LUCHANDO CONTRA LOS RECUERDOS

SEGUNDA PARTE

1

Condujo a la muchacha con todo el cuidado y delicadeza que fue capaz de desplegar hasta el iluminado y cálido interior del vagón. Susan murmuraba incoherencias y sollozaba débilmente mientras la gente se iba arremolinando en torno a Mark, atraída por el revuelo, que la noticia de que una joven viajera había intentado suicidarse había provocado, recorriendo el tren y transmitiéndose de un vagón a otro, como la pólvora. Mark se abrió paso dificultosamente entre el gentío, apartando los curiosos que les cerraban el paso a duras penas.

-No pasa nada, no pasa nada –exclamó Mark más preocupado por el delicado estado de salud de la bella muchacha, que por la impresión que su aparición en la plataforma del vagón, allí sin ninguna explicación aparente y carente de toda lógica, como por arte de magia, le había producido. El joven cargó en vilo con la bella joven con la que había sostenido un fugaz romance hacía ya tanto tiempo, cuando aun no estaba seguro de los sentimientos de Candy hacia él y tuvo que recurrir a toda su entereza para no terminar vociferando presa de un ataque de nervios. Una señora entrada en carnes y más interesada por cotillear que ayudar insistió en hacerse cargo de ella hasta que alguien consiguiera averiguar la identidad de la desconocida y avisar a su familia, pero Mark volvió a hablar tan pronto antes de que el creciente murmullo de los pasajeros que iban alzando la voz progresivamente, hiciera prácticamente imposible cualquier intento de comunicación verbal.

-No pasa nada señores, esta señorita es amiga mía y de mi esposa, nosotros dos nos haremos cargo de ella, por favor, déjenos solos, mi amiga necesita descansar.

Las palabras de Mark, rayanas en la súplica parecieron hacer efecto y finalmente, los pasajeros comenzaron a colaborar dejando de agobiar a Susan y despejando parte de los asientos del compartimiento para que Mark pudiera tenderla a efectos de que estuviera lo más cómoda posible. El joven se despojó de su chaqueta abrigándola lo mejor que pudo. Se inclinó sobre ella para examinarla. Susan estaba muy pálida y ardía aun así de fiebre, moviéndose convulsamente y llamando a alguien en medio de su delirio. Entonces su voz se hizo un poco más clara y Mark se quedó petrificado al escuchar su propio nombre desgranado por sus rosados labios:

-Mark –dijo ella con voz queda mientras arqueaba la espalda y abría los ojos desmesuradamente.

Una anciana de caperuza morada y ojos acuosos intentó ayudarla mientras decía con voz cascada:

-Pobrecita, deberíamos avisar a un médico. ¿ Hay algún médico en este tren ?

Todos se miraron entre sí indecisos. En aquel compartimiento no parecía haber nadie que ejerciera la medicina. Mark estaba cansado de la inactividad de la gente y sobre todo necesitaba intimidad para desplegar sus poderes. Susan tenía un principio de pulmonía que, Mark podría atajar rápidamente pero con toda aquella gente curioseando e incordiándole no podría utilizar el iridium porque la luz que desprendía la palma de su mano sería fácilmente visible para todas aquellas personas. También lo había utilizado en el frente para salvar la vida de un joven soldado escocés durante la gran Guerra, pero el ambiente estaba más oscuro y cada cual estaba más preocupado en procurarse refugio en las atestadas y lúgubres trincheras que en un sargento afanado en consolar, al menos en apariencia a un herido grave.

-Mark –repitió ella débilmente tendiéndole una mano. A pesar de su estado febril, el joven tuvo la impresión de que le había reconocido.

Mark sujetó con firmeza la mano de la chica con la derecha y con los dedos de la izquierda acarició los cabellos rubios de Susan recogidos en coletas adornadas con lazos rojos.

-Estoy aquí querida, estoy aquí –susurró Mark, mientras otra mujer atraída por el escándalo que procedía del compartimiento de viajeros contiguo fue a averiguar que sucedía. Candy dejó la revista que estaba leyendo, apoyada de canto en el regazo del asiento y cruzó la entrada del compartimiento. Lo que vio, le heló la sangre en las venas. Susan Marlow desmayada y debatiéndose presa de una fiebre muy elevada, se agitaba entre los brazos de su esposo.

-No, no, no es posible –se dijo Candy llevándose ambas manos a los labios, incapaz de razonar coherentemente- ¿ ´qué, que está haciendo ella aquí ? –musitó.

Entonces se percató de los apuros por los que estaba pasando Mark para tratar de ayudar a Susan y decidió echarle un cable, recobrando toda su entereza de golpe.

-Por favor, por favor –rogó a la agitada concurrencia más interesada en curiosear y estorbar que tratar de colaborar un poco- mi marido es médico, pero no le están dejando ustedes trabajar, despejen el compartimiento por favor.

Al escuchar aquello Mark dio un respingo involuntariamente. Su esposa cruzó una rápida mirada cómplice con él y guiñó una de sus arrebatadoras pupilas verdes. Entonces comprendió de inmediato. Candy intentaba procurarle la discreción necesaria para que utilizara el iridium, pese a que le repeliera presenciar como la sustancia irradiaba su energía a través de la piel de Mark. Una voz airada y que parecía apelar a cierta sensatez en medio de tanta locura interpeló a los presentes para que dejaran trabajar al "medico". Todos miraron al unísono hacia donde provenía la voz autoritaria y entre la multitud se abrió paso un hombre de unos cuarenta años, fornido y con una abundante mata de pelo sobre una cabeza ligeramente desproporcionada. El hombre llevaba un elegante traje de tweed y un clavel blanco en el ojal derecho. Sus ojos claros denotaban inteligencia y presencia de ánimo. Se dirigió hacia Mark y le preguntó:

-¿ Si era usted médico, por qué no se identificó cuando preguntaron por uno ? –le recriminó.

-Era imposible hacerse entender con tanto griterío –comentó Mark ligeramente indignado- ahora si me ayuda usted señor…

-Brighton, Kevin Brighton –respondió el caballero con cierta pedantería adivinando sus intenciones - y sí, le ayudaré a despejar el vagón.

Candy se arrodilló ante Susan haciendo valer su condición de enfermera y entre ella y el oportuno señor Brighton consiguieron que la gente saliera en orden momentáneamente al pasillo para que Susan pudiera ser debidamente atendida por Mark.

Candy escrutó las pupilas oscuras de su marido como buscando una razón a tan inexplicable situación, pero Mark se limitó a encogerse de hombros y comentó mientras activaba su poder, una vez que se había asegurado de que nadie husmeara a través de los cristales de la puerta.

-Estoy tan sorprendido como tú Candy –dijo Mark con sinceridad- fui a estirar las piernas cuando escuché unos sollozos apagados y al abrir la puerta…me la encontré azotada por la ventisca.

-¿ Qué estará haciendo aquí ? –preguntó Candy apenada por la situación de la chica y buscando algún recipiente en su familiar y sempiterna maleta blanca, con la gran franja decorativa roja para, coger agua con la que refrescar la tórrida frente de la desventurada actriz, pero Mark retuvo a su esposa a su lado sujetándola con sumo cuidado por la muñeca. A veces temía que al aplicar más fuerza de la debida, pese al tiempo que había vivido bajo la égida del iridium, calculara mal, pudiendo lastimarla sin querer.

-Quédate aquí Candy. Necesito que la sujetes un poco cuando le aplique el iridium. Tiene un principio de pulmonía y espero que con esto le baje la fiebre.

Cuando su esposa iba a argumentar que buscasen un médico o que le aplicaran algunos cuidados de urgencia hasta que llegasen a la próxima estación, donde recabar ayuda sanitaria, como si le hubiera leído el pensamiento, pese a que Mark no podía realmente hacerlo, antes de que Candy articulara palabra alguna, el joven dijo para sorpresa de la muchacha:

-Tengo que hacer esto, porque si aguardamos a llegar a la siguiente estación, tardaríamos demasiado y podría resultar fatal para ella –comentó ante la perplejidad de Candy, porque el joven había averiguado perfectamente la naturaleza de sus pensamientos.

Candy esbozó sin querer una mueca de desagrado a lo que Mark, procurando no enfadarse para no herir la exquisita sensibilidad de su esposa, dijo sin poder evitar cierta exasperación en su tono de voz:

-Ya sé que no te hacen ninguna gracia mis poderes, cariño, pero no tengo más remedio que utilizarlos para salvarla. Anda, sujétala –insistió- porque voy a aplicarle el iridium.

Candy obedeció, mientras Mark desplazaba su mano irradiando iridium a muy baja potencia para no lastimar a Susan a lo largo de su pecho, y realizando breves círculos concéntricos sobre su bajo vientre. Candy acariciaba a Susan y la musitaba palabra de aliento y cariño. A pesar de haberlo visto por enésima vez, Candy no podía evitar sentir cierta fascinación al ser testigo de que como la tenue luz iridiscente, a baja potencia, emergía de la palma de la mano de su marido sanando a la muchacha. Entonces Susan desplegó los labios tras abrir sus ojos verdes y mirar a Mark, intensamente diciendo de forma claramente audible:

-Mark, ayúdame, ayúdame por favor –le suplicó reconociéndole cuando la fiebre cedió finalmente.

Candy se quedó perpleja, pero no dijo nada. Pensaba que la primera persona a la que llamaría pidiendo ayuda, porque era lo que comúnmente hacía cualquier persona que estuviera atravesando una penosa situación, y más aun en trance de fallecer, sería a su hermano adoptivo, pero de la garganta de Susan emergió un nombre bien distinto que Candy, no esperaría a aquellas alturas oír en boca, de la hermosa chica.

Mark le sujetó una de sus manos sonriéndola, mientras la luz del iridium iba calentando su cuerpo y devolviéndole gradualmente la salud.

2

Mark consiguió que Susan fuera instalada en una plaza del coche cama para que estuviera más cómoda, mientras el joven la velaba permanentemente sin apartarse ni un ápice de su lado. Candy no conocía en absoluto el breve e intenso romance que su marido y la hermosa actriz habían mantenido, cuando su propia relación no era todo lo consistente y fuerte que llegaría a ser con el paso del tiempo, pese a que la simiente del amor había prendido con determinación en sus corazones y comenzaba a germinar, aunque ambos no se diesen cuenta todavía. En aquel entonces, Candy necesitaba reflexionar muy seriamente acerca de lo que suponía amar a un hombre llegado de un lejano tiempo venidero, como si hubiera bajado de otro planeta, y la tardanza en su respuesta hizo que Mark concibiera falsas impresiones acerca de la que se convertiría en su esposa. Creía que Candy no le amaba, pese a que él seguía manteniendo una esperanza en que la joven terminase por corresponderle. Pero entre su ardua soledad y la aridez de su solitaria vida, Susan fue para él como un oasis en mitad del agreste desierto. Quizás no debió concebir falsas esperanzas en el corazón de la muchacha, tal vez debió apartarse de ella tan pronto la salvara de ser aplastada por uno de los pesados focos que se desprendieron del complejo entramado de las tramoyas cuando ella a su vez, evitó que su compañero de reparto resultara lastimado, pero los ojos de Susan le mantuvieron preso, lo mismo que ella lo estuvo de los suyos, en mayor medida aun. Pese a todo, Mark decidió dejar la puerta de sus sentimientos entornada por si Candy decidía acceder a su corazón y se lo advirtió claramente a la muchacha que pareció aceptar las rígidas condiciones que el extraño y enigmático joven le había impuesto. Dos meses duró una relación amable y plena, dos meses y un intento de suicidio cuando esta acabó, que se resolvió felizmente gracias a la intercesión de Mark tras los cuales, el corazón de Susan pareció aquietarse y prendarse de Neal, que se convertiría en su marido y con el que concibiese un hijo. Susan parecía realmente enamorada de Neal y cuando Candy la visitaba asiduamente junto a su marido ambos pudieron comprobar la veracidad de tales sentimientos. Pero desde aquella aciaga y amarga tarde en la que ambos discutieron por motivo de los celos de Neal que temía perderla algo se había despertado en el interior de la muchacha, algo que pensó que estaba dominado y completamente aquietado, y más cuando irreflexivamente, sin pararse a pensar que aunque incorrectamente, su esposo había actuado también de forma irracional subió a aquel tren sin equipaje, ni apenas dinero, más que la carga de sus confusas y revueltas emociones encontradas. Tampoco se planteó donde le dejarían ese tren ni cuando llegaría a su destino. Sin saber porqué la efigie de Mark iluminó su mente con fuerza y presa de una extraña nostalgia que se tornó gradualmente en desamor, salió al exterior del vagón abandonándose a los rigores de la ventisca que removía la nieve en el exterior del tren. Lo que jamás podría imaginar es que Mark estaba a su lado nuevamente, hasta que la suave luz que había experimentado en el teatro durante el ensayo, cuando el joven de negros cabellos y ojos del color de la noche la preservara de un fatal desenlace recorría de nuevo su cuerpo insuflándola el aliento de la vida Cuando se retorcía inquieta en sus brazos gimiendo por su pierna amputada o herida, comprobó con alborozo y alivio que la continuaba conservando intacta y sana. Y la misma calma beatífica que la invadiera cuando Mark la envolvió con su luz para evitar que los focos la destrozaran retornó despertando en ella emociones que creía perdidas para siempre. Por eso, cuando descubrió a Mark a su lado, notó una mezcla de alegría y euforia desmedida a la vez que desazón y tristeza. Entonces estaba soltera y sin compromiso pero ahora era madre de un precioso y avispado niño, y esposa de un hombre bueno que ahora estaba llorando amargamente, arrepentido de haber tratado tan duramente a la mujer que más amaba en la Tierra.

Mark se ofreció a cuidarla, instando a su mujer que fuera a descansar, pero Candy se negó permaneciendo junto a Mark para turnarse, rogándole encarecidamente que fuera él que se tomara un merecido descanso. Pero el joven se mantuvo en sus trece y se negó en redondo a irse a dormir, justamente como él pretendía que Candy hiciera. Finalmente, ante la falta de acuerdo, y sabedores de que el uno no cedería en modo alguno a los requerimientos del otro, ambos se quedaron finalmente a vigilarla mientras la tormenta de nieve desataba su furia ensordecedora en el exterior del tren. Susan dormía plácidamente mientras ambos esposos la observaban en silencio preguntándose como habría podido llegar hasta allí. Las preguntas vendrían después. Lo primordial era que Susan recobrase la salud cuanto antes y avisar a Neal de la repentina y para nada, esclarecida aparición de su esposa en aquel tren.

3

Candy observó con cuidado desde el quicio de la puerta como Mark velaba a la inconsciente Susan, que ya no se agitaba presa del delirio, y cuya respiración se había hecho más regular a medida que la fiebre y el malestar que la invadían, iban decreciendo. Mark se había quedado completamente dormido con la cabeza reclinada a los pies del lecho de la muchacha, Su esposa no pudo evitar una punzada de admiración y de profundo orgullo por el desprendido altruismo de su marido que no había dejado de sorprenderla desde el primer en que se conocieron. En ese instante, Susan abrió lentamente sus hermosos ojos y se desperezó estirando levemente los brazos hacia arriba mientras un pequeño bostezo emergía de sus labios entreabiertos. Sonrió. Había dormido plácidamente y los calambres y dolores que la pulmonía que había contraído debido a su insensata acción, habían desaparecido. Ahora la luz de un naciente día entraba a raudales por las rendijas de la cortinilla, en forma de una radiante claridad solar que había borrado completamente las huellas, de la inclemente tormenta de nieve que azotase el exterior, durante toda la noche. Candy se había rendido finalmente al sueño antes que Mark y cuando despertó con el amanecer próximo a despuntar, se percató de que ahora era Mark el que había caído completamente rendido dormitando suavemente. Candy acarició sus cabellos negros y le besó en las mejillas musitando en su oído con un deje de emotivo orgullo en su voz trémula:

-Duerme amor mío, duerme, yo tomaré tu relevo.

Acto seguido se hizo con una frazada y la echó sobre el cuerpo de su marido para abrigarle. Una hora después, tuvo que ir al baño y cuando retornó con una sonrisa en los labios imaginando la forma en la que agradecería a su marido sus desvelos por la muchacha, sorprendió a Susan despierta y mirando a su marido con atención. Por un impulso que no alcanzó ni a comprender ni a explicarse, se ocultó de improviso, y comprobó como la joven pronunciaba unas palabras, que Candy escuchó horrorizada, llevándose las manos a las sienes y derramando ardientes lágrimas. Candy sacudió frenéticamente la cabeza como si quisiera arrebatar de su mente cada una de las sílabas que inocentemente Susan deslizó desde sus rosados labios y que se fueron grabando a fuego en su mente.

-Mark, Mark sé que lo nuestro es imposible, pero fue tan hermoso, tan increíble lo que vivimos juntos, que dudo que pueda olvidarte jamás. Aun sigo sintiendo lo mismo por ti, querido, aun –declamó emocionada en voz baja, sin sospechar el temible proceso que había puesto en marcha sin darse cuenta, y de funestas consecuencias para Candy, ni adivinar ni de lejos, que la muchacha estaba espiando tras la puerta entornada, confiada en que estaba a solas con Mark. El joven era totalmente ajeno al drama que se estaba incubando, y continuaba durmiendo profundamente, debido al cansancio acumulado durante las largas horas nocturnas que había empleado en velar a la muchacha hasta que el cansancio terminó por doblegarle. Susan sostenía una de las manos de Mark entre las suyas, mientras le besaba en la mejilla izquierda.

4

Candy experimentó como una vorágine de sentimientos la invadía amenazando con arrastrarla a un frenesí de aflicción y dolor. Se retiró silenciosamente de la puerta temiendo que sus sospechas más íntimas se concretaran en un atroz presentimiento que iba ganando fuerza dentro de su corazón. Hasta ese momento había confiado plenamente en Mark y soslayando el terrible desliz que había tenido en otro mundo distante del que ambos conocían y compartían, su esposo jamás la había engañado o lastimado en modo alguno. Aunque Candy no conocía en absoluto todos los aspectos más íntimos de la vida de Mark y continuaba descubriendo facetas de su vida que hasta ese momento jamás habría siquiera ni imaginado. Podía admitir que hubiera descubierto el fuego para una tribu perdida en la noche de los tiempos, era capaz de asumir que hubiera mantenido un romance con una muchacha, cuya legendaria existencia había dado pie a un mito de amor inmortal, pero lo que no podría aceptar jamás es que delante de ella si es que era cierto mantuviera un romance a sus espaldas con Susan Marlow. Aunque las palabras iniciales de la imprevista confesión de la muchacha la habían tranquilizado sobremanera, Candy no pudo evitar que un estremecimiento recorriera todo su ser. ¿ Y si Mark la engañaba ? ¿ y si se había cansado de ella o había cedido finalmente a los embates de la tentación ?

Candy se puso repentinamente pálida y tuvo que sentarse en uno de los bancos de hierro dispuestos en el pasillo del vagón y atornillados al suelo. Notó como todo le daba vueltas y tuvo que ahogar sus lágrimas para disimular ante los pasajeros que caminaban delante de ella y que ya parecían haberse desinteresado totalmente por la suerte de la muchacha rubia encontrada aterida de frío, en el exterior del vagón. Por allí acertó a pasar Kevin Brighton que al reconocerla se la aproximó interesándose por el estado de Susan. Candy se pasó el dorso de la mano por las mejillas y esbozando una media y tímida sonrisa, agradeció las atenciones del hombre y dijo:

-Está bien, mi esposo…se está ocupando ahora mismo de ella.

Brighton creyó intuir un ligero asomo de tristeza y de duda tanto en la voz, como en los ojos de la hermosa muchacha pero no dijo nada y tras saludarla cortésmente continuó su camino advirtiéndola de que si necesitaba su ayuda estaría en el compartimiento del fondo donde no tendría más que acudir y reclamarle con lo que fuera. Candy asintió intentando que sus lágrimas no asomaran por las cuencas de sus deslumbrantes ojos de esmeralda y el caballero se alejó con andar pesado pero firme. La muchacha se fijó mejor en los ademanes del caballero, demasiado característicos y familiares, marciales sería la palabra más precisa. De tanto observar las poses y el porte de envarados oficiales y soldados de toda graduación durante los terribles días de la pasada Gran Guerra, Candy había aprendido a distinguir a un militar de un civil con solo echarle una hojeada. No lo conseguía siempre, pero su porcentaje de aciertos superaba con creces al de sus fallos deductivos y estaba completamente segura, que Brighton era un militar de pura cepa o que por lo menos había dejado de serlo, momentáneamente o tal vez con carácter definitivo, pero que su relación con la milicia era más que patente. Entonces recordó su propio dolor y reflexionó tras suspirar profundamente para tranquilizarse. Ella podía interrumpir aquel amor si era su deseo, pero convino que lo mejor era esperar. Decidió regresar nuevamente junto a la puerta entornada y vigilar discretamente escondida a ambos. Candy no se sentía bien consigo misma por hacer aquello, pero si el infinito sufrimiento que le acarrearía terminar con Mark, al igual que a él, iba a romperles el corazón, quería estar completamente segura antes de dar el siguiente paso y cortar el vínculo del amor que les ataba con carácter definitivo. Se acercó con tiento a la puerta que seguía entornada cerrando los ojos con fuerza y suplicando que continuaran hablando, porque deseaba descubrir la verdad. No le importaba que pudieran sorprenderla allí acechando en la penumbra del pasillo, mientras lograra averiguar si Mark se había enamorado de otra mujer.

5

Mark abrió los ojos lentamente parpadeando. Pese a estar completamente dormido, había ido despertándose gradualmente y llegó a captar la inesperada confesión de Susan. La muchacha le abrazó contenta de que finalmente el joven estuviera mirándola directamente a los ojos y con alegre inconsciencia se dispuso a confesarle sus sentimientos. De repente una rebeldía que carecía de todo fundamento y lógica, nacida de un anhelo de codiciar lo que no podría tener la asaltó. No le importaba Neal, ni la sonrisa de Clark tan luminosa y plena que parecía iluminar la mansión cada vez que llegaba del colegio o a saludarla y que su hijo le dedicaba, abrazándose ambos con ternura baja la mirada enamorada y tan límpida de su marido. Se disponía a besar a Mark de improviso aprovechando el momento en que ambos estaban estrechamente abrazados cuando sus ojos se fijaron en la desesperada mirada de súplica que Candy le dirigía desde el borde de la puerta. Candy estaba como atontada, incapaz de reaccionar o de hablar aunque sus palabras habían quedado suspendidas en el aire, congeladas en un grito silencioso que brotaba de sus labios entreabiertos. Susan entendió perfectamente el mensaje que la desesperada muchacha le estaba dirigiendo en una muda y apenada súplica:

"No me lo quites por favor Susan, no me lo quites" –le suplicaba Candy mentalmente con las manos entrelazadas a la altura del regazo –si lo apartas de mí, yo sería incapaz de volver a vivir. Sin mi Mark, yo no soy nada, no represento nada ni existo".

Susan notó como una corriente helada sacudía hasta las más íntimas fibras de su ser. Como si despertara de un largo letargo la imagen de su esposo y de su hijo acudió a su mente y se puso a llorar amargamente suscitando la preocupación y el pesar de Mark que creyó que había hecho algo inconveniente al acogerla en sus brazos en un gesto tan aparentemente inocente.

-Susan, perdóname –comentó Mark preocupado sin saber como consolarla- no quise, no pretendía molestarte, te lo juro, yo…-declaró Mark contrito sin saber que la razón del repentino y súbito llanto de la actriz se debía a otras razones bien distintas.

-Mi…esposo…mi querido Neal, mi hijo –se dijo hipando y tratando de contener las lágrimas, cosa que a esas alturas era ya imposible de hacer -¿ qué he estado a punto de hacer ? ¿ qué ?

Mark se quedó perplejo aunque empezaba a intuir que era lo que realmente había sucedido e inmediatamente lo relacionó con su anterior y breve relación con la chica acaecida hacía ya tantos años. Antes de que Mark pudiera reaccionar o decir o hacer algo para calmar a la desconsolada actriz, cuyos remordimientos habían saltado como la presa de un río que soporta más agua que la que su estructura puede contener y resistir, la puerta del coche cama se abrió de golpe, e hizo su aparición una mujer que había estado presenciando la escena, con una mezcla de compasión por Susan y alivio por parte de Mark.

6

Mark se quedó petrificado, mientras Candy irrumpía en el departamento y les observaba con expresión serena y calmada. Caminó hacia Susan, dirigiendo a su esposo una mirada de complicidad que el joven conocía muy bien y que le tranquilizó sobremanera, porque ante todo esa expresión en los ojos verdes de Candy no podía significar más que el mejor de los augurios para el atribulado joven. Candy le había dado a entender que todo estaba bien entre ellos, que conocía la historia en su totalidad y que no lanzaría dardos envenenados a su alrededor y que Mark podía estar tranquilo. Tomó las delicadas manos de Susan entre las suyas y dirigiendo sus pupilas de esmeralda a Mark, le comentó dedicándole la mejor de sus sonrisas:

-Mark cariño, ¿ podrías dejarme a solas unos instantes con Susan ? tengo que hablar con ella en privado. Espero que lo comprendas.

Mark asintió esperanzado. Aunque Candy no dejaba traslucir ninguno de sus pensamientos, Mark respiraba tranquilo. Aquella significativa y silenciosa mirada de comprensión que le había lanzado aquietó sus más inmediatos pesares y atemperó el miedo cerval que le estaba devorando por dentro y que sentía ante la posibilidad de que su esposa le abandonara, malinterpretando las señales y gestos de amistad entre Susan y él. Se puso en pie y salió de la habitación en silencio, cerrando con cuidado la puerta al salir. Cuando se escuchó un suave clic en el pomo, señal de que Mark había seguido las escuetas instrucciones de su esposa, Candy acarició las mejillas de la sorprendida Susan y le dijo:

-Susan, jamás podré vivir lo suficiente como para darte las gracias.

La muchacha rubia alzó la cabeza levemente y esbozó un mohín de sorpresa, dando a entender a Candy que no sabía acerca de qué estaba hablando hasta que finalmente, la mujer le mostró la otra parte de la verdad, que había permanecido en sombras y revelándole el cuadro de la revelación al completo.

-Gracias por no arrebatármelo, por no reclamarlo a tu lado de nuevo querida Susan –le dijo mirando levemente hacia el batiente tras el cual Mark paseaba inquieto arriba y abajo, notando como su corazón se aceleraba al percibir la silueta de su marido caminando inquieto por el pasillo y aguardando el momento en que Candy se reuniera con él.

Susan comprendió de inmediato que Candy lo sabía e intuyendo que no ganaría nada negándolo, tomó aire y admitió:

-Sí Candy. Mark y yo fuimos una vez amantes, pero no debes temer nada –le explicó Susan sincerándose con ella.

7

Susan relató a Candy, evitando los detalles escabrosos y caer en frivolidades, el breve romance que había mantenido con Mark hacía unos años, cuando Candy y Mark no estaban aun total y completamente seguros de sus verdaderos sentimientos. Lejos de estar enojada, entristecida o furiosa Candy admiró profundamente la honradez de Susan para relatar aquello, y sobre todo la entereza que la muchacha mostraba evocando unos momentos demasiado felices e irrepetibles para ella, como para no sentir ni tan siquiera un escalofrío de nostalgia al evocarlo en su mente y a través de sus serenas y bellas palabras. Cuando terminó de hablar, ella a su vez le preguntó como había adivinado que entre Mark y ella había existido algo antes de que la propia Susan hubiera encontrado el momento oportuno para hacerlo.

-Me bastó observar la mirada que le dirigiste a mi marido –comentó Candy- y yo conozco muy bien ese tipo de mensajes y gestos- añadió la muchacha sin acritud ni ánimo de mortificar a Susan.

-¿ No sientes ningún rencor hacia mí ? –preguntó Susan observando por puro acto reflejo su pierna derecha al recordar como Mark la apartó del camino del pesado foco evitando que el reflector la dejase invalida de por vida –la historia ha estado a punto de repetirse –dijo Susan con sarcasmo y amargura.

Candy caminó brevemente por la estancia y tras meditar unos instantes se detuvo. Caminar le ayudaba a pensar mejor y moviendo lentamente los labios dijo:

-Hace un instante, llamabas a mi hermano adoptivo y a tu hijo reclamándoles, reprochándote lo que habías estado a punto de hacerte, sobre todo a ti misma y a tu familia, Susan, porque yo confío plenamente en Mark y nunca haría nada semejante sin advertírmelo, aparte de que nuestro amor no terminaría así como así, como el tuyo por Neal tampoco puede sucumbir de una forma tan triste e inicua, sobre todo cuando aun tiene remedio querida amiga.

-Lo dudo Candy –declaró Susan con una inflexión de cansancio y amargura en la voz –no creo que él a estas alturas desee saber nada de mí, y después de todo lo que pasó entre ambos –comentó enjugándose una lágrima furtiva y cruzando los brazos sobre la blusa que Candy le había prestado para que pudiera cambiarse debido a que su vestido aun continuaba secándose tras quedar completamente empapado por las inveteradas rachas de viento y nieve que se habían cebado sobre el cuerpo de Susan.

-Eso es algo que debería matizarse porque yo también tengo algo de culpa en todo esto.

Aquella voz era tan estrechamente familiar, tan cercana y conocida que las dos muchachas se sobresaltaron al unísono dando un involuntario grito que las hizo reír quedamente al romper la tensión que se había ido acumulando entre ellas, fruto del cargado y penoso ambiente que se respiraba en la habitación. Cuando ambas muchachas se giraron no podían dar crédito a cuanto estaban presenciando sus asombrados ojos. Neal, elegantemente vestido con un traje de color claro de excelente paño y mejor corte observaba a ambas chicas con cara de circunstancias y un gran ramo de rosas blancas y rojas que temblaba levemente entre sus sudorosas manos, aunque sus atenciones iban dedicadas especialmente a la adorable joven que reclinada en su lecho, era incapaz de articular palabra.

-Perdóname Susan amor mío –comenzó a hablar Neal retorciéndose las manos y bajando la cabeza, mientras Candy se preguntaba asombrada que hacía allí y como había dado con el paradero exacto de su esposa. Que encontraran a Susan en aquel tren era una más que increíble casualidad pero que Neal estuviera allí con un gran ramo de flores en las manos no podía entrar ni de refilón en la misma categoría.

Entonces Susan se irguió de un salto de la cama y corrió hacia Neal, abrazándose ambos mientras las rosas terminaron entre los dedos de Candy para evitar que las delicadas y hermosas flores se estropearan en el repentino abrazo en que ambos jóvenes se fundieron, seguido de un largo y apasionado beso.

-Perdóname cariño, perdóname –se lamentó Neal- fui un estúpido arrogante al dejarme arrastrar por esos malditos celos. No, no volverá a suceder te lo prometo.

-No, perdóname tú querido –replicaba ella- al reaccionar de una manera tan pueril y poco meditada, pero cuando me dijiste aquellas cosas tan terribles…-dijo sin concluir la frase.

-Lo sé, lo sé, por eso quiero que me perdones y que volvamos juntos a casa. Perdóname Susan amor mío, sin ti nada tiene sentido.

Candy cada vez entendía menos, hasta que una mano regordeta y ligeramente hirsuta se posó en su antebrazo derecho. La muchacha se giró pensando que era Mark pero el tacto de mis dedos difería notablemente del de mi amigo, que seguía empeñado en llamarme maestro. Candy estuvo a punto de gritar con su característica voz chillona mi nombre, cuando algo la asombraba o enojaba pero me llevé rápidamente un dedo a los labios, mientras Mark le tendía una mano para que acudiera a su lado. Muy por encima de sus cabezas destacaba la mole metálica de Mermadon, torpemente disfrazado con ropas humanas. Candy avanzó hacia nosotros creyendo que terminaría por perder la razón, aunque pronto recibiría una explicación al porqué de tan insólita aparición.

8

Mientras Susan y Neal se reconciliaban compitiendo entre ellos, para ver quien de los dos, protagonizaría la muestra de arrepentimiento más sincera y sentida, Candy a la que había rogado silencio para no interrumpir el reencuentro entre Neal y su bella esposa me observaba con ojos intrigados y ligeramente indignada porque la hubiese asustado de aquella manera. Cuando se volvió y se topó de frente con mi rostro mofletudo de cabellos cortos y ralos, sobre el que destacaban unas gafas doradas sobre mi corta y rechoncha nariz creyó que le daría un pasmo. Entonces Mark acudió a su lado y abrazándola para atraerla hacia sí dijo:

-Mi maestro me lo ha contado todo.

Efectivamente –admití yo visiblemente conmovido por la emotiva reconciliación de Neal y de Susan- te contaré como sucedió todo Candy y por lo que veo, nuestros esfuerzos han valido la pena.

9

Susan se había marchado y Neal, incapaz de albergar tanto dolor en su alma no encontró una solución mejor que ahogarlo en alcohol. Ardía en deseos de salir a buscarla, pero su orgullo herido y sus deseos de dar a su esposa una lección pudieron más que sus ansias y recorrió un bar tras otro, hasta que finalmente sin saber ni como, llegó tambaleándose hasta el que había sido su hogar hasta hacía bien poco. Fue una verdadera suerte, que Neal conservara los suficientes reflejos o la inconsciencia y audacia precisas, ayudadas por una pizca de buena suerte para conducir su automóvil deportivo desde la ciudad hasta el camino de Lakewood sin estrellarse o volcar en algún recodo de la sinuosa y bacheada carretera entre la ciudad y la propiedad de los Andrew. También fue inexplicable y digno de mención el como consiguió dar con el camino de vuelta prácticamente a ciegas, y no terminar empotrado contra otro vehículo o en el interior de algún escaparate cuando aun circulaba por la ciudad, o vivienda de las que jalonaban la carretera cada dos por tres. Bajó de su descapotable sostenido a duras penas por una extraña fuerza de voluntad que le impedía ceder a los embates de su pena, aumentada notablemente por los efectos del alcohol que había trasegado en abundancia. Llegó hasta la cancela de la mansión de sus padres y cuando intentaba abrir el portón de hierro con gesto torpe, resbaló y tropezó conmigo que me encontraba dando un paseo para despejar mi cabeza de tanto número y cálculo tras varias horas en que yo ayudado por Mermadon, logramos poner al día finalmente los asuntos y negocios de mayor importancia que Mark había dejado provisionalmente en mis manos y en las del robot para acompañar a su esposa a un viaje a Rusia, cuyas razones entendí muy vagamente cuando me lo contó. Entre la migraña que tenía encima debido a tanto asiento contable, balances y números, la tristeza que me había producido la partida de Candy y de Mark y la sorpresa de toparme con Neal Legan, medio borracho y tratando de introducir en la cerradura de la cancela su reloj en vez de la correspondiente llave estuve a punto de empezar a dudar si ayudarle o dejarlo estar. No era la primera vez que Neal se emborrachaba pero tampoco le había visto tan ebrio y desesperado como esa noche. Avancé hacia él y le sostuve por los hombros justo en el momento, en que el joven sentía como unas crecientes nauseas le subían por la garganta. Si no me hubiera apartado a tiempo me habría puesto perdido, aunque no por ello desistí ni cejé en mis intentos de ayudarle. Neal, harto de deambular y contento de que una mano amiga le escuchara, aunque ni supiera quien era el propietario de la misma, debido a su acusada embriaguez me lo fue contando todo, una vez se rehizo de la imprevista y desagradable arcada fruto de todo el licor que había ingerido, que le había hecho vomitar, y vaciado su estómago, desgranándolo, prácticamente deletreándolo con su lenta y entrecortada voz gangosa. Conseguí apartarle de allí, llevándomelo a un lugar más discreto, para evitarle a los Legan la vergüenza de encontrar a su hijo en semejante estado y logré enterarme finalmente de la historia de aquel desencuentro entre Neal y su esposa.

10

Decidí hacer un experimento, que además serviría para sacudirme de mi ser toda la nostalgia y morriña, que como una pesada losa se abatía sobre mí, tras la partida de Mark y de Candy. Haltoran y Annie no habían regresado aun y lejos estábamos de sospechar los terribles sucesos que les habían sucedido en su viaje por Europa y de los que habían podido salir relativamente bien librados. En compañía de Neal que algo más despejado tras depurar su estómago de forma tan expeditiva, me seguía esperanzado, como si yo fuera la panacea y la solución a todos sus problemas buscamos a Mermadon concienzudamente por toda la propiedad Legan. Era una suerte que los Legan no tuvieran perros de presa, ni siquiera de compañía, siendo el único animal doméstico que habitaba en toda la vasta finca, la gata siamesa conocida familiarmente por Silvia y que había pertenecido a Eliza, pasando posteriormente al cuidado de sus padres, cuando la muchacha al casarse con Tom Cattwarray se mudó en compañía de su marido a una casa menos lujosa que la mansión Legan, pero ciertamente más confortable y hogareña.

Logramos dar finalmente con el robot. Estaba realizando una ronda de inspección por los jardines situados en la parte sur de la propiedad y se había plantado frente a la efigie de un querubín que desde su pedestal de mármol soplaba una trompeta emitiendo una eterna y congelada nota. Mermadon examinó con ojo experto la estatua estudiando su estado de conservación y el de limpieza. Convino asintiendo vivamente que todo estaba correcto y en orden. Cuando le salimos al paso, Mermadon nos saludó cortésmente con una exagerada reverencia. Decidí exponerle la situación, temeroso de que Haltoran hubiera deshabilitado de su programación nuestra capacidad de impartirle órdenes para evitar que el robot se pasara el día deambulando realizando acciones extrañas e ilógicas. Comprobé aliviado que no había sucedido así y cuando le expuse, prácticamente le ordené conminándole a que nos condujera hasta Mark, el robot dejó las labores que se traía entre manos y decidió secundar mi iniciativa sin rechistar.

A excepción de la anulación del protocolo verde, podría impartirle cualquier orden que entrara dentro de los cauces de la sensatez, aunque el concepto de la sensatez y la normalidad de un robot no tenían porqué coincidir forzosamente con el de un ser humano.

Lo que yo a mi vez me traía entre las mías era tan sencillo como descabellado, tan simple como aparatoso: recurrir a Mermadon como medio de transporte para llevarnos a mí y a Neal hasta el tren, que supuestamente estaba trasladando a su esposa lejos de allí en dirección hacia Nueva York.

11

-Se ha marchado, se ha marchado y me ha dejado Maikel –hipó Neal que empezaba a sentir como los efectos del alcohol empezaban a dejar paso a sus remordimientos y pesares por haber tratado tan duramente a su mujer, sin tener pruebas para sostener tales afirmaciones más que algunos infundios y ecos de sociedad, lo que en el siglo XXI llamaríamos prensa del corazón y demás. Pese a la maldad que había imbuido el alma de aquel hombre, sentí lástima por él, sobre todo después del espectacular cambio que se había obrado en él, transmutándole en una persona mejor.

No había duda de que amaba a Susan y cuando se dio cuenta de la terrible iniquidad que había cometido con ella, si bien los celos y el amor que sentía por ella podían considerarse como un atenuante en cierto modo notó como un gran pesar se iba apoderando gradualmente suyo. Nos acercamos hasta Mermadon mientras Neal experimentaba otro sentimiento de profunda vergüenza al reconocer la cancela que rodeaba, la familiar e imponente fachada, de la casa de sus padres. Afortunadamente la penumbra de la noche, había cubierto con sus velos de sombra, el drama del joven caballero a ojos de sus padres, que no podían siquiera sospechar que su hijo lloraba reclinado en mi pecho, y siendo alentado por la voz meliflua y suave de una mole metálica de dos metros de altura que parecía acunarle como un eco lejano. Finalmente me puse frente a Mermadon y le dije;

-Mermadon, necesitamos alcanzar el expreso de Nueva York. ¿ Podrás hacerlo ?

Mermadon hizo que la rejilla metálica que cubría su improvisada boca se iluminase y moviendo la cabeza con evidentes signos de aprobación empezó a agitarse de atrás adelante mientras decía, sumamente contento de resultar útil y romper el tedio de las rutinarias labores de mantenimiento en casa Legan:

-Será un placer para mí, señor Parents. Les llevaré al señor Neal y a usted en cuando ustedes lo dispongan.

Neal arqueó una ceja en uno de sus característicos gestos. Dedujo que el robot se aburría soberanamente y la perspectiva de un corto viaje parecía imbuirle de una especie de alegría rayana en la euforia. Neal meneó la cabeza. Una máquina que acusaba los efectos del tedio. Si no hubiera estado inmerso en su propia desesperación hasta habría reído de buen grado.

Pese a su tristeza y el dolor que le arrebataba, Neal parecía reacio a secundar la propuesta que acababa de hacerle. No terminaba de visualizar en su mente como podría sostenerse a lomos de aquel gigante de metal que por lo que tenía entendido, era incluso hasta capaz de volar, pero extrañaba tanto a Susan y la congoja que lo asaltaba desde que tan torpe como irreflexivamente había alejado a la muchacha de su lado debido a sus infundados celos no pudo por menos que agarrarse a cualquier clavo ardiendo que le permitiera reunirse con ella, por estrambótico y estrafalario que le pareciese surcar los cielos, subido en un ser de metal. Neal se rascó el mentón con la mano derecha, contemplando con cierta prevención la torre de acero y kevlar que le observaba con sus dos insondables puntos de luz. Recordó como su madre se había asustado al verle y el revuelo que había provocado, pero finalmente, asintió y mirándome con sus ojos ambarinos dijo:

-De acuerdo Maikel, te acompañaré. Lo único que deseo es reunirme con mi esposa para enmendar mi error como sea.

Asentí y le animé a acompañarme. Ambos nos situamos frente a Mermadon mientras el robot abría sus brazos y los cerraba con cuidado en torno a nuestros torsos. Haltoran solía asirse a su espalda, pero yo no me sentía en las debidas condiciones ni anímicas ni físicas para pender precariamente en las alturas de la espalda del robot y Neal, pese a ser mucho más esbelto que yo, tampoco. Cuando estuvimos listos ambos miramos hacia la mansión Legan con lástima y nostalgia. Yo, porque apreciaba sinceramente a los Legan y la mansión se había convertido en mi hogar definitivo, y Neal, porque tras aquellos regios muros se albergaba lo mejor de su vida anterior, su infancia y sus recuerdos. Entonces pensó en las iniquidades que le había causado a Candy y suspiró. Posé mi mano derecha sobre el hombro del joven firme y ancho. Su cuerpo se había robustecido con el paso de los años. Ya no era aquel chiquillo débil y enclenque que corría a las primeras de cambio, a refugiarse tras las faldas de su hermosa madre y su anterior orgullo y arrogancia había desaparecido prácticamente. Levantó su ceja izquierda y me dijo de improviso mientras Mermadon aguardaba obediente la orden de partida:

-Gracias Maikel.

Sin dar muestras de entenderle aunque intuía a donde quería llegar, meneé la cabeza y el joven me confirmó lo que me estaba rondando por la cabeza:

-Gracias por abrirme los ojos. De no ser por vosotros y tus amigos…-comentó interrumpiéndose súbitamente entristecido porque temía el recibimiento que le depararía su esposa. De pasar a agradecerme el cambio a mejor que habíamos introducido en sus vidas, aunque el verdadero prodigio se obró en el corazón de ambos hermanos, contagiándose al de su madre, pensó con invencible temor en que tal vez hubiera perdido a su esposa irremisiblemente por su inconsciencia y necedad. Aquello si que conseguí descifrarlo en su espantada mirada y le dije con una gran sonrisa, mientras calaba mis gafas sobre el puente de la nariz y sujetaba mis pantalones demasiado anchos como para aguantar ceñidos en torno a mi cuerpo, al objeto de que no cayeran hasta mis pies. Neal rió de buena gana sin pretender ofenderme y declaré complacido:

-No la vas a perder amigo mío. Susan te ama, aunque estuviste muy duro con ella, pero supongo que todo hombre o mujer enamorados actúa alguna vez de esa forma, en la que la inconsciencia y la sangre alterada altera nuestros comportamientos, en vez de aquietarlos.

