"El dueño del Caminante dedicó todos sus otoños a cuidar de su pequeño paraíso que se escondía en la parte trasera de su jardín. Con la promesa de nunca revelarle a nadie la existencia de las dríades, las manzanas de oro y el Árbol de las Hespérides, estas criaturas depositaron toda su confianza en las manos rugosas del viejo Caminante.

Hubo una vez, sin embargo, en que, el señor notaba algo distinto en su pequeño mundo. Escondido en las enormes raíces del árbol, se encontraba un dríade que no parecía de ese lugar. Su tez era más clara que la de un hada del bosque normal, y sus cabellos platinados no hacía juego con el resto de las presentes. La pobre criatura se encontraba en posición fetal, dándole la espalda a su espectador. Las alas las tenía gachas y deprimidas, mientras que, de sus labios escapaban suspiros musicales que entonaban una triste canción. Una melodía que rogaba a gritos ser escuchada, necesitada de amor y comprensión.

A pesar de las discrepancias físicas en comparación con el resto de las hadas presentes, el pequeño cantor despertó la curiosidad en el viejo señor, provocando que este caminara hacia él. Ambos seres intercambiaron miradas; el anciano una de compresión, el hada una de miedo.

Descubrió que se trataba de un hada de la luna, un isilwen. Se encargaba de las melodías nocturnas, durmiendo a los humanos con su nana. Pero tuvo un terrible encuentro con los diablillos de la noche y terminó con el brazo mal herido, las alas rasgadas (incapaz de volar) y el ojo izquierdo lastimado. El pequeño cayó en el jardín por casualidad, pero no tenía cómo regresar a su hogar. Así que, se dedicó a cantar, esperando a que alguien de su familia le escuchase.

Enternecido por la historia del hada, este se convirtió en la favorita del dueño del Caminante. Hasta que su familia descubriese que se encontraba en ese lugar, sería como el hijo que nunca pudo tener. El tiempo pasó, y al parecer, las hadas lunares se olvidaron de la existencia del cantor albino, al igual que el pequeño isilwen se olvidó de ellos. Ahora el mundo del dueño del Caminante estaba conformado, con hermosas criaturas mágicas, y un cantor a quién llamarle hijo."


Capítulo 2

Vi Una Estrella En Los Cerezos


La última vez que Lavi soñó con el Castillo del Caminante, fue hace seis años. De una u otra forma, el Señor Bookman había logrado despejar la mente de su nieto, al introducirlo en actividades extra-cátedra apenas empezaban las clases todos los años, siendo estas una preocupación mayor que un montón de fantasías sin sentido, como él les llamaba.

Sin embargo, el día antes de empezar su tercer año en la escuela secundaria, la nostalgia llamó a su puerta cuando, al abrir su cajón, se encontró con el último boceto que había hecho de esos sueños. Con un suspiro, detuvo su quehacer y se sentó en la silla de su escritorio para contemplar mejor su último retrato.

'Era pésimo dibujando, eh...' Pensaba de si mismo. Jamás supo el nombre de aquel ser albino que se encontraba en sus sueños de Carnival, pero a pesar de lo atrayente que era, su existencia se hundió en el olvido junto con sus sueños infantiles. Pequeño detalle que estaba empezando a cambiar en ese momento.

Aún si se tratase de inmadurez o de un mero acto infantil, Lavi se sintió con ganas de volver, una vez más, a inmortalizar al pequeño hada en su nuevo portafolios. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que hizo algún boceto de Carnival o de esta bella criatura, por lo que solo tenía vagos recuerdos de cómo lucía en sus sueños (Muchos detalles tuvo que rectificarlos viendo el boceto anterior), pero al terminarlo, quedó sin aliento con el resultado final.

