Fotos en la Pared
By: Kailey H. S.

Leer prensa se había vuelto una actividad estrictamente cumplida en mi casa. Primero, porque quizás ponía noticias de mi padre. Segundo, para ver quien desaparecía, quién moría.

Y en una mejor tónica, leer la sección de Deportes. La época previa a los finales eran de gran excitación, prácticamente esta sección estaba dedicada totalmente a los dos equipos que clasificaban. Y sobre todo ahora, que más de uno necesitaba cosas alegres, cosas que subiesen un poco el ánimo.

Erika figuraba como una superestrella. Los periódicos la describían como "una talentosa cazadora que, con sólo veinticuatro años, conquistó al público con sus jugadas precisas y su sonrisa siempre presente, aún en los tiempos más difíciles"

-Siempre admiraste a tu prima –observó mi madre por encima de mi hombro el periódico que leía. A ella jamás le gustó Erika: Más de una vez, después de que descubrió que volaba, la había acusado indirectamente de llenarme la cabeza de cosas que no deberían estar ahí.

-Es una gran mujer –me limité a decir, antes de pasar la página.

-No quiero que vayas a ese partido.

-Iré.

-No, no irás. No son tiempos para estar andando por ahí, Katie Marilyn.

-No andaré por ahí. Vamos a estar Alicia, Adriana y yo juntas todo el tiempo, nos aparecemos allá, nos aparecemos aquí de vuelta. Alicia es una bruja excelente y muy estudiada, y yo no tengo el carné, pero se aparecerme en caso de emergencia.

Angelina no podría venir. Estaba en Holyhead haciendo pruebas y sellando contratos, muy ocupada como para asistir. Tenía que mudarse a aquella región, lo que le tomaría un buen tiempo, y como no estaba segura de que pudiese venir me pidió que busque a alguien más.

La respuesta llegó en la extraña figurita de Adriana Ferrara. Ella y sus padres iban a pasar gran parte del verano en Europa, y a ella la dejaron quedarse conmigo lo que quedase del mismo.

-¿Pueden cuidar de Adriana?

-Adriana no es ninguna niña. Cumple los dieciséis ahora en Octubre.

Miré la página del periódico. "…Emmeline Vance fue hallada muerta…", "Hubo un ataque en…"

Cada día eran más abundantes y peores las noticias, y nada de mi padre.

-Pero está completamente loca.

Reí, pese a todo.

-Mamá, no hables así de mis amigas.

-No, si tienes razón. Adriana no está loca, los locos son sus padres por dejarla venir a este infierno, y más teniendo en cuenta como está todo.

-Tú conoces a sus padres¿Cierto?

-Bastante bien. Al menos, a su padre. Él era mi novio en la época en la que Rigel y yo empezamos a salir. Y no te lo estuve ocultando –se apresuró a decir, con cierto miedo a que yo estallase-, simplemente lo había pasado por alto.

Negué con la cabeza con una sonrisa ladeada, y me apresuré a la página deportiva nuevamente, que había cerrado para que mi mamá dejase de matar mentalmente a mi prima.

Esta vez decía algo del guardián de reserva de la Puddlemere United. No sé como no lo había visto antes.

"Oliver Wood, el joven promesa de su equipo, deja al Puddlemere United dos semanas antes del partido final del campeonato. 'Hay asuntos que arreglar', declaró escuetamente. 'Mi familia me necesita, y no puedo poner el Quidditch delante de todos aquellos a quienes quiero'. Este joven escocés ya había conquistado el corazón de los fanáticos de su equipo, y el de las jóvenes brujas que…"

Así que Oliver si había aprendido algo de mí: Los seres queridos, y no nuestras pasiones personales, son nuestra primera prioridad.

Miré al artículo con cierta mezcla de sentimientos. Me confundía el hecho de que, aunque Oliver no estuviese ahí, no me importaba. Ese partido era uno que disfrutaría de principio a final, sin importar que una parte de mi quisiese ver a Oliver.

No, me corregí. No quería verlo, sólo quería saber por qué nunca escribió. Por qué me dejó tan vacía. Pero me daba igual si para eso tenía que estar presente físicamente.

Una vez superada la fase inicial de depresión, seguía sintiendo dolor y abandono, pero ya no desesperación ni tristeza constante. Comenzaba a invadirme una estática aceptación que detenía este estado de inercia.

Como dijo Angelina, tenía que levantar el trasero de la silla y hacer algo por mí misma, no las cosas se apoderen de mí como un vicio, una droga. Pararme y luchar, superarme, aceptar que no todo está al alcance de mi mano y que de nada vale llorar sobre la poción derramada.

-Ma, necesito que me dejes ir a ese partido. Es mi equipo preferido y en el otro juega mi prima–insistí.

-¿Desde cuando mi permiso te vale algo? –Su tono era pausado, pero era esa su manera de reprocharme.

La miré a los ojos. Eran marrones, como los míos y los de mi padre. Siempre dije que los heredé de él, porque prefería creer que era una mirada de fuerza, terquedad y determinación, una mirada de fuego… Y no la apagada de mi mamá.

Pero comprendí. Yo era tan poco conciente de los demás… Siempre pensaba en mí misma, sin importarme de qué forma estaban afectando mis acciones a los que me rodeaban. Si lo que era importante para los demás interfería con lo que era importante para mí, lo dejaba de lado y no se diga más.

Ahora el haberle ocultado que jugaba a mi mamá sonaba estúpido: El problema hubiese sido mucho menor. Creo que me gustaba la idea de esconderme, de sentir que me rebelaba. Era ridículo haber casi matado a Angelina por hacer que no me dieran la capitanía a mí, si era obvio que no podía lidiar con ella.

Contrario a lo que siempre me hicieron creer, no era más que una niña. Siempre necesitando que los demás estén detrás de mí, porque no conozco mis límites. Por primera vez me fijé un límite, una barrera: Mis libertades terminan donde comienzan las de los demás.

Perdida en la mirada sin luz de mi mamá, me acerqué y la abracé, dándole un beso en el cachete

-Desde este momento, ma. Si es tan importante para ti me quedo en casa. Ya Zacharías me dirá los resultados…


Bendita sea mi madre. Bendita sea Alicia, por entenderme y de paso, vender nuestros puestos a sus compañeros de trabajo por el doble del precio. Y bendita sea Adriana, por haberse quedado las vacaciones en mi casa, amenizando un poco el pesado ambiente que se respiraba.

