Konichiwa! Aquí os traigo el nuevo capitulo... lamento ser tan breve pero de verdad sufro carecnia de tiempo... Era esto o no postear hasta la semana que viene... Muchísimas gracias de nuevo a las maravillosas personas que me dejaron sus reviews, y espero que disfrutéis del capitulo!


Sueños tormentosos

Sentía el cuerpo pesado y un punzante dolor en la nuca y los omóplatos, pero tarde varios instantes en comprender que me había dormido y que ahora estaba despertado. Cuando lo hice, un ensortijado conjunto de imágenes retornó a mi cerebro; y con ellas los recuerdos. El accidente, la muerte de Greg, los remordimientos, el entierro, la verdad de sus palabras, mis lagrimas... y finalmente, de forma mucho más clara y concisa, la aparición de Goten.

Excluyendo por el momento eso último, sentí como mi estómago se revolvía y el amargo sabor de la bilis ascendía por mi garganta. Me incorporé deprisa, y sólo haciendo uso de toda mi habilidad saiyanjin, logré alcanzar el baño a tiempo. Inclinada sobre la taza, permití que mi estómago se vaciará de azucares y jugos gástricos, a falta de cualquier otro alimento. Aun así, estuve más de medio minuto vomitando.

Hastiada, odiando encarecidamente aquellas debilidades humanas, cerré el W.C, me incorporé, y esquivando la imagen que reflejaba el espejo –sin duda más pálida y cetrina que nunca – tomé un chicle Orbit del cajón de las urgencias – guardada cuidadosamente para el día en que algún extraño suceso me impidiera lavarme los dientes – la introduje en mi boca, y recé para que disipara el asqueroso sabor a vomito.

Funcionó, al menos lo suficiente, pero el penetrante aroma a menta y clorofila también me hizo ser consciente del intenso hambre que devoraba mis tripas tras dos días sin consumir alimento alguno. Cada cosa a su tiempo, me recordé, no podía desestabilizar mis prioridades.

Así pues, me despojé de los vaqueros y del suave jersey de cashmere y de la ropa interior, y deshice también el nudo de la coleta que sujetaba mi cabello. Recodaba vagamente haberme dado una ducha antes de quedar dormida, pero seguramente no había puesto toda la atención necesaria. Además, era impensable permitir que algún resquicio de olor a vomito quedará sobre la tersura perfecta de mi piel.

Me introducí en la ducha y activé el hidromasaje. Tal vez hubiera optado por un cómodo y relajante baño de no ser por la inapelable necesidad de abordar lo antes posible la cocina. La cálida esencia del agua, mezclaza con los más exquisitos perfumes y cremas, trajo al fin algo de paz a mi cuerpo. Por primera vez desde que había despertado, me fue posible pensar con claridad.

Aun así, para que el efecto no se disipará, era necesario censurar varios temas. No quería recordar nada relacionado con Greg, ni con las crueles, pero no menos ciertas palabras, que me había escupido su hermana durante el funeral. Curiosamente, la primera imagen mental que forme fue la sonrisa de Goten. Un cálido sentimiento de gratitud diluida con algo más revolvió mi estómago, y yo fruncí el ceño enseguida. Aquello tampoco era bueno.

Ya había tomado el champú del estante y lo aplicaba con soltura y dedicación sobre las hebras mi pelo, cuando me reprendí mentalmente por mi inapropiada actitud. No importaba lo moralmente destruida que me sintiera, ni el reconfortante efecto que su compañía me produjera, jamás debería haberme expuesto de ese modo, nunca. Y no volvería hacerlo, decidí con determinación.

Satisfecha, a conciencia de que nunca rompía las promesas hechas ante mi misma, terminé de aclararme el cabello, coloqué una toalla alrededor de mi cuerpo, y sin siquiera molestarme en tomar el albornoz, redirigí mis pasos hacía la cocina. Por fin podría satisfacer mi abrumante apetito.

