Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.

¡Aquí va el segundo capítulo! Pondría un trigger warning de infodump, pero creo sinceramente que hay información relevante para ciertos personajes más adelante. A esto me refería cuando avisaba de que era un poco lento, me gustó tomármelo con calma :P. ¡Muchas gracias por leer y comentar!

La corrección va bien. Os llevo unos 18 capítulos de ventaja (he empezado a corregir el 20, una escena de Dabi, la segunda que escribí de él, que formaba parte del inicio del fic y ahora está en la mitad, ha ido saltando hacia adelante con ganas xD) y además ya están revisados y listos para colgar (salvo estas notas de enrrollarme) hasta el número 5.


UNA SOCIEDAD QUE TEME

Pensando una y otra vez que aceptar acudir a la terapia de grupo ha sido un error, Hitoshi Shinsou intenta que su expresión corporal no trasluzca su pesimismo. La sala es menos acogedora de lo que había esperado inicialmente y sigue sin sentirse cómodo en ella. Su única referencia de las terapias de grupo hasta haber comenzado esta han sido las que aparecen en películas y series, pero no había esperado que su imagen mental fuera tan similar a lo que está viviendo. La sala es aséptica e impersonal y, aunque la iluminación es cálida, resulta demasiado brillante para las paredes claras, que reflejan la luz y la hacen más parecida a la sala de espera de un hospital que a la acogedora consulta de su psicóloga, alfombrada y con cómodas butacas en las que sentarse, un diván donde reclinarse, o un escritorio con sillas cómodas si desea algo más formal o protocolario.

Son cinco personas incluyéndole a él, además del terapeuta. Hitoshi ha tenido que desplazarse desde Musutafu hasta Nagoya, casi dos horas de viaje, pero su psicóloga le ha hablado muy bien de estas sesiones de grupo, del psicólogo que las dirige y está relativamente segura de que puede ser beneficioso para su terapia en el punto en el que se encuentra. Ha sido difícil conseguir un hueco en uno de los grupos: además del informe de su psicóloga, ha tenido que soportar tres incómodas entrevistas a través de videollamadas con el terapeuta. Incómodas, porque al menos a su psicóloga la conoce desde hace tres años, tiempo suficiente para que esta haya conseguido su confianza.

Tampoco comprende muy bien algunas de las cuestiones que el terapeuta ha insistido en plantear durante el proceso. «¿Qué importancia tiene eso?», había preguntado Hitoshi, exasperado, durante la primera entrevista, cuando el terapeuta, tras un exhaustivo, aunque con mucho tacto, interrogatorio acerca de qué estudiaba, de sus relaciones familiares, sociales, le había preguntado acerca de su vida romántica y sexual. La respuesta, amable y comprensiva acerca de la necesidad de información para poder trabajar adecuadamente y ajustar el grupo de la terapia a sus características concretas, no le había resultado satisfactoria, pero al final había contestado: «Ninguna. Ni sexual, ni romántica».

«¿Por decisión propia?». Hitoshi había contestado que no, pero no había dado más explicaciones y al terapeuta había parecido bastarle. No es algo que se plantee, porque no hay manera de trabar confianza con ninguna persona más allá de la inevitable explicación sobre cómo funciona su Don. Mientras el resto de la gente suele hablar con más o menos entusiasmo del suyo, normalmente antes incluso de que haya una cita formal, la simple mención de que Hitoshi puede controlar las acciones de alguien con solo contestar una pregunta suscita suficiente desconfianza como para terminar cualquier relación incipiente en ese punto. Ha probado a dilatar el momento lo más posible, a explicarlo desde el primer minuto con el máximo tacto que ha podido, a tratar de esquivar el tema, pero en una sociedad con Dones, a la gente le parece un tema importante. Unas personas, porque consideran que es algo interesante de lo que charlar para romper el hielo. Otras, porque creen en las compatibilidades entre Dones como si de un horóscopo se tratase. Las menos, porque quieren presumir del que tienen o averiguar si el de Hitoshi es peor. En cualquier caso, los reparos de sus posibles intereses románticos a contestar cualquier pregunta por miedo a terminar coaccionados acabaron con las ganas de ligar de Hitoshi.

Tras terminar la entrevista con el terapeuta, Hitoshi había apagado la cámara de su ordenador, suponiendo que la propuesta de participar en una terapia de grupo había fracasado ahí. Un estudiante huérfano desde los cinco años que se saca un dinero extra trabajando por horas en una konbini, cuya vida social estriba en las escasas y mínimas conversaciones con sus compañeros de clase, trabajo o piso, que no tiene ni ha tenido pareja jamás y sin más experiencia en el sexo que intercambiar su mano izquierda por la derecha de vez en cuando, no debía haber suscitado interés alguno en el terapeuta a cargo de las sesiones grupales.

Se había equivocado. El terapeuta había concertado una segunda entrevista con Hitoshi, donde le explicó las dinámicas básicas y, antes de cortar la llamada, había dado a entender que quizá la decisión de no relacionarse con otras personas sí fuese de Hitoshi, aunque no fuera consciente de ello, y que hablar con otras personas abiertamente, escucharlas e intercambiar experiencias podría beneficiarle mucho en ese aspecto concreto, aunque no fuese el objetivo principal de la terapia de grupo.

