Luz de Luna
Cuando Bra abrió la puerta, se quedo paralizada por unos segundos. Era evidente que no me esperaba. Incredulidad y sorpresa fue lo primero que expresaron sus ojos, ligeramente deslucidos, dando paso luego a un fugaz sentimiento que no fui capaz de identificar, pero que parecía casi... ¿ternura? Finalmente su rostro se recompuso dando origen a una formal cortesía, y un ligero y casi imperceptible agradecimiento.
- Goten, qué... ¿Qué haces aquí?
Aspiré aire hasta inflar mis pulmones lo más disimuladamente que pude antes de contestar, rezando interiormente a Kami-sama que aquello saliera bien. No entendía por qué, pero no me sentía capaz de resistir su rechazo. Tenía la impresión de que, sí así sucedía, la culpa me acompañaría eternamente
- Acaba de dejar la Corporación cuando recibí tu llamada, y pensé, que pesar de la hora, a ambos nos vendría bien salir un rato a despejarnos. ¿Qué me dices?
Traté de sonreír con mi sonrisa más tentadora, y por un instante me sentí retrocediendo en el tiempo, en aquella época en la que me era tan común valerme de mis encantos para encandilar a las chicas y que estás fueran incapaces de resistir mis proposiciones.
Sólo que Bra no era tan fácil de convencer. O quizá mis habilidades hubieran menguado a causa del desuso. Me negué a pensar en la posibilidad de que me estaba haciendo viejo.
La vi arquear las cejas y fruncir el entrecejo ligeramente, dudando.
- ¿Salir? – repitió, no muy convencida.
- Si – asentí, tratando de no parecer demasiado ansioso –. Hay un local no muy lejos de aquí. Es bastante cómodo y totalmente alejado de los focos. Hace mucho que no me paso, así que sería un placer hacerle una visita al dueño si accedes a acompañarme.
Sus ojos se estrecharon, y a través de ellos pude visualizar la rapidez con la que se movilizaba su cerebro analizando mi propuesta. Sabía que Bra era orgullosa e independiente, y que eso no había cambiado con el paso de los años. Aceptar mi invitación en ese momento significaría admitir a alguien nuevo, prácticamente desconocido, en su vida.
Es curioso como yo, en años anteriores, tampoco había hecho un esfuerzo por entablar nuevas relaciones, e incluso las ya forjadas se habían enfriado a causa de una monotonía y un letargo de los cuales no eran capaz de despojarme. Sin embargo, allí estaba, de pie ante la puerta de la hermana de mi mejor amigo, esperando en silencio que ella aceptara acompañarme y temiendo en silencio un negativa que ojalá no se produjera.
La soledad y desamparo que había observado anteriormente en sus ojos me habían conquistado. Ella era una criatura demasiado perfecta para sufrir de tal modo, sin recurrir a nadie y sin que nadie se percatará. A diferencia de mi, Bra tenía todavía la vida por delante, e inexplicablemente yo había acogido en mis brazos la responsabilidad de conducirla a buen termino, si ella me lo permitía.
Finalmente, la inaparente tensión de sus hombros se relajó, y me dedicó una pequeña sonrisa.
- Está bien – abrió la puerta en señal de invitación –. Pasa.
Mientras me guiaba al salón, con el corazón palpitando ligero a causa del alivio, me percaté por primera vez de las prendas que ella lucía.
Evidentemente no espera mi visita, ni la de ninguna otra persona, pues la llamada la había sorprendido tanto que ni siquiera se había tomado la molestia de colocarse una bata sobre el pequeño pijama de satén negro de dos piezas, enlazado al cuello, que dejaba al descubierto la mayor parte de su espalda y sus muslos, y se adhería sinuosamente a la piel de debajo de su cintura mientras caminaba.
De nuevo, me vi obligado a luchar contra la corriente de deseo que provocó en mi esa imagen y que se intensifico cuando ella se dio la vuelta para encararme, con los ojos excepcionalmente brillantes, como si tras ellos se diera refugio a centenares de fascinantes y secretos pensamientos, la palidez natural de su piel acentuada por el color negro de su ropa, y las aureolas de sus pezones ligeramente marcadas a través de la delgadísima seda.
