Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.
¡Como siempre, muchas gracias por leer y comentar!
LA DECISIÓN DE IZUKU (PARTE II)
«Debería haber ocultado la carta», piensa Izuku, enfadado consigo mismo por no haber sido capaz de reaccionar antes. Esta se ha interpuesto entre ambos durante todo el fin de semana a pesar de que, físicamente hablando, está tirada en algún rincón del salón comedor. Tras llegar a casa y leer la carta, Inko había entrado en un frenesí que aún ahora, pese a ser domingo por la noche, todavía le dura. Izuku ha perdido la cuenta de la cantidad de veces que ha limpiado el polvo, aspirado los suelos y fregado el cuarto de baño. El congelador y la nevera están llenos de comida recién cocinada, debidamente etiquetada con fechas y contenido de cada recipiente.
Ni siquiera ha conseguido que su madre se siente con él a cenar tras pasar todo el día limpiando y aireando los futones y ahora está colgando ropa para secarla y doblando la que ya ha lavado, empeñada en dejar toda la casa perfecta antes de marcharse. En el dormitorio, una maleta abierta llena de ropa y enseres se alza amenazante cada vez que Izuku la mira. La angustia de la partida a la mañana siguiente le hace echar de menos desesperadamente a su madre, antes incluso de que se haya marchado, pero cada vez que intenta conversar con ella, ambos acaban llorando desconsoladamente: Izuku rogándole que por favor vaya a la policía y explique que Hisashi no vive en la casa y que él no tiene Don, que no tiene sentido que la movilicen precisamente a ella, que además no tiene una edad ni una forma física adecuada para entrar en combate e Inko negándose firmemente mientras lo abraza.
«Ha sido un error, mamá. No puedes ir», ha repetido una y otra vez. Está convencido de ello. Aunque su madre pueda entrenar para potenciar el tamaño de las cosas que atrae o la velocidad y distancia que puede usar, Izuku es consciente de que es difícil sacarle partido en primera línea de combate contra un puñado de villanos, por lo que espera que sea poco probable que entre en una pelea directa con ellos. No obstante, Izuku ha visto suficientes noticias y actuaciones de sus héroes favoritos como para saber que el riesgo de ser un daño colateral o una víctima secundaria es muy grande.
Mira su plato, incapaz de comer nada más, con el estómago burbujeando de frustración por no poder hacer nada y después a su madre, que se mueve frenética por el salón, transportando pequeñas montañas de ropa doblada. Normalmente es algo que harían juntos, pero Inko se ha empeñado en no dejarle hacer nada durante todo el fin de semana. «Seguro que debes estudiar. No debes descuidar la universidad mientras yo estoy fuera y no estaré aquí para hacer mi parte de las tareas de casa, así que quiero dejarte todo lo más organizado posible antes de irme», ha dicho, sin escuchar la protesta de Izuku, que al menos desearía que descansase antes de marcharse.
—Mamá… —Inko se detiene un segundo, mirándolo al oírle llamarla. Izuku quiere pedirle que se siente a cenar con él, pero las palabras se le atascan en la garganta y salen otras—. No vayas, por favor. No puedes…
—Te he dejado toda la ropa limpia para la semana que viene en tu armario, la tienes lista para utilizarla y…
—¡Mamá! —protesta Izuku. Inko guarda silencio y aprieta los labios, conteniendo las lágrimas una vez más.
—¿No está rica la cena? —pregunta con la voz rota. Izuku resopla, exasperado.
—¿Por qué tienes que ir? —pregunta Izuku, inquebrantable al cambio de tema de su madre.
—Izuku…
—¡No, Izuku no! —exclama este, frustrado, al tiempo que se enjuga una lágrima rabiosa que se desliza por su mejilla derecha. Sorprendentemente, el rostro de su madre se endurece y, elevando los hombros, habla con voz más segura.
—En nuestra familia hay un Don, y lo pondré al servicio del emperador y la nación. —A Inko le tiembla el labio inferior, pero no duda.
—¡Creen que mi padre vive aquí! A lo mejor si supieran que no…
—Me han convocado. A mí, y a mucha otra gente. Es la crisis más grande que he vivido desde que All Might impuso la paz en el país —dice Inko con firmeza. Izuku ya no se molesta en limpiarse las lágrimas—. Honraré a la familia, a Japón y al Emperador —concluye Inko con la voz tomada por la emoción, recogiendo los platos y cubiertos de la mesa, amontonándolos y desapareciendo por la puerta de la cocina.
Con un suspiro culpable, Izuku se levanta y va tras ella. Se sitúa al lado de su madre con un trapo limpio y, secando los platos y vasos que su madre le va dando, los deposita con cuidado de no hacer ruido encima de la encimera. No se molesta en enjugarse las lágrimas que resbalan por sus mejillas, cayendo hasta la camiseta y mojándola a la vez que le irritan las mejillas. Con una sonrisa triste, reconoce el enorme parecido que tiene con su madre: su tenacidad, cabezonería e impulsividad. Tres facetas que Izuku no tiene mucha oportunidad de ver en ella, cuyo carácter calmado y risueño suelen destacar mucho más.
—Lo siento, mamá —musita al cabo de unos segundos, mirándola de reojo. Su madre no lo mira, pero sonríe con tristeza también—. Ojalá estuviese aquí mi padre, él podría ir con su aliento de fuego. Seguro que podría haber sido un héroe si hubiese querido.
