Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.

Trigger Warning: Hay descripción de lesiones (es lo que tiene que Izuku acabase como acabó el capítulo anterior), secuelas y parte de la acción transcurre en un hospital.

Amy: Sorry *junta los deditos en plan contrito, pero en realidad no se arrepiente demasiado*. Me ha sorprendido que, en general, nadie se viese venir lo del brazo :S. Es cierto que Mulán no lo pierde, pero no había mucho que hacer con semejante lesión. Katsuki está un poco superado por las circunstancias, no está orgulloso de su comportamiento durante estos capítulos. Sé que dije que ya no era el adolescente que conocemos, pero su carácter explosivo sigue estando ahí y brota en los peores momentos.

¡Muchísimas gracias por leer y comentar!


HISASHI

—¿Izuku? ¡Izuku! —Escucha los gritos de su madre en el pasillo y reconoce su voz al instante, pero no hace amago de incorporarse en la cama. Aprieta los párpados, tratando inútilmente de contener las lágrimas.

Se ha esforzado de verdad, ha intentado no llorar desde que ha despertado, a solas en la habitación, desorientado y manco, pero ha sido superior a sus fuerzas. La ausencia del brazo izquierdo, la inmovilidad del derecho, el cansancio general y el dolor en todo el cuerpo, ahora que está consciente. Todo se ha agolpado mientras dejaba que las lágrimas se derramasen silenciosamente por sus mejillas. Ha vuelto a llorar después, cuando una enfermera ha entrado en la habitación a administrarle su medicación, explicarle la situación y tomar los datos de contacto para avisar a su familia, recordando que hace dos días que no habla con su madre y que, si la pelea ha salido en las noticias, debe estar muy preocupada.

Y ha vuelto a llorar durante las horas siguientes, mientras espera a que el reencuentro se produzca. A solas con sus pensamientos y sus recuerdos, vagos y confusos, de Katsuki a su lado, cambiando con sus grandes manos los paños húmedos en su frente. Katsuki sosteniéndole el brazo mientras alguien más tiraba de sus dedos. Katsuki con el ceño fruncido y los labios apretados, muy cerca, desde arriba. Cuando ha recuperado la lucidez, no ha tenido oportunidad de hablar con él, antes de que dejasen entrar a sus amigos y no ha vuelto a verlo después.

Sin embargo, ahora le preocupa cómo va a reaccionar Inko al verlo así, en estas condiciones. Odia llorar justo ahora, porque querría recibirla con una sonrisa, decirle que todo está bien, que ha conseguido derrotar a los villanos, honrar a la familia, a Japón y al Emperador, tal como ella quería. Desearía que lo mirase con orgullo y no compasión, como ha visto en los ojos de todos sus amigos, que han evitado mirarle el brazo y han forzado sus sonrisas para animarlo, pero que no han podido contener la tristeza empática reflejada en sus rostros.

Se considera afortunado de poder seguir llamándolos amigos. De Hatsume lo daba por hecho, por supuesto, la chica ha sido leal hacia él siempre, pero Sero, Kaminari o Uraraka… igual que Katsuki, ellos sólo han conocido a Hisashi Midoriya, Don: Fuerza; y de pronto se han topado con Izuku Midoriya, sin Don. Aun así, han estado a su lado en los minutos antes del traslado al hospital cuando Izuku, con la claridad de pensamiento recuperada al retirarse la fiebre, ha presentido que el brazo izquierdo estaba fuera del alcance de cualquier tipo de salvación. Salvo Uraraka, que se ha mantenido más distante, sonriendo con cortesía y algo de ansia, algo que Izuku puede comprender perfectamente, Kaminari y Sero se han esforzado en reír y bromear presentándose a sí mismos de nuevo e intentando obviar las equivocaciones con su nombre de pila. Ninguno ha hecho referencia al brazo izquierdo, salvo Hatsume cuando se ha despedido de él con un beso en la mejilla, deseándole una completa recuperación, ni tampoco a la carencia de Don de Izuku.

«Has sido muy valiente, Izuku. El más valiente de todos», ha susurrado su amiga al oído de Izuku, dándole un cuidadoso abrazo, forzando una última sonrisa y tratando de imprimir optimismo a su voz, pero teniendo que enjugarse las lágrimas de los ojos al separarse.

Y, aunque está ansioso por la reacción de su madre cuando lo vea, Izuku no se arrepiente de nada más que de haber mentido a Katsuki y sus nuevos amigos, algo que ha acabado resultado más duro de lo que le había parecido al elaborar su plan. No consigue arrepentirse, ni siquiera ahora cuando es obvio, por la notoria ausencia a partir del pulcro vendaje que cierra a la altura del codo, de lo que ha hecho. Volvería a repetirlo. Por mucho que al cerrar los ojos sienta el brazo en su lugar, indemne hasta que intenta moverlo y de pronto recuerde que ya no está ahí. Aunque al tratar de apoyarse en la cama para incorporarse haya caído hacia atrás, sin nada que lo sostenga, provocando que una celadora haya tenido que entrar a ayudarle a mover el colchón hacia arriba. Aunque al cerrar el puño con rabia haya tenido que ahogar un grito por el latigazo de dolor que ha restallado en el muñón. Un brazo a cambio de la vida de un niño le parece un precio más que aceptable. Había que detener al villano y no se arrepiente. No se arrepiente, pero duele y no sólo es el brazo, también es el pecho, los ojos y el alma.

—Mamá… —susurra, sollozando a pesar de que se ha prometido firmemente no hacerlo, cuando por fin su madre, que ha sido interceptada y luego guiada por las enfermeras hasta la habitación, aparece en la puerta y se queda paralizada unos segundos, mirándole con los ojos llorosos también, antes de lanzarse hacia él—. Lo siento, mamá…

—¡Zuzu! —Izuku llora en los acogedores brazos de su madre, que lo abraza con cuidado, besa su rostro, llora con él y seca sus lágrimas, consolándolo con palabras cariñosas como cuando era pequeño y se raspaba las rodillas al jugar a ser All Might o Dynamight. Como cuando llegaba a casa del colegio, triste porque no tenía un Don. O el día que el médico le dio la noticia. Cada una de las ocasiones en las que carecer de Don lo había puesto un escalón por debajo del resto de la sociedad. Su madre siempre ha sido una constante en su vida, una roca a la que aferrarse incluso cuando todos los demás se han ido.

—Lo siento, mamá —susurra una y otra vez Izuku, aunque no sabe exactamente por qué le está pidiendo perdón y sería incapaz de explicárselo, pero aun así habla y habla. Una cascada de palabras brota de su interior y las susurra mientras su madre lo mece en sus brazos y lo sigue besando contando todo lo ocurrido en las pasadas semanas que no le ha contado por teléfono.

Del encuentro con Hatsume en el bus y sus nuevos amigos. De sus maravillosos Dones.

Del héroe Dynamight que luego pasó a llamarse Katsuki.

