12.- La canción de Alabama.
El mundo estaba loco. Deliciosamente loco.
Librar las escaleras de un salto poderoso. Llegar al cielo y tomar un puñado de titilantes estrellas. Cantar, sonreír y saludar a gente extraña sin ningún impedimento. Todo, absolutamente todo parecía sencillo.
Llevaba puesto una especie de capa a la que Hermione había llamado "una linda gabardina" de una tela antiquísima y extraña. Más propia de un vagabundo que de una persona decente. Y sin embargo, usar ropa vieja, por demás usada, no parecía un crimen en un sitio como ese.
No sabía a donde se habían marchado Neville y Harry, ni pretendía saberlo. Lo único que sabía era que tener a su lado a Hermione ocasionaba una especie de dulce embriaguez, de delirante alegría. Se había quedado dormida. Exhausta y radiante. Y a él lo único que se le ocurrió, fue salir para gritarle al mundo su regocijo.
Ron resbaló chispado de gusto por el pasamanos de las escaleras cambiantes del cuarto piso.- ¡Wuhuuuuuuu! –gritó salvajemente sin sentirse ridículo. Se sentía libre. Inmensamente libre y feliz.
Llegó al final y de un impulso alcanzó el piso, se echó el cabello hacia atrás y distinguió una figura. Ahí estaba Albus.
- ¡Ah, Wazlib! Eres muy bueno deslizándote de esa forma, uno de estos días deberías enseñarme.
- Apuesto a que lo harías mejor que yo. – Dijo sin sentirse mal por ello. Por primera vez en todo ese tiempo, no se sentía disminuido por el brillante Gryffindor.
- ¡Sí! ¡Yo también lo creo! Pero esa apuesta la dejaremos para otra ocasión, ¿sabes? Mi hermano te estaba buscando. – se frotó los ojos y se desperezó como un gato – me preguntó por ti y luego me gruñó. Dijo que te esperaba cerca del haya y me volvió a gruñir.
- ¿Porqué no hacen las paces?
Albus agachó la cabeza y lo miró por encima de los lentes, los cuales lanzaron chispas de luz. - El día que Abeforth y yo hagamos algo juntos, será un día histórico... no le agrado. Punto. - Ron guardó silencio. No le parecía muy prudente mencionar a Ariadna aunque suponía que ella podía ser un eslabón importantísimo en esa cadena ahora rota. - ¡Ah, pero yo te veo muy contento! ¡Y menos huraño conmigo! ¿Puedo saber el motivo de tu sorprendente cambio? – Cuando el color subió de golpe al rostro del pelirrojo, Albus hizo un gesto condescendiente – no importa si lo dices o no, cualquiera que tenga ojos podrá ver el porque de ello... bien – dijo dándole palmadas en la espalda, echando a andar junto a él – ya haremos algo al respecto.
- Eres un buen tipo....
Albus levantó las cejas sin ocultar su sorpresa, luego lanzó una carcajada y pasando el brazo por los hombros de Ron planteó – a que no puedes caminar al mismo ritmo que yo.
Pero lo hicieron, enredando los pies a ratos para finalmente dar pasos unidos a la vez, mientras reían y se concentraban en algo tan infantil. La mente de Ron se volvió de nuevo la de un niño, y era bueno, demasiado bueno.
Un ruido de alas les sorprendió, Albus levantó la cabeza y al punto señalo algo arriba de ellos - ¡es para mi! ¡no sabes cuanto había esperado esta lechuza!
Atrapó un paquetito en el aire que la lechuza dejó caer y lo desenvolvió rápidamente. Ron se acercó curioso de saber. Aquello parecía hacer muy feliz a Albus.
- ¡Si! ¡Por fin! – gritó alborozado, levantando el contenido del paquete y echando a correr – ¡voy a enseñárselos a Elphias! ¡Son los más calientitos que pueda haber!