Y aquí está ahora. Es la tercera sesión a la que asiste: una al mes. No es el único que se desplaza desde otra ciudad, así que asume que el terapeuta ha conformado el grupo de manera intencionada. Hitoshi sólo ha intervenido el primer día para presentarse, escuetamente y sin demasiados detalles, y el resto para saludar y despedirse. Sí ha escuchado todo lo que el resto tenían que decir y ha memorizado sus nombres y Dones. Los cinco tienen el mismo diagnóstico en común: frustración por el Don que poseen y la influencia que esto ejerce en su día a día, algo con lo que Hitoshi lleva lidiando durante todos estos años de terapia psicológica. Lleva ahí, incrustado en su interior, toda la vida, pero primero el fallecimiento de su madre, la ausencia de una figura paterna o familiar que pudiera hacerse cargo de él a una edad en la que ya era capaz de comprender lo que sucedía a su alrededor, crecer en un orfanato y todo lo que ello conllevó hizo que los primeros psicólogos con los que trató durante su infancia y adolescencia se centrasen más en esos aspectos que en el rechazo que siente la sociedad hacia Dones como el suyo y la frustración y ansiedad que eso le genera aunque no la exteriorice.

—Shinsou, ¿qué piensas tú? —pregunta el terapeuta. Hitoshi entrecierra los ojos, hostil a la pregunta. Hagakure, una mujer de Shizuoka cuya edad ha sido incapaz de determinar por la textura de su voz y cuyo Don es ser invisible, lleva varios minutos despotricando sobre la desconfianza que ha encontrado en todas las parejas o intentos de amistad a lo largo de su vida. Los guantes que lleva en la mano le permiten la expresividad que no poseen sus rasgos faciales.

—No lo sé —se limita a responder, encogiéndose de hombros, a pesar de lo certero de la pregunta, que indica que el terapeuta ha estudiado a fondo su perfil y llegado a conclusiones correctas. A pesar de que ya llevan tres sesiones y el esfuerzo de desplazarse hasta allí es considerable, Hitoshi no es capaz de encontrar la motivación para participar activamente.

—¿Te ha supuesto tu Don un problema a la hora de encontrar amigos o pareja? Quizá Hagakure y tú compartáis experiencias similares y saber cómo habéis hecho frente a ellas pueda daros herramientas que...

—Da igual, el problema sigue sin ser nuestro, ¿no? Son ellos quienes prejuzgan nuestro Don, nuestra apariencia física, sin darnos la oportunidad de conocernos —dice Innsmouth con expresión enfadada. Es un hombre de unos cuarenta años que se negó a dar su nombre real alegando que el apodo que ha elegido es mucho más acorde a su apariencia. Tanto él como Tokoyami tienen un aspecto poco humano, uno con extremidades y tentáculos de pulpo que salen de su mejilla, con ventosas repartidas por todo el cuerpo y el otro una cabeza de pájaro negra y tenebrosa a juego con la pequeña sombra que, debido a la intensa iluminación, se esconde detrás de su espalda y no se deja ver demasiado.

Hitoshi asiente, mostrándose de acuerdo con él. De pequeño, en una ocasión, en una actividad extraescolar de arte, había conocido a un chico llamado Mezo Shoji. Su aspecto era intimidante: más alto que el resto de niños, con tres grandes brazos unidos por membranas que reproducían sus sentidos. No había niño en aquella academia más solicito y amable. Y tampoco ninguno más solitario que él, que solía pintar concentrado en sus lienzos, ignorando al resto. Hitoshi lo había observado durante todo un trimestre, pero nunca se había animado a charlar con él, no quería ver rechazo en los ojos de alguien rechazado.

Aunque el terapeuta mantiene los ojos fijos unos segundos en Hitoshi y aprieta los labios con descontento por su escueta respuesta, se conforma con el asentimiento de Hitoshi y presta atención a lo que Innsmouth está diciendo, aprovechando el turno de palabra.

—Yo creo... — Shinichiro Miki se lame los labios, haciendo una pausa tras llamar la atención sobre sí mismo. Es un hombre afable. Habla pausadamente, aunque sus movimientos suelen ser decididos y está acostumbrado a gesticular mientras conversa. Es el más mayor de la terapia, Hitoshi calcula que debe rondar los sesenta años. Un poco fondón, es el más optimista de los cinco y el que menos comprende Hitoshi qué hace en la terapia, pues no parece a disgusto con su Don—. Creo que es fundamental reconciliarse con el Don de uno mismo porque es algo que puedes hacer por tu cuenta. Cambiar la sociedad es algo que tiene que ocurrir poco a poco, pero ser capaz de reconciliarte con tu Don es un buen primer paso.

—Creo que tienes un buen punto ahí, Miki —dice el terapeuta con un asentimiento de aprobación.

—Es fácil para ti decirlo —repone Tokoyami, sin variar el gesto de su expresión—. Tú tienes un buen Don. Ha habido héroes con Dones como el tuyo.

—¿Quieres hablarles de eso, Miki? —pregunta el terapeuta, mirando atentamente al hombre, que se mira las manos con aire pensativo.

