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Los ritmos convexos tañían aún los oídos desconectados, desordenando mis estados mentales y metiéndolos en cajas vestidas de papel de burbujas (si es que las visten como putas). En ese momento salté de una de ellas convertido en un vulgar payaso muellerín vestido con un vestido amarillo, botones rojos, borlas de colores. La metamorfosis era perfecta. Apenas el gorro me dejaba enterarme de lo que pasaba ante mis ojos semiusados, tan encajonado estaba. Y como de la ceguera al guantazo solo hay un paso, el paso se dio y me metí el guarrazo. Gran esfuerzo me costó levantarme, pues mis pies habían sido transformados en un muelle redondo y vacilón como solo podía ser un payaso muellerín. Tras conseguirlo, el gorro se transformó en un cubo de ventanas que me blindaban contra las inclemencias de este sueño. Los ojos alcanzaron todo su potencial y pude admirar el lugar que me aprisionaba desde que nací. Me encontraba en una sala semiesférica y pringosa, llena de circunvoluciones cerebrales y neuronas como puños. Goteaba baba cerebral por todas partes. En diez segundos estaba empapado, y los ropajes de payaso reaccionaron químicamente con las babas y se transformaron en bombillas, que iluminaban mi camino. Seguí avanzando por las galerías crepusculares del cráneo hasta encontrarme con un túnel de espejos. Había dos espejos, uno frente a otro y en ellos se reflejaba el contrario hasta el infinito. Intrigado, me puse a mirar la superficie en que se reflejaba hasta la eternidad un personaje vestido de bombillas y con un cubo translúcido en la cabeza hasta que, hipnotizado, me caí y me introduje en el túnel…