—No estoy tan segura. Era un hombre enigmático cuando lo conocí. Atractivo, pero extraño.
—Me has hablado muy poco de él —murmura Izuku. Lo poco que sabe de su padre lo ha averiguado uniendo trozos de información y anécdotas o comentarios sueltos aquí y allá. No se planteó hasta la adolescencia la ausencia de Hisashi como algo real, y entonces parecía que a su madre le entristecía hablar de ello, algo suficiente para aplacar la curiosidad de Izuku. Además, precisamente esa ausencia ha sido la causa de que su madre y él tengan esa relación tan cercana y especial que mantienen.
—Tampoco hay mucho que contar. Y no sirve de nada pensar en cómo podrían haber sido las cosas. Las cosas son como son y a veces hay que asumirlas —dice Inko, limpiándose las mejillas con el hombro para no secarse las manos.
—Tienes razón, mamá. —No obstante, con una pizca de rabia, piensa de nuevo que el Don de su padre hubiese tenido muchísimo más potencial ofensivo con un poco de entrenamiento y en lo injusto que es que no sea él quien, por una vez, asuma la responsabilidad. Lo haría él mismo, pero está claro que ni siquiera cuenta para la sociedad. Más de una vez ha soñado cómo habría sido unir el aliento de fuego con la telequinesis de su madre para manejarlo y lo fuerte que habría sido ese Don, pero la lotería de los genes dio el peor resultado posible.
—Te quiero, Izuku —dice Inko, mirándole con cariño y besándole en la mejilla. Con una caricia que le moja la mejilla y le gotea sobre la camiseta, su madre repite—: Eres mi niño y siempre lo serás.
—Yo también te quiero, mamá —susurra Izuku, emocionado.
—Vete a descansar, anda. Mañana necesitaré que madrugues para que me eches una mano y poder dejar todo recogido y listo —dice Inko, sonriéndole y volviendo a depositar un beso en su mejilla.
—Por supuesto. Cuenta con ello. Deberías descansar tú también. —Estrechándola con fuerza, Izuku le da un abrazo en el que quiere transmitirle una vez más que, si por él fuera, ella no tendría que ir a ningún sitio ni arriesgar su vida sólo porque unos villanos quieren aterrorizar el país.
Tras pasar por el cuarto de baño y asearse, Izuku vuelve para desear buenas noches a su madre, pero se queda fuera de la cocina, observándola. Inko está colocando algunos cubiertos en el cajón. Alejándose un paso, se concentra en el cajón y consigue atraerlo lo suficiente como para que se deslice hacia fuera. Unos segundos después, el cuchillo más grande flota despacio hacia la mano de su madre, que lo agarra con satisfacción antes de repetir la acción con varias tarteras, a modo de tosco entrenamiento. Acto seguido, abre el frigorífico y empieza a cortar algunas verduras.
Izuku está a punto de volver a entrar en la cocina para pedirle que no se moleste en dejar más comida preparada y que descanse, pero no lo hace. Tomando su decisión, la que lleva planificando todo el fin de semana, se da media vuelta y, de puntillas para no hacer ningún ruido que pueda alertar a su madre, se cuela en su habitación, entorna la puerta y se acerca al antiguo reloj despertador de su madre. Se muerde la comisura derecha del labio inferior, inseguro. Es un despertador tradicional y analógico, vestigio de una época moribunda ya cuando su madre era una niña y su abuela se lo había entregado, pero precisamente por eso sigue funcionando perfectamente. El sistema de agujas que hace saltar la alarma, un timbre golpeado por un pequeño martillo, tiene programada la hora en la que su madre se levanta todos los días, trabaje o no. La misma a la que tiene que levantarse para acudir a la cita de la carta.
Atrasa una hora el despertador, encomendándose a cualquier dios que esté escuchándole y, todavía de puntillas, sale de la habitación de su madre y entra en la suya propia, conteniendo la respiración unos segundos antes de cerrar la puerta para poder escuchar el ruido proveniente de la cocina y asegurarse de que su madre no sospeche nada. «Está hecho», piensa, tratando de tranquilizar su respiración y el ritmo de su corazón, que parece querer salírsele del pecho. Sólo le queda confiar en que su madre no revise la hora antes de acostarse dado que no ha cambiado la hora de la alarma en años. Con las piernas temblándole, se desploma aliviado encima de la silla de su escritorio.
Tarda varios minutos en conseguir enfocar la atención en las piezas de los prototipos de guantes en los que lleva trabajando todo el fin de semana. Mordiéndose el labio, saca su pequeño estuche de herramientas, se coloca el visor, enciende un potente foco dirigido directamente a las piezas y comienza a trabajar, intentando no hacer demasiado ruido para no llamar la atención de su madre. Cada pocos minutos, levanta la cabeza y la ladea, escuchando hasta oír los sonidos de su madre moviéndose por la cocina, primero, y por el dormitorio después. Reconoce en lo pausado de sus movimientos el mismo deseo por no molestarlo a él, probablemente creyéndolo dormido. Trabaja con seguridad y sólo se detiene para rehacerse una y otra vez el moño corto que sujeta con una cinta para impedir que el pelo, demasiado largo, pero no tanto como para poder atarlo en una coleta, le caiga sobre la cara y le haga cosquillas.