Ron se quedó estático por unos segundos y luego sonrió. ¿Calcetines? El júbilo de Albus se extendía hasta más allá de Manchester, tanto como la extrañeza en la cara del pelirrojo. Lo vio correr agitando en el aire su tan maravilloso regalo.
Y era Dumbledore. El Dumbledore de siempre.
****
Por Merlín ¿cómo se podía estar tan nervioso? Algunos alumnos pasaron pero no parecieron sorprendidos de mirarlo, junto a la puerta, a punto de colapsarse o de echar a correr. Incluso hubo quien le ofreció cigarrillos.
- No gracias – se negó Neville mirando hacia todos lados. ¿Estaría bien su apariencia? ¿O estaría muy exagerada? A lo mejor parecía un tonto. Se había alborotado el cabello, eso para parecer muy casual, luego se había puesto esa cosa, casaca o algo así y el pantalón más viejo que encontró. Luego recordó que Minerva no era kippie y se arrepintió de su atuendo.
- Eres puntual, eso habla bien de ti – fue todo el saludo de Minerva. Neville la enfrentó y entonces supo que no estaba tan errado. La túnica de Minerva ya no era oscura aunque si de un tenue color café, pero se había soltado el cabello, sujetándolo únicamente con una cinta sobre la frente y ya. Era suficiente para ser la más hermosa.
Minerva tomó su mano y con elegante potestad se lo llevó de ahí. No sabía a donde irían, pero eso importaba poco.
- Seguro te preguntarás a donde vamos – los ojos de McGonagall brillaron aunque la sonrisa no llegó a sus labios – voy a hacer lo que debía cuando ustedes llegaron... voy a mostrarte la escuela.
No entendía. En esa época todo era tan extraño. Recorrer la escuela ¿qué podía tener de especial? Mientras avanzaban rumbo a las mazmorras la atención del chico se centró en McGonagall. El cabello de Minerva formaba líneas caprichosas de insinuantes misterios. Sus ojos brillaban. Por primera vez Neville la veía en todo su esplendor.
Entraron a la mazmorra que algún día pertenecería al profesor Snape y Neville, detrás de Minerva, no sintió aquella opresión que lo ahogaba suavemente cada vez que pisaba ese sitio. Minerva le contó entonces de un mago misterioso sabedor de cientos de pócimas para fines incontables. Le narró aquella aventura de cuando había entrado a Hogwarts y pisó por primera vez la clase de pociones y por un pequeño error, convirtió aquello en un caos. Después de la reprimenda y en plena detención, se prometió a sí misma que sería la mejor en todo y trabajaba incansablemente en ello.
Y así recorrieron todo el colegio. Y pudo ver Hogwarts a través de los ojos de ella. No sólo vio la clase de transformaciones sino vio el sitio donde Minerva se evadía de todo lo que no podía solucionar. Neville comprendió que la transformación no era únicamente una asignatura, servía como preámbulo para transformarse uno a sí mismo. Todos en el mundo deberían aprender la importancia de la transformación para así transformar su mundo.
Anduvieron de arriba abajo perseguidos por historias, anécdotas y sucesos. Cuando llegaron a los invernaderos tocó el turno a Neville. Habló sobre plantas y escondida tras sus hojas dejó escapar un poco de su historia. Minerva lo escuchaba atenta mientras Neville describía las propiedades curativas de la mandrágora y por ello el don de la esperanza que poseían. Quizás se le quebró la voz en algún momento dado, pero no importaba porque Minerva lo escuchaba, con ojos muy abiertos. Y supo que ella estaba aprendiendo el sutil arte de sorprenderse.
Cuando le mostró un retoño de una Mimbulus Mimbletonia y esta les escupió esa sustancia verde en la cara al sentir el dedo de Minerva tocando con firmeza su tallo, Neville creyó que todo estaba perdido, pero la chica, después de ver las caras de ambos, únicamente atinó echarse a reír.
