10.- Pero ¿qué puede hacer un pobre muchacho, excepto cantar en una banda de rock and roll?
- ¡Hermione! ¡Hermione!
- ¡Harry!
Antes de siquiera esperarlo, ya Hermione abrazaba a Harry con radiante efusividad.
- ¡Harry! ¿Pero cómo...?
Lo inspeccionó minuciosamente, queriendo verificar que realmente era él y no el producto de un sueño.
- Tengo el giratiempo – aclaró Harry levantando en alto el artefacto que no dejaba de girar.
- ¡Oh, Harry! ¡Eres maravilloso! – exclamó emocionada Hermione volviendo a abrazarlo.
Y un abrazo era más que suficiente según la opinión de Ron - ¡eh, ya, que vas a ahogarlo! – dijo sin recordar que debería estar mortalmente abochornado, pero lo recordó en cuanto Hermione desvió la atención de Harry para dirigirla a él. Clavó sus ojos en los suyos y a Ron le hubiera gustado descifrarlos. Descubrir que no lo odiaba.
- Tenemos que buscar a Neville – Fue lo que murmuró tímidamente, desviando su atención de Ron. – Estaba entre todo el gentío y... -
- Esperen aquí, yo iré por él – dijo Harry guardándose el giratiempo y dirigiéndose a donde le señalaba Hermione sin esperar respuesta.
Se quedaron ahí.
Los dos.
Sin atreverse a mirarse a la cara.
Alguien tenía que romper ese incómodo silencio y Ron decidió que tenía que ser él - eh, quie... – tosió, se aclaró la garganta y juntó valor – quie.. ¿quieres ir a caminar? – al menos era una mejor pregunta que "¿podemos hablar de lo que sucedió entre nosotros?". Por qué maldita sea si Ron podía hablar de ello sin que le hirvieran las orejas.
- Pero Harry dijo que lo esperáramos aquí. – Fue la respuesta de Hermione.
No le había gritado ni le había lanzado ningún maleficio. Era una buena señal. O eso esperaba con fervor Ron – ah, sí, bueno, no creo que encuentre a Neville tan rápido, entre todos los alumnos.
Hermione aspiró aire y sonrió con cautela – supongo que tienes razón, ¿y si vamos por él?
- Bien.
- Sí.
Fue entonces que Elphias Doge cruzó veloz empujando a Ron sin apenas darse cuenta.
- ¡Oh, lo siento hermano!
Se disculpó a voces, perdiéndose al igual que su grito en la distancia. Ron, en tanto, había trastabillado gracias al empuje de el muchacho y había ido a chocar directamente contra un árbol.
- ¿Es que va a estarme empujando toda la vida? – gruñó malhumorado y volteó a ver a Hermione. Ella tenía las cejas levantadas en un gesto divertido y Ron también sonrió. Se miraron a los ojos y entonces el alivio llegó como un chorro de agua fresca.
Comenzaron a reír. Con tirantez al principio para terminar en un torrente de carcajadas. Sólo la risa podía alejar la densidad del aire y de pronto todo estuvo mejor. Las cosas estaban en su sitio. Donde siempre habían estado.
- Esperemos a Harry aquí – murmuró Hermione sentándose sobre el césped y recargándose en el árbol. Ron la imitó y de nuevo el silencio.
- Los kippies están locos. - Enunció Ron sin previo aviso y sin razón alguna, sintiendo sobre sus hombros un cansancio de siglos.
Hermione entrecerró los ojos pensativa – no, yo creo que no, creo que son mágicos y esa magia es obra de muggles ¿te das cuenta como tenemos más cosas en común de lo que los magos piensan?
- ¿Cómo cuáles? ¿Cómo esa música estrafalaria y la ropa singularmente colorida?
- No. Es la magia Ron. ¿Qué sientes cuando escuchas esa música que llamas estrafalaria?
- Ganas de irme corriendo a casa.
Hermione hizo un gesto de desaprobación, movió la cabeza como buscando algo y se recostó sobre el césped, invitando a Ron, con un gesto, a hacer lo mismo. El pelirrojo no puso reparos, sentía sus ojos cerrarse sin remedio, y en tanto sentía la frescura de la hierba, escuchó a Hermione hablar. – No Ron, piensa, ¿de verdad no has sentido nada todas estas ocasiones en que has tenido oportunidad de escuchar a todos estos muggles?
