Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son propiedad de
Stephenie Meyer y su casa editorial.
El resto de los personajes son propiedad de "Mirgru"
Advertencia: Posee contenido adulto y lenguaje explícito.
Solo para mayores de 18 años.
Historia original, se prohíbe su copia parcial o total sin permiso del autor
Susurros Inmortales
Capitulo 1
Bella - En el Principio
… "Se dice que ellos fueron creados por el mismísimo Mario, hace más de un milenio, hijos de la Real Casta, emblema de los que ellos insisten en llamar "Sangre Pura". Su sabiduría solo es aparejada por los tres antiguos que residen en Italía. De costumbres refinadas y amantes de las artes, conservaban un estilo de vida … digamos purista. En algún momento del Siglo XVII, algo cambio y nuestros amigos rumanos, decidieron salir a la luz. Se exhibieron ante unos pocos : Diplomáticos, personas influyentes, tan embargados de poder como ellos mismos. ¿Puedes imaginártelo Bella? Sentados en sus tronos reales, absorbidos en su propia divinidad. Acudían a ellos, en busca de conocimiento y pagaban con presas vivas, ese favoritismo. De allí muchas de las leyendas sobre los terratenientes que servían a los demonios sedientos de sangre, ofreciendo doncellas vírgenes para pagar su lealtad. Se llamaban Vladimir y Stefan. Su recuerdo se ha perdido para siempre de la memoria de los inmortales. Algunos dicen que sucumbieron en medio de una turba que incendió su castillo, tras años de cruel sometimiento. Otros cuentan que se convirtieron en piedra, tras permanecer inmóviles por tanto tiempo. Yo me inclino a pensar que los vampiros italianos intervinieron. A estos últimos les debemos el secreto orden que hoy disfrutamos.
Esta comenzando a amanecer Bella … debo irme, pero no temas estaré en tus sueños pronto"…
Me removí en mi cama, intentando aferrarme al glorioso cuerpo de mi amante. Solo el frío de la cama vacía, respondió a mi agarre. Suspiré frustrada, aún sintiendo su voz profunda y melodiosa, recitándome al oído. Había despertado antes de que la alarma del reloj me trajera de regreso a mi rutinaria vida, solo por las noches, en la inconsciencia del sueño, me sentía protagonista de una historia diferente.
Me volvía una mujer deseable y excitante, que había conquistado el amor de un ser sobrenatural. Le había puesto un nombre y apellido a mi fantasía: Edward Cullen. Un vampiro de más de cien años de edad, que noche tras noche, se colaba en mi habitación. Mi imaginación era tan vívida con respecto a sus visitas, que las candentes escenas que creaba en mi mente durante la vigilia, me hacían cometer muchas torpezas. Ojala los recuerdos de mis alucinaciones fueran igual de pecaminosos, pero no. Solo atesoraba el sonido de su voz, contándome historias sobre un mundo desconocido y apasionante. Ni siquiera le veía, solo su presencia llenando el vacío de mi alma romántica. Soy tan patética. Me reté a mi misma, obligándome a levantarme de un tirón.
De pronto mi mano sintió la textura de las sabanas. Estaban frías, casi heladas. Mi mente vago sobre las arrugas que extrañamente hacían el dibujo de un cuerpo. Parecía como si realmente alguien hubiera estado acostado a mi lado.
Acaricié la huella con ternura, mientras una lágrima corría por mi mejilla. Lo estaba haciendo de nuevo. Transportando la fantasía a la realidad, rehuyendo de mis problemas emocionales, creándome un entorno ficticio en el que refugiarme. Talvez como había sugerido mi psicólogo, debía hacer más asiduas las terapias. Por suerte hoy tenía cita.
Borré el rastro de las lágrimas con una mano, mientras me apresuraba sin sentido hacia una mañana repleta de actividades. Llenar mi tiempo de quehaceres era una forma saludable de esconderme, aunque igualmente engañosa.
