Fotos en la Pared
By: Kailey H. S.

Mi primo Martin se casaba esas vacaciones, así que después de todo un mes con la vivaracha familia de Leanne, me preparé a reunirme con toda mi familia para la boda.

Erika y yo tuvimos lo que puede llamarse un feliz reencuentro. Llevaba cerca de tres años sin verla y sin tener demasiadas noticias de ella, por lo que en lugar de irse el día después de la ceremonia, como hicieron casi todos mis parientes, se quedó en la aldea un tiempo más para disfrutar con la familia.

-No puedo creer que mi hermano se acaba de casar con una de mis mejores amigas –me comentó Erika-. Me hace sentir vieja. Y últimamente todo el mundo anda en parejas –dijo, como si acabase de caer en cuenta de aquello, y frunció el entrecejo.

-¿Y tú qué, no tienes novio? –pregunté, bajando la voz.

-No… No de momento. Sabes que el tiempo no me sobra, Katie.

Me costaba aún acostumbrarme a que Erika, más porque no podía que porque no quería, ya no estaba ahí de la forma en la que estaba antes. Tenía otras prioridades, y por ello el distanciamiento entre nosotras era inevitable. Sí, respondía mis cartas, pero no con la frecuencia que me hubiese gustado.

-Tú seguiste jugando, por lo visto –cambió de tema después de una pausa incómoda-. Mi mamá me estuvo contando la que se armo en tu casa…

-Sólo en un principio. Pero mi mamá no me hizo nada…

-Eres una Bell y volar está en la sangre de todos los Bell. Por supuesto que no te puede hacer nada.

-De no ser por ti y por Oliver Wood no estaría volando. Él no se cansó de insistir hasta que no estuve en el equipo de Gryffindor.

Todos los benditos caminos llegan a Roma, y toda conversación llega, inevitablemente, a Oliver.

Cuando lo recordaba, me picaban los labios y me faltaba el aliento. Trataba de no pensar mucho en eso, en qué sería de nosotros ahora que él se había graduado, en por qué me había besado…

Aunque cuando no lo evitaba, hacía un intento por recordar sus palabras aquel día… Y sólo recuerdo el anaranjado atardecer y luego, sus labios y su peso sobre mí.

-Ese muchacho siempre fue persistente –sonrió-. Al parecer lo quieren para la reserva de mi equipo… Alguien fue a verlo a jugar y lo describió como estupendo.

-Según McGonagall, estos tres años Gryffindor contó con el mejor equipo que ha visto en mucho tiempo.

-Tenía que estar mi hija en él –Erika y yo volteamos para sonreírle a mi padre, que acababa de hacer esta afirmación-. Dime, princesa¿con qué escoba estás volando?

-Una Cleansweep 7. Era de Erika.

-Y estás entrando a tu quinto curso, si no calculo mal.

-No, no calculas mal.

-Mereces una escoba mejor. ¿Qué dices si mañana te llevo a comprar una Saeta de Fuego?

Sonreí con ganas. No iba a perderme de todo un día con mi padre después de no haberlo visto en tanto tiempo. Sabía que la verdadera muestra de afecto era que vendría temprano a recogerme, pasar el día conmigo y dejarme en mi casa tarde en la noche, y no una escoba que, a estas alturas, no era precisamente económica.

-Una Saeta no –objeté-, son demasiado fáciles de manejar, y quien la dirige no tiene que hacer más nada que quedarse sentado. Me gustan las Cleansweep… -Pensé una segunda vez, y mi entusiasmo decayó un poco-. Pero… Mi mamá no va a querer.

-Katie, tu mamá aceptó que eras hija mía hace ya un buen rato. Lo que tardó en aceptar fue que te escondías de ella –declaró en un tono que, evidentemente, escondía un "supera eso de una vez".

Suspiré, pero antes de que pudiese hablar el siguió.

-Por las circunstancias, Helena se vio obligada a dejarte libre más temprano de lo debido. Siempre hacías lo que querías y ella siempre te lo perdonó porque estaba sola, porque no podía ser dura contigo. Tu madre te quiere demasiado.

Una cosa que odio es que la gente piense que tuve una "infancia trágica" porque no estaba mi papá en casa. Nunca me hubiese imaginado que la razón que tenía mi mamá para ser tan blanda conmigo (porque lo era en exceso) era esta.

Otra cosa que odio son los sermones de mi padre. Me los da muy a menudo cuando estoy con el, y en lugar de indignarme como hubiese sido normal, me hacían sentir culpable. Desde muy temprana edad, mi padre me demostró ser un hombre sabio y culto, y para mí, su palabra valía más que la de nadie más porque siempre tenía fundamento. Para mí, su palabra era ley.

-Entonces¿Vienes o no? –preguntó.

-Voy a preguntarle a mi mamá.

Me levanté del estar y fui a la cocina, donde estaba ella preparando cena para los que estábamos en casa. Era excelente cocinera, aunque rara vez podíamos disfrutar de ese talento.

-¿Ma?

Se giró bruscamente.

-Katie. Me asustaste. ¿Qué pasó?

-Mi papá quiere llevarme mañana de compras –Algo en mi rostro debió haberle hecho sentir que no decía toda la verdad, porque no habló y esperó a que siguiera-: Quiere comprarme una escoba de carreras.

El silencio fue largo y tenso. La miré expectante y sus ojos inexpresivos taladraron los míos, pero yo no me atreví a bajar la mirada.

-¿Cuánto dinero necesitas? –preguntó al final-. Tengo entendido que las escobas nuevas están caras, y de ninguna manera pienso dejar que Rigel la pague.

La miré, incrédula. Luego no pude evitar lanzarme a abrazarla, y ella me correspondió el gesto sin decir mucho más.

A la mañana siguiente, escribí la primera carta.

"Oliver:

Erika decidió que sí me lleva a los Mundiales. ¿Al final vas?. ¿Quieres cuadrar un lugar para encontrarnos?. Me hace un poco de falta hablar contigo...

Para escribir algo más y no sentirme culpable por mandar a la pobre lechuza de los Fawcett con tan poca cosa te diré que mi papá me va a comprar una Cleansweep 11. Y... mi mamá no puso oposición. ¿Entiendes eso, Oliver?

Un beso enorme,

Katie."


Entré a la habitación que compartía con mis compañeras dando un portazo. Las tres alzaron la cabeza, pero solo Leanne entendió mi mal humor.

-No me puedes decir que no estas tan siquiera un poquito emocionada.

-¡No hay Quidditch!. ¿Qué tiene que ver el bendito Torneo con el Quidditch?. ¿Por qué no…?

-No lo sé… -Sarah se sentó en mi cama, acompañándome-. Pero si alguien de algún equipo quisiera meter su nombre, le sería difícil jugar. Ya lo oíste, es solo para mayores de diecisiete… Puede ser demasiado peligroso.

