Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son propiedad de

Stephenie Meyer y su casa editorial.

El resto de los personajes son propiedad de "Mirgru"

Advertencia: Posee contenido adulto y lenguaje explícito.

Solo para mayores de 18 años.

Historia original, se prohíbe su copia parcial o total sin permiso del autor

Susurros Inmortales

Capitulo 6

Narrador anónimo - Perímetro de la muerte

Volterra – Región de Toscana - Italia.

- ¿Aro? - Preguntó Cayo con seño adusto.

- É una grande perdita, caro fratello (Es una gran perdida, querido hermano), - Contestó Aro cabizbajo.

- No creas que ignoramos, lo que está pasando. Particularmente, creía que podrías manejarlo. Pero la desaparición de Jane es un coste demasiado alto como para que no nos involucremos. - Susurró Cayo.

- Los Hale ya están en Seatle. No tardarán con dar con el escritor. - El rostro de Aro, era una máscara.

Cayo caminó silenciosamente alrededor de éste. A pesar de tener la apariencia más joven, era el más antiguo de los tres. Extendió su mano para tomar una cinta azul con un broche de plata que descansaba en el frió mármol del castillo de Volterra. Era la gargantilla que antes adornaba el cuello de la pequeña Jane. A su lado la ardiente fogata terminaba de calcinar los restos de la vampira. Cayo acarició la joya con cierta ternura, hasta que su mano se fue cerrando en un puño ceniciento.

- Pagarán caro esta traición. El responsable debe ser silenciado pronto, sea humano o inmortal. - Escupió las palabras con furia.

- Lo que no debe ser, sea dicho y las palabras se perpetuaran, exponiéndonos. Debemos eliminar a todos los que han sido nombrados, hermano. - Susurró Marco, saliendo por un segundo de su natural apatía.

- Imposible. Desataría… una guerra. - Expresó Cayo, volviéndose hacia éste. - Eliminar a otros clanes, supone una afrenta abierta, la rotura de alianzas nos expondrá más que una tonta historia, publicada en la red. - Agregó Cayo con voz oscura.

- Nosotros mismos, deberíamos inmolarnos ya que aparecemos en más de uno de los relatos. No seamos precipitados con las conclusiones sobre lo que estas letras suponen para nuestro secreto. - Dirigió Aro.

- Yo digo que no seamos incautos, Estamos a la lumbre de una de las más poderosas hijas que hemos tenido. ¿Tú piensas que no nos afectan? En este momento, más de uno estará trazando sus propios planes al ver esta brecha de debilidad. - Sentenció Marco.

El silencio se extendió durante unos minutos, en la que solo se oía la pira crepitar.

- Demetri, escoged tu guardia. Llevad a Alex contigo. Comenzarán en Denali. Mi viejo amigo Eleazer, será tu primera visita. - Mandó Aro con una leve inclinación de cabeza.

Se acercó al ordenador que estaba prendido. La pantalla iluminada por una luz mortecina anunciaba: " BSwan21: vivo en Seatle Washington. Tímido, introvertido. Mis mejores amigos, son los libros. Me gusta escribir sobre personajes de ficción, que se aventuran en lugares increíbles, relatos de tiempos pasados, hombres lobos, dioses, duendes, elfos, vampiros y humanos. - Creador de 17 historias. "…

- Félix. - Llamó Aro. - Comunícate con Rosalie, dile que empiece por las bibliotecas de Seatle.

Seatle – Washington EE.U.U.

Edward - Perímetro de la muerte

Cinco días han pasado. El vació de mi pecho, parece haberse extendido al resto de mis sentidos. El alejarme, me ha privado de toda sensación, que no sea percibir el rastro de su persona. Me juré a mi mismo que sería lo suficientemente fuerte para no ir a buscarla, pero aún así no me fui del departamento ubicado al frente de su edificio. Desde allí aún puedo percibir la esencia de su sangre, el latir de su corazón, la cadencia de su voz. Cada día ha sido una tortura, cada noche, un suplicio. Le escuché gritar en sus sueños oscuros y me arrastre por el suelo como un moribundo luchando por no saltar la distancia que nos separaba y estrecharla en mis brazos, susurrarle palabras de consuelo para calmar su llanto. Esta última noche, no pude contenerme y crucé hacia su encuentro, al escucharle gritar agónicamente, pero Alice me detuvo.

- Bella, Bella, ya está, ya está es una pesadilla. - Escuché la voz de Alice, en la habitación de mi amada.

- Lo siento, lo siento Alice. - La voz de Bella sonó entrecortada y su llanto me estrujó el pecho.

- Bella. ¿Qué puedo hacer? ¿Quieres que llame a mi padre? - Le sugirió Alice.

