Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son propiedad de
Stephenie Meyer y su casa editorial.
El resto de los personajes son propiedad de "Mirgru"
Advertencia: Posee contenido adulto y lenguaje explícito.
Solo para mayores de 18 años.
Historia original, se prohíbe su copia parcial o total sin permiso del autor
Susurros Inmortales
Capítulo 14 – Viejos amigos
Bella
Reserva Quileutte - Estado de Washington EE.U.U.
Al principio no logré prestar atención hacia donde nos dirigíamos, pero conforme pasaban los minutos y los kilómetros, me di cuenta que estábamos casi sobre las playas que daban a la reserva Quileute. Estábamos en Forks. Saber que mi padre estaba tan cerca, fue el aliciente que necesitaba para ser valiente por primera vez y me animé a abrir la boca.
- ¿Por qué vinimos, aquí? - Solté parecido a un jadeo.
- Vamos a la reserva. Edward tiene que hablar con el Consejo. - Respondió Alice con su encantadora voz, aunque el tono contenía recodos de preocupación.
La pequeña vampira me había cargado sobre su espalda y haciendo gala de una fuerza y velocidad extraordinaria, me trasladaba en una carrera pareja con los tres hombres que nos custodiaban. Seguida muy de cerca por él, que aún se mantenía reacio a acercárseme.
No había entendido, casi nada de lo que pasaba. Solo que esos matones de musculosos cuerpos y piel morena, nos habían obligado a ir con ellos. El conocimiento de que la frontera sobrenatural, era una línea muy fina, me hizo tomar con cierta ligereza la presencia de los intrusos, con esa aura peligrosa y animal que percibía. Sin saber ciertamente que eran; estaba totalmente convencida que no eran precisamente humanos o por lo menos en la comprensión exacta de la palabra. Por un momento creí que eran otros vampiros que venían a darnos caza. Luego del intercambio ácido de algunas frases y gruñidos, tuvieron la delicadeza de dejarme a solas con Alice para que terminara de cambiarme. La pequeña Alice, miraba con aprensión hacia la pequeña ventana. A conocimiento de su don, consideraba que ella se estaba esforzando para ver nuestro futuro. No hacía falta ser vidente, para llegar a la conclusión, que no se veía nada bien.
Al final de la carrera, descubrí la hilera extensa de árboles que cubría la entrada al pequeño reducto de casitas de maderas. Los recuerdos trajeron a mi mente la única visita que había realizado a la reserva y mi primera decepción amorosa: Jacob Black.
Como si nombrarlo mentalmente, fuera parte de una proclama. Jacob apareció en el marco de una de las cabañas. Su torso descomunalmente grande y definido, se destacó contra la penumbra de la tarde que comenzaba a caer. Ahora llevaba el cabello corto, lo que hacía más notorio el dibujo osco de sus cejas hirsutas. De repente su vista se cruzó con la mía y algo pareció ablandarse en el interior. En un parpadeo, el acero cubrió de nuevo su semblante.
- Sam. ¿Por qué los has traído aquí? - Soltó Jacob con hosquedad.
- Cullen ha pedido hablar con el líder y solicitaron protección para la chica. - Explicó el llamado Sam, haciendo un además seco hacia mi persona.
- Isabella. - Pronunció Jacob con un tono bajo. Si bien era un saludo, la palabra sonó a un gruñido al ser soltada entre dientes.
- Hola Jake. - Ni siquiera la fiereza de su gesto podría combatir el tibio sentimiento que envolvía su recuerdo.
Podría haberme decepcionado, al no persistir en nuestra relación. Pero no podía negar el afecto que nos había unido en un principio. Siempre fue muy correcto, tierno, amable y siempre sería mi primer beso. Como si pronunciara estos pensamientos en voz alta, Edward se acercó por primera vez a mí e interpuso su cuerpo a mi visión.
- Supongo que tú eres el líder de la manada. - Espetó Edward, groseramente interponiéndose entre nosotros.