—A la gente... —Shinchiro Miki habla tranquilamente, como siempre, pero algo en su voz es lo suficientemente carismático como para que Hitoshi se incline ligeramente hacia adelante para escucharlo—. Puede parecer un buen Don, pero no lo es. La gente quiere saber. Quiere certezas. Y yo puedo tener una certeza: ir a este sitio, saber dónde debo ir con mi taxi para tener más clientes o, simplemente, que debo girar a la derecha para evitar un atasco o prever que el coche que va delante de mí va a dar un frenazo. Pero esa certeza puede cambiar: Alguien toca un claxon y el coche de delante ya no frena y la certeza desaparece. Pero eso no es lo que la gente quiere escuchar. Quieren oír cosas buenas, cosas que les gusten. Y yo sólo quiero que mi Don sirva para ser el mejor taxista de Osaka.

—¿Utilizas tu Don conscientemente? —pregunta Hitoshi, rompiendo su sempiterno silencio, asombrado. Es la primera vez en las tres sesiones de terapia que Miki insinúa algo así. El hombre sonríe levemente, pero no contesta.

—Recordad que lo que se habla aquí dentro es confidencial, no podemos divulgarlo ni contarlo a otras personas y que no juzgamos a nadie por lo que dice —advierte el terapeuta que, no obstante, mira a Hitoshi con curiosidad y no con reprobación por su pregunta. A este le importa un comino la confidencialidad y no será quien vaya a denunciar a un taxista por utilizar su Don para no tener accidentes. Lo que lo desazona es la oportunidad que el hombre tiene de desarrollar su Don y beneficiar al resto y a sí mismo, algo que para Hitoshi no es más que una aspiración sin opciones a cumplirse.

—Supuestamente, hacen falta licencias y permisos para hacer eso. Pero... ¿cómo evito yo una certeza en mi cabeza, un presentimiento que sé que va a cumplirse porque lleva haciéndolo sesenta años? —pregunta el hombre, a medio camino entre la lógica y la amargura.

—Podrías haber sido un héroe —insiste Hitoshi, un poco dolido porque a él sí se le negó esa posibilidad, sin poderse creer del todo que el hombre prefiera conformarse con ser taxista.

—No quería ser un héroe. Mejorar la vida de la gente está bien, pero... No puedo salvar a todo el mundo. No quiero cargar con esa responsabilidad. La vida de héroe no es para mí. Tampoco sé nunca las consecuencias de mis premoniciones. Son... neutrales. Tengo una mujer maravillosa que es mi mejor amiga, dos hijas inteligentes y preciosas que son la alegría de mis ojos y un taxi que me permite ganarme cómodamente la vida. ¿Por qué iba a estar mal eso sólo porque a veces mi Don me ayude a realizar una buena acción, evitar un accidente o recoger a una anciana antes de que la atraquen?

«Porque es ilegal utilizar tu Don para obtener una ventaja lucrativa sobre otras personas», masculla Hitoshi mentalmente, aunque en realidad está de acuerdo con él y comprende que su sueño de ser un héroe no tiene por qué ser universal a todo el mundo, que cada uno tiene sus aspiraciones y sueños.

—Podrías hacerlo, basta un permiso —interviene Hagakure, que probablemente, debido a su condición de invisibilidad permanente, haya tenido que tramitarlo en más de una ocasión, aunque Hitoshi no sabe exactamente a qué se dedica.

—Pero entonces, se sabría. Seguiría siendo interferir en las tareas de los héroes, en cualquier caso. Y probablemente alguien querría sacar provecho —comprende Hitoshi, en voz alta—. Se sentiría responsable si alguien le pide que adivine algo y no lo consigue. —Shinchiro Miki asiente, dirigiéndole una mirada de simpatía, e Hitoshi comprende por fin qué hace el hombre en ese grupo y cuáles son las similitudes que comparten: aprender a vivir en una sociedad que te juzga por tu Don. «O la falta de él», piensa al recordar a Midoriya y los años de la escuela, su sufrimiento al ver los Dones del resto desarrollarse y las burlas constantes de todo el entorno.

Una imagen de Shinchiro Miki rodeado de personas que le exigen respuestas sobre su futuro se combina en la mente de Hitoshi con los gestos de desconfianza y desprecio cada vez que hace una pregunta a alguien que sabe cómo funciona su Don o tiene una idea aproximada, como si Hitoshi estuviera deseando hacerse con el control de las mentes de todo el mundo que le rodea. Por primera vez en todas las sesiones que llevan, Hitoshi se retrae sobre sí mismo y deja de prestar atención a la conversación, meditando en lo que el taxista ha contado hasta que el terapeuta da por finalizada la sesión y se despide de ellos.

Hitoshi se queda sentado en su silla, incómodo, mirando todavía sus manos y pensando en cómo ha cambiado su concepto sobre el taxista de Osaka en apenas una sesión. Por primera vez, siente que algo de lo que han hablado ahí le ha removido algo por dentro y ha despertado su interés. El terapeuta parece pensarlo también, porque se acerca a él para felicitarle por su progreso y animarle a seguir participando en las siguientes sesiones como lo ha hecho hoy. Hitoshi se muerde la lengua para no decirle que no es un animal que necesite refuerzo positivo, pero supone que, en realidad, sí lo es. Y que su psicóloga le felicitará en la siguiente sesión también, pues suele preguntarle por sus actividades en la terapia de grupo.

