Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.

No asustarse con el "PARTE I", jajaja. Esta vez son sólo dos capítulos con el mismo título. Y, de hecho, cuando acabe el siguiente habremos cerrado la primera etapa del fic, que comprende los siete primeros capítulos y que, en mi índice, he agrupado como Libro uno precisamente bajo el mismo título que este: La decisión de Izuku. Si tenéis curiosidad, en mi índice/esquema los 56 capítulos están agrupados en 6 libros (el sexto libro son capítulos extras fuera de la trama principal).

¡Como siempre, muchas gracias por leer y comentar!


LA DECISIÓN DE IZUKU (PARTE I)

La discusión en el dormitorio de al lado ha durado horas. Incluso a pesar de que estaba utilizando auriculares para escuchar música de ambiente y así concentrarse en los apuntes que tiene delante, Hitoshi ha podido escuchar despotricar a Ojiro, habitualmente tranquilo y comedido, por teléfono con su familia. Subir el volumen de la música no ha sido suficiente para tapar la voz de su compañero, pero sí para no entenderla. Ha preferido hacerlo así, a pesar de que todos allí saben qué está ocurriendo. Cuando el silencio invade provisionalmente la casa, Hitoshi se arranca los auriculares y mira fijamente a la pared durante un rato antes de levantarse y estirarse con un movimiento felino. El ruido de Ichinose llamando a la puerta del cuarto de Ojiro interrumpe la calma. Sin embargo, no parece haber respuesta por parte de su otro compañero e Ichinose tampoco insiste.

Hitoshi consulta el reloj del teléfono móvil. Es pronto para cenar, pero no demasiado, y siente hambre. Decide que, dado que la mitad de las clases no se están impartiendo y la otra mitad parecen haber bajado el ritmo de trabajo, puede permitirse un descanso por el resto de la tarde. En este momento le apetece abrir el frigorífico y saquear lo primero que pille. Como es pronto, considera incluso la idea de ir a los baños públicos y así relajarse un rato antes de perderse en una plataforma buscando una película o serie que le apetezca ver hasta la hora de dormir. Hay ratos, como este, en los que mantener una pretensión de normalidad es absurdo y tiene la impresión de que refugiarse en no descuidar sus estudios es algo más defensivo que diligente.

Sale de la habitación. El piso es amplio, tiene salón, cocina, tres dormitorios y dos cuartos de baño. Ichinose ocupa el cuarto más grande y tiene baño propio. Hitoshi comparte el suyo con Ojiro y su cuarto es el más pequeño, y el más barato, de los tres, apenas una estancia suficiente para el armario, la mesita de noche, la estrecha cama de estilo occidental y un pequeño escritorio con una silla plegable. Ojiro tiene algo intermedio, pero su ventana da a un callejón estrecho y su habitación apenas tiene luz natural, así que Hitoshi está contento con su cuarto, no necesita nada más y apenas hace uso de las zonas comunes más allá de cocinar.

Se largó del orfanato en cuanto tuvo edad suficiente. El gobierno le paga un estipendio hasta terminar sus estudios e incorporarse al mercado laboral y, aunque podría haber ahorrado un par de años más, ha preferido hacer su vida por su cuenta. Sus compañeros, con los que lleva viviendo desde entonces, son ambos un poco mayores que él. Ambos han terminado ya la carrera y buscan trabajo estable, así que es probable que pronto Hitoshi se tenga que enfrentar a nuevos compañeros de casa. Con Ojiro e Ichinose ha tenido mucha suerte, ambos son simpáticos y le dejan su espacio. Ojiro, incluso, apenas titubea si Hitoshi hace una pregunta e Ichinose le ha contestado alguna vez también, así que se siente bastante cómodo con ellos allí, mucho más de lo que estuvo nunca en el orfanato.

Ichinose está en la cocina, apoyado contra la pared con una taza humeante abrazada en las manos y la mirada perdida en los asépticos armarios de la pared. Hitoshi lo saluda al entrar, pero Ichinose solo mueve la cabeza y no habla hasta que Hitoshi ha puesto la sartén al fuego para hacer una tortilla y tostar un poco de pan.

—A mis padres no les ha llegado. Ni a mi hermana. —Hitoshi lo mira, sin comprender qué quiere decir. A él tampoco le ha llegado una carta que lo convoque a la defensa de Japón contra la Liga de Villanos, una idea que no sabe si le agrada o no. Por un lado, ser un héroe. Por el otro, se pregunta si el optimismo de los informativos y los mensajes de tranquilidad del gobierno son reales, si resulta que necesitan que civiles vayan a unirse a los héroes. Si es que la Comisión de Héroes espera un problema como el incidente de Kamino, pero a mayor escala—. Es por nuestros Dones. No les sirven nuestros Dones.

—¿Te parece mal? —pregunta Hitoshi. Ichinose tiene un Don de tipo físico. Sus rasgos faciales y corporales recuerdan a los de un perro. Uno afable con orejas caídas que dan muchas ganas de acariciar, aunque Hitoshi nunca lo ha hecho.

