Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.

Se acaba el 2022 y esta es la última publicación del año. ¡Espero que mañana tengáis todes una agradable salida de año y entrada!

¡Muchísimas gracias por leer y comentar!


PREPARACIÓN

—Así que te llamas Izuku Midoriya, no Hisashi. —Izuku asiente y baja la mirada al suelo, avergonzado. Inconscientemente, se abraza el brazo izquierdo con la mano derecha, en un gesto de inane autodefensa.

Tras haberle explicado cuál su verdadero nombre, Uraraka le ha contado que todavía está ingresada, en observación por una contusión cerebral más seria de lo que los médicos habían supuesto inicialmente y una abundante pérdida de sangre que la ha mantenido en coma varios días y que ha puesto su vida en serio peligro. La casualidad ha querido que Izuku se tropiece con ella cuando regresaba a su habitación tras hacerse un escáner cerebral. Se pregunta si se habrían encontrado de no haberse detenido en el cuarto de baño o de haber terminado la consulta con la cirujana un poco más tarde, pero la cabeza le da vueltas al pensar en las probabilidades de que haber estado en el mismo hospital que su amiga durante días sin saberlo.

Cuando se atreve a levantar la mirada para observar la reacción de Uraraka, espera compasión, enfado o, incluso, decepción. Pero en los ojos de la chica lo que hay es simpatía. A diferencia de la rabia y la expresión dura y distante de Katsuki cuando se enteró, que todavía visualiza vívidamente en su memoria, sus recuerdos de lo que ocurrió después son confusos y borrosos por culpa de la fiebre y el shock, entremezclándose con la inquietud del héroe profesional, así que no es plenamente consciente de si el resto de sus amigos se enteraron del engaño y, en ese caso, de su reacción. Tampoco está seguro de la verosimilitud de esos recuerdos, porque ya no sabe qué ha sido delirio febril y qué realidad. Sólo se acuerda de escenas sueltas, hablando con sus amigos, sobre todo con Hatsume, que se mezclan con imágenes casi oníricas de Katsuki a su lado, con el ceño fruncido por la preocupación, pero no puede afirmar con seguridad cuánto es real y cuánto producto de su imaginación.

—Lo siento —dice Izuku con un hilo de voz, preguntándose cuántas veces más tendrá que disculparse, no muy seguro de haberlo hecho con el resto de sus amigos. Tras acompañar a Uraraka a la habitación, la madre de esta los ha dejado a solas, para que puedan hablar, y así aprovechar para comer algo en la cafetería.

—Lo que no comprendo es la necesidad de cambiar tu nombre. Mamá tampoco estaba muy conforme con que fuese yo quien me uniese a los reclutamientos y al final me fui de casa antes de que hubiésemos llegado a un acuerdo. Vale, no es comparable a escaparse en mitad de la noche como hiciste tú, al menos mis padres y yo sí lo habíamos discutido y seguramente habría sido yo la que habría venido de cualquier forma, pero… —Uraraka había contado parte de su historia ya, en alguna de las cenas que compartieron, pero ahora le confiesa que el principal problema era que sus padres no podían dejar la empresa familiar que gestionan sin supervisión, ya que se habrían arruinado por la falta de ingresos. Una corriente de simpatía por ese deber común que ambos han asumido, diferente y similar a la vez, recorre la estancia.

—En realidad… Yo… —Izuku inspira fuerte. Se abraza a sí mismo, acariciándose el muñón, en el mismo gesto que repite tantas veces que no se da cuenta de que lo hace. Los ojos de su amiga, no obstante, no se mueven de su rostro, como suele ocurrir con otras personas. Es cierto que Uraraka lo ha mirado con pena cuando lo ha visto plantado en medio del pasillo, sin brazo, pero ahora no parece importarle y se ha adaptado con naturalidad a la situación—. Es más complicado que eso. N-no tengo Don.

—Pero tu fuerza… —dice Uraraka, interrumpiéndose y frunciendo el ceño, desconcertada.

—Los guantes —explica Izuku, compungido—. Me ayudaban a simularla, pero no existe. Si no hubiera sido porque todo el mundo esperaba ver un Don, no habría funcionado. El mismo Dynamight creyó que mi Don era débil e intentó potenciarlo con mucho entrenamiento, pero la verdad es que los guantes sólo aumentaban y apoyaban mi fuerza natural. —Las mentiras, puestas al descubierto una tras otra, se le atragantan en el pecho. Por otro lado, siente alivio al, por fin, poner las cosas en claro y romper la dinámica, ser él el dueño de la situación y poder exponer las verdades por sí mismo.

«Ojalá hubiese podido hacerlo así con Katsuki», piensa apesadumbrado. Quizá el resultado no habría sido muy diferente, pero al menos habría mantenido el control y habría podido justificarse y disculparse apropiadamente.

—¿No tenías Don? ¿No tenías Don y te escapaste de casa, haciéndote pasar por otra persona para que tu madre no tuviese que unirse al reclutamiento? —pregunta Uraraka, con los ojos enormes abiertos con asombro.

—Ese es un buen resumen, sí. Lo siento —repite Izuku una vez más.

—A mí me parece admirable —dice Uraraka, pensativa.

—¿Qué? —Ahora es el turno de Izuku de fruncir el ceño. No se arrepiente de nada y admite que el orgullo de su madre fue un bálsamo para su alma en pleno postoperatorio, cuando todavía estaba lidiando con la pérdida de la mano izquierda, pero no comprende qué ve alguien como Uraraka de admirable en ello—. He mentido a todo el mundo, preocupado a mi madre, dado problemas a Dynamight y ahora he perdido un brazo. ¿Qué hay de admirable en ello?

—Me salvaste la vida. Dos veces. Dices que has dado problemas a Dynamight, pero… ¿qué hice yo durante el ataque al complejo? ¿Y en el ataque a Musutafu? He estado inconsciente la mayor parte del tiempo que importa, por mucho Don que tenga.

—Eso no fue culpa tuya —gruñe Izuku, que no ha pretendido menospreciar a Uraraka por haber estado fuera de combate en dos ocasiones—. Y no fui yo quien te salvó la segunda vez, fue Kaminari. Si no hubiese utilizado su rayo… Ni siquiera sabíamos que aquella villana había estado a punto de fracturarte el cráneo o que tu lesión era tan grave.

—No, no es culpa mía. Tienes razón —asiente Uraraka, sonriendo amablemente—. Y creo que tú has tomado las decisiones que has podido con las opciones que tenías a mano. Y no creo que el niño al que ayudaste o los profesores a los que salvaste del incendio opinen diferente. Cada uno hace lo que puede con la mano de cartas que le han entrado y las tuyas estaban trucadas, así que has tenido que hacer lo que podías, ¿no? A mí me pareces un héroe, Izuku Midoriya.

