Disclaimer: De Horikoshi todo, excepto los OCs que no se reconozcan.

¡Sorpresa! Vale que no es la doble publicación que Amy deseaba, porque en lugar de hacerla el viernes me he esperado a hoy, pero es que en mi casa son Papá Puerco y la Bruja del Año Nuevo quienes se pasan a dejar regalitos, y estaba este en el montón :P. Además, el día 6 no habrá actualización (me es imposible, lo sé desde hace meses, pero me disculpo una vez más xD), así que es una buena forma de compensar. Así que... ¡Feliz Año Nuevo! ¡Feliz Año del Megápodo Quejumbroso! Ojalá os depare muchas cosas buenas y bonitas.

Y nada más, sólo daros una vez más las gracias por leer y comentar.


HONRA ME DARÁS

Los recuerdos, difusos y borrosos, se abren camino lentamente por la mente de Izuku, que es incapaz de apartar la mirada del televisor a pesar de que el informativo ya ha dado paso a publicidad y luego a otra noticia. El peso del recuerdo desbloqueado lo abruma tanto que los ojos se le empañan de lágrimas, un escalofrío le recorre la espina dorsal y el vello del brazo derecho se le eriza.

—Me acuerdo de ti.

—Deku… —murmura Uraraka, que también se ha puesto pálida.

—Viniste a visitarme —repone Izuku, carraspeando para que su voz suene más firme.

—¿Cómo dices? —pregunta Uraraka. La voz le tiembla y suena como si un sollozo se hubiese atascado en su garganta.

—Cuando estaba en la tienda de campaña, antes de traerme al hospital. Vino Recovery Girl y Katsu… quiero decir, Dynamight. Me bajaron la fiebre y recuerdo que entraste con los demás a despedirte de mí —asiente Izuku, volviéndose hacia ella con una sensación de pesada urgencia en el pecho. Uraraka parpadea, incrédula, y comienza a negar—. Ahora que lo recuerdo, fue un poco extraño, porque creo que ni siquiera hablaste ni te acercaste a mí, pero yo estaba confuso y no pensaba con claridad.

—No puede ser. Estuve en coma desde el ataque de la villana hasta…

—Hasta que despertaste en el hospital, lo sé —asiente Izuku. Inquieto, se da cuenta de que está abrazándose el muñón en el mismo gesto inconsciente repetido durante las últimas semanas y trata de evitarlo, frotándose la mano derecha en los pantalones para quitarse el sudor—. Me lo contaste. La que me visitó no pudiste ser tú y tú estás aquí. —Mira durante un segundo a los padres de Uraraka, que todavía están en shock—. Hay que avisarlos.

—Pero…

—¡Una de las villanas podía tomar la forma que quisiera! ¡Lo tenía anotado en uno de mis cuadernos! —«En los que estaban en la mochila perdida en el fuego», piensa con amargura. Izuku cierra los ojos, tratando de hacer memoria acerca de lo que había leído sobre la Liga de Villanos unas semanas atrás, navegando por internet—. Bebía sangre. Toga, la chica, bebía sangre y podía suplantar la identidad de esa persona. Oh, por todos los Dones, están en un verdadero peligro.

—A Ochaco la ingresaron con una anemia inexplicable —informa la madre de esta con un hilo de voz, sobreponiéndose al shock—. Los médicos creyeron que había sido una mezcla de varias cosas, pero llegaron a ponerle al menos dos transfusiones para reponerle el volumen sanguíneo que...

—Que Toga le arrebató. ¡Las agujas! Deben estar especializadas en absorber toda la sangre posible. Y conservarla, porque lleva un mes infiltr… —La voz de Izuku se apaga y otro estremecimiento lo recorre desde los pies a la cabeza, recordando que, en el primer complejo, Uraraka compartía habitación con Hatsume—. ¡Mei! ¡Mei está con ella desde hace un mes! —

Se pone en pie, visiblemente alterado. La madre de Uraraka intenta acercarse a él, pero Izuku está cada vez más nervioso, y ha empezado a murmurar para sí mismo.

—Hay que avisarlos —repite Izuku. Se vuelve hacia los padres de Uraraka, concentrándose en su madre, que parece más repuesta de la sorpresa y no tan afectada por la propaganda gubernamental como su padre—. Hay que ir a la policía o a alguien y decírselo. Podemos llamar y… ¡mierda! —No tiene teléfono móvil. Seguramente los señores Uraraka sí, o cualquier otra persona, pero no hay manera de contactar con nadie del complejo. Incluso asumiendo que Hatsume siga teniendo su teléfono intacto, Izuku no se sabe su número de teléfono de memoria.

—Debe haber una comisaría cerca —dice la señora Uraraka. Su marido parece reaccionar por fin y, con un gesto determinado, comienza a ponerse la chaqueta para salir de la habitación y denunciar la suplantación de identidad.

—¡Espere! —Izuku lo detiene. Trata de pensar, presionándose la frente con los dedos e intentando ordenar el torrente de pensamientos que inundan su mente. Sorprendentemente, los señores Uraraka obedecen sin cuestionarlo a pesar de que son adultos mucho mayores que él. Es la segunda vez en su vida que, a pesar de que puede votar legalmente desde hace un par de años y ser adulto a ojos de la ley japonesa desde el año anterior, se siente como uno de pleno derecho. La primera, descubre justo en ese momento, sorprendido, fue cuando decidió tomar el lugar de su madre.

—¿Deku? —Uraraka le saca de su ensimismamiento e Izuku se da cuenta de que ha estado murmurando para sí mismo y se ha abstraído.

—La habíamos atrapado —dice Izuku entonces, ansioso—. A ella y algunos más. Tú estabas inconsciente porque te atacó, pero Sero se quedó cuidando de ti y de Kaminari y vigilándolos, porque su Don le permite crear escudos e inmovilizar con facilidad.

El pensamiento de que Sero sea un traidor cruza por su cabeza durante una décima de segundo, pero lo desecha inmediatamente. El chico siempre ha sido sincero, amable y valiente, mientras que la Uraraka de sus recuerdos difusos, todavía afectados por la fiebre, sí se comportaba de manera extraña.

—Ha tenido que ser después. El cambiazo. ¿En el hospital de campaña, a lo mejor? Tiene sentido. En pleno caos después del ataque habría sido fácil trasladar a alguien al hospital y que nadie se diese cuenta de que esa misma persona seguía en el campamento. —Uraraka lo mira con los ojos abiertos, pero enseguida comprende por dónde va Izuku y asiente—. Tú estabas inconsciente, así que no podías unirte a ellos de vuelta y nadie se ha molestado en corroborar identidades. A mi madre la llamaron después de terminar la operación, no antes, y me dejaron dos días en el campamento improvisado que hicieron como hospital.

