14.- De los sueños, el nueve.
Hermione les contó todo, después de pedirles mil veces que la disculparan y explicarles que no había sido su intención ponerlos en verdadero peligro. Ni Ron ni Harry hubieran pensado jamás tal cosa, pero sí querían saber los pormenores de lo que ellos no recordaban.
- Estuvimos espiando detrás de unos arbustos, cuando el hipogrifo se abalanzó sobre ustedes corrimos a ayudarlos, pero en ese instante salieron disparados hacia el cielo. Cuando cayeron al agua, todos nos abalanzamos para rescatarlos, mientras Abe y Albus controlaban al hipogrifo.
Ron pensó un momento – me pareció oír voces, pero la verdad no me fijé en nada – se encogió de hombros y luego agregó – de todos modos tu idea no era tan mala, un poco descabellada quizás, pero estamos acostumbrados al peligro.
- Como sea, sabemos bien que hagamos lo que hagamos no cambiaremos nada – Harry se acomodó los lentes y suspiró – nos ayudaron, si, pero ni Abeforth ni Albus Dumbledore tendrán jamás una buena relación.
- Que mal, y parecía tan buena idea, claro, si Trewlaney no estuviera tan chiflada tal vez algo hubiera cambiado.
Los cuatro guardaron silencio, Neville, quien había hecho el último comentario, se rascó la cabeza con desánimo.
- ¿Qué sería lo que iba a decirnos Albus antes de la pelea? – preguntó Ron recordando, al ver la cara de intriga de los demás aclaró – dijo que había algo que celebrar, que después nos diría sus planes.
- Ni idea – murmuró Hermione echando un vistazo al giratiempo que comenzaba a girar casi de forma normal – creo que no nos queda mucho tiempo por aquí, procuremos ya no separarnos, sea lo que sea que planea Albus, seguro ya no lo alcanzaremos.
- Aquí están, los estuvimos buscando durante un buen tiempo, cientos de eones me parece – Albus llegaba seguido de los futuros profesores y curiosamente también de Abeforth, todos, exceptuando a este último y a Minerva, se acomodaron entre los cuatro amigos con gran barullo. - ¿cómo sigue tu cabeza? – le preguntó a Ron quien contestó con alegría que ya estaba mucho mejor.
- Que bueno, porque precisamente los buscábamos para decirles algo que se me ha ocurrido.
- ¿Algo para celebrar?
Albus sonrió a Harry y dijo – veo que recuerdan mis palabras, si, siempre hay algo que celebrar.
- Tal vez para la cena de Navidad podamos hacer algo grandioso, algo memorable. – Opinó Trewlaney sentándose muy cerca de Harry.
- No, no es eso precisamente a lo que me refiero – aclaró Albus mirando pícaramente a Ron.
- Pues sea lo que sea, no creo que sea posible – objetó Harry con sinceridad – pronto volveremos a casa.
Se guardó un silencio incómodo. Albus sentado como un indio, propuso a modo de trato – bueno, pero supongo que será hasta el inicio de vacaciones cuando tengan que irse, podemos hacer algo antes de su partida.
- No sabemos, tal vez tengamos que irnos antes. – esta vez fue Ron el que respondió. Abeforth levantó el rostro para enfrentarlo. Sus ojos azules fulguraron con algo parecido a la ira, pero su cara parecía tranquila.
- Pero podrán venir a visitarnos. – Supuso Trewlaney ajustándose las gafas.
- Pues... no sabemos, tal vez, pero no sería muy probable.
- ¿Porqué? – Pomona miraba a Hermione, quien acababa de contestar haciéndose un lío con las manos.
- Es difícil de responder, cuestiones personales – se le ocurrió a Hermione.
- ¿Y dirán también que no podrán mandar ni una lechuza? – volvieron los rostros, ninguno de ellos se había percatado de la presencia de Agus y Algie Longbottom. La chica, miró a al muchacho que tenía muy sujeto de su brazo y luego los estudió a ellos con algo de desconcierto.
- No... no lo creo.
Observaron a Neville con sorpresa. Su voz había sonado extrañamente dura, pero él miraba al suelo, Hermione, Harry y Ron intercambiaron miradas. Era más difícil para él de lo que suponían.
- ¿Cómo es eso?
Minerva. Mirando a Neville y luego a ellos. Firme y segura siempre, esta vez había dejado escapar una mezcla de perplejidad y desilusión en su voz.
- Tenemos que irnos. Punto.