—Deku —musita Izuku. Uraraka hace un pequeño sonido inquisitivo, curiosa, e Izuku le cuenta por qué eligió ese nombre cuando Dynamight le ordenó escoger un apodo como héroe durante el ataque que sufrió la ciudad, sin entrar en demasiados detalles.

—Me gusta.

—No lo sé. No parece tan buena idea ahora, con retrospectiva.

—Me recuerda a Dekiru —insiste Uraraka. Izuku frunce el ceño, porque conoce el significado de la palabra, pero no qué quiere decir la chica—. No tienes Don, y aun así fuiste capaz de ser un héroe, de salvarnos. —Izuku se abraza el muñón y el gesto no pasa desapercibido a Uraraka, cuyos ojos destellan con fe—. Seguirás siendo capaz, Deku, incluso ahora. Yo confío en ti.

Izuku se queda en silencio, mirándose la palma de la mano derecha, sentado en una silla incómoda junto a la cama de Uraraka, que parece percibir que Izuku necesita procesar toda la información. El silencio es agradable, así que Izuku no hace ningún esfuerzo por romperlo hasta que la madre de Uraraka regresa a la habitación, interrumpiendo sus pensamientos.

—Creo que debería marcharme. No quiero que mamá se preocupe si llega a casa y no estoy —dice, a modo de despedida. Se queda mirando a Uraraka un momento más, sin saber qué añadir.

—¿Vendrás a verme mañana, Deku? —pregunta la chica, con una sonrisa un tanto suplicante. E Izuku asiente, aliviado, porque a él también le apetece volver a visitarla. Estar allí, con Uraraka, no ha sido como estar de vuelta en el complejo con todos los demás, pero sí ha servido para conectar las dos partes de su vida que quedaron divididas por el nombre de Hisashi. Y, habiendo vivido experiencias similares, ambos pueden entenderse mutuamente y apoyarse ahora que la aventura parece haber terminado para ellos.

—S-sí, claro. V-vendré a verte m-mañana —tartamudea Izuku, rascándose la nuca con la mano derecha, ruborizándose y sonriendo tímidamente por primera vez en todo el día.

Cumple su promesa, y descubre que lo hace con más ganas que nada de lo que ha hecho desde que despertó en la cama del hospital, con un brazo de menos y un montón de mentiras de más. No hablan mucho, tampoco saben qué decirse, pero Uraraka sonríe todo el tiempo, incluso cuando se despide de él al marcharse de nuevo.

Al día siguiente, Izuku vuelve a aparecer en la habitación de Uraraka y esta vez consigue corresponder a su sonrisa de bienvenida con otra, más amplia que la de días atrás. Le duelen las mejillas al hacerlo, había olvidado sonreír durante demasiados días. Hasta su madre se lo había dicho, argumentando que la sonrisa de Izuku es luminosa y preciosa y que lamenta no poder verla. El viernes, cuando Izuku regresa a la consulta de la cirujana, que aprueba la evolución de su brazo, acepta las tarjetas de contacto de varios psicólogos que esta le brinda.

Sintiéndose un poco inútil en casa, pasa cada vez más tiempo en el hospital con Uraraka, que sigue en observación. A los médicos les preocupa una lesión en el cráneo, una especie de derrame. Uraraka se lo ha intentado explicar a Izuku, pero ella tampoco tiene claro qué es exactamente. La madre de Uraraka parece agradecer la presencia de Izuku, pues a menudo los deja solos para ir a casa a asearse, comer y descansar durante el día.

Los primeros días Izuku apenas habla, pero sí escucha a Uraraka, que le cuenta un montón de cosas acerca de ella y su familia. Hasta ahora, aunque se llevaban bien, Izuku no había trabado mucha confianza con ella, haciendo más amistad con Sero y Kaminari debido a compartir el dormitorio con ellos, pero descubre en la chica a una persona agradable y optimista que merece la pena conocer más a fondo. La cirujana nota en sus revisiones el cambio de actitud de Izuku y lo achaca a que este, finalmente, ha escuchado su consejo e iniciado una terapia.

—¿Qué es, exactamente? —pregunta Uraraka una tarde, interesada en lo que está haciendo. Izuku ha reunido las pocas herramientas que tiene en casa en un estuche improvisado y las lleva al hospital todos los días. Así, cuando los celadores se llevan a Uraraka para hacerle alguna prueba o a pasar consulta médica, Izuku se entretiene trabajando.

El muñón ya le duele mucho menos y ha empezado a utilizarlo para apretar las piezas con las que trabaja sobre la pequeña mesa que hay en la habitación de hospital. Todavía siente la presencia del brazo, pero cuando lo mueve sin pensar, ya no duele tanto. Además, aunque sigue llevando el muñón vendado, la herida ha cicatrizado bien y han retirado todos los puntos de sutura; y, poco a poco, se está acostumbrado a la nueva percepción del espacio a su alrededor.

—Un sistema de micro muelles que amortigüen los impactos —contesta Izuku, absorto en la tarea. Uraraka ha vuelto de una de las pruebas con buenas noticias. El derrame parece estar absorbiéndose y su médico ha empezado a hablar de considerar el alta cuando ya no haya rastro de él en los escáneres.

A partir de ese momento, las conversaciones de los siguientes días pasaron de ser monopolizadas por Uraraka a desembocar en un torrente de palabras por parte de Izuku, que le habla a su amiga de sus deseos de ser un héroe profesional, de todas las cartas enviadas, todas las negativas recibidas. También de Detnerat, del ojeador y de la nefasta primera impresión que debió causarle con el prototipo del guante que luego utilizó en el complejo. Esa tarde, ambos ríen con ganas, pues Izuku no escatima en los detalles más cómicos y trata de imprimir emoción a la narración para alabar la hábil agilidad de Hatsume para salvarle la mano.

—Quizá estaba un poco predestinado —se ríe Izuku, bromeando por primera vez con la ausencia de su brazo.

La conversación se torna seria, pero no por el humor negro, sino porque Izuku frunce el ceño al recordar todo lo que ha leído de la empresa. Y hace cómplice a Uraraka de su cambio de percepción, de la ilusión de un posible trabajo en Detnerat al indeterminado sentimiento de aversión que se asienta en su estómago cada vez que piensa en que posiblemente no haya una elección real.