—¿Entonces…? —El padre de Uraraka parece haber llegado a la misma conclusión que Izuku y su hija.

—No me fío de que, si avisamos a la policía, el mensaje llegue a tiempo. O de que llegue, a secas. Hay algo mal aquí, la Comisión de Seguridad Pública no debería haber ocultado todo esto durante tantas semanas. —Hay algo más ahí que Izuku querría tener tiempo para explorar, pero eso es precisamente lo que no tienen—. Me voy a Osaka—decide, determinado.

—¿Osaka? Espera un momento, ¿cómo que Osaka? —pregunta el padre de Uraraka, pero se interrumpe cuando esta asiente en dirección a Izuku, mostrándose de acuerdo con él al instante, y se vuelve hacia su hija con el ceño fruncido a la vez que niega con la cabeza—. No podéis marcharos a Osaka justo ahora que te han dado el alta.

Izuku se marcha del hospital, dejando que Uraraka lidie con la discusión que ha iniciado con sus padres. El médico ya ha pasado a darles el alta, pero ellos no se han movido de allí, preocupados por lo que han visto en el informativo y por las palabras de Izuku. El padre de la chica sigue determinado a acudir a la policía a denunciar. Su madre, en cambio, tenía en el rostro la misma duda que Izuku.

Llega a casa y un vistazo al reloj que preside la cocina le informa de que es casi hora de cenar. Su madre está a punto de llegar de trabajar e Izuku no puede marcharse antes de que lo haga. No sólo no tiene valor para hacérselo dos veces: es que no podría perdonárselo a sí mismo.

Emplea el tiempo en buscar otra mochila, meter dentro las pocas herramientas y el prototipo del guante en el que ha estado trabajando las últimas semanas. Ni siquiera se molesta en buscar una muda de ropa limpia, prefiere saquear la despensa en busca de pan y bollos que pueda llevarse para comer por el camino, y esta vez no hay cuadernos ni materiales que llevarse.

Después, busca en internet la manera de llegar a Osaka. Hay apenas 400km de distancia entre Musutafu y la ciudad, pero Izuku no dispone de vehículo propio. Además, una vez llegue a Osaka, tendrá que encontrar el lugar que ha salido en las noticias, el complejo que va a acoger el funeral de los héroes profesionales. Confía en que su intuición sea correcta porque era donde, según Best Jeanist, iban a llevarlos tras el incendio del complejo militar así que, si hay algún sitio en el que pueda encontrar a Katsuki, será precisamente allí, pero debe que llegar primero.

El ruido de la puerta de la calle al cerrarse coincide con el de la impresora, que está escupiendo un folio con los billetes de tren. Tendrán que hacer transbordo en Nagoya, pero es el que sale más temprano. Ha pagado con la tarjeta de débito familiar, prometiéndose que ya se lo devolverá a su madre en cuanto consiga ahorrar algo de dinero. Inko entra en el dormitorio para avisarle de que ha llegado, pero se detiene en la puerta, sospechando, quizá por instinto materno, que algo no va bien. Su mirada pasa de la mochila, descuidadamente tirada sobre la cama, al ordenador encendido, el escritorio despejado y la cara de culpabilidad de Izuku.

—¿Izuku? —pregunta, con la voz alterada, demandando una explicación que no va a satisfacerla.

—Lo siento, mamá —susurra Izuku, con las lágrimas ya brotándole en los ojos. Le explica lo que ha ocurrido, lo que han visto en el informativo, sus sospechas—. Si fueras un villano, estuvieses infiltrado entre los héroes y quisieras atacar… el funeral sería un momento perfecto. Todo el mundo estará allí. Y alguien tiene que prevenirlos.

—No.

—Mamá… —Izuku se queda paralizado. La firmeza con la que su madre se ha negado lo ha dejado atónito. Esperaba algo de oposición, pero no el rostro enfadado y determinado que muestra—. Hay que avisarlos. Si comparte habitación con Mei, como hacía cuando estábamos en el complejo, corre peligro, podría atacarla…

—Pueden saberlo ya —lo interrumpe Inko, cruzándose de brazos—. A lo mejor es parte de un plan que tú no sabes. No estás allí, no sabes nada, en realidad.

—Sé que Uraraka no está allí, pero que la he visto en el televisor. No lo sabría si no hubiese visto a la verdadera Uraraka. No lo saben. Si lo supiesen, sería muy fácil arrestarla. —Izuku se muerde el labio inferior. No quiere marcharse a escondidas, ni tampoco con su madre enfadada, pero no valora la posibilidad de arriesgarse a no avisar a sus amigos del peligro que corren—. Esa villana tiene que consumir sangre para seguir transformada. Hace un mes de esto, por mucha que haya podido conservar… Y van a hacer un funeral multitudinario, mamá…

—No —repite su madre.

—Mamá…

—No. No es tu problema, Izuku. —Su madre también tiene los ojos llenos de lágrimas. Izuku se enjuga las mejillas con la manga del brazo derecho, pero Inko deja que se deslicen libremente. Con sumo cuidado, se arrodilla en el suelo, ante Izuku, mirando hacia el suelo, con el ceño fruncido—. Creo que ya has dado lo suficiente por Japón, Izuku. Estoy muy orgullosa de ti, porque creo que has sido un chico muy valiente y que eres el héroe que siempre has querido ser, pero…

»No soportaría perderte, Izuku —dice con la voz estrangulada por las lágrimas—. Sin Don, perdiste un brazo. ¿Qué más tengo que entregar? ¿He de permitir que te vayas a ponerte en peligro una vez más? Puedo estar orgullosa de ti por la persona en la que te has convertido, pero quiero conocer también a la persona que serás dentro de muchos años, Izuku.

—Mamá —solloza Izuku, cayendo de rodillas delante de ella, acariciándole la cara, húmeda por las lágrimas. Inko acuna las mejillas de Izuku entre sus manos, con mucho cariño.

—Eres mi hijo, Izuku. No puedes pretender que te dé permiso para ir a algo que puede poner en peligro tu vida.

—En realidad… —Izuku busca las palabras más adecuadas, pero no las encuentra—. No quiero tu permiso. Voy a ir, mamá. Necesito ir. Mis amigos están en ese complejo. Mei está allí. ¿Te acuerdas de Hitoshi Shinsou? Creo que también está allí. Y… también está Katsuki. Por eso no espero que me des permiso, pero sí me gustaría irme sabiendo que comprendes mi decisión, en lugar de fugarme a escondidas.