Ron lo reconsideró. Y pensó en el muggle loco de lentes redondos que pedía una oportunidad para la paz mientras Abeforth, Trewlaney y él fumaban ocultos entre hileras de libros. Pensó en la danza guerrera de Albus y en la tarde en Las Tres Escobas con Abeforth, tratando de infundirle ánimos mientras ciertos tipos, resueltos, aseguraban que ni caballos salvajes podrían arrastrarlos de ahí.
Pero sobre todo, pensó en la bruja cósmica con cara de demente. Su música si estaba llena de sortilegios. Su música si había hecho magia.
- ¿Y bien? – Preguntó Hermione con curiosidad imperiosa.
Ron se restregó los ojos pensando en la magia que llega envuelta en música. Y pensó en Hermione. Llena de notas y ritmo. Llena de cadencia y dulzura. Llena de fuerza y fragilidad. Como esas canciones que muggles dementes cantaban, y que sin embargo, no parecían ya tan chifladas.
- Siento... siento algo extraño y hueco... y siento que debo tener cuidado para no ser como ellos.
Hermione echó a reír, con una risa suave.
Y Ron comprendió entonces cual era la magia.
Estar tumbados en la hierba, con la risa cosquilleante de Hermione en los oídos, oprimiendo con mano suave su corazón.
Tenía que reconocerlo, era maravilloso.
Hermione reía y su risa se extendía hasta las flores. Y su olor fresco se confundía con la hierba. Era algo que anhelaba siempre hacer. Perderse y encontrarse en ese aroma.
Tomó su mano porque risas y batallas los unirían siempre.
Hasta el fin de los soles.
Rayos, estaba empezando a pensar como "ellos".
******
La música al fin había cedido y Harry tuvo que brincar sobre cuerpos inertes que yacían por todo el patio principal del castillo. "¿Esto fue un festival o una guerra?" Se preguntó mientras hacía malabares para no pisar la mano de una muchacha que roncaba suavemente sobre el piso. Casi se cae su corazón al suelo. La dueña de esa mano era nada más y nada menos que Trewlaney.
- Estuvo cerca... – murmuró cuando de pronto, alguien lo jaló haciéndole perder el equilibrio.
- Eres nuevo, no te conozco – le dijo un chico con cara ceñuda y gafas redondas que lanzaban destellos de vez en vez. Se acercó. Tanto que su nariz rozó con la de él sin apartar su vista ni un instante. Harry estaba desconcertado, cuando de pronto, el otro explotó en un arrebato jubiloso – ¡ah! ¡Bienvenido hermano!
- ¿Quién eres tú? – preguntó Harry sin atinar a detener los efusivos abrazos inoportunos de aquél chico.
- ¡Ah! ¡Soy un hechicero del cosmos! – respondió aquél muchacho con mucha teatralidad - ¡Humilde seguidor de aquél a quién todos llaman Hendrix! ¡Estoy renaciendo en un amanecer espiritual siguiendo el camino de grandes videntes! ¡Soy y no soy! ¡Estoy... y estoy contento! – concluyó desparramándose sobre la hierba.
Harry parpadeó confuso. Aquél chico estaba loco. Llevaba una túnica que muy bien hubiera pasado por la indumentaria de un indio americano y debajo, unos jeans muggles muy rotos de la rodilla y muy gastados. Muy, muy rotos. El chico se acostó sobre la hierba y cruzó una pierna. Harry descubrió entonces un impresionante detalle. No, no podía ser. Aquél chico era... – Albus Dumbledore.
- ¡Ah, me conoces! – exclamó el chico emocionado, mientras Harry observaba su rostro joven y jovial, cansado, pero jovial, y esa chispa inconfundible en su mirada. Jamás lo hubiera soñado. El chico se rascó la cabeza dubitativo - ¿por qué me conoces?
- Tu rodilla, tiene una cicatriz...