- Cuantas décadas deberás seguir en la preparatoria para aprender modales. - Soltó Jacob, avanzando hacia mí y en un intento brusco de rodear la figura de Edward, golpeó su hombro. En un movimiento inverosímil, éste se giró aprendiendo con su mano, el antebrazo de Jake.
Todo a mi alrededor, se volvió una nube de polvo y al instante siete enormes lobos nos cercaron en un rugido sordo y amenazador.
- Edward. - Grito Alice. El alarido me paralizó.
Por el rabillo del ojo vi a una de las ciclópeas fieras sostener sus fauces sobre el cuello de Alice. Un movimiento en falso y la cercenaría por completo.
Decir que estaba aterrada, era poco. El miedo me inmovilizaba por completo, pero mi cabeza trabajaba a mil, tratando de llenar el vació de lo incomprendido con imágenes muy claras sobre espíritus que adoptaban la forma de animales poseyendo el cuerpo de los guerreros quileutes. Una larga descendencia desde el Jefe Kaheleha, Taha Aki, Taha Wi, Yaha Uta, habían custodiado la tranquilidad de su gente, en una simbiosis extraña entre la magia y la tradición aborigen. La seguidilla de nombres no me decían nada, hasta que en la milésima de segundo que ocupo toda esta información en mi mente, se marcó el nombre de Efraín Black. Black… el mismo apellido de Jacob y allí todo encajo. "Eres el líder de la manada… el líder de la manada, manada" Fue cuando todo se volvió negro, mientras unas manos tanto heladas como quemantes me agarraron.
- Quita tus asquerosas manos de ella. Chucho maloliente. - Alcancé a escuchar.
- Tú, perversa sanguijuela, suéltala. - Respondió la otra voz y sucumbí.
Horas después, desperté recostada en un pequeño camastro. La cabaña estaba iluminada con una débil bombilla. El aroma a madera se filtraba en el aire, potenciado por la humedad circundante. Afuera llovía copiosamente y el ruido del chapuceo aletargaba el monótono silencio.
Quise incorporarme, cuando el dolor desgarrante de mi costado me obligó a recostarme de nuevo. El quejido fue ínfimo, pero aun así, dos figuras se abalanzaron por la puerta en cuestión de un segundo. Olvidando sus diferencias, el licántropo y el vampiro estaban pegados piel a piel tratando de acercárseme.
- Bella. - La voz de Edward fue una caricia y supe sin ninguna duda que él era el amor de mi vida. Podría haber confundido ese sentimiento, cuando conocí a Jake, pero la poderosa emoción que me unía a Edward, era perfecta, absoluta. Incuestionable.
- Isabella. - Soltó casi al unísono Jacob y el registro se perdió en mis cavilaciones, deslumbrada por la presencia de Edward.
Volver de la inconciencia y tener su rostro frente a mí, era parecido a morir y ver un ángel. Hasta su cabello cobrizo parecía resplandecer en un aura dorada y etérea. Extendí mi mano hacia él y su helado tacto me reconforto.
- Está ardiendo. - Su voz fue en un susurro. - ¿Jacob? - Dijo mi ángel.
- Billy, Leah. - Grito Jacob a su lado.
"¿Porque llama a Billy? Billy me odia… ¿Quién es Leah?" Alcanzó a formular mi mente, al momento en que volví a desmayarme.
… "Descansa mi amor. Ponte buena y no temas, estaré en tus sueños"…
Volterra – Italia. Europa
Carlisle
Esme dio un leve apretón a mi mano, volviéndome a la pétrea realidad a la que nos encaminábamos. Se había mantenido silenciosa y sombría dentro del lujoso jet que nos había llevado al viejo continente. Una parte de mí rememoró las últimas vacaciones que habíamos tomado en Europa, como así también la última visita que había realizado a mis camaradas de Volterra.