Otra tarde, en la que el calor ha provocado una lluvia temprana para la época en la que están, se siente melancólico. Le habla de Hitoshi Shinsou, y de cómo la casualidad había querido que fuese él quien había ayudado a rescatarlo de entre los escombros y de cómo inventó el sobrenombre de Deku de una forma similar a la que empleó Uraraka, que ahora siempre lo llama por ese apodo, acompañándolo con una sonrisa.

«Tú puedes hacerlo. Eres más que capaz, Deku», le había recordado cada vez que el muñón de Izuku se interponía en lo que quería hacer o lo frustraba, con una sonrisa sincera.

Inko se había quejado los primeros días de que Izuku pasaba el día en el hospital y sólo lo veía por las noches, pero no había vuelto a hacerlo tras ver el cambio operado en Izuku, que de pronto duerme mejor, come con más apetito y sus sonrisas cada vez aparecen con más frecuencia. Quizá todavía no son sonrisas anchas y constantes, pero una madre siempre sabe cuándo algo hace bien a su hijo, y es evidente que Izuku está mejorando.

—Se te da muy bien, Deku.

—A Hatsume se le da mejor, yo sólo fui el segundo mejor de la promoción —admite Izuku, levantando la cabeza de lo que está haciendo. Otra sonrisa tira de las comisuras de sus labios, y esta vez es consciente de ella—. Tendrías que ver sus inventos. Cuando estábamos en la U.A., en primero había inventado más cosas que muchos alumnos del departamento de apoyo en toda su trayectoria en la academia.

—Sí, sé que Hatsume podía estar un poco… ¿obsesionada? —dice Uraraka, recordándole así quién ha sido su compañera de habitación durante las últimas semanas.

—Obsesionada es la palabra, desde luego —ríe Izuku, sintiéndose un poco culpable por estar burlándose de su amiga en su ausencia. Y, sobre todo, echándola de menos, deseando tener una forma de ponerse en contacto con ella, de preguntarle qué tal está y desearle toda la suerte de mundo.

Y darle las gracias y disculparse una vez más con ella.

El destornillador rueda de la mesa y cae al suelo e Izuku intenta detenerlo con la mano izquierda. Deja de reírse, pero Uraraka no se ha dado cuenta y sí sigue haciéndolo. Al final, Izuku se contagia de ella y, moviendo la cabeza, utiliza su mano derecha para recogerlo y seguir trabajando, olvidando el incidente al instante.

—Lo que me extraña es que haya sido capaz de soportar todo este tiempo sin trabajar en nada. Cuando se enteró de que Dynamight me había permitido trabajar en un taller, se enfadó conmigo —le cuenta Izuku, todavía con restos de la sonrisa en los labios—. Y, créeme, puede llegar a ser despiadada cuando quiere vengarse por ocultarla un secreto así.

—Hablaba todo el tiempo de estar desperdiciando su talento mientras estábamos allí. —Izuku se da cuenta de que ni siquiera preguntó a Hatsume por qué había ido ella en lugar de cualquier otra persona de su familia. Un nuevo sentimiento de culpabilidad se suma al resto, pero espera poder solventarlo este en algún momento, hablar con su amiga y recuperar esa complicidad de contárselo absolutamente todo, sin más secretos ni mentiras de por medio.

—Necesitaría probarlo —murmura Izuku, pensativo. Rebusca en el plumier de madera que le hace las veces de estuche de herramientas improvisado hasta encontrar un martillo—. Es pequeño, pero puede servir.

—¿Vas a golpearlo?

—Es la única manera de saber si funciona. —Izuku le explica entonces lo ocurrido con los dedos de su mano derecha, que ahora ya puede mover perfectamente, cuando el prototipo del guante anterior falló y dejó de amortiguar los puñetazos que le estaba dando a Twice. Esa forma de enfrentarse a todos los recuerdos, escalonándolos y dejándolos fluir de su interior cuando se los narra a Uraraka o su terapeuta, le está ayudando mucho a asimilarlos.

Uraraka no dice nada más, sólo se tapa la boca en una risa nerviosa mientras mira ansiosa hacia la puerta, preocupada porque algún celador les reprenda si el experimento sale mal. Izuku comienza probando pequeños golpes, cada uno más fuerte que el anterior, pero no puede sostener la pieza metálica en posición.

—¿Puedes sujetarlo para que no se mueva? —le pide a Uraraka. Esta, un tanto reticente a ser golpeada por error, accede—. No te preocupes, mejoré mucho mi puntería gracias a Dynamight, que me hacía practicar todos los días. —Otro recuerdo que duele, pero que puede dejar salir al exterior, y así materializarlo. Curiosamente, verbalizarlos los hace más reales, le confirman que ocurrió, que su relación con Dynamight, como fuese, existió.

—Eso podría sonar peor de lo que es —bromea Uraraka. Izuku se ríe y se sonroja, pero no contesta. Prefiere no pensar en ese detalle ahora mismo, porque así no duele tanto. «Una cosa por vez», se dice a sí mismo.

Uraraka se relaja al ver que sus golpes, cada vez más fuertes, son precisos y golpean siempre en el pequeño trozo de malla metálica, que absorbe incluso el rebote del martillo. El último de ellos es tan fuerte que, efectivamente, un celador se asoma, disgustado, a la puerta de la habitación.

—Lo siento —se disculpa Izuku con una sonrisa culpable—. Me emocioné demasiado. —Ambos hacen una reverencia para aplacar al celador y, cuando este sale, Izuku examina la pequeña mesa de madera aglomerada con atención.

—Ni una marca —señala a Uraraka, orgulloso de su trabajo—. Debería haber dejado marcas, pero ha absorbido bien los impactos. Creo… He entendido dónde estaba el problema.

Tras ello, Izuku trabaja por las noches en su habitación hasta altas horas de la noche, montando un nuevo guante que corrija los defectos de los anteriores. Lo que al principio le parecía un mundo, de pronto es una rutina. Utiliza el muñón torpemente, pero consigue integrarlo en sus movimientos. Es extenuante y trabaja más lento de lo que hacía antes de perderlo, pero no le importa, porque ha conseguido recobrar esa parte de su vida.

Se hace con un sargento de apriete para compensar la falta de mano izquierda y aumentar su eficacia. Adquiere más velocidad y habilidad escribiendo código informático sólo con la mano derecha. Incluso instala un software que le permite dictar directamente a su tableta, utilizándola como libreta digital en lugar de escribir a mano.