- Ah, sí, mi rodilla... ¿no tienes reparos con las cicatrices, verdad? – Harry sonrió y señaló su frente. Albus continuó alborozado – las cicatrices son buenas, sirven para hacernos recordar algunas cosas, significan algo, Elphias Doge por ejemplo, se contagió de Viruela de Dragón y las cicatrices en el cuello le recuerdan que nunca debe hacerle cosquillas a un dragón dormido, y menos cuando este está enfermo – se mordió un labio en un gesto pensativo – sería un buen lema para un honorable colegio – se encogió de hombros y continuó – esta para mi, significa que los acontecimientos se van entrelazando hasta formar rutas, como en un mapa. – Se incorporó y bajó la voz llenándola de complicidad – son rutas entreveradas, tortuosas, largas y cortas. Me hice esta cicatriz jugando con mi hermano. Me retó a que no me tatuaba una imagen de Londres, acepté porque sabía que podía hacerlo, pero el hechizo me falló y me quedó tan sólo esta cicatriz que no entiendo, ¿qué me enseña eso?
- Que no debes aceptar estúpidos retos. – dijo tratando de no sonreír.
- No, que para la próxima vez decida muy bien lo que voy a tatuarme, pero primero debo probarlo en mi hermano.
Harry se quedó estático. Albus volvió a acercarse y de pronto volvió a gritar con gran entusiasmo, sobresaltándolo - ¡Ah! ¿Ya conoces a Longbottom? ¡Longbottom regresó! ¡No existe nadie más agradable que Longbottom!
Se levantó de un brinco y lo arrastró tras de si. Si ya con años encima Dumbledore poseía una agilidad fuera de serie, con dieciséis años era cinco veces peor. Harry lo siguió porque sabía que junto a Algie Longbottom encontraría a Neville. Ron lo había informado muy bien de todo.
- ¡Longbottom! – gritó Albus y al instante dos chicos de cara regordeta y simpática se incorporaron. Uno era Neville, el otro debía ser Algie, que los miraba extrañado mientras el primero se levantaba de un salto e iba corriendo al encuentro de Harry.
- ¡No puedo creerlo, no puedo creerlo! – aseguraba Neville mientras abrazaba con gran entusiasmo a un feliz Harry.
- Ah, Sanders ¿así que conoces a este chico de un rayo en la frente? – preguntó Albus con suma curiosidad.
Neville soltó a Harry y se volvió hacia su interlocutor – si, él es...él... se llama...
- James Black – se inventó Harry en el último segundo, siendo apoyado por Neville con una gran sonrisa.
- Si, él es James Black.
- ¿Black? ¿De los Black de Londres? – Preguntó Algie Longbottom con un poco de aprensión.
- Pues...
- ¿Eres uno de ellos? – preguntó una chica de rostro severo y atuendo con colores alusivos a la casa Gryffindor, pero mezclados de forma peculiar. Tomó a Algie con ternura del brazo, como protegiéndolo, y Harry supo enseguida quien era.
- Augusta Longbottom – no pudo evitar murmurar. La chica se puso del mismo color de su atuendo y ante el rubor de Algie recordó que aún su apellido no era tal.
- En realidad es Augusta Doge – le susurró Neville por lo bajo.
- Ah, sí, perdón, es que confundí tu apellido.
- No importa – murmuró Augusta con una ligera sonrisa avergonzada, más enseguida volvió a recobrar el gesto hosco – entonces ¿eres de los Black de Londres o no?
- Eh...
- Si, pero no es como ellos. - Se volvieron hacia Neville, quien hablaba muy decididamente – Ha... Jim es buena gente, es el mejor.
Albus lo miraba muy de cerca y fijamente. Murmuró – sólo hay dos tipos de Black, si no eres como ellos, entonces... – volvió a abrazarlo con efusividad - ¡eres como Alphard! ¡Alphard es grandioso! ¡Después de salir de Hogwarts se fue a rodar por el mundo en busca de Jagger! ¡Pretende ser un músico de los Stone!
- ¿Eso pretende? – preguntó Harry imaginando la cara de Walburga Black ante semejante osadía. Con razón había sido el tío favorito de Sirius.