Estábamos a poco de llegar. Un displicente chofer humano nos había recogido en el aeropuerto de Toscana en una magnífica limosina de vidrios polarizados. El olor de la fina piel que cubría los asientos y la suavidad de los mismos, eran un consuelo prestado. El coche se deslizaba ronroneando en las curvas y contracurvas del paisaje, ahora sumido en una penumbra violácea. Miré de reojo el perfil de Alex. La expresión severa y su atribulado pensamiento, se reflejaban en la línea apretada de su boca, confiriéndole una edad mayor a la que su eterna juventud marcaba.
A mi lado, mi amada esposa se aferraba a mi mano y de vez en cuando sonreía hacia la vampira que estaba sentada enfrente. Rosalie había mantenido su aspecto durante todo el viaje. Se mostraba como una mujer madura de unos treinta y pico de años, de tez cetrina y ojos pardos. Si bien sostenía un trato receloso para conmigo, descubrí en su pensamiento, que simpatizaba con mi esposa. Mi querida Esme. Sin duda ese era su talento. El candor de su persona era magnético y acogedor. Como una manta cálida en la que quisieras refugiarte y el alma atormentada de Rosalie, había encontrado en su compañía una calma aletargante.
Nunca quise hurgar en los pensamientos extraños, pero siendo mi don la única ventaja que tenía contra lo que se nos avecinaba, debía nutrirme de toda la información que pudiera y en ello, sentí el horror que precedió la transformación de la vampira camaleón.
Rosalie Hale era actriz de un espectáculo burlesque. Su figura envidiable era el único aspecto que reconocía en el continuo cambio de disfraces, antifaces y pelucas que su mente recordaba. Perdido en alguno de esos reflejos vagos estaría su verdadera fisonomía. Tal vez ni ella misma reconocía el rostro que había llevado en su mortalidad o peor. Tal vez no quisiera reconocerlo.
Lo que si recordaba era el terrible acoso que había sufrido, antes de ser brutalmente violada en una de las callejuelas oscuras del parís de 1930. Su cuerpo desmadejado y casi sin vida, fue rescatado por el mismísimo Aro que había respondido con una mordida a la moribunda figura. Yo mismo me cuestioné si no habría hecho lo mismo, de verme envuelto en simil circunstancia. Era una muchacha tan joven y bella. Seguramente mi amigo Eleazar había percibido el potencial de la neófita, capaz como ninguna de camuflarse entre los humanos y le habían ilustrado en las artes de matar con sigilo. Era la asesina perfecta y el perpetuador de su vejación, fue el primero de una larga lista de humanos y vampiros perecidos entre sus manos. Me pregunté si esas manos morenas que descansaban plácidas sobre su regazo, serían las mismas que acabarían con nosotros.
Estábamos a minutos de averiguarlo. Apenas cruzara el saludo con mi viejo amigo Aro; todo sería expuesto. Su poder de leer todo pensamiento, pasado o presente, descubriría en mi tacto, toda la historia de Bella. Solo esperaba que me diera tiempo de hablar. Era lo único que podía ofrecer en esta afrenta cerrada.
Llegamos al castillo y sin aliento tomé la mano de mi esposa. Rosalie habría el camino y Alex nos seguía. Estábamos a punto de atravesar el pasillo que nos llevaba a la sala de audiencias, cuando una voz cantarina me sorprendió.
- Esme, Carlisle. Que alegría tenerles en estos oscuros momentos. - El torrente de palabras provenía de una encantadora mujer de destellante cabello dorado. Su figura lánguida, cubierta de ropas modernas, podría haberla hecho pasar por una mortal cualquiera, pero sus ojos rojos como rubíes afirmaban su identidad.
- Sulpicia. Que placer verte. - Respondió Esme, girándose hacia la recién llegada. Esme estaba tan nerviosa.
Sulpicia era la esposa de nuestro amigo Aro. Una vampira antiquísima como él mismo, que había unido su vida hace más de medio siglo. De belleza sublime y extrañísimo poder, que ella misma desdeñaba, aplicándolo en juegos perversos contra su amante esposo. Si Aro tenía un punto débil, era la inmaculada devoción que profesaba a esta diosa. Durante el tiempo que compartí con ellos, pude disfrutar de sus jugarretas amistosas. Sulpicia podía manejar la memoria de un objeto. Volviéndolo invisible a plena vista o haciendo que todos nos olvidáramos de su presencia. Aveces su pensamiento le traicionaba y había creido que podía hacer mucho más. Eso era una revelacion que estaba a punto de confirmar. Recordé que una tarde entera había enloquecido a su marido, la vez que le hizo olvidar la puerta. Aro pasó encerrado y maldiciendo, mientras rebuscaba en su mente la palabra y el significado de ese objeto que desconocía pero que de alguna forma sabía que lo mantenía cautivo. El hecho podría haber sido gracioso, sino fuera porque tras ello, Aro le prohibió ejercer "tan estúpido don" en su presencia.
- El placer es todo mío. No sabes cuánto me reconforta tener un rostro amigo en este antro de arpías. - La frase de Sulpicia vino acompañada de un trino dulzón, mientras daba un fuerte abrazo a mi esposa. Ellas se habían vuelto amigas, después de una corta visita tras nuestro enlace y a poco de haber cortado contacto con Edward en su periodo de rebeldía.
Esme se separó del abrazo como titubeante y un parpadeo nervioso, se removió en su semblante perfecto. La mente de Sulpicia me habló en un susurro que se coló en mi inconsciente. "Carlisle, no hay tiempo. Si tu equipaje es pesado o necesitas que lo guarde, dime algo que lo indique y el tiempo que necesitas de silencio. Confía en mí. Yo puedo ayudarte"
Por un segundo, me debatí en la encrucijada de confiar mi destino a esos ojos rojos de profundidad añeja y turbadora. A mi lado Esme, abrazó mi cintura y con voz inocente preguntó.
- ¿Quién es? Carlisle. - Parpadee incrédulo de que no reconociera a la mujer que hace instantes había saludado con tanta confianza. Además estaba totalmente en calma. Busque con velocidad en su pensamiento y descubrí que todo recuerdo de Edward, Alice o Bella, habían desaparecido.
- Soy Sulpicia, la esposa de Aro. ¿Recuerdas? Hace siglos que no nos vemos. Desde vuestro casamiento, creo… - La frase quedó inconclusa en la mirada fija de la vampira puesta en mí.
Era una cuerda de escape. No sabía siquiera a donde estaba amurada, pero si tomarla era una forma de salvaguardar a mi familia. Lo haría. Sin quitar la mirada de ella respondí.
- Sí. No nos vemos desde nuestra boda. Por ese entonces nuestro equipaje era más liviano. - Contesté a la vez que centré mi mirada en el bolso de mano que llevaba. Mentalmente me imaginé que en él ponía todas mis cavilaciones de las últimas décadas. El desliz de Edward. Bella y Alice, Todo hasta nuestro anterior encuentro, fue encerrado en esa simple maleta de viaje. Sulpicia la tomó y en un apresurado movimiento, cogió mi mano en un fuerte apretón.
Solo fui consciente de una aprensión extraña sobre mi cabeza, como si fuera presionada desde afuera por un casco pesado. La sensación no fue dolorosa ni invasiva, solo rara. Me concentré en esa percepción y al instante ni siquiera supe porque estaba allí.