Ser mestiza de padre saiyajin tiene incontables ventajas, muchísimas más de las que puede aportarme mi sangre terrícola, pero la hora de alimentarse no entraba dentro de ellas. Si bien es cierto que la cantidad de raciones que yo consumía quedaban ridiculizadas al lado de las de mi padre, también es verdad que bastarían para que cualquier ser humano normal se cuestionara seriamente sobre mi salud y mis hábitos alimenticios. Por ello, y porque deseaba incipientemente mantener mi imagen alejada de los escándalos de los medios, siempre comía en privado, o en compañía de la familia y los amigos más cercanos.

Abrí el congelador, habiéndome habituado ya a la comida precalentada, y tomé dos raciones de lasaña, una de piccolinis, y otra de albóndigas. De la nevera escogí dos bols de ensalada. Todo digerido en compañía de una tónica ligeramente aromatizada con lima. Mientras el microondas comenzaba a trabajar, llevé conmigo el primer plato al salón y prendí la tele. Nada más efectivo para distraerse y nublar un poco la mente.

Tras digerirlo todo y sumarle tres cartones de mouse de limón y uno natural, me sentí lo suficientemente satisfecha para dar por concluida la comida. Bostece, tiré los restos a la basura y examine los múltiples mensajes que enumeraba mi móvil, todos recibidos en los últimos dos días y la mayoría firmados por mi madre.

Suspiré. Sabía que había sido una irresponsable, que en casa estarían preocupados, y que debería llamar para excusarme y tranquilizarles. Pero la comida me había dado sueño, las apenas tres horas que había dormido no había sido suficientes para compensar dos días, y estaba francamente agotada. Después de todo, mi padre podía sentir mi KI si se concentraba, y entonces sabría que yo estaba bien. Eso debería bastar hasta mañana, cuando iría y me disculparía personalmente. Tal vez incluso podría alegar la excusa de un resfriado.

Decidida, me incorporé del sofá, regresé a mi habitación, tiré la toalla sobre la cesta de la ropa sucia y extraje mi pijama del armario; un exclusivo Victoria's Secret de seda negra bordado a mano.

Debía reconocerlo, muchas cosas habían cambiado desde que era un adolescente feliz y despreocupada, pero mi pasión por las compras seguía intacta. Sabía que era una vanidad, pero era una vanidad que me permitía. Por otro lado, y teniendo en cuenta mi obsesión por la perfección, yo era una personalidad pública y debía vestir siempre lo mejor. Los diseñadores más carismáticos me rifaban para que fuera quien luciese sus modelos, conscientes de que la hija de la mujer más rica de la tierra, y habiendo heredado todo su exuberante atractivo, podía ofrecerles mucha más publicidad que todas sus largas y famélicas modelos. Era una belleza real, la que el pueblo quería, y aunque pocas veces lo hacía, todos sabían, sin exclusión, que cuando Bra V. Brief posaba, se armaba un auténtico revuelo.

Sonreí orgullosamente mientras terminaba de vestirme; la seda se deslizaba por mi piel con una suavidad increíble, asemejándose casi a una tierna caricia. Después entré al baño, todavía sin recoger, y procedí a desenredar mi cabello mientras elevaba muy levemente mi KI para eliminar la humedad de las puntas. Satisfecha, lo recogí con dos vueltas en una coleta suelta, que no lo apelmazara pero que impidiera la creación de nudos, y retorné mi habitación.

Quité la colcha y abrí el edredón, rojo pasión, a juego con las paredes de un borgoña mucho más claro e idéntico al color del techo. Cuando compré el apartamento quise poner toda distancia entre este y mi antiguo cuarto, tal ver como una forma de sentirme madura y responsable, por ello había ordenado pintar todas las habitaciones de azul celeste, el pasillo de azul eléctrico, y los techos de azul cobalto, combinación que me gustaba. Pero no pude resistirme con mi dormitorio. No por nada el rojo seguía siendo mi color favorito.

Terminé de apartar las sabanas y recordé haberme despertado entre ellas unas pocas horas antes. Por el contrario, no poseía la imagen de haberme acostado. Solo aquella lejana idea de verme apoyada sobre el sofá descansando, y de mis párpados cerrándose irremediablemente a causa del sueño. ¿Pero por qué había amanecido en mi cama si había caído dormida en el salón? Tan sólo había una única y sencilla respuesta: Goten me había llevado.