Le queda la tarea más crítica y no le sobra tiempo, precisamente. No se arrepiente de todo el tiempo pasado con su madre, intentando ayudarla en su frenesí de limpieza y orden para conseguir que descanse o suplicándole, pero teme que le falten horas. Si hay un mínimo error en cualquiera de los pasos de ensamblaje, o ha cometido errores graves al programar el software que gestiona el guante, será un desastre similar al de unos días atrás, delante del profesor Watanabe y el ojeador de Detnerat. Está ensamblando las piezas del segundo guante y dejando que el ordenador trabaje con las instalaciones pertinentes en el primero, dejando las herramientas a un lado y frotándose los ojos cansados para teclear nuevas funciones en el ordenador cuando su madre entra en el cuarto.
Lo hace silenciosamente, esperando verle dormido. Izuku levanta la vista, alertado por el movimiento, y aprieta los labios al ver el rostro cansado y preocupado de su madre, cuyas ojeras llegan hasta los pómulos. Si eso es posible, Izuku diría que incluso ha adelgazado en las horas que han transcurrido entre la recepción de la carta y este momento.
—Deberías irte a dormir, mamá —dice Izuku, intentando que no se le note la ansiedad en la voz. Tiene que irse a dormir. Necesita que se vaya a dormir. Que pase la noche en vela sería terrible para sus planes.
—Eso mismo venía a decirte yo. —Inko se acerca a él e Izuku se levanta de la mesa para corresponder al beso que le ofrece su madre. Quizá sea un poco infantil, pero a Izuku le gusta que su madre todavía le dé las buenas noches, incluso en aquellas ocasiones en las que ella se acuesta antes que él, mucho más frecuentes ahora que cuando era adolescente o niño. Inko lo mira con cariño, sonriendo, y le remete el pelo que ha conseguido escapar del moño improvisado detrás de las orejas para impedir que le tape las mejillas—. Deberías cortarte el pelo.
Izuku sonríe ante la familiar regañina. Siempre ha tenido el pelo abundante y alborotado y, mientras estudiaba en la U.A., decidió dejar de cortárselo. No había claudicado hasta llegar a la universidad, asumiendo que el pelo había crecido agreste y descontrolado. Había tenido que cortar prácticamente toda la melena para sanearlo y, desde entonces, sólo corta lo justo para permitirle seguir creciendo. Todavía no está tan largo como llegó a estarlo un par de años atrás, pero tiene un aspecto mucho más bonito en la forma en la que los rizos verdes le caen sobre la nuca y los hombros, incluso aunque apenas haga algo más que pasarle un cepillo apresuradamente antes de ir a clase. Cuando hace calor o está trabajando, lo ata con una cinta en la nuca o en la coronilla en un moño que no le moleste. Su madre, aparentemente menos partidaria, suele pedirle que lo corte de vez en cuando, pero también adora tocárselo y enterrar la mano en los mechones cuando lo lleva suelto, así que Izuku imagina que sólo es una frase manida.
—Eres un chico muy guapo, Izuku —dice Inko, con mucho cariño.
—Eso es porque me quieres mucho —se ríe Izuku, quedamente, mirando de reojo el reloj de All Might que preside su mesita de noche y descubriendo que es aún más tarde de lo que pensaba. Si su madre no concilia el sueño, no habrá manera de poner en marcha el plan.
—¿Qué es? —pregunta Inko, curiosa, mirando el guante enganchado al puerto del ordenador—. ¿Al final has hecho un guante?
—No, no, este no es el proyecto de las hombreras para el trabajo de fin de carrera. Aunque a lo mejor ahora debería llamarlas mangas, porque creo que necesitaré que cubran todo el brazo para que actúen eficazmente —explica Izuku, sonriendo afectuosamente. Su madre, que siempre lo ha apoyado en todas sus decisiones y metas, siempre se interesa y memoriza qué está haciendo y sus utilidades—. Es un guante que he fabricado para las clases del profesor Watanabe. Creímos que me sería útil para comprender algunas de las prestaciones que deberían tener las mangas.
La mentira ha salido con más aplomo del que esperaba. La ha ensayado mucho, pero su madre es una experta leyendo sus facciones y tonos. Afortunadamente, parece lo suficiente cansada como para creerle. Y no recordar que ni Izuku se lleva bien con el profesor Watanabe ni este está asistiendo a impartir sus clases en la universidad, algo que ha comentado de pasada unos días atrás. Sintiéndose culpable por haber mentido, Izuku se muerde el labio al ver la mirada orgullosa de su madre, que le abraza con fuerza antes de darle un beso en la sien.
—Hora de dormir, Zuzu —susurra esta.
—Me voy a la cama ahora mismo. Buenas noches, mamá. —Izuku sigue con la mirada a su madre, tratando de sonreír con optimismo, hasta que esta cierra la puerta, tratando de que el rostro no le traicione en esta segunda mentira tampoco.
