Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son propiedad de

Stephenie Meyer y su casa editorial.

El resto de los personajes son propiedad de "Mirgru"

Advertencia: Posee contenido adulto y lenguaje explícito.

Solo para mayores de 18 años.

Historia original, se prohíbe su copia parcial o total sin permiso del autor

Susurros Inmortales

Capitulo 7

Bella – Alucinaciones.

Seatle -Washington - Estados Unidos

Deslicé el mouse por algunos archivos; pensamientos sueltos, relatos inconclusos, borradores de algunos cuentos que aún no tenían forma definitiva;

cuando algo llamó mi atención:

…" Corría 1918, cuando la Windy City (Ciudad de los vientos) Chicago, conoció el azote de la Gripe Española, todo el condado de Illinois, se debatía en la gran peste que había comenzado en Kansas. Un tipo de influenza que atacaba a adultos jóvenes y fuertes, diezmando la población en miles y miles. Los cuerpos se acumulaban en todos lados, incluso la estación de trenes, había sido improvisada como un gran hospital. Atrás quedaron los sueños de enlistarse en el ejército. El presidente Wilson, seguía alentando a la cruzada por la paz mundial, mientras los civiles perecían en la peor pandemia conocida. El joven había traído semanas antes, a su padre. No había podido llegar a enterrarlo, cuando su madre también enfermó. Los últimos pensamientos concientes, le ubicaron en un improvisado camastro, envuelto en un delirio febril. Parecía que estaba anocheciendo, pues la luz se colaba difusa por la estancia. Sus ojos se fijaron en el crucifijo que colgaba en la pared de enfrente. El cuerpo de su adorada madre, convulsionaba a su lado, aferrándose a la bata de un doctor, dedicándole su último aliento en un pedido desesperado "Sálvelo, a como de lugar. Yo sé que usted puede". Su respirar jadeante, indicó al médico que sus pulmones estaban completamente llenos de fluidos. El joven se estiró en un intento de alcanzarla y susurro incoherentes palabras de alivio. Un acceso de tos y fue lo último que se supo de Elizabeth Masen.

Con infinita tristeza, el médico se volvió hacia el joven paciente. Le destapó los pies. La imagen de sus extremidades completamente entumecidas y de un negro antinatural, completaron el diagnóstico. Ya no había nada humanamente posible, para salvarlo. El buen doctor pensó en el último deseo de la moribunda y en su propia desolación. Se acercó a la yugular del joven y con el dolor lacerante de sus dientes desgarrando la piel, le dio la bienvenida a la inmortalidad. Ese fue el primer crepúsculo del nuevo vampiro y el último atardecer de Edward Masen. "…

- Edward. - La voz se me quebró.

Apenas nombrarlo y la paz se instaló en mi corazón, en reconocimiento de que él era la cura para toda mi aflicción. Inmediatamente la imagen del encuentro en mi niñez y la efímera visión de su persona en la adolescencia, restableció el orden en mi alma y fui feliz, con saber que le había recordado, sin importar que solo fuera producto de mi imaginación. Hoy más que nunca agradecí haber escrito cada una de mis alocadas ideas. Acaricié la pantalla y me marché al trabajo en la biblioteca del campus.

No tarde mucho en ponerme en actividad. Inusualmente me encontraba con un grado de excitación como si algo estuviera por pasar. Ingenuamente sonreí a una anciana que estaba a unos metros. Extrañamente ésta me devolvió una mirada penetrante y por saludo olisqueó el aire con un gesto de asco.

¿Qué le pasa a esa mujer? Normalmente la gente mayor, resultaba más educada. Me gire a verla nuevamente y se levantó del lugar con una destreza inusitada para su edad. El broche plateado brillo en el cuello marchito. Pensé: Demasiado elegante, para visitar una biblioteca. Seguro que acabaría golpeada en algún callejón por vestir esa joya.