Puse la cafetera a funcionar, mientras que tomaba la primera ropa que veía para vestirme. Encendí el ordenador, antes de ir al baño a lavarme y cepillarme los dientes. Tomé solo un respiro para sorber el café, mirando hacia la húmeda mañana de Seatle. Me encantaba ver amanecer en la ciudad, la luz ganándole tonos rojizos y rosas al gris de los edificios. Allá a los lejos, el verdor que nunca se acallaba en Washington, me traía añoranzas de mi pueblo: Forks.
Hacía casi tres años que me había ido, para ir a estudiar a Seatle. Allí había quedado mi padre: Charlie. El Jefe de Policía del pequeño poblado. Un hombre serio, poco afecto a demostrar sus sentimientos. Cosa que yo había heredado o que se me había pegado al compartir parte de mi niñez y casi toda mi adolescencia en su única compañía. No era un mal padre, solo que su falta de comunicación y su ausencia por el trabajo no era el escenario más favorable para una chiquilla tímida y retraída que secretamente se culpaba por la separación de sus padres. Mi mamá Renne era en verdad la mayor responsable de ese fracaso. Siendo una niña muy pequeña, había escuchado como ella le reprendía a mi padre diciendo que de no haber estado yo de por medio, nunca se hubiera casado.
Aun tengo pesadillas de aquel día. El estar detrás de la puerta escuchando como mi madre gritaba que le había arruinado la vida. Recuerdo que corrí hacia la parte de atrás de casa, internándome en el bosque más y más. Aún me aprieta el corazón, la congoja de ese momento. Algo en mí cambio ese día y no para bien. Fue la primera vez que soñé con él. A veces creo que mi encuentro solo fue parte de mi fantasía. O tal vez reservé la imagen del rescatistas que me encontró, para mezclarla en mi mente infantil.
La romántica empedernida solo se conforma con la versión de que él me encontró.
… "- ¿Qué haces aquí pequeña? - Susurró la voz más dulce que he escuchado.
Me giré a mirar la altura de donde provenía el sonido. A mis cinco años, cualquier adulto parecía un gigante.
- Me enganché el vestido. Mi mamá va a estar muy enojada conmigo. - Recuerdo que volvía a llorar desconsoladamente, hasta que sentí unos dedos helados, sobre mi cara. No se porque el roce no me extraño y le sonreí complacida.
- Pero mira que cachetes tan colorados traes. Eres una cosa muy bonita, para estar tan triste por un vestido. - Se agacho a mi lado, mirándome fijamente.
Un estado de somnolencia iba desdibujando su rostro. Estiré mi mano hacia su cara y él retrocedió.
- ¿Estás asustado? - Pregunté con extrañeza, olvidando mi pena.
- La verdad que sí. - Miré sus facciones perfectas, bajo una piel blanca como la nieve y un cabello ondulado de caoba intenso.
- No tienes porque estar asustado. Yo estoy acá. - Le dije tomando su mano que pareció quedar perdida en la enormidad de la suya. - ¿Estás muy frío? - Mencioné al sentir su tacto.
- ¿No te asusta? - Consultó con su voz profunda.
- No. A mí también se me ponen frías cuando no llevo guantes. - Me miré la mano y dije muy quedamente. - Hoy tampoco llevo guantes, me los olvidé en casa. - El nombrarla hizo más patente el dolor de mi pequeño corazón.
- No llores mi ángel. ¿Cómo te llamas?. - Dijo el extraño.
- Bella, me llamo Bella. Pero mi mamá me dice Isabella y mi papá también me llama Isabella cuando está enojado. - Gruesas lágrimas volvieron a correr por mi cara.
- Yo me llamo Edward, Bella. - Hizo un breve silencio y luego agregó - Yo haré que llegues a tu casa, si me prometes no llorar más. - Concedió él con un suave tono.
- ¿Tu también estuviste llorando? - Pregunté mirándolo de frente, con toda la torsión que mi cuello permitía. Mi estatura apenas le llegaba a la cadera.
