EN OTRO PAIS

TERCERA PARTE

1

La monotonía era la tónica dominante en el interminable periplo, que el clan de cosacos parecía empeñado en realizar por toda Crimea. Aunque eran bien tratados y se les dispensaba un trato deferente, Haltoran no alcanzaba a entender que recónditas razones impulsaban al ataman a mantenerles prisioneros, a él y a Annie. Después de perder su Hispano Suiza, que a buen seguro habría ido a parar al fondo del Mar Negro, junto con el equipaje de su esposa y el suyo propio, y los regalos destinados a su hijo Alan, a los Brighten y a todos sus amigos, tras el involuntario naufragio del Donatiere se hallaban a merced de una tribu o partida guerrera de cosacos que no les dejaban ni a sol ni a sombra vigilándolos estrechamente. Los días se le hacían a Haltoran interminables, y los bostezos entreverados con su actitud indolente que sacaba de sus casillas a Annie, por su inacción, ocultaban en el fondo los frenéticos planes que su analítica y prodigiosa mente estaban elaborando para lograr escapar a la más mínima oportunidad disponible, a nada que sus captores bajaran la guardia. Bajo una apariencia de despiste y descuido, el joven se movía entre los cosacos como pez en el agua, que además le habían tomado simpatía. No es que Haltoran estuviera ocioso y se pasara todo el tiempo sin hacer nada, pero la falta de actividad tampoco invitaba precisamente a moverse a un ritmo frenético. Annie le echaba en cara su presunta pereza, pero el joven sonreía enigmáticamente y le decía guiñándola un ojo:

-No te impacientes pequeña dama, deberías tomar ejemplo del teniente Colombo.

-¿ Eh ? ¿ quien es ese hombre ? –preguntó la muchacha con los brazos en jarrras, de pie en mitad de la tienda que les habían concedido y que Haltoran había aprendido a montar y desmontar en un abrir y cerrar de ojos. Se había adaptado extraordinariamente bien al estilo de vida nómada de aquellos cosacos, que contrariamente a otras comunidades, no parecían mantener asentamientos permanentes, cosa que no podía decirse de Annie, a la cual el tiempo que pasaba incomunicada, sin noticias de los suyos y lo que era peor, separada de su hijo, estaba minando su moral y haciendo que estuviera de uñas a cada momento. Su carácter dulce y apacible parecía haberse esfumado y no dejaba de llorar, implorando por una libertad que no terminaba de llegar, lo cual estaba destrozando a Haltoran, porque no soportaba verla así, tan desesperada y destrozada. Pero si Haltoran no mantenía la compostura, si también se venía abajo, entonces si se podría afirmar sin posibilidad alguna de equivocación, que estarían irremisiblemente perdidos.

-¡No me llames así, maldita sea ¡–sollozó Annie exasperada por la en apariencia frívola despreocupación de su marido –¡ estamos prisioneros de estos salvajes y tú, tú, tú…solo sabes hacer chistes ¡.

Haltoran avanzó hacia ella y la rodeó con sus brazos consiguiendo que los sollozos de su esposa fueran atenuándose hasta el punto de hacerse apenas audibles. Pese al alto grado de nerviosismo que aquejaba a Annie, el contacto con su marido siempre conseguía calmarla y devolverla cierto nivel de tranquilidad.

-Tranquila pequeña dama, tranquila –le susurró Haltoran al oído acariciando los sedosos cabellos negros que brillaban bajo la tenue luz del atardecer que entraba por un orificio, practicado en la cima de la tienda a efectos de ventilación e iluminación –no dejaré que te pase nada malo. Te prometo que saldremos de esta, más pronto de lo que parece. Tienes toda la razón, cariño, yo también ansío salir de aquí y volver a casa, pero necesito tu ayuda. Debes darme un poco más de tiempo. Ya casi tengo un plan para que podamos huir, pero debemos esperar la ocasión propicia.

Annie lanzó un prolongado y hondo suspiro. Su escultural figura era disimulada por el amplio kaftan de anchas y flotantes mangas que las mujeres del clan cosaco le habían facilitado, para que se sintiera más cómoda y soportara mejor los rigores de la estepa, y que con sus anteriores ropas, difícilmente podría sobrellevar. A pesar de ser una prenda confeccionada con un tejido áspero y sin curtir, resultaba sorprendentemente cómoda y su decoración a base de filigranas de vivos colores, aunque no realzaba la figura de Annie tampoco la desmerecía. La joven reclinó su cabeza en el pecho de su marido, mientras Haltoran la enlazaba con el talle y ella le abrazaba a su vez. Annie sonrió al recordar la pelicular manera en la que conoció al hombre que se convertiría en su esposo, en un espectacular y pelicular rescate aéreo, cuando el joven de cabellos pelirrojos la hizo en vilo, antes de que la desbocada yegua que montaba, terminara por hacer que saliera despedida. En ese momento, una insistente y machacona alarma sonó proveniente del bolsillo derecho del chaleco de Haltoran. A diferencia de Annie, prefería mantener sus anteriores ropas, a lo cual Grigori no encontró inconveniente alguno y le permitió conservarla. A Haltoran le parecía peculiar que al ataman se le consultaran todos los asuntos, incluso los más nimios y baladís, como la moda que debía seguir un testarudo cautivo extranjero, que se negaba a probarse el atuendo cosaco. Cuando creyó que le atarían a sendos postes de madera para desnudarle el torso, y destrozárselo a golpes de knut, como había visto hacer sobrecogido, con varios hombres acusados de robo y agresión, comprobó aliviado que la severa justicia cosaca, tenía otros asuntos más importantes que atender, que una simple cuestión de gustos masculinos. Grigori se tomó a bien que el joven continuara vistiendo a la europea y dio instrucciones para que no se lo importunara más con dicho asunto. Cuando Haltoran sacó del bolsillo un diminuto intercomunicador que él había diseñado, arqueó las cejas y declaró ante el estupor de Annie:

-Vaya, es mi intercomunicador. No sabía que lo llevase encima –comentó frotándose la nuca.

El pequeño aparato, de hecho era un teléfono móvil modificado capaz de rastrear, entre otras funciones, la señal que emitía Mermadon en un radio de cien kilómetros a la redonda, al desplazarse por el aire, cuando empleaba su planta de potencia de iridium a pleno rendimiento, con la ayuda de los dos reactores que tenía acoplados a la espalda. Haltoran lanzó un grito de alegría, que disimuló a duras penas, cuando escuchó pisadas junto a los cascos de dos caballos, en el exterior de la tienda procedentes de dos cosacos, que llevaban de las riendas, a sus dos bayos para que saciaran su sed en el cercano abrevadero comunitario. Los dos hombres barbudos pasaron de largo sin prestar mayor atención a la tienda, mientras conversaban amigablemente entre ellos.

El joven suspiró aliviado y explicó a su extrañada esposa, el motivo por el cual se hallaba tan contento:

-No sé como, pero Mermadon está aquí cerca, Annie, y eso solo puede significar una cosa: que Maikel esté cerca.

-O puede que Mark y Candy –bisbiseó la muchacha en voz baja llevándose una mano a los labios y abriendo sus hermosos ojos azules desmesuradamente para luego negar con la cabeza y añadir:

-No, no tiene sentido, es completamente absurdo –declaró la muchacha confundida.

Haltoran coincidió con el punto de vista de la hermosa joven. En efecto. Era absurdo, ¿ qué motivos podría tener Candy para hallarse en Rusia ?, como no fuera que…

Entonces se hizo una luz en la mente de Haltoran. Recordó una reciente conversación con su amigo que ambos habían mantenido, poco después del regreso de su última y extraordinaria aventura, en el que Mark le reveló sus sospechas de que el padre de Candy podría continuar con vida, y que a tenor de lo poco que le había confesado Eleonor a su esposo, y este a su vez, a su hijo Mark, se había casado con una dama rusa de ascendencia noble. Quizás hubiera una conexión factible en todo aquello, aunque la presencia de Mermadon allí, también podía deberse a que el propio Mark, y hasta yo mismo, preocupados por su excesiva tardanza en regresar o dar señales de vida, ante la falta de noticias, le hubiesen enviado hasta aquellas apartadas latitudes para rastrear su presencia.

Annie se estremeció. Aun no se le había pasado el susto y la impresión que el gigantesco robot le hubiera causado, la primera vez que se encontró con él, y a su madre, menos aun, todavía.

-Tengo una posible explicación de porqué está aquí, pero son solo conjeturas –comentó Haltoran asegurándose de que nadie les estuviera espiando- de momento, le enviaré una señal codificada para que permanezca a la espera hasta que la ocasión sea propicia para que nos ayude a fugarnos.

Ante la expresión contrariada y prácticamente enojada de Annie, adivinando la causa de su incipiente enfado, Haltoran alzó las manos y la tranquilizó, o lo intentó por lo menos:

-No, Annie, no me mires así, no quiero que Mermadon intervenga por ahora. Aunque lo programé para no causar daño, alguien podría salir lastimado involuntariamente, y a pesar de que esta gente nos tenga prisioneros, nos han tratado bien y no deseo herir a nadie, si puedo evitarlo.

2

Hasta un robot de la capacidad y resistencia que era capaz de desplegar Mermadon, tenía sus límites. El coloso metálico debía detenerse ocasionalmente para recargar sus baterías recurriendo a sus paneles solares que hasta ese momento, no había utilizado nunca, camuflándose por la noche en cuevas y en parajes o lugares poco frecuentados, porque desactivaba su capacidad de apantallamiento a efectos de ahorrar energía. Había sobrevolado media Europa dejando atrás las tierras de Rumanía e Italia tras abandonar Francia, y se había adentrado en las vastas extensiones de la inmensa e inabarcable Rusia, a la búsqueda de un hombre, cuyo imagen había sido enviada a sus bancos de memoria, tras observar brevemente la fotografía que esgrimí delante de sus sensores rojos y que Candy me había prestado eventualmente. La hermosa joven notó una dolorosa sensación al imaginar al robot solo, en mitad de la nieve, o a merced de quien sabía que peligros y vicisitudes, pero no quedaba otra alternativa si deseaba localizar a su padre con alguna probabilidad de éxito.

-Es necesario hacer esto cariño –le dijo Mark acariciando sus cabellos rubios y retirando las lágrimas que perlaban los ojos verdes de Candy con las yemas de los dedos de su mano derecha.

Candy era tan bondadosa, que hasta el pensar en la suerte que pudiera correr el robot hacía que se estremeciera de pies a cabeza. Para tranquilizarla Mark, le recordó un hecho acaecido durante la recien terminada Gran Guerra, durante el cual el robot, siguiendo otra orden mía llegó justo a tiempo de rescatar a Julienne, Flammie y los heridos que aguardaban dentro del camión, sin demasiado convencimiento de que fueran a encontrarles con vida.

-Recuerda cuando tú, Julienne y las demás os perdistéis en la nieve, durante aquel traslado de heridos a París, cariño –le dijo Mark.

-No me lo recuerdes Mark –declaró Candy con un deje de fastidio en la voz- no solamente nos perdimos, si no que acabé estrellando el camión, cuando nuestro conductor falleció fortuitamente, al intentar conducirlo por mi cuenta y riesgo.

-Y poco después llegó Mermadon, pero tú ya habías partido en busca de ayuda, y la verdad –dijo Mark con una nota de orgullo en la voz, mientras se señalaba con el dedo índice- no puedo decir que llegase a ser más oportuna.

Candy asintió a su pesar, porque la evocación del voraz iridium, dejando sentir sus efectos, en toda su crudeza sobre el cuerpo del hombre que amaba más que a su propia vida, no era una visión agradable precisamente, ni fácil de evocar.

-Fue aquel día tan raro en pleno mes de Septiembre –dijo Candy enlazando sus brazos por detrás del cuello de su marido y atrayéndole hacia ella- aquellos lobos me atacaron, pero mi valiente caballero de brillante armadura llegó justo a tiempo para salvarme –bromeó la muchacha.

Yo me retiré discretamente para departir con el robot, no tanto por importunar a ambos enamorados, si no para ahorrarme la visión de la dolorosa escena que producía efectos tan adversos y negativos en mi dolido corazón y que no advirtieran mi desconsuelo. Candy se dio cuenta de ello, pero no argumentó nada. Finalmente, entregué las últimas disposiciones a Mermadon, el cual se aprestó a cumplir el encargo con la misma indiferencia y mansedumbre, de aquel que no concede la menor importancia a hechos cruciales, que si la tenían y no poca, para todos nosotros. Disimulé como pude la tristeza que me embargaba, pero Candy que no perdía detalle de mis padecimientos, presenció muy apenada, como me aguantaba las ganas de llorar, mientras ella intentaba que no le delatasen las suyas. No obstante, mis ojos habían enrojecido por causa del soterrado llanto que pugnaba por aflorar por sus comisuras, y que desataba sus efectos, tras mis párpados abatidos, cerrados a cal y canto. Estaba librando una dura lucha interior entre mis lealtades y mis verdaderos sentimientos y Candy leía en la expresión de mis ojos, como si de un libro abierto se tratase.

3

El impasible y flemático Mermadon sobrevoló media Europa en poco más de dos horas, hasta entrar en el espacio aéreo de Rusia y situarse en la vertical de Crimea. Gracias a su recobrada capacidad de mimetización y al poder confundirse con el entorno, pasaba completamente desapercibido, excepto en el momento en que tenía que descender a tierra para recargar sus baterías y regenerar el suministro de iridium que le confería la facultad de volverse invisible a voluntad. Al llevar una planta de potencia a base de iridium, compartía los mismos poderes de base que Mark, pero su duración e intensidad se reducían a la mitad. El robot estaba programado para cumplir cualquier orden que se le impartiera, siempre que no atentase contra su integridad física, y con tal de que semejante instrucción no se contradijera ni atentase, con la directriz principal que le obligaba a proteger a los seres humanos y no ejercer ninguna violencia sobre ninguna forma de vida. Al mismo tiempo que el receptor de Haltoran registraba el paso del robot a no demasiada distancia del campamento cosaco, el minúsculo aparato enviaba otra codificada, a las sensibles antenas receptoras del robot, que albergaba en su cabeza, junto a los sensores ópticos que le servían de ojos. Mermadon se emocionó al saber que su amigo y creador, continuaba con vida y que finalmente había conseguido localizarle. Aunque Mermadon era capaz de experimentar sentimientos y emociones, no dejaba de ser una creación artificial que se comportaba de forma pragmática y de forma directa, sin cuestionar las órdenes que se le impartían. Si el día en el que Eliza, tras el berrinche que pilló debido al particular diagnóstico que el robot elaboró de ella, le ordenó malévolamente tirarse desde el balcón que presidía la fachada principal de mansión de los Legan, no hubiese estado amparado por las directrices de programación que le impelían hacia la autoconservación, el robot se habría precipitado al vacío, aunque de seguro que no le habría pasado nada gracias al robusto blindaje de acero y kevlar que rodeaba las partes más sensibles de su estructura. Si acaso, debido a su imponente masa y excesivo peso, habría abierto un gran socavón cuando sus macizos pies hubieran impactado contra el delicado cesped del jardín, de la finca de los Legan con el consiguiente disgusto y soponcio de Helen Legan.

Mermadon descendió en mitad de un claro que presidía un bosquecillo de abedules. El robot atenuó el tremendo silbido de sus motores, utilizando su facultad de apantallamiento para disimular además su silueta, para salvaguardarse de miradas indiscretas y prevenir desagradables sorpresas. Aplastó la hierba baja y rala que crecía bajo sus extremidades al hollar la tierra con sus pies, y caminó con lentitud, escrutando el paisaje circundante, deteniéndose cada pocos pasos para evaluar el entorno mediante rayos infrarrojos que sus afinados sensores proyectaban por delante suyo, y aguardando a que el eco de los mismos, le transfiera los datos que sus bancos de memoria, procesaban a velocidad de vértigo. Mermadon se adentró en la espesura de la arboleda y cuando emergió por el otro lado, se paró repentinamente. La rejilla que cubría sus emisores de voz y que simulaba su boca, se iluminó a intervalos con una luz difusa. El enorme ser metálico estaba sonriendo a su manera, intentando convencerse así mismo, que una parte de la humanidad que tanto ansiaba, moraba en él y que le había sido conferida por las hábiles manos de Haltoran. Aquel era un soterrado dilema moral, que de vez en cuando convulsionaba los microcircuitos y sofisticadas conexiones computerizadas del robot. Por el momento, dejó sus preocupaciones a un lado, y si concentró en alcanzar el objetivo que le habían designado.

A poca distancia de donde se hallaba detenido, perfectamente camuflado por la vegetación y su poder de mimetismo, un grupo de carretas, carruajes y tiendas, que conformaban una especie de poblado o campamento, donde se desarrollaba una frenética actividad, apareció ante él. Había descubierto el campamento cosaco, y por ende, el paradero de sus amigos. Maniobrando con cautela, el robot, pese a que no había recibido aun instrucción alguna al respecto, para actuar decidió entrar en acción. Sería la primera vez que desobedecía una orden que le había sido impartida de forma fehaciente.

4

La fiesta se encontraba en su apogeo. Durante buena parte de la tarde y la subsiguiente noche, el vodka y otras bebidas espiritosas, como una especie de aguardiente elaborada con maiz y mezclada con otras hierbas y cereales corrieron de mano en mano y eran escanciadas alegremente y sin freno alguno, por los cosacos que, habían lanzado vítores y cantado hasta quedarse prácticamente sin voz, en honor de la hija del ataman, Sonia que cumplía veinte años, aparecía radiante al lado de sus padres, que la contemplaban con un más que evidente orgullo y su prometido, un joven de veintitrés años llamado Ivan, de cabellos negros y de rostro jovial y apuesto afeado por una cicatriz que le surcaba la mejilla derecha, y que había recibido hacía cuatro años tan solo, durante las postrimerías de la guerra civil. El padre de Ivan, compañero de armas y amigo de Grigori había caído en un enfrentamiento acaecido contra unos desertores del Ejército Blanco, cerca de Nogorov, una antigua y sagrada ciudad para la mayoría de los rusos, durante una carga de caballería contra una batería de cañones enemiga que guarecía la ciudad por el oeste. Grigori se hizo cargo de Ivan, adoptándolo y acogiéndolo en el seno de su familia como uno más, lo cual no impidió ni dificultó en absoluto, el hecho de que Sonia e Ivan se prometieran tras una relación de amistad fraterna que duró años, que terminó derivando en amor. En un primer momento, ambos jóvenes planearon fugarse juntos, porque temían las iras del ataman, especialmente las que irían dirigidas contra Ivan, pero cual fue su sorpresa cuando el eficaz y discreto servicio de información, que trabajaba para Grigori y que actuaba tanto dentro de su gente, como fuera de ella, dispersándose por los alrededores y su intuición de padre, le llevaron a descubrir rápidamente el romance que se había venido desarrollando entre su hija e Ivan.

Cuando ambos enamorados comparecieron ante el ceñudo y torvo cosaco, temblorosos pero con la cabeza alta y sin negar o esconder en ningún momento, su relación, no dieron crédito cuando unas sonoras y eufóricas carcajadas, que el ataman lanzaba cuando estaba de buen humor, rompieron el tenso silencio que moraba en la tienda de Grigori. Sonia dio un respingo y desplegando sus sonrosados labios, tartamudeó inicialmente y preguntó aun bajo los efectos de la sorpresa, por haber encontrado a su padre de tan buen humor:

-Pa…padre, ¿ no vas a castigarnos ?

-¿ Castigaros ? ¿ por qué mi hija se ha prometido con uno de los cosacos más capaces y valerosos de esta parte del imperio ? todo lo contrario querida niña, todo lo contrario. Venid a mis brazos que os felicite, porque hemos de anunciar el compromiso y hacer los preparativos para la boda.

Sonia e Ivan corrieron al encuentro de Grigori que los acogió, abrazándolos contra su amplio pecho con sus brazos como postes, empequeñeciendo ambos jóvenes ante la envergadura de oso de aquel hombre, que rebasaba fácilmente los dos metros de estatura.

Con los nervios y los imprevistos y repentinos planes que Grigori había anunciado a Sonia e Ivan, a la muchacha se le había olvidado corregirle, de que por el momento no se habian prometido. Ivan estaba dispuesto a sacarle de su error, cuando una expresiva y tajante mirada de su novia, le hizo guardar silencio. Si el ataman se enteraba de que ambos jóvenes no estaban aun formalmente prometidos, aunque fuera una cuestión absurda, pero que para Grigori era de principios, montaría en cólera y su disgusto duraría varios días. Y la boda se celebraría cinco días después que la fiesta de cumpleaños de Sonia.

Haltoran se enteró de la historia por boca de Sonia, a la que Annie lanzaba furibundas miradas, porque se temía que la descarada y bella joven de provocativa y salvaje belleza, pretendía coquetear con su marido, pero fue la propia Sonia, la que le sacó de su error haciéndola ver, a ella y a todo el mundo que solo tenía ojos para Ivan. Haltoran participó de la alegría general, procurando no desentonar de las apoteósicas celebraciones del doble acontecimiento que suponía el cumpleaños de Sonia y su próximo enlace con Ivan, pero intentando no beber demasiado alcohol, porque aparte de desagradarle infinitamente, necesitaba estar sobrio y despejado para cuando, llegase el momento, poder escapar. No necesitaba ni códigos secretos ni complicadas contraseñas para poner a su esposa sobreaviso. Annie debía permanecer a su lado, para cuando él encontrara el momento más favorable para emprender su fuga. Los cosacos bailaron sus tradicionales danzas, entonaron sus canciones de guerra y amores imposibles o desgraciados con voces melodiosas y claras que contrastaban vivamente con su aspecto feroz y aguerrido, y tras una larga tarde y una agitada noche de celebraciones, muchos de ellos dormían profundamente por efecto del alcohol ingerido y del cansancio que tantas horas de danza, competiciones deportivas y alguna que otra ocasional pelea habían producido en cada uno de ellos. A eso de las dos de la mañana, en una noche sin luna, la tónica dominante en el campamento eran los ronquidos y los esporádicos cantos y alaridos de algún que otro borracho que seguía empeñado en prolongar la juerga, más allá de todo límite imaginable. Afortunadamente, Grigori había consentido en que Annie permaneciera junto a Haltoran y que la estricta separación entre sexos, se hubiera relajado ligeramente gracias al distendido y lúdico ambiente que la fiesta había traído al asentamiento cosaco por unas horas. Haltoran meció suavemente a Annie, que arrebujada en su kaftan dormía profundamente, apoyada en el hombro izquierdo de su esposo.

-Annie, amor mío –le susurró Haltoran al oído procurando no elevar demasiado la voz, pese a que muchos de los miembros de la comunidad cosaca no se despertarían ni aunque disparasen un cañón de campaña junto a su oído y meciéndola suavemente- despierta, ha llegado la hora.

Annie alzó los párpados y sus ojos azules de muñeca se encontraron con lo de Haltoran. La muchacha bostezó, pero Haltoran se lo impidió llevándose un dedo a los labios para rogarla silencio. Aun bajo los efectos del sopor inducido por el profundo sueño interrumpido bruscamente, asintió y se alzó sigilosamente detrás de su marido, esquivando los cuerpos yacientes de multitud de cosacos que roncaban a pierna suelta y tratando de no chutar los cascos de las botellas de cristal, esparcidas por doquier junto con quienes las habían consumido tan alegremente hacía no demasiado tiempo.

Lentamente, ambos jóvenes caminaron con sumo cuidado tratando de no hacer ruido. Annie se movía torpemente, somnolienta y desorientada, estando a punto de tropezar con el torso de un corpulento cosaco, de grandes y atusados bigotes negros, que hablando entre sueños, llamaba a una tal Maria, a la que comparaba con otra Olga igual de desconocida, aunque ambas mujeres debían tener gran importancia para él, a tenor de los gritos que profería. Annie, que iba saliendo gradualmente de su estado de omnibulación, se quedó lívida de terror cuando el hombre pareció alzarse a su paso. Cuando Haltoran iba a intervenir para noquearle si fuera necesario para que no diera la alarma, el hombre se desplomó a tierra perdiendo en ese intervalo, el gorro negro de piel que ceñía sus huesudas sienes y continuar sumido en sus sueños. La muchacha morena asintió a una rápida mirada de ánimo de su esposo y ambos continuaron sorteando a los durmientes. Curiosamente, la inicial permisividad que había hecho posible, que las mujeres se mezclaran con los hombres, parecía haberse disuelto como un azucarillo en agua, ya que las muchachas y ancianas, se habían retirado discretamente a sus tiendas, poco antes de que los hombres empezaran a competir entre ellos, para ver quien era capaz de trasegar más vodka, quedando igualmente excluidas de aquella parte de los festejos. Cuando Haltoran y Annie estaban a punto de alcanzar los límites del campamento, la silueta de un hombre corpulento y de porte altivo les salió al paso. Haltoran protegió a Annie con su cuerpo. Delante suyo, a pocos metros de distancia se hallaba Grigori esgrimiendo el arma de Haltoran impidiéndoles la huida. Cuando Haltoran se aprestaba para la lucha, el ataman alzó lentamente el arma de asalto y se la arrojó al pelirrojo que la recogió estupefacto en el aire, y que había estado a punto de rebotar entre sus dedos extendidos, debido a la fuerza con la que Grigori la había lanzado. Se hizo un tenso silencio durante el que el ataman caminó lenta y pesadamente, con las manos a la espalda, en dirección hacia Haltoran y Annie. Llevaba un pesado gabán militar y sus botas de cuero negras resonaron levemente sobre los rescoldos de una hoguera extinguida, donde reposaba un caldero de cobre suspendido de un espetón sostenido por dos postes de hierro. Haltoran no se atrevió a moverse, pendiente del momento oportuno para abalanzarse sobre semejante montaña de músculos humana, pero Grigori no se detuvo y pasó de largo junto al atribulado matrimonio deteniéndose a unos pasos de distancia de Haltoran para decir con voz alegre y sorprendentemente sobria, no exenta de firmeza y seriedad:

-Haces demasiado ruido, como para fugarte con una mínima probabilidad de éxito, soldado. Menos mal, que yo estaba distraido cuando pasaste por aquí, delante de nuestras narices.

Sin añadir nada más, el ataman se dirigió hacia el interior del campamento, canturreando una vieja melodía. Por lo que respectaba a Haltoran y a Annie, no se lo pensaron dos veces para apretar el paso y salir de allí cuanto antes. Luego ya vendrían las elucubraciones y las cábalas, acerca del porqué de la actitud del cosaco. Una vez que dejaron atrás el campamento se toparon con otra forma maciza e imponente que también se acercaba con andar pausado, hacia ellos. Cuando Haltoran, que no ganaba al igual que Annie, para sustos esa noche, esgrimió su arma para defenderse, unas luminarias rojas que ardían en plena oscuridad, junto con una voz almibarada y familiar, hicieron que se sintiera el más feliz y afortunado de los mortales:

-Señor Haltoran, señorita Annie, me alegro inmensamente de encontrarlos sanos y salvos.

5

Nuestro encuentro con Anette du Lassard varió significativamente nuestra agenda, si es que se podía decir que disponíamos de alguna, o estábamos siguiendo un guión preestablecido de antemano. La dama, a la que Mark y Candy habían visitado hacía algunos años y por ende, a su familia se deshizo en halagos nuevamente hacia Mark, e insistió tanto en que la acompañásemos a su palacete en un elegante y señorial barrio residencial de París, que no pudimos por menos que complacerla. Noté un gesto de contrariedad en el rostro de Candy y creía adivinar el porqué. Por un lado, el generoso e insistente ofrecimiento de la señora du Lassard constituía otro inevitable retraso, en la carrera contrarreloj en que se había convertido la búsqueda del desconocido y nebuloso padre de Candy, pese a las advertencias previas que le había formulado Katia, poco antes de que emprendiera el camino de regreso junto a John y su Halcón Gris. La joven estaba firmemente decidida y empecinada en llegar hasta aquel hombre como fuera, aunque tuviera que empeñar su vida en conseguirlo. No podía cerrar esa parte de su pasado en falso, y yo en parte la entendía y reconocía su derecho a aclarar la única laguna que quedaba en su pasado.