Neville se levantó y sin mirar a nadie se fue corriendo. – ¡Oye, no debemos... separar...nos! – terminó susurrando Ron. A su lado, Abeforth se paró rumiando "lo mismo digo" y se fue de ahí en un suspiro. Ron dudó una fracción de segundo y al instante fue tras él. Se había equivocado. Si él había pensado que ahí nadie lo iba a extrañar, se había equivocado. Lo alcanzó casi enseguida, frente al muro donde él y Albus, alguna vez, habían plasmado su protesta. El fénix seguía ahí, imponente, grandioso, y, a la vez, la cabra aún se ocultaba tímidamente escondida en un rincón y condenada al anonimato.
- Te odio... – el susurro y la tranquilidad en la voz de Abeforth asustó a Ron, hubiera preferido mil veces que le hubiera gritado. Se quedó mirando sus rizos revueltos, sus puños apretados. "¿Qué?" alcanzó a musitar antes que Abeforth explotara diciendo - ¡Te odio!... ¡Te odio porque me dejarás solo al igual que Albus y Ariadna!
- Tú no los odias, no puedes odiarlos, en especial a Ariadna...
El chico respiró con fuerza contradiciéndose, al responder a lo dicho por Ron, con voz débil - a ella no, ella no quiso dejarme solo, fue una treta de la vida.
- Lo mismo pasa conmigo. - Ron quería ser contundente, no quería el odio de Abeforth.
A lo lejos, el barullo de los alumnos y el esbozo de alguna nota musical rompió el silencio. Abeforth Dumbledore se volvió para enfrentar a Ron y clavar sus ojos rebeldes en él. Ron sintió un hueco en el estómago. Le gustaría prometerle que volvería a verlo, que no lo dejaría solo, pero era una promesa que sabía muy bien, jamás podría cumplir. Le gustaría entonces pedirle perdón, por... no sabía exactamente, quizás porque no estaría a su lado como si fuese un hermano, evitando que hiciera cosas absurdas, o quizás, simplemente, para fumarse un cigarro mientras algún muggle demente cantaba algo. Lo abrazó y torrentes de lágrimas salieron de los ojos de Abeforth, quizás sería la primera y última vez que fuera testigo de la fragilidad de un ser tan extraño. Le gustaría que las cosas fueran distintas y poder llevarse a ese pequeño Abeforth consigo.
- Si alguna vez puedes, ¿me buscarás? De menos para saber que vivo o que no estoy demente y encerrado en San Mungo, y promete que te tomarás un wiskey conmigo... por la luna de Alabama.
A Ron se le hizo un nudo la garganta, aclaró la voz y dijo – lo prometo.
****
El único refugio que se le ocurrió fue el aula de transformaciones. Estaba harto, harto de tener que perder todo en la vida. Sentía un nudo apretando con dura fuerza su pecho, asfixiándolo y dejándolo desvalido. Se dejó caer sobre un pupitre ocultando la cara entre los brazos. No supo cuanto tiempo había transcurrido, sólo supo que escuchó pasos, pero no levantó la vista. No quería ni le importaba mirar. Pasos, ruidos, y de pronto estaba ahí, el conjunto de notas musicales envolviendo unas voces conocidas.
Lo escuchaba.
Estuvo oyendo durante minutos y al fin levantó la cara. Fue entonces que pudo ver a Minerva. La música agonizaba y Neville escuchó las últimas notas con los ojos clavados en ella. Abstraída, parecía no darse cuenta de nada a su alrededor. Miraba por la ventana donde nubes escurridizas iban cambiando de forma. Como pudo, muy lenta y cuidadosamente, Neville abandonó el pupitre donde había estado. Un nudo oprimía con crueldad su pecho desde que era un niño, un nudo que no podía deshacerse, pero ahora, muy por debajo había ahora una sensación de ahogo, como si una mano suave apretara su corazón. No quería sentirlo. Era injusto sentirse así. Dio un paso atrás chocando con una silla, Minerva no volteó a verlo pero susurró con simpatía. - ¿No es hermosa? - Neville afirmó con la cabeza a pesar de que Minerva no lo veía y a pesar de saber que se refería a la canción. – Que lindo que alguien te viera con esos ojos. – Si Neville pudiera hablar seguro le diría que él podría verla así si ella se lo pidiera, y aún si no lo hiciera, porque de todas formas ya lo hacía. La veía lejana. Y era tan dolorosamente injusto ¿por qué no podía quedarse en esa época?