Sentado de nuevo en el escritorio, mira fijamente el guante conectado al ordenador, que está terminando de configurarse e instalar todos los programas necesarios para automatizar los comandos que ha instalado durante el rediseño. Suspira con satisfacción cuando el dispositivo responde con fluidez a todas las pruebas de programación y, cuando por fin está listo, se lo pone en la mano derecha, flexionando los dedos para comprobar si el mecanismo está adecuadamente engrasado. Movimientos milimétricos de sus dedos permiten que el guante active funciones de aumento de fuerza y absorción de impactos. Imanes estratégicamente repartidos le permitirán adherirse mejor a superficies ferromagnéticas y atraer pequeños objetos metálicos, una función secundaria para aprovechar un material que necesitaba poner para poder aumentar la fuerza de acción del guante. «Katô-sensei estaría orgullose de esto», piensa para sí mismo. Quizá no sea útil en una época en la que el plástico reciclable, ligero, barato y sostenible, está desterrando cada vez más a los elementos ferromagnéticos, pero añade al guante una utilidad más que es mejor que no tenerla y aplica uno de los principios que más les han machacado en clase: todo debe tener las máximas aplicaciones posibles.
Lamentando no poder probarlo adecuadamente dentro de su cuarto y comprobar que las funciones de aumento de fuerza e impacto funcionan correctamente, Izuku coloca el prototipo en su impresora en tres dimensiones, activándola para que aplique el diseño de plástico estético que embellecerá la parte exterior del guante que cubre la muñeca y el dorso de la mano y cumplirá las funciones de dispersar parte del retroceso de los golpes. El resto de la absorción corre por cuenta de la gruesa tela que cubre sus dedos hasta los nudillos y la palma de la mano, un resultado satisfactorio tras dos días de trabajo, si no ha calculado mal los parámetros del diseño.
Mientras la impresora trabaja, con minuciosidad, Izuku conecta el guante izquierdo al ordenador para repetir los pasos anteriores. No ha podido instalar suficientes imanes en este, con lo que tanto la fuerza de su impacto es menor y no tiene la función extra, pero tendrá que bastar. Ha hecho lo que ha podido con el tiempo escaso del que ha dispuesto y el material que tenía en casa, dando gracias de haberse aprovisionado durante la semana anterior en el taller de prácticas de la universidad. Concentrado, trabaja con tesón y sin levantar la vista del ordenador. Los ojos le pesan cuando por fin se oye en el silencio absoluto de la casa los resoplidos cadenciosos que indican que su madre está dormida, lo cual le quita parte del peso que siente en el pecho, pero no tiene tiempo de descansar.
El guante izquierdo sustituye al derecho en la impresora, pero no se para a probarse de nuevo el derecho, ya tendrá tiempo de hacerlo. Se levanta de la silla, estirándose como un gato, y abre su armario para sacar una bolsa deportiva de la parte superior. Habría querido llevar la que tiene el logotipo de la U.A. mejor que esta, que tiene los colores del traje de héroe de Dynamight, pero no sabe exactamente dónde está y no quiere perder tiempo o hacer ruido buscándola. Embute descuidadamente en ella varias prendas de ropa y algunos recambios de calzoncillos y calcetines. Confía en que les proporcionen ropas o le permitan lavar la suya a menudo porque, al contrario que su madre, no ha podido organizar una maleta en condiciones para no levantar sospechas, así que mete las cosas que considera más básicas, resignándose a no entrar en el cuarto de baño, donde guarda el cepillo de dientes y algunos útiles de aseo, para no despertar a su madre. Un resoplido más fuerte procedente de la otra habitación, seguida del sonido de su cuerpo reacomodándose sobre el futón lo sobresalta. Se queda inmóvil durante unos segundos, expectante, y contiene la respiración, que deja escapar en un suspiro casi inaudible al escuchar a un suave ronquido: su madre ha pasado de un sueño ligero a uno más profundo.
Impaciente, Izuku se sienta delante del ordenador, observando los progresos de la impresora, resistiendo la tentación de tamborilear con los dedos encima de la mesa. No quiere arriesgarse a dormir un rato: su alarma sonaría y corre el peligro de no despertarse. Vaga con la mirada por el dormitorio, buscando una distracción y, con un golpe de inspiración al ver la pila de cuadernos con los apuntes que ha ido tomando durante años sobres sus héroes de referencia para fabricar artilugios inspirados en sus Dones, coge uno en blanco y lo arroja dentro de la bolsa deportiva con un bolígrafo. Le vendrá bien para trabajar en diseños o anotar cualquier cosa si tiene tiempo de ello.
Con la intención de matar el tiempo que resta, Izuku estira el brazo hacia los tres cuadernos que ha destinado exclusivamente a analizar el Don de Dynamight, que reposan en una pila diferente a los demás, y los hojea. Para en un recorte del héroe que ha pegado en uno de los lados. Es reciente, ha salido en una portada de una revista destinada a chicos jóvenes que Izuku ha comprado sólo por esa fotografía. En el anverso hay otro recorte, mucho más antiguo, donde ni siquiera consta el nombre de héroe de Dynamight, pues recoge su comportamiento, en un titular excesivamente alarmista, durante el primer festival deportivo en el que participó.
«Bakugou Katsuki», reza el pie de foto, «tuvo que ser encadenado para que el símbolo de la paz, All Might, pudiese condecorarlo como vencedor absoluto». Izuku sonríe con nostalgia. Recuerda perfectamente aquel festival porque no se perdió un solo segundo de él, totalmente admirado por el despliegue de aquellos alumnos de primer año que parecían dispuestos a comerse el mundo. Algo que habían conseguido. De aquel festival deportivo puede recordar al menos a dos héroes en el top diez del ranking de héroes.