Al conectar el teléfono, mientras el resto se levanta, charlando sobre trivialidades, con la confianza cómoda generada tras las confidencias que se han compartido en la sala, este vibra un montón de veces, indicando la llegada de muchos mensajes a la vez en el grupo de chat que tiene con sus compañeros de piso. Nunca hablan demasiado por allí, más allá de la lista de la compra y los turnos de limpieza o si alguien va a llevar algún acompañante nocturno, algo que Hitoshi nunca hace, pero parece que esa tarde están hablando más de lo normal. Se pregunta qué puede haber pasado, pero pronto se da cuenta de que no es algo suyo, porque al levantar la vista ve que no es el único: el móvil de Hagakure flota en el aire, con una música pegadiza cada vez que entra un mensaje y la sombra oscura de Tokoyami cotillea por encima del hombro de este, que desliza la pantalla hacia abajo con preocupación.

—¿Pasa algo? —pregunta el terapeuta, interpretando correctamente el estado de ánimo de todos.

—Oh, dioses —susurra la voz aguda de Hagakure. Las voces más graves de Innsmouth, Miki y Tokoyami se unen a su exclamación de sorpresa también, mientras Hitoshi lee rápidamente los mensajes de sus compañeros. El terapeuta ha empezado a buscar su teléfono móvil también, intrigado por la repentina seriedad de todos.

—Gunkanjima —murmura Hitoshi, impresionado y aterrorizado por los recuerdos de quince años atrás, durante su infancia, y la guerra de los héroes contra los villanos que consiguieron acabar con el símbolo de la paz—. Ha habido una brecha de seguridad y la Liga de Villanos ha escapado de la prisión de Gunkanjima.

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«Dicen que nadie sabe por qué las barreras cayeron».

«Tiene que ser un complot, han debido recibir ayuda externa».

«Hawks pudo llegar a Tokio para avisar, pero cuando loa héroes llegaron a Nagasaki, todo estaba reducido a cenizas».

«Un fuego azul muy potente».

«Una destrucción como no se veía desde hacía casi quince años».

«El gobierno está a punto de declarar el estado de sitio».

Izuku se siente desasosegado por los comentarios que salpican todas las conversaciones que escucha en el trayecto hasta el campus de la universidad de Musutafu. Algunos de los rumores no han salido en las noticias, está seguro, porque ha visto dos informativos y leído tres medios digitales antes de salir de su casa. A pesar de que no parece hablarse de otra cosa, la información oficial es escasa y repetitiva, más centrada en prevenir y tranquilizar a la población que en esclarecer dudas. Mientras espera en una esquina, sujetando las tiras de su mochila con fuerza, tensándolas, observa una mayor presencia policial en las calles, pero no un aumento significativo de héroes profesionales o de sus ayudantes, aunque la razón de esto la sabe porque basta cotejar sus cuadernos de análisis de héroes para el futuro para darse cuenta de que la cantidad de héroes se ha reducido significativamente en los últimos años.

—¡Izuku! —Al oír su nombre, Izuku se vuelve hacia Hatsume, que camina rápidamente hacia él con una sonrisa que destaca en los gestos circunspectos del resto de peatones, mayormente estudiantes como ellos que se dirigen a los edificios del campus.

Por un momento, la rutina de esperar a su compañera todos los días para ir juntos a clase dota a todo de una sensación de irrealidad; un mundo dividido en dos: por un lado, varios de los villanos más peligrosos del mundo, capaces de destruir todo Japón sin miramientos, en libertad. Por el otro, la vida sigue con normalidad, más allá de rumores susurrados con angustia, miradas y furtivas y rostros serios.

—Buenos días, Hatsume —Izuku le corresponde la sonrisa con un saludo de la mano, contento porque el ánimo de la chica sea capaz de traspasar la desazón de las noticias.

Cuando la chica llega a su altura, se lanza sobre él y lo abraza con fuerza. Izuku consigue compensar el impacto justo a tiempo para no caer hacia atrás con ella encima, como ha ocurrido en otras ocasiones. Hatsume, es varios centímetros más alta que él, mucho más impetuosa y, cuando toma una decisión, es imparable. También es inteligente, perspicaz y muy lógica y, sin duda, la mejor amiga de Izuku.

La conoció en la U.A. Iban a la misma clase, pero Izuku apenas había prestado atención a nada más allá de su nombre, así que su primer recuerdo real data de un par de semanas después de empezar el curso, cuando Izuku todavía estaba un poco perdido en la academia. Él había querido entrar en el departamento de héroes y todavía estaba más ensimismado observando a los escasos candidatos que habían conseguido superar las pruebas de acceso, todos reunidos en una misma clase a diferencia de cursos anteriores, y anotando sus Dones en un cuaderno para seguir sus trayectorias.

Izuku iba ensimismado en uno de esos cuadernos, admirado por la capacidad de una de las chicas de la clase A para utilizar las características físicas de su Don de rana para atrapar objetivos y trepar paredes, cuando una puerta explosionó a su lado, derribándolo al suelo con violencia. Aturdido, Izuku había abierto los ojos, tosiendo a causa del polvo y el humo, para encontrarse con que el peso que sentía sobre su cuerpo se debía a una chica de cuerpo atlético, pelo rosa y unos iris en forma de radar que lo miraba con curiosidad.

