11.- La balada de Ron y Hermione... ¿o la balada de Harry y Trewlaney?

El mundo estaba loco.

O al menos el mundo donde ahora estaba situado.

Se aflojó la corbata y respiró profundo. Tenía que poner las cosas en orden. No podía, no debía, era altamente inadmisible el sentir ningún tipo de atracción por alguien que en un futuro sería su profesora. Y una profesora chiflada para completar el cuadro. Tanto o más de como lo estaba ahora. Diantres, si al menos no tuviera dieciséis años y una actitud irreverente difícil de resistir. Sacudió la cabeza negando rotundamente, mejor buscar a Ron y rogar porque no sospechara nada. Suficiente dolor de cabeza le ocasionaba ya Neville.

- ¿Alphy?

Casi echa de nuevo a correr pero el temblor de sus piernas le detuvo, además de la mano pequeña que ahora lo tomaba suavemente del brazo. Sibyl Trewlaney lo había seguido y lo miraba con curiosidad conmovedora. Curiosidad que se transformó en una especie de turbación al decir – lo siento.

- ¿Qué? – Harry hubiera esperado cualquier cosa. Que se le fuera encima, que lo acosara, que le recriminara, que fuera objeto de sus burlas, cualquier cosa menos eso.

- Lo siento – volvió a repetir Sibyl soltándolo y viéndose en un apuro al no saber que hacer con sus manos. – Sé que te puse nervioso, supongo que jamás has estado con una chica, te asusté y tu eres tan dulce, eres casi como una fogata en invierno.

- ¿Ah sí? – fue todo lo que se le ocurrió a Harry después de tragar saliva.

- A veces no es bueno ir tan deprisa.

- No, no lo es – respondió Harry rápidamente para después decir atropelladamente – no eres una mala chica, tampoco eres fea, es sólo que... que... hay cosas que no pueden pasarse por alto y yo tengo novia y tu...

- Shht – Trewlaney puso un dedo en sus labios y se ajustó las gafas, sonrió y luego dijo – empecemos de nuevo dulce niño de un rayo en la frente, me llamo Sybil, Sybil Trewlaney y me gusta la adivinación, mi madre y mi abuela fueron grandes videntes y espero algún día ser como ellas, ¿sabes que me gustaría? - Harry negó con la cabeza haciendo que el dedo de Trewlaney resbalara un poco, casi nada y le diera escalofríos. – Me gustaría predecir algo bueno para el mundo, algo tan grande y tan dulce como tu pequeño Alphy.

- ¿Porqué me dices así? – preguntó Harry sintiendo una especie de ternura y a la vez aprensión hacia el cumplimiento futuro de absurdos deseos.

- Porque eres como Alphard, hay algo en ti que es muy especial.

Harry sonrió. No le quedó más remedio. Sibyl Trewlaney podría estar loca, pero era una buena persona. Aunque demasiado irreverente para su gusto.

- ¡Ya sé! – exclamó Trewlaney súbitamente dejando de invadir su espacio personal – te invito esta noche a ver estrellas, en la torre de Astronomía, descubramos el futuro y el pasado y hagámoslos un presente.

- Ah, no creo que...

- Anda... prometo portarme bien.

Harry estudió a Trewlaney y tuvo el presentimiento de que batallaría contra ella misma por cumplir su promesa. Respiró hondo y no teniendo otra opción aceptó.

Sybil se iluminó por entero y se alejó danzando y diciendo "hasta esta noche mi pequeño y dulce Alphy", mientras Harry ahora estaba seguro de que el mundo había perdido todo vestigio de cordura.

****

- Bien ¿dejarás de seguirme?

Abeforth dio media vuelta enfrentando a Ron con feroz gesto. El pelirrojo, ya sin pizca de paciencia, contestó tajante – No.

- ¿Puedo saber que pretendes? ¿No me mandaste al diablo enfrente de tus amigos? – La voz infantil de Abeforth sonaba dura y contrastaba con su carita casi angelical.

- ¡Lo siento! ¡No era esa mi intención! – se defendió Ron airado - ¿puedes olvidarlo ya?

- ¡No quiero! – se negó Abeforth con inflexible necedad sacando la varita de su bolsillo - ¡Y si no me dejas en paz te juro que...!