Pasa las páginas, mirando el resto de fotografías. Al lado de cada recorte hay un concienzudo análisis de Izuku sobre cómo el traje de héroe de Dynamight ha cambiado desde aquel festival hasta ahora y los diferentes cambios que ha implementado. Hasta ahora, ninguno que alivie el retroceso de las explosiones. Hay incluso varias imágenes borrosas, que Izuku ha capturado de vídeos para imprimirlas, donde se le ve masajeándose los hombros mientras habla, o más bien gruñe, con la prensa tras sus intervenciones.
Sin pensarlo, los tres cuadernos de análisis de Dynamight acaban dentro de la bolsa deportiva y segundos después el estuche de herramientas, el material sobrante, demasiado escaso, con el que pretendía haber confeccionado las mangas antirretroceso, y los bocetos de su trabajo de fin de carrera, les hacen compañía. Intentando no pensar en lo que podría decir alguien que viese el contenido de la bolsa, sin cepillo de dientes o desodorante, pero lleno de cuadernos y bocetos, revisa la hora. Faltan unos minutos para la hora a la debería sonar el despertador de su madre, aunque confía en que no vaya a hacerlo: la habría escuchado extrañarse de que la hora estuviese cambiada o, incluso, habría sospechado. Espera en silencio, expectante, hasta que su reloj de All Might llega a esa hora y pasa sin que ningún ruido interrumpa el silencio matinal.
El segundo guante está listo. No se molesta en probarlo, no hay tiempo. Izuku coge ambos, los mete en la mochila y la cierra. Se cambia rápidamente, poniéndose ropa deportiva limpia y cómoda. No se atreve a apagar el ordenador para que el cese del zumbido de sus ventiladores no alerte a su madre. Aprovechando eso, abre un procesador de texto, lo amplia para que ocupe ambas pantallas y teclea apresuradamente una nota para su madre:
«Lo siento. Honraré a la nación, al Emperador, a los héroes y, sobre todo, a ti. Era la única opción. Estaré bien. Te quiero».
Rescata la carta de encima de uno de los aparadores y sale de casa con las zapatillas deportivas rojas en la mano y la bolsa deportiva colgada a la espalda en diagonal. Entorna la puerta exterior lo más que puede sin llegar a cerrarla para que su madre no se despierte con el chasquido de la cerradura, confiando en que no se note en la oscuridad del descansillo de la escalera hasta que su madre despierte y la cierre adecuadamente. Baja las escaleras despacio y no se pone las zapatillas hasta llegar al portal. No es hasta que la puerta de la calle azota tras él con un sonido que parece estruendoso en el silencio de la solitaria calle apenas iluminada por el amanecer, que Izuku echa a correr con la bolsa deportiva golpeándole la espalda a cada zancada.
Cuando llega al autobús que va a llevarlo, más pequeño de lo que esperaba, está sudando profusamente. Aliviado al ver que no lo ha fastidiado todo llegando demasiado tarde, Izuku reduce el paso para intentar recuperar el aliento, agradeciendo a los entrenamientos del profesor Watanabe, que unas horas antes detestaba, que al menos su forma física no sea paupérrima. Una idea de unas botas que le impulsen al correr de modo similar al Don del héroe Ingenium le cruza la cabeza, pero apenas tiene tiempo de pensar en ella.
—Llegas tarde. —Izuku reconoce al hombre. Es un héroe. O lo era, no está seguro, aunque le suena de haberlo visto en noticias y recortes. Le falta un brazo, el izquierdo, y una cicatriz antigua le cruza la cara, por lo que intuye que debe estar retirado y está apoyando la parte logística de la iniciativa.
—Lo siento… Lo siento mucho… —jadea, tendiéndole la carta y apretándose el costado para aliviar el dolor del flato.
—¿Midoriya Hisashi? ¿Aliento de fuego? —pregunta el héroe secamente, levantando la tabla de pinza y repasando los nombres escritos en ella.
—¡Sí! —dice Izuku con fuerza.
Ha pensado en ello durante todo el fin de semana. Es obvio que la Comisión de Seguridad Pública lleva un registro pormenorizado, y no quiere arriesgarse a constar en una lista como persona sin Don. O a no aparecer en esa hipotética lista, algo acertado, al ver cómo el héroe mueve la punta del bolígrafo y tacha algo. Por ello, ha pensado que la única opción es suplantar la identidad del único nombre de la carta que podría corresponderse con su aspecto, aunque no sabe bien qué va a hacer cuando se den cuenta de que no tiene aliento de fuego. Espera poder hacer creer que es un error del registro o algo similar, pero se enfrentará a ello cuando corresponda. Percatándose de que se ha quedado mirando al hombre fijamente por la ansiedad de la posibilidad del rechazo, agacha la cabeza. El héroe levanta la ceja, mirándolo como si pensase que es un poco tonto, y le hace un gesto con la cabeza, señalando la puerta del autobús.
Izuku se apresura a obedecer, cambiando la bolsa deportiva de su espalda al frente para no golpear nada accidentalmente. Musita un saludo cortés al conductor, que lo ignora, y luego examina de un vistazo el bus. Casi todas las plazas están ocupadas por una variopinta selección de personas. Hay varias que aparentan ser universitarios como él. El resto son personas adultas. Una mujer que parece estar en sus cincuenta y dos hombres que aparentan más de cuarenta miran distraídamente con rostro serio por la ventanilla.