Me sentí sucio y asqueado, y furioso conmigo mismo, y recé para que ella no se percatara de la tirantez que se había formado en la entrada de mi entrepierna al contemplarla. No era esto lo que yo deseaba.
Bra podría ser mi hermana. Aun al margen de ello, la quería demasiado para convertirla en un número más en mi lista de noches olvidadas, no sólo por su familia... sino también, porque no creía que ella se lo mereciera. Tampoco estaba a favor de la infidelidad. A pesar de mis numerosas noches de amor libre, ahora yo estaba comprometido con alguien, y antes hubiese preferido retractarme de mi promesa que mutilar la lealtad que le debía a Paresu de un modo tan vil.
Finalmente logré controlar mis hormonas y hacerme dueño de mi cuerpo. Por suerte para mi, ella no había notado nada extraño en mi comportamiento. Me invitó amablemente a sentarme en el sofá y esperarla mientras ella se cambiaba, y la vi perderse a través de la puerta con movimientos ligeros.
Su cabello ondeó tras de ella. Mi sangre todavía hervía y mientras su seductora imagen perduraba insistentemente en mi cerebro, comprendí, con horror, que habían transcurrido años desde que había deseado a una mujer con la misma intensidad que la deseaba a ella apenas unos instantes atrás.
Tal vez, con Bra, la oleada de excitación y deseo hubiese sido más fuerte que con cualquier otra.
Lo deje esperando en el salón con la idea de vestirme, aunque en verdad, quizá aquello no fuese más que una excusa. Mi corazón había palpitado con fuerza al abrir la puerta y encontrarlo a él allí, a él y a ningún otro, y no había remitido tal excitación hasta abandonar aquella estancia y en privado, lejos de su compañía, arrojarme sobre la cama cual jovencita enamorada.
Me avergoncé de mí misma al instante, pero la vergüenza no logró disipar la corriente de calidez que se había instalado en mi pecho y recalentado mi cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo sentí una emoción verdadera, que no había sido proyectada por mi, ni revisada fehacientemente por los elevados engranajes de mi cerebro.
Sentí gratitud. Me sentí cuidada. Y sentí la creciente incredulidad de que fuera precisamente él, quien nunca había despertado en mi algo más que exasperación y carestía, quien provocara en mi tales sentimientos.
Todavía podía leer en sus ojos, tan oscuros y despejados al mismo tiempo, tan opuestos a los míos pues los míos eran lo contrario, la sinceridad de su preocupación y de su afecto. Una extraña inocencia que nunca había leído en los ojos de nadie antes, ni saquera en los de mi madre o hermano. Claro que mi madre siempre había distado mucho de ser inocente.
Abrí el armario y me pregunté mentalmente el tipo de club al que asistiría Goten. No creía que a él le importase mucho mi aspecto, seguía siendo el mejor amigo de mi hermano, aquel que se había reído de desfavorecedor pijama de ositos cuando era una niña. Y de todos modos, nunca podría superar el desastre que era mi indumentaria en nuestro último encuentro.
No obstante, yo seguía siendo un celebridad pública. Sería rebajar mi orgullo permitir que me fotografiaran con un conjunto algo menos que "sobresaliente" en todos y cada uno de los aspectos.
Tras largos instantes de deliberación, escogí un liviano vestido rojo de fibras naturales sin mangas, marca Versace, condecorado por unos discretos tirantes y un inocente escote de base cuadrada que se amoldaba perfectamente a mis pechos abandonando al descubierto no más de lo necesario. La falda, elaborada con telas superpuestas, disponían de un vuelo controlado.
Dejé mis cabellos sueltos y decidí prescindir de cualquier tipo de adorno a excepción de unos pendientes en aro, plata de ley, y un suave rubor, rosado para mis mejillas, y turquesa para mis ojos. Para dotar de un toque más informal a mi aspecto, me decliné por unas botas deportivas color aqua marine, a excepción de suave rosado de los cordones, que llegaban justo por debajo de mis rodillas.
Mi aspecto final era excelente, tal como yo estaba acostumbrada.
Tras un último vistazo de aprobación ante el espejo, retorné mis pasos a la sala de estar, donde Goten me esperaba con la vista fija en el frente, ensimismado.
Sonrió al verme.