- ¿Qué? ¿Vas a atacarme? – Ron no estaba dispuesto a quedarse atrás y al punto sacó también su varita – si quieres un duelo, un duelo tendrás.

- ¡Estúpido gusarajo de mierda! – Escupió Abeforth lanzando un hechizo contra el pelirrojo que sin saber como se alcanzó a cubrir con un "¡Protego!".

Pero Abeforth estaba furioso y sin medir consecuencias lanzó otro hechizo que impactó con eficaz tino sobre Ron. La fuerza del maleficio lo lanzó contra un muro dejándolo desmadejado.

- ¿Ves? Te lo advertí... – musitó Abeforth caminando con varita en ristre hacia el pelirrojo. Al no obtener respuesta, el pequeño Dumbledore comenzó a inquietarse – Wazlib... Wazlib... ¿estás bien? – se acercó guardándose la varita y con apuro comenzó a sacudirlo – ¡Wazlib!... ¡Wazlib! ¡Con un carajo! ¿es qué resistes tan poco? – le dio bofetadas diciendo - ¡despierta estúpido malnacido! ¡te digo que...!

Un quejido y Abeforth respiró aliviado.

- Vamos.. vamos a tratar... de... de vivir... antes de morir –recitó Ron abriendo los ojos con dificultad.

- ¿Qué?

- Eres... eres un caballo indómito y... y ni aún así pudiste arrastrarme de aquí.

- Wazlib, ese puto hechizo te ha dejado más loco que mis cabras ¿qué diablos estás diciendo?

- Sólo.. sólo repito la canción de las Tres Escobas... ¿recuerdas? – preguntó Ron incorporándose con fatiga y sosteniéndose el pecho.

Abeforth lo miró desconfiado – si, la recuerdo, pero que diablos tiene que ver ahora...

- Ya sé que sufres un fuerte dolor y has decidido mostrármelo – repitió Ron tratando de recordar – aspiró aire y concluyó mirando a un punto indefinido - nunca podría ser cruel y tratarte mal...

Guardaron silencio. Abeforth entendía. Sonrió con malicia y aseguró – podría perdonarte si mejor me recitaras sonetos de amor.

Un puño contra su hombro, un "pequeño idiota" y todo estaba arreglado.

******

Era innegable. Hermione siempre tendría la razón. En esa época y en cualquier otra. Pedir disculpas no resultaba tan malo aunque no se supiera a ciencia cierta como hacerlo. Con Abeforth había resultado. Ahora quedaba ella.

- Eh... ¿Hermione?

- ¿Sí?

No había despegado ni un sólo instante su vista del pergamino. A saber que tanto escribiría. No tenía ningún sentido hacer deberes pero eso, hacérselo entender a Hermione Granger, sería como querer que los elfos dejaran sus quehaceres domésticos.

- ¿Crees que Harry y Neville tarden mucho?

- Lo ignoro Ron, no sé si hayan ido a conseguir comida a las cocinas con los elfos o directamente con Flitwick... espero que sea lo primero.

Evadirse. Era exactamente lo que hacía con preguntas idiotas, porque a pesar de su hambre, Ron esperaba que sus amigos tardaran todo el tiempo posible, o el suficiente para que él juntara valor y pudiera al fin disculparse, sin sentirse arrepentido.

- Hermione...

- ¿Sí?

Si al menos dejara de concentrarse y escribir. Ron, impulsivo, se sentó junto a ella tratando de ser tan osado como en aquella ocasión, incitado por Abeforth y la muggle demente. Hermione, sorprendida, dejó de un lado el pergamino.

No quedaba más opción.

- Hermione, yo...

¿Porqué las cosas no eran más fáciles? ¿Porqué simplemente no podía suceder y ya? ¿Por qué tenía que pedir disculpas por algo tan simple y maravilloso? ¿Por qué demonios Hermione lucía tan esplendorosamente linda con el cabello revuelto y las túnicas vaporosas que le había dado por usar?

- Hermione, yo...

Su amiga, expectante, aguardaba.