Su técnica había mejorado, si... Pero no era suficiente excusa para lo que tenía frente a sus ojos. Durante su infancia, incluso actualmente se estuvo preguntando si era posible la existencia de alguien tan hermoso como el pequeño volador que se presentaba en sus sueños de la niñez. Tampoco es que fuese perfecto: su brazo izquierdo era rugoso y oscuro, atemorizante como si fuese el brazo de un demonio, y tenía una cicatriz en el ojo rompiendo con la armonía de su rostro. Aún así, su belleza no disminuía, incluso llegaba a ser más exótico. Poco a poco le agarró un cariño nada normal a aquel personaje ficticio, creado por su inconsciente. No despegaba la vista de esos ojos azules que le miraban con inocencia, apenado por su horrible extremidad. Se descubrió a si mismo posando sus dedos sobre el papel, como si acariciase un rostro verdadero. Sus pensamientos fueron interrumpidos con el toque la puerta de su alcoba, sobresaltando al joven de 15 años de edad.

-¡Diga!-Dijo nervioso mientras guardaba deliberadamente sus bocetos en su cajón.

-¡Permiso, Joven Lavi~!-Llamó la joven mucama mientras abría educadamente la puerta de la alcoba. El pelirrojo le saludó con una sonrisa-Disculpe, pero el Señor Bookman me mandó a avisarle que terminara con su maletín.-Dijo apenada-Mañana empieza su tercer año, y ya sabe cómo es su abuelo respecto a la puntualidad.

-Si, lo se... Solo me falta preparar algunas cosas, pero ya casi termino. Gracias, Mimi.-La muchacha se despidió con una reverencia, pero antes de que pudiese salir de la estancia, fue detenida con una petición:-Saluda a Lulubell de mi parte.-Mimi se quedó callada por un segundos, antes de prometer que lo haría al muchacho, y se retirara de la habitación.

Hacía un año que Lulubell, inexplicablemente se había retirado de la Mansión Bookman. A pesar de no ser precisamente la favorita de Lavi, el tenerle estima a la gente, era muy característico de él, y el hecho de que, Mimi todavía mantuviese contacto con ella, provocaba frases de tipo "¿Cómo está?", "Salúdala de mi parte" o algo por el estilo.

Nuevamente solo en su habitación, Lavi se dirigió a la ventana, para percatarse de que, ya era de noche. Con un nuevo suspiro, terminó de arreglar sus pendientes, y sucumbió a los brazos de Morfeo, con el bello rostro sin nombre vagando en su mente. Normalmente, cuando soñaba con Carnival, era como si viviese un cuento de hadas, con sensaciones tranquilas y un buen sabor en las mañanas al despertar. Pero después de tanto tiempo olvidando ese pequeño universo que creó en su mente, lo que tuvo en lugar de una placentera noche... Fue una pesadilla.

Se encontraba en Carnival, si. Estaba en el jardín otoñal, como siempre. Pero no era el hermoso paisaje de oro con el que siempre soñaba. Al contrario, todas las plantas que irradiaban vida, se encontraban muertas, el cielo gris, amenazaba con atormentar a los habitantes con fuertes precipitaciones, y el suelo que pisaba, crujía aterradoramente. Ya no habían solo hojas muertas en el césped del jardín: ahora les hacía compañía retazos de alas y pequeños cuerpos inertes cuyos destellos de siempre, se encontraban apagados. El Árbol de las Hespérides que se imponía ante el pelirrojo moría lentamente, a medida que sus ramas decaían. Le daba miedo la escena.

-¿Qué demonios...?-Veía por todas las dirección mientras recorría el lugar buscando una respuesta. Pero en lugar de una razón, solo encontró más hadas muertas. La niebla que enseguida se presentó era densa casi sensible al tacto y le complicaba la vista. Sin embargo, pudo divisar a lo lejos, arrinconado a la orilla de una laguna, la silueta humana de alguien arrodillado. Con temor, Lavi se acercó un poco más, esperando que la imagen se volviese más nítida. La figura le daba la espalda, Lavi notó. También advirtió características familiares que le hicieron reconocer de quién se trataba: el cabello platinado... Tez incolora... El brazo oscuro... Se trataba del hada de la luna, la favorita del dueño del Caminante. Dicho hada entre sus brazos un cadáver, y debido a la distancia entre Lavi y la escena frente a su ojo, fue capaz de escuchar los sollozos que escapaban de los labios del otro presente. Intrigado por lo que pudo haber pasado, se acercó un poco más para que sus palabras pudiesen ser escuchadas:

-Oye...-Llamó con cautela.-¿Qué sucede? ¿Por qué todo está... Así?