- ¿Sabes bailar? – Esta vez Minerva si lo vio directamente a la cara, Neville se desvaneció y se reconstruyó en un segundo negando con la cabeza. Minerva hizo un gesto de extrañeza que dulcificó sus facciones- ¿No? ¿Cómo es posible? – Cuando Neville se dio cuenta, ya se acercaba a él quedando muy cerca – Yo te enseñaré – dijo sin más preámbulos. Tomó su mano y la llevó a su cintura y haciendo una floritura puso a funcionar una vez más el gramófono. Tomó la otra mano y le susurró muy cerca - tú sígueme y todo será más fácil.
El vértigo le dio escalofríos. La mano de Minerva era suave y su cabello despedía un aroma de tiempos mejores. Con suavidad fue guiándolo a través de la canción, y ¿qué podía hacer? Su chica de negro era lejana y eso lo hacía melancólico.
Flotaba más que bailar. Dos o tres tropezones sólo dieron paso a la risa. No había la menor duda, Minerva, como instructora, siempre sería la mejor. Su mejilla rozaba la suya y Neville cerró los ojos tratando de contenerse. Si volteara un poco, tan sólo un poco...
Desconcentrado perdió el paso, se detuvieron y Minerva volteó a verlo con una sonrisa. Sus rostros quedaron muy cerca.
Y por todo lo Gryffindor que había en él tenía que hacerlo. Vendería su alma. Tal vez se arrepentiría mil veces más tarde, pero ella lo recordaría siempre como un sueño y él también. Sacó valor de lo más hondo y la besó. Un beso suave, tímido, sólo rozando sus labios. Cerró los ojos. Sintió las manos de Minerva en sus mejillas y ella apretó el beso sólo un poco más, casi nada, pero lo suficiente para deshacerle por un segundo el nudo de su pecho.
Se separaron y abrió los ojos. Minerva lo veía con infinita ternura – eres una gran persona y estoy segura que serás un gran mago – susurró – algún día llegará alguien para ti, me gustaría ser yo pero creo que no es posible. - Razonable, madura. McGonagall en todo su esplendor despidiéndose de ese sueño que por siempre sería absurdo. - ¿Quieres seguir intentándolo? – preguntó con una sonrisa traviesa. Neville asintió también sonriendo y sintiendo su pecho un poquitito más liberado. La música volvió a oírse, pero esta vez fue Neville quién tomó la iniciativa para alborozo de Minerva. Tomó su mano, tomó su cintura, y por los minutos que duró la melodía, se imaginó, sencillamente, que podría quedarse siempre ahí.
*****
Cuando regresó, rato después, ya sin Abeforth, se halló sentados a todos muy callados. No pudo ver ni a Neville ni a Minerva pero por primera vez desde que llegará ahí, no se preguntó donde rayos podrían estar. Albus fumaba con una rebeldía llena de elegancia, lo que parecía un largo cigarrillo dorado, dejaba escapar el humo y sus gafas, detenidas en la punta de la nariz, lanzaban pequeños destellos de vez en vez.
Todo estaba tan callado.
Los miró un momento. Parecían la escena de una foto muggle vieja, antigua, en colores sepia o a blanco y negro. Hubieran parecido fijos, inmóviles por toda la eternidad si no hubiese soplado un suave viento y este jugara con sus cabellos; y si las manos de Trewlaney no estuvieran entretenidas formando castillos de arcilla.
Fue entonces que Minerva y Neville regresaron. Este último con el viejo gramófono en las manos. Sin decir palabra lo colocó junto a un arbusto y Minerva hizo un pase de varita. Los violines fueron los que comenzaron primero, según le pareció a Ron, y después la música se escapó como suave llovizna del vinilo. La voz de ese tipo, ya no desconocida, empezó a musitar cosas, dócil, lento, haciendo entristecer la tarde.
Es el atardecer del día,
me siento y veo a los niños jugar,
veo caras sonreír pero no para mi,
me siento y observo mientras las lágrimas pasan.
Harry, a su lado, miraba fijamente enfrente de si, a un punto indefinido, lejos, muy lejos, inalcanzable. Tal vez ese era el sitio donde él se pudiera esconder, un lugar como el absurdo donde ahora se encontraban, donde era un desconocido con un rayo en la frente.
Mis riquezas no pueden comprarlo todo,
quiero oír a los niños cantar,
todo lo que escucho es la lluvia caer en el suelo,
me siento y observo mientras las lágrimas pasan.