Me sonrojé furiosamente, presa de mi debilidad, y me mordí el labio enfadada, hasta casi conseguir hacerme daño. ¿Cómo había podido permitirlo? ¿Y por qué él tenía que tomarse esas confianzas no acreditadas?

Apreté mis puños con fuerza y traté de controlarme. Goten no tenía la culpa de mis debilidades; la responsabilidad era toda mía. Desvié la vista hacía la mesilla de noche, en afán de distraerme, y reparé por primera vez en un papel que estaba segura yo no había dejado. Me acerqué a él y lo leí sin siquiera cogerlo.

La nota era breve. Un número de teléfono, un nombre, y unas palabras remarcadas con fuerza: para lo que necesites.

Fruncí el ceño, ofendida; evidentemente no iba a llamarlo. Pero no pude evitar que un sentimiento cálido se extendiera por mi pecho y estómago. Era realmente extraño sentir en carne propia un interés tan de desinteresado y sincero por parte de otra persona, fuera del circulo de mi familia. Yo nunca lo propiciaba, y tampoco lo esperaba a cambio. Pero Goten era tan... diferente al resto. Ya lo había intuido, pero no hasta ese punto.

Apreté los labios con fuerza. ¡Qué más daba! Arrugaría la nota e iría directa al cubo de la basura, solo que no me apetecía hacerlo en ese momento. Mejor sería dormir y encargarse mañana. Me recosté al fin en la cama, con la espalda intencionadamente dada a dicha mesilla, cerré los ojos y traté de dormir. No me costó demasiado.


Siempre permanecía hasta muy tarde en la oficina, pero aquel día se llevaba la palma. Tras regresar del apartamento de Bra, tuve que enfrentar de nuevo las quejas de mi secretaria, quien con sus gritos había alertado a la mitad del departamento de financiación y marketin, del piso inferior, y como consecuencia perdí más de dos horas intentando calmarles. Después tuve que redactar personalmente y a toda prisa las cuentas oportunas, antes de que llegará el inspector, que tenía cita a las tres de la tarde.

Por supuesto, la supervisión fue un éxito, pero hasta pasadas las cinco no pude permitirme tomar algo decente para apaciguar los ruidos de protesta de mi estomago, que evidentemente no pasaron desapercibidos al Señor Mandsen, y para los cuales tuve que inventar una estúpida excusa como una gastroenteritis eosinofílica. Odiaba mi parte saiyanjin, y ese día la odiaba especialmente.

Tras devorar las siete pizzas familiares que había encargado por teléfono – el repartidor no se asombraba, llevaba años al servicio exclusivo de la familia Brief, cortesía de Trunks – empecé a elaborar el nuevo balance de mediados de años, cuya fecha de entrega era dentro de dos meses; y a ese le siguieron los siete libros de cuentas menores, los recibos del último decenio, y el libro de cuentas generales de la Corporación Aeroespecial, cuyo enfoque dinámico sumado a sus novedosas y efectivas tecnologías había atraído la atención de nuestra propia empresa al punto de ofrecer un acuerdo de absorción. Sin duda alguna, ello supondría un gran y renovado auge para la líder de mercado Corporación Capsula.

Cuando ya había agotado todo el trabajo por hacer de la semana – tanto el que me competía a mi como a mis ayudantes – reparé por primera vez en el reloj de planta de mi escritorio: eran más de la una. Seguramente Paresu estaría preocupada, debería haberle llamado para advertirle. Pero no importaba, había cumplido mi objetivo. El día entero había pasado y mis pensamientos no se habían desviado ni una vez hacia él, ni una sola. Era curioso como, contrario a lo que yo temía, cada vez que mi mente se veía libre por un instante de cuentas, letras y números era una cabellera turquesa la que invadía mis pensamientos.

Cerré la oficina y crucé por el pasillo hasta el ascensor; reprimí un bostezo. Pulsé el botón que llevaba al aparcamiento y, como era costumbre, recliné la espalda sobre el cristal, permitiéndome un momento de descanso. Hacía tiempo que no me quedaba hasta tan tarde, quizá desde el año pasado en esas mismas fechas, y la noche de insomnio anterior tampoco contribuía mucho. Por suerte mi metabolismo era fuerte, podía resistirlo.