-Y requiere demasiada dedicación –le ayudo Aileen-. Vamos, Katie, anímate… Se corre el rumor de que los extranjeros que vienen son unos bombones.

La miré con malos ojos. Parece mentira, pero sólo pensaban en eso.

-¿Imaginan que vengan franceses o alemanes? –repuso Sarah-, me encantan esos idiomas y son tan… Bueno, que quieren que les diga.

Leanne y yo intercambiamos miradas entonces. Ella estaba al borde de la risa, pero yo estaba lo suficientemente molesta como para no encontrar la parte graciosa de la situación.

-Tienen razón ambas –dijo mi amiga, zanjando la cuestión-, pero Quidditch y hombres no son lo mismo.

-Y yo quiero Quidditch –me quejé, con una actitud que era más propia de una niña pequeña que de mí.

-Tendrás Quidditch el año que viene –respondió Sarah con toda la paciencia que a mí me faltaba-. Quién sabe, quizás hasta te hagan capitana.

-Se lo dieron a Angelina-suspiré-. Mayor, mejor jugadora, más carácter, mejor líder.

-Es extraño. Todos sabemos que Wood te la quería dejar a ti.

Me giré a ver a Aileen bruscamente, sorprendida por la mención de mi ex capitán. No me había respondido a la carta, pero no le di importancia. Seguro estaba muy ocupado.

-Él no decidía. Decide la profesora McGonagall. Esa mujer sabe más de Quidditch de lo que jamás podrían imaginarse. Además, yo era una de las mejores amigas de Oliver y es más natural que me tuviera consentida.

-A todas estas –cortó Leanne el tema, habiendo notado mi reacción-¿Alguien tiene idea de por qué se nos pidió una túnica de gala?

BARRABARRABARRABARRABARRABARRABARRABARRABARRABARRABARRABARRABARRA

Estuve en un ánimo algo apático las primeras semanas del comienzo de ese curso. Ni siquiera la llegada del famoso Viktor Krum a nuestro colegio pudo animarme. ¿Qué me importaba Krum si no había ni Quidditch ni Oliver?

-Kate -Leanne se asomo por la puerta del cuarto-. Estamos en el cuarto de Ange y Al hablando de cualquier cosa. ¿Vienes? Hay cerveza de mantequilla…

-No, gracias.

-¡Vamos, Katie!. ¡Tenemos chocolate de Honeydukes!

Eso me convenció.

Seguí a Leanne por el pasillo hasta el cuarto de nuestras amigas de sexto, sentadas cada una en su cama. Su otra compañera de cuarto, Jill Gardner, no estaba por ahí, afortunadamente.

-Faltabas, Katie. Un milagro verte por aquí.

Agarre un pedazo de una tableta de chocolate y comencé a mordisquearla.

-No te engañes. Vino solo por el chocolate.

Bingo.

-Bueno, Ange. Sigue hablando. Nos estaba contando de su cita con Davies -Me explicó Leanne.

-¿Davies? -Casi grité yo-. Ange¿Saliste con Roger Davies? Pero si tu me dijiste que...

-Oh bueno, necesitaba que dejara de molestar de alguna manera -A pesar de su piel casi negra, se le notaba un leve tono encendido en las mejillas-. Además, es guapo. Y es agradable cuando quiere…

-¡Ange, te gusta Davies! -Alicia abrió grandemente los ojos. Leanne no era la única que fastidiaba con esos temas.

-No me gusta Davies. En serio. Pero definitivamente, besa bien.

Esa confesión me hizo marearme un poco. Nunca me habían preocupado los besos, y menos aún, besar bien o besar mal. Ni siquiera después de lo ocurrido con Oliver… Ese momento era un torbellino confuso en mi memoria.

-¿Y después de eso dices que no te gusta? –le pregunté a Angelina-¿Ni un poco?

-¿Kate, no me crees?

-Si tú lo dices... Pero no entiendo por que una persona, sobre todo tú, besaría a otra si no le gusta. O no le atrae, cuando menos.

Esa era buena, ahora que me pongo a pensarlo. ¿Por qué Oliver me beso a mí? No tenía idea de si le gustaba o no… Lo deseaba, pero no lo sentía posible.

Y ya para esas alturas me hubiese respondido la carta si eso hubiese sido así.

-Katie, que idealista eres -Rió Ange-. Por supuesto que puede haber varias razones.

-Puede ser para darle celos a otra persona¿Verdad, Angie? –dijo Alicia. Por el tono, todas entendimos que insinuaba algo.

-O quizás porque simplemente se dio el momento.

-O por curiosidad -Finalizó Leanne.

-¿Curiosidad?

-¿Nunca has sentido curiosidad por saber como se siente un beso?

-No... La verdad que no.

-Ni con... ¿Wood por ejemplo?

Si alguna vez la había tenido, ya se me había pasado, pero eso ellas no tenían por qué saberlo. Me quedé en silencio, un poco golpeada, y fue cuando Alicia hizo un intento de resumir la situación:

-¿Me estás tratando de decir que andabas todo ese tiempo con uno de los chicos más guapos de Hogwarts… y no sentías nada por él?

-Sí, de hecho sí –mentí con todo el descaro que podía. Pude notar que Leanne alzaba las cejas, negando con la cabeza.

-Perdona que no te crea –intervino Ange.

-Perdonada –Usé un tono sarcástico mientras la veía a los ojos con insolencia-. Es asunto tuyo.

Angelina y yo no éramos lo que se dice unidas, aunque tampoco nos llevábamos nada mal; estábamos juntas por el equipo y por las amigas en común. No sé por qué, pero siempre fuimos algo cínicas y distantes la una con la otra. Eso sí, quien se atreviese a hacerle algo porque también se las vería conmigo… Y, por culpa de (o gracias a) Arlens, había comprobado que ese hecho era algo recíproco.

-No sé como hacías para estar con él y no… Bueno, me entiendes. Te puedo jurar por lo que mas quieras que algún día vas a sentir curiosidad por saber como se siente besar a alguien, y te vas a recordar de nosotras -Me prometió Alicia.

A ella me tocaba creerle. Al contrario que Angelina, Alicia era bastante racional y no se dejaba llevar por sus impulsos. Si ella lo decía, algo de verdad tenía que tener… Porque quería decir que, evidentemente, lo había sentido en carne propia.

-Entonces, Alicia¿Quién es el afortunado?

Sonrió, y se sonrojó, antes de soltar la respuesta como si nada.


¡Y como si fuera poco… UN BAILE!

La verdad, la idea me parecía agradable en sí, pero al pensar en que tendría que buscar pareja se me ponía la piel de gallina.