—Supongo que no. Mis padres… ellos tienen rasgos como los míos, pero mucho más… menos… Tienen menos pelaje. Mi hermana y yo, en cambio…. —Hitoshi asiente, comprendiendo—. Pero ya está. Ni siquiera tengo un olfato desarrollado que me permita rastrear o algo así. Me pregunto si mis hijos lo tendrán.

—Mi madre podía leer la mente.

—¿En serio? —pregunta Ichinose.

—Sí. No sé muy bien cómo era. Yo no me acuerdo, pero hay registros suficientes como para saberlo. No debía de poder leer como si fuese un libro, pero sí… captar imágenes, o algo así.

—Guau. Eso podría explicar tu Don.

—Puede ser. A lo mejor mi padre tenía algo que interfería en la voluntad ajena y se combinaron —dice Hitoshi, encogiéndose de hombros. Se sirve la tortilla en un plato, pero no va al salón ni al dormitorio. Apoyándose en el mueble de la cocina, sostiene el plato en la mano y come mientras mira con preocupación a Ichinose, que no tiene buena cara.

—¿Funciona así?

—No siempre. —Ichinose está especializándose para entrar en un cuerpo de policía, al que ya pertenece, no sabe bien en cual, aunque sí que está en el escalafón más bajo del rango. Ojiro ha estudiado para ser profesor de artes marciales, algo muy útil por su cola prensil, pero todavía no ha encontrado trabajo y está valorando abrir su propia academia. Hitoshi es, de los tres, el único que sabe algo mínimamente válido sobre los Dones—. En realidad, sí tiene que ver. Los Dones son genéticos, así que se transmiten, pero… Tú puedes tener un hijo con ojos azules si tu abuelo los tenía azules, aunque ambos padres los tengáis marrones. Es… más complejo que sumar. No todos somos Shouto.

—No, no todos tenemos la suerte de heredar dos Dones potentes, contrarios y complementarios del antiguo héroe número uno del país —ríe Ichinose, pareciendo un poco más animado.

—Entonces, Ojiro… —Hitoshi no formula la pregunta, e Ichinose asiente. Ellos dos se conocen desde hace más tiempo y son más amigos entre ellos que de él, así que seguro que tiene más información.

—Ha discutido con su padre. Es hijo único y por lo visto les vale cualquiera de los dos. Ojiro quiere ir porque él al menos tiene habilidades de lucha además de la cola prensil.

—Tiene sentido.

—Sí… Claro que lo tiene. —Ichinose suspira—. A ti no te ha llegado nada tampoco, ¿verdad?

—No. Y no sé por qué. Mi Don sí podría ser útil —dice Hitoshi, adelantándose a la pregunta de Ichinose. Un ruido en la puerta llama la atención de ambos. Ojiro está en la puerta, descalzo y en ropa de andar por casa. Todavía tiene el rostro serio, pero está tranquilo. Hitoshi se hace a un lado para permitirle cocinar mientras continúa hablando—. No sé si es por el tipo de Don que es o porque no me consideran una unidad familiar… Si sólo están convocando a una persona por familia…

En realidad, no saben nada. Ichinose y él probablemente no se habrían enterado si no fuese por la discusión de Ojiro con su padre, que las finas paredes del apartamento no han podido contener. No ha salido en los informativos, no es de dominio público, en la carta se pide máxima discreción. No quieren que los villanos puedan enterarse del movimiento de reclutamiento de tropas civiles antes de que el factor sorpresa deje de ser una ventaja. Desde que ha deducido el problema de la discusión de Ojiro, se ha estado preguntando cuántas familias han recibido esa carta, si se han basado sólo en sus Dones o también en el número y edades de los miembros.

—Sólo uno por familia —confirma Ojiro en voz baja—. Mi madre no está en la lista de la carta.

—¿No tiene un Don fuerte? —pregunta Ichinose.

—No tiene Don.

Los tres se quedan en silencio. Hitoshi piensa en Izuku Midoriya, que vive con su madre. Se pregunta si no tiene padre o si simplemente nunca se ha implicado en la crianza de su hijo y por eso jamás lo ha visto en ningún evento escolar en todos los años que han coincidido juntos, y también si su madre tiene un Don que haga que sea considerada válida para ser reclutada. Su relación con Midoriya siempre ha sido difícil y, tras tantos años, sigue estando muy presente en sus pensamientos, pero que alguien que conozca pueda encontrarse en la misma situación de desamparo familiar que él, incluso aunque ambos sean ya mayores de edad, le causa malestar.

—¿De qué sirve tener un Don que no puedes utilizar? ¿Qué diferencia hay entre eso y no tener Don? —Se da cuenta de que ha formulado la pregunta en voz alta cuando ve a sus dos compañeros mirarle con mucha atención. Ichinose tiene la cabeza ladeada y Ojiro los labios apretados, pero no parece que sea por no contestar sino porque el tema le toca de cerca.