Del entrenamiento a solas con él.

No omite detalles. Su madre tiene la cortesía, o quizá la intuición, de no interrogarlo a fondo, algo que Izuku agradece, porque ahora mismo no sabe qué piensa exactamente de Katsuki. Comprende que se haya enfadado con él, con todas las mentiras. Internamente, siempre ha sabido que mentir y mantener una fachada iba a acabar pasándole factura. También sabe que hay gente que no soporta algo así y no podría echarle en cara a Katsuki que no esté dispuesto a hacerlo por él, pero le habría gustado hablar una vez más con él: despedirse, decirle que lo siente, explicarle sus razones. Que, aunque llore y le duela y sienta una pena terrible al no ver su brazo izquierdo sobre la sábana blanca del hospital de la misma manera que es capaz de percibirlo en su mente, está orgulloso de lo que ha hecho y agradecérselo, porque ha sido el entrenamiento de Katsuki el que le ha permitido salvar a Katsuma y ser un héroe para él.

También habla a su madre del ataque al complejo, aunque omite algunos sucesos para no angustiarla ahora que ya ha terminado todo. Y de Katsuma, de su Don y su valentía. De cómo le ha salvado la vida para poder acabar con Spinner. Inko lo estrecha entre sus brazos, comprendiéndolo e Izuku le ahorra los detalles más escabrosos. Someramente, relata que han conseguido vencer a los villanos y que luego lo han trasladado al hospital.

—El ataque a Musutafu fue hace dos días —dice entonces su madre, frunciendo el ceño.

—¿Qué? —Izuku parpadea. Sabe que ha estado convaleciente y con fiebre, pero para él ha pasado mucho menos tiempo. Quizá unas horas, desde que descubrieron lo ocurrido con Best Jeanist. Sin embargo, tiene sentido, los dedos de su mano derecha están mejorando mucho, aunque quizá eso tenga que ver con la vieja heroína que lo ha despertado de la inconsciencia. Su madre insiste, le enseña la fecha en el móvil. Dos días que en su mente se reducen a unos pocos retazos de recuerdos de Katsuki bajándole la fiebre y dolor difuso en su mano derecha.

—Han tardado dos días en traerte al hospital. —Su madre no añade nada más, pero frunce el ceño, enfadada. Izuku ata cabos en su mente, sus recuerdos sumados a lo que la enfermera le ha contado acerca de los resultados de su operación y el hecho de que no podían salvar el antebrazo ni la mano.

—Lo siento, mamá —susurra Izuku una vez más. Ella lo comprende: Izuku no está disculpándose, está empatizando con el dolor que ve en los ojos de su madre, el dolor de alguien que ve a su hijo sufrir y sufre con él, así que se apresura a añadir—: Volvería a hacerlo, todas y cada una de las cosas, sin arrepentirme nunca, pero… lo siento… No quería que tú…

—Izuku —lo interrumpe su madre, emocionada, negando con la cabeza. Traga saliva antes de continuar hablando, con la voz ahogada por las lágrimas—. Estoy orgullosa de ti.

—¡Mamá! —Izuku no sabía cuánto había necesitado esas palabras hasta que se las oye decir. Solloza escondiendo la cara en su hombro y su madre lo deja hacer durante un rato antes de seguir hablando.

—Pero… no puedo evitar estar enfadada contigo también. Te fuiste de casa. Me preocupaste. Vuelves herido y en tus ojos puedo ver que ya no eres el mismo niño que se marchó —continúa Inko con voz seria.

Izuku se aparta y la mira, apesadumbrado y un poco avergonzado. Su madre estira la mano y le acaricia los cabellos cortos, quemados y de puntas retorcidas por el efecto del fuego. Están limpios, deben haberlo bañado en algún momento previo o posterior a la operación, mientras aún estaba inconsciente, porque toda la piel está limpia también.

—Tu precioso cabello —murmura su madre, apenada también.

—Volverá a crecer. Sólo es necesario sanearlo un poco. A lo mejor debería rapármelo para que crezca más fuerte —dice Izuku, procurando sonar optimista. Ni siquiera ha tenido tiempo de pensar en su pelo, quemado en el ataque al complejo, hasta ahora.

—Claro que volverá a crecer, pero tú estarás guapo lo tengas como lo tengas. Siempre serás mi niño guapo, aunque seas un adulto. Y, como eres un adulto, tengo que decirte que, si vuelves a desaparecer así para ponerte en peligro, por muchas vidas que salves, con quien me enfadaré será contigo —asegura Inko en tono amable, apretando los labios para contener las lágrimas. Izuku, que no puede utilizar ninguno de los brazos, trata de secarse sus mejillas en el hombro, pero su madre saca un pañuelo del bolso y lo hace por él, acariciándole el rostro con mimo.

—Lo siento, mamá. Tenía…

—Tenías que hacerlo —dice su madre, asintiendo. Izuku vuelve a sentir los ojos llenos de lágrimas—. Ahora eres un héroe, hijo mío. Para mí lo has sido siempre, pero ahora puedo ver en tus ojos que también lo eres para ti mismo. Por fin te ves a ti mismo como yo te he visto siempre.

Inko sujeta entre sus manos el muñón vendado con cuidado y lo acaricia con cuidado. Tiene más heridas, tanto en el brazo y hombro izquierdo, como en las piernas y el brazo derecho, cruzándole por doquier. Muchas son superficiales, pero algunas le dejarán cicatriz. Ni siquiera está seguro de saber cuándo se las ha hecho, quizá en el derrumbamiento.

Izuku ve en los ojos de su madre el dolor, físico y emocional, que él ha sentido consolado cuando ella ha entrado y comprende entonces cuán grande ha sido la carga de su madre durante todo este tiempo. Quiere prometerse a sí mismo y a ella que no seguirá aumentando esa carga, pero no quiere hacer una promesa que no sea capaz de cumplir. Tampoco quiere prometer que tendrá más cuidado, porque sería una promesa inútil ahora que está tullido. En cambio, hace una pregunta que lleva eludiendo muchos años, desde la última vez que la formuló siendo apenas un niño y su madre le dio una respuesta poco convincente.

—Mamá… ¿Qué fue de Hisashi? —Lo llama Hisashi, no papá, por primera vez en su vida. Quizá utilizar su nombre ha hecho que por fin pueda disociar la figura del padre ausente del propietario del nombre y no le suena raro hacerlo—. No la historia aquella que me contaste cuando era pequeño, eso de que trabaja fuera…

Inko se seca también las lágrimas y mira al techo de la habitación, pensativa, unos segundos. Luego suspira y comienza a hablar.

—Me encandiló. Era un hombre inspirador cuando hablaba: todo el mundo se volvía para escucharlo. Admiré muchísimo su capacidad de hacer que le hiciesen caso. Si no fuese porque era capaz de exhalar pequeñas llamas, podría decir que ese era su Don: carisma para inspirar a la gente, reclutarla para cualquiera que fuese su causa. No tenía padres, me dijo cuando me llevó a la casa familiar de Nagoya, una casa lujosa pero aparentemente sencilla que me hizo creer que era un hombre más noble de lo que resultó ser en realidad —Izuku escucha, por primera vez, la historia de Inko y su padre.