- ¿No lo sabías? ¡Pero si eso lo ha hecho leyenda!... ¿eres su sobrino?
- Eh, si, un sobrino lejano.
- Bien entonces... – masculló Albus echando una ojeada a su alrededor - ¡despierten, despierten todos!
- ¿Qué haces? – inquirió Harry confundido mirando con inquietud como todos comenzaban a despertarse, especialmente Sibyl Trewlaney.
- ¿Qué sucede? – preguntó después de un enorme bostezo, una brujita regordeta que Harry reconoció como Pomona Sprout.
- ¡Ay, mi cabeza! – Un pequeño muchacho de aspecto bastante terrible se levantó sosteniendo con ambas manos aquello de lo que se quejaba. Harry lo reconoció enseguida: Flitwick.
- ¿Pero que rayos pasa? – preguntó Trewlaney comenzando a buscar sus gafas de lechuza que había perdido mientras dormía.
- ¿Qué pasa? ¿Qué sucede? – gritaba Albus moviendo bruscamente a todos - ¡Hoy es un día memorable! ¡Hoy es un día para recordar! – Los alumnos se restregaban los ojos y miraban a Albus dificultosamente - ¡Miren! ¡Observen! – arguyó jalando a Harry por el brazo, por un momento este se sintió como en segundo año con Lockhart - ¿Saben quién es él? ¿No lo saben? ¡Pero si es igualito! ¡Es el sobrino de Alphard! ¡James Black!
Se miraron unos a otros. No tenían ni idea.
- Pues yo no le encuentro parecido – aseguró Pomona rascándose la cabeza – de hecho, no tenía ni idea de que existía... ¿quiénes dices que son tus padres?
- Eh... pues...
- ¡Ah, lo sabía! – gritó Sibyl acercándose a él presurosa, ajustándose las gafas recién encontradas. Llegó y lo golpeó en el pecho con el dorso de su mano mientras proclamaba - ¡ya decía yo que lo conocía de algo! ¡ya decía yo que era el mismísimo retrato de Alphard! ¡Por Merlín! ¡Estamos predestinados!
- Tonterías Sybil, eso del destino no existe...
Harry se volvió y se quedó con la boca abierta. La recién llegada, dueña del más nocturno cabello e imponente presencia, no debía ser otra sino Mc Gonagall. Miró a Neville. Su amigo había trasmutado.
- ¿También de intercambio? – preguntó McGonagall con recelo. – Vaya, por lo visto se ha vuelto el pan de cada día.
- Es Gryffindor – murmuró Albus – se le nota en la cara.
- Si claro, Albus, y también en el uniforme.
- Hola – saludó Harry con una leve sonrisa. McGonagall no lo tomó en cuenta.
- ¿Terminaste por fin Albus? ¿Al fin acabó toda esta tontería?
Albus hizo un gesto dolorido y se apretó el pecho – Minerva, por favor, no digas esas cosas... ¡esto no fue ninguna tontería! ¿Es qué acaso no escuchaste la música?
- La escuché si, pero esa no es razón para irrumpir así en la vida académica del colegio.
Todos la miraron entornando los ojos. Trewlaney suspiró y luego pasó un brazo alrededor de su cuello – Minerva, querida, eres brillante y muy hermosa, pero tu corazón es un pergamino viejo, donde ya nada se puede escribir, ¿por qué no comienzas a instruirte en el sublime arte de sorprenderte?
McGonagall retiró su brazo con furia y muy ofendida aclaró – lo hago Sybil, me sorprendo cada día, en especial de ustedes que no saben hacer otra cosa que vivir a la deriva. Créelo Trew, si ustedes en un futuro continuaran juntos no sé en que clase de sitio estarían.
Neville y Harry se miraron, y el primero sugirió – tal vez aún en este colegio, como buenos profesores.
Se volvieron. Con ojos muy serios y algo de sorpresa, luego, todos estallaron en carcajadas. Todos excepto Minerva.
- ¡Claro Sanders! ¡Claro! Para que eso sucediera el director que nos contratara debería estar chiflado. – comentó Flitwick moviendo su varita sin cesar y ocasionando con ello una lluvia de chispas doradas.