Debido a que trabaja en su prototipo durante la noche, se levanta tarde en las mañanas, pero siempre llega a tiempo de comer con Uraraka en el hospital la comida que Inko le prepara en fiambreras. Cena con su madre todas las noches, que ha vuelto a hablar de pedir asesoramiento para una prótesis ante el cambio de actitud de su hijo. Izuku intenta esquivar el tema, incómodo, pero no ha vuelto a enfadarse ni rechaza hablar de ello de plano.

Por primera vez desde el incendio del complejo, cuando Katsuki le prestó su teléfono para llamar a su madre, Izuku echa de menos no tener un teléfono móvil para hablar con sus amigos cuando no está en el hospital con Uraraka, aunque no recuerda si Hatsume tiene todavía el suyo tras todo lo ocurrido y no dispone del número de ninguno de sus amigos de allí ni recuerda el de su amiga, pero no dice nada a su madre para no cargarla con otro gasto más.

El día que por fin dan el alta a Uraraka y esta está esperando que la dejen abandonar la habitación del hospital definitivamente para volver a casa, es la primera vez en todas estas semanas que Izuku conecta con el mundo real fuera de su entorno y rutina. Los padres de Uraraka, impacientes porque llegue el documento de alta oficial para poder marcharse, están en la habitación con ellos. El señor Uraraka ha encendido el televisor, normalmente apagado, y observa las noticias con interés. Izuku estaba ignorando el parloteo de los presentadores, charlando con Uraraka mientras le enseña los avances conseguidos en el guante la noche anterior, con sus herramientas flotando a su alrededor, gracias al Don de la chica, para que no caigan al suelo accidentalmente, cuando el nombre de Best Jeanist, pronunciado por la presentadora del informativo, le llama la atención.

«…La Comisión de Seguridad Pública lamenta profundamente sus pérdidas. En agradecimiento al servicio prestado a la nación, el primer ministro ha decretado dos días de luto nacional que culminarán en un acto homenaje…»

—¿No habían anunciado su fallecimiento hasta ahora? —pregunta Izuku, estupefacto.

—El otro día salió a la luz que algunos héroes han muerto en una misión —asiente el señor Uraraka. Izuku intercambia una mirada con su amiga, que parece tan asombrada como él.

—Best Jeanist fue asesinado el día que la Liga atacó Musutafu —dice Izuku, boquiabierto. Hace mentalmente la cuenta—. Hace casi un mes.

—No —niega el padre de Uraraka—. Ni siquiera estuvo aquí. La Comisión ha declarado que aquello fue un atentado terrorista fallido gracias a la rápida actuación de los héroes que…

—Estuve allí —aclara Izuku, innecesariamente, porque el señor Uraraka ya ha caído también en la cuenta y se ha callado. Uraraka ha fruncido el ceño también, extrañada por las palabras de su padre. Ella no estaba consciente cuando habían descubierto la muerte de Best Jeanist, pero la versión de la Comisión no se ajusta a lo que ambos vivieron ese día.

Izuku percibe el sabor metálico de la sangre en la boca: se ha mordido la mejilla. Este mes ha estado tan centrado en sí mismo, su brazo y, después, en Uraraka, que admite no haber prestado atención a los hechos de su alrededor. Apenas ha navegado por internet y no ha mirado informativos tras aquel lejano día en que había intentado recuperar la normalidad, pero la forma en la que la Comisión ha intentado vender un discurso inexacto se le atraganta.

A diario, cuando va al hospital a ver a Uraraka, da un pequeño rodeo para no cruzar por la calle donde la agencia Dynamight estaba situada, allí donde Katsuki tiró un edificio encima de todos ellos para conseguir detener definitivamente a Twice. Los escombros ya han sido retirados y sabe que en apenas un mes han despejado el solar, pero el hueco vacío del edificio es un doloroso recordatorio de su propia ausencia, la del brazo. No obstante, no necesita haber ido a visitar el lugar para saber que el ambiente de la ciudad tras un mes del ataque no se corresponde, ni mucho menos, con el relato que muestra el portavoz de la Comisión en la rueda de prensa, un hombre de aspecto cansado que recuerda de sus propios exámenes de acceso a la U.A. y que está enviando un mensaje de tranquilidad.

—¿La gente no sabía lo ocurrido aquí? —pregunta Izuku, con un mal presentimiento.

—No. —Es la madre de Uraraka la que contesta. Tiene los labios apretados e Izuku puede comprender por qué—. El ataque no salió en las noticias, de hecho, más allá de algunos vídeos de mala calidad para desmentir supuestos bulos.

—¿Ni siquiera en la televisión pública? —pregunta Uraraka, pero nadie contesta, es obvio que el canal sintonizado es, precisamente, dicha televisión pública.

—Esto va acabar mal —murmura Izuku para sí mismo, aterrorizado por las connotaciones que puede tener todo aquello, y acto seguido se calla, prestando atención al resto de la noticia. No es el único que lo hace: la habitación guarda un silencio ominoso.

En la imagen del televisor, de un lugar similar al complejo militar de Musutafu, muestran en un barrido panorámico general, que apenas dura un par de segundos, a varias personas preparando un patio con sillas.

Acto seguido, el informativo da paso a una cuña publicitaria de Detnerat, pero Izuku no escucha, porque está mirando, horrorizado, a su amiga, pues ambos, y también los padres de esta, acaban de ver a Ochaco Uraraka en la pantalla, ayudando a un serio Hanta Sero a mover una plataforma de madera con su Don.

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A pesar de la conversación con All for One, la casa se le hace cada vez más pequeña a Dabi, que apenas puede utilizar el jardín para tomar aire fresco. Él apenas sale, sus cicatrices son muy características, pero Shigaraki, que sin las manos con las que cubre su rostro y un corte de pelo podría pasar por cualquier otra persona, sí ha podido llegar hasta Osaka con la ayuda de Kurogiri. Le ha costado, porque apenas tenían pistas más allá del Don de All for One, pero al final ha conseguido encontrar el complejo militar en el que se encuentra Toga e incluso ha podido hablar con ella.

Dabi ha dudado sinceramente de la actitud de All for One durante todos esos días, mirando obsesivamente los informativos, pero por otro lado tiene la convicción de que puede funcionar. En su interior, sigue negando que el ataque a Musutafu, con la pérdida de tres compañeros, pueda ser considerado un triunfo. Y otra parte de él quiere atacar Tártaro para liberarlos, pero All for One está en lo cierto al argumentar que ese es probablemente el movimiento que esperan de ellos. Además, atacar Osaka es precisamente lo que él desea: las posibilidades de encontrar allí a Endeavour son altas y las yemas de los dedos le cosquillean de impaciencia.