Suspiré y me encaminé fuera del ascensor, hacia mi coche, pero el sonido del móvil me detuvo antes de que lo alcanzara. Elevé las cejas con desconcierto, al tiempo que me apresuraba a sacarlo del bolsillo izquierdo del pantalón. ¿Quién sería? Paresu nunca llamaba al trabajo. Trunks, seguía de viaje, pero... teniendo el cuenta el día... Posé los ojos sobre la pantalla: número desconocido. Acepté la llamada con extrañeza y coloqué el teléfono sobre la oreja.

- ¿Diga?


Desperté aterrada de aquella pesadilla, con la frente y las mejillas perladas, una mezcla de sudor y lagrimas, probamente. Los recuerdos se sucedían en mi mente a una velocidad vertiginosa, y curiosamente, ninguno tenía que ver con el accidente.

Una recopilación de los peores momentos de mi vida definiría con exactitud aquel sueño: los monstruos que venían a llevárseme cuando era pequeña, el día en que escuché a mi padre decir que la tierra estaba pedida y que yo debía huir al espacio si quería sobrevivir, el instante, horas más tarde, en que desperté aturdida en aquella nave espacial a millones de kilómetros de mi planeta, completamente sola, y con la seguridad de que mi familia había muerto y de que nunca volvería a ver a mi seres queridos, el desgarro que reflejaron los ojos de Eric cuando le dije que debíamos separarnos, como si hubiera roto su alma en pedazos, la pasividad con la que acepte la muerte de Greg, casi rayando la indiferencia, y por encima de todo, las palabras de su hermana, el vivo reflejo de mis peores temores.

FLASH BACK

Mis ojos contemplaban inmutables el cadáver, traspasándolo. Había pasado gran parte del día anterior en comisaría, como testigo del accidente. En realidad, la policía no se explicaba cómo había sobrevivido, teniendo en cuenta las circunstancias, pero mi explicación – había logrado ver el camión a tiempo y saltado del coche, aterrizando sobre unos charcos de barro – había resultado bastante convincente, y en base a la prominente posición de mi familia no pudieron más que creerme, llevando el asunto con la mayor discreción y diligencia. Les estaba agradecida, pero todavía no entendía que diablos me había impulsado a mi para asistir a aquel funeral.

- ¿No era su novio? – me preguntó aquel policía, escéptico; lucía demasiado tranquila para haber perdido a una persona tan cercana.

- No – fue mi escueta respuesta. Él elevó las cejas, con evidente desconfianza, pero yo no añadí nada más.

Aun así, debo admitir que fue aquella breve conversación la que me había llevado hasta allí. Contemplaba el rostro de Greg – la parte inferior de su cuerpo estaba oculta, destrozada a raíz el accidente –, el color oscuro de sus ojos, sus ojeras, más prominentes ahora, su nariz... aquellas facciones tan conocidas, que había besado y que me habían amado, en el sentido físico de la palabra, y buscaba desesperadamente en mi interior un agudo dolor que indicará que no lo iba a ver más, que su vida se había extinguido y que una parte de mi, por pequeña que fuera, se había ido con él. Pero no había nada. Nada más allá de la resignación de saber que a todo ser humano que vive, tarde o temprano, le llegará la hora.

Me aparté del féretro, asqueada, asustada por la falta de sentimientos que parecía circular en mi interior, y no fui consciente de cómo ella se me acercaba, me agarraba del brazo, y me arrastraba a fuera. Al contrario, me sentía tan débil que ni siquiera intenté liberarme. Y después llegaran sus palabras. Y cada una de ellas fue tan cruda verdad, que ni una réplica pudo salir de mis labios. Me quedé allí, inmóvil, escuchando... llorando en silencio y con carencia de lagrimas.

"Participaste con él en esto, podrías haberlo detenido. Ni siquiera has derramado una lágrima. No eres humana, no puedes ser humana... no tienes corazón."

FIN FASH BACK

"No eres humana..."

"No tienes corazón..."