Por otro lado, Candy recordaba perfectamente el súbito y arraigado enamoramiento de Ivette, la hija de Anette du Lassard y que Mark rescatara de las bravías y enfurecidas aguas del Atlántico durante una descomunal tormenta que amenazaba con sumergir al Germania en las abismales profundidades del Océano. En aquel tiempo era una niña, pero ahora debía ser una joven cuya belleza habría florecido sin duda. Candy temía que la muchacha pudiera seguir encaprichada de Mark y que tal vez realizase una escena de celos o intentase arrebatárselo a la menor oportunidad que tuviera. Pero aunque era un pensamiento sin sentido y un tanto rebuscado y rocambolesco, con Mark podía esperarse cualquier cosa. Candy evocó atemorizada, como estuvo a punto de perderle por un antiguo amor que resultó ser nada más y nada menos, que un personaje literario, o por lo menos, uno real que sirvió de inspiración para la creación del mito. La joven rubia habría podido tolerar hasta cierto punto, que se hubiese tratado de cualquier chica, pero no en modo alguno que fuera precisamente la que por un motivo u otro, hubiese servido de inspiración al genio para escribir la inmortal obra de los amantes de Verona. De entre todos los millones de mujeres que poblaban la Tierra, se había ido a prendar de una que ni tan siquiera pertenecía a este planeta y que para colmo era ni más ni menos que la Julieta literaria hecha carne. Candy lanzó un hondo suspiro y esbozó una leve sonrisa. En su caso, de entre todos los millones de hombres que igualmente poblaban este bello mundo, que hemos dado en llamar Tierra, fue a enamorarse de uno procedente de un tiempo futuro, que ni siquiera debería haber nacido aun. Al igual que Mark no tuvo culpa alguna ni intervención en el fortuito desencadenante que le convirtió en lo que era, tampoco logró evitar que el impredecible iridium le transportarse a un mundo situado más allá de las estrellas y terminara viviendo un romance con aquella otra muchacha. Decidió no ahondar más en aquella cuestión, puesto que de lo contrario terminaría deprimiéndose intentando entender algo que casi termina con su matrimonio y con su cordura y decidió aceptar la invitación de Anette de pasar unos días en su villa palaciega. La última visita que habían realizado a la familia había sido tan breve y escueta, que Candy notó cierto pesar por no haber podido compartir más tiempo con los Lassard que eran personas afables y bondadosas, pese al aspecto un tanto grandilocuente de la dama y su hija. En cuanto a mí, que había tenido la oportunidad de retornar a Estados Unidos con Richard y con Katia, pese a que me plantearon esa posibilidad, decidí continuar junto a Candy. Mi amiga me preguntó que opinión me merecía, pasar unos días alojados en la casa de los Lassard y me encogí de hombros. Me rasqué la nariz, lo cual me supuso una mirada de reprobación por parte de Candy y dije:

-Eres tú la que debe decidirlo Candy. Tanto yo, como Mark acataremos la opción que escojas.

Luego observó a su marido. Mark asintió brevemente y añadió mientras tomaba su equipaje y el de Candy:

-Soy de la misma opinión, cariño. Eres tú quien debe decidir.

Entonces me llevé a Candy a un aparte disculpándome ante la señora du Lassard. La joven clavó sus grandes ojos verdes en mí, haciendo que me encogiera ante tanta belleza, pero no dejé entrever mis emociones y dije:

-Mermadon está a la búsqueda de tu padre y nos informará tan pronto como descubra algo Candy. No debes de temer. Además –añadí observando el trajín de viajeros y equipajes que nos rodeaba y que era intenso para una estación de provincias como la de Saint Villers, lo cual me sorprendió- poco más podemos hacer, a menos que Mark…

Ante la expresión recelosa de Candy, que entendió perfectamente lo que trataba de sugerir, agité las manos y añadí:

-Vale, vale, no he dicho nada, pero permíteme decirte que Mermadon me avisará tan pronto como de con el paradero de James, tienes mi palabra.

Candy sonrió levemente y asintió declarando:

-Lo sé Maikel, sé que estáis haciendo todo lo que está en vuestras manos, pero temo que lleguemos demasiado tarde –confesó la joven con un rictus de miedo en su hermosa y arrebatadora faz.

-No ocurrirá nada por el momento –dijo una voz grave a nuestra espalda. Nos giramos al unísono y los ojos oscuros de Mark se posaron en los de Candy. El joven depositó sus manos en los hombros de su esposa y dijo:

-Richard me ha jurado y asegurado por su honor, que James está vivo y que lo están tratando de forma correcta. No sufre maltratos y su alimentación y asistencia médica es idónea, aunque permanece incomunicado por decisión propia y lo trasladan constantemente de un sitio a otro. Tal y como nos contó Katia, se niega a recibir visitas.

Miré a Mark que se había distanciado brevemente de la señora du Lassard para advertir a Candy que, si íbamos a aceptar la generosa oferta de la dama teníamos que irnos ya con ella. Su coche nos estaba aguardando. De mientras había escuchado la breve conversación que habíamos mantenido entre ella y yo.

-¿ Cómo ha podido averiguar eso Richard ? –pregunté a Mark.

El joven, que había obviado el tratamiento que utilizaba conmigo en presencia de Anette, sonrió levemente mientras Candy le ceñía el torso con ambos brazos mirándole con amor y dijo:

-Bueno, maestro, Richard ha recurrido a los poderosos e influyentes mecenas de John y han tenido a bien, sin arriesgarse demasiado, sondear el terreno y conseguir esta información de primera mano. No ha querido decirme como esos personajes tan prominentes han conseguido hacerse con tales datos.

No dije nada. Desde que la anciana tía abuela Elroy le traspasara el control de la fortuna de los Andrew, nombrándole su sucesor a todos los efectos, tras la caida en desgracia de su sobrino Albert, Mark era uno de los hombres más acaudalados y poderosos de Norteamérica. Me pregunté si no estaría él detrás de todo aquello, aunque presentía que no me estaba mintiendo.

Yo mismo debería comprender mejor que nadie la forma en la que tales personajes dejaban sentir su influencia y conseguían que su larga sombra se proyectara hasta distancias inconmensurables, porque pertenecí en cierta forma a su misma clase, pero de aquello hacía ya tanto, que casi ni me acordaba. Meneé la cabeza. Yo creé a Mark de una forma u otra, tal como era y quizás, puede que involuntariamente hubiese influido incluso en los mismísimos orígenes de Candy, aunque de forma indirecta, a través de Mark. Me estremecí tan solo de imaginarlo.

Candy pareció tranquilizarse y recogió la larga y amplia falda de su vestido con un gran lazo decorativo detrás y tomada del brazo de Mark, acompañó a su marido que caminaba detrás de la señora du Lassard que no cesaba de parlotear todo el tiempo. Naturalmente, me agregué a la invitación, preguntándome que impresión le habría causado a la dama francesa, que un orondo y maduro hombre de negocios se sumase a la misma y si la señora conocería algún derivado del popular refrán español "éramos pocos…". No me atreví a concluirlo ni siquiera en mi mente, por parecerme ofensivo y soez. Sin embargo, la señora se dirigió a mí con tal naturalidad y simpatía que o una de dos, o le había caido bien desde un primer momento o Mark, en el breve lapso que había departido con ella, la había convencido de que me permitiera sumarme a su invitación y al parecer, Anette, había aceptado encantada.

El flamante automóvil de los du Lassard, un imponente Mercedes, de forma ahusada y de una brillante y llamativa tonalidad negra estaba aguardándonos en las inmediaciones de la estación. Un servicial y trajeado chofer con su correspondiente gorra de plato y ademán servicial, permanecía a pie firme, montando guardia junto al coche y esperando a que su señora hiciera su aparición mientras mantenía la portezuela trasera izquierda abierta para que se subiera sin dificultad al cómodo y lujoso interior del vehículo. El hombre arqueó una ceja al comprobar que la dama no venía sola, y que estaba siendo acompañada por varias personas, que Anette definió como sus invitados. El empleado, tan discreto e inmutable como Stuart, el chofer de la familia Legan nos saludó ceremoniosamente y entramos al habitáculo del Mercedes, mientras Anette nos animaba a acomodarnos en la suave y reluciente tapicería de cuero. El automóvil era tan magnífico por dentro como por fuera y desde luego, su aspecto interior no desmerecía en absoluto la imagen de poder y magnificencia que mostraba por fuera. Cedí el paso a Candy, pese a que la muchacha intentó que pasase yo primero, pero finalmente, ante mi insistencia, aceptó y a continuación le seguí yo ante los ruegos de Mark. Al ir a entrar tropecé y estuve a punto de rodar sobre Candy y terminar boca abajo en una posición incómoda, aunque afortunadamente mi amiga me asió por los hombros evitando la incómoda escena. Mark subió acto seguido, y la señora du Lassard, pese a nuestros ruegos prefirió ser la última. Pese a que en los asientos traseros viajábamos cuatro personas, aun quedaba espacio para dos o tres más, dada la amplitud y confort del vehículo. Tuve la sensación de hallarme en una especie de limousina y la verdad, no estaría muy lejos de asegurar que fuera así. El coche rodó suavemente una vez que el chofer lo puso en marcha, deslizándose en silencio, sin que apenas escucháramos el rumor que su silencioso y potente motor producía. Nadie me echó en cara mi torpeza y me limité a observar como Saint Villers y su estación, quedaban atrás a medida que el coche enfilaba la carretera en dirección hacia París. Es más diría, que la señora du Lassard encontró un tanto peculiar y hasta atrayente, lo que tomó como un rasgo del carácter peculiar y extravagante que en su mente, me atribuía.

6

Annie miraba recelosa y escondida tras los hombros de su marido, el bruñido gigante metálico que saludaba a su creador y a su esposa agitando repetidamente su manaza izquierda. La muchacha no había podido sacudirse aun de encima la impresión que le produjo encontrarse con Mermadon por primera vez, cuando le encontramos en un estado lamentable y aquejado de algunas averías, escondido en una cueva, en las inmediaciones de Lakewood, una vez que nos pusiera sobreaviso, enviándonos una señal de socorro, que se repetía a intervalos en mi portátil.

Mermadon puso al corriente a ambos esposos de todo lo que había sucedido desde que Candy se había enterado de la forma más inesperada, de que su padre estaba vivo, y que se hallaba cautivo en algún lugar del vasto y extenso país. Una vez que consiguieron llegar a un sitio donde nadie pudiera presenciar, como dos extranjeros departían con un robot de dos metros de altura, Mermadon contó con pelos y señales todo cuanto el joven pelirrojo necesitaba saber para justificar la presencia del robot en una tierra tan distante y remota como aquella. Haltoran asintió y rozándose el mentón con dos dedos dijo con voz pensativa:

-De modo que Candy está buscando a su padre, y algo me dice que no se quedará en Francia a esperar que, bien tú, o nosotros nos pongamos en contacto con ella, a menos que nos adelantemos primero y la tranquilizemos al respecto.

Haltoran tomó una determinación. Pese a que contaba nuevamente con su arma plenamente operativa, no podían continuar de esa manera ni abrirse camino a tiros. Aunque los kaftanes pudiesen disimular mínimamente su procedencia, a nadie que fuera medianadamente observador podía escapársele que su aspecto cuidado y pulcro se correspondía con la de dos anónimos e inofensivos campesinos y si ese alguien convenía que tal hecho podía ser un aliciente para si mismo, tal vez fueran denunciados y encarcelados. Si habían detenido a James arbitrariamente, quizás a ellos en los que además enseguida se denotaba su condición de extranjeros les pudiera suceder lo mismo. Mermadon tenía otra misión que cumplir, cuyo objetivo era encontrar al padre de Candy, pero Haltoran a su vez, lo necesitaba para que les protegiese o por lo menos, pudieran llegar a un núcleo habitado lo suficientemente europeizado como para que pudieran conseguir resolver su acuciante situación. Necesitaban nuevo vestuario, dinero y documentación. Mermadon traía en su compartimiento disimulado en su espalda, justo bajo los propulsores cohete una bonita suma en dólares que yo había tenido la precaución de confiar al robot para que a su vez, lo hiciera llegar a Haltoran, si conseguía toparse con él. Era absurdo, pero tenía un presentimiento de que tal vez pudiesen hallarse en Rusia. Sin embargo, no tuve la prevención de adjuntar ropa y mucho menos una nueva documentación para Haltoran y Annie, pero no podía estar en todo. Había tenido una especie de corazonada aunque esta no me describió las necesidades ni el tipo de apuros, que mis amigos debían de estar pasando.

Es más, el hecho de contar con tanto dinero encima podía ser un lastre, además de un inconveniente muy peligroso. Si dos campesinos eran sorprendidos por la Policía con una abultada suma de dinero extranjero encima, tal vez les tomasen por ladrones o espías. Ya el simple y mero hecho de la esplendorosa belleza de Annie resultaba un problema. Con esos grandes ojos azules y los sedosos cabellos negros sueltos sobre los hombros, no parecía en absoluto una campesina, pese a la holgada túnica verde que ceñía su cuerpo, y que además, su hermosura destilaba un aire especial que se evidenciaba hasta para el más tosco y rudimentario de los mujiks con los que eventualmente pudieran toparse, como algo que no encajaba en la apariencia supuestamente humilde y mísera de Annie. No le quedaba más que una solución. Sabía que tal vez, Annie no le hablase durante un mes, porque evidentemente no aprobaría lo que tenía en mente, y se opondría con todas sus fuerzas si se lo planteaba claramente. Haltoran pronunció una extraña palabra que desató en el robot un protocolo de actuación, que ni siquiera Mark y menos yo conocíamos. El robot tenía terminantemente prohibido en su programación, tocar a ningún ser humano, a menos, que debiera salvarle de un peligro o esa persona lo pidiera voluntariamente. Mermadon se movió rápidamente y aprovechó un instante en que Annie se distrajo, para sujetarla envolviéndola con su brazo derecho. Annie pataleó asustada y chilló asustando a una bandada de cisnes, que levantaron el vuelo entre estridentes graznidos.

-Bájame monstruo, bájame –lloró desesperada Annie, creyendo que iba a atacarla- Haltoran, haz algo por favor, me tiene prisionera y…

Cual fue su sorpresa, cuando presenció como su marido se dejaba atrapar dócilmente por el voluminoso robot. Haltoran hizo un gesto, y el robot desplegó los dos propulsores gemelos que le permitían alzar el vuelo con un leve clap, cuando fueron emergiendo de sus alojamientos ocultos. Annie intuyendo lo que iba a suceder a continuación, chilló asustada llevándose las manos a las sienes:

-No, va a levantar el vuelo, Haltoran tienes que detenerle –exclamó la muchacha muy alterada, y al borde de las lágrimas.

-Eso es lo que pretendo cariño –dijo Haltoran con una sonrisa de circunstancias- de hecho, le he ordenado que nos lleve a Odessa.

-¿ Qué ? –preguntó la muchacha abriendo ojos como platos -¿ qué le has pedido, que nos lleve a donde ?

-A Odessa, una ciudad situada en la costa del Mar Negro. Ahora mismo, es el lugar habitado más próximo a donde estamos amor mío –dijo Haltoran, algo dolido por haber tenido que recurrir a un subterfugio con Annie, pensando en cuanto terminaría en pasársele el más que presumible berrinche a su esposa –y naturalmente no podemos ir andando. Tardaríamos demasiado. Una vez allí, espero que podamos volver de una vez a Estados Unidos o iniciar los pasos necesarios para lograrlo.

Annie intentó decir algo, pero su voz se congeló en su garganta. Notó una violenta sacudida y un rugido muy intenso, como un chillido agudo que enseguida cesó. Su estómago dio un vuelco y creyó que terminaría por vomitar. Cerró los ojos con fuerza y cuando los abrió, percibió una gran columna de humo que se elevaba desde el suelo y lo que más la atemorizó. Sus pies no se asentaban sobre ningún tipo de terreno, si no que solo hollaban aire. Abrió los ojos y contempló el vasto paisaje de granjas, bosquecillos y montañas muy por debajo suyo a vista de pájaro. Estaban volando y por un momento, temió que se precipitaría al vacío, pero Haltoran la tranquilizó garantizándola que los férreos dedos del robot serían capaces de levantar un camión de doce toneladas y llevarlo en vilo con su solo esfuerzo.

-No le des más vueltas cariño –dijo Haltoran a su mortificada y alterada esposa- cuando lleguemos a Odessa, nos hallamos dado un baño caliente, vistamos ropas decentes y estemos rumbo a América me abroncas si es tu deseo, pero ahora no te irrites ni te obsesiones. Es mejor que no te comas la cabeza.

Annie inclinó la cabeza extrañada, en relación a la curiosa expresión que su marido había pronunciado referente a la misma. Haltoran rió francamente y le explicó el significado del para ella, extraño dicho. La joven suspiró y decidió relajarse, y seguir los dictados de su esposo. A fin de cuentas, aquella forma de viajar resultaba hasta placentera y era mejor que hacerlo a pie expuestos a ser asaltados o arrestados, o en una traqueteante carreta de bueyes, porque como campesinos era lo máximo a lo que podrían aspirar. Nadie en su sano juicio confiaría dos valiosos caballos ni siquiera por dinero, a un par de solitarios y mezquinos mujiks, tenidos en aquel tiempo por seres ladinos y despreciables, y muchísimo menos, les llevarían en automóvil, en el supuesto de que alguien por aquellos lares, dispusiese de un vehículo a motor, como no fuera alguna fuerza de policía local o alguien lo suficientemente pudiente, o loco como para hacerlo al evidenciar su status, circunstancia peligrosa en aquellos duros y agrestes tiempos. Los mujiks o campesinos no tenían normalmente nada, más que una existencia miserable y oscura, condenados a no prosperar en modo alguno en una sociedad estamentaria y fuertemente jerarquizada que se mantenía vigente, pese a la Revolución, en amplias zonas rurales, repartidas por doquier a lo largo y ancho de toda Rusia.

Mientras, Haltoran extrajo de su bolsillo el minúsculo aparato que le permitía establecer comunicación con el robot, y con un poco de suerte, con todos nosotros, a través del móvil que llevaba embutido en el fondo de uno de mis amplios bolsillos. Se lo llevó a la oreja, mientras Mermadon surcaba el aire con sigilo y sin producir apenas ruido. Había recargado sus baterías y su poder de camuflaje restablecido, les ocultaba de ser avistados por casualidad. Annie cruzó los brazos sobre su regazo, por encima de los dedos de hierro del robot, cuya presión en torno al talle de la chica, era lo suficientemente delicada como para no dañarla y a la vez lo suficientemente firme como para impedir que se deslizara de la mano del robot y se precipitara al vacío. La muchacha esbozó un rictus de fastidio y suspiró mientras su marido manipulaba el teclado del móvil que emitió algunas notas musicales cada vez que pulsaba una de las teclas.

-¿ Qué estás haciendo querido ? –preguntó Annie como en un susurro. Por su tono de voz, Haltoran adivinó que la muchacha se hallaba tremendamente cansada y no era para menos. La había despertado de madrugada para emprender su fuga y casi les da un pasmo, cuando se toparon de repente con el ataman cosaco, plantado en el umbral del campamento. Haltoran convino que su esposa además de encantadora, era más valerosa y entera de lo que su frágil aspecto podía sugerir en un primer golpe de vista. Sonrió y dijo:

-Estoy tratando de llamar a Maikel, en el supuesto de que ese despistado de amigo mío haya traído su teléfono móvil, que no creo. No sería la primera vez que se deja algo.

Annie arqueó las cejas y meneó la cabeza haciendo que sus cabellos negros se movieran en torno a su rostro. Otro suspiro y una mirada que daba a entender a Haltoran, con su aire de incredulidad, que todo aquello le parecía una completa locura.

El teléfono que Haltoran tenía en su poder, no era un teléfono corriente. Lo había diseñado de tal forma que pese a las condiciones meteorológicas, la distancia que mediase entre ambas terminales y por supuesto, la falta de una infraestructura tecnológica adecuada, aquel otro aparato diseñado de igual manera y sintonizado en la misma frecuencia recibiera una llamada procedente del otro aparato. Se trataba de un proceso tremendamente complicado pero efectivo, que utilizaba impulsos de iridium. Todo se basaba en la premisa de que un átomo de iridium era capaz de rastrear a otro, deslizándose por los sinuosos y angostos pasajes de la dimensión temporal, la misma que utilizaba Mark o cualquier otro viajero del tiempo para desplazarse de una era a otra. Por decirlo de alguna forma, la llamada bajo la forma de impulsos eléctricos, "viajaba" en el tiempo, abandonando el momento temporal y reaparecía en el lugar donde se hallara dicho átomo o fuente de iridium que lo había atraído e instalado en el móvil receptor, en el mismo contexto temporal, aunque unos instantes después. Ante el ademan entre contrariado e incrédulo de Annie, tras una corta espera, una voz procedente del otro extremo del mundo sonó en el altavoz del móvil. Haltoran pidió paciencia a su esposa ante sus insistentes demandas de que la pusiera al corriente de lo que estaba haciendo, meneando la mano izquierda y sosteniendo con la otra el móvil. Por un momento pareció que el objeto, único en su género o casi, resbalaría de sus dedos y caería a tierra.

-Es Maikel –comentó a media voz a su asombrada y boquiabierta mujer, mientras tapaba el auricular, envolviéndolo con su mano. -Me parece, que por las voces que se escuchan de fondo, Candy y Mark están con él. Parece que hay alguien más con ellos.

7

París, la hermosa y populosa urbe, más conocida como La Ciudad Luz, se abría ante nosotros en toda su magnificiencia. Pese a la crudeza de la guerra terminada recientemente, sus estragos, afortunadamente no llegaron a dañarla en demasía, exceptuando el triste espectáculo de las familias destrozadas, con uno, o varios de sus miembros perdidos irremisiblemente en el caos de la guerra. Cuantos muchachos quedaron para siempre enterrados en las olvidadas y abandonadas trincheras, cuantas jóvenes vidas se truncaron perdiéndose en el lapso de apenas tres años, toda una generación que habría podido aportar una brillante contribución al progreso y esplendor humanos. Cuantos años de vidas plenas y por vivir derrochados y malgastados en la horrible vorágine de la guerra, que como una enloquecida espiral se tragaba todo, seres humanos, haciendas, bienes, recuerdos, vivencias, alegrías y penas.

Los más afortunados habían logrado volver de una pieza, o mutilados por el efecto de alguna granada de artillería. Otros sufrirían permanentemente los efectos de la yperita y demás gases venenosos empleados como arma en los truculentos encuentros en plena tierra de nadie, que separaba ambas filas de trincheras. Todos nosotros conocíamos aquel horror de primera mano, y Candy en su condición de enfermera en un hospital ambulante, mejor que nadie, porque había sanado, consolado, amputado extremidades gangrenadas, o asistido a los últimos momentos de infinidad de muchachos, que creyeron alborozados, que la guerra sería un divertido y apasionante divertimento de caballeros, una gloriosa aventura que duraría, como mucho a lo sumo tres semanas, con cuyas vividas y convenientemente exageradas narraciones, pavonearse delante de alguna chica a la que impresionar, o lograr admiración entre los amigos y conocidos al retorno, de la en teoría, agradable experiencia. Pero la cruel realidad se encargó de desengañarles muy pronto. A todos ellos, sin excepción.

Por lo demás, la gran capital de Francia había sufrido algún que otro esporádico bombardero proveniente de algún pesado zeppelín alemán de ahusado contorno, o el tiro de los grandes cañones de la artillería ferroviaria y de campaña enemiga, conocidos como los "Gran Bertha", a los que también se hacía referencia por parte de los sufridos parisinos, bajo el genérico sobrenombre de "el cañón de París". Pese al monstruoso alcance de aquellos mastodónticos ingenios bélicos, del orden de los trescientos veinte kilómetros de distancia, sus efectos eran más psicológicos que efectivos, al golpear aleatoriamente pero de forma indiscriminada, en distintos puntos de la populosa y hermosa urbe, por la incertidumbre de a que pobre infortunado le podía alcanzar de lleno el siguiente impacto.

Estaba ensimismado en la contemplación del imponente conjunto de las Tullerías cuando un insistente soniquete imitando a un pasodoble atrajo la atención de todos los ocupantes del magnífico automóvil, e interrumpió mi ensimismado estudio del gran palacio, antaño sede de los reyes de Francia. El gran y colosal edificio había resultado arrasado durante un incendio provocado por la ciudadanía durante la Guerra Franco-Prusiana ante el avance enemigo en un desesperado intento por frenarlo. Me entristecí de solo evocar como la magnífica arquitectura del gran palacio ardía y se consumía devorada por el fuego, que varios voluntarios pertrechados con cubos de petróleo, conocidos como petroleurs iban distribuyendo por las distintas dependencias rociando las paredes. Para colmo, según iba explicando la señora du Lassard, como algunas estancias se utilizaban para almacenar barriles de pólvora, no tardó en verse el edificio sacudido por horrorosas explosiones, que hicieron que la cúpula central se derrumbara por completo. El reloj que estaba en su torre se detuvo sobre la nueve de la noche. Conocía la historia, porque un importante hombre de negocios francés, con el que me unía una buena relación comercial y de amistad me la había narrado. Candy y Mark escuchaban la historia con interés. Creí ver un destello de profunda tristeza en los ojos oscuros de mi amigo y como sus puños se crispaban. Tuve un presentimiento y estaba casi seguro, de que a Candy le había asaltado la misma idea. Tal vez Mark, estuviese presente en aquellos aciagos momentos, aunque era algo que mientras él no los confirmara, continuaría perteneciendo al terreno de la hipótesis y de la especulación. En esos momentos sonó mi móvil, sobresaltando a la señora du Lassard. Como ya no había manera de ocultar el hecho, lancé un gran suspiro y respondí a la llamada. La voz de Haltoran a un mundo de distancia me sobresaltó haciendo que al instante, Mark y Candy se agolparan en torno mío, mientras la señora du Lassard nos observaba con un rictus de asombro en su rostro y los labios entreabiertos, no sabiendo si intervenir o permanecer al margen. Con el corazón latiéndome furiosamente, hablé atropelladamente, mientras al otro lado del hilo, la voz de Annie reclamaba insistentemente a su marido que le contara que estaba sucediendo.

Tras unos caóticos minutos, acerté a describir nuestra situación, tranquilizando a Haltoran y a Annie. Poco después, pasé el auricular a mis amigos que fueron hablando por turnos con Haltoran y Annie, tranquilizándose mutuamente y prometiendo fehacientemente, que se encontraban sanos y salvos. Mis ojos se encontraron accidentalmente con las pupilas oscuras de la dama francesa, a la que sin duda habría que ofrecerle una convincente explicación para aquello, sobre todo a tenor de la prólija hospitalidad que estaba derrochando con todos nosotros, sobre todo conmigo, un completo desconocido para ella, por mi condición de amigo de Mark y de Candy. Cuando Mark cedió el uso del aparato a su esposa, Candy cruzó algunas palabras con Haltoran, que pronto se convirtieron en un torrente lingüístico. Candy lloró emocionada, cuando Haltoran le informó de que pronto tendrían una pista segura acerca del paradero de su padre.

-Enviaré a Mermadon a recorrer todo el país si fuera necesario, en cuanto estemos en condiciones de salir con seguridad de Rusia, Candy. Y te pondré al corriente de ello, tienes mi palabra.

Siguieron algunos diálogos más, entrecortados y alborozados en los que Annie informó a Candy por encima, de las razones por las que se hallaban en Rusia, pese a que Haltoran le había rogado que no lo hiciera por el momento, para no preocupar o entristecer a Candy, pero la muchacha no le hizo caso y relató a su amiga, algunos hechos de la cadena de acontecimientos que les había conducido hasta allí, evitando ahondar en los detalles escabrosos de cuanto les había sucedido en Italia. Poco después, llegaron las despedidas y las fervientes promesas de volver a reunirse lo antes posible. Cuando Candy me devolvió el aparato, corté la comunicación y clavé la vista en la Torre Eiffel, cuya legendaria e inconfundible silueta se recortaba en el horizonte, destacando muy por encima de la línea de edificios y palacios de la ciudad. Afortunadamente, nuestras palabras no sacaron a relucir ni dieron pista alguna a la dama o a su chofer, del medio de transporte que tanto Haltoran como Annie, estaban empleando para aproximarse a la ciudad de Odessa, cuyos arrabales ya eran visibles para ambos esposos, mientras volaban con la ayuda de un robot propulsado por motores cohete alimentados por una planta de iridium, a miles de kilómetros de distancia de donde ahora mismo, nos hallábamos nosotros. En breve, Mermadon partiría nuevamente hacia otra misión escudriñando atentamente cada palmo de tierra que, protegido en su invisibilidad sobrevolaría a la búsqueda del paradero del padre de Candy.