También ha tenido tiempo de pensar en el Don de All for One que les ha permitido enterarse de que Toga no está prisionera y ha conseguido infiltrarse en las filas de los héroes profesionales. Por un lado, le alegra que los planes hayan podido salir adelante, pero por el otro, no se siente cómodo con la idea de ser controlado o localizado de esa manera, a pesar de que All for One asegura que hace falta voluntad por parte de la otra persona de ser encontrada.

—Es el mismo Don que me permite dilucidar algunos de vuestros pensamientos —ha dicho All for One, sin inmutarse.

—Eso no lo mejora —había mascullado Dabi, que nunca se ha sentido del todo cómodo con ese Don de All for One en particular.

Aunque la verdad es que, si le permite alcanzar sus propios objetivos, Dabi está incluso agradecido de que ese Don de All for One haya permitido que este perciba y localice, con bastante precisión, a Toga.

En las noticias sí han hablado de la detención, durante una operación en colaboración con las agencias, de varios componentes de la Liga de Villanos, pero no habían dicho cuántos ni quienes, además de hacerlo con un mes de retraso. Ahora Dabi comprende que el gobierno debe de saber que Toga escapó y no ha querido dar pistas. Lo que no tiene tan claro es si ese hermetismo es por ellos, para que no sepan que tienen una aliada en libertad, o para la población civil, que no quieren inquietarla con malas noticias. Se decanta por lo segundo, sobre todo cuando Shigaraki regresó afirmando que Toga está en un complejo militar similar al que destruyeron un mes atrás, bajo la forma de una recluta a la que ha sustituido gracias a su Don, sin que nadie se percate de ello.

—Paciencia, estudiar sus movimientos y atacar en el momento preciso —dijo All for One, satisfecho, cuando Shigaraki encontró por fin a Toga tras seguir las indicaciones de All for One y consiguió comunicarse con ella.

—No entiendo bien qué están haciendo. ¿Un ejército contra nosotros? No tiene mucho sentido, la verdad. —Dabi había negado con la cabeza, frunciendo el ceño. Shigaraki, más práctico se había encogido de hombros, quizá comprendiendo cosas que Dabi todavía no había llegado a concluir.

Seguía sin tener sentido para él, pero All for One parecía tranquilo. Formar un par de cientos de personas más como héroes no suponía una diferencia a los héroes ya existentes. Ellos sólo eran siete, en el mejor de los casos, hasta la captura de Bubaigawara e Iguchi, no supondría una diferencia enfrentarse a unas pocas decenas de héroes más. La diferencia entre utilizar un martillo o una bola de demolición para matar una hormiga. Gracias al Don de Shigaraki, incluso, esto podía ser contraproducente para ellos, pues su Decay se extiende masivamente a través del contacto directo con aquello que está destruyendo hasta que este decide detenerlo.

—¿No ha vuelto aún Tomura? —Dabi niega, sin apartar la mirada del televisor.

Está tirado en el sofá, con el mando a distancia en la mano y las piernas colgando por el borde del reposabrazos. No se molesta en hacer hueco a All for One y tampoco cambia de canal, aunque no parece que vaya a haber noticias diferentes a las que ya han anunciado en el resumen previo. A lo largo de esas semanas, la prensa ha pasado de puntillas por el incidente de Musutafu y, como All for One aseguró, no han dicho nada sobre el ataque al complejo militar. Sin embargo, Shigaraki asegura que en las calles hay miedo. Cuando sale a aprovisionarse, en las grandes ciudades hay poco movimiento, la gente va apresurada de un sitio a otro. Hay otros datos que dan a entender cosas similares: la contratación de seguros de vida ha crecido, hay desabastecimiento de productos básicos en ciertas zonas, la gente hace acopio de combustible y cada vez más civiles llevan un dispositivo de apoyo. Las noticias sí informan de eso, tratándolos como hechos anecdóticos e innecesarios.

—¿Por qué? —pregunta finalmente Dabi. No se molesta en completar la pregunta. Si All for One es capaz de percibir pensamientos, que lo haga.

—Yo tampoco lo sé todavía, Dabi. —La forma de pronunciar la frase da a entender que no ha terminado de hablar, así que Dabi deja que el silencio se instale entre los dos. No va a preguntar de nuevo—. Pero si me preguntas a mí, te diría que sólo somos una excusa. La Comisión de Seguridad Pública nos ha subestimado y quiere devolver a los héroes el estatus que perdieron justo cuando nos encerraron en Gunkanjima.

—Se supone que vencieron.

—Y, sin embargo, no nos metieron en el Tártaro, nos exiliaron a una isla desierta con unos privilegios de los que no habríamos dispuesto en la otra prisión y una protección que acabó fallando una década después, permitiéndonos salir. Muy… adecuado…

—¿Insinúas que alguien nos dejó escapar?

—Sólo es una suposición. En cualquier caso, a nosotros nos viene bien. Sólo tenemos que adueñarnos del tablero en lugar de limitarnos a ser peones —dice All for One, pensativo—. Y esta puede ser una oportunidad ideal.

Dabi mastica sus palabras, mirando a la presentadora del informativo sin verla. Él también es consciente del declive de la popularidad de los héroes, ha revisado todos y cada uno de los rankings de héroes profesionales de los últimos y ha podido ver que se han retirado más héroes de los que se han integrado. Los héroes de los primeros puestos del ranking han variado poco, salvo por la entrada de sangre nueva, pero las clasificaciones inferiores apenas llegan a la segunda centena, cuando una década antes podían rozar el medio millar.

—Eso explicaría que el ejército también esté implicado, los complejos militares en los que están entrenando… —All for One no contesta, pero Dabi tiene la intuición de que no anda muy equivocado—. Un pulso entre el gobierno y la Comisión.

— Y habrá intereses que no conocemos, probablemente económicos. Siempre ha habido un temor a que los héroes impusiesen su propio orden y gobierno.

—Stain decía algo parecido —masculla Dabi, asintiendo para sí.

—Por eso nuestra labor es tan importante —concluye All for One. Dabi resopla, comprendiendo que toda la charla es otro intento de All for One de asegurarse que no está ahí sólo por sus propios objetivos personales—. Una sociedad donde los héroes de verdad sean vocacionales no es tan diferente de una sociedad donde todo el mundo pueda utilizar su Don o no en libertad de decisión. —Dabi está a punto de replicar, pero Kurogiri y Shigaraki vuelven en ese preciso momento.

—¡Tomura!

—Se cuece algo —dice este inmediatamente, sin preámbulos—. Maestro, sea lo que sea, creo que es nuestro momento.

—¿Qué ha dicho Himiko?