Primero, la idea de que Smith me lo pidiese… Aunque probablemente ya no le gustaba (asumiendo que alguna vez le gusté, cosa que nunca llegué a probar). Ya había pasado demasiado tiempo.

Y eso me llevaba a… ¿Con quién ir? La opción de ir en grupo de amigas estaba descartada. Las mías se buscarían pareja, eso era seguro.

Por desgracia, no fui la única en notar esto.

-¿Con quién vas al baile tú, Bell? Oh, lo siento. Olvidaba que nadie te lo ha pedido.

-¿A ti quién, Arlens?. ¿Qué ente sin cerebro osaría voltear a verte?

Parece mentira, pero a pesar de que en el último años tuvimos pocos encuentros, éstos se habían reanudado y vuelto más tenaces. Antes, a pesar de que a veces yo la provocaba, ella me ignoraba… Y este año descubrí, con un "Wood ya no está aquí para defenderte" de su parte, cual era la razón.

-Sin cerebro, ninguno. Con lógica y sentido común, más de uno.

-Un chico con lógica y sentido común te rechazaría. ¿No fue eso lo que hizo Diggory?. ¿Y Krum, a la semana después?

Durante toda la discusión habíamos tenido las manos en nuestros respectivos bolsillos, agarrando nuestras varitas, pero ahí ella no espero mucho más antes de atacarme.

Armamos duelo a la entrada del Gran Comedor con muchos curiosos observando. Era la primera vez que lo hacíamos en un lugar tan concurrido.

Los hechizos volaban de un lado para otro. Yo, presa de un encantamiento de cosquillas, con la parte inferior de mi trenza chamuscada y cola de conejo (entre otros), lancé entre risas un encantamiento aturdidor, que no dominaba nada bien porque recién comenzábamos a aprenderlo en clases.

Varias veces nuestros hechizos salían mal. Por ello, no me sorprendió que éste también errara y la hiciese mutar completamente. Con "completamente" me refiero a que perdió del todo su forma humana, adquiriendo una que me es imposible explicar. Sólo se mantuvieron igual sus iracundos ojos azules.

La vista era tan graciosa que todos los que observaban se rieron. Yo, que ya me reía, comencé a llorar por la risa.

-¡Finite Incantatem! –La voz de la profesora McGonagall se hizo oír, volviéndome a mi forma natural, aunque con Arlens no consiguió el mismo efecto-. Otra vez ustedes dos. Creí que tenían superada esa etapa. Estoy profundamente decepcionada. Treinta puntos menos para Gryffindor, y detención para ambas. Bell, esta noche en mi despacho. Cloverland –Se volteó a ver a la chica, que sollozaba histéricamente-, lleve a Arlens a enfermería.

A pesar de todo, yo seguía riendo y la gente nos veía con más curiosidad. Me paré y me alisé la falda, que se me había subido bastante, mientras McGonagall se encargaba de dispersar a los curiosos.

-Qué pena –Oí que comentaba George por lo bajo, en tono de broma-, esa cola de conejo era lo más de sugestiva.

Le di un puño en el brazo antes de oír los rugidos de mi estómago. Seguimos los gemelos y yo nuestra vía juntos hacia el gran comedor.


Me aparté los mechones de la cara, frustrada. Nadie de Gryffindor quería jugar un amistoso… Tenía ganas de planear uno contra gente de los otros colegios, pero nadie quería enfrentarse a Viktor Krum, y nadie quería hablar con Harry Potter.

-Leanne, pero él no fue. Weasley no le habla y Granger sí. Lo conozco, y si lo hubiese hecho él, le habría avisado a Weasley, y Granger se habría dejado de hablar con ambos. Simple lógica.

-Pero es imposible que alguien haya encantado ese cáliz…

-Te olvidas de que Crowley, el señor sé-tanta-magia-negra-que-no-es-posible-alardearla-toda existe.

-¿Qué razón tendría un Slytherin de séptimo…?

-Tú lo dijiste. Es Slytherin. Si vamos a eso¿Qué razón tiene Arlens para, después de todo, seguirme provocando?

-Ahora, muchas. Es natural que después de lo que le hiciste haya jurado venganza. Y antes… Bueno, no te hagas la santa, tú también te la buscabas a veces.

Vi entonces algo en el suelo y me agaché a recogerlo. Una varita preciosa…

-Ébano. Y es gruesa; no parece fabricada por Ollivander.

La tomé y la examiné. Volteé… los únicos transitando por el pasillo eran dos chicos de complexión fuerte que no recordaba haber visto en Hogwarts. Extranjeros.

-Ve yendo a dejar tus cosas al cuarto, o si no llegas tarde a tu cita, o lo que sea eso, con Grant –le dije a mi amiga-. Esta cosa debe ser de alguno de ellos.

-Gracias… Nos vemos, Katie.

Mi amiga, que estaba en un apuro, siguió caminando veloz hacia la torre, mientras yo veía a los chicos detenerse, y a uno de ellos rebuscar algo en sus bolsillos.

-¡Hey! –les llamé, pero no voltearon. Desanduve mis pasos, hasta alcanzarlos-. Oigan…

-¿Qué quierres? –Respondió uno de ellos con bastante antipatía, mirándome socarronamente con sus ojos castaños. Me estremecí con desagrado.

-Yo, nada. Tu amigo, probablemente su varita.

Le dijo unas palabras en búlgaro a su amigo, que aún me daba la espalda. Él le respondió, y el que me había hablado antes tradujo, prácticamente arrebatándome la varita.

-Dice que grracias. Ahorra sigue con tu camino.

Yo abrí la boca para replicar. Entonces el otro chico se volteó y, por el tono, supe que le reclamaba algo a su amigo, y comenzó una discusión en un idioma que no entendía y que, a juzgar por los gestos, era mejor no entender.

Cuando me disponía a irme, una voz diferente me habló.

-Esperra.

Volteé. Era el chico de la varita, no su amigo, que ya se había ido.

-Grracias. Yo… conocerr… tu idioma… poco.

Le hubiese respondido en seguida, pero la vista que tenía adelante era única.

El chico carecía de belleza física, aunque sus rasgos eran masculinos y tenía un aura de virilidad que le hacía parecer más un hombre que un joven de dieciocho.

Pero… qué ojos. Eran ojos de gato. Incluso podría jurar que su pupila era ovalada. Dos segundos más tarde, noté que era efecto de la luz… Y éstos contrastaban en gran medida con su cabello largo, negro y alborotado, y su piel chocolate con leche.

-Por nada –conseguí articular.

-Nikolay… él no… saberr… trratar chicas.

Asumí que el tal Nikolay era su amigo, porque éste, a pesar de su obvia falta de conocimientos en inglés, era un dulce. Más específicamente, un bombón de chocolate negro recién sacado del congelador, es decir, que aún no lo podía morder o se me congelaban los dientes.

-Lo noté. No importa.

Sonrió, cambiando este gesto su aspecto rudo y fuerte por uno totalmente opuesto. Casi de complicidad, de un niño pequeño.

-Yo… -musitó algo en su idioma natal-. Tenerr que irr. Adiós.

Se despidió con la mano y siguió su camino. Y yo, maldiciendo por lo bajo que me quedé sin un mordisco de aquel chocolate, sin la menor idea de cual era su sabor.

Vamos, que ni siquiera conocía su nombre.


Ya sabía que hacer con todo lo referente al baile: Lee Jordan.

Para empezar, sus dos mejores amigos invitaron a dos de mis mejores amigas, y si yo le invitaba terminaba siendo algo menos que una salida de amigos.

Y que, además, Lee era el único chico en Hogwarts con el que me hubiese sentido en confianza. De hecho me sentía tranquila a la hora de invitarlo.

-No sé por qué Stella se las agarro con ustedes, pero es muy simpática. En serio… Si se dieran tiempo a conocerla… -Créanlo o no, este era Fred Weasley hablando. Fruncí la nariz al notar que ya no me defendía.

-Como digas -Le cortó Alicia, notando una mirada homicida, torturadora y vengativa en los ojos de Angelina-. ¿Vamos a comer? Tengo hambre.

Leanne y Angie le siguieron. Fred, George y Lee iban a lo mismo, cuando yo agarre a Lee por la muñeca.

-¿Qué pasa, Katie?

Miré alrededor para fijarme en que no hubiese nadie. Los gemelos habían seguido de largo sin darse cuenta.

-Ehm... -Bajé la mirada. De repente me sentía tímida, como casi siempre con los chicos.

Él me miraba. Sus ojos eran negros, pero no como los de Oliver. No tan fuertes, tan insistentes. Estos eran risueños. No me gustaban, no de aquella manera.

-¿Vamos juntos al baile? -No había subido la mirada. Bueno, sí, pero miraba hacia otro lado para evitar volver a comparar sus ojos con los de mi ex capitán.

-Lo siento, Katie. Ya voy con alguien.

-Oh... -El alma se me cayó a los pies. Ya no había manera de que encontrara pareja, y honestamente, no quería hacer el ridículo-. ¿Quién?

-No te va a gustar -Realmente se le veía apenado-, aunque espero entiendas que no podía rechazar…

Le miré, ya anticipando la respuesta.

-Stella Arlens. Lo siento, de veras.

Así que esta era su venganza. No pude hacer más que admirarla: Una cosa cierta en el impredecible mundo de la vida de la aspirante a modelo, es que era astuta y sagaz como cualquier Slytherin. Y dispuesta a sacrificar todo por La Causa, sea cual sea, aunque esto significara salir con un chico un año menor que ella.

-¿Quieres que te cuadre con alguien? –preguntó Lee.

-No, Lee. Gracias. Sabes que no me van las citas a ciegas.

-Y menos mal que no. Con lo sobreprotector que era Wood con su hermana, no quiero imaginarme como lo sería contigo… Y más aún si es una cita a ciegas. Y más aún si te pones falda.

Sonreí suavemente en agradecimiento al intento de ponerme de buenas, pero sólo logró ponerme en un ánimo nostálgico, que me hizo musitar sin darme cuenta:

-Me hace falta.

Sé que era demasiado pedir, pero quería explicaciones. ¿Por qué me beso?. ¿Qué sentía?. ¿Atracción?. ¿Curiosidad?. ¿Le gustaba?. ¿Estaría confundido?. Y más aún¿Qué sintió por mí todos estos años?

Negué con la cabeza para sacarlo de mi memoria.

-¿Lo querías, cierto? –atinó Lee, y yo no respondí, por lo que tomó mi silencio por afirmativa-. Katie, hay muchos peces en el mar. Entiendo que seas tímida, o que no te guste socializar… Pero es solo un baile y Wood no está. Te puedo cuadrar a alguien en dos segundos, si lo que quieres es no estar sola.

-No, gracias. En verdad. No me sentiría cómoda si no es con un amigo.

El se encogió de hombros

-Si cambias de idea, hay un Ravenclaw amigo mío que no...

-Tranquilo, Lee. -Corte yo.

Haberme recordado de Oliver abrió una herida que había tratado de cicatrizar los últimos meses. No pudiendo, a pesar de la falta de respuesta anterior, escribí la segunda carta aquel día.

"Oliver:

Estuve en los Mundiales, y no te vi por ningún lado. ¿Pudiste ir, al final?

Me contaron que firmaste con la reserva del Puddlemere United. ¡Felicidades! Yo te dije que eras un idiota por tener tanto miedo. A la próxima confía más en mí. Vas a ver que en un par de años serás titular... tú lo vales.

Este año en el colegio se celebra el Torneo de los Tres Magos. Tú te morirías (y yo estoy cerca de eso) porque NO HAY QUIDDITCH. Imagina Hogwarts sin Quidditch. ¿Para qué vengo?. Y para colmo me llegan rumores de que hay un baile. Yo no sé, pero si no es contigo no iría con nadie. Bueno, al menos ahí podré poner en práctica todas aquellas cosas "útiles" que aprendí en mis edades de escuela primaria.

Me tengo que ir porque Leanne insiste en que (adivina) aprenda a bailar y decidió que es buen momento para enseñarme.

Te quiere,

Katie."

La releí. Me causó la terrible sensación de que sonaba mucho más alegre y tranquila de lo que realmente estaba.


"D.Z"

Al fin lo había averiguado: el nombre. Su bendito nombre. Y también que había un tercero en su grupo, aparte del tal Nikolay Stanimir: Nada más y nada menos que Viktor Krum.

Los tres eran repulsivos con las chicas estos días. Al menos, me llegó el rumor de que Nikolay tenía una novia estable que vino con él desde Bulgaria, que Krum ya tenía pareja y que el de ojos de gato no tenía pensado asistir al baile.

De hecho, había oído que rechazaban a las que se lo pedían de forma humillante y sin siquiera fingir que lo consideraban. Eso explicaba la conducta de Stanimir aquel día, y que Zhivko me defendiese al notar que mi intención no era acosarlos.

"Damyan Zhivko"

Estaba acostumbrada a que Leanne comentase algo cada vez que yo, aburrida en Historia de Magia, comenzaba a escribir "O.W" (en ocasiones encerrado en un corazón). Cuando no hizo comentario ante el cambio de iniciales, me obligué a levantar la cabeza.

Estaba enfrascada en su propio pergamino. Yo me asome, para descubrir que lo que ella escribía (con letra elaborada, gastándose prácticamente toda su tinta) era un nombre, el suyo propio… "LE…"

-Podrías anotar algo más interesante. -Reclamé, con una ceja alzada y a tono de broma.