—¿Estamos todos?
—Faltan dos, pero no podemos esperar más. Arranca y vete. Si llegas tarde, ese engreído es capaz de meternos a ambos una explosión por el culo —contesta el héroe, que no sube al bus.
—Como digas, Rock Lock. —Las puertas se cierran con un golpe seco, el motor ronronea y el suelo vibra bajo sus pies. Los demás integrantes del autobús lo miran con una mezcla de desinterés y curiosidad. Izuku camina hasta los asientos del fondo, donde sólo hay una chica joven sentada que lleva una gorra ceñida que le tapa los ojos y parece más interesada en dormir que en observarlo.
Izuku se sienta en uno de los asientos libres, lo más lejos de la chica que puede, todavía abrazando su bolsa deportiva. El autobús comienza a moverse y la chica que está al otro lado de los asientos traseros se remueve, inquieta. Movido por un presentimiento, Izuku se da la vuelta en el asiento y mira por la ventana trasera la parada de bus alejarse.
—¿Mamá? —Sin querer, Izuku ha hablado en voz alta, sorprendido al ver a su madre, jadeante por el esfuerzo, aparecer prácticamente corriendo por la misma esquina que él ha doblado unos minutos antes, llorando.
Izuku se pega al cristal, no muy seguro de que ella pueda verle, dolido por haberla disgustado y no poder consolarla, pero aliviado de haber podido sacarle suficiente ventaja. Su madre se para en medio de la carretera y lo saluda entre lágrimas, moviendo la mano. Comprendiendo que lo ha visto, Izuku corresponde su saludo, apretando los labios y parpadeando para no echarse a llorar también delante de todos los demás
—Lo siento mamá —susurra Izuku, apretando la frente contra el cristal y viendo a su madre hacerse cada vez más y más pequeña.
—¿Izuku? —Sobresaltado, Izuku se gira hacia la chica que está mirándolo atónita, con la gorra echada hacia atrás sobre sus cabellos. Se vuelve hacia atrás a tiempo de ver a Inko todavía moviendo la mano al fondo de la calle.
—¡Hatsume! ¿Qué haces aquí? —exclama Izuku, sorprendido de ver a su amiga ahí. No han hablado desde la última vez que se vieron en clase, el viernes, ni siquiera por mensaje, y ahora entiende por qué.
—¿Tu madre está…? ¡Debería preguntarte yo a ti! Tú no tienes…
—Calla, por favor… —suplica Izuku, sonrojándose y enjugándose rápidamente las mejillas—. Mi… me llamo Hisashi. Hisashi Midoriya. Por favor…
.
El gruñido del estómago de Iguchi es tan audible como el que emite con la boca, disgustado, cuando Shigaraki, que es quien está montando guardia, les informa de que deben volver a moverse.
—¿Estamos seguros de que ese imbécil prepotente no nos colocó un Don de rastreo, o algo así, antes de morir? —pregunta Dabi, exasperado, alzando la cabeza para escudriñar el cielo, claro y deslumbrante a la luz del día, hasta distinguir lo que ha hecho que Shigaraki dé la voz de alarma: un pequeño punto oscuro que vuela en círculos en lo alto.
—Todo lo que podemos estarlo —dice Iguchi en voz baja.
—El resto de sus Dones perdieron su efecto al morir. —Bubaigawara también ha estado extraño esos días de atrás. Al principio Dabi lo ha atribuido a la huida sin tregua a la que se están viendo sometidos, pero ahora se pregunta si no tiene que ver más bien con lo ocurrido en la pelea con Phantom Thief—. Y dijiste que tenían límite de tiempo, no pueden ser infinitos. —La segunda voz que suele hablar por él está sorprendentemente de acuerdo con la primera, y quizá eso lo hace más extraño.
—Discutiremos luego —dice All for One, atajando la conversación y levantándose trabajosamente.
Todos están cansados, pero la salud de All for One es débil ya desde antes que Dabi lo conociese. Ahora está agotado, puede verlo en todos y cada uno de los movimientos que hace. El tiempo que no pasa transportándolos lo emplea en descansar con los ojos cerrados, concentrado. Con Kurogiri todavía desconectado y sin visos de que vaya a despertar de nuevo en un corto plazo de tiempo, los transportes para alejarlos del antiguo refugio han corrido a cargo del líder de la Liga de Villanos. Sin embargo, su Don no es tan potente ni tiene el alcance del de Kurogiri. All for One les ha explicado que es un Don similar, obtenido de una persona diferente a la que originó el de Kurogiri, pero mucho más antiguo y menos desarrollado.
—Ojalá haberlo matado en la prisión —gruñe Toga.
En realidad, no saben si es Hawks quien sobrevuela el entorno desde hace tres días, pues eso significaría que no ha descansado nada, y Dabi se inclina en pensar que hay otros héroes alados que pueden turnarse. Quiere creer que ha tratado lo suficiente con Hawks como para reconocer su estilo volando, aunque no puede estar seguro, no después de tantos años. Al menos ellos, tras cada teletransporte, disponen de unas pocas horas para descansar hasta que la forma alada que los rastrea vuelve a aparecer en lo alto. Han podido beber agua, pero la única comida de la que disponen procede de un comercio saqueado justo la noche en la que Phantom Thief los descubrió en el refugio y, aunque la han racionado, es claramente insuficiente y está a punto de terminarse.