Continué con el lento recorrido de acomodar los volúmenes devueltos, cuando choqué violentamente con una joven de largos cabellos rojos. Varios libros se me cayeron al suelo, por lo que me agache a recogerlos y al volver la vista a la pelirroja, me encontré con el mismo gesto fiero. ¿Qué le pasaba a todos, que estaban de tan mal humor? Quise disculparme, pero mi voz se atragantó en mi garganta. Llevaba el mismo broche que la anciana. Mi mente se pobló de imágenes desconocidas, donde unas manos tan pálidas como la garganta de la chica, colgaban la gargantilla en un fluido movimiento "Benvenuti nella famiglia, Rosalie" (Bienvenida a la familia Rosalie) La frase resonó en mi cabeza en un eco claro y preciso. Solo un parpadeo y la joven, desapareció tras una esquina sin mediar una disculpa, por su descortés acción.

Empujé el carrito unos pasillos más y me disponía a ubicar una pesada enciclopedia de arquitectura precolombina, cuando tuve la presunción de que alguien estaba detrás de mí. Extrañamente la opresión de mi estómago, ante la cercanía del extraño; no fue desagradable. Cerré los ojos ante el sutil acercamiento de su persona. Aún acomodaba el libro en el estante por encima de mi cabeza, cuando la nívea mano, se apoyó en la mía. Aunque su temperatura fuera levemente más fría que la mía, el roce quemó. Miles de descargas eléctricas se extendieron por mi piel, haciendo que se me erizara los vellos de la nuca. Con delicadeza acompañó el movimiento de mi brazo, ayudándome a acomodar el libro. Mi cuerpo comenzó a temblar incontrolablemente. Estaba al límite de perder la razón, alucinando con su presencia, pero me sentía tan gozosa de abandonarme a ella, que imperceptiblemente me eché hacia atrás. Esta vez, el pecho marmóreo de mi fantasía, me respaldó. Tan real, como la mano que recién me acariciaba. Aspiré su fragancia única, mezcla de miel, lirios y sol. Me giré esperando que se desvaneciera en el aire, solo para enfrentarme a la delgada figura de mi amor imposible. Perfecto como lo recordaba en mi niñez. Su piel pálida al extremo, su cabello color bronce, que caía descuidadamente sobre sus hombros. Sus labios llenos y la línea griega de su nariz. Solamente el color de sus ojos, había cambiado en un tinte ambarino, que segundo a segundo mudaba a un iris más oscuro. Vestía totalmente de negro, con un sobretodo largo y desgastado. Le devoré con la vista, llenándome de él, esperando que desapareciera, pero su cuerpo siguió pegándose al mío, arrinconándome contra la estantería.

- Edward. - Le llamé en un profundo suspiro.

- Bella. - Gimió sobre el hueco de mi cuello. Su halito frío erizó mis pezones marcándolos sobre la camisa que traía. Sus ojos devoraron el nacimiento de mis pechos y con una respiración totalmente errática, se contoneó sobre mí, acomodando su cuerpo a mis curvas, buscando prolongar un contacto que amenazaba quitarme toda razón, aunque solo me sujetaba por la muñeca izquierda, mientras su otra mano apoyada en el marco del anaquel, rodeaba mi cuerpo completamente.

- ¿Tienes miedo? - Preguntó inclinándome hacia mi rostro.

- No. - Contesté alzando mi cabeza.

El entreabrió los labios, mostrando una hilera perfecta de blancos dientes y la punta de su rosada lengua, pareció saborear mi aliento. Un gruñido casi animal, salió de su pecho, pero no me asustó. Me alcé de puntillas buscando su boca, cuando un movimiento seco, me separó abruptamente. Su cabeza giró hacia un lado y otro, como buscando a algo o alguien. Sus manos me alzaron por la cintura, apretándome dolorosamente. Gemí ante su fuerza y quise protestar, ante este sueño que comenzaba a volverse demasiado rudo, cuando fui conciente que me levantaba del suelo y corría hacia la salida posterior. Avanzaba en una velocidad imposible, en un imperceptible movimiento, divisé a una señora de cabellos ondulados que corría hacia nosotros. El mismo prendedor relució en su cuello y la mirada asesina, se desdibujó en unos ojos rojo escarlata. Quise gritar por el terror de esa visión, cuando la presión del brazo de Edward, me quitó todo aire, al arrojarme violentamente adentro de un auto de vidrios polarizados. Mi cabeza golpeó en su interior y en un intento desesperado de dilucidar lo que pasaba, pude ver la pequeña figura que sostenía la puerta, mientras arrojaba un paraguas negro a la calzada.

- No lo hagas. - Susurró Alice mirando hacia lo alto. Un punto indefinido llamaba su atención.

A sus espaldas, vi el borrón de otra mujer saliendo de la biblioteca, con su tez color tiza y rubios cabellos flameando en el viento. Era la imagen viva de una diosa furiosa. Extendió sus manos, intentando jalar las ropas de la pequeña Alice, justo al momento en que ella lograba deslizarse adentro del auto.

- Alice. - Gritó Edward arrancando aún con las puertas abiertas.

Me acurruqué sobre el asiento, girándome para ver por la ventanilla trasera. Nuestra perseguidora, había alzado el paraguas que Alice, había tirado, cubriéndose con éste. Nos miraba con fría determinación tras sus refulgentes ojos rojos. Por supuesto que la misma gargantilla brillaba en su garganta marfileña.

Me aferré a mis piernas, pues mi cuerpo comenzaba a convulsionar ante el estado de sock que me inundaba. Aún así era totalmente conciente de la presencia de Alice a mi lado. Sus delicadas facciones, parecían contrariadas, el cabello castaño claro, se enredaba bajo el aire que entraba por las ventanas del auto. Sus pálidas manos aferradas como garfios al cuero del asiento del vehículo, hablaban a las claras de que algo muy grave acababa de ocurrir. Enfrente de mí el cabello cobrizo de Edward se agitaba bajo el mismo aire y en ademanes bruscos le indicó a Alice que se cruzara adelante. Conducía a una velocidad descomunal, esquivando los autos con precisión quirúrgica. Sin aminorar la marcha y a una rapidez que mi visión no pudo percibir, cambiaron de lugar y de repente él estaba conmigo, atrayéndome hacia su pecho en un abrazo hercúleo.

- Lo siento, Bella, Lo siento. No sabía lo que hacía. Yo nunca quise hacerte daño. ¿Entiendes? - Murmuraba, acariciándome la espalda en un ademán tranquilizador.

- Vamos con Carlisle. - Gritó Alice.

- No. Le llevaríamos con él. Estamos solos, en esto. - Gruñó Edward.

Yo no podía articular palabra. Edward, Alice, el Doctor Cullen. ¿Qué mierda estaba pasando?

- Debemos avisarle, debemos darle tiempo para que huya. - Volvió a decir Alice con voz histérica.

Edward cogió el teléfono que le tendía Alice y en un tono neutro, que no dejaba de ser tenebroso dijo:

- Padre. Soy yo. Están aquí. Yo me iré con ella. - Por unos breves segundos pareció escuchar a su interlocutor. Luego siguió. - No. Alice, está conmigo. No lo sé. No puedo, los siento, lo siento. - Cerró de un golpe seco el aparato y luego lo arrojó a la carretera.

- ¿Qué dijo? - Pidió Alice con angustia.

- Eres libre de alejarte. Estoy marcado. No tienes que sufrir, mi destino. - Contestó Edward.

- Estás loco. No voy a dejarte solo. Además ellos, me vieron. - Bramó con voz impropia de su pequeña persona.

- ¿Cuántos eran? - Inquirió Edward, apretando su abrazo.

- Dos al menos. La camaleón de la biblioteca y un francotirador afuera. Tuve la visión de ellos, justo cuando te fuiste. - Susurró Alice. - ¿Cómo estás Bella?

Su pregunta, me alteró más que todo lo sucedido. Como si fuera parte de un sueño del que solo era una espectadora y de repente el actor saliera de la pantalla y me encarara para preguntarme si me gustaba la película.

- ¿Estás bien Bella? ¿Te hice mal? - Consultó Edward con dulzura.

No pude hablar, solo respondí con un cabeceo en señal de asentimiento. El volvió a apretarme contra su pecho frío y deslizó besos ínfimos sobre la corona de mi cabeza. No sabía hacia donde huíamos y quién nos perseguía, pero nada importaba si el amor de mi vida me tenía en sus brazos. Cerré los ojos, dejándome vencer por el sueño y me deslicé a la inconciencia.


Gracias nuevamente por leerme. Poquito a poquito se van sumando y eso me alienta a esmerarme. Espero haber captado la adrenalina del momento y como se desencadena la acción. ¿Ya saben quién era el francotirador y cuál es el talento de Rosalie?

Bienvenidos. Siempre. Mirna.