Minerva reía y su risa fluía más allá del universo.
Que malo que todo tuviese que acabar.
*****
¿Qué podrían hacer para pasar el tiempo en esa torre? No tenía ni idea. Lo único que sabía era que debía entretener a Trewlaney antes de que echara su juramento por tierra. Echó una ojeada alrededor, y sus ojos se posaron en una barredora en buen estado, olvidada por ahí.
Darían un vuelo en escoba.
Se le ocurrió de pronto, como suelen ocurrirse las más descabelladas ideas. Subió al artefacto y dio dos vueltas a ras de suelo. Trewlaney lo miraba con una mezcla de picardía y temor.
- ¿Qué haces?
- Volando, soy muy bueno en eso y me gusta. Volando me siento feliz, libre. – respondió dando vueltas muy lentas alrededor de ella.
- Ah, y... ¿en serio sabes volar tan bien como dices?
- Puede ser. – dijo y en su rostro apareció una sonrisa de travesura - ¿quieres comprobarlo? – y acercándose un poco la invitó a subir con un gesto. Trewlaney lo miró indecisa. - ¿Tienes miedo?
- No, por supuesto – Se acomodó las gafas con autosuficiencia y con cautela obedeció a Harry. Él, muy lentamente dio otra vuelta apenas despegándose del piso, y de pronto ¡zas! Con toda la velocidad posible se lanzó hacia la inmensidad nocturna.
- ¡Con un carajo Alphy! ¿Es qué te has vuelto loco? – el aire golpeaba furioso en sus rostros, Trewlaney asustada, se sujetaba a la escoba aferrándose hasta con las uñas. Harry, divertido, maniobró la escoba para llevarla con rumbo al lago.
- ¡Demonios Alphy, nos vamos a caer al agua!
- ¡Claro que no! – aseguró a voces Harry y se acercó al agua donde la luna se retrataba esa noche. Trewlaney ahogó un gritó y se agazapó instintivamente. Harry sonrió y bajando la velocidad sobrevoló la superficie plateada.
- Dame tu mano.
- ¿Qué? – preguntó Trewlaney volviendo la cabeza para mirarlo. Detrás de sus gafas, la mirada de la futura profesora destilaba incertidumbre y miedo. Harry sintió ternura.
- Dame tu mano – repitió – no voy a dañarte.
Trewlaney obedeció y Harry la hizo tocar la superficie del agua. Helada y poderosa. Debajo de ella bien sabía Harry había un sin fin de misterios y mundos de sirena. Muy semejante a Trewlaney. Debajo de su demencia había algo más que eso, algo mucho más noble y misterioso.
Despegaron de nuevo sobrevolando árboles y Hogwarts entero. Trewlaney, venciendo su miedo, comenzó a disfrutar del paseo señalándole a Harry a donde tenía que dirigirse cada vez, cuando regresaron a la torre de astronomía, llevaban el pelo más revuelto que de costumbre y Sibyl una sonrisa satisfecha en su rostro.
- Bien ,pequeño Alphy, ya me jodiste con tu dichoso vuelo en escoba, ahora, ¿ya podemos mirar las estrellas?
Harry, lanzando una carcajada, se hizo a la idea de que la noche sería larga, tan larga como la vía láctea que Trewlaney comenzaba a descifrar.
******
El haya se perfiló en toda su grandeza justo a unos cuanto metros más adelante. La oscuridad de la noche no era tan profunda gracias a la enorme luna que con considerable gentileza alumbraba el camino hacia Abeforth. Le vio ciertamente, sentado frente a una fogata fumando algo que ya no tenía por qué adivinar.
- ¿Para qué me querías?- preguntó a guisa de saludo. Abeforth levantó la cabeza sin parecer ofendido.
- Vamos Wazlib, ¿es necesario que algo muy importante ocurra para que yo quiera verte? Sólo te quería en esta haya a esta hora y punto, para... nada en especial.
