Era una noche muy fría en los días de diciembre; los copos de nieve caían en la cabeza de una chica rubia que miraba tranquilamente a su declarado amor de la vida. Contemplaba con su cabello se meneaba con sus tiernos movimientos y suspiraba sin poder evitarlo. Mientras tanto, el mejor amigo del aludido no paraba de darle miradas de reojo, dubitativo.
-Oye viejo, ¿por qué Helga nos ve tan raro?
-No lo sé y no quisiera averiguarlo-masculló el rubio con un rostro inexpresivo, intentando no darle importancia.
Del otro lado de la escena la rubia se quejaba sin parar.
-Oh, Phoebe, mira a esos patéticos renacuajos. Estoy segura que el estúpido cabeza de balón debe estar ahora pensando que quiero molerlo a golpes o algo ¡Maldito insensato!
- Helga, tú te lo has buscado. Llevas casi 12 años molestándolo y recordándole lo mucho que lo detestas ¿no crees es normal que él piense que lo quieres masacrar?
-Bueno, quizá tienes un poco de razón pero tengo una reputación que cuidar y…
-No entiendo realmente por qué simplemente no le dices la verdad, Helga…- no hacía mucho, en un ataque de desolación y tristeza, la rubia le había revelado su situación romántica a su mejor amiga y esta parecía no entenderla del todo todavía. La rubia no apartaba la mirada de muchacho y volvía a suspirar.
-¡Por favor, hermana! Tuve demasiada suerte con lo de Industrias Futuro, no planeo que algo tan vergonzoso vuelva a pasar JAMÁS.
-Si tú lo dices- suspiró la pelinegra, cansada.
En el mismo momento Gerald, el atractivo novio de Phoebe se acercó a éstas insatisfecho.
-Phoebe, ¿Qué sucede, todo bien? No me has contestado las llamadas y solo quería saber si todo estaba en orden...
-Lo siento, Gerald… Es que he estado ocupada últimamente y no he tenido tiempo de nada- dijo sinceramente.
-Okay, te disculpo con la única condición de que me aceptes un Yahoo ahora mismo ¿Te parece?- la emocionada joven se entusiasmó al instante pero no duró mucho recordando a su amiga detrás de ella.
Se giró implorando permiso con la mirada, ya que habían planeado estar juntas todo el día, a lo que ella asintió apenas, respondiendo con la mirada que no había necesidad de pedir permiso. En esos momentos iba llegando Arnold quien cruzó miradas desentendidas con su compañero.
-¿Qué dices?- insistió.
-¡Por supuesto!- los dos chicos se alejaron, con los hombros tiernamente juntos, dejando a Helga y Arnold incómodamente solos.
-Entonces…- Helga había tomado una joven figura de una elegante manera. Se ponía ropa holgada y gorras que cubrían su listón. Sus coletas colgaban a los lados y con un saco rosa se abrazaba a sí misma.
-Entonces…- el chico estaba ligeramente mas alto que ella ahora. La camisa roja lo acompañaba relativamente diario pero se inclinaba mucho por suéteres y abrigos rojos que le hacían llamar la atención de todo el mundo a donde fuera, sin quererlo.
-Pues qué bien que estén juntos ¿no lo crees?
-Supongo que sí, Phoebe se tiene que aprender a divertir, creo que aún no aprende que yo no soy su dueña ni nada por el estilo- Arnold tiró una sonrisa con un ligero sonido de confirmación y luego hubo un silencio largo y ligero. Sus ojos se cruzaron por un segundo, él la miraba curioso.
-¿Qué pasa?
-No, lo siento, es que... no sé, se me hizo raro verte tan tranquila…
-Yo me puedo controlar Arnoldo, si no te quiero golpear no quiero y punto, aunque si lo deseas...- hizo ademan de subir su puño.
-No, no, así está bien, solo se me hizo extraño, eso es todo.
-Mmh... Entones dices que crees que no puedo controlarme, eh.
-Yo no dije eso, es solo que...