—Puede que ninguna —dice Ojiro, finalmente, concentrándose en el pescado que está cocinando. Hitoshi percibe su voluntad durante un segundo, antes de desviarla de su mente, dado que no va a utilizar su Don.

—Al menos tú podrás defenderte si todo esto se desmadra —gruñe Ichinose, provocando un sobresalto asustado en Ojiro—. No he debido decir eso, Ojiro-kun. Lo siento.

—No importa.

—Es sólo… me siento más identificado con tu madre que con Shinsou. Tener mi Don y no tener Don es lo mismo. Y si la situación es tan grave como para reclutar a gente de a pie igual que si esto fuese una leva militar… Al menos Shinsou podría utilizar su Don para escapar.

—Preferiría pelear primero. Que me reclutasen como a él.

—¿En serio? —pregunta Ichinose. Hitoshi asiente y luego mira a Ojiro, que tiene los ojos clavados en él con satisfacción, comprendiéndolo—. Estáis locos. Nadie debería querer ir como soldado a una guerra. Eso es lo que pretenden que seamos: soldados. Carne de cañón que desperdiciar. Esto debería ser competencia de los héroes profesionales, no nuestro.

—Si puedo ser útil… Mejor yo que mi padre —murmura Ojiro, apesadumbrado.

—Deberían ser los héroes quienes arreglasen este problema, que para eso escogieron esta profesión —insiste Ichinose, gruñendo. Shinsou pensaba que, como no tiene un Don que pueda utilizar y su familia tampoco, Ichinose ha estado más preocupado por el bienestar de esta y por la posibilidad de que todo se tuerza, pero ahora comprende que va más allá. Y lo entiende.

—Estás en tu derecho de estar enfadado, Ichinose —dice con voz tranquilizadora—. Pero algunos habríamos querido ser héroes incluso antes de que esto ocurriese.

—Tampoco debería haber dicho eso, ¿verdad? —Ichinose suspira, pasándose la mano por la cara, un poco sobrepasado—. Lo siento, es que a veces odio mi Don y todo esto…

—Te supera. Es normal —asiente Ojiro.

Es la primera vez que Hitoshi escucha a Ichinose decir algo así. Él no odia su Don. Ni siquiera tras todos los años de problemas, malentendidos y conflictos sociales. Su Don es parte de él y sólo lamenta no poder utilizarlo para hacer cosas buenas y demostrar a todo el mundo que no es un peligro ni algo que reprimir.

—Ojalá pudieses venir conmigo, Shinsou-kun —dice Ojiro, sinceramente, todavía mirándolo con intensidad.

—Ojalá…

—¿Creéis que mi familia debería intentar abandonar el país? —pregunta Ichinose, que parece ajeno al último intercambio de palabras, sumido en la preocupación por su familia.

—Te prometo que, si cuando me suba a ese maldito autobús, me entero de que la cosa está tan jodida como temes, seréis los primeros a los que avisaré para que os larguéis de aquí después de mi familia —promete Ojiro, arrancando una sonrisa a Ichinose, que resopla para contener una carcajada, y eso ayuda a disipar el aire pesado que ha invadido el apartamento desde que Ojiro se ha enterado del contenido de la carta de su familia.

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Es apenas media mañana cuando Izuku llega a casa. Nada más entrar se apoya en la puerta, golpeando la madera suavemente con la nuca, al tiempo que exhala un suspiro de agotamiento, aliviado porque al fin haya llegado el fin de semana. Se desprende de sus botas rojas y deja caer la mochila descuidadamente encima de la silla que hay frente al escritorio. Echa un vistazo a su planificador y se muerde el labio inferior, dudando con qué comenzar. La situación en la universidad ha empeorado, pues varios profesores han cancelado sus clases de improviso, Katô y Watanabe entre ellos. Si bien a Izuku le ha aliviado no tener que seguir asistiendo a las clases del segundo que, tras su conversación habían seguido su tónica general, pero sin el refuerzo positivo de esta, sí lamenta la pérdida de la ayuda y la orientación de le profesore Katô. Casi todos sus compañeros han dejado de asistir presencialmente a las clases ahora que casi no hay profesores impartiéndolas, pero Izuku y Hatsume han sabido ver las ventajas de poder disfrutar de los laboratorios y talleres prácticamente en exclusiva durante el tiempo que debieran estar en las aulas de teoría, y eso les ha permitido poder trabajar en sus propios proyectos.

Y disponer libremente del material que la universidad ofrece a los alumnos en dichas instalaciones, por supuesto. Izuku abre la mochila y saca su estuche de herramientas, dejándolo en el escritorio casi con reverencia antes de rebuscar para sacar el material que ha traído para poder seguir trabajando en casa con la tela antirretroceso para las hombreras de Dynamight. A pesar de la orientación de Katô y un par de hipótesis útiles de Hatsume, Izuku no ha avanzado prácticamente nada. Sabe que debería haberle pedido consejo al profesor Watanabe, ya que su experiencia trabajando en materiales aplicados directamente a consecuencias de Dones es infinitamente mayor que la de cualquier otra persona del claustro, pero tras la conversación en el campo de entrenamiento no ha conseguido reunir las fuerzas para enfrentarse a él y ahora directamente no es posible.

Se sienta en la silla del escritorio y, tras contemplar fijamente el material durante un buen rato, decide comenzar por la limpieza de todas y cada una de sus herramientas. Es algo que lo tranquiliza bastante, le ayuda a pensar y le gusta hacer, sobre todo porque el estuche es importante para él, una de sus posesiones más preciadas, así que utiliza una gamuza para limpiar y engrasar cada una de las piezas, mordisqueándose el labio inferior en el proceso y meditando en cómo seguir trabajando con el material.

Aunque no surte el efecto deseado en cuanto a la aparición de una genial idea que le solucione el entuerto, Izuku se siente relajado cuando termina de abrillantar el último destornillador, tan fino y diminuto que sus manos pequeñas parecen enormes al rodear el mango. Suspira una vez más, y los ojos se clavan en los restos maltrechos del prototipo de guante. No se ha enfrentado a él todavía, a pesar de las ideas de Hatsume para solucionar el problema, dudando entre si intentar repararlo, reconstruirlo de cero o reciclar las piezas y todo el material posible y olvidarse de él.

Sin dejar de morderse el labio inferior, suspira y enciende el pequeño hornillo que utiliza para calentar el material y permitir así su maleabilidad, apartando el prototipo del trabajo de final de carrera inspirado en Dynamight y poniéndose el visor de aumento par poder ver mejor los detalles minúsculos.

—Bien, veamos qué se puede hacer contigo. —Concentrado, masculla para sí mismo a gran velocidad, totalmente abstraído, mientras empieza a desmontar las piezas del guante y desecha las que han quedado totalmente inservibles—. Hatsume tenía razón, le falta ventilación y lubricación, pero eso es porque el material es demasiado rígido y nada poroso. Sin embargo, algo dúctil es más ventajoso para absorber las vibraciones y no necesito que sea tan delgado como una tela, aunque una textura similar ayudaría. Es más, el grosor puede venir bien porque…

Los ojos se le desvían, con un brillo entusiasmado por la idea, al prototipo antirretroceso de Dynamight y suelta una exclamación de alegría. Saca un cuaderno electrónico de la mochila, sin mirar dónde cae el resto de cosas que se derraman por el suelo y, sin molestarse en utilizar el bolígrafo especial, escribe con el dedo apresuradamente varias notas.

—Si doy forma de amortiguador a la malla del nuevo material impulsor podría suplir no sólo el retroceso de las explosiones de Dynamight, sino también servir como soporte de apoyo y refuerzo a los movimientos que hace. Uno de los puntos débiles de su Don son las articulaciones, así que, si convierto las mangas en un brazo entero desde los nudillos hasta el hombro, ganaría un extra de fuerza en los brazos, potencia en las explosiones y no le estorbaría para moverse. ¡Incluso podría hacer que su propio sudor alimentase los micromotores y lubricase simultáneamente el efecto amortiguador con una simple canalización en relieve de la tela!

Ensimismado por la revelación que acaba de tener, se pone en pie, aparta algunos papeles de la mesa y revisa y recuenta la cantidad de material que tiene y, aunque probablemente no es suficiente para abarcar algo así, no se decepciona. La idea es demasiado buena como para verse empañada por un inconveniente tan nimio.

—Puedo conseguir más en el taller, no creo que el coordinador ponga ningún problema, y hay de sobra para reconstruir el guante si aprovecho bien los restos, lo cual podría ayudarme a subsanar mediante prueba y error todos los problemas que surjan antes de implementarlos en una manga completa. —Se muerde el labio, pensativo—. Si trabajo con eficiencia y cuidado, podría tener suficiente para otro guante que le hiciese de pareja y observar las sinergias e interacciones simultáneamente en ambos brazos. —Su voz termina de perderse, haciéndose ininteligible, en un murmullo alegre.

Ensimismado e impulsado por el entusiasmo de una nueva idea y línea de trabajo, algo que le ha faltado durante los últimos días, aparta todos los materiales y el estuche de trabajo a un lado, abre el ordenador y trabaja durante un par de horas en confeccionar un nuevo diseño para el guante, sin siquiera ser consciente de que se va inclinando cada vez más hacia la pantalla del ordenador al reducirse la intensidad de la luz natural en el cuarto, sin parar hasta que su teléfono móvil, en el cual ha programado una alarma para evitar que se olvide de la existencia del mundo a su alrededor durante demasiado tiempo, suena con insistencia.

Parpadeando para paliar la sequedad de los ojos y estirándose con un quejido de dolor por lo anquilosado de sus articulaciones, Izuku se levanta perezosamente. No ha terminado el diseño, pero tampoco es algo que le preocupe, tiene tiempo de sobra. Un gruñido de su estómago le recuerda que no ha comido y la hora de almuerzo hace rato que pasó así que, bostezando, sale de su cuarto y entra en la cocina, buscando alguna de las fiambreras con restos de comida de los días anteriores. Sin fijarse demasiado en qué es, lo pone en el microondas a calentar mientras saca el aspirador y comienza a pasarlo por toda la casa, agradeciendo el movimiento que le ayuda a despejar la mente y activar el cuerpo.

Los viernes su madre trabaja por las tardes a cambio de no tener que ir a trabajar los sábados por la mañana, así que es tarea de Izuku realizar las labores domésticas y preparar la cena para ambos por lo que, a pesar de que el microondas le avisa con un pitido de que su comida ya está caliente, Izuku abre las ventanas para dejar que el fresco aire primaveral ventile la casa, hace su cama y abre de nuevo el frigorífico para cerciorarse de que hay ingredientes suficientes para cenar antes de sacar el bol y unos palillos y apoyarse contra la encimera, demasiado hambriento para esperar más, y comer.

Tiene la boca llena del primer bocado cuando escucha el timbre de la puerta. Sin soltar el bol, extrañado porque la única persona que podría presentarse de improviso es Hatsume, que siempre es impredecible cuando tiene una buena idea y necesita consultarla con él, Izuku sale a abrir, sorprendido al ver dos oficiales de policía saludándole con gesto grave.

—¿Familia Midoriya?

—Sí —asiente Izuku, extrañado. Pasea la mirada de uno de los hombres al otro, con un mal presentimiento. Uno lo mira con cara de circunstancias. Tiene los labios apretados y una mirada extraña en los ojos. El otro parece empeñado en mirar un punto situado un par de centímetros más arriba de la frente de Izuku y un poco por encima de su oreja izquierda y habla con tono forma. El corazón se le acelera, porque piensa en Inko, que debería estar en el trabajo, y se pregunta si ha pasado algo grave—. ¿Ha habido algún problema con mi madre?

—No. Una notificación del gobierno —dice el único policía que ha hablado, tendiéndole un sobre blanco, sin letras ni dirección, sólo un el enorme sello de la Comisión de Seguridad Pública de Héroes estampado en una esquina junto a los emblemas de la flor de Crisantemo y de las flores de Paulownia.

—Yo… —Izuku la coge con la mano libre, desconcertado.

—¿Puede firmar el recibí, por favor? —Izuku, todavía descolocado, tarda unos segundos en reaccionar, mirando el bolígrafo que el policía le ofrece sin saber qué soltar para poder cogerlo. Finalmente, sujetando torpemente el sobre bajo el brazo, hace un tembloroso garabato en el papel y los dos policías se marchan tras hacer un saludo formal.

Izuku cierra la puerta y vuelve a quedarse mirando el sobre. Nunca antes había ocurrido algo así. Ha visto otras notificaciones oficiales llegar por correo certificado, por supuesto, pero es la primera vez que la policía llama a su casa. Tras un breve examen, confirma que no hay destinatario ni más remitente que los símbolos oficiales, así que no está muy seguro de a quién va dirigido. Hace años, cuando era pequeño y estaba aprendiendo a leer, recuerda haber visto el nombre de su padre, Hisashi Midoriya, en algunas de las cartas que recibía su madre, normalmente facturas, pero con el tiempo ese nombre dejó de aparecer en el correo y las escasas cartas de carácter oficial que su madre ha recibido han ido directamente a su nombre, salvo las correspondientes a las becas de Izuku que lo han hecho al suyo.

Duda apenas un segundo, antes de dejar el bol de comida en la mesita baja del salón y, con dedos temblorosos, romper el papel para acceder al contenido de esta. Es breve y concisa. Un artículo legal de un decreto de ley del que Izuku no ha escuchado hablar jamás, aunque es de reciente creación a juzgar por la numeración, un lugar cercano al apartamento donde Inko y él viven y una fecha: el lunes muy temprano por la mañana. A pesar de su escasa longitud, Izuku necesita leerla dos veces, sentarse en el sofá y leerla una vez más antes de asimilar su contenido: en virtud de una ley, todas las familias con Dones útiles para el combate o la logística deben prestar servicio a la nación nipona a requerimiento de la Comisión de Seguridad Pública de Héroes, el Gobierno o el Emperador. Y juntos, uno encima del otro, los nombres de su madre y de su padre al lado del respectivo Don registrado de cada uno.

Izuku no conoció a su padre. De pequeño, su madre le había contado que el hombre vivía fuera de Japón, trabajando muy duro para enviar dinero a casa. Durante la adolescencia, ingenuo y más preocupado por acceder a la U.A. y conseguir su sueño de ser un héroe, Izuku no había pensado en los evidentes fallos en la argumentación: el dinero que entraba en casa era escaso, sólo se debía al trabajo de su madre e Hisashi no había telefoneado jamás o se había puesto en contacto con él. Había confrontado a su madre cuando había tenido que solicitar la beca para estudiar en la universidad, ya que la cantidad de datos que pedían de su padre era mayor que la que él poseía. Así, se había enterado de que no se habían casado legalmente, pero que cuando su madre había comprado esta casa lo había hecho a nombre de ambos y así constaba en el registro. Aunque para la beca no había sido relevante, ahora comprende que, a efectos burocráticos, la Comisión de Héroes cree que en el apartamento vive Hisashi Midoriya, Don: Aliento de fuego.

—Bastante más útil para el combate, si se entrena un poco y se le permite el uso, que el de mamá —murmura Izuku para sí mismo, apesadumbrado. El Don de Inko le permite atraer objetos pequeños hacia sí misma, algo muy útil cuando está haciendo las tareas domésticas, pero que ha desarrollado poco en su día a día. Y es incapaz de imaginarse a su madre peleando contra los villanos de la Liga o arriesgando su vida para hacer apoyo logístico a los héroes que los enfrenten, la mera idea le aterroriza y provoca náuseas.

Silenciosamente, las lágrimas empiezan a rodar por sus mejillas. Su nombre ni siquiera consta en la carta. El registro no lo reconoce como alguien válido dentro de la sociedad para ayudar con un problema tan grave que obliga a que el país entero se movilice, como si fuese una guerra. «Es una guerra», comprende, recordando que ya no hay un símbolo de la paz que la proteja de todos los males y villanos. Una guerra a la que, a falta de un Hisashi Midoriya ausente, tendrá que ir su madre, la persona más dulce y cariñosa que Izuku ha conocido. Y la que menos encaja en un ejército improvisado de civiles. La sola idea le parte el alma, porque no soportaría perderla, ni tampoco que esta sufra.

Todavía está sentado en el sofá, sin haber sido capaz de continuar con las tareas que ha comenzado, mirando la carta con una sensación de ahogo en el pecho, cuando su madre llega a casa.

.

—Fuji —anuncia una voz femenina por los altavoces, perdiéndose en el amplio patio en el que Katsuki y Best Jeanist se encuentran en pie, esperando.

—¡Recoged vuestro equipaje! —Lemillion y Suneater, bajo las instrucciones de Fat Gum, intentan organizar al pequeño grupo que baja del autobús procedente de Nagoya: una mezcla heterogénea de personas de edades y aspectos dispares. Katsuki pone los ojos en blanco al verlos.

—¡Tamaki, muchacho, habla más alto o no te oirán! —brama la potente voz de Fat Gum. Sunaeater, escondido bajo la capucha de su traje de héroe, guía a algunas de las personas del grupo. Las más jóvenes, según aprecia Katsuki, el menor número de entre las que han bajado del bus.

—El autobús de Musutafu llegará mañana —informa Best Jeanist, mirando al grupo con expresión cuidadosamente neutra. Katsuki se encoge de hombros—. Eran los más cercanos, así que serán los últimos en llegar, pero los tendrás aquí por la mañana.

—¿Y los tuyos? —A Best Jeanist le han asignado los voluntarios, como la Comisión los ha llamado a pesar de que no lo son, de la ciudad de Shizuoka.

—No deberían tardar demasiado. Los de Hamamatsu llegarán en algún momento, también. —Hamamatsu es la ciudad más poblada de la prefectura, así que se la han asignado a Shouto y Endeavour, considerando que siendo dos héroes al frente de la agencia con más subalternos de Japón, por encima incluso de la de Fat Gum, que sólo tiene a Lemillion y Sunaeater, podrían abarcar más.

Katsuki mira hacia la parte del complejo que han asignado a los Todoroki, pero no atisba actividad alguna desde donde están. El complejo militar es enorme. Katsuki se pregunta para qué ha sido concebido inicialmente, pues es una cesión del ejército japonés a la Comisión de Héroes. Lo ha recorrido con Shouto y Best Jeanist el día anterior, descubriendo que está magníficamente equipado por Detnerat, incluyendo gimnasios y pabellones de entrenamiento con equipamiento de alta calidad. Mientras caminaban, se ha preguntado cuántos lugares más así hay en todo el país como para poder ofrecer varios a la Comisión. Además, tienen capacidad para un gran número de personas, aunque viendo la cantidad de gente que baja de los autobuses, Katsuki ya no tiene tan claro que vayan a ser tantas como había creído en un principio.

—Tiene sentido —asiente Best Jeanist cuando lo expresa en voz alta—. No podemos pretender que un solo héroe entrene a decenas de personas en un tiempo récord. Además, nos basta con unos pocos refuerzos a los héroes profesionales. La idea es reforzar número y diversidad de Dones, no que hagan nuestro trabajo.

—Siguen siendo demasiados —gruñe Katsuki, todavía mirando cómo Fat Gum ha reunido a su alrededor a las personas de más edad de su grupo—. Joder, ahí hay una señora que tendrá sesenta años, por lo menos.

—No infravalores lo que un Don pueda hacer —lo reprende Best Jeanist con calma, mirándolo de soslayo. Katsuki, cabreado, se niega a responder a esa afirmación. Un carraspeo de Best Jeanist, que señala con la cabeza, lo distrae. Shouto y Recovery Girl se acercan a paso lento, con el héroe reduciendo sus zancadas para permitir a la anciana mantener su paso.

—¿Han llegado los de Fuji? —pregunta Shouto, mirando hacia el autobús, que maniobra para salir y luego hacia los tres grupos de personas, separadas por lo que Katsuki cree que es un criterio de edad, que rodean a Fat Gum, Lemillion y Suneater—. Hay demasiadas personas mayores.

—Jovencito, vigila tus palabras —lo riñe Recovery Girl, haciendo que Shouto esboce media sonrisa traviesa.

—¿Ves cómo no soy el único? —espeta Katsuki a Best Jeanist, satisfecho porque Shouto piense igual que él—. ¿Qué haces aquí? Los vuestros aún no han llegado —le dice a Shouto con brusquedad, pero este no parece ofendido.

—Tengo que recibir a los de Numazu. Monoma no se ha presentado en el complejo. Se los han asignado a Fat Gum, pero me han pedido que los ayude a instalarse. —Katsuki frunce el ceño al escucharlo.

—Eso es raro en el friki ese. —Katsuki considera que Monoma es un imbécil insoportable sin talento al que le gusta tanto ser el centro de atención que lo raro es que no esté allí tratando de ser el protagonista.

—No se ha sabido nada de él desde hace días, ¿no? —Best Jeanist parece pensativo. Y preocupado. Una de las primeras cosas que Katsuki aprendió cuando empezó a trabajar para él, es que hay que tomarse en serio que el héroe esté preocupado—. Edgeshot me dijo que había ido a verle justo antes de la reunión de la Comisión.

—¿Para qué? —ladra Katsuki.

—Para pedirle su Don. También a Torino y a Trece. No sé si a alguien más.

—Los tres están retirados —murmura Shouto.

—Bueno, sé que Trece va a colaborar en uno de los complejos con la agencia de Gang Orca —interviene Recovery Girl.

—Si le ha pasado algo a ese imbécil… —comienza Katsuki. Best Jeanist niega con la cabeza.

—La Comisión ya está en ello. Quieren averiguar si se ha marchado por voluntad propia o…

—Dudo mucho que haya huido —gruñe Katsuki, a su pesar.

—Ha ido a pedir varios de los Dones más poderosos de la década pasada —musita Shouto para sí mismo, sin acabar la frase. Katsuki asiente, de acuerdo con él. Monoma será muchas cosas, ninguna buena desde su punto de vista, pero es un héroe competente, activo y hábil que nunca ha rehuido una misión. Otro autobús, que el altavoz anuncia procedente de Numazu, entra en el patio del complejo. Shouto se adelanta, con las manos en los bolsillos—. Disculpadme.

—Esto es miseria —dice Katsuki con un gesto de desagrado al ver el grupo de gente que baja del autobús con cara de resignación, relegando el tema de Monoma al fondo de su mente, esperando que Best Jeanist tenga razón y la Comisión ya esté investigando. No puede preocuparse por todo y por todos—. Morralla que no ha entrenado ni utilizado nunca su Don y que han venido porque preferían ser ellos que sus hijos. ¡No te rías, vieja! —añade cuando Recovery Girl se ríe entre dientes—. Vale que haya accedido a esta gilipollez de plan, pero todos estos extras van a ser un estorbo más que una ayuda. La Comisión está como una cabra si piensa que vamos a poder hacer algo con este hatajo de inútiles.

—Incluso en las aguas menos claras, una ama es capaz de encontrar las perlas más brillantes, joven Bakugou —dice Recovery Girl con cariñoso tono de reproche.

—¿Y tú por qué estás aquí, de hecho? Esto no es cosa de los viejos que ya os retirasteis, joder.

—Creo que puedo ser útil. No necesitas que te recuerde que todos los Dones tienen su utilidad y capacidad para hacer el bien, Katsuki. Aunque seamos señoras viejas y retiradas que sólo han tomado té en los últimos años —contesta Recovery Girl sin perder ni pizca de optimismo en la voz rota por la vejez.

—Mucha gente ni siquiera se ha planteado las posibilidades de su Don —menciona Best Jeanist con voz pausada—. Alguien con un Don como el de Lemillion, por ejemplo. Piensa que, habitualmente, la gente no utiliza su Don. Algunos tendrán Dones útiles que les permitan facilitar ciertas cosas en su vida privada, pero ya me dirás de qué te sirve un Don para volverte intangible y, al mismo tiempo, ciego y sordo o reproducir en tu cuerpo los alimentos que comes para tener tentáculos.

—Tintín lleva años entrenando y perfeccionando la técnica y el Don del calamar… —empieza a protestar Katsuki, pero Best Jeanist lo interrumpe.

—Dudo que la madre de Suneater esperara que su hijo llegase a ser un héroe de apoyo de la agencia Fat Gum por poder convertir sus piernas en patas de pollo tras comerse un filete de pechuga. Podrían haber pensado que no son habilidades ofensivas, pero ambos creyeron en su Don, lo entrenaron y han llegado buenos héroes, ¿no es así? —A regañadientes, Katsuki asiente. Lemillion, incluso, está apenas un par de puestos por debajo de él en el ranking de héroes, sólo superado por Shouto. Gira la cara para esconder una sonrisa divertida a su antiguo mentor, que parece no cansarse de querer dulcificar su irascible carácter con la misma tenacidad con la que intentó domar su salvaje cabello en sus primeras prácticas con él.