Neal asintió. Miré a Mermadon y dije hablando lentamente:

-Mermadon cuando quieras. Llévanos hasta el expreso.

El robot asintió. Se escuchó un zumbido y dos compuertas se abrieron en su espalda. Neal no podía ver lo que estaba haciendo y se inquietó ligeramente removiéndose incómodo en torno a la extremidad metálica que le aferraba con suavidad no exenta de firmeza.

-Tranquilízate Neal. Está extrayendo los impulsores, lo que le permite volar para ser exactos. Todo va a ir bien.

Antes de que hubiera terminado de hablar, el robot había desplegado en efecto, dos propulsores de forma ovalada y aerodinámica. Las toberas negras brillaron levemente encastradas bajo el reluciente fuselaje de los motores. Un creciente silbido emanó de los impulsores de vuelo, cuya canción había empezado a sonar. Afortunadamente Mermadon atenuó la intensidad del desagradable sonido para que nadie en la mansión percibiera nuestro despegue. Cuando estuviéramos a varios cientos de metros de altura sobre la vertical de Lakewood, el propulsor sería libre para gritar a pleno pulmón.

-Allá vamos –dijo Mermadon con entonación musical, feliz de poder romper el tedio de sus rutinarias tareas, que le habían reducido a la condición de mero robot doméstico –sujétense fuerte señores.

Neal resopló. Se sentía como una uva prensada a la que estaban extrayéndola hasta el último gramo de su preciado fruto, pese a que el robot tenía un cuidado infinito en no aplicar más presión de la necesaria. Si Mermadon no tenía el debido cuidado, podría partirnos por la mitad como si fuéramos dos endebles y delgados juncos, lo cual no era mi caso, a no ser que lo tomara como ejemplo de nuestra fragilidad frente a las poderosas extremidades del robot. Una estela de fuego eructó de las toberas gemelas, y de estar a ras del suelo pasamos a trepar hacia lo más alto como centellas en menos de un minuto. Neal sintió que su estómago se encogía al divisar su casa y la inmensa finca de Lakewood cada vez más pequeña, perdiéndose en la lejanía bajo sus pies. Pese a que sintió un inicial miedo encontró la experiencia atrayente y sobrecogedora, a la vez que hermosa. Volar. No imaginaba que deslizarse por el cielo podía ser tan hermoso y plácido. Ahora entendía el afán de su primo Stear por alistarse en el Royal Fliying Corps. Ahora comprendía porqué tras tantos años de intrigas estériles que no conducían a nada, de rencor, de miedo e inseguridades había malgastado su vida anterior. Estaba tan ocupado en envenenar su existencia y la de Candy que se había perdido multitud de hechos maravillosos, y volar era uno de ellos.

12

Mientras Mermadon ponía rumbo al tren, cuya localización era un juego de niños para él, Neal me confesó como suponía que Susan viajaba en el mismo.

Ahora era yo el que arqueaba las cejas. Suponía que sabía de forma fidedigna que su esposa estaba en el expreso y no debido a un presentimiento que le había asaltado sin más, aunque pronto comprendería que su presagio tenía un fundamento de verdad y verosimilitud.

-Una vez ella y yo realizamos un viaje en ese tren, una especie de segunda luna de miel. Fue maravilloso y ella me confesó que si algún día se sentía lo suficientemente desesperada, su corazón encaminaría sus pasos hacia el mismo tren. Recuerdo que reí por la ocurrencia de mi esposa, que ingenuo y torpe fui –se lamentó el joven exhalando un gran suspiro. Pese a que el atronador silbido que las toberas de Mermadon producían, al desplazarnos por el aire nos obligaba a llevar unos gruesos tapones para evitar que nuestros tímpanos resultaran destrozados, por motivo del agudo "canto" de los motores propulsores, nos entendíamos perfectamente, a veces por señas o leyéndonos los labios.

-No tienes que reprocharte nada Neal, tú no podías saber que esto iba a suceder –dije en referencia a su discusión con Susan- estas cosas suceden en las mejores familias –comenté mientras sujetaba mi sombrero para impedir que saliera despedido como siempre de mis sienes.

Volábamos a mil metros de altura, por lo que no teníamos que preocuparnos por miradas inquisitivas, ni radares ni otros posibles medios de vigilancia. De hecho, mi mayor preocupación en esos instantes era el no haber dejado una carta de despedida a los Legan, pero con la precipitación del momento y la repentina idea que me había asaltado de buenas a primeras había hecho que me olvidara completamente de hacerlo, sobre todo para no demorar más tiempo nuestra partida. A fin de cuentas no tenía porqué ayudar a Neal en sus propios asuntos personales y me imaginaba la mala cara que pondría Haltoran cuando se enterara que había utilizado el robot para procurarme una suerte de improvisadas vacaciones, pero si Mermadon existía era no solo debido a su genial inventiva, si no a los millones de euros que cuando disponía de ellos en abundancia, dispuse a su vez con idéntica prodigalidad para que Mermadon fuera una realidad plena y pasara de los tableros de diseño, a las plantas de montaje y de ahí diera su salto definitivo al mercado, cuando las hordas de Norden hicieron añicos todos aquellos sueños y planes y frustraron el que Mermadon pasara de la fase de prototipo a ser fabricado en serie. Entonces caí en la cuenta que no sabía nada de Haltoran y de Annie, aunque supuse que continuaría enfrascados en su largo viaje por toda Europa acrecentando las bases de su ya de por si sólido y gran amor, cosa que no podía decir de mí. Tal y como me temía, el inicial entusiasmo y devoción de Clara por mí se había ido esfumando gradualmente. Desde que la salvara de los secuaces de Buzzy Jonson su inicial amor por mí, había ido menguando considerablemente hasta el punto de que eso, unido a que tomara conciencia de su belleza y su rápida y ascendente carrera en la alta sociedad de Chicago, le hubiera reportado conocer a varios jóvenes, primogénitos de selectas y acaudaladas familias que la cortejaban a ojos vista delante de todo el mundo. Y claro está, ella deslumbrada por el porte de aquellos apuestos muchachos y puestos a comparar conmigo terminó finalmente por deducir que vivir toda una vida al lado de alguien como yo, no le salía a cuenta ni merecía la pena. Y pasó lo que tenía que pasar. Terminó enamorándose de un muchacho de su edad, tal y como yo le había sugerido inicialmente, cosa que rechazó horrorizada para permanecer a mi lado. Pero era cuestión de tiempo que todo evolucionara hasta alcanzar su verdadero estado. Yo era rico y podía procurarle una vida de comodidades y lujos desmedidos pero eso también lo encontraba en la persona de Gaston de Noir, un joven francés, conde para más señas al que conoció en una de las fiestas que a ella tanto le entusiasmaban y a mí me repelían porque era hombre de costumbres hogareñas más que de diversiones mundanas. Y como además Gaston era guapo, culto y atractivo, con un especial magnetismo que se desprendía de su condición de hombre de mundo, recibí una carta a la de dos semanas de aquellos hechos, comentándome que no iba a volver junto a mí, y que podíamos dar nuestro compromiso por anulado y finiquitado. Ni siquiera había tenido el valor de decírmelo a la cara, o tal vez se tratara de desprecio, no lo sé. En esos instantes de pesar, una racha de viento huracanado sorprendió a mis manos lejos del ala de mi sombrero y la ráfaga de aire, que hizo que tanto Neal como yo nos estremeciéramos de pura frialdad, consiguió birlarme mi sombrero.

-Mierda –exclamé yo soltando una imprecación, y tratando de agarrarlo por el dorso del ala, pero ya era tarde. El sombrero se alejó meciéndose en el aire, como si el viento que me lo había quitado se estuviera burlando de mí, complaciéndose mordazmente en enseñármelo, y restregarme que estuviera fuera de mi alcance.

Suspiré. Decididamente no tenía suerte ni con los sombreros ni con las mujeres.

Neal se había quedado dormido roncando suavemente y de forma tan plácida como lo haría un bebé en su cuna o en los brazos de su madre. La tensión acumulada junto con la monumental cogorza, con la que había castigado su cuerpo intentando ahogar sus pesares habían conseguido vencer sus últimas resistencias y hacer que se sumiera en un profundo sueño debido al cansancio acumulado y las tensiones vividas. Entonces Mermadon habló suavemente para no despertarle. El insoportable silbido había menguado hasta casi reducirse a un imperceptible siseo y me había sacado los tapones de los oídos, no así Neal que seguía descansando aun en medio de tan peculiares condiciones de vuelo. Dormirse en los brazos de un robot a dos mil metros de altura, no era algo que ciertamente te pasara todos los días.

-Detecto fuentes de iridium 270, en el expreso de Nueva York, señor Parents.

Me quedé literalmente de piedra. Eso solo podía significar una cosa. Mark y Candy se encontraban en el mismo tren que Susan y casi con toda probabilidad, terminarían coincidiendo.

Para terminar de redondear las cosas, Mermadon me anunció con voz contrita:

-Lo siento señor Parents, pero la energía para activar mi capacidad de apantallamiento está agotada. Debemos tomar otras medidas.

Resoplé. Mermadon no podía tornarse invisible por lo que deberíamos idear otro plan para intentar pasar desapercibidos. Le ordené que sacara una considerable ventaja al tren porque otra idea no menos descabellada y rocambolesca iba tomando forma en mi mente.

-Vamos a intentar conseguirte algo de ropa para disfrazarte mínimamente. Luego subiremos al tren en la estación de Redhill –comenté apesadumbrado imaginando que terminaríamos en la cárcel una vez que un gran número de agentes de la ley nos conminara a rendirnos tras el consiguiente susto al inoportuno entrometido de turno, que descubría por casualidad, a Mermadon, dando rápidamente la alarma. Ya me imaginaba como seríamos descubiertos y puestos a buen recaudo. Aunque bien mirado, quizás funcionara. De peores habíamos salido. Entonces Neal bostezó ruidosamente desperezándose con lentitud como si estuviera en su habitación o en la selecta y lujosa comodidad de la mansión de sus padres. Cuando adivinó que estábamos bajando me preguntó si habíamos llegado ya al tren aun sumido en las brumas del sueño que se resistía a desprenderse de él.

-Aun no –declaré con la vista puesta en una granja que parecía desierta y en cuyos sembrados picoteados por varios grajos, destacaba un gigantesco espantapájaros que no parecía infundirles demasiado espanto, ataviado con flotantes ropas grotescas y pasadas de moda, pero que parecían lo suficientemente amplias como para disfrazar a Mermadon lo más convincentemente posible –pero pronto subiremos al tren. No temas Neal.

Si salíamos con bien de aquello, mi siguiente paso una vez que consiguiéramos reconciliar a Neal y a su esposa aunque eso era algo muy personal, en lo que ambos, sobre todo Susan tendría la última palabra, sería telefonear a los Legan para ponerles al corriente de mi situación, porque escribir una carta franquearla y esperar a que llegara a su destino tras enviarla por correo, podía significar semanas de lento trasiego.

Eché de menos Internet y la inusitada rapidez del correo electrónico. Reí quedamente. Elucubrando, cual "Yankie en la Corte del Rey Arturo", que aparatos modernos podría introducir en los albores del siglo XX para agilizar la comunicación entre dos puntos distantes que fuera más allá del mero intercambio postal. Todo ello, suspendido en el aire, viajando con un robot a una inconmensurable altura. Una fantasía tecnológica esbozada a lomos de otra hecha realidad, en una época que no era la mía pero que había adoptado como propia.

Por lo demás, lamentaba haber dejado atrás a mis dos buenos amigos, los señores Legan otra vez de aquella descortés y furtiva forma, pero la felicidad de Neal bien lo valía pese a la inveterada y entrañable amistad que manteníamos y que no se merecía una fuga en mitad de la noche. Lo que no esperaba ni por asomo era encontrarme de repente a Mark y Candy en el mismo ferrocarril. Poco podía yo sospechar como nuevamente me vería arrastrado a un largo viaje, pese a que había declarado por activa y por pasiva, terminar curado de espanto de cualquier otra interminable singladura. Si conseguíamos hacer pasar a Mermadon por humano en el pleno sentido de la palabra, subir al tren, una vez adquirido billetes para los tres, no sería problema. Llevaba un cheque encima por valor de los beneficios de un proyecto que había conseguido vender a un cliente y que aun no había cobrado en el banco, pero que cuando lo hiciera hasta podría haber fletado mi propia línea de ferrocarril de haber tenido el tiempo y las ganas y arrestos suficientes de emprender y embarcarme en semejante y megalómano proyecto. A mi mente acudió la vivida imagen extraída de uno de mis tebeos, de un mozalbete de amplia sonrisa, envuelto en un irritante aire de suficiencia, creando una estación de metro en plena roca viva con la mera y única ayuda de una cucharilla de café, ante el estupor de dos rocambolescos agentes secretos a los que sacaba de quicio, que a instancias de sus superiores, buscaban candidatos idóneos para cubrir las vacantes que otros tantos compañeros suyos, habían dejado, por su provecta y avanzada edad mediante una serie de pruebas, a cual más inverosímil y absurda.

En Hillred tomaríamos pasaje y luego ya veríamos.

Pero primero nos pasaríamos por la granja que había divisado desde el aire cuando ya Mermadon estaba próximo a aterrizar aprovechando un promontorio despejado y que parecía totalmente desierto situado a pocos metros de la granja.

13

-Baja Mermadon –le había ordenado al robot ante la sorpresa e indignación de Neal, que creía que no llegaríamos a tiempo de alcanzar al tren y perder un tiempo valioso que alejaría tal vez con carácter definitivo, la posibilidad de reunirse con su esposa. Ante sus incipientes protestas le tranquilicé levantando el dedo índice y haciendo que el antaño orgulloso muchacho, acostumbrado a mandar y ser obedecido al punto, tuviera ahora que acatar mis indicaciones:

-Escúchame Neal –le dije buscando las palabras precisas para explicarle lo que tenía que comentarle, y temiendo que no me entendiese- no podemos subir con Mermadon al tren ni tampoco dejarle en mitad de la nada así como así.

Neal que había divisado el espantapájaros cuyos flotantes ropajes ondeaban levemente como si se tratara del velamen desplegado de un fantasmal bajel recortándose en la bruma, empezaba a intuir cuales eran mis intenciones, mientras íbamos perdiendo altura gradualmente. Nos observó a Mermadon y a mí de hito en hito y dijo con voz ligeramente chillona que me recordó inmediatamente a su hermana por efecto de lo que se estaba imaginando:

-¿ No pretenderás subir al tren con él ? –preguntó el joven notando incómodo la mirada de los sensores ópticos del robot sobre sus pupilas ambarinas.

-No, no por lo menos con su actual aspecto, pero tampoco le puedo dejar en cualquier sitio solo a la espera de acontecimientos. Podrían descubrirle.

Neal se rascó el mentón pensativo y deslizó su vista por la enorme envergadura del coloso de acero. Evidentemente Mermadon no tenía que temer ninguna amenaza potencial contra su integridad debido a su robustez y que tanto su chasis de titanio como el recubrimiento de kevlar y acero le hacían virtualmente a pruebas de balas y hasta de obuses de artillería, pero podía ocasionar un gran susto y desatar un temor inopinado en todos aquellos que lo contemplasen. Le podían tomar por un inofensivo reclamo publicitario o una curiosa atracción de feria pero preferí no correr riesgos. Por eso mi cabeza elucubró un plan descabellado tan pronto como observé de reojo la vieja granja con el ralo y paupérrimo sembrado saturado de grajos negros que Neal tomó por un funesto presagio, y que escarbaban en la tierra reseca extrayendo las escasas semillas y alimento que eran capaz de arrancarla.

Neal meneó la cabeza incrédulo mientras suspiraba y se mesaba la frente con la mano izquierda. Me había tomado por loco, pero no podía argumentar nada porque Mermadon le sostenía firmemente sujeto y era un mero juguete en sus brazos, y todo lo que podía hacer era limitarse a observar y a expresar sus quejas. Afortunadamente, aparte de a mí, al propio Mark y a Haltoran solo le habíamos autorizado al anciano Wittman, el jardinero de los Legan a impartirle ordenes sencillas. Desactivamos la prerrogativa de Carlos para darle instrucciones, por el monumental e imprevisto jaleo que organizó sin mala intención, al dirigir erróneamente al robot para entregar un recado a Mark, a la casa de los Brighten, en vez de a la de los Legan lo cual le produjo un tremendo susto a Sarah, la madre de Annie lo cual le costó un siete en su caro vestido y que su sombrero de flores quedara chafado bajo el peso de la propia e infortunada señora que terminó en el suelo presa del miedo, cuando Mermadon empezó a efectuar su chequeo médico, aparte de un tremendo ataque de nervios.

Neal encontraba divertido que quisiera disfrazar al robot además de ilógico porque en su opinión, Mermadon no parecería una persona corpulenta si no un monstruo de metal mal disfrazado. Quizás tuviera razón y cuando me hizo partícipe de sus impresiones, le imité arqueando mis cejas y dije:

-Puede pero ahora mismo es incapaz de hacerse invisible para que lo entiendas.

Neal estaba a punto de decir algo cuando las plantas metálicas del robot se posaron en mitad del sembrado poniendo en fuga a una bandada de cuervos que levantaron el vuelo graznando escandalosamente y molestos, por nuestra impresión. Neal sentía un cierto temor reverencial hacia aquellos tétricos animales desde que leyera algunas de las obras de Edgar Allan Poe y debió suponer que se lanzarían en tromba contra él para extraerle los ojos, pero las oscuras aves bastante tenían con batir sus alas y marcharse de allí aunque lo hicieran con desgana. Ya retornarían nuevamente al sembrado que habían convertido en su principal lugar de reunión.

El campo sembrado estaba protegido por una pequeña cerca de madera y frente a él se alzaba la planta de una destartalada y ajada casucha construida con tablas unidas precariamente mediante clavos oxidados y que a nada que alguien la rozase o soplara un vendaval se vendría abajo con estrépito. La vivienda apenas tenía dos ventanas, de cristales rotos y astillados a través de los cuales se percibía un interior, tan desangelado y oscuro como la parte de fuera, y en el umbrío porche destacaba una mecedora que mostraba trazas de haber sido ocupada recientemente, porque aun seguía agitándose con un leve crujido, en un movimiento de vaivén cuando alguien, seguramente el dueño de la propiedad la había abandonado precipitadamente. Estábamos tan concentrados, en la contemplación de la lúgubre granja que parecía extraída de algún cuento de terror, que no nos dimos ni cuenta de que Mermadon se había posado ya sobre los surcos arenosos del estéril terreno de cultivo y que había aflojado la presión de sus dedos metálicos liberándonos. Caminamos hacia el espantapájaros mientras Neal, temeroso y sin separarse de mí ni del robot ni un solo instante observaba el lóbrego y siniestro lugar en derredor.

-Brrrr –se quejó dejando escapar un gruñido –este sitio me produce escalofríos.

-Y a mí –dije distraídamente- me recuerda a uno de los escenarios de Stephen King.

-¿ De quién ? –preguntó Neal arrugando la nariz, interesándose por la mención de tan desconocido personaje.

-Se trata de un conocido escritor de novelas de terror –le aclaró Mermadon.

-No me suena –dijo Neal no recordando haber leído en particular a ese autor.

-Aun no ha nacido –dije mientras me aproximaba al espantapájaros para tomar entre mis manos la mugrienta y ajada ropa que intentaba conferirle una temible apariencia de la que los cuervos literalmente se reían, despreocupándose de sus inofensivos ademanes producidos por el viento, hasta nuestro aterrizaje que si pareció atemorizarles en serio –escribirá y se hará célebre a finales de este siglo.

Neal puso los ojos en blanco y levantó las palmas de las manos hacia arriba. Aunque nos apreciaba sinceramente, le costaba asimilar que proviniéramos de un futuro tan lejano como ajeno a su concepto de lo que podía considerarse como normal. Neal pese a su crueldad y cobardías de otros tiempos, no era ningún ignorante y una de las pocas virtudes que había cultivado y desarrollado aun en los peores momentos de su más mezquino comportamiento, era el ser un consumado y ávido lector que devoraba literalmente cualquier libro que cayera en sus manos, mostrando una cultura y unos vastos conocimientos que de no ser por los humillantes rasgos de su carácter egoísta y decadente, que estropeaban su personalidad, junto con su pereza y vagancia para estudiar o labrarse una posición en la vida, le habrían hecho llegar tan lejos como se hubiera propuesto, porque tenía una mente analítica y brillante y una gran capacidad para el bien que ignoraba atesorar o creía perdida. No obstante había decidido recuperar el tiempo perdido impelido por el amor que sentía por Susan y tras ponerse a estudiar y a formarse en la empresa de patentes de su padre, se había transformado en un hombre emprendedor y activo, aunque en esos momentos seguía siendo el mismo niño asustado y demandante de protección y cariño que había sido hasta que conociera a Susan, en parte por su desaparición, en parte por el sobrecogedor aspecto del sitio al que habíamos ido a parar.

Mientras me afanaba en descolgar los parcheados trapos, virtuales harapos que pendían de la estructura de madera que conformaba un remedo de hombre, Neal creyó percibir actividad detrás de las viejas ventanas de la casucha.

-Date prisa Maikel, date prisa –me espetó asustado- me ha parecido ver a alguien.

Me estaba poniendo nervioso y no me atrevía a rogarle a Mermadon que soltara las ropas que parecían trabadas en el testafermo de madera por que tal vez las rompiera debido a su estado tan precario, aunque finalmente resultarían más resistentes de lo que su apariencia cutre y desastrada daban a entender. No repliqué a las invectivas de Neal mientras tras forcejear con los malolientes vestidos, conseguí hacerme con ellos, justo en el momento en que la puerta de madera y chapa de la granja se abría dejando al descubierto a un anciano que parecía la viva imagen de un viejo y arcaico buscador de oro del oeste. El viejo de rala barba y pronunciadas y espesas cejas blancas, llevaba unos mugrientos calzoncillos largos de felpa y un sombrero negro desportillado sobre su cabeza ligeramente bulbosa. Entre las manos sostenía un rifle muy antiguo de ahusado cañón que parecía una pieza de museo. Por su desfasada factura, casi me atrevería a afirmar que se trataba de un viejo mosquete de chispa del siglo XVIII, de los que se cargaban a mano, echando la bola de acero a modo de bala, por la boca del cañón, por un lado, la pólvora proveniente de un recipiente en forma de cuerno por otro y luego se prensaba todo bien con la baqueta o varilla de hierro larga, que formaba parte del equipo de mantenimiento de la vetusta arma. No me costó mucho imaginarme al hombre con el característico yelmo de los antiguos conquistadores españoles y el arcabuz en vez del viejo mosquetón colonial, que a saber de donde habría sacado, tal vez fuese una vieja herencia familiar, traspasada de padres a hijos.

-Ladrones, ladrones –escuchamos su voz cascada mientras levantaba el arma apuntándonos a duras penas. Neal se asustó y esta vez, no me dispuse a llevarle la contraria o a ignorar sus súplicas:

-Vámonos de aquí Maikel, vámonos –me dijo, agitándome y tirando tanto de la manga derecha de mi gabardina, que creí que me la arrancaría de cuajo.

Era muy posible que con aquella reliquia no le acertara a una sandía a medio metro de distancia, pero por si acaso optamos por no hacer la prueba y quedarnos a comprobarlo. Salimos corriendo, aprovechando la indecisión del hombre, mientras el anciano, casi tan temeroso como nosotros, aunque no fuésemos conscientes de ello, porque tampoco íbamos a permanecer allí para verificarlo, suspiró aliviado, más satisfecho de que nos hubiésemos marchado con el magro botín, que de haberlo perdido. Una vez que Mermadon, Neal y yo huimos como vulgares rateros, o cual ladrones de gallinas con nuestro magro botín, el viejo se dejó caer en la desportillada y macilenta mecedora que habíamos visto moverse sola y resoplando, se pasó un trapo plagado de chafarrinones, por la frente pálida y sombreada de manchas y dijo para sí:

-Menos mal que se han ido. Nunca antes he pasado tanto miedo –comentó sin dirigirse a nadie en particular mientras encendía su cachimba para tranquilizarse. Apoyó el arma descargada y prácticamente inservible que perteneciera a su padre, y antes que a este, a su abuelo y cuya tenencia se remontaba hasta su tatarabuelo, en el quicio de la puerta y comentó:

-Menos mal que esos monstruos se han contentado con desnudar al pobre PitBoy –dijo pesaroso, como solía referirse familiarmente al infortunado y desacreditado espantapájaros.

El viejo Jeremy Broody había estado descansando tranquilamente en su mecedora, durmiendo plácidamente tras una estéril jornada de lucha contra los descarados y audaces grajos que picoteaban sus sembrados, cansado de ahuyentarlos con sus gritos y exhortaciones hasta que un zumbido le sacó de su sueño, interrumpiendo sus estentóreos ronquidos. Un sordo rumor, seguido de lo que parecía una estela de fuego hizo que tan pronto como entreabriera los ojos abandonara precipitadamente su mecedora refugiándose en su casa tiritando de miedo, cuando un bruñido hombre metálico descendió desde lo más alto, llevando a un hombre entrado en carnes a cuestas y un muchacho que parecía un distinguido caballero de facciones finas y cabellos castaños que desembarcaron del objeto con forma vagamente humanoide, para hacerse con las ropas del espantapájaros.

-Marcianos –se dijo mientras sus escasos dientes amarillentos castañeteaban el uno contra el otro y se rascaba el peludo e hirsuto mentón- marcianos. Entonces divisó la vieja arma colonial y tomó el mosquete entre sus dedos fláccidos y arrugados. Puede que fueran seres humanos o extraterrestres disfrazados para infiltrarse entre la población, tal vez para iniciar planes de conquista. Hacía unas semanas que había visto una película de ciencia ficción alusiva al tema en el cine del pequeño pueblo cercano, y su imaginación voló desbocada al igual que su miedo. Haciendo acopio de valor abandonó su improvisado y ruinoso refugio y se enfrentó a nosotros esgrimiendo el arma más propia de un museo que de proporcionar una defensa mínimamente eficaz. Nosotros creímos que iba a llenarnos de plomo y él que le secuestraríamos para llevarle a nuestro planeta o algo peor. Nadie sabría a ciencia cierta jamás, quien de los tres había pasado más miedo. Aunque bien mirado, bajo cierta óptica al viejo Jeremy no le faltaba quizás algo de razón. Según una teoría, los avistamientos de supuestos seres procedentes de otros mundos no eran más que visitas de viajeros del tiempo, poco o nada discretos o interesados en dejar constancia de su paso. Por otra parte, como más tarde se plantearía el viejo, atravesar colosales distancias para hacerse con los ajados andrajos de un deslucido espantapájaros no tenía mucho sentido, aunque quien era él para juzgar tan extraña actitud. Tal vez los quisieran como muestras. Optó por no contar nada, porque sin duda le tomarían por más loco de lo que ya por si le consideraban sus convecinos si aquello llegaba a saberse.

14

Con el asesoramiento de Neal que pese al dolor que le embargaba hacía verdaderos esfuerzos para contener la risa, logramos disfrazar lo mejor que pudimos a Mermadon con las ajadas ropas, mientras el robot se mostraba ligeramente remiso a ponérselas. Le recordaba al Hombre Bicentenario, una obra de Isaac Asimov que contaba el lento pero gradual proceso de un robot para convertirse en un ser humano, al principio de forma casi imperceptible, y que iba cobrando una acentuada y acelerada rapidez, a medida que avanzaba la novela. Al contrario que aquel, Mermadon no deseaba cambiar su naturaleza robótica, pero como era una orden directa y no contradecía su programación tuvo que acatar sin rechistar, las órdenes que le daba. Como constató tampoco alteraría su condición actual. Finalmente Neal asintió satisfecho, agitando la mano izquierda y trazando una improvisada o formada con los dedos pulgar e índice y dando su aprobación. De cerca resultaría evidente con un exhaustivo análisis que algo raro caracterizaba a aquel gigantesco hombre, pero de lejos o a un observador casual, Mermadon le parecería un ser humano, un poco excepcional pero humano a fin de cuentas, como a fin de cuentas existían también personas de esa talla.

Me sentía un poco mal. De dirigir un imperio comercial y tras perderlo, disfrutar de cierta y desahogada situación económica, a robar ropas viejas como si fuéramos pordioseros. Pero ya no había vuelta de hoja. Redhill estaba cerca y le sacábamos una ventaja al tren de una hora por lo menos, esperando que la puntualidad del tren hiciera honor a la fama que de tal tenían los ferrocarriles norteamericanos. Nos adentramos en las calles de la ciudad buscando la estación, y preguntando en un par de ocasiones. Por si acaso le ordené a Mermadon que no hablase y que permaneciera callado no fuera que el vivo contraste entre una talla tan descomunal y una voz tan meliflua –otra de las ácidas ironías de Haltoran- nos trajera problemas. La gente se apartaba discretamente a nuestro paso y se quedaban mirando al gigantón pero nadie se atrevía a importunarnos ni a hacernos preguntas. Fue una suerte que entre el equipamiento del espantapájaros se incluyera una especie de gran poncho, un sombrero de ala ancha perfecto para ocultar los rasgos nada humanos de Mermadon y unos pantalones más propios de un pordiosero que de un hombre de bien. Algunos distinguidos caballeros y altivadas damas se preguntaban que hacían aquel joven bien parecido de cabellos castaños, en compañía de dos indigentes, porque mis ropas al haberse manchado y desgarrado en nuestra huída a través del barrizal que aquel anciano llamaba eufemísticamente sembrado me daban una traza de pobre de solemnidad y el atuendo de Mermadon reforzaba esa impresión acerca de él. No obstante, para camuflarle mejor le endosé una barba postiza que compramos a un buhonero ambulante que no sabía como deshacerse de ella y que había encontrado tirada por ahí. La limpiamos un poco y se la pusimos a Mermadon. Una vez en la estación, compré los billetes y por un extraño presentimiento adquirí otro para Mermadon, aunque me dije que si me dejaban subir a mí junto con Neal sería bastante, y en el peor de los casos que al menos Neal pudiera abordar el tren. Mientras Neal y Mermadon permanecían en el andén a la espera del tren al que aun le quedaban cuarenta minutos para llegar, suponiendo que la rigurosa diligencia de la que hacían gala los ferrocarriles norteamericanos fuera tan milimétrica y precisa como se afirmaba, entré en las dependencias del café de la estación, regentado por una anciana de cabellos grises recogidos en un moño, que guardaba un notable parecido con la directora de la escuela de enfermeras donde Candy se había preparado exitosamente para ejercer su altruista labor. El local estaba atestado de viajeros de paso y parroquianos entre los que se deslizaban atareados camareros con bandejas que se movían en un incesante devenir, y para mi sorpresa y alivio disponía de teléfono, a cuyo cargo estaba una mujer madura de rasgos adustos que parecía el vivo retrato de la anciana de la barra. Tal vez fuera su hija. Conseguí que me pusiera una conferencia a larga distancia con Lakewood, con la consabida advertencia que con voz desagradable y semejante a un graznido me hizo como si pretendiera disuadirme de ello, más molesta por haber interrumpido su displicente inactividad, que preocupada por ganar dinero.

-Esto le costará un dineral.

-No importa –dije yo preparando la cartera- usted procúreme esa conferencia.

La mujer soltó un regüeldo por lo bajo y me facilitó con harto esfuerzo, lo que le pedía conectando una clavija oscura en un mugriento panel de conexiones. Dentro, entre los delgados tabiques de cristales astillados y manchados, de la desvencijada cabina a la que me remitió, el barullo que llenaba la pesada atmósfera del café se atenuaba un poco. Con dedos torpes empecé a marcar el número de la mansión de los Legan, esperando que Helen estuviera en casa y rogando porque así fuera. Mientras los característicos tonos de espera sonaban en mis oídos, provenientes del aparatoso y gran auricular negro del para mis estándares, anticuado teléfono me fijé en la densa cortina de humo que originarios de los cigarros, habanos y las cachimbas de la clientela, flotaba en el cargado y denso ambiente. Arqueé las cejas y me dije que en mi actualidad muchas de aquellas personas habrían tenido que afrontar elevadas sanciones por fumar en un espacio público, al igual que los responsables del negocio por consentirlo.

15

El abuelo de los teléfonos del siglo XXI tardó lo suyo en transmitirme la voz melodiosa y un tanto engolada de Helen a través de la distancia. Helen no era partidaria de instalar semejante artilugio en su casa, porque para empezar el estridente e insidioso timbre terminaba por levantarle dolor de cabeza dado que era propensa a padecer migrañas y el seco y casi soez "diga" que contravenía todas las normas de la más elemental cortesía y etiqueta, la sacaba de quicio, pero Ernest insistió y consiguió que la mansión Legan fuera de las primeras viviendas de la zona en disponer de línea de teléfono propia. Pese a que Helen había conocido algunos adelantos tecnológicos con los que ni habría podido soñar procedentes del siglo XXI, evidentemente mucho más modernos que el aparatoso y macizo teléfono que estaba instalado frente a la puerta principal de la gran y señorial casa y que desentonaba completamente con la cuidada y exquisita decoración del gran salón, que presidía la planta baja del lujoso palacete de los Legan.

Cuando me identifiqué, la dama casi sufrió un pasmo y logré hacerme entender a duras penas porque la voz de Helen llegaba además de cómo en un eco distorsionada y poco audible. Tuve que elevar la voz para hacerme entender atrayendo algunas miradas de desaprobación de la clientela en el exterior de la cabina, dirigidas hacia mí.

-Joder –dije suspirando para añadir en voz alta, tras el imprevisto exabrupto que hizo que una joven dama se girara sobre sus talones y me observara escandalizada, sin querer seguir escuchando mi soliloquio, mortificada por la imprecación -como hecho de menos los e-mails, el ADSL y todas esas cosas. Antes todo era más sencillo en ese aspecto.

Me puse colorado ante la muda reprobación de la mujer que me ignoró con un altivo gesto de desdén.

Conservaba mi móvil, que guardaba celosamente oculto en el fondo de uno de mis bolsillos, pero era tan innecesario como una barca en plena llanura, o el dinero en medio de una isla desierta. Me preguntaba para qué quería un vestigio inoperante de una época a la que ya había decidido no retornar en modo alguno, quizás como recordatorio de la misma, como quien conserva una caracola que se trajo de su último viaje, o una flor marchita, prensada entre las páginas de un libro como evidencia de su primera cita.

En ese momento un joven camarero rubio, de ojos claros, e incipiente barba, ataviado con un mandil oscuro sobre sus ropas, que pasaba justo a mi lado con una bandeja con bebidas, me oyó claramente, y se me quedó mirando. Parpadeé reprochándome mi poca discreción. El muchacho debió de imaginar que estaba expresándome en algún dialecto o en una lengua indescifrable, hasta que la dueña del café le llamó la atención:

-Pierre, deja de hacer el vago y sirve a la mesa número doce. No te pago para que te quedes ahí parado, como un pasmarote.

El muchacho asintió y continuó con su frenética actividad sumándose a sus compañeros que no cesaban de servir refrescos, tentempiés y licores espiritosos que costaban lo suyo, a la concurrencia.

Mientras, conseguí con muchas dificultades poner al corriente a Helen de mi paradero y nuestra particular situación. No podía verla evidentemente, pero por el temblor que me transmitía su voz supuse que debía estar preocupada por mí y sobre todo por su hijo Neal. Se había enterado de la tremenda discusión entre ambos y conseguí tranquilizarla diciéndole que estaba a mi lado. Por extraño que pareciera, no me interrogó acerca de Candy o de Mark, aunque estos ya se habían puesto en contacto con ella mediante otra conferencia en la que consiguieron calmarla, pero yo sabía que la pobre Helen estaba deshecha, al igual que Eleonor. Ambas mujeres que se habían hecho muy amigas desde que Candy partiera hacia Europa, al incierto caldero hirviente de la guerra europea siguiendo a su marido se consolaban mutuamente ayudándose a sobrellevar la penosa carga que para ellas suponía, la ausencia de sus seres queridos. Helen se despidió de mí rogándome que regresara lo antes posible y que no tardara demasiado en retornar a la mansión. Demasiadas ausencias, demasiado dolor para la bella dama que ansiaba tenernos cerca de sí. Meneé la cabeza apenado y dolido por la tristeza que se desprendía del timbre de voz de la madre adoptiva de Candy, mientras se despedía de mí, y yo le prometía que le telefonearía en breve para tenerla al corriente de todo. Helen me imploró de forma casi desesperada que no dejase de llamarla. Colgué el auricular en su orquilla con la sensación de ser un canalla por haber sumado a su dolor, por la partida de Candy, el que yo le había producido con la mía, además del inferido indirectamente por Neal.

16

Neal no dejaba de lanzar nerviosas miradas hacia el reloj adosado a la pared del edificio de la estación de Redhill, mientras caminaba impaciente en cerrados círculos por todo el andén, al tiempo que escrutaba el horizonte para intentar divisar si por las relucientes y brillantes vías negras se aproximaba algún tren. Mermadon, que había conseguido dar el pego permanecía sentado en cuclillas intentando adoptar una postura lo más natural y humana posible mientras yo, intentaba tranquilizar a Neal que no veía el momento de reunirse con Susan para intentar enmendar el inmenso y grave error que había cometido con ella.

Sus pasos resonaban sobre la tarima de madera del porche construido en el mismo material, y adosado a la construcción de piedra, sede de la estación de Redhill. Unos metros más allá se alzaba una característica torre de refrigeración con sus consiguientes depósitos de agua en la parte más elevada de la misma y alzándose sobre una estructura metálica, de vigas en celosía, a la que se había agregado una escalera para poder acceder a la parte superior del conjunto.

-No puedo Maikel, no puedo, no veo el momento de estar junto a ella para pedirle perdón.

Intenté animarle, pero su miedo a que Susan le rechazara después de que le acusara afrentándola gravemente, era superior a las esperanzas que tenía depositadas en ese reencuentro.

En ese momento, un hombre con levita negra y chistera a juego, con una poblada sotabarba castaña comentó a los impacientes viajeros, a los que la inquietud de Neal empezaba a resultar ligeramente molesta que había divisado una locomotora a lo lejos. Neal se abalanzó hacia delante y contempló esperanzado el penacho de humo negro que se desprendía de la reluciente máquina de vapor visible ya en lontananza. El hombre se quitó la chistera y mostró una prominente calva apenas disimulada por cuatro pelos aplanados sobre sus entradas, engominados y peinados de lado. Hice un gesto a Mermadon que se incorporó lentamente, provocando la consabida prevención y rechazo entre las personas allí congregadas. Una niña se echó a llorar de miedo y su madre se acercó corriendo rápidamente para cogerla en brazos y alejarla del robot, manteniendo una prudencial distancia con él y mirándole con reprobación. Mermadon bajó la cabeza haciendo que la barba postiza estuviera a punto de desprenderse. Iba a intervenir para evitar que eso sucediera y estando en tensión al advertir el descuido del robot en no cuidar su atuendo, cuando finalmente, la locomotora que emitió un largo e interminable pitido agudo que terminó por soliviantar los delicados nervios de Neal hizo su entrada en la estación deteniéndose entre resoplidos y exhalando grandes volutas de vapor gris, que se escapaban entre las grandes bielas que movían sus enormes ruedas. Una fila de viajeros se agolpó a las puertas de los vagones que se iban abriendo de par en par aguardando su turno para abordar el tren, mientras otros iban descendiendo y abandonándolo. Nos pusimos en una de las colas y Neal fue el primero en abordar el tren, pero cuando nos tocó a nosotros, el revisor puso mala cara y negando con la cabeza, pese a que nuestros billetes eran válidos y de curso legal y nos denegó la entrada pese a las protestas de Neal, que no iba a cejar en que sus amigos le acompañaran. El revisor negó enfáticamente mientras su gorra de plato con una cinta roja rodeando su contorno circular estuvo a punto de rodar de sus sienes e ir a parar a su ganchuda nariz.

-Lo siento, pero este es un compartimiento de primera clase, ustedes dos deben ir en tercera.

Pero daba la casualidad de que aquel convoy no tenía más que vagones de segunda categoría circunstancia que le advirtió otro de sus compañeros susurrándole al oído. Total, que tendríamos que quedarnos en tierra. Suspiré y aun a riesgo de que me echaran a patadas de allí por intento de soborno a un funcionario o que alguien llamase a la Policía, aproveché que su compañero se dio la vuelta para atender a otros menesteres y le deslicé con disimulo algunos billetes en el bolsillo de su uniforme. Podía encontrarme con un hombre honrado que me echara en cara airadamente mis torpes intentos por comprar su silencio y aquiescencia, o alguien que aceptase de buen grado mi oferta. Me repelía el hacer algo así, cuando yo siempre había sido el primero en denigrar tales prácticas y males artes, pero aunque el objetivo principal de que Neal pudiera subir al vagón se había cumplido con creces, deseaba ver a Candy, lo necesitaba imperiosamente. Esa razón y la rebeldía que me produjo el que solo por nuestro aspecto nos rechazaran en primera clase me indujo a tomar tan drástica medida, pero si armaba un escándalo las cosas se nos pondrían todavía más a la contra. El hombre asintió y dijo:

-Veré lo que puedo hacer. Esperen aquí.

Algunos viajeros protestaron porque creyeron que aquella demora retrasaría aun más la salida del tren. Sin embargo, el revisor volvió en menos de un minuto y asintió franqueándonos la entrada. Podía dar gracias a la enorme envergadura de Mermadon, con la cual ocultó el torticero trapicheo que había efectuado con el funcionario a cambio de que nos dejara subir al tren. Lo conseguimos finalmente, mientras Neal comenzaba a revisar impaciente los compartimientos para ver si localizaba a Susan, y Mermadon y yo caminábamos por el pasillo lentamente. Mermadon parecía encantado de emprender aquel viaje, aunque yo me preguntaba aun como me podía haber metido en todo aquel embrollo de forma tan inconsciente como inadvertida. Nadie puso aparentemente objeciones a nuestro estrafalario aspecto, aunque nos mirasen de reojo y con mala cara, haciéndonos objeto de envenenados y encendidos comentarios. Finalmente, Neal logró localizar a Susan en compañía de Mark en uno de los departamentos del coche cama tras preguntar discretamente por Susan. De hechos, dos mujeres tan llamativas como Candy y Susan destacarían en cualquier parte brillando con luz propia. Llegamos a tiempo de asistir a una emocionada reconciliación entre ambos esposos, mientras Neal se deshacía en lágrimas y procuraba ser merecedor del perdón de su esposa, a la que creía irremisiblemente perdida para siempre. Susan reflexionó rápidamente y convino que seguía lo bastante enamorada de Neal como para tirar por la borda su matrimonio y perjudicar a Clark y a ellos mismos, con un posible divorcio. Antes de subir al tren había conseguido comprar un gran ramo de flores a una muchacha, que pasó por allí empujando un pequeño carrito, donde exponían su muestrario de rosas y gardenias, que dispensaba al por mayor, de forma ambulante. Mientras Candy y Mark alborozados, y sin entender como había podido llegar Neal hasta allí, asistían embelesados y conmovidos, al largo y apasionado beso de reconciliación entre ambos esposos.

-Perdóname amor mío, he sido un imbécil y un estúpido –dijo Neal acariciando los cabellos rubios de su esposa y llorando de puro arrepentimiento –perdóname, jamás antes me he sentido tan tonto e idiota. Yo…

-Pssss –le interrumpió Susan posando una mano en sus labios –yo también reaccioné irreflexivamente. Debí de estar más tiempo contigo cariño, y con nuestro hijo, pero mi trabajo me absorbió demasiado tiempo. No volverá a ocurrir.