-¿A que llamas interesante? -Se asomó a ver mi pergamino-. ¿A un chico al que no te atreves a hablarle, por el que te obsesionaste nada más al verlo, prácticamente? Se me olvida que Katie Bell es incapaz de tomar ninguna clase de iniciativa -Respondió con un tono picado.

Conocía bien a Leanne como para saber que significaba su sarcasmo. Usé un tono de voz muy bajo para preguntar:

-¿Quién te rechazo? Pensé que irías con Corey Grant.

-¿No ves? –Señaló con un dedo su pergamino.

-Veo las dos primeras letras de tu nombre -Respondí firmemente.

Para mi sorpresa, los ojos verdes de mi amiga observaron el pergamino como si jamás lo hubiesen visto, y estalló en carcajadas tales que tuve que lanzarle un hechizo silenciador, al mismo tiempo que se agazapaba bajo el escritorio para que Binns no la descubriera, y el resto de la clase no le reclamara por haberlos despertado.

Agarre su pergamino y lo mire con atención... "LE…"

Y caí en cuenta.

-¿Cuándo?. ¿Cuándo se lo pediste? -pregunté con urgencia cuando se levanto. Le lancé el contrahechizo esperando su respuesta.

-No le pedí para el baile... Sino para salir a Hogsmeade.

-¡¿Y por qué te rechazo?!

-Porque le gusto a uno de sus amigos, aparentemente -Hizo una mueca-. No lo dijo, pero lo sé. Un Ravenclaw de nuestro curso... Corner, algo así.

Su voz sonaba realmente afectada

-¿Tanto te gusta?

Ella asintió levemente con la cabeza, a lo que yo le di un abrazo reconfortante. Seguía pareciéndome extraño que Leanne no notase que las dos primeras letras de su nombre eran las mismas que la del nombre de él.

-Igual que tú, por lo visto, lo has hecho con Wood, yo también tengo que superarlo.

Que bien sabía fingir. ¿Realmente daba la sensación de que ya lo había superado del todo?

-Así se habla.

-Y no se si sabías, pero lo peor es que va al baile con la idiota de Arlens.

-Ya lo se. Tengo que confesarte que se lo pedí, y me rechazo porque iba con ella.

-Esperaba que se lo pidieras, por eso no te había dicho nada aún. Sé que él es uno de los pocos con los que estarías a gusto.

En ese momento sonó la campana, nuestros compañeros comenzaron a despertarse y tanto Leanne como yo rompimos nuestros respectivos trozos de pergamino. Grant esperaba a Leanne en la puerta del salón, y se fueron riendo y bromeando.


Jugué con mi trenza, a la que gracias al corte de pelo que Leanne me había hecho después del duelo con Arlens (a raíz de que se me había chamuscado), se le escapaban mechones.

Terminé sola en Hogsmeade. Daba la impresión de que todos estaban en parejitas por ahí, y mis amigos no eran la excepción. Comencé una lenta marcha al castillo, escondiendo mi rostro entre la bufanda.

-Err... Disculpa

Esa voz la había escuchado antes. Yo lo sabía. Era tan clara y nítida que parecía imposible que pudiese llegar a hacer eco, pero era a la vez grave y ronca.

Mi corazón comenzó a palpitar agitadamente. Me gire lentamente, encarándome con dos preciosos ojos claros. Ojos, que en aquel momento sonreían aunque su gesto era como siempre que no reía. Oscuro. Fuerte.

-Tienes... Eh, una... -Me mostró una goma elástica rota. Con razón tenia el cabello suelto. Era negro, hasta los hombros y alborotado, como ya he dicho, pero solía llevarlo recogido aunque algunos mechones escaparan.

Su falta de vocabulario me parecía tierna. Y es que, a pesar de su apariencia ruda, eso lo hacia ver dulce y vulnerable como un chiquillo atrapado en una travesura (siempre y cuando el chiquillo no fuese Fred o George). Además de que se hacia raro que un chico le pidiese una banda elástica a una... Y no lo hubiese perdonado de no ser por su apariencia tan masculina.

Mis temblorosas manos rebuscaron en todos los bolsillos de mi mochila, tratando de encontrar algo que pudiese servirle. Nunca, ni con Oliver, me había sentido tan nerviosa.

Mis dedos encontraron una cinta y la saqué, pero en seguida sentí que mi cara adquiría un color rojo. Era la cinta blanca de corazones rojos que Leanne me había puesto un día en la trenza.

-Solo tengo esto-. Trate de que mientras, se la enseñaba, mi mano se mantuviese estática.

El rió fuertemente. Yo trataba de ocultar mi nerviosismo. Zhivko me llevaba dos buenas cabezas, y su espalda era ancha y musculosa. Me sentía diminuta a su lado, a pesar de su mirada de niño.

-No... grracias -Reía aun. Sus ojos eran picaros e inocentes a la vez. No podía dejar de verlos.

-Déjatelo suelto.

-Al dirrectorr no le gusta.

Mire hacia un lado y hacia otro.

-Karkaroff no esta aquí. Y hace frío, mejor tener la nuca cubierta –Observé que no llevaba bufanda, y que cuando mencioné el clima reinante me miró como si hubiese dicho que no había nada más hermoso que Severus Snape en tanga de leopardo. Pero me hizo caso.

Reanudé mi marcha, cerrando la conversación y respirando profundo. Cual no fue mi sorpresa cuando el comenzó a caminar a mi lado.

-Damyan Zhivko

Como si no lo supiera...

-Katie Bell -Conseguí responder a pesar de mi creciente alegría, la cual me ponía tensa y me daba un poco de mareos, como si hubiese bebido mucho Whisky de Fuego.

-Bell... -Arrugó la nariz, pensativo-. ¿Nombrre común?

Esa frase podía tener más de un sentido, y traté de pensar cual era el que Zhivko tenía en mente.

-Mucho.

-¿Tenerr… familiarr en… Quidditch?

Amaba como sonaba la palabra "Quidditch" en sus labios. El chico, según lo que sabía, no era aficionado, pero gracias a sus amistades sabía muchísimo del tema.

-¿Conoces a mi prima?

-Prrima… -Se dijo a sí mismo algo en búlgaro.

-Hija del hermano de mi papá –Aclaré. Suena mentira, pero así entendió mejor-. Erika Bell

Hizo silencio, lo cual me indico que sabia quien era mi ahora famosa prima. Desde que se hizo titular, muchos ya hablaban de que sería la siguiente gran cazadora del equipo nacional.

-Grran jugadora. ¿Tu serr igual?

No parecía importarle su escaso inglés, que por lo visto, había mejorado. Era sociable por naturaleza y me estaba comenzando a sentir cómoda a su lado.

-También juego.

-Dicen que ella serr… grran perrsona.