—Izuku, no. No puedes decirme eso. Soy tu madre, Izuku…

—Mamá… —Izuku se aleja de ella y se enjuga las lágrimas, haciendo un esfuerzo por no llorar—. Si me quedo aquí y no lo saben, si les pasa algo, incluso aunque sea a personas a las que no conozco… No podría perdonármelo jamás, mamá. No soy esa clase de persona. No quiero ser esa clase de persona.

—No… no lo eres… —Su madre sigue llorando y su voz sale dolida, pero Izuku sabe que ya no va a impedirle marcharse, que no va a tener que imponer su mayoría de edad para hacer lo que quiere ni escaparse a escondidas. Odiaría romper así su relación con su madre porque, aunque sabe que después probablemente se arreglaría y que esta lo perdonaría una vez más, las cosas rotas nunca vuelven completamente a su origen—. Prométeme que no te pondrás en riesgos innecesarios y que tendrás cuidado.

—No puedo prometer…

—Escucha bien lo que te estoy pidiendo, Izuku. Nada de riesgos innecesarios y que tendrás cuidado. Ya sé que no puedes prometerme nada más cuando, si es cierto lo que dices, vas directo a la boca del lobo.

—Te lo prometo, mamá.

Izuku se inclina hacia adelante, posando la palma de la mano derecha y la frente en el suelo, en una reverencia profunda. Nota los dedos de su madre en el pelo, acariciándole los cortos mechones, rebeldes y alborotados. Han crecido un montón en ese mes, después de haberlos saneado recortándolos hasta no dejar restos de las secuelas del incendio.

—Voy a honrarte, mamá —asegura Izuku, con la frente aún pegada al suelo—. Y honraré mi promesa. Haré que sigas sintiéndote orgullosa de mí. Gracias por entenderlo.

—Vas con mi bendición, Zuzu, pero te exijo que vuelvas. Me sigues pareciendo el niño más guapo, valiente y responsable del mundo y lo serás siempre, pase lo que pase, pero tienes que volver sano y salvo, Izuku.

—Eso también puedo prometértelo, mamá —dice Izuku, con la voz ahogada por sus propias lágrimas, todavía apretando la frente contra el suelo.

Cenan en silencio. Izuku le pide a su madre su teléfono móvil para poder escribir a Uraraka, quien le ha apuntado el número de teléfono de su madre antes de abandonar el hospital, porque ella también perdió el suyo en el incendio del complejo. Le envía directamente una foto de los billetes de tren, sin más texto, a pesar de que ni siquiera sabe si la información le llegará: estaba discutiendo con sus padres sobre ello cuando Izuku ha dejado el hospital.

Esa noche, Izuku duerme con su madre. No lo hacía desde que tenía nueve o diez años, y ya entonces era algo muy poco frecuente, a diferencia de cuando era un bebé. Su madre lo abraza, como si no quisiera dejarlo marchar, e Izuku se deja hacer, casi echando de menos el amor maternal de Inko a pocas horas de verse privado de él.

Izuku cae en un sueño inquieto, intermitente, pero al menos duerme algunas horas. Su madre lo despierta cuando sale el sol. Se despide de él con besos, abrazos y lágrimas, obligándole a repetir las promesas que le ha hecho durante la noche. Izuku se niega a que lo acompañe a la estación, no quiere alargar el sufrimiento de la partida.

Uraraka ya está en la estación, pero no sonríe al verle como ha hecho cada uno de los días que él ha ido a verla al hospital cuando ha entrado en la habitación. En sus ojos, las mismas marcas oscuras que adornan los de Izuku delatan que ha dormido tan poco como él. Y las mangas de la chaqueta, húmedas por las lágrimas que se ha secado, que tampoco ha sido una conversación fácil con sus padres.

—Gracias por venir, Uraraka-san —susurra Izuku, dejándose caer a su lado. Todavía faltan varios minutos para que llegue el tren, según anuncia un panel electrónico.

—Puedes llamarme Ochaco, Deku —dice esta, volviendo a sumirse en un silencio reflexivo acto seguido.

Ninguno dice nada más. Ochaco le da la mano, apretando los dedos sanos de Izuku entre los suyos, y este le corresponde, agradecido por la amistad de la chica. Habría ido él sólo de no haber tenido otra opción, pero ir acompañado por una amiga en la que confiar es infinitamente mejor y, además, podrán probar lo que dicen con facilidad.

Esperan en silencio hasta que el sistema de megafonía anuncia su tren con destino a Nagoya. Ya en el coche de pasajeros, Izuku ve pasar rápidamente el paisaje cuando por fin abandonan la ciudad y el tren coge velocidad, con sus pensamientos llenos de preocupación por Hatsume, Katsuki y el resto de sus amigos y el pecho atenazado por la ansiedad de no llegar a tiempo, de haberlo malinterpretado todo, de que todo salga rematadamente mal o de incumplir las promesas a su madre. Quiere ser un héroe, siempre lo ha querido, pero no quiere morir. Con este pensamiento, el antebrazo ausente le da una punzada de dolor que no puede frotar ni apretar, porque no hay nada que quede ahí.

—Tenía que venir. —Ochaco rompe el silencio cuando llevan más de una hora de viaje. Izuku la mira, agradecido una vez más, porque hablar con Ochaco le ayudará a distraerse de sus pensamientos funestos—. No pude hacer nada durante el incendio, y prácticamente tampoco en el ataque a la ciudad. Después de saber todo lo que habéis hecho los demás, yo también quiero ser una heroína. Tenía que venir —insiste una vez más.

»A diferencia de Kaminari-kun o de Sero-kun, yo no llegué a plantearme la opción de formarme como heroína. Mi Don… No es muy altruista, ¿verdad? Además, la empresa de mis padres no siempre ha ido muy bien y en casa siempre hemos tenido que echar una mano. Es una constructora, ¿sabes? Usar mi Don allí es útil, porque nos ahorra maquinaria y trabajo, así que conseguimos un permiso del gobierno para ello. Cuando esto empezó, discutimos, porque quería venir yo. Eres muy joven, decían, pero ya tengo veinticinco años y de toda la familia soy la que más ha desarrollado el Don. La que más opciones tenía de ser útil.

—Recuerdo aquella vez que te enfrentaste a Dynamight. Casi lo vences —dice Izuku, que recuerda perfectamente aquel entrenamiento. Ochaco sonríe modestamente e Izuku aprovecha que tiene la mirada perdida en el techo del vagón para observarla atentamente. Es algo mayor que él, pero no lo habría imaginado, ha pensado en todo momento que eran de la misma edad—. ¿Tuviste muchos problemas para conseguir el permiso?