- ¿Estás seguro de que no es demasiado tarde? – cuestioné preocupada, examinando su aspecto cansado –. Podemos quedar otro día.
- ¡Por supuesto que no! – exclamó impulsivamente, haciéndome sonreír. Todo parecía tan natural y fácil para él... Tan lejos de mi drogadictiva necesidad de control. Me resultaba extraño, casi fascinante, pues veía su carácter y sabía que era sincero en sus reacciones, pero no era capaz de comprenderlo –. Creo que no dormiría en toda la noche de la decepción, si me dejarás plantado a estas alturas – me guiñó un ojo, haciéndome saber que bromeaba.
- Supongo que no me dejas otra opción – me resigné falsamente, con la sombra de la sonrisa perdurando todavía en mis labios –. ¿Tú primero? – abrí la ventana –. Tendrás que indicarme el camino.
Por primera vez, su expresión vaciló.
- ¿No prefieres métodos más tradicionales? – inquirió, como si se tratase de otra broma. Pero yo capté el matiz de seriedad oculto tras sus palabras, aunque no lo comprendiera en aquel instante. Una nueva faceta de su personalidad que me descolocaba.
Tal vez Goten no fuera tan simple como siempre había dado por supuesto.
Estreché las cejas confusa y lo miré sin entender. ¿Por qué alguien preferiría emplear el ordinario e imperfecto método del coche pudiendo romper el cielo sin alas y aparecer en un instante en cualquier otro sitio? Me era imposible imaginarlo.
Debió captar mi asombro y escepticismo porque rápidamente se encogió de hombros y echó a volar, deteniéndose unos metros por encima de mi ventana.
- ¿Vamos?
Yo asentí, olvidando aquel momento suyo de duda, tal vez por el ansia que producía en mi volver a volar; aquella mañana no lo había disfrutado lo suficiente. Me escurrí por la ventana y deslicé suavemente el cristal hasta dejar sólo una pequeña ranura. Sacudí mi cabello al viento, y me elevé por los cielos, buscando camuflarme entre las nubes con alegría contenida.
Volví la vista hacía él y lo vi siguiéndome, algo rezagado. Sonreí y lo reté:
- ¡Alcánzame saiyajin!
En la fracción que dura un instante percibí como su rostro se torcía en una mueca de enfado cuando yo me dirigí a él bajo ese nombre, pero un instante después, aceleré y lo perdí de vista, achacando tal expresión de disgusto al hecho de ser desafiado por una mujer que nunca había representado mayor reto en los combates.
Bueno, aquello era cierto. No encontré motivo para enfadarme.
La violencia física nunca me había llamado. Siempre me había considerado demasiado cerebral para resolver mis asuntos a base de golpes, y mi sangre no era lo suficientemente pura para encontrar en tales intercambios el gozo, la satisfacción, que mi padre derivaba de ellos siempre que se enfrentaba a un rival digno y lo vencía.
Por mi parte, prefería derrotar a mis oponentes de maneras distintas pero igualmente de efectivas. En su propio terreno. Conocerlos. Cautivarlos. Apresarlos. Hundirlos. Humillarlos hasta que ya no quedará nada de ellos con la extasiante satisfacción de no emplear ninguna herramienta además de mi cerebro. Mi padre decía que aquello también era un rasgo saiyan, especialmente dado entre la familia real.
Pero volar era algo diferente. Sentirme libre, libre por completo. Libre del mundo, de sus preocupaciones, de mí misma y de lo que conllevaba mi nombre. Libre para soñar, para alcanzar las estrellas. Libre y poderosa, como ninguna otra.
Volví la vista atrás y comprobé que él me seguía reduciendo paulatinamente la distancia que nos separaba. Sonreí con orgullo. Todavía podía acelerar más.
Aumentando mi KI para impedir que el vapor se incrustara en mi cuerpo poniendo en peligro la pulcritud de mi aspecto, ascendí en vertical y me introduje de lleno en las nubes, riendo libremente al percibir como millones se pequeñas gotitas trataban de alcanzar mis mejillas pero se fundían antes de lograrlo. Hacía demasiado tiempo que no me sentía tan relajada y a gusto como en aquel instante. A gusto conmigo misma. Como si hubiese olvidado quien era. Y de alguna manera, sabía que aquello no hubiese sido posible sino gracias a él.