Se sentó perezosamente a su lado, miró la fogata y miró el lago. Se sintió a gusto. Era como estar en casa después de haber pasado por un terrible aguacero. El sitio era cálido y con eso tenía suficiente.
- ¿Qué haces solo aquí?
Abeforth negó irritado y luego dijo con toda la obviedad del mundo - ¿qué carajos crees que hago? ¡Pues esperarte a ti!
Ron rió por lo bajo, ese Abeforth, con todo y sus malas pulgas, era genial, aceptó gustoso el vaso que el pequeño Dumbledore le extendía y lo apuró a grandes sorbos. Raspaba. Se aclaró la garganta. De cualquier forma eso era lo de menos.
- ¡Eh!, ¡mira quién va ahí! ¡Es ese cretino de Sanders! ¡Eh, Eh! – gritó Abeforth levantándose de un salto y haciendo molinetes con los brazos - ¡Sanders, acá!
- ¡Cállate! ¡Va con McGonagall!
Neville volteó y sonrió al verlos. Minerva hizo un mohín no muy convencida, pero ante las señas de Abeforth dirigieron sus pasos hacia ellos. Parado con aires de enorme autosuficiencia, Abeforth dejó escapar – si, viene con McGonagall ¿y qué? De todas formas también ella es una gamberra aunque ni ella misma lo sepa –, en cuanto tuvo a Longbottom y Minerva cerca, declaró con voz afectada - creo que han llegado a su destino.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué te hace suponer tal cosa?
La sonrisa de Minerva era devastadoramente irónica. Ron advirtió que lo que decía Abeforth era totalmente cierto, ¿de que otra forma si no, se podía seguir a Albus hasta por la más descabellada de sus rutas?
- Minerva, Minerva – Abeforth pasó un brazo por su hombro y le dio una larga calada a su cigarro. McGonagall hizo un ademán con la mano para alejar el humo y arrugó la nariz. – Eres absolutamente increíble y lo que es mejor, muchísimo más lista, sólo que te escondes bajo esa fachada de maestra autoritaria, pero ni eso te quita encanto – la miró de arriba abajo y Minerva enrojeció, al igual que Neville, quién dio un paso al frente sólo para ser detenido por Ron sin que ninguno de los otros dos lo advirtiera – sólo te pongo un pero, - dijo mirándola con intensidad – y es esa estúpida obsesión por seguir a mi hermano en todas sus desatinadas idioteces.
Minerva echó a reír y retiró el brazo de Abeforth – alguien tiene que cuidarlo. Bien – dijo alisándose la túnica, como veo que esta reunión es de chicos y yo no tengo nada que hacer aquí, voy a buscar a Agus, y si no está con Longbottom, seguro me entretendrá con una buena discusión.
- Nadie te corre – aseguro Abeforth invitándole un vaso de wiskey, Minerva lo miró con desconfianza, pero lo aceptó – anda ¿o dirás que me tienes miedo?
- No precisamente, pero si eres un Dumbledore se deben tomar precauciones, ambos están totalmente chiflados. – Apuro el vaso ante los divertidos ojos de Ron y los estupefactos de Neville, después, simplemente, devolvió el vaso y se retiró dignamente diciendo adiós con la mano.
- Créanme, esa chica, vale la pena. - Neville entrecerró los ojos con disgusto, pero Abeforth aclaró – si mis intereses no fueran otros... en fin, dejemos eso y vayamos a lo verdaderamente importante, miren las maravillas que tengo aquí – despejó unas ramas descubriendo a la vez, el gramófono de estudios muggles y varias botellas de wiskey.
- Oye, yo no creo que...
- ¡Oh, por Merlín Sanders! No empieces con moralinas idiotas, ¡esto es el cielo y si se nos castiga por ello, bien habrá valido la pena!