«Una chica», había pensado Izuku, tragando saliva muy fuerte, poniéndose rígido. «Tengo una chica encima. Encima. Demasiado cerca».

Hatsume no parecía haberse dado cuenta del dilema de Izuku, que había cerrado los ojos con fuerza al notar el tacto de lo que él había creído los pechos de la chica, y se había levantado con energía. Cuando Izuku se atrevió a volver a abrir los ojos, ella había tendido una mano hacia él con una enorme sonrisa optimista y llena de determinación.

«Mei Hatsume. Puedes llamarme Mei», había dicho cuando Izuku había aceptado su mano, tirando de él para levantarlo con tanto ímpetu que las manos de este, que trataba de equilibrar el fuerte tirón, habían acabado en el mismo sitio que había querido evitar tocar. Hatsume, lejos de ofenderse, se había reído con fuerza cuando Izuku había levantado las manos hacia el cielo, en una imitación del gesto de rendición.

«1-E, Departamento de apoyo», había dicho, sin darle tiempo a disculparse, todavía sonriendo, como si no le importase la vergüenza que estaba pasando Izuku, que estaba valorando postrarse en el suelo para pedir perdón por su sonrojada indiscreción. En su lugar, se presentó y aclaró que, en realidad iban a la misma clase.

—Me alegro mucho de verte —dice Hatsume cuando ambos retoman el camino hasta la facultad.

—Me ves todos los días —responde Izuku, negando con la cabeza.

—Estaba preocupada. ¿No te has enterado? —Izuku asiente, imaginando que se refiere al tema que parece ocupar a todo el mundo—. Por lo visto, hay gente intentando abandonar el país, no hay suficientes billetes de barco y avión y algunos países han hablado de cerrar las fronteras.

—¿En serio? —Izuku frunce el ceño, intentando valorar rápidamente las ventajas de irse del país, pero él y su madre no podrían hacerlo: les faltan recursos económicos para algo así. Y tampoco tendrían dónde ir.

—También dicen que hay gente sin Don que... —Hatsume se interrumpe, mirando a Izuku con preocupación, pero este mantiene la vista al frente y el gesto inexpresivo—. Bueno, unos dicen que están aterrorizados porque no tienen capacidad de defenderse como las personas que sí tienen Don y por eso huyen del país. Otros, que no son sólo las personas sin Don y que están dirigiéndose a las islas del norte para alejarse lo más posible de los villanos hasta que los héroes arreglen todo esto. Y... por lo visto All for One, hace muchos años, daba Dones a la gente que los quería y podía quitárselos a quienes no les gustaba su Don.

—¿Quién ha dicho eso? —No pregunta a quién puede no gustarle su Don, porque recuerda un caso: Hitoshi Shinsou. Él e Izuku fueron juntos a clase y, si Izuku no tenía Don y eso era motivo de burlas, el Don de Shinsou provocaba pánico. Se rumoreaba que en el orfanato gobernaba a todos los niños con los que compartía habitación con el poder de su mente, aunque Izuku nunca dio crédito a esos pábulos al ver cómo el propio Shinsou parecía disgustarle su Don. Y sobre alguien que desee un Don aunque fuese conflictivo como el de Shinsou... bueno, el propio Izuku es un buen ejemplo de ello, aunque le horroriza la mera idea de plantearse siquiera unirse a la Liga de Villanos a cambio de un Don.

—No lo sé —admite Hatsume, que habla tan rápido que Izuku tiene que concentrarse para entenderla—. Pero tiene sentido, ¿no? Mi madre dice que cuando lo detuvieron, tenía muchos Dones y que en más de una ocasión había dado Dones a villanos subalternos suyos. Y que el único con suficiente poder para detenerlo había sido All Might.

—Ya... —Eso al menos sí tenía algo de cierto. Izuku no olvidará jamás la imagen del televisor cuando All Might, en un complejo rescate de un joven Katsuki Bakugou de manos de la Liga de Villanos, había conseguido derrotar a All for One, alzando su puño victorioso una última vez y señalando a todos los que veían la gesta, cediendo su relevo. Aunque aliviado por el rescate del chico que tanto le había llamado la atención en el festival deportivo, el Izuku de siete años había llorado desconsolado durante días por la caída de su ídolo. Dynamight, que acabaría ocupando ese hueco, no se estrenaría como héroe profesional hasta un par de años después, así que había sido una gran pérdida para Izuku.

—Yo creo que los héroes lo solucionarán todo —dice Hatsume, con confianza, rozando el brazo de Izuku y sonriéndole con amabilidad.

—¡Sí! —asiente Izuku, contagiado de su confianza—. Dynamight nunca permitirá que esos villanos acaben con la paz que legó All Might.

La carcajada de Hatsume, la misma que cada vez que Izuku expresa su admiración por el héroe explosivo, ni siquiera le importa, porque la fe que tiene en él es inquebrantable. Nunca ha sabido por qué Dynamight eligió Musutafu para establecer su agencia habiendo ciudades más grandes y prestigiosas donde hacerlo, pero es algo que en la actual situación le da seguridad extra porque jamás ha visto a Dynamight rendirse en ninguna situación, por peliaguda que fuese y, tras la retirada de All Might, había ascendido, inexorable, hasta el primer puesto del ranking de héroes.