- Hermione, eso... eso que pasó... yo... yo no quería... – al ver la expresión dolida en ella se corrigió con prontitud acelerando las palabras – ¡no! Si quería... pero... bueno, no – Merlín, el color de su rostro debía hacer parecer pálido el de su cabello con semejante bochorno. Debió ser la cara preciosa y desconcertada de Hermione la que lo obligó a decir – sé que vas a odiarme pero si pudiera lo volvería a repetir.

No era una disculpa. Era un total atrevimiento. Si quería que Hermione lo perdonara bien podía darse por perdido.

No estaba preparado para escuchar su risa.

- ¿Te burlas de mi? – preguntó enojado.

- Eres un tonto, Ron.

Claro, el pobre y tonto Ron, ¿cómo esperar repetir aquello? Hizo el intento de levantarse sintiendo una horrible opresión en su pecho.

Hermione lo detuvo con mano firme - eres un tonto – repitió mirándolo a los ojos – porque eso, señor Weasley, no es una disculpa.

Ron respiraba indignado – siento no llenar tus expectativas ni ser tan brillante como Albus Dumbledore, siento no tener las palabras exactas y siento haber dicho lo que dije... olvídalo ¿quieres?

Hermione lo miró con fijeza y una sonrisa iluminó su rostro – no quiero – aseguró recargando sobre él su cabeza y rodeando su cuello con los brazos – quiero creer que es una promesa.

Seguro era una locura. Como todo en ese sitio, en esa época, en esa escuela. Pero besar a Hermione era algo tan vivificante como el chocolate caliente en una tarde de invierno. Era como tener escarcha en las manos y sentirla derretirse. Era una victoria que lo lanzaba a una delicia más alta de la que hubiese soñado. Hermione era toda piel y era toda suavidad. Era la niña que no gustaba del quiddicht y a la que sin embargo siempre había adorado. Porque esa la verdad. Había querido a Hermione desde el momento de rescatarla de un troll, o quizás mucho antes. Ahora la sentía y la recorría pensando en música y flores. La escuchaba suspirar y se llenaba de su aroma mientras sus manos luchaban contra los botones de su túnica.

- Ron.. van a descubrirnos – murmuró Hermione con voz ahogada sin intentar detenerlo. Pero eso a Ron no le importaba. Lanzó un fermaportus contra la puerta alejando al mundo de la habitación de los chicos.

*****

- ¿Y porqué no fuimos mejor desde un principio con los elfos?

La respuesta era sencilla para Harry. Antes de dar vuelta al pasillo, alcanzó a distinguir a la muy peculiar Trewlaney con Pomona pintando algo en un muro y simplemente no quería toparse con ella. No le agradaba mucho la idea de que sus amigos se enterasen de la especie de ¿cita? que tenía con ella para la noche. Sus burlas lo perseguirían en esa época y en todas las subsecuentes.

- Quería darle una oportunidad a Flitwick –. Ante semejante respuesta de Harry, Neville lo miró con reparo.

Alumnos iban y venían, algunos cambiando de clases, otros, simplemente, parecían recorrer el colegio a placer. Hubo alguno que incluso les ofreció cigarrillos, a lo que Harry y Neville se negaron con tacto. Otro grupo, frente a ellos, bien armados con instrumentos muggles (incluso uno llevaba una especie de pandereta), tocaban y cantaban de una manera decorosa y de forma por demás entusiasta.

Fuimos a la manifestación a recibir nuestra porción de maltratada, cantando "vamos a desahogar nuestras frustraciones."

- Parece que el colegio sigue de fiesta – opinó Neville.

- Parece que el colegio es una fiesta permanente – de pronto Harry reconoció a alguien a lo lejos – Neville, allá van tus abuelos.

Algie y Augusta caminaban del brazo charlando animadamente. Neville los siguió con los ojos, opacados por algo que Harry reconoció enseguida.

- ¿Sabes? Pensé que aquí encontraría a mis padres.

Y no siempre puedes obtener lo que deseas, y no siempre puedes obtener lo que deseas... pero a veces puedes si lo intentas.

Por un momento Harry no supo que contestar, pero de pronto algo se le vino a la mente, algo en lo que hasta el momento no había pensado.- Si, lo sé, también sería probable que yo encontrara a los míos.