-¿Katie?

Me volteé, y sonreí a los ojos azul zafiro de Zacharías Smith.

-¿Qué tal todo? –pregunté, y él sólo se encogió de hombros.

Éramos pareja fija en esa clase de Herbología. Como dije una vez, "entre bichos raros nos entendemos", y mientras ambos éramos desconfiados de la gente que no nos interesaba, entre nosotros nos unía ese lazo delgado que nos hacía llevarnos extrañamente bien.

-Aún no me recupero de lo ocurrido en la final… Tienes suerte de no haber ido –Su tono no era de queja, era un tono dolido.

-Hubiese valido la pena nada más por ver el último gol de Maddock –dije yo. Otra cosa nos unía: Nuestro fanatismo con el Montrose Magpies-. Pero sí, es sorprendente que la gente siga yendo a estas cosas, yo incluida –añadí con amargura-. Siempre consiguen arruinar los eventos más importantes del Quidditch.

Rió un poco, pero era una risa agria.

-Casi no regreso a Hogwarts. Mi papá está asustado y furioso por todo lo que pasó.

…"Y el mío desaparecido", hubiese querido responder. Pero con los tiempos como los que corrían, no era conveniente que la gente supiera que yo era hija de alguien que había luchado fervientemente la primera guerra. De hecho nadie lo sabía, sólo mis amigos más cercanos: Había tantos Bell en el mundo, que de ahí a que me relacionasen con el Auror desaparecido había un trecho kilométrico.

Era esa una paranoia mía. Mi mamá me decía que la posibilidad de que nos buscasen era nula, y yo quería creerle. "Si nos buscaban, era para dar con él", era su hipótesis. "Ya lo tienen, ya no tienen nada que hacer con nosotras. No digo que me alegre eso, pero estamos a salvo."

-Irónicamente, mis padres consideran que estoy más segura en Hogwarts. Opines lo que opines –le advertí-, Dumbledore es un mago excelente y Hogwarts es una fortaleza.

Asintió con la cabeza, pero no dijo mucho más.

-¡Katie! –Unos brazos se me lanzaron al cuello por detrás, y reconocí el anillo dorado que decoraba la mano blanca.

-Leanne –Me volteé y sonreí a mi amiga. Zacharías inclinó la cabeza como gesto de reconocimiento, gesto que ella devolvió saludándole con la mano.

-¿Es verdad lo que pasó en las finales?. ¿Es verdad que hubo un ataque y que…?

-Yo lo vi –respondió el rubio-. Yo estuve ahí, y no fue nada agradable.

-Me imagino. Katie¿Tú no ibas a ir?

-Mi mamá no quiso. Merlín la bendiga –repetí por enésima vez.

Nos quedamos callados, procesando los acontecimientos.

-Mi mamá… -suspiró Zacharías-. Ojalá ella se hubiese quedado en casa.

Intercambié una mirada con Leanne, y me bastó para saber que ella había entendido lo mismo que yo.

Sin decir una palabra, rodeé al rubio con mis brazos e hice que apoyase su cabeza en mi hombro. Mi amiga me sostenía la mirada aún, impactada.

-Maldita guerra –fue todo lo que dijo el reservado Zacharías al respecto.


Tosiendo, envuelta de pies a cabeza por varias capas de ropa, me dirigía a Las Tres Escobas con Leanne. Ninguna de las dos tenía muchas ganas de visitar Hogsmeade, pero la idea de una cerveza de mantequilla nos sedujo.

-Estás enferma –observó mi amiga, aunque no había que ser demasiado perspicaz para notarlo-. No deberías haber salido.

-Lo se –articulé-, pero vamos, no es demasiado el tiempo que estaremos fuera. Tomamos algo y regresamos.

Entramos al local, y el calor me agradó. Tosí un poco, oteando el lugar en busca de una mesa para dos libre. Al fallar en la misiva, nos fuimos a sentar a la barra.

-Nada como una buena cerveza de mantequilla –susurró Leanne, después de haberlas pedido-, aunque quiero probar algo más fuerte.

Negué con la cabeza.

-Paso. Mi nivel de tolerancia es bajísimo.

-No puedo creer que una de éstas –dijo, tomando una de las jarras que nos acababan de pasar- te haga algún efecto.

Agarré la otra jarra y sorbí. Era ésta una de mis bebidas favoritas, si exceptuamos un café bien hecho, de los que sólo tomaba cuando iba a Colombia.

Estuvimos un rato en silencio, disfrutando el ambiente. La luz del lugar era naranja, muy tenue, y me había adormilado un poco.

-Lee me escribió ayer diciendo que quería verse conmigo –dijo de pronto.

-Ustedes dos están en plan "búsquense un hotel" –dije. Y es que cuando estaban juntos, la miel parecía agria a su lado.

-Claro, porque tú y Zhivko no daban ninguna exhibición… -Rodó los ojos, irónica.

-Sólo me besó una vez en público y fue un pico –zanjé la cuestión, y bebí un último sorbo-. Pero ya, no es asunto mío y me encanta verte tan contenta con Lee.

Sonrió, al mismo tiempo que yo tosía.

-Vamos de regreso al castillo, frente al fuego –urgió ella.

-Aquí está delicioso… no hay necesidad –me quejé.

-Tienes razón, pero esa tos no me gusta nada, y mejor que te agarre allá si se agrava.

-Sí, mamá –respondí cansinamente-. Voy al baño mientras terminas tu cerveza de mantequilla.

-Te espero.

Recuerdo haber caminado hacia el servicio. Haber abierto la puerta, y ver una varita apuntada hacia mí. Pero no recuerdo nada más.


Calor… vacío… dolor…

Y en medio de todo, Oliver.

Caigo hacia lo profundo de un abismo.

Un par de ojos negros. Oliver.

Una mano se extiende hacia mí. Trato de agarrarla, no puedo.

Pero tampoco puedo morir. Necesito que alguien me saque de este infierno.

Oliver.

"Aquí estoy", me dice su voz. "Aquí estoy, Katie"

Oliver.

Una mano sujeta mi muñeca y paro de caer.

"No te vayas. Te necesito"

Te necesito, Oliver. No te vayas.