- Eso o haberse fumado un buen carrujo de marihuana. – opinó Pomona acomodándose la guirnalda con gran aire bonachón.
Harry se explicó entonces muchas cosas.
- Bien, me voy, aún tengo que estudiar para los exámenes finales.
La vieron irse, Trewlaney se puso en medio de Neville y Harry y muy circunspecta aseguró - ¿saben lo que creo? Que a Minnie le hace falta urgentemente un poco de sexo desenfrenado.
Mientras Neville enrojecía, Harry ponía los ojos en blanco.
*****
- Este lugar es una locura, pero aún así me gusta ¿no lo crees Harry?
Harry asintió. – Lo importante ahora es encontrar a Ron y a Hermione para ir con Dippet y ver lo del giratiempo – lo observó detenidamente haciendo un gesto de extrañeza.
- ¿Pasa algo? – preguntó Neville observando el aparato que Harry tenía en sus manos.
- Me parece que gira menos rápido que hace unos momentos.
Neville reflexionó y luego dijo – tal vez regresemos pronto a casa.
- Tal vez.
Minutos después hallaban a sus amigos. Durmiendo en la hierba con la tranquilidad de una buena tarde de verano.
- Hey, despierten – apuró Harry y ambos se levantaron con pereza.
- ¿Lo encontraste? – preguntó Hermione. Por primera vez desde que llegara a ese sitio, Harry la observó. Realmente se veía linda con el vestido vaporoso que traía encima y con las cintas de colores en el cabello.
- Eres como el arcoiris – susurró.
- ¿Qué? – preguntó Ron con aire enfadado mirando con suspicacia a Harry.
Este, sin despegar los ojos de su amiga, aclaró – eres como el arcoiris... eso dice una canción muggle antigua, y me acordé de ella al ver a Hermione vestida así.
Una sonrisa iluminó la cara de la chica. Ron, enfadado, respingó mientras Hermione le tomaba la mano y obligándolo a levantarse le decía – tonto, es sólo una canción.
Echaron a andar rumbo al castillo. Varios chicos iban y venían saludándolos amigablemente. Ron, sin hacer caso de ninguno, les devolvía una gélida indiferencia.
- ¿Puedo preguntarte algo? – le dijo Harry poniéndose a su lado, y sin esperar respuesta, prosiguió - ¿por qué decidiste vestirte así si a leguas se nota que no te hace gracia todo esto? ¿Intentabas ser como los demás?
Ron lo miró cohibido y asintió apabullado.
Harry enarcó una ceja dudoso – Ron, no te ofendas, pero como hippie eres bastante malo.
- ¡Wazlib! – El grito los hizo volverse. Ante Harry, un chico de porte insolente y profundos ojos azules lo miraba detrás de unas gafas y unos bucles que cubrían su frente.
- Ah, Abeforth, ¿qué hay?
Ron no lucía muy cómodo, se veía algo nervioso y Harry no entendía porque. Si según su amigo, el hermano de Albus Dumbledore era el único que valía la pena en ese sitio.
- Veo que tienes un nuevo elemento en tu clan – sugirió mirando con desagrado a Harry – parece Mc Gonagall en versión masculina, con ese uniforme tan impecable...
- ¿Eh? – preguntó Harry aterrado, no le hacia ninguna gracia que lo compararan con la futura profesora - ¡ah, no, no! ¡Sucede que... no traje mucha ropa!
- El es Ha...
- James Black – se apresuró a corregir Neville.
- Bien, te buscaba porque estaba preocupado – prosiguió Abeforth sin atender a la presentación que de Harry se había hecho, se percató de Hermione y le dirigió una sonrisa traviesa – pero veo que todo está en orden... ya no tienes nada de que preocuparte.
- Eh, si, si, gracias – se apuró a decir Ron y luego echó a andar.
- ¿Dónde quedaron todos los del festival? – Abeforth, apurando el paso, se había puesto a su lado y no parecía que fuera a ceder.
- Cada quién se fue por su lado – contestó Harry sin que Abeforth le hiciera caso.