-Por eso dicen que no se parece a mí -Comenté. El rió, nuevamente.

-Tú serr… agrradable, perro como Viktorr.

-¿Cómo?

-Viktorr no ríe. Serr tímido. Viktorr no gustarrle la gente. Tu serr así.

Me habían comparado con Viktor Krum... Creo que me sentía halagada. Y me sorprendió el hecho de que resumía mi forma de ser maravillosamente.

-Algo así –acepté-. Eso no te parecerá agradable.

-Si tu no odiarrme. Gente así serr… sincerra.

Procesé su frase antes de darme cuenta de que dijo exactamente lo que escuché.

-¿Como te voy a odiar? -La sola ridiculez de la idea me hizo sonreír, sintiendo ternura, como si le hablase a un chiquillo.

-Sonrrisa bonita -Sonrió el también.

Nos quedamos en silencio unos instantes. Me había intimidado su comentario acerca de mi sonrisa, que era algo que no se dejaba ver casi, y menos en este curso. Él me había sacado más sonrisas de las que había regalado en una semana.

Estaba destrozada por alguna razón que sospechaba se llamaba "Oliver y sus No-Respuestas", y hablar con Zhivko había sido una de las experiencias más alegres y emocionantes, nunca mejor dicho, que había vivido últimamente. Me sacaba de mi monótona vida y de mi histeria, bien disimulada pero aun existente, por los cada vez mas cercanos TIMOS.

-Karrkarroff -dijo. Yo miré al frente y vi al hombre. Zhivko malinterpretó mi silencio como confusión y no como desagrado-. Decirr que yo… parrecerr mujerr con pelo así -Mi garganta dejó escapar una risita-. Orrdena usarrlo recogido.

Ya que tenía la cinta en la mano, me saqué la liga que tenia en la trenza. Até la cinta (si, la cinta fea) a mi cabello y le ofrecí la liga.

-Grracias -Sonrió, y se ato su cabello. Pude ver sus ojos, que sonreían con el resto de su rostro.

Karkaroff caminaba al sentido contrario que nosotros. Cuando llego a nuestra altura, miro curiosamente a su alumno.

-¿Quién es esta encantadora señorita, Zhivko? –Su inglés, tanto como su acento, eran perfectos.

-Katie Bell -Mi nombre sonaba exótico en sus labios. Sonreí tímidamente.

-¿Es tu pareja para el baile?

Ya esta. Me iba a humillar. Obviamente iba a negarlo, sin dar razones.

Mis ojos encontraron los suyos. Me miraba pícaramente, como si estuviese a punto de enrollarse en un juego de apuestas.

-¿Quierres?

Mi "sonrisa bonita" le bastó como respuesta.


7:38pm.

La cabeza de Hermione Granger se asomo por mi puerta.

-¡Katie, le vas a encantar! -Abrió completamente la puerta y se dejó ver. Leanne, que estaba a punto de salir, se quedo estupefacta

-¡Pareces una reina!. ¿Con quién vas?

Hermione y yo intercambiamos miradas cómplices. Solo Ginny Weasley y yo sabíamos que Hermione, la que tenía el récord de más horas pasadas en la biblioteca, la que era incapaz (según muchos) de lucir femenina, iría con el gran y famoso Viktor Krum.

-De verdad pareces una reina, Hermione -concedí yo, para desviar el tema. Se veía esplendorosa con aquella túnica color añil y su cabello liso y recogido en una cola alta.

-Tú una novia

Probablemente era cierto. Mi túnica era dolorosamente sencilla, blanca, gris y plateada, con cola. Mis adornos eran perlas y mi cabello estaba atado en un moño, tan perfecto que ni me molestaré en describirlo, hecho por mí mejor amiga

-Y Leanne... Parece que hubieses venido del pasado.

Leanne tenía los mismos ojos verdes que Katie Scarlett O'Hara, protagonista de "Lo que el viento se llevo". Así que insistí que se vistiera y se peinara como de esa época, sucedida hace más de ciento veinte años, y ella accedió gustosa.

-¿Vamos, Katie? -urgió Hermione-. Zhivko te espera

Nos despedimos de Leanne y salimos. Ella me había confesado que iba con Krum porque no quería bajar sola, y aprovecho que Damyan había dejado escapar mi nombre para hacernos quedar los cuatro juntos, en plan cita doble. Sólo que, para mi alivio, ellos se llevarían toda la atención: El Príncipe con la Cenicienta.

Caminamos hacia el vestíbulo, donde ellos nos esperaban. Ambos portaban túnicas sencillas, Damyan de color azul marino y Viktor de color rojo sangre. Le hacia efectos diferentes a ambos: Mientras Viktor lucia más fuerte y rudo, Damyan se veía más soberbio, como un príncipe.

Se había cortado un poco el pelo. Supongo que quería dejárselo lo suficientemente largo para su gusto, y lo suficientemente corto como para que no entrara en una cola, y Karkaroff no le fastidiara la paciencia. ¿Qué no lo conocía yo?

Bueno, la verdad era que no.

-Parreces un ángel -Fue lo primero que me dijo al verme.

Noté como Krum se inclinaba a besarle la mano a Hermione, después de lo que Damyan me ofreció el brazo al tiempo que Krum hacia lo mismo con su pareja. Nosotras nos miramos, sonreímos y atendimos al gesto, con comodidad. Al menos yo, agarrada del brazo de Damyan, me sentía como si no hubiese suelo bajo mis pies... Flotando en un mar de sensaciones sencillas pero deliciosas.

Ninguno de los dos dijo nada más y nos limitamos a esperar los cuatro juntos a que abrieran la puerta del Gran Comedor y nosotros pudiésemos entrar. Los campeones y sus parejas (Krum y Hermione entre ellos) se adelantaron a la pista para abrir el baile, mientras que nosotros nos sentábamos en una mesa cercana a la pista.

En esos momentos no pude evitar comparar a Damyan con Oliver.

Uno era un centro, el otro era los extremos. Oliver era tibio, Damyan frío y cálido a la vez. Aunque ambos eran altos, de hombros anchos y de rostros muy masculinos, Oliver se mostraba atlético y simplemente fuerte, pero Damyan era imponente e intimidante, pero cuando "modrías el bombón", resultaba todo lo contrario y su aspecto físico te hacía sentir frente a uno de esos niños que nunca crecen.

Oliver, un río. Damyan el mar en una tormenta. Oliver una fogata, Damyan un incendio. Ambos apasionados, francos, alegres y abiertos… Con la pequeña diferencia de que Oliver era calculador, y solía dominarlo la mente. Damyan era impulsos e instintos hasta un punto en que asustaba.