- No. ¿Por qué se te ocurre? .- Sonrió ante mi ocurrencia y el día se volvió más luminoso.
- Porque tienes los ojos muy rojos. A mi papá cuando llora, se le ponen rojitos, aunque él dice que es porque está muy cansado. Pero yo se cuando llora, después de pelear con mi mamá. Una… una vez le pregunté y me dijo "A veces los hombres lloran y eso no es ninguna vergen .. ver ..
- Vergüenza. - Corrigió con dulzura. - No es ninguna vergüenza que un hombre llore, Bella. Por hoy … yo voy a dejar de llorar, si tú me prometes lo mismo.
Asentí con la cabeza. El sonrió y su imagen quedó grabada en mi mente y en mi corazón. Hoy con 21 años de edad le recuerdo con total exactitud. Dicen que estuve extraviada casi un día y medio, medio deshidratada y delirando. Lo más extraño es que me encontraron a pocos metros de mi propia casa. Yo insistía que un misterioso "alguien" me había rescatado. Por supuesto que nadie me creyó.
El incidente de mi niñez podía haber pasado por solo un capitulo olvidable de mi vida, a no ser porque mi madre decidió marcharse a la semana siguiente, abandonándonos a mi padre y a mi sin más explicación. Con los años conoció a Phil, un entrenador de ligas menores de béisbol, que supo darle la alegría que no supo conseguir con nosotros. Este echo que trajo tranquilidad a su vida, hizo que intentara reconciliarse conmigo y yo había accedido a visitarla algunas veces, sin llegar a sanar totalmente la relación.
Cuando la adolescencia llegó, ya me había convertido en una huraña que se ocultaba en los estudios y los libros. Todo era parte de un ciclo que transcurría sin que yo interviniera demasiado y así hubiera sido, si en el último año no hubiese aparecido mi joven salvador.
Puede que solo haya sido mi imaginación, pero nadie puede negar el echo que un estudiante nuevo había sido trasladado desde Alaska, junto a su hermana. y que compartirían el último semestre del instituto. Todos hablaban de ello. Lo más extraño, fue que no llegaron a cursar ni un solo día. Casi nadie llegó a conocerlos en el pueblo. Se fueron como llegaron; pero yo reconocí su rostro en el estacionamiento del colegio. Era un día encapotado, con grandes nubarrones a punto de romper. Los estudiantes corrían a clases, cuando le vi apoyado sobre un auto gris metalizado. Se giró como presintiendo mi presencia. Estaba igual que en mis sueños, le sonreí. El me miró con el seño fruncido, se subió al vehículo en un movimiento inverosímil y desapareció de mi vista. Desde ese día es que comencé a soñar con él. Era mi amor secreto, mi fantasía privada.
La única que supo de mi obsesión era mi única amiga: Angela Weber. Una tranquila chica, con la que rivalizaba en timidez y que en los últimos años se había vuelto mi confidente y mi más entrañable compañera. Ella quedó en Forks, al igual que Jacob. El único chico que había demostrado interés real en mí.
Jacob Black, un niño grande de 15 años que parecía de 19. Tenía una sonrisa enorme, que se destacaba en su rostro moreno. Era tan hermoso con su cabello largo y su cuerpo atlético. Me sentía con demasiada suerte para que fuera cierto. Todos modos el tiempo inexorablemente me devolvió a la realidad. Vivía a unos Kilómetros, en la reserva Quileute. Habíamos salido un par de veces, hasta que él insistió en que conociera a Bill, su padre. Temblé recordando el encuentro. Su padre estaba en silla de ruedas y nos esperaba en el porche de su casa, pero al verme ni siquiera permitió que entrara. Sus ojos entornados, me miraban con recelo, como si algo estuviera muy mal en mí. Por supuesto que no me extraño cuando Jacob dejo de frecuentarme y en alguna de las escasas veces que había ido de visita al pueblo, me enteré que acabó poniéndose de novio con una joven llamada Leah de la reserva de Makah. Ni siquiera tenía una verdadera añoranza por aquella relación, solo que ello me convenció que era mejor estar sola. No más rechazos, no más desilusiones.