Neville abrió los ojos e inclinó la cabeza. Parecía que buscaba las palabras precisas para no herirlo. – Pero no están, ya los hubiéramos visto.

"Canto esta canción para mi amigo Jimmy, y él me dijo una palabra y esa palabra era: MUERTO".

A lo lejos, los chicos cantaban entusiasmados. Las panderetas sonaban y las pulseras en las manos de algunos de ellos tintineaban también cuando las movían. Harry y Neville escucharon, nunca podrían tener lo que ellos querían.

- Es música de dioses ¿no es así?

Albus llegó de repente y muy satisfecho miró hacia los alumnos que entusiastas no paraban de cantar.

- No siempre puedes obtener lo que quieres – murmuró Neville con tristeza. Albus, con gesto cómico, atajó diciendo muy seguro.

- No, pero algunas veces puedes si lo intentas... oh, ya sé que no me creen, pero a ver, díganme algo que ambos quieran y que no puedan obtener.

Era una pregunta muy personal. Albus esperó pero ninguno de los dos parecía dispuesto a contar nada.

- ¿Y bien?

- Eh... ¿un helado de fresa?

Albus observó a Harry sin expresión alguna en el rostro. Se rebuscó en los bolsillos encontrando seguramente lo que buscaba. - ¿Gustan? – ofreció extendiéndoles un par de caramelos, como ambos chicos negaron con la cabeza, Dumbledore se encogió de hombros y destapándolos con algarabía se los lanzó a la boca. Los saboreó con deleite y luego abrazándolos a la vez, con los lentes resbalando hasta el borde de su nariz, espetó - ¿saben que les digo? Que los caramelos de limón y los dulces de menta son el mejor invento muggle de todos los tiempos, y eso es mejor que cualquier herida... ¡oh, vean eso! – dijo señalando hacia un punto enfrente de él - ¡Dedalus está practicando su hechizo de fuegos artificiales! ¡Muy bien Diggle! ¡Muéstranos lo que es la magia festiva!... wuuhuuuuuu!– y se fue brincoteando y cantando hacia él.

Y no siempre puedes obtener lo que deseas, y no siempre puedes obtener lo que deseas... pero a veces puedes si lo intentas.

- Aunque lo intentáramos no lo lograríamos.

Algo muy cercano a la congoja estaba golpeando el pecho de Harry, si seguía escuchando a Neville iba a comenzar a deprimirse.

- Ah, vaya, están aquí – Pomona Sprout se restregaba las manos sobre su túnica intentando limpiarlas llegando hacia ellos – hicimos un bello mural, deberían verlo, a veces Sybil puede hacer algo bueno.

- ¿Y dónde está ella? – preguntó Harry esperando que no muy cerca.

- Se fue, dice que tiene muchas cosas que hacer. Ignoro cuales sean... ¡eh! ¡Algie, Agus! ¡vengan acá!

Algie Longbottom negó sonriendo y se despidió con la mano. Augusta, a diferencia de él, si se encaminó hacia ellos, en el trayecto se topó con Minerva y tomándola del brazo la arrastró con ella.

- ¿A dónde fue? – preguntó Pomona una vez que estuvieron frente a ellos.

- Quedó de verse con Elphias Doge para limpiar el patio principal de baúles. La protesta terminó.

- ¿Sucede algo Sanders.? - La pregunta de McGonagall los pilló desprevenidos. Aunque Harry había notado la mirada suspicaz de la chica. – Pareces triste.

Pomona y Augusta clavaron sus ojos en el chico. Neville, con una mirada brillante, negó cohibido.

- ¿Alguien te hizo o te dijo algo? ¡Dime quién fue y haré que se arrepienta por toda su existencia! ¡Lo convertiré en zopilote y lo pondré en un sombrero para exhibirlo el resto de sus días!

- No a... Agus – Por supuesto que Neville no iba a permitir que su abuela hiciera tal cosa, aunque miró un poco sorprendido a Harry.

- No debes estar triste – aseguró Pomona – Tú eres una persona maravillosa, ¿sabes que pienso? Que deberías ser un huppleffut, deberías estar conmigo, en mi casa.

- Por favor Sprout, no digas tonterías. Las mandrágoras son curativas, la sopa es caliente y Nevi es tan Gryffindor como yo y no hay más que hablar.

Augusta, sin despegar la vista de Neville, había dicho aquello llena de convicción, logrando una sonrisa resplandeciente en el chico.

- Toma una galleta.

McGonagall, sacando de su bolsillo un pequeño paquetito decorado con cuadros escoceses, le ofrecía a Neville el postre sin dulcificar su semblante. Su mirada, sin embargo, si se había llenado de ternura.

- Gracias. – Neville aceptó conmovido el ofrecimiento de la joven Minerva. Ella, satisfecha, volvió a guardarse el paquetito en el bolsillo.

- Ahora tengo que irme, pero te espero en la entrada principal a las ocho en punto para mostrarte algo.

Harry se deshizo en una sonrisa mientras Neville, confundido, farfullaba atolondrado un "eh... sí... por supuesto".

*****

Y las nubes rondaban sus cabezas. Chocolates, dulces de calabaza y varitas azucaradas no bastaban para obligar a nadie a poner los pies en la tierra. La comida, especialmente cocinada para ellos por los elfos, no lograba ser debidamente disfrutada, sin vagar con la mente por diversos mundos de extravagantes sensaciones. Era como estar adormilado. Algo atontado. Con los pies flotando por encima del piso, como pisando una nube.

Tal vez eso significaba ser kippie.

Sentir los colores y beberse los aromas. Reír de puro contento y sentirse triste a ratos, cayendo sin previo aviso sobre una paz aterciopelada. Ese colchón en el cual aterrizar. Tal vez eso era.

Y Ron veía a Hermione. Y Hermione miraba a Ron. Y si los dos deslizaban la mirada hacia sus amigos podían percibir algo distinto en ellos. Porque Harry veía su plato deslizando la cuchara conjurando algún cuadro surrealista y Neville miraba hacia la nada, proyectando música con sus constantes suspiros.

Pero nadie dijo nada.

*****

Si alguna vez los astros colisionaran y el sol fuera cubierto por la luna. Si de pronto el mar se transformara en arena y los pájaros se volvieran mudos sin por ello dejar de cantar las bellezas de la vida con los roces de sus alas, no debiera ser tan sorprendente como el hecho de que Harry Potter aceptara una invitación de Sybil Trewlaney a mirar estrellas en la torre de astronomía. Los pasos del muchacho se escuchaban repetidos en un eco que traspasaba el tiempo transcurrido entre una generación y otra. Esos mismos pasos se escucharían en un futuro o quizás se escucharan ya, todos en un instante preciso. A Harry le daba dolor de cabeza. El porque había aceptado no le quedaba aún muy claro, pero se encontraba subiendo a pesar de saber el peligro.

Sybil Trewlaney.

Algo en ese periodo de tiempo debía haberle trastornado la cabeza para obligarlo a decir si e ir en busca de su destino. De aquello que anunciaban los astros. De eso que aparecía difuminado en esferas de cristal y sólo podía ser descifrado por unos cuantos.

Sybil Trewlaney.

Quién ahora aparecía llena de collares con cientos de años menos (al menos así le pareció a Harry) y con una sonrisa luminosa mientras se acercaba para tomarle la mano y arrastrarlo hasta el último trecho de su destino. Y ahí estaba, frente a un cielo que desbordaba estrellas junto a una muchacha que bailaba en la locura y predecía que a partir de eso todo el mundo se podía poner al revés.

Sybil Trewlaney.

- ¿No es hermoso este gran ramo de estrellas, mi pequeño Alphy?

De haber sabido que lo rebautizarían no se hubiera molestado en inventarse un nombre.

*****

Gracias mil por sus reviews. Cuando comencé la historia lo hice indecisa porque no sabía ni por donde ir, afortunadamente estos personajes son tan maravillosos que te toman de la mano y te marcan el rumbo a seguir. Fue muy fácil identificar a Ron con Abeforth. Y este capítulo, en especial, lo disfruté mucho. Las dos canciones que se mencionan son de los Rolling Stones, la que recita Ron es nuevamente "Wild Horses" y la que cantan los alumnos entusiastas es "No siempre puedes obtener lo que quieres". Ah, la canción a la que hace alusión el título es "La balada de John y Yoko" de Lennon.