Vamos… Es arriesgada esta comparación. Pero si me imaginaba una vida con alguno de ellos, Oliver sería aquel que me esperaría en la casa después de un día largo, que me sonreiría, protegería y me haría sentir que todo estaba bien. Damyan… Damyan era toda una aventura, algo impredecible, por lo que mi imaginación se iba por sitios poco… morales, por así decirlo.

El sentimiento tampoco era el mismo. Y eso se notaba porque aun cuando estaba sentada al lado del búlgaro, no dejaba de pensar en el escocés.


Qué noche. Varias horas dejadas en la pista, tobillos maltratados, una Arlens resentida porque su plan de venganza no hubiese resultado y todo un Gran Comedor pendiente de que Damyan, cansado de ese ambiente, me había sacado en brazos ("Tú no poderr caminarr así").

Y ahora, ambos bajo un árbol, un par de varitas clavadas en el suelo haciéndonos luz y unas cuantas mantas recién conjuradas para envolvernos, más juntos que separados, y atenuar el frío.

-Cuando te pedí parra venirr conmigo, yo no saberr… quien erras. Prregunté a mucha gente y conocí.

Técnicamente no me lo pidió. Karkaroff se lo sugirió.

-Preguntarle a la gente no es buena opción si quieres oír cosas buenas.

Él rió. A la dorada y escasa luz, noté las arruguitas que se le formaban al lado de los ojos cuando reía. Era sencillamente adorable.

-No. Tu serr muy... popularr... porr el Quidditch. Jugarr mejorr de lo que dijiste.

La "ch" en Quidditch le sonaba mas acentuada, y como no pronunciaba la "u" en la misma palabra. Insisto: Adorable.

-Puede ser. Gracias al Quidditch tengo a casi todos mis amigos.

La única excepción era Leanne, a la que el Quidditch le traía sin cuidado y se encargaba de defenderme de las malas lenguas que me atacaban aunque a mí no me importase. Pero Angelina y Alicia eran amigas mías por haber trabajado tres años juntas como cazadoras, los gemelos Weasley eran los golpeadores, y Lee Jordan su mejor amigo.

Y Oliver, la persona que me había insistido, manipulado y engañado para que entrara. Se lo había perdonado hace muchísimo tiempo. A el le debía mi paz en Hogwarts… Pero no me había escrito.

Incluso, la mayoría de la gente de Gryffindor se comportaba civilizadamente conmigo porque mi estadía en el equipo les había ganado muchos puntos.

-¿Porr qué decirr eso?

-No me queda fácil hacer amigos, y el Quidditch me obliga. Aunque también tengo enemigos por eso.

Le conté lo que había que saber de Arlens, y después de esto quedamos en silencio.

-¿Puedo pedirte algo?

Damyan se giro a verme, ansioso.

-La próxima vez que quieras saber algo de mí, pregúntamelo a mí.

-Serría larrgo.

-Sobra tiempo¿O no?

Yo no respondió, pero me miró a los ojos de una forma que me hizo temblar y no precisamente de frío (sería acertado decir que… todo lo contrario). Yo simplemente miraba lo único que podía ver: Sus ojos. Estaba oscuro alrededor, y la punta de las varitas iluminaban nuestras caras con una luz intrigante y, todo hay que decirlo, romántica.

Era un momento perfecto. Pero a pesar de que me trataba de convencer de lo contrario, mi subconsciente gritaba que era la persona equivocada. Pero mi parte conciente estaba ahí, sabiendo que un joven bastante guapo (o al menos en mi opinión) acababa de pasar su mano por mi cintura para atraerme hacia su cuerpo.

Cabe decir algo: Aunque no soy como las demás chicas, que usan la mitad de sus neuronas para pensar en hombres, había algunos que me llamaban la atención y simplemente los miraba. Aunque sólo me había enamorado de uno, y no era con quién estaba.

Alicia me había jurado que algún día me iba a cansar de mirar e iba a sentir curiosidad por saber como se sentía un beso o una caricia. Con Oliver no me había pasado. Simplemente me gustaba (...esta bien, lo quería) y me dejé llevar por el sentimiento.

Aquí, sentada, al lado de Damyan, si que tenia curiosidad. Es mas, una atracción fortísima y loca… y curiosidad.

Pero había otra cosa más, que ninguna de mis amigas había mencionado ese otro día: Necesidad. Extrañaba a Oliver. Extrañaba sus labios, sus brazos, sus manos, su forma de mimarme y tratarme como si no existiese más nadie. Y necesitaba olvidarlo. Sentirme querida por otra persona.

Sentirme deseada.

Damyan sonrió, y fue una suerte que decidiese hablar en ese momento.

-Habla de ti.

-Pregúntame lo que quieras saber.

-Edad, herrmanos, gustos, amigos... Lo que quierres.

Comencé diciéndole que tenía quince años y que era hija única. Luego pregunto por Erika, y yo le hable de mis primos, lo que me llevo a hablar de mis problemas con mi mama, ya inexistentes, y lo poco que sabía de mi papá.

Y así, yo también descubrí que él tenia dieciocho años y una hermana mayor, Sofía. Hablo de Krum, de como a veces se sentía relegado a un segundo plano porque su mejor amigo era una superestrella. Supe que él le tenía miedo a las alturas, y que jamás se había montado en una escoba.

Me encontré hablando de mi misma de una forma tan apasionada que me sorprendí, cosa que ni Leanne ni Oliver habían logrado nunca que hiciera. Me interrumpí a mi misma de forma abrupta.

-¿Qué pasa?

-No sé. Hablé demasiado, creo.

-No. Querría conocerrte bien.

Lo mire a los ojos con incredulidad, y el me devolvió la mirada con inocencia.

-No consigo gente que se interese en mí –Confesé.

-¿No tuviste novio? -Era su turno de sonar incrédulo-. Imposible.

Este chico sí que sabía lanzar piropos. Para que a mí un piropo no me incomodase… Eso ya era decir.

-La gente se interesa en mí lo mismo que yo en ellos: Nada.

-Segurro gustas a alguien.

Ahí esta la demostración perfecta de que todos los caminos llevan a Roma, como dice Leanne.

Traté de aligerarme a mí misma hablando en principio de Smith, pero ya luego entré en lengua suelta de tal modo que parecía Gilderoy Lockhart contando su (falsa) biografía.

Le conté mi historia con Oliver desde el principio. Desde aquel primer día en el expreso de Hogwarts, cuando yo era una chiquilla arisca y malgeniada, hasta cuatro años después, cuando ya era una chica reservada pero autentica, que me había besado con pasión y fuego. Todo lo que a nadie le había dicho, se lo estaba diciendo a un joven que apenas conocía.

Cuando me canse de hablar, le pregunte a el por sus novias. Obviamente sus ojos felinos eran populares entre las mujeres, y me contó una que otra cosa de sus novias más resaltantes. No le presté mucha atención, sumida como estaba en mis propias reflexiones.