—No —niega Ochaco—. Sólo te lo hacen pedir porque es un uso profesional, pero conceden casi todos los que se ajustan a determinados artículos de la ley, es muy amplia a ese respecto. Así que puedo considerarme afortunada. A diferencia de casi todos los que estábamos en el complejo, yo sí tenía experiencia usándolo.

—Por eso tus padres…

—Accedieron a que viniera —dice Ochaco, suspirando—. Y ahora han vuelto a hacerlo, claro. ¿Qué otra opción había? Papá ha ido a denunciar igualmente la suplantación de identidad, pero los cauces legales son lentos. Ayudó que mamá lo tuviese más claro y puede llegar a ser muy persuasiva con papá. Y también les he hablado de ese entrenamiento con Dynamight, creo que fue algo que los tranquilizó. ¿Sabes? Lo que hice ese día ni siquiera fue muy diferente a lo que hago en el trabajo con mi padre, sólo utilicé mi experiencia profesional con el manejo de escombros y material para decantar el entrenamiento a mi favor.

—Eso es lo que hace un buen héroe —asiente Izuku, admirado por el ingenio de Ochaco.

—No lo conseguí —responde esta con sencillez. Izuku puede comprender su frustración. Ochaco no sólo no llegó a vencer a Dynamight en aquel entrenamiento, sino que, como ha recordado antes, quedó fuera de combate en dos ocasiones. Es algo con lo que puede empatizar y, precisamente por ello, sabe que Ochaco está siendo tremendamente injusta consigo misma al menospreciar el valor de lo que hizo.

—Hasta Dynamight se dio cuenta de tu potencial —dice Izuku, sinceramente—. Todo el mundo flipó.

—Tú también te defendías bastante bien, sobre todo teniendo en cuenta… —Ochaco deja la frase en el aire.

—Que no tengo Don. Puedes decirlo, no importa. —La carencia de Don es un tabú en la sociedad. Siempre lo ha sido. Izuku lo aprendió desde pequeño. Hasta los médicos, cuando revisaban su historial, se referían a ello como «su pequeño problemita». Pero está harto. Es quien es y no se avergüenza de ello. Ya no más—. Pero no es cierto. Era un desastre, incluso con los guantes, por eso Dynamight empezó a entrenarme más que al resto, y fue en gran parte gracias a él que mejoré, la verdad.

—Vaya, yo pensaba… —Ochaco se sonroja y no termina la frase. El estómago de Izuku se hace un nudo y suplica mentalmente que la chica no continúe hablando, pero esta lo hace—. Se os veía tan cercanos que creía que era porque erais amigos… Sero incluso pensaba que había algo más, que te gustaba.

—Supongo que nos llevamos bien, sí —murmura Izuku, sonrojándose también. Durante este mes, ha pensado en Katsuki con sentimientos encontrados. Tampoco está muy seguro de qué va a encontrar cuando llegue, de si le creerá una vez más después de tantas mentiras. Ochaco dice algo, pero Izuku ya no la escucha, inmerso en sus pensamientos y preocupaciones, así que la chica se limita a volver a coger la mano derecha de Izuku y sostenerla entre las suyas, encima del regazo, para darle consuelo y apoyo y encontrarlo para sí misma.

En la estación de Nagoya, ambos ponen en común la comida que ambos han traído en sus mochilas y comen sentados en un banco del andén del tren que los llevará a Osaka. Una vez más, Izuku agradece que la chica haya ido con él, no sólo será más fácil que Katsuki crea sus palabras si la ve a su lado, si tiene una prueba palpable, sino que se siente acompañado. Tan acompañado como en el complejo, cuando Sero, Kaminari o la propia Uraraka estaban con él. Por una vez, Hatsume y él habían dejado de ser dos y la interacción en grupo sí es algo que ha echado de menos durante este mes, a pesar de que en el complejo pasase mucho tiempo con Katsuki.

—Es agradable tener amigos —murmura en voz más alta de la que cree. Intercambia una mirada cómplice con Ochaco, que sonríe y asiente.

—Pensaba que Hatsume y tú erais amigos —dice Ochaco, frunciendo el ceño.

—Sí, por supuesto —asiente Izuku, lamentando el malentendido—. Mei es la mejor amiga que uno pueda pedir y me considero muy afortunado. Me refería a tener más amigos.

—¡Oh! Lo siento mucho. —Izuku aprieta los labios. No es necesario especificar que la falta de Don ha sido una constante traba en sus relaciones sociales.

—Yo creo que tu Don es genial, Ochaco.

—Lo siento —repite la chica, sonrojándose—. Antes no quise decir…

—Ya sé que no quisiste decir que tu Don no esté bien. Pero has dicho que no es heroico y a mí sí me lo parece. —Izuku hace una lista en voz alta de héroes cuyo Don, a priori, no es competitivo a nivel profesional y que están entre los principales del país—. Podrías haber sido una gran heroína. Lo tienes todo: ingenio, capacidad de decisión, talento…

—Tú querías ser un héroe. —No es una pregunta. Izuku asiente, de todos modos—. Creo que habrías sido un gran héroe, aunque no tengas Don.

—Me rechazaron. Una y otra vez, en todas las escuelas que tenían la especialidad de héroes, en las agencias que acogían aprendices, cada vez menos y de menor importancia. Nadie quiere un héroe que no tiene Don —dice Izuku, encogiéndose de hombros. La herida duele, pero ya no lo hace tan fuerte como hace años, como lo hacía apenas unos meses atrás, cuando llegó la última carta de rechazo—. Puedo considerarme afortunado de haber conseguido entrar en la especialidad de apoyo.

—Entonces, el problema lo tenían ellos. Tú has demostrado sobradamente ser un héroe, Izuku. Es algo que la sociedad debería saber, que habría que contar. Se puede ser un héroe sin un Don. Podrías inspirar a todos los niños y niñas que estén en tu situación.

—No voy a ser un símbolo de nada —niega Izuku, que tampoco desea serlo, en cualquier caso.

Él sólo quería cumplir un sueño infantil que, ahora que por fin su entorno ha dejado de despreciarlo, ya no tiene claro que ser tan tenaz fuese acertado. Dos meses atrás, su madre intentaba desanimarlo, no demasiado sutilmente, para que desistiese de sus intentos de entrar en una agencia. Sus compañeros de la escuela secundaria se rieron a carcajadas cuando el profesor intentó desincentivar su solicitud para el departamento de héroes de la U.A. Aunque le duela, sabe que es muy probable que Ochaco lo hubiese mirado con lástima si hubiera sabido lo de su falta de Don antes de ser salvada del incendio. A lo mejor no, pero Izuku sabe de primera mano cómo funcionan los prejuicios de la sociedad de su entorno, la que lo aparta a un lado, la que lo llama inútil.