-Oye, yo puedo controlarme a mí misma haciendo lo que se me de la gana ¿Por quién me tomas?
-No importa, olvídalo- dijo Arnold, cansado de ese circo que sabía Helga no dejaba de montar cada que se quedaban solos.
-Yo te puedo apostar lo que quieras a que puedo durar un día entero sin molestarte.
-No lo dudo, en serio, no quiero apostar contigo Helga...- insistió, con afán de zafarse de la situación con tranquilidad.
-¿Qué, ahora te acobardas?- Arnold la miró, ahora molesto. Si lo pensaba por un segundo, apostar a algo así no podía ser tan malo ¿O sí? Es decir, ¿Helga Pataki siendo amable por tanto tiempo? Sonaba como una broma. Lo premeditó un par de segundos más en silencio y ahora, con una actitud diferente, aceptó sin rodeos.
-Está bien, Helga, si quieres una razón para ser amable conmigo, que así sea- Helga lo fulminó en ese momento, él sintió un escalofrío pero prosiguió- te apuesto a que no puedes hacerlo un una semana.
- ¡3 días!
-¡Una semana!-repitió, con seriedad.
-Perfecto, una estúpida semana siendo amable y gentil y boba, es pan comido ¿Y qué si gano?
-Bueno, yo... supongo que... haré lo que sea que me pidas por todo un día ¿Qué te parece?
-Por un mes.
-Tres días.
-Una semana.
-Tres días.
-Una semana- repitió la rubia, con furia.- ¿O qué, temes perder?
-Está bien, una semana… ¿Y qué si gano yo?
-Ni en tus sueños, cabeza de balón, pero para que estés seguro yo también haré lo que me pidas por una semana, es lo justo.
-¡Hecho!
-¡Hecho!
-Perderás, camarón con pelos ¡ya lo veras!
-Haré que te tragues tus palabras, Pataki. Iniciamos mañana.
-¡Bien!
-¡Bien!
-¡Adiós!
-¡Adiós!
Los dos se fueron a sus respectivas casas esperando nunca haber dicho anda de eso, tratando de encontrar una manera de retractarse, pero era muy tarde. De una extraña manera, sus corazones se habían acelerado al cortar la distancia entre sus rostros, envueltos por la ceguera y el furor de la apuesta, pero lo dejaron pasar por alto.
A veces, Arnold se encontraba a él mismo buscándola con la mirada de manera desesperada. Desde hacía años, Helga había pasado a ser otro nivel en cuestiones de enigma y no podía evitar sentirse intrigado de todo lo que ella era y hacía. Como un gusto o un deber, se dio la tarea de tratar de entender qué es lo que pasaba por esa pequeña y rubia cabeza. Hasta ahora, no había tenido nada de éxito.
Entonces, y con una rapidez admirable, el día siguiente llegó y ambos rubios se levantaron de mala gana, Helga se vistió diferente hoy: unos jean oscuros, una blusa rosa y un suéter blanco. Se tomó un chongo dejando dos mechones que salían de su frente decorado con su listón rosa: Si iba a ocultar su lado salvaje tenía que asegurarse que el traje de corderita le tapara cada rastro de loba en su rostro.
Ambos llegaron a la parada del autobús que los llevaría a la secundaría, con un pesado e intimidante silencio. Se miraron fijamente, se dieron la mano como en señal de trato, sin decir una sola palabra. En cuanto llegó el autobús Helga suspiró como dándose ánimos a sí misma, sería una semana muy difícil.
-¿Qué acaso estás loca? ¿No ves que Arnold te ha guardado rencor todos estos años?-susurraba Phoebe en la parte de atrás del bus.
-Sí, lo sé, pero Arnoldo no es es tipo de persona... Además lo hecho, hecho está- intentaba argumentar la acusada subiendo los hombros.
-¿Y haz podido sobrevivir hasta ahorita?
-Pues mírame Phoebe, aquí estoy. Sé que puedo hacerlo.