Había cambiado, eso era seguro. No mucho, pero si habían cambios. La Katie de once años nunca le hubiese contado nada a Damyan. El haber congeniado con los del equipo, Leanne y Lee me habían hecho una persona mas agradable y espontánea. El haber enfrentado a mi madre hacia ya unos años me había dado valor para aceptarme como era y desarrollar mas mis cualidades.

Pero esa Katie era feliz. Esta Katie estaba decaída.

-...Querría a Ivana mucho, perro ella no. Ella querrerr… porrque yo serr amigo de Viktorr. Nadie ve como yo serr. Pocos querrerr por…

-Por ser tú mismo –Al ver que se quedó atascado ahí, terminé su frase con una mueca, indicando desaprobación. Era increíble como sabía hacerse entender con tan poco esfuerzo y dominio del idioma-. Quien no te vea como eres tendría que ser ciego. Y creéme, Damyan, que te quiero por ser tú.

-No parra novios -Hizo un gesto con la mano, como restándole importancia.

Como que mejor no le contaba lo que mi mente, perversa a veces, imaginaba como "Nuestra vida de quedar juntos 10 años después"… Va y le gustaba la idea, y yo era muy joven aún.

-No -concedí entonces-, pero cuenta.

Lo hice reír, pero no de burla sino de alegría.

-Erres especial, Katie Bell.

Sonreí, observando como su cabello le tapaba los ojos, y como movía su cabeza bruscamente para apartarlo.

En ese momento volvió, más fuerte que antes, la curiosidad.

Y volvió la necesidad. El dolor. Las lagrimas que querían asomar en mis ojos, porque los que tenía en frente eran claros y no negros.

Notaba sus gruesos labios alargados por la risa, observe como volvían a su estado normal, y sus ojos como miraban los míos. Como su mano alzó su varita, acercándola a mi cara, detallándola.

Como observaba mi nariz, mis mejillas, mi cuello... mi boca... Como su rostro se acercaba más al mío, ansioso. Como sus ojos azules ya estaban fijos en un solo punto.

Damyan dejó caer su varita al suelo y me aprisiono contra su propio cuerpo, haciendo también de sus labios una prisión para los míos. Y mi curiosidad tuvo una larga hora para saciarse, con sus besos bruscos y violentos sobre mí, mis labios, mi cuello, mis hombros y lo que el escote dejaba ver de mi pecho. Con sus manos que delataban desesperación, y mi respiración intranquila por falta de aire.

Era como una batalla de atracción, locura y dominación.


Tenía más que una razón para llorar.

Número uno: Damyan probo valer mucho más de lo que nadie dio nunca por él. A pesar de que cuando me besaba (sí, que lo hizo más de una vez) le era difícil controlar sus instintos, por decirlo suavemente. Lo que me encantaba era, precisamente, que por difícil que fuese, podía tomar control de sí mismo cuando llegaba demasiado lejos.

Y eso no termina ahí. Resulta que Damyan ya se iba, ese mismo día. Él, la primera persona por la que había sentido una atracción física tan básica y fuerte, se había convertido en un excelente amigo y punto de apoyo, lo que me lleva a la número dos: Había caído en cuenta de que Oliver había querido cortar toda comunicación conmigo. ¿Por qué, entonces, Erika si podía escribirme con cierta regularidad? Incluso las cartas de Adriana, que cruzaban el atlántico, me llegaban una vez al mes.

Mis TIMOS habían pasado ya, agradecidamente, pero ahora tenía una ansiedad por conocer los resultados. Había hablado con McGonagall acerca de mi futuro, y habíamos quedado en una interesante opción si lo del Quidditch no se daba: Jinete de caballos alados. Había criaderos en muchísimos lugares del mundo, y una persona que supiese montar escoba podía agarrarles el tranquillo a esos animales… Y las carreras, sobre todo en América, eran un deporte popular.

Necesitaba unas notas preciosas, por lo que rogaba que lo del Quidditch fuera posible. Y no lo sería si el Montrose Magpies, mi equipo predilecto, no tenía puesto para mí. Era leal a mi equipo, y jamás jugaría para uno que no me gustara. Un poco caprichoso de mi parte, dado a que era el mejor equipo de toda la historia británica.

Todo eso era un estrés adicional.

Y tercero… La muerte, aún reciente, de Cedric Diggory. Aún recordaba su rostro espantado, sin vida. Y más aún, recordaba el día en que me había ayudado a rescatar a Oliver de una ducha fría, cuando nos había ganado. El noble Cedric. Una de las mejores personas que he conocido.

Leanne, siendo su ex, estaba deshecha. Ahora le venían entrando remordimientos de conciencia que, muy quisquillosamente, seleccioné a Lee para que mitigara mientras me iba a despedir a Damyan, que ya se iba.

-Escríbeme –rogué entre lágrimas.

Tomó mi rostro entre manos y me besó suavemente.

-Es una prromesa, Katie –Se montó en su barco, y antes de entrar del todo volteó, me sonrió y se despidió con la mano.

…Otra diferencia básica entre Damyan y Oliver: El primero sí supo cumplir esta promesa.


Notas: Ya sé, tardísimo y encima largísimo. Qué se hace, esto todo estaba en mi borrador y me parecía imprescindible. Fíjense que todo, menos dos escenas, ocurren en el primer trimestre de clases... Lo que puede resultar en que pareciera que pasa poco, pero tenía que presentar bien el conflicto en este caso xD sobre todo porque Damyan es nuevo.

Ya lo siguiente se deja ver: Katie acaba de entrar en una fase depresiva y monótona que no es precisamente algo "de momento", un simple estado de ánimo.

Hay dos cosas que quiero dejar de incógnita todo el fic, porque ni yo misma los he definido: El apellido de Leanne y el color de los ojos de Damyan. Va a la elección de cada una… Personalmente, con respecto a los ojos, los veo como los de un amigo que, si se los describo, no me lo creen. Pupilas ovaladas a la luz y todo.

Damyan y Katie… No sé por qué me gustan como pareja. Quizás porque hay una química, una chispa de atracción loca entre ellos… Aunque es obvio que a ella le conviene alguien más estable, racional, predecible y que la conozca (y respete, de cierto modo) en mayor medida. Y a quien ella quiera, respete y admire de una forma menos fisica. ¿Quién será? (No queda bien que me haga la que no sé…)

Otra vez, gracias a todos aquellos que me apoyan con sus comentarios. No esperaba recibir esa cantidad por capítulo… no tienen idea de lo que su apoyo significa para mí.

Hagamos un intercambio: Les doy mi clásico beso enorme y ustedes me dan un review. Suena justo, porque antes del beso gigante hay DIECIOCHO páginas de capítulo. ¿Va?

Un beso enorme/gigante/como prefieran,

Kayi.