No lo era. Ni siquiera era saiyajin. Era un monstruo. Un monstruo sin sentimientos; sin corazón, como ella había dicho. Pero yo no quería serlo, de verdad, simplemente... no sabía qué hacer para evitarlo. Escondí mi rostro bajo las mantas, mi pulsó iba a una velocidad desmedida y todo mi cuerpo temblaba, y después las aparté de un manotazo, enviándolas contra la pared.

Entonces, reparé en él; aquel papel que parecía resplandecer un poco más por encima de toda aquella oscuridad. Y no lo pensé. Si lo hubiera hecho jamás le habría llamado, y de no hacerlo mi vida hoy en día no tendría sentido. Agarré el inalámbrico del otro lado de la cama, y marqué el número.

- ¿Diga? – respondió su voz, al otro lado de la línea.


Al principio pareció que nadie iba a contestar y estuve casi seguro de que se trataba de una broma, pero después ella me habló.

- ¿Goten? Soy... soy Bra – ¡Bra! Mi corazón bombeó con fuerza. No me esperaba su llamada, muchísimo menos tan rápido.

- ¿Bra, qué ocurre? ¿Estás bien?

- Si, no te preocupes. Sólo... me preguntaba – pareció dudar un instante – si podríamos quedar y hablar un momento.

- ¿Hablar? ¿Ahora?

Me arrepentí en cuanto hube pronunciado esas palabras. Sabía lo difícil que era para Bra abrir sus sentimientos, todavía más si se trataba de pedir ayuda, y que nunca lo haría de no ser un caso verdaderamente excepcional, y yo, como un auténtico inútil, había desaprovechado la oportunidad. Adivinaba lo que venía ahora.

- Si, tienes razón, lo siento – se excuso rápidamente –. No me había dado cuenta de que era tan tarde, ya te llamaré otro día. Buenas noches.

- No, Bra... ¡Espera! – intenté detenerla, pero el sonido intermitente de la línea telefónica me indico que ya había colgado. Lo peor, es que sabía que no volvería a llamar.

- ¡Maldición! – pateé el suelo enfadado, provocando que el cementero se resquebrajará dando lugar a un bache. Reprimí otro insulto. ¡Cómo odiaba haber sido tan estúpido, y ante todo, cómo odiaba mi sangre saiyajin!

Caminé hasta el coche tratando de controlar mi furia. Una parte de mi se cuestionaba por qué me afectaba tanto lo que pudiera pasarle, al fin y al cabo, aunque fuera la hermana de Trunks, nunca habíamos tenido una relación muy estrecha y que yo recordara, nunca me había sentido tan pendiente de ella como en ese instante. Lo peor, era que no sabía cómo solucionarlo.

Saqué las llaves del bolsillo y sin dejar de pensar, las introduje en el coche con una brusquedad innecesaria. Entonces, se me ocurrió una idea, solo que para llevarla a cabo era necesario abandonar el coche allí, algo que con las múltiples cámaras y seguridad no sería un problema, y hacer algo que llevaba años evitando, y que no me agradaba. Tarde apenas tres segundos en decidirme.

La sensación de romper el cielo con el cuerpo era asombrosa, incomparable, a pesar de que llevaba tanto tiempo autoconvenciéndome de lo contrario. Y una vez superado el pánico inicial, debido a esto último, disfruté expandiendo mi energía y aumentando la velocidad al máximo. Preferí no pensar en el origen de esa técnica, o en el porqué me era posible emplearla con tanta facilidad, de ese modo era mucho más fácil de aguantar.

Aterricé, apenas dos minutos después, en el portal que me interesaba, y ejerciendo una leve presión logré abrir la puerta sin tener que alertar a nadie de mi visita. Por suerte, la hora y la oscuridad estaban de mi lado, y nadie me vio durante todo el proceso. Ascendí silencioso por las escaleras, y me detuve frente a la última puerta. Nervioso, aun sin querer reconocerlo, me mordí el labio al tiempo que alzaba la mano y pulsaba el timbre con los nudillos. Estaba listo, no había vuelta atrás.


Hasta aquí llegamos, breve, lo se, pero para el próximo capitulo prometo goten/bra por un tubo... Lo tendré listo lo antes posible, no se olviden de dejarme sus animos... Sayonara!

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