—Es el mejor héroe —insiste, dispuesto a defender el honor del héroe si Hatsume, a la cual le gusta tomar el pelo a Izuku, le lleva la contraria.

—También está Shouto como protector de la ciudad —dice esta en tono burlón, e Izuku comprende que ella también está preocupada por la situación y que hacerle rabiar la ayuda a racionalizarla.

—Tienes razón. —El hijo del antiguo héroe número uno y actual héroe número dos del ranking también estableció una sucursal de Endeavour en la ciudad, así que gran parte de la desazón de Izuku desaparece al recordarlo, confiando en que posiblemente Musutafu sea más seguro que cualquier otra ciudad de Japón en estos momentos gracias a la presencia de los dos mejore héroes del país.

—Buenos días, Katô-sensei. —Ambos saludan a le profesore de Aplicación Práctica de Materiales al entrar en el aula que hace las veces de laboratorio y taller de prácticas.

—¿Trabajamos juntos hoy? —pregunta Hatsume, dejando caer la mochila encima de una mesa y volcando parte de su contenido hasta dar con unos guantes de trabajo.

—De acuerdo —responde Izuku, rebuscando más elegantemente en la suya en busca de unos similares y de su estuche de herramientas.

—¿Propulsores?

—Me parece bien. —Hatsume lleva trabajando en ello varios días e Izuku le ha estado echando un cable. Ella es mucho mejor inventora que él, tiene más talento, más intuición y es más decidida, pero Izuku es el segundo mejor estudiante de la clase y sus aportaciones son más que bienvenidas. Y, además de aprender de su amiga, es una forma de corresponder que ella siempre le ayuda a él con sus propios proyectos.

Ignorando deliberadamente las risitas burlonas de uno de los grupos de chicos que está en el fondo del aula, trabajando también juntos, los dos se sientan en una de las mesas de trabajo mientras Hatsume empieza a explicarle a Izuku sus avances más recientes. Eso consigue que Izuku ignore completamente a los idiotas que se ríen y no necesite averiguar si es su falta de un Don adecuado para la creación de objetos, algo absurdo dado que el de Hatsume tampoco lo es y sigue siendo la mejor de la clase con diferencia, por la ausencia total de Don o por el empeño que parecen tener algunos en creer que Hatsume y él son algo más que amigos.

Tras aquel accidentado encontronazo, ambos habían comenzado a saludarse en los pasillos y en el aula, pero lo que había terminado de unirlos había sido el festival deportivo. Estando los dos decididos a ganarlo, Izuku porque quería mostrar su valía como héroe y Hatsume porque quería mostrar al mundo sus primeros bebés, como ella misma los denominaba, habían acabado aunando fuerzas para superar la segunda prueba eliminatoria y de esa manera habían conseguido clasificarse en los duelos individuales. Izuku había perdido ante el lavado mental de Shinsou en el primer enfrentamiento, que no obstante no había conseguido pasar del siguiente combate, y Hatsume había sacrificado su continuidad en el torneo para publicitar con éxito sus inventos pero, tras finalizar el festival, ambos habían empezado a hablar más a menudo, descubriendo que vivían relativamente cerca, y la compañía mutua para ir a clase durante aquellos años había dado lugar a una amistad cómplice que había continuado tras graduarse en la U.A. y decidir los dos completar sus estudios en la misma carrera y universidad.

—No los hagas caso, son unos gilipollas —murmura Hatsume con una sonrisa concentrada mientras trabajan que contradice sus palabras.

—Estoy acostumbrado —suspira Izuku. Hatsume lo mira brevemente, e Izuku sonríe para mostrarle que no está afectado, porque es cierto. No son sólo las habladurías que han corrido por la facultad y, anteriormente, por la U.A. de que él y Hatsume mantienen una relación romántica. Soportar los comentarios despectivos y las burlas tanto en el colegio como en la U.A. por su empeño en acceder a la especialidad de héroes sin tener un Don había acabado por hacerle insensible a según qué rumores.

Además, está bastante seguro de que Hatsume no le gusta. No de esa manera, desde luego. Una vez se había acostumbrado a los abrazos impetuosos y a charlar con una chica, algo que hasta ese entonces nunca había hecho, ni siquiera en el colegio, donde todo el mundo se mantenía discretamente apartado de él, había dejado de ponerse nervioso en su presencia y ante su contacto físico, encontrándose cómodo por primera vez en una relación con alguien que lo ve como un igual y no una persona inferior. Había sido Hatsume quien le había consolado, sujetándole la mano con fuerza para sostenerlo, cuando All Might había alzado el puño, perdiendo su imponente forma tras derrotar a All for One. Quien lo había motivado y animado a desarrollar su talento en la U.A. Quien, cuando se había enterado de que Izuku no tenía Don, se había encogido de hombros, argumentando que eso no hacía que su amigo fuera una persona diferente.