Pero la relación entre ambos había entrado en vías de arreglo. Candy trató de retirarse discretamente al igual que Mark, pero fueron ambos esposos los que se disculparon ante Mark y Candy por requerirles un poco de intimidad. Ambos lo entendieron y mientras Mark se disponía a tomar a Candy por la cintura para abandonar el departamento, mi mano se posó sobre el antebrazo de Candy, la cual se quedó de piedra al veme. Me llevé un dedo a los labios para rogarla silencio y no interrumpir a Neal ni a Susan, mientras la mole de Mermadon, caracterizado como un pordiosero le saludaba levantando la mano izquierda para darla la bienvenida.

-Maikel, Maikel, tú, tú aquí –acertó a decir con voz tomada por el asombro mientras hacía un esfuerzo para no gritar y sus deslumbrantes ojos verdes me sobrecogían como pocas cosas en este mundo, lograban hacerlo. Mark, tan sorprendido como su esposa, me estrechó entre sus brazos mientras no paraba de dirigirse a mí por el consabido e inevitable "maestro", "maestro". Poco después, Candy le imitó arrojándose sobre mí y llenando mis sentidos con su habitual y sempiterno aroma a canela y lavanda, deliciosa fragancia que se desprendía de su sonrosada y fina piel, y mojando la mía con sus lágrimas. Seguía echándome de menos, y mi inesperada presencia allí, desató su afecto hacia mí aplazando las inevitables preguntas, que vendrían inevitablemente después.

17

Más serenados y alojados en otro departamento que conseguimos reservar para nosotros solos a cambio de aportar más billetes al mismo revisor que había sido tan receptivo a mi generoso óbolo y no iba a serlo menos, a este otro, conté a Candy y a Mark, en presencia de Mermadon nuestras peripecias para llegar hasta allí, pasando por la atípica rapiña de la nueva ropa de Mermadon, o nuestro inusual desplazamiento aéreo hasta la estación donde sabíamos que el tren realizaría una parada, o como y porqué había decidido ayudar a Neal, tras salir a tomar el aire y refrescarme, después de pelearme durante horas contra los números y la contabilidad de los Andrew y encontrarle en tal astroso y lastimoso estado presa de una gran melancolía que amenazaba con devorarle. En un momento de la conversación salió a relucir Haltoran y Annie y Candy y Mark preguntaron prácticamente a coro por ellos. Me encogí de hombros y me limité a referir la verdad. Ignoraba nada acerca suyo, porque no había recibido noticias suyas, aunque me imaginaba que se encontrarían bien y apurando los últimos momentos de su maratoniano y largo viaje, antes de reincorporarse a la rutina diaria de sus vidas. Entonces Mark me preguntó si retornaría a Lakewood acompañando a Neal y Susan que se estaban reconciliando aceleradamente, o proseguiría viaje con ellos. Me rasqué la frente y debajo de la oreja izquierda como solía hacer cuando tenía que decidir algo y me froté la panza con ambas manos en un gesto característico de mi personalidad, que no podía eludir ni evitar. La verdad, es que nada me ligaba a Lakewood, si acaso la pena que me causaba el haberme marchado sin despedirme de Helen y Ernest, al igual que Eleonor y Bryan. La contabilidad de los Andrew estaba al día y Ernest me prometió en una de las múltiples y sucesivas conversaciones telefónicas que mantenía con los Legan, que contrataría a personal de confianza para que se ocupara de las finanzas de la familia, por las que él además velaría personalmente. A la tía abuela Elroy no le pareció del todo mal que Ernest se ocupara de tales aspectos hasta nuestra vuelta, y así podría pasar más tiempo cerca de su esposa. Tras meditarlo brevemente, pregunté tímidamente a Mark si podría acompañarles en aquel largo viaje, a menos que tuvieran inconveniente.

-Nada nos haría más felices, querido maestro –me refirió Mark con sinceridad. En cuanto a Candy, pareció alegrarse sobremanera de mi decisión, aunque percibió una sombra de tristeza en mis ojos marrones, que parecieron ponerla sobre aviso de que algo no iba bien para mí.

-Aunque eso sí, Maikel será un viaje muy largo y no exento de peligros –me advirtió Candy mientras tomaba entusiasmada mis manos entre las suyas. Me apreciaba sinceramente y estaba convencido, aunque aquel fuera un pensamiento egoísta e interesado de mi parte, que ocupaba un lugar muy especial en su corazón a la altura del afecto que sentía por la señora Pony y la hermana María, aparte de su madre Eleonor y otros de sus seres queridos. Noté ligeramente estremecido el calor y el afecto que sus suaves manos me transmitían a través de sus finos dedos.

-Eso no tiene importancia –dije arrellanándome en el respaldo de los asientos y cruzando los brazos sobre mi orondo regazo -no sería la primera vez –declaré convencido con franqueza, pensando en mi estancia en los campos de batalla de la Gran Guerra o mi extraña aventura en Neo Verona. En cuanto a Mermadon dejamos que él tomase una decisión a su libre albedrío. El robot nos rogó que le dejásemos quedarse con nosotros, lo cual aprobamos por unanimidad para evidente entusiasmo de este.

18

El traqueteo del tren había conseguido que finalmente me quedara dormido mientras Mermadon impertérrito tras su disfraz de mendigo continuaba observando el paisaje y mesándose la larga barba postiza, como si realmente le hubiera crecido bajo el mentón metálico y formara parte de él. Mark había ido a dar otro paseo por el serpenteante pasillo del tren para combatir el tedio que el largo viaje le causaba. Hubiera preferido utilizar el iridium para acortar las enormes distancias que un viaje semejante entre varios continentes acarreaban, pero era un tema tabú del que su esposa no quería oír hablar ni en broma. Las veces que lo había tenido que utilizar, normalmente obedecían a perentorias razones, muchas veces ligadas a la supervivencia de la pareja en las que Mark no había tenido otra alternativa que desatarlo y en esos casos, Candy podía entenderlo y hasta disculparlo hasta cierto punto, pero la sustancia anaranjada que bullía en sus venas y con la que tendría que compartir su cuerpo, para el resto de sus días le mantenía con vida. Sin ella, Mark no podría sostener su radicalmente mutada estructura celular y genética, aparte que el iridium parecía regenerarse si es que alguna vez había llegado a consumirse. Y por esos motivos, cuanto menos tuviera que recurrir a sus peligrosos servicios, mejor porque la sustancia se cobraba su tributo de un modo u otro. Aunque nada ni nadie podía evitar que Mark desatara a voluntad el poder del iridium, ni tan siquiera Candy, el joven refrenaba a veces sus ansias de emplearlo ante ciertos casos porque amaba tanto a su esposa, que temía desairarla y que por tales ofensas, su relación pudiera llegar a resentirse. Para alejar esos pensamientos de su mente optó por caminar por el tren. Neal y Susan habían hablado largo y tendido. Neal se culpó de todas las formas posibles y se humilló tanto ante su esposa, que esta, molesta por la poca autoestima de su marido tuvo que convencerle de que era un buen hombre y que seguía amándole profundamente. Acordaron bajarse en la próxima estación donde se despedirían de nosotros y avisarían a los Legan de su regreso. Seguramente Helen mandaría al imperturbable y servicial Stuart para que fuera a recogerlos en automóvil, aunque el viaje de vuelta se hiciera ciertamente interminable. Una preocupación menos para Helen me dije, mientras me iba quedando transpuesto y empezaba a dar cabezadas que provocaban algunas sonrisas furtivas en Candy, hasta que finalmente mi cabeza cayó hacia delante sobre mi corto cuello y empecé a roncar suavemente acunado por el monótono sonido del tren al discurrir sobre las las vías.

Candy y yo nos quedamos solos. La muchacha me observó con interés y tomando una manta de viaje me cubrió cuidadosamente con ella, procurando abrigarme para que no cogiera frío. Entonces se sentó a mi lado y contempló como mi pecho se agitaba suavemente por efecto del sueño en que me había sumido. De vez en cuando se me escapaba algún breve resoplido y una especie de leve ronquido que no llegaba a concretarse como tal. Candy me observaba y me tomó las manos sorpresivamente. Sentí el suave tacto de aquellas maravillosas y menudas manos que tanto bien y cariño habían repartido y sembrado en la pequeña parcela de mundo en la que aquella maravillosa criatura, había ido a recalar. Pese a estar sumido en un profundo sueño, noté o creí verlo en mis ensoñaciones como Candy lloraba, no por Mark, su padre internado en lo más profundo de Rusia, ni tan siquiera por ella misma, o algunos de sus seres queridos. Lloraba por mí.

19

Pese a que nuestro aspecto de mendigos hubiera bastado para que en cualquier otro tren de renombre, nos hubieran bajado a puntapiés de la primera clase, en aquel caso fue bien distinto, porque el soborno acalló los recelos y el celo profesional del revisor, lo que junto al hecho de que nuestros billetes eran auténticos, se constató que habíamos pagado religiosamente su importe y que nuestras identidades se correspondían con quien afirmábamos ser, nos evitó semejante oprobio y sobre todo que se descubriera que Mermadon no era realmente un ser humano, un tanto extraño y excéntrico a tenor de su desgreñada barba postiza y las gastadas ropas que malcubrían su cuerpo enteramente metálico. Todas estas razones, hicieron que nos dejaran en paz, pero nada de esto habría sido posible sin la hábil maniobra del revisor al que mi dinero, le había convencido de mantener la boca cerrada y ponerse afortunadamente de nuestro lado.

Tuve un momento de pánico cuando pensé en Mermadon, que por razones obvias no tenía pasaporte, eso sin contar su desgreñado y paupérrimo atuendo, y aunque Haltoran estaba en todo, nunca se le había pasado por la cabeza dotar a su robot, de un disfraz en el caso de requerirlo ni tan siquiera de algún tipo de documentación falsa. Decidí no abundar en el asunto y continué dormitando entremezclando en mis recreaciones oníricas a Candy, los trenes bala y diversos aspectos de mi vida anterior a mi viaje en el tiempo. Finalmente, el propio empleado, convertido en nuestra benefactor de conveniencia lo solucionó de un plumazo aduciendo que el robot era familiar nuestro y que sus deterioradas ropas obedecían a una extravagante costumbre, cuyas aristas y estridencias el dinero que se da por hecho, en alguien que viaja en primera clase, rodeado de lujos y comodidades, permite limar y suavizar.

20

El Donatiere se deslizaba en mitad de unas aguas mansas y calmadas sobre las que chillaban algunas gaviotas que se mecían sobre el gran buque de línea aprovechando las corrientes térmicas que ascendían desde la superficie del mar, mientras bordeaba la costa de Crimea. Haltoran, acodado en la barandilla no podía dejar de pensar en la humillación que el cruel y sarcástico Alessandro había inferido a su esposa y por el momento, la venganza era algo que no se podía sacar de la cabeza, pese a que había optado por aplazarla por el momento sobre todo en consideración a su esposa. Annie habría preferido retornar lo antes posible a Norteamérica, pero el amable y considerado primer ministro, verdaderamente deseoso de ayudar y conseguir que el matrimonio no se llevara una mala impresión de su estancia en Italia, les había invitado a tomar pasaje en uno de los más lujosos transatlánticos que el Gobierno había votado no más allá de dos años, de una serie de tres, y con los que se pretendía proyectar la nueva imagen del país recién salido de la Gran Guerra y que se debatía aun en una dura postguerra cuyos efectos se dejaban sentir aun en toda Italia, pero de la que se estaba recuperando a marchas forzadas. Arnaldo insistió tanto y supo expresarse de un modo tan convincente, y verdaderamente empeñado en reparar todo el daño inflingido por el canalla de su sobrino, que finalmente Annie había decidido aceptar encantada la oferta de su excelencia. Invitados con todos los gastos pagados por el propio primer ministro que los sufragó prácticamente de su bolsillo porque se sentía responsable y en deuda de los sufrimientos del matrimonio, los Hasdeneis continuaron su periplo, esta vez por el Mediterráneo a bordo del gran buque, cuyo albo y aerodinámico casco surcaba las aguas del Mar Negro despertando la admiración de todos aquellos que se acercaban a presenciar sus armoniosas y estilizadas líneas, tan pronto como entraba por la bocana de algún puerto. El Donatiere, orgullo de la marina mercante italiana y por ende, uno de los máximos exponentes del país en el extranjero no era tan grande como el ya, algo vetusto Mauritania u otros de su clase, pero el lujo del exclusivo ambiente que se respiraba a bordo no tenía nada que envidiar a sus predecesores y su velocidad debido a su menor tamaño, era considerablemente mayor. Haltoran convino en que una prolongación de sus largas vacaciones no le vendría mal a Annie para recobrarse del infortunio que había padecido en la Prefectura de Tarento a manos de aquel desalmado y que su esposa se había negado a relatarle cerrándose en banda cada vez que Haltoran intentaba abordar el tema con el mayor tacto posible. El mandatario, fiel al expreso deseo de Annie secundaba esa iniciativa de la que habían hablado largo y tendido, mientras Haltoran aun estaba en el norte del país, a punto de ser deportado a una lejana prisión siberiana. La muchacha había rogado encarecidamente al político que no le contara nada a su marido, pero Arnaldo se veía en la obligación moral de tranquilizar no solo a la muchacha, si no a un hombre inocente que por las arteras maquinaciones de su sobrino había estado a punto de sufrir un terrible destino. Respetando la petición de la joven dama, el primer ministro no detalló a Haltoran los escabrosos pasajes vividos entre Alessandro y Annie, aunque le juró por su honor y le dio su palabra de caballero, de que el joven no se había propasado ni un ápice con su mujer. Haltoran sabía leer entre líneas y suponía acertadamente, que si Alessandro no había llegado a forzar a su mujer se debía a que su tío lo había impedido oportunamente. Por el momento, contemplaba los acantilados marrones de la cercana costa preguntándose si cobraría venganza o lo dejaría pasar. De momento, por el bien de Annie abriría un paréntesis y lo dejaría en suspenso. Una vez que el crucero concluyera en Southampton volverían a Estados Unidos y por ahora, se podían ahorrar los penosos y tensos instantes de tener que explicarle a su suegra que Annie había corrido un serio peligro, en parte por su culpa. Si hubiera insistido con más firmeza en no asistir a aquella fiesta, si hubiera estado más atento a los invasivos, y para nada inocentes flirteos del noble en torno a Annie…Hizo un gesto con la mano y realizando una mueca desechó tales pensamientos. El no podía cambiar el tiempo, no sin la ayuda de Mermadon o de Mark ni tampoco era su intención alterar la realidad. Había terminado tan cansado y exánime de la extraña experiencia vivida en otro universo, que deseaba aferrarse con todas sus fuerzas a lo que conocía mejor que nadie y que era algo sólido y tangible para él. En otras palabras, esperaba que Mark no volviera a involucrarse en extrañas aventuras porque lo único que ansiaba era vivir con su esposa y Alan una existencia larga y apacible.

Pero no es fácil librarse de un lastre tan persistente como pesado que parecía proyectar su aviesa sombra sobre el propio Mark o cuantos tenían relación con él, el lastre que supone el haber traspasado los límites del tiempo. Mientras meditaba en que al menos, el propio Arnaldo se ocuparía de contactar con los Brighten para tranquilizar a la familia de Annie y que enviaría su automóvil hasta los Estados Unidos tras localizarlo tal como lo dejó, o le obligaron a dejarlo según bajo que óptica se mirase, completamente reparado y con los desperfectos en la carrocería arreglados una amenaza silenciosa se iba deslizando hacia el barco sin que nadie del confiado pasaje, que paseaban por las cubiertas aprovechando los últimos rayos de sol intuyeran por lo más remoto, el trágico desenlace al que estaba abocado la infortunada nave.

21

Una solitaria esfera de hierro que había recibido una mano de pintura de color oscuro, para mimetizarse mejor en las marrones aguas del Atlántico Norte, una superviviente de una etapa de dolor y locura, había atravesado varios mares arrastrada por las corrientes marinas hasta llegar finalmente, tras un largo y rebuscado periplo hasta el Mar Negro, poniéndose en la ruta del Donatiere. La mina, que formó parte junto con otras miles de compañeras similares, de los intentos germanos por contrarrestar el eficaz bloqueo naval, al que la Royal Navy había sometido a Alemania, junto con los letales ataques submarinos germanos, al tráfico de convoyes mercantes entre Estados Unidos y Gran Bretaña, había pasado desapercibida durante todos aquellos años de frágil e inestable paz, una vez que el gran conflicto que asoló al mundo, terminase en Septiembre de 1917. Sus compañeras habían sido dragadas en virtud de los tratados y complicados acuerdos que cerraban el conflicto, con ayuda norteamericana, y aunque se consiguió eliminar buena parte de aquella silente amenaza, como es de esperar algunas de aquellas asesinas silenciosas, agazapadas en el anonimato líquido que las rodeaba por doquier, escaparon a la captura y continuaron acechando en las aguas mientras los sensibles detonadores que hacían estallar su mortal carga, en forma de cortos salientes que les conferían aspecto erizado, seguían aguardando una confiada e ignorante presa. Cuando las guerras terminan, o se supone que lo han hecho, porque una guerra nunca acaba del todo ni para todos, las minas terrestres o marinas continúan la lucha por su cuenta, escondidas y haciendo gala de una infinita paciencia hasta que llegado el momento, liberan su mortal carga, a modo de siniestro regalo envenenado, una vez, que el envoltorio se desprende y descubre lo que oculta. Y aquella aun no había culminado su misión, que estaba a punto de hacerse realidad después de tantos años de lenta y paciente espera.

Haltoran no tenía la vista aguda de Mark, que había logrado evitar que una andanada de tres torpedos hundiera el Mauritania durante los revueltos tiempos de la Gran Guerra, pero percibió un intenso y penetrante aroma a cordita y fulminante que atiborraban las entrañas de la mortal esfera. El joven arrugó la nariz cuando la brisa marina le hizo percibir el acre olor del explosivo y teniendo un mal presentimiento, decidió actuar con frialdad, casi sin pensar aun a riesgo de que le tomasen por loco o un agitador que pretendía sabotear la tranquilidad del plácido crucero. Aun a riesgo de terminar encerrado en los calabozos de la comisaría del buque, se dirigió a buscar al capitán. Le hubiera facilitado la labor el que el marino fuera de esos hombres que salen de vez en cuando a intimar con los viajeros de su barco para cultivar su vida social y don de gentes, pero aquel se pasaba la mayor parte del tiempo recluido en el puente de mando enfrascado en la delicada tarea de dirigir el buque. Para colmo, solo divisó algunos marineros rasos, nadie que pudiera franquearle el paso hasta la primera autoridad del buque y así advertirle del peligro. Aun no había divisado la mina pero sabía que estaba ahí y que en cualquier momento, la proa del Donatiere podía toparse con alguno de sus detonadores, haciéndola estallar. Haltoran notó como un sudor frío le recorría la frente. Y por otra parte, un dilema moral le asaltó de inmediato. Tenía que encontrar a su esposa cuanto antes. Annie había ido a dar un paseo por cubierta y no estaba con él en esos momentos ni tampoco a la vista. Si decidía buscarla, tal vez no tuviera tiempo de poner sobre aviso al capitán, suponiendo que pudiera acceder hasta él, y si tenía que demorarse en localizarla en un buque de tales dimensiones, por otro lado, quizás no diera con ella a tiempo para rescatarla. Cuando Mark y é,l divisaron al Mauritania desde el aire, suspendidos de los frágiles y precarios jetpack ubicaron a Candy en un golpe de buena suerte, pero ahora, pese a ser pleno día y hallarse en mitad de la cubierta, se encontraba abarrotada de gente y en un momento en que se había quedado admirando la magnífica vista del plácido océano, la había perdido de vista, no como en aquella brumosa noche atlántica, que a pesar de la escasa visibilidad reinante, solo Candy contemplaba la inmensidad del Atlántico a través de la húmeda y densa niebla que envolvía al Mauritania.

22

Por el momento una de sus más inmediatas preocupaciones se resolvería espontáneamente por si sola. Annie, ataviada con un elegante y sencillo vestido de lino blanco liso y con algunos volantes en el vuelo de la falda, que pese a no ser una prenda demasiado ostentosa o llamativa, resaltaba su natural elegancia, y una sombrilla a juego en la mano, le salió al paso. Se había desorientado perdiéndose entre el nutrido gentío que llenaba la cubierta a esas horas de la tarde, para observar el ya inminente atardecer que tenía fama de ser de los más bellos del mundo, y que no siempre era fácil de percibir todo su esplendor. Se decía que quien fuera capaz de percibir un postrer rayo solar de un tono tan dorado que resultaba completamente albo disfrutaría de una felicidad sin parangón a lo largo de su vida. Pero en esos momentos Haltoran no tenía tiempo para admirar leyendas o comprobar su veracidad. Annie corrió a su encuentro, notándole tenso y nervioso, como si estuviera en un permanente estado de alerta.

-¿ Qué te ocurre querido ? –preguntó la muchacha que se había soltado los cabellos, porque el recatado moño en que solía recogérselos, le resultaba incómodo.

Haltoran no respondió y no le dio el consabido beso de bienvenida. La miró brevemente, aliviado porque su esposa hubiera aparecido, pero actuaba como si ella no estuviera allí. Haltoran caminaba de arriba y abajo, sin saber que hacer o decidir. Entonces la voz de una niña rubia, con el cabello recogido en dos trenzas gemelas con sendos lazos rojos, y que llevaba una muñeca entre sus brazos, pronunció unas inocentes palabras, que a Haltoran le helaron la sangre:

-Mira mamá, mira –dijo, imprimiendo un leve tirón de la falda de seda verde de una dama de cabellos áureos, y con un sombrero adornado con flores, que estaba a su lado para atraer su atención -hay una pelota flotando en el agua.

Sin pensárselo dos veces se llevó la mano al chaleco y extrajo su arma para desplegarla y disparar al peligroso objeto explosivo. Aunque era un blanco notablemente más pequeño que el bombardero que consiguió derribar cuando iba a atacar el Internado donde entonces estudiaba su esposa, con los telémetros y asistentes de puntería que llevaba instalados, no sería mayor problema acertar, ahora además que no tenía que disparar en una forzada trayectoria vertical, hacia lo alto. Ya pensaría luego en una excusa para justificar semejante despliegue de tecnología, ajena a aquellos tiempos. Pulsó el botón, pero para su sorpresa y consternación, el arma no se desplegaba, quedando confinada en el interior del estuche metálico que había diseñado para esconderla cuando la plegaba. Por más que insistió, el lanzagranadas se negó tercamente a salir a la luz, mientras la mina era empujada ineluctablemente contra un costado del Donatiere, por la corriente.

-Vamos, rápido, rápido tírense por la borda, salten al agua, una mina se nos viene…-gritó desesperadamente en última instancia viendo que no quedaba nada más por hacer, gesticulando y moviéndose frenéticamente de un lado a otro. Algunos viajeros le entendieron, pero otros de nacionalidad italiana, francesa o alemana y otras diversas procedencias, no comprendieron ni media palabra de lo que estaba diciendo y le tomaron por loco o bromista.

Los pasajeros le observaron extrañados y molestos, como si hubiera perdido la razón o les estuviese gastando una pesada broma. Aquel hombre pelirrojo elegantemente trajeado, que gesticulaba sacudiendo frenéticamente una especie de batuta, se había puesto a gritar y señalar con aire perturbado hacia el agua. Fue entonces cuando una fuerte detonación hizo temblar el barco, haciendo que varias personas rodaran por el suelo de madera de la cubierta de paseo. Annie que se hallaba acodada en la barandilla de protección y que se había sonrojado, llevándose las manos a los labios, abochornada por el comportamiento pueril y sinsentido de su marido, por efecto de la onda expansiva de la explosión, perdió apoyo y cayó por la borda lanzando un grito de horror perdiendo su sombrilla, al soltarla de la impresión recibida. Sin pensárselo dos veces, Haltoran se arrojó a las aguas para salvarla tras saltar sobre la barandilla. En esos momentos en que Haltoran abandonaba el herido Donatiere, el pánico y el caos más absoluto se desató a bordo, mientras la gente empezaba a gritar histérica, corriendo despavorida, y los sollozos de algunos viajeros, las imprecaciones de otros y las llamadas al orden por parte de algunos de los oficiales del barco, que se habían personado allí para averiguar lo que sucedía, se entremezclaban, formando la banda sonora de aquella confusa y alborotada escena sumida en una indescriptible barahúnda de carreras, tropiezos y empujones. Pero ni los desdichados viajeros tenían tiempo de ocuparse de Haltoran o de su esposa, ni este podía hacer ya nada más por el barco. Todo había sucedido muy rápido y era virtualmente imposible que Haltoran pudiera haber hecho nada en tan escaso margen, si acaso disparar un arma que se había quedado atascada en el interior del angosto recipiente que la almacenaba cuando estaba plegada y aun así tampoco había garantías suficientes de que hubiera acertado sin errar el tiro a tan corta distancia. Normalmente tanto los disparos realizados casi sin tiempo para apuntar, como las apuestas a todo o nada, no solían terminar satisfactoriamente, convirtiéndose en insidiosos y temidos heraldos de la mala suerte una vez que se hacían, sin los resultados esperados.

-¡Haltoran, Haltoran ¡ -chilló muy asustada, chapoteando frenéticamente en el agua, y arqueando la espalda para sacar a duras penas, la cabeza a flote e inspirar ansiosamente una bocanada de aire. Por un par de veces se hundió, ante el terror de su marido, que redobló su ritmo, para alcanzarla, aunque una fuerza de voluntad y determinación que no creía posible en ella, hizo que volviera a sobresalir por encima del nivel de las aguas marinas, pese a que experimentar que no hacía pie, estaba haciendo que se agitara más aun, creando un círculo vicioso que no contribuía precisamente a que la muchacha siguiera a flote.

-Ayúdame querido, no sé nadar –barbotó la muchacha mientras intentaba valientemente mantener la cabeza fuera del agua y escupiendo algunos tragos de agua salada que había engullido durante una de sus inoportunas inmersiones. Haltoran enarcó las cejas creyendo no haber oído bien, pero redobló sus esfuerzos para llegar hasta ella, imprimiendo mayor ritmo a sus brazadas. Luego aclararía esa cuestión con su esposa, si estaba de humor para hacerlo, una vez salieran de aquello.

Annie no sabía nadar, aunque todos creímos lo contrario, cuando se bañó en las aguas de un plácido lago artificial en una de las mansiones de Albert ahora perteneciente a Mark en compañía de Stear, Patty, yo y por supuesto Candy y Mark, y su marido, en una apacible tarde de verano durante la que pasamos un rato muy agradable, excepto yo y Candy que tuvimos que lidiar con un león, "recuerdo" traído de uno de los viajes del excéntrico, Albert por el continente africano. Aquella vez, el lago de índole artificial, más semejante a una tranquila y serena piscina, que a un curso de agua especialmente bravío, a tener en cuenta por sus riesgos, pese a su extensión no tenía corrientes que removieran el agua y, aunque esta llegase al nivel de los hombros, siempre se hacía pie. Pero allí, en pleno Mar Negro aunque la relativa cercanía de la costa infundía cierta confianza, las cosas eran muy diferentes.

Haltoran nadó rítmicamente en pos de Annie que agitaba las manos, tragando agua y luchando desesperadamente por mantenerse a flote, con la cabeza apenas sobresaliendo de la misma, y los largos cabellos negros remansando en torno suyo al flotar anarquícamente, pero el terror que la invadía, hacía de ella presa fácil para la precipitación y la histeria. Cuanto más pataleaba y gritaba, llorando de puro miedo, más se sumergía en las profundas aguas, hasta que Haltoran logró rescatarla avanzando enérgicamente hacia ella en zig-zag. La joven se calmó, tan pronto como la asió entre sus brazos. Annie estaba paralizada de terror, y solo el contacto con el cuerpo de su marido, la hizo reaccionar.

-Calma amor mío, ya estoy aquí, ya estoy aquí –susurró a la aterrada muchacha, besándola en los cabellos morenos para tranquilizarla y acariciando sus mejillas con verdadera adoración. Los años no habían hecho más que acrecentar el gran amor que el exsoldado sentía por ella, guardando aun así, siempre un especial recuerdo de aquella tarde junto a Candy, en la colina de Pony.

Mientras, el Donatiere escoraba peligrosamente, aunque afortunadamente su sistema de compartimientos estancos le había preservado de compartir la trágica desdicha del Titanic. En ese momento, Haltoran recordó que el barco existía como museo flotante anclado en la rada de Nueva York y que Mark le había librado de irse a pique y zozobrar, evitando que chocara contra un iceberg de considerable tamaño, en un imprevisible giro de acontecimientos desencadenados en primera instancia por un rayo, y que le obligó a salvar al gran barco que ya de por si estaba irremisiblemente condenado, para por ende rescatar igualmente a Candy. Los azares del destino, ligeramente inducidos a ello por el propio Mark, habían tergiversado tanto la secuencia histórica, que el joven no tuvo más remedio que cambiarlos, para evitar que Candy perdiera la vida.

La mina, pese a lo aparatoso de la explosión y el humo y el ruido producidos, no había logrado abrir una vía de agua lo suficientemente grande como para anegar al buque condenándolo a una fatal suerte y además otro factor obraba a favor del bello barco y es que al hallarse cerca de la costa y ser un día excepcionalmente claro con un límpido cielo azul sin nubes, el trágico incidente fue percibido con total claridad desde el cercano y turístico puerto de Yalta, desde el que inmediatamente, varios remolcadores y una variopinta colección de lanchas rápidas y chalupas, partieron del malecón para auxiliar a los viajeros para el caso en que se transformaran fatalmente en náufragos, como era de esperar. Mientras Haltoran, que maldecía su suerte por no tener ni siquiera su jetpack que le habría venido bien, pese a su precariedad de funcionamiento, para ganar la costa, nadó lentamente procurando reservar sus fuerzas, porque aunque la orilla no estaba demasiado lejos, el tener que sostener a Annie a flote suponía un peso extra para él por liviano que resultara. Los sistemas de vuelo habían quedado alojados en el maletero del Hispano Suiza y junto con él y el resto de sus equipajes, serían facturados a Lakewood por el propio Gobierno italiano, como parte de la compensación prometida y garantizada por el propio primer ministro.

23

Una vez que consiguieron ganar la orilla, se detuvieron en la loma de una suave colina desde la que podían divisar perfectamente el puerto de Yalta y su gran bahía natural y allí mismo se dejaron caer rendidos entre las flores y amapolas que ponían un extraño contrapunto a la apurada situación del matrimonio. Con una Annie a cuestas, más aterrada que serena y calmada, Haltoran se detuvo junto a una especie de templete en un ruinoso estado de conservación que alguien había convertido en un improvisado pajar, llenándolo hasta los topes de heno. Acomodó a su esposa lo más cuidadosamente que pudo en las escaleras de la construcción de mármol blanco cubierto por las hiedras que se enroscaban trepando en torno a sus columnas, y que sin duda, había conocido tiempos mejores, al igual que ellos dos.

Haltoran le echó un vistazo y sonrió complacido. Aquellas sencillas, a la vez que decorativas estructuras siempre le habían fascinado, sobre todo desde el momento en que uniera su destino al de Annie en uno muy similar a aquel, aunque ligeramente más grande en los verdes jardines de Lakewood, y en el que, casualmente también se celebrase con anterioridad la presentación de Candy a la familia Andrew y a sus invitados con motivo de la adopción de la muchacha por parte del patriarca de la influyente familia.

El joven, solícito, tranquilizó con palabras de ánimo a la muchacha que no cesaba de reprocharse el que no hubiera secundado la propuesta de su marido para regresar a Estados Unidos cuando pudieron hacerlo. Pero la oferta del amable mandatario era tan tentadora, y ella que debía ser la ofendida, casi se sentía peor que el propio Arnaldo si no aceptaba sus amables ruegos, que terminó por acceder. Por otra parte, lo natural era que prolongaran sus vacaciones hasta que llegasen a su conclusión y si estaba al lado de su marido, terminaría por recobrarse de la brutal experiencia sufrida en Tarento junto a Alessandro tanto si permanecían en Europa como si regresaban a Norteamérica. Y ahora en vez de estar disfrutando de un tranquilo y apacible crucero, se hallaban en un país extranjero, con las ropas chorreando de agua, sin equipaje, ni documentación ni efectivo. En otras palabras, no disponían de nada aunque estaban vivos y se tenían el uno al otro, lo cual ya de por si era bastante, aunque eso no lo resolviera todo.

-No entiendo que ha sucedido –dijo Annie con voz temblorosa mientras sus ojos azules, como el mar en que se habían zambullido tan imprevistamente, se posaban sobre el desventurado buque de pasajeros y en torno al que, ya se estaba organizando un apresurado rescate, que por el momento parecía ir bien, gracias a las aguas en calma y al excepcional y radiante día que hacía.

-Una mina Annie, -dijo Haltoran mientras rebuscaba en sus bolsillos por si disponía de algún invento que les permitiera salir del apuro. Normalmente llevaba el cinturón y los bolsillos más repletos de gadchets que el propio inspector del que recibía su nombre, pero no encontraba ninguno. En un intento de olvidarse de su permanente condición de soldado y cortar con sus últimas vivencias, en especial el viaje a otro dimensión que le había resultado especialmente traumático y del que no había referido ni media palabra a su esposa, se había dejado todos sus artilugios en su hogar. Quería ser un hombre normal viviendo una vida normal al lado de su amada esposa, aunque había olvidado retirar su arma del chaleco y sus jetpack. Cuando comprobó desilusionado que llevaba aquellos objetos encima, ya estaban llegando a Southampton, el cual se divisaba ya desde la cubierta del Mauritania y haciendo de tripas corazón, los conservó consigo, dudando entre si tirarlos o mantenerlos en su poder. Finalmente, había optado por lo segundo. Y cuando por desgracia le habían hecho falta, uno de ellos, el jetpack, se había quedado encerrado, junto con todas sus demás pertenencias y las de su esposa, en el maletero de su coche y el otro convertido en un inofensivo palo de reducidas dimensiones, no le era de ninguna utilidad. Cuanto se reprochaba el haberlo rediseñado, para en vez de cargarlo por piezas en una maleta cupiera dentro de un ahusado tubo. Los mecanismos se habían estropeado y no había forma alguna de que el arma se desplegara si quiera en parte. Si hubiera estado dividida en componentes, aunque le hubiera llevado tiempo podría haberla montado y tenerla lista para defender a Annie. Después de la ingrata experiencia sufrida, ya se temía lo peor.

-Una mina –repitió Annie enfocando sus ojos del color del mar que se desenvolvía ante ellos en el malogrado buque que estaba siendo asistido por varias embarcaciones de rescate, como si no pudiera creerlo -¿ cómo es posible ? ¿ acaso este país está en guerra ? –preguntó como si su voz proviniera de muy lejos.

-Ese cacharro era una mina naval fabricada en Gales –comentó el muchacho buscando en derredor algo que le sirviera para crear una improvisada fogata con la que calentarse. La noche se estaba echando encima y conociendo como conocía a su esposa lo más seguro es que no quisiera moverse entre las sombras sobre todo, cuando aun en su mente persistía fresco, el recuerdo de la emboscada de Alessandro y sus hombres. Pese a que las luces de Yalta estaban relativamente cercanas, Annie se negaría en redondo a moverse de noche, mientras sobre su cabeza no brillasen los tranquilizadores y anhelados rayos del sol o por lo menos, la luz diurna les permitiera ver por donde iban.

-Un momento, un momento –le interrumpió Annie creyendo que Haltoran le estaba gastando alguna broma pesada, sabedora del humor que a veces destilaba su marido pero la expresión del joven pelirrojo le convenció de que no era así- ¿ estás queriendo decirme que ese engendro era inglés ?

Haltoran asintió. En la academia militar de Sherdvasche, ciudad del oeste de Cremonia habían estudiado todos los tipos de armas habidas y por haber y la cuidosa preparación castrense de los jóvenes oficiales debía permitirles reconocer cualquier arma por antigua que fuera con tan solo ver su silueta, entre otras disciplinas. Era un símil al Internado donde estudió Annie para convertirse en una mejor dama aplicado al ámbito militar, hasta que, debido a la guerra y circunstancias que jamás lograrían ni imaginar ninguno de los dos, ambos se reencontraron reviviendo su amor nuevamente. La academia militar preparaba concienzudamente y a conciencia a sus futuros militares.

Ante la cara de sorpresa de Annie que le miraba con ojos como platos, Haltoran esbozó una sonrisa triste y declaró:

-Una mina fabricada en Inglaterra, en las acerías, de la industria pesada de Gales, con acero importado de Suecia, vendida a Alemania, junto con otros ejemplares a diversos países, antes del estallido de la guerra, empleada por la Marina Imperial contra Inglaterra en un bloqueo naval, y finalmente, traída por las corrientes marinas hasta el Mar Negro desde el Atlántico Norte, es la ironía de la guerra, cariño, la estupidez elevada a la enésima potencia, el círculo que se cierra sobre si mismo –comentó Haltoran con voz cargada de resentimiento.

Annie no podía entender como había sucedido algo tan horrible pero estaba tan agotada y poco deseosa de moverse de aquel emplazamiento, como Haltoran había intuido acertadamente, que para cuando la muchacha iba a hacerle partícipe de su decisión, su marido había ido reuniendo una buena porción de leña que afortunadamente abundaba por los alrededores del templete y que había cosechando de algunos troncos caídos a los que arrancaba algunas ramas lo suficientemente quebradizas para que Haltoran pudiera arrancarlas con la sola fuerza de sus brazos.

-Vamos a quedarnos aquí, porque es lo que ibas a proponerme, ¿ no, Annie ?

La muchacha morena entreabrió ligeramente los labios de la sorpresa. Su marido era una auténtica caja de sorpresas, a cada paso le impresionaba descubrir nuevas facetas de su esposo, lo cual también le ocurría a su amiga respecto a Mark. Una tarde en que ambas habían quedado para merendar en la mansión Legan, se confesaron mutuamente sus respectivos pensamientos y coincidieron en que cuanto más sabían de Mark y de Haltoran, menos comprendían algunos aspectos de ambos hombres y mejor llegaban a entender otros.

-Hace o vamos a tener una noche templada, y este templete parece ser muy recio. Puede que no sea muy cómodo, pero constituirá un buen refugio. Duerme tranquila cariño, yo haré guardia toda la noche para que no suceda nada malo.

Iba a replicar que no estaba de acuerdo, pero fue ella misma la que no tardó en comprobar como el cansancio la hacía bostezar de forma aparatosa y poco apropiada para una dama. Se sonrojó violentamente haciendo reír a Haltoran, la cual la acompañó hasta el abandonado templete donde alguien había amontonado una buena cantidad de paja que aunque no sustituiría a la comodidad de su amplia cama, sería un lecho lo suficientemente aceptable como para permitirla conciliar el sueño.

-Tú te quedas ahí cariño –le instó Haltoran con una voz que no admitía réplica- y vas a dormir sin ocuparte de otra cosa por ahora, a fin de cuentas lo necesitas más que yo –comentó el joven mientras luchaba denodadamente para desatacar los servos que mantenían tercamente plegada su arma de asalto. Sin ella podría repetirse algo similar a lo que les había sucedido en Italia. Annie intentó protestar, le necesitaba y quería tenerle a su lado cuando al extender los brazos se percató de que estaba en ropa interior, lo cual hizo que nuevamente sus mejillas sonrosadas dejaran de serlo, para tomar el color del arrebol. Annie se abrazó así misma como intentando envolverse con una inexistente bata que cubriera su semidesnudez. Haltoran volvió a reír y caminó hasta ella, atrayéndola hacia sí.

-No hay nadie más con nosotros, pequeña dama, a menos que consideres a tu marido como a un peligroso intruso o un extraño –bromeó el joven con una voz tan deformada y adoptando unas expresiones tan histriónicas, que la bella muchacha echó a reír casi sin darse cuenta. Estaba tan apurada por la tesitura a la que ambos habían sido arrastrados por culpa de un demente primero y una mina naval después, que ni se acordaba de que había puesto a secar su vestido de lino en el improvisado tendal que constituían las ramas de una encina y que aun continuaba evaporando la humedad que había empapado la delicada tela del vestido, con el imprevisto baño al que ambos se habían visto abocados. En cuanto a Haltoran, para alguien acostumbrado a bregar con los rigores más inclementes de todo tipo de climas a los que había tenido que enfrentarse, además de la guerra en sí, poco le importaba que su traje hasta hacía unas horas impoluto, estuviera más arrugado que una pasa secándose también muy lentamente a su propio ritmo, solo que no se había desprendido de sus ropas a diferencia de su esposa.

Finalmente tras forcejear inútilmente con el arma, y dando un seco tirón a una especie de palanca, el tubo vibró y cobrando vida, desplegó el lanzagranadas de asalto, depositando entre sus manos la formidable arma que no había podido utilizar ni contra Alessandro, ni contra la mina, pero que ahora estaba lista para ser empleada nuevamente, para satisfacción de Haltoran y disgusto de Annie. El joven la posó displicentemente sobre su hombro y comenzó a caminar en torno al templete balanceándola, y realizando guardias periódicas y moviéndose a otro punto diferente, patrullando en un área en la que siempre tuviera a la vista a Annie por si debía acudir prontamente en su ayuda.

Al día siguiente bajarían hasta Yalta para tratar de recabar ayuda del Consulado Inglés o Norteamericano. Cuando se cotejasen las listas de pasajeros del malogrado buque, de las que sin duda una copia, obraría ya en poder del Cónsul y se identificasen, solo tendrían que esperar un tiempo razonablemente largo para ser repatriados, pero las cosas, desafortunadamente para ellos no serían tan sencillas.

24

Richard Harris podía haberse escabullido de la atenta y estrecha vigilancia a la que le sometía la bondadosa señora Pony, asistida por su fiel compañera y amiga, la hermana María, la religiosa de delicados rasgos enmarcados por la toca blanca que destacaba sobre su hábito azul como una pequeña embarcación sobre un mar del color de sus prendas, pero prefirió no causar más disgusto a su tía y permaneció en la cama, luchando contra la fiebre y el dolor de que su amada Katia se hubiera alejado de él, despidiéndose con una escueta nota que contenía al mismo tiempo una promesa de reencuentro. Pero Richard no era de los que podían continuar dejando pasar las oportunidades, mientras todo se desmoronaba a su alrededor. El no se marcharía en el anonimato de la noche dejando a su tía Martha otra nota. Si tenía que irse lo haría por la puerta principal del hospicio y con la cabeza alta, por lo que en cuanto la fiebre que le había aquejado, desde que dos policías le trajeran allí procedente, de la lejana Nueva York remitió lo suficiente se vistió con premura dispuesto a marcharse y contárselo todo a su tía, procurando inferirla el menor sufrimiento posible. Pero antes de que Richard sujetara el pomo de la puerta, esta se abrió de improviso, revelando la maternal figura de su anciana tía ante él. Richard bajó la cabeza, dirigiendo la mirada hacia el suelo de madera del hospicio como si se estuviera avergonzado de hacer aquello, pero Martha sonrió afablemente y depositó una de sus manos en el hombro derecho de su sobrino. Cuando este levantó la vista, se encontró con que los pequeños y vivaces ojos de la anciana no le contemplaban con reproche o recriminación, ni siquiera expresaban un hondo pesar, pese a que la señora Pony lo estuviera experimentando en lo más hondo de su ser. Ya había tenido que afrontar la partida de Candy a un remoto continente, tan lejano e inaccesible y ahora su sobrino estaba dispuesto a correr la misma suerte, por amor. El amor, poderoso motor, verdadera palanca que con su punto de apoyo, el corazón donde se albergaba movía al mundo y aquel sentimiento nuevamente no solo movía, si no que imprimía un gran cambio a su propio mundo. Nuevamente, Martha tenía que ser testigo de cómo nuevamente, otra de las personas a las que estimaba y quería se aventuraban en sendas no siempre rectas y planas, si no que más bien eran tortuosas y enrevesadas, pero cuyos caminos tenían que recorrer por sentirse movidas a ello. Martha no dijo nada. Sabía de antemano que cualquier palabra, cualquier gesto y todo lo que pudiera decirle, no disuadirían a Richard de ir en pos de su amada, hasta el último confín de la Tierra.