—Ambos han entrenado durante años; de hecho, siguen haciéndolo, potenciando y aumentando… —vuelve a protestar Katsuki, ahora con menos fuerza.

—Muchos ni siquiera pudieron. —Es cierto. Desde el incidente de Kamino, el uso del Don está bastante regulado. No hay problema con usarlo en la intimidad de casa o en cosas personales, pero son necesarias licencias para emplearlo en público o en el trabajo. No es difícil conseguirlas y basta con renovarlas periódicamente con una inspección rutinaria, pero mucha gente que no tiene Dones aplicables en el día a día o sus aplicaciones pueden ser negativas en otras personas ni siquiera se lo ha planteado.

—Ya veo el punto, no hace falta que insistas —gruñe Katsuki, alzando la barbilla en un gesto orgulloso al tiempo que utiliza la mano izquierda para masajearse el hombro derecho. No le duele, pero es una costumbre adquirida a base de hacerlo tras utilizar su Don en algunas misiones para aliviar el dolor de la articulación y que ahora hace de manera inconsciente cuando se encuentra incómodo.

—Vamos a hacer un trato, Katsuki —dice Best Jeanist, volviéndose hacia él con una sonrisa. Un nuevo autobús entra al tiempo que la megafonía anuncia que son los reclutas procedentes de Shizuoka—. Como es posible que hayan convocado a gente que creas que no sirve, cualquier persona que creas que puede suponer un riesgo para sí misma o para el resto envíala de vuelta a casa. Ya lidiaré yo con la Comisión. Y todos aquellos reclutas que consideres demasiado mayores o poco adecuados para ser entrenados, envíamelos a mí, encontraré tareas que asignarles. Dime qué perfiles quieres y te los transferiré de mi unidad.

—¿Y de qué servirá eso?

—Si te sientes cómodo entrenándolos, sacarás lo mejor de todos y cada uno de ellos. —Katsuki no responde, apretando los labios, pero para Best Jeanist parece suficiente.

—¡Ni siquiera quiero entrenarlos! —grita en dirección al héroe, que ya camina hacia el autobús para recibir a sus reclutas.

—No quieres… ¿o no sabes si puedes? —pregunta Recovery Girl a su lado, haciendo que las fosas nasales de Katsuki se expandan de furia instantánea.

—¡Cállate, vieja!

—Es difícil, pero Best Jeanist tiene razón. Basta con que hagas algo que te haga sentir cómodo. Te gusta derrotar gente, ¿no? Pues derrótalos hasta que aprendan a vencer. —Recovery Girl, que lo conoce desde hace quince años, no se asusta por su gesto fiero, ni por su gruñido, limitándose a sonreír afablemente. Alza la cabeza para mirarlo con una picardía que Katsuki ha aprendido a temer en los años que hace que la conoce, así que entrecierra los ojos y rechina los dientes—. Eres el mejor héroe de todo Japón, Dynamight. ¿En serio vas a permitir que una pandilla de civiles deje en evidencia que no eres el mejor enseñándoles a sobrevivir a esta situación?

—¡Cállate, joder! —dice una vez más, tras un segundo de silencio para controlar a duras penas sus emociones. Sin decir nada más, se vuelve hacia el complejo, caminando a grandes zancadas con un solo pensamiento llenándole la cabeza: «Más vale que los extras se preparen, porque van a ser la mejor unidad de héroes improvisados de todo Japón».


Notas finales: Vamos con las curiosidades, xD.

- El título forma parte de la OST de Mulán. La decisión de Mulán, concretamente.

- A Mashirao Ojiro es obvio que lo conocemos en el fandom, pero Taichi Ichinose es uno de los tres protagonistas del manga shonen Ao no Flag. Un manga muy muy recomendable sobre la adolescencia y el proceso de crecer y enamorarse. En él, Ichinose es un chico bajito y delgado, con un cuerpo nada atlético, al cual le gustan los juegos de mesa fabricados por sí mismo. Me cae muy bien y lo quiero mucho y, aunque va a salir muy poco en el fic porque no es más que un personaje de fondo para poder trabajar a Shinsou, me hacía ilusión homenajearlo y transformarlo en un perrete.

- El Emblema de las Flores de Paulownia y el Emblema Imperial de Japón o Emblema de la Flor de Crisantemo: El primero es el utilizado en Japón por el Gabinete y Gobierno de Japón en los documentos oficiales y el segundo el símbolo nacional del Emperador y la familia imperial. No sé si allí se utilizarán como en España, donde los sellos y membretes indican el rango o procedencia del documento, pero quería darle un poco de empaque a la notificación y que fuese algo muy oficial.

- Una ama es una buceadora japonesa que se dedica a la pesca subacuática y la recolección de perlas.