- ¿No estás cansado? – preguntó Abeforth caminando hacia atrás para poder mirar a Ron de frente – por lo regular, cuando yo disfruto de lo que te di, me queda después un cansancio de piedra, como si hubiese estado corriendo alrededor de los linderos del castillo. – rió y luego dijo – y peor si...
- ¿Quieres hacer el favor de callarte? – explotó Ron más rojo que un tomate. Todos se quedaron de una pieza, sin entender bien a bien el porque de la ira del muchacho.
Los ojos de Abeforth se convirtieron en dos luces de furia azulada, más sin embargo contestó muy tranquilo – está bien, lo haré – comenzó a caminar de nuevo hacia atrás pero esta vez muy lentamente y alejándose de él – pero eso no tiene nada de malo, Wazlib, es sólo una forma de reconciliarte con el mundo y responder con amor, tal y como siempre ha estado previsto... – y lanzando una mirada de profundo despecho a Harry, se volvió y se alejó en menos de un suspiro.
Todos guardaron silencio. Ron, convertido en estatua, veía hacia el lugar por donde había desaparecido Abeforth. Harry puso una mano en su hombro y le dijo para tranquilizarlo – todos nos equivocamos Ron, pero podemos pedir disculpas.
Ron, sin decir nada, dio media vuelta y a grandes trancos, se marchó de ahí.
*****
- ¿Qué?
- Que Dippet no está en el colegio, se fue ayer a visitar a un amigo enfermo.
Ese había sido el pequeño diálogo entre Harry y McGonagall poco después del incidente con Abeforth. El tiempo parecía empeñado en retenerlos ahí. Y Ron, para mala suerte de Harry, no estaba en su mejor periodo de humor.
Con diversas disculpas cada quién había tomado su rumbo. Un feliz Neville se había ido tras McGonagall. Ron se había largado a no-sabía-dónde y Hermione, con gran tino y delicadeza, había encontrado el pretexto perfecto para seguirlo.
Y ahí estaba él, a quién todos juraban que extrañaban, más sólo que un león marino entre dragones rumanos.
Una música se desprendió desde algún sitio del castillo. Harry empezó a seguirla sin saber muy bien porque.
"Hay una dama que está segura de que todo lo que reluce es oro y va a comprar una escalera al cielo"...
Los acordes de una guitarra le susurraban suavemente guiando sus pasos. Harry, atento a la melodía, la seguía como si él mismo subiera una escalera al cielo.
"Cuando llegue allí ella sabe, si las tiendas están cerradas, que con una palabra puede conseguir a lo que venía. Y va a comprar una escalera al cielo. Me hace pensar"...
Tal vez era la música, tal vez era la época. Sin magos oscuros acechando detrás de sus sueños. Sin el miedo devorándolo. Pero Harry sentía una especie de paz que jamás había sentido.
"Hay un letrero en la pared, pero quiere estar segura, porque ya se sabe que a veces las palabras tienen un doble significado"...
Llegó a su objetivo. La música se desprendía desde un aula con la puerta abierta. Se asomó. Había armatostes muggles de todo tipo y una gran hilera de libros. Estudios muggles, seguramente. El humo de un cigarrillo detrás de una de esa hileras, evidenció la presencia de alguien.
"En un árbol junto al arroyo hay una pájaro que canta. A veces nuestros pensamientos son dudosos. Me hace pensar"...
Se acercó, y al descubrir a Abeforth fumando con letargo, dudó en ser bien recibido.
"Siento una cierta sensación cuando miro hacia el oeste y mi espíritu grita por irse. En mis pensamientos he visto anillos de humo entre los árboles y las voces de los que se quedan mirando. Me hace pensar. De verdad, me hace pensar"...
- Hola – saludó muy cortésmente. Abeforth no dejó de fumar, chupando con más parsimonia esta vez, su cigarrillo. Sus ojos lucían cristalinos, y Harry, pensando que no era muy bueno en esos asuntos, decidió marcharse tal y como había venido.
"Y se murmura que pronto, si todos llevamos la batuta, el flautista nos conducirá a la razón. Y amanecerá un nuevo día para los que resistan. Y en los bosques resonarán las risas"...
- Puedes quedarte, no importa.
Al menos había contestado. Regresó y se sentó frente a él. Sentía mucha curiosidad por ese hermano de Albus, casi desconocido, refugiado en el anonimato.
"Tienes la cabeza aturdida y no funcionará. Por si no lo sabías, el flautista te llama para que te unas a él. Querida dama, ¿oyes soplar al viento?"...
- Ro... Roonil me ha hablado mucho de ti. – le dijo Harry para entablar una conversación, después de un par de minutos. No creía que funcionaría.
Abeforth guardó silencio. Y siguió fumando el último esbozo de su cigarro.
"Y mientras serpenteamos por el camino, nuestras sombras más altas que nuestra alma, por ahí anda una dama a la que todos conocemos que irradia luz blanca y quiere enseñar cómo todo aún se convierte en oro"...
Harry tamborileó los dedos impaciente. La música agonizaba en mansos sonidos de guitarra.
"Y si escuchas atentamente, la melodía te llegará al final. Cuando todos sean uno y uno sea todos para ser una roca y no rodar"...
- Wazlib es un tonto, yo sólo quería ayudarle, pero si él no lo quiere ver...
- Yo creo que si se da cuenta – apuró Harry sin saber muy bien a que se refería Abeforth, y sin saber tampoco si Ron podía darse por fin cuenta de algo.
- ¿Eres su amigo?
Harry asintió.
- ¿El tipo que siempre está metido en problemas?
Harry abrió la boca pero no pudo responder nada. Abeforth lo evaluó y su rostro se transformó en una mueca de contrariedad.
- Tu eres el gran amigo, el casi hermano – masculló escupiendo las palabras.
- Algo así... oye, pero Wazlib me ha hablado muy bien de ti. Le agradas.
- No lo parece...
Callaron. A Harry eso de arreglar amistades no se le daba muy bien, y menos si no sabía porque demonios habían estallado. Decidió desviar la conversación por otro rumbo. Notó en esos momentos algo que le hizo arrugar el ceño con extrañeza. Abeforth, en sus manos, tenía un libro.
- Creí que no sabías leer.
Abeforth le dirigió su completa atención y le gruñó malhumorado - ¿Has estado hablando con mi hermano?
- Eehhh... algo así.
- Claro, se afana en contarlo, pero ¿sabes? Le he dicho siempre que no sé leer porque quiere obligarme a tragarme el Profeta con todas sus patrañas... tal vez el muy imbécil crea que algún día aparecerá en primera plana y que yo tendré que celebrarlo.
Harry no contestó. Abeforth, sin más, volvió a repetir la canción. A Harry se le ocurrió entonces averiguar otra cosa.
- ¿Por qué no te llevas bien con tu hermano?
- Por eso, por qué es un imbécil. - Respondió tajante el chico, pero eso no disolvía las dudas de Harry.
- ¿No te gustaría ser tan brillante como él? Apuesto a que puedes.
Abeforth le traspasó con una mirada incendiaria. A saber que le veía de agradable Ron.
- No – y rebuscando en sus bolsillos, sacó otro cigarro – seguro tú lo admiras y te gustaría ser cómo él. Genial y brillante. Pero yo paso y me vomito en su genialidad. Prefiero ser otra cosa, menos radiante, menos grandioso. Quizás me dedique a tocar en una banda muggle de rock and roll. Al fin y al cabo es otra forma de hacer magia.
Detrás de ellos, un ligero ruido los hizo ponerse alerta. Vislumbraron a través de los cachivaches, la sombra desgarbada de Ron. Seguro buscaba a Abeforth y seguro no esperaba encontrarse ahí a Harry porque se detuvo inseguro ante lo que tenía que hacer. Harry miró de reojo al pequeño de los Dumbledore y notó que éste, con furia, apagaba el cigarrillo y se levantaba de un tirón.
- Bien, los dejo solos para que hablen... seguro tienen infinidad de cosas que contarse y no deben tener entrometidos aquí.
Salió deprisa sin dirigirle ni una mirada a Ron.
- Bueno, lo intentaste – le aseguró Harry con una sonrisa mecánica – yo que tú lo alcanzaría.
No bien lo acababa de decir cuando ya Ron le hacía caso e iba detrás del muchacho. Harry se decidió y en el último instante fue tras ellos.
- ¡Abe! ¡Espera!
Pero Abeforth pretendió no escuchar logrando que el pelirrojo soltara un gruñido encrespado. Curioso cuadro daban los tres, persiguiéndose con Harry al último. Ron se adelantó e intentó seguirle el paso, pero iba tan furioso que no lo consiguió.
- Diablos – dijo dando la vuelta al pasillo sin ver ni rastros de Ron ¿dónde se había metido tan pronto? No pudo ni responderse a si mismo. Alguien jaló de su túnica metiéndolo dentro de un armario de escobas.
- Fermaportus – susurró una voz al tiempo que una mano pequeña le arrebataba su varita.
- ¿Sibyl? – preguntó Harry horrorizado. Esa voz era inconfundible.
- Si, mi pequeño chico de ojos verdes y cicatriz en la frente... ¿no te gusta el escondite que encontré?
No. No le gustaba. Y menos le gustaban las intenciones que podía percibir en los ojos de Trewlaney.
- Será mejor que me des mi varita y salgamos de aquí cuanto antes, esto no es correcto.
Una risilla brotó en la oscuridad del armario. - ¿Sabes por qué me gustas? Porque siempre pareces tan preocupado, tan serio – la voz de Trewlaney era un coqueto ronroneo más que otra cosa. Se estaba empezando a acercar demasiado a él y eso era muy incómodo. Cierto, Trewlaney con dieciséis años, aunque desaliñada, era bastante bonita, su sonrisa estaba llena de franqueza y su perfume era de una rara mezcla de flores y hierba, un perfume que... ¡rayos! ¡un perfume que estaba comenzando a hechizarlo para volverlo tonto como un troll! ¡estaba pensando así de Trewlaney! ¡Sybil Trewlaney! ¡La mujer que años después le predeciría la muerte en incontables ocasiones y de quién odiaría la asignatura! Pero ella no lo dejó pensar - ¿sabes? Tú puedes encender mi fuego – le dijo y sus labios aprisionaron los suyos mientras su lengua luchaba por entrar en su boca. Tanto como Harry luchaba por quitársela de encima. La muchacha no cedió y de pronto la voluntad de Harry comenzó a flaquear. Su resistencia bajó la guardia porque a pesar de todo, lejos de cualquier razonamiento, eran sólo un chico y una chica encerrados en un armario. El beso de reticente comenzó a hacerse más y más húmedo, y Trewlaney, con su inconciencia característica, se despojó de su pequeña blusa campirana. Podría haber sonado una señal de alarma en la cabeza de Harry, si no hubiera estado muy ocupado tratando de detener a Trewlaney y detenerse a si mismo. ¿Por qué la piel de las chicas era tan suave?
- "Puedes decirme mentiroso... – comenzó a canturrear Sybil entre dientes - Puedes decirme falso... – el menudo cuerpo de esa chica comenzó a acoplarse al suyo, dejando un casi nulo espacio entre los dos. La mente de Harry se puso en blanco – vamos chico, enciende mi fuego – susurró.
El calor, el espacio pequeño. Harry perdía la cabeza y tan sólo murmuró – Sybil...
¿Sybil? ¿Pero que demonios estaba haciendo? - ¡No! – Se detuvo y sujetó a Trewlaney arrebatándole su varita - ¡alohomora! – abrió la puerta y salió corriendo de ahí.
****
Con un poco de tardanza, pero ahí la llevo. Es muy difícil escribir sobre una época tan especial como la de los hippies. La canción a la que se refiere Harry es "She's like a raimbow" de los Rolling Stone. Lo que dice Abeforth antes de alejarse de Ron es una paráfrasis de un poema de Bukowski, Marina, y dice así "...y me reconcilio con el mundo y respondo con amor simplemente como estaba previsto". La canción que sigue Harry es "Escalera al cielo" de Led Zeppelin . La que canturrea Trewlaney en el armario es "Enciende mi fuego" de los Doors y la que da título al capítulo pertenece a una canción de los Rolling Stone, de la cual no recuerdo el título pero ya me acordaré.