—No hemos podido hablar con ella, parece que esta vez no ha conseguido eludir la vigilancia, aunque no creo que la hayan atrapado.

—Además —interviene Kurogiri con su voz metálica y neutra—, para permanecer el máximo tiempo posible en su verdadera forma, debe racionar la sangre que le queda para poder seguir infiltrada un poco de tiempo más. Si la chica desaparece, despertará sospechas. Y no puede arriesgarse a clonarse en alguien que esté en el complejo, podrían descubrirla.

—Tampoco serviría de nada tomar la identidad de otra persona —descarta Shigaraki, arrastrando las palabras—. La chica que suplanta no es nadie, sólo se relaciona con sus amigos y no escucha conversaciones importantes. No tiene acceso a la sangre de alguien realmente relevante, ni siquiera un héroe profesional.

—Entonces, ¿cómo sabes que se cuece algo? —pregunta Dabi, con voz hastiada.

—Hemos estado merodeando por allí. No nos han visto, no os preocupéis —los tranquiliza inmediatamente, adelantándose con gesto asqueado a la queja—. Había menos vigilancia que otras veces, por eso digo que se cuece algo. Entraban y salían camionetas por los caminos de acceso también, todas militares, pero había héroes profesionales entre ellos.

—En cualquier caso, debemos trazar un plan cuanto antes o seguir con los que ya teníamos, Himiko Toga no tiene sangre suficiente para permanecer transformada mucho más tiempo —vuelve a decir Kurogiri, como si no escuchase a Shigaraki.

—¿Cómo sabemos que no es una trampa? —pregunta Dabi, ladeando la cabeza.

—Porque ya no nos consideran un peligro —responde All for One, hablando con tranquilidad—. Yo diría que creen que ya han conseguido su objetivo y que no suponemos un problema real, una vez neutralizados algunos de nosotros. Si Tomura tiene razón, podría ser una ocasión perfecta que…

—Lo es —interrumpe Dabi, incorporándose hasta quedar sentado. Sube el volumen del televisor hasta un nivel incómodo, pero ninguno se queja, volviéndose hacia la presentadora que anuncia el homenaje funerario a varios héroes caídos.

—Lo maté hace un mes —masculla Shigaraki, cabreado.

—Calla —ordena Dabi. Sorprendentemente, Shigaraki obedece—. Es nuestra oportunidad. Y también es una trampa —añade volviéndose hacia All for One, que asiente, condescendiente.

Quien sea que los está utilizando, ha vencido, el relato de su victoria se propaga con el funeral de Best Jeanist. Y en eso se basaba el plan de All for One de esperar a la ocasión perfecta: aprovechar la confianza de la victoria que la Comisión cree haber conseguido, que los saben diezmados, la ventaja de la infiltración de Toga y que nadie esperaría que la Liga de Villanos ataque el único lugar donde habrá héroes en todo Japón, para aplastarlos a todos con un golpe tan definitivo que liberar Tártaro después será un juego de niños pequeños.

—Kurogiri y yo hemos visto el complejo —dice Shigaraki, con la mirada desenfocada en dirección a la pantalla—. Si hacen el funeral ahí, bastará con que Toga me abra las puertas para matarlos a todos en cuestión de segundos.

—Entonces, tendremos que morder el anzuelo. Es hora de que Tomura ponga en marcha todo su potencial —asiente All for One con expresión satisfecha.

—Vamos a tener que darlo todo, pero si consigues poner una mano ahí dentro… —Dabi se estremece de placer al pensar en todos esos héroes y aspirantes a héroes aglomerados en un mismo lugar, pulverizados en menos de un minuto—. Con suerte, el gobierno también está ahí y matamos dos pájaros de un tiro.

—El primer ministro no se perdería algo así —dice Shigaraki, rascándose compulsivamente la ceja izquierda—. Es algo oficial.

—Habrá mucha seguridad.

—Nada que no se arregle teniendo a Himiko dentro, Dabi. Es un factor que ellos no están teniendo en cuenta. Si sabemos dónde atacar, su trampa se volverá contra ellos —dice All for One.

—Dabi… Me aseguraré de dejarte a Endeavour a ti. —Dabi mira a Shigaraki con una ceja levantada—. Oh, ¿olvidé decírtelo? Está en ese complejo, entrenando reclutas. Él y su hijo, el héroe que es mitad fuego y mitad hielo.

—Tenemos un plan —masculla Dabi con voz fiera, visualizando su venganza al alcance de la mano.

.

Katsuki se emplea a fondo. No está utilizando su Don, no todavía, estampando puñetazo tras puñetazo contra uno de los sacos de boxeo del gimnasio. Estrictamente hablando, no forma parte de su rutina diaria, porque suele buscar ejercicios que fortalezcan las articulaciones de sus muñecas, codo y hombros a la vez que desarrollen la fuerza en los músculos, pero ha descubierto en estos últimos días que pelearse contra el saco de boxeo más pesado del gimnasio le ayuda bastante a dormir mejor.

El sudor le empapa la camiseta de tirantes, no sólo en la espalda, también el pecho y el abdomen, y algunos hilillos de humedad resbalan también por los músculos de sus piernas, haciéndole cosquillas. El interior de los guantes protectores que se ha puesto está tan mojado que le roza dolorosamente los callos de los dedos, los que le producen las explosiones y de los que nunca se ha librado desde que en la adolescencia trabajó para potenciar su Don hasta sus límites actuales.

Inevitablemente, recordar ese entrenamiento de hace tantos años, le hace pensar en Best Jeanist. El dolor de su pérdida le sigue embargando, como una herida abierta. Igual que ver a sus reclutas, los amigos de Izuku Midoriya, le recuerdan a este, estar en el complejo es un recordatorio constante de todo lo que Best Jeanist significó en su vida. Y pensar en Izuku le hace rumiar en que no llegó a tener la oportunidad de hablarle de él al héroe profesional. Del talento que fue capaz de ver, más allá de lo que había creído un Don inane. De su tenacidad, del espíritu heroico y la determinación que poseía, que habría despertado la curiosidad del propio All Might.

Podría haberlo hecho tras el incendio al complejo, pero en ese momento el sentimiento protector de Katsuki había podido más. Además, ese día habían discutido, precisamente, y es una discusión que duele por todas las veces que chocó verbalmente con el héroe en lugar de simplemente escucharle y aceptar su experiencia. Con fuerza, descarga el dolor de esa discusión, de todas las discusiones, pero sobre todo esa última, el día antes de perderlo sin poder hablar con él una vez más, sobre el saco.

—¡Ey, Bakugou! —La cara de Togata aparece en el saco repentinamente. Katsuki reacciona automáticamente, sin pensar, produciendo una explosión tan grande que el audífono fabricado por Izuku se emplea a plena potencia para bloquear el sonido. No obstante, Togata no se ve afectado, cuando el polvo del trozo de gimnasio destrozado por la explosión se asienta, aparece desde el suelo, saltando ágilmente, desnudo y sin ninguna lesión gracias a su Don—. Yo también me alegro de verte.

—Habrá que dar cuenta de esto. —Katsuki pone los ojos en blanco cuando escucha el siseo del hielo de Shouto derritiéndose bajo sus pies, apagando cualquier conato de fuego en la madera del suelo. Tenía que haber imaginado que Togata no vendría sólo—. Diremos que ha sido el Don de una de mis reclutas, sus explosiones no se parecen a las tuyas, pero también son potentes.

Togata y Amajiki son un poco mayores que Shouto y él. Coincidieron durante un curso en la U.A. Dos de los tres grandes de su curso cediendo el testigo a dos de los tres grandes del de Katsuki. Sin embargo, aunque han trabajado juntos en alguna ocasión, apenas los conocía hasta el día del ataque al complejo. Ese día había sido Shouto quien había estado más tiempo con ellos, consolándolos por la pérdida de Fat Gum, sobre todo a Amajiki, que era quien trabajaba con él desde hacía más tiempo. Katsuki no había prestado mucha atención, porque estaba demasiado preocupado por Hisashi.

Hisashi si piensa en él en pasado e Izuku si lo hace en presente, a pesar de que en las últimas semanas se ha reconciliado bastante con la decepción de la mentira. También es sorprendente lo comunicativo y persuasivo que puede llegar a ser Shouto cuando quiere convencerlo de algo o alejar de Katsuki sus pensamientos más funestos. Tras el ataque a Musutafu, Togata y Amajiki no se habían separado de Shouto y él, y los cuatro se habían hecho cargo en Osaka de los reclutas supervivientes de Fat Gum, de Best Jeanist, los restantes de Katsuki y los de Shouto, trabajando en equipo. A Katsuki le había resultado consolador verlos superar la pérdida de su propio mentor, sobre todo Amajiki, para quien Fat Gum había significado tanto como Best Jeanist para él.

—Vístete, Mirio. —Amajiki lleva la cabeza cubierta por una capucha a pesar de ir vestido de civil, a imitación de su traje de héroe. Está sonrojado y mantiene la mirada baja mientras tiende a Togata la ropa deportiva que este ha perdido por su truquito para asustar a Katsuki.

—Anoche no te daba tanta vergüenza mientras…

—¡Mirio!

—¡Ni siquiera sabes lo que iba a decir! —se defiende Togata, riendo. Avergonzado, Amajiki se aleja de ellos, apoyando la frente contra la pared más cercana, mientras murmura para sí mismo. Katsuki no se molesta en preguntarse sobre su comportamiento, bastante tiene con lidiar consigo mismo.

—No apareciste en el entrenamiento de mediodía —dice Shouto, inalterable, ignorando la conversación de los otros dos. Katsuki no contesta. No consigue que le importe un comino entrenar a un puñado de personas sin más objetivo que el de una hipotética necesidad futura un tanto difusa. O peor, mandarlos a morir o ser mutilados. Cuantas más vueltas le da al tema, más aberrante le parece el plan y menos comprende qué pretende la Comisión de Seguridad—. Me los llevé para ayudar a montar el escenario donde van a homenajear a Best Jeanist y Fat Gum.

—¿Cuándo? —Ese dato sí le interesa.

—Pasado mañana.

—Iré.

—Iremos los cuatro —matiza Shouto, mirando a Amajiki, que los escucha con atención a pesar de estar un poco alejado de ellos, y a Togata, que aprieta los labios y asiente, terminando de vestirse. Katsuki acaba asintiendo bruscamente también cuando la mirada de Shouto llega a él—. Pero ahora deberías estar con tus reclutas.

—¿Para qué? ¿Para qué, joder?

—Te necesitan. —Shouto no se inmuta, está acostumbrado a sus ataques de ira, los sufrió más graves y menos espaciados durante su adolescencia, en la U.A., aunque estas últimas semanas han sido un retroceso a esos tiempos.

—¿Para enviarlos a morir porque no dejan de ser civiles con escrúpulos contra villanos que no los tienen? ¿Para que los mutilen? —continúa hablando Katsuki, ignorándolo—. ¡Somos un par de centenares de héroes! Vale que no todos tienen habilidad de combate, pero deberíamos poder contra unos pocos villanos a los que ya hemos derrotado previamente. —Está gritando, cabreado, pero ni Togata ni Shouto se amilanan.

—A All for One lo derrotó All Might —dice Togata, aunque el tono de su voz no es pesimista. Katsuki está a punto de mandarlo a la mierda, pero sus siguientes palabras lo tranquilizan—. Si no pudiéramos hacerlo nosotros, significaría que todos los héroes de Japón juntos no estarían a la altura de All Might.

—Yo no estoy a la altura de All Might, Mirio —masculla Amajiki desde su rincón.

—Ninguno somos un símbolo para la paz de este país como lo era él, pero… ¿Acaso era necesario que lo fuésemos? Creo que nos hemos esforzado en intentar rellenar su hueco en lugar de buscar nuestro propio camino —reflexiona Togata.

—¿Ahora vais a poneros a filosofar? —Katsuki siente que, una vez más, su paciencia se desborda. Sigue notándose a sí mismo tan al límite como hace un mes, bullendo por dentro constantemente—. Todo eso da igual mientras estemos aquí, encerrados entre muros de hormigón, fingiendo que hacemos algo mientras los villanos están sueltos. Estamos entrenando… ¿Para qué, exactamente? Esto no tiene ningún sentido.

—No lo tiene —concuerda Shouto. Katsuki enseña los dientes agresivamente, pero este levanta las manos en un intento de apaciguarlo—. Estoy de acuerdo contigo, ¿recuerdas? Y Mirio y Tamaki también. Somos inteligentes, Katsuki. Esto no cuadra. Pero tu cabreo no viene sólo de ahí, estás enfadado porque el chico Midoriya no está aquí.

—¡Cállate! —grita Katsuki, perdiendo el control del cabreo, que ha ido bullendo a fuego lento durante días, al oír el apellido de Izuku—. ¡No sabes nada! ¡No sois más que una pandilla de extras!

—Sólo digo que deberías intentar ponerte en contacto con él, escuchar lo que tenga que decirte, decirle lo que necesites, cerrar esa etapa si es que no quieres volver a saber nada de él —replica Shouto, impertérrito al exabrupto.

—¡Qué te calles, joder!

—Está bien.

Los cuatro se quedan en silencio. Katsuki revienta los restos de uno de los cuadriláteros, afectado por la explosión, de una patada, y luego se deja caer sentado en el suelo, súbitamente agotado cuando la adrenalina disminuye.

—La chica de los ojos radar quizá podría ayudarte a localizarlo. Además, esos chicos, los reclutas que estaban en Musutafu, de tu unidad… También son sus amigos. Creo que entrenar con ellos os haría bien a todos.

—No vas a dejarlo estar, ¿verdad? —Shouto no contesta. Togata aprieta los labios en una sonrisa contenida, y se sienta a su lado—. ¿En serio no veis lo absurdo que es esto?

—Claro que lo vemos, Bakugou —dice Togata, sonriendo a pesar de sus palabras—. No eres el único que dice que esto huele a chamusquina desde el principio. Tamaki tampoco está muy seguro de qué es lo que hacemos exactamente aquí.

—A Fat Gum tampoco le gustaba. —Amajiki se acerca a ellos, pero no se sienta.

—No es lógico. En el pasado, hemos utilizado aprendices de héroes para reforzar las agencias contra villanos particularmente problemáticos —dice Shouto, asintiendo pensativo—. Pero es la primera vez que se hace esto. Y hasta ahora hemos conseguido casas y agencias quemadas, una ciudad atacada, un complejo destruido, dos héroes profesionales muertos…

—Esto es una puta mierda.

—Hay más, Katsuki —dice Shouto, dirigiendo a Togata una mirada significativa. Katsuki frunce el ceño, creyendo que han estado secreteando a sus espaldas, pero comprende a tiempo que sólo lo está alentando a contar algo. Que han venido porque Togata tiene algo que contar, más bien.

—Mi Don… —murmura este, rascándose la sien—. Bueno, ya sabes cómo va esto. Digamos que, ahora que está llegando gente importante al complejo de cara al funeral, a Tamaki se le ocurrió que podía escuchar discretamente en un par de sitios del complejo a ver qué averiguaba.

—¿Y bien? —espeta Katsuki, impaciente por los rodeos.

—No sólo han atacado el complejo y Musutafu. —Katsuki aprieta la mandíbula para no quedarse boquiabierto por la sorpresa. Está a punto de exigir más información, pero Togata se adelanta—. Casas, la agencia de un héroe que está desaparecido…

—¿Quién? —exige saber Katsuki.

—Manual. Por lo visto llevaba varias semanas sin contactar con la Comisión y han encontrado su agencia destrozada.

—Monoma sigue desaparecido también —añade Shouto. Katsuki frunce el ceño. Nunca le ha dado buena espina la ausencia de Monoma. El héroe no le cae bien, pero es fuerte y, desde luego, no es alguien que se esconda en una situación como la actual.

—Las casas atacadas están apartadas de la población. También hay restaurantes y supermercados afectados. El modus operandi es siempre el mismo y se han visto pavesas como las que deja el Don de Shigaraki o llamas azules como las de Dabi —explica Togata, retomando el hilo.

—Y no han dicho nada. Ni siquiera en internet, salvo los conspiro paranoicos y grupos radicales habituales —matiza Shouto, que sigue teniendo un smartphone, al contrario que Katsuki—. Tienes razón en que algo va mal, Katsuki, y creo que se nos va a venir encima más pronto que tarde.

—Tu padre se supone que tiene contactos en la Comisión y debería saber…

—Mi padre sólo sigue órdenes, no merece la pena intentar hablar con él. No atendería a razones. No contamos con Endeavour aquí —niega Shouto.

—Hay que trazar un plan, entonces, y estar preparados para lo peor —murmura Katsuki.

—Ya lo tenemos —dice Togata, entusiasmado—. Yo seguiré intentando averiguar cosas. Vendrá más gente importante con motivo del funeral, si consigo escuchar alguna conversación relevante, podríamos enterarnos bien de todo y actuar.

—Pero es necesario que sigas entrenando con los reclutas, Katsu. Para bien o para mal, están metidos en esto y tenemos que protegerlos —añade Shouto

—No me llames Katsu —gruñe, sin muchas fuerzas.

—Y si quieres contactar con Midoriya —sigue Shouto, impertérrito—, habla con la chica Hatsume. Quizá ella pueda darte un contacto. Puedes utilizar mi teléfono.

—Primero esto —decide Katsuki, negando con la cabeza—. Comprobemos qué está haciendo realmente esta gente, por qué guardan secretos y a qué se debe el empeño en traernos aquí y después ya podremos decidir qué hacer. Ya habrá tiempo más adelante de ponerse al día con gente que no está aquí —añade, poniéndose en pie para dar por finalizada la conversación.

Esa noche, haciendo caso del consejo de Shouto, Katsuki cena sentado en la misma mesa que los amigos de Izuku, que lo miran de reojo, sorprendidos, antes de seguir charlando. No interviene en la conversación y ellos no hablan de Izuku, pero es la primera vez que lo echa de menos sin rabia, notando el asiento de su izquierda extrañamente vacío y observando de reojo cómo Shinsou, sentado entre Sero y Kaminari, soporta pacientemente el simpático parloteo de este último. Tener un plan, saber que está haciendo algo por iniciativa propia en lugar de obedecer órdenes también le ayuda a estar más tranquilo, aunque ahora está impaciente porque Togata consiga averiguar algo más, algo relevante que sea realmente útil.

Por primera vez, Katsuki no se siente desbordante de rabia. En el cuarto que le han asignado, individual por ser un héroe profesional, tiene la chaqueta de Best Jeanist colgada en el respaldo de una silla. Todavía huele a polvo y escombros, pero no le importa. Sobre la misma silla, está la mochila de tela que contiene el estuche de las herramientas de Izuku, que ha abierto en un par de ocasiones para examinarlo, recordando la historia del chico sobre cómo se lo había regalado su madre al entrar en la U.A. Se quita los audífonos y los coloca junto al estuche. Las herramientas de Izuku y los artefactos de Izuku, juntos.

Antes de irse a dormir, hace una reverencia respetuosa hacia la chaqueta de Best Jeanist. Espera que su funeral cierre un ciclo que le permitirá pensar mejor, remover ese mal presentimiento que, a pesar de su conversación con Shouto y los otros dos, sigue estando agazapado en su interior.


Nota: Sólo recordar que Dekiru significa "ser capaz de"·. Y sí, hay una melodía en Mulán llamada Preparation, xD.