Le abrazó maternalmente haciendo que el curtido y apenado periodista se transformar en el chiquillo que fue veinte años atrás, cuando con cinco buscaba refugio en los brazos de su tía ante cualquier eventualidad o trastada que otros de los huérfanos del Hogar de Pony pudiese haberle hecho sin mala intención, cuando acudía a visitarla y se ponia a jugar con los chicos del hospicio. Habían pasado dos décadas largas y su tía, continuaba con el mismo fervor y entusiasmo que el primer día, dedicando todo su tiempo y cariño al hospicio, junto con la hermana María.

-Tía yo…-intentó justificarse mientras la abrazaba y una de sus maletas de cuero cayó a la tarima con un golpe seco y sordo.

-No querido muchacho, no –declaró Martha conmovida- tienes que ir en busca de la mujer a la que amas. No tienes nada que reprocharte o justificarme. No soportaría que por satisfacer los deseos de una anciana, renunciaras a luchar por Katia y a tus verdaderos propósitos. Ve hijo mío, ve, rezaré para que el Señor te proteja y vele por ti.

Richard abandonó el hospicio con el corazón en un puño, pero sabía que si no lo hacía en ese momento, probablemente no lo hiciese nunca. Partió finalmente mientras una mujer de cabellos grises recogidos en un moño le observaba desde el umbral del edificio y con algunas lágrimas sobresaliendo por el borde de sus gafas redondas y oscuras. A su lado, otra mujer algo más joven y con hábitos religiosos permanecía a su lado, atrayéndola hacia sí, pasando una de sus manos por los hombros de la más mayor para infundirle ánimos y transmitirle su apoyo. Ambas amigas contemplaban a un joven enfundado en un gabán oscuro que se alejaba lentamente mientras su silueta se recortaba bajo la luz de los últimos rayos de sol.

25

Necesitaba un medio de transporte rápido, económico y que atravesara medio mundo en un abrir y cerrar de ojos, porque sospechaba e imaginaba horrorizado a Katia sin vida, o sufriendo grandes calamidades en un intento por llegar hasta su padre. Pero los trenes seguían siendo de vapor, circulando a velocidades ligeramente superiores a como lo hacían, en los tiempos anteriores a la Gran Guerra, y los barcos no irían más deprisa por mucho que lo deseara y por más fervor y empeño que pusiera en imaginarlo. Desalentado, se detuvo a las afueras de una pequeña ciudad cercana al Hogar de Pony mientras intentaba poner en orden sus ideas y trazar una estrategia, pero aun no había salido de Estados Unidos, y le quedaba todo un Océano por cruzar y un continente entero que tendría que atravesar hasta llegar a un remoto país del que apenas sabía nada, y en el que, por supuesto nunca había estado, la tierra natal de su prometida. Desalentado, ante de internarse en la ciudad a la que había llegado a pie tras un corto paseo para intentar encontrar la inspiración necesaria que le permitiera poner en orden sus ideas, reparó en lo que parecía un minúsculo campo de aviación sobre cuya pista de hierba se hallaban estacionados algunos aeroplanos de vivos colores. En las cercanías del improvisado y rudimentario aeródromo algunas personas observaban emocionadas las evoluciones de varios aparatos similares a los que permanecían en tierra, sobre sus cabezas trazando arriesgadas acrobacias en el aire. A falta de algo mejor que hacer, el joven periodista optó por sumarse al alborozado gentío que abarrotaba los prados adyacentes al aeródromo y mezclándose entre el público, miró hacia arriba. Un Fokker triplano con las antiguas escarapelas de la aviación imperial alemana, simulaba mantener un mortal combate, contra un Sopwith Camel con emblemas británicos mientras la gente aplaudía entusiasmada o se horrorizaba cuando parecía que uno de los dos contendientes, especialmente el británico, parecía precipitarse a tierra. A Richard no le resultaban especialmente desconocidos aquel tipo de espectáculo, que proliferó a menudo en los campos y en las llanuras del medio oeste americano, a finales de la Gran Guerra. Veteranos pilotos que habían sido licenciados después de una larga y heroica trayectoria, bien porque no encontrasen trabajo, bien porque no lograran adaptarse nuevamente a la vida civil y no encajaran en la sociedad del momento, optaban por hacer lo mejor sabían en ese momento: volar. Algunos montaban sus propias compañías de espectáculos aéreos, también conocidas como circos aéreos, con aviones militares de saldo de ambos bandos, considerados excedentes y cuyo único destino sería ser desguazados y destinados a chatarra que compraban por un precio relativamente barato y probaban suerte en tales empresas pero otros se podían considerar afortunados si les contrataban aunque solo fuera a prueba y por tiempo limitado. Recordó haber publicado algunos artículos para el Wall Street Tribune referente a aquellas demostraciones aéreas que podían llegar a congregar a cientos y a veces miles de personas, pero lo más común, como en todo, era que solo las compañías más fuertes salieran adelante, quedándose por el camino las que no sabían como seguir en candelero o rentabilizar sus ingresos minimizando al mismo tiempo, los cuantiosos gastos que semejantes obras teatrales, escenificadas en el cielo suponían. Y a veces, las intensas giras emprendidas se cobraban su tributo cuando algún agotado piloto perdía el control de los mandos de su aparato al quedarse dormido, o simplemente el avión debido a la intensa carga de trabajo al que se le sometía terminaba sufriendo una avería, o en ocasiones perdiendo una de sus frágiles alas de lona y madera. Y no siempre se podía encontrar material de calidad. Algunos emprendedores empresarios tenían que conformarse con viejos Aviatiks austro-húngaros, ya obsoletos cuando la terrible guerra en ciernes daba sus primeros sangrientos pasos, a los ecos de las balas disparadas contra el Arhiduque Fernando y su esposa en Sarajevo, o ligeros y también obsoletos, Airco Dh1 con una hélice montada detrás del corto fuselaje, en vez de en la parte frontal, más útiles para ser exhibidos en un museo, que para surcar el cielo nuevamente. Los ejércitos aliados habían reducido su tamaño y muchas veces el material militar excedente, incluidos los aviones era fundido y transformado en acero, pero otras era vendido al mejor postor, lo cual permitía encontrar aparatos relativamente modernos, aunque en un estado lamentable el común de las veces.

Richard estaba cavilando en todo aquello, cuando un detalle le llamó la atención. Aparcado en un costado de la pista de hierba pudo distinguir un avión diferente a los demás. Era monoplano, de ala baja y parecía construido enteramente de metal, y a diferencia de los vetustos biplanos que danzaban ruidosamente muy por encima de su cabeza un frenético baile en el que fingían perseguirse, tenía una carlinga cerrada sobre el fuselaje metálico de limpias líneas y sin rastro de las abigarradas pinturas de guerra, que atestaban los de los aviones que participaban en la exhibición aérea. A pesar de su apariencia airosa y ligera que le hacía parecer un tanto endeble, el aparato era lo suficientemente grande como para acomodar a varias personas en su interior sin angosturas ni estrecheces.

Picado por la curiosidad se acercó al avión tras distanciarse del gentío de hombres, mujeres y niños que observaban boquiabiertos el combate simulado y aplaudían frenéticamente cada vez que el caza inglés parecía zurrar al germano. No tardarían en sumarse nuevos participantes a la liza.

Richard rodeó el avión y lo examinó con cuidado y detenimiento. Era un bello aparato, fuerte, de apariencia sólida y limpias líneas, y aspecto más cuidado y moderno que las reliquias que hacían las delicias de niños y adultos, que de alguna forma indicaría el camino a seguir por la aeronáutica, en un futuro cercano.

Mientras estaba admirando la aeronave, un hombre enfundado en un mono de vuelo, con el cuello envuelto por una larga bufanda blanca que pendía del mismo, y con unas gafas de aviador sobre la cabeza, se le acercó por detrás. Sonrió y dijo ante el más que evidente, entusiasmo de Richard por su avión:

-Bonito ¿ eh ? con él se podría volar al otro extremo del mar e incluso más allá pero es una lástima que…

Richard, enfrascado en sus propias preocupaciones no había concedido la menor importancia a la llegada del desconocido piloto y apenas se giró brevemente para mirarle asintiendo distraídamente, hasta que el joven aviador que contaría con poco más o menos, su misma edad pronunció aquellas palabras. Richard se volvió, súbitamente interesado y se encaró con el piloto, un joven rubio, muy espigado y de rostro salpicado de pecas, de en torno a veintisiete años, rogándole que repitiera las últimas palabras que había pronunciado. Cuando lo hizo Richard parpadeó asombrado mientras un audaz plan iba tomando cuerpo en su mente.

-Sí amigo –comentó el piloto sentándose con la espalda apoyada en uno de los calzos que frenaban las ruedas del tren de aterrizaje, meneando la cabeza y con gesto triste mientras encendía un cigarrillo improvisado con tabaco de picadura y papel de fumar –con el Halcón Gris se podría ir hasta Francia sin escalas, pero sin el dinero necesario para ponerlo a punto, los permisos y demás poco se puede hacer. Me gasté todo lo que tenía en construirlo y no puedo hacerlo volar por falta de combustible, de financiación para todo el papeleo, y mil obstáculos más que sin el vil metal no se pueden remover, no señor –comentó el muchacho apenado y agitando su precario cigarro- incluso mi tabaco tengo que improvisármelo yo mismo. Para reunir el dinero necesario para ponerlo a punto y subsistir, trabajo con ellos –dijo señalando los cazas que se perseguían en audaces y cerrados giros, y maniobras reales de combate maniobrado, aunque este fuera simulado- y además me permiten conservar mi avión conmigo. Dicen que podría ganar mucho dinero si lo utilizase en el espectáculo, pero el avión no puede volar sin una cuantiosa suma de dinero de la que no dispongo ahora mismo, y que debo ganarme dólar a dólar pilotando esas viejas carracas –comentó en referencia a los biplanos.

-Un círculo vicioso del que resulta difícil sustraerse –comentó Richard esbozando una sonrisa triste, al hilo de sus propios recuerdos y sopesando cuidadosamente sus siguientes palabras, -por eso me atrevería a proponerle un trato que haría realidad tanto sus sueños como los míos.

De no haber sido por la apariencia adinerada y pulcra de Richard, el piloto rubio habría pensado que su interlocutor no era más que un charlatán o un bromista sin corazón para reírse de su situación precaria, pero algo le advirtió en su interior, que debía escucharle:

-Tengo que desplazarme hasta Europa lo antes posible y si usted me ayuda, yo le financiaré a cambio de que me llevase en su avión hasta allí, ¿ qué le parece ?

La propuesta parecía una broma de mal gusto u obra de un chiflado que no tenia nada mejor que hacer que mofarse del aviador, hasta que Richard extrajo preguntándose a su vez, si no estaría entregando ese dinero a fondo perdido a algún taimado estafador, del bolsillo de su chaqueta una suma de diez mil dólares. Los puso delante de los ojos como platos del aviador preguntándose también a renglón seguido, si no acabaría en el suelo inconsciente o sin vida como resultado de un asalto, motivado por su poca discreción y exceso de confianza ante el supuesto aviador, que sin embargo no hizo ademán de apoderarse de la suma por la fuerza.

-¿ Bastaría para cubrir los primeros gastos ? –preguntó Richard.

-Sobraría –dijo el joven rubio como con un eco lejano y aun sin creerse que un desconocido, de buenas a primeras resolviera ayudarle así como así a cambio, de trasladarle hasta Europa. Tras meditar unos instantes, asintió visiblemente emocionado y añadió:

-Trato hecho. Yo le llevo a Europa y usted patrocina por decirlo de alguna manera, mi viaje.

Le tendió la mano y Richard la estrechó con efusión. Era una mano ancha y poderosa que transmitía confianza y seguridad.

-Por cierto, me llamo Richard Harris –dijo el periodista esbozando una amplia sonrisa.

-Yo soy–declaró el joven piloto sacudiendo la mano de Richard con entusiasmo.

Si aquel viaje salía bien y atraía la suficiente atención una vez que produjera la suficiente repercusión, si es que llegaba a tenerla con un poco de suerte, tal vez algún poderoso industrial o acaudalado hombre de negocios, o incluso un Gobierno, quien podía adivinarlo, decidieran patrocinarle en futuros eventos que demostrasen de una vez por todas, que el avión era un medio tan bueno como otro cualquiera, para salvar un gran Océano y llegar a sus diferentes destinos con garantía de éxito abriendo el camino a grandes rutas transoceánicas, tanto de transporte de viajeros, como de mercancías

26

Me había quedado profundamente dormido, acunado por el traqueteo del tren y las largas horas transcurridas no hacían más que contribuir a aumentar el tedio y las tensiones entre todos nosotros. Mark, no veía con buenos ojos el que me hubiera agregado al largo e inacabable viaje hasta Nueva York, no porque le desagradase que les acompañara hasta Rusia, si no porque aparte de Candy, tendría que cuidar de mí y ocuparse para que no me sucediera nada, sabedor de mi torpeza y continuada vulnerabilidad ante las adversas situaciones que solían planteársenos a cada paso. Por otro lado, el hecho de no saber nada ni de Haltoran ni de Annie preocupaba sobremanera a mis amigos, especialmente a Candy que por un par de ocasiones había expresado su malestar a Mark, temerosa de que les hubiera podido suceder nada malo.

El joven había retornado de su paseo por el pasillo del tren, para acomodarse junto a su esposa en el estrecho departamento. Mermadon, con su aspecto de mendigo, y disfrazado con el raído atuendo que le birlásemos al espantapájaros de aquel pobre hombre, que al final resultó tener más miedo de nosotros, que nosotros de él y la descolorida y desgreñada barba postiza hizo reír a Candy que no pudo evitar que se le escapara una risilla, pese a que Mermadon no estaba programado para ofenderse ni reaccionar airadamente ante cualquier provocación u ofensa. De hecho, su imponente aspecto casi disuadía siquiera de intentarlo, para todo aquel que ignorase que el pacífico robot no podía ejercer violencia alguna contra nadie, porque sus directrices de programación se lo impedían. Yo continuaba durmiendo, abrigado por la manta que Candy me había echado sobre los hombros y de vez en cuando se me escapaba algún que otro inoportuno ronquido.

-Pobre Maikel –comentó Candy en voz baja a su marido para no despertarme- siempre intenta ayudar a todo el mundo. Lo que ha hecho por Neal es algo sinceramente admirable –añadió Candy mientras sus increíbles ojos de esmeralda se posaban en mi oronda figura.

-Sí –admitió Mark- ha sido como un segundo padre para mí. Aunque no lo parezca, ha sufrido mucho. La pérdida de sus empresas y su mala suerte con las mujeres, especialmente el divorcio de su esposa le ha afectado sobremanera. Pobre maestro –argumentó Mark reflexivo.

Candy se aproximó a mí, cuando la manta volvió a resbalarse por enésima de mis hombros. Moví la cabeza inadvertidamente gruñendo levemente por efecto de una ensoñación que no era demasiado placentera. Candy me tapó otra vez como si fuera un niño, en vez de un adulto demasiado entrado en carnes y acarició mis mejillas. De nuevo una expresión de infinita piedad se reflejó en su mirada. Mark lo notó enseguida y decidió ir a dar otra vuelta argumentando que necesitaba estirar las piernas de nuevo.

-Pero si acabas de volver hace un momento querido –le dijo Candy, mientras acomodaba mi cabeza redonda sobre un almohada que colocó cuidadosamente detrás de mis sienes, parpadeando levemente.

-Me apetece mirar un poco el paisaje y de paso tomarme una Pepsi –comentó Mark con una tenue sonrisa. Sospechaba que algo afligía a Candy en relación conmigo, aunque tal vez se tratase de esos instantes de amistad y complicidad que manteníamos entre nosotros. Había aprendido a reconocer esos momentos de intimidad entre ambos y prefería respetarlos. No es que Candy le hubiera pedido nunca en casos así que la dejara a solas conmigo. De hecho Mark, sabía que no tenía nada malo que temer de mí, pero sabía perfectamente que había amado en secreto a su esposa y que algo de aquel callado y dulce sentimiento seguía existiendo, reconvertido en un profundo afecto, prácticamente filial entre ambos.

-Mark deja ya de añorar el siglo XXI –comentó Candy siguiéndole la broma- lo más que vas a encontrar aquí es agua, zumo de naranjas y bebidas espiritosas en el vagón restaurante.

Lo sabía porque había estado leyendo la carta, que un amable y diligente botones le había entregado en mano, con los distintos menús y bebidas que se servía en el elegante comedor del no menos lujoso vagón restaurante, que mantenía abierto además un pequeño bar con servicio al público. El joven empleado repartió las distintas cartas entre los viajeros, así como algunos libros que le iban pidiendo a medida que el muchacho iba pasando de un vagón a otro, de una punta a otra del tren y otro compañero suyo, realizaba el mismo recorrido con idéntico cometido en sentido inverso. Ambos botones, enfundados en libreas rojas, con el característico gorro circular en la cabeza iban anotando las peticiones de los viajeros, ya fueran revistas, periódicos o algún que otro tentempié y partían rápidamente dispuestos a cumplir con sus encargos lo más rápida y diligentemente posible. Se trataba de un servicio que no todas las compañías ferroviarias dispensaban, pero que se iba imponiendo lenta y gradualmente, a medida que comprobaban que el servicio gozaba de una amplia acogida y favorable aceptación por parte de los clientes y que aumentaba considerablemente el prestigio de las líneas de ferrocarril que incorporaban aquellas medidas, que en un primer momento fueron desdeñadas por los principales responsables de las compañías aduciendo que el excesivo gasto que tales atenciones producían, no compensaban los beneficios obtenidos, pero pronto comprobaron que no era así.

En esos momentos, en el departamento entraron dos señoras. Una de ellas, con aspecto de anciana, llevaba una gran pamela de color crema y un vestido de gasa. Su acompañante era más joven y los cabellos morenos sin recoger y al descubierto, le caían sobre los hombros. Se protegía del frío reinante con una estola de armiño que llevaba displicentemente en torno al cuello. Su traje de color gris claro hacía juego con el de sus ojos. Ambas damas saludaron ceremoniosamente a Candy y a Mark y se acomodaron entre Mermadon y yo sin haberse fijado aun en nuestra apariencia. Mientras Candy correspondió al saludo, Mark se limitó a realizar una leve inclinación de cabeza que hizo que su esposa le mirase reprobadoramente ante su falta de educación. Las dos distinguidas señoras negaron con la cabeza pero cuando comprobaron que a su izquierda se encontraba un gigantesco mendigo de sucia y enmarañada barba, cuyo astroso aspecto les causó pavor y que a su derecha había un hombre obeso durmiendo a pierna suelta, tapado con dos mantas de viaje y roncando ligeramente, su enojo no conoció límites. Mark sospechaba que las damas se marcharían escandalizadas a otro departamento, dado que entre la gran envergadura de Mermadón, yo que me había arrellanado en los asientos, poco espacio quedaba libre. Candy intentó justificar mi comportamiento explicando a las dos aristócratas que yo era un tío suyo, que viajaba junto a ella y su marido por asuntos familiares y que la prolongada duración del periplo emprendido había hecho mella en mí, debido a mi edad. Pese a que apenas había ingresado en la cuarentena, Candy me añadió un par de décadas más por su cuenta, para aclarar el origen de mi interminable siesta. Mark cruzó con Candy una mirada de indignación, y la muchacha le indicó con aire de preocupación que no interviniera. Mark no conseguía adaptarse al aluvión de personas que se interesaban más por los asuntos ajenos que por lo suyos propios y que continuamente les salían al paso, pero optó por secundar a su esposa y seguir sus indicaciones. Lo que estaba tratando de lograr Candy era no llamar la atención por encima de lo deseable. Solo faltaba que las dos suspicaces señoras averiguasen que bajo la apariencia desaliñada y astrosa del supuesto indigente se encontraran con el consiguiente horror, desmayo incluido, la piel metálica y bruñida de Mermadon. La mujer de la pamela pareció satisfecha con la información que Candy le había proporcionado y comentó mientras observaba como una sucesión de campos verdes jaspeados de árboles dispersos, discurrían ante su vista a través de la ventanilla:

-En ese caso querida, es mejor no molestar al señor. Pobrecillo, -dijo con un acento meloso que sacó a Mark de quicio haciendo que resoplara. Candy le miró con enojo, mientras le propinaba un discretísimo codazo en las costillas para que no la hiciera quedar en evidencia, sobre todo para no levantar sospechas -parece tan mayor.

En esos instantes, los ojos grises de su acompañante se cruzaron brevemente con los sensores rojos de Mermadon que había sido conveniente aleccionado para que no dijera ni media palabra. Quedaría un poco raro, que un mendigo tuviera una voz tan melodiosa y meliflua. Pero más extraño e irritante era que viajara en primera clase.

-Madre –dijo bajando la voz, a la dama que se había interesado tan súbitamente por mí- ese hombre. No deja de mirarme y además está tan sucio y harapiento –comentó con un deje de miedo en la voz.

Candy cayó en la cuenta, demudada, de que no había ideado una coartada que justificara la presencia del robot en primera clase, aunque si los revisores se habían tragado que éramos parientes suyos, tal vez funcionara con aquellas dos chismosas que no dejaban de indagar acerca de los secretos de todos nosotros. Podía negar que guardaba relación alguna con Mermadon, pero si por otro lado, las damas decidían denunciar el hecho quejándose a los revisores de que un pobre se había colado en primera clase y estos les respondían que era familiar de la señorita, evidentemente alguien mentía. Nadie sabía que había sobornado al empleado, pero podría descubrirse, lo cual supondría la consiguiente detención forzosa del tren, la llegada de la Policía, y muchas preguntas embarazosas que era mejor evitar, aunque puede que todo se redujese a que nos obligaran a bajar a mí y a Mermadón en la siguiente estación, aunque Candy no querría continuar viaje sin nosotros y por ende, Mark tampoco. Lo que más me preocupaba es que se descubriera parte de nuestro secreto si alguien conseguía averiguar que Mermadon no era un ser humano y que el revisor perdiera su trabajo. Parecía un buen hombre, pese a haber aceptado mi dinero, síntoma evidente de que no debía de percibir un sueldo muy alto precisamente. Me estaba empezando a arrepentir de haber hecho que Mermadon subiera a ese tren y de haberlo hecho yo mismo.

Cuando la madre de la chica estaba a punto de ir en busca del revisor porque su hija estaba incómoda ante la inquietante presencia del alto y corpulento sujeto que según ella, no le quitaba ojo de encima confirmando los peores temores de Candy, que intentó disuadir a la dama que ya se estaba incorporando, para ir a buscar al funcionario mientras exclamaba ofendida:

-Esto es intolerable, ¿ cómo es que permiten que semejante gentuza viaje aquí ? ¿ es que nadie se ha dado cuenta ? ¿ a dónde iremos a parar ?

Entonces Mark reparó que su esposa no se atrevía a identificar a Mermadon como tío suyo, según lo convenido porque entonces las damas sospecharían aun más todavía. Mi atuendo, tapado con la manta podía pasar, porque además estaba oculto a los inquisitivos ojos de aquellas damas, pero Mermadon con su barba descolorida y las ropas sucias y destrozadas del espantapájaros eran harina de otro costal.

Candy miró a Mark desesperada sin saber que hacer. Cuando Mark se disponía a intervenir, yo me giré sobre mi costado izquierdo, haciendo que mi móvil se deslizara inoportunamente desde el fondo del bolsillo izquierdo de mis anchos pantalones. El pequeño aparato se precipitó al suelo de madera del vagón y con el impacto no solo no se rompió o se salió la carcasa de su sitio, si no que se pulsó la tecla que permitía elegir el sonido de la llamada. Unas extrañas notas cantadas por una voz gutural que parecía retorcer las palabras, en un idioma que jamás antes habían escuchado las atildadas damas, salieron del altavoz sobresaltando a las dos temblorosas mujeres, que se abrazaron sorprendidas y dando un agudo grito de sorpresa:

-Opá yo viazé un corrá –canturreó alegremente, alguien con tono jocoso y agudo, algo completamente indescifrable, pero de marcado aire festivo. Si las palabras hubiera sido pronunciadas con un acento menos cerrado y más lentamente, quizás hubieran llegado a comprender su sentido, que no su significado. Madre e hija habían estudiado el castellano y lo dominaban hablándolo con cierta fluidez, pero les era casi imposible entender nada, de lo que la enigmática voz cantaba o intentaba expresar.

Candy se llevó las manos a la cabeza, temblorosa y muy pálida, mientras Mark recogía inmediatamente el pequeño aparato que nadie sospechaba que llevase encima. Solo yo conocía el secreto.

-No se asusten señoras –intentó mediar Mark ideando una añagaza que no sonaba muy convincente -se trata de una caja de música que…

Pero ninguna de las dos damas quiso permanecer ni un minuto más allá dentro, ni atender a explicaciones, y abandonaron espantadas y muy alteradas el departamento saliendo al pasillo, que volvió a quedar nuevamente a nuestra entera disposición. En ese momento, la estridente voz que partía del auricular y que Mark silenció inmediatamente, antes de que se enterase medio pasaje, me despertó finalmente.

-¿ Eh ? ¿ quién ? –pregunté medio adormilado mientras Candy se erguía ante mí, con los brazos en jarras y llenando por completo todo mi campo visual. Bostecé, y adiviné en su hermoso rostro la misma cara de enfado que ponía cuando algo la disgustaba, como aquella vez que estuve a punto de caerme por la borda de un buque de guerra debido al intenso mareo que se cebaba sobre mí y del que no me preservé correctamente, cuando nos dirigíamos a los campos de batalla europeos. Me puse enfermo y tuvo que cuidar de mí durante prácticamente todo el resto del viaje. Busqué a tientas mis gafas y las encontré finalmente en uno de los bolsillos de mi gabardina. Cuando iba a caerme encima un buena reprimenda, aunque sospechaba que Candy no sería demasiado dura conmigo, y Mark, en consideración hacia mí no se atrevía a abroncarme, se produjo un fuerte frenazo que hizo que todos rodásemos por tierra. El tren se había detenido bruscamente justo a tiempo, a escasos metros del borde de un puente de arco, de estructura metálica que salvaba un hondo y pavoroso precipicio cortado a pico. La estructura se había derrumbado con estrépito, media hora antes de la llegada del convoy, que tras un corta y temible frenada consiguió detener su marcha, lo cual no fue precisamente fácil, en la que pareció que el tren nunca se detendría a tiempo, en medio de un chirrido estridente que no se percibió por igual en todos los vagones, aunque sí la sacudida que se transmitió de vagón en vagón.

-¿ Qué, qué ha sucedido ? –preguntó súbitamente Candy, mirando a todos los lados, aturdida y asustada olvidando o dejando para otro momento más propicio su reprimenda, mientras intentaba incorporarse con la ayuda de su marido, procurando recomponerse las coletas al soltarse sus lazos y dificultarle sus cabellos dorados la visión, que le caían sobre sus bellos ojos verdes. Yo había terminado del revés, boca abajo en una posición forzada y ridícula. Los únicos que parecían no haber acusado los frenos de la súbita y brusca detención eran Mark y Mermadon que continuaba sin moverse, tranquilamente sentado en su asiento. Poco antes, Mark me había devuelto el móvil y está vez lo apagué para evitar nuevos sobresaltos, aunque en esos momentos, aquello era una minucia en comparación con lo que íbamos a descubrir, y parecía el menor de todos nuestros problemas.

27

Apenas repuestos de la sorpresa por la imprevista detención, un hombre fue pasando apresuradamente de un vagón a otro anunciando a los viajeros los motivos de la misma mientras ponía cara de circunstancias, ante las más que previsibles protestas de los viajeros y sus demandas de información más precisa y exhaustiva. El hombre que iba enfundado en un uniforme azul marino con gorra de cazo, era uno de los revisores del tren, encargado de ir informando al preocupado y expectante pasaje, de las especiales circunstancias que habían obligado al maquinista a detener al tren casi sin tiempo de poder hacerlo con las debidas garantías de éxito. De no ser por la aguda vista del joven ayudante que asistía al atareado maquinista en el cuidado de la caldera y la compleja maquinaria de la locomotora, así como de sus mandos más esenciales, el tren habría terminado por precipitarse al vacío de forma irremediable. Y gracias al temple del maquinista que asió la palanca de los frenos de la locomotora con tal firmeza que a punto estuvo de partirla por la mitad, el ferrocarril logró pararse a tiempo justo en los límites del inexistente puente, que se había derrumbado con gran estrépito, y cuyos restos metálicos habían quedado esparcidos en el fondo del barranco, por cuyo lecho discurría un caudaloso rio.

-Ha habido un accidente. El puente que deberíamos haber atravesado se ha caído –informó el hombre pasándose una mano por su sudorosa faz. Había venido corriendo desde una punta a otra del tren y se había quedado prácticamente sin aliento y aun estaba a mitad de camino hasta que consiguiese arribar al último vagón.

-La compañía pondrá a su disposición otros medios de transporte alternativo –comentó el revisor agitando las manos solicitando calma a los exaltados viajeros, cuyos ánimos empezaban a enervarse y tendían a emprenderla con el pobre hombre, como si tuviera la culpa de la ardua situación y estuviera en sus manos solucionarla.

-Pero deben de tener paciencia. Estimamos que en unas dos horas estarán aquí los taxis y los omnibuses que la compañía ha empezado a fletar para conseguir que puedan reemprender su viaje lo antes posible.

Candy dejó escapar una exclamación lo bastante aguda, como para que los malhumorados usuarios se girasen y la mirasen con cierto enojo. Poco antes habíamos salido al pasillo para obtener información tan pronto como algunos rumores y noticias que se iban difundiendo con cuentagotas, advirtieron que un funcionario del ferrocarril se aproximaba hacia nuestro departamento para ponernos al corriente de la situación. Cuando alcanzamos al hombre este ya se veía rodeado por un nutrido corrillo de damas, caballeros y jóvenes demandando respuesta a sus lógicas e inevitables preguntas. Conseguí abrirme paso entre dos señores vestidos con chaqué, bombín y que llevaban un paraguas oscuro entre sus manos y que protestaron ante mi irrupción debido a que mi tripa los importunó obligándoles a apartarse de mi lado y tras esbozar una rápida disculpa, inquirí sin esperanza de que el atribulado revisor me escuchara y que me respondiera:

-¿ Existe algún camino alternativo que permita que el tren continúe su viaje ?

-Desgraciadamente no caballero –explicó el hombre mientras volvía a agitar las manos para rogar silencio y calma ante el creciente murmullo, proveniente del indignado gentío que abarrotaba el estrecho pasillo- de hecho, se han cortado todas las rutas que convergían en ese punto para evitar que otros trenes pudieran accidentarse. Hasta que no se reorganice el tráfico de trenes y reordene, ningún otro tren podrá pasar por esta ruta. Lo lamento.

-A menos que reparen el puente –musité desilusionado y volviendo junto a Candy y Mark.

La muchacha se pasó la mano por los cabellos ensortijados retirando el abigarrado sombrero que cubría su cabeza y que a Mark le parecía una prenda embarazosa y para nada práctica y dijo bajando la vista, contrariada:

-Dos horas. Y el barco sale dentro de una. No llegaremos a tiempo –comentó Candy crispando los puños y a punto de perder los estribos echándose a llorar. Las posibilidades de llegar hasta su padre, aunque fuera un completo desconocido para ella, y hubiera abandonado a su madre rompiendo su matrimonio por presiones de su acaudalada familia, serían inexistentes si perdían ese buque a Europa porque hasta dentro de una semana no zarparía otro. Quizás debiera de odiarle como en un primer momento hizo con su propia madre cuando le reveló la cruda verdad, en aquel camerino de uno de los principales y mayores teatros de Chicago en el que estaba actuando, y al que Candy acudió invitada por un amigo, Juan Pablo de Lerma, un noble español que la ayudó cuando sufrió algunos duros reveses en la ciudad del Viento.

Pero James O´connor era su padre y, aunque la posibilidad de reencontrarse con él, aunque solo fuera fugazmente, la asustaba y hacía que temiera que quizás no tuviera ni pudiera reunir siquiera, el valor suficiente para verle o perdonarle, si es que conseguía que la rígida vigilancia de la prisión a la que deberían llegar primero, le franqueara el paso hasta él, se dijo que de antemano, debería intentar contestar a esa pregunta superando sus miedos y principales temores, emprendiendo un periplo tan largo como inimaginable. Y Mark, sabía que su esposa cuando perseguía la consecución de una meta no cejaba hasta alcanzarla, fuera como fuese, siempre que estuviera en su mano.

Desvié la mirada de la cara de Candy que era todo un poema, a Mermadon que permanecía escondido en la semi oscuridad del departamento, ahora vacío a excepción de él. Por precaución elemental, le habíamos ordenado que no abandonara el compartimiento no fuera que alguien demasiado curioso e inquisitivo, o tal vez suspicaz, nos pusiera nuevamente en aprietos como las dos damas, madre e hija que se sentían incómodas ante la presencia del supuesto mendigo y que habían salido huyendo rápidamente ante mi torpeza, que había hecho que mi móvil sonara inopinadamente.

28

Bajamos del tren para estirar las piernas y tratar de discutir que opciones teníamos disponibles, ante la imposibilidad de continuar hacia delante por la interminable línea férrea que se interrumpía unos kilómetros más adelante, por el derrumbe del puente ferroviario. Candy no se había olvidado de la bronca que tenía pendiente conmigo y una vez que estuvimos lejos de miradas indiscretas, se me acercó para afear la imprudencia que había cometido al conservar en mi poder un objeto tan revelador, y me dijo:

-Pero Maikel, ¿ cómo se te ocurrió llevarte encima ese aparato ? –preguntó airada, aunque intentando no dar rienda suelta a su creciente ira, producto más que nada de los obstáculos que se nos ponían por delante en nuestro camino, que de mi recurrente e inveterada habilidad para meterme en problemas, aun sin pretenderlo. Candy era demasiado noble y bondadosa para odiar o enfadarse con nadie aun mereciéndolo, y menos con alguien como yo, que despertaba su compasión a cada paso.

Mark que no podía desautorizar a su esposa, ni tampoco tomarla conmigo por la amistad que nos ligaba, que en el caso de Mark, estaba revestida de cierta devoción hacia mí muy arraigada en él, se limitó a mediar para poner paz y observó condescendiente:

-Vamos Candy, no la emprendas con él. No va a solucionar nada. Aunque la verdad maestro, no sé como pudiste poner semejante "melodía" en el teléfono –dijo esbozando una expresión de contrariedad al recordar las disformes notas y acordes que emergieron de mi celular.

Puse cara de circunstancias, y desvié la mirada hacia un grupo de damas que conversaban entre ellas mientras paseaban alrededor del tren y a lo largo de la vía, para hacer la larga y tensa espera menos aburrida y tediosa. Entrelacé las manos y comenté a media voz a modo de disculpa, ligeramente abochornado:

-Bueno, ese teléfono lo tengo hace cinco años, quiero decir que me lo compré en el año 2005 –me corregí inmediatamente a mi mismo, al reparar en mi error de apreciación pensando en términos del año 2010- y ese tono debió venir con él. Ni lo sabía. Lo adquirí en un viaje de negocios a Madrid y bueno, tampoco es para tomarlo así. Ahora tenemos otros problemas más importantes a los que atender y de los que ocuparnos –dije visiblemente molesto, cruzando los brazos sobre mi barriga.

Tenía la convicción de que no había hecho nada malo a fin de cuentas, sobre todo teniendo en cuenta que aquellas dos damas, no querrían acordarse ni en broma de los gañidos del cantante y menos de todos nosotros, o comparando tal desafortunado hecho, con todas las formas y maneras en las que Mark o Haltoran habían modificado el curso de otros acontecimientos más graves y decisivos en mayor o menor medida, aunque el responsable de que cuatro hombres que no debían de estar en una época que no era la suya, junto con un robot único en su género, viéndolo globalmente y en conjunto, no dejase de ser yo, en última instancia.

Candy convino que no ganaba nada enfadándose conmigo, aunque razón no le faltara y reparó en la desastrosa apariencia de Mermadon y comentó meneando la cabeza, con desaprobación, mientras avanzaba hacia el robot para acondicionar mejor su tosca apariencia, una vez que la pusimos al corriente de las razones para haberle disfrazado así de una forma tan precipitada y poco apropiada:

-¡Oh ¡ pobre Mermadón, menuda facha le habéis puesto. Entiendo que no podíais encargarle a un sastre, un traje a medida –observó Candy con ironía- pero estas ropas tan deshilachadas y malolientes...-se horrorizó mientras intentaba componer con un mínimo de decoro, las astrosas ropas, haciendo que el robot asintiera abochornado, desviando la cabeza y a punto de arrancarse la barba postiza al mover el cuello, y comentase:

-Ya lo ve usted señorita Anderson, pero no tuve más remedio que cumplir las órdenes del señor Parents –admitió Mermadon pesaroso y un tanto contrito.

Di un respingo. Haltoran le había dotado de un remedo del sentido del ridículo, cosa que hasta entonces desconocía, pese a que me figuraba algo así.

-No quiero ni imaginarme de donde habéis sacado este traje tan arrugado y harapiento –dijo Candy desviando la cabeza, y arrugando su respingona y encantadora nariz moteada de pecas, ante el hedor que desprendían las desastradas prendas y que al notarlo tan de cerca, se hacía más evidente para la muchacha.

29

Mientras debatíamos acerca de lo que podíamos hacer Candy se había separado unos pasos de nosotros, para que no la viésemos llorar. Sus esplendentes ojos como esmeraldas vertían algunas furtivas lágrimas, que se empeñaba en mantener bajo control, aunque a duras penas lo conseguía. Mark y yo comentamos las posibles opciones, mientras ambos interrumpimos nuestro diálogo para seguir a la muchacha, a la que ambos habíamos amado, cada cual a nuestra manera y que había entregado su corazón a uno de aquellos dos hombres que parados frente a un tren varado en mitad de ninguna parte, eran partícipes de su dolor.

Mark no era partidario ni mucho menos de tener que dirigirse al otro extremo del mundo por causa de un hombre al que Candy solo conocía por fotografías, y que supuestamente era su padre. No tenían ninguna prueba de ello, más allá del testimonio de Eleonor, pero obviamente la hermosa madre de Candy no iba a mentirla ni ocultarla aquella parcela tan fundamental y crucial en la vida de su hija. Evidentemente, Eleonor pese a los años que había pasado alejada de Candy, era una mujer valiente, ya que venciendo su miedo al lógico y natural rechazo que despertaría en Candy la revelación que le hiciera en Chicago acerca de los orígenes de la muchacha se había atrevido finalmente a romper su silencio. Y por ende, la bella dama se sentía obligada de confesarle a su adorada hija, la última confesión que le quedaba por hacerle en referencia a su ascendencia.

Mark reflexionó en el dolor que la bella mujer había tenido que soportar no solo por el que suscitó en su esposa, al relatarle el secreto de su origen si no todo lo que tuvo que pasar, hasta que Candy la perdonase del todo y aprendiera a quererla, recuperando el tiempo perdido, pese a que Eleonor pasara con ella todas las horas que le fue posible arrancar a su miserable existencia para acompañarla y estar con su hija, en el Hogar de Pony. Si Eleonor hubiera criado a su hija en el sórdido ambiente en que ella, a duras penas sobrevivía y del que pese a todo, consiguió salir adelante, Candy sin género de dudas no habría podido hacerlo, sobre todo siendo un bebé. Por eso tuvo que tomar una decisión tan terrible pero necesaria, dejándola a cargo de las dos bondadosas mujeres que regentaban el Hogar de Pony tras informarse adecuada y discretamente de las referencias del hospicio y notando como el corazón se le desgajaba por la mitad, al tener que hacerlo cuando no era mucho mayor de lo que su hija lo era en esos momentos. Candy permanecía absorta en sus reflexiones cuando una pareja se le aproximó por detrás. Una muchacha de cabellos rubios y que portaba un sencillo vestido de color azul celeste, rozó la espalda de Candy con su mano derecha, casi como si hubiera acariciado la piel de nácar de la chica. A su lado, un muchacho de cabellos castaños y ojos ambarinos, elegantemente trajeado llevaba deferentemente del brazo a la chica. Candy se llevó las manos a los labios, alborozada pese a los contradictorios sentimientos que se agitaban dentro de ella y tomando a la chica por los hombros exclamó:

-Susan, Neil, me alegro tanto de veros juntos de nuevo…-dijo Candy con sinceridad.

Susan besó a la muchacha en la mejilla izquierda y comentó:

-Siento haber cometido esta estupidez de salir huyendo –declaró con un suspiro y cruzando una mirada afligida con su marido, que bajó la cabeza y observando la hierba que crecía junto a los polvorientos raíles sobre los que se hallaba detenido el tren, en torno al cual hormigueaba una multitud de viajeros aburridos e impacientes que deambulaban sin rumbo fijo, esperando a que los prometidos medios de transporte alternativo llegaran lo antes posible. El joven se pasó una mano por los cabellos castaños y levantando la vista la posó en el largo tren que, permanecía inmóvil cual coloso abandonado a su suerte en medio de un paraje desértico. Era como si semejase los restos fosilizados de un monstruo prehistórico que hubiese quedado varado allí desde hacía milenios, en mitad de ninguna parte perdiendo la vida en aquel solitario paraje. Neal miró a Susan y dijo restregándose una lágrima furtiva que se deslizaba por las comisuras de sus ojos y que traicionaba su estado de ánimo.

-Perdóname tú querida mía. Te dije cosas terribles, fui un maldito imbécil, el mismo tipo de imbécil que…-se detuvo unos instantes y miró a su hermana adoptiva. Inspiró aire antes de seguir hablando y añadió:

-Te maltrató tan duramente Candy.

Candy iba a disuadirle de que nuevamente le pidiese perdón. El sacrificio que realizó para protegerla del acoso de unos delincuentes que pretendían forzarla y su sincero y sentido arrepentimiento fue suficiente como para que Candy apreciara la inclinación hacia el bien del muchacho y el maravilloso cambio que se había producido en su alma y en su personalidad, cuando en la lejanía, se escucharon algunos bocinazos procedentes de una carretera que discurría en paralelo a las vías del tren así como el ruido de varios motores que se entremezclaban entre sí. Una larga comitiva de omnibuses y automóviles se aproximaba a los atribulados viajeros que celebraron la llegada de los vehículos, aunque algunos no pudieron por menos que expresar su desagrado por el tiempo perdido y forzado trasbordo, que les haría llegar tarde a sus respectivos destinos y que afectaría a sus asuntos personales.

Neal obvió de pronto sus muestras de arrepentimiento, para alivio de Candy que temía que el joven volviera a las andadas y tomando a su esposa de la mano, imprimió un tirón tan firme que Susan vaciló dejando escapar una leve exclamación de sorpresa.

-Vamos cariño, vamos –vociferó Neil como un chiquillo- regresamos a Chicago, a casa, a casa.

La compañía ferroviaria había tenido la prevención, con muy buen criterio además de disponer los suficientes vehículos como para permitir, que aquellos viajeros que optaran por interrumpir su viaje, tuvieran la posibilidad de regresar a sus puntos de origen, aparte de garantizar a los que pretendieran continuar hasta Nueva York, que pudieran hacerlo con la mayor comodidad y garantía posibles.

-Ahora voy Neal –le dijo Susan dándole a entender su intención de conversar unos minutos a solas con Candy.

Neil asintió mientras procedía a gestionar el retorno de ambos a Chicago, de donde se trasladarían a su hogar lo antes posible.

Ambas muchachas quedaron frente a frente. Susan inclinó la cabeza y dijo finalmente:

-Candy, espero que puedas encontrar a tu padre sano y salvo, y que puedas hablar con él.