Neville y Ron se miraron ¿al fin de cuentas que tenían que perder? A ellos no podrían expulsarlos y Abeforth, pues... no sería precisamente alguien triunfador en el futuro. Tenían razón, no había absolutamente nada que los detuviera.
Destaparon una botella y el viejo gramófono comenzó a funcionar, la voz ronca de cierto tipo dejó escapar un "hola, te amo ¿no me dirás tu nombre?", y su música desquiciante se confundió con sus risas y charlas atropelladas mientras brindaban por cosas totalmente insulsas.
La música, el wiskey y el tiempo se esparcieron con grandes tumbos entre cantos hoscos y torpes pasos de baile. Ron nunca había visto a Neville divertirse tanto de aquella forma, pero sin duda era la época la que le sentaba tan bien. Parecía feliz, dichoso. Abeforth, con un pase de varita, dio vuelta al disco y una música contagiosa, alegre, retadora, escapó embriagándolos más con su frescura.
- ¡WHOA! – Gritó Abeforth con salvaje alegría, invitando a Ron y a Neville a seguirlo - ¡Vamos Wazlib! ¡Vamos Sanders! ¡Un poco de wiskey alegrará nuestras vidas!
"Bueno, enséñame el camino a la próxima wiskería
oh, no preguntes porqué
oh no preguntes porqué..."
Ron no pensaba, no podía pensar. Estaba envuelto en una serie de sensaciones y quizás eso era ser joven, llevar dentro de sí esa rebelde alegría. Beberse de un trago todo un vaso de wiskey. Vaciar la botella. Cantar con voz ronca, alegre y difusa una canción que de tanto repetirse se halló grabada en su cabeza.
"Porque si no encontramos
la próxima wiskeria,
te digo que debemos morir
te digo que debemos morir..."
Y era cierto, no tenían que preguntar porque, había una fogata, había un lago, había un calamar hundiéndose en él y había una luna a la cual cantarle. Lejos de Alabama pero cerca de una próxima y pequeña chica.
"Porque si nosotros no encontramos
la próxima pequeña chica
te digo que debemos morir
te digo que debemos morir..."
Hermione, su Hermione.
"Oh, luna de Alabama, nosotros ahora debemos decir adiós"Y aquí todo era tan real. Tan descaradamente fácil. Gritaban una oda al wiskey y a la luna. Levantaban vasos y una botella. Giraban alrededor del fuego en una danza tribal. Tres tipos tan diferentes. Y tan semejantes.
Abeforth y su amargura bañada en desencanto. Neville y esa atroz historia que cargaba a cuestas. Él, la sombra de un héroe sintiendo siempre que jamás estaría a la altura de sus pasos.
"Hemos perdido nuestra buena y vieja mamay debemos tener wiskey, oh, tu sabes porqué"
Pero Abeforth tenía esa esperanza llamada Ariadna. Neville su absurdo amor por... no podía pronunciarlo. Y él... era el eterno enamorado de una gran sabelotodo.
Y el amor y la música se fundían en una sola cosa. Ahuyentando los fantasmas. Y eso se anidaría en ellos y les daría las fuerzas para futuras batallas.
Parecía tan increíble que Abeforth terminara oculto en el anonimato de un tugurio como Cabeza de Puerco.
A Ron le gustaría recordarlo así. Bailando y girando con sus catorce años a cuestas. Lleno de incertidumbre, reto y alegría.
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Otro capítulo después de seis mil años. La canción que le da nombre es precisamente esa "La canción de Alabama" de los Doors (y acá entre nos, es una de mis favoritas). Es también la canción que bailan alrededor de la fogata, esta fue una de las primeras escenas que imaginé mientras planeaba la historia, al principio sin Neville pero la propia historia quiso que quedara así. La primera canción que deja escapar el gramófono es "Hola, te amo" también de los Doors. Por ahí hay una brevísima alusión al título de una canción de los Beatles "A través del universo". Gracias por sus comentarios y por seguir esta historia tan viajada.