"Katie, necesito que me perdones"

Su mano me sostiene por sobre el abismo.

¿Perdonarle qué cosa?

Unos labios perfectos. Oliver.

Me trata de halar hacia arriba.

Un brazo firme. Oliver.

Tomo su mano, y todo se desvanece.

Blanco. El calor se queda. Rojo, el infierno nuevamente.

No me dejes, Oliver.

"No me dejes, Katie"


-Katie…

Parpadeo.

-¡Katie!

Esa voz… Esos ojos azules.

-¿Al?

-Katie, por Merlín. Estás viva.

¿Estoy viva?

-Yo… ¿Dónde…?

-Linda, no tienes idea por lo que acabas de pasar. Pero ya acabó y estás bien. Estás en San Mungo.

Traté de llevarme una mano a la cabeza. Todo me pesaba…

-Hace calor.

Me quitó las sábanas de encima. Seguía haciendo calor.

-Merlín… estás congelada.

-Calor –repetí, obstinada, con muy poca fuerza.

Sentí como algo acariciaba mi rostro. Abrí los ojos. Unas manos lavaban mi cara con un paño humedo. Nuevamente, los ojos azules de Alicia.

-¿Qué haces aquí? –pregunté.

Parpadeé. Comenzaba a despertar, comenzaba a oler, a sentir. A ver. A entender.

-Trabajo aquí desde hace meses.

-¿Yo…?

-Llevas aquí un buen tiempo. Estamos en Abril.

¡Abril…!

-¿Qué paso? –inquirí, un poco más despierta.

-Un objeto maldito… Lo agarraste y no se cómo, al parecer tenías un agujero en el guante…

-No recuerdo.

-Imperius, Katie. Imperius.

-¿Yo…?

Mientras trataba de hacer que mis palabras sonasen de forma coherente (y fracasando rotundamente), la puerta se abrió de par en par. Un sanador veía a mi amiga con rostro serio.

-¿Hace cuánto se despertó, Spinnet?

-Hace dos minutos, señor Porsley.

-Creí informarle que había de avisarme si esto ocurría.

-No está en condiciones para ser interrogada. ¿Su familia sigue aquí?

-¿Mamá…? –articulé. Eso: Quería a mi mamá. Cual niña pequeña, "¡quiero a mi mami!"

-Haga las llamadas pertinentes mientras yo la interrogo.

¿Interrogarme?

-No está en condiciones.

-Spinnet…

La puerta se cerró. El hombre posó sus severos ojos sobre mí.

-¿Qué vio?

¿Qué vi?

-...

-¿Recuerda algo?

Abrí la boca. Calor, recordaba calor. Y recordaba un par de ojos oscuros como los que ahora me miraban.

Oliver.

No podía hablar. Necesitaba una presencia reconfortante a mi lado. Necesitaba saber que mi pesadilla había acabado. Que ya no volvería a sentir calor, ni ese miedo, ni ver todo negro.

Esa mano.

-Alicia… quiero… quiero hablar con… con Alicia.

-De acuerdo.

Silencio. ¿Un minuto?. ¿Dos años?

-Tu madre ya viene –dijo una voz desde detrás de la puerta. Al, la "mamá del equipo". Creo que sonreí aliviada al verla.

-Spinnet, la paciente sólo responderá ante usted.

-Genial –No pudo evitar decir-. ¿Nos deja solas, doctor Porsley?

La puerta se cerró un par de segundos después como respuesta.

-Entonces Katie… ¿Crees estar preparada para responder?

Dudé un poco, pero asentí. Las imágenes eran difusas, era como si hubiese estado a las verjas del infierno.

-Bien. ¿Recuerdas algo?

Oliver.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, y giré mi rostro hacia el lado contrario a donde Alicia se hallaba.

-Oh, Katie.

Mi amiga recostó mi cabeza en su pecho, y me acarició el cabello.

-Todo está bien. Ya pasó.

-Ya paso… -susurré, más hacia mí misma que hacia ella. Estaba viva.

Miré hacia la puerta. Una figura grácil entraba, figura que reconocí de inmediato.

-Ma…

-¡Katie! –mi madre casi corrió a sacarme de los brazos de Alicia y darme ella misma un abrazo.

-Ya pasó, ma –le dije yo a ella, y no ella a mí-. Todo está bien.


Leanne estaba en frente de mí, con sus ojos verdes perdidos en un pergamino de Defensa Contra las Artes Oscuras. No la recordaba tan seria… Para mí no había pasado demasiado tiempo desde que la vi por última vez, pero había estado ocho meses en las puertas del infierno, y ella sí los había sentido pasar.

Por una vez, se puede decir que mi amiga había crecido. Y me sentía aliviada por la forma en que cuidaba de mí, y sabía que también era un alivio para ella.

Al lado mío, Zacharías me explicaba Herbología.

-No es por ser pesimista –dijo, aunque de él siempre me esperaba comentarios del estilo-, pero no creo que te dejen presentar los EXTASIS habiendo faltado más de la mitad del año escolar.

-Nunca está de más prepararse¿no?

-No, creo que no. Además, tú no necesitas los EXTASIS. Sales del colegio directo a algún equipo profesional de Quidditch…

-Es el Montrose o ninguno. Sé que tengo mis prioridades mal organizadas –añadí, viendo que Leanne fruncía el entrecejo-, pero ha sido mi equipo de toda la vida, y no puedo dejarlo. Si jugase en otro equipo, creo que no soportaría un sólo partido contra el Montrose Magpies.

-Radical –me regañó Zacharías.

-Orgullosa de serlo. Y vas a ver que lo consigo, tome el tiempo que tome.

-Ya se te destruyeron los sueños de granjas y caballos alados, por lo visto –Leanne dijo con una mueca.

-Me encantan esos animales y por eso soy la única del curso tomando Cuidado de Criaturas Mágicas en el EXTASIS. Pensaba irme un año a trabajar en una granja, aunque las cosas han cambiado mucho.

Después de lo ocurrido, pensar en irme sola me daba pánico.

-Quién te ve en esas… -afirmó Zacharías en forma de pregunta retórica.

-¿Y a dónde irás?

-No lo sé, hubiese querido irme a Bulgaria si Damyan se quedase allá…

-¿Qué has sabido de él? –preguntó mi amiga.

-Va a pasar verano en Inglaterra. Al parecer en su trabajo le están exigiendo que hable inglés y va a venir a quedarse un tiempo –sonreí.

-¿Y cómo pensabas hacer tú para aprender búlgaro? –preguntó el Hufflepuff

-Ya me las arreglaría. Soy buena con los idiomas, y para lo que yo hablo con la gente…

-Nunca cambias¿eh, Katie?

-Sí, sí cambio. Pero mucho me temo que la esencia es la misma.


"Damyan:

Dieciocho es una edad tan fuerte. No puedo creer que ya me toque a mí. No quiero crecer. No estoy aún preparada para ser responsable, y necesito sentir a alguien siempre conmigo. Es gratificante tener algo que fue tuyo pegado siempre a mi muñeca. Lindísimo el detalle, lo agradezco. Cumples tu cometido de hacer que te sienta presente siempre, y no sabes cuanto me alivia que sea así.

Es terrible pensar que ya no soy una niña. Ya soy responsable de mí misma ante la ley, y es ahora cuando más necesito que me cuiden, que alguien me garantice que todo está bien. Que no tengo por qué preocuparme…

A quién engaño. Estamos en plena guerra y pude haber muerto por culpa de mi inconsciencia y de ese artefacto. Nadie me garantiza que la próxima vez tendré suerte. Y la próxima vez puede salir de donde sea… ¿Ves? Me volví paranoica y dependiente. No bajo sola ni siquiera a mi Sala Común. No salgo del castillo ni para volar. A duras penas salgo de la torre.

Quiero creer que esa fue cuestión de mala suerte, de mal momento, pero no puedo. Es más fuerte que yo. Yo nunca he sido especialmente cobarde, pero ahora… ahora me da miedo todo, y sólo me provoca encerrarme en mi cuarto, meterme en mi cama y no salir jamás de ahí.

Pero tengo tanto miedo a todo que tomo la poción para dormir sin soñar, para ahorrarme pesadillas. La única vez que la olvidé… bueno, no quiero hablar de eso.

Damyan, incluso me da miedo mandarte esta carta. ¿Y si la interceptan?. ¿Y si me rastrean?. ¿Y si…?. ¿Y si…¡Ves!. ¡Ya empecé de nuevo!. Al parecer la cuestión no era conmigo, me pidieron… no, me ordenaron meter el artefacto maldito al castillo. Me estoy volviendo loca.

Te dejo aquí, antes de que se me ocurra quemarla por miedo a creer que alguien la va a leer y nos va a hacer daño. No va a pasar ¿Verdad, Damyan?

Obicham vi,

Katie."


Cuando quise volver a casa, me encontré con una sorpresa desagradable: Habían atacado al vecindario. Mi mamá estaba bien, pues había estado en el hospital cuando sucedió, pero mi tía estaba herida gravemente, los padres de Roger y Shirley habían muerto, y nuestra casa estaba destruida. Entre muchas otras.

Mi mamá se quedaba en el viejo apartamento de mi papá, en Belfast. Aún olía a tabaco, y yo recordaba todas las conversaciones tenidas ahí, con él imponiendo su mano fuerte en todo lo que podía…

En cambio ahora, la discusión que tenía con mi madre no se parecía a ninguna que hubiese tenido antes.

-No voy a ir sola, mamá. Ven conmigo.

-Eres el colmo.

-No, tú eres el colmo. Se supone que haces esto para protegerme y lo agradezco, pero por Merlín, si buscan a alguien es a ti, no a mí.

Suspiró con cansancio.

-No nos buscan. Después de lo que te pasó no puedo arriesgarme a que te pase nada más. No pudiste presentar tus exámenes, y me parece que estarás más protegida allá que si te quedas a estudiar el próximo año aquí, si es que abren. Estará Adriana contigo.

-Por favor, ven.

-No puedo, Katie. No puedo dejar este trabajo.

Mi mamá casi nunca estaba en casa. Solía ocuparse en trabajillos sin mayor relevancia, pero en ese momento tenía uno más grande que era para una línea de ropa en específico. Había visto sus fotos en las tiendas y revistas, y no me costó entender por qué el publicista quería a una modelo como ella: Tenía ya cuarenta y dos años, exótica piel bronceada que indicaba su ascendencia latina, y se veía varios años menor. Todo en su semblante era calma, serenidad y elegancia, dándole a la ropa que vestía mayor gala.

Eso, y sus juegos de bridge tres veces a la semana, la tenían gran parte del tiempo en Londres. Sobre todo ahora que, sin mi padre y sin Ministerio que pague, podíamos vernos en apuros relativos si mi mamá dejaba de trabajar.

-Allá no tienes por qué tener miedo, te lo prometo. Vas a ver, haces tus clases, tus exámenes y para cuando vuelvas a Inglaterra ya todo va a haber acabado.

Tragué saliva. Sabía lo que cruzar el atlántico significaba: Dificultad para la comunicación. Me iba a llevar una lechuza, pero no podía tenerla cruzando el océano toda su santa vida.

-Es un año –susurré, poco convencida.

-Es lo mejor.


Cualquiera creería que estudiar un año en el extranjero es una de las mejores experiencias que se pueda tener. Ese no fue mi caso.

Alejada de todo lo que amaba, en una escuela de puras mujeres, aislada de los sucesos… Sin saber quien desaparecía, quien moría… ¡Podía ser cualquiera de mis amigos, maldita sea!

Y para colmo, las niñas de este colegio, donde Adriana estudiaba, no tenían idea de cómo se jugaba al Quidditch… pero prontamente entendí por qué, y que no era su culpa del todo.

En Colombia, todo era mucho más a lo muggle. La Escuela "La Victoria", o E.L.V., no era un internado, mas daba la opción. Yo me quedé interna, y tuve a Adriana acompañándome. Ella siempre se quedaba interna, decía que le daba muchísima más independencia. Todas las del equipo de Quidditch, de hecho, se quedaban internas.

Había tres institutos de magia en toda Colombia. El Fénix, conocido por sus excelentes jugadores de Quidditch. Había otro al norte con un nombre largísimo y un dialecto nativo, al que simplemente llamaban Caribe, por ser el único en toda Latinoamérica que veía Artes Oscuras. Y la E.L.V. por ser exclusivamente femenino y lo suficientemente pequeño como para poder tener sede en la capital.

El resto iba a secundarias muggles y aprendían magia en casa, o nunca aprendían magia: La educación mágica en Colombia no era gratuita o por plazas, como en Reino Unido, y más de uno no tenía como pagarla. Aunque había becas, no era suficiente.

-No entiendo de qué te quejas. Pasaste las pruebas, estás en el equipo titular…

-No me gusta que no haya capitán.

-Yo soy la capitana –se quejó Adriana.

-Sí, pero es algo simbólico. El entrenador es quien decide todo, las tácticas… No es como allá que quien dirigía los equipos éramos los propios alumnos.

-Yo creo que es mejor teniendo un entrenador. Nos ahorra varios problemas –habló una chica joven, de unos catorce o quince, que tenía su largo pelo peinado en dos trenzas.

-Yo sí creo que Katie tiene razón –me apoyó Adriana-. El problema es que ninguna de nosotras tiene el nivel ni el conocimiento necesario como para entrenar a un equipo. Recuerda que fue hace muy poco que pedimos que se nos diera Quidditch a modo de actividad extracurricular, y ni siquiera es que tenemos un campo…

-¿Entonces cómo hacen? –pregunté horrorizada.

-Vamos al del Fénix, que al fin y al cabo podemos usar un traslador o la red flu. Tenemos horarios fijos, y ellos saben que el campo es nuestro todos los martes de cuatro a seis.

-No tenemos campo, entrenamos una vez a la semana… Y pretenden que eso sea un equipo serio de Quidditch –me horroricé.

-Sugiere tú algo mejor –me retó la chica de las trenzas.

-Negociar más horas con el Fénix. Tener a una capitana que sea quien idee las tácticas y dirija al equipo, y decirle al entrenador que simplemente nos supervise.

-Ajá. Y supongo que tú te consideras capaz de dirigir al equipo.

Lo pensé unos instantes. No serlo, pero esto no era Hogwarts, la competencia no era tan ardua y sentí que nada perdía con intentarlo. Miré a Adriana, que apuntó sus ojos azules hacia mí y se sacó de la cabeza el cintillo que identificaba al capitán de equipo.

-Va a ser fácil. Tengo varios contactos en el Fénix. Toma, Katie –me extendió la cinta-. Haré caso a la sugerencia de Fabiola y te cederé la capitanía.


Cuando Adriana me habló de "contactos", no me imaginé que serían…

-…Manuel, mi novio… Sebastián, Arturo y Alejandro, mis primos. Ella es Katie, vino desde Inglaterra en un intercambio.

-Mucho gusto –dije, sintiéndome fuera de lugar. Los primos me veían como si fuese un animal exhibido en el zoológico, y el novio de Adriana la saludaba con un beso de esos que a cualquiera le incomoda presenciar.

-¿Qué edad tienes? –preguntó el llamado Sebastián. Adriana negociaba con su novio el derecho al campo, mientras me dejaba a mí con tres perfectos desconocidos que me hacían sentir inconfortable.

-Dieciocho. Me perdí casi todo el año escolar pasado y tengo que repetirlo –Me lo habían preguntado tantas veces, que ya lo decía como autómata-. ¿Ustedes?

-Los morochos dieciséis, yo diecisiete. Dieciocho ahora en Octubre –respondió Sebastián, con una sonrisa.

Los otros dos, noté, eran bastante parecidos y tenían ojos oscuros, pero los de Sebastián eran entre miel y café claro, lo cual hacía un bonito contraste con su piel bronceada.

-Ya veo –respondí de forma escueta.

-¿De dónde se conocen mi prima y tú?

-Nuestros padres eran amigos.

Él pareció notar mi desinterés, por lo que no preguntó nada más. Los morochos se excusaron diciendo que tenían tareas y se fueron.

-No se separan –susurró irónico-. Cualquiera diría que el ser tan diferentes los haría pelear, pero no se ve al uno sin el otro.

-¿Son sólo ustedes tres?

Asintió con la cabeza y sonrió. Era bastante extrovertido, pero su sonrisa resultaba algo tímida en contraste.

-Katie, vámonos –Llegó Adriana por detrás de mí-. Hace media hora debíamos estar en…

-Fuiste tú quien se entretuvo.

-Casi nunca me veo con Manuel –se defendió-. Buenas noticias, Katie. Tenemos los martes y jueves de cuatro a seis y los sábados de ocho a diez.


-Ese hechizo no sirve para nada. Es lo mismo que el obliviate.

Suspiré. Ya yo había visto esta materia… me daba un poco de rabia tener que pasar por todo esto sólo para presentar mis exámenes, que probablemente igual no sirviesen de nada. Eso si conseguía cumplir mi mayor meta: Entrar al Montrose Magpies.

-No es lo mismo, Adri. Para empezar, para recuperarte del obliviate necesitas un contrahechizo, con el abscidere conligo basta sólo un suceso detonante. Con el obliviate borras los últimos sucesos ocurridos, el pasado más reciente. Con el abscidere borras según recuerdo. No sé como explicarlo, es como si separaras una cadena, le quitases unos eslabones y la volvieses a unir.

-¿Con el obliviate no?

-No. El abscidere es selectivo. Puedo borrarte, por ejemplo, esta conversación de la mente, pero vas a recordar claramente que estuviste hablando conmigo aunque no sabrías de qué, que hacía un frío espantoso, que llovía y que estabas preocupada porque teníamos entrenamiento y no habías terminado tus deberes. El obliviate te borraría eso incluso. Te borraría todo el tiempo transcurrido. ¿Entiendes?

-Perfectamente… Luego lo ensayamos. Ahora creo que deberíamos reunirnos con el entrenador para irnos al Fénix.

Después de una semana de estar diariamente acosándolo por los pasillos, Adriana y yo habíamos conseguido que cediera. Al final, el trabajo pesado lo hacía yo como capitana, y a él le pagaban más. Lo cierto es que nos aconsejaba bien. Yo nunca fui una estratega brillante, no como Oliver o Angelina, e incluso Harry, y el equipo no me quería demasiado.

Recapitulo: El equipo me odiaba. Empezando por Fabiola, que nunca estaba de acuerdo con nada. Hoy no iba a ser la excepción.

-Está lloviendo, maldita sea.

-¿Y el problema es que…?

-¡¿Cómo pretendes que juguemos así?!

La encaré. Caminaba detrás de mí, y su tono altivo me desesperaba. Más desesperante aún era saber que la chica tenía catorce y yo me rebajaba a tener peleas con ella.

Vamos, que ni siquiera con Arlens.

-Mis capitanes siempre pretendieron que yo entrenase con nieve. Y nadie se quejaba. Nos levantaban a las cuatro de la mañana cuatro días a la semana a veces. Es sencillo, Fabiola. O haces lo que digo o te vas. Y eso no lo establecí yo –Sonreí al recordar la libertad que el entrenador me había dado.

La chica no tuvo más quejas, o si las tenía no se atrevió a exteriorizarlas. Sí hubo un murmullo por parte de la otra golpeadora, pero decidí ignorarlo.

Quien sí tuvo quejas fue el entrenador. Una vez de regreso, me llevó aparte.

-Está haciendo un trabajo excelente –señaló con su acento extranjero que, como me dijeron más tarde, era peruano.

-Bueno saberlo.

-¿No considera que hay algún fallo en el equipo?

Me puse a pensar. No éramos especialmente buenas, pero combinábamos bastante bien. Las golpeadoras, Fabiana y otra chica de su curso, eran agresivas. Las tres cazadoras éramos ágiles y ligeras, Adriana como guardameta tenía unos reflejos excelentes y…

-…la buscadora no atrapó una sola vez la snitch –completó él mis pensamientos-. Las demás están dando lo mejor de sí, y hay un progreso en todas menos en ella.

Me avergoncé al ser capitana y no haberlo notado, y nuevamente el entrenador me leyó la mente.

-Eres la capitana, y deberías estar pendiente de tu equipo para planificar una estrategia que responda a sus necesidades. Me gusta la iniciativa que han tenido al querer hacer un equipo más serio y no me arrepiento de haberles dado la libertad –añadió-, pero terminen de demostrar que estaba en lo cierto.

Adriana había tenido mucho más que ver en todo esto. Llevaba deseándolo un buen tiempo, pero no se sentía capacitada para llevar ella las riendas. Me había confesado que sabía que no era difícil que nos dejasen: El entrenador la adoraba, al igual que su novio, y como era una actividad extracurricular no tenía nada que ver con el colegio. De hecho si el hombre había dudado era por mí.

-Entonces –concluí-, vamos a tener que hacer pruebas para encontrar a una buscadora nueva.


La biblioteca era un lugar pequeño y poco concurrido. A mí me gustaba ir allá a hacer mis tareas. En el cuarto que compartía con Adriana teníamos un escritorio, pero vivíamos en medio de un desorden y no era ese el ambiente ideal para hacer mis deberes.

-Katie…

Alcé mi cabeza y me encontré con la mirada de Fabiola.

-¿Adriana te mandó a decirme algo?

-No, sigue molesta –bufó.

Increíblemente, la única que no había lamentado la decisión de sustituir a la buscadora fue Fabiola. Decía que ya tuvo cinco años en el equipo y no había probado ser de valor… Era una chica con ganas de trabajar, pero ya a los diecisiete años no podía hacer mucho al respecto si no lo había hecho antes.

Llevábamos poco más de un mes de entrenamiento, ella no progresaba, no conseguíamos a una buscadora mejor y nuestro primer partido estaba cerca. Hacíamos una especie de liga intercolegial que era algo como la competencia entre casas de Hogwarts.

-¿Para qué viniste?

-Necesito pedirte una especie de favor.

Me lo tuve que haber imaginado. Sonreí de lado.

-Dime.

-Pues… Conozco a alguien que puede jugar como buscadora…

La respuesta a todas mis plegarias.

-¿Y cuál se supone que sería el favor que yo te estaría haciendo? –pregunté, cerrando el libro que estaba usando.

-Es mi hermana.

Ya comenzábamos a entendernos.

-Deyanira Sayago, de primer curso –añadió, ansiosa-. Sucede que mi mamá no la deja jugar, y por eso no…

-Ya va –interrumpí-. ¿A ti sí te deja jugar?

No tenía lo que llamo "talento natural", pero Fabiola era una golpeadora agresiva y precisa, como la punta de una flecha.

-Ja. Le tocó eventualmente, no puede evitarlo.

-¿Y por qué? –pregunté, ya definitivamente lejos de mis deberes. A ella debió extrañarle mi interés, porque frunció el ceño antes de responder.

-Porque mi mamá tuvo un accidente jugando, y desde entonces opina que es un juego violento que no está hecho para mujeres. Su esperanza al inscribirnos a Deyanira y a mí en la E.L.V. era borrarnos esa idea de la cabeza.

Quién pensaría que encontraría cierta comprensión en ella, precisamente.

-No quiero hacerla desobedecer a su madre… -La boca de ella ya se iba deformando en una respuesta impertinente cuando yo sonreí-, sin embargo me interesa muchísimo verla jugar.


Puede ser que Fabiola Sayago y yo hubiésemos tenido una sola conversación decente en nuestras vidas. Puede que no hubiese entrenamiento en el que no discutiésemos.

Pero algo es innegable: La chica tenía ojo para el Quidditch. Era una estratega de primera y sabía cuando un jugador servía para algo. A veces cuando no estaba de acuerdo con algo que yo decía y me lo hacía saber, y a las demás

Su mejor hazaña, sin duda, fue conseguir a Deyanira, y convencerla para que entrase al equipo. A mí no me tuvo que convencer, después de probar a esta chica fue obvio que ella sí tenía "talento natural". Joven y con vista de águila literalmente, no había snitch que se le escapase.

Las dos podían pasar por morochas. La menor tenía la piel más clara, el cuerpo menos desarrollado, ojos negros y cabello también más oscuro y liso. Ahí acababan las diferencias.

Después del primer partido contra el Caribe, en el que la chiquilla atrapó la snitch a los quince minutos, quedó demostrado que la E.L.V. hablaba en serio de Quidditch este año.

-¡Hay que salir a celebrar! –se emocionó Adriana, olvidando que ella fue de las primeras en lamentar el cambio de buscadora.

-Fue un partido excelente –dijo otra chica-. De acuerdo con Adriana, tenemos que salir a celebrar.

Ahora estábamos en las instalaciones del Fénix y debíamos regresar a las nuestras. A las internas nos dejaban entrar y salir del colegio cuando quisiésemos, pero teníamos que estar dentro a las nueve, y los viernes y sábados a las doce. Teníamos que estar con un mayor de edad ante la ley muggle, alguien que pudiese hacerse responsable, lo cual me aliviaba.

Yo tenía todo eso arreglado: No me quedaba los fines de semana. Los sábados y domingos los pasaba o con Adriana o con alguna de mis tías.

-No está el entrenador y no podemos…

-Katie, pareces idiota. ¡Tú eres mayor de edad!

Parece mentira, pero lo había olvidado. Me mordí el labio… realmente no quería hacerme responsable. No podía.

-Katie… -Adriana supo leer en mi expresión-. No nos va a pasar nada. No tengas miedo.

-No puedo responsabilizarme por mí misma, mucho menos por ustedes.

No después de lo que me ocurrió el año pasado, añadí mentalmente.

-Nosotras somos responsables por nosotras. Y yo por Deyanira –Naturalmente, Fabiola tenía que oponerse. A mí ella no me desagradaba, pero era evidente que esto no era mutuo.

Un grupo de chicos se nos acercó. Debían ser del Fénix, porque uno de ellos era el novio de Adriana.

-Jugaron bien –dijo una voz conocida. Volteé y me encontré con Sebastián, el mayor de los primos de Adriana.

-Gracias –respondí, sin poder suprimir una sonrisa.

-¿A dónde van a ir ahora?

-Queremos salir, pero… -Mi mente se iluminó en ese instante-. Tú ya tienes dieciocho¿no?

-Sí. ¿Eso a qué vino?

Miré al grupo de chicos uno a uno, mientras la idea se terminaba de formar en mi cabeza.

-¿Quieren salir con nosotras?


¿Por qué esperaba tanto a que fuesen las dos y nos dejasen salir de clases?

No puede ser por Sebastián, dijo una voz en mi cabeza. ¿O sí?

Mordí la punta de mi pluma nerviosamente mientras Adriana, en el transcurso de la última clase, me miraba con curiosidad.

-¿Pasa algo? –susurró.

-No, nada. Todo bien.

-¿Puedo creer que estás nerviosa por la cita…?

-No es una cita –dije en tono más alto de lo normal, por lo que las de la fila de adelante se giraron a verme-. ¿Ustedes qué miran? –Se giraron nuevamente, seguramente para comentar el chisme.

-Salen él y tú solos. ¿Tengo que creerte?

-Espero que lo hagas –Hice una mueca, sumergiendo la punta de la pluma en el tintero y comenzando a dibujar garabatos.

-Si tú lo dices…

Miré mi reloj. Dos menos cinco. A las tres y media, Sebastián se aparecería por aquí, a la entrada, y saldríamos a almorzar a algún lugar al que él quisiera llevarme.

Mi relación con él era bastante extraña. No me terminaba de agradar, pero tenía algo extraño, algo atractivo. Desde que habíamos salido en grupo la noche después del primer partido, había llegado a conocer al verdadero Sebastián. Me desagradó comprobar que era machista, superficial y lo suficientemente irónico y despectivo como para resultar desagradable.

Sin embargo, aquí estaba yo, a hora y media de salir con ese mismo ser… y ansiosa por ello.


-No te estás concentrando, Adriana. Hasta que no pares cinco lanzamientos seguidos, no nos vamos.

Ya ellas estaban demasiado acostumbradas a los entrenamientos como para quejarse. Yo, por mi parte, ahora comprendía a Oliver. El Quidditch era lo único que me absorbía de mis preocupaciones.

Antes de irme a Colombia, le dejé saber a Leanne que me iba, y fue a la única. Confiaba en ella, pero mi lado paranoico temía que me buscasen, que le lanzaran la maldición imperius y que dijese algo… No importaba cuantas veces me dijera a mí misma que no iba a pasar.

Y desde ahí, nadie había escrito. Mi madre había venido por navidad y había pasado ese tiempo con ella y mis tías. Le rogué nuevamente que se quedara, y esta vez sí me hizo caso, pues confesó que se sentía sola.

En ese momento se me reveló una verdad: Mi madre no era feliz. Había amado a un hombre, a mi padre, con quien jamás pudo estar realmente. Sus estudios, su carrera, la guerra… Y yo en medio de todo. Me pregunto como hubiese sido su relación después de la primera guerra si yo no hubiese nacido.

-…Ya van cinco, Katie –dijo Adriana sacándome de mi propio mundo.

-Sí… cierto. Vámonos.

Bajamos hacia donde el entrenador, quien nos dijo una que otra cosa, entre ellas cuanto habíamos mejorado, y comenzamos a caminar hacia donde habíamos dejado el traslador.

-¿Cuándo es el próximo partido?

-A mediados de Mayo –respondió Adriana-, pero cuadré un amistoso contra el Fénix para dentro de un par de semanas.

-Gracias por avisarme –susurré con sorna, de forma que nada más ella me oyese.

Me tomó del brazo para hacer que detuviese mis pasos y dejar al grupo seguir un par de metros.

-¿Qué fue lo que pasó aquella vez que tú y mi primo…?

-Decidimos que no nos gustábamos mutuamente –Traté de evitar el tema acelerando, pero ella no me dejó.

-Pero a ti si te gusta Sebastián –insistió.

-Adriana, eso está fuera de cuestión.

La dichosa "cita" había sido poco menos que un desastre. No la pasé mal del todo, pero Sebastián tenía tantos de esos defectos que… bueno, todos tienen defectos, pero había algunos que no toleraba.

Y aún así…

Podía ser tan tierno, agradable y hasta dulce cuando quería. Pero vamos, es molesto estar con un chico, pasa una chica "envuelta" en "ropa" y lo primero que hace él es comentar sobre su físico… no, no es demasiado agradable.

-No puedo esperar a que sea Junio para irme –susurré. Esta vez no pretendía que nadie me oyese, pero Adriana tenía mejor oído de lo que creí.

-Dos meses, Katie. Dos meses.


Había decidido tomar los exámenes en Bogotá y salir de eso. No eran los EXTASIS, pero equivalían a los mismos, y por eso me iría dos semanas más tarde de lo debido. No importaba demasiado ahora que quedaban cuatro semanas, y era la víspera de nuestro último partido.

