como si fuera una bailarina. Flitwick, tirado en el suelo, levitaba hojas secas para hacerlas caer después en una cascada dorada. Albus hincado en el suelo, se inclinaba con los brazos extendidos rindiéndole pleitesía a alguien que juraba debería de ser mago, y no sólo eso, sino el más grande y el más virtuoso de todos. Porque la imagen del tal Hendrix, se fundía y se reconstruía hilvanando una música que no debía ser de este mundo.
Y para finalizar el cuadro, estaba el tío abuelo que sencillamente era genial.
Neville saltaba y gritaba mientras el buen Longbottom bailaba abrazado a él. Augusta, sentada junto a Minerva, sonreía y su mirada se mantenía fija en Algie Longbottom.
El corazón de Neville era también un requinto acelerado, desesperado, lleno de contraste entre la alegría y la añoranza. Vibraba y estaba feliz. Compartiendo algo simple y extraordinario como no lo volvería a compartir de nuevo con aquellos dos seres a quienes tanto quería.
Era magia pura desgranada por las manos hábiles de un muggle raro que se prendía a su guitarra hasta casi hacerla desfallecer.
Pero un pequeño rasgueo en esa magia melódica, punzaba con la certeza de que tarde o temprano, también ese momento quedaría en el baúl de las cosas que Neville iba perdiendo.
Como todo en su vida.
******
Harry miraba a su alrededor con maravillada fascinación. Nunca había sentido ningún tipo de apego hacia ninguna época muggle, pero la psicodelia era la psicodelia y el castillo lucía impresionante con pinturas y flores por todos lados.
Y también estaban los saludos.
- ¿Qué hay hermano?
Le habían saludado algunos al pasar y era un alivio pasar no precisamente desapercibido, pero si sin la morbosa curiosidad que despertaba a veces en su época. La curiosidad con la que ahora era visto era más genuina e infantil.
Era maravilloso.
El cabello largo y las mochilas en la espalda. Canturreos y saludos. Sonrisas y ademanes amistosos con la mano.
Y ahí no era ningún niño que vivió.
- No es tan malo como me habías dicho.
- No me digas que te gusta. – farfulló Ron malhumorado – no quiero ver que después te unas a Hermione y a Neville para...
Harry le interrumpió jalándolo del chaleco y apuntando hacia una dirección determinada – hablando de Hermione, ahí va ella.
Ron quedó petrificado, sintiendo claramente como todo el valor de su vida poco a poco se evaporaba.
****
Ya vamos llegando al fin. La canción que canta Trewlaney es Ruby Martes de los Rolling Stone.