8

Una vez en tierra y con la imponente ciudad costera frente a ellos, Haltoran dejó a Annie al cuidado de Mermadon, al que autorizó a levantar parcialmente el protocolo verde para defender a su esposa mediante la violencia si fuera necesario.

-No, quiero quedarme contigo querido –sollozó Annie, temerosa de tener que volverse a separar nuevamente de Haltoran.

Haltoran resopló levemente y se removió los cabellos pelirrojos con la mano izquierda. Entonces sonrió y levantó el rostro de su adorada Annie por el mentón y la besó en los labios intensamente al tiempo que susurraba a Annie al oído:

-No tardaré nada en retornar, mi vida. Mermadon cuidará de ti hasta que yo esté nuevamente contigo.

Un beso más fuerte y apasionado que el que Haltoran había depositado en los labios de Annie, le hizo callar de improviso. Cuando se apartó de él, la joven negó rotundamente con la cabeza y se mantuvo firmemente anclada en sus trece de acompañarle. Pese a su innata y congénita timidez, Annie sabía sacar fuerzas de flaqueza cuando era necesario y no cedió ni un ápice a los ruegos de Haltoran para que aguadara su regreso.

-No, no pienso quedarme aquí quieta como siempre. Está vez no, cariño –reponía vehemente Annie a los intentos de Haltoran para que entrara en razón.

-Está bien, pero no se te ocurra alejarte de mí ni un palmo. Camina donde pueda verte y no hagas el menor ruído –comentó mirando a todos los lados. Nunca se sabía, que podía encontrarte de inesperado en un paraje desconocido, como aquel.

Finalmente, Haltoran tuvo que dar su brazo a torcer, y ordenó a Mermadon que volviera a ser el simpático y apacible robot de siempre. Satisfecha de su victoria, Annie siguió estrechamente a su marido de cerca, caminando orgullosa a su lado. No obstante Haltoran, hizo que Mermadon en modo invisibilidad les acompañara y diera escolta, constituyendo una protección adicional por si sufrían algún desagradable percance. El joven esgrimió la pesada arma de asalto haciendo que descansara sobre su hombro izquierdo. La intención de Haltoran era hacerse con algo de ropa ligeramente más lujosa y adecuada que sus humildes y desastrados kaftanes que si bien, no les impedirían desenvolverse con normalidad y soltura, en las calles de Odessa entre las abigarradas y cosmopolitas muchedumbres que abarrotaban la urbe, si que sería un pesado y negativo lastre, a la hora de entrar en algún hotel para buscar alguna habitación en la que pecnortar o realizar otras gestiones y actividades, que a dos simples campesinos les estarían completamente vedadas. Si querían moverse con cierta libertad, sobre todo en entornos relativamente acaudalados, y más en una ciudad de corte europeo, donde la reciente Revolución no había hecho sentir aun todo su peso, deberían adoptar una apariencia y maneras acordes a tales selectos y encompetados ambientes. Por eso, se movieron discretamente en aquel vecindario de casas de madera, construidas con sencillez y en las que las condiciones de vida eran más bien austeras y espartanas. Con todo, sus habitantes podían considerarse afortunados, en comparación con otras partes de la ciudad, donde imperaban la más absoluta miseria y el desencanto, por la falta de empleo y perspectivas, elevadas a la enésima potencia. Aquel no era un barrio chabolista, pero tampoco se podía afirmar que sus habitantes, nadasen en la abundancia. Tras dar varias vueltas fijándose en todo y conteniendo la respiración, para que no volvieran a sorprenderle, como le había ocurrido en Italia, al término de aquella aciaga fiesta, o del naufragio del Donatelli, Haltoran fue deslizándose entre las hileras de casas hasta hallar lo que buscaba, aunque dudaba de si lo encontraría tras varios minutos de pesquisas infructuosas. En el patio de una vivienda que parecía ligeramente más lujosa, que las modestas isbas que se erguían en torno suyo, rodeándola, había un tendal en el que flameaban, agitados por una suave y reconfortante brisa, un vestido de mujer y un traje de hombre. Haltoran había logrado conservar sus ropas occidentales, pese a la insistencia de los cosacos de que adoptara su vestimenta, pero estaban tan ajadas y curtidas, reducidas a puros harapos, después de tantos días de lidiar con los rigores de la intemperie por los campos de Crimea, que resultarían tan nefastas como si se hubiera presentado en el vestíbulo del Hotel Excelsior, en pleno centro de Odesa, con toscas y harapientas ropas de campesino para pedir una habitación. Les habrían echado inmediatamente a la calle a patadas sin contemplaciones. Convino que no le vendría mal renovar su vestuario, pese a que le sabía mal tener que birlar aquellas prendas.

-Si queremos no desentonar en los más exclusivos ambientes de la Perla del Mar Negro, necesitamos esas ropas –comentó Haltoran con la mirada fija en la ropa, ante el gesto escandalizado de su esposa, que no veía de buen grado que tuvieran que robarlas. Sin embargo, Haltoran que conocía bien aquella mirada, decidió no darle motivos a su mujer para que le recriminase tan inapropiada acción, actuando con rapidez para desarmarla desde el principio. El joven se movió sigilosamente, mientras Annie intentaba impedírselo, pero para cuando se quiso dar cuenta, Haltoran estaba saltando la cerca de madera pintada en blanco y rematada en punta, tan característica en el país, en pos de las codiciadas prendas de vestir. Annie se temió lo peor. Que dentro del jardín delimitado por la valla blanca pudiera corretear algún enorme perrazo a sus anchas, actuando ante la invasión de su territorio por parte de un intruso, o que tal vez, un enorme y barbudo cosaco con una gran escopeta en ristre, anduviera por allí cerca patrullando, o quizás perro y amo se turnara en la tarea de patrullar y vigilar la propiedad era algo que se le pasó a Annie por la cabeza y que no podían descartar del todo. Aunque se escucharon voces, procedían del exterior de la casa y sonaban relativamente lejos. Ni perros, ni cosacos o vigilantes importunaron al rápido y metódico Haltoran, que en dos minutos vació el tendal, aligerándolo de su contenido, y retornó con un traje de chaqueta y pantalón con corbata para él, y un vestido de lino blanco para ella, de manga larga que sostenía cuidadosamente, procurando que no se arrugaran en demasía. Como ya hiciera hacía ya tantos años, cuando arribó a Inglaterra tras asistir a su amigo Mark en el rescate de Candy de la cubierta del Mauritania, suspendido del precario jetpack al que ahora echaba en falta, y tomó "prestadas" algunas prendas de vestir, prendió de una de las pinzas de madera del tendal, un billete de cincuenta dólares, que esperaba que cubriese de sobra, los gastos y molestias ocasionadas por llevarse la ropa, arrebatándosela a sus legítimos dueños, seguramente un joven matrimonio. Retornó junto a su esposa, jadeante pero con una sonrisa de triunfo iluminando su rostro y entregó a Annie el vestido que parecía de su talla. La chica le miró con cierto reproche, lo que desató la hilaridad de Haltoran. Annie suspiró dejándolo por imposible, y se dirigió a un bosquecillo cercano para cambiarse, al abrigo de los árboles, y Haltoran pronto la imitaría, haciendo lo mismo.

9

La mansión de los du Lassard era un impresionante palacete de mediados del siglo XVIII, cuya fachada había sido remozada tiempo atrás, añadiendo elementos de arquitectura neoclásica, que contrariamente a lo que pudiera parecer, no desentonaban en absoluto con el aspecto general de la casa. A la en un principio desangelada y anodina fachada principal, se le adosó un frontispicio que recordaba vagamente a la de los templos griegos y cuatro torreones, que conferían a la casa la apariencia de una fortaleza de recios y sólidos muros. Pese a que tales reformas podían hacer pensar que la armonía de líneas de la casa se habían echado a perder convirtiéndola en un inmueble de aspecto impersonal y antiestético, la verdad, es que el edificio resultaba bastante aparente y hermoso, sobre todo con el recubrimiento de mármol blanco aplicado con esmero y extremo cuidado. Me quedé boquiabierto ante las colosales proporciones de la mansión. Ni Lakewood ni la casa solariega de Chicago donde tuve que enfrentarme a un león que campaba a sus anchas por las grandes jardines que la rodeaban para salvar a Candy y a mí mismo, la hacían sombra ni de lejos. Puede que los du Lassard no tuvieran un ingente número de propiedades como los Andrew, que disponían de unas veinte casas, según mis estimaciones repartidas entre América y Europa, pero ello se debía a que la familia practicaba un estricto ahorro, pese a los ingentes y cuantiosos ingresos que los negocios regentados por el cabeza de familia, les reportaban. Una vez que el imponente Mercedes se detuvo en los jardines, justo delante del frontispicio de la mansión, a la que accedía por unas grandes escalinatas, me fijé en las sucesivas hileras de estatuas y fuentes decorativas de mármol que jalonaban todo el camino y que estaban extendidas por toda la propiedad. Descendimos del vehículo y un mayordomo trajeado nos salió al paso realizando una ampulosa reverencia. Anette departió con el hombre y el estirado sirviente se hizo cargo de nuestros equipajes, mientras Anette nos guiaba por los pasadizos del lujoso interior de la casa para asignarnos nuestras habitaciones. Atravesamos diversos salones y estancias ricamente decoradas, con muebles valiosos y exclusivos como canapés repujados y armarios construidos con maderas de oriente. Las grandes arañas de cristal que pendían de las techumbres adornadas con frescos de imágenes campestres y de la alta sociedad arrancaron a Candy murmullos de admiración. Anette sonrió visiblemente halagada ante nuestra curiosidad y fascinación y comentó:

-Mi marido llegará pronto, aunque aun está en viaje de negocios. Cada vez que retorna de uno de ellos, trae nuevas cosas para adornar nuestra casa. Le alegrará tantos veros…En cuanto a Ivette también está a punto de venir. Sus clases en el Internado de Santa Inés apenas le dejan tiempo para estar con nosotros.

La dama exhaló un gran suspiro y añadió con voz doliente mientras se secaba un inexistente sudor presente en sus mejillas y frente, con un pañuelo de encaje:

-Ah, mi pobre niña. Todo el día en ese Colegio para señoritas, aunque afortunadamente es de régimen abierto y puede pasar todas las tardes aquí y dormir en su casa.

Candy avanzó hasta ella, y tomándola por los hombros la confortó. Anette agradeció el apoyo emocional que su amiga le proporcionaba. Pese a que el colegio al que se refería, estaba a poco menos de dos kilómetros del domicilio familiar y su hija podía recorrer dicho trayecto caminando a buen paso en media hora, la temerosa y protectora madre envió nuevamente a su chofer, para que fuera a recoger a la señorita Ivette tan pronto como nos bajamos del vehículo para adentrarnos en las interioridades de ensueño del palacete, con ella encabezando nuestra marcha y haciéndonos de guía. En el transcurso de los quince minutos que Anette empleó en mostrarnos una ínfima parte de la enorme y gran mansión y asignar una habitación para Mark y Candy, y otra para mí, el imponente automóvil familiar, traspasó la cancela y se detuvo en el mismo sitio exacto donde nos había depositado a los tres, junto con Anette. El chofer se apeó para abrir la portezuela trasera y permitir que Ivette descendiera, pero antes de que pudiera hacerlo, la muchacha ya lo había hecho por su cuenta, y descendido del vehículo, para cruzar como una exhalación los escasos metros que la separaban de la casa y subir las escaleras del pórtico, atropelladamente.

-Madre, madre –una voz femenina cargada de desazón y emociones contenidas llenó el aire del vestíbulo. Anette al escuchar a su hija descendió las escalinatas, porque nos hallábamos en el segundo piso y seguimos a la apurada dama con tanto apremio, que estuve a punto de rodar peldaños abajo, aunque afortunadamente, Candy acudió en mi ayuda una vez más.

-Ten más cuidado Maikel, -me reprendió cariñosamente Candy rozándome la mejilla izquierda –no quisiera que mi mejor amigo acabara magullado.

El contacto de su mano con mi piel era tan suave que algunas lágrimas bajaron por mis mejillas humedeciendo los nudillos de Candy.

-Maikel –me dijo mirándome intensamente y con voz dolida, temerosa de haberme ofendido.

Desvié mis ojos marrones de los suyos y empujando las gafas contra mi tabique nasal continué bajando escaleras. Una muchacha de grandes ojos azules y cabellos castaños que asomaban bajo un canotier amarillo irrumpió en la casa en tromba mientras lanzaba alegres gritos demandando la presencia de su madre.

-Mamá, mamá, ya estoy en casa –exclamó Ivette mientras arrojaba su cartera de mano que el envarado mayordomo se apresuró a recoger antes de que aterrizara sobre las baldosas de mármol, y su vestido verde, que era el uniforme del colegio donde cursaba estudios, resaltaba sus formas, pese a su juventud. Anette corrió al encuentro de su hija y la abrazó llorando a lágrima viva, como si la última vez que la hubiese visto hubiera transcurrido hacía diez años e Ivette llegase procedente de un lejano país, en vez de un centro docente situado a una irrisoria distancia de la mansión.

Entonces la chica asomó la cabeza por encima del hombro de su madre y distinguió a Mark, en compañía de su esposa y de un hombre obeso de facciones bondadosas y aspecto bonachón, que embutido en una larga gabardina no dejaba de arquear las cejas que sobresalían sobre sus gafas de montura dorada. Su cara adoptó una expresión de alegría incontenible y corrió al encuentro del joven que le salvase la vida hacía algunos años.

-Mark, Mark –gritó y de un ágil salto se abalanzó sobre el joven al que abrazó con afecto. Candy sintió como unos incómodos e infundados celos la asaltaban. Sin embargo, muy pronto se daría cuenta que el corazón de Ivette se inclinaba hacia otro joven a tenor de la conversación que tendría lugar después. Cuando la muchacha se separó de Mark, su madre me presentó.

-Este señor es amigo personal e íntimo de Mark y de Candy y su nombre es…-Anette había olvidado como me llamaba y entonces lo recordó exclamando satisfecha por acordarse y palmoteando risueña:

-Michel, no, Maikel –le corregí educadamente, aunque tenía el convencimiento ni de que me había escuchado, en su frenética y entusiasma peorata.

Ivette hizo una reverencia y me saludó cortestemente.

-Hola, me llamo Ivette.

Intercambiamos algunas palabras hasta que Anette se interesó por los progresos que su hija había realizado durante las clases impartidas ese día. Cuando su madre le recordó el colegio, Ivette suspiró con aire melancólico e inconfundiblemente enamorado.

-Largas, tediosas y pesadas, pero en clase de religión madre, en clase de religión…-declaró soltando un largo suspiro mientras cogía una rosa de un jarrón decorado con motivos campestres y aspiraba su delicado aroma. Con fruición. Ivette comenzó a danzar a los acordes de una melodía que sonaba en su cabeza. Candy dio un respingo. Se vio así misma, probándose el vestido rojo y oro de Eliza, con una rosa prendida en la cintura, y danzando en su imaginación en un etéreo y luminoso salón de baile que parecía asentado en el mismo cielo, y donde poco después se encontraría con el joven, ataviado con el tartán escocés, que erróneamente había tomado por príncipe de la colina, cuando no era otro que Mark hasta que Eliza se lo arrebató violentamente. Anette intentó que concluyera la frase y le contara lo que le sucedía, pero la joven no dejaba de soñar despierta, hasta que finalmente ante los reclamos de la dama se detuvo. De pronto, su alegría se transformó en una tristeza largamente larvada en su interior, pero que parecía también teñida de resignación.

-Hoy hemos conocido al nuevo profesor de religión, madre. Es tan guapo y varonil…-dijo con la mirada perdida en el techo y dejando nuevamente la frase en el aire, a medio concluir, mientras entrelazaba sus dedos sobre su regazo y no cesaba de moverse por todo el salón en cerrados círculos y evoluciones y entornaba sus bellos ojos sombreados por largas pestañas, heredadas de su madre.

Anette se escandalizó ante el excesivo desparpajo y descaro de su retoña, sobre todo delante de sus invitados, cuando se escuchó la llegada de un segundo vehículo, que se detuvo a la par que el Mercedes de la familia, con un leve chirriar de neumáticos sobre la grava de la senda de acceso a la mansión. Se trataba de un utilitario más pequeño y menos ostentoso que el señor du Lassard empleaba para sus desplazamientos por Francia y Europa cuando debía de realizar algún viaje de negocios. Madre e hija acudieron alborozadas a la puerta para recibir a un hombre atlético de unos cuarenta y cinco años, de pelo negro y cuidado bigote que abrazó a su esposa e hija. Yo estaba perplejo, ante el desbordante despliegue de sentimientos y emociones de la activa e inquieta adolescente, que tras abrazar y besar en las mejillas a su padre, se dirigió hacia nosotros en compañía de sus padres para dispensarnos la hospitalidad que Anette creía haber descuidado al ir a presencia de su hija. Obviamente, no era experto en comportamientos juveniles, pero intuí que lo que podía pasar como el inocente comentario de una chica adolescente, que suspira por uno de sus profesores y que la edad y el conocer nuevas amistades y amores iba curando con el tiempo o disolviéndose a su paso, encerraba un afecto más profundo y maduro. Aquello no era otro amor pasajero o un encaprichamiento más. Era mucho más que eso, porque los mismos sentimientos había experimentado yo, y seguía haciéndolo, al tener a Candy tan cerca de mí.

10

La velada fue en verdad agradable y muy memorable. La familia al completo nos agasajó con un verdadero banquete, en honor de todos nosotros, y al que habíamos sido invitados por la agradecida y desprendida dama, por lo que nos reunimos en torno a una opípara y sabrosa cena llevada a cabo, en una de las estancias más lujosas y profusas de la mansión. Durante la celebración, Jules du Lassard agradeció nuevamente a Mark el que hubiera salvado a su hija de las aguas atlánticas proponiendo un brindis por el valeroso joven y su bella esposa, al que todo respondimos con un alegre entrechocar de nuestras copas. Conversamos acerca de diversos temas, poniéndonos al corriente mutuamente de nuestras respectivas vidas, sin tocar, un tema tabú como era el de las prodigiosas facultades de Mark. Jules había conseguido que no se hablase de esa cuestión, por lo que Mark y Candy se lo agradecieron infinitamente, con un mudo y silencioso gesto de reconocimiento. Cuando la cena concluyó y mientras el discreto y diligente servicio doméstico retiraba los platos, que habían servido no mucho tiempo antes, nos fuimos retirando a nuestras habitaciones. Yo, que estaba molido entre el largo e inacable viaje en avión sobre el Atlántico y el traslado en tren hasta Nueva York, que quedó truncado por el derrumbe de uno de los puentes que jalonaban el largo y sinuoso recorrido, aparte de los kilómetros extra efectuados hasta París, por diversos medios, me quedé prácticamente frito y me dormí sobre la cama sin deshacer y sin quitarme la ropa, pese a que algún aplicado sirviente había dispuesto un pijama de mi talla frente a la cama de dosel, en una de las perchas del armario, bien a la vista. Unos metros más allá, Mark y Candy se besaban larga y apasionadamente para refrendar nuevamente su eterno e indestructible amor con la consabida promesa, tras desprenderse de la ropa e introducirse entre las sábanas para amarse durante largo tiempo. Cuando reposaron serenamente el uno en brazos del otro, Candy depositó su cabellera dorada sobre el pecho de Mark. La joven volteó su cabeza y clavó sus ojos de esmeralda en el ventanal, que enviaba un torrente de luz, a través de la ventana y filtrándose por las rendijas de los póstigos. Mark acarició con deleite los cabellos rubios de su esposa. Era tan hermosa que no se cansaba de admirar su belleza y otro tanto de lo mismo, le sucedía a Candy con él. Envueltos por la lechosa claridad lunar, Mark preguntó a su esposa:

-¿ Estás pensando en tu padre, no es así Candy ?

Candy asintió levemente y declaró con un deje de temor en la voz:

-No sé donde está, y cuanto más pienso en el modo de reunirme con él, más inalcazable se me hace y más absurdo me parece todo esto.

-No tienes de que preocuparte amor mío –comentó Mark girándose de costado para abrazarla y atraerla hacia sí- Mermadon está buscándole y seguramente lo encontrará.

-Pero, pero ¿ y si lo ejecutan ? ¿ y si no llegamos a tiempo, Mark ? –exclamó mirándole con un rictus de horror en su hermoso semblante que temablaba ligeramente, ante esa horrible posibilidad que podía traducirse en una cruda y atroz realidad de un momento a otro.

-No lo harán, Candy y en ese caso, Mermadon lo liberará como sea , poniéndole a salvo hasta que nos reuniésemos con ambos –la confortó Mark repasando el contorno de sus ojos y mejillas con las yemas de sus dedos, mientras ahora la luna rielaba sobre las calmas aguas del Sena, suspendida del firmamento tachonado de estrellas, y pareciendo mecerse lánguidamente en él.

-Mark –dijo Candy, sonriendo afectuosamente, y totalmente atraida su fascinada atención, por los hermosos y oscuros ojos de su marido, de una profundidad y expresividad increíbles, que la enamorada joven no podía dejar de contemplar absorta.

-Dime cariño –repuso solícito Mark, depositando otro beso en los labios rosados de Candy y en sus mejillas.

-¿ Podrías abrir los póstigos, por favor ? quisiera ver la luna –declaró ella con un leve gesto de su cabeza, dirigido hacia la ventana.

Mark se incorporó al momento, y obedeció prontamente. Al punto, la luna mostraba toda su magnificiencia a ambos enamorados bañándoles en su albo resplandor, que amenazaba con deslumbrarles. La luna estaba tan pletórica, y en apariencia tan próxima a ellos, que Candy imaginó que si estiraba el brazo, llegaría a rozar con la punta de sus dedos, la superficie del astro, que suponía tersa y fina, no cuajada de cráteres y grietas como Mark le había descrito pormenorizadamente en alguna ocasión.

Candy abandonó el lecho de un salto tras desperezarse, cubriendo su esculturales formas, en una bata de raso con puñetas de encaje, y situándose junto a Mark, al que envolvió nuevamente con sus largos y sedosos brazos. Ambos permanecieron asidos el uno al otro en estrecha y compenetrada comunión, contemplando la gran y blanca luna, que se cernía majestuosa sobre el río Sena y alumbrando con maravillosas tonalidades espejadas, la fachada principal de la catedral. Notre Dame se alzaba magnífica y bellamente engalanada, por efecto del resplandor de la luna, que formaba arabescos y elaboradas formas sobre la fachada gótica de la basílica, situada a orillas del Sena.

-Esto es tan hermoso –dijo Candy, que no tenía casi palabras para expresar tanta paz y belleza concentradas en la pacífica y casi irreal visión que estaban admirando juntos, arrebatados a través de la ventana de su habitación –durante la guerra estuvimos a un paso, tan cerca de París, pero nunca tuvimos la posibilidad de poder llegar hasta aquí –admitió Candy, lanzando un breve suspiro de decepción, por no haber visitado antes las maravillas y emblemáticos monumentos, que la Ciudad Luz atesoraba en su seno.

Mark asintió y se situó frente a ella, para mirarla extasiado mientras depositaba sus manos en los torneados hombros de su esposa. Candy cerró los ojos de esmeralda y ofreció sus labios a Mark adelantando su rostro de porcelana brevemente. Mark no podía dejar de temblar de emoción, cada vez que aquel sincero acto de amor se llevaba a cabo, aunque se hubiese repetido infinidad de veces a lo largo de los gozosos y felices años, pese a algún ocasional contratiempo, vividos junto a ella y sus queridos hijos. Al rato, un nuevo y rotundo beso selló los labios de ambos. Candy exclamó entre suspiros:

-¡Oh Mark¡, ¡te amo tanto¡, ¡oh, como te quiero ¡ –dijo Candy extasiada, restregando su rostro contra las mejillas y el cuello de su marido.

-Yo también amor mío, yo también –repuso Mark emocionado y pleno de felicidad mientras la envolvía entre sus brazos, buscando su cercanía con ansia devoradora.

Yo, ajeno del todo, a aquellas tiernas y bellas escenas de amor, continuaba sumido en un profundo sueño que me reportó algunas pesadillas y ensoñaciones que se alternaban solapándose entre sí, en los que aparecía Candy recurrentemente, reflejando realidades absurdas e hirientes, unas veces, y dulces pero inalcanzables otras, por cuanto que me mostraban una vida marital junto a Candy que, era completamente irreal e irrealizable aparte de rocambolesca. De vez en cuando, mientras cabeceaba sobre la almohada y mi cuerpo se tensaba bajo las sábanas, se me escapaba un breve y esporádico ronquido que amenazaba con despertarme, pero lo contenía, porque no deseaba perderme el final de tales escenas oníricas, si es que tenían alguna estructura organizada y un sentido concreto. Cuando despertase al día siguiente, sentiría vergüenza de mi mismo por haber imaginado semejantes y absurdas situaciones en actitud comprometedora con Candy.

11

Por el momento, no teníamos noticias del padre de Candy. Según su hermanastra Katia, que había dejado por imposible cualquier intento de acercamiento a James, no deseaba ver a nadie, ni recibir visita alguna que pudiera importunarle. Aquel hombre, por los relatos de la bella novia de Richard, vivía atormentado por los recuerdos y los remordimientos de haber perdido por dos veces consecutivas a las mujeres que amaba, pero sobre todo en especial a Eleonor. Ella era la única que había conseguido atenuar el dolor que el recuerdo de Roxana y Jeremy producían en él y por presiones de su familia, por absurdos convencionalismos sociales, había echado nuevamente su suerte y su felicidad a la basura. En cuanto a Nadia, la respetaba y guardaba por ella un profundo cariño pero no había sido lo mismo. Durante sus momentos finales, su esposa le había recriminado el abandono moral, en el que la había tenido a ella y a su hija Katia. Y esas duras y áridas palabras se clavaron en su alma desgarrándola, convirtiéndole en una sombra de si mismo. Por eso, aunque Candy lograse encontrarle, cosa bastante improbable pese a la inestimable ayuda que representaba Mermadon, tal vez no quisiese ponerse en contacto con ella. Como por otro lado, había prohibido a Mark terminantemente el uso del iridium, el peso de la colosal y casi infinita búsqueda había recaído sobre el voluntarioso y esforzado robot. Una búsqueda realizada a través de miles de kilómetros, de latitudes de tal magnitud que solo con las alas de la imaginación, podía alguien que no hubiera visitado nunca el gigantesco país, hacerse una remota idea de sus dimensiones y aun así, no siempre era una aproximación del todo precisa.

Solo cabía la resignación, por lo que Candy, sintiéndose algo culpable en el fondo, decidió aprovechar la oportunidad que le brindaba la invitación de la familia du Lassard para descubrir los más excelsos monumentos, las grandes obras de arte y en suma las maravillas que atesoraba la ciudad de París. Si Mermadon descubría algo, haría llegar un mensaje tanto a Haltoran y a Annie, como a nosotros de un modo u otro, de que sus pesquisas habían sido coronadas por el éxito. En cuanto a Haltoran y a Annie, estábamos más tranquilizados al saberles sanos y salvos, y en vías de solucionar sus contratiempos de los que Haltoran nos había contado una parte en largas y lentas conferencias telefónicas que Mark se encargaría de sufragar. No deseaba en modo alguno, pese a las protestas del matrimonio du Lassard que invirtieran ni un franco en tales gastos, que más bien eran dispendios. Bastante era que nos hubieran brindado su cariño y hospitalidad, y que además hubieran guardado celosamente el temible y a la vez maravilloso secreto de Mark.

Unas veces yo, y otras Mark, poníamos al corriente de nuestra situación a los Legan y a los Brighten para transmitirles la información que disponíamos de Haltoran y Annie. Pese a la aversión que despertaba su suegra en él, y que era mutua ya que tanto el joven pelirrojo como la estirada y rencorosa dama no se tragaban, sobre todo desde que se enterara por boca de Annie, que "aquel patán pelirrojo había dejado embarazada a su preciosa niña", según palabras textuales, Haltoran se comunicaba siempre que las inestables y aun no perfeccionadas líneas telefónicas de la epoca se lo permitían, con la familia de su esposa, sobre todo por amor a esta.

De esa manera, a golpe de comunicación telefónica unas veces, y otras mediante medios epistolares, los cuales resultaban relativamente lentos, pero a los que Candy se empeñaba a seguir recurriendo, lográbamos relativamente, calmar las inquietudes y miedos de nuestros respectivos amigos y seres queridos.

Así, habiendo logrando restablecer una comunicación relativamente fluida a tres bandas, entre los Legan y Haltoran y Annie se conseguía minimizar la intranquilidad que aquejaba a las personas que habíamos dejado atrás y que contemplaban con inquietud el paso de los días, al no disponer noticias de todos nosotros.

12

Candy y Mark habían decidido pasar el día recorriendo París a placer, para admirar los grandes monumentos y tesoros artísticos de la capital de Francia. Pese a mis protestas y reticencias, mis amigos me obligaron a vestirme y a acompañarles porque de lo contrario, me apalancaría en la casa de los du Lassard y perdería una ocasión única de visitar la gran urbe. De nada sirvió que les manifestara que ya había estado antaño, más bien en un futuro lejano que se había convertido en mi pasado, y que deseaba permanecer en la mansión de los hospitalarios señores du Lassard para no importunarles. Me sentía que iba de carabina, pero de nada sirvió que le confesara a Candy mis razones para no visitar París junto a ellos.

-Déjate de excusas Maikel, y ponte una ropa elegante. Te vienes con nosotros te guste o no –me dijo la muchacha mientras me empujaba apoyando sus manos en mi espalda, para que entrara en mi cuarto a cambiarme- y no te quiero volver a ver con esa gabardina astrosa y descuidada.

Finalmente asentí resignado a cumplir con la voluntad de mi amiga. Cuando a Candy se le metía algo en la cabeza, pocas cosas podían hacerle mudar de parecer. Sonreí ligeramente y ella me rodeó con sus brazos, besándome en la mejilla izquierda, visiblemente contenta por haber conseguido arrancarme de la renuente cerrazón en la que me había enclaustrado.

Más que nada por complacerla, porque un extraño sentimiento de desazón se había instalado en mi alma, convirtiéndola en su residencia permanente, me vestí y opté por un traje de chaqueta y pantalones beige y una camisa blanca. Dejé la corbata en el cajón de la cómoda. Esas prendas siempre me han parecido incómodas, además de opresivas y a las que nunca había visto otra función que la meramente decorativa. Pese a ser supuestamente, un signo de elegancia y distinción, siempre me habían parecido más similares a las servilletas que nada.

Finalmente y tras despedirnos de los du Lassard e Ivette, que continuaba soñando con su profesor de religión, cogimos un coche de punto e iniciamos nuestro periplo sin ningún destino en particular, por las calles de París. Visitar la ciudad era una ardua empresa que no podía completarse ni en un día, ni en dos, pero teníamos tiempo suficiente y sobre todo, salíamos porque una jornada de asueto no nos vendría mal. Candy más que nada, lo hacía por mí, y Mark, que había encontrado la idea acertada, a su vez, convenía en que Candy debía distraerse y olvidar temporalmente, la suerte de su padre. James estaba fuera de nuestro alcance inmediato, de no ser porque Mermadon lo estaba rastreando por media Rusia y como Candy no quería oír hablar de iridium ni en sueños, poco más se podía hacer para conseguir acortar la distancia que mediaba entre aquel hombre envuelto en la nebulosa del misterio y ella. El hacer un receso en nuestra descabellada y gran búsqueda no iba a suponer diferencia alguna, con el hecho de haber continuado viajando hacia el este de Europa.

Mientras el carruaje iba recorriendo lenta y cansinamente las grandes avenidas y bulevares éramos adelantados por multitud de vehículos de motor, a los que el pausado y parsimonioso ritmo de marcha del mismo, no parecía importunarles en lo más mínimo. Me resultaba extraña y ajena la paciencia y caballerosidad de aquellos conductores, en contraste con los caóticos atascos de finales del siglo XX y principios del XXI, que se desarrollaban entre ensordecedores conciertos de pitidos y bocinazos, que iban en crescendo y donde la educación y el civismo, generalmente, brillaba por su ausencia. Quizás todavía, debido a la relativa novedad del automóvil puesto al alcance de las masas, aun no hubieran empezado a sentir una cierta incomodidad y hastío hacia tal medio de transporte, pese a que ya empezaban a verse calles y avenidas masificadas en muchas ciudades, por el incesante y creciente ritmo de crecimiento del automóvil. También me fijé en la relativa abundancia de tranvías pintados de oscuro y con techumbre blanca, conectados a una intrincada catenaria que les suministraba electricidad. Los vehículos colectivos, competían con las abigarradas y sinuosas corrientes de tráfico, por el escaso espacio disponible, en las atestadas las vías urbanas, que se quedaban relativamente angostas ante tal proliferación de vehículos. Uno de los efectos residuales de haber anticipado el final de la Primera Guerra Mundial, acortándola en casi un año, fue el auge del automóvil logrando unos niveles similares al que tendría lugar, cuando terminase la próxima gran conflagración mundial. Ese era uno de los aspectos más paradójicos y terribles, entre otros de las guerras. Cuando el hombre se sumía en la locura colectiva de tal barbarie, el ingenio humano alcanzaba altas cotas de brillantez buscando la forma de superar al enemigo, al poner al servicio de la destrucción, la ciencia y la técnica de forma indebida. Con las guerras, la ciencia avanzaba extraordinariamente, mal que me pesara admitirlo, más que durante los periodos de tensa calma y relativa paz que se sucedían entre la consecución de una y el estallido de la siguiente.

13

Finalmente nos bajamos del carruaje, hartos de tanto tráfico y humo, pese a que contrariamente a como pudiera parecer, los automovilistas eran respetuosos y apenas hacían uso de las señales acústicas, más que en momentos determinados, para prevenir algún posible riesgo de atropello o accidente cumpliéndose las normas de circulación lo más estrictamente posible. Me quedé un poco parado al darme cuenta de que clase de mundo, habíamos contribuido a crear, aun no variando los principales y fundamentales pilares de la Historia, que no deberían ser tocados ni modificados y que permanecían sensiblemente iguales a la anterior realidad. Finalmente optamos por continuar andando y nuestra próxima parada fue como no, la emblemática y legendaria Torre Eiffel. Tras recorrer algunas avenidas atestadas de gente apresurada que no se detenían apenas y donde resultaba difícil desplazarse, debido al gran volumen de personas que pululaban por las grandes y coloridas aceras, lo cual nos llevó como casi una hora, tras preguntar constantemente a los transeúntes por si llevábamos la dirección correcta, divisamos nuestro objetivo. La colosal torre, fabricada enteramente de hierro mostraba su característica disposición, perdiéndose en lo alto ante nuestras extasiadas y atónitas miradas. El monumento, situado en plena explanada del Campo de Marte fue durante muchos años, el edificio más alto del mundo hasta que en la década de los años 30, una nueva generación de edificios conocidos como rascacielos, y levantados en Estados Unidos, superaron al coloso metálico. O mejor dicho, la superaría porque nos encontrábamos en el año 1925. Cuando Candy alzó la vista para apreciar en toda su magnitud a la torre, cosa que no era posible, debido a que medía más de trescientos metros de altura irguió tanto la cabeza que su sombrero tachonado de flores y otros abigarrados elementos se desprendió de sus rizos dorados. Lo recogí al vuelo y se lo retorné. La muchacha sonrió y, depositando una mano en mi hombro derecho y la otra en el izquierdo de su marido, asomó entre los dos y, entonces nos sugirió una idea que tendría imprevistas consecuencias.

-¿ Por qué no subimos a lo alto del todo ? desde la cima tiene que contemplarse una vista preciosa de París.

Mark pareció de acuerdo, aunque yo, aquejado de vértigo no estaba muy contento precisamente por la idea de la muchacha. Finalmente, para no desairarla, porque la veía tan feliz y despreocupada, al haber apartado por unas horas el recuerdo de un padre al que no conocía más que por fotografías y los relatos que Eleonor, le iba refiriendo, opté por aceptar ante el entusiasmo de Candy y la perplejidad de Mark, sabedor de mi poco apego a las alturas. Por lo tanto, caminé resignado y cabizbajo hacia el monumento, siguiendo a Mark y a Candy que caminaban cogidos de la mano y haciéndose confidencias de enamorados, lo cual suscitaba la hilaridad de la pareja, produciendo en mí un extraño y hueco sentimiento de vacío.

14

La larga cola de turistas y ansiosos visitantes serpenteaba a lo largo del Campo de Marte. Muchos de los integrantes de la misma resoplaban y deseaban que la insidiosa y larga fila que apenas se movía, lo hiciera con mayor celeridad. Ante nuestros ojos, la monumental torre se alzaba muy por encima de nuestras cabezas, revelando su colosal estructura. Por lo que tenía entendido, la torre Eiffel tenía tres niveles accesibles y abiertos al público y Candy, precisamente había sugerido que subiésemos al último del todo, situado a doscientos setenta y cinco metros sobre la vertical del suelo. Alzé temeroso los ojos hacia la torre y con los pies todavía en la tierra, sin haber accedido ni tan siquiera al primer nivel, noté como un miedo creciente me dominaba al imaginarme en las entrañas de la torre, por mucha protección que dispusiera para impedir caídas accidentales, eventuales intentos de suicidio o incluso alguien que buscase la fama descolgándose con cuerdas y escalas desde lo más alto, como ya había sucedido al parecer, en alguna vez anterior. Candy, preocupada por el castañeo de mis dientes me miró y puso su mano derecha sobre mi frente, aplicando su pericia como enfermera conmigo porque por el tacto de la piel, podía intuir si un paciente tenía fiebre o subiría en breve, según una estimación aproximada.

-Maikel –me preguntó Candy verdaderamente preocupada por mí- ¿ qué te ocurre ? estás temblando y no tienes fiebre precisamente.

Cuando mi mentón señaló imprevistamente la torre, Candy abrió los ojos y un poco desilusionada porque intuía que iba a quedarme finalmente abajo, declaró con un deje de contrariedad en la voz:

-Está bien Maikel, si no quieres subir lo entenderé, aunque me había hecho tanta ilusión pasar este buen rato todos juntos –dijo exhalando un suspiro y ajustándose las cintas rojas de su sombrero adornado por varias flores que le conferían la apariencia de una especie de ubérrimo jardín en torno a su cuello de cisne.

Iba a disculparme por permanecer abajo mientras Mark y Candy visitaban el monumento, pero finalmente mudé de parecer y haciendo acopio de valor, tomé la decisión de subir a lo alto, para no contrariar a la joven. Sus maravillosos ojos verdes, tenían la facultad de que hasta el hombre más insignificante se creciera de orgullo ante ella, al notar esa deslumbrante mirada sobre sí, y acometiera empresas o hechos, que ni en sueños nadie en su sano juicio, tal vez se atreviera a afrontar.

Moví la cabeza resoplando levemente y asentí, para alegría de Candy y estupor de Mark. El joven moreno intentó intervenir y desligarme de esa decisión, saliendo en mi defensa para que no quedase mal ante Candy, pero le silencié con una fulminante mirada de mis ojos marrones y alzando una mano en un imperativo ademán.

-No se hable más. Subiremos todos a la torre. Efectívamente, desde arriba del todo –comenté fingiendo una alegría que no sentía como propia- hay una vista maravillosa de todo el área metropolitana de París, y alrededores –concluí, sintiendo como si hubiera apretado una soga en torno a mi cuello.

Por un momento en mi cabeza, surgió la extravagante idea de utilizar las escaleras, porque cuando normalmente lo hacía, el vértigo, por una extraña asociación de ideas que surgía en mi mente, se me hacían más seguras que cualquier elevador, pero me acordé de pronto de que, pese a que estas recorrían todo el interior de la torre, solo se permitía el acceso al público hasta el segundo piso. A partir de ahí se tenía que subir obligatoriamente en los ascensores.

Asentí y traté de mostrarme valiente aunque no era tarea fácil conseguir hacerme el héroe. La sede de mis queridas y extintas empresas, doblaban la altura de la torre, pero accedía hasta mi despacho situado en la cúspide, por un ascensor totalmente cerrado, donde no tenías la sensación de estar suspendido en el aire, como me sucedía con los de la torre Eiffel, prácticamente en contacto directo con el vacío y que además eran acristalados permitiendo, al que le interesase, gozar de unas vistas impresionantes y envidiables, mientras se deslizaban por rieles adosados a las paredes metálicas de la torre.

Además, para mi disgusto, la cola cobró velocidad y buena parte de los turistas que nos precedían fueron entrando en los ascensores guiados por el personal de la torre. Cuando solo faltaban dos personas para llegar a la taquilla donde Mark se disponía a adquirir los tickets, volví a mirar hacia arriba sobrecogido por la gran bóveda de metal que se cernía sobre mi cabeza. Mis ojos vagaron de los grandes y poderosos soportes que hacían las veces de patas de la torre, a el enrevesado entramado de vigas metálicas que conformaban su estructura. Miré a través del gran hueco interior que la recorría y entonces, me puse pálido hasta tal extremo que Candy, y algunas jóvenes damas y caballeros que estaban en torno mío, se asustaron ante el rictus desencajado de mi rostro. Mi piel adoptó una tonalidad celúrea y al rato, mis piernas flaquearon, y tras unas erráticas evoluciones que debieron hacer pensar a mucha gente que estaba borracho, me desplomé al suelo, desmayado por la impresión. Más que el subsiguiente vértico que me aquejaría cuando empezásemos a ascender, que también, mi desvanecimiento se produjo cuando se me ocurrió la absurda idea de que la imponente y colosal torre llegase a derrumbarse sobre nosotros, o que fuera a caerme de un momento a otro, por alguno de sus múltiples e infinitos recovecos, una vez que estuviera camino de la cima. Y también contribuyó a mi patatus, la sensación de majestuosa grandeza que desprendía, que terminó por vencerme, impresionándome hasta el extremo, de que terminara por los suelos, ante un grupo de personas atónitas y asustadas, que creían que me había pasado algo más serio y fatal.

De hecho, solo había fallecido un obrero durante su construcción y se debió más bien a una temeraria imprudencia del joven, cuando presumía delante de su prometida, en un día de domingo y fuera de sus horas de trabajo. Pero aquel triste incidente, fue suficiente para amargar el día que con tanto cuidado y cariño había preparado Candy, más que nada en deferencia hacia mí, de no ser por la rápida intervención de alguien, que salvó in extremis, nuestra excursión de ser suspendida sine die.

Mientras el tumulto se desataba a mi alrededor, antes de sumirme en la negrura de la inconsciencia percibí los histéricos gritos de una muchacha con un vaporoso vestido blanco de volantes, y un canotier en las sienes, mientras el servicio de orden de la Torre Eiffel, intentaba imponer cordura en el pequeño caos que mi soponcio había desatado inopinadamente entre las filas de gente nerviosa y preocupada. Percibí también las suaves y menudas manos de Candy, envolviéndome, acariciando mi rostro frenéticamente, y el peso de su cálido cuerpo sobre el mío, mientras sus lágrimas ardientes mojaban mi rubicundo rostro y escuchaba como un eco lejano, su dulce voz clamando desesperadamente mi nombre, entre los murmullos del gentío de curiosos que nos rodeaban.

15

Fui llevado en volandas con la ayuda de Mark y varios caballeros que se ofrecieron gustosos a sacarme de allí, hasta un lugar menos atestado de gente. Un anciano médico de cabellos blancos, impertinentes sobre su ganchuda nariz y una aristocrática perilla que estaba de vacaciones en París con su familia, se ofreció a reconocerme desinteresadamente. El doctor enfundado en una levita negra presentaba un tétrico aspecto, que resultaría totalmente desmentido por su cordialidad, y buen hacer profesional. Una vez que me acomodaron sobre un banco de piedra cercano, pero relativamente apartado del recinto de la torre Eiffel, Candy, Mark y varias personas más, asistieron preocupadas ante los graves y afectados gestos que el médico realizaba, al mover nerviosamente la cabeza, mientras aplicaba su estetoscopio sobre mi pecho, auscultando mi respiración. El doctor Fabré, según su particular opinión, sostenía que un médico debe serlo siempre, estando de guardia incluso aunque se encontrase fuera de servicio y por eso, el bondadoso y amable galeno llevaba siempre encima su equipo guardado en un viejo maletín de cuero gris, resultando providencial. Finalmente retiró el estetoscopio de sus oídos y dijo ante la creciente inquietud de Mark y de Candy que no cesaba de removerse inquieta entre los brazos de Mark, mientras extraía un fraquito de sales de su maletín:

-Sólo ha sufrido un repentino y desagradable desmayo –apostilló el doctor, mientras aplicaba el recipiente de cristal de angulosas formas, en mis fosas nasales. El desagradable y almizcle hedor que desprendía el compuesto químico, fue un revulsivo más que suficiente, como para devolverme al mundo real nuevamente. Abrí los ojos y me desperté tosiendo y frotándome la nariz con el dorso de la mano, y expresión de asco, para alegría de Candy, que me abrazó nuevamente. Me incorporé con la ayuda de Mark y permanecí sentado en el banco mientras me frotaba las sienes ligeramente doloridas con las manos, preguntando a mis amigos que me había ocurrido.

-Te desmayaste de repente –dijo Mark devolviéndome mis anteojos que había retirado con cuidado de mi rostro, para que no se dañaran. -Al parecer, el vértigo que padeces, ante la sola contemplación de la torre hizo el resto.

El doctor Fabré asintió. No era la primera vez que se veía envuelto en una situación similar con anterioridad. Solía visitar París, al menos una vez al año, y siempre e invariablemente se pasaba por la Torre Eiffel, mientras su esposa y su hijo mayor paseaban por los jardines de Luxemburgo, donde al parecer, debían producirse un par de casos de media al día, como el mío.

El galeno certificó que pese a mi obesidad, mi estado de salud general era bueno y que podía seguir disfrutando de mi visita a París, pero que evitara ascender a la torre, al menos por el momento, hasta que lograse vencer mi impenitente acrofobia o miedo a las alturas y ahorrarme así nuevas emociones fuertes. Podíamos continuar con nuestro periplo turístico, pero en entornos más sosegados y menos bulliciosos, para que el efecto sedante de los mismos, fuera como una especie de cura de reposo y terminara de aquietar mi ánimo. El doctor Fabré me tomó la tensión y dijo tras observar la aguja del aparato con ceño fruncido:

-Está dentro de los valores previsibles, joven, -dijo refiriéndose a mí- pero yo por hoy me sumergiría en un entorno más bucólico y tranquilo.

-¿Cual nos sugiere usted doctor ? –preguntó Candy al anciano médico, que iba guardando su instrumental de trabajo en el maletín, mientras los curiosos a falta de nada de mayor interés, se iban dispersando.

El sexagenario doctor Fabré se rascó el barbudo mentón y tras calarse por enésima vez los impertinentes que hacían honor a su nombre, por su fastidiosa tendencia a resbalar por el puente de su nariz, halló la respuesta tras unos instantes de reflexión.

-Ya lo sé, señorita –dijo el anciano médico dirigiéndose a Candy, con entusiasmo, chasqueando los dedos de la mano izquierda -lleve a su amigo a los Jardines de Luxemburgo. De hechos, les encantará a los tres. Sencillamente, son indescriptibles. Mi esposa y mi hijo suelen frecuentarlos cuando venimos de vacaciones a París, aunque a mí me llame más la atención nuestra querida torre Eiffel –dijo señalando al monumento con el dedo pulgar de su mano derecha, por encima de su hombro al tiempo que esbozaba una sonrisa de satisfacción, debido a la profunda admiración que suscitaba en él la emblemática construcción.

Antes de marcharse, el doctor Fabré se giró sobre sus talones y saludó galantemente a Candy retirando el sombrero negro que cubría sus cabellos blancos, y guiñando un ojo a la muchacha, añadió:

-Por cierto señorita, me da usted que es una excelente enfermera.

Candy y todos nosotros nos quedamos ligeramente perplejos, hasta que el médico, que se estaba divirtiendo de lo lindo, debido a nuestra cómica extrañeza explicó como había averiguado que Candy era enfermera.

-Por dos cuestiones queridos amigos –dijo el jovial anciano mientras volvía a ponerse el sombrero- la primera, porque, digamos mi ojo clínico está demasiado agudizado como para no darme cuenta. Son casi cuarenta años de profesión médica, viendo como trabajan, sus gestos, su forma de actuar. Cuando la señorita fue corriendo a atenderle debido a su desmayo –dijo dirigiéndose ahora a mí y clavando sus agudos e inteligentes ojos en los míos- lo percibí, y porque…da la casualidad que la señora Maria Jane, es amiga mía y la describió con tal precisión, señorita, que supe inmediatamente al verla que no podía ser otra persona más que usted.

Candy dio un respingo al escuchar la imprevista confesión del médico. El doctor Fabré asintió, e intervino nuevamente sin darle tiempo a Candy a replicar nada:

-Me dijo que era usted una profesional voluntariosa y firme, decidida y entregada, pero un poco cabezota y torpe al principio de su carrera. En fin, les dejo. He quedado con mi familia para visitar el Museo del Louvre, que también les recomiendo encarecidamente que incluyan en su agenda. Que disfruten de su paseo por los Jardines de Luxemburgo.

Antes de que pudiéramos decir nada, el doctor Fabré se retiró rápidamente tras despedirse nuevamente e ir al encuentro de una imponente matrona entrada en carnes de mirada que caminaba del brazo de un apuesto joven veinteañero. La esposa y el hijo del médico le hacían imperiosos gestos de que se apresurara y apretara el paso.

-Vamos papá –le reprochó el joven con alegres gritos y moviendo el brazo de atrás hacia delante, mientras su madre le imitaba, fingiendo burlarse de él.

-Ya voy Philip, ya voy, -le gritó a su hijo- deberías tener más consideración conmigo, ya no estoy para estos trotes –dijo el doctor mientras intentaba caminar más deprisa, lo cual no le costó demasiado. Para su edad estaba sorprendentemente delgado, además de ágil.

Candy había arrugado el gesto, temblando ligeramente y confiriendo una fea expresión a su hermoso rostro, cuando las palabras "cabezota" y "torpe" sonaron en sus oídos, en labios del amable doctor, que tan altruistamente me había atendido. Por un momento, Mark y yo temimos una de sus poco frecuentes, pero justas explosiones de ira, cuando la contrariaban o la ofendían más allá de lo tolerable y admisible, aunque no era el caso del amable anciano, que no había pretendido ofenderla en ningún momento. Por si acaso, Mark y yo, nos aprestamos a sujetarla para impedir que se abalanzara sobre el facultativo, pero Candy se limitó a sonreír una vez repuesta de su inicial enojo, pidiéndole al doctor Fabré que le transmitiera recuerdos de su parte, a la enjuta y austera anciana, que había sido su mentora y jefa, en la escuela de enfermeras donde obtuvo su titulación sanitaria.

16

Los Jardines de Luxemburgo, se extendían en una vasta área circundante en torno a un no menos colosal e impresionante gran palacio, pese a que originalmente en el pasado, la extensión del parque había sido aun mayor, viéndose reducida la amplitud de sus vastos dominios mediante una serie de recortes sucesivos, que habían ido limitando el terreno que cubría en un principio. Creados bajo la atenta tutela y supervisión de María de Medici, en el siglo XVII y de titularidad privada, en la siguiente centuria fueron abiertos al público por decisión de un príncipe, pero por diversas razones, los accesos a los impresionantes zonas ajardinadas fueron restringidos intermitente de ahí en adelante, hasta que a partir del siglo XIX cobraron su reconocida fama como lugar de esparcimiento para buena parte de los parisinos al reabrirse con carácter prácticamente definitivo sus puertas, nuevamente al público.

Caminé impresionado por tanta belleza floral observándolo todo a mi alrededor, y procurando no perder detalle de forma que todo quedara almacenado en mi mente e impreso en mis retinas. El doctor Fabré no nos había mentido en modo alguno. Que mejor cura para la desafortunada impresión que terminó con mis huesos en el suelo y que me había llevado al tratar de abarcar con la vista, la totalidad de la colosal altura de la Torre Eiffel que la visita a tan idílicos y ubérrimos jardines desbordantes de vida vegetal y humana.

Por todas partes, se abrían grandes y espaciosas avenidas en las que el trajín bullicioso de parejas de enamorados, jóvenes estudiantes o familias al completo, se desenvolvía bajo el follaje de los añosos árboles, que proyectaban una deliciosa y fresca sombra sobre los paseantes. Allá donde dirigiera mi atónita mirada, hallaba multitud de hermosas estatuas de mármol blanco o fuentes ornamentales que refrescaban el ambiente o relajaban el espíritu con el sonido de sus burbujeantes aguas al discurrir libremente.

Candy, que llevaba un vestido de lino y organdí compartía conmigo y con su marido la mutua admiración por los grandes espacios verdes que se abrían ante nuestros ojos como una especie de maravilloso oasis que capturaba la imaginación y extasiaba a quien posaba los ojos sobre sus elaborados jardines. Caminamos durante un buen rato y mientras Candy y Mark se deleitaban con la pieza musical interpretada por una orquesta asentada en un quiosco de estilo barroco, y cuyos acordes llegaban a la concentrada y receptiva multitud que admiraba el arte de los músicos, yo me distraje observando una gran fuente de planta poligonal donde algunos niños se divertían haciendo navegar unos pequeños veleros en miniatura que deslizaban desde el brocal de la fuente hasta las plácidas aguas del estanque decorativo, bajo la atenta y cariñosa supervisión de sus padres. Me fijé en la efigie de una muchacha que arco en mano, disparaba una saeta contra un imaginario objetivo, tal vez alguna gran pieza de caza, mientras presidía la fuente desde un labrado y elaborado pedestal. En cada una de las cuatro caras del pedestal, emergía un caño metálico, y de todos ellos fluían, contínua y mansamente, varios chorros de agua que hacían que los veleros de juguete trazaran alocadas evoluciones en su navegación por el estanque de la fuente.

17

Uno de los rasgos distintivos de mi carácter, junto con mi aversión a las alturas o mi poca predisposición a emprender aventuras de corte exótico o arriesgado era mi escasa orientación, que prácticamente llegaba a resultar nula o de poca utilidad cuando más la requería. A veces, llegaba a perderme en el antiguo edificio sede de mis empresas, enclavado en pleno corazón de Tokio, y cuando comenzaba a saber a donde tenía que dirigirme, las hordas de Norden lo asaltaron, quitándome mi entramado económico y obligándonos a mí y a Carlos, a emprender una alocada y poco meditada huida a través del tiempo, aunque afortunadamente logramos recalar a la época de Candy, donde Mark y Haltoran nos encontraron sorpresivamente en una agitada noche, durante la cual despertamos a los Legan y tras una serie de vicisitudes, decidimos enclavar nuestra residencia allí, echando finalmente raíces en un tiempo que no nos correspondía. Por eso, cuando opté por reunirme por Mark y Candy, me dí cuenta de que no conseguía hallar la plaza donde mis amigos se habían quedado para escuchar un magnífico concierto, que una orquesta tocaba desde un quiosco que presidía el lugar. Me había alejado unos pocos pasos, para admirar otra estatua, y luego otra, y otra, y otra hasta que comprobé desalentado que me había perdido, como si fuera un niño de pocos años. Refunfuñé y traté de desandar el camino que había emprendido, liándome cada vez más y ahondando en mi incertidumbre por no conseguir reunirme con Candy y Mark. Los segundos se transformaron en minutos y los minutos fueron pasando hasta completar la primera media hora desde el aciago momento, en que un tonto despiste por mi parte, me había apartado de ellos y continuaba dando vueltas por los Jardines de Luxemburgo sin conseguir orientarme ni un ápice. También me perdí entre los setos de una de las grandes mansiones de Albert, que habían pasado a ser propiedad de Mark, en su totalidad, cuando este cayera en desgracia y a la que acudimos para efectuar una especie de ronda de inspección por la propiedad. Fui el día en que protegí como pude a Candy, de las feroces acometidas de un gran león del Atlas procedente de Africa, traído hasta allí por el irresponsable capricho de Albert, aunque Mark y Haltoran nos salvaron en el último momento. Ahora no había fieras implicadas, pero yo estaba completa e irremisiblemente perdido dentro de unos jardines que tenían el tamaño de una pequeña ciudad y por el momento, no conseguía más que ponerme más nervioso y empezar a dejar de pensar con claridad, sin atisbar el camino que me llevase de regreso junto a Mark y Candy a medida que iba sumiéndome en un círculo vicioso de confusión y temor que se retroalimentaba a medida que caminaba adentrándome más y más en el corazón de los jardines, sin hallar la plaza donde los músicos ofrecían el recital.

18

Cuando los integrantes de la orquesta terminaron de ejecutar el vals, cuyos acordes habían propiciado que varias parejas, entre ellas Candy y Mark comenzaran a bailar, una cerrada ovación se elevó entre el público asistente al concierto al aire libre. Candy permanecía abrazada a Mark, sumidos ambos en otro plano de existencia, porque mientras la gente aplaudía enfervorizada, ellos se habían fusionado en un fuerte abrazo, seguido de un apasionado y prolongado beso, que arrancó lágrimas de los ojos de ambos. Pero el mundo continuaba palpitando a su alrededor, y la vida continuaba. Finalmente, Candy abrió los ojos lentamente suspirando por no poder continuar así abrazando a Mark para encontrarse con las pupilas oscuras, y de tan sombrías que eran, hermosas de su marido. Hasta hacía unos pocos años, las personas que les rodeaban habrían censurado y reprobado su comportamiento, pero el final de la Gran Guerra, había traído aires de cambio y un creciente espíritu de renovación estaba terminando con los viejos y para muchos, trasnochados principios morales de la época. Aunque algunos rostros centraron su atención en los dos enamorados, muy pronto Candy y Mark resultaron tan indiferentes para la muchedumbre que les rodeaba, sacudiéndoles con su continuo vaivén, como las grandes y bellas acacias que jalonaban el quiosco, donde los músicos acababan de ejecutar otra melodía que fue igualmente aclamada y jaleada, por el gentío de caballeros y damas que abarrotaban los alrededores del templete, llenando la plaza hasta los topes.

-¿ Candy ? –susurró Mark a su esposa, al oído.

-¿Mmmmmh? –respondió ella como si hubiera salido de un largo y bello sueño, y en cierta forma así había sido.

-Tenemos que encontrar a mi maestro. Temo que se nos ha hecho muy tarde –repuso Mark mientras miraba a todos los lados sin localizarme. Había permanecido a corta distancia, a la vista de mis amigos, pero eso había sucedido hacía ya tiempo. Yo, me había ido alejado cada vez más, maravillado por las exquisitas obras de arte que decoraban los esplendentes y feraces jardines, hasta que hubo un momento en que perdí contacto visual con mis amigos. Candy asintió y ambos caminaron cogidos de la mano, en dirección hacia donde supuestamente debía de hallarme, pero no hallaron rastro de mí. Mark caminó por la plaza, acompañado por Candy rastreando con la vista cada palmo del sitio donde me habían visto por última vez, sin éxito. El joven moreno se movió todo lo deprisa que pudo, llevando a su esposa casi a rastras en pos suyo, cuando Candy le cogió de la mano y lanzando un agudo quejido de dolor, cuando Mark sin percatarse de ello, imprimió un seco tirón a la muñeca de su esposa para que se apresurara.

-Ay, -se quejó Candy, deteniéndose exhausta y añadiendo entre jadeos mientras sacudía la extremidad adolorida tras soltar la mano de Mark –Mark cariño, me haces daño, no tires tan fuerte, ¿a que viene tanta prisa?

Mark que no podía soportar que Candy sufriera, aunque el dolor que le había producido era involuntario, se disculpó vivamente con ella, haciendo que la joven se estremeciera de amor y de orgullo una vez más, cuando Mark la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí. Pero no había tiempo para demostraciones de afecto ni carantoñas, porque lo prioritario era encontrarme cuanto antes.

-Mark, ¿se puede saber que te ocurre? pareces preocupado, Maikel terminará por aparecer, ya lo verás, no es ningún niño –declaró Candy mientras se alisaba las flotantes mangas de su vestido, que el inesperado zarandeo de Mark había arrugado sin querer.

-Desde luego amor mío, pero mi maestro tiene un sentido de la orientación ciertamente pésimo. Una vez se perdió en el economato de una de sus empresas y estuvo dando vueltas, hasta que por casualidad logró encontrar la salida, justo cuando yo y Haltoran preocupados por su tardanza, acudimos a buscarle –explicó Mark a Candy apresuradamente, mientras avanzaba a grandes zancadas, llevando un apresurado ritmo de marcha que a su esposa le estaba costando bastante seguir a duras penas. La joven reparó en lo rápido y ágil que podía resultar su esposo, gracias a la influencia del iridium que subyacía en el fondo de su torrente sanguíneo. Torció el gesto contrariada ante aquel pensamiento, pero procuró no exteriorizarlo en la expresión de su bello rostro para no intranquilizar a Mark.

-Mark, cariño espérame por favor –se quejó con voz sofocada, Candy que, conseguía mantenerse a la par que él con dificultad, llegando un momento en que tuvo que detenerse para recuperar el aliento - si sigues moviéndote a ese paso vas a tener que continuar solo. Estoy empezando a quedarme sin fuerzas –explicó Candy mientras intentaba llevar aire a sus fatigados pulmones, lo cual hacía que resollara ruidosamente para disgusto de ella. Puso los brazos en jarras y empezó a respirar de forma acompasada para calmarse, consiguiéndolo a medida que iba recobrando el aliento. Mark volvió a pedir perdón a la joven y optó por continuar andando de forma más pausada y cadenciosa para no agotar a Candy.

-Sería mejor que nos dividiéramos para…-dijo Mark, hasta que la imperiosa y enojada voz de Candy le interrumpió de golpe.

-Ni hablar –protestó Candy enérgicamente, que no le dejó ni terminar la frase- me quedo contigo. Lo de dejarte solo no lo decía en serio. No me faltaría más que tener que buscarte a ti también –añadió con énfasis dando a entender a su marido que no aceptaría de ningún modo, semejante sugerencia.

19

Cada vez que me asomaba a una de las grandes avenidas arboladas tenía la sensación de que las había recorrido ya con anterioridad. Hacía más de dos horas que me había apartado sin percatarme de ello de Mark y de Candy al distanciarme para admirar algunas de las estatuas que adornaban los jardines y, aunque había logrado dar con el último emplazamiento de mis amigos a fuerza de pasar por enésima vez por todos aquellos lugares, como era de suponer ya no estaban allí. Preocupados por mi tardanza habrían emprendido mi búsqueda, tal vez con el mismo éxito que la mía, nada. Pensé en preguntarle a alguien, pero mis intenciones de orientarme estaban destinadas al fracaso. No sabía nada de francés, más que alguna expresión aislada aunque confiaba en hallar algún paseante de habla inglesa que conociera suficientemente los jardines de Luxemburgo y pudiera convertirse en una especie de hilo de Ariadna, para salir del enrevesado laberinto de árboles, parterres de flores, setos y labradas estatuas en que me había perdido inextricablemente.

Estaba empezando a experimentar un notable cansancio y decidí recuperar fuerzas sentándome en un banco situado junto a una especie de escenario o teatrillo improvisado al aire libre. Se estaba representando una función de guiñol a la que docenas de niños y niñas, asistían entre ensimismados y asombrados acompañados de sus padres o de algún familiar. Las marionetas eran diestramente manejadas por los ágiles y experimentados dedos de los ocultos y bien disimulados titiriteros, y representaban una obra clásica, que rápidamente captó mi atención, a falta de nada mejor que hacer, puesto que la desesperación por no conseguir orientarme mínimamente, estaba empezando a hacer mella en mi fatigado ánimo.

No es que hubiera llegado al extremo de perder los estribos o actuar de forma irracional, pero me empezaba a inquietar la idea de que el parque pudiera cerrarse por la noche o a una hora determinada, por lo que entonces si que las posibilidades de localizar a Mark y a Candy, serían prácticamente nulas, por lo menos hasta el día siguiente. Busqué con la mirada algún gendarme o empleado del parque que pudiera orientarme aunque fuera a base de señas, pero no ví a nadie en particular, nadie que pudiera resolver mi problema de situación. Como permaneciendo sentado, no iba a resolver nada, opté por pasar a la acción y poniéndome en pie de un salto, dejé el banco, me sacudí el polvo de mis pantalones y avancé decididamente hacia una señora de cabellos grises que llevaba recogidos en un moño y con unos anteojos redondos, que me recordó vagamente a la señora Pony. El vestido de la dama hacía juego con el color de sus cabellos y hasta sus ojos eran de una tonalidad ligeramente grisácea. Intuía que tal vez, el carácter de la mujer para no desentonar con el conjunto, se correspondiera con el resto de su apariencia y aspecto, y fuera igual de gris y anodino, y puede que hasta hosco y desagradable. Pero como no podía continuar sin informarme mínimamente de donde me hallaba, saludé a la señora lo más cortésmente de que fui capaz y sonreí ligeramente. La dama correspondió a mi gesto con una inclinación de cabeza y otra sonrisa, y pareció predispuesta a entablar conversación conmigo. Contrariamente a la impresión que me había formado a mí mismo de la mujer, su sonrisa tenía cierto encanto y sus facciones resultaban agradables y afables. Me aclaré la garganta y me dispuse a formular la primera pregunta de lo que preveía, como una agotadora y ardua sesión de diálogos sin sentido y entreverados de señas y gestos que asemejarían aquella conversación, más como una especie de costoso entendimiento con algún aborigen de una tribu perdida e ignota, que un cordial y educado diálogo fluido entre europeos.

-Madame –comenté sonriente intentando resultar lo más educado y simpático posible –yo…esteé busqueeé salité parqué. Yo, –dije señalándome el pecho con el dedo pulgar de la mano derecha a intervalos cortos e imitando el característico acento atribuido a los indios- perdité, yo no sé donde estar –declaré presintiendo que estaba haciendo el más absoluto de los ridículos, como si estuviera imitando a los actores de las viejas películas cómicas de mi país, tratando de hacerse los interesantes para ligar con turistas extranjeras o salir airosos de una situación parecida a la mía.

Entonces la mujer prorrumpió en unas ligeras y sonoras carcajadas que hicieron que mis mejillas se arrebolasen por lo menos hasta las orejas. Bajé la cabeza cariacontecido, y cuando me disponía a marcharme apesadumbrado, la dama me llamó en perfecto inglés, agitando la mano y reclamándome a su lado.

-Espere señor, espere –dijo la mujer con una voz melodiosa que desmentía su apariencia presuntamente vanal –no pretendía burlarme de usted ni resultar desagradable, pero cuando se ha puesto a hablarme con una dicción tan digamos curiosa, no he podido evitarlo. Discúlpeme.

Sonreí de nuevo. La afabilidad de la dama hizo que me olvidara pronto de su repentino ataque de risa y no era para menos, como le corroboré en mis siguientes palabras:

-No me extraña nada señora, si yo me hubiera visto abordado por una persona que no sabe ni chapurrear el inglés, igual me hubiera sucedido lo mismo que a usted –coincidí con total sinceridad.

-Bueno, de todas formas le he entendido y cualquier persona de habla francesa, digamos que más o menos también habría captado el sentido de sus palabras –comentó girando la mano derecha varias veces -en suma, que está usted perdido en los Jardines de Luxemburgo y no sabe como hallar la salida.

Estuve a punto de aplaudir de puro gozo, pero me contuve. Finalmente parecía que mi estrella empezaba a mejorar de forma gradual.

La amable señora, que según me refirió brevemente, vivía en Francia desde hacía veinte años tras establecerse con su familia en París, debido a un ventajoso cambio de destino, que le había surgido a su marido en su momento, abogado de un prestigioso bufete en Londres. El esposo de la dama continuaba ejerciendo la abogacía en la capital de Francia y había llegado hasta allí, destinado por sus jefes que necesitaban a un representante de su bufete lo suficientemente experimentado y capaz como para abrir, a modo de cabeza de puente, una nueva sucursal en la ciudad. Las cosas habían marchado bien, el negocio prosperaba y florecía y el señor Stevens era el remarcado y estimado superior de varios talentosos y brillantes profesionales, que en el momento de ser contratados eran jóvenes debutantes, que apenas habían terminado la carrera de derecho, por aquel tiempo. Marcus Stevens apostó por ellos, brindándoles su apoyo y protección, y acertó de pleno cuando ellos se lo devolvieron con creces, respondiendo con su acendrada profesionalidad y agudo sentido del deber y la oportunidad.

Tras compartir un rato de emotiva y agradable charla con la señora Stevens, y escuchar sus pacientes y amables indicaciones para que encontrara la salida del parque, lo más rápidamente posible, me despedí de ella, y me dispuse a recorrer el camino correcto hacia la salida. Suponía que Mark y Candy continuarían buscándome, pero como el parque tendría que cerrar tarde o temprano deberían coincidir conmigo al abandonar los recintos ajardinados. Entonces reparé contrariado en que un recinto tan grande y vasto debería contar forzosamente con diversos accesos, como era lo más lógico suponer y que si Mark y Candy, dejaban el parque por otra puerta diferente, mientras yo estaba apostando en uno en particular, puede que tampoco me encontrasen. Me sentía nuevamente perdido y empecé a deambular sin rumbo, intentando encontrar nuevamente a la señora Stevens aun a riesgo de ser tomado por un pardillo, para preguntarle donde se encontraban las restantes salidas, pero la dama ya no se hallaba junto al teatrillo donde la había visto originariamente, asistiendo a una función protagonizada por los vistosos y caricaturescos títeres, que en esos instantes se habían enzarzado en una reñida lucha, y estaban destrozándose a estacazos a cual más aparatoso y visceral, para deleite de niños y mayores, que ovacionaban el espectáculo con visible delectación.

20

Mientras intentaba hallar una ruta de salida o encontrar a alguien que pudiera ayudarme, me interné en una solitaria arboleda presidida por la estatua danzante de un fauno que tocaba la flauta al son de su música. A sus pies, me pareció entrever la figura de alguien que me era vagamente familiar. Fue entonces, cuando reconocí al desconocido que parecía contemplar una fotografía de alguien que le resultaba muy querido o próximo. Sin saber muy porqué, decidí ocultarme tras la espesura y por una vez, conseguí hacer las cosas bien, sin producir ruido alguno apenas ni alertar al joven que recostaba su espalda contra el pedestal de la estatua. Me quedé tan de piedra como la escultura que destacaba sobre la cabeza del hombre de porte apuesto y varonil.

En un primer momento le confundí con Mark, pero al fijarme mejor comprobé que no se trataba ni mucho menos de él, si bien entre ambos existia un leve parecido.

Nada más distinguir aquellos cabellos castaños y los ojos profundamente azules supe al momento cual era la identidad del desconocido. Sin poder evitarlo, mis labios se movieron mecánicamente pronunciando un nombre que, pese a haberlo hecho casi en un susurro, llamó la atención del joven. Terry Grandschester, embutido en un traje de chaqueta y corbata, y con un gabán sobre los hombros y las mangas del mismo flotando huecas cada vez que se movía con reflejos felinos, pareció molestarse por que habían interrumpido aquellos momentos de privacidad y buscó con su intensa mirada al intruso que le había importunado al sacarle de sus meditaciones.

Yo permanecía escondido entre unos arbustos esperando que no me viese. Sabía lo mucho que había amado a Candy, y puede que aun mantuviese un rescoldo de esos sentimientos, pese a que se hubiera casado con otra muchacha, ante la imposibilidad de alcanzar el corazón de la joven rubia. Yo no había estado allí, pero Mark me había contado con pelos y señales su primer y poco afortunado encuentro con él en Escocia, cuando habían viajado hasta allí a visitar a Eleonor, la verdadera madre de Candy y casi terminan prácticamente a puñetazos, solo que Mark no hizo nada para provocar o avivar esa pelea. Se limitó a esquivar sus puñetazos con ademán impasible, procurando no herirle o replicar a sus golpes, ante las súplicas de Candy. Me rasqué la cabeza y pensé como habría sido la vida de Candy si hubiera llegado a casarse con él, o de encontrarse ambos en aquella recóndita parcela de los Jardines de Luxemburgo, en otras circunstancias, quizás en plena vorágine de la guerra, si no hubiera mediado nuestra inesperada e inusual intervención. Los pies de Terry removieron la hojarasca que se acumulaba en los senderos de grava, que surcaban el pequeño bosquecillo cuando se movió, observando en derredor suyo, tratando de localizar el origen del apagado sonido que le había sobresaltado.

-¿ Quien está ahí ? –preguntó con voz ligeramente molesta.

Naturalmente, no hubo respuesta. Independientemente de que la más retorcida casualidad hubiera hecho que coincidiese con él, no tenía deseo alguno de encararme con él. Entonces sentí un estremecimiento que me recorrió la médula espinal al imaginar que podría ocurrir si Candy se topase con él, como yo lo había hecho.

Terry repitió la pregunta, levantando la voz y alterándose un poco, pero tampoco esta vez nadie replicó a sus interrogantes. Finalmente, el joven actor, arqueó las cejas y esbozó una sonrisa triste para decir en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular:

-Estoy comportándome de forma absurda. Pese a lo grandes que son los jardines de Luxemburgo y lo frecuentados que están, aquí concretamente no hay nadie. Estoy hablando conmigo mismo, manteniendo un monólogo absurdo.

Giró sobre sus talones y se marchó arrojando por encima de su espalda la fotografía que había estado contemplando con ensimismamiento, hasta que yo le interrumpí, habiendo estado de revelar mi posición, un tanto imprudentemente. No es que temiera que Terry fuera a hacerme daño o pretendiera maltratarme de palabra u obra, cosa que no haría, porque por encima de todo, el actor era un caballero y no iba a descargar su frustración contra alguien como yo, pero no deseaba asistir a sus reproches o miradas de digusto, por cuanto y en cuando yo era íntimo amigo del hombre, que a su juicio, le había arrebatado el amor de Candy, cuando simplemente se trató de una cuestión de elección. Mark llegó antes y ocupó el corazón de Candy cuando ambos se enamoraron mutuamente tras mirarse, durante unos instantes únicos e irrepetibles en la Colina de Pony. Si había un culpable y un responsable al que denostar en última instancia, no era el viento huracanado del iridium que desde el momento, en que fue liberado de su confinamiento, por la irresponsable codicia de varios hombres, varió significativa y completamente la vida de varias personas para siempre, entre ellas la mía, y empezando por la del propio Mark. Sí, existía un culpable de que todo hubiera devenido en lo que se produjo después, y estaba allí observando en silencio a un afligido joven que de vez en cuando, pese a que amaba a su familia y en especial a su esposa Louise, a veces cedía a los embates de la nostalgia más profunda y recóndita que llamaba a las puertas de su corazón, proveniente del más inmediato y reciente pasado, de tan doloroso recuerdo para él.

Cuando Terry se hubo marchado, salí sigilosamente de mi escondrijo y recogí la foto que había arrojado con tristeza, poco antes de irse de allí. Estudié el retrato con atención y arqueé las cejas lanzando un sonoro suspiro. Los esplendorosos ojos verdes de Candy, me estaban devolviendo la mirada. Poco después, los arbustos que se encontraban detrás de mí, se agitaron ruidosamente. Alguien estaba apartando las plantas haciéndolas a un lado, a medida que se iba abriendo camino entre la espesura. Todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de moverme para resguardarme en otro escondite y ponerme así a buen recaudo. Tampoco fue necesario porque la persona que apareció ante mis ojos, una vez que pudo pasar entre los espinosos arbustos me llamó por mi nombre con una voz angustiada y débil, mientras algunas lágrimas emergían de sus ojos de esmeralda y se mesaba los cabellos rubios rizados, dispuestos en sendas coletas adornadas mediante lazos, con honda desesperación.

-Maikel –se limitó a decir Candy mientras abría los brazos y corría a mi encuentro, para cerrarlos en torno mío y terminar empapándome con sus lágrimas. Suspiré con fuerza y tomé a Candy entre mis manos aferrándome a ella con firmeza.

-Mi buen y querido amigo, ¿ por qué nos has dado este susto tan grande ?, Mark y yo llevamos buscándote toda la tarde.

Entonces dirigí mis ojos marrones hacia el cielo. Creía que habían transcurrido dos horas, pero la luna llena iluminó mi rostro y el de Candy de pleno. Entonces recordé lo que había sucedido. No mucho después de abandonar la explanada donde se alzaba el teatrillo, donde los guiñoles continuaban peleándose con especial énfasis, bajo los diestros dedos de los titiriteros, me había tendido bajo el follaje de un alto y añoso árbol a descansar un rato, quedándome completamente dormido. Cuando desperté caminaba por un bosque tan denso que no alcancé a darme cuenta de que ya había anochecido y la propia urdimbre de la floresta me impedía entrever con claridad que ya había caído la noche. Fue cuando sorprendí a Terry observando un retrato de Candy y algo después, Candy me había localizado casi por casualidad.

Me dí cuenta de que las yemas de los dedos de Candy mostraban algunas pequeñas heridas que sangraban levemente, aunque las hemorragias iban cesando gradualmente. Se había lastimado los dedos al intentar apartar con ambas manos los zarzales que la separaban de mí, cerrándola el paso y dificultando que pudiera llegar hasta el lugar donde yo me encontraba. Tenía asimismo diversas laceraciones y heridas repartidas por otras partes de su cuerpo, al haberse arrastrado a través de los espinosos arbustos para acceder hasta mí, creyendo haberme visto al pasar a muy poca distancia, de la densa barrera vegetal que había tras de mí. Y no se equivocaba.

Yo me había evitado el tormento de las puntiagudas y afiladas púas de las enmarañadas zarzas que la pobre Candy había tenido que sufrir en carne propia, al acertar a entrar de casualidad, por otra parte más despejada y limpia de maleza.

-Lo, lo siento Candy –comenté verdaderamente apurado y molesto conmigo mismo por haberles reportado semejante disgusto a ella y a Mark –me despisté. No tengo perdón, pero…

Candy me besó en las mejillas y en la frente depositando una mirada tan pura en mis ojos, que creí que perdería la razón ante la visión de su inhumana belleza.

-No pasa nada querido amigo, no te preocupes. Ahora que estamos todos reunidos solo me importa que estés bien. ¿No estarás herido, verdad ?

Antes de que pudiera formular mi respuesta, Candy empezó a examinarme con celo profesional, como si fuera un paciente, evaluando mis posibles lesiones y daños e ignorando mis protestas de que se detuviera, asegurando y perjurando que me encontraba bien.

Una segunda persona irrumpió en el claro, que había hallado tras llegar con no pocas dificultades y sin saberlo, al corazón del denso bosque que a su vez rodeaba el diminuto bosquecillo, situado en pleno corazón de la arboleda, y que crucé prácticamente a tientas. Me puse tenso y mis músculos adoptaron la rigidez del hierro. Por un momento temí que fuera Terry que regresaba sobre sus pasos, pero suspiré aliviado al reconocer el rostro de Mark, sumido en un aire de desasosiego debido a su preocupación por mí.

-Maestro –pronunció escuetamente y corrió hacia mí, sumando su abrazo al de Candy.

21

A pesar de mis repentinos y fastidiosos problemas con las alturas y mi sentido de la orientación, nuestra visita a París fue lo suficientemente intensa e instructiva, como para poder afirmar que habíamos aprovechado el día. "Carpe diem" que dirían los antiguos. A nuestro regreso a la mansión de los du Lassard, prometimos mantener aquellos penosos incidentes en silencio para no alarmar a nuestros anfitriones, mientras yo, me desvivía porque Candy perdonase mi torpeza, pero mi amiga solo tenía una cuestión que reprocharme: el tremendo sobresalto y el consiguiente disgusto que le había ocasionado con mi repentina desaparición, al igual que a Mark. Candy no sólo había aceptado mis disculpas, si no que prácticamente me habían impedido formularlas estando más pendiente de que no hubiera sufrido el menor daño, que todo el tiempo que les había hecho perder, dando incesantes vueltas por los jardines de Luxemburgo para dar con mi paradero. Cuando lo consiguieron, casi de casualidad, afortunadamente Terry Grandschester se había retirado ya, tras su me imaginaba, repentina añoranza y anhelo por Candy. No tenía ni la menor idea de que es lo que estaba haciendo allí, pero en mi opinión era mejor que el joven actor no se hubiera topado con nosotros, y sobre todo con Candy. Ni que decir tiene que oculté que había estado a muy pocos centímetros de Terry, espiando sin pretenderlo aquellos momentos de intimidad. No estaba seguro, pero por un momento me pareció descubrir en él, el mismo tipo de nostalgia y aquel punto de melancolía que habían convertido a Anthony en una sombra de si mismo, tornándole en una suerte de ermitaño, hasta que el cariño y el amor que Natasha atesoraba por él en su corazón, consiguió rescatarle de las simas del dolor, en las que se sumiera por propia voluntad y de las que no quería ser rescatado. El encuentro entre Candy y Terry en plena línea del frente estaba aun muy fresco en su memoria, demasiado como para apartarlo de un plumazo. No obstante, ahora yo pensaba en otro asunto, por el que me estaba devanando los sesos, y era que camino seguiríamos a partir de ese momento. Evidentemente, no podíamos, es más no debíamos continuar abusando de la hospitalidad de los du Lassard, y la actuación más lógica a tomar, sería retornar a Estados Unidos y dejar la búsqueda de James en manos de Mermadon, pero por otro lado, Candy deseaba pese a todo, encontrar a su padre y hablarle, aunque no sirviera de mucho, pese a las advertencias de su hermanastra, de que tal vez, llegara a arrepentirse de hacer realidad sus deseos.

22

Después de una larga noche en la que todos pudimos descansar sumiéndonos en un sueño reparador, pese a que Candy me vigilaba cada dos por tres para asegurarse de que estaba bien interrumpiendo su merecido descanso y entrando de puntillas en mi habitación, realizamos una reunión por la mañana temprano, tras rogarles a los du Lassard que nos permitieran hablar en privado en alguna estancia tranquila donde no fuéramos molestados. Tanto Mark como yo, tuvimos que aguardar durante un buen rato, porque Candy aun permanecía dormida, debido a las horas que había hurtado al sueño para velarme hasta que finalmente la muchacha terminó por caer rendida a los pies de mi cama, mientras yo no me atrevía a moverme por miedo a despertarla, hasta que finalmente Mark, preocupado por su esposa, entró en mi alcoba, disculpándose y se la llevó en brazos de allí, tras levantarla en vilo. Candy llevaba un camisón de raso y los cabellos rubios sueltos completamente sobre los hombros, resaltando su piel blanca y tersa bajo la luz de la luna, que entraba por la rendija que los póstigos entreabiertos formaban. Me pareció tan hermosa y deslumbrante que tuve que apartar los ojos, porque la contemplación de su belleza me producía daño. Ahora entendía bien la nostalgia de Terry, pese a que entre ambos no hubiera existido nada más que una breve y sincera amistad.

Según Haltoran, que todavía no estaba seguro de si lo que había vivido era una lúcida y realista ensoñación, en otra dimensión paralela, Terry y Candy se amaban llegando a convertirse en novios, pero que finalmente, el amor de Mark era tan fuerte y arraigado que desplazó el que en un primer momento hubiera podido llegar a existir entre Candy y Terry. Aquel día, me levanté como todas las mañanas y escuché el alegre jolgorio que provenía de la habitación de Mark y de Candy, a muy poca distancia de la mía. Me tropecé insospechadamente con la improvisada fiesta que se había apoderado de la alcoba del matrimonio, y de la que también participaban sus hijos. No quise interrumpir y aun medio dormido, asistí a un entrañable cuadro familiar, en el que Mark, abrazando a su esposa y estos a su vez, a Marianne y a Maikel, les contaba una especie de historia. Quise retirarme sin hacer ruído, pero Maikel me descubrió. El niño abrió la puerta de improviso y tironeando de las mangas de mi pijama, me animó a sumarme a ellos, pero decliné su invitación. Aquel era un momento íntimo de la familia y yo no era quien para entrometerme. Más tarde, Haltoran me pondría al corriente de la increíble historia.

Entonces retorné de mis pensamientos, mientras Mark se interesaba por mi estado. El joven me guardaba una deferencia y respeto prácticamente absolutos, aparte de una lealtad inquebrantable hacia mí. Por varias veces había intentado hacerle ver que era su amigo, no su mentor ni su tutor, pero Mark se cerraba en banda y me decía:

-De sobra sabes porque para mí eres y serás siempre mi maestro –me dijo una vez posando su mano derecha en la mía. Noté un estremecimiento. Fue el día en que me percaté, que Mark conocía mi secreto que al mismo tiempo, era el origen del suyo. Luego añadió unas palabras que jamás podría olvidar:

-Gracias a ti, accedí a una felicidad infinita, jamás olvidaré lo que hiciste por mí. Nunca podría guardarte rencor por algo que fue totalmente involuntario. Maikel, tú no podías prever que aquellos ladrones asaltarían el furgón, pero al hacerlo me hiciste el más maravilloso y deslumbrante regalo que hombre alguno pudiera imaginar ni aunque viviera eternamente. Y no solo no te guardo rencor, si no que te estaré agradecido de por vida. Por eso para mí eres mi maestro. No lo olvides.

Me quedé asombrado. No solo lo sabía, si no que se sentía en deuda conmigo. Después de atiborrar su cuerpo de taquiones y otras partículas subatómicas, después de modificada irremediablemente su cadena de ADN, aquella involuntaria víctima de mis arrogantes desvaríos económicos y delirios de gloria, solo tenía palabras de gratitud para mí y para él era su mentor. Creo que aquella fue la primera y última vez que me llamó por mi nombre.

Y ahora estaba en aquellas dependencias, observándole en silencio, mientras él me devolvía una mirada amable y cargada de preocupación por mí, esperando que Candy se personara y discutiéramos si seguíamos la búsqueda de James o la interrumpíamos allí mismo, dejando que Mermadon se ocupara de continuarla.

Candy seguía durmiendo pero ninguno de los dos nos atrevíamos a despertarla. Finalmente ambos escuchamos como alguien se desperezaba desde el otro lado del pasillo y caminaba hacia nosotros tras personarse en la estancia. Candy se había puesto un sencillo vestido de lino y arreglado sus sempiternas coletas. La muchacha, ya descansada y recobrada de la vigilia que había mantenido para cuidar de mí, pese a que yo, le insistiese encarecidamente, en que se fuera a dormir, porque me encontraba perfectamente, entró en el salón que los du Lassard nos habían cedido tan amablemente, y tras besar a Mark por largo rato, se encaminó hacia mí rogándome perdón por no haberse acordado mío y estrechándome entre sus brazos. Noté como sus lágrimas mojaban mi rostro y mis hombros. A veces no sabía si Candy se entristecía tanto cuando me veía abatido o por no poder corresponder a unos sentimientos más que de sobra conocidos para ella. Mark respetó la intimidad de aquel momento entre ella y yo, apartándose discretamente a un rincón de la sala. Mi amigo no tenía nada que temer respecto a mí en relación con Candy.

Una vez que nos calmamos todos lo suficiente, dimos comienzo a nuestra reunión, la cual habíamos acordado celebrar de regreso a la mansión de los du Lassard, tras la manera tan pueril y poco afortunada en como me había perdido sin darme cuenta de ello, en las entrañas de los Jardines de Luxemburgo e intranquilizando a mis amigos, sobremanera hasta que lograron encontrarme tras pasar unas horas de angustia invertidas en mi localización, hasta que dieron conmigo, cuando la idea de dirigirse a la Gendarmería de los jardines, rondaba ya por la cabeza de Candy.

23

-Es usted libre.

La voz del alcaide Sokolov sonaba tan irreal como irritante en los oídos de James O´connor.

De no haber estado estrechamente vigilado por dos jóvenes soldados asignados al servicio de seguridad de la penitenciaría para reforzar su ya de por sí, extensa plantilla, se habría abalanzado sobre el funcionario, no porque temiese perder la vida, que era lo que más deseaba en esos aciagos instantes, si no porque los dos fornidos muchachos, embutidos en uniformes de color verde oliva, con las insignias de uno de los múltiples servicios secretos, de la miríada de agencias que nacieron al calor de la Revolución, le mantenían férreamente sujeto, uno por cada brazo. Cualquier intento de romper semejante presa estaba condenado de antemano al fracaso, eso sin contar las largas carabinas que pendían de sus hombros y la pistola que llevaban al cinto, del que también pendían varias cartucheras de cuero grasiento, junto con un arma blanca de respetables dimensiones.

James solo deseaba aislarse del mundo, en un lugar recóndito y secreto, y ahora, por lo pronto era abruptamente lanzado nuevamente a la vorágine del mismo. De no estar firmemente retenido por los dos jóvenes guardianes que mantenían la vista al frente, sin que se trasluciera ninguna emoción en sus serios semblantes, habría cogido a Sokolov por las solapas de su chaqueta gris y le hubiera zarandeado, para enojarle y hacer que le castigasen, mientras le recriminaba que le hiciera abandonar el relativo refugio emocional, que para él, suponía el cautiverio. En la cárcel, donde había sido un preso de conducta ejemplar, que hasta se había grangeado el respeto de algunos de sus guardianes, pese a sus largos silencios y negativas a comer, había empezado a encontrarle cierto apego a la vida aunque fuera en condiciones tan miserables como aquellas. La rutina del régimen carcelario le resultaba fácil de sobrellevar y calmaba sus dolores de conciencia, pero la imprevista visita de su hija Katia primero, y ahora la noticia de su liberación, habían caído como un mazazo sobre la conciencia de James, reabriendo las viejas heridas, y haciendo por tanto que los fantasmas del pasado retornaran nuevamente para atormentarle otra vez.

El prisionero, convertido imprevistamente en un hombre libre, a tenor de las sorprendentes palabras del alcaide, balbuceó algunas frases que a duras penas, logró transformar en expresiones inteligibles, debido a la sorpresa que le embargó desde un primer momento:

-Pero, pero, si me habían condenado a lo menos cadena perpetua, acusado de espionaje –dijo James con la mirada perdida, en un desconchado tabique que se alzaba tras la cabeza calva del alcaide, y provocando la sorpresa del funcionario, que se encogió de hombros, mientras terminaba de firmar la orden de excarcelación del reo, aunque la perplejidad del ruso, no se reflejó en su cara inexpresiva.

-No parece usted muy feliz de recibir la noticia –dijo Sokolov con voz monocorde y sin rastro de emoción alguna en la misma, mientras terminaba de cumplimentar otro documento que llevaba el sello oficial del nuevo Gobierno. James no tuvo ningún reparo en contarle la verdad que latía tras su insólita decisión, de no aceptar la libertad que ya tenía prácticamente al alcance de la mano.

-Yo, yo, verá camarada alcaide, yo…no tengo nada por lo que luchar. Mi vida se hundió hace tiempo. Ni en Inglaterra, ni en Estados Unidos, ni en ninguna parte –exclamó al borde del llanto, sumido en la más completa desesperación. Sokolov arqueó las pobladas cejas que le conferían un aire de severidad, realzado por la pétrea e inalterable gesto de su rostro. Aquel hombre, en verdad tenía alma de funcionario discreto y eficiente, aparte de gris. Como si hubiera escuchado el último parte de sus colaboradores o remitido el más reciente informe periódico, a sus superiores, acerca de su gestión al frente del penal, en vez de la desgarradora y desesperada confesión de un hombre abatido y derrotado, Sokolov asintió cansinamente, como quien le da la razón a alguien privado de cordura, y añadió con el mismo tono monótono:

-Pues aquí no se puede quedar, James. Esto es una prisión, no un pabellón psiquiatríco o un balneario –añadió el alcaide desabridamente, y tamborileando con sus dedos, sobre el gastado y sucio tablero de su mesa de trabajo, señal inequívoca, de que se le estaba agotando la paciencia. Nunca se le había dado bien eso de conversar o escuchar a la gente

- Le guste o no, -siguió hablando Sokolov- James, es usted un hombre libre. Puede darle las gracias a su diplomacia y a los acuerdos alcanzados en secreto, entre su Gobierno y el nuestro. Es todo lo que sé, al respecto. No puedo darle más detalles, ni tampoco se los daría aunque supiera algo más acerca de su excarcelación, pero le diré una cosa: las órdenes bien de muy arriba, por lo tanto, le aconsejo, no, le ordeno que recoja la orden de excarcelación y este sobre con un salvoconducto y una cantidad de dinero a modo de indemnización por las molestias causadas y desaparezca de mi vista. Tengo muchas cosas que hacer, como para perder el tiempo charlando con usted.

James aceptó a regañadientes. A fin de cuentas, si lo que sustanciaba era perder la vida, cualquier rincón era tan bueno como la propia cárcel para cometer un suicidio. Tras guardarse los documentos que el alcaide le tendía, en el bolsillo de su chaqueta, abandonó el despacho de Sokolov escoltado por los dos guardianes, que le conducirían hasta la salida de la penitenciaría, tras devolverle sus escasas y magras pertenencias. Cuando James abandonó su despacho, tras el correspondiente saludo de los guardias que escoltaban al reo transformado en hombre libre, Sokolov se quedó mirando pensativo la puerta metálica de un deslucido color gris, que daba acceso a su despacho, y murmuró para sí:

-Este inglés es un tipo muy curioso, no me cabe la menor duda de ello –reflexionó pensativo mientras se preguntaba como un británico, escocés de pura cepa para más señas, había aprendido a hablar con tanta fluidez y sin apenas acento, el idioma ruso, dominándolo como si se tratara de su lengua vernácula, aunque solo costase en su ficha personal, que la única vinculación que había tenido con el país era a través de su esposa recientemente fallecida, por causa de un virulento brote de tifus transformado en epidemia que estalló en la periferia de la antigua capital de Rusia. El detalle de que James, hubiera pasado en San Petersburgo cerca de dos décadas de su vida, carecía de toda importancia para el alcaide, aunque James se hubiera ausentado hacía unos años, separándose de su esposa, pero sin llegar a divorciarse formalmente de ella. Y había retornado, al enterarse de que a su mujer le quedaba poco tiempo de vida.

Tal cuestión era desdeñada por Sokolov, producto de su acendrada repulsión a todo lo que oliera mínimamente a occidental. Y en su concepto de occidental tenía cabida, todo lo que se hallara más allá de las fronteras de Rusia o proviniera de más allá de las mismas.

Para Sokolov la idea de que un europeo occidental pudiera desenvolverse con tanta soltura en la difícil lengua rusa, se le antojaba disparatada y ridícula, por mucho tiempo que hubiera pasado viviendo en el inmenso país, absorbiendo su cultura y adoptando sus costumbres. Un extranjero siempre sería un extranjero, bajo cualquier circunstancia, pese a las aplastantes evidencias en contra que había evidenciado por si mismo.

Según el particular parecer del funcionario, el idioma de su patria, resultaba demasiado complicado e incomprensible para alguien que no tuviera ascendencia eslava. Y por eso le resultaba tan extraño, que en el caso de James, esa máxima pareciese no cumplirse.

El alcaide extrajo un enorme puro habano de una pitillera de plata que guardaba en un cajón de su mesa, un pequeño privilegio que solo algunos se podían costear o permitir, y poniéndoselo entre los labios, lo encendió saboreando cada bocanada con delectación, mientras apoyaba los pies sobre la mesa. Se trataba de hábitos burgueses, pero algunos se podían permitir semejantes licencias. Y Sokolov formaba parte de ese vago y nebuloso concepto de "algunos" para unos, y exclusivo y elitista para otros, pese a que su despacho fuera una estancia desvencijada, de aspecto vetusto y con aire de acelerada y forzosa decadencia. Las paredes presentaban grandes desconchones, que apenas la improvisada mano de pintura que habían recibido excepcionalmente cuando el dinero asignado por el estado, llegó para ello, podían disimular. Las sillas eran de madera, duras e incómodas y presentaban evidentes signos de deterioro, haciendo juego con su mesa donde un gran teléfono negro, macizo y de angulosas líneas, junto con una montaña de papeles y trabajo atrasado, aun por resolver, cubrían por completo el escritorio del alcalde, donde se apilaban además algunas tazas desportilladas, un cenicero rebosante de colillas, y un termo repleto de café caliente. Las lámparas de cristal, que habían pendido antaño del techo, hacía tiempo que se habían roto o no había más remedio que desmontarlas ante el riesgo de que, cual espada de Damocles, pudieran precipitarse hacia abajo, dejando tan solo una bombilla al descubierto, suspendida de un mugriento hilo de cobre que la unía al casquillo del portalámparas, porque el presupuesto del penal, no llegaba para adquirir otras nuevas y había que destinar el escaso dinero disponible a otras necesidades más urgentes, que para atender la simple iluminación de un despacho individual. El alcaide se alumbraba mediante una lámpara de flexo, enteramente de hierro, de una horrísona coloración entre gris y parda, cuya abultada bombilla, desprendía un calor molesto incluso en los días más crudos y gélidos del interminable invierno ruso. Sokolov no sabría a ciencia cierta determinar si dicho color se debía a que la lámpara había sido pintada así deliberadamente, o a la pátina de suciedad y mugre que cubría el desvencijado flexo desde su base a la parte superior.

El aparatoso y feo teléfono de color oscuro, no daba señal la mitad de las veces, porque el precario tendido telefónico era afectado por las violentas tormentas de nieve, que cada por dos tres, azotaban con furia aquella remota región de Rusia no muy distante del Artico, a la que habían trasladado a James, durante los duros meses de invierno, pero eso a Sokolov no parecía importarle. A la espera de mejores oportunidades, si es que llegaban, le bastaba, y si no se presentaban, también se conformaba, dándose por satisfecho por cuanto tenía y había logrado alcanzar. Dentro de la rigidez de los escasos márgenes de actuación a todos los niveles, de que disponía, a pesar de su limitada autonomía, Sokolov era un alcaide bastante justo y eficiente.

De esa manera, James O´connor dio comienzo a una nueva etapa de su ajetreada vida, que estaría marcada por la más absoluta incertidumbre y en la que aun no tenía muy claro lo que iba a hacer a partir de ese momento. Por otra parte, la idea de quitarse la vida, no le llamaba tanto, porque entre las paredes de su celda había estado reflexionando y llegado a la conclusión que tal vez, mereciese continuar por un tiempo más en este mundo, antes de encaminarse hacia el otro, sobre todo después de que Katia le hubiese exhortado a abandonar sus obsesivas ideas de suicidio. La muchacha había conseguido finalmente que los guardias de la prisión, le franquearan la entrada pese a la negativa de James a recibir a nadie. Katia estuvo durante toda la duración de la visita, intentando romper el caparazón de melancolía que rodeaba a su padre. Con lágrimas en los ojos le había instado a vivir, a no abandonarse y las palabras de la muchacha, habían constituido un revulsivo para James que finalmente parecía haber reaccionado y que se arrepentía de haber despachado a su hija con cajas destempladas, permaneciendo impasible a sus súplicas y desoyendo sus palabras sin apiadarse del dolor de la joven ni un ápice. Y ahora, se arrepentía de no haber querido escucharla y permitido que su aflicción le llevase a un estado de pesar y declive que como una venda en los ojos, le había impedido discernir que aun no estaba todo perdido, y que Katia le necesitaba.

-Quizás aun no sea demasiado tarde para vivir nuevamente –dijo en ruso mientras estrechaba la mano de los dos soldados que le habían conducido hasta el imponente pórtico de entrada de la prisión, tras devolverle sus pertenencias. La impresionante cancela de hierro de la cárcel, se abrió ante sus ojos tristes para señalarle el camino de una nueva vida. James comenzó a caminar alejándose del tétrico lugar, portando una maleta en cada mano, y cuando se giró para contemplarlo por última vez, se fijó en los altos y gruesos muros de piedra caliza erizados de torretas de vigilancia, la alambre de espino recorriendo el dintel de las recias paredes de la penitenciaría, y varios guardias que realizaban aburridos y somnolientos, sus largos y cíclicos recorridos de guardia, que parecían no acabarse nunca, ansiando la hora del próximo relevo para poder retirarse a descansar. Lo que más le conmovió fue contemplar algunas de las caras tristes y macilentas de los que habían sido sus compañeros de cautiverio e infortunio, que le observaban en silencio desde el interior del patio del penal preguntándose seguramente cuando les tocaría a ellos dejar atrás el triste cautiverio que en el caso de algunos de los reos se prolongaría durante interminables años de su vida, consumidos allí.

James asintió y comenzó a caminar lentamente con sus dos maletas a cuestas, mientras los soldados de guardia, le veían partir desde sus garitas de cemento, con gesto impasible e indiferente. El único que lamentó su partida aunque alegrándose al mismo tiempo por su puesta en libertad, fue el joven centinela, que había llegado a entablar con el taciturno y silencioso James, una cierta relación de amistad, en la que predominaban más los silencios que las palabras, debido al carácter huraño e introvertido del británico y a las rígidas ordenanzas carcelarias, que regulaban el trato personal, entre internos y funcionarios. Sergei asintió complacido, mientras contemplaba como el hombre se iba alejando de la cárcel con paso lento pero firme. James se giró en el último momento y le saludó con la mano izquierda al reconocer, aunque Sergei se limitó a realizar una breve inclinación de cabeza porque el reglamento prohibía a los guardias, confraternizar con los reclusos.

24

La luz de un nuevo día, entraba por las rendijas de los postigos, dibujando recargados arabescos y elaborados dibujos de extrañas formas, en la pared de enfrente. Un par de ojos azules parpadearon levemente al sentir la caricia de los rayos solares en las largas pestañas que los bordeaban, y a continuación un hermoso semblante aun somnoliento, bostezó levemente. La muchacha se apartó de su marido, retirando los brazos de Haltoran con cuidado de su tersa piel, y empujó las mantas de satén con delicadeza, casi con total cuidado y abandonó el lecho cautelosamente. Sus pequeños pies se posaron sobre la superficie mullida y cómoda de unas zapatillas rellenas de algodón. Annie notó un cosquilleo de satisfacción al experimentar el tacto del forro aterciopelado que tapizaba el interior del calzado casero rozando contra la piel de sus dedos. A continuación se ciñó una bata de seda sobre el camisón de encaje que realzaba sus formas y deambuló a tientas por la habitación en penumbra, mientras Haltoran se removía inquieto entre las sábanas y las mantas, que Annie había hecho a un lado para poder salir de la cama, pero teniendo la prevención de no despertar a su esposo o privarle del abrigo de la cálida ropa de cama. Haltoran había gruñido levemente al sentir que Annie se alejaba de su lado y que sus manos ya no ceñían el talle de su esposa. Sin embargo Haltoran, ya hacía unas horas que había retornado del país de los sueños. Con voz cavernosa debido al efecto de la somnolencia que aun le afectaba, preguntó desperezándose cuan largo era y estirando los brazos lo más que pudo:

-¿ Qué hora es, cariño ? –preguntó Haltoran frotándose los ojos y volviendo a bostezar por segunda vez.

-Son las diez de la mañana –dijo la muchacha echando una rápida ojeada al carrillón, cuyo péndulo de plata, oscilaba en un incesante movimiento de vaivén reflejando la luz del sol por toda la habitación, y situado en un rincón de la espaciosa y lujosa suite. Annie realizó una mueca de disgusto cuando Haltoran bostezó por tercera vez y se rascó el mentón barbudo y a medio afeitar, abriendo los postigos y descorriendo los cortinajes de seda, permitiendo que la luz diurna entrara a raudales, terminando de iluminar por completo la habitación.

-No me gusta que seas tan poco educado Halt –declaró Annie cruzando los brazos sobre el pecho- cada vez que bostezas así, me recuerdas a…

Antes de que pudiera completar la frase, el sonriente y bromista joven estaba detrás suyo abrazándola y besándola en la parte baja del cuello, mientras reía estruendosamente y decía con voz aguardentosa:

-Sí, un bruto, una especie de salvaje que te va a comeerrr –dijo Haltoran arrastrando las erres. Annie sonrió. Estaba tan habituada a aquellas inocentes bromas de su marido y eran tantas las veces que le había reprendido para que no se comportase como un chiquillo todo el tiempo, que finalmente lo había dejado por imposible. Pero le gustaba ese aspecto del carácter de su marido. La joven se giró lentamente para contemplarle y dijo mientras le atraía hacía sí pasando sus flexibles brazos por detrás de la nuca de Haltoran:

-Cada día eres más crío cariño.

Se besaron largamente mientras Haltoran no podía apartar sus ojos de aquellas pupilas azules tan intensas y límpidas que le habían cautivado desde la primera vez que las contempló. Entonces Annie, a lomos de un asustado y desbocado caballo solicitaba una ayuda que no pudo resultar más oportuna y, proceder de alguien que no habría podido ni concebir en su más febril y desatada imaginación. El joven pelirrojo había amado intensamente a Candy, por un breve periodo de tiempo durante el que trató de distanciarse en vano de Annie para no perjudicarla, pero su respeto y deferencia hacia Mark, y sus verdaderos sentimientos hacia la joven morena de grandes ojos azules, finalmente habían hecho que su amor terminase por aflorar, cuando se reunieron imprevistamente, durante el caótico y devastador bombardero de Londres, durante el que defendió al indefenso Internado, salvándole de ser arrasado por las bombas de la aviación enemiga, y por ende a Annie y al resto del alumnado y el personal docente.

Annie rompió el contacto con él y dijo mientras se asomaba a la ventana de la habitación:

-Tenemos que ponernos en marcha, querido. Nuestro barco zarpará en menos de dos horas –exclamó Annie lanzando un suspiro mientras sus ojos volaban literalmente de un punto a otro, atraídos por el trajín y la intensidad actividad de la populosa Odessa. La ciudad le había fascinado y aunque le hubiera encantado permanecer allí por espacio de varios días más, ya había tenido más que suficiente con el acoso del infame noble italiano de funesto recuerdo, el naufragio del Donatiere y su forzado cautiverio por espacio de dos semanas, a manos de una especie de tribu nómada cosaca, sin rumbo fijo por toda Crimea.

Por otra parte, Annie ansiaba ver a sus padres y abrazar a su hijo Alan.

-Ya lo se amor mío –le dijo Haltoran mientras procedía a vestirse y su esposa le imitaba, enfundándose un sencillo vestido de volantes con un pequeño escote cuadrado. Sin embargo, pese a que la prenda era de lo más funcional y formal, Haltoran se quedó mirando a Annie fascinado por espacio de varios minutos, de forma que las palabras que iba a añadir a continuación, quedaron en el aire y en suspenso. La belleza de la muchacha era tan esplendorosa, que se pusiera lo que se pusiera, de seguro que le iba a sentar bien. De hecho, Annie notó que sus mejillas se ruborizaban levemente, ante el exhaustivo examen de su marido, a pesar de los años de feliz matrimonio, pasados en compañía de Haltoran.

-Estás preciosa –dijo Haltoran casi sin aliento, ante el gesto entre divertido y complaciente de su esposa.

-Déjate de zalamerías y date prisa. Aun tenemos que recorrer un buen trecho hasta el puerto –observó Annie, mientras intentaba abrochar, los complicados cierres del corpiño de su vestido. Su rostro reflejaba cierta decepción porque había uno que se le resistía y temía que si continuaba haciendo presión, sus frágiles costuras terminarían saltando.

Finalmente tuvo que pedirle a Haltoran que le ayudase a encajar el cierre en su sitio. El joven no se hizo de rogar y aproximándose, hasta Annie se situó a corta distancia de su espalda y manipuló los dos extremos del cierre consiguiendo que encajaran a la primera. Se escuchó un leve y nítido clic y Haltoran asintió satisfecho.

-Ya está.

-Ve recogiendo el equipaje cariño –le rogó Annie mientras ella iba haciendo un rápido inventario de sus pertenencias y depositándolas en una gran maleta de cuero, que extrajo de un armario y que había puesto encima de la cama. La joven comenzó a doblar y a guardar sus vestidos y prendas con gran cuidado intentando que no se arrugasen, ni que los frágiles, más bien quebradizos tejidos de muselina, tul, organdí y diversas telas en los que habían sido elaborados, sufrieran el más mínimo daño o desgarrón. Cualquier siete o deterioro en aquellos hermosos vestidos, tan costosos de mantener, debido a su ardua y prácticamente artesanal confección y de sufragar por el alto coste de cada uno de ellos, podía arruinarlos completa y definitivamente, no solo porque la estética de la prenda dejara mucho que desear, si presentaban un rasgón en las finas superficies de la falda o el corpiño, si no porque el daño una vez producido normalmente se tornaba irreparable e iría a más, hasta llegar al extremo de arruinar por completo el traje.

Haltoran movió afirmativamente la cabeza y coincidió con Annie en que debían apresurarse. El barco que les conduciría hacia Marsella era conocido por la estricta puntualidad de su capitán, aparte del lujoso acabado de sus dependencias o la comodidad de sus camarotes. Una vez que el Jules Vernes, un buque de línea que no llegaba a alcanzar las majestuosas dimensiones del veterano Mauritania, pero que no tenía nada que envidiar en cuanto a confort y seguridad a otros navíos de su clase, hiciera escala en la ciudad portuaria francesa, deberían trasbordar a otro buque que les dejaría en Southampton y de allí, efectuarían un nuevo embarque con destino a los Estados Unidos. Mermadon comenzó a guardar en sus valijas sus ropas y enseres más cotidianos e importantes. Reflexionó en la inmensa suerte que habían tenido, al encontrarse con Mermadon y que yo hubiera tenido la previsión de incluir una buena suma de dinero en los compartimientos de almacenaje del robot, guiado por un extraño presentimiento que me había asaltado. Aunque había tenido que hurtar algunas ropas para deshacerse de los kaftanes que los cosacos les habían proporcionado, para adoptar una apariencia más acorde con su status de un matrimonio adinerado, y le había disgustado recurrir a una añagaza, prácticamente ordenando al robot que sujetara a Annie casi sin darle tiempo a reaccionar para desplazarse por aire, lo más rápidamente posible hasta los alrededores de Odessa, no podía quejarse. Hasta ese momento, obviando los duros y tensas etapas anteriores de su ajetreado periplo, Haltoran podía asegurar sin miedo a equivocarse, que las cosas estaban saliendo razonablemente bien al fin. Nada más llegar a la gran ciudad y tras cambiar sus mugrientas prendas por las que Haltoran se había agenciado pese a las protestas y reproches de su esposa, lo primero que hicieron fue buscar un hotel donde descansar y organizar sus ideas para así planificar mejor sus siguientes acciones. Haltoran hubiera preferido un hostal o un lugar más tranquilo y no tan ostentoso, pero los ojos de Annie se iluminaron cuando se fijó en la llamativa y airosa fachada de estilo neoclásico del hotel en el que ahora se hallaban y encogiéndose de hombros, no tuvo más remedio que claudicar. Annie no estaba dispuesta a seguir pasando penurias y estrecheces, después de tener que dormir al raso entre las ruinas de un templete situado en lo que quedaba de los jardines de una antigua mansión de la nobleza, arrasada durante la guerra civil, y que había servido como improvisado pajar, o tener que pernoctar en una tienda de pieles de animales curtidas, una vez que fueran capturados por los cosacos y permanecieran vagabundeando con ellos por toda Crimen, en torno a quince días, hasta que el ataman, impresionado por el carácter de Haltoran y su franqueza, y sobre todo, los constantes ruegos de su hija para que les pusiera en libertad, les dejó marchar, cuando el matrimonio quiso aprovechar la relajación de la vigilancia, debida al alegre y festivo ambiente de celebración que recorría el campamento, con motivo del cumpleaños de Sonia, la hija del jefe cosaco. Y por todos esos motivos, el joven pelirrojo había tenido que buscar habitación en el hotel, lo cual consiguió también que Annie le perdonase el que la hubiera hecho viajar por los aires, bajo engaños, cuando Mermadon la sujetó de improviso a una orden suya. Annie aun continuaba sintiendo cierta prevención hacia el afable y pacífico robot y si Haltoran no hubiera hecho eso, la joven no hubiera aceptado por su propia voluntad, el que Mermadon les trasladase por vía aérea hasta Odessa. A la estancia en el hotel hubo que sumarle, la adquisición de un nuevo vestuario para cada uno de ellos y la gestión y pago de los pasajes de embarque en el Jules Verne, una vez que el joven se informara de que medios de transporte resultaban más asequibles y rápidos para llegar lo antes posible a Inglaterra. La billetera de Haltoran se quedó temblando pero todo era poco, si conseguían regresar de una vez por todas a América.

El también había tenido que lamentar que su flamante y querido Hispano Suiza, el coche descapotable que se había comprado hacía algunos años y que mantenía con esmero, hubiera terminado en el fondo del Mar Negro, sufriendo los embates de la corrosión y sirviendo como refugio a miríadas de peces y algas que se asentarían entre los hierros retorcidos de su estructura, probablemente irreconocible , pero Annie y Alan le importaban más que todos los automóviles del mundo. Siempre podría adquirir otro vehículo en cuanto lograsen salir de aquel tremendo embrollo, pero lógicamente, Annie era irremplazable. Con los años, aunque de cuando en cuando le asaltaba el recuerdo de aquel momento irrepetible vivido junto a Candy, en la colina de Pony, en el que ella estuvo a punto de besarle, su amor por Annie se había ido fortaleciendo cada vez más, hasta el punto de que ya no podría vivir sin ella. Si algo malo le ocurriera a su esposa, jamás podría perdonárselo.

Haltoran miró con disimulo a su esposa y sonrió tenuemente mientras decía para sus adentros:

"Mi querida y dulce esposa merece eso y más, sobre todo después de cuanto ha sufrido –pensó esbozando una mueca de desagrado al recordar que tenía una cuenta pendiente con el ladino y cruel Alessandro Palinari- Pobre Annie, te quiero tanto, querida mía…".

También tuvo un pensamiento para sus amigos, deseando que se encontrasen bien y otro para Mermadon, al que había despachado con órdenes de encontrar al padre de Candy, emprendiendo una búsqueda que tal vez debiese abarcar todo un continente. No le gustaba la idea de que su amigo Mermadon tuviera que alejarse tanto de él, pero una vez enterado de la tremenda historia que había hecho que Candy emprendiera otro viaje tan arriesgado al lado de Mark, optó por poner al robot al servicio de los más anhelados deseos de Candy. Por otra parte, le intranquilizaba el hecho de que Mark y Candy, junto conmigo, que me había agregado a última hora por diversas circunstancias tuviéramos que internarnos en las vastas planicies de Rusia, y hubiera querido encontrarse con nosotros, pero Annie había sufrido mucho y solo quería retornar a casa. A la joven le horrorizaba la idea de que Candy, aun bajo la protección de Mark, se embarcara en una búsqueda que la desbordaba completamente, pero no se veía con ánimos de a su vez, iniciar otra para reunirse con ella, y eso era algo que Haltoran entendía perfectamente.

25

El hotel en el que Haltoran y Annie se habían alojado, tras deambular sin rumbo fijo por las calles de la ciudad, estaba situado a muy pocos metros de una gran escalinata que descendía prácticamente hasta los muelles de la ciudad y que era muy frecuentada por paseantes de todas las edades, que aprovechando los primeros rayos de sol comenzaban a recorrerla en ambas direcciones. A medida que el día avanzaba, crecía el número de personas que bajaban o subían por ella, bien en dirección hacia el puerto si descendían o hacia la parte antigua de Odesa si tomaban el sentido contrario. Los primeros peldaños de la célebre escalinata conocida como Escalera Potemkin, arrancaban de una pequeña y bien conocida plaza entre los habitantes de la ciudad, presidida por una estatua que representaba la efigie de un hombre envuelto en una larga y elegante toga flotante, y con una corona de laurel en la cabeza, ciñendo sus sienes. El ilustre personaje tenía unos rasgos decididos y notablemente marcados y en su mano izquierda parecía sostener un papiro enrollado. Cuando Annie leyó la leyenda esculpida en el pedestal del monumento a los pies de la escultura, dio un respingo. El nombre no sonaba en absoluto a ruso, si no que más bien tenía, una clara e inconfundible raigambre de origen francés.

-Armand Emmanuel du Plessis, duque de Richeliu –deletreó Annie con una pronunciación francesa inmejorable, fruto de su educación para convertirse en una verdadera dama, en el Real Colegio San Pablo de Londres, y que había sido abruptamente interrumpida por la larga sombra de la Gran Guerra, y el coraje de un intrépido joven del que Annie continuaba profundamente enamorada, que con métodos pocos ortodoxos pero efectivos, había defendido a la muchacha, y por ende, librado al Internado de sufrir un atroz destino, y de la que el mencionado muchacho, también continuaba prendado.

Pese a que no había continuado sus estudios en el Internado férreamente dirigido por la hermana Grey con mano de hierro, más que nada por decisión de su madre, que no quiso ni oír hablar de que la joven retornara a un país en guerra, pese a que Inglaterra no hubiera sufrido ni de lejos los estragos vividos por Francia y otros países de la vieja Europa, Annie había completado su formación, con tutores personales, y preceptores contratados por su familia, y acudido a otro centro docente más cercano y no tan rígido como el pensionado inglés donde la hosca religiosa seguía al frente de los destinos de la comunidad religiosa, que administraba la renombrada y antigua institución.

-Eso es –asintió Haltoran riendo quedamente ante la extrañeza de su esposa, recordando la suya propia, la primera vez que había estudiado la figura de aquel hombre tan ilustre, en la universidad. Alguien oriundo de otro país, al frente de los destinos de una de las más notables ciudades rusas. También él experimentó la misma perplejidad que Annie, la primera vez que tuvo conocimiento de la historia de Armand Emmanuel du Plessis - ese hombre que está representado en la estatua- dijo señalando su efigie, con un gesto de su mentón ahora rasurado impecablemente- fue un notable gobernador de esta hermosa y egregia ciudad, quizás el primero. Si te fijas cariño, su rostro, está dirigido hacia el mar.

Un hombre justo, profundamente religioso y honrado, además de modesto y humilde. Todo un ejemplo, en el que muchos de los políticos de mi tiempo deberían verse reflejados –comentó el joven solemnemente con un suspiro, mientras Annie posaba sus ojos azules en Haltoran con interés.

Fue entonces cuando Annie reparó en la interminable escalinata, cuyos peldaños terminaban en los aledaños del puerto de Odesa. La muchacha meneó la cabeza contrariada porque el solo hecho de imaginar, el esfuerzo que tendría que emprender para cruzar, toda la escalera le producía escalofríos.

-¿ Tenemos que bajar por ahí ? –protestó la muchacha negándose a dar un solo paso más- Halt, cariño, aun me duelen los pies por la caminata que nos tuvimos que dar hasta encontrar un hotel lo suficientemente cómodo como para pasar la noche.

Haltoran enarcó las cejas. Habían pasado de largo, por delante de varias posadas y pensiones de menos tronío, pero que resultaban igual de cómodas y sobre todo baratas, pero Annie anhelaba el confort y el lujo de su hogar, por lo que Haltoran, para ahorrarse una nueva discusión había cedido. Lo que la muchacha ignoraba porque su atención se había centrado en la fachada neoclásica del Savoy, era que, aunque el hotel estaba situado muy cerca del puerto, para acceder a este había que bajar por una gran escalera, cuya contemplación bajo los primeros rayos del sol le estaba produciendo sudores fríos al imaginar que tendrían que cruzarla forzosamente. Había un funicular que permitía salvar el trayecto en menos tiempo, pero cuando Haltoran fue a informarse, refunfuñando debido al capricho de su esposa, que se negaba en redondo a bajar por las empinadas escaleras, un hombre uniformado con una especie de librea roja con galones dorados, y una gorra de plato a juego, le cerró el paso informándole que el teleférico estaba siendo reparado y que hasta, probablemente, dentro de dos o tres meses, no sería puesto en servicio, siendo reabierto nuevamente al público.

Mientras intentaba convencer a Annie de que mudara de parecer, porque por otra parte, el tiempo se les echaba encima, ya que el Jules Verne zarparía en menos de hora y media, en uno de los descansillos de la gran escalinata, un hombre joven y moreno, de cabellera erizada tomaba notas compulsivamente sin parar mientras analizaba con detenimiento, el emplazamiento en que se hallaba mirando en derredor suyo. A su lado, otro hombre calvo y con una trinchera demasiado gastada y arrugada, parecía imitarle, solo que este en vez de escribir, dibujaba con maestría cuanto veía, realizando bocetos aceleradamente en un cuaderno de dibujo, con tapas de cartón semejante a un block de anillas. Haltoran pasó por delante de ambos personajes apresuradamente, tironeando de la mano de Annie, que avanzaba cabizbaja, y algo remisa aun, junto a Haltoran. Pero la joven se había resignado a atravesar los ciento noventa y dos peldaños de la escalinata ante la nada halagüeña perspectiva, de perder el barco, pese a que el cansancio empezara a hacer mella en su ánimo y hubiera mermado sus fuerzas. Los dos hombres saludaron a la pareja cortésmente y Haltoran les devolvió el saludo, mientras ambos continuaban escaleras abajo.

-Vamos Annie, debemos apresurarnos o el Jules zarpará sin nosotros –le exhortó Haltoran a su mujer, que tuvo que detenerse en uno de los descansillos, porque se había quedado prácticamente sin aliento.

-Espera querido, espera –resolló Annie respirando entrecortadamente- no vayas tan deprisa, aun nos queda una hora.

Haltoran asintió y bajó la cabeza pidiendo disculpas a su esposa.

-Perdóname mi amor –susurró en su oído, tras atraerla hacia sí- pero tenemos que darnos prisa. Nos han pasado tantas cosas que temo que un nuevo imprevisto pueda hacernos perder el barco. No obstante, descansaremos un poco si es tu deseo.

Annie sonrió y pellizcó la mejilla derecha de su marido con afecto. Unos metros más arriba, los dos hombres que habían rebasado hacía unos instantes, realizaban comentarios entre sí e intercambiaban ideas. Haltoran dio un respingo. Creyó ver algo familiar en los rasgos del hombre del cabello erizado y ojos oscuros, pero no consiguió establecer que era aquello tan excepcional que había llamado su atención. Descartó la idea de averiguar que era aquello que había hecho saltar una especie de alarma en su cerebro, y aguardó caminando en cortos círculos por el descansillo, a que Annie reclinada sobre la balaustrada de mármol que jalonaba la escalera, recobrara el aliento.

Entonces se escuchó un grito ahogado de mujer. Un cochecito de niño rodaba escaleras abajo, mientras la atemorizada madre corría en pos de su hijo, saltando los peldaños de tres en tres, sin lograr alcanzarlo, hasta que Haltoran que por una afortunada casualidad, estaba en la trayectoria del cochecito, actuó con rapidez corriendo hacia el mismo y deteniéndolo con las palmas de sus manos extendidas, al frenar en seco la alocada marcha del mismo. Poco después una mujer muy joven, rubia y con trenzas dio alcance a Haltoran que sostenía al niño en brazos, examinándolo detenidamente y comprobando ante la mirada preocupada de su esposa, que no hubiera sufrido daños. El niño estaba perfectamente, y se lo tendió a su madre que se deshizo en muestras de gratitud y halagos hacia el joven. El hombre de los cabellos rebeldes, que había sido testigo junto a su compañero de la dramática escena que tuvo un final feliz, dio un codazo a su compañero y se puso a hablar con este de forma entusiasta y atropellada. Una gran idea había surgido en su mente mientras emprendía una apresurada marcha en dirección al descansillo, donde Haltoran devolvía el niño sano y salvo, a su madre.

Ese mismo año de 1925, Sergei Eisenstein rodaría su celebérrima película, y con ella la escena cumbre de la misma, cuando los cosacos atacan a la multitud congregada en la escalinata, y una bala perdida alcanza a una madre, que al fallecer, pierde dramáticamente a su hijo cuando el cochecito que lo albergaba, rueda escaleras abajo con un trágico y fatal desenlace.

Lo que no podían saber ni Haltoran ni Annie, ni el propio Sergei y su productor, es que la muchacha que había perdido inadvertidamente el control se había quedado observando al matrimonio, admirada de su vestuario y su porte y que por esa razón, el niño descendió tan precipitadamente las escaleras, por el imprudente y fortuito descuido de su madre.

La joven presentaba un aspecto digno y cuidado, pero nada podía disimular por completo la extrema pobreza en la que tanto ella como su familia, se desenvolvían., algo que quedaba patente y de manifiesto en el ajado y deshilachado vestido a cuadros, que la muchacha remendaba frecuentemente con esmero, y en las gastadas prendas de su bebé. Conmovida por su situación, Annie abrió su maleta y escogiendo uno de sus vestidos, se lo entregó a la mujer. Al principio la joven madre, pareció reacia a aceptar el presente de Annie, pero finalmente lo recibió con sumo agrado. Por su parte, Haltoran le entregó algunos rublos para que paliara en parte su dramática pobreza.

Finalmente se despidieron de ella y Haltoran opinó que tal vez, proviniera del mísero y paupérrimo barrio de chavolas que habían divisado en uno de los alrededores de la ciudad. Tal vez, fuera hasta la misma mujer a la que había tenido que arrebatar muy a su pesar, sus ropas y las del que puede que fuera su marido, para conseguir deshacerse de los kaftanes cosacos. Pero desechó esa idea. Aquellas ropas eran demasiado lujosas y fuera del alcance de una familia tan humilde y pobre como aquella. Optó por no seguir indagando, y continuaron caminando hacia el muelle, una vez que Annie declaró que se sentía mejor y recuperada de la inesperada carrera que había emprendido junto a su marido, por decisión de este. Cuando Haltoran alzó sus ojos verdes, para mirar por última vez a la joven rusa, a la que no le había preguntado ni por su nombre, divisó al hombre de encrespados cabellos y a su acompañante conversando con la muchacha, que acunaba al niño meciéndole entre sus brazos y aferraba el cochecito por la empuñadura. En esos momentos, una escena tan banal como anodina no le dijo nada, hasta que consiguió recordar, de que le sonaba el rostro de aquel hombre, al rememorar la famosa escena de la película "El acorazado Potemkin".

26

Flotaba un tenso ambiente en la habitación que los du Lassard nos habían cedido para que debatiéramos en torno a la conveniencia o no de continuar nuestro viaje hasta Rusia, y aunque ni yo ni Mark nos opondríamos a la decisión que tomara Candy, no cabía la menor duda, de que mi amigo no estaba de acuerdo en continuar buscando a un hombre, cuya efigie conocíamos únicamente por algunas viejas y granuladas fotografías en blanco y negro y, además en un país inmenso que había atravesado una durísima etapa histórica, y que se encontraba aun en plena fase de reorganización. Entre el caos subsiguiente a la guerra civil y las descomunales dimensiones del vasto país, buscar a James era como tratar de hallar una aguja en un pajar enorme. Por otro lado, las claras y rotundas advertencias de Katia a Candy de que tal vez, James no quisiera ponerse en contacto con ella no hacían más que añadir un mayor misterio a la brumosa y confusa cortina de incertidumbre que parecía rodear a aquel hombre atormentado. Mark pensó en Maikel y en Marianne, y en los subsiguientes y justos reproches que les harían a su retorno. ¿ De que modo iba a justificar ante sus hijos su prolongada ausencia una vez más ? ¿ acaso tal vez pudiera llegar a perder el cariño de sus retoños, si continuaba adentrándose en las más alejadas y remotas regiones del planeta o del tiempo ? ¿ cuántas ausencias más tendría que llevar a cabo ? ¿ hasta cuando, después de haber hallado una indescriptible felicidad, podría disfrutar de ella junto a Candy y a sus hijos, sin más sobresaltos ni pasos en falso de ningún tipo ?

No lo sabía. No tenía respuesta para esas preguntas. Con la mirada dirigida hacia los campanarios de la cercana Notre Dame, reflexionaba acerca de que debía de hacer, que actitud tomar mientras el sol rielaba sobre las pacíficas y mansas aguas del río Sena, por cuya superficie plateada, se deslizaban sin prisa alguna, miríadas de pequeños barcos de recreo, llevando a los asombrados y ansiosos turistas que por vez primera, muchos de ellos, admiraban las maravillas de la Ciudad Luz.

Candy estaba sentada en un canapé, con el cuerpo echado hacia delante y la cabeza entre sus manos. No sabía que hacer ni como proseguir la búsqueda de su padre sin pedirle a Mark que recurriera al peligroso y caprichoso iridum. Sabía que su esposo haría por ella cualquier cosa, pero la joven sentía un miedo cerval a perderle, sabedora de los efectos adversos de la sustancia nuclear que pulsaba en las venas y arterias de su amado, y de la que no podía prescindir pese a todo, porque era lo que le mantenía con vida. Candy se mesó los cabellos con cierta desesperación meneando la cabeza entre sus manos. También anhelaba ver nuevamente a sus hijos. No había pasado un día desde que se inició el poco meditado y un tanto extraño viaje sin que hubiera dedicado un pensamiento a sus niños. Se preguntó si valía la pena continuar alejada de sus seres queridos, aunque Mark estuviera a su lado en todo momento apoyándola. Eleonor, su madre, su familia adoptiva, Dorothy, Stear, Patty, todos la echaban de menos. Mark la observó de soslayo y Candy posó sus ojos verdes en las pupilas oscuras del joven, tan pronto como sintió estremecida, la caricia de aquella mirada, a la que respondió con otra cargada de amor. Candy se irguió y corrió al encuentro de Mark, para reclinar su cabellera dorada en el pecho de su marido y llorar amargamente, desahogando el pesar que inundaba su interior.

-Mark, amor mío –declaró Candy contrita- no tengo derecho a continuar convirtiéndoos en rehenes de mis caprichos, ni a ti, ni a Maikel, y muchísimo menos a nuestros dulces hijos. Siento que tengo que tomar ya una decisión, sin falta.

Mark acarició los cabellos dorados de Candy, besándola cariñosamente en los mechones que surgían justo por debajo del lazo izquierdo, que adornaba la coleta de ese lado, y la abrazó con fuerza. Los latidos del corazón de Mark calmaban a la muchacha, consiguiendo devolverle la serenidad que muchas veces había estado a punto de perder, en tantos momentos cruciales de su agitada vida.

-Decidas lo que decidas, mi vida, sabes que te apoyaré siempre, y que estaré a tu lado en todo momento. Haré lo que tú me pidas Candy.

Candy clavó sus ojos de esmeralda en los de Mark. Había tanta sinceridad y bondad reflejada en ellos, que la joven sintió que una oleada de amor la inundaba. Atrajo a Mark hacia si, y tras ofrecerle sus rosados labios, que el joven aceptó con ansia, se besaron apasionadamente. Cuando Candy pareció serenarse, se enjugó las lágrimas que aun pendían de sus deslumbrantes ojos con el dorso de la mano, y dijo con voz firme y serena:

-Se acabó Mark. No puedo seguir persiguiendo algo que puede que no sea más que un fantasma. Debo mirar hacia delante, hacia las personas que nos quieren y esperan. Se acabó. Vamos a regresar a casa, a Lakewood. No soporto estar ni un solo día más, alejada de Maikel y de Marianne. Nuestros hijos nos necesitan, tanto como nosotros a ellos. Ansío tanto volver a abrazarlos…

Mark no insistió en hacer que cambiara de parecer, pero en el fondo de su ser, respiró aliviado. El que Candy hubiera renunciado voluntariamente a una búsqueda tan ardua como insensata, era la mejor decisión que la hermosa y valiente joven podía haber tomado en mucho tiempo.

Yo, que en un primer momento había asistido a la improvisada reunión, opté por ausentarme pretextando que tenía una ligera migraña y que prefería acostarme un rato en mi cuarto hasta que se me pasara. Cuando Candy hizo ademán de correr a mi lado, la contuve con una sonrisa y la tranquilicé para que no se preocupara innecesariamente. La verdadera razón es que prefería dejarlos solos porque entre ellos dos, seguramente darían con la solución más acertada para resolver aquel intrincado drama porque mi presencia allí tal vez les desconcentrase. De paso, aprovecharía para efectuar las correspondientes llamadas que efectuaba desde un café cercano y que sufragaba de mi bolsillo, porque lo último que habría querido es que nuestros amables y atentos anfitriones corrieran con los onerosos gastos que las prolongadas conferencias transoceánicas que mantenía con la mansión de los Legan, generaban, pero primero decidí pasar por mi alcoba para recoger algunas cosas, antes de bajar a la calle. En ese momento, mi móvil empezó a sonar produciendo una señal luminosa acompañada por un insistente y molesto pitido. Después del incidente del tren, desactivé el inoportuno tono que había estado a punto de meternos en problemas, por mi falta de previsión. Tomé el aparato con tanta precipitación que estuvo a punto de escurrírseme entre las manos, y caer a la calle a través de la ventana abierta de par en par. Logré evitarlo en el último momento, con un raro alarde de agilidad en mí, y tras asirlo con mis sudorosos dedos, me fijé en el visor fosforescente. Una caricatura a tamaño reducido, de Mermadon, saludándome atrajo inmediatamente mi atención. Pulsé el botón de recibir la llamada, mientras no dejaba de maravillarme, como Haltoran podía tener semejante talento para conseguir que un humilde móvil comunicase siempre con el robot, aunque se encontrara a miles de kilómetros de distancia, mientras el corazón me latía con fuerza. Tras aquella llamada, presentía nuevos y preocupantes problemas que se avecinaban por el horizonte.

27

El Jules Verne se alzaba ante Haltoran y Annie, mostrando un aspecto reluciente y pulcro. El casco estaba enteramente pintado de azul, menos una pequeña franja que era totalmente blanca. En la parte de la popa se podía leer el nombre del buque, en grandes caracteres oscuros que relumbraban bajo el sol de aquel magnífico y radiante día. Tras una corta espera, la cola de viajeros comenzó a avanzar en dirección a cubierta, a través de la estrecha y reluciente escala metálica. Annie del brazo de Haltoran, no podía creer que finalmente se encontraban camino de su hogar, aunque la llegada a Norteamérica demorase algunos días más. Haltoran sonreía feliz y sus ojos verdes se clavaron en unas gaviotas que lanzaban estridentes graznidos, mientras revoloteaban en torno a las chimeneas, con los colores de la bandera francesa del barco, de las que se desprendían algunos penachos de humo oscuro, señal de que los motores del Jules, empezaban a despertar lentamente. Annie protegía sus cabellos morenos con una caperuza de color claro a juego con su vestido y no perdía detalle del bullicioso gentío que abarrotaba los muelles de la ciudad. No cabía duda de que Odesa era una ciudad cosmopolita, circunstancia que venía dándose desde mediados del anterior siglo. Annie captó voces y palabras en diversos dialectos y lenguas, entre las que distinguió el francés, el italiano, o frases sueltas pronunciadas en alemán, y otros idiomas que no alcanzó a discernir con claridad. La joven, recobrada del súbito cansancio que le había asaltado, al bajar casi a la carrera la gran e imponente escalinata que conectaba el bulevar Primorsky con el puerto, estaba de buen humor y sus grandes ojos azules no podían por menos de abrirse desmesuradamente ante la plétora de monumentos y grandes edificios señoriales, que incluso en el puerto, ofrecían su bella arquitectura al visitante que no podía por menos que admirar, las grandes obras civiles que se levantaban por toda la ciudad, como una iglesia de paredes blancas y grandes y abigarradas cúpulas bulbosas recubiertas de teja azul, en cuya cúspide relumbraban cruces doradas. Le hubiera gustado visitar otros grandes monumentos, como la Duma de la ciudad, el edificio de la Opera o haber visitado el monumento a Catalina la Grande, pero el tiempo se les echaba encima y no había forma de demorarse más. Haltoran le había hablado de todas las maravillas y grandes atractivos de la cosmopolita ciudad donde llegaron a instalarse gentes provenientes de toda Europa, bajo el reinado de Catalina la Grande. La ciudad llegó a ser un importantísimo centro de cultura y sede de renombrados intelectuales y científicos. Alejandro Pushkin, un eminente poeta llegó a escribir que Odesa, evocaba y respiraba a Europa en su totalidad y aunque había sufrido los estragos y embates de la barbarie de las guerras de Crimea durante la que llegó a ser cañoneada desde el mar, por la escuadra anglofrancesa, y la reciente guerra civil que había asolado Rusia, la urbe se había recobrado plenamente a un ritmo pujante y febril.

Fue entonces, cuando Annie se llevó una mano a la frente notando como un súbito calor se apoderaba de sus mejillas y le ascendía por la piel. Entonces notó como todo le daba vueltas y se desmayaba de improviso en brazos de Haltoran, que no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Con los ojos desorbitados de horror, notó como su esposa chorreaba de sudor y empezó a pedir a gritos un médico entre los desconcertados viajeros que habían abierto un corrillo en torno a la desventurada muchacha contemplándoles con desconcierto. Finalmente, un hombre de mediana edad, de cabellos castaños y en mangas de camisa y con una chaqueta de color azul marino en la mano derecha descendió atropelladamente los peldaños de la escalerilla, pidiendo paso.

-Déjenme pasar por favor, déjenme pasar, soy médico y debo atender a la señorita. Por favor, no estorben –gritó el hombre con voz autoritaria.

Se arrodilló rápidamente ante Annie que respiraba dificultosamente y se agitaba de un lado a otro, gimiendo débilmente. Haltoran la había tendido en un banco de piedra y la contemplaba con el corazón en un puño, mientras el hombre que se había identificado como médico, empezó a auscultarla con celeridad, ante el aterrado y dolido Haltoran que sentía que algo malo y terrible le sucedía a Annie. El aturdido joven se fijó en las anclas bordadas en los puños de su camisa blanca. Se trataba del médico de a bordo, el doctor Dumont que prestaba servicio a bordo del gran buque de línea francés y que había acudido al escuchar los desgarradores gritos de auxilio, que Haltoran había pronunciado en varios idiomas.

Tras un somero examen, el médico retiró el estetoscopio de sus oídos y asintiendo levemente dijo:

-Esta joven tiene la escarlatina. Mi recomendación es que no embarquen y sea ingresada en el hospital lo más urgentemente posible.

Al escuchar aquello Annie trató de incorporarse, pero le sobrevino un acceso de tos. A duras penas, y con voz débil y apagada logró susurrar a su marido mientras aferraba con desesperación la mano derecha del joven entre las suyas:

-Por favor, querido, tenemos que subir a ese barco. No, no quiero quedarme aquí por más tiempo. Yo…

Haltoran no sabía que hacer. Buscó el consejo del doctor Dumont que con gesto serio y afectado, puso una mano en el hombro derecho del joven, desviando la vista al principio y eludiendo los desesperados interrogantes del joven. Finalmente clavó sus ojos en Haltoran y le rogó encarecidamente buscando las palabras adecuadas para confortar al doliente joven, que tuviera la suficiente presencia de ánimo, para sobreponerse ante la mala noticia que tenía que darle. Como no sabía que relación existía entre ambos, fue el propio Haltoran el que le informó de que era su esposa. El doctor Dummont se aclaró la garganta, respiró hondo y declaró con semblante entristecido:

-Su esposa tiene que ser tratada en un hospital. Un viaje de tanta duración, hasta Marsella solo haría empeorar su estado, aparte de que no la dejarán subir en el Jules Verne en su estado de salud actual. La escarlatina es muy contagiosa, aunque ahora al estar en los estadios iniciales de la enfermedad, los primeros síntomas no se presentan en toda su virulencia, pero por desgracia lo hará.

Haltoran miró hacia lo alto de la escala y distinguió como varios marineros armados con rifles y revólveres tomaban posiciones en torno a los laterales de la escalerilla, en lo alto de la cubierta. Sin duda, la noticia de la súbita enfermedad de Annie ya había llegado a oídos del capitán. Por un momento pensó en subir por la fuerza, pero el joven pelirrojo, roto de dolor por el sufrimiento de su adorada Annie, se contuvo. A fin de cuentas, el capitán no hacía más que cumplir con su deber y proteger al pasaje.

-Lo lamento señor –dijo contrito el médico- pero no hay otra opción. Además la señorita siempre estará mejor atendida en un hospital que en la enfermería del barco.