Algie Longbottom hizo un ademán a Neville invitándolo a sentarse a su lado. Augusta le sonrió. Neville aceptó con una triste sonrisa y de nuevo todo estuvo callado y quieto.
Es el atardecer del día,
me siento y veo a los niños jugar,
haciendo cosas que yo acostumbraba hacer,
ellos piensan que son nuevas,
me siento y observo mientras las lágrimas pasan.
Mierda. Y tan sólo era el preámbulo de la despedida. Cuando Albus se levantó con agilidad rabiosa y echó a andar hasta perderse rumbo al castillo, nadie hizo el intento de detenerlo.
Sólo el humo del cigarrillo fue marcando su ruta.
*****
Se quedaron a dormir en las comunas, sobre unas colchonetas junto a una fogata. Flitwick y Elphias intentaron relajar el ambiente sin conseguirlo. Ni Abeforth ni Albus volvieron a aparecer. La mañana se les había ido de las manos intentando hacer un desayuno decente, al igual que la magia sin los dos hermanos Dumbledore y su capacidad de sorprender a todos.
Eso fue lo que hizo aún más sorpresivo su regreso. Los dos, juntos, con pasos seguros y emanando poder. Llegaron muy serios pero al punto Albus dejó escapar una maravillosa sonrisa.
- Como esta visto que no podremos detener a estos cuatro ni convencerlos de quedarse con nosotros, sólo tenemos en las manos la oportunidad de hacer que no nos olviden.
Los aludidos se miraron perplejos. Si ya de por si se les ocurrían cosas descabelladas a todos aquellos sujetos, no querían ni pensar en lo que vendría ahora. Y no lo imaginaban.
- Había estado dándole vueltas en la cabeza, pero ahora lo he concretado. El amor lo es todo. –Dijo y cuando Neville volteó a ver a Flitwick, éste tan sólo se encogió de hombros. Albus continuó. A su lado, Abeforth espiaba de reojo las copas de los árboles. – Y por amor se escalan las más altas montañas. El amor nos hace mejores... siempre es bueno celebrar el amor.
- Y eso nos conduce a... – apuró Trewlaney impaciente.
- A eso voy Sibyl, no comas ansias – contuvo Albus con esa tranquilidad que no perdería con los años. –Somos afortunados, estamos rodeados de amor. – dijo y extendió sus brazos como si los quisiera abarcar a todos. Minerva enarcó una ceja y Agus negó con la cabeza haciendo un mohín gracioso.
- Maravilloso Albus, pero ¿a dónde quieres llegar? – preguntó esta última con un poco de impaciencia.
- ¿No lo saben aún? ¿No se los dije ya? ¡Hay que celebrar el amor! – Nadie pareció entender, se miraron unos a otros mientras Albus corría a ponerse justo en medio de Ron y Hermione, rodeándolos con los brazos. - ¡El amor se zambulle en el aire! ¡Es necesario unir estas dos almas más allá de la vida!
Los rostros ruborizados y sorprendidos de ambos chicos se hallaban completamente pegados a ambas mejillas de Albus. La pobre Hermione sólo alcanzó a musitar un ahogado "¿qué?", mientras Albus se explicaba tanto con palabras como con los molinetes que hacían sus brazos sin cesar.
- No saben si vuelvan, no saben si podrán vernos después, y nosotros tampoco lo sabemos… ¡hey, Sybil! – Exclamó apuntando a la chica con decisión – dime ¿qué ves en el futuro de estos dos?
Sybil se acomodó las gafas y contestó con tranquila seguridad – ah, eso, es bastante fácil, veo que estarán siempre juntos.
- ¿Ven? ¡Y nosotros no estaremos para celebrarlo! ¡Yo no podré estar para cantar y bailar en la ceremonia que una sus vidas! – Harry enarcó la frente, eso parecía una premonición, pero la alegría de Albus fue alejando los fantasmas. – ¡Entonces, se me ocurrió que podría celebrarlo! ¡Qué podemos celebrar la ceremonia que una sus vidas ante el cosmos…!
Un momento, ¿Albus estaba pensando lo que Harry creía que estaba pensando? Se quedó un momento con la duda en la punta de la lengua, más casi al instante la dejó escapar - ¿no estarás pensando en…?
- ¡Si! ¡Celebraremos la unión ante el cosmos de Sweet y Wazlib! ¡Tendremos una boda cósmica!