All for One abre el portal y Dabi siente el familiar tirón, mucho más brusco que el de Kurogiri, antes de que la oscuridad le invada. Siempre pierde la noción del tiempo y el espacio durante el transporte, a pesar de que se supone que apenas dura unos segundos. Dentro del portal el tiempo se dilata de forma extraña, sin llegar a hacerse largo. Al aparecer en otro sitio, parpadea un poco desorientado. Están en medio de una calle de un pueblo rústico. Se oye un ladrido de un perro cercano que no puede ver y un grito de una niña muy pequeña que sale corriendo antes de que ninguno se mueva.
—No es necesario —ordena All for One cuando Toga hace ademán de lanzarse a por ella. Dabi arquea la ceja, pero entiende por qué: es poco probable que la niña, siendo tan pequeña, los haya reconocido o pase por algo más que una fantasía infantil si se lo cuenta a algún adulto, mientras que una desaparición o un asesinato serían mucho menos sutiles.
—Es mejor que salgamos de aquí o nos encontrarán más pronto que otras veces si dan la voz de alarma —gruñe Shigaraki, ayudando a Iguchi a sujetar a Kurogiri y caminando en lo que parece ser las afueras del pueblo.
Dabi otea el cielo, pero no hay rastros, intentando calcular sin éxito cuántos kilómetros los ha movido All for One, aunque deduce que cerca de un centenar. Mucho más que en otras ocasiones, así que tardarán más en encontrarlos si nadie los descubre antes. A su lado, All for One parecen temblarle las piernas. Bubaigawara se apresura a sujetarlo mientras masculla algo en voz baja, hablando consigo mismo.
—Tomura… Espera… —Dabi intuye por qué ha hecho ese esfuerzo antes de que termine de hablar—. Entremos aquí.
«Aquí» es un granero viejo y abandonado, pero vacío. Se nota que hace muchos años que no se ha dedicado al uso habitual de este tipo de edificios. Todos se acomodan en diferentes puntos, contentos por estar a cubierto y dispuestos a aprovechar todas las horas posibles para descansar, ya que no están a campo abierto donde ser divisados con facilidad desde el cielo. Aliviado, Dabi se da cuenta de que incluso es posible que Toga, Shigaraki y él quizá puedan incursionar en el pueblo en busca de comida y recuperar por fin algunas de las fuerzas en lugar de dar tumbos por medio país sin rumbo fijo ni objetivos. Por primera vez en muchos días, se siente animado. No es haber recuperado la iniciativa, pero se le parece.
—Esto es insostenible —dice, no obstante, Iguchi, malhumorado, cruzándose de brazos.
—Tiene razón —coincide Shigaraki, que arrastra las palabras mientras se mira distraídamente las rodilleras desgastadas de sus pantalones—. Pero… ¿por qué no atacan? Nos han tenido vulnerables durante varios días, pero parece que sólo se limitan a vigilarnos, sin hacer nada.
—Nos temen —susurra Toga con una sonrisa maliciosa—. No quieren enfrentarse a nosotros sin ser un montón, ya lo dijo el héroe, que había pedido refuerzos.
—Y, sin embargo, no llegaron —dice Dabi, que ha pensado en ello durante los días anteriores.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Toga.
—En realidad, no lo sé. Pero si pudieran atacarnos, ya lo habrían hecho. Es verdad que nos movemos rápido cuando los detectamos, pero… Creo que no han elaborado una estrategia todavía —responde Dabi, pensativo—. Nos temen, sí, pero ese héroe estaba actuando por su cuenta. A lo mejor era todo un farol, sin más. Y ahora están buscando la forma de atacarnos sin perder.
—Siempre le han temido a perder —asiente Bubaigawara, riendo entre dientes—. ¡Son unos cobardes! ¡Que vengan por nosotros o nos dejen en paz!
—Da igual —dice All for One, acercándose a Kurogiri, que se ha quedado inmóvil en el sitio donde Iguchi y Shigaraki lo han dejado.
All for One les ha explicado que la funcionalidad del nomu se ha visto afectada por los largos años en la prisión de Gunkanjima, y que los letargos en los que entra son una especie de medida de seguridad y autoprotección de su sistema de inteligencia. El problema es que los letargos son erráticos e impredecibles. En la prisión duró años y desde que han escapado apenas han sido unas horas, pero este último está durando días y dependen de él para despistar al héroe o héroes que los vigilan y terminar de reorganizarse antes de dar rienda suelta al plan.
—¿Da igual? —pregunta Iguchi, escéptico.
—En una ocasión me refugié aquí, hace muchos años. —Dabi observa el granero. Es cierto que parece muy antiguo—. Contaba con que pudiésemos llegar. Esto nos dará algo de margen, dado que hasta ahora no nos hemos refugiado en pueblos o ciudades, dudo que estén registrándolos.
—Y esperaremos a que se cansen de buscarnos —dice Toga, tentativamente.
—No. Espero que podamos irnos antes de que nos encuentren y cuento con que podamos dejarnos ver una última vez para entretenerlos un rato y que podamos empezar a centrarnos en lo que realmente queremos.
—¡Beber la sangre de gente que nos gusta!
—Acabar con el sistema, Toga —murmura Shigaraki con desprecio, haciendo que la chica ponga los ojos en blanco por la obviedad—. Aunque aún no nos has contado cómo vamos a hacerlo.