-No dudo que puedas. Ciertamente eres una persona tenaz e inteligente, pero creo que esto está llegando a tus límites, lo que me asusta es hasta donde puedes llegar para mantener todo este teatro alzado-las palabras de su amiga llegaron a lo más profundo de su cerebro y de su corazón, más de lo que pudo esperar, comenzó a pensar que quizá se había precipitado y, quizá, no tenía idea de lo que estaba a punto de pasar.
Mientras tanto en la parte de enfrente del mismo transporte el tema de conversación era el mismo.
-Viejo, estás loco...
-No sé por qué dices eso Gerald, sólo es una apuesta.
-Sí, una apuesta con HELGA G. PATAKI ¿sabes lo que es eso?
-¿Una apuesta?- repitió con redundancia, para obviar el hecho de que no tenía miedo, o al menos que eso era lo que quería creer.
-NO, una sentencia de muerte, un suicidio- exageró su moreno amigo, mirando a la Pataki por el filo del asiento-. Piénsalo: si ganas ella te odiara más y acabando la semana de castigo ella acabará con tu vida.
-¿Y si pierdo?
-Si pierdes prepárate para la peor semana de tu vida.
-Bueno, debo decir que no había pensado en eso- dijo con tranquila sinceridad-. Creo que me dejé llevar...
-¿CREES?- Gerald no podía creer la simpleza y pasividad de su amigo en una situación de esa magnitud.
Sin querer cruzar miradas ni palabras, Arnold y Helga se las arreglaron para no toparse en lo absoluto. Ambos se arrepentían pero tenían un orgullo tan grande que abandonar el asunto no era una opción. Fue hasta que llegaron a la clase de literatura que Harold, se le ocurrió tirar lo que, sin saberlo, era la primera bomba:
-¿Ya vieron a Pataki? Miren todos ¡Helga hoy parece niña!
Todos se rieron mirándola fijamente, Arnold no sabía si ocultar su cara de satisfacción o sentirse afligido por el asunto. La rubia recordó tomó cada recuerdo y nota que tenía sobre sus clases de amabilidad con Lila y respiró con más fuerza de la necesaria, intentando calmarse con rapidez. Procedió entonces a sonreír con tranquilidad.
-Oh, querido Harold,- comenzó- tal vez no lo habías notado pero soy una autentica niña; te pido por favor que no me digas de nuevo un comentario parecido que ciertamente fue bastante desagradable. Gracias.
Luego tomó su lugar con dignidad y espero a que llegara el profesor, su cara mostraba una sonrisa despampanante mientras por dentro sentía su estómago sacar chispas. Todos comenzaron a cuchichear confundidos, sin saber qué decir. Gracias a algún dios en el que Helga no creía, el profesor llegó justo en tiempo para poner orden y parecía que todos, excepto por Harold que estaba anonadado, habían olvidado el asunto con rapidez.
-Clase, como bien saben, hoy es lunes y empezaremos la clase leyendo los poemas de la semana- anunció el profesor con indiferencia.
El engomado hombre quien, por cierto, odiaba a Helga con una rabia inadecuada para un profesor, le regaló una mirada de desdén. La última vez, Helga le había corregido con severidad y desprecio y cuando éste la mandó con el director por subordinación, ella procedió a sacarle la lengua indignada y no volver a dar un solo poema a la clase.
-Helga, ¿Nos harías el honor?- preguntó, buscando una excusa para echarla de la clase como cada lunes.
La rubia titubeó pero ese era su campo, no había cosa en la que fuera más buena y no dejaría que su apuesta se fuera al caño por una situación tan superflua, así que carraspeó y se paró frente a la clase, con hoja en mano y nerviosa tras la impresionada mirada de Arnold.
-Y-yo...- comenzó, siendo cortada por el profesor rápidamente.
-Recuerda, Helga, los poemas no deben de aburrir, eh.
La clase entera rio y ella embozó una sonrisa amarga, tragando saliva y coraje.
-Llevo trabajando en este poema por varios días, espero que sea de su agrado, aun no tiene nombre así que...- dijo, haciendo un ademan con la mano, nerviosa- bien, aquí va:
Oh, amado mío,
dulce resplandecer cristalino.