Goten se detuvo tras de mi momentos después de que yo lo hiciera. Sus músculos parecían algo tensos, como si estuviesen desacostumbrados a tal ejercicio, y su rostro mostraba emociones conflictivas. Sus ojos brillaban poderosamente a la luz de la luna, que resplandecía sobre nuestras cabezas más grande que nunca.
- Mírala, Goten – la señalé –. Nunca la había visto tan amplia y tan de cerca. ¿No te parece hermosa?
Observé como él me escuchaba, en silencio, y se giraba hacía ella. Y después retornaba a mi la mirada con un brillo especial en sus ojos, uno que nunca había observado y que no pude identificar. Tal vez, en aquel momento, mientras me observaba, él mismo tampoco pudiera.
- Si – asintió lentamente –. Lo es.
Aterricemos en un callejón próximo al local que nos interesaba, con cien distintas y enrevesadas corrientes de excitación en mi pecho y el corazón palpitándome con fuerza. Realmente amaba volar, aún cuando durante tanto tiempo me hubiese convencido a mí mismo lo contrario, empeñándome en odiar todo lo que significara su herencia.
Ahora ya no podía negarlo.
Tras la experiencia, sentí como si hubiese liberado un parte de mí que había mantenido prisionera durante demasiado tiempo, cuyo lamento y dolor únicamente ahora, libre de él, yo era capaz de escuchar.
Y había sido gracias a ella.
Allí arriba, rodeados por las nubes y bañados por la plateada luz de Luna, me di cuenta por primera vez: sin quererlo, de forma casi incomprensible, ella me había salvado de un abismo del que yo ni siquiera había sido consciente al caer, pero en el que me hallaba atrapado irremediablemente. Durante un segundo, me había salvado.
No pude más que sonreír por ello, y volver a mirarla con una nueva gratitud de la que no fui consciente en mis pupilas. Bra correspondió mi sonrisa. Incluso tras aquel agitado vuelo, se las había arreglado para permanecer absolutamente perfecta, sin un cabello mal colocado o una arruga fuera de lugar en su precioso vestido.
En cambio, sus mejillas resplandecían vida algo sonrojadas y sus ojos despedían una intensidad a la que no estaba acostumbrado. Intuí que aquel vuelo también había despertado en ella algo importante, aunque, en aquellos instantes, no alcancé a comprender el qué.
- ¿Seguimos? – le ofrecí mi mano y ella la tomó sin esfuerzo, mientras alejábamos nuestros pasos de aquel abandonado callejón.
El local se encontraba a apenas un par de manzanas de distancia, en uno de los barrios más animados de la clase alta de la capital.
- Allí es – señalé al cartón de neon que brillaba con diversos tonos lilas dando vida a la noche.
Bra frunció el ceño, mientras sus ojos recorrían el nombre con desconfianza.
- ¿Stradivari? ¿No me abras traído a escuchar un concierto de cuerda?
- Por supuesto que no – me reí suavemente –. Todo lo contrario. Es una discoteca que solía frecuentar en mis tiempos de soltero descarriado, especialmente por las stripper. Ahora me acuerdo, había una con la que... – me detuve y volví a reír ante su expresión enfada y su ceño fruncido, pero dejé atrás cualquier intento de carcajada al ver como ella se detenía, se separaba de mi, y cruzaba de brazos en su cintura, arqueando las cejas de un modo que casi me produjo escalofríos. Era la misma imagen de su padre Vegeta.
- Son Goten... – pronunció mi nombre en tono de amenaza.
Instintivamente alcé los brazos en señal de rendición.
- De acuerdo, de acuerdo – accedí –. Tú ganas. Sólo estoy bromeando.
Percibí como su expresión se relajaba un tanto y volvía a posar sus brazos en ambos extremos de sus caderas, relajada. Sonreí satisfecho y ambos retomamos el paso.
La fila era bastante abundante en la entrada principal, a pesar de que la hora sobrepasaba con mucho la media noche. No obstante, en otros tiempos yo había sido intimo amigo del dueño, por lo que usé esa baza a mi favor para que éste nos permitiera hacer uso de la entrada VIP. Me giré hacía Bra, con una sonrisa orgullosa.