La silueta reaccionó al escuchar la voz del pelirrojo, y volteó su cabeza donde este se encontraba. La niebla desapareció, como cumpliendo el deseo del otro presente de dejarse ver. El alma de Lavi se partió en dos, cuando vio como el hermoso rostro que se paseaba en sus bocetos estaba cubierto de lágrimas, mezcladas con sangre ajena que habían salpicado su cara llena de temor.

-¿Tú...?-Balbuceó Lavi.-¿Eres...-¡Q-qué pasó aquí!-La verdad, no sabía qué decir en esos momentos, y al parecer el otro tampoco. Lo único que salió de sus labios, al bajar su cabeza fue:

-... Mana...-Sollozó mientras redirigía su mirada al cuerpo que yacía en su regazo.

-¿Mana?-Repitió Lavi. No tardó mucho en darse cuenta de que, el muerto que sostenía el hada se trataba del dueño del Caminante... Bueno, lo que quedaba de él.-¿Q-qué... Qué sucede?-Se volvió a preguntar, esta vez en un susurro.

-S... S-se llevaron a Mana-Respondió el albino al escuchar las palabras del pelirrojo, mientras se aferraba con más fuerza al cadáver.

-¡¿Qué-Quiénes?-Preguntó entre balbuceos. La imagen tan horrible que tenía frente a él, le impedía hablar con fluidez.

El hada se volvió a voltear con intenciones de responder, pero se petrificó, al tiempo que su rostro se llenaba de terror. Antes de que Lavi se preguntara el por qué de la reacción, el chico gritó:

-¡Cuidado!-Tan rápido como el ojo bueno del pelirrojo pudo captar, el joven de cabello blanco, se abalanzó sobre él, tumbándolo al suelo y previniendo el golpe de lo que parecía ser una enorme rama.

Los dos cayeron unos centímetros más allá de donde se encontraba Lavi anteriormente. Cuando el pelirrojo se acomodó, vio con temor como un enorme sauce se movía lenta y amenazadoramente hacia ellos. Sus ramas salían de la grama, provocando que el suelo se partiese bruscamente. En el tronco se podía apreciar un par de ojos feroces. Genial, el monstruo-planta podía dónde se encontraban. El par que yacía en el suelo no tardó nada en levantarse y echarse a correr, siendo Lavi, arrastrado de la mano por el hada.

-¡¿Q-q-qué diablos fue eso?-Preguntaba, tratando de salir del shock. Pero no recibió respuesta.

En vez de eso siguieron corriendo por sus vidas. Al parecer el arbolito estaba furioso.

Llegaron hasta la puerta trasera de la mansión la cual, al parecer estaba descuidada. Sin que Lavi pudiese objetar palabra alguna, fue empujado dentro de la enorme morada por el joven albino.

-¡Quédate aquí! -Le ordenó. Estaba liso para regresar al temeroso jardín cuando las palabras del Joven Bookman retumbaron en la estancia.

-¡¿Qué piensas hacer?

-¡¿Qué crees? ¡Voy a detenerlo por supuesto!

-¡¿A la mata-mutante? ¡Oh, No!-Lavi deliberadamente detuvo al otro chico con un agarre de su brazo tinto.-¡Eso es un suicidio! ¡Ni creas que voy a dejarte ir!-Le ordenaba con enojo.

-¡Es mi culpa que eso esté aquí!-Explicaba, tratando de librarse del agarre.-¡Debo detenerlo!-Gritaba más duro, a medida que los pasos del enorme sauce se escuchaban más cerca.

-¡Ya acabo con todo, ¿qué más tienes que perder?

-¡No quiero perderte a ti, también!

-¡...!-La oración resonó en las paredes del lugar, y Lavi soltó sin darse cuenta el brazo del chico. Curioso por la afirmación del hada, pregunto pasivo:-... ¿Quién eres?...

La pregunta no fue respondida... El tiempo se paralizó... Las puertas se abrieron bruscamente dejando ver al furioso sauce en su esplendor... Y antes de que, algo más pudiese decirse, una enorme y gruesa rama atravesó el cuerpo del hermoso niño de cabellera plateada, dejando su corazón a la vista del joven Bookman.

Impactado, asqueado, horrorizado... Lo único que sabía era que, tenía que salir de ahí. Pero antes de que Lavi pudiese mover un músculo, el suelo que pisaba lo hundió como arena movediza. Pronto, cayó en la nada. Desde arriba caía una lluvia de sangre, acompañadas de una risa cínica e infantil. Ya no quería estar ahí. Quería gritar por ayuda. Y lo hizo.

Un grito tan fuerte que resonó en su conciencia, y trajo a Lavi Bookman a la realidad, quién cayó fuertemente al suelo

-¡Mierda!-Susurró entre jadeos, al darse cuenta de que, su nariz empezaba a sangrar por el golpe. Trató de retener el derrame con una mano, con el menor movimiento posible. Por alguna razón, estaba sudando frío, y su ojo inútil le molestaba.

-¡Joven Bookman!-Oyó gritar a una empleada, desde el otro lado de la puerta.-¿Sucede algo?

-¡No!-Respondió reteniendo la hemorragia con su mano.-Estoy bien, no se preocupe.

Siendo ignorada su alegación, la puerta fue abierta, para mostrar, nada más y nada menos que a la nueva mucama. Una joven excéntrica de apenas unos años mayor que Lavi, con un gusto extraño en peinados, y de no ser porque el uniforme de servicio era obligatorio, estaría todo el día en Kimono también. Con sus ojos bien abiertos, advirtió las gotas de sangre que caían de la mano del pelirrojo.

-¡Joven Bookman!-La muchacha en seguida corrió hacia donde se encontraba Lavi, asustada.-¡¿Qué sucedió? ¿Se encuentra bien? Espere, ya traigo algo para...

-No te preocupes, estoy bien.-Interrumpió el chico-Puedo ingeniármelas. Gracias de todas formas, Cho.-Agradeció con una sonrisa.

Apenas la mucama se retiró, Lavi cambió su cara por una más adolorida. Como pudo se encaminó al baño, para tratarse el sangramiento. Se recostó en la pared con la cabeza hacia arriba, con un pedazo de papel sanitario en sus fosas nasales para retener el derrame, y con un suspiro, derramó sus músculos, tumbándose al suelo. Su ojo derecho le seguía doliendo, pero la molestia se iba poco a poco. Tendría que regresar al hospital un día de estos para averiguar a qué se debía la repentina molestia.

Salió del baño, cuando estuvo seguro de que su nariz no volviese a sangrar. Revisó su reloj, y advirtió que, solo faltaban tres minutos antes de que sonase su alarma. Así que, en vez de perder el tiempo, empezó a alistarse para el colegio. En ese momento si fue necesario despejar su mente en algo que no estuviese relacionado con las hadas. Con el pasar del rato, el dolor que sentía en su ojo despareció, lo que era un alivio para él.

Para cuando la alarma sonó, la criada que había pasado antes, volvió a entrar con intenciones de atender al joven, solo para encontrarse con un Lavi ya listo, terminando de ajustar su corbata.

-¡Ah, buenos días Cho!-Saludó con su tonta sonrisa, al percatarse de la presencia de la muchacha.

-... Buenos días...-Regresó el saludo extrañada-Creí que volvería a caer dormido.

-Nah, digamos que hoy quise moverme más temprano.-Dijo despreocupado, sin quitar su sonrisa.

-... Bien, como sea. El Señor Bookman tuvo que salir en la madrugada, para una reunión de emergencia en el exterior.-Anunció la criada mientras se adentraba al cuarto, para terminar de acomodar las pertenencias del pelirrojo.

Como todos los días de escuela, el primero del año empezaba con un Lavi que salía temprano de la Mansión Bookman. Su casa era de las primeras de la urbanización privada, por lo que no era del todo un sacrificio el salir de ella caminando; además, el pelirrojo prefería mil veces caminar a cualquier sitio que tener que usar el auto tan sofisticado que era la limusina. Al pasar la caseta que daba la entrada a la urbanización, advirtió los pétalos rosáceos que caían lenta y delicadamente en el ambiente. Los árboles de cerezos solían florecer en esta época del año, y siempre se había vuelto costumbre el relajarse cuando les veía caer. Una suerte que la escuela privada tuviese árboles de Cerezo en sus patios; podría dormir tranquilamente en sus troncos, durantes los recesos.

Y hablando de colegio, antes de que Lavi se diera cuenta, ya estaba a una cuadra del edificio educacional, a juzgar por las personas uniformadas contemporáneas a su edad que iban en la misma dirección. Algunos conocidos le saludaban, y él les devolvía el saludo con su sonrisa despreocupada. En eso estaba, hasta que divisó a lo lejos dos figuras muy conocidas para él. Uno de ellos cargaba su lacio cabello en una coleta, mientras que la muchacha que le acompañaba llevaba el suyo cortito y bien peinado. Siendo el primer día de clase, Lavi no perdió la oportunidad de saludarlos como era debido.

-Kanda-Reprendió la chica a su acompañante.-El año anterior de decomisaron la katana cinco veces, ¿cuántas veces te la tienen que quitar para que entiendas que no la puedes traer?

-El resto del club de Kendo puede traer la suya al colegio, ¿Qué problema tienen con Mugen?-Refutó molesto.

-El problema no es... Mugen-Explicó, tratándose de acostumbrarse al nombre con que, el chico había bautizado su arma.-Es solo que, el año pasado, amenazaste a cuatro estudiantes y a un profesor con él.

-¡Tch! Ellos se lo merecían.-Aclaró refunfuñando.

-Aún así...

-¡Ja!-La conversación del par fue interrumpida, cuando un destello rojo se atravesó entre ellos, tomando deliberadamente la katana de un impresionado Kanda. Lavi saltó entre ellos, haciendo una pose ridícula frente a sus dos amigos, provocando risas en la chica.

-Conejo estúpido ¡¿Qué pretendes?

-¡Yo~, Madame Lenalee!-Saludó heroicamente, aún en su pose estúpida a la muchacha.-Aquí está el poderoso y andrógino espadachín que traerá la paz a la tierra-Cantaba en su numerito:- ¡Yuu, El Pelo-Lindo! ¡Sientan la ira de mi shamp-¡Agh!-El cocazo que recibió, fue cortesía de Kanda, muchas gracias.

-Te lo mereces por idiota, Cíclope.-Culminó Kanda mientras recuperaba su Mugen.

-Buenos días, Lavi-Saludó Lenalee con restos de risa en su voz.

-Hola, Lena, Yuu.-Regresó el saludó, diciendo el último nombre burlonamente.

-¿Por qué te siento más estúpido que ayer?

-Si Lavi, estás muy animado, más de lo normal-Tradujo Lenalee, la frase malintencionada del japonés.

-Ja, ja, nah, solo quería divertirme un poco antes de que inicie la ceremonia de apertura. Ya saben después de eso, el colegio será traumático, al menos para Yuu y para mi.-Los tres retomaron el camino al colegio, a paso despreocupado.

-¿A qué te refieres?-Preguntó Lenalee.

-¿No te acuerdas? El enfermo de tu hermano es el guía del tercer año.-Explicó Lavi con fingido miedo.-Como Yuu y yo somos tus amigos, ¡nos tendrá a monte!

-Si, y será peor para ti si sigues llamándome por mi nombre.-Advirtió aterradoramente, Kanda.

Siguieron conversando, y bromeando rumbo mientras la cantidad de estudiantes en camino aumentaban. Desgraciadamente, Lavi estaba tan ocupado metiéndose con el cabello de Kanda que ignoraba a la gente que tenía en frente. Esto por supuesto, provocó que tropezara bruscamente con uno de los estudiantes de primer año.

-¡Ah, Perdón!-Se disculpó preocupado. Había tumbado al pobre chico al suelo, y sus pertenencias se regaron en la entrada.-Déjame ayudarte.-Sugirió al tiempo que se agachaba con las intenciones de ayudar al victimado.

-No te preocupes.-El pelirrojo se paralizó al escuchar esa voz lejanamente familiar. No había tenido la oportunidad de verle la cara a la persona que había tumbado hasta el momento. Así que, cuando alzó la cabeza para verle el rostro, quedó estupefacto.

El jovencito llevaba su cabello castaño, más o menos corto. Y no llevaba marca alguna en el rostro. Pero la mirada celeste, y la dulce sonrisa que mostraba le daban la misma sensación que cuando pensaba en el hada de sus sueños. Por el breve momento que cruzaron sus miradas, el Joven Bookman sintió nostalgia. Sin embargo, ese mismo momento, fue interrumpido por la frase impredecible que lanzó su amiga:

-¡Oh, Allen! ¿Por fin pudiste inscribirte?-La duda golpeó su cabeza, a penas vio como Lenalee se acercaba a ellos ¿Dónde se habían visto antes?

-Je, je, Si, al final mi custodio cedió y metí mis papeles apenas los firmó.-Decía triunfante el castaño, mientras se ayudaba de Lenalee para levantarse. Por su parte Lavi seguía en la misma posición, sin mover un dedo.

-¿Ustedes... Se conocen?-Salió la pregunta por si sola de sus labios.

-Bueno, ¿recuerdas el viaje a Londres que hice por un mes? Él estaba como tutor en el curso intensivo de inglés, y nos hicimos amigos.-Respondió con una sonrisa.

-... Ya... Ya veo.-Dijo Lavi todavía sin saber qué hacer. Lentamente se levantó del suelo, pero siguiendo dirigiéndole al jovencito una intensa mirada.

-Allen, ellos son Lavi y Kanda.-Presentó la descendiente china a sus dos amigos.-Son de tercer año. Chicos, Allen va a empezar su primer año en la secundaria, sean amables con él ¿si?

-¿Primer año?-Preguntó Kanda.-¡Tch! Ya veo por qué parece un brote de habas. Eres un enano todavía.-Finalizó mal intencionado.

-¿"Brote de Habas"?-Repitió ofendido el chico.-Bueno, al menos no parezco tan afeminado.-Insultó con lasciva.

-¿Y a quién te atreves a llamar afeminado?-Secundó el japonés

-Al único afeminado que tengo en frente.-Si, se podían ver chispas y llamas destellantes entre el par. El niño no tenía pelos en la lengua, los tres mayores decidieron.

-Eh... Chicos cálmense, ¿recuerdan cómo debe ser una primera impresión?-Sugirió Lavi.

-No te metas~-Advirtieron al unísono el par, con una mirada asesina, dejando atónito a Lavi.

-Descuida, se llevarán bien.-Afirmó segura la chica con unas palamditas en el hombro del pelirrojo.-Bueno, ya estamos frente al colegio, es mejor seguir antes de que suene la campana.-Sugirió mientras se adentraba al edificio. Kanda le siguió sin más que decir, pero Lavi por su parte decidió quedarse a ayudar al nuevo chico a recoger sus cosas que seguían en el suelo. La acción llamó la atención del castaño, y este no hizo más que mirar como el mayor le ayudaba en silencio.

-No tenías que ayudarme.-Rompió el silencio en una oración pasiva.

-Pero quiero.-Refutó en el mismo tono. Levantó su mirada hacia el menor, y una vez más sus miradas se cruzaron. El sentimiento de nostalgia le invadía una vez más, al tiempo que caían más pétalos de Cerezos en su entorno. El chico al parecer se percató del ojo fijo sobre él, y se sintó incómodo.

-¿Sucede algo?-Preguntó.

-No, nada.-Respondió.-Te llamas Allen, ¿verdad?

-Si.-Afirmó un poco más relajado.-Allen Walker.

-"Allen Walker"...-Repitió para si. Por alguna razón, le hacía feliz saber su nombre completo. Con una sonrisa de satisfacción dijo:-Es un placer. Soy Lavi Bookman.-Culminó sonriente, extendiendo la mano al otro chico.-Espero llevarnos bien el futuro.

-Si.-Allen recibió la mano en señal de saludo, también contento con el encuentro.-Yo también lo espero.

Después de recoger todas sus cosas, Allen Walker se levantó para seguir su camino, sin esperar al otro. Por su parte, Lavi se encontraba inexplicablemente feliz de este encuentro que acababa de tener. No pudo explicarse porque le alegraba tanto saber el nombre de aquel joven que tanto se parecía a la hermosa criatura del jardín otoñal.

'Con que así te llamas... Allen', pensó con una sonrisa que le fue imposible quitar mientras se dirigía al edificio con el resto de los estudiantes.


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