28

El Hospital de San Nicolás, era un gran edificio de mármol blanco y rodeado de amplios espacios verdes donde los enfermos convalecientes se reponían de sus múltiples y diversas dolencias, en un entorno relajado y distendido mientras eran atendidos eficientemente por el personal sanitario que permanecía pendiente de sus más básicas necesidades y les procuraban una estancia lo más corta y cómoda posible. El establecimiento, había sido una antigua mansión perteneciente a un noble ruso, ahora en el exilio, que había abandonado la finca en vísperas de la Revolución, presintiendo el convulso cambio que el país iba a atravesar debido a los diferentes indicios que el inteligente y perceptivo cabeza de familia iba percibiendo. Antes de que los sucesos que cambiarían la historia del país, y probablemente del mundo para siempre, se desencadenaran, Alexey Ivanov reunió a su familia y les puso al corriente de lo que él creía sería el futuro de Rusia, de allí a a no mucho, y pese al escepticismo de su esposa y sus hijos, el hombre ejerció su voluntad e influencia logrando convencerles, por increíble que a sus allegados y familiares les pudiera parecer el inesperado abandono de su confortable y lujoso tren de vida por una premonición que no podía ser fruto más que de la insensatez y la cabezonería del noble. El tiempo, juez supremo que da y quita razones, no tardó en darle la razón. Mientras los Ivanov se establecían en París, gracias a la ayuda de algunos familiares de Alexey, que les prestaron el suficiente apoyo desinteresado como para que él y su familia, pudiesen iniciar una nueva vida, los acontecimientos en Europa se fueron precipitando. En una ciudad del entonces Imperio Austrohúngaro, una bala terminaba con las vidas del heredero del trono y su esposa y al eco de aquellos disparos, responderían varios millones más transformando la faz de Europa y del mundo para siempre. Tal y como intuía Alexey, al hilo de la Gran Guerra vendría la revolución, y con ella el trágico final de todos aquellos que habían desoído sus advertencias y que le habían tachado de loco, o de extravagante en el mejor de los casos. El palacete de los Ivanov sobrevivió azarosamente a la Gran Guerra, la Revolución y la subsiguiente guerra civil, aunque resultase dañado superficialmente en la bella fachada de corte neoclásico durante algunos de los combates que se desarrollaron en torno al airoso y bello edificio. También sirvió como acuartelamiento para oficiales y tropas de ambos bandos, según iba pasando de manos. Desde el final de la guerra civil, permaneció abandonado, criando telarañas en sus fastuosos salones y habiendo resultado saqueado y desvalijado de sus objetos de valor. Cuadros valiosos e irremplazables, muebles de maderas nobles, valiosas arañas de cristal de Bohemia, aunque la estructura principal continuaba siendo sólida y permanecía incólume, aun mostrando algunos desconchones en las columnatas del frontispicio y en la fachada, y feos manchurrones producto de las detonaciones y disparos producidos en el fragor de los combates. Hacía pocos años que una comisión designada por el cabildo de la ciudad, había decidido por unanimidad y con el permiso de las nuevas autoridades, estudiar la viabilidad de un proyecto para restaurar el palacete devolviéndole su antiguo esplendor, pero reconvirtiéndolo en hospital. Y allí había llevado el desesperado Haltoran a su amada esposa, siguiendo el consejo del doctor Dummont que se ofreció a acompañarles e interceder por Annie para que fuera admitida e ingresada. A todos estos efectos, el Jules Verne había zarpado del puerto de Odesa, frustrando nuevamente la oportunidad de ambos de volver a casa. Haltoran permanecía en la sala de espera del concurrido hospital con los dedos entrelazados, y cabizbajo, de manera que algunos mechones pelirrojos pendían sobre su frente, mientras hacía grandes esfuerzos para no echarse a llorar delante, de todas las personas que aguardaban su turno pacientemente para ser atendidos. Annie había sido trasladada rápidamente hasta el San Nicolás, en una ambulancia gracias a las gestiones y desesperadas imprecaciones del capitán del barco francés, dolido y asaltado por algunos cargos de conciencia por no haber permitido a Annie subir al barco. El marino llamó a todos los hospitales de la ciudad pero en ninguno de ellos podían o querían hacerse cargo de la infortunada enferma. La respuesta era siempre la misma. O no había habitación disponible, o que se dirigiera a otro centro médico. Finalmente, en un arrebato de desesperación consiguió contactar con el cónsul francés, el cual amablemente se ofreció a intermediar por la chica interesándose por su situación. Gracias a su influencia y decisión, consiguió que el San Nicolás admitiera a Annie in extremis así como una ambulancia que la trasladaría con celeridad al antiguo palacio que había conocido mejores días, renacido en cierta forma como hospital. La gestión de todos estos trámites, las esperas, los intentos para contactar con alguien que pudiera arrojar luz sobre la dramática y tensa situación en la que se debatía Annie, cuya vida pendía de un hilo, llevó casi dos horas, durante las cuales, Haltoran permaneció a su lado, sosteniendo su mano y acariciando su frente, mientras intentaba tranquilizarla con palabras de aliento y cariño. Los ojos verdes de Haltoran vertían largas hileras de lágrimas, mientras Annie cada vez más débil, se debatía en la alcoba de una humilde vivienda que una bondadosa anciana, que vivía junto a la iglesia que Annie había estado admirando antes de caer enferma, había puesto a disposición de la enferma. Entre tanto, hasta que el capitán del barco asistido por el médico de a bordo, luchaba frenéticamente contra el tiempo y las sucesivas puertas que se iban cerrando dramáticamente intentando abrir algunas, el Jules Verne no zarpó. Finalmente, cuando se consiguió algo de luz al final del oscuro e interminable túnel en el que había caído Annie, el doctor Dummont rogó encarecidamente al capitán que partiera, y que el segundo médico de a bordo le sustituyera. Tan pronto como el Jules Verne volviera a recalar en Odesa, se reincorporaría a su antiguo puesto.

-Es usted un hombre bueno y admirable –le había dicho el capitán despidiéndose de él con un apretón de manos, poco antes de que el médico acompañara a Haltoran y a Annie hasta San Nicolas, para ayudarles por si surgía algún problema con el ingreso de la joven –ya sabe, que la tripulación del Jules Verne, empezando por mí, le estaremos esperando impacientes.

Mientras el doctor Dummont comprobaba que su instrumental médico estuviera en correcto orden de uso, y conocedor del difícil trance que el experimentado marino estaba atravesando, y que le mantenía dividído, entre el cumplimiento de su deber, y la compasión que experimentaba hacia la desdichada muchacha y su atribulado esposo, fue el propio médico, el que le transmitió un cálido y sincero apoyo.

-También usted capitán. Y puede que sea aun mejor que yo, porque no solo ha cumplido con su deber si no que se ha interesado y ha hecho cuanto estaba en su mano por la salud de esa pobre muchacha.

El doctor hizo una corta pausa y observó como dos sanitarios introdujeron a Annie en la ambulancia tras depositarla cuidadosamente en una camilla, mientras Haltoran no dejaba de caminar a su lado, rogándola que luchase por salir adelante. Ambos hombres observaban la escena desde la cubierta del barco, al igual que otros tantos ciudadanos que asistían entre conmovidos unos e indiferentes otro, a aquel lastimoso drama.

-Ha hecho lo correcto capitán La Salle, aunque en la enfermería tengo los medios suficientes para tratarla, estará mejor en el hospital, y además aunque me duela tener que admitirlo, podría haberse propagado una epidemia entre el pasaje con consecuencias desastrosas. Es una muchacha muy hermosa, pero no podía hacer excepciones. Ha procedido de la única manera posible.

El capitán La Salle bajó los ojos que quedaron sumidos en la penumbra, debido a la sombra que proyectaba sobre los mismos, la visera de su gorra de plato, acentuando el aspecto demacrado y entristecido de su rostro. Decidió no replicar a aquella aseveración del doctor y preguntó algo con voz dolida, mientras Haltoran le dirigía una triste mirada cargada de reproche, desde el puerto. El marino desvió la vista para no encontrarse cara a cara, con la silenciosa recriminación de Haltoran y preguntó al facultativo:

-Doctor Dummont, sea sincero conmigo, ¿ cree que la muchacha se salvará ?

El médico se encogió de hombros y dio una respuesta que no sacó de dudas al afligido capitán, pese a su aparente optimismo y el mensaje de esperanza que llevaba aparejado:

-Es una muchacha de constitución frágil, capitán, pero afortunadamente hemos detectado la raíz de su dolencia a tiempo. En el hospital de San Nicolás le dispensarán el tratamiento adecuado –fue la un tanto ambigua contestación.

El capitán no continuó formulando más preguntas. Permaneció impasible y callado, totalmente inmóvil mientras Haltoran subía a la ambulancia, acompañando a su esposa. Entonces sus labios musitaron unas palabras casi imperceptibles:

-Ese joven es un hombre valiente y su esposa me recuerda tanto a mi querida hija Ninette…

-¿ Decía capitán ? –preguntó el doctor Dummont, que ya estaba preparándose para abandonar el barco, bajando por la escalerilla y yendo al encuentro de la ambulancia.

-Nada, nada doctor. –replicó el capitán, sin acordarse del fino oído del que el afable doctor hacía gala- Cuídese y recuerde que dentro de dos meses, vendré a recogerle.

-Lo sé, capitán, hasta pronto –se despidió el doctor Dummont aferrando la mano de La Salle con determinación.

-Hasta pronto –coincidió el marino.

Ambos hombres estrecharon nuevamente sus manos y el médico corrió hasta el vehículo sanitario subiendo precipitadamente en él, para atender a Annie y hacerse cargo de ella hasta que llegaran al centro médico. La ambulancia encendió sus luces giratorias de vivos colores que destellaron dejando un arco iris a su paso, mientras la estridente sirena se puso aullar, iniciando la marcha, para ir cobrando paulatinamente velocidad y dirigirse lo más rápidamente posible, hacia el hospital de San Nicolas.

En ese momento, mientras Haltoran sufría lo indecible por la suerte de Annie, se abrieron las puertas batientes de la sala de espera, que había sido la sala de música y de estudio, de las hijas del antiguo propietario de la mansión y un médico enfundado en las características y asépticas ropas blancas hizo su aparición, preguntando por algún familiar o allegado de la señorita Annie Hasdeneis Brighten. Cómo si una descarga eléctrica hubiese recorrido su cuerpo, Haltoran se incorporó de un salto abandonando la silla que había ocupado hasta hacía escasos instantes, mientras el doctor Dummont, que había insistido en permanecer a su lado, le rogaba que mantuviera la calma, aunque eso era algo difícil de cumplir para un hombre preocupado por la suerte de su mujer. El rostro del facultativo no hacía presagiar nada bueno. El médico miró hacia el suelo de baldosas negras y blancas, imitando el estilo de un tablero de ajedrez y tan característico y socorrido en tantos y tantos lugares de atención al público y dijo:

-Lo lamento, señor Hasdeneis, pero la enfermedad de su esposa ha progresado más rápidamente de lo que en un primer momento nos habíamos temido. Me temo, que no podemos hacer nada por ella. Las pruebas que la hemos realizado, no dejan lugar a duda alguna.

29

De no haber sido por Dummont, Haltoran se habría abalanzado sobre el médico del hospital y lo habría derribado a puñetazos. De no haber sido porque en el fondo estaba tan abatido como derrotado, para enfadarse siquiera, quizás hubiera cometido una locura. No entendía como Annie había podido estar tan llena de vida hacía un día o dos a lo sumo, y ahora yacía temblorosa y pálida, tendida en una cama hospitalaria a punto de perder la vida. Escarlatina había dictaminado el doctor Dummont, y así lo había confirmado el equipo médico que la había atendido tan solicita como eficazmente durante tanto tiempo. La enfermedad, muy temida antaño, había sido vencida hacía relativamente poco tiempo, al descubrirse nuevos y mejores fármacos para tratar sus síntomas, pero en algunas personas resultaba mortal de necesidad por una especie de inexplicable reacción alérgica que en circunstancias normales no afectaba para nada a la vida de esas personas, aparentemente sanas y en un buen estado de salud. Pero en el caso de que se contrajeran ciertas enfermedades, la situación podía empeorar rápidamente, llevando al infortunado a expirar, tras un lento y doloroso padecimiento. Annie, pese a estar consumida por la fiebre y con la mirada de sus hermosos ojos azules prácticamente velada, y aun en medio de su extrema debilidad se negó a permanecer ni un solo instante más en el hospital. Por otro lado, Haltoran no estaba dispuesto a dejar que la vida de su esposa se extinguiera como la llama de una vela, sin intentar hacer nada.

Pese a la opinión en contra del doctor Dummont y de los facultativos que atendían a Annie, Haltoran se dispuso a cumplir la voluntad de su mujer.

-Haltoran, cariño –rogó la muchacha con voz desfallecida- sácame de aquí. Si tengo que morir, no quiero hacerlo en un hospital.

-No digas esas cosas mi amor –dijo Haltoran intentando aparentar entereza y sorbiéndose las lágrimas –tú no vas a morir. Vas a recobrarte y vivir muchos años, mi vida. Vamos a envejecer juntos, te lo prometo.

Annie cuyo rostro mostraba una palidez cerúlea desviaba la mirada y sonreía tenuemente, para luego fijar sus luminosos ojos azules en los de Haltoran y decir:

-Mi pobre y dulce Haltoran, siempre tan bueno y considerado conmigo…

Finalmente, Haltoran consiguió que Annie abandonase las dependencias hospitalarias, pese a la opinión en contra de los facultativos. Irían a cualquier parte, a un hotel, a una pensión, a uno de los muchos parques abiertos al público de Odesa, pero tenía muy claro que se llevaría a su esposa de allí, aunque fuera por las malas. Mientras se llevaba a Annie, que apenas podía dar un solo paso, la mente del joven trabajaba con celeridad intentando hallar un método para salvarla. Podría intentar aplicar en ella el mismo método que utilizó en Neil o para salvar a Mark, cuando sufrió un envenenamiento masivo de iridium, pero la técnica de los puntos estrellados no funcionaba con todas las personas por igual, sobre todo si el herido o enfermo presentaba un acusado estado de debilidad y agotamiento. En otras palabras, si Haltoran abría heridas en las extremidades y en el cuerpo de su esposa, tal vez las hemorragias masivas terminaran por matarla, aun cuando golpeara correctamente los puntos por donde tendría que evacuarse la sangre enferma de Annie para devolverle la salud. Lo único que se le ocurría al desesperado y apenado joven fue retornar al hotel donde se habían alojado hasta que reparó en el emisor de señales, por el que podía comunicarse a distancia con Mermadon. Sentó a Annie en un banco de un parque al que habían recalado casi de casualidad en su camino de vuelta al hotel, cuando una figura metálica de elevada estatura le salió al paso. Haltoran dio un respingo, quedándose sin habla al distinguir la familiar silueta de su amigo disimulada tras la espesura de un laberinto de setos cercano.

-Mermadon, querido amigo, Mermadon, -dijo abrazándose al coloso metálico con toda la fuerza de su desesperación- tienes que ayudarme, Annie, se nos va. Ha contraído una enfermedad y no sé como podría curarse.

Antes de que se preguntara porqué el robot había desobedecido su orden de remontar el vuelo, buscando por media Rusia al padre de Candy, le instó a que ayudara a su esposa moribunda. Poco le importaba que alguien pudiera descubrir a Mermadon y diera la voz de alarma. Lo único que ansiaba en esos dramáticos momentos, era curar a Annie por encima de todo. El robot examinó a la joven con sus potentes sensores médicos y tras evaluar su estado, dijo con voz meliflua y en tono apenado:

-En mi base de datos no figura ningún tratamiento de la sintomatología de la escarlatina. Yo…

Al escuchar aquello, Haltoran tuvo ganas de suicidarse. No podía creer que tuviera tan mala suerte. Pero en vez de recriminar al robot echándole en cara su falta de medios o recursos para tratar con éxito a Annie, se le ocurrió una solución aun más desesperada, que tal vez fuera su única esperanza para salvar a Annie.

-¡! Corre, ve en busca de Mark y tráelo aquí como sea ¡! ¡! Sólo él puede salvarla! -¡! Vamos, maldito montón de chatarra! ¡! Vamooss! ¡! Levanta el vuelo y localiza a Mark,

-Pero mi misión de búsqueda de…-comentó algo confundido el robot, ante el choque de prioridades de dos tareas incompatibles a primera vista, que parecían contradecirse entre sí.

-¡! Olvídate de eso y busca a Mark! –Annie está muy mal, date prisa, ve de una vez –estalló en lágrimas mientras golpeaba con los puños crispados, el pecho metálico del robot con desesperación. Jamás antes, Haltoran había hablado tan desconsideradamente al robot, pero no era para menos, porque la angustia que se había ido adueñando progresivamente de él, le hacía reaccionar así. Mermadon asintió y encendió sus motores. Era peligroso hacerlo en mitad de un área tan densamente poblada como aquella, pero no quedaba tiempo para buscar un emplazamiento mejor ni pensar en otras posibles alternativas más válidas que atraer la atención de media Odesa. Mermadon, sintiendo una inmensa pena que no podía reflejar en sus pétreas e inexpresivas facciones, asintió y desplegó toda la potencia de sus toberas propulsoras. Si hubiera podido derramar lágrimas, habría llorado junto a su creador por la suerte de Annie. En menos de un segundo, una enorme estela de fuego eructó de los propulsores nacidos de su espalda, rasgando el firmamento nocturno, aunque el robot, pronto entró en modo invisible. Antes de partir le dijo a Haltoran mientras su cuerpo metálico vibraba por efecto de la tremenda energía concentrada en sus motores y que pronto le haría trepar como un cohete, a las capas más altas de la atmósfera:

-No llore señor Hasdeneis. El señor Anderson y yo regresaremos a tiempo para salvar a la señorita Annie. Tiene mi palabra.

Las personas que fueron testigos de la inusitada y alargada estela blanca que por unos instantes, comunicó la tierra con el firmamento, lo atribuyeron a algún espectáculo de fuegos artificiales. Esos días, la ciudad celebraba en muchos de sus múltiples distritos y barrios, toda suerte de celebraciones y ferias, que atraían a muchos visitantes.

-Tengo frío Halt, tengo frío…-dijo Annie estremeciéndose violentamente mientras Haltoran la rodeaba con sus brazos, mojándola con sus lágrimas e intentando procurarle calor con el estrecho contacto de su cuerpo contra el de ella, mientras Mermadon volaba a gran velocidad superando ya la barrera del sonido, en pos de Mark. Haltoran temía que no pudiera llegar a tiempo. En ese momento, la sombra de un hombre alto y enjuto se proyectó ante él y Annie. Haltoran se puso tenso y adoptó una posición de guardia, dispuesto a utilizar la fuerza si fuera necesario para repeler una posible agresión. El parque estaba prácticamente desierto y si el desconocido decidía atacarles, gozaría de total impunidad porque los oscuros parajes, sumidos en penumbra, parecían desprovistos de toda presencia humana. El día había ido transcurriendo casi sin darse cuenta y estaba atardeciendo, cuando Haltoran había decidido sacar a su esposa del hospital, para cumplir con su voluntad sin pararse a reflexionar y a meditar detenidamente si estaba obrando correctamente o no. Ahora, ante el súbito empeoramiento de su esposa, estaba empezando a echarse en cara, que no había actuado como debía, mientras se preguntaba una y otra vez, que podía haber hecho enfermar a Annie tan repentinamente, de aquella manera cuando hacía prácticamente nada, estaba sana y llena de vida. La rabia y el dolor por el sufrimiento de Annie, le habían impedido pensar con claridad nublando su deductiva mente. El desconocido caminó con pasos firmes y mesurados hacia el banco donde Haltoran vivía el drama de su mujer. Cuando se situó bajo la luz de una farola en torno a la que revoloteaban algunos insectos nocturnos, Haltoran se sorprendió de encontrarse ante un sacerdote de elevada estatura y envuelto en una sotana tan oscura como la negrura que les rodeaba. El religioso tenía un rostro afable, enmarcado por una tupida y bien cuidada barba castaña, alto y flaco, en cuyos ojos oscuros ardía el fuego de una inteligencia y una determinación nada comunes. Sin mediar palabra, se dirigió directamente hacia Annie, situándose rápidamente junto a ella, para proceder a examinarla con concentrada atención. Haltoran intentó apartar al sacerdote creyendo que pretendía darle la extremaunción, cuando la voz jovial pero al mismo tiempo, grave del hombre declaró:

-Tiene la escarlatina –repuso en un impecable y correctísimo francés- y por lo que veo, tal vez podamos salvarla todavía. Joven, -dijo taladrando los ojos verdes de Haltoran con los suyos- no me conoce, y aun siendo yo, un humilde servidor de nuestro Señor, comprendo sus reticencias, -arguyó, detectando la lógica desconfianza del receloso joven -pero si quiere que esta muchacha viva, tiene que hacer lo que yo le diga exactamente, sin cuestionar para nada cuanto vea y oiga.

Aun a riesgo de cometer un imperdonable error, aun sin llegar a concebir como un sacerdote podía tener conocimientos de medicina avanzada, a menos que hubiera ejercido como doctor antes de tomar los hábitos, o hubiera tenido algún tipo de contacto con la profesión médica, temeroso de que Mermadon no consiguiera localizar a Mark con el tiempo suficiente, atormentado por mil dudas diferentes, a cual más terrible y lacerante, decidió dejarle hacer. Aquel misterioso religioso, aparecido providencialmente y casi de la nada, tenía un halo de respetabilidad y un carisma tan exacerbado, que por lo pronto, Haltoran no pudo negarse a que el hombre, pese a su aparente fragilidad y débil constitución, lo cual solo era una engañosa impresión del joven pelirrojo, levantase con suma facilidad a la desmayada Annie en vilo, cargando cuidadosa y respetuosamente, con el cuerpo de la muchacha, entre sus recios brazos. Para su avanzada edad, el anciano hacía gala de una vitalidad notable.

-Sígame –le conminó el sacerdote con autoridad y sin asomo alguno de titubeo en su voz profunda - las explicaciones vendrán después. Sé que arde en deseos de hacerme un sin fin de preguntas, pero luego satisfaré su curiosidad. Lo primero, es salvar a su esposa.

Haltoran se quedó boquiabierto. Entonces reparó que los ojos oscuros del sacerdote, se habían posado brevemente en la alianza que llevaba en el dedo anular de la mano derecha, lo mismo que en la de Annie. Otra persona menos observadora, quizás habría pasado por alto ese detalle o le habría llevado un poco más de tiempo, descubrirlo con sus propios ojos, pero aquel sagaz anciano, se había percatado al instante.

En cuanto a la pregunta que Haltoran, se había formulado obsesivamente de cómo Annie podría haber contraído la enfermedad y haberse desarrollado tan rápidamente en el espacio de unas pocas horas, la respuesta debía proceder forzosamente de la joven madre, que había estado a punto de perder a su hijo, en las empinadas escalinatas que conducían al puerto de la ciudad. Haciendo memoria, mientras seguía al silente y anciano sacerdote, recordó un detalle que no había tenido en cuenta cuando en uno de los descansillos de la gran escalera, retornó el niño a la joven que había bajado atropelladamente los escalones de dos en dos, en pos de su hijo. La mujer presentaba en sus manos una especie de ronchas y erupciones, que Annie no tenía en un primer momento, pero que le habían ido saliendo a medida que su dolencia avanzaba, pero el caso es que la muchacha que se deshizo en agradecimientos hacia Haltoran por el oportuno rescate de su hijo, no parecía presentar ninguno de los síntomas que hacían que Annie temblase sumida en un preocupante delirio, entre los brazos del religioso. Tal vez, el cuerpo de Annie hubiera desarrollado alguna especie de anomalía genética de nacimiento, que en un primer momento era inofensiva para la hermosa muchacha, pero que bajo ciertas circunstancias o enfermedades, reaccionaba virulentamente. Algo así, en opinión de Haltoran, como el virus del herpes, que permanece inactivo dentro del cuerpo humano y por causas que ni siquiera la avanzada ciencia médica del siglo XXI, había podido determinar aun, se activa, causando una dolorosa reacción. El joven había pasado uno hacía no mucho y que le había interesado a la región de la oreja derecha y parte del cuello de ese mismo lado, sin mayores consecuencias.

Por otra parte, el anciano no parecía verse afectado en modo alguno, por la dolencia que aquejaba a su esposa, ni él mismo había sufrido ningún tipo de contagio. Para aumentar más el misterio si cabía, el clérigo no llevaba ropajes eclesiásticos ortodoxos, si no católicos, estando clara su evidente procedencia occidental, y descartado que fuera un pope. Tal vez, el pretendido enigma que Haltoran veía en torno a la figura del imprevisto samaritano no lo fuera tanto, a fin de cuentas.

30

Mermadon temía que su amigo y creador pudiera necesitarle, por una especie de extraña premonición que había asaltado su sofisticado cerebro electrónico y que machacaba constantemente sus bancos de memoria, sobreponiéndose a las directrices de su programación. Cuando ya estaba a varios kilómetros de Odessa, dirigiéndose hacia el este, decidió cambiar de parecer aun a riesgo de que algunos de sus sensibles microcircuitos resultasen destruidos por efecto de una reacción en cadena, para poner orden en el conflicto de prioridades que mantenía una dura pugna, dentro de las delicadas entrañas del robot. Pese a que su CPU pudiera freírse, decidió virar ciento ochenta grados y retornar hacia la ciudad para aguardar en un lugar donde suponía que Haltoran, tendría que pasar forzosamente llevando a cuestas a su infortunada y doliente esposa. Logró localizar a ambos, para comprobar desalentado y para desesperación del propio Haltoran, que en sus bancos de memoria no figuraba nada útil contra aquella rara variante de la escarlatina que difería completamente de la versión más común de la enfermedad. Recordaba como Haltoran había asestado duros golpes contra su torso metálico, que para el robot no eran más que meros alfilerazos y como el joven le impelía a buscase a Mark costase lo que costase, acabando de paso, con la contradicción de directrices de programación, al recibir una orden directa de su propia creador. Y Mermadon había vuelto a remontar el vuelo dirigiéndose hacia Europa Occidental tras las últimas informaciones que Haltoran le había suministrado. Hacía apenas un día que había hablado con nosotros en una larga y costosa conferencia telefónica con la mansión de los du Lassard. Aun eran momentos felices, en los que el confiado matrimonio se disponía a embarcar hacia Francia, hasta que el breve y fatídico episodio de la famosa escalinata de la ciudad, había dado al traste con sus planes. Mermadon no podía registrar el rastro de una emisión de iridium desde tan tremendas distancias, a no ser que Mark hubiera emitido un rastro continuado de la sustancia, como cuando se desplazaba de forma tan inusual, surcando el aire, pero una vez que estuviera cerca de la frontera francesa le resultaría más sencillo determinar con acierto, la ubicación de Mark y de Candy, sobre todo sabiendo que se encontraban en París. Mermadon se hallaba ya próximo a las fronteras occidentales de Rusia, cuando una tremenda tormenta se desató sobre la vertical de Brest Litovks, la ciudad donde se había firmado el tratado que ponía fin a la intervención rusa, durante la Gran Guerra. El adelanto del final de la I Guerra Mundial a Septiembre de 1917 de forma prematura, con respecto a su fecha original del 11 de Noviembre de 1918, había hecho que los acontecimientos históricos, aun habiéndose producido tal y como sucedía en la línea del tiempo original que por fuerza tenía que verse alterada aunque fuera mínimamente, hubieran sucedido, antes y con fechas cambiadas y más adelantadas.

Pero Mermadon no estaba ahora para preocuparse por semejantes disquisiciones históricas, si no por los tremendos y pavorosos rayos que rasgaban el firmamento nocturno, mientras una furiosa e inclemente lluvia empezaba a desatarse en torno suyo, repiqueteando sobre la estructura de kevlar del robot y algunas rachas de enfurecido viento le zarandeaban caprichosamente, afectando a su estabilidad de vuelo. Pese a la protección reforzada que Haltoran le había conferido, el pánico se apoderó del robot que empezó a gritar, debido a su aversión al agua y a la humedad, llevándole a trazar erráticas y quebradas rutas por el cielo, desviándose de su rumbo original. Para rematar su desesperada y trágica situación, un rayo atraído por el iridium, como el hierro se veía atraído poderosamente por un imán, hizo blanco en su bruñido torso con un pavoroso y horrible estruendo que se pudo escuchar en muchos kilómetros a la redonda. Luego, no quedó ni rastro del valeroso robot que, antes de verse imprevista y totalmente sacado de su trayectoria, arrojado a la zozobra de la incertidumbre, logró enviar un desesperado mensaje de auxilio, con la esperanza de que Mark o alguno de nosotros pudiéramos recibirlo a tiempo antes de que sus impulsores completamente desestabilizados y enloquecidos, le llevaran erráticamente haciendo que volviera