No puedo hacer más que pensar en ti,
en tu amabilidad titánica,
en la fidelidad de tus labios
y de tus palabras.
Querida desdicha, amante de mi ser
cuestión de adoración continua.
Dime tú, merecedor de constelaciones…
¿Qué más puedo darte de mí?
Todos se quedaron pasmados al ver a Helga recitando poesía. No tardó nada para que sus quijadas cayeran al suelo, viendo que lo hacía con tal naturalidad nata, como si la vida se le fuera en ello. Contuvieron el aliento. Phoebe sonreía fascinada, Gerald y Arnold compartían miradas desesperadas por explicación alguna, sin una sola palabra en los labios y el profesor parecía querer derramar una que otra lágrima de reojo.
Al terminar hizo media reverencia y se sentó con una sonrisa satisfecha. Todos guardaron un enorme y frío silencio. Fue hasta que su amiga empezó a aplaudir que todos comenzaron a gritar y chiflar diciendo cosas como "¿De donde lo sacaste?" o "¿en quién te inspiraste?" y con más frecuencia: "¿A quién se lo robaste?".
-Muy bien, Helga- dijo el profesor aguantando el nudo en su garganta- te mereces una A+ ¡Eso fue fantástico! Clase, pueden agradecer a su compañera Helga pero les daré más tiempo para que puedan terminar su poema, hay algunas cosas que me gustaría discutir con ella. Tomen la clase libre.
Todos gritaron emocionados corriendo a la puerta, ansiosos por ese descanso excepto Helga, quien no aguantaba los nervios y las ganas de también salir despavorida del lugar, con un sentimiento de amargura escalándole por la garganta.
-Tienes un potencial impresionante, no sabía que tuvieras ese talento Helga. Lamento mucho lo que pasó antes, me gustaría hacer las pases contigo, inclusive me gustaría proponerte enlistarte para un concurso que se está llevando a cabo éste mes en la feria de arte de Hillwood.
-Sería un honor, profesor- dijo nerviosa, mientras un Arnold le miraba con juicio desde la puerta.
-Bien, me ocuparé de todo. Ahora sal y que yo tengo unas cuantas llamadas que hacer.
Dicho esto, la rubia se dirigió a la puerta, casi temblando por el suceso, siendo bienvenida por gran parte de sus compañeros.
-¡Helga!
-Phoebe…
-Estoy orgullosa, fue asombroso, realmente me impresiona tu potencial, fue ciertamente inspirador- soltó su amiga, tomándole de los brazos con fuerza y orgullo- ahora solo trata de controlarte para que los insulsos comentarios de estos individuos no te vayan a arruinar el día.
-No te preocupes, estoy bien- mintió la rubia, intentando dejar de temblar de una buena vez. Le rezaba al cielo que nadie mas supiera el significado detrás de su poesía más que ella, con eso se daba por más que satisfecha.
-¡Helga, Gosh, ven acá muñeca!- exclamó la chica más popular de la secundaria.
-¿Para que soy buena, Rhonda?- dijo la Pataki, con una sonrisa falsa, apretando los puños furiosa.
-Eso allá atrás fue terriblemente impresionante, jamás creí que tuvieras un talento más allá de ser la chica con los eructos más fuertes del colegio- dijo la aludida, con un tono burlesco y de superioridad que ya se hubiera ganado una buena zarandeada de parte de la rubia en cualquier otra ocasión-. Estaba considerando contratarte para hacerme un par de poesías para un taller en el que mi padre me inscribió hace unas semanas, es una cosa super absurda pero creo que podría funcionarme bien y tal vez puedas ganarte un par de centavos ¿Qué dices?
-Sería genial- dijo la rubia, casi con un tick en el ojo, llevando su amabilidad al límite después de que Rhonda tratara uno de sus más secretos y vergonzosos talentos como si fuera nada- pásame la información y estaré feliz de ayudar.