—Midoriya, Hatsume. ¿Algún problema? —Le profesore Kairi Katô se ha acercado a ellos, frunciendo el entrecejo al mirar al fondo del aula, donde las risitas no tardan en transformarse en silencio. Ese día, le profesore ha utilizado su Don para moldear su cuerpo en la forma de un joven andrógino, delgado y alto de semblante azulado con listas de color pardo en las mejillas. Lo único que no cambia de su aspecto es su largo pelo oscuro peinado en un par de largas trenzas que adorna con un lazo.

—No consigo encontrar el equilibrio exacto para que el combustible no ahogue el motor al exigir un aumento de potencia puntual —responde Hatsume, que ni siquiera se ha percatado de que la pregunta de le profesore no era al respecto de su trabajo.

—¿Hoy han tocado propulsores? Pensaba que querrías aprovechar a avanzar en la tela antirretroceso, Midoriya.

—Quizá mañana —dice Izuku, sonriendo de lado. Además de Hatsume, Katô es la única persona que conoce los detalles del diseño en el que trabaja, pues ha accedido a tutorizarle el trabajo de final de carrera.

—Es un bebé similar a los propulsores del héroe Ingenium, pero mejorado —explica Hatsume con inmodestia, ajena a cualquier conversación que no tenga que ver con su invento, embarcándose en una entusiasta demostración sobre cómo Izuku y ella han conseguido reducir el peso de los radiadores sin disminuir su eficacia, que le profesore sigue con interés, asintiendo.

Izuku se distrae y desconecta de la conversación, súbitamente inmerso en la idea de poder usar la misma técnica de reducir el peso del material a la tela antirretroceso que quiere desarrollar para Dynamight, cayendo en la cuenta de que conseguir una tela así de ligera y fuerte haría que todos los héroes que tuviesen objetos de material pesado, como las mismas granadas del héroe explosivo, podrían aumentar su movilidad y capacidad de reacción.

—Sería mucho más resistente que la malla o el plástico y, al mismo tiempo, dúctil y ligera. Todas las ventajas del metal aunadas con las del plástico, así que funcionaría en cualquier parte de su traje y herramientas —murmura Izuku, sin darse cuenta de que le profesore Katô y Hatsume han interrumpido su conversación y ahora le escuchan atentamente—. Además, podría soportar las altas temperaturas de la propulsión y el propio sudor de Dynamight podría alimentar con explosiones motores microscópicos y conseguir que la propulsión contrarreste el retroceso de los brazos al utilizar el ataque especial de...

—Siempre que sea capaz de mantener la concentración de generar diminutas explosiones en un segundo plano de su mente sin dejar de trabajar —interviene en ese momento Katô con voz suave—. No debes olvidar que el objeto de soporte tiene que ser eficaz y también facilitar. La línea entre algo que se puede solucionar con entrenamiento y la de algo que puede distraer en una intervención con villanos es muy fina. —Izuku parpadea, pensativo, y niega con la cabeza.

—¡Oh! Pero él lo hace constantemente, fíjese —dice al tiempo que revuelve en su mochila en busca de su libreta de héroes. Ya ha cambiado de cuaderno en varias ocasiones, llenando todos de análisis concienzudos de los héroes profesionales a lo largo de los años de su infancia y adolescencia, pero este en particular está centrado en Dynamight y contiene todos los apuntes que ha recopilado en busca del objeto de soporte más adecuado para los brazos del héroe.

—¿Qué es eso?

—Sus cuadernos de análisis de héroes para el futuro —explica Hatsume, bajando el tono e inclinándose adelante, como si fuese un secreto, burlona—. Lo raro es que no se lo haya visto antes. Lleva haciéndolo años, cuando lo conocí siempre iba con uno encima, pero ahora debe tener varios ya llenos.

—Es... Pensé que podría serme útil aprender cómo se mueven y comportan los héroes en diferentes situaciones y cómo utilizan su Don si algún día... —No termina la frase, pero no es necesario, porque le profesore comprende perfectamente lo que quiere decir. Después de casi cuatro años de carrera en los que elle le ha impartido varias asignaturas, sabe bien cuál ha sido su dilema vital.

—Nunca dejas de sorprenderme, Midoriya —ríe Katô, y la carcajada suena como un gorgoteo de agua. Izuku se apresura a anotar con un lápiz el dato en un margen del cuaderno para pensar en ello más tarde y le profesore levanta las cejas, curioso—. ¿También anotas sobre mí?

—No se libra nadie. Es agotador. Sobre mi Don tiene al menos tres páginas llenas. —dice Hatsume con voz hastiada y poniendo los ojos en blanco.

—¡Mei! —protesta Izuku, avergonzado, pero la chica le guiña un ojo descaradamente, sin disculparse.

—¿Y qué es lo que sabes, Midoriya? —pregunta Katô con curiosidad.

—¡Oh! —Izuku asiente e, intentando recordar todos los datos que puede, coge carrerilla—. Sus ojos disponen de un músculo extra que le permite ajustar la mira telescópica a...

—Digo de mi Don, Midoriya —le interrumpe amablemente Katô, volviendo a reír. El sonido vuelve a estar ahí, ligeramente burbujeante.

—Lo siento, profesore, entendí mal —ríe Izuku, sonrojándose y colocándose un mechón de pelo tras la oreja. Se ha dejado crecer el pelo desde que entró en la universidad años atrás y, aunque se hace una coleta cuando están trabajando en el taller, varios mechones rizados suelen tender a escapar de ella.