- ¿Complacida?
Por supuesto, ésta jamás podría rivalizar con la suya propia.
- Por favor, Goten. Soy una celebridad. Cada día recibo invitaciones de los mejores club de esta ciudad para que les honre con mi presencia. Me hubiera bastado con llamar a ese amigo tuyo, sin conocerlo de nada, y lo hubiera tenido a mis pies despejando cada asiento ocupado en el que yo quisiera sentarme.
No obstante a sus palabras, un brillo travieso se escondía tras sus oscuras pupilas, y yo no pude más que sonreírle en respuesta. Había sido un iluso al intentar presumir. El orgullo era la marca personal de la familia Brief, siendo mi mejor amigo su menor exponente y demostrando desde niña Bra estar a la altura, sino por encima, de sus progenitores.
Para haber transcurrido más de dos años desde la última vez que pase a tomarme una copa por allí, el local no había cambiado en nada. La misma barra de fondo, adornada por numerosas botellas de licores multicolores; la pista de baile con forma redonda, en el centro de la sala; los cómodos sofás negros que la rodeaban, con una mesa para cada dos o cuatro, dependiendo la modalidad; y la plataforma superior, más intima, donde usualmente solían refugiarse las parejas y donde tantas veces yo había pasado un buen rato en compañía de la camarera.
Al recordar aquello fruncí el ceño y observé mi alrededor desconfiado. Tal vez no había sido tan buen idea traer a Bra aquí. Aunque probablemente haría tiempo que Sussana habría renunciado ya a su antiguo empleo; me recordé a mí mismo que ella sólo servía copas como extra de contribución a sus estudios.
- Vaya... – dejé mis pensamientos nostálgicos a un lado para mirar a Bra, que examinaba el lugar con apariencia complacida –. No está nada mal, Son Goten. Hasta creo que me gusta...
Ni siquiera me molestó la mención de mi apellido.
- ¡Desconfiada! – repliqué, divertido por su escepticismo –. Lo dices como si lo hubieras dudado.
Ella sonrió, pero no añadió nada.
Se dirigió, como si el local fuera suyo, a unas de las mesas libres más apartadas. Yo no pude más que admirar su aplomo, mientras la seguía. Sin necesidad de prodigar empujones, la mayoría de las personas se apartaba cuando ella llegaba, abriéndole paso. Varias miradas descarriadas se dirigieron hacía su cuerpo, especialmente desde el sector masculino. Sin saber por qué – nunca me había molestado que otros miraran a Paresu; la belleza está para admirarla, era mi opinión – aquello me enfureció.
Aceleré el paso para caminar más cerca de ella, como si tuviese la necesidad de escoltarla, en burda imitación a un guardaespaldas.
Tomó asiento inconsciente, en apariencia, del revuelo que su presencia había causado. Acostumbrado a actuar como un caballero, yo me ofrecí a ir por las bebidas.
- ¿Qué te apetece tomar?
Se mordió el labio un instante, indecisa.
- Creo que... un gintonic estaría bien, gracias.
¿Gintonic? Sin querer elaboré una mueca de asco. Por supuesto, ella me vio y frunció el ceño de inmediato, achicando los ojos.
- ¿Qué? – inquirió con soberbia.
- Nada, nada – oculté la mano tras mi cuello dejando el codo por encima del hombro en una pose que me caracterizaba desde que era niño –. Un gintonic está bien.
- ¿Qué es lo que vas a pedir tú, entonces?
- Ummm... – reflexioné un momento, dudoso –. Algo más dulce, seguro. Tal vez un combinado de whisky y melocotón.
- Uggg – esta vez fue ella quien manifestó su escaso entusiasmo –. Morirás por sobredosis de azúcar – me aseguró, sin que al parecer ello le importase demasiado.
Yo me encogí de hombros.
- Mejor una muerte dulce que una vida amargada – bromeé.
Para mi sorpresa ella no replicó. Permaneció inmóvil, evidentemente asombrada de mi respuesta, como si más que un intentó de broma hubiese sido toda una declaración lo que obtuvo de ella. Después, lentamente, sus labios fueron curvándose en una sonrisa.