El secundario acabó. Llegó la universidad y una nueva ciudad. Decir que me fue fácil adaptarme, sería una gran mentira. Pero los estudios llenaron mis horas y por suerte conseguí trabajo en la biblioteca del campus. Gracias a Dios ganaba lo suficiente para poder alquilar sola un pequeño departamento en la última planta de un edificio a pocas cuadras de la facultad de letras. Solo por las noches, sentía la soledad acosándome. Talvez por ello es que mis ensoñaciones se habían vuelto más frecuentes en los últimos tiempos. A veces eran tan vívidas que me despertaba saboreando un gusto a miel en los labios.
Por consejo de Angela y preocupada por mi salud mental, es que accedí a tomar terapia con un profesional.
Terminaba mi café, pensando en que tendría bastante que hablar con él para mi sección de hoy. Pero antes, debía volcar mi relato en la computadora, antes de que olvidara el sueño.
Ese era mi último hobby o mejor dicho mi nueva obsesión adquirida. Escribir historias en un sitio de Internet llamado Fanfiction. net . Pensar en ello me hizo sonreír, mientras comenzaba a teclear un nuevo capítulo, basado en los cuentos de Anne Rice de Bram.
El día continuó sin sorpresas y en total normalidad. A las ocho de la tarde ya me encontraba en las puertas del consultorio. Había tenido una real suerte de conseguir un profesional que atendiera tan tarde y con el que congeniara tan bien. En pocas sesiones logró desenterrar mis temores e inseguridades más profundas. A veces me sentía culpable de la creciente amistad con la que comenzaba a tratarle, pues me atormentaba que esto rompiera la regla de trato doctor – paciente, pero él había insistido que no se sentía comprometido por la familiaridad, y que estaba bien, si yo le tenía más confianza. Así pues estaba yo con mi vida. Arreglé un poco mi cabello antes de enfrentar a la preciosa recepcionista.
- Hola Bella. Llegas a tiempo, como siempre. - Sonrió la secretaria con una ternura que inmediatamente me hizo sentir tranquila y relajada. Su cabello caoba, caía con gracia por sobre sus hombros, el rostro tenía un gesto plácido y dos hoyuelos se marcaron en la comisura de sus labios perfectos. Secretamente me intimidaba su belleza, pero era tan amable que no podía dejar de preguntarme porque semejante mujer había escogido una carrera de oficinista, cuando podría haber sido una modelo o actriz de cine.
- Hola otra vez. - Dije acomodándome en un sillón. No llegué a hacerlo completamente, pues al instante la agradable visión de mi doctor, se apareció en la puerta de la consulta. - Hola Doc. - Solté con alegría.
- Hola pequeña. Pasa.
Me acomodé prontamente en el mullido sillón, mientras el doctor tomaba un anotador. Ciertamente era tan bien parecido como su asistente. Le miré con cierta inquietud, sabiendo que cuando comenzáramos a charlar, la ansiedad desaparecería.
- Bueno Bella. ¿Cómo te ha ido esta semana? ¿Volviste a soñar con él?. - Preguntó con voz melodiosa.
- Con Edward. Sí. Anoche mismo. - Contesté acomodándome mejor y sonrojándome levemente. No había que saber mucho de psicología para saber que estaba cruzando los límites al poner el apellido de mi terapeuta en mis fantasías personales.
- ¿Y que fue esta vez? - Insistió con interés.
- Solo la misma sensación de que alguien estuvo conmigo, su voz susurrándome la historia de … - Interrumpí la frase a la vez que una pregunta me asaltó .- ¿Puedo preguntarte algo Carlisle? ¿Alguna vez leíste mis historias?
Aquí va el primer capitulo. Espero que les guste y que vayan sumando cada uno de los detalles de la historia.
Bienvenidos. Con cariño Mirna