Arnold miraba la escena con terror, sin poder formular una palabra que comunicara el inmenso miedo que les causaba ver a Helga ser tan amable con todo el mundo. A decir verdad, el rubio hubiera disfrutado mucho la situación en cualquier otro momento, la hubiera felicitado por su comportamiento y quizá trataría a toda costa de pasar más tiempo con ella. Pero no esta vez, esta vez era terror puro.
-¡Que tal Arnoldo…! Arnold, Arnold- repitió, tapándose la boca arrepentida- se me fue, lo siento.
-Puedo ver que vas en serio, eh- dijo, intentando no dejar ver el miedo que le hacía cosquillas en las costillas.
-Soy Helga Pataki. Yo siempre voy en serio, cariño- dijo guiñándole un ojo con una sonrisa, sinceramente divertida por la expresión de Arnold, dando media vuelta y comenzando a andar con Phoebe.
La tambaleante figura de la rubia le llenó las pupilas y le agitó la respiración. Se sintió confundido, su corazón se aceleró y sintió sus mejillas ganar color. Era la primera vez que sentía algo así; nunca lo había sentido con nadie. Nunca. Pero se puso histérico, negando con la cabeza, intentando concentrarse y no dejarse llevar por esa emoción.
-¿Estás bien?- preguntó su amigo llegando apenas, igual de atónito que él.
-Sí, no sé por qué hizo eso- masculló intentando cubrir su sonrojo- solo me quiere fastidiar, ya sabes, la apuesta.
-Oh, claro, se me olvidaba por completo- dijo mas tranquilo, golpeándose la frente.
Por su lado, aunque Helga caminaba confiada, menando sus hombros con simpleza, podía sentir como si su estómago estuviera por devolver lo que había desayunado esa semana.
-Ay, Helga, en verdad que te pasas- murmuró su amiga aguantando la risa.
-Bueno, solo era para intimidarlo un poco, la apuesta y eso…
- Claro, como no- respondió su amiga, sarcástica y divertida por igual, mirándola de manera incrédula- en fin, la próxima clase es biología, lo que me recuerda que aun tenemos pendiente aquel proyecto, Helga.
-Qué asco, nos toca con ese zoquete otra vez- dijo la rubia, refiriéndose a su profesor, con su habitual tono de fastidio.
-Helga, sh, Arnold te puede escuchar.
-Rayos, ya lo sé, ya lo sé- dijo, con una mueca de hartura pero divertida, riendo junto con su amiga de lo hilarante que era la todo eso. Helga estaba que se volvía loca pero sabía que esa semana se divertiría a lo bruto con Arnold y amaba desquiciadamente la idea.
En cuanto las clases del primer día terminaron, Helga no pudo evitar dar un largo y contento suspiro, orgullosa de sí misma.
-Lo logré, cabezzzz… Arnold, todo el día sin disgustos y siendo una dulzura de persona, cariño, voy ganando.
-No tan rápido, Helga ¿A qué viene todo eso de...?
-Uy, mira la hora, se me está haciendo tarde, ¡adiós! - dijo, encogiendo sus hombros de manera adorable e intentando huir despavorida de los cuestionamientos de su compañero de clase, mientras menos tiempo pasaran juntos, mejor.
-¡Phoebe! Es lo más genial ¡es el mejor día de toda mi vida!- dijo tirándose en su cama una vez que llegó a su habitación, con el teléfono en una oreja, cerrando los ojos con fascinación.
-Con razones puedes dar esas titánicas afirmaciones Helga pero… No lo sé ¿no crees que al final de la semana Arnold…?
-Oh, por favor Phoebs. El cabeza de balón no me preocupa en lo absoluto. Tan fácil como evadirlo con un golpe y ya.
-Helga…
-Vale, déjame disfrutarlo hermana. Ya veré como zafarme luego.
- Oye, niña…-dijo Bob, abriendo la puerta de su habitación sin cuidado.
-¡Toca antes de entrar, Bob! Rayos, te marco luego Phoebe- dijo despidiéndose de su amiga, terminando la llamada- ¿Qué quieres papá?