—No lo haremos nosotros. Lo harán ellos solos —dice All for One, agachándose al lado de Kurogiri y palpando a través del humo en busca de su cuerpo—. Que no nos hayan atacado abiertamente significa que nos temen y que no quieren una confrontación que pueda suponer problemas como los que ocasionamos en Kamino. Y ya no tienen a All Might. Himiko tiene razón: nos tienen miedo. Y el miedo es la mejor arma. Sólo tenemos que alimentarlo como quien echa madera a un incendio, y el bosque prenderá solo.
—¿Miedo? ¿Esa es toda la estrategia? —pregunta Iguchi, pero Dabi está asintiendo, porque comprende a qué se refiere All for One.
—Consigamos que la gente dude de los héroes, del gobierno. Que vean las ventajas de poder utilizar libremente sus Dones, o librarse de ellos si no les gustan y se pongan de nuestra parte. Ya ha ocurrido otras veces, antes de que cualquiera de vosotros naciera. A la gente le gusta el concepto de libertad y están dispuestos a pagar la suya con la de los demás. Y los que no estén dispuestos a hacerlo… no lo harán digamos lo que digamos, así que mejor sembrar el miedo entre ellos —explica All for One—. Eso nos dará una ventaja. Aunque la mayor que tenemos ahora mismo está ahí —añade, señalando a Bubaigawara, que parece sorprendido—. Lo que hiciste en ese refugio… Ese es el Bubaigawara que siempre he querido ver, muchacho. Contigo a nuestro lado, es difícil que perdamos.
—No estoy seguro —dice Bubaigawara—. ¿Y si no sabemos quién somos? —pregunta con la voz que denota que es la segunda personalidad. Dabi comprende entonces a qué se debe el súbito acuerdo entre ambas voces: tienen miedo de no saber identificar al Bubaigawara original.
—Ya habéis visto que podemos manejarlo. Y creo que cuanto más pruebes, más difícil será que te pierdas. De todos modos… he pensado en ello —musita All for One, levantándose del lado de Kurogiri—. Le he transmitido otro Don. Uno de regeneración, potente. Llevo días buscándolo en mi interior, pero no recuerdo todos los Dones que albergo y, además, he tardado en decidirme cuál sería el más conveniente. Espero que sea suficiente para ayudarle a aumentar sus habilidades y disminuir o eliminar los periodos de letargo y los daños causados por el encierro y el acopio de Dones.
Dabi silba, sorprendido y complacido, comprendiendo por qué All for One parecía tan cansado. Es cierto que su salud es débil, pero al menos ha vuelto a poner en relieve por qué es un activo de valor al que seguir y con el que colaborar. Cuando se vuelve hacia el resto, satisfecho, todavía tiene algo más que decirles.
—Ese héroe descarado me dio la idea al utilizar varios Dones. El cuerpo de una persona normal, por lo general, no suele tolerar la acumulación de múltiples Dones. Yo soy una excepción a esto, de hecho, como parecía serlo ese héroe. Era algo en lo que Garaki trabajó con mucho ahínco con nuestros nomus, pero eso también es lo que hace que sufran este tipo de consecuencias —explica All for One—. En mi búsqueda para Kurogiri, he encontrado algunas cosas interesantes que quizá puedan seros útiles y que puedan suponer una sorpresa para esos héroes que, cuando por fin crean estar preparados para enfrentarnos, se encuentren con alguna sorpresa.
—¿Cómo por ejemplo? —pregunta Iguchi, sonando interesado. Su Don siempre ha sido el menos práctico para pelear de todos ellos, por lo que Dabi comprende por qué le resulta atractiva la idea.
—Dabi… ¿qué te parecería conseguir un Don que rebaje tu temperatura corporal cuando utilizas tu fuego?
—¿Podría hacer eso? —pregunta Dabi, interesado, pensando en Endeavour y sus tradicionales problemas de sobrecalentamiento—. ¿A la vez? El héroe de pacotilla sólo podía utilizar un Don por vez.
—Debía ser una limitación natural de su Don —explica All for One—. No tendrás ese problema con el que yo te dé.
—Eso me haría más poderoso que Endeavour —susurra Dabi, peligrosamente, poniéndose en pie.
—¿Y si no lo toleramos? —Iguchi, no obstante, parece muy atraído por la idea.
—Tenemos tiempo suficiente para enfrentar ese problema más adelante y perfeccionar la técnica de transmisión o retirarlo —lo tranquiliza All for One.
—¿Y los demás? —pregunta Shigaraki.
—Puedo potenciar tu área de alcance y potencia a altura que dejará el actual a un nivel irrisorio, Tomura. Y estoy seguro de que las ideas que tengo para el resto.
—¿Y por qué no empezamos ya? —pregunta Toga, ansiosa.
—Porque el proceso de transmitir un Don me agota. Los años no han pasado en balde.
—Por eso necesitabas que pudiéramos detenernos en algún sitio —asiente Bubaigawara, comprendiendo.
—Y, cuando terminemos, la era de los héroes habrá terminado —concluye Iguchi, sonriendo ferozmente.
NdA. Y ahora sí, fin de la primera parte del fic, denominada La decisión de Izuku. El capítulo de la semana que viene inaugura la siguiente, que tiene por título: Todo un héroe haré de ti y abarca 10 capítulos.