Que impactante era que ella contara con mi padre y que yo no pudiera brindarle el consuelo a su aflicción. Sentimientos encontrados batallaron en mi mente. Frustración, desesperación, rabia y celos, muchos celos por lo que él podía ofrecerle. El era la cura y yo su enfermedad. No podía volver con mi familia. No aún con estos sentimientos tan negros en mi alma.

- Solo era un sueño y ni siquiera recuerdo, de que se trataba. Solo siento este dolor inmenso arrasándome el pecho. ¿Qué me pasa Alice? - Gimió Bella.

No podría haber elegido mejores palabras para describir la pena que nos reflejaba a ambos, como dos almas gemelas. Como podía ser incorrecto amarla, si ambos sufríamos tanto al estar separados.

Cierto. Ella no me recordaba. Como dijo ... solo soy un sueño. Un mal sueño.

- ¿Qué te ha dicho Carlisle? - Preguntó Alice

- Dice que el estrés de los exámenes y la agitada vida de la ciudad, me están pasando factura. He pensado que talvez debería irme a Forks. - Respondió Bella.

¿Se iría? ¿Sería capaz de no seguirla?

- Un cambio de aire, sería bueno. - Aplicó Alice, con dulzura.

Mi hermana también estaba sucumbiendo al encanto de la humana, aunque no se diera cuenta. El tono preocupado de su voz, la gentileza de su trato. Iban más allá del encargo de mi padre, para establecer una coartada, antes de desaparecer. Sabía que le había mandado a convencerme de que me alejara e indefectiblemente después, nos marcharíamos para ser solo un recuerdo. ¿Podría aceptar ser solo una añoranza, cuando todo mi ser pedía ser protagonista de su pasión? Si su sangre no me tentara tanto como su cuerpo, talvez me habría rendido hace mucho tiempo. Pero la deseaba como una maldición.

- Y unas noches con buen sueño, sin que tu compañera te despierte a los alaridos, también. - Contestó Bella y salió hacia el baño.

Si no fuera por mis reflejos sobrehumanos, me hubiese descubierto. Me escabullí al balcón, justo cuando vi su delicada figura salir del dormitorio.

- No sean tonta Bella. Si en verdad me molestara ya me hubiese ido. - Alice, me percibió y casi no pudo completar la frase.

A la milésima de segundo se encontraba en el balcón; su mirada acusadora, me enfrentaba desde su pequeña estatura.

- Alice, por favor. Por favor. - Gemí como un niño.

Mi hermana no habló, solo hizo una señal pidiendo silencio. Sus labios se habían convertido en una línea fina y apretada. Parecía tan enojada, que seguramente si pudiera, me gruñiría.

- Mantén la distancia. Ella estará bien si le das tiempo. - Retó con voz autoritaria.

Como en respuesta, el llanto de Bella volvió a inundar el silencio del lugar. Ambos nos giramos hacia donde provenía el sonido. Caí de bruces; mis manos desmadejadas al lado de mi cuerpo inerte. Cada eco de su lamento era un latigazo que me doblegaba.

- Edward. - Dijo Alice en un suspiro. Busque su mirada y la vi brillar conmovida y un atisbo de comprensión suavizó su gesto. - ¿Realmente la amas?

- Más que a mi existencia.

- Debemos, hablar. Mañana. Ahora vete. - Susurró justo cuando Bella abría la puerta del baño.

- Alice, Alice. - Llamó Bella.

Alice abrió los ojos, alarmada, a la vez que señalaba hacia mi departamento en un ademán tirano. Negué con la cabeza y ella, volvió a señalar con más decisión. En la penumbra, Bella avanzaba hacia donde nosotros estábamos. Con sigilo Alice se deslizó hacia la cocina y yo me colgué de la cornisa. La ventana abierta arrasaba con su perfume embriagador.

- ¿Alice? - Volvió a consultar Bella.

- Aquí estoy Bella. - Respondió Alice y el corazón de Bella tartamudeo.

- Me diste un susto de muerte. - Dijo Bella jadeando.

- Te estaba haciendo una taza de té. - Alegó Alice. ¿Alice haciendo una infusión humana?

- ¿Porque no prendiste la luz de la cocina? - Soltó Bella con extrañeza.

- Se debe haber quemado la lámpara. Ven toma un poco de té, que yo haré el sacrificio de tomarme una taza y ni te imaginas lo que odio este brebaje. -

Se que Alice, sabe que estoy aquí. Puede olfatear mi efluvio y haría cualquier cosa, para impedirme que me volviera a colar a su casa. En verdad era tenaz. No podía imaginarme, la repugnancia que estaría soportando al tener que tragar el famoso té. Comprendí que no iba a dejarla sola, por lo menos ahora y me alejé hacia mi oscura residencia.

Al término de algunas horas, observé a Alice entrar a mi morada. Por su tenacidad, le debía al menos, escucharla.

- Nada de lo que digas, supondrá una diferencia. Yo mismo me he dicho cuán equívoca es mi devoción por ella. - Me atajé antes de que comenzara con el discurso.

- Entonces conviértela. - Soltó mi hermana, acercándose a mi lado.

- Jamás. Su humanidad es lo que más atesoro. No seré yo el que acabé con su vida. - Gruñí las palabras.

- Talvez ya lo hayas echo. - Susurró Alice.

Le observé abandonar su gesto altivo, agachando la cabeza y dejando que su rostro se convirtiera en un gesto amargo y taciturno.

- ¿Qué es lo que ocultas, Alice? - Inquirí con el pecho contraído.

- Algo que tú mismo deberías haber advertido, sino estuvieras tan perdidamente … enamorado de esa mortal - Las palabras salieron a la fuerza, pero al menos reconocía mi sentir. Hizo una breve pausa y giró su cabeza hacia la ventana que daba a la calle. - ¿Puedes sentirla desde aquí? Por supuesto que sí. Cada mañana, haz sentido su ir y venir, preparándose para la jornada, el ruido de la ducha, el pitar de la cafetera, el encendido de su ordenador. ¿Eso es lo que está haciendo ahora? - Inclinó la cabeza en signo interrogante.

- ¿Adonde quieres llegar Alice? - Todo parecía sin sentido.

- ¿Nunca te preguntaste que escribía Bella? ¿No tienes curiosidad sobre como te encontramos. - Su voz sonó sombría. Al ver que yo no contestaba; continuó. - Su mente se ha teñido por años, con las historias que tu le haz susurrado, noche tras noche. Se ha asomado a nuestro mundo y en busca de un poco de cordura, volcó esas historias en hermosos escritos. ¡Oh sí, Edward! Yo misma las he leído, son hermosas. Lamentablemente no he sido la única, bastaría que tuvieras una maldita conexión a Internet, en este mugroso apartamento, para que vieras, las maravillas que Bella ha contado sobre nuestros hermanos. - Concluyó Alice.

Procesaba lo que decía, con torpeza impropia de un vampiro. Incrédulo de cuanto había costado, mi descuido. Nuestro mundo había sido expuesto. Yo y Bella con él. Mi amor le había sentenciado.

Como un desesperado, salí en su búsqueda. La gris mañana de Seatle, cobijó mi carrera, mientras que como un loco sin razón, recorría las calles, siguiendo el rastro de su olor. Rogando a todo lo supremo que pudiera encontrarla antes que cualquier verdugo. El camino me llevó a su trabajo. La intensidad de su perfume, me avisó que estaba cerca. Un laberinto de estantes me impedía verla. La biblioteca de la universidad parecía el sitio perfecto para una emboscada y mi mudo corazón se contrajo de angustia.

Sin discreción caminé por los pasillos, respirando al compás de los latidos de su corazón. Giré por el pasillo a sabiendas que ella estaba allí, de espaldas a mí; diligentemente acomodando una enciclopedia en su lugar. Totalmente ajena de la tragedia que se cernía sobre su cabeza, totalmente inocente del malicioso ser que le había robado la vida.

Haciendo frente a todos mis temores, me acerqué por detrás y levanté mi brazo, llevado como un imán hacia la delicada piel de su mano. A pesar de la diferencia de temperaturas, ella no se sobresaltó y siguió empujando el abultado libro para nivelarlo, guiada por mi propia mano sobre la suya. Descargas de corrientes se extendieron en el contacto y la tierna porción de piel de su cuello se erizó, provocando que mi boca se llenara de ponzoña. Cerré mis ojos buscando la templanza que seis años de vigilia me habían dado y relegué mi sed en un áspero trago. Ella totalmente conciente de mí presencia, comenzó a temblar imperceptiblemente y temí que gritara o buscara salir corriendo, pero contra toda suposición, se relajó contra mi pecho.

- Edward. - Exhaló en un suspiro y perdí la batalla.

- Bella. - Gemí sobre el hueco de su cuello, inundando mis sentidos en su adorable perfume.

Apreté levemente su mano, palpando el pulso desbocado de sus arterias, empapándome de su calor. Con un movimiento imperceptible se fue girando hasta fijar sus hermosos ojos marrones en mí.

- ¿Tienes miedo? - Pregunté inclinándome hacia su rostro.

- No. - Contestó alzando su cabeza, haciendo que el hálito de su respuesta se colara por mi garganta.