-Olga va a venir a casa- continuó emocionado.
-¿Empezando desde…?
-Hoy mismo, de hecho, estamos por ir por ella al aeropuerto pero Miriam no está lista aún... ¡MIRIAM!- exclamó el hombre sin cuidado.
-Gracias por tomarme en cuenta y avisarme de antemano, como siempre- dijo con sarcasmo- que buenos padres son, en serio- dijo, azotando su puerta en la cara de Bob, quien ni siquiera prestó atención.
-Helga, regresaremos más o menos a las 7:00, pide comida china o algo- gritó su madre ya casi saliendo de la casa.
-Sí, Miriam- contestó la aludida, escuchando como salían, logrando oír el motor del auto hasta que desaparecieron-. Mierda, si hubiera sabido que Olga iba a venir jamás hubiera aceptado este estúpida apuesta- se dijo a sí misma, derrotada.
Mientras tanto, Arnold y Gerald tenían una discusión sobre el curso que tendría que tomar el rubio para poder ganar esa apuesta.
-No, Gerald. No me gusta la idea. Quiero decir, tengo que confiar en ella.
-Viejo. Es capaz de romper la apuesta mientras no estamos viéndola ¡Eso no sería justo! ¿No crees?
-Pero tu plan ya es llegar a un extremo, no es como si fuéramos a ir a espiarla a su casa o algo así ¿verdad?
Minutos después:
-Gerald, no puedo creer que estemos espiando a Helga G. Pataki en su propia casa, ya es suficiente verla todos los días en la escuela y tú todavía…-reclamaba sobre el árbol que daba a la recamara de la aludida mientras el moreno le tapaba la boca con una mano.
-Shh…
-Es que…
-SHHH, estoy intentando escuchar algo.
-Oh, Arnold- recitaba Helga sobre su cama mientras escribía-, cariño mío… Qué es este placer insólito que me llena el pecho al tenerte tan cerca. Cómo me deshago de esta amargura que me causa pensar que nuestros labios jamás volveran a estar tan íntimamente cerca nunca más. Daría todo, todo por ese beso, mi amor...
-No, no entiendo nada.
-Yo escucho que dice algo de amor y besos.
-Gerald, eso es ridículo ¿Acaso crees que Helga esté enamorada o algo?- los dos se vieron serios por unos segundos y comenzaron a carcajearse sin poder evitarlo, dando lugar a que Helga notara su presencia sin que ellos se percataran de ello.
-¡ESTÚPIDO, QUÉ CREE QUE HACE ESPIANDOME!- mascullía para sí misma, avergonzada.
Conocía a Arnold, tal vez mejor que nadie, y jamás creyó que fuera capaz de llegar al extremo de espiarla. Algo dentro de ella rugió con furia y si antes tenía miedo de lo que la apuesta podía traer consigo, esta vez estaba dispuesta a llevarla hasta sus últimas consecuencias. Si Arnold quería guerra, guerra tendría.
-Bueno, creo que esta ropa está muuuuuuy sucia, MEJOR ME LA VOY A QUITAR- dijo casi gritando.
-¿Qué? Gerald ¿escuchaste eso?
-¿Qué cosa?- decía el moreno apenas recuperando el aliento.
-Helga, se va a… AY, DIOS- dijo tapándose los ojos con las manos apenas divisó la ventana. Helga se sacó el suéter y Gerald miraba incrédulo a su amigo sin percatarlo- dijo que se iba a quitar la...- tragó saliva- la ropa...
-Arnold, estas alucinando. Dime: ¿Qué tipo de chica se desviste con la ventana abierta y gritándoselo al mundo entero? por favor...
-Si no me crees velo tú mismo- lo riñó el rubio avergonzado.
-Vaya, qué calor ¡mejor dejo la ventana abierta!- decía quedando en una blusa blanca de tirantes, entallada.
La chica de uni-ceja no era una chica normal. Tenía genes Pataki, era obvio. Su padre y ella tenían un parecido que la caracterizaba en demasía pero su madre le dio sus buenos genes como caderas marcadas y cintura de bailarina, dotes que se ocultaban detrás de pantalones para chico y playeras holgadas. No faltaba mucho para sus dulces dieciséis, su cuerpo terminaría de desarrollarse más pronto de lo que uno esperaría.
-Gerald no somos pervertidos- decía el rubio dándole la espalda a la situación, azorado- no podemos ver.
-Arnold… Claro que no somos pervertidos, eso muy bien lo sabemos, pero Helga no está nada mal…
-¡GERALD!
-Era broma, era broma, nos voltearemos- la chica tomó esto como oportunidad y corrió escaleras abajo sin ponerse nada mas encima.
-¿Arnold, Gerald? ¿Qué hacen allá arriba?- la rubia escondió la escalera que habían usado para subir mientras ellos conversaban y los miraba simulando desconcierto.
-¿QUÉ? Helga… pero tú estabas… y la escalera… ¡pero no!
-¡No les entiendo, pero ahora veo qué puedo hacer!
-Helga ¿tú tiraste la escalera?
-¿Cuál escalera? ¿De qué hablan...? Oigan no estaban espiándome ¿O sí?
-NO, HELGA, POR SUPUESTO QUE NO- dijo Arnold, sin poder evitar estar colorado hasta la raíz del pelo, avergonzado de sus acciones.
-B-b-bueno esperemos que llegue Bob y me preste una escalera para bajarlos de allí. Pero díganme ¿Qué hacen enfrente de mi ventana?
-Este… nada-contesto Gerald – trepábamos árboles, ¿verdad Arnold?
-Sí, nosotros solo íbamos a disfrutar el paisaje que se ve desde aquí, además me han dicho de buenas fuentes que escalar arboles es un magnifico ejercicio…
-Bueno, si querían ver un muro del tamaño de la muralla china me hubieran dicho y yo dejaba que lo vieran desde el baño pero les advierto que Bob llega a las 7:00 y son las 3:00. Estaba ver que iba a comer ¿tienen hambre?- repuso intentando ignorar el ultimo comentario del rubio que, sin mentir, le robo una efímera sonrisa.
-Gerald, no creo que Helga cocine… eso si es raro, esto de la apuesta si se lo está tomando muy en serio ¿no lo crees?- murmuró el rubio.
-Quizá… pero velo de esta forma: una "linda" chica, dándonos de comer, preocupada por nosotros y cuidándonos, ¿qué? ¿Te vas a retractar?
-No lo sé Gerald ¿y si le pone algo a la comida?
-Que paranoico… Y no puede ¿Lo olvidas? si lo hace perderá la apuesta y ella es demasiado orgullosa para hacer ese tipo de cosas.
-Si tú lo dices... SÍ POR FAVOR- respondió a Helga con un grito.
-Vale, no tardo- Helga entró a la casa dando saltos de alegría.
Diez minutos después llegó una moto que llevaba la comida. Gerald y Arnold se alzaron para ver un poco pero era realmente difícil distinguir algo desde esa altura.
-¿Llegó alguien?
-Sonó como una moto ¿habrá pedido comida a domicilio?- ambos se alzaron de brazos y Gerald se estiró lo más que las ramas se lo permitieron, logrando divisar una Helga que saludó al repartidor, quien vestía de manera informal, como si lo conociera de toda la vida.
-Si finges que me conoces te daré diez dólares más de propina- murmuró Helga sin dejar de sonreír. El repartidor obedeció, despreocupado, charlando con ella por un rato. Helga le guardó el dinero en el bolsillo de la chaqueta de manera discreta y se despidió de él con un tierno beso en la mejilla, dejando al moreno boquiabierto.
-Viejo, ¿Helga tiene novio?- preguntó, intentando narrar al rubio la escena.
-No lo sé- dijo sintiendo nauseas- no lo sé y no lo quiero averiguar- dijo, con vértigo ¿Qué era ese sentimiento irreconocible dentro de él?