Tampoco hay mucho más que contar. Un hombre mayor que ella, aparentemente anodino, pero muy carismático, que había irrumpido en su vida y la había cautivado. Inko se dejó llevar por la ingenuidad de la juventud. Un romance tan fugaz como la breve convivencia que le siguió en la lujosa casa de él en Nagoya, porque el matrimonio no llegó a concretarse. Un día, pocos meses después de que Izuku llegase al mundo, sencillamente no estaba y nunca volvió a estar. Tampoco pasó una pensión alimenticia ni llamó para preguntar por su hijo. En cuanto Inko encontró trabajo, en Musutafu, dejó atrás la casa vacía de los Midoriya, que por otro lado nunca le había pertenecido, y la esperanza de volver a ver a aquel hombre que no había amado a su hijo como para quedarse en su vida.

—Al principio intenté encontrarlo, créeme. Primero porque estaba enamorada de él. Después, porque creía que tú necesitabas un padre. Pero no existía. Nadie con su nombre y su apellido existía, a pesar de que registré tu nacimiento con él. Tampoco nadie que correspondiese a su descripción con un Don de fuego —termina Inko, con amargura—. Cuando comprendí la magnitud del engaño, sencillamente desistí. No quería meterme en una ardua batalla legal para identificarlo, ser yo quien denunciase la no existencia de ese hombre, que sólo podía demostrar porque constaba como tu padre y, por tanto, mi pareja.

—Ahora me arrepiento de haber escogido su identidad para camuflarme —murmura Izuku tras escuchar la historia. Ha sido menos dolorosa de lo que esperaba. Quizá influye que desde que cuando cumplió catorce años, había empezado a sospechar que su madre dulcificaba cualquier referencia a Hisashi Midoriya.

—A cambio, ahora puedes estar orgulloso de tu propio nombre, hijo. Has sido muy valiente, todo un ejemplo.

—Es horrible lo que te hizo. Y, aun así, nunca me hiciste odiarlo o me dijiste nada de todo aquello. ¿Por qué? —pregunta Izuku, incapaz de contenerse.

—Lo fue, hijo, pero de eso hace muchos años —lo tranquiliza Inko, sonriendo. Tiene los ojos húmedos, pero Izuku deduce que esa emoción tiene más que ver con él que con los recuerdos que está reviviendo a petición suya—. Dolió al momento. Sola y a cargo de un niño pequeño, no fue fácil. Pero, ¿sabes qué? Como tú, yo tampoco puedo arrepentirme ni un solo segundo de mis decisiones, porque gracias a aquello estás aquí conmigo, ahora, y has sido siempre lo más bonito de mi vida. Estamos aquí y ahora y eso es lo que importa, Izuku.

—Mamá… —Izuku vuelve a llorar en los brazos de su madre, purgándose el pecho de emociones—. Yo también te quiero, mamá. No quería preocuparte innecesariamente. Te quiero un montón. Muchas gracias por todo, mamá.

—No digas tonterías. Ahora… ¿Por qué no me cuentas algo más de ese chico que decías antes?

—Dynamight, mamá. No es un chico, es un héroe profesional —ríe Izuku, escondiendo la cara sonrojada por la vergüenza.

—Para mí, ambos sois sólo un par de chicos —contraataca su madre, ignorando sus protestas y mulléndole las almohadas para que se pueda acomodar mejor. Sonrojado, con las suaves caricias y los cuidados de su madre, Izuku se siente de vuelta en casa, incluso dentro de esa blanca habitación de hospital que huele a desinfectante y antibióticos.

.

Hitoshi está sentado en uno de los laterales de la camioneta entre el héroe Lemillion y Hanta Sero, tratando de que el traqueteo del vehículo, que oscila bastante y no lleva cinturones de seguridad que los amarren contra el asiento, no le haga golpearse contra los hombros de ambos, como a veces sucede si hay un bache en la carretera. Todavía no sabe bien cómo ha terminado ahí, pero sí que está exactamente donde quería estar. Desde que la batalla terminó y sacaron a Midoriya de entre los escombros, no ha sabido bien qué hacer. Se le asignó, junto a los amigos de Midoriya, tres tiendas de campaña. Uraraka y Hatsume habían compartido una y Sero, el más mayor de todos, había colocado a Midoriya en la suya, quizá entendiendo que Shinsou y él no eran amigos. O porque Hatsume haya podido contárselo, la chica apenas le ha dirigido la palabra en esos dos días, a pesar de que se conocen.

Ha acabado compartiendo su tienda con Kaminari. El chico al principio lo ha mirado con curiosidad, pero rápidamente ha sonreído y se ha puesto a hablar, entusiasmado, interrogándole acerca de su nombre, Don y procedencia. Y, por supuesto, para saber de qué conoce a Midoriya, parloteando con curiosidad por su verdadero nombre, por la ausencia de su Don. Curiosamente, la admiración impregna su voz, a pesar de que, hasta donde ha entendido, Midoriya les había ocultado a todos su verdadero nombre y su condición. Hitoshi no ha sido muy comunicativo, incómodo por la avasalladora personalidad de Kaminari, pero eso no parece haber afectado al chico, que ahora lo mira desde su asiento, enfrente de él, al fondo de la camioneta, con una sonrisa de simpatía.

Durante los dos días en el improvisado campamento, no muy seguro de si debía estar allí o marcharse a su casa, Hitoshi se ha limitado a dejarse llevar. No ha sabido qué contestar a los mensajes de Ichinose acerca de si va a volver a casa más allá de un lacónico y sincero «no lo sé». No ha avisado a la konbini de que no va a poder cumplir sus turnos. Su jefe tampoco le ha llamado indignado por su falta de presencia, así que cabe la posibilidad de que la tienda haya sido afectada por el desastre de la pelea. Aunque el lugar donde él retuvo a Shigaraki, la calle donde Best Jeanist inmovilizó al nomu y donde han derrumbado el edificio sobre Twice, no están tan cerca de donde vive ahora ni de la konbini, hay otras partes de la ciudad que, con menos daños, también han sido afectadas por el ataque de los villanos.

Como el héroe Shouto le ha tratado igual que a sus compañeros de tienda, Hitoshi ha hecho lo mismo que los demás y ha pasado el tiempo descansando en la tienda, a veces solo, otras acompañado por Kaminari, y haciendo guardia con él y el resto delante del pabellón médico donde Midoriya hervía de fiebre. También ha ayudado a recoger las tiendas y cargar las mochilas de supervivencia que les han servido como refugio cuando Dynamight, seguido por Shouto, Lemillion y Suneater, ha regresado del hospital cabreado y bramando órdenes por doquier. El resto ha montado en la camioneta con la naturalidad de quien ya se ha acostumbrado a hacerlo, pero Hitoshi ha dudado, mirándolos subir sin saber si eso significa que ha acabado su pequeña intervención o si alguien le va a dar una palmada en la espalda antes de mandarlo a su casa.