—Tienes razón. —Izuku mira sorprendido a Ochaco. Ha vuelto a murmurar en voz alta. La chica tiene los ojos húmedos y los labios apretados—. Lo siento mucho, Izuku. Es fácil hablar cuando se ve desde fuera, pero no…

—Ahora ya no importa. —Levanta la vista hacia el panel informativo de salidas, todavía queda un rato para que parta el tren que conecta Nagoya con Osaka. Nervioso, se limpia la palma de la mano en el pantalón, buscando otro tema de conversación—. ¿Sabes? El otro día me enteré de que yo he nacido aquí, en Nagoya. —Surte efecto. Ochaco tampoco es de Musutafu, sólo están instalados allí por una serie de ventajas fiscales para la empresa familiar, así que la conversación discurre por canales menos delicados durante los siguientes minutos.

Cuando suben al siguiente tren, el sol declina, los días son calurosos y largos, y el astro rey tarda en ponerse muchísimo tiempo, así que aún quedan varias horas de luz natural. A pesar de que la preocupación le corroe por dentro, Izuku dormita, acunado por el traqueteo del vagón. Cuando despierta, todavía hay luz del sol, anaranjada, y el tren está llegando a la estación de Osaka. Con delicadeza, despierta a Ochaco, que también se ha quedado dormida, apoyada en su hombro.

—¿Y ahora? —pregunta Ochaco, temblando de frío por el contraste de temperatura entre el interior del vagón y la corriente de aire del andén, sumada al destemple por haberse dormido sin arroparse.

—Ahora toca la parte difícil. Encontrarlos. —Con determinación, Izuku se ajusta la correa izquierda de la mochila, para que no se deslice por el muñón, y traga saliva, dispuesto a enfrentarse a ese obstáculo.

.

Hitoshi está contemplando el techo de la habitación, tumbado encima de su cama. Al llegar, se apoderó de la litera superior en un infantil y fútil intento de alejarse de todo y de todos. Sero utiliza la que está debajo de él y Kaminari ocupa la más baja. Los techos de la habitación son tan altos como estrecho es todo lo demás. Un par de taquillas que comparte con los otros dos chicos y una diminuta mesa que se pliega contra la pared y que no han utilizado en todo ese mes, completan el exiguo mobiliario de lo que es su dormitorio.

No ha bajado a cenar. Tiene hambre, pero está un poco saturado de relaciones sociales después de un mes rodeado de desconocidos que pretenden ser amables todo el tiempo y echan de menos a Izuku Midoriya. A pesar de que está asignado al escuadrón precisamente en sustitución de este, lo cual le incomoda mucho más de lo que había pensado en un primer momento, no es Dynamight quien se encarga de su entrenamiento, sino el profesor Aizawa, que lo reconoció nada más verlo, acordándose de él. Accedió a encargarse de sus prácticas después de que los otros héroes profesionales fueron hasta donde estaba para hablar con él, no sabe si porque querían referencias, confirmar su historia o sólo revivir viejos tiempos de estudiantes. En cualquier caso, Hitoshi ha quedado asignado al entrenamiento con el profesor, que aparentemente sólo tiene que lidiar con un puñado de civiles en la cincuentena que entrenan sus Dones con más perseverancia que eficacia en lugar de hacerlo con Sero, Kaminari, Uraraka y Hatsume, que a cambio se empeñan en pasar el resto del tiempo libre con él.

Ese detalle le ha llamado la atención. Tras lo ocurrido en Musutafu, rodeado de gente de su misma edad o héroes profesionales jóvenes, había dado por hecho que todo el reclutamiento de civiles se había basado en personas de ese tramo de edad, así que le sorprendió darse cuenta de que había personas mucho mayores. Y, aunque conoce poco al profesor Aizawa, que no pertenece a la categoría de héroes más jóvenes a pesar de que apenas está en la cuarentena, ha llegado a la conclusión de que este no está muy cómodo con la idea de tener que entrenar con civiles que, hasta hace unas semanas, tenían una vida y un trabajo tranquilos y muchísimos años de falta de práctica con su Don.

Hitoshi suspira, un tanto frustrado. Deseó tanto estar allí, tener su oportunidad para hacer brillar su talento, por fin, y convertirse en un héroe y, ahora que lo ha conseguido, siente un malestar continuo que no es capaz de canalizar o apaciguar. No es el único, aunque a lo mejor se lo está imaginando: tiene la sensación de que todo el mundo a su alrededor está en la misma tesitura que él.

—¡Shinsou-kun! ¡No bajaste a cenar! —El estrépito de sus risas en el pasillo los ha delatado antes de que entren en la habitación. Hitoshi se corrige mentalmente: no, todo el mundo no está en esa situación de malestar continuo si ha de juzgar por las genuinas sonrisas y palabras de ánimo que Sero y Kaminari tienen para cualquiera.

Sobre todo con él. Desde el primer momento que bajaron de la camioneta, Kaminari se había preocupado por explicarle la organización del complejo anterior donde había estado, suponiendo acertadamente que este funcionaba de forma similar. Los dos chicos, Kaminari y Sero, habían dado por hecho que compartirían dormitorio con Hitoshi, igual que habían hecho con Midoriya. Y se habían sentado en su mesa cuando Hitoshi lo había hecho a solas, evitando a todo el mundo, incluso a Ojiro, a quien había visto en su primera cena en el complejo. Tras acercarse a saludarlo, explicándole qué hace aquí, no había estado muy seguro de querer invadir su espacio personal tampoco. Aunque eso le había recordado abrir el grupo de chat que comparte con sus dos compañeros de piso y tranquilizar a Ichinose con un mensaje, asegurándole que están juntos y bien, pero que por ahora no parece que vayan a regresar a casa.

—No tenía hambre —miente Hitoshi, deseando que eso sea suficiente para impedir que los otros dos chicos lo avasallen, pero no es suficiente. El rostro de Kaminari, con una sonrisa amplia y sincera, alegrándose genuinamente de verlo, aparece en el borde de la cama y apoya los brazos sobre el colchón para luego descansar la barbilla sobre ellos. Siempre parece muy contento de ver a Hitoshi, aunque este no entiende por qué.

—Pensamos que a lo mejor era eso, pero por si acaso, te hemos traído un poco —dice Kaminari. Hitoshi olfatea el aire, inundado por el aroma a comida, y el estómago lo traiciona haciendo un sonido hueco y gástrico—. Hanta, pásamelo, por favor.

Sin pedir permiso, Kaminari termina de trepar sobre la cama de Hitoshi y se sienta en el borde, con las piernas colgando. En la escalerilla lo sustituye Sero, que también sonríe con optimismo, mostrando todos sus dientes blancos y bien alienados. En una de las manos lleva un recipiente cerrado que huele apetitosamente a guiso. Incómodo por el gesto, Hitoshi aparta la mirada y la vuelve a dirigir al techo, intentando ignorarlos para ver si se rinden en su intento de entablar conversación.

No le caen mal. Todo lo contrario. Sero es un hombre agradable y maduro, con una conversación interesante. Kaminari es un chaval de su edad, divertido, bromista y alegre. Lo que le incomoda es, precisamente, que ninguno de los dos parece encontrar embarazoso estar con él. Uraraka siempre se comporta un tanto distante, aunque lo mira con una sonrisa torva en los labios cuando cree que nadie se da cuenta; y, aunque ha rebajado el nivel de hostilidad hacia él tras la conversación en la camioneta, Hatsume suele hablar poco con Hitoshi y se pierde en sus propios pensamientos cuando él está delante, seguramente echando de menos a Midoriya o preguntándose cómo está.

Sin embargo, de los dos chicos, el que más invade su espacio personal constantemente es Kaminari. Se sitúa a su lado si pasean por el complejo tras los entrenamientos, parloteando sobre sus progresos e interesándose y admirando los de Hitoshi, se sienta junto a él en la mesa del comedor, da igual cuál elija, se apoya en su colchón, como ha hecho antes, para charlar un rato antes de apagar las luces, inasequible a los monosílabos de Hitoshi y lo ha descubierto mirándole de reojo en más de una ocasión.

—¡Eh, tío! Necesitas comer, te saltas la mitad de las comidas y eso no puede ser sano —dice Kaminari y, por el tono de voz, Hitoshi deduce que ya no está sonriendo. Ese chico lo pone un poco nervioso, porque no sabe bien cómo tratarlo. Es atolondrado, algo que hace que Hitoshi se sienta lento a su lado; habla y actúa sin pensar, por mucho que sus amigos le reprendan si dice una burrada; sonríe todo el tiempo y persigue a Hitoshi por doquier con esa sonrisa ancha y sincera, interesándose por su bienestar y elogiando su Don. Es amigo de Midoriya, lo sabe porque además los ha oído hablar de él, echarlo de menos, lamentar el estado de su brazo cuando se atrevieron a preguntar a Dynamight qué tal estaba—. Hanta, ¿verdad que necesita comer?

—Teni la cara triste, sí. Pareces un poco agotado, po. Eraserhead debe estar presionándote un montón.

Sero es un optimista irredento, de esos que creen que todo va a salir bien porque tiene que salir bien, pero le exaspera un poco menos. Quizá porque piensa antes de hablar y no va corriendo a todas partes, entusiasmado, como si se hubiese tomado dos pastillas de éxtasis. A lo mejor influye que sea mayor que todos ellos. Pero también es el que hace preguntas más incómodas y el que más suele sacar a Midoriya a relucir cuando hablan con las otras dos chicas, sobre todo si conversa con Hatsume. Y tiene razón: el entrenamiento con el profesor Aizawa es agotador. Ha olvidado lo poco que logró entrenar con su bufanda en la U.A. y que este insiste en que aprenda a utilizar de una vez por todas en un tiempo récord.

—Eh, Hitoshi —lo llama Kaminari con voz suave. Hitoshi lo mira con fingido desinterés, tratando de disimular la sensación extraña de su estómago al escucharlo llamarlo por su nombre y no por el apellido. La sonrisa de Kaminari ha flaqueado, transformándose en una expresión preocupada—. Es verdad que tienes mala cara. Sé que no eres de sonreír mucho, pero estás más delgado que cuando nos conocimos. Come algo, anda. —También es cierto. Las prendas de los uniformes que le proporcionaron al llegar le quedan más holgadas, y él siempre ha sido delgado por naturaleza.

—No me apetece.

—Te hará bien. En serio, es tsukune con teriyaki, estaban buenísimas, ¿verdad, Hanta? —La sonrisa de Kaminari regresa, animándolo a comer. Hitoshi suspira una vez más, exasperado. No sabe por qué, pero le molesta un poco que Kaminari esté constantemente buscando la aprobación de Sero cuando está con él. No es idiota, ha podido oír conversaciones entre ellos dos y con las otras dos chicas en las que no lo hace, sólo le pregunta cuando habla con Hitoshi, como si necesitase su apoyo explícito para hacerlo.

—Deja de hacer eso —gruñe Hitoshi. Se arrepiente al instante de haberlo dicho, porque significa entrar en la conversación y, por tanto, dar explicaciones.

—¿El qué? —pregunta Kaminari, desconcertado.

—Si quieres hablar conmigo, no hace falta que le preguntes a él.

—No… —Kaminari parece desconcertado. Hitoshi lo mira y siente una punzada de malestar porque ya no está sonriendo. Mira con los ojos de Kaminari, muy abiertos, tanto que el iris amarillo destaca en su rostro, y luego a Sero, que se encoge de hombros con una mueca de divertida condescendencia, aunque Hitoshi no se haya disculpado—. No es por eso. No es que… Sólo quiero… —Kaminari no parece encontrar las palabras, pero ahora Hitoshi entiende por qué parece necesitar la aprobación de Sero: es su forma de entablar una conversación fluida y contrarrestar el silencio obstinado o los monosílabos poco corteses de Hitoshi. De que la conversación no se convierta en un monólogo. Kaminari se rinde en su búsqueda de una explicación razonable, porque probablemente lo ha hecho de forma inconsciente, y su expresión cambia a una de avergonzada tristeza—. No quería molestarte. Es sólo… estaba preocupado por ti —admite con un hilo de voz acongojado.

Hitoshi se siente mucho peor ahora. El rostro de Kaminari ha mudado de la sonrisa optimista y el tono alegre a una tristeza decepcionada que a Hitoshi le duele físicamente en algún lugar entre el pecho y el estómago. Esa profusión de emociones que el chico es capaz de mostrar en apenas unos segundos lo abruma y desorienta también, pues él va mucho más despacio, como un tren que va acelerando y cogiendo fuerza, mientras que Kaminari en ese mismo tiempo ha pasado por decenas de estados de ánimo, algunos de apenas unas décimas de segundos. Hitoshi se siente aturdido sólo de pensarlo.