Candy asintió. La emoción le embargaba y apenas era capaz de hablar con propiedad porque se le había formado un nudo en la garganta. Le había confesado a Susan el motivo de su inesperado viaje. Cuando ambas se encontraron cara a cara, ninguna era capaz de dar crédito a sus ojos. Lo último que se hubieran imaginado respectívamente es que, en el mismo tren que las dos mujeres habían tomado por motivos muy distintos se encontrasen tan sorpresivamente.

-No digas nada si no te apetece –comentó la joven actriz sonriendo levemente a Candy –es un viaje demasiado largo y peligroso, aunque yo no soy quien para dar lecciones de moralidad precisamente –comentó algo contrita recordando su súbita huída a ninguna parte –pero se trata de tu padre y creo que yo, en tu lugar haría lo mismo. Mis bendiciones van contigo querida amiga.

Candy abrazó a la muchacha buscando el calor de Susan para reafirmarse en su opinión de que lo estaba haciendo era totalmente correcto, aunque nuevamente tuviera que dejar a Marianne y a Maikel al cuidado de sus padres adoptivos y de su propia madre. Se preguntó si no estaría actuando egoístamente descuidando a sus queridos hijos, para encontrarse con una parte de su pasado, que tal vez no le gustase conocer si es que lograba acceder hasta la misma.

Cuando se separaron tras permanecer estrechamente abrazadas, Susan siguió hablando. Candy no había reunido aún las palabras suficientes como para expresar sus confusas y contradictorias emociones.

-Tu marido es un hombre bueno y dulce, pero no temas, no voy a arrebatártelo. Amo a Neil con toda mi alma, aunque no quería dejar pasar la ocasión para confesarte que estuve enamorada de Mark y que vivimos una relación muy fugaz antes de que la vuestra se consolidara plenamente. Puedes odiarme si es tu deseo Candy, pero no seas injusta con Mark, porque él entregaría su vida por ti si fuera necesario. Lo ví en sus ojos el mismo día en que lo conocí, salvándome la vida, y me mostró una foto tuya, Candy. Desde entonces supe que su corazón jamás me pertenecería, pero me ofreció permanecer a su lado a sabiendas que estaba enamorado de ti, y no de mí. Y acepté, y no me arrepiento en absoluto de haberlo hecho.

-Susan, ¿ cómo podría odiarte por amar ? –respondió Candy finalmente, consiguiendo articular las palabras que se le habían quedado trabadas en la garganta- ¿ cómo podría odiar a Mark después de ver como te ha salvado y de que manera ha ayudado a tantas personas desde que le conocí ?

-Por eso te cuento esto querida amiga –dijo Susan mientras se recomponía los pliegues de su vestido y observaba su pierna derecha, que Mark con sus reflejos y arrojo evitó que quedara aplastada y mutilada bajo los pesados focos negros que se desprendieran de las tramoyas del teatro –porque no quiero que entre él y tú haya malos entendidos y porque sepas, que en ningún momento dejó de amarte y menos cuando yo creí que podría olvidarte refugiándose en mí. Por eso, Candy no sacrifiques tu amor y perdónale. Si debes de odiar a alguien, ese alguien, insisto debo ser yo.

-Nunca podría odiarte Susan, jamás –repitió Candy conmovida- y menos después del sacrificio que tuviste que hacer para tener que separarte de él, amándole como le amabas.

Ambas jóvenes se estrecharon las manos mientras Mark en un discreto segundo plano, observaba la emotiva escena, mientras Neal regresaba con los dos justificantes que les permitirían tomar plaza tanto a él como a su esposa en un cómodo ómnibus que les llevaría de vuelta, aunque tardase varias horas en completar el recorrido. A Neil le daba lo mismo, porque habiendo recuperado a su esposa tenían toda la vida para amarse y desandar el aciago camino emprendido por ambos de una forma un tanto insensata y poco meditada.

30

Una vez que las despedidas hubieron concluido, una vez que Candy y Susan se sincerasen prometiéndose volver a verse y reafirmándose Candy en su determinación a dar con el paradero de su padre costase lo que costase, mientras los últimos viajeros iban subiendo a los medios de transporte alternativos, puestos a su disposición por la compañía ferroviaria, quedándose gradualmente solos. Neal y Susan tomaron asiento en uno de los omnibuses, mientras Mark después de soltar un suspiro que había estado conteniendo por largo tiempo, se apartó discretamente, de algunos viajeros que habían decidido permanecer voluntariamente allí, hasta que el puente que se había derrumbado con gran estrépito, fuera sustituido por otro provisional, construido por una cuadrilla de obreros que trabajaban permanentemente en él, casi las veinticuatro horas del día. Pese a que se hubiera intentado disuadirlos, aquellos testarudos viajeros concluirían su viaje en el mismo tren, donde afortunadamente no faltaban las provisiones para mantenerles con vida, pese a que la construcción del puente provisional fuera a durar cerca de dos días y quedasen allí aislados en medio de unos contornos prácticamente desiertos y cubiertos por un espeso manto de nieve que se extendía por doquier. Sin embargo, con los empleados desplazados hasta allí para atender a los viajeros llegaron también algunos médicos y personal sanitario por si alguno de los pasajeros requería de sus servicios y que el gobernador del estado había puesto a disposición de los mismos, con el beneplácito de los responsables de la línea ferroviaria. Mark se alejó unos pasos comprobando que nadie pudiera ser testigo de lo que iba a hacer, pese a que en si no tuviera nada de extraordinario. Se ocultó detrás de un vagón correo y empezó a despojarse lentamente de sus ropas de época, mientras su ajada y curtida vestimenta del siglo XXI hacía su aparición, a medida que su impecable atuendo iba dejando al descubierto aquellas prendas tan desgastadas y que fueron alcanzadas por el bombardeo de partículas que cambió radicalmente a Mark.

Candy le estaba buscando, porque mientras nos despedíamos de Neil y de su esposa que ya se habían acomodado en el interior del ómnibus, ella le buscó con la mirada pero no consiguió dar con él. Extrañada de su ausencia y asaltada por un presentimiento que hizo que se pusiera tensa como si la hubiese recorrido una corriente eléctrica, se terminó de despedir de Susan y de su hermano adoptivo, mientras yo y Mermadon nos miramos sin saber que hacer o que decir. Neal, arqueó su ceja izquierda en un gesto característico y ya clásico en él. Miró a su esposa, tomando sus manos con emoción y dijo con cierto pesar:

-Me temo que la noticia de que el padre de Candy está vivo y prisionero en algún lugar de Rusia, ha afectado demasiado a mi hermana –comentó el muchacho con tristeza.

-Lo sé querido, lo sé –comentó ella asustada y temerosa por la suerte de Candy en una tierra tan remota y que se le antojaba igual de inhóspita e inaccesible- pero tiene derecho a ir en busca de su padre. Ojalá tenga éxito –dijo la actriz retirando algunas lágrimas de sus ojos verdes.

-Junto a Mark no podrá ocurrirla nada –comentó Neil recordando con afecto, como aquel misterioso joven enmendó la torcida senda en la que había entrado su vida, y que le hubiera conducido a una espiral de autodestrucción cada vez más voraz y sinuosa, cuando le defendiera de los puñetazos que Albert pensaba asestarle, como merecido por sus intentos de intentar dañar levemente al caballo preferido de sus padres, para cargarle luego las culpas a Candy. A partir de ese día empezó a reflexionar. Cuando conoció a Susan, estaba plenamente convencido de que aun había espacio en su alma para el bien y que tenía enmienda.

-Gracias a él –declaró el joven castaño observando el paisaje nevado que les rodeaba, como una enorme sábana de algodón- comprendí que mi vida no iba a ninguna parte, y que desde que me encontré contigo, cuando estabas perdida y desorientada bajo la lluvia, llorando un amor irrealizable como me sucedía a mí, con mi hermana, supe que podría volver a amar, pese a que le dije a Candy, que seguramente no sería capaz de hacerlo.

Neil evocó el momento en que confesó sus sentimientos a Candy, poco después de que recobrase la salud debido a la intervención in extremis de Haltoran, al que jamás estaría lo bastante agradecido por su ayuda. Y gracias al joven pelirrojo, su hermana se dio cuenta, aunque lo hiciera más tarde que él, que una existencia basada en el odio no conducía a nada. Neil expresó esos pensamientos en voz alta a su mujer, la cual notó como una oleada de orgullo y amor hacia el arrepentido Neil, por haberla tratado con tal extrema dureza la embargaba.

-Neal amor mío –declaró ella con voz sofocada, mientras sus coletas se removían inquietas, cuando se acercó de improviso a Neil, para manifestarle su amor.

Susan apretó las cálidas manos de su marido entre las suyas y se acomodó junto a él, ya que estaban en plazas opuestas aunque el uno frente al otro y dejándose caer en el mullido asiento, reclinó su cabellera dorada en el pecho de Neil, que la rodeó con sus brazos para acto seguido, besarla tiernamente. Susan cerró los ojos y le correspondió con toda la efusividad de los sentimientos, que atesoraba en su alma, esperando liberarse al fin. No les importó que la veintena larga de viajeros, con los que compartían el angosto interior del vehículo colectivo les observaran fijamente y con sumo interés, con una sonrisa en la mayoría de los rostros. Cuando ambos jóvenes desplegaron sus labios, una cerrada ovación celebró sus muestras de cariño. Susan sintió que se avergonzaba por momentos, pero Neil, orgulloso de su esposa, saludó a la concurrencia con una leve inclinación de cabeza, mirándoles con agradecimiento, para decir con voz firme y clara que llenó de asombro, a la par que de orgullo a su esposa:

-Hoy, mi esposa y yo nos hemos reconciliado después de una larga y dolorosa crisis entre ambos, pero a partir de ahora –comentó mirándola con ojos brillantes- no me separaré de ella jamás.

-Ni yo de ti, amor mío –declaró Susan a media voz mientras las lágrimas corrían libremente por sus mejillas nacaradas, y el ómnibus se ponía finalmente en marcha, con un sonido renqueante y asmático procedente de su motor deficientemente puesto a punto, botando sobre la bacheada carretera que enlazaría con otra de mejor firme, llevándolos de vuelta a la cotidianeidad de sus vidas. Mermadon y yo agitamos la mano despidiéndonos de ello y me pregunté si no habría sido lo correcto acompañarles mientras recordamos que debíamos buscar a Candy, que se había apartado imprevistamente de nosotros.

31

-No, no, no, Mark, no –los gritos de Candy me pusieron los pelos como escarpias, mientras Mermadon, dificultado por las ropas de mendigo que prácticamente se le caían a pedazos y la nieve sobre la que resbalaba continuamente apretaba el paso, apremiado por mí. Cuando llegamos junto a ella, la encontramos llorando, abrazada a Mark. Candy rodeaba la cintura de su marido con ambos brazos enlazados sobre el pecho del joven y reclinaba su rostro contra la espalda de nuestro amigo.

-No quiero que utilices esa sustancia, por favor, me lo prometiste, no quiero verte sufrir más –sollozó Candy cuyas lágrimas se disipaban en el frío ambiente que nos rodeaba . Mark se giró lentamente para envolverla entre sus brazos. Sabía que podía utilizar el iridium libremente, sin que nadie se lo impidiera y mucho menos Candy, pero no lo haría, porque podría infligir graves quemaduras a la muchacha, aunque la razón de más peso era la que también resultaba más evidente y saltaba a la vista. Candy le suplicaba con voz trémula, que me resultó sorprendentemente dulce y sobrecogedora, que no desatara su poder.

Mark suspiró y trató de hacerla entrar en razón, acariciando sus cabellos rubios con ternura. No es que le agradase utilizarlo, de hecho le producía consternación y pesar desatar sus efectos, pero si no se servía de él no llegarían a tiempo de tomar el barco que los conduciría hasta Europa, porque zarpaba en menos de hora y media, si es que el capitán del barco, célebre por la estricta rigidez, con la que aplicaba los ajustados y leoninos horarios de partida y de llegada del buque, hacía honor a la fama que se le atribuía al respecto.

-Cariño –dijo Mark con el tono de voz más sereno y afable que logró adoptar- sabes que si no lo hago, perderemos el buque.

Entonces Candy estalló. Recordó los durísimos y aciagos momentos en los que estuvo a punto de perder a Mark, por razón de la aborrecida sustancia que corría por sus venas, que paradójicamente les había permitido conocerse, y que mantenía a Mark con vida.

-No, casi te perdí en el siglo XXI, o cuando Albert nos hizo víctimas de aquella venganza tan taimada y terrible. No, no quiero volver a pasar por eso nunca más.

La mención de Albert hizo que Mark se pusiera tenso, pero no dejó traslucir emoción alguna al respecto, cuando Candy levantó su cabeza para fijar sus ojos verdes de belleza inhumana en los de Mark, cuya magnificiencia y color azabache cautivaron a Candy desde el primer momento en que quedó prendada de los mismos.

-No me importa no conocer a mi padre, suponiendo que sea él. No soportaría perderte Mark, no, de nuevo, no. El es un completo desconocido para mí, pero tú lo eres, junto con nuestros hijos todos para mí.

Entonces Mermadon se aproximó a los tres tomando la iniciativa y sorprendiéndonos con las siguientes palabras:

-Yo podría llevarles a los tres, señorita Anderson y llegaríamos a tiempo. Sólo tienen que sujetarse con mucha fuerza a mí.

Mark posó su mano derecha sobre el hombro del robot, el cual tuvo que inclinarse ligeramente para que el joven pudiera realizar aquel gesto de confianza y complicidad que al robot le encantaba, porque le hacía sentirse importante entre sus amigos humanos y dijo:

-Pero somos tres Mermadon. ¿ Podrías despegar con tanto peso encima ?

-Bueno –el robot se quedó momentáneamente callado para realizar unos rápidos cálculos que se ejecutaron en su cerebro a la velocidad de la luz para retomar la palabra y añadir- la señorita Candy tiene un peso muy liviano, lo cual no supondría mayor problema para mí, aunque por seguridad lo mejor sería que la sujetara con una de mis manos. Perfectamente puedo llevarle a usted y al señor Parents , aunque andásemos justo en el límite máximo del peso que puedo transportar. Llegaríamos en menos de una hora, justo a tiempo de coger el barco.

Caminé hasta Mermadon y plantándome ante él le miré fijamente Al percatarse de que lo observaba, dirigió sus sensores ópticos, que brillaban ligeramente con un tenue resplandor rojizo. Noté un estremecimiento. Era una suerte que aquella mole metálica estuviera de nuestra parte. No quise ni plantearme que nos habría sucedido, si hubiese sido al revés y además, el robot mostrase tendencias violentas. Mermadon captó mi súbita y momentánea reacción de temor y lo achacó a mi preocupación por la conocida fobia que el robot albergaba hacia el agua, aunque fuera una charca de poca profundidad, y que le impelía a no acercarse a menos de diez kilómetros de un curso de agua.

-No debe temer por mí. El señor Hasdeneis retocó mi programación para que solo albergue temor hacia el agua si fuese a quedar completamente sumergido en ella, o bañado en parte considerable, por la misma. Ahora puedo sobrevolar el mar o subir a un medio de transporte acuático sin experimentar miedos o fobias en relación con el líquido elemento.

Candy pareció serenarse. La posibilidad de viajar sobre un robot por los aires en compañía de su marido y mía, se le antojaba ridícula e incómoda, pero la prefería una y mil veces, a tener luego que asistir a Mark mientras era testigo del triste espectáculo de ver como su espalda y hombros, soltaban aquella sustancia negruzca para filtrar la sangre de Mark, limpiándola de toda toxicidad. Una vez que eso sucedia, la misma sangre, ya depurada, manaba en su color habitual hasta que las heridas se cerraban por si solas, sin el menor rastro de cicatrices por ninguna parte. Conferenciamos brevemente entre nosotros y finalmente, Candy a la que dejamos la decisión final, por ser a quien atañía e interesaba decidir sobre la posible continuidad o no, del dilatado periplo, asintió declarando con voz tenue y calmada:

-Iré a Rusia. Ahora que no tienes que emplear esa sustancia, amor mío –le dijo a Mark alborozada, esbozando una gran sonrisa, y pellizcándole la mejilla y la nariz con deferencia-, estoy más decidida que nunca a conocer a mi verdadero padre.

Mark y yo intercambiamos una significativa mirada. No estábamos muy convencidos, pero aquella decisión de Candy no era nada comparada con todas las modificaciones, intromisiones y demás desmanes que habíamos causado todos nosotros desde que Mark irrumpiera por error, -aunque tampoco fuera culpa suya realmente- en un tiempo que no era el suyo, aparte que ella estaba en su pleno derecho a localizar a su progenitor si así lo estimaba oportuno.

Ella y Mark se fundieron en un sólido abrazo, mientras yo, asintiendo y exhalando un tenue suspiro, les dí la espalda para caminar pesadamente con andar torpe y vacilante, arrastrando los pies.

Noté un incómodo ramalazo de nostalgia y anhelo de alcanzar, lo que nunca sería para mí. Me alejé discretamente, cuando Candy que me conocía mejor que yo a mi mismo, notó como mi figura ligeramente encorvada parecía debatirse en medio de una sorda y honda pena. La muchacha recordó los momentos en que me había visto así y se separó de Mark cuando este recordó que debía concretar con Mermadon las condiciones en las que se desarrollaría el inestable y veloz vuelo, que no sería ni cómodo ni agradable, y menos con tres en vez de dos personas, que esta vez tendría que llevar el robot a cuestas. Candy vio como pasaba por deltante suyo musitando un saludo que pretendió sonar alegre, pero que dicho sin convicción reveló toda la amargura que parecía ir aparejada al mismo. Candy musitó mi nombre en voz baja y dijo mientras se ajustaba el complicado sistema de cierre de las cintas de su sombrero de flores, que a modo de barboquejo, mantenían fijo el aparatoso sombrero sobre los dorados y ensortijados rizos de Candy.

-Maikel, querido amigo, ¿ es justo que yo sea feliz junto a Mark, mientras tú te desmoronas un poco más a cada día que pasa? –se preguntó así misma, contemplando la pena que me embargaba y que intentaba disimular como buenamente podía.

Candy había descubierto gracias a su formidable intuición que pocas veces, la fallaba, que algo malo había pasado entre Clara y yo, algo tan negativo que había hecho que rompiéramos y que nuestra relación hubiese quedado definitivamente y sin posibilidad de arreglo, arruinada. Aunque guardaba celosamente el secreto y no había contado a nadie mis desdichas para desahogarme, de alguna manera, mi amiga lo sabía y lo había descubierto, o por lo menos lo sospechaba.

-Maikel –declaró conmovida sin atreverse a interrumpir mis reflexiones mientras permanecía sentado sobre una piedra cilíndrica y pulimentada bostezando ruidosamente, y estirando los puños bien en alto para desperezarme –ella te ha dejado. ¿ Por qué el destino es a veces tan cruel contigo, querido amigo. por qué ? ¿ y por qué no me contaste nada ? ¿ por qué ? –preguntó con harto dolor y tristeza, mientras su afecto, se transformaba en una gran pena y conmiseración hacia mí. En uno de mis exagerados bostezos, mis manos rozaron levemente mis gafas haciendo que resbalaran de mi nariz, y cayeran directas hacia el suelo. Sorprendentemente reaccioné con una agilidad impropia en alguien como yo, y tal vez, actuando por puro acto reflejo, recogiéndolas al vuelo, mientras soltaba una sonora imprecación, que tal como la dije sin pensarlo, con voz algo más alta y nerviosa de lo normal hizo que Candy riera quedamente ante mi, sin mala intención.

Yo, mientras cavilaba la forma y manera en la que podríamos llegar a Nueva York, surcando el aire a lomos de un robot volador sin que medio país nos apuntase con el dedo cada vez que sobrevolarámos sus incrédulos rostros. Desde luego, tenía que ser digno de ver a una hermosa muchacha a lomos de un robot volador, acompañada por un joven alto y vestido inusualmente y a los que acompañaría un hombre obeso con cara de circunstancias, y tal vez de miedo por la altura alcanzada y que contemplaría temeroso la tierra que iba discurriendo bajo sus pies, a través de sus gafas ansiando poner los pies sobre la misma, de una vez por todas.

-Sobre todo ahora que Mermadon no puede apantallarse –comenté airado sin saber como podría solventarse aquel detalle de la invisibilidad del robot, que se había extinguido temporalmente, mientras daba cerradas vueltas sobre mi mismo, y poniendo nerviosa a Candy, sin importarme que mi cuerpo estuviera tiritando de puro frío y mis dientes castañeteando a todo tren.

-Brrrr que inviernos más fríos e inclementes, hacen en este país –me quejé pateando la nieve para entrar en calor y frotándome las manos, lo que entreveraba con insistentes resoplidos sobre mis despellejados nudillos, cosa que naturalmente no logré estando como estábamos a la intemperie. Mermadon desplegó un termómetro retráctil con el que resistró una temperatura de dos grados bajo cero, que emergió de su pecho y que procuré ocultar precipitadamente con mi oronda figura, no fuera que alguna mirada indiscreta lo captara inadvertidamente.

-Sí, señor Parents, hace bastante frío, desde luego –comentó el robot con su voz meliflua y que emergía ligeramente deformada, tras la espesa barba postiza que pendía de su mentón metálico confiriéndole un cómico e inusual aspecto.

-Pliega ese termómetro ya –le espeté precipitadamente hablando en voz baja- solo falta que alguien te vea –no hace falta que imites a R2D2.

-¿ Decías Maikel ? –me preguntó Candy que recogiéndose la larga falda de su vestido, para que la nieve no mojara los volantes más próximos al suelo, avanzó hasta mí, temiendo que me pasara algo.

-No, nada, nada Candy –dije intentando prepararme mentalmente para el largo viaje que se avecinaba, contando que no fuésemos noticia sensacionalista antes de llegar a Nueva York.

32

-Me opongo –exclamó Candy negando reiteradamente con la cabeza e ignorando los requerimientos de Mark, que rogaba a su esposa que recapacitase sobre su proceder.

Candy observó a Mermadon y lo encontró demasiado pesado y tosco como para elevarse en el aire. Había pasado por una desagradable experiencia cuando el avión construído por Stear con materiales en desuso y que el ingenioso y voluntarioso joven había ido recogiendo de aquí y de allá, dado que su familia se negaba a continuar financiando lo que definían como "caprichos y pasatiempos sin sentido" se desarmó en pleno vuelo cuando Stear obsequió a su amiga con un vuelo sobre la mansión de Chicago tras convencerla a trancas y barrancas de que accediera a acompañarle. En un principio todo parecía ir bien, hasta que "el Rey del Cielo", como así había bautizado el intrépido Stear a su avión, comenzó a desarmarse por la parte superior de su superficie alar, tras una pasada rasante. Luego se desprendió la cola y finalmente ambos tuvieron que saltar. Aunque el paracaídas de Candy y de Stear, habían funcionado bien desplegándose al instante, Mark ascendió rápidamente recogiendo a su esposa antes de que llegase a tocar el suelo y cuando fue a ayudar a Stear, este le hizo señas de que no se preocupara porque ya estaba prácticamente llegando al suelo. Debido a eso, la muchacha temía que el robot, mucho más seguro y perfeccionado que los inventos de Stear pudiera ocurrirle lo mismo.

-Y por otro lado –dijo Candy enojada ante la insistencia de Mark- no pienso surcar el aire a bordo de un robot, como si fuese una bruja montada en su escoba. No insistas cariño, no voy a ceder. Encontraremos otro medio para ir a Europa.

Encontré la comparación chocante y un tanto divertida y sin querer, se me escapó una breve risa que agitó mis hombros confiriéndome un curioso aspecto. Candy se giró para mirarme y en vez de enojarse, acompañó mi hilaridad con la suya, mientras un pensamiento cruzaba su mente:

"Maikel, me alegro tanto de verte feliz. Quisiera que siempre rieses como ahora".

Casi al mismo tiempo, el semblante de Candy se ensombreció repentinamente. Su padre sería juzgado en un plazo de tres meses, pero ¿ qué ocurriría si adelantaban la vista ? ¿ qué pasaría si lo fusilaban antes de que pudiera verle ?

Candy no podía saberlo pero en las más altas esferas se había decidido ya en secreto, conmutarle la pena capital por la de cadena perpetua. Simplemente sería más disuasorio mostrar un castigo largo y penoso que una ejecución rápida y breve. En otras palabras, la suerte del infortunado cautivo ya se había decidido de antemano.

-Para entonces Candy, puede que ya sea demasiado tarde –argumentó Mark bajando la cabeza, y temeroso de que la muchacha se enfadara con él por volver nuevamente sobre el mismo tema.

Candy odiaba tener que pedirle aquello a Mark. No deseaba que utilizara el iridium, pero el joven tenía razón. Si no llegaban a tiempo de coger el barco, su ya de por si largo e incierto viaje se retrasaría otra vez de forma ineluctable y puede que indefinida. La muchacha tomó aire y se preparó para pedirle a Mark que utilizara sus poderes. Estaba actuando egoístamente a su entender, sobre todo cuando Mark casi siempre había tenido que recurrir al iridium por causas de fuerza mayor. Observó los ojos negros del joven que la contemplaba expectante con un curioso atuendo, en el que las prendas del siglo XX se entremezclaban con otras que aun no existían y que llevaba debajo del elegante traje beige que se había enfundado.

Candy desplegó sus labios y comenzó a musitar algunas palabras que Mark intuía que pronto pronunciaría:

-Mark, yo…yo…-dijo Candy entrecruzando sus manos sobre el regazo- tengo que pedirte algo…yo…

No pudo concluir la frase. Las lágrimas anegaban sus bellos ojos verdes. Estaba temblando mientras musitaba:

-No, no puedo pedirte algo así, Mark –dijo sacudiendo la cabeza con tal vehemencia que su sombrero estuvo a punto de salir despedido- no puedo ni quiero que utilices esa cosa.

Mark levantó suavemente el rostro de Candy por el mentón hasta que las pupilas de esmeralda se encontraron con el oscuro firmamento que titilaba en los ojos de su esposo. La muchacha temblaba de pies a cabeza sosteniendo una dura lucha interior. Deseaba poder hablar con su padre, cerrar esa brumosa etapa de su pasado para que no lo hiciera en falso, pero al mismo tiempo no podía arriesgar la vida de su esposo, el cual lo era todo para ella.

-Candy mi amor –le dijo Mark con voz suave y acariciadora- no tienes que temer por mí. Sabes que haría cualquier cosa por ti, cualquiera. Te llevaré conmigo, surcaremos el cielo y llegaremos a tiempo. No tiene porqué ser ni traumático ni doloroso. Recuerda las veces que hemos volado juntos, tú y yo solos. Para mí es algo tan hermoso que resulta indescriptible. Hasta el iridium se torna más dulce y pacífico. No me va a pasar nada. Sabes que haré lo que tú decidas y respetaré tu decisión sea cual sea.

-Mark, yo, yo…-Candy le estrechó entre sus brazos con tanta fuerza que las uñas de la joven se clavaron en la piel de Mark haciéndole algunos rasguños sin mayores consecuencias. El joven moreno no dijo nada para no romper aquel estrecho contacto con la mujer que amaba más que a su propia vida.

Aquella imagen de ambos abrazados me recordó algo que faltaba en la mía, algo que una persona como yo, acostumbrada a la soledad y a no destacar especialmente en sociedad anhelaba aunque tampoco lo perseguía fehacientemente. Simplemente me resignaba a mi suerte, con el falso consuelo de que no era lo suficientemente diestro en tales disciplinas. Rocé a Mermadon con la mano y le susurré para no interrumpirles:

-Vámos Mermadon, dejémosles solos.

El robot me obedeció y nos apartamos unos pasos para que Mark y Candy tuvieran un poco de intimidad. "Comparsas de los héroes" me había definido una vez ante Candy, cuando conversamos hacía ya tanto, después de la cruenta batalla contra Norden y sus tropas. Sentía que aquella definición me venía como anillo al dedo en esos instantes.

"Maikel" –pensó Candy, apenada al ver como me iba retirando discretamente para no importunarles. Dejó escapar algunas lágrimas. Mark lo atribuyó al cúmulo de emociones por el que Candy estaba pasando y que debía de respetar, porque de esa dura lucha interior surgiría una decisión que más temprano que tarde Candy debería adoptar, si no deseaban perder el barco a Europa. En ese momento, el rugido de un motor hizo que elevásemos nuestras miradas hacia arriba, al mismo tiempo que un grupo de viajeros que habían optado por permanecer allí aguantando estoicamente por un raro sentimiento de fidelidad a sus planes originales de ir a Nueva York en aquel tren, o por diversos motivos nos imitaron. Un avión de fuselaje alargado y enteramente gris picó hacia ellos descediendo tan suavemente que Candy creyó que una mano gigante lo sostenía de un fino e invisible hilo dejándole caer con suavidad a tierra. El avión fue bajando gradualmente hasta que sus ruedas dotadas de neumáticos especiales rozaron el suelo y tras varios saltos en los que el tren de aterrizaje no terminaba de aposentarse sobre el suelo nevado, logró tomar contacto definitivo sobre la tierra, mientras el piloto iba disminuyendo la velocidad haciendo que la gran hélice principal fuera perdiendo empuje. Una vez que la aeronave se detuvo definitivamente tras una corta carrera a pocos metros del tren y algunos viajeros que asustados se retiraron en desorden, creyendo que el aparato terminaría por arrollarles en medio del ronroneo del motor que resultó ser más silencioso que otros de su clase, mientras la hélice aun continuaba girando por efecto de la inercia, las puertas de la cabina se abrieron y dos hombres descendieron sobre la nieve con un ágil salto. Uno de ellos era rubio, enfundado en un mono de vuelo y con una larga bufanda blanca rodeándole el cuello, el otro era un hombre de ojos grises y de cabellos castaños muy cortos. Ambos caminaron lentamente hacia los escasos pasajeros que aun no habían reaccionado, mudos de asombro por la inesperada llegada del aparato. Había algo familiar en uno de ellos que a Candy le llamó la atención:

-Richard –exclamó la rubia con voz ligeramente alterada y chillona al reconocerle.

-Candy –clamó el periodista incapaz de dar crédito a sus ojos.

Richard corrió hacia su amiga estrechando efusivamente sus manos. Candy evitó darle un abrazo, no porque Mark pudiera mostrarse celoso si no porque la presencia de varias damas y caballeros que observaban a los recien llegados con indisimulado reproche no aconsejaba extenderse en demasiadas muestras de cordialidad.

-Es usted un irresponsable –reprochó al piloto, un anciano calvo de levita negra y una pronunciada barbilla –creíamos que iban a arrollarnos.

-Debieron tener más cuidado –coincidió una mujer rubia entrada en la cuarentena, y de elegante y altivo porte, enfundada en un vestido oscuro –hay niños y gente anciana y nos han puesto en peligro a todos. ¿ Dónde tiene usted los ojos, joven ?

El piloto se quitó la gorra de anteojos revelando un indomable cabello rubio que no había forma de obligar a que siguiera las directrices que cualquier cepillo tuviera valor de imponerle y sonrió. Su rostro moteado de pecas y su expresión jovial desarmó a la airada dama:

-Perdónenos señora y todos ustedes. Nunca tuvimos la intención de asustarles o causarles daño alguno, pero cuando vimos el tren detenido decidimos aterrizar, por si alguno de ustedes necesitaba nuestra ayuda.

El desparpajo de John Alcork había contribuido a apaciguar los ánimos, una vez que todos los que quisieron recibirlas, tuvieran su dosis de excusas y disculpas hasta saciarse. Candy contribuyó con sus buenos oficios a ayudarle llamando la atención del piloto. Una vez que el ambiente se distendió, tuvieron lugar las presentaciones de rigor entre ambos hombres y todos nosotros. Richard relató las circunstancias que le habían llevado a asociarse con su nuevo y reciente amigo para afrontar un largo e incierto periplo y Candy a su vez, confesó a su amigo los motivos del suyo. Ambos amigos se sorprendieron cuando salió a colación el destino de sus respectivos caminos:

-Rusia –dijo Richard con cierto asombro. Pero las sorpresas aun no se habían terminado quedando las más increíbles para el final.

Richard contó a Candy sus razones para desplazarse hasta el remoto país, y sus palabras fueron calando hondo en la muchacha rubia, hasta que el periodista llegó al punto culminante de su relato diciendo:

-En definitiva, Candy estoy buscando a mi prometida Katia. Me dejó una carta en la que me explicaba que se dirigiría a Rusia para intentar contactar con su padre, James O´connor un importante noble escocés, que tenía que resolver unos asuntos pendientes referentes a su difunta esposa o algo así.

Candy se quedó de piedra. Tuvo que sostenerse en Mark para impedir, que el repentino mareo que la invadió, propiciase que se desmayara. Con un esfuerzo por continuar hablando y contener los temblores que la agitaba dijo con un hilo de voz, algo que hizo palidecer a su amigo ya de por si, atemorizado por la súbita palidez que había invadido la piel de Candy confiriéndole un aspecto casi cadavérico:

-Ese hombre es mi verdadero padre, Richard. Por tanto, Katia es mi hermanastra.

33

Una ominosa sensación se había extendido entre todos nosotros. La inicial alegría por la inusual coincidencia de que dos viejos amigos se reencontraran en circunstancias tan peculiares, quedó empañada por la increíble exactitud de los propósitos que les habían impulsado a emprender un viaje tan increíble y largo y que habían terminado relacionados. Candy tuvo que ser atendida por un anciano caballero que resultó médico y que se interesó por el a su juicio, preocupante estado de la muchacha, mientras todos los demás conferenciábamos entre nosotros. Entonces, John propuso algo que prácticamente aprobaríamos por unanimidad. Tras meditar unos instantes, mientras Richard ponía en antecedentes a Mark de su relación con Candy, tranquilizándole de inmediato, ya que se había imaginado que tal vez se tratara de otro antiguo amor de su esposa que pudiera disputarle su corazón o arrebatárselo, el joven piloto propuso a bote pronto:

-Yo creo que deberíamos emprender el viaje juntos. El "Halcón gris" es lo suficientemente amplio como para que todos podamos viajar cómodamente y a mí tanto me da desplazarme a un sitio u otro, con tal de promocionar las ventajas de establecer rutas aéreas comerciales.

Mermadon y yo nos miramos. Que fueran Mark y Candy tenía un pase, pero que nos agregásemos nosotros dos tal vez, fuera abusar demasiado de la hospitalidad y altruismo de aquellos dos hombres.

-No sé que dirá el señor Harris a todo esto –comenté tímidamente, mirándole de reojo, pensando en como íbamos a justificar el secreto de Mermadon, porque tarde o temprano terminaría descubriéndose. Ya de por si, las afectadas y exquisitas maneras del robot que no cuadraban en absoluto en alguien de tan lamentable aspecto que infudía algo de desconfianza en el periodista. Para mi sorpresa, el joven sonrió y comentó:

-Si mi amigo John no tiene ningún inconveniente de que nos acompañéis, yo por mi parte tampoco. Veo que sois buenos amigos de Candy y por ello, si ella me lo pide, estaría encantado de que vengáis con nosotros.

En ese momento, Mermadon actuó por su cuenta y contraviniendo la orden que le había dado que no dijera ni hiciera nada hasta que yo lo estimase oportuno, hizo una exagerada reverencia haciendo que la descolorida barba postiza cayera al suelo y propiciando ante el estupefacto piloto y el periodista lo que tanto había temido que sucediera al revelarles involuntariamente lo que realmente era.

En vez de un rostro humano se encontraron con una faz metálica carente de exprevisidad y en la que brillaban dos puntos de luz rojos como ascuas ardientes tras una especie de cristal o visera blindada, bajo los cuales se vislumbraba una suerte de rejilla que hacía las veces de boca del robot. Cómo ya no tenía vuelta de hoja, lancé un suspiro de resignación y le ordené al robot, que me obedecería con sentida alegría, de desprenderse de un atuendo tan sucio y poco apropiado, incluso hasta para él:

-Quítate esas ropas Mermadón, ya no tiene importancia –dije con un leve encogimiento de hombros ante las expresiones interrogantes y asombradas de ambos hombres.

Mermadon sacudió su cuerpo deshaciéndose de las astrosas y desastradas prendas que cayeron sobre la nieve a sus pies, revelando un cuerpo metálico y bruñido que lanzaba reflejos ante los ojos como platos de nuestros interlocutores.

34

No hubo más remedio que recurrir a una nueva secuencia de explicaciones, embarazosas y largas, a la que nos veíamos abocados por obligación, a dar cuando la aplastante evidencia de los hechos, revelaba una vez más nuestros más ocultos secretos, debido a nuestra poca o nula capacidad para preservarlos de ser expuestos a la luz. Sin embargo, antes de que Mark tuviera que hacer brotar fuego de sus antebrazos, antes de tener que rogar encarecidamente que preservaran el anonimato de tal evidencia, mi joven amigo tuvo una idea que podía en parte reconducir el imprevisto y feo cariz que habían tomado los acontecimientos. Richard era periodista y no le era totalmente ajeno ni desconocido que el padre adoptivo de Candy, regentaba una floreciente y próspera empresa de patentes e invenciones, en la que trabajaba con su hijo Neil. Por eso, intenté justificar ante el joven reportero que Mermadon era un prototipo de autómata artificial, que estábamos probando para evaluar sus reacciones en sociedad, y que lo habíamos disfrazado para que interactuara con otros seres humanos. Pero la historia no cuadraba, ni Richard estaba dispuesto a tragársela.

-Claro, claro –argumentó el joven mirándonos con suspicacia- y vais a dirigiros a Rusia con este ser artificial, a probarlo en condiciones climáticas extremas me imagino –dijo con un deje de sarcasmo en la voz.

Me eché a temblar. Si aquel hombre conseguía desentrañar el misterio de un robot tan sofisticado, como hiciera el inteligente sobrino de Wilson, el mandatario que recabó nuestra ayuda para evitar que la Historia fuera cambiada con aviesos propósitos, tal vez consiguiera llegar al fondo de la cuestión llegando por ende a adivinar nuestra verdadera procedencia. Mientras, Richard que no tenía un pelo de tonto puso a trabajar su analítica mente de avezado informador y recordó una confusa historia que había descubierto en un dossier secreto de su amigo Joseph Hayes, por casualidad cuando acudió a visitarle a su apartamento de Broadway. Lo que allí leyó le pareció absurdo e irreal, antes de que el abogado descubriera que se había dejado la carpeta con información confidencial en la casa de su amigo y volviera sobre sus pasos en su búsqueda. En aquellos documentos, no se mencionaba nada de un robot, pero si que nos describía a la perfección de tal manera, que por ese incómodo incidente con la barba falsa de Mermadon, evocó rápidamente la historia que por absurda había quedado enterrada entre las brumas de sus recuerdos anteriores, pero que rescató con inusitada rapidez. Allí estaba el hombre obeso de ojos marrones y cabellos ralos, el joven de mirada torva y cabellos de azabache y faltaba el pelirrojo de ojos verdes y su amigo con aspecto de marioneta o de risueño niño. No podía ser de otra manera. En la loca historia de Joseph había algún trasfondo de verdad y el robot era una evidencia de que tal vez, fuera cierto, así como los extraños y anómalos hechos que parecían rodear a Mark. En ese momento, caminando junto a la vía y contemplando la dantesca visión de Mermadon sin su mugriento disfraz, desvelado ante los ojos de su amigo y el piloto tal cual era en su verdadera naturaleza, Candy les observó inmóvil y balbuciente. Se había recobrado de su súbita indisposición, cuyo origen el anciano médico que tan amablemente la había atendido, achacó a un malestar pasajero debido al frío, antes de que la joven tuviera que elaborar una nueva excusa, evitándole ese trago, porque Candy prefería no tener que mentir y menos a gente amable y altruista como el anciano. Respiró hondo y avanzó hacia el quinteto con paso firme y, decidida a evitar que las cosas pasaran a mayores. Si alguien podía impedir que aquel repentino descubrimiento fuera a peor, era ella. Confiando en su ascendiente sobre Richard, caminó hacia todos nosotros, para nuestra sorpresa y dijo con voz clara y firme:

-Richard, tengo que hablarte en privado.

Mark se asustó creyendo que aquellas palabras escondieran algo que temía profundamente, una especie de segunda intención por parte de Richard, algo que propiciara que aquel hombre pudiera separarle de Candy, dado que Richard no carecía de un notable atractivo personal y lo mismo que él escondía secretos, tal vez Candy mantuviera alguno, que no se había atrevido a confesarle por un motivo u otro. Mark se puso tenso y Candy, que le conocía casi mejor de lo que él se conocía así mismo, le lanzó una mirada apaciguadora que le tranquilizó de inmediato.

-Luego hablaré contigo Mark. Ahora debes esperarme aquí –dijo haciendo un gesto conciliador a su marido con la mano derecha, mientras acompañaba a Richard a un lugar más recogido y discreto donde pudieran conversar sin ser molestados.

35

Candy mantuvo una larga y sosegada conversación con Richard, en la que confirmó las sospechas que mantenía en torno a aquella extraña gente. Candy había reparado en que su amigo se había sorprendido de encontrarla allí, pero no se le escapó el respingo que dio al cruzar sus ojos grises con los de Mark. Y dado que Mermadon había desvelado imprevistamente lo que era, y la torpe historia que había pergeñado sobre la marcha y en la que se veía a todas luces, que mentía optó por confesarle la verdad. Ambos jóvenes buscaron un lugar discreto para hablar en privado, a instancias de Candy que exacerbó la curiosidad y el interés del periodista.

-Prométeme que cuanto voy a revelarte, lo mantendrás para siempre en secreto Richard. Confío en ti porque si no lo hicieras, mi felicidad y la de mis hijos, estaría en peligro.

Richard entreabrió los labios retrocediendo asombrado. ¿ Hijos ? Empezaba a entender muchas cosas.

Estuvieron hablando largo y tendido, una vez que el joven tuviera que contener los impulsos propios de su oficio y garantizar a su amiga que no informaría nunca a nadie ni como periodista, ni de ninguna otra manera de cuanto le contó. A esas alturas el barco ya habría zarpado irremisiblemente, por lo que ya carecía de importancia llegar o no a tiempo. Una vez que Candy se grangeó el silencio de Richard, le relató una historia tan increíble y que concordaba al cien por cien con la descubierta sin intención, por negligencia de su amigo, Joseph Hayes que de no haber contado con ese primigenio conocimiento y que Candy no fantasearía de forma tan burda e incoherente, habría creído que todo era una broma sin sentido. Pero los esplendorosos ojos verdes de la muchacha no dejaban lugar a dudas, en su mirada no había cabida para la fabulación o la mentira. Estaba diciendo la verdad. Richard arqueó las cejas y se sentó en el suelo, abrumado por la información recibida. Exhaló un suspiro y se pasó una mano por los cabellos castaños negando con la cabeza. Fue planteando diversas preguntas a Candy. Por ejemplo, nadie se explicaba la asombrosa y para nada normal forma en que Anthony Andrew, miembro de la acaudalada familia había conseguido salvar milagrosamente su vida. El caballo le lanzó hacia atrás durante una cacería organizada en honor a Candy sin posibilidad de salvación. El joven aristócrata siempre había sostenido que una mata de arbustos frenó su caída hacia atrás pero Richard había visitado el lugar con ocasión de cubrir otros eventos sociales de los Andrew, y allí no había nada que hubiera podido frenar al infortunado joven. Era una pradera de césped verde y aparte de unos cuantos árboles dispersos no había nada más en aquel vasto espacio natural de colinas de suave pendiente junto a un gran lago. Por otra parte, algunos invitados al evento, relataron que el día de la cacería, ya de noche cuando los supuestos hechos ocurrieron, percibieron una especie de estela de fuego y escucharon un fuerte ruido pero sin poder atribuirlo a nada en concreto. Sólo el propio afectado y Candy podían aclarar lo que sucedió aquel día. Luego de aquello, el joven rubio de ojos azules mantuvo una existencia de ermitaño dejándose crecer los cabellos y descuidando su aseo personal. Su abandono llegó a ser tal que la propia familia temió por su salud tanto física como mental. Candy aportó los datos que le faltaban dando completa coherencia y solidez a la historia.

