Fotos en la Pared
By: Kailey H. S.
Sabía que todas las historias que habían circulado alrededor de nosotros dos durante época de colegio estaban ahora en dominio público. No había salido de mi casa en tres días. Mi entrenador me había dado licencia por diez días, entendiendo que la prensa rosa era capaz de atacarme hasta en la ducha de los vestuarios.
Y la humillación había sido demasiado grande como para querer salir.
Echada en el sofá con una taza de chocolate, oyendo el suave martilleo de una construcción a unas cuadras, rememoré aquella noche. Aquella horrible noche.
No fue solamente dar voluntariamente detalles personales a Annie Hitchens, ex novia de Oliver. No fue soportar las miradas de la gente que había estado atenta, ni los comentarios. Ni la superioridad de Alexa cuando Oliver no hizo nada al respecto.
Oliver no hizo nada al respecto.
Dejé la taza en la mesita y me concentre en el techo, bloqueando el ruido que se hacia más fuerte. El hecho de que Oliver no demostrase públicamente que tenia una razón de peso para exponerme me había molestado de sobremanera.
No me importó que en algún momento, después de un vals, me haya susurrado al oído que terminaría con Alexa, y alguna tontería romántica que no escuché en ese momento. Quizás no ayudo a mi enojo el hecho de se fue al acto, dejándome con ganas de más Oliver.
Me sacó de mis pensamientos el ruido exterior. Antes lo había identificado como un martilleo lejano, pero de pronto me pareció algo cercano, un martilleo diferente… algo contra mi ventana. Me volteé.
En efecto, una lechuza gris estaba desesperada porque la dejara entrar. Me levanté, taza en mano, e hice caso a sus necesidades. Ya las cartas de Erika no llegaban a esta dirección, así que tuve que asumir que la carta era para mí.
Me dirigí a la cocina, para dejar mi taza de una vez por todas y llevar un pequeño recipiente con agua al lugar donde la lechuza se había instalado, tomando en ese momento la carta. Me senté en el sillón más cercano y la abrí, impacientemente.
"Kate:
Es oficial: Termine todo con Alexa.
Quiero verte. Paso hoy a las 8pm.
Oliver"
Estaba por anochecer, indicando que solo tenía un par de horas hasta que Oliver llegase.
-Te hicieron venir hasta acá solo para esto –Le dije a la lechuza, aunque sabía que no podía entenderme, mientras arrugaba la carta en un puño y la alzaba como para que la viera-. Eso viniendo de un hombre que se ha aparecido borracho en mi sala de estar, sin avisar y mientras otra persona vivía aquí. Quién lo entiende.
A decir verdad, estaba nerviosa. Me bañé, me vestí y tomé mi 'Lo que el viento se llevo', para disimular mi creciente ansiedad.
Ese era casi el único libro que me había gustado en mi vida, siendo también casi el único que había intentado leer. Pronto, la actividad fingida se convirtió en la real, y casi no sentí a Oliver llegar cuando Scarlett aceptaba casarse con Charles.
-El mejor regalo de cumpleaños que has recibido, ¿eh? –fue lo primero que le oí decir, y cuando voltee a verlo me sorprendió su agradable sonrisa.
-Eso solamente quiere decir que no me has dado regalo mejor desde que cumplí trece. Y no lo creas… la Cleansweep 11 le gana.
-¿No prefieres la Saeta de Fuego en la que estas volando? –Se sentó a mi lado en el sofá, bastante cerca. Demasiado cerca para mi gusto.
Cerré el libro y trague saliva.
-No uso Saetas, Oliver. En mi equipo, cada quien usa la escoba que quiere. Es casi como con una varita: La escoba escoge al mago. He volado en cualquier clase de escoba, pero rindo mejor con las Cleansweep.
-¡Las Saetas son algo universal! No puedes decirme que no. Las mejores velocidades, giro más suave… y no hay algo así como excesivamente rápida o excesivamente suave.
-En mi primer partido profesional, te metí una buena cantidad de goles montada en una Cleansweep, mientras que tú sí volabas en una Saeta.
Ese fue el argumento contundente. La conversación cuyo único fin era aligerar el ambiente había acabado.
-Entonces… ¿Ahora qué? –dije.
-Dime tú. Yo hice mi parte.
-Yo hice más de lo que me correspondía –repliqué. Él frunció el entrecejo, pero adivinaba en la curvatura de sus labios un comienzo de sonrisa.
-Suenas molesta.
-No lo estoy –mentí.
-Sí, sí lo estas. Y yo sé por qué. Tú esperabas que yo hiciera la misma tontería que tú hiciste. Sí, Katie, fue una tontería… y algo muy valiente. Solamente me hace admirarte más.
Me sonroje a mi pesar, entendiendo que lo había dicho todo a modo de cumplido.
-Kate… -continuó, después de una breve pausa-. No quería hacer nada más que besarte ahí mismo, en frente a todo el mundo. Si me contuve, fue únicamente por Alexa -Abrí la boca para replicar, pero el me cortó-. Katie, óyeme. Ella no merece que la humille de esa forma.
-Me humillaste a mí.
Sonrió.
-Te humillaste tú sola. Nuevamente, Alexa no merece eso. No, tú tampoco. Déjame terminar. Me conoces lo suficientemente bien como para adivinar que no iba a ceder a ese impulso. No hubiésemos ganado nada, y hubiese sido más escandaloso.
Tenía razón, así que tuve que callarme. Mejor dicho, debí haberlo hecho.
-Tu eras el que quería... ¿Cómo fue que dijiste?... Huir de todo, o algo así. La primera parte esta hecha. ¿Qué queda?. ¿Casarnos en Las Vegas?
-No es mala idea.
Mi corazón se agito, muy a mi pesar, pero mantuve mi expresión irónica.
-Esa sí es una tontería, Oliver Wood.
Nuevamente, el silencio llenó la habitación como una niebla abrumadora, que pesaba y nos hacía encogernos dentro de nosotros mismos.
-No debería ser tan incomodo –comentó.
Yo sí entendía la incomodidad. Pasaron muchas cosas, mucho tiempo antes de llegar a este punto, y ahora los dos estábamos intentando figurarnos qué venía después. Estábamos acostumbrados a nuestra relación confusa, llena de obstáculos. Ahora parecía que el camino estaba libre, completamente abierto, esperando a ser trazado y recorrido.
¿Qué venia?. ¿Una relación seria? No había otra opción, pero me temía que era el momento equivocado. Él acababa de salir de una. A mi todavía me confundía un poco la partida repentina de Damyan y sus razones. Sentí que nos estábamos intentando forzar en algo para lo que no estábamos preparados.
-No debería serlo –concordé, aunque sabia que mentía.
¿Por qué me seguía preocupando? Oliver no parecía entender lo que a mí me molestaba tanto.
-Katie… ¿Puedo mudarme aquí? –Su seriedad me sobresaltó. Él alzó las cejas, como comprendiendo mi reacción-. No… no de esa forma. En el otro cuarto, si es que Erika decide irse de una vez por todas. –La aclaración me hizo relajar los hombros, y el sonrió, expectante.
-¿Estas seguro de que sea lo mejor?
-Es la única opción. Katie, quiero tener una relación contigo y quiero que dure. Hemos cambiado, y esta es la única forma en la que podemos descubrir qué tan bien somos capaces de convivir juntos. Si no estas de acuerdo lo entiendo.
La idea casi me hizo reír. Pero no porque me pareciera ridícula, sino porque me parecía viable. Era dar un paso grande, pero sin un compromiso del mismo tamaño de por medio. No había marcha atrás, pero era una manera segura de buscar un progreso. Tendríamos que trabajar para ello, pero no me importaba. Las cosas eran como tenían que ser, aunque no fuesen lo que se dice perfectas.
El único contratiempo era que no creía que pudiésemos aguantar mucho en esa situación. La espera había sido de años, y dentro de mí, estaban unas ganas contenidas de estar con Oliver, de no despegarme de él por un buen tiempo. Notaba que era recíproco.
-Hemos estado esperando años. Las cosas no van a funcionar así –dije, más breve y sutilmente.
-Haremos el intento –resolvió.
Nos vimos a los ojos.
-Habla con Erika para lo de la habitación –accedí finalmente-. No veo inconveniente en que te mudes aquí.
Su rostro se iluminó. Yo sonreí, con ternura. Sus ojos brillaban, más intensos y desbordantes de lo que jamás los había visto.
-¿Segura que no quieres el cuarto grande?
-No… siempre he usado éste, desde que era niña. No me creo en capacidad de cambiar.
Sonrió, sin voltear la mirada. Su temblorosa mano se movió lentamente hacia la mía, que descansaba relajadamente sobre el sofá. Acaricio con su pulgar una, dos veces el reverso de mi mano.
Sin pensarlo mucho, acerque mi rostro al suyo lo besé suave y pausadamente. Rompí ese contacto a los pocos segundos, pero me incline nuevamente, apoyando mi barbilla en su hombro en busca de un abrazo. Pude escuchar su risa suave mientras nuestros brazos obedecían mi ruego silencioso.
Permanecimos en esa posición, en ese silencio, un rato largo.
'Damyan:'
Taché el nombre en seguida lo escribí. Lo había rechazado cruelmente, aunque seguía convencida de que estaría feliz por mí si le dijese.
'Zach:'
También oculté este nombre tras una buena capa de tinta. No sería la persona más receptiva con respecto a la noticia. Oliver no le agradaba ni un poquito.
Una palabra apareció en mi mente, y la escribí aunque supe que luego la tacharía:
'Lee:'
Entonces observé el nombre, sin sentirme capaz de tacharlo. Subí la mirada, y me dieron la bienvenida los estantes llenos de artículos de bromas. Fred, George y Verity yendo de un lado a otro, atendiendo clientes, mientras yo esperaba a que cerraran la tienda para ir a comer a algún lado con todo el grupo.
Lee debería de estar aquí con ellos, en lugar de la simpática y frágil Verity. Lee debería estar en lugar de Zacharías, debería ser el amigo en el que podía confiar todo. Lee debería estar en lugar de las múltiples citas de Leanne.
Sentí un dolor físico al pensar en su ausencia.
-¿En qué les puedo ayudar? –La voz de Verity se oyó detrás de mí, y escuché una voz que se aclaraba la garganta indicando que George también lo estaba.
Los miré, y mi mirada se detuvo en Verity, en su cabello teñido de un tono extraño de rubio cobrizo, sus uñas pintadas de escarlata, su vestido ceñido al talle. Sus ojos castaños, lo único auténtico de su apariencia, estaban posados en George de una manera que no parecía descuidada. Más bien, su mirada era meticulosa, fijada en el pecoso rostro de mi amigo con el simple propósito de observar.
-Busco algo para un niño como de ocho años… -dijo el cliente en cuestión.
-Por aquí tenemos las cosas que están aprobadas para uso infantil. Sígame.
Verity guió al cliente, un chico en edad de Hogwarts. Yo mire al gemelo.
-¿A quién le escribes? –preguntó, intentando ver el pergamino.
-No sé… -admití.
-Si quieres hablar de algo, Kate, estoy aquí.
Lo observé. A pesar de todo, George no dejaba de ser George… pícaro, de buen humor, travieso. Pero ya no era un niño, era un adulto. Su semblante era del mismo molde que el de los Davies, uno que indicaba pérdida y desasosiego. Era esa expresión lo que lo diferenciaba de su gemelo.
-Nada en especial –Traté de ocultar mi alegría, que chocaba desagradablemente con los reflejos de la guerra en rostros familiares-. Es el segundo día que intento salir de mi casa y ¡Mira! –Apunté hacia fuera-, ¡Hay una reportera loca preguntando por mi!
-Ah, de hecho ha estado aquí todos los días. Pero te vio por las vitrinas y está que no hay quien lo despegue. Pusimos un encantamiento repelente en la entrada para que no pueda pasar.
-Bien. Acabo de arruinar mi primera noche fuera –Tensé mis labios en una sonrisa irónica, pero algo en su expresión me hizo ablandarme-. ¿Y qué hay de ti?
-Nada… trabajando… -La forma en la que lo dijo me hizo saber que no estaba bien. Nada que no supiera antes, si vamos a eso.
Me había tomado tan poco tiempo en los últimos meses para simplemente estar con mis amigos… para cumplir mi tarea auto impuesta de rescatarlos a todos de los abismos en los que la guerra los había dejado.
-¿Nada ni… nadie en particular? – Sabía que era una pregunta cruel tomando en cuenta que estaba enamorado de un recuerdo, pero precisamente esperaba ser lo suficientemente hiriente como para despertarlo.
-Sabes que no, Katie.
-Mira que Verity te echa el ojo…
-¡Ni me distingue de Fred!
-Esa es la excusa más patética que he escuchado.
-Katie, no me interesan otras mujeres. He tratado, pero ninguna es Alicia.
-Alicia hubiese querido que siguieras con tu vida, Gee. Tal y como tu hubieses querido que ella hiciese lo mismo si hubiese sucedido todo al contrario.
-Cállate y déjame en paz. Tú ni siquiera puedes superar a un hombre que está… que está vivo. No puedes recriminarme nada.
-Oliver terminó con Alexa y se va a mudar a mi apartamento apenas Erika se vaya –solté, sonriendo maliciosa. Sabía que esto lo distraería de la discusión. Ya había hecho mi punto, quedaba en él pensarlo.
-Estas bromeando. ¿Después de todo…?
-A veces perdonas a alguien porque no te imaginas tu vida sin esa persona. Eres el primero en saberlo, Gee.
Nos mantuvimos en silencio unos instantes.
-Admiro a Leanne porque… sé que lo que sentía por él era intenso, pero fue capaz de superarlo con una disposición tan optimista… yo no puedo. No podría –murmuró.
-Sí puedes. No sería ningún insulto para la memoria de Al que tú fueses feliz. Es lo que ella hubiese querido para ti… que siguieses con tu vida. No te voy a decir que vas a encontrar a alguien como ella pero… se feliz. Me tienes preocupada.
Sonrió brevemente, y ninguno dijo más nada.
-¿George? –La voz de Verity nos interrumpió-. ¿Cuándo va a nacer la nueva camada de Pygmy Puffs? Están interesados… -Señaló al chico al que estaba atendiendo.
-Tres días. ¿Suficiente tiempo?
-Más que suficiente –Sonrió el joven. Tenía gran parecido con Lee Jordan, con su piel de ébano y cabello enredado en rastas.
-Bien, entonces… Fred está a cargo de la registradora, creo. Habla con él –George puso su mejor sonrisa, y yo rodé los ojos, sabiendo que solamente buscaba zafarse del trabajo.
Pero el chico se retiró, y yo fingí mi mejor cara de sorpresa.
-Esto es extraño… Verity, estaba tan segura de que no distinguías a los gemelos entre ellos…
-Qué va… son completamente diferentes. George no tiene pecas en la frente, tiene la nariz más alargada, la boca más pequeña, un lunar en el cuello… es más calmado, y tiene ciertos hábitos… se rasca la nuca cuando está nervioso –dijo, y yo me reí ya que la mujer lo había pillado con una mano en la nuca. Él frunció el ceño.
-Ahí lo tienes, George –susurré.
Alcé las cejas, victoriosa, y me retiré para hacerle compañía a Fred.
Oliver me había rogado que no lo hiciera, pero después de todo, era el único vestigio de decencia que podía demostrar. Aunque siendo sinceros, era más un procedimiento necesario. No hacerlo seria técnicamente ilegal según la ley mágica.
Él no lo haría, así que me tocaba a mí.
No me di cuenta de mi misión auto impuesta hasta que entre por última vez en el apartamento que Oliver había compartido con Alexa. Ella estaba en la habitación de huéspedes, que había ocupado desde aquella noche. Estaba terminando de empacar sus cosas para salir de ahí, como yo, por última vez.
La observe unos segundos sin que se diera cuenta. Estaba sentada en la pequeña cama, doblando su ropa.
-Hey –murmure finalmente, lo suficientemente alto como para que ella oyese.
Se giró al instante, reconociendo mi voz.
-Katie –Nunca nos llamamos por nuestros apellidos. Ni siquiera en ese momento, en el que ella no podía estar más resentida y yo no podía dejar de sentir cierta vergüenza.
Me di cuenta, al abrir la boca, que no tenía nada que decir. ¿Disculparme?. No lo sentía. ¿Despedirme?. ¿Para qué?
Pero ella siguió hablando, y entendí que Alexa no seria comprensiva. No me escucharía, no diría que entendía. A juzgar por su expresión, me creía la única culpable y no entendía nada.
-Oliver no esta en la casa, así que no tienes nada que hacer aquí.
Si, tenía algo de vital importancia que me llamaba a ese apartamento. Pero no podía decirle eso.
-Yo… yo quería…
-¿Echarme en cara que mi prometido te prefiere?. Ya él fue lo suficientemente franco. Toda esa basura de "no es que no te haya querido"… -Hizo un gesto de desprecio con la mano-… claro que nada de eso importa ahora. Vete.
No. No podía irme. Podía hacer lo que quería hacer de una vez, pero después mi visita no tendría sentido para ella. Tenía que decir algo rápido.
-Oliver no quería que viniera –dije estúpidamente, esperando que mi mente llevase la conversación para algún lugar coherente. No estaba teniendo éxito-. Él… él no quiere hacerte daño.
-Un poco tarde, ¿No crees? Probablemente todas las veces que estuvo conmigo, o en algún momento, deseo que estuvieses tú en mi lugar.
…Excepto que alguna vez estuve yo en su lugar. Esa reflexión me hizo notar que la siguiente pregunta era inevitable.
-Solamente dime la verdad, Katie… ¿Me fue infiel contigo? Ya nada importa, así que puedes ser sincera.
Leí en sus ojos que no dudaba de Oliver. Leí en sus ojos que no quería culparlo más de lo estrictamente necesario, en una forma algo retorcida de protección que le proporcionaba su mente.
Pero no podría alejarse de él tan fácilmente si no se daba cuenta que no era solo que yo había llegado. Si yo no hubiese reaparecido en su vida, quizás Oliver hubiese pensado en mí por el resto de la misma. Después de todo, el arrepentimiento lo carcomía. Yo fui su amor adolescente, y fue ese arrepentimiento lo que permitió llevarlo a un futuro.
Por eso mismo, Oliver había sido un hombre roto cuando Alexa lo conoció. Ella se tomo su tiempo pacientemente en repararlo, parcharlo y pegar sus partes. Ella lo quería lo suficiente como para esperar y acceder.
Su primera reacción hacia mí no fue de celos. Me había invitado a su casa, alegre al notar que hacía feliz a Oliver, que era un trozo de aquel pasado que ella no podía reconstruir. Alegre al notar que alguien podía llenar los huecos que ella no conocía. Luego se torno hostil por lo mismo. Porque yo podía y ella no. Al principio en parte, luego del todo. Hostil, porque se había dado cuenta de que Oliver había hecho todos sus esfuerzos y no había podido quererla más.
-Debí haberlo imaginado. Oliver estuvo contigo a mis espaldas –Me estaba rogando que le dijera la verdad, pero su tono dejaba notar el deseo por una negativa-. Te digo que no importa… A veces sentía que mientras se quedara conmigo, no me importaba que hiciera contigo.
Esas palabras hicieron que aquella mirada frágil, de anhelo, desesperación, soledad, finalmente encajase dentro de mi cerebro. Ya sabia donde la había visto.
Una revelación se desenvolvió ante mí, un hilo de pensamiento que corría libremente y que yo estaba teniendo problemas para seguir.
Entonces aquella mirada se me hizo insoportable.
-No… no técnicamente. Justo estaba pensando… él fue muy caballero, Alexa. Claro que sí importa… pero no paso.
Simplemente le dije lo que quería oír, sólo para que aquel desasosiego desapareciera de sus ojos. Estaba tratando de llevar su dolor con dignidad y orgullo, pretendiendo que ya no le importaba. Ahora detrás de su desesperanza se escondía una luz serena que jamás se apagaría, al creer que todo había salido lo mejor posible tomando en cuenta las circunstancias.
-Oh… -Su fisonomía se relajó, pero seguía a la defensiva. Yo también me relajé, notando que mi estrategia había tenido efecto.
Tenía que decir algo para aligerar más el ambiente.
-El motivo de mi visita es… -Me iluminé-… Eso. Que… que sepas que Oliver quiere lo mejor para ti a pesar de todo. Lo creas o no, te quiere de alguna manera. Él quiere que lo sepas. Cree que… que tú mereces algo mejor que alguien que no puede quererte como debería. Yo simplemente creo que no es cuestión de merecer, creo que las cosas se dan, las prioridades son diferentes y... y de cierta manera, tienes todo el derecho de culparme a mí por ello.
Recuerda, Katie: Puedes aspirar a un Oscar si no tienes éxito en el mundo del Quidditch.
-Eso ya lo hago.
-Eso puedo soportarlo, pero no quiero que te vayas con la idea de que Oliver…
-No tengo ideas de Oliver. Por alguna razón que no comprendo, ha estado enamorado de ti toda su vida. Era evidente que iba a ir detrás de ti si tú le demostrabas algo, siendo como es que cuando quiere algo, tiene que obtenerlo. Pero tú… ¿Por qué tuviste que hacerlo?. ¿Por qué arruinar la única relación decente que ha tenido en su vida por algo que esta roto y lo estuvo siempre?
-Si tú hubieses aceptado todo desde un principio, jamás hubiese intervenido. Tomé tu amenaza como un reto.
-No trates de hacerme sentir que cave mi propia tumba, porque no…
-No es culpa tuya. Yo, al igual que Oliver, siempre fui terca, y tú no tenías como saberlo. Siempre tuve que conseguir lo que quería. Y lo quiero a el, pero no como una niña quiere al juguete nuevo, ni a su primer peluche. Por ejemplo, tú…
Fruncí el ceño, intentando seguir con la misma analogía.
-Tú lo quieres como… la niña que encuentra un peluche destrozado, y se toma el tiempo de coserle parches, de juntar las partes, de buscar relleno y hacerlo ver como nuevo. Le das un nombre, le hablas, lo admiras, hasta vas a la cama con el –Sonreí, notando recien el doble sentido de la última frase-. Te regodeas de tu buen trabajo… lo quieres para ti, y no entiendes que alguien más pueda comprender las cicatrices que tú hiciste sanar.
"¿Sabes quien soy yo? –Negó con la cabeza-. Yo soy la niña que destrozo al peluche y luego lo perdió. Lo destroce de tanto jugar con el, de divertirme. No veía los rasguños sino como un indicador mas del tiempo que habíamos pasado juntos, y no me di cuenta de lo grandes que se habían hecho. Y luego me fue arrebatado. Yo comprendo esas heridas porque yo las hice. Yo fui quien le dio historia. Es solamente justo que sea yo quien tenga que arreglarlas.
Presentí que esa frase daba la conversación por terminada, por lo que deslicé mi mano en el bolsillo, buscando mi varita. La había irritado hablando de nuestros sentimientos tan abiertamente, y le había recordado por qué mi presencia le era tan amarga.
-Sabes que si no tuvieses esa varita en el bolsillo, trataría de golpearte –Su mirada indicaba que notó el movimiento de mi mano.
Ya. Era el momento.
-Lo se –La saque y la apunte, concentrándome en lo que necesitaba del hechizo. No le di tiempo a decir una palabra más-. ¡Obliviate!
Alexa recordaría a Oliver como un joven escocés, un orgulloso atleta con el que había estado comprometida. Me recordaría a mí como la que le había arrebatado a su prometido. Pero no recordaría que lo que hacia esta historia tan extraña era el hecho de que ambos podíamos hacer magia. No recordaría ni siquiera que algún familiar suyo podía hacer magia y que murió en la guerra. Lo recordaría quizás como víctima de un accidente o de violencia callejera, ignorando el héroe que realmente fue.
No recordaría que yo viajaba de Irlanda del Norte al sur de Inglaterra en cuestión de instantes, ni que la chimenea era un medio de comunicación vital. No recordaría que Oliver y yo nos ganábamos la vida sobre escobas voladoras. No recordaría el factor que le podría hacer evocar esta historia como fuera de lo normal, como imposible o increíble. Más memorable, más fantasiosa.
No les diría a sus futuros hijos que la magia si existía, ni que había un andén escondido en King Cross. No le diría que hacia muchos años, un mago la había dejado a pocos meses del altar, y que los finales 'felices por siempre' no dependían de la magia.
Sin recuerdos de magia, esta historia era una más. Algún día, años después, se cruzaría con Oliver en la calle. Ella les diría a sus hijos "este hombre fue mi prometido", a lo que ellos la verían con extrañeza y la cuestionarían al respecto.
Ella se encogería de hombros. No era nada fuera de lo normal, nada digno de ser rescatado después de tanto tiempo, y se descubriría feliz de haberlo superado, entonces feliz para siempre.
Esa noche no dormí, envuelta en una posibilidad recién descubierta.
La revelación… lo que me había hecho mentirle a Alexa.
Su mirada anhelante, perdida y desesperada me había recordado a la persona a quien más quería en este mundo: Mi propia madre.
Y entendí. No entendí a Alexa ni a su dolor, para mí tan unidimensionales que parecían personajes e instrucciones descritos en un mal libreto. Entendí a mi madre, un misterio oculto, algo para mi tan complejo, etéreo y real como la magia que yo poseía y que había sido una maldición para ambas.
Pero era la misma mirada. La mirada que mi madre me dio las dos veces que me expulsaron de escuelas primarias, la mirada que me dio después de descubrir que jugaba Quidditch, la mirada que me daba cada vez que mencionábamos a mi padre.
Siempre creí que tenían distintos significados. Pero mientras detrás de la de Alexa estaba únicamente Oliver, detrás de la de mi madre estaba únicamente mi padre.
Alexa era una joven inmersa en un mundo mágico del que solo entendía a aquel a quien amaba. Quitarle ese pilar era quitarle todo lo demás. No recordaría nada de la magia, pero sí recordaría el sentimiento de estar confundida y perdida, como mi madre lo estaba todavía.
Mi madre había sido esta mujer, abandonada en el momento que mas lo necesitaba. Soltera, sin trabajo, con una hija y en una vecindad donde ella era diferente a todos. Había recurrido a mí para hacerla sentir mejor. Había tratado de criarme de manera tradicional… siempre creí que era para borrar cualquier vestigio de mi padre que hubiese en mi. Pero no estaba haciéndolo por mí, sino por mi padre.
"A veces sentía que mientras se quedara conmigo, no me importaba que hiciera contigo."
Esa era la crianza que él jamás hubiese querido para mí. Mi madre se había hecho la idea de que si contradecía sus creencias, él estaría más tiempo en casa conmigo, con ella, intentando inculcarme lo que él creía correcto. Todo eso fue para desafiarlo a que volviese.
Aunque noté esto, sabía que no tenía por que sentirme usada. Sabía que mi mamá no me habría enseñado nada si no lo creía cierto. Así había sido educada ella, después de todo, y así trato de educarme a mí, como si no quisiera que yo tuviese nada de aquel que tanto daño le había hecho.
Las razones eran tan lógicas que ni mi padre ni yo pudimos imaginar otra cosa. Quizás estaba todo dentro de mi imaginación. Unas palabras y una expresión coincidiendo en el instante preciso era lo que me había dado esta idea, que cuadraba mejor con el hecho de que mi mamá no reacciono más violentamente cuando se entero que yo jugaba Quidditch, aquella lejana tarde. Casi como si lo esperara, como si lo supiera… Como si entendiera que ya todo daba igual. Rigel K. Bell no regresaría a su lado.
Me vi a mi misma en el mismo lugar donde había visto a Alexa: En el lugar de mi madre. Teníamos la misma historia. Malentendidos, mentiras, acciones incorrectas con motivos correctos y hasta puros. Ella no tendría jamás oportunidad de arreglar las cosas, pero yo sí la tenía. La estaba viviendo, y no pensaba desaprovecharla.
Alexa me hizo darme cuenta de lo que tenia entre manos, dando pie a una suposición vaga acerca de mis padres. Fuera real o no… no quería saberlo, aunque tenía curiosidad. Prefería dejarlo al aire, no cuestionar a mi madre sus motivos, no atormentarme porque jamás obtendría respuestas de mi padre.
No podía comprobar que era real, pero era lo de menos. En mi corazón lo era, porque me había hecho notar lo precioso de lo que tenía por delante.
Eso me bastaba.
Los entrenamientos de Quidditch eran cada vez más pesados a pesar de no haber clasificado en las rondas semifinales. Los Wanderers nos habían dejado por fuera a sólo un paso de la final. Sin esos entrenamientos, hubiese encontrado difícil volver a mi vida normal. Nunca hubiese bajado de mi nube. Llegó hasta el punto que el equipo se convirtió en mi familia y mi vida giraba en torno al mismo.
Y es que, pensándolo bien, el equipo era una gran familia. El entrenador era como un padre. Roderick Murray, el hermano mayor que cuidaba de todos nosotros, uno que ahora no estaba en casa. Yo, la hermanita bebé, a la que todos fastidiaban y en cierta forma protegían. Había hermanos locos, tímidos, bromistas… hermanos de toda clase, pero hermanos al fin y al cabo.
Descubrí que todos los Magpies tienen algo similar en sus personalidades. Algo atrevido, algo excesivamente Gryffindor. Incluso el entrenador, que estaba encantado de tener mi cara expuesta en revistas, artículos que especulaban, gente dando fe de mi relación con Oliver en tiempos de escuela. Algunas de las especulaciones eran divertidas, pero otras me acusaban de querer llamar la atención y cuestionaban a los Magpies al haberme contratado.
-No entiendes lo buena que es esta situación… -me dijo un día que le había expresado mi preocupación al respecto.
-Sabía las consecuencias que tendrían mis acciones, pero preferiría que conocieran mi cara por jugar al Quidditch.
-Te conocen por ser una Magpie. Los Magpies son temerarios… Fíjate en la forma que todos tienen de jugar. Es un equipo de ofensiva, no de defensiva. Todos hacen más que bloquear, intentan penetrar las defensas del oponente. Tú eres la cazadora más de defensiva que tenemos, tanto en campo como en banca, y eso porque sabes interceptar y realizar pases…
-Pero ninguna publicación se centra en eso –me impacienté.
-¿Para qué necesitas publicidad, Bell? Mi hermana y yo decidimos que vas a ser titular el año que viene. Así que a menos que te quieras cambiar de equipo…
-Sabe que no quiero cambiar de equipo, ni aunque mi contrato venciera en los siguientes tres años. ¿Cómo está Irina? –pregunté para hablar de otro tema, usando el primer nombre de la entrenadora.
-¿No sabías que Irina fue llamada para entrenar a la Selección Nacional?
-No… no sabía. ¡Pero si se conoce al equipo desde hace tiempo!. ¿Por qué…?
-Porque la noche que se anunció, otra persona estaba robando la atención de los medios –Iba a replicar, cuando me guiñó un ojo indicando que su tono era de broma.
No dijimos nada en un rato.
-Bell, en unos meses será oficial que tú vas a ser cazadora titular. Muchos están esperando esa noticia. Pero los fanáticos de los Cannons desean que sea Wickham y la mayoría quiere que sea Mike O'Callaghan. Te lo diré de frente: Él es mejor jugador que tú, y tú lo sabes. ¿Nunca te preguntaste por qué decidimos que serías tú?
Creo que esperaba que yo dijese algo, pero no tenía nada que decir. Asentí con la cabeza, y él continuó.
-Montrose Magpies es un estilo de vida al que te adaptaste rápido. Muchos creerán que nuestra decisión se basa en que eres parte de la farándula mágica… biografía conmovedora incluida, y unas agallas que te hacen ganar más atención de la necesaria. Pero quiero que tú misma te des cuenta… No te dejé jugar en los últimos partidos porque quería que vieras como funcionaba el equipo con O'Callaghan. Quiero que analices y pienses qué hubiese sido diferente si hubieses sido tú en lugar de él.
-Lo he pensado –admití, sintiendo que mis mejillas se tornaban coloradas-. He tenido tiempo para pensar últimamente.
-¿Y bien?
-No quiero decir de que había manera de ganar los partidos que perdimos, porque no es así, pero la Quaffle estaba mucho en manos contrarias. Los pases eran difíciles de interceptar, pero sé que yo hubiese podido. Digamos que… usted mismo lo dijo, soy una cazadora de defensa. Este equipo es de ataque, quizás en exceso. Nuestra defensa estuvo descuidada desde que Maddock decidió… bueno, usted me entiende.
-Entiendo –sonrió, invitándome a seguir hablando.
-Y… cómo decirlo. No sacaría necesariamente a Mike, que es un goleador infalible. Pero los otros dos también son goleadores infalibles, y sí necesitamos una mejor defensa. Digamos que… odio decirlo tan directamente, pero soy lo que el equipo necesita.
-Exacto. Eres toda una Magpie, Bell –La observación me hizo sonreír, muy a mi pesar-. Espero que no nos decepciones.
-¿Qué hubo entre tú y Oliver en tiempos de colegio?
-Erika, ¿Realmente me vas a hacer contarlo?. ¿No has leído Corazón de Bruja?
-No eres tan importante. ¿Crees que no tienen de qué más escribir?
-¿'Corazón de Bruja'? No. Gracias a Merlín las publicaciones serias pasaron casi por alto el incidente.
-Te prometo que no es tan grave. Tú crees que todo el mundo te escuchó… todo lo contrario. Fue más como un chisme. Ya todo pasó. Ha pasado casi un mes. Relájate.
Suspiré. Erika tenía razón, después de todo.
-Además, -siguió-, esto lo deja claro. Oliver acaba de decirme, en pocas palabras, que termine de mudarme de una vez por todas con Charlie. Quiere mudarse aquí, ¿no? Lo que quiere decir que te eligió a ti, al final. Lo que quiere decir que no te debería importar realmente qué están diciendo de ti. ¿Y qué pasa si lo quieres desde siempre?. ¿Qué hay de malo en eso?
-Simplemente que… No debí haberlo hecho.
-Por supuesto que no, cielo. Lo que me lleva a preguntar… ¿Por qué lo hiciste?. ¿Estabas borracha o algo?
Suspiré, tras lo cual le conté absolutamente todo. De cómo logró que entrara el equipo. De cómo fuimos mejores amigos, aunque nunca fuimos 'mejores amigos'. Siempre fue un 'algo más' sin nombre exacto. Nos escondíamos demasiado el uno del otro como para decir que nos conocíamos realmente. Le dije eso.
Le conté del beso de su ultimo día en Hogwarts, y de cómo me borró la memoria. Le conté qué vi al recuperarla. Le conté de las cartas sin respuesta… hasta le conté como llego Damyan a mi vida, aunque no tenía nada que ver. Se sorprendió al saber lo deprimida que estuve después de todo eso, y como todo había cambiado al haber tocado aquel collar maldito.
Dije todo lo que había pasado entre nosotros últimamente, desde nuestro reencuentro. Todos los besos, las confesiones y su promesa de ser capaz de dejarlo todo si yo accedía a estar con él.
En este punto, Erika sonrió. Yo me di cuenta que mi garganta estaba seca y cansada.
-Todos tenemos derecho a corregir nuestros errores, y no hay manera de hacerlo si no se tiene una segunda oportunidad. Cuando te internaron en San Mungo y fui a visitarte, tus amigos me contaron su versión de la historia… ya sabes, por todo eso de que lo estabas llamando. La teoría de los sanadores era que esa fue la única parte de ti que sobrevivió a la maldición. Algo tan fuerte, que no le dio tiempo a destruirlo. Hice lo que tenía que hacer: Buscar a Oliver. Lo encontré pasado de tragos y leyendo lo que creo que eran esas cartas que mencionaste.
-¿En serio?
Ella asintió.
-Cuando te visitó… supongo que sabes que no se movió de tu lado. Una semana completa, Katie, hasta que tu condición pareció normalizarse.
Sentí las llamas cambiar de color y sonreí. Sabía quién era.
-Justo hablábamos de ti –saludó Erika-. ¿Te mudas esta noche?
-Alguien tiene más prisa que yo, por lo visto –Alzó una ceja, pero nos sonrió.
-Yo ya estoy fuera de aquí. Lo único que tengo es un pijama, un cepillo de dientes y algunas mudas de ropa. Voy a buscarlas.
Se dirigió a su cuarto, en un más que obvio intento de dejarnos solos a Oliver y a mí. Apenas hubo cerrado la puerta, yo me levanté para darle un beso en los labios.
-¿Por qué no te mudaste antes? Ya casi temía que te hubieses arrepentido.
-Quería poner todo en orden. Me quedé con mis padres un tiempo, les expliqué la situación, vendí los muebles que me correspondían… quería salir de todo antes de establecerme permanentemente aquí.
Se sentó en el sillón, y me haló para sentarme encima de él. Me acomodé, recostándome contra uno de los apoyabrazos. Lo vi a los ojos, sin poder creerlo realmente.
Oliver estaba aquí. Conmigo. Para quedarse.
Mi pecho se infló, con alegría y algo más que no podía identificar. Me reí, inexplicablemente. Él simplemente me observaba. Sabía que intentaba preguntarse qué pasaba por mi mente. Esa idea me hizo rodearlo con un brazo para acercarlo hacia mí, y besarlo nuevamente.
Sus labios contra los míos eran tan suaves, tan perfectos como la primera vez. No podía hacer más que dejarme llevar por mis emociones. No podía resistirlo. No podía creer que esta vez se quedaría.
-Hm… ¿Sigues insistiendo en el arreglo de cuartos separados? –pregunté, después de un rato de no hacer más nada que besarnos.
El rió suavemente.
-¿Alguna vez has dormido con un hombre?
El doble sentido del verbo 'dormir' me pegó de frente, y entendí lo que quiso decir. De todas formas, preferí esperar a que terminara su punto.
-Creo que se me haría difícil frenar antes de hacer cosas de las que los dos nos arrepintamos, es todo.
-No soy ninguna niña a la que tienes que tratar como si fuese de porcelana. Se afrontar las consecuencias de mis acciones. Te dije que después de tanto esperar, no podemos pretender que todo vaya a paso normal. A mí también me gustaría, pero creo que es mejor si dejamos que todo vaya al paso que quiera ir.
-Pero podemos hacer cosas para normalizarlo todo.
-Mudarnos juntos de la nada no me parece tan normal. No comprendo tu idea de normal. Nada de esto fue normal, desde que nos conocimos hasta este momento. ¿Y sabes qué? No me interesa que lo sea.
-¿Qué quieres, Katie?
-Sabes lo que quiero.
-¿Qué quieres, Katie? –volvió a preguntar.
Yo me tome un tiempo antes de responder.
-Quiero estar contigo. Te quiero a ti. Lo sabes, ¿no? Pero querías que yo…
Me corto las palabras con un beso. Luego sonrió.
-Te quiero, Katie. Te quise siempre.
Angelina cumplía años, y la decisión fue hacer una celebración pequeña en la cabaña de Angelina y Leanne.
-George trajo a Verity –fue la observación de Leanne, lo primero que dijo al saludar.
-Era hora, ¿no?... digo, de que se diera cuenta de que ella está loca por él.
-No es Alicia, pero puede ser buena para Gee.
-Es perfecta. No es linda, pero tiene su mismo sentido del humor y está loca por él. No es Alicia, esa te la concedo. Pero… es hora de que deje de buscarla en otras mujeres.
-Hm… en un principio yo también busqué a Lee en todos los hombres. Pero me di cuenta de que no lo iba a encontrar. Creo que me fijé por eso en lo más opuesto a Lee que pude encontrar… me fijé en Zacharías.
-¿Y cómo va eso?
-Superándolo. No hay mucho que pueda hacer, aunque no ha cambiado nada…
-A mí me parece que se ve mejor cada día.
-Yo no veo eso que tú ves… así como ya no consideras que Roger, ese del que estuviste enamorada todo tu segundo curso en Hogwarts, es atractivo, mientras yo creo que es uno de los hombres más bellos que ha pisado la tierra.
Me sonrojé y negué la cabeza ante la mención de mi amor platónico de aquel tiempo, pero sonreí. Era cierto, ya no veía aquello en Roger, ese sello característico que alguna vez lo había hecho guapo. Quizás era porque me fijaba mucho en la expresión, en aquello que la gente irradia cuando simplemente es feliz. Era algo que veía ahora en Zacharías y en mi prima, y que se había perdido en Angelina, los Davies y la misma Leanne.
Eso que Oliver tenía permanentemente desde que se había mudado conmigo.
Me giré un poco, buscando a la otra dueña de la casa. La vi fumando un cigarrillo detrás de una ventana, e imaginé que debía estar sentada en el porche, en las escalinatas de entrada. Se veía tan delgada y tan acabada…
Me excusé con Leanne y me dirigí hacia donde mi amiga estaba, sentándome a su lado. El aire de plena primavera me recibió amablemente, lo que me hizo sonreír antes de hablar.
-¿Y tú qué? Oí que pasaron a la final… -dije, en referencia al partido que había jugado pocos días antes.
-Sí… acribillamos al Puddlemere –Sonrió, apagando el cigarrillo-. Y ya me están dejando jugar, lo que es mejor todavía. Gwenog teme que deje al equipo…
-Sí, eso lo supe.
-…y es algo que de todas formas tengo pensado hacer.
Mi cara de sorpresa no pudo ser mayor.
-Vamos, Katie. Te veo a ti, y todos los miembros de tu equipo reciben reconocimiento debido, como si no hubiese bancas y titulares. Lo mismo pasa en el Puddlemere... Sabes, es lo único que pido. Reconocimiento.
-¿Tienes ofertas?
-Nadie tiene idea que me retiro de las Harpies. Es muy temprano para ofertas.
-¿Oí bien? –Fred metió su cabeza entre la de Angelina y la mía-. ¿Piensas dejar a las Harpies?
Ella se alejó un poco y se giró para verlo a los ojos.
-No es seguro…
-¿Por quien las dejas? –El rostro de Fred era de póquer, lo que sacó en mi amiga una actitud defensiva.
-No sé… Y si tengo que quedarme desempleada un tiempo no me importa. Me cansé. Eso no es lo que yo quiero para mí. No soy feliz –Se desahogó.
Fred se tomó su tiempo, dándonos la vuelta y arrodillándose delante de su novia.
-Bebé… -Le tomó las manos. Yo hice lo posible por ignorar el apodo tan horriblemente cursi-… Sabes que si tú no eres feliz, yo tampoco lo soy. No pienso decirte como debes vivir tu vida, y me alegra que tengas la fuerza de reconocer cuando tu sueño se convirtió en una pesadilla.
-Eso es dulce –Sonrió mi amiga, y yo ya sentía un aire muy… rosado para mi gusto, así que decidí entrar.
Yo amaba a Fred y a Angie, pero no podía soportar un ambiente amoroso en exceso. Nunca estuve en contra del romance, pero tengo ideas firmes de qué cosas se hacen en público y qué otras cosas no.
Entré, y me senté en el estar. Leanne, George y Verity estaban discutiendo una noticia reciente.
-Katie, ¿Estás a favor o en contra de que hayan liberado a Mundungus Fletcher?
-¡El era de la Orden del Fénix, Leanne! No estoy seguro de poder decirlo… pero qué diablos… él era de la Orden.
-Gee… El mundo no es de blancos y negros. Hay grises. Muy en contra de la limpieza de sangre y lo que quieras, pero el haber asesinado a Imelda Jones no se justifica.
Me entró un ataque de ira, pero se fue casi al instante
-¿Él fue el que asesino a la abuela Jones?
-Era una señora mayor, sí… Incluso a su edad, prestaba un servicio importante al Ministerio…
-Yo sé. Los Jones son amigos de la familia… vivían en mi vecindario. Si él la asesinó, entonces no estoy de acuerdo con que lo liberaran.
-Katie, no entiendes. Fletcher lo tuvo que hacer para salvar al resto de la familia. Es una historia larga…
-Sé que fue a salvarlos y se hizo pasar por mortífago cuando lo pillaron in fraganti, mató a la persona más vieja delante del enemigo. Pero huyó del lugar del crimen, y nunca enfrentó…
-Hizo lo que pudo –fue el aporte de Verity.
-Estoy de acuerdo, salvó a una familia completa y…
-¿Y que hay de lo que no te dicen, Gee? –Leanne puso su voz persuasiva-. No es solamente por Imelda Jones. Había más magos en ese lugar…
-No hay mucho que pudiera hacer. Un asesinato por la vida de gente más joven…
-Leanne tiene razón. Si él asesinó a la abuela Jones, dejó que asesinaran también a los padres de Roger y Shirley. Dejó que se llevaran, asesinaran o lo que sea a mi tío Altair. Pudo haber evitado tanto… yo vivía en un vecindario pequeño, casi como una aldea mágica, a las afueras de Londres. No quedó ni siquiera la arboleda y el claro donde nos escondíamos a jugar Quidditch.
-Un mago contra miles.
-Mi tío era Auror. Los Rogers eran buenos magos. No estaba sólo, pero en lugar de alertar al resto de las casas, huyó. Pudo haber corrido la voz de que había un ataque… un simple grito, lo que sea. Podía dar tiempo a que se organizaran. Pero no…
-Leanne… ¿Dónde está el baño? –interrumpió descaradamente Verity, y George y yo no tuvimos más opción que calmarnos y vernos a los ojos con el fuego contenido.
-Te acompaño… solamente tenemos uno.
Desvié mi vista hacia la ventana, aquella que daba al porche.
Algo llamó mi atención… Angelina de pie, Fred sobre una sola rodilla con una mano en un bolsillo…
-Gee… no mires ahora, pero creo que Fred está a cinco segundos de comprometerse.
Como era de esperarse, George volteó a tiempo para ver como su gemelo abría una pequeña cajita que, por razones obvias, debía contener un anillo.
-No puede ser…
Me cubrí la boca con una mano, sin poder evitar espiar un momento tan personal. George parecía contener la respiración al igual que yo.
-¿Katie?
-Dime… -Volteé, intentando no espiar.
-¿Alguna idea de dónde está la champaña en esta casa?
Sonreí. George estaba feliz, o fingía estarlo. Imaginé que era difícil para él pensar en lo que esto significaba, tomando en cuenta que ambos sentíamos que Alicia debería estar ahí…
La puerta de entrada se abrió y cerró precipitadamente, dando paso a la pareja.
-Déjame adivinar… -George se levantó, y se agarró las manos sobre el pecho, parpadeando exageradamente y poniéndose de puntillas-… "Si, Fred" –colocó una voz aguda-, "me quiero casar contigo"
-¡Mira que arruinar una buena noticia!
-¿Qué buena noticia? –Leanne y Verity se asomaron por el pequeño corredor.
-Nos comprometimos –Fue la respuesta sencilla por parte de la pareja, ambos sonriendo.
Mientras la ronda de felicitaciones tenía lugar, pensé que Angelina a pesar de estar extremadamente delgada, su piel maltratada y sus hombros caídos, jamás se había visto más bella que cuando colocó aquella sonrisa.
El champaña fue abierto. Todos reíamos, entre bromas de los gemelos, historias y anécdotas centradas en los recién comprometidos. Yo confesé que sabía que él ya tenía el anillo, y cuando lo vi en la mano de mi amiga, admiré el gusto de Fred.
Se oyó el ruido de metal contra vidrio, y nos callamos porque supimos que vendría un brindis, indudablemente por parte de George. Con una gran sonrisa en la cara y brillo en sus ojos, se aclaró la garganta ruidosamente y alzó la voz, en lo que creí una imitación de su pomposo hermano Percy.
-Conozco a Fred de toda la vida –dijo, haciéndonos reír por lo bajo-. Cuando éramos pequeños peleábamos todo el rato. No nos parecíamos en nada, y él reconocía abiertamente que yo era el mejor gemelo y estaba celoso –Guiñó un ojo a su hermano, y todos lanzamos una risa suave-. A Angelina la conocimos once años después de nacer –La miro, como quien mira con orgullo a una hermana-. Si hubiese tenido idea de que mi hermano la iba a querer tanto, no habría puesto chicle en su pelo, o hecho que su shampoo le pusiera el pelo rosado, o desaparecido toda su ropa interior…
-¡Fuiste tú! –Angelina se veía mitad indignada, mitad divertida-. ¡Siempre me hiciste creer que fue Fred!
-Para que sepas –no pude evitar comentar-, yo fui la que uso ese shampoo. Tuve que ir corriendo a Enfermería a las diez de la noche.
-Tonta. Si nos hubieras dicho que funcionaba, le hubiésemos dado el resto a Snape. Sabíamos cómo entrar a su dormitorio…
-¡Eh, estoy tratando de hacer un brindis!
-Perdón… sigue.
Se volvió a aclarar la garganta
-Como decía… De haber sabido que iba a hacer tan feliz a Fred, no le habría tratado de hacer la vida insoportable en su nombre. Pero con todo y eso, mi hermano consiguió conquistarla. Cuando el trabajo estuvo hecho, ella consiguió que él se quedara a su lado todos estos años. Ambos pusieron muchísimo de su parte para estar hoy, aquí –Alzo su copa-. Por eso, propongo este brindis… por Angie y su gemelo favorito.
Nos reimos, brindamos, tomamos.
-Ah, lo olvidaba… por Oliver y Katie, que están viviendo juntos.
-¡GEORGE! –recriminé. Debí haber recordado que a George no se le puede contar un secreto.
-Con eso no se bromea.
-Eh… ¿Leanne?... No es una broma.
Fred. Seguro George le había dicho… lo fulminé con la mirada.
-¿Y NO ME HABIAS DICHO NADA?. ¿Qué…?. ¿Cómo…?
-¡No te había visto! Pensaba decirles hoy… pero miren… ¡Fred y Angie se comprometieron! Los detalles se los doy luego. Prometido.
Pero Angelina también parecía contrariada.
-Los hombres supieron antes que las mujeres… eso es crimen, Kate
-Zacharías no sabe.
-Bueno, bueno… ¡Por Katie y Oliver! –Fred alzó la copa.
Me reí, mientras brindábamos una vez más.
En una de esas tardes que no tenía nada que hacer, me sentía agradecida de tener a Zacharías conmigo. Me sentía en confianza suficiente para andar en pijama – una vieja franela de mi padre que me cubría hasta las rodillas y unos boxers de conejitos que Erika había dejado.
Me encantaba estar con Zacharías. Era una persona sin mucho que decir, con la que los silencios no parecían incómodos. Teníamos tanto en común… y fue cuando nació la duda.
-¿Por qué no me enamoré de ti? –pregunté, de repente, despegando la vista de mi libro. No quería decir que no era feliz con Oliver, pero todo hubiese sido mas sencillo, un camino sin ninguna clase de obstáculo, sin hacernos daño.
Él se rió.
-Varias veces me pregunté lo mismo. Sabes que sentía algo por ti, como en tercero o cuarto…
-Sí sabía. O me lo habían dicho, pero no presté real atención a los rumores. Me alegra que hayas encontrado a alguien que te merezca, Zach. Susie me agrada –Recalqué el sobrenombre, burlándome de mi amigo. Él rodó los ojos, manteniendo su sonrisa.
-Espero que no te sientas celosa si te digo que la quiero más de lo que nunca quise a nadie. A ti ahora te quiero de otra manera. Eres… la hermana que nunca tuve.
-Puedo decir lo mismo de ti –Sonreí, y añadí-: Te has ablandado. Casi extraño al Zacharías de mal genio que conocí.
-No. El problema es que siempre he sido irremediablemente sincero, y ahora que he encontrado estabilidad… digamos que quiero más al mundo.
Lo vi como estaba, echado en mi sofá, sus ojos de zafiro brillando, su cabello dorado reflejando la luz del sol. Conservaba unas cuantas pecas en su nariz y mejillas, y su sonrisa perezosa era sencillamente perfecta.
Todo en él parecía derrochar magia y belleza. Cuando estábamos en Hogwarts, Zacharías no era especialmente atractivo, ni en carácter ni en físico. Ahora todo parecía diferente, ese ser hermoso que estaba frente a mí era un hombre que había hallado un equilibrio, y había amoldado su carácter al mismo.
Algo en él había cambiado. Seguía siendo taciturno y algo brusco, pero se le notaba más tranquilo, como una lluvia que se convierte en llovizna… Una de esas lluvias serenas, de esas que los bosques, los cultivos y los campos necesitan. De esas que yo adoraba cuando niña, y salía a saltar en los charcos y a empaparme de pies a cabeza a espaldas de la mirada severa de mi madre.
Él pareció sentir el rumbo de mis pensamientos, o quizás los suyos tomaron el mismo. Su sonrisa perezosa era ahora una de superioridad, y sus ojos rodaron antes de detenerse en mí.
-Katie… en tiempos de colegio, nadie se hubiese imaginado que Wood te iba a hacer pedazos. De haberlo sospechado, créeme que habría intervenido.
-¿A qué vino eso? –Mi tono sonó excesivamente defensivo, incluso para mis oídos. No estaba segura de decirle lo de Oliver todavía. No había notado los cambios sutiles que se habían dado en mi apartamento.
-Te quería como a una hermana antes de que tú me considerases un amigo. Llegué a pensar que él podía ser bueno para ti. Nunca supe todo el daño que te hizo, no hasta que lo viste en la fiesta a la que viniste conmigo… ¿Recuerdas?
-Primera vez que te veía en un año, ¿Cómo olvidar?. Erika estaba que se lanzaba encima de ti… "Ay Katie, pero que está soltero, tiene tu edad y ¡es de un bello!" –Rodé los ojos, imitando su gesto preferido-. Parecía una adolescente con hormonas alteradas y tenía que, ¿Veinticinco años?
-¿Erika no está viviendo aquí, por cierto?
-Se acaba de mudar con Charlie.
-No sabía que estabas viviendo sola.
Ahora o nunca. No era el momento, pero tenía que hacerlo.
-Oliver –dije sencillamente.
Pausa.
-No puedo creer que la presencia de alguien que te dejo destrozada te haga tan feliz. Es una locura, Katie.
-Me hace feliz, y creo que es lo que importa.
-Nada garantiza que no te vuelva a lastimar. No quiero verte otra vez como estabas en sexto.
-Puede sonar estúpido, pero… lo que realmente pasó, fue que me hizo daño por buscar lo mejor para mí.
-Un hombre que deja a su prometida por otra…
-Zach, la fe es irracional. Son cosas que simplemente sé. Y sé que estoy siendo estúpida y que no estoy pensando con la cabeza… pero también sé que lo quiero, y es lo que me importa.
-Nunca creí que fueras tan romántica.
-Algunos nos enamoramos solamente una vez. No podemos dejar que se nos escape. Puedo ser feliz sin él, puedo vivir sin él… pero él es parte de mí, y es casi un deber trabajar para que se quede a mi lado. Un deber que estoy más que contenta de asumir. No puedo…
-No me des explicaciones. Eres grande, sabes lo que haces, y consigo que sea yo el que está cometiendo el error de juicio.
Sonreí, y él me sonrió de regreso. Sabía lo mucho que le costaba decir estas palabras.
-Oye, ¿Realmente piensas eso de mí? –Se sentó, y de alguna manera se me hizo equivalente a un perro que tensa las orejas al intentar escuchar mejor algo que llamó su atención-. Lo que tu prima dijo supuestamente… Que "soy de un bello" o algo del estilo… -dijo, marcando comillas con las manos.
Sentí que me sonrojaba.
-Te ves bien, Zach. Ahora deja me voy a mi cuarto, dentro de poco no cabremos aquí tú, yo y tu ego.
-Vamos, Kate, sabes que me quieres.
-…A este paso me tendré que ir de la casa.
Se rió, volviéndose a dejar caer en el sofá. También sonreí, pero fue al darme cuenta de que mis amigos se sentían en su casa cada vez que venían acá.
Martin y Tatiana tenían cosas para las niñas en nuestra despensa… teteros, chupones, y algunos juguetitos debajo de mi cama. Damyan solía arrasar con nuestra nevera, y a veces llegaba y había cosas ahí que ni Erika ni yo comíamos, y que bien podían ser de Damyan, Charlie o Leanne.
Pensar en Damyan me trajo una punzada de dolor, por lo que aparté mis ojos de los de Zacharías ya sin mi sonrisa.
-Por cierto, ¿En qué anda Susan hoy? Raro no verte con ella.
-Le dije que me encontrara aquí, si no hay problema…
Otro ejemplo más, que devolvió la sonrisa a mi cara.
La noche del onceavo día, llegue del entrenamiento más exhaustivo que había tenido en mi vida. El sol nos había castigado, y eso se había mezclado con nuestro día quincenal de puro entrenamiento físico. No tuvimos un descanso. No había comido, apenas había bebido, y estaba ligeramente deshidratada. Llegue a cenar y a dormir inmediatamente.
Por las noches solía esperar a Oliver. Hacíamos algo de cenar y podíamos quedarnos hablando y haciendo otras cosas gran parte de la noche, pero seguíamos durmiendo en cuartos separados. Yo misma había comenzado a creer que era mejor así, y que era posible vivir de esa forma por un tiempo.
Pero esa noche, me dormí antes de pegar mi cabeza a la almohada, sin querer darme tiempo de cambiarme o siquiera de bañarme.
Me desperté horas después, temblando, con calor y gritos en mi cabeza.
No me había tomado la poción. Ya estaba acostumbrada a los síntomas… temblaba, sentía calor, mi piel estaba congelada, era incapaz de pensar con claridad y me costaba moverme.
Esta vez me frustro realmente. Estaba harta de tener que depender de una poción para poder dormir bien. Aun temblando, camine como pude hacia la ducha y prendí el agua, tratando de entibiarla.
Me deje caer ahí, sin quitarme la ropa. Estaba agotada, frustrada, deprimida. Creo que estaba llorando, mientras el agua regulaba mi temperatura. Pude sentir gotas calientes resbalando por mis mejillas, sin saber identificarlas como lagrimas en mi delirio.
-¿Katie?
¿Era una voz real, o algo en mi cabeza? Traté de responder, pero no pude.
-Katie, responde o abro la puerta.
Nuevamente, abrí la boca y grite con todas mis fuerzas. Mis oídos no registraron ningún sonido, y asumí que los de Oliver tampoco porque la puerta se abrió, seguida de las cortinas de la bañera.
-No tomaste tu poción.
Negué con la cabeza.
-¿Siempre te pasa esto cuando…?
Asentí con la cabeza. Quería decirle que normalmente no estaba tan cansada y frustrada, solamente resignada, pero mi cerebro no conectaba las ideas.
-Ven aquí, Kate.
El agua dejó de caer. Poco después, una luz morada me rodeaba, secando mi ropa y mi cabello. Un par de brazos me rodearon y me levantaron del suelo, me llevaron a mi cama y me depositaron ahí, con ternura y con cuidado.
Entonces, antes de que el sueño me volviera a invadir, un par de manos comenzó a sacarme la ropa y mis ojos se abrieron. Cada punto que esas manos tocaban, parecía revivir. Sentí como me despojaban de mi túnica. Como rozaban mi cintura y mi pecho cuando me sacaban la franela, y mis caderas y mis piernas cuando me sacaban mis pantalones. Luego prestaron atención a mis pies, que aun estaban cubiertos por mis medias.
Mi cuerpo ya estaba despierto, y mi mente estaba pendiente de la realidad, pero llevándola por caminos inimaginables. Me sentía como una hermosa escultura de piedra, bajo unas caricias que, sin ser eróticas, no eran del todo inocentes. Busque unos ojos negros, y los encontré detallándome, analizándome, y un escalofrío recorrió mi espalda.
Lentamente, aquellas confortantes manos me colocaron una camisa y un bóxer, que normalmente utilizaba para dormir. Todo ese tiempo había dejado que esos brazos me manipularan a su antojo, moviendo mínimamente alguna parte de mi cuerpo para facilitarles el trabajo. Les confiaba mi vida entera. Si me dejaban caer, estarían también abajo para atraparme.
-¿Te sientes mejor? –Volví a la realidad, y manos y ojos y brazos y voz se juntaron en el precioso conjunto que formaba a Oliver.
-Bastante… gracias.
Se tendió a mi lado. Con una mano, trazó un camino invisible por mi rostro, haciéndome sentir nuevamente como si fuera una obra de arte. Nuestras miradas estaban cruzadas, y la luz proveniente de las cortinas abiertas era suficiente para detallar cada relieve y cada rincón de sus facciones.
-Me voy a quedar contigo esta noche –decidió, al tiempo que retiraba su mano-. Creo que… que Alicia Spinnet tenía razón.
-¿Al?. ¿En qué?
-Tenía la teoría de que cuando estuviste en San Mungo… –Pude notar en sus ojos lo doloroso del recuerdo, una sombra pasando a la velocidad del rayo-… creía que solo una parte de ti sobrevivió y rescató al resto…
-Lo he escuchado –lo interrumpí-. Erika me comentó.
-Solamente mejoraste cuando yo estaba ahí. Creía que ibas a tener secuelas de esos ocho meses el resto de tu vida. Creía que, al igual que mejoraste aquella ves que yo estaba cerca…
-Entiendo. Así que quieres saber qué pasa si duermes esta noche conmigo. Me gusta esa idea
Me acerqué más a él, apoyando mi cabeza en su pecho y rodeándolo con un brazo. Una de sus manos comenzó a acariciar mi cabello, y yo sonreí, recordando cuando mi cabello solía estar en una larga trenza y no en el corto desorden que era ahora. Tantas cosas habían pasado desde entonces…
-No es eso, Kate –susurró a mi oído-. Quiero saber qué pasa si duermo el resto de mi vida contigo
Cerré los ojos, y mi sonrisa creció.
-Vamos a tener toda esta vida para descubrirlo.
Notas: Capitulo final… 22 paginas y tres fluff-escenas con Oliver. De eso no se pueden quejar. De la tardanza si.
Culpen por la tardanza a un ente del género masculino llamado David Cook. Sí, mucho American Idol en mi tiempo libre, ya lo sé. ¡Ese hombre va a ser mi novio sí o sí! (aunque el hecho de que me lleve nueve años y no me conozca no ayuda).
Irónicamente, el antedicho futuro yerno de mis padres, es quien me dio inspiración. El playlist que tengo de él ha rodado infinitas veces. Si no lo han escuchado… ¿Qué esperan?
Estuve enredada con el año más difícil de toda mi secundaria y mis SAT, porque estoy buscando ir a los Estados Unidos a estudiar.
Luego, leí Twilight. Los cuatro libros. Los odié. Odié mas el hecho de que notaba cierto parecido entre el Bella&Edward y el Katie&Oliver de este fic. Y entre Jacob y Damyan. Ese fue el mayor retraso, darme cuenta de que este fic que tanto amaba se parecía tanto a algo que me pareció detestable.
Al mismo tiempo de Twilight, pasaron dos eventos que cambiaron mi vida. La muerte de un compañero de clases, y un mes más tarde, mi graduación de secundaria (para la que yo escribí y dije el discurso… y no tienen idea de cuantas horas dediqué a esas dos paginitas).
Luego llegó "Whose Line is it Anyway?"... He de decirlo, estos hombres me sacaron de más de una depresión los pasados meses. Dentro de ocho días voy a ver a dos de ellos en vivo. Al mismo tiempo, mis preparativos para venirme a Boston me tenían hecha un desastre (sep, ahora estoy en Boston. Y voy a estar aquí los siguientes cuatro meses)
No es una excusa, es ponerlos al tanto de mi vida. Ahora lo que les interesa: El fic… Esto aun no se acaba. Se nota, no es un final que concluya en exceso.
Queda epílogo (Nada de "diecinueve años después". Hm, de donde me suena eso…) y este epílogo va a tener una sorpresa que no creo que ninguna se espere. No pienso darle un giro a la historia, si eso les preocupa.
Este fic, que ha estado conmigo tanto tiempo… no sé ni qué decir. Siento que estoy poniendo un punto y final gigantesco, y no sé qué escribir después del mismo. Los agradecimientos estarán más detallados después del epílogo, pero muchísimas gracias a todas por estar ahí leyéndome y apoyándome. ¡Se les quiere! No habría podido terminar esto sin ustedes.
Lo digo en serio. Hay testigos de mi inseguridad con respecto al primer capítulo. Lo leí, lo releí, temía que no fuese tomada en cuenta dado a lo poco común de la pareja. Después de mucho tiempo, me animé a publicarlo, con la mentalidad y esperanza de dos o tres reviews por cada uno de los diez o quince capítulos que tendría la historia. No imaginé que tendría tantos lectores tan fieles. Sigo sin saber cómo pasó. Sigo sin creer que lo merezco.
El plan original cambio quinientas veces (al menos). No es lo mismo, y yo no soy la misma. Hay cosas que cambiaría (sigo traumatizada por el capítulo siete)… Pero nada cambia ni borra aquellas tardes en mi cuarto, planeando una historia de un año por capítulo y preguntándome si alguna vez vería luz. Una historia que no habría terminado de no haberla publicado, de no haber recibido los ánimos necesarios y la fuerza para seguir incluso cuando me provocaba destruir todo lo relacionado con ella.
Gracias por ayudarme a cumplir varias de mis más grandes metas personales. Espero que esa ayuda también haya sido satisfactoria para ustedes. Espero haber cumplido sus expectativas, y mis más sinceras disculpas si ese no fue el caso.
Los adora,
K.