—No es necesario que te preocupes por mí —masculla finalmente, hastiado, cerrando los ojos con fuerza, que le arden como si estuvieran resecos.

—No es algo que pueda evitar —musita Kaminari con voz apesadumbrada. Hitoshi intuye, por la forma en que se tensan sus brazos, que va a saltar de la cama al suelo. El remordimiento por haber hecho que alguien que estaba alegre y contento esté tan triste por un comentario suyo es tan fuerte, que lo sujeta por la muñeca, impidiéndoselo. Kaminari se queda quieto, mirándolo con la incomprensión pintada en los grandes ojos dorados, a pesar de que podría saltar y deshacerse del agarre de Hitoshi.

—¿Por qué? —pregunta Hitoshi después de tragar saliva. Kaminari aprieta los labios y se encoge de hombros.

—Sólo creímos que te haría bien comer algo, Shinsou —dice Sero con voz suave—. En realidad, fue Denki quien se acordó, apartó los tsukunes de su plato para ti en lugar de comérselos todos.

—No era necesario —repite Hitoshi, que ahora se siente mucho peor y los ojos le pican más.

—¡Claro que lo es! Somos tus amigos, tenemos que cuidar unos de otros —protesta Kaminari.

—Hace un mes ni siquiera me conocíais. —Hitoshi se sienta en el colchón y taladra con la mirada a Kaminari, que lo mira desafiante. Otro cambio de expresión, de estado de ánimo. Ha pasado de estar alegre a estar triste y ahora está desafiándolo y retándolo a llevarle la contraria. Hitoshi se marea sólo de intentar llevar la cuenta. Además, no pueden ser sus amigos, ningún amigo de Izuku Midoriya querría su amistad tras saber lo que hizo—. ¿Es que Midoriya no os habló de mí?

—No —responde Kaminari con sencillez—. Y si te refieres a lo que contaste el día que veníamos hacia aquí…

—¡Pues claro que me refiero a eso! ¿Es que Midoriya no es vuestro amigo? No os alejabais de su tienda cuando estaba enfermo —espeta Hitoshi bruscamente.

—Midoriya es nuestro amigo, po. —Es Sero quien habla, lentamente, con una media sonrisa en el rostro que es menos inquietante de lo que pudiera parecer por sus dientes—. Pero tú también puedes serlo, weón.

—Mira, Hitoshi… No he escuchado la versión de Midoriya sobre ese tema, pero… Creo que Hatsume-san tiene razón y ella lo conoce desde hace mucho más tiempo que yo. —Hitoshi abre la boca, incrédulo, para protestar, pero Kaminari sigue hablando—. No, no estoy diciendo que esté bien lo que hiciste, no estuvo nada bien. ¿A ti te parece que estuvo bien?

—¡No!

—Pues ya está. Has madurado, no eres la misma persona que entonces, no puedes fustigarte toda la vida —dice Kaminari. Su rostro ha mutado del desafío y la protesta a una sonrisa anhelante y esperanzada que hace que Hitoshi ponga los ojos en blanco, apabullado por su cándido optimismo—. Aunque sí creo que deberías disculparte con Midoriya en persona si alguna vez tienes la oportunidad de hacerlo, pero eso ya es cosa tuya.

Hitoshi se queda callado, mirando a Kaminari con recelo. Todo ha sido extraño este último mes, muy lejos de lo que hubiera esperado inicialmente. Su mundo siempre ha estado en un precario equilibrio, es consciente de ello, pero desde que vio a Midoriya sobre aquel villano, peleando como un héroe profesional, parece que todo a su alrededor se derrumba y reconstruye continuamente tan rápido que le cuesta adaptarse a los cambios. Por fin ha conseguido brillar lo suficientemente fuerte como para que el mundo se fije en él y confíe en sus capacidades, y ahora no sabe cómo gestionar todo lo que rodea a la situación. Echa de menos las charlas con su psicóloga, seguro que tendría alguna observación aguda que le ayudaría a lidiar con el galimatías de sentimientos de su pecho. Al recordarla, pensando que puede resultar útil, decide hacer lo que siempre hace con ella: abrirse con sinceridad.

—En una ocasión, cuando llegamos al colegio, alguien había pintado la pared —murmura Hitoshi, abrazándose las rodillas. Sero y Kaminari se quedan en silencio, expectantes—. Era obra de un novato, alguien que no sabía manejar un spray, estaba claro. Era un juego de palabras horribles: Izuku, el héroe inútil. Tres kanjis con pintura negra. Hasta ese momento me había dado un poco igual. Sí, yo había sido el que había mencionado la semejanza con el kanji de Deku, pero hasta ese momento me había dicho a mí mismo que, si no trataba mal a Midoriya, no era culpa mía. Tampoco me había disculpado ni trataba con él. Mi posición en el aula era… frágil.

—¿Por qué? —pregunta Kaminari, interrumpiéndolo. Hitoshi lo mira con un poco de sorpresa—. ¿Por qué era frágil?

—Porque mi Don era el de un villano. Tener un Don que no puedes usar jamás, ni siquiera con un permiso, es sólo un poco mejor que no tener Don —dice Hitoshi. A él le parece obvio, pero ni Sero ni Kaminari dicen nada. Suspira, frustrado. Es difícil hacérselo entender a alguien que ha tenido un privilegio que no todo el mundo lo ha disfrutado—. Hay Dones muy chulos y Dones que no lo son. No sólo los niños son crueles, también lo es la sociedad, ¿sabéis? A mí ni siquiera quisieron dejarme venir aquí. La policía se mostró condescendiente y compasiva, pero sobre todo asustada por mi Don; no quería tratar con alguien como yo. Es difícil hacer amigos cuando creen que puedes controlar sus mentes en cualquier momento. Es difícil hacerlos cuando piensan que si no tienes un Don no estás a su altura. Es como… los ricos. Como cuando los ricos no quieren juntarse con pobres más que para obras de caridad. —Los mira, expectante, porque no sabe el origen de ninguno de sus dos compañeros, aunque duda que si vienen de una familia muy acomodada hubieran acabado aquí. El mundo no funciona así e Hitoshi lo sabe perfectamente. Los dos asienten, con cara de circunstancias: lo han comprendido.

»Yo estaba allí cuando Midoriya llegó al colegio y vio la pintada. Bueno, estaba todo el mundo allí, imagino. Era parte del espectáculo, ver qué hacía Midoriya al descubrir aquello. Había risitas a mi alrededor. Oí a otra niña decir que le daba mucha pena, pero no hizo nada por evitarlo. Midoriya no iba con Hatsume en aquella época, no venía a nuestro colegio, así que creo que no se conocieron hasta llegar a la U.A. —Hitoshi hace una pausa para tragar saliva.