- ¡¡¿QUÉ?!! – soltaron a la vez los aludidos, mientras, Ron, horrorizado, dejaba escapar "pero sólo tengo dieciséis años".
- Lo sé Wazlib, lo sé, pero no te confundas – aclaró Albus en tono tranquilizador, aunque no tanto como para calmar al pelirrojo, - una boda cósmica no es lo mismo que una boda común. En esta última, tú tienes un compromiso ante la sociedad, te riges bajo sus leyes, tienes que vivir al lado de la persona con quién decidas hacerlo con todo y sus desventajas, ya sabes, trabajar, responsabilizarse y bla, bla, bla. En una boda cósmica no es así, la unión es sólo una confirmación de que quieres estar con esa persona el resto de tus vidas, compartir sus alegrías y sus tristezas…
- Pues a mi me suena peor que a boda común… - se quejó Ron con sorna.
- Déjame terminar y Sweet, quita esa cara de espanto… no, no es terrible, sólo estarán unidos ante el cosmos para quererse aún después de esta vida, para buscarse y encontrarse en otra época y seguirse queriendo. Para eternizarse y volverse uno y que nunca nadie jamás interfiera… claro, puedes negarte en dado caso que no te moleste pensar que en otra era, en otra época, Sweet pueda encontrar su alma gemela en otro… - las palabras dichas con aparente indiferencia lograron que Ron reaccionara como si le hubiera caído agua hirviendo, miró a Hermione furioso mientras Albus preguntaba contento – entonces ¿qué dices?
Seguro ni pensó en lo que se metía cuando dijo totalmente convencido – que acepto.
Hermione lo miró con la boca abierta y Harry puso los ojos en blanco. Si después se arrepentía no se debería de quejar. Aceptaba como lo aceptaba todo, por impulso… ¿es qué jamás iba a pensar las cosas antes de hacerlas? Por suerte estaba Hermione.
- ¡Muy bien, Abe será el padrino! Nos veremos mañana a las diez fuera de la cabaña del guardabosque. –Arregló Albus sin dudarlo.
- Pero… - Quiso protestar Hermione, sólo que la voz agria de Ron la interrumpió.
- ¿Qué? ¿Es que no quieres?
- ¡Por supuesto que no quiero! ¡Es un compromiso enorme!
- Te gustan los compromisos, te encantan los compromisos – remarcó Ron con las orejas muy rojas – entonces no veo el problema, ¿o acaso esperas encontrar un alma gemela en otro lado? ¿En alguna otra época?
- ¡Ron, por dios, esto es absurdo!
- No, no lo es, pero si no quieres bueno, ya buscaré yo quién quiera – y al decir eso se levantó furioso.
Las mejillas de Hermione hirvieron, "oh, no", pensó Harry y se llevó la mano a la frente. Ni se sorprendió, cuando su amiga, en un arrebato, se unió a esa locura diciendo – ¡entonces yo también acepto!
Un grito salvaje fue la respuesta de todos. Ahí lo tenía, ¿para que confiar en ninguno de sus amigos si sabía muy bien como eran? No en balde siempre estaban metidos en problemas. Mientras Harry se lamentaba mentalmente de los arrebatos de sus dos amigos, ya los demás danzaban levantando al viento una canción.
A medias oyó que hablaban de un sueño y de espíritus danzantes o algo así. Comprendió que sólo había una forma de sellar el compromiso y era esa. Albus y Abeforth saltaron hacia el frente y se dispusieron a danzar como invocando mejores tiempos. Invocando un sol radiante alejado de nubes borrascosas. Ah, bowakawa possé posse, decían y cerraban un plan ideado por ambos.
El día histórico había llegado.
*****
Otro capítulo, con el final a la vuelta de la esquina, muchas gracias a quienes me han seguido hasta aquí con paciencia. Muchas gracias por sus comentarios que animan a continuar. La canción en la que pensaba para enmarcar la escena entre Abeforth y Ron, era la de Crazy Diamond, de Pink Floyd, pero no lo especifiqué, claro, puede ser ese el esbozo que se escucha en la lejanía junto con el barullo de alumnos, o puede ser cualquier otra, ustedes decidan. La canción que bailan Neville y McGonagall es La chica de negro de los Beatles. La que escuchan en el preámbulo de la despedida es Mientras las lágrimas pasan de los Rolling Stone y la que bailan Albus y Abe y da nombre al capítulo, es Sueño número 9 de John Lennon.