Kaminari ha mirado a Hitoshi, extrañado, cuando ha trepado por el escalón de apoyo. Ha abierto la boca, como si fuese a preguntarle por qué se apartaba a un lado, cediendo el paso a otros, pero Hatsume, mucho más seria e ignorando a Hitoshi a propósito, lo ha impelido a no interrumpir el paso. Después han subido los héroes, hablando entre ellos. O, mejor dicho, Lemillion hablando mientras Dynamight gruñía y Suneater se encogía de hombros. Shouto, que es quien ha supervisado todo el proceso de recogida y a quien ha visto discutiendo con varios soldados para conseguir una camioneta y sacarlos de allí, ha dejado que todos los demás subiesen mientras intercambiaba unas últimas palabras con Recovery Girl.

«¿Qué haces todavía ahí?», la ha preguntado con genuina extrañeza. Hitoshi no ha sabido qué contestarle exactamente. Le había parecido ridículo preguntar si nadie lo va a mandar a casa. Y podría dar a entender que se ha quedado esperando un elogio o algo.

«No lo sé», ha dicho al final, siendo sincero.

«Ah… Ya». Shouto lo ha mirado con sus ojos desiguales. «Sí, esto es muy irregular. La Comisión se va a poner furiosa, pero si se lo explico a Creati, solucionará el papeleo». Shouto ha seguido observándolo, con una expresión indescifrable en el rostro. «Puedes irte a casa, si quieres», había dicho finalmente.

«Yo no…».

«Claro que no. Te habrías ido hace dos días». Un grito de impaciencia de Dynamight desde el interior de la camioneta y un gesto inquisitivo de los soldados que iban a conducirla habían hecho que el héroe señalase con la cabeza. «Hay un hueco libre en el escuadrón de Dynamight. Ahora sube».

El escuadrón de Dynamight, que cuando se ha sentado enfrente de él, en uno de los dos sitios libres que había y el único que no estaba a su lado, le ha dirigido una murada interrogativa. Hitoshi ha apretado los labios, no muy seguro de que vaya a aprobar ese examen, pensando en que ese sitio que está ocupando es el de Midoriya y el héroe se ha mostrado muy preocupado por él todo el tiempo.

«¿Qué diferencia hay entre no tener un Don y tener un Don que no puedes utilizar? Tener un Don que no puedes utilizar es casi como no tenerlo».

Se ha planteado a sí mismo cientos de veces la misma pregunta. Y ahora entiende que sí hay una diferencia. Quizá si Midoriya no hubiese perdido el brazo, después de vencer a un villano y pelear contra otro el suficiente tiempo como para permitir derrotarlo, alguien como Shouto o Dynamight lo habrían dejado subirse a la camioneta. Pero ese «quizá» abre la puerta a una duda que no ha abierto con Hitoshi. Incluso con su Don, Shouto no ha dudado en cederle la posición de Midoriya.

«La diferencia entre tener un Don que no puedes utilizar y no tenerlo es que tienes un Don. Al menos no estás al final de la cadena alimenticia. Tendrás que disimular igualmente, pero al menos la gente no te mirará con compasión ni pensará que ojalá hubieses nacido sin él, por horroroso que sea», ha comprendido cuando la camioneta ha arrancado y se ha puesto en camino. Y, por primera vez, es consciente de todas las veces que ha usado, adrede o no, esa pequeña posición de superioridad, a pesar de sufrir la de los que están por encima e indignarse.

—Entonces, ¿tú eras de los que llamaba Deku a Izuku Midoriya? —La pregunta de Dynamight interrumpe el cauto silencio incómodo de la camioneta. La charla de Lemillion ha cesado cuando la furgoneta ha arrancado y todos los demás, sin nada más que hacer, se han sumido en sus propios pensamientos, así que Hitoshi ha hecho lo mismo.

—Katsu… —El héroe Shouto reprende con voz suave a Dynamight, pero su mirada desigual e incómoda no se aparta del rostro de Hitoshi, observándole con curiosidad también. Ahora, Hitoshi tiene la sensación de que no le ha quitado la vista de encima desde que han hablado fuera de la furgoneta, aunque estaba tan concentrado en su propia epifanía que no se ha dado cuenta.

—¡Te he dicho que no me llames así, joder! —A Shouto no parece molestarle la violenta respuesta de Dynamight, que se vuelve de nuevo hacia Hitoshi—. Tú, contesta. ¿Sí o no?

La pregunta sale disparada de los labios del héroe Dynamight con violencia, igual que lo haría un esputo que, en lugar de golpear el suelo, hace diana en la dignidad de Hitoshi. Sobre todo, porque esa pregunta forma parte de la respuesta a la incógnita que Hitoshi acaba de resolver. Tener un Don sirve para que nadie te llame Deku. El Don de Hitoshi ha sido inútil hasta ahora y ha tenido que suceder un desastre terrible para sacarle partido, pero no es él quien ha cargado con el insulto durante prácticamente toda su vida. Aun así, hace años que Hitoshi se ha creado una coraza con respecto a ese tema y es perfectamente consciente de que ha hecho cosas que no están bien. Incluso lo era mientras lo hacía, incómodo al intuir que no era una buena acción, pero cumpliendo el papel que le había asignado la sociedad desde que le colgaban los mocos de la nariz.

Y si bien puede culpar al sistema de eso, no va a justificarse ni eximirse de responsabilidad.

—Sí. —La respuesta es lacónica, para no dejar traslucir la incomodidad que siente, y al mismo tiempo brusca, para intentar dar por zanjada la conversación. Además, procura controlar todos los movimientos involuntarios de su cuerpo y rostro, quedándose antinaturalmente inmóvil, una estrategia de defensa que tiene más que interiorizada.

—Cojonudo…

—Katsuki… —vuelve a intervenir Shouto, esta vez mirando directamente a Dynamight con expresión disgustada—. No es el momento ni el lugar para…

—Cállate, joder. Sólo quiero saber —gruñe Dynamight, sin apartar la mirada, feroz, de Hitoshi. Este reprime el impulso de echarse hacia atrás, aplastándose contra la pared de lona de la camioneta, para esquivar el agresivo lenguaje corporal del héroe—. Míralo, serio y callado como tú, con esa mirada de perdonar vidas mientras esconde todos sus rencores dentro de sí.

—Eso es un golpe bajo, Katsuki —protesta Shouto. Y por sus ojos cruza una expresión dolida a la vez que se frota la barba de varios días con incomodidad, pero Dynamight no se disculpa. La camioneta atraviesa un bache que hace que todos boten y la distracción parece suficiente para detener las invectivas de Dynamight.

Hitoshi aprieta los labios y baja la mirada, todavía más incómodo, preguntándose por qué Dynamight está pagando su enfado con él. Imagina que debe llevarse bien con Midoriya porque lo ha visto preocupado por él y es quien se ha encargado de velarlo y cuidarlo. Y el que lo ha llevado al hospital. Hatsume no ha querido hablar con Hitoshi, pero Kaminari, menos cauto al no conocer su pasado con Midoriya, ha dado a entender delante de él que el héroe y su antiguo compañero tenían algún tipo de relación estrecha distinta a la que tienen con los demás.

—Eraserhead —dice Shouto de pronto, al parecer continuando una conversación interrumpida con Dynamight de la que nadie en la camioneta, salvo quizá Lemillion, tiene noticia, a juzgar por las caras de desconcierto. El silencio atónito de todos invade la camioneta, pero Hatsume lo interrumpe enseguida con un resoplido, lo más cercano que Hitoshi le ha escuchado a una carcajada, a pesar de que la recuerda optimista y alegre cuando iban a la U.A., así que la mira incrédulo—. Te equivocas, Katsu. No soy yo

—Joder, tienes razón, Icyhot. Es el puñetero Aizawa. —Hitoshi mira a Dynamight, sin comprender. Este todavía parece cabreado, pero ha suavizado la expresión de su rostro. Hasta Shouto parece menos indiferente ahora.

—Conocí al profesor Aizawa —murmura Hitoshi, frunciendo el ceño. No es la primera vez que se ve a sí mismo reflejado en su antiguo, y breve, profesor, pero sí la primera que lo ve alguien más.—. En la U.A., yo había solicitado el ingreso a la especialidad de héroes, pero no conseguí pasar el examen práctico. Mi Don… no funciona con las máquinas del examen de ingreso. Midoriya tampoco lo consiguió, sé que también se presentó porque hicimos el teórico juntos, pero lo examinaron en otro lugar. Meses después de comenzar las clases, tras el festival deportivo, el profesor Aizawa se interesó en mi Don e intentó entrenarme físicamente para valorar un cambio de especialidad, pero la escuela se negó.

—¿Por qué? —pregunta Lemillion, genuinamente interesado en la historia.

—¿Eso qué más da? —protesta Dynamight, que se calla cuando Shouto niega con la cabeza en su dirección.

—Demasiados héroes. Me explicaron que después de lo que ocurrió en Kamino, la confianza de la población en los héroes había decaído, habían quitado competencias a las agencias y aumentado su control sobre ellas y los daños causados en sus intervenciones… —Hitoshi inspira profundamente antes de dar la última razón—. «Un Don como el tuyo causaría miedo a la población», dijeron. «Es mejor que busques un camino más adecuado para tu vida adulta». —No puede evitar la amargura en la voz, todavía duele.

—Vaya, nunca escuché que Aizawa trabajase así con un alumno —dice Lemillion, sonriendo. Una sonrisa en un ambiente lúgubre, porque Sero, Uraraka y Kaminari están serios y en silencio, escuchando y Hatsume ni siquiera mira en su dirección.

—Aizawa debió de ver talento —murmura Shouto, mirándole con más interés.

—Eso me da igual. Entonces, ¿por qué le llamabas Deku? —pregunta Dynamight, todavía agresivo a pesar de haber rebajado el tono.

—No sólo le llamaba Deku —interviene Hatsume, mirando hacia el suelo, con un hilo de voz. Hitoshi deduce al instante qué va a contar y se prepara mentalmente para fortalecer su coraza. No piensa disculparse con ellos. No son Midoriya y este no está allí—. Es quien se lo llamó por primera vez. En la U.A., nadie excepto él conocía a Izuku, fue quien propagó el rumor.

—¿Es eso verdad? —Tratando de mantener el rostro pétreo, Hitoshi asiente. Dynamight frunce los labios, mostrando los dientes igual que un lobo a punto de morder.

Aunque ha sido incapaz de asimilarlo conscientemente hasta ahora, Hitoshi siempre ha sabido que en el colegio estaba sólo un escalón por encima de Izuku. Todos los demás niños y niñas habían demostrado su Don durante la infancia. Unos más impactantes, otros más visuales, algunos útiles… Muchos eran herencia directa de sus padres o madres, leves modificaciones de los que estos tenían. Otros eran diametralmente diferentes, fruto de a saber qué combinaciones genéticas.

En ese momento, Hitoshi no sabía si su Don era heredado o no. Había crecido en un orfanato del Estado, no conocía a su padre ni su procedencia y de su madre apenas tenía recuerdos. No fue hasta la adolescencia que le consideraron suficientemente maduro y le dieron un dossier con información sobre ella, que Hitoshi bebió. Tampoco había muchos más datos más allá del registro oficial de Dones. De su padre ningún dato. Por eso, cuando era un niño que sólo tenía un Don peligroso que no sabía de dónde venía, sin referencias sobre cómo usarlo o lidiar con él aprendió rápidamente a reprimirlo.

—Tener un Don que no puedes usar sólo es ligeramente mejor que no tener Don —murmura Hitoshi finalmente, con voz pausada, meditando sus siguientes palabras. Todos en la camioneta, menos Dynamight y Shouto, apartan la mirada, unos incómodos y otros avergonzados. No los culpa, él mismo ha sido presa de sus propios prejuicios muy a menudo.

El destino de Hitoshi había sido el de ser mirado con sospecha, despreciado por tener un Don de villano. Sobre todo, en el orfanato, donde quedó marcado tras su uso accidental cuando el Don despertó dentro de él. En el colegio, donde no habían llegado a verlo en acción, los pocos compañeros que trabaron amistad con él no lo habían hecho porque no les importase su Don. Se cuidaban mucho de no responder una pregunta delante de él y si lo hacían, se asustaban. Pero también les gustaba creer que Hitoshi podía usar su Don en otras personas, para su regocijo, así que lo elogiaban con palabras condescendientes e incluso hacían referencia a lo buen villano que podría ser con un poder así de potente.

Porque había alguien en la misma clase todavía más abajo en la escala que Hitoshi, alguien de quien podían burlarse libremente, porque no sólo no tenía un Don de villano que emplear en venganza o con el que infundir terror. Peor: no tenía Don.

—Estábamos aprendiendo a escribir. —Hitoshi suspira y echa la cabeza hacia atrás, frustrado—. Me di cuenta de que el kanji de I-zu podía leerse como De. I-zu-ku, De-ku. Me pareció gracioso, una anécdota. Quería conseguir la aprobación del resto, hacer que se riesen conmigo. Ser alguien deseable por su ingenio. No medí las consecuencias. Tenía seis puñeteros años, no debería haber consecuencias que medir —dice, a pesar de haberse propuesto no justificarse.

Era lo que se había esperado de él: un comportamiento mezquino, así que el nombre había prendido y se había esparcido como la pólvora. En poco menos de dos días, Izuku ya era Deku: el bueno para nada, el inútil, el que no tiene Don. Y él, Hitoshi, había sido quien había cargado con el «honor» de haberlo inventado, de haberlo señalado. Algo muy gracioso que le había salvado de burlas similares durante los siguientes años. Todos en la furgoneta lo miran con atención, con expresiones que oscilan entre el enfado de Hatsume y Dynamight, la comprensión y la curiosidad de Sero, Shouto y Lemillion, la sorpresa de Uraraka y la genuina compasión y simpatía de Kaminari, que Hitoshi no entiende.

—Pero en la U.A. tú… —Hatsume ha fruncido el ceño, pero no cuestiona su historia. Hitoshi se pregunta qué le habrá contado Midoriya y cuánto de sus respectivas versiones coincide.

—En la U.A. no quise acercarme a Midoriya, a pesar de que nos conociésemos. Habían sido muchos años de escuchar su apodo, una y otra vez. ¿Qué podía hacer? ¿Acercarme y hacer como si no hubiese pasado nada? «Oye, Midoriya, ahora que no estamos en el colegio y sólo nos conocemos tú y yo, ¿por qué no olvidamos que te han llamado inútil por mi culpa durante los últimos años y empezamos de nuevo?

—Desde luego, eso habría sido mucho mejor que volver a llamarlo Deku —dice Hatsume, mordaz. Hitoshi baja la cabeza, avergonzado y culpable, pero la mirada de Dynamight, paradójicamente, ya no parece tan cabreada. A Hitoshi le extraña, teniendo en cuenta cómo ha empezado la conversación, que no le haya pegado un puñetazo ya en lugar de irse calmando, dado que la historia ha confirmado lo que parecían ser sus sospechas.

—No fui yo. Alguien encontró un vídeo —murmura Hitoshi y, apoyando los codos en las rodillas, hunde los dedos en su cabello—. De la secundaria. Algunos de mis amigos… mis compañeros de aquella época, en realidad, no he vuelto a saber nada de ellos desde entonces. Le estaban llamando Deku, riéndose de él porque había rellenado la solicitud para el departamento de héroes de la U.A. Yo también lo había hecho, así que debieron de pensar que tenían que tomar bando. O sólo le tenían más miedo a mi Don que a él. El chaval que no tenía Don y había intentado entrar en el departamento de héroes de la U.A., el vídeo corrió como la pólvora por toda la academia.

—Pero… —Lemillion ha fruncido el ceño también—. Eso no es culpa tuya.

—¿No? ¿Habría ocurrido si yo no hubiese hecho el chiste inicialmente? ¿Se habría esparcido tanto la historia si yo hubiese plantado cara y lo hubiese defendido en lugar de sentirme aliviado porque no se reían de mi pretensión de ser un héroe con un Don de villano? —La voz de Hitoshi se rompe, así que se calla. Inspira profundamente y vuelve a incorporarse, pero ya no mira a ninguno de los que están en la camioneta. No quiere su juicio, ni tampoco su compasión. Y tampoco quiere comprobar si la única mirada de simpatía se ha transformado en decepción. No es que habitualmente le importe mucho lo que el resto piense de él, pero en el ambiente cerrado de la furgoneta es mucho más difícil aislarse en sí mismo.

—No conoces a Izuku —dice Hatsume, finalmente, tras un largo rato de silencio—. Izuku te habría perdonado si te hubieses disculpado, ¿sabes?

—No, no conozco a Midoriya —concuerda Hitoshi con una carcajada amarga—. Claro que no lo conozco. Nunca fuimos amigos. Yo no habría querido ser mi amigo de estar en su lugar.

—Sin embargo, él no hablaba mal de ti. Yo sabía que tú eras de los que le habías llamado Deku, porque me lo contó, triste —aclara Hatsume, negando con la cabeza—. Pero decía que merecías haber entrado en la especialidad de héroes y que era una pena que no lo hicieses, sobre todo tras tu desempeño en el festival deportivo de nuestro primer año. Él, tú y yo fuimos los únicos que no éramos de la especialidad de héroes que llegamos a la fase de duelos, ¿recuerdas? Izuku te admiraba, incluso cuando lo engañaste para hacerle salir del campo de pelea y ganarle el combate. Se enfadó mucho al principio, frustrado por la oportunidad perdida, pero luego se pasó días parloteando sobre tu Don.

—¡Eh, un momento! ¡Yo recuerdo ese festival deportivo! —interviene Lemillion, entusiasmado—. Estuve allí, entre el público, ¿te acuerdas, Tamaki? Fuimos con Fat Gum, pensando en que quizá podíamos evaluar posibles alumnos en prácticas. ¡Eráis vosotros! Joder, un tío que era de la especialidad normal y dos de la de soporte, uno de ellos sin Don, fue alucinante.

—¿Ese era Hisashi? —murmura Dynamight, más para sí mismo que para el resto. Hitoshi se pregunta si él también estuvo allí presente. Sabía que el festival deportivo despertaba el interés en toda la nación, pero se le hace extraño pensar que héroes que están entre los diez primeros puestos del ranking se acuerden años después de un adolescente al que han visto durante un rato.

—Entonces… no fuiste tú —dice Hatsume, que parece totalmente descolocada. Hitoshi niega con la cabeza, exasperado.

— Claro que fui yo. No lo impedí, lo generé en primer lugar, respiré aliviado cada vez que no se dirigía contra mí. Ahora es demasiado tarde para lamentarse. Sé lo que hice, no necesito que me hagas sentir mejor —masculla Hitoshi, frustrado. No ha contado todo esto para que nadie lo consuele, sino porque Dynamight ha preguntado directamente.

—Si no hubieses sido tú, habría sido otra persona. —Las palabras de Shouto parecen poner punto y final a la conversación, porque nadie vuelve a hablar. El silencio ahora no es incómodo, sino pensativo. Una mano en el hombro de Hitoshi llama su atención. Es Sero, que lo mira con simpatía. Desde el otro extremo de la camioneta, Kaminari sonríe con timidez, mostrando una hilera de dientes blancos y bien colocados, y asiente. Hitoshi, que siente toda su energía drenada, apoya la cabeza contra la lona y cierra los ojos, fingiendo dormir durante los siguientes kilómetros hasta que finalmente consigue conciliar el sueño de verdad.

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Durante varios minutos, Katsuki no quita ojo de Shinsou, que parece dormitar, aunque su respiración lo delata: está tan despierto como él. Sin embargo, no lo molesta con más preguntas, ha salido escaldado con las respuestas. Su ira ha empezado a remitir al enterarse de su parte de la historia, al comprobar que Izuku Midoriya le había contado una versión bastante fidedigna. Saber cómo dolió para las dos partes no ha aliviado su ira. Puede identificarse con Shinsou. Incluso aunque su Don fuese elogiado y se haya vanagloriado de él desde el momento en que se manifestó por primera vez, ha podido verse reflejado en algunas partes de la historia, en lugares que no le gustan y que creía que ya había dejado atrás hace tiempo.

Con los labios apretados, Katsuki desvía la mirada abajo, determinado a obviar durante el resto del viaje la presencia de Shinsou y los amigos de Izuku Midoriya, que son como un constante y doloroso recordatorio de la ausencia de este. Tampoco hay mucho más que hacer hasta que lleguen a Osaka. Demasiadas horas, constata con disgusto, para refocilarse en sus pensamientos y todo lo ocurrido las últimas horas, y muy poco espacio para explotar cosas, así que se tiene que tragar el enfado hasta que deja de ver las cosas de color rojo. Todavía está al límite, sus sentimientos parecen una olla a presión sin escape, a punto de explotar. Pero ahora que ha conseguido relegar el cabreo a un segundo plano, surge el dolor y la rabia.

En el regazo sostiene no sólo la chaqueta de tela vaquera de Best Jeanist, también la pequeña mochila de tela de Hisashi. «De Midoriya. De Izuku», piensa con rabia por equivocarse todavía. «El nerd, concluye al final, satisfecho al recordar el apelativo que, independientemente de todo lo ocurrido, no ha cambiado.

Katsuki ha recogido los enseres de Izuku, que nadie, ni siquiera Hatsume, ha pensado en llevar al hospital cuando lo han trasladado, seguramente porque la chica ha creído que su amigo iba a volver al campamento tras recuperarse. Como si un brazo pudiera regenerarse de un día para otro. Ha tenido la pequeña mochila encima todo el tiempo, desde que han sacado a Izuku del pabellón hospitalario para llevarlo al hospital y mientras lo intervenían quirúrgicamente, pero en el último momento ha salido tan rápido del hospital que ha olvidado que la tenía consigo. Sabe que lo que había dentro era importante para él, pero no se le ocurre cómo hacérsela llegar y la cantidad de cosas que saturan su mente amenazan con causarle un dolor de cabeza.

Alza la mirada, olvidando su intención de ignorarlos deliberadamente, hacia los amigos de Izuku, que están todos en silencio, con cara de circunstancias. Una vez más, la culpabilidad de la responsabilidad le roe desde adentro. Shouto parece percibirlo, porque le dirige una mirada de silenciosa advertencia para contener otro estallido de verborrea cabreada. Katsuki lo ve de reojo, pero no aparta la mirada de Hitoshi Shinsou, entornando los ojos. El tío que llamaba Deku a Izuku Midoriya sólo por no tener un Don y que, a pesar de simular dormir, parece estar terriblemente incómodo, como si adivinara que le está observando atentamente. Aparta bruscamente la mano que Shouto ha colocado sobre su rodilla en un gesto tranquilizador, porque realmente no lo necesita. Paradójicamente, la historia del chico lo ha apaciguado.

«No conoces a Izuku. Izuku te habría perdonado si te hubieses disculpado, ¿sabes?»

Las palabras de la amiga del nerd, de Izuku, ahora ya le resulta más fácil pensar en su verdadero nombre, lo siente familiar tras escuchar la historia completa, dan vueltas en su cabeza. Quizá Shinsou no quiera su compasión, por la evidente incomodidad que siente, ni tampoco la absolución que Togata y Hatsume le han ofrecido, pero Katsuki puede comprender ese idioma: el de la culpabilidad y la responsabilidad. Y Katsuki no está en absoluto exento de ella. Durante su infancia, en su entorno ha habido personas sin Don a las cuales ha despreciado. El mismo Katsuki tenía un Don potente y espectacular que todo el mundo elogiaba, pero en su caso había sido Mitsuki, su madre, la que lo había mantenido a raya. Sus métodos educativos se cuestionarían ahora, seguramente, pero a Katsuki le habían funcionado. Sus collejas todavía le pican en la nuca cada vez que Katsuki se deja llevar por el orgullo o la cabezonería.

Desearía tener un teléfono móvil a mano para escribirle un mensaje. Hace días que no la llama, pero de repente necesita escuchar su voz, protestando porque su hijo se olvida de ella y riñéndolo por no haber dado señales de vida en toda la semana. Su bronca por la preocupación, si ha visto las escasas noticias que han salido, de no saber si él está implicado en esa parte o se encuentra bien. Echa terriblemente de menos a su madre, la que lo sujetaba firmemente de la nuca, obligándole a mirar hacia adelante y agachar la cabeza para pedir disculpas cuando era cruel con algún compañero. La que lo había mirado decepcionada cuando había utilizado las explosiones para amedrentar a un chico sin Don. La que lo había mirado orgullosa al volver de Kamino, por haber elegido el camino correcto, antes de atizarle por haberla preocupado.

Se pregunta qué pensaría ella de Izuku Midoriya. De su determinación, de la valentía con la que ha peleado. De todo lo que se ha esforzado entrenando y que, a pesar de ello, ha perdido un brazo porque no tenía un Don que utilizar contra un villano que sí podía aprovechar el suyo, por inane que pudiera parecer a primera vista. Y sabe a ciencia cierta que Mitsuki le daría un zape en la nuca por comportarse como un idiota con él, lo obligaría a mirarle a los ojos antes de empujarle la cabeza hacia abajo en una reverencia de disculpa.

«No conoces a Izuku. Izuku te habría perdonado si te hubieses disculpado, ¿sabes?»

Ahora se arrepiente de no haber hablado con él antes de salir de Musutafu. De escuchar, igual que ha hecho con Shinsou, lo que tuviera que decir. De asegurarse de que tenía alguien acompañándolo durante la pérdida de su brazo. De haber hecho algo más tangible, algo a lo que Izuku pudiera agarrarse. Pero le ha dado miedo enfrentarse a los ojos de Izuku y ver a alguien que no es Hisashi. Y ahora, tras escuchar a Hatsume, sabe que es una tontería. No hay diferencia entre el Izuku que conocen Shinsou o Hatsume y el Hisashi que él conoce, más allá del nombre y la mentira del Don.

Shinsou ha hablado de su responsabilidad por llamarlo Deku. Una gracieta desafortunada que desemboca, una década después, en un apodo cruel durante la adolescencia que sabe que ha dolido hasta hace pocos días. La mentira de Izuku, al menos, ha desembocado en un niño a salvo, un margen de actuación para que Katsuki pudiese actuar contra un villano y detener el ataque a una ciudad. Las mentiras son mentiras, pero no puede echar en cara a Izuku esta en particular.

También le ha dado miedo tener que decirle directamente a Izuku que no puede acompañarlos. De ser quien, una vez más, lo considere inútil. Quien destruya su entusiasmo. Derrumbar su autoestima después de que haya sido capaz de enarbolar Deku como nombre de héroe para sanar el dolor de haber sido un inútil para la sociedad durante toda su vida que no vale para ser un héroe porque no tiene Don y que ahora tampoco tiene brazo. Ha subestimado la fortaleza de Izuku, que no se ha rendido nunca, ahora lo sabe, en su propósito de ser un héroe, a pesar de no tener Don.

«Y lo ha conseguido. Joder, que si lo ha conseguido…», piensa, entallándose el puente de la nariz con los dedos. Shouto lo mira con una ceja alzada, pero Katsuki niega con la cabeza, no quiere expresar lo que está pensando en voz alta: que, si hay alguien que puede ser un héroe sin Don y sin brazo, es Izuku. Por otro lado, Katsuki tampoco consigue arrepentirse de la decisión de haberlo dejado allí. Una decisión que ha tomado Shouto, pero que en realidad es suya porque, como Shinsou, no puede desligarse de ella, aunque sean otros quienes la materialicen.

«No conoces a Izuku. Izuku te habría perdonado si te hubieses disculpado, ¿sabes?»

Katsuki se mesa el cabello y, por un segundo, odia a Hatsume por decir esas palabras. Porque Izuku es mejor persona que él, que Shinsou y que cualquiera de los que están allí dentro y, sin embargo, Katsuki ni siquiera se ha dignado a despedirse de él, a consolarlo por la pérdida de su brazo, a poner fin a su viaje de héroe él mismo en lugar de dejarlo todo en manos de otras personas. Ni siquiera se reconoce en todo el proceso. Él es alguien avezado, que siempre pelea y da la cara. Sin embargo, nunca, ni siquiera cuando los villanos le habían secuestrado y provocado todo el incidente de Kamino, nunca había sentido el miedo que sintió al ver a Izuku en la tienda de campaña, retorciéndose de fiebre, con un brazo destrozado, los dedos de la otra mano rotos y los ojos desenfocados, delirando por la fiebre.

—No te tortures. Puedes hablar con él cuando acabe esto —susurra Shouto en voz muy baja, de manera que sólo lo oye él.

—No me torturo —gruñe Katsuki, llamando la atención del resto, pero Shouto no añade nada más.

Pero, por culpa de las sutiles y probablemente bienintencionadas palabras de consuelo de su amigo, sí piensa en la conversación mantenida días atrás con el nerd. Izuku había estado toda la cena nervioso y agobiado. Katsuki había creído que era porque había discutido con sus amigas, pero cuando había salido corriendo del comedor, en dirección al taller que le habían cedido en el complejo, todavía estaba alterado. «No puedo decírtelo», había suplicado cuando Katsuki le había exigido una explicación.

Katsuki suspira y echa la cabeza para atrás. Había intuido que había algo importante tras sus palabras atropelladas, sus ruegos por no seguir hablando y esa costumbre suya de mordisquearse el labio inferior. Sólo que no había imaginado que era algo así, ni por un momento, la verdad, aunque hubiese presumido de lo contrario. Sus suposiciones habían ido por otros derroteros. Y ahora no sabe si habría cambiado algo en la situación actual que el nerd hubiese sido sincero, ya sea para mejor o para peor. O si habría preferido tener razón en lo que había imaginado que significaba la actitud sonrojada y avergonzada del nerd.

«Soy idiota», piensa, cerrando los ojos y apretando la mandíbula con rabia, frustrado por haber confundido las señales del chico.

Llegan a Osaka horas después, con los músculos engarrotados por las largas horas de viaje sin detenerse. Sero y Kaminari bajan corriendo, buscando un sitio donde aliviar sus vejigas, protestando por la escasez de paradas por el camino. Katsuki baja con más calma, con la camiseta pegada al torso por el sudor, un poco más en paz consigo mismo por haber dejado a Izuku en Musutafu, convencido de que, aunque los motivos y las formas no hayan sido los más adecuados, la decisión es correcta: el lugar de Izuku ya no es la línea de batalla y está mejor lejos de las garras de la Comisión y la Liga de villanos y sus demenciales planes.

—Dynamight… —Shinsou lo aborda antes de que se aleje, apretando los labios, como si le costase pronunciar las palabras—. Yo… Lo siento. —Katsuki tarda unos segundos en comprender que Shinsou está señalando la chaqueta vaquera de Best Jeanist, que todavía lleva en sus manos.

—Intenté controlar a Dabi y perdí el control que tenía sobre Shigaraki al hacerlo. Ni siquiera sabía que podía controlar a dos personas a la vez, me pilló por sorpresa y dejé escapar a Shigaraki. Y luego… todo se descontroló y perdí a Dabi también. Si no hubiese tomado la decisión equivocada, Best Jeanist todavía…

—No tienes que hacerte responsable de todo lo que ocurre a tu alrededor —espeta Katsuki bruscamente—. Si no hubiese sido Shigaraki, habría sido Kurogiri, o el nomu o All for One… Hiciste lo que debías, convive con tus decisiones y las consecuencias. Has demostrado que puedes hacerlo. Y es mejor eso que no dejar que sean otros quienes decidan por ti. —Shinsou lo mira, perplejo—. Lo que sí puedes hacer es entrenar más duro. Dices que podrías haber controlado a los dos, procura que la próxima vez sea así.

—Pero utilizar mi Don…

—Aquí podrás entrenarlo —interrumpe Katsuki— Hazlo, en lugar de lamentarte por cosas que ya han ocurrido.

Se aleja de Shinsou, que se ha quedado quieto, con la cabeza gacha y los puños apretados, reflexionando. Aunque lamenta no haber sido capaz de hablar con Izuku, de mantener aunque sea una breve conversación como esta, ahora Katsuki se siente algo mejor con sus propias decisiones. Y más dispuesto a, como le ha dicho a Shinsou, convivir con ellas y sus consecuencias.

Decidido a abordar los problemas de uno en uno y recordándose que ahora mismo Izuku está en el sitio más apropiado para que cuiden de él, hace un esfuerzo por seguir su propio consejo a Shinsou, aceptar su decisión, y cargar con las consecuencias en lugar de relegar la culpabilidad al fondo de su mente y preocupaciones.


Nota: Y este sí, es el último capítulo de esta parte. El título también es una canción de Mulán, sí xD. Ping (se llama así, es el nombre falso de Mulán). El siguiente capítulo será parte del siguiente arco.

Si os apetece la curiosidad... Este capítulo me costó muchísimo corregirlo. Inicialmente, era un batiburrillo de ideas. Había un PoV de Izuku, luego de Katsuki, apenas un par de párrafos, otro de Shinsou, de vuelta a Katsuki... Tuve que reestructurarlo por completo cuando corregí. Paradójicamente, me ha pasado lo mismo con el capítulo 31 (que es el que debería haber corregido hace cuatro semanas y que llevo procrastinando todo este tiempo, dejando que se me coma el mes de diciembre. Es un Izuku-Shinsou-Izuku... pero he tenido que reescribir toda la primera parte dos veces porque no me funcionaba. Sin embargo, parece que el espíritu navideño *es un grinch* ha hecho de las suyas, permitiéndome desatascarme y ayer y hoy he podido trabajar en él. Ahora se me vienen varios días de curro intenso, pero luego encadeno varios libres... y espero poder recuperar la ventaja que traía de capítulos corregidos.