Midoriya se había quedado quieto, con la boca un poco abierta, mientras leía los kanjis y comprendía el juego de palabras, el chiste. Una carcajada había disparado otras pocas más. No muchas, tampoco, porque la mayoría de la gente no estaba de acuerdo con aquello, como Hitoshi, y creían que quien lo hubiese hecho había cruzado una línea roja. Hitoshi había visto cómo Midoriya agarraba con más fuerza las tiras de su mochila y agachaba la cabeza para ocultar las lágrimas que pugnaban por salir de ellos. Caminando despacio, controlando la velocidad para no parecer demasiado afectado, había pasado por delante de la pintada y había entrado en el colegio, como si no fuese con él.

—¿Nadie dijo nada? —Hitoshi niega con la cabeza y Kaminari frunce el ceño. «Ahora ira. Va a volverme loco», piensa, pero no dice nada al respecto.

—No fue difícil saber quién había sido. Lo sabíamos todo el colegio. Tenía incluso las manos manchadas de negro por el uso del spray. —Viendo que Kaminari abre la boca, se adelanta a su pregunta—. Alguien, da igual. Un chaval con un Don prometedor, buenas notas y que caía bien a los profesores, ¿qué más da? Un «rico» que despreciaba a los «pobres» que había alrededor de él, que para él eran todos los demás menos sus amigos, claro. Antes de que preguntes: sí, fui a decírselo al director. Pensaba que tenía que hacerlo. Que se lo debía a Midoriya, que la culpa de esa pintada, en el fondo, era mía.

—Tú no hiciste esa pintada —dice Kaminari, frunciendo el ceño con preocupación. Hitoshi cree que va a marearse una vez más con el cambio de emoción.

—El director me revolvió el pelo y me agradeció la información. Me preguntó que cómo lo sabía. Le dije lo de la pintura negra, que ese chico utilizaba el apelativo a menudo contra Midoriya. Y entonces me largó un discurso aleccionador sobre no acusar sin pruebas o con suposiciones y que Midoriya no se había quejado, que sólo había sido una broma pesada, pero que el colegio tomaría medidas.

—¿Y lo hizo? —pregunta Sero.

—No lo sé. Al día siguiente la pintada no estaba, pero nunca supe nada más —concluye Hitoshi.

—¿Midoriya lo sabe? Que fuiste a decirle aquello al director. —Hitoshi niega con la cabeza, sin comprender por qué eso le parece importante a Kaminari—. Debería…

—No. —Es tajante en esto. Le asusta pensar que los chicos puedan decírselo, delatar su fracaso una vez más—. No se lo digáis. Es un asunto mío, no tenéis derecho a decírselo.

—Eh, tranquilo, weón. No lo haremos —lo tranquiliza Sero, intercambiando una mirada con Kaminari y adoptando una expresión extraña en el rostro.

—Yo no creo que seas una mala persona, Hitoshi —dice Kaminari tras unos segundos de silencio. De nuevo una sonrisa, no muy grande, pero sí sincera—. Has cometido errores, pero has aprendido de ellos. Creo que eso es lo importante. Y creo que Midoriya es capaz de verlo.

—Kaminari, antes has dicho que apenas conoces a Midoriya —masculla Hitoshi, poniendo los ojos en blanco.

—Poco más que a ti, nos conocimos aquí —repone Kaminari, imperturbable. Ahora determinación en la forma en la que se expresa, en el brillo de sus ojos, si Hitoshi no ha leído mal su rostro—. Pero se metió en un edificio incendiado para salvarnos. Y no porque fuésemos nosotros, se metió a salvar a quien estuviese. Y lo hizo a pesar de que podría haber odiado a todos los que tenemos un Don y alguna vez hemos despreciado a los que no lo tenían. Pero, en fin, es algo que tienes que hablar con él. Yo también creo que llegaríais un buen entendimiento.

—Por eso no estáis enfadados con él por mentiros —dice Hitoshi, comprendiendo ahora la magnitud del vínculo que une a Midoriya con los dos chicos.

—Nos salvó la vida y estuvo a nuestro lado. —Kaminari se encoge de hombros. «Indiferencia», piensa Hitoshi, pero el chico rápidamente cambia a una sonrisa nostálgica y preocupada y luego a otra radiante y llena de ánimo—. Midoriya es un chico increíble y tú también lo eres.

«¿Lo soy?». Hitoshi se queda mirando sus manos, apoyadas en el regazo, un poco desconcertado por el discurso de Kaminari, tan optimista y alegre que es arrollador.

Kaminari deposita el bol con el tsukune en sus manos abiertas, con delicadeza. Todavía está templado. Hitoshi lo mira y este le corresponde con una sonrisa que remueve algo en el interior de Hitoshi, aliviando su malestar anterior. Sero asiente con otra sonrisa, más breve, que tiene algo de diferente de la de Kaminari, aunque también sea sincera, pero Hitoshi no es capaz de discernir qué exactamente, sólo que no le tira del estómago igual. Sin embargo, la de Kaminari dura más tiempo y sus ojos no se apartan de él durante varios segundos más de lo que sería cortés, provocando que sea Hitoshi quien baje primero la mirada.

—Llámame Denki, ¿vale? —dice el chico rubio, dándole una palmadita amistosa en el muslo antes de saltar al suelo y empezar a parlotear sobre la temperatura del agua de la ducha. Con apetito, Hitoshi empieza a comer las albóndigas de carne, todavía tratando de digerir toda la conversación acerca de Izuku Midoriya, todas las cosas que tiene que cambiar sobre el concepto que tiene de él y analizar cada uno de los gestos y emociones de Denki Kaminari, el chico más desconcertante que ha conocido en su vida.


Nota: En el momento de escribir este capítulo, la mayoría de edad en Japón estaba en 20 años, pero podían votar desde los 18. Esto ha cambiado en abril del 2022, reconociendo la mayoría de edad en los 18 años salvo para consumir alcohol o apostar. Decidí no cambiar la frase que hace referencia a esto porque "a pesar de que puede votar desde hace un par de años y beber alcohol desde hace uno" no me gustaba. Me daba la sensación de que equiparaba beber alcohol a ser adulto (que era la intención del texto, resaltar que Izuku ya se siente un adulto de pleno derecho) y no creo que sea así. No sé, a lo mejor dentro de unos días cambio de idea y edito xD.

La canción del título es, de nuevo, de la OST de Mulán, jaja.