-Fabiola –me acerqué a la chica que veía por la ventana con aire ausente.

-Dime.

-Cuando se termine el partido, tengo que decidir a quien le voy a ceder el puesto de capitana.

Me miró con ojos entrecerrados, como inspeccionándome.

-Y me la piensas dejar a mí –tanteó.

-¿Por qué no? Digo, eres buena, has comprendido el concepto de entrenar duro y tienes unas estrategias en mente que me recuerdan a… a mi primer capitán.

-Pensé que se la ibas a dar a Mafe, que sólo le queda un año…

-No tiene nada que ver. Cuando a mí me quedaba un año en Hogwarts, le dieron la capitanía a un chico un año menor que yo. No tienes idea de lo bueno que era.

-¿En serio? Es extraño. Tú vuelas excelente, muy por encima de la media escolar.

Sonreí. Bien sabía yo cuánto le costaba decir eso.

-No tiene nada que ver. Él estaba más capacitado que yo. Y yo creo que de hecho, tú misma eres más capaz que yo de dirigir un equipo.

-Lo has hecho bien. Sólo que nos has sobrecargado a veces –respondió con sinceridad.

-Todas lo han hecho perfecto. Un buen capitán no sirve sin un buen equipo. Y sobre todo, tu hermanita es algo fuera de serie. Nos ha salvado de más de una.

-Lo sé. Me extrañaría si no la contratan antes de que salga del colegio.

Nos quedamos en silencio unos instantes.

-Entonces¿Aceptas esta cinta a partir de mañana?

-Estaría loca si no.


Era el último día y estábamos a las puertas del colegio, despidiendo a las que se iban vía traslador. Yo aún esperaría un rato antes de aparecerme cerca de la casa de mi tía. Estaba sentada bajo un árbol disfrutando del clima fresco, tratando de hacerme la idea de que en tres días estaría de regreso en el acogedor apartamento que perteneció a mi padre, en Belfast.

La pesadilla llegaba a su fin.

Insisto: Cualquiera diría que un año en el extranjero es una experiencia única, pero para mí no lo fue. Incluso con el Quidditch, que fue lo que me tuvo absorbida toda mi estadía en la E.L.V. Obviamente no ganamos la intercolegial: Los del Fénix seguían siendo demasiado buenos para nosotras, pero ya se veía un progreso.

Lo que me tenía mal es que, como ya he dicho, no supe nada del Reino Unido. Estaba aislada de todo. Cuando mandaba a mi lechuza, llegaba mucho después sin respuesta, hasta que finalmente desistí.

-Katie.

Subí la mirada para encontrarme con el mayor de los primos de Adriana. Al parecer, la familia al completo había venido a recogerla.

-Sebastián.

Fue un momento tenso, al menos para mí. Era algo extraño saber que él me llamó la atención durante este año a pesar de todo… Y él, aparte de no saberlo, no me correspondía.

-¿Qué tal los exámenes?

-Mejor de lo que creí, para no haber estudiado casi. ¿Tú?

-Igualmente.

Nos quedamos en medio de un incómodo silencio. Aún así, casi me río al notar, examinando su rostro, que tenía pecas. Odiosas y adorables pecas, que no se explicaban demasiado teniendo él piel bronceada.

No me hacía la menor lógica por qué sentir algo por alguien que me desagradaba de cierta manera. Pero si hubo algo que aprendí ese año fue que las cosas no son siempre como yo quiero. Debí saberlo antes

-Supongo que esto es un adiós¿eh?

Sonaba demasiado radical. Deseaba decirle que sí, irme y alejarme de él que, si bien no me hizo sufrir en el sentido estricto de la palabra, me hacía más mal que bien. Quería simplemente olvidar que este año pasó, y seguir mi vida como siempre, con la ilusión de que todo estaría bien, que todo sería como antes.

Aunque faltaba ver cómo había tratado la guerra a mis amigos en mi ausencia.


Notas: Lamento la espera para un capítulo tan aburrido. Lo odié. No tienen idea de la odisea que fue escribirlo… Y presiento que Lal y Carly, entre todas las que me leen, van a tener ganas de asesinarme tras soportar dieciocho páginas de relleno.

Estos dos años decidí juntarlos, porque en ninguno pasa nada demasiado emocionante, como pudieron notar. Bueno, en uno Katie pasa ocho meses en coma O.o También es cierto que hay muchas cosas que parecen puestas al azar, mas no lo están… Y si son dueñas de una mente retorcida como la mía, quizás, sólo quizás, puedan unir eslabones.

Pero para eso les tocaría, quizás, leerlo de nuevo. Cosa que dudo que quieran. Ni yo misma fui capaz de hacerlo para auto betearme… Así que si hay errores, ya me dirán ustedes.

Tuve que crear un mundo distinto para sacar a Katie de aquel ambiente, un lugar donde pudiese ponerla en situaciones que le enseñan que las cosas no siguen siempre un patrón, que no todo se puede resolver utilizando la lógica. Un lugar donde creciera como persona y como profesional. Estoy al tanto de lo inverosímil que resulta, no tienen que decírmelo, pero no era algo de lo que pueda prescindir. Sobre este año en el extranjero se basa prácticamente el resto de la historia.

En otro tema, tengo que aclarar algo: Si bien esto tiene sus pinceladas más bien gruesas de romance, la realidad es que habla de la vida de Katie y como ella percibe el mundo gracias a la aparición de ese personaje de ojos intensos que se hace llamar Oliver.

Hay una larga época de la vida de Katie sin Oliver, y que si ella lo tuvo que tolerar, si yo lo tengo que tolerar a medida que lo escribo (me cuesta, no saben cuanto)… a mis lectores, que al igual que Katie están ansiosos por ciertas respuestas, también les va a tocar tolerarlo. Lo siento :P sí les puedo decir que hay muchas heridas que se tienen que cerrar, y muchas otras que se tienen que abrir. Pero todo lo que tiene que pasar va a pasar. Alégrense: Les junté dos capis "de relleno" en uno sólo. Ya falta menos xD

Un beso gigante,

Kayi.

PD: Realmente ODIO este capitulo. Se vale dejar reviews animándome un poquito, y aparte de esos, reviews cien por ciento sinceros. Agh. LO ODIO.