- Tienes razón, Goten. Olvídate del Gintonic. Tráeme algo con sabor a piruleta.
Cuando regresé con ambas bebidas, transcurridos un par de minutos de forma inevitable, Bra había perdido ya todo aspecto solemne. Pero sonreía. Y su sonrisa parecía más brillante de lo normal. Me agradeció con educación su copa y se recostó codamente sobre su asiento, adquiriendo el aspecto más relajado y natural que yo había observado en ella desde nuestro primer encuentro aquella mañana, a excepción, tal vez, de cuando la había visto dormida.
De aquello no habían pasado más de veinticuatro horas y, sin embargo, yo me sentía más cercano a ella ahora, que en todo el tiempo pasado visitando su casa a causa de su hermano.
- Dime una cosa, Goten – se inclinó ligeramente hacia mí, con una sonrisa traviesa –. ¿Cuántas noches Trunks y tú fingisteis estar en casa del otro estudiando, cuando realmente os perdías por aquí con intención de pasar un buen rato allá arriba?
Vi como sus ojos señalaban la plataforma del segundo piso, cubierta de sombras, y sin quererlo me sonrojé furiosamente, avergonzándome de mí mismo y mi infantil comportamiento. Yo era un hombre hecho y derecho, por la gracia de Kami-sama, no podía tolerar que me sonrojaran los comentarios malintencionados de una chiquilla.
Sin embargo, recordé las sensaciones que había despertado en mi horas antes, con su figura recubierta por la finísima tela del camisón, y la examiné ahora: sus mejillas algo sonrojadas, tal vez, a causa del humo que cubría el ambiente y la bebida; su sedoso y largo cabello, reconocible entre el de una multitud; sus ojos chispeantes, de un azul algo más oscuro que el que se apreciaba por el día; el vestido color rojo que se adaptaba sedosamente a sus curvas; su ligero pero cautivador escote...
No. Definitivamente Bra no era ninguna chiquilla. Yo lo sabía, pero debía de empezar a pensar en ella como algo más que la hermana pequeña de mi mejor amigo.
La expresión de mi rostro debió tornarse divertida mientras yo meditaba en todo ello, pues ella me despertó de mi ensimismamiento a través de una amenizada y sutil carcajada que creía, era la primera vez que escuchaba.
- No tenía intención de avergonzarte – se disculpó, aunque a juzgar por la expresión de su rostro dudaba que realmente lo lamentara –. Sólo quería recolectar una arma más con la que chantajear a mi hermano en caso de necesidad.
Yo asentí, demasiado ocupado tratando que el rubor abandonara de una vez mis mejillas para contestarle en palabras. Bra me sonrió una vez más, y por un instante, sus ojos se detuvieron frente a los míos como si desease ver la verdad que ocultaba tras ellos.
- ¿Sabes? – dijo entonces, con un extraño acento que, si no lo hubiese sabido imposible, reflejaba ternura –. Creo que eres la persona más inocente que conozco, Goten.
No supe muy bien como tomarme aquellas palabras, así que preferí optar por verlas como un cumplido, aunque, realmente, fuese el cumplido más extraño e inesperado que cualquier mujer me hubiese dedicado jamás. Sin percatarme en dicho momento, aquello me ayudó a comprender que, tratándose de Bra, hasta la más inaudita de las situaciones podía llegar a cumplirse.
Aquí esta, después de tanto tiempo. Seguro que la mayoría de vosotros dabais ya esta historia por inconclusa, pero nunca fue esa mi intención.
Surgieron algunos problemas en mi familia que, unidos a la falta de inspiración, me impidieron actualizar hasta ahora, sin embargo vuestro reviews seguían ahí, apoyándome, y yo sentí que debía agradecéroslo de alguna manera.
Así pues, espero que a pesar del tiempo, lo hayáis disfrutado. Bra y Son Goten prosiguen conociéndose y poco a poco la trama deja entrever los motivos ocultos de los personajes, que los llevan a comportarse de la forma en que lo hacen. Para el próximo capitulo, ya a medio escribir, descubriremos definitivamente el mal que atormenta a Goten, y que probablemente muchos de vosotros os podéis imaginar.
Nos leemos pronto tomodachis, sayooo!