Parpadeé confundido. Una vampira me apremiaba a cruzar la puerta con osca mirada, junto a un joven de nombre Alex, que reconocía de algún lado. Miré a mi alrrededor. Estaba en Volterra. A mi lado Esme caminaba con una sonrisa plácida y Sulpicia la mujer de Aro, me daba cuentas de que ciertos escritos sobre vampiros, habían sido colados en internet y toda la Casa Real estaba en busca de los culpables. En escasos metros supe de la muerte de Jane y del envío de la guardia a buscar todos los nombrados en tamaña ofensa. Mi mente fue armando un rompecabezas en donde las piezas iban cayendo de apoco. La vampira que nos custodiaba se llamaba Rosalie y la había conocido en Denali donde me enteré de lo que estaba pasando. Recordaba los escritos, pero por haberlos leídos en la computadora de un vampiro llamado Santiago. No todo parecía encajar, pero no parecía un panorama desconocido. Estaba allí para ayudar a nuestros amigos a recobrar la paz. Eso era un hecho y no temía miedo de ello. Con resolución avancé hacia el centro del recinto, donde Aro, Cayo y Marco me esperaban.
- Carlisle. Cuando terminen sus negocios, ven a verme, yo llevaré tu equipaje. - Concluyó Sulpicia agitando una maleta en señal de saludo. - Esposo. ¿Puede venir Esme conmigo? - Deslizó la vampira con aire coqueto.
- Déjame que al menos, le salude apropiadamente. - Respondió Aro con humor, pero en un tono que sonó a orden.
Avanzó hacia nosotros y sin despegar su vista de mí, tomó la mano de mi esposa y depositó un suave beso sobre ella. Intrigantemente supuse que estaba leyendo sus pensamientos, pero la risita juguetona con que le respondió Esme, pareció sacarlo de su introspección.
- Esme. Tan encantadora como siempre. - Susurro Aro.
- Y tú, tan galante. - La sonrisa de Esme, era tan abierta y franca que enseguida obnubiló a nuestros anfitriones y tanto Marco como Cayo se acercaron a saludar.
- Amigo. - Conferí al extender mi mano hacia Aro.
- Amigo. Que palabra tan cara para estos tiempos. - Expresó el vampiro tomando mi mano en un extendido apretón que se prologó más de lo adecuado. Sabía que estaba leyendo en mí, pero no veía nado malo.
- Así parece. Por eso estoy aquí. No es momento de dividir fuerzas, sino de sumarlas. - Contesté.
Aro suspiró complacido y soltó mi mano. Me volví hacia Cayo, el que me permitió darle un corto abrazo. Su pensamiento era contradictorio y escuché como discrepaba mentalmente con las acciones de sus hermanos. Luego saludé a Marco con un formal asentimiento de cabeza.
- Ya habrá tiempo de ponernos al corriente. Esme, ten la libertad de moverte a tu antojo. Le diré a Sulpicia que te acomode. - Sugirió Aro y ambas se retiraron.
Pude leer la tensión en el ambiente y poco a poco completé el cuadro de lo que estaba pasando. Mi mayor temor, era cuanto de esto podía soportar el joven Alex que alejado de todos permanecía en el salón. Era un volcán a punto de erupción y solo parecía esperar que yo le confirmara si era cierto o no lo que profesaban los escritos. Con honestidad le confié mi incertidumbre a Cayo, quién compartió verbalmente las dudas que había percibido en su mente, mientras Aro conversaba con Rosalie.
Tras el breve intercambio, Aro volvió a verme con gesto desconfiado.
- ¿Qué sucede? - Consultó Marco, al que el gesto desafiante de su hermano, no le había pasado desapercibido.
- Carlisle. ¿Quisieras decirme, porque tu convertido está protegiendo a la humana de los escritos? - Gruñó Aro y al instante dos de sus guardaespaldas estaban en mis laterales.
- ¿Edward? - Solté sorprendido.
Me da mucha vergüenza el tiempo que he demorado en actualizar, pero cada vez que lo leía, encontraba detalles que no me cerraban. A este punto de la trama, no quiero dejar de ser cuidadosa. Sobre todo porque las respeto mucho y se merecen el mejor de mis esfuerzos. Espero haberlas dejado con la intriga y que sigan el fics.
Bienvenidos. Siempre. Con Cariño. Mirna