—¿Entonces? —insiste Katô, animándole con un gesto de simpatía.

—Sé... que es un Don basado en agua. Creo que la maleabilidad de sus células se debe a la cantidad de agua dentro de su cuerpo y su facilidad para sustituir unas células por otras a través de ella, pero todavía no comprendo exactamente cómo funciona el proceso que le permite cambiar la apariencia de manera tan drástica como para... —se interrumpe súbitamente, dándose cuenta de que está a punto de ser descortés con su análisis.

—Bastante cerca, desde luego —aprueba Katô, sonriendo ampliamente. Una ondulación recorre su rostro, acentuando sus pómulos, reduciendo su barbilla y aumentando el grosor de sus labios, suavizando aún más los rasgos y redondeando las líneas de la mandíbula—. Te mereces un premio a su capacidad de observación. Haremos una cosa. Puedes recoger del almacén algunas muestras de los materiales que estáis utilizando en el propulsor para utilizarlo en el diseño de las hombreras antirretroceso.

—¡Gracias, sensei! —dice Izuku, entusiasmado, inclinándose tanto en la reverencia de agradecimiento que los cabellos le caen por delante de la cara, tapándole la visión.

—Y quizá el próximo día quieras traerlo para que Hatsume y yo le echemos un vistazo. A lo mejor podamos aportar ideas.

—¡Sí! ¡Lo haré!

—Katô-sensei. —En la puerta, uno de los alumnos delegados de cursos superiores, interrumpe su conversación—. El profesor Watanabe me ha pedido que informe a sus alumnos de que la clase será en el pabellón de entrenamiento A.

—¿En el pabellón de entrenamiento A? Ese es el pabellón de entrenamiento de combate —murmura Izuku para sí mismo, confuso. Hatsume, que está entusiasmada con los resultados que está obteniendo en el test del propulsor, no le escucha.

Un mal presentimiento le invade el estómago, haciendo desaparecer su alegría. El profesor Iwao Watanabe e Izuku no se llevan muy bien. Eso no sólo eso se nota en las bajas calificaciones que obtiene en su asignatura, Construcción de Soporte aplicada a los Dones, la única en la que no llega al notable, sino también en las tiranteces durante sus clases y tutorías, donde Izuku a veces se siente desplazado e ignorado. Nunca ha planteado sus sospechas a nadie, ni siquiera a Hatsume, pero cree posible que el profesor tenga prejuicios hacia las personas sin Don. Algo que tampoco sería extraño, la mayor parte de la gente que Izuku conoce los tiene. Unos le miran con sorpresa, otros con lástima y algunos pocos con burla, pero todos tienen algo en común: tratarlo con condescendencia e indicarle sutilmente que el mundo de los héroes, incluso el de los objetos de soporte y apoyo, no es un lugar para alguien sin Don.

Este curso es el primero que Watanabe le imparte clase, pero tras un par de meses asistiendo a sus clases, Izuku ha olvidado el motivo por el que escogió la asignatura: el objetivo de esta es aprender a construir objetos que se adapten a los Dones, permitiéndoles regularlos, potenciarlos o disminuirlos. Hatsume se matriculó con él, pensando que sería útil, pero Izuku había tenido la secreta esperanza de ser capaz de aplicar los conocimientos impartidos en la asignatura para potenciar sus propias habilidades incluso sin un Don para trabajar. No obstante, la difícil relación entre el profesor titular y él es tan tensa, que Izuku apenas disfruta con sus clases y ha perdido la motivación.

Suspirando con exasperación, sin tener muy claro por qué sigue asistiendo a esa clase después de dos meses de esfuerzos infructuosos por trabajar en los contenidos de la asignatura para al menos aprobarla, Izuku tira de la cinta con la que se ata el pelo para recogérselo de nuevo y que deje de interferir en sus ojos mientras trabaja con Hatsume en los propulsores, tratando de relegar el presentimiento al fondo de su estómago.


Notas finales: Ah... Supe que Katô iba a ser una persona NB desde el mismo momento en el que decidí cómo funciona su Don. Al principio iba a hacerlo de otra manera, que acabé reservando para otro personaje distinto. Espero haber tratado dignamente al personaje y que no tengan que sacarme los colores por ser, al fin y al cabo, un señor cis escribiendo sobre realidades que pelean cada día por derribar mitos sobre su identidad, pero creí que debía intentarlo.

Sobre la terapia de grupo de Shinsou... Bueno, supongo que a dos de ellos los habréis reconocido. Otro es un OC, pero el cuarto es un personaje que sale en el anime. Inicialmente, iba a ser Mezo Shoji. ¿Por qué digo esto? Salvo cierto niñato que no me gusta NADA, toda la clase 1A (así como algunos de mis favs de 1B y mi fav de otra escuela) aparece mencionada en algún momento del fic. Sacar a Shoji de esta escena significaba que era el único que se quedaba fuera del relato, cuando en el esquema inicial tenía cierta importancia en una escena gracias a su Don (escena que ni siquiera llegó a escribirse, porque el fic cambió de rumbo antes), así que acabó entrando de esta manera.