-Le costó olvidarte –dijo el joven observando el vagón que le servía de improvisado respaldo- te amaba demasiado, aunque tu amor por ese otro joven, Mark resultó más determinante.

Candy no dijo nada, y Richard optó por no poner el dedo en la llaga por respeto y consideración a su amiga, que ya había sufrido bastante en lo tocante a ese tema. Tal y como se sabía, la melancolía en la que cayó Anthony le hizo tocar fondo, hasta que una joven condesa rusa que conoció en una fiesta atrajo su atención, debido a su no poco notable parecido con Candy. Anthony acudió al baile acuciado por la preocupada tía abuela Elroy, convencido de que si no lo hacía terminaría perdiendo la razón, completamente alienado por el recuerdo de Candy, si continuaba recluido en sí mismo, hasta que Natasha consiguió rescatarle gradualmente de la negra sima de desesperación, a la que se había arrojado temerariamente y resignado a su degradación, tras romper con Candy.

Más sorprendente fue el salvamento de Stear, confirmado esta vez por varios testigos, camaradas del joven piloto militar y miembros del 12º Squadron, la unidad de Stear. Nuevamente se repetían los fenómenos luminosos, las explosiones y los relatos de haces de fuego y bólidos flamígeros. Todo cuadraba, las piezas encajaban con sorprendente pulcritud y sincronización. Candy le detalló todo cuanto sabía.

No necesitó más pruebas. Lanzó otro suspiro que el gélido ambiente reinante, hizo que se transformase en una etérea espiral que se disolvió al instante al contacto con el frío aire cortante como un afilado cuchillo, y realizó una última pregunta:

-¿ Por qué me estás contando todo esto Candy ? lo razonable hubiera sido mantenerlo en secreto.

-Y lo inapropiado seguir ocultándolo cuando ya se ha evidenciado una parte de la verdad, Richard –comentó la muchacha mirándole con intensidad –además confío en tu honradez querido amigo. Siempre te he tenido por una buena persona y creo que no me equivocaré en mis apreciaciones. La señora Pony puede estar muy orgullosa de tener un sobrino como tú.

Richard asintió y sonrió tenuemente. Allí había material para una buena historia, aunque nadie le creería y menos se arriesgaría a publicar su exclusiva, a menos que lo hiciera en una publicación de ciencia ficción, y con suerte. Además comprometería su prometedora carrera periodística. Nadie querría contratar a un informador que veía brujas y duendes donde aparentemente no los había. Pero la razón que le movió a decir las siguientes palabras para alegría de la expectante y temerosa Candy fue el respeto y el cariño que el joven sentía por su amiga, de cuyo admirable y desprendido carácter, tuvo ocasión de ser testigo conmovido, en la dedicación y el cariño teñido de un desbordante amor que ponía en cada uno de los actos que realizaba, como cuando la había visto ocuparse de los pequeños huérfanos del Hogar de Pony o entregarle su cubierto, a un mendigo hambriento que había solicitado caridad en un restaurante, del que casi le echaron a patadas un día que ambos paseaban por la cercana ciudad cuando el joven periodista les hizo una visita y él la invitó a comer aceptando ella con sumo gusto. Su caridad había arrancado una cerrada ovación por parte de los demás comensales, que casi se encararon con el dueño del establecimiento, de no ser por la mediación de la muchacha que consiguió apaciguar los ánimos.

-Está bien Candy. No diré nada. Guardaré el secreto tal y como te he prometido. De hecho, quisiera que tú, tu marido y vuestros peculiares amigos nos acompañen, puesto que queramos o no admitirlo, la meta de nuestro viaje, por una razón u otra, viene a ser coincidente. En cuanto a John, tampoco dirá nada. Es discreto y honrado y naturalmente, no tiene porqué saber nada más. Parece que la historia de Maikel le ha convencido, aunque a mí me haya escamado desde el principio, dándome que pensar.

36

El Halcón Gris sobrevolaba el Atlántico a una considerable altura. Hacía ya al menos cinco horas que habíamos dejado atrás la costa oeste y mientras Mark y Candy observaban estrechamente abrazados el incomparable y hermoso espectáculo que ofrecía ante sus ojos, la prácticamente inabarcable superficie del Atlántico, en cuyo horizonte se recortaba una espectacular puesta de sol. Permanecía sentado junto a Mermadon que, ya desprovisto de su maloliente y astroso disfraz se sentía más cómodo y considerablemente aliviado de no tener que ceñir su cuerpo metálico con semejantes prendas que se caían literalmente a pedazos, y que depositamos al pie de las vías, una vez que fuimos subiendo ordenadamente al espacioso avión, mientras John amablemente nos indicaba donde debíamos ubicarnos y que en seguida despegaríamos. Lancé un suspiro. Últimamente me había convertido en un experto en exhalarlos y con los dedos entrelazados sobre mi barriga, me pregunté como había podido meterme nuevamente en otro berenjenal, pese a que Neal y Susan me habían rogado encarecidamente que regresara con ellos, y que por el camino a su hogar, me dejarían en la puerta de Lakewood. Pero por un extraño presentimiento que me había asaltado, tan pronto como me topé de bruces con Candy y luego con Mark, decidí quedarme con ellos, una vez que mis amigos me hubieran ofrecido la posibilidad de acompañarles, sin nisiquiera habérselo pedido aun. Miré a Mermadon que a su vez clavó sus sensores rojos en mis pupilas marrones, que giraban inquietas de un lado a otro detrás de mis gafas de montura dorada y cristales ligeramente ovalados porque de vez en cuando me parecía percibir una débil sacudida que agitaba la endeble estructura del espacioso avión, que ciertamente me había parecido más pequeño de lo que en un primer momento, su aspecto externo me dio a entender. Mermadon hizo que la rejilla por la que surgía su voz almibarada se iluminase. El robot, me sonreía a su manera, mientras en la cabina del avión, Richard y su nuevo amigo, el audaz piloto al que John patrocinaba en su espectacular y larguísimo periplo, intercambiaban impresiones. Por largo rato, antes de subir al avión Candy y él habían estado hablando en privado, largo y tendido y aunque mi amiga no había soltado prenda de cual había sido el contenido de su conversación, tenía la firme impresión de que Candy le había revelado la verdad de nuestra procedencia a Richard, y que por alguna razón, tal vez, el afecto que el joven periodista profesaba a Candy y que en un primer momento había sido malinterpretado por Mark, había prometido guardar el secreto, como más tarde Candy me confesaría. En cuanto a Mermadon, John aceptó la versión que le contamos, de que era un ser artificial, pero naturalmente callando su verdadero origen y que había sido desarrollado por mí, y que lo utilizaba como una especie de curiosidad técnica y científica, un poco a la manera del Gran Turco, el busto mecánico capaz de jugar partidas de ajedrez con indudable maestría. Candy le contó que era un profesor universitario que inventaba en mis ratos libres, y que lo iba exhibiendo por diversas universidades y círculos académicos para recaudar fondos para seguir con mis investigaciones. Enarqué las cejas y mis labios se contrajeron en una expresión de perplejidad que Candy, contuvo con una mirada cómplice. La vivaz mente de Candy me había endosado una nueva identidad en un solo instante, aunque la versión de la muchacha me había parecido bastante enrevesada y un tanto inverosímil, pero el piloto se tragó la añagaza, o al menos pareció creer aquel rocambolesco relato y no hizo preguntas embarazosas cuestionándolo. Me quité las gafas para limpiar los empañados cristales y repasé con las yemas de los dedos, el contorno curvo de las patillas, embutidas en fundas de plástico oscuro. Cerré los ojos porque según el piloto tardaríamos aun varias horas en arribar a las costas de Francia, pese a que ya habíamos cubierto algo más de la mitad de nuestro camino, y no tardé en quedarme profundamente dormido. Entonces empecé a soñar. Pese a que no había conocido personalmente aquel momento, la vivida descripción de tan dramático momento, que la anciana me hiciera en una de mis visitas protocolarias, en un arranque de sinceridad, y más tarde el propio Anthony, hizo que soñara con ese preciso instante como si hubiera estado realmente allí, y sin saber muy porqué.

37

-¡ Fuera de aquí, ¡ no quiero ver a nadie –sollozó una voz masculina detrás de la recia puerta de roble con artesonados.

La tía abuela hizo el enésimo intento por comunicarse con su sobrino-nieto pero este se negó sistemáticamente a que el mundo exterior irrumpiera en su desastrosa y triste reclusión. La anciana estaba allí de pie, enfundada en un vestido oscuro con un chal de una tonalidad que lo era aun más, ciñiendo sus hombros y con las manos entrelazadas sobre su regazo. Sus rasgos parecían esculpidos en piedra, sin atisbo alguno de emoción ni de vida en su rostro pétreo a excepción de la ganchuda nariz que le temblaba ligeramente, y algunas lágrimas que resbalaban por sus mejillas procedentes de las comisuras de sus ojos claros. La tía abuela insistió nuevamente, picando en la superficie de la puerta con sus ajados nudillos, con mayor insistencia:

-Anthony –clamó la mujer con voz desesperada- no me marcharé de aquí mientras no te avengas a hablarme. No puedes aislarte del mundo, mi querido niño.

-Déjame en paz tía-abuela –se escuchó nuevamente la apagada voz juvenil, al otro lado de la puerta- no quiero ver a nadie, ni siquiera a ti. Quiero que todos me dejéis solo.

La anciana se giró y se situó de espaldas a la puerta. En las añosas y arrugadas manos llevaba un sobre de papel satinado en cuyo reverso había impreso un corazón rojo, justo en el vértice de la solapa del mismo. Observó la misiva de soslayo. Por un momento dudó en romperla, pero la deslizó por el quicio de la puerta y declaró desanimada y luchando por contener el llanto que empezaba a cruzar la apergaminada piel de su faz. Su voz apenas era un susurro pero resultó claramente audible:

-Como quieras. No insistiré más. Te he dejado las invitaciones por si decidieras asistir a la fiesta que tengo pensado organizar, pero no sé si con estos disgustos iré, no lo sé.

Finalmente la mujer se alejó con paso cansino recogiéndose la falda de sus pesadas y ominosas ropas. A medida que el eco de sus débiles pisadas se perdía entre las paredes del pasadizo de mármol reverberando en toda su estructura, Anthony decidió finalmente abrir la puerta. Aunque el durisimo golpe que para él, había supuesto su ruptura con Candy le había hecho a su vez, establecer la suya con el resto del mundo, no podía hacer blanco de su ira a todos los que le rodeaban, especialmente la anciana tía abuela, que pese a su altivez y aire testarudo era una persona frágil que acusaba especialmente, el rechazo del joven rubio de ojos azules.

Anthony entreabrió la puerta lentamente con intención de disculparse, aunque allí no había nadie. El pasillo se hallaba completamente vacío y no parecía escucharse atisbo alguno de sonido, más que el sonido del viento removiendo las hojas secas en los jardines exteriores. El joven se pasó una mano por los enredados cabellos que hacía varios meses que no se recortaba ni lavaba. Su barba enmarañada y que le llegaba casi hasta el pecho le confería aspecto de ermitaño, que era en lo que se había convertido. Recluído en su cuarto, no salía, ni hacía vida social y ni siquiera se ocupaba de su aspecto, antaño elegante y cuidadosamente acicalado. En un primer momento, el joven Anthony había considerado dejarse languidecer lentamente, sin alimentarse, ni probar bocado o bebida alguna, pero por mucho que odiara su triste sino, por mucho que tratara de convertir a Mark y a la propia Candy en objetivo de su rabia no podía. Al primero porque le había salvado la vida precisamente con la intención de que la compartiera para el resto de sus días, con Candy, y tampoco podía guardar rencor hacia Candy, porque seguía amándola. Anthony no deseaba ver a nadie ni entablar conversación alguna, pero consideraba que no era de recibo acabar con su vida, cuando alguien le había dado una nueva oportunidad sin plantearse primero si debía seguir adelante o no. Por esa razón aceptaba la comida que los sirvientes le dejaban a la puerta de su habitación, cerrada a cal y canto, ya que nadie logró convencerle de que la abandonara voluntariamente, ni sus primos, ni siquiera su propio padre. Anthony no tenía interés por nada ni por nadie. Su sonrisa y sus ganas de vivir, se esfumaron el día que una estela ardiente surcó el cielo rasgando el incipiente atardecer y le sostuvieron en lo alto antes de que su cabeza se destrozara contra el suelo, al salir despedido del caballo, ante el grito de horror congelado en los labios de Candy. Unos brazos fuertes y anchos le frenaron en seco, aferrándole por las axilas y depositándolo sano y salvo sobre la hierba. Lo que vino a continuación era demasiado doloroso de recrear y de recordar. Candy avanzando hacia él, y llamando a gritos al joven moreno que salió del haz de luz, por su nombre, Mark sangrando y llorando, cayendo a tierra pesadamente, Candy suplicándole a voz en grito que le ayudara mientras se negaba a aceptar incrédulo, que había perdido a su amor para siempre. Luego, el traslado de Mark a una alcoba a instancias de Candy, el reencuentro entre ambos tras los batientes de la lujosa habitación, y la culminación de un amor que había comenzado tiempo atrás, en una verde colina, con un cruce de miradas, en las que unos ojos de esmeralda se cruzaron con otras arrebatadoras pupilas oscuras y atormentadas. Anthony siempre lo supo. Desde el día en que Mark interrumpió la alegría imperante en glamorosa velada del baile, al que Candy había sido invitada, tanto por él, como por sus primos Archie y Stear, aporreando los ventanales de la cristalera, cuando vio como Candy y su odiado a la par que temido, rival se dedicaban encendidas miradas de amor supo que sus sueños de hacerla su esposa, jamás se harían realidad. Meneó la cabeza. Llevaba el mismo traje azul de aquella ocasión con el gran lazo rojo sobre la elegante camisa de seda blanca que los días transcurridos en soledad, había tornado oscura por la suciedad acumulada al igual que el resto de su vestuario. Anthony dormía cuando el sueño terminaba por vencerle, sobre la cama por un aun no perdido del todo el sentido de la dignidad y la coherencia, pero no eran pocas las noches que se había quedado traspuesto sobre el suelo de mármol, abrazado a una foto de Candy. Y entonces casi por pura casualidad alcanzó a entrever la invitación que la desesperada y afligida tía abuela Elroy, le había deslizado bajo la puerta. Con curiosidad, porque una foto se había desprendido del sobre a medio cerrar, la recogió del suelo y examinó la efigie de una chica rubia de enormes ojos verdes y una diadema en la cabeza, que guardaba un cierto parecido con Candy, aunque no era ella obviamente. Por un momento Anthony pensó en hacer añicos la fotografía con la carta, pensando que era una sucia jugada y una pesada broma que el destino confabulado con su desdicha, le estaban jugando para reírse de su infortunio, utilizando la mano inocente de su tía abuela, aunque pensándolo mejor, examinó la foto y leyó la carta que la acompañaba.

En una elegante y culta caligrafía de trazo impecable, una joven condesa de ascendencia rusa, de una de las familias más influyentes de la nobleza del inmenso país, le expresaba sus deseos de conocerle y le rogaba que abandonara su forzado y duro ostracismo acudiendo a la fiesta de la que la anciana tía abuela había intentado hablarle en vano. La muchacha, de una exquisita belleza, sabía de él gracias a la propia tía abuela. En un primer momento, Natasha solo iba a ser una invitada más al rutilante y esplendoroso baile organizado en honor a la tía abuela, con ocasión de su santo, pero la bella y refinada condesa había sabido ganarse la confianza de la anciana, visitándola unos días antes previos al evento. Movida por un largo periodo de soledad y casi sin ánimos de sincerarse con nadie, la anciana terminó por abrir su corazón a la joven desconocida, a la que mostró un retrato de Anthony antes de que se hubiera transformado en una suerte de entristecido y resignado a su suerte, anacoreta. Natasha quedó prendada casi al instante del joven y decidió emplear todos sus medios y talento en conseguir que Anthony abandonara su largo y voluntario confinamiento. Anthony se quedó pensativo tras leer la larga y directa misiva que le rogaba que asistiera a la fiesta. Miró la fotografía y encogiéndose de hombros se dijo:

-¿ Y por qué no ? El hecho de descender a lo más profundo de la desesperación, no está reñido con que mi aspecto sea el de un ser humano y no el de una bestia cavernaria –se dijo mientras se mesaba el barbudo y erizado mentón, con la mano derecha.

Estuvo a punto de echarse a reír por la imprevista comparación, pero detuvo la progresión de sus labios. Reír…si tuviera motivos para hacerlo…

Entonces se dirigió con decisión hacia una comoda con toallas y artículos de aseo, entre los que destacaba una afilada navaja de afeitar, una brocha y otros adminículos. Aquella habitación había sido ocupada por Albert cuando pasaba largas temporadas en la mansión, y en la que había hecho instalar, adosado a la mism,a un pequeño lavabo, de donde extrajo jabón, espuma de afeitar y un cepillo. Puso todo frente al espejo de un tocador y empezó la ardua y laboriosa labor de devolver a su rostro varonilorba que había crecido tanto durante tanto tiempo le llevaría un buen rato. Quizás tuviera que solicitar los servicios de un peluquero para que recortara sus cabellos que le llegaban hasta más abajo de los hombros, y devolverlos a su primitivo estado, antes de su regresión a algo parecido a un ascético ermitaño. Mientras, preparó un baño con abundante espuma en la gran bañera, del lavabo adyacente, y seleccionó algunos trajes de hombre que extrajo de un armario ropero, depositándolos con cuidado, sobre el jergón que cubría la gran cama de dosel. Uno de ellos, sustituiría a sus mugrientas y cochambrosas ropas. Aceptar la invitación al baile no acabaría con su dolor, pero le ayudaría a mitigarlo brevemente y serviría para que se replanteara si mantenía su aislamiento o lo daba por finalizado definitivamente. Si iba a añorar a Candy de por vida, por lo menos lo haría con unas mínimas condiciones de dignidad y decoro. Una cosa no estaba reñida con la otra.

Sí, acudiría a aquel baile, pensaba para sí mientras se introducía en el agua templada de la bañera una vez que se deshizo de su harapiento traje, que no se había quitado desde el día en que bailó con Candy, el mismo día en que se produjo la llegada de alguien, que había temido más que a sus peores y recurrentes pesadillas, y que había terminado por ser, el principal objeto de las mismas.

Anthony chapoteó visiblemente aliviado como si despertara de un largo y duro letargo, al sentir la caricia templada del agua espumosa, sobre su cuarteada y ajada piel por la falta de la debida higiene, y empezó a rasurarse las largas y enmarañadas barbas que ocultaban sus gallardos rasgos, los finos labios y sus mejillas, tras extender la espuma de afeitar en generosas cantidades, con ayuda de la brocha, sobre las mismas. Se contempló al espejo. De entre la hirsuta y enredada mata de pelo rubio que se fundía sin solución de continuidad con la descuidada barba, destacaban los vivaces y hermosos ojos azules en los que brillaba un nuevo fulgor de determinación, emoción desconocida hasta entonces en él, desde que se recluyera en la habitación que le servía de improvisado refugio y morada, renunciando al mundo exterior.

Pensó en el nervioso e inquieto potro que logró dominar en el transcurso de un rodeo, al que Candy había acudido para animarle tras las iniciales reticencias de la tía abuela Elroy, una vez que tuvo que claudicar para acallar unas supuestas acusaciones de cobardía que pesaban sobre el buen nombre de los Andrew, precisamente realizadas y extendidas adrede entre la gente para que llegaran a oídos de la anciana y no tuviera más remedio que autorizar la participación del joven para hacerlas pasar por infundadas. Anthony sonrió por vez primera en mucho tiempo, de forma tenue e irónica. Había conseguido dominar un caballo salvaje pero no fue capaz de preservar su amor ante otro ser más indomable e imprevisible por el que no era capaz de sentir odio, si acaso compasión.

"Alma atormentada" le había llamado Anthony. El joven negó con cierta tristeza y pensó para sí;

"Me salvó la vida para que pudiera estar con ella, pero ni aun así. Ella, definitivamente le prefirió a él" –pensó Anthony con tristeza, y ausencia alguna de rencor, en sus tristes reflexiones.

"Un hombre venido allende del tiempo, envuelto en fuego y con un bagaje de aflicción y sufrimiento mayor que el mío, me la terminó de arrebatar" –añadió sumergiéndose de repente en el humeante baño para salir a los pocos instantes, completamente empapado de agua y enjabonado, expulsando algo de líquido por la boca, resoplando lentamente. Se mesó los cabellos rubios, que habían duplicado su longitud original, alisándolos con ambas manos, y volvió a acomodarse en el agua nuevamente con cuidado para que no rebosara por el borde, frotándose enérgicamente la piel con la pastilla de jabón, para ir retirando las costras de mugre que le cubrían la misma, y posteriormente in aclarando con agua tibia.

Incluso se acordó de sus rosas, injustamente descuidadas e incluidas en la ira ciega de su rencor, avivado por el dolor, como si tuvieran culpa del mismo. Las inocentes y maltratadas flores, por efecto de las inclemencias y rigores de la intemperie se habrían secado y marchitado todas, de no ser por el fiel y desprendido Wittman, que se ocupó de cuidarlas, preservando que la mayoría de las rosas del portal del mismo nombre, perecieran por la dejación que Anthony había realizado de unos cuidados que antaño aplicaba con esmero y profunda dedicación a sus rosas, rayana en el fervor, debido a que su madre también las había cultivado y cuidado con esmero y cariño antes que él.

38

El Halcón Gris se iba acercando a su destino. Mientras en el horizonte, se adivinaba la costa francesa, Candy abrió lentamente los ojos, porque tanto ella como Mark se habían quedado dormidos en los brazos del otro. El único que no se había quedado traspuesto, aparte del piloto y Richard que seguía atentamente todas las explicaciones que John le iba detallando acerca del grácil avión que surcaba el aire, sobrevolando las aguas del Atlántico como si fuera una especie de aguerrida ave era Mermadon, que libre de su agobiante disfraz, contemplaba atentamente las tranquilas aguas costeras francesas, en las que navegaban algunos barcos cuyos tripulantes saludaron efusivamente al Halcón Gris a su paso. Uno de mis principales temores era que el avión no fuera capaz de soportar tanto peso, sobre todo por el que representaba Mermadon, pero cuando John me aseguró que podía transportar fácilmente grandes cargas muy superiores a la tonelada y media de Mermadon, no supe si creerle o felicitarle por su exacerbado optimismo. Para tranquilidad mía comprobé alviado, como John no había mentido y había diseñado su avión en torno a una estructura muy sólida, y sorprendemente resistente a la par que ligera. La Gran Guerra había concluido hacía no demasiado tiempo, pero los aviones no eran percibidos como amenazas si no como heraldos de una nueva era de progreso y paz. De hecho, los años veinte fueron un casi desesperado intento por olvidar el error de la contienda, que en un principio habíamos tratado de evitar con desastrosos resultados y, que finalmente tuvimos que ayudar a ganar a los aliados, para que la continuidad e integridad de la línea histórica no se viese alterada, aunque acortándola en un año.

No habíamos podido evitar las indiscriminadas matanzas que aquella guerra, como todas las demás conllevaba, aunque si reducir la tremenda mortandad que llevó aparejada como trágica y morbosa novedad, en comparación con conflictos anteriores.

-Las guerras de los pueblos serán más terribles que las de los Reyes –musité débilmente, tras terminar de despertarme yo también al hilo de mis reflexiones. Tan solemne sentencia atrajo la atención de Candy sobre mí.

Candy se giró para envolverme con la calidez de sus hermosos ojos de esmeralda. No me acostumbraba a que su belleza inhumana golpeara mis retinas, despertando en mi sensaciones que creía perdidas, o dormidas para siempre en mi ser. Mi amiga agitó sus cabellos dorados dispuestos en las tradicionales colas de caballo, adornadas por lazos a juego con su vestido y me preguntó apoyándose en el respaldo de su asiento, en cuclillas sobre su asiento y vuelta hacia mí, mientras Mark observaba algunas gaviotas sobrevolando audazmente el mar en busca de alimento, señal de que estábamos cercanos a tierra:

-Buenos días querido Maikel –me saludó con voz alegre, parpadeando brevemente, mientras su nariz respingona y pecosa se situaba al nivel del respaldo hasta que asomó el resto de su faz, por encima del mismo- ¿ qué estabas diciendo hacía un momento ?

Candy me había sorprendido parafraseando a Churchill en voz alta. Como no había ningún secreto que ocultar se lo comenté y justo cuando iba a detallarle el significado de aquella frase, Richard se giró hacia nosotros y sonriendo entusiásticamente nos anunció:

-Estamos llegando a Francia. Nuestra travesía oceánica ha sido un éxito, amigos.

John concentrado en los mandos se limitó a asentir, aunque por la gran sonrisa que iluminaba su faz se deducía que estaba pletórico y feliz de haber conseguido cubrir una distancia de tal magnitud, sin incidentes dignos de reseñar y en un tiempo verdaderamente record. Habíamos despegado desde un paraje nevado, junto a un tren inmovilizado hacía apenas veinticuatro horas y estábamos ya a la vista de las costas francesas. Me había quedado dormido durante buena parte del viaje transoceánico, lo mismo que mis amigos en algún momento del mismo. Me sorprendió haber soñado con Anthony y los acontecimientos que siguieron a su ruptura con Candy, tras haber intentado mantener un breve y pasajero romance con Annie, hasta que ambos se dieron cuenta de que sus respectivos sentimientos no eran mutuos, si no que estaban dirigidos hacia personas diferentes, sobre todo en el caso de Annie, que nunca había conseguido olvidar a Haltoran, lo mismo que él a ella.

Haltoran. Me dí un coscorrón en la cabeza al acordarme de él y de Annie y me pregunté donde estarían. Lo más probable es que el matrimonio se encontrara aun disfrutando de aquel largo viaje turístico por Europa, que habían emprendido, aunque ya estarían retornando a Estados Unidos.

39

Annie se había quedado dormida, acurrucada sobre el heno que llenaba prácticamente, todo el espacio interior del ruinoso y aislado templete. Haltoran, con la pesada arma al hombro, caminaba en torno a la antaña airosa estructura, que había formado parte de una mansión que ya no existía , entregada al fuego, durante la brutal y recien terminada guerra civil que había asolado Rusia. La casa había sido arrasada hasta los cimientos, siendo saqueada previamente de cuantos objetos de valor, habían conseguido apropiarse sus asaltantes. La familia que la habitaba, había conseguido ponerse a salvo por muy poco, alertada por un sirviente leal, informado por un joven soldado bolchevique arrepentido y que no había tenido valor de perpretar un nuevo acto de horror en una conflagración que ya había costado varios miles de vidas en todos los bandos, quizás millones. Los Cherjov habían huido con lo puesto, logrando salvarse tras refugiarse en la vecina Rumanía, que también estaba siendo sacudida por los vaivenes de la postguerra subsiguiente al final del conflicto que había asolado buena parte de Europa durante tres años. Y al no encontrar a los habitantes de la mansión, descargaron su furia contra la casa de estilo neoclásico de la que solo quedaban dos maltrechas paredes en pie, y el templete de planta circular que por una extraña y desconocida razón, los invasores de la propiedad habían respetado, quizás no considerándolo importante ni determinante en sus planes de desolación y barbarie.

Haltoran lanzó un hondo suspiro. Su idea de un romántico viaje para reponerse de los azares de otro emprendido a un universo alternativo no había sido ni mucho menos acertada. Primero, los avatares sufridos en Italia por culpa de un lunático que pretendía deportarle a una prisión siberiana para poder disponer de Annie a su antojo.

-Y en vez de retornar a Estados Unidos, continuamos de crucero y una mina procedente del Mar del Norte, casi seguro, hace zozobrar al Donatelli y en vez de dirigirnos hacia Yalta que estaba a dos pasos, mi esposa se pone a descansar en un templete abandonado utilizado como pajar, hasta el día siguiente –comentó para sí Haltoran mientras su hombro empezaba a resentirse bajo el pesado de su voluminosa arma que había conseguido desplegar tras futiles intentos.

Estuvo a punto de lanzar una carcajada desprovista de alegría alguna y cargada de ironía. Se hizo poco más o menos la misma pregunta que formulase para los adentros a bordo del Carpathia, cuando retornaban de Inglaterra con aquella otra Candy de cabellos teñidos de negro para eludir la férrea vigilancia policial y concluir aquella historia sin sentido, en la que tanto él como Haltoran se habían disfrazado y viajaban, lo mismo que Candy bajo identidad falsa. Todo por el capricho de un taumaturgo que se expresaba a través de su imagen incorpórea y que había sumido a los habitantes de la mansión Legan en un profundo letargo del que despertarían al amanecer menos Candy. Cuando cumplieron con éxito su confusa y dudosa misión, finalmente en su realidad solo había transcurrido una noche. Haltoran evocó igualmente el fallido e imposible amor de una niña concertista que viajaba a bordo del Carpathia con su severa e inflexible madre por él, y del que logró salir airoso. A veces a Haltoran le parecía que todo cuanto había vivido, desde que ofreciera el diseño y los planos de su robot a Industrias Parents viéndose involucrado en una increíble cadena de acontecimientos sucesivos, no era más que un sueño difícil de creer y menos considerar como normal. Sin embargo, allí estaba pisando la hierba de Crimea, hollando su suelo con las plantas de sus pies, bajo un increíble firmamento tachonado de estrellas, con una criatura de ensueño durmiendo al abrigo de la paja depositada dentro del templete, con el mar a pocos metros de distancia y las luces de Yalta titilando sobre una recogida y apacible bahía tan cercanas que casi se podían rozar con la mano.

Por un momento se le ocurrió acercarse a Annie y despertar a su esposa, pero cuando la observó dormir plácidamente echada sobre el heno, respirando con suavidad y los cabellos negros desplegados en torno a sus hombros, no tuvo el valor de hacerlo, pese a que le hubiera encantado zambullirse en el mar de aquellos grandes y soñadores ojos azules, que le habían cautivado desde que la rescatara de la grupa de un caballo desbocado, aunque también se hubiera sentido irremisiblemente atraido por los de Candy, semejantes a grandes esmeraldas, en bruto y sin pulir.

-Ya podíamos estar de vuelta a Estados Unidos, pero Annie se ha quedado como un tronco y yo no tengo valor para despertarla –dijo el joven pelirrojo sentándose al pie de una encina que coronaba una pequeña loma, y desde la que dominaba plenamente el lugar donde Annie conciliaba el sueño, aunque Haltoran tendría que dejar el suyo para otro instante, porque su imaginaria le llevaría el resto de la noche. Haltoran había realizado multitud de turnos de guardia nocturnos durante su etapa como soldado, pero había perdido algo de costumbre debido al tiempo pasado desde que causara baja, en el último ejército en el que estuvo alistado en un país africano y licenciado con honores tras ser herido en combate. Pasó algunas horas luchando contra el cada vez más insistente y abrumador sueño que le invadía, pero finalmente el cansancio pudo con su fuerza de voluntad y terminó por quedarse profundamente dormido, mientras su arma reposaba entre sus dedos laxos amenazando con desprenderse de un momento a otro. No fue capaz de percatarse de cómo algunos hombres se acercaban sigilosamente a él y a Annie rodeándoles con sigilo y sin hacer prácticamente ningún ruido.

40

Los desesperados gritos de Annie amortiguados por una recia mano que fajaba sus labios con dedos hirsutos y arqueados como garfios, le sacó inmediatamente de su sueño. Haltoran se puso tenso y cuando fue a esgrimir su arma para repeler la amenaza que parecía cernirse sobre ellos, comprobó como un tacto frío y muy desagradable de algo con forma circular presionaba contra sus sienes, cuello y pecho. Los cañones de tres fusiles se aplastaban contra su piel, mientras Annie era sujetada por hombres rudos y de expresiones feroces, tocados con gorros de piel y que lucían largos abrigos que les llegaban hasta los pies, protegidos por recias y lustrosas botas. Los rostros de algunos de aquellos hombres mostraban grandes y poblados bigotes y en torno a sus torsos se podían adivinar dos cananas cruzadas repletas de munición. Todo en ello irradiaba un inconfundible aire marcial que no se le escapó en absoluto al observador Haltoran, sobre todo al comprobar como sobre sus abrigos de corte militar, ostentaba con marcado orgullo algunas condecoraciones que formaban un abigarrado muestrario de medallas y honores concedidos por el valor demostrado en combate sin duda.

"Cosacos" –observó para sí, mientras intentaba no realizar movimientos bruscos, ni que denotaran una posible rebelión o intento de desafío por su parte. Después de la amarga experiencia sufrida en Italia no deseaba exponerse a un destino similar o tal vez peor, sobre todo por Annie pero si no hacía algo, puede que la suerte de su esposa fuera aun peor. Si no se hubiera quedado dormido, si hubieran bajado a Yalta cuando tuvieron oportunidad de hacerlo…pero ya no había remedio. E iniciar un ataque como había hecho contra los esbirros de Alessandro podía resultar suicida, sobre todo a tenor de que su arma permanecía custodiada y a buen recaudo en las manos de un hombre de recio porte no exento de cierta altivez y gallardía que, se destacó entre sus hombres a lomos de un espléndido caballo negro que movía inquieto la cabeza, agitándose nervioso de un lado a otro. Le habían quitado el arma mientras dormía. Si la hubiera conservado habría podido deshacerse fácilmente de aquellos hombres, pero las cosas no eran así, lamentablemente no lo eran. El hombre de facciones decididas y ojos oscuros y penetrantes, cabalgó directamente hacia Haltoran mirándole con estudiado interés mientras sus hombres le abrían paso con deferencia haciéndose a un lado. El joven supuso que estaba sopesando si fusilarle allí mismo o conservarle la vida, mientras satisfacía su curiosidad en torno a aquellos dos extranjeros que se habían internado imprudentemente en tierras ignotas en las que no deberían estar. El atamán o jefe cosaco, se quitó el gorro de piel oscura que ceñía sus sienes rebelando una mata de pelo cobrizo muy espesa. Estudió la desconocida y en extremo rara arma del extranjero y preguntó, para sorpresa e incredulidad de Haltoran en un inglés fluido aunque teñido de un marcado y cerrado acento:

-¿ Qué hace un norteamericano y su esposa en esta tierra ?

Haltoran comprendió que debía hablar sin dilación. Cualquier retraso en responder o que hiciera enojar al tal vez voluble lider de los cosacos ponía ponerles en serios aprietos. Hasta Annie, muda de terror comprendió que era mejor dejar de debatirse y sus cejas se arqueraron ante las inteligibles palabras pronunciadas por aquel hombre acostumbrado a mandar y ser obedecido.

Haltoran por su parte, desistió de ofrecer resistencia, a la espera de un momento más propicio para recobrar su arma, liberar a Annie y conseguir escapar lo antes posible, tan pronto como ideara un plan de fuga. El joven sacudió la cabeza haciendo que sus cabellos pelirrojos se deslizaran a ambos lados de su cuello y dijo clavando sus ojos verdes en los del atamán:

-Estábamos de vacaciones pero nuestro barco ha sufrido un ligero percance a la entrada del puerto. Nos disponíamos a buscar ayuda cuando nos habéis sorprendido –dijo el joven sin atisbo alguno de ironía en su voz. Cuando aquel hombre había adivinado correctamente su nacionalidad y la relación que le unía a la bella mujer que le acompañaba, era más que evidente que aparte del arma que le había encontrado encima, le había registrado a conciencia, tomando su pasaporte y como era de suponer, el de Annie que también obraba en su poder, razón por la que decidió contarle parte de la verdad. Por el momento, aunque puede que lo adivinara por sus propios medios en el futuro, el ataman y sus cosacos no necesitaban saber nada más. Los ceñudos y curtidos rostros le observaron con aparente reproche, como si los aguerridos y recios hombres que les mantenían presos y fuertemente custodiados, hubieran tomado sus palabras por una burla o una ofensa hacia ellos que lamentablemente tal vez Haltoran y su esposa tuvieran que pagar caro, por su excesiva locuacidad, aunque tampoco estaba en disposición de hacerse el héroe. Un movimiento en falso o un gesto desafortunado, interpretado erróneamente por aquellos susceptibles hombres y los afilados shashka , sables de caballería de imponente aspecto, que portaban, podían enterrarse en su cuerpo. Un sudor frío recorrió la espina dorsal de Haltoran. Temía por Annie y su integridad, más que por la suya. La tensión del ambiente podía cortarse con un cuchillo hasta que una aguda carcajada seguidas de otras que corearon a la primera, se elevaron en el aire ante los sorprendidos cautivos hasta que el jefe de aquella tropa hizo una señal con su mano enguantada imponiendo un repentino y pesado silencio, y haciendo caracolear a su caballo, rodeó a Haltoran trazando varios círculos en torno suyo:

-Así que turistas, vaya, vaya. ¿ No habéis escogido un mal momento para visitar la Madre Rusia ? –preguntó el hombre de los ojos oscuros mientras el estruendo de las risotadas de sus hombres, cesaba de repente a una imposición suya.

Haltoran puso los brazos en jarras y aun a riesgo de provocar la ira del ataman preguntó desafiante:

-¿ No es menos raro que un atamán sepa hablar el inglés con cierta corrección ?

Se hizo nuevamente el silencio. Annie se llevó las manos a los labios completamente horrorizada. Sus ojos azules vertían una catarata de lágrimas, porque temía que la suerte de su marido y luego la suya estuvieran echadas, pero el jefe descendió lentamente de su caballo del que se ocupó rápidamente uno de sus subordinados directos, tomándolo de las riendas y se situó ante Haltoran clavando sus ojos oscuros en los del insolente joven pelirrojo que era un poco más bajo que él.

-No, si tenemos en cuenta que mi madre es de ascedencia británica y en circunstancias un tanto peculiares, conoció a mi padre propiciando mi nacimiento.

-Mi nombre es Grigori Solokov –declaró el corpulento ataman con una tenue sonrisa y realizando otro ademan que no admitía réplica. Aquel hombre estaba efectivamente, acostumbrado a impartir órdenes siendo ciegamente obedecido al instante. Los dos cosacos que retenían a Haltoran asiéndole por los antebrazos, relajaron la presión de sus dedos y permitieron que el joven quedase libre. Ante su sorpresa que hizo que Grigori riera quedamente ante la muda pregunta que Haltoran le estaba formulando con una expresión de perplejidad pintada en su rostro, el ataman sonrió y chasqueó los ese instante, Haltoran que se reprochaba haber perdido tantas facultades y no haber previsto la burda trampa que Alessandro le había tendido en Italia y el haber caído en manos de una partida cosaca, no había reparado que detrás del medio centenar de recios guerreros que empuñaban carabinas y sables de distintas medidas y factura caminaba lentamente otro cortejo formado por algunas mujeres ancianas que se entremezclaban con otras más jóvenes. De entre las integrantes de la silente comitiva, que avanzaba con pasos cortos, salieron dos mujeres enfundadas en amplios kaftanes que revoloteaban en torno a sus fibrosos y curtidos cuerpos. Una de ellas, era una mujer madura de rostro fino y facciones cinceladas que pese a haber dejado atrás su primera juventud, hacía ya más de una década, continuaba siendo bella y atrayente. La otra, más joven y menuda era su vivo retrato y por fuerza tenía que ser su hija, que mostraba una belleza en plena floración y que destacaba poderosamente, pese a los pesados y burdos ropajes que la envolvían. Ambas caminaron hacia Gregory y se pusieron a su lado, la más mayor a su izquierda y la más joven a su derecha. Si bien la mujer de más edad, mostró un total comedimiento a la hora de reunirse con el ataman, la otra rodeó la amplia cintura de su padre con ambas manos y dijo entremezclando palabras inglesas y rusas saltando efusivamente y diciendo alegremente:

-Padre, padre, me alegro tanto de verte, ¿ me has traído algún vestido nuevo de Odessa ? ¿ por qué habrás estado en la feria principal ? ¿ verdad ? ¿ verdad ? ¿ a que sí ?

La muchacha no dejaba de parlotear suscitando la hilaridad y el gozoso orgullo de su padre por tener una hija tan hermosa, además de decidida e inteligente pese a que su locuacidad contrastara con el mutismo de las demás mujeres, ancianas en su mayoría que la observaron, con mal disimulada reprobación. Haltoran intuía que Grigori iba a realizar un importante anuncio del que tal vez dependieran sus vidas y una hipótesis fue tomando cuerpo en su mente cuando observó, perplejo los cabellos negros y lisos de ambas mujeres y los grandes ojos azules similares a los de Annie, que parecían despertar el orgullo filial del ataman. La esposa de este, se arrebujó en el ligero velo que cubría sus cabellos, cohibida ante la presencia de Haltoran y de Annie, como si fueran sus invitados en vez de sus prisioneros y llamó la atención a su hija para que refrenara su entusiasmo delante de extraños:

-Sonia, por favor hija mía –dijo la mujer en un perfecto inglés con un ligero acento ruso- repórtate. Tienes que contenerte un poco delante de todos.

La muchacha cuyos cabellos ondeaban recogidos en una sinuosa trenza que temblaba sobre su piel morena sonrió con cara de circunstancias, encontrándose fortuitamente, sus ojos con los de Haltoran y notando un ligero estremecimiento.

-Norteamericano –dijo señalándole con su knut totalmente extendido, en dirección hacia él- tu mujer, me recuerda de una forma tal a mi querida esposa y a mi adorable hija, que he decidido dejaros a los dos en libertad. Hoy mi Sonia cumple veinte años y no es cuestión de arruinar su cumpleaños con hechos crueles.

Grigori no quiso detallar la naturaleza de tales "hechos crueles" o de describirlos tan siquiera, y Haltoran desde luego, optó por no preguntar por los detalles de los mismos. Tal y como había supuesto, el sorprendente parecido de Annie con la esposa y la hija del atamán, sobre todo en lo que a Sonia se refería había suscitado la vena filial de Grigori favoreciendo que, con la misma y pasmosa facilidad con la que les había hecho prisioneros, tal vez con la idea de solicitar algún tipo de rescate a cambio de su liberación, ahora les dejase en libertad.

-Anna –tronó Grigori llamando a su mujer- debería enseñarte disciplina por no haberme obedecido. Te dije que te quedases junto a las demás mujeres.

-Lo siento querido esposo –dijo la mujer en voz baja pero sosteniendo la mirada de su marido -pero hoy es un día muy especial para nuestra hija. Sonia ardía en deseos de verte.

Haltoran observó una leve inclinación de cabeza por parte de la mujer en señal de respeto a su marido, pero en ningún momento pareció arredarse o temblar ante la imponente presencia de su marido. Annie temió que el largo y fibroso látigo que pendía de la mano izquierda del ataman restallara contra el rostro de porte aristocrático, o que marcase con una aparatosa y sanguinolenta herida, la piel de Anna, pero pese a la mirada de severidad que los ojos oscuros del hombre, expresaban no sucedió nada. Grigori amaba demasiado a su familia como para inferirla daño aluno, siempre que, podía evitarlo dominando su temperamento y mal genio.

Aun así, a su manera era un buen esposo y protector padre de familia.

-Padre, padre quisiera pedirte un gran favor –dijo la muchacha tironeando de la manga derecha de su abrigo de piel de oso- por favor, invita a los extranjeros a mi fiesta. Desearía tanto charlar con personas de otras latitudes…No sé como es el mundo más allá de nuestro país –dijo Sonia realizando un mohín ante el que el embelesado padre no pudo resistirse, pese al mudo pero más que palpable rechazo de su madre.

El ataman se rascó la cabellera cobriza y miró de hito en hito a su suplicante hija y al joven extranjero de cabellos rojos. Era evidente que no tardaría en complacer a su hija, y Haltoran no tendría casi con toda seguridad, más remedio que aceptar la inesperada invitación. Aunque Grigori les hubiera dejado formalmente en libertad, eso no significaba que todavía estuvieran fuera del alcance de sus disposiciones y menos a salvo de que aun pudiera cambiar de opinión, devolviéndoles a su condición de prisioneros. Mientras Anna se santiguaba y pese a las nerviosas miradas de Annie, que le imploraba con desesperación que no aceptara y declinara el ofrecimiento, Haltoran decidió que lo más prudente y sensato por el momento sería acceder a la imperativa invitación de su carcelero trasmutado en generoso anfitrión, de golpe y porrazo. Tras sopesar su próxima decisión, Grigori envolvió a su hija con unos brazos tan recios, que parecían las patas delanteras de un oso gris abundante por aquellos lares, y prácticamente extendido a todos los confines de Rusia y rió ruidosamente al tiempo que anunciaba a Haltoran, tal y como este se temía:

-Estáis convidados a la fiesta de celebración del cumpleaños de mi queridísima Sonia. Mientras, como invitado que eres igualmente de mí y de mi gente, tú y tu esposa seréis uno más entre nosotros, y tratados con el debido respeto y consideración.

Hizo una pausa. Mientras Sonia y Anna se apartaban de Grigori y de Haltoran para recibir las felicitaciones y parabienes del resto de los miembros del clan, Grigori desplegó los labios que había mantenido fruncido bajo el espeso bigote rojizo y añadió con un tono de voz que a Annie le heló la sangre:

-Traiciona mi hospitalidad e insultarás mi honor. Si insultas mi honor, yo mismo te quitaré la vida con estas manos –añadió sin el menor asomo de sarcasmo en tan velada, a la par que directa advertencia mientras esgrimía unas manos del tamaño y consistencia de mazas de carpintero entre las que sostenía el voluminoso y amenazante látigo. Haltoran vio tal determinación en los ojos de aquel hombre que supo que cumpliría su palabra, si le defraudaba.

El ataman se giró tan rápido como su imponente envergadura se lo permitía, hasta encararse con un hombre de corta estatura pero corpulento, cuya cara estaba virtualmente surcada de arrugas pese a su juventud y le ordenó que dispusiera caballos para sus nuevos e imprevistos invitados, así como una ropa cómoda no exenta de elegancia para el largo viaje que emprenderían. Haltoran suspiró incapaz de creer como nuevamente las circunstancias más adversas, les adentraban cada vez más profundamente en el corazón del continente asiático, reduciendo drásticamente sus posibilidades para que él y su esposa retornaran sanos y salvos a Norteamérica, pero convencido de que lo más conveniente era seguirle la corriente, confiando en que una vez que hubieran asistido a la fiesta por el cumpleaños de su hija, Grigori les dejara marcharse en paz. Por el momento, el notable parecido físico entre Annie y la hija del ataman, y el campechano carácter del cosaco les habían librado tal vez de un amargo e incierto destino.

41

El Halcón Gris tomó tierra con suavidad, pese a que en un par de ocasiones su en apariencia endeble tren de aterrizaje, no llegara a hollar el polvoriento suelo de la improvisada pista de aterrizaje preparada a toda prisa por las autoridades locales de Saint Villiers, villorrio cercano a París, con la colaboración de varios paisanos y algunos ingenieros desplazados ex profeso desde la capital parisina, para acondicionar un aeródromo que recibiera el airoso aparato, cuya fama le precedía y que había atravesado el Atlántico sin escalas. Aunque la aventura de John Alcor había comenzado en precario y prácticamente en secreto, la cobertura que al evento le había dedicado Richard, en agradecimiento a que su nuevo amigo le permitiera viajar con él hasta Europa, como periodista y logrando que su jefe se interesara por el inusitado periplo que había emprendido, y del que le informara mediante una prolongada y larga conferencia telefónica, había propiciado que el avión se convirtiera en un acontecimiento allá por donde pasase. En un primer momento, Richard no era partidario de airear la increíble historia del frágil monoplano que había sobrevolado el Océano prácticamente en solitario, pero bastó que un par de colegas de profesión hubieran sido testigos de la primera escala del avión, nada más tocar suelo francés, en los campos que circundaban una pequeña aldea de Bretaña para que, llevados por un más que exacerbado entusiasmo les faltara tiempo para elaborar un reportaje que tuvo muy buena acogida entre sus lectores, aunque sus jefes, en principio reacios a publicarlo, decidieron condescender al instinto de los informadores. La fama de los expedicionarios fue creciendo, de modo que muy pronto el aeroplano era conocido allá donde se desplazara. Al matrimonio Anderson no le hacía ni pizca de gracia que los flashes de magnesio de las rudimentarias cámaras fotográficas de trípode, se centraran en ellos, y menos a Candy, ya que era un rostro muy conocido y popular en Estados Unidos por su condición de heredera de la inmensa fortuna de los Andrew y con todo aquel jaleo lo sería aun más. En cuanto a mí, estaba resignado a que la fama me alcanzara aunque no era algo que deseara fervientemente, ya que prefería mi anonimato, pero afortunadamente, los buenos oficios de Richard y su proverbial discreción consiguieron que los chicos de la prensa dejasen en paz a sus amigos, ya que no deseaban formar parte de aquella vorágine de fotografías y artículos periodísticos en primera plana, ocupando las principales portadas. Eran tiempos en los que la caballerosidad y el honor, pese al durísimo golpe que la Gran Guerra les había inferido, aun seguían manteniéndose en vigor y los periodistas que garabateaban en sus libretas, respetaron la voluntad de la joven y hermosa dama rubia que viajaba a bordo del avión y de su bien parecido esposo, aun a riesgo de perderse una jugosa historia de sociedad. Afortunadamente Mermadon había recobrado su capacidad de tornarse invisible a voluntad, y nadie detectó al imponente robot deslizarse como un espíritu entre las asombradas multitudes congregadas para recibir al avión que se iba deteniendo gradualmente a medida que su hélice iba girando cada vez con menos ímpetu. Cuando el avión se detuvo del todo, John saltó a tierra y dispuso una especie de escala para que Candy precedida de Mark que se había adelantado, para ayudar a su esposa, bajase cómodamente. Cuando Candy hubo abandonado el aparato llegó mi turno. Estaba tan mareado que la cabeza me daba vueltas, como cuando viajé a bordo del Lancastria rumbo a los campos de batalla europeos algunos años atrás y sufrí una indisposición que distaba mucho de resultar pasajera. Me habría precipitado a tierra de no ayudarme Candy que me sostuvo preocupada por mi estado. Entre Richard, que había descendido por la parte delantera del avión saliendo por la parte de la carlinga, Mark, y el piloto, me ayudaron a tenderme en los asientos traseros de un automóvil que deferentemente, el consistorio puso a disposición nuestra. Pero los actos preparados en honor de los ilustres invitados requerían de su presencia y habría sido una descortesía por su parte, declinar su asistencia a los mismos, por lo que Candy, aliviada por otra parte de no tener que quedarse a la recepción y Mark, me acompañaron a bordo del traqueteante automóvil hasta la hospedería de Saint Villers, mientras Richard y John eran agasados por las fuerzas vivas de la pequeña localidad. El joven periodista también miraba impaciente su reloj porque cada minuto que pasaba, tal vez aumentase más la distancia que le separaba de su prometida, pero John necesitaba promocionar su idea si pretendía que algún día, las rutas aéreas transoceánicas fueran una feliz y palpable realidad. Por el momento y consciente del sufrimiento de su amigo Richard, intentaba zafarse de los interminables homenajes y pomposos discursos pronunciados por el alcalde de Saint Villers, en traje de gala y con una chistera negra en la cabeza, sin ofender la sensibilidad de sus anfitriones.

Mientras yo, con una gran bolsa de hielo sobre la cabeza y tendido en la alcoba de un pequeño y discreto cuarto de la hostería estaba siendo cuidado una vez más por Candy, mientras Mark agurdaba impaciente en el exterior, en compañía del invisible Mermadon.

42

Afortunadamente, mi indisposición duró más bien poco y enseguida me encontré recuperado y listo para proseguir nuestro largo periplo a las ignotas y vastas extensiones de Rusia. El médico del pueblo, un amable caballero de mediana edad al que pese a mis protestas, el alcalde hizo venir ex profeso para atenderme, certificó mi buen estado de salud y pronto me dio el alta. Aparté las gruesas y recias mantas que me abrigaban y me puse en pie lentamente tras agradecer al facultativo sus atenciones. El doctor sonrió y tras despedirse abandonó la habitación con rapidez. Tenía que atender a otros pacientes. Candy me sostuvo haciendo que el peso de mi cuerpo recayese sobre sus hombros, porque me sentía torpe tras haber permanecido en cama por espacio de varias horas, lo que unido a mi prolongada inmovilidad por haber estado encasquetado en el estrecho asiento del avión, debido a las largas e interminable duración del viaje, hacía que mis piernas no me sostuvieran. La muchacha resopló levemente mientras se esforzaba por conseguir que permaneciera derecho mientras recobraba gradualmente el control de mis adoloridas y entumecidas piernas.

-Maikel…-se quejó Candy con voz ligeramente irritada- has engordado de un tiempo para acá- me cuesta mucho sostenerte –dijo sin ánimo de ofenderme, resoplando debido a su empeño en ayudarme. Intenté que desistiera y ambos terminamos resbalando y rodamos por el suelo. Abracé a Candy para protegerla con mi cuerpo, como cuando el león que Albert se había traído de Africa campando a sus anchas por el intrincado laberinto de setos, situado en los jardines que rodeaban la imponente mansión de Chicago, nos atacara sin previo aviso. Afortunadamente Candy logró mantener el equilibrio por lo que nuestra permanencia en el suelo de madera no llegó a concretarse. Entonces del bolsillo de mi gabardina se deslizó una fotografía a color que fue a parar directamente a las manos de Candy. La joven rubia esgrimió el retrato para devolvérmelo cuando se percató que el rostro de Clara la estaba observando. Le bastó fijarse en mi expresión de tristeza y mi nula capacidad para ocultar mis emociones, para darse cuenta de que sus sospechas eran totalmente ciertas.

-Maikel, Maikel, ella…ya no estáis juntos ¿ no es así ? –me preguntó súbitamente sin medir el impacto que aquellas palabras pronunciadas de sopetón iban a producir en mí. Al percatarse de mi aire de tristeza y de cómo bajaba la cabeza cariacontecido, Candy volvió a abrazarme intentando infundirme ánimos y levantarme la moral tan pronto como confirmé con mi elocuente silencio, lo que su aguda intuición le había sugerido tras haber notado en mi comportamiento sutiles cambios de humor y leves indicios que ahora se confirmaban plenamente.

Conté a Candy las circunstancias de nuestra ruptura. Ni siquiera había tenido el detalle o el valor de confesármelo cara a cara. Una escueta y breve nota terminó con una relación que parecía sólida y destinada a abrirse camino hasta que Clara se encaprichase de un joven caballero más apuesto y al parecer adinerado que yo.

Caminé por la habitación arrastrando por la alfrombra, tras de mí los faldones de un albornoz que Mark me había prestado y que además de estarme estrecho de sisa, remansaba en torno a mi cuerpo mientras Candy me observaba sin saber que decir o como actuar. Sentía una inmensa pena y compasión por mí y me apresuré a tranquilizarla, temeroso de que se repitiera la embarazosa escena que había tenido lugar durante nuestra conversación en los jardines de Lakewood, unas horas después de la tremenda batalla librada contra Norden y sus hordas y que se saldó afortunadamente con resultado favorable para nosotros.

-Maikel, Maikel –dijo Candy sin poder evitar que su congoja por mí empezara a afectarla- ¿ por qué siempre tienes que estar solo ? ¿ cómo es posible que tu bondad no te reporte la felicidad que mereces ?

Cuando quise darme cuenta, Candy me rodeaba con sus brazos. mojándome con sus lágrimas. Nuevamente experimenté aquella sensación de paz, entreverada con la nostalgia por un paraíso perdido, aquel que ahora Mark disfrutaba en vez de yo, lo que parecía hacer que Candy sintiera una especie de culpa por ello.

Iba a responder, cuando unos suaves pero recios toques sonaron al otro lado de la puerta. Candy se apartó de mí temiendo que si era alguien del servicio, llegara a malinterpretar un inocente abrazo entre viejos amigos, mientras yo, luchando con el rebelde ceñidor de mi albornoz que tendía a soltarse cada dos por tres, autorizaba a entrar a quien quiera que estuviese llamando a la puerta con insistencia, aunque por la impetuosidad mal contenida con la se producían, sospeché que se trataría sin duda alguna de Mark.

Tal y como suponía, Mark entró en tromba en la alcoba abrazando a Candy y besándola levemente en los labios, para anunciarnos unas nuevas que no eran para nada halagueñas.

Traía un periódico arrugado entre las manos que de tantos dobleces que había sufrido parecía que se iba a deshacer de un momento a otro. Mark, con cara de circunstancias le tendió el diario a su esposa que lo tomó intrigada y temerosa de que entre las páginas de la publicación se escondiera una trágica y funesta nueva.

Candy leyó apresuradamente donde Mark le había indicado y dijo temblorosa y a punto de desmayarse, con la mirada perdida en las vistas que de las calles adyacentes del pueblo teníamos desde la habitación de la hospedería:

-Mi padre…lo han trasladado a otro lugar. Ya no se encuentra en San Petesburgo –dijo Candy para a continuación echarse a llorar reclinando su cabeza en el pecho de su marido.

Al igual que la singladura del Halcón Gris se había hecho harto conocida, el desesperado caso de James O´connor, confinado por las autoridades rusas en un triste y prolongado cautiverio sin visos de suavizarse y menos de concluir, había saltado a los titulares de los principales diarios de la prensa, llegando a conocerse en buena parte de Europa, aunque el hermetismo y el velo de silencio que evitaba férreamente que cualquier detalle relativo al infortunado reo impedía que se conocieran más detalles de su situación. La poca, por no decir nula información, que llegaba hasta Occidente provenía de filtraciones o de alguna fuente que prefería mantenerse en el anonimato, por su propia seguridad. El Gobierno ruso intentaba denodadamente por todos los medios a su alcance, que ninguna información comprometedora saliera a la luz hasta que pudieran explotar el cada vez más inminente juicio con fines propagandísticos, pero en el caso de este altamente secreto cambio de ubicación, alguien advertía de ello, pese a lo escueto y parco de la información disponible. Me rasqué la barbilla. Aquello podía dar al traste con nuestros propósitos. Si harto difícil podía resultar hallar a un hombre del que apenas teníamos un par de viejas fotografías y la descripción de la madre de Candy, en una ciudad de las dimensiones de San Petesburgo, antigua capital de los zares, nos hacíamos una angustiosa y alarmante idea de tener que buscarlo por la inmensidad del gigantesco país, contando que pudiésemos movernos con libertad y que tuviésemos los recursos, el tiempo y los ánimos necesarios como para emprender tan ardua y penosa búsqueda de un hombre desconocido por todo un continente de proporciones descomunales.

Pero las sorpresas desagradables no culminaban allí. Alguien tocó a la puerta y yo fui a abrir. Me encontré ante la caricontecida y abrumada cara de John. Estaba tiznado de grasa, incluso hasta en sus cabellos rubios. Parecía a punto de echarse a llorar. Con voz embargada por una mezcla de tristeza y de rabia nos dijo:

-El motor del Halcón Gris ha sufrido una avería tan grave que dudo que pueda volver a volar. Las piezas afectadas son prácticamente irrecuperables y no existen repuestos para mi avión a menos que las traigan por barco desde Estados Unidos. Y para entonces ya habremos perdido demasiado tiempo –dijo refiriéndose a Candy aunque procuró que su preocupación por tal hecho no trascendiera.

De hecho, el propio John había intentado denodadamente y sin éxito, reparar por si mismo el motor del Halcón Gris, razón por la cual su rostro, cabellos y ropas estaban manchados de grasa durante mucho tiempo, pero la avería era más seria y complicada de lo que en un principio había estimado. El cariacontecido joven iba a dejando un penetrante aroma a grasa y aceite quemado allá por donde pasaba.

-Richard está intentado que de una fábrica aeronaútica de Paris nos hagan ex profeso los repuestos que necesito para reparar el avión, porque se trata de unos componentes tan especiales y con unas especificaciones técnicas tan peculiares, que estaríamos entrando en el terreno de la seguridad nacional de Francia. En otras palabras, el señor Ministro de Armamentos tiene que autorizar la fabricación de los componentes y mientras no se pueda contactar con él si es que tiene a bien recibirnos, no hay nada que hacer.

Y no era para menos. Después de la reciente y cruenta guerra recién terminada, había una especie de psicosis, de que los secretos militares del país pudieran caer en manos de espías enemigos, como desafortunadamente sucedió con el mecanismo que sincronizaba los disparos de las ametralladoras, a través de la hélice de los cazas y que fue aplicado casi de inmediato a uno de los primeros Fokker triplanos que pilotaría uno de los pilotos más temidos de toda la contienda, que no era otro que el célebre Barón Rojo, a la sazón, tío de Candy. El malogrado as había sido derribado poco después de lograr su victoria número ochenta, no muy lejos del final del conflicto.

-¿ Y en toda Francia no hay ningún almacén de piezas que pueda suministrárnolas ? –pregunté extrañado.

John tragó saliva y humedeciendo sus labios con la punta de la lengua dijo:

-Por desgracia así es querido amigo –me contestó John- se trata de unos diseños tan raros y especiales que solo pueden ser construidos en la Factoría Estatal de Armas de Guerra, dependiente directamente del Ministerio de Armamentos. Yo encargué las piezas originales en Estados Unidos pero ahora es prácticamente imposible siquiera soñar en que nos las hiciesen por encargo, y las trajeran hasta aquí por vía marítima, aparte que las nuevas leyes que regulan el comercio entre Francia y Estados Unidos, no lo autorizarían por razones de seguridad nacional.

43

No quedaba otro remedio que ir a París. La única probabilidad de proseguir el viaje, al menos en lo que a John Alcock y a su malogrado avión se refería pasaba por concertar y lograr una audiencia con René Bisseau, el célebre y populista mandatario que con su importantísima, y muchas veces callada y no siempre reconocida labor al frente de la industria de guerra de Francia, había conseguido que la victoria se decantase en no poca medida hacia el bando aliado gracias a que logró imponer sus puntos de vistas sobre sus ilustres colegas que se oponían tenazmente a la aplicación de las ideas de Haltoran, en materia de modernización del armamento militar galo. Naturalmente la mano del presidente Wilson tuvo algo que ver en que el astuto y prominente político aceptara seguir las directrices y consejos que Haltoran le iba sugiriendo, pero en definitiva se le podía atribuir prácticamente en exclusiva, la paternidad de las medidas y planes, que junto con el masivo apoyo de los Estados Unidos harían que el fiel de la balanza, se decantase hacia la causa aliada otorgando a estos la ansiada victoria final. Por supuesto jamás se sabría que un puñado de héroes, junto con un robot, habían modificado ligeramente el curso de la Historia para que en su conjunto este no se viera sensiblemente alterado. Nunca se sabría que Mark y todos nosotros, incluyendo a Candy y a Annie habíamos sido condecorados con la medalla del Congreso por nuestro valor en la Gran Guerra por el mismísimo presidente en persona en los jardines de Lakewood.

En un primer momento, el mandatario era proclive a recibir a John y a Richard, dado que su creciente fama les precedía, lo cual les permitiría si todo salía bien entrevistarse con el ministro considerado como un héroe nacional y al que el propio Presidente de la República había condecorado con la Legión de Honor junto con otras figuras y personalidades de Francia como el mariscal Petain que había liderado los ejércitos franceses en Verdún, en horas aciagas. Sin embargo, el proceso de solicitar una audiencia, conseguir convencer al Gobierno de que se autorizara la reparación que el Halcón Gris necesitaba, aparte de otros trámites largos, tediosos y la inevitable burocracia que todo ello conllevaría, iba a llevar mucho tiempo, demasiado, algo de lo que no andábamos precisamente sobrados, a pesar de las facultades de Mark. Cuando Richard fue puesto al corriente de su absurda a la par que desesperada situación, sintió como el mundo se hundía bajo sus pies porque no veía el momento de poder reunirse con Katia. Decidió reunirse con Mark, con Candy y conmigo y discutir nuestros próximos pasos, una vez que los actos de celebración en el pueblo, terminaron antes de lo previsto debido a la avería del Halcón Gris, que se negaba tozudamente a arrancar. La hélice permaneció invariablemente detenida pese a los esfuerzos de John y la gente, desilusionada por no poder ser testigos de las evoluciones del avión en el cielo, comenzó a dispersarse. El alcalde expresó sus condolencias por tan agrio contratiempo y terminó por dirigirse hacia el edificio del Ayuntamiento. Por eso cuando Richard nos pidió que nos reuniésemos en el salón de te próxmo a la hospedería, no podíamos presagiar nada bueno. De entrada Candy estaba de un humor pésimo al borde del llanto. La noticia de que iban a trasladar a su padre a otro destino, tal vez más duro y terrible que el actual confinamiento de James, había disparado sus temores que Mark con buenas palabras y constantes mimos y halagos conseguía disipar. Hubieramos llegado más rápido gracias al iridium, pero Candy no quería ni oir hablar del asunto. La sola mención de la sustancia despertaba en Candy la más profunda de las aversiones poniéndola del peor de los humores.

Ahora estábamos reunidos en un agradable y coqueto restaurante, sumido en un agradable ambiente, donde el tabaco de pipa y las conversaciones de los clientes se mezclaban con el aroma a café y te recien hechos que eran degustados con parsimonia y sin la acuciante prisa que parecía caracterizar las sociedades del futuro. "Ciudades colmena" las había definido una vez Eliza en una de nuestras conversaciones y la verdad, es que razón no le faltaba. Entre las mesas que abarrotaban el concurrido local, se deslizaban velozmente varios camareros ataviados con delantales blancos sobre sus chalecos negros con pantalones a juego,que iban realizando su trabajo con diligencia mientras sorteaban a varios clientes que de pie, conversaban en corrillos o simplemente bebían alguna cerveza acodados en la barra. Enarqué las cejas y musité:

-Si la ley antitabaco estuviese vigente aquí toda esta gente debería irse a fumar a la calle.

Richard que había captado mis palabras, pero no su verdadero significado porque a veces, sin pretenderlo hablaba entre dientes, se interesó por el mismo. Le comenté que solo eran reflexiones sin importancia. No insistió más, y pasó a informarnos de todo cuanto había ido sucediendo y como evolucionaban los para nada favorables acontecimientos, que iban adquriendo un cariz bastante tenebroso. Finalmente Candy contrajo los puños y se removió inquieta de manera que su taza de té y el plato de pastas que reposaba a su lado estuvieron a punto de volcar:

-Pero, pero Richard, mi padre está en peligro, yo…yo…no puedo esperar tanto tiempo, yo…-Mark la atrajo hacia si y la besó en los cabellos rubios para tranquilizarla. Algunos clientes empezaban a echarnos ojeadas indiscretas, por el incipiente ataque de ansiedad que parecía irse adueñando de Candy gradualmente.

Richard tragó saliva. Se dio cuenta de que estaba en la misma situación de Candy, sin noticias de Katia ni de su posible paradero. Entonces se le ocurrió algo que Candy también había sopesado con cuidado. La muchacha pareció recobrar la compostura y enjugándose las lágrimas, mientras apretaba con fuerza la mano izquierda de su esposo buscó refugio en las pupilas oscuras y amables de Mark. Cada vez que se sentía afligida y abandonada a su suerte, le bastaba con escuchar los latidos del corazón del valeroso y dulce joven o perderse en la inmensidad de aquellos ojos tan hermosos como tristes para recobrar la paz y la serenidad. Como Candy dudaba en decir lo que tenía en mente, Mark lo hizo por ella.

-Verás Richard, no quisiéramos ser descorteses ni deshonestos contigo y con John, sobre todo después de cuanto nos habéis ayudado, pero hemos optado por continuar el viaje por nuestra cuenta, y quisiéramos saber si estarías dispuesto a acompañarnos.

El periodista notó una leve punzada de desagrado en su ánimo. Por un lado, le parecía lógico y sensato aceptar la propuesta de Mark, pero por otro sentia como incómodos remordimientos llamaban a la puerta de su conciencia y no pararían de hacerlo si se desentendía del aviador y sus más anhelados sueños. John le había ayudado a llegar hasta allí, era su amigo y no podía dejarle en la estacada, pese a que el amable y atento piloto lo entendería y no pondría trabas o mala cara ante las intenciones de su amigo de continuar el viaje por su cuenta. Richard era algo más que la persona que había financiado hasta ese momento el vuelo del avión, y que se había detenido abruptamente en un pequeño villorrio cercano a París. Era su amigo y principal apoyo y valedor. Si le abandonaba en esos momentos, John terminaría por hundirse definitivamente junto con un avión que no volaría más a menos que le asistiera en tan dura prueba a la que estaba siendo sometido.

-Gracias amigo Mark –dijo Richard con sinceridad, pero no puedo dejar solo a John ahora mismo. Necesita mi apoyo y mi…

No pudo concluir la frase porque una esbelta joven de largos cabellos, que destacaban sobresaliendo bajo un abigarrado sombrero con adornos de flores y, con un ceñido vestido verde tropezó inadvertidamente con la silla del periodista haciendo que su taza de te, se derramara sobre sus pantalones oscuros, aunque terminó por estrellarse contra el suelo donde se hizo añicos, desparramando su contenido. La muchacha profirió un leve grito de sorpresa, y estuvo a punto de caer sobre la mesa donde reposaban nuestras consumiciones de no ser, porque Richard la sostuvo mediante un movimiento reflejo, entre sus brazos. Cuando ambos jóvenes cruzaron sus miradas, su sorpresa mutua fue mayúscula. Los ojos claros de la chica se abrieron desmesuradamente al reconocerle. Casi sin tiempo de asimilar lo que estaban viviendo, ambos jóvenes se fundieron en un largo abrazo y sus labios se buscaron para fundirse en un apasionado beso.

-Katia, mi Katia –murmuraba desesperado el joven periodista, mientras sus ojos grises, destilaban algunas lágrimas sin importarle ser blanco de todas las miradas de buena parte de la clientela.

-Mi Richard, mi querido y dulce Richard –comentó ella apoyando su nuca contra la de su prometido y separándose brevemente de él- déjame que te vea.

Naturalmente, la caras de Candy y de Mark eran todo un poema y en cuanto a la mía, no había palabras para describir el tremendo asombro que me embargaba al haber encontrado en plena Francia, a una joven que se la suponía desaparecida o por lo menos, prácticamente ilocalizable, en la inmensidad del descomunal y vasto estado. Candy se llevó la mano izquierda a sus labios cuando los ojos de Katia cruzaron una significativa mirada con las pupilas de esmeralda de Candy.

-Eres…eres mi hermanastra –susurró Candy con voz apenas audible.

Katia asintió lentamente, casi con solemnidad y antes de que nos recobrásemos de nuestra perplejidad nos dijo a todos:

-Si me lo permitis, os pondré al corriente con todo detalle de las razones, que han hecho que haya desistido de proseguir la búsqueda de mi…-se hizo un incómodo silencio por su parte al recordar a Candy y corrigiéndose añadió- nuestro padre, Candy.

-¿ Acaso las autoridades te han obligado a dejar el país y a que desistieras de continuar indagando por él o no te permitieron verle a fin de cuentas ? –le preguntó Mark, intentando consolar a Candy. La noticia del traslado de su padre a otro punto del extenso país y ahora, el descubrimiento de su propia hermanastra, allí, en un pequeño salón del té local, de un perdido rincón de Francia, habían sido demasiado para ella.

Katia tomó aire antes de contestar a la pregunta de Mark. Sacó una polvera de su bolso y examinando su rostro ovalado y hermoso en extremo, aunque no podía competir con la exquisita belleza de Candy, se retocó el maquillaje y su peinado. Candy tomó aquello por un gesto de frivolidad. En realidad, Katia se comportaba así para distraer su mente de los duros recuerdos que las penosas condiciones del cautiverio de su padre evocaban en ella. Finalmente asintió y dijo:

-No. Fue él el que no quiso recibirme y me hizo saber por uno de los guardias, que no deseaba hablar conmigo. Intenté desesperadamente que me permitiera entrevistarme con él, pero sus negativas fueron tajantes y finalmente, viendo que no estaba llegando a ninguna parte, opté por abandonar Rusia y tratar de contactar con el Consulado Británico en París, lo cual no me sirvió de mucho, por no decir nada –comentó Katia mordiéndose los labios.

-Decidí hacer noche en este pueblo porque estaba muy cansada antes de ponerme en contacto con un buen amigo de mi difunta madre, con contactos entre las altas esferas para intentar hacer algo. El señor De la Veurs incluso me informó de algo que me ha helado la sangre y que en un primer momento no logré relacionar con la terquedad de nuestro padre, Candy y su negativa a verme.

Ante nuestro lógico interés, la bella joven siguió hablando mientras correspondía a algunos besos de su novio, y dijo para estupor de todos nosotros:

-James está rechazando cuanta ayuda se le ofrece, ya sea desde el propio Consulado Británico u otras altas instancias. Incluso ha renunciado a ser defendido durante su próximo juicio, aunque se le asignará un abogado de oficio, y lo que es peor, se ha confesado autor de cuantos delitos se le imputan tan falsamente y de forma totalmente arbitraria.

-Es como si no quisiera que nadie le salvase o tratara de rescatarle –dije distraidamente, tamborileando con los dedos en la mesa repleta de tazas de te y varios platitos con pastas, casi sin darme cuenta, haciendo que Candy prorrumpiera en llanto. Intenté pedir disculpas por mi inadvertido error pero ya era tarde. Bajé la cabeza apesadumbrado, mientras mis ojos enmarcados por las gafas ovaladas, vagaban entre las sempiternas tazas de te sin saber como arreglar el imprevisto desaguisado, en que inocentemente había incurrido. Me quedé mirando a mi te. El oscuro y dulzón líquido parecía perseguirme desde que había efectuado mi último viaje en el tiempo a aquella época, con carácter definitivo.

Entonces Katia salió en mi ayuda dando a entender a Candy que se negaría a ver a nadie y que yo solo había constatado algo que saltaba a la vista y que no era difícil de deducir. La joven, empezó a hablar contándonos como había retornado desde el lejano país y cual era su estado de ánimo al respecto. Las lágrimas que Candy derramaría en breve, ya las había vertido ella previamente y con creces, por la negativa de James a recibir a nadie, ni hablar con cualquiera que se interesara por su estado.

44

James O´connor permanecía con la vista fija y la mirada perdida en el embotado y plomizo trozo de cielo que podía divisar a través de los barrotes de su celda. Pese a que el penal en que había sido confinado era de los más rigurosos y severos de Rusia, con un régimen disciplinario atroz, el prisionero estaba siendo relativamente bien tratado, permitiéndosele recibir correspondencia, así como alguna ocasional visita que se atrevía a aventurarse hasta allí.

Cuando uno de sus guardianes, un muchacho de unos veinticinco años, alto y fornido, y de expresión afable con un cabello rojizo que le caía permanentemente sobre su frente le anunció que su hija Katia estaba al otro lado de la puerta, esperando a que la recibiera y que el alcaide había autorizado la visita al reo, el joven creyó haber oído mal cuando James, sin dignarse siquiera a mirarle y con los ojos permanentemente clavados en el gris horizonte contestó con voz desprovista de emoción alguna:

-No deseo ver a nadie, Sergei –contestó el hombre en un perfecto y fluido ruso escuetamente sin apartarse del ventanuco enrejado, a través del cual divisaba un trozo de estepa.

El muchacho parpadeó incrédulo y su sonrisa quedó congelada ante la insólita negativa de James. De todos cuanto rodeaban al hermético y taciturno hombre, él era el único que había conseguido traspasar ligeramente la gruesa coraza de aislamiento que envolvía a James O´connor.

-Se trata de su hija Katia, señor –comentó el muchacho cohibido, mientras recolocaba las solapas de su uniforme verde oliva. Sergei había bajado la voz, mirando a todos lados en derredor suyo, porque el tratamiento de "señor" estaba muy mal considerado en la nueva sociedad que había ido surgiendo de las ruinas de la anterior, tras el dramático desmoronamiento del estado de los zares. Afortunadamente para él, nadie le había oído y James no le denunciaría tampoco. El hombre pasó una mano por sus cabellos y encogió los hombros levemente, como si diera a entender que el hecho de que su hija hubiera recorrido una distancia tan descomunal, tan solo para verle, careciera de la menor importancia para él. De hecho, le era del todo indiferente.

Permaneció en un cerrado e impernetrable mutismo. Sergei optó por no insistir más. Sabía que el hombre no pronunciaría más palabras a lo largo de la mañana, puede que incluso del resto del día. James despertaba una mezcla de compasión y respeto a partes iguales en él. Lanzó un suspiro y tironeó del correaje de su carabina que llevaba en bandolera sobre el hombro izquierdo. Se despidió de James que no respondió al joven soldado y este, cerró la gruesa puerta de acero tras de si, mientras el sonido de un manojo de llaves tintineaba entre los dedos del muchacho, y se escuchaba el ruido que los cerrojos de la puerta producían, al ser cerrados nuevamente de forma hermética, en el silencio de la ominosa y tétrica galería con un lúgubre eco, reflejo de los pensamientos del introvertido James.

James se recostó en el catre adosado a la pared de roca de la celda, mediante gruesas y herrumbrosas cadenas, que rechinaron con un quejido cuando el peso del hombre hizo que el sucio y ajado lecho temblara levemente bajo el mismo. Cerró los ojos y contuvo a duras penas algunas lágrimas cuando musitó lentamente un nombre: Eleonor que volvía desde el fondo de sus recuerdos. James respiró con fuerza procurando dormir o al menos alejar de su mente tan inoportunos recuerdos que volvían desde su pasado, desde la etapa más feliz de su vida para atormentarle. Había perdido a la única mujer de la que realmente había estado enamorado, despreciándola, rompiendo su matrimonio por las exigencias de su familia y dejándose influir por sus infundios y mentiras. Quizás la culpa no fuera exclusivamente suya, tal vez las presiones a las que fue sometido resultaron demasiado agobiantes y excesivas para el entonces joven e influenciable James. Pensó en su primera esposa Roxana y en su malogrado hijo, al que había perdido en un desafortunado accidente durante una cacería, por un disparo fortuito. Cuando Roxana se enteró de la tragedia se sumió en una desesperación absoluta y nada de cuanto James intentó para que recobrara su ánimo sirvió de nada o muy poco. Aunque la hermosa dama jamás atribuyó a su marido culpa alguna, James sentía y creía lo contrario por no haber vigilado mejor a Jeremy mientras padre e hijo paseaban por un bosquecillo cercano a su hogar.

El chiquillo, se despistó un momento de su lado, y terminó por colarse desorientado y muy asustado, tras perderse entre la espesura, en un coto de caza, donde una bala perdida disparada por un cazador demasiado inexperto y nervioso, que confundió al niño, con una pieza, terminó con su vida. No mucho después Roxana seguiría sus pasos, despeñándose por un risco, incapaz de aceptar la ausencia del pequeño. A partir de ahí, James jamás sería el mismo, empezando su calvario. Durante mucho tiempo coqueteó con la idea del suicidio, pero siempre se echaba atrás no tanto por miedo, si no por no tener el suicidio por suficiente castigo a algo que había sido producto de la mala suerte y el azar. Consideraba que debía seguir viviendo para que su sufrimiento en vida le atormentara por no haber sabido evitar la terrible pérdida de su hijo y luego la de su esposa, pese a que nadie pudo prever el fatal accidente, fruto de la casualidad y de la mala suerte. Un día en que había viajado hasta Coventry en un intento de despistar a sus cargos de conciencia y fantasmas personales, que pese a todo, iban con él allá donde se dirigiera, optó por no seguir huyendo más y se propuso terminar con sus sufrimientos de una vez por todas. Con un libro de oraciones entre las manos y un rosario de cuentas, pidió perdón a su malograda esposa y a su hijo, mientras se acercaba cada vez más a un pronunciado precipicio. Fue entonces cuando la vio. Una mujer con los cabellos del color del sol y unos ojos semejantes a lagunas verdes, como esmeraldas que desprendían irisados reflejos que cautivaron su corazón. A partir de ahí, aunque le remordía la conciencia sintió que debía vivir y que la misma Roxana, en una carta póstuma que le escribió poco antes de quitarse la vida, le instaba a buscar la felicidad mientras le suplicaba que la perdonase por querer reunirse con Jeremy y dejándole solo de aquella manera al tiempo que le descargaba de toda posible culpa y responsabilidad.

James renunció al suicidio y volvió a enamorarse, pero por segunda vez perdería la oportunidad de rehacer su vida, o mejor dicho, apartaría en esta ocasión, la felicidad de su camino como un imprevisto obstáculo que le distraía de otras metas, engañosamente sugeridas por su familia. Terminó por casarse por tercera vez, tras divorciarse de Eleonor con una hermosa mujer de ascendencia rusa, y de noble familia, que le dio una hija, Katia que heredaría la radiante belleza de su madre y que había fallecido recientemente por enfermedad.

-A las tres he perdido –musitó lentamente mientras se pasaba la mano por el rasposo y barbudo mentón. Del atildado y elegante caballero poco quedaba ya. Hacía mucho que descuidaba su aspecto, no volviendo a acicalarse ni a vestir elegantemente, pese a que en plena madurez, aun conservaba buena parte de su atractivo de juventud. De hecho, no era más que la sombra de si mismo. Si vivía era por pura inercia. Por eso no se revelaba contra la injusta e infundada acusación de espionaje y se dejaba conducir mansamente por todo el largo y penoso proceso judicial, con una docilidad que llegó a asombrar a sus propios guardianes, que se admiraban de lo que tomaban por despreocupado y sereno valor frente a la adversidad.

Después se llevó a los labios un retrato de Katia y lo besó con fervor. Sus carceleros le habían permitido conservar una fotografía de su hija, y algunas pertenencias personales que atesoraba sobre algunos anaqueles que había montado con materiales de desecho, sobre la desconchada y aséptica pared blanca de la celda en la que estaba prisionero, una vez que las autoridades de la penitenciaría dieron el visto bueno para, un hecho tan en apariencia inofensivo.

-Y ahora a ti, mi dulce y pobre hija, a la que no he tenido ni el valor de recibir. Pero no merezco ninguna compasión o cariño, no me lo merezco en absoluto –dictaminó James con voz cada vez más débil porque después de varias noches sin dormir, el sueño había acudido a su agotado cuerpo venciéndole finalmente.

-Y mi otra pobre pequeña –se lamentó refiriéndose a Candy, aunque recordaba vagamente sus ojos verdes y los cabellos rubios no había vuelto a tener noticias ni de Eleonor ni de su otra hija en todo aquel tiempo, pese a que Eleonor hubiera tratado de establecer contacto con él, cuando su situación mejoró para ponerle al corriente de la existencia de Candy. Por muy mal que la hubiera tratado, James era el padre de Candy y tanto ella como su antiguo amor, tenían derecho a saber mutuamente de la existencia del otro, pero la familia de James se cuidó mucho de que esos contactos entre "aquella perdida del teatro" como definían a Eleonor, y James se produjeran jamás.

Si en un primer momento Eleonor no había querido entrevistarse con James era en parte debido a la adversión que mantenía hacia él, por la forma en la que James había terminado con su relación y en parte, para no importunar su relación con Nadia.

James recordaba con sentidas lágrimas a Candy, que había nacido poco después de sus esponsales con Eleonor, que por trágicos azares del destino depositaría a su hermosa hija, a las puertas de un hospicio y a la que impondrían el nombre de Candy. Sin ninguna fuente de ingresos para mantener a Candy, cuando apenas tenía para si misma decidió dejarla al cuidado de personas de buen corazón que cuidaría con esmero y amor de su pequeña. La bella actriz, por aquel entonces, sumida en la más absoluta y extrema pobreza, decidió no reclamar nada a James, ocultándole en un primer momento que había entregado a la niña a la beneficiencia, para no importunar ni empañar su relación con una bella joven, procedente de lo más granado de la nobleza rusa, ni ser un estorbo entre su adorado James y su nueva novia, cuyo noviazgo y posterior compromiso, se habían convertido en todo un acontecimiento social.

James retornó desde sus recuerdos y pensó en cual había sido el detonante de su trágico descenso a las simas más negras de la pesadumbre y la tristeza. Pensó en Nadia, su esposa recostada entre almohadones y como su vida iba extinguiéndose gradualmente, debido a los estragos que una epidemia de tifus, que se habia enseñoreado de la ciudad, había ocasionado en su organismo. Cuando confesó a Eleonor que no había llegado a tiempo a encontrar a Nadia aun con vida, en aquella misiva que también leyó Candy en circunstancias tan trágicas, y que era el desencadenante de aquel frenético y tortuoso viaje emprendido hacia los confines de Europa, no era del todo fiel a la verdad, porque si consiguió encontrarla aun con un hilo de vida. Al verle, Nadia sonrió débilmente, y dijo con voz teñida de sarcasmo:

-James, has conseguido llegar a fin de cuentas, a presenciar el final de la arpía que te alejó de la mujer, de la que realmente estuviste enamorado y que aun continúas amando.

-No digas eso Nadia. Estás siendo muy cruel conmigo. Yo jamás sería capaz de la atrocidad que estas sugiriendo, de alegrarme de tu desdicha -se apresuró a decir James con sinceridad, corriendo a su lado, y tendiéndole sus manos, para ofrecerle su consuelo, pero la dama lo rechazó cuando estaba junto a la cabecera de su cama, alzando la mano brevemente y tras un seco golpe de tos, continuó hablando:

-¿ Tú me hablas de crueldad James O´connor ? ¿ tú ? durante toda mi vida te he amado e intenté complacerte en todo, dándote lo mejor de mi misma, entregándome a ti en cuerpo y alma para nada –dijo con una inflexión de indignación, seguida de un sollozo ahogado -para obtener algo de cariño y afecto. Nada más. Incluso te dí una hija a la que también dejaste huérfana del cariño de un padre. No te pedíamos tanto, querido esposo, ni yo ni nuestra hija, pero solo tenías ojos para Eleonor, y tus pensamientos volaban hasta ella a cada instante. Durante todos y cada uno de los días de nuestros veinte años de matrimonio. Esas cosas se notan, querido James, y yo lo veía en tus ojos. Pero la perdiste también, James, la perdiste al igual que a tu primera esposa. Puede que tu destino sea ese, que estés condenado a extraviar el afecto de los que amas. Y si ese ha de ser tu castigo, en ese caso, James espero que jamás encuentres la paz que tanto anhelas.

Poco después Nadia expiró dejando a James tremendamente confuso y asustado, temblando en presencia de su esposa fallecida, a la que el médico de la familia, que se había retirado discretamente a un segundo plano mientras durase la conversación entre ambos, cubrió con una sábana.

Las duras palabras de Nadia causaron mella en su ánimo, haciendo que se marchara horrorizado de allí entre los reproches y miradas de reconvención de los familiares de su esposa. Algunos días después de que escribiera la carta a Eleonor poniéndole al corriente de la situación, y habiendo ido su ánimo decayendo hasta precipitarse en la melancolía, poco antes de regresar a Europa, vagó sin rumbo por las calles de San Petersburgo hasta que una patrulla de soldados, al servicio de un comité ciudadano le dio el alto. Bastó que caminase por una zona llena de emblemáticos edificios de forma apresurada e interpretada como sospechosa, siendo algunas de aquellas edificaciones, la sede de nuevas instituciones creadas al calor de la reciente revolución, junto con su apariencia inconfundible de extranjero y su pasaporte británico para que inmediatamente fuera arrestado y encarcelado bajo la brumosa e indefinida acusación de espionaje que también se estaba aplicando a otros ciudadanos foráneos, que no habían tenido la prevención o la posibilidad de abandonar la majestuosa y bella ciudad levantada por Pedro el Grande a orillas del río Neva, como la nueva capital de su imperio. Eso, junto con un cruce de miradas que a los funcionarios les pareció inapropiado e insolente, precipitó su detención y puesta a disposición judicial de una forma tan absurdamente kafkiana.

45

Katia terminó su relato ante la estupefacción de Mark y la mía propia. Candy escuchaba a su hermanastra con la mirada perdida, incapaz de creer que su padre hubiera optado por abandonarse hasta ese punto, por muy fuerte que le pareciese todo cuanto James O´connor había padecido. Mark tuvo que rodearla con sus brazos para infundir ánimos a su esposa, y evitar que terminara por venirse abajo por completo. Katia había dejado por imposible a James, porque cuanto intentos había realizado por verle, pese a que contaba con el visto bueno y la colaboración de las autoridades de la penitenciaría para visitarle estaban sistemáticamente condenados al fracaso. Tras mucho insistir, logró que le condujeran a su presencia pero fue como si no le hubiera visto realmente. Pálido, demacrado y ojeroso escuchó en silencio las palabras de su hija sin dignarse a mirarla ni una vez tan siquiera. De hecho, ni siquiera le importaba su situación ni estado de salud. Se estaba dejando morir en vida, ajeno a todo, culpándose de haber malgastado su vida y destrozado la de sus seres queridos. Cuando Katia, desesperada y conteniendo las lágrimas se giró para marcharse, tras despedirse de él, en el momento en que iba a abandonar el recinto donde los presos recibían las escasas visitas que se aventuraban hasta allí, cuando eran debidamente autorizadas tras estudiar cada caso, James movió la cabeza y se rascó las mejillas oscurecidas por una creciente barba cerrada que ni se preocupaba en recortar:

-Márchate Katia. Vuelve a tu vida normal. No debiste venir hasta aquí –comentó James con voz apagada y queda.

La muchacha se giró para observarle con sus bellos ojos centelleantes de ira por el abatimiento de su padre, y húmedos por el llanto que derramaba por él, y replicó entristecida:

-Efectivamente padre, no debí venir aquí. Tienes toda la razón.

A continuación se situó entre los dos ceñidos guardianes que la escoltaban a todas partes, indicándola en todo momento por donde debía caminar o que no hacer o decir y se dirigió hacia la salida de la prisión.

La joven optó por omitir esa parte de su relato, para no exacerbar el dolor de Candy, que con cada nueva palabra del mismo, sentía como su corazón se encogía un poco más. Katia tomó la mano derecha de Candy entre las suyas y sonrió. Sentía lástima por la muchacha a la que había tomado cariño, pese a haberla visto por vez primera y para su tremenda sorpresa en un pequeño restaurante de un recogido pueblo del norte de Francia, que había escapado totalmente idemne a la furiosa devastación de la Primera Guerra Mundial. Era curioso. Katia había crecido odiando a Candy, porque según su madre, ella y Eleonor les habían arrebatado el cariño y el afecto de su padre, pero ahora que la tenía delante, notaba como todo su rencor se esfumaba como por ensalmo.

También era diferente y dialmetralmente opuesta, la forma en la que cada una de las muchachas vivían sus respectivos sentimientos hacia James O´connor. Katia que había estado a su lado, prácticamente desde que nació en el seno de un hogar infeliz y desdichado marcado por la sombra de Eleonor Baker y el drama de la primera esposa y el hijo de James, apenas sentía afecto por él, después de comprobar el estado de postración y abandono al que se había degradado por voluntad propia, mientras que Candy, que solo le conocía por los testimonios de su madre y un par de ajadas y viejas fotografías notaba que no podría cerrar su pasado sin hablarle ni conocerle en persona.

La joven continuó hablando una vez que Candy se hubo tranquilizado lo suficiente, y añadió:

-Después de intentar que me recibiera sin éxito, opté por regresar a Europa. Con el fallecimiento de mi madre y el empeoramiento de la situación en mi país, con una creciente hostilidad hacia los que tenían alguna propiedad o condiciónes de vida, que pudieran ser tachadas de burguesas, nada me ataba allí. De hecho, solo viajé hasta allí para interesarme por él y de paso, arreglar algunos asuntos pendientes que mi madre había dejado sin zanjar.

Richard, que no había hablado hasta ese momento, lanzó un hondo suspiro que atrajo nuestra atención y preguntó a su novia acerca de algo que no terminaba de cuadrarle:

-En la carta que me escribiste me referías, Katia que tratarías de sacarle por todos los medios posibles de allí, que no regresarías hasta lograr traerle sano y salvo de vuelta a Estados Unidos, pero no pareces tan firme en la defensa de esas condiciones.

Katia miró a Richard con ternura. Casi se había olvidado del hombre del que estaba perdidamente enamorada y que, por el relato de sus pericipecias rayanas en el absurdo, algunas de ellas había conseguido finalmente emprender viaje hasta el lejano país, aunque ya no sería necesario que continuase su largo camino hasta allá. Sorpresivamente sus destinos se habían cruzado en un punto impreciso de la geografía francesa, para no volver a separarse. Por su parte, Richard no se había atrevido a interrumpir a Katia, refrenando sus deseos de abrazarla para no separase nunca más de ella, por miedo a que la joven se sintiera incómoda delante de todos nosotros, aunque la muchacha le estuviera manifestando más que claramente a través de su mirada, que sus anhelos coincidían totalmente con los suyos. Katia se recompuso los pliegues de su falda y tras tomar un sorbo de té, se encogió de hombros y explicó:

-No podía hacer nada más por él Richard. Si me hubiera quedado allí, o intentado buscar ayuda jurídica, tarde o temprano yo también hubiera corrido su misma suerte. No espero que me entendáis y os comprenderé si os parece una crueldad lo que hice, ya que en esos momentos, yo era su único punto de apoyo, pero creedme –dijo mirándonos a todos con intensidad y moviendo las gráciles manos vehementemente- no desea que lo salven ni que nadie le eche una mano. Tal vez si en un primer momento hubiera aceptado el abogado de oficio que el Consulado Británico le ofreció hubiéramos podido hacer algo, pero a estas alturas, ya es virtualmente imposible revertir la situación. Nadie quiere arriesgar sus relaciones con el nuevo estado. Mi país mantiene un lucrativo comercio basado en las minas de diamantes recien descubiertas en Siberia, con los países occidentales de Europa y la propia Norteamérica, que les reportan sustanciosos dividendos para ambas partes y no van a arriesgarlo por un preso anónimo, que no le importa a nadie por mucho que los periódicos hayan dado tanta publicidad a este caso.

En el fondo ni Mark, ni Candy, y menos yo, podíamos culparla de la dramática decisión que la arrojada y emprendedora muchacha había tenido que tomar. Sola, en mitad de un país que pese a ser su patria, ya no reconocía como tal, en una sociedad convulsa dominada por el miedo y que se agitaba aun con las consecuencias de la reciente guerra civil, que había terminado con la victoria de los bolcheviques tras una atroz y despiadada lucha entre hermanos, era natural que sintiera miedo y hasta pavor por lo que pudiera ocurrirla en aquel mar de incertidumbre, recelos y tragedias. Había hecho cuanto había estado en su mano y era humanamente posible para ayudar a su padre sin comprometer su propia posición, pero entre la negativa de James a ser auxiliado, en la que parecía haberse cerrado en banda, y la cada vez más peligrosa tesitura que atravesaba el país, sin nada que le siguiera ligando a Rusia, Katia emprendió el retorno a Europa Occidental para embarcarse en Southampton tan pronto como llegara a Inglaterra, con destino a Estados Unidos. Y finalmente, la imprevista y a veces feliz casualidad, había hecho que se encontrara con su novio, cuando menos posibilidades existían para un encuentro tan fortuito como en apariencia imposible.

46

Katia intentó disuadir a Candy de que la imitara, y abandonara la infructuosa búsqueda de su padre, pero al contrario que su hermanastra, la muchacha estaba más decidida que nunca a continuar indigando por el paradero de James y llevar acabo sus propósitos.

-Es una tarea baldía Candy –le dijo Katia mientras intentaba que sus palabras fueran lo menos hirientes y ofensivas para la joven- Rusia es un país enorme y probablemente cuando llegues hasta San Petersburgo, él ya no esté allí. Como me has comentado, parece que lo han trasladado de lugar, pero créeme, aunque lograras hallarla, aunque te permitieran verle, no conseguirás nada. No quiere ver a nadie y permanece encerrado en su mundo hecho a base de recuerdos.

Candy no quiso escuchar más, pese a que las intenciones de Katia eran buenas y procuraba disuadirla para que no perdiera el tiempo y puede que la vida, si continuaba empeñada en el restaurante con una amarga sensación y la incertidumbre de no saber como terminaría aquella arriesgada y alocada aventura. Nuevamente me veía envuelto en una nueva y frenética cadena de acontecimientos, a cual más intrincado y enmarañado que el anterior. Mientras Candy y Katia hablaban contándose sus respectivas vidas, y Richard y Mark departían tranquilamente en el andén de la estación de Saint Villers, a la que habíamos llegado tras un corto paseo, ya que el salón del té no distaba mucho de allí y tras atravesar algunas pintorescas calles cargadas de historia, yo temí que Mermadon se hubiera perdido o tal vez estuviera rezagado y con su poder de apantallamiento nuevamente desactivado, expuesto a las miradas de la gente. Haltoran, del que por cierto aun no sabíamos nada, me había contado una extraña historia de universos paralelos, taumaturgos que proyectaban su imagen a miles de kilómetros de distancia, y profundos letargos de una noche, y uno de los contratiempos sufridos con el despistado y a veces imprevisible robot, era que había sufrido una especie de ataque de locura en pleno muelle londinense y como Haltoran tuvo que hacer pasar como pudo el extraño comportamiento de su creación por una especie de campaña publicitaria de una ficticia feria ambulante. Y suponiendo que aquello fuera verdad, me puse a mirar en derredor mío y a todas direcciones por si le veía, aunque me puse a réir quedamente. Buscar lo que era invisible. Candy, alarmada por mi atípico y anómalo comportamiento fue a mi encuentro, cuando sufrí un duro encontronazo contra algo semejante a una columna de hierro y que era totalmente transparente e invisible al ojo humano. Caí al suelo, siendo sujetado por Mark y Richard que evitaron que me precipitara hacia delante. De no ser por ellos, me habría desplomado sobre el duro adoquinado del andén de la estación cubierta y mis gafas hubieran terminado rotas o partidas en dos mitades.

Candy se interesó por mí y me preguntó visiblemente preocupada:

-Maikel, ¿ qué, qué te ha pasado ?

Disimulé como pude. Richard ya estaba al corriente del secreto de Mermadon y probablemente de todos nosotros, por lo que no era cuestión de ampliar la lista de personas que sabían de nuestro verdadero origen, así que dije, mientras guiñaba un ojo a Candy, para darla a entender que no indagara por el momento en las razones de mi tropezón:

-Nada Candy, he debido tropezar con uno de estos adoquines.

La muchacha entendió entreabriendo levemente los labios y conteniendo su sorpresa para no alertar a su hermanastra de que algo extraño y nada convencional había sucedido. En ese momento, Mermadon dejó escapar una leve y tenue disculpa que llegó a oídos de Katia. La joven se detuvo perpleja y observó en torno suyo moviendo la cabeza a los lados.

-¿ No habéis oído nada ? –preguntó haciendo que mi sangre dejase de circular por un momento, a través de mis venas. Estaba completamente paralizado, helado, temeroso de que Katia descubriera algún detalle por nimio que fuera, y tuviésemos que ponerla al corriente como Candy había tenido que hacer con su amigo Richard. Hasta ahora, cuantos sabían de las facultades de Mark, o nuestra condición de crononautas habían callado, bien por respeto, por lástima, lealtad o lo que fuese que les impulsara a portarse noblemente con respecto a nosotros, pero no podíamos confiar en que tales altruistas comportamientos se fueran a dar en cada persona que tuviera acceso a nuestros secretos, ni se mantuvieran indefinidamente. Richard era periodista y su amistad con Candy había evitado que el joven informado difundiera nuestra historia, por otro lado tal vez sin éxito porque nadie creería la veracidad de una historia semejante, pero si el sobrino del presidente Wilson había logrado llegar al corazón de la increíble verdad, nada impedía que otro periodista menos escrupuloso y oportunista, publicara la historia aunque fuera en alguna revista de ciencia ficción, o en algún folletín dedicado a la publicación por entregas de relatos fantásticos.

-Yo, yo no he oído nada –me apresuré a decir con énfasis mientras Mark y Candy corroboraban mi afirmación, asintiendo con rotundidad. Sentí un gran alivio cuando me percaté de que Richard, el novio de Katia estaba colaborando en que nuestras interioridades y secretos, quedasen al descubierto restándole importancia a una voz que podría haber surgido de entre el gentío si no diese la casualidad de que a aquellas horas, la estación estaba prácticamente vacía. Katia asintió pasándose la mano por la frente y dijo con voz cansada:

-Sí, eso será. Estas correrías por Europa y la tristeza que me ha producido el ver a mi padre, tan abatido y derrotado, hace que me imagine cosas. Perdonad amigos míos. Llevo mucho cansancio acumulado y aun nos queda bastante para llegar a Norteamérica.

Nuestros caminos se separarían en breve. Richard y Katia viajarían a los Estados Unidos donde se casarían en un plazo de tiempo aun no determinado, y nosotros continuaríamos hacia Rusia, persiguiendo a un hombre que puede que ya no existiera y del que no teníamos ni la menor pista acerca de su auténtica ubicación. Candy estaba firmemente determinada a encontrar a su padre costase lo que costase.

47

La decisión de Candy era firme y ninguno de los largos y concienzudos razonamientos que le ofreció su hermanastra, bastaron para que se apeara de la descabellada idea de buscar a su padre, a lo largo y ancho del inmenso imperio ruso, costase lo que costase. Si sumábamos a tal planteamiento, que la muchacha se oponía rotundamente a que su marido desplegara sus poderes, para hacer más sencilla la consecución de tan nebuloso y casi imposible de conseguir tal propósito, que a mí se me antojaba despropósito la tarea podía resultar francamente insalvable. Katia intentó convencer a Candy utilizando el mayor tacto del que fue capaz, pero la joven continuaba firmemente anclada en sus trece. A cada intento de convencerla de que desistiera de la imposible labor de encontrar a un hombre que no deseaba ser hallado ni recibir a nadie, Candy se sumía en un mar de lágrimas y contraatacaba con desesperación negándose a rendirse a la evidencia. Sólo el gran amor que Mark sentía por su esposa le llevó a respaldar tan inusitado propósito. Hasta él, paradigma de las situaciones más enrevesadas e inextricables que mente alguna fuera capaz de concebir, tuvo que dar su brazo a torcer prometiendo a la hermosa muchacha que le contemplaba con sus ojos verdes de inhumana belleza que buscaría una solución soslayando el peligroso y espinoso asunto de la utilización del caprichoso iridium. Yo, por mi parte, ya tenía la solución o creía haberla encontrado. A nuestro lado, el silencioso Mermadon que casi delata su presencia ante la inteligente y suspicaz Katia al disculparse conmigo, cuando me tropecé contra él, debido a que estaba envuelto en su invisibilidad podía tener la clave para que los anhelos de Candy tuvieran pudieran ser hechos realidad, con alguna posibilidad de éxito.

Naturalmente, no podía revelar mis planes delante de Katia, y tendríamos que aguardar a que la joven emprendiera el regreso a Estados Unidos, en compañía de Richard, aunque también cabía la posibilidad de que la pareja permaneciera en Europa, respaldando al valeroso e intrépido aviador que nos había trasladado en su aeroplano al otro lado del Atlántico. Lógicamente, Richard estaba en deuda con él por la inestimable ayuda que le había prestado, permitiéndole cruzar el Atlántico a bordo de su avión y tenía que hacer algo para corresponder a la gratitud del joven piloto. En cuanto al dinero que Richard había invertido en apoyar la gesta de John, los pingues beneficios que le había reportado al piloto, los ingresos adquiridos gracias a la protección de los diversos patrocinadores que le habían ido surgiendo en las distintas etapas de su periplo, había conseguido que el agradecido y exultante John restituyera a Richard con creces, la exorbitante cantidad invertida por su amigo, prácticamente a fondo perdido. En esos momentos, Richard estaba completamente desesperado y solo le interesaba disponer de algún medio que le permitiera cruzar el Atlántico, por descabellado y temerario que se le antojase, al objeto de reunirse con su amada cuanto antes. Ahora que ambos jóvenes se habían reunido podría dedicarse a respaldar a John con su trabajo como periodista. Su jefe, veía con buenos ojos las crónicas que el reportero elaboraba en torno al héroe que había atravesado en solitario el Atlántico y que hacían que el Wall Street Tribune hubiera aumentado de forma sustancial su tirada. Con la repercusión que el viaje del Halcón Gris estaba teniendo en prensa, y los apoyos de los influyentes hombres de negocios que patrocinaban al aviador, conseguirían que finalmente el Gobierno Francés autorizase la fabricación de los tan necesitados repuestos, que el avión requería para continuar manteniéndose en condiciones de vuelo.

Richard había ofrecido su colaboración para buscar al padre de Candy y de su novia, pero la joven rubia no deseaba continuar aprovechándose de la buena disposición y el altruismo de su amigo. Por otra parte, su hermanastra no deseaba reunirse con él, y eso era una decisión personal que aunque no compartiese, Candy aceptaba y respetaba. Pese a la insistencia de Richard para que al menos, moviendo algunas de sus recién estrenadas y flamantes influencias se interesara por el estado de James sin intervenir directamente en su búsqueda, Candy no aceptó y le dejó bien claro que agradecía infinitamente su apoyo, pero que era algo que debería hacer ella sola. Por otro lado, el deseo de Katia de retornar a Estados Unidos, influyó en su decisión de no insistir más, pese a que su novia le dejaba las manos libres para secundar a Candy si lo creía necesario. Finalmente, los insistentes y vehementes ruegos de Candy, consiguieron que desistiera no sin cierto pesar, de seguir pugnando por ofrecerle su ayuda.

-No, querido Richard –le dijo Candy tomando sus manos entre las suyas- ya habéis hecho demasiado por vosotros. Regresa a Estados Unidos con Katia. Yo me ocuparé de continuar buscando a nuestro padre. Recibiréis noticias nuestras tan pronto como consigamos dar con su paradero.

Richard se encogió de hombros, molesto e incómodo consigo mismo por tener que dejar sola a Candy en una empresa tan ardua como descabellada, pero no dijo nada. Sabiendo lo que sabía acerca del portentoso secreto de su marido, por otro lado se quedaba mucho más tranquilo al presentir que su amiga estaría bien protegida. En cuanto a John, aunque no se oponía a que el periodista utilizara sus contactos para indagar acerca del padre de Candy, no lo veía con buenos ojos, ya que sus patrocinadores podrían incomodarse, no por el hecho en sí, de buscar a una persona en concreto. Los beneficios que su respaldo al vuelo del Halcón Gris, habían reportado a sus arcas les hacían mostrarse especialmente predispuestos y condescendientes a cualquier petición plausible que el piloto les formulase, a través de los representantes de sus mecenas, siempre que se mantuviera dentro de los límites de lo razonable. Pero una cosa era realizar una búsqueda a título personal de alguien, y otra muy distinta, lidiar con un gobierno que no era especialmente proclive a ingerencias extranjeras ni foraneas, en sus delicados asuntos internos. A nadie le interesa que otros aireen tus trapos sucios. No era conveniente ni el momento de mover los hilos porque quizás de ello, se derivase un grave incidente internacional.

Entre tanto yo, que no sabía si a Mark se le habría ocurrido la misma idea que a mí, esperaba a que llegase el momento oportuno para poner en práctica mis planes.

48

Katia y Candy se estuvieron conociendo durante algunas horas, tiempo suficiente para establecer un inicial acercamiento entre ambas y romper el hielo y la mutua aversión que podía surgir entre dos caracteres tan dispares como los de las dos muchachas. Katia era una persona circunspecta y algo introvertida, precisamente lo contrario de Candy, aunque la joven rusa hacía gala de cierta debilidad en su temperamento, sobre todo cuando las circunstancias tendían a sobrepasarla como había sucedido con el fallido intento de acercamiento a su padre. Katia pensaba que odiaría a Candy por achacarla la culpabilidad de que su padre hubiera estado anhelando a Eleonor y a su otra hija por espacio de toda una vida, pero cuando estuvo frente a ella, toda su carga de rencor y animadversión se desvaneció por completo, como por arte de magia. Ante las pupilas verdes y el dulce, pero a un tiempo decidido carácter de su hermanastra, no pudo por poco menos que claudicar. Katia se sorprendió así misma al comprobar que era incapaz de experimentar cualquier sentimiento negativo hacia la muchacha.

"A fin de cuentas, ella no tiene ninguna culpa de que mi padre, sea también el suyo. Eleonor le amó más que a nada en este mundo, pero James rompió su matrimonio para casarse con mi madre, por presiones y a instancias de su familia" –pensó la muchacha mientras Candy se sinceraba con ella y le describía, omitiendo ciertos detalles acerca de Mark que era mejor que no conociese, a grandes rasgos como había sido su vida desde que fuera depositada en una canastilla a las puertas del Hogar de Pony, junto a su amiga Annie hasta poco más o menos el momento actual.

Katia la escuchó admirada y conmovida por la presencia de ánimo y la férrea voluntad que parecía albergarse tras aquella apariencia de muñeca, no pudiendo dejar de escuchar el vivido y apasionante relato de su vida. También le causó admiración y cierta envidia el porte gallardo de su bien parecido marido y se estremeció ligeramente al comprobar que Candy Y Mark no solo se compenetraban a la perfección, dando sentido a la vieja y consabida frase de "que hacían buena pareja". Era algo más profundo y complejo que todo aquello. Ambos estaban hechos el uno para el otro, Katia diría que Mark y Candy estaban predestinados a amarse desde hacía mucho tiempo. No había ninguna duda acerca de la fortaleza del vínculo eterno que ataba a ambos de por vida y puede que más allá de la misma existencia terrenal. No sabía explicarlo pero la joven tenía una especie de don o facultad para leer en los ojos de las personas, los recónditos secretos de sus emociones y pocas veces se había equivocado en sus predicciones, que solo realizaba para sí misma. No deseaba compartir con nadie su particular secreto, aunque puede que quizás lo hiciese con Richard, algún día.

-De modo que estás decidida a buscar a James –dijo Katia mientras apuraba su taza de té- te deseo lo mejor Candy, aunque si le encuentras, deberás tener paciencia con él. Ha sufrido, de hecho sigue sufriendo mucho, aunque puede que a ti te escuche más que a mí, ojalá tengas suerte querida. Te deseo lo mejor.

Candy asintió y se puso en pie. Ambas jóvenes se abrazaron fraternalmente intercambiando promesas de que se reunirían en un futuro no muy lejos, para fortalecer sus lazos de amistad. En el exterior del establecimiento Richard hacía imperativos gestos a su novia para que se apurase. Tenían que reunirse con John para partir hacia París, donde el ministro de armamentos les recibiría finalmente para dar el visto bueno, esperaban, a la tan ansiada y necesaria remodelación del Halcón Gris. Tras algunos días más de gira, el aviador retornaría a Estados Unidos recabando nuevos apoyos, y naturalmente, Richard y Katia les acompañarían. Finalmente, la joven se reunió con Richard y se mesó los cabellos rubios que asomaban bajo el ala de su canotier pasando por mi lado y saludándome con una leve inclinación de cabeza. Cuando la joven posó sus ojos claros en los míos, notó un ligero temblor en su interior. Había visto algo en mis pupilas, algo que le hablaban de mis más secretos anhelos y emociones. Richard la atrajo hacia sí preocupado y preguntó a Katia:

-¿ Te ocurre algo querida ?

-No nada, -mintió la muchacha -Richard, vámonos, John nos está esperando.

49

Tras las despedidas que se hicieron harto dolorosas y difíciles de formular, sobre todo para ambas hermanastras, y una vez que John y ambos novios subieron al tren que les llevaría hacia París, me acerqué a Candy que estaba sentada en el brocal, de una fuente ornamental que presidía la plaza principal de Saint Villers. Candy fijó sus ojos de esmeralda en la efigie de una muchacha que portaba un cántaro del que emergía el principal chorro de agua que iba a parar a la taza situada justo bajo la pequeña loma, desde donde la doncella en pie, vertía constantemente el contenido de su ánfora pareciendo sonreír a todo el que la contemplaba de cerca. Mark había ido a gestionar la adqusición de nuevos billetes que nos permitirían llegar hasta París, hasta las oficinas de la estación. Precisamente cuando íbamos a viajar en el mismo tren que Katia y los demás, un severo y ceñudo revisor nos informó de que ya no quedaban plazas disponibles y que tendríamos que aguardar al próximo tren que saldría hacia la Ciudad Luz en un lapso de dos horas. Para evitar quedarnos nuevamente en tierra, Mark optó por situarse el primero en la creciente cola que iría aumentando gradualmente para hacerse con un billete, frente a la taquilla dispensadora de los mismos. Candy, que estaba intentando asumir tantas emociones vividas en tan breve espacio de tiempo, prefirió pasear por las recogidas y pintorescas calles del pequeño pueblo. Una vez que el piloto y su aeronave, que había sido cargada con gran cuidado en uno de los vagones plataforma del convoy partieron hacia París, Saint Villers pareció sumirse en su monotonía y placidez habituales retornando todo el pueblo a su inicial y sempiterna tranquilidad. Cuando Candy me encontró a mí también paseando junto a la fuente se me aproximó abrazándome, agradecida de que estuviera a su lado.

-Maikel, me alegro tanto de verte –reportó con voz dulce.

Asentí mientras le pedía que aflojara un poco la presión de su abrazo. A veces la muchacha aplicaba tanta fuerza que notaba como se me cortaba la respiración. Candy me pidió perdón, pero enseguida la tranquilicé. Caminamos juntos en torno a la plaza de planta circular del pueblo presidida por la fuente ornamental. Nuestros pasos resonaban levemente sobre el empedrado de adoquines que brillaba ligeramente por efecto de una leve llovizna que había caído hasta hacía unos instantes:

-Maikel, ¿ cómo podremos encontrar a mi padre en un país tan gigantesco ? –me preguntó lanzando un suspiro, mientras se cogía de mi brazo izquierdo. No pude reprimir un sentimiento de emoción al notar el contacto de su gráciles dedos en torno a mi grueso antebrazo.

Alcé las cejas lentamente y empujé mis gafas contra el puente de mi rechoncha y corta nariz. A veces, sin querer recaía en una fea y desagradable constumbre de hurgarme las fosas nasales, lo cual ponía a mi amiga de los nervios. Gracias a ella, había conseguido reprimir ese lastimoso y poco higiénico hábito que se había convertido en una de mis manías desde mi adolescencia. Como le sucedía a Mark, temía tanto desagradarla que terminé por cortar de raiz semejante falta de educación, aunque ocasionalmente mis dedos se arrimaran a mi nariz.

-He pensado en Mermadon. Ahora que ha recobrado su poder de invisibilidad, haré que nos preceda y rastree toda Europa si es necesario. Si alguien puede dar con tu padre, con ciertas garantías de éxito, ese es él, sin duda alguna.

Candy me miró perpleja. Sus ojos verdes acariciaban mi rostro, haciendo que mis antiguos sentimientos retornaran con renovada fuerza. Pese al tiempo transcurrido, pese a la profunda amistad, rayana en lo filial que nos unía, yo no podía dejar de ver a Candy, como a una bella mujer de la que continuaba perdidamente enamorado, en vez de cómo a una hermana, por más que me empeñara en negarlo, aunque yo, en esa cuestión era más fuerte que Mark y disimulaba mejor mis propios sentimientos a costa de un sufrimiento que conseguía atenuar en parte gracias a que al menos, podía estar cerca de ella, aunque fuera en calidad de amigo suyo.

-No sé si sería conveniente arriesgar a Mermadon –dijo Candy recogiéndose la falda plisada de su largo vestido -¿ que ocurrirá si lo descubren Maikel ?, Mermadon rechaza de plano la violencia y además sus poderes solo son la mitad de efectivos que los de Mark, y su duración también se ve drásticamente reducida.

Me rasqué la pequeña calva a modo de tonsura, que coronaba mi cabeza. Había renunciado a llevar sombrero porque si me hacía con uno, terminaría perdiéndolo como de costumbre. Busqué una respuesta que calmara los temores de mi amiga y a la sazón, imposible amor. Candy era tan buena como hermosa, tan noble como decidida. Hasta un ser artificial como Mermadon despertaba en ella su compasión y el temor a que pudiera sucederle algo malo. No era extraño que el magnetismo de la muchacha hubiera producido hasta en el propio Neil sentimientos tan encontrados como intensos.

En parte comprendía, aunque no disculpaba en absoluto el inicial comportamiento de rechazo, que Neil exhibía hacia ella. El joven de cabellos castaños se había enamorado de Candy desde el primer día, solo que no era capaz de reconocerlo. La única vía de escape que encontró para dar rienda suelta a su frustración por no poder concretar sus sentimientos fue maltratarla. Cuando se dio cuenta de la inclinación hacia el bien de su alma, notó una gran desazón y comprobó que ya no podría tener jamás a Candy. Afortunadamente, Susan llegó a tiempo para llenar el inmenso vacío que Candy había dejado en su corazón y aceptó corresponderle, como también había sucedido en el caso del infortunado Anthony con Natasha. De no ser por aquellas gentiles muchachas, luego convertidas en sus respectivas esposas, ambos jóvenes habrían terminado desquiciados o carcomidos por la pena y la melancolía.

Volví de esas tristes reflexiones cuando Candy pasó su brazo derecho por mi espalda. Ambos contemplamos nuestro reflejo en las aguas agitadas y burbujeantes de la taza de mármol de la fuente, al recibir la que fluía borboteando, sin solución de continuidad, del cántaro de la estatua de la muchacha.

-Maikel, a mí no puedes engañarme. Sé que algo muy grave te está pasando pero no me lo quieres decir. –me comentó Candy con un deje de preocupación en la voz.

La cuestión se estaba tornando incómoda para mí y harto peligrosa. Si la chica continuaba sonsacándome y apretando el dogal de mi pena en torno mío, terminaría sincerándome con ella, aunque de sobra conocía ella mis verdaderos sentimientos. Ni Esther, ni Clara ni otras mujeres que habían pasado por mi vida, conseguirían borrar en modo alguno aquellos esplendentes ojos verdes que me contemplaban con conmiseración y desasosiego nuevamente y que habían dejado una impronta en mi alma tan ideleble como inborrable. Desde aquel lejano día, entre los restos de una batalla campal acaecida la noche anterior, en el que Candy descubrió lo que sentía por ella nos comprometimos a no mencionarlo más, pero el tema había surgido en varios delicados y especiales momentos. Carraspeé y fijé mis ojos marrones en los adoquines de la plaza. Algunos bancos de mármol situados en los extremos de la misma junto con un quiosco donde una banda de música tocaba todos los sábados por la tarde completaban la decoración de la sobria pero bien aprovechada plaza, centro de reunión del pequeño pueblo, aunque ahora estaba prácticamente desierto.

No respondí a los requerimientos de Candy. La muchacha preocupada tironeó reiteradamente de las mangas de mi gabardina e insistió:

-Maikel, ¿ por qué no me cuentas que es lo que te ocurre ? ¿ hasta cuando vas a continuar encerrado en ti mismo ?, me preocupas tanto… -preguntó con desesperación, casi con indignación por no ser capaz de penetrar en la capa de recio mutismo en que me había envuelto y que yo no estaba dispuesto a romper por parte mía.

La miré brevemente. Era tan hermosa que el mero hecho de contemplarla, hacía que se me encogiera el corazón.

-No me ocurre nada Candy –mentí desabridamente y sin demasiada convicción -Agradezco tus desvelos, pero no tienes porqué preocuparte. Me encuentro perfectamente. Voy a buscar a Mermadon para transimitirle las órdenes pertinentes, a efectos de que comience la búsqueda de tu padre –comenté secamente y retirando las manos de mi amiga, con un gesto hosco y nada galante que me dolió inmensamente ante su cara de contrariedad, por la brusquedad de mis adémanes.

Me separé de ella, dirigiéndome al último lugar donde había pedido al robot que permaneciera quieto aguárdanos, y donde presumía que estaría, esperando que no se hubiera movido de sitio, ya que de lo contrario, debido a su invisibilidad sería prácticamente imposible localizarle sin que él delatara su presencia. Mis pasos resonaron en la plaza, mientras me dirigía con andar pesado y ligeramente vacilante hacia Mermadon. Mis movimientos resultaban torpes y sincopados debido a mi acendrada obesidad. Candy observó mi figura algo encorvada y echada hacia delante y crispó las manos envueltas en guantes de muselina en dos férreos y pequeños puños. El viento removió sus cabellos dorados que sobresalían por el borde de un sombrero circular rematado por lazos. Aferró con sus dedos los pliegues de la falda de su vestido, formada por tres capas de organdí, superpuestas una sobre la otra en forma de airosos volantes.

-Mientes Maikel, me estás mintiendo –pronunció lentamente desgranando las palabras y al borde de las lágrimas, jugueteando con sus inquietos dedos con la cenefa oscura que bordeaba el escote de su vestido –estás sufriendo lo indecible, y por mucho que intentes guardarlo para ti, tu amargura sale a relucir. Y no se debe a Clara. Lo sé, te conozco demasiado bien, mi buen y dulce amigo –murmuró Candy contrita, mientras el agua de la fuente continuaba borboteando en la pila de la misma, esparciendo el rumor que producía, en derredor suyo, no atreviéndose a responder a sus preguntas, porque intuía demasiado bien cual era la respuesta exacta a las mismas, y que no era otra que ella misma.

50

Mark retornó con los pasajes tras una tensa espera, una vez que la ventanilla del despacho dispensador de billete abrió al público. Hubo algunos conatos de tumulto entre los airados y cansados viajeros que aguardaban a pie firme junto a la taquilla, temerosos de quedarse sin su billete, aunque la cosa no pasó a mayores y nadie se atrevió a meterse con Mark. Su corpulencia y aspecto ligeramente hosco convencieron a muchos de no incluirle en sus trifulcas, aparte de que ocupaba el primer lugar de la fila por derecho propio, bastante antes que los demás viajeros que fueron llegando gradualmente. Cuando encontró a su esposa parada en mitad del pequeño parque, presidido por la fuente se fijó en su semblante preocupado pero no dijo nada. Mark lo atribuyó a su angustia por la suerte de su padre, tal vez perdido en las vastas planicies del país asiático. Se acercó a ella y besándola en los cabellos rubios le preguntó por mí. Candy sonrió, confortada por el afecto de su marido y extendió la mano, señalando hacia un rincón de la plaza, donde yo parecía practicar el arte del soliloquio, porque no me atrevía a ordenarle a Mermadon que se tornara visible por miedo a alguna mirada inoportunamente indiscreta. Mark se me aproximó y me preguntó:

-Maestro, ¿ que estás haciendo ?

-Impartirle órdenes a Mermadon. Creo que lo más indicado será pedirle que localice al padre de Candy, puesto que se niega en redondo a que emplees tus poderes.

Entregué al robot, una foto de James que le había pedido a Candy que me prestase. La confirmación de que Mermadon estaba delante nuestro vino dada por la inaudita visión de cómo la fotografía en blanco y negro y granulada se esfumaba delante de nuestros ojos, al entrar en contacto con la mano metálica de Mermadon.

-De acuerdo señor Parents. Iniciaré la búsqueda de inmediato. Me pondré en contacto con ustedes como me ha ordenado. Tan pronto como tenga algún dato.

A continuación unos pasos mesurados y amortiguados se escucharon a corta distancia, para irse desvaneciendo gradualmente, a medida que el robot se dirigía a las afueras del pueblo para no dañar ningún edificio colindante, con la emisión de gases que saldría de las toberas retráctiles situadas a su espalda. Mark conocía mis intenciones y no argumentó nada al respecto. Sabía que era la opción más razonable, dado que Candy le había prohibido terminantemente recurrir al temido y odiado iridium.

51

Mermadon se dirigió hacia unos campos despejados y relativamente desiertos donde crecían algunos árboles y arbustos aislados, a excepción de algunas garzas de abultado plumaje entre blanco y rojizo, que sosteniéndose sobre su pata derecha le contemplaron con indiferencia, tan pronto como su maciza y voluminosa forma se materializó nuevamente. Extendió los brazos como si fueran un par de alas y con un sonido neumático, que espantó una bandada de gorriones que picoteaban en torno suyo algunas bayas y moras esparcidas a los pies del robot, el doble propulsor que le permitía elevarse y remontar el vuelo, surgió de su espalda, una vez que las compuertas blindadas que lo protegían se deslizaron a un lado. Acto seguido una densa humareda y un siseo imposible de ocultar, seguido de una estela de fuego fueron los principales indicios, de que el dócil robot, obediente como siempre, había dado inicio la larga y casi imposible búsqueda que para el pragmático y flemático robot era lo más natural del mundo. Algunas personas asustadas abandonaron sus casas tomando aquel estruendo por un terremoto y varios paseantes que habían empezado a transitar por la plaza del pueblo señalaron entre temerosos y confundidos, el largo haz de humo y llamas que se perdía entre las nubes y que parecía partir de una imprecisa forma vagamente humanoide. Candy contempló aquella escena anonadada, mientras Mark la aferraba por la cintura y yo musitaba largas plegarias para que nuestro amigo robótico retornara sano y salvo y apostaría algo a que Candy hacía tres cuartos de lo mismo. No terminaba de acostumbrarse a semejantes prodigios tecnológicos, pero tuvo que reconocer que si alguien podía encontrar a su padre, sin tener que involucrar las peligrosas facultades de Mark en el proceso, era Mermadon. La muchacha temió por su suerte. Le caía simpático y siempre le había apreciado desde que efectuara aquel diagnóstico de su personalidad y estado de salud, impactándola con su predicción de que su primer hijo sería una niña fuerte y robusta, como así fue.

Entonces Mark nos sacó de nuestro ensimismamiento. Tanto Candy como yo teníamos la vista fija en la densa y opaca humareda que se extendía hacia lo alto y que había comenzado a disiparse. Poniendo su mano derecha en mi hombro, y la otra en el de su esposa nos dijo:

-Candy, cariño, maestro –musitó enterrando sus labios entre los rizos dorados de su bella esposa y meciendo levemente mi hombro, -tenemos que irnos. Ya tengo los billetes para el tren que nos dejará en París.

Arqueé las cejas. Si Mermadon descubría algo, enviaría una señal codificada a mi móvil, sin importar la distancia que mediase entre nosotros y él. Haltoran había preparado aquel dispositivo en la eventualidad de que necesítasemos comunicarnos con el robot a larga distancia. Se me antojaba absurdo el hecho de que el único móvil disponible en el mundo, en los albores del siglo XX fuese algo más que un curioso e inservible exponente de una tecnología futura con la que muchos no podían ni soñar tan siquiera y sentí que una risa floja y desprovista de alegría afloraba a mis labios tras nacer de mi garganta. No pude reprimirme y Candy y Mark me miraron extrañados pero no dijeron nada. Haltoran me había explicado algo de ondas que viajaban por las capas más altas de la atmósfera y era dirigidas hacia mi móvil por complejos sistemas de guiado, instalados en Mermadon. Si el robot, al que le había prohibido ponerse en contacto con James por razones obvias, tan solo mantenerle vigilado y tenernos al corriente de sus progresos descubría algo, efectuaría una llamada a mi móvil que al ser alimentado por batería solares, tampoco debia temer las consecuencias de no recargarlo periódicamente conectándolo a una red eléctrica totalmente diferente de la que había conocido en el siglo XXI.

-Que ironía –dije sin poder reprimirme- la única llamada de telefonía móvil realizada a principios del siglo XX, será obra de un robot.

-Maestro –dijo Mark intentando calmarme porque me había notado muy alterado desde mi embarazosa conversación con Candy -es necesario proceder así. Aparte de mí, sólo Mermadon tiene alguna posibilidad de éxito de localizarle, aunque no va a resultar nada fácil.

-De paso –dije mientras picaba contra el suelo, con mi pie derecho y no paraba de dar vueltas por el andén de la estación, poniendo nerviosa a Candy y a más gente que se apartaba incómoda a mi paso –le he pedido que localice a Haltoran y a Annie –comenté con el ceño fruncido.

-¿ Acaso les ha ocurrido algo malo ? –preguntaron Candy y Mark al unísono concentrándose en torno mío y demandándome que me explicara con mayor claridad.

-No lo creo, tan solo es un presentimiento, -declaré uniendo los dedos de ambas manos, por las yemas de los mismos -pero tardan demasiado en ponerse en contacto con nosotros –comenté fijando la vista en el gris desvahído de las losas del pavimento del andén, donde aguardábamos la llegada del próximo tren con destino a París, yo con particular impaciencia. Me dí cuenta como la intranquilidad se pintaba en los hermosos ojos verdes de Candy, temerosa de que a su amiga Annie o a Haltoran les pudiera haber ocurrido algo.

"Mierda –musité mordiéndome la lengua- " a veces, hablo demasiado" –pensé alterado.

Entre tanto no era capaz de mantenerme quieto. Mis pies se movían apresuradamente, casi con voluntad propia, haciendo que diera vueltas en cerrados círculos, porque la impaciencia ante la larga y tensa espera por un tren que no terminaba de hacer su aparición, me estaba consumiendo literalmente. Sin querer, mi barriga empujó ligeramente a una señora que estaba observando los railes, y luego, al tropezar involuntariamente con la maleta blanca de Candy, mi hombro derecho desplazó a la dama hacia delante, sirviendo esta de improvisado apoyo a mi cuerpo, aunque poco faltó para que los dos rodáramos por tierra y que mi móvil resbalara nuevamente del bolsillo derecha de mi gabardina. La mujer lanzó una exclamación de sorpresa en francés, que luego se transformó en otra de indignación. Cuando la dama, enfundada en un vestido de seda verde y con la cabeza cubierta por una caperuza con lazos y flores a ambos lados de la misma, se giró enojada dispuesta a recriminarme y yo, pergeñando una disculpa incliné la cabeza turbado, sus ojos oscuros se abrieron ligeramente sin dar crédito al reconocer a dos de las personas que estaban a mi lado, y frente a ella, lo mismo que Mark y Candy. Anette du Lassard se llevó ambas manos a los labios y emitiendo una risa nerviosa, dijo con voz emocionada al reconocerles, intentando reprimir sin demasiado éxito, sus muestras de alegría:

-No, por el amor de Dios, Mark, Candy, después de tanto tiempo…

-Señora du Lassard –gritaron a coro Candy y Mark, sobrecogidos por la sorpresa de encontrarla allí, delante de ellos, después de tantos años. Aunque yo no conocía personalmente, hasta ese momento, a la elegante dama francesa que empezó a hablarnos atropelladamente en inglés sumida en un persistente nerviosismo, pero con un característico acento francés, enseguida se hizo una luz en mi mente. Mark me había relatado con todo lujo de detalles, como durante la travesía a través del Atlántico, al objeto de que Candy pudiera reunirse con su verdadera madre a petición de esta, que por aquel entonces residía en Escocia, con motivo de unas vacaciones, la hija de aquella señora había caído infortunadamente por la borda, al agua, durante una inclemente noche en la que una fuerte y temible tormenta sorprendió al Germania, el buque de pasajeros en el que viajaban, rumbo a Inglaterra agitándolo peligrosamente y amenazando con hacerlo zozobrar. Mark no tuvo otra alternativa que salvarla recurriendo a sus poderes, y como pese a que Anette y su hija Ivette habían sido partícipes involuntarias de su secreto, ambas guardaron silencio, en agradecimiento al desprendido y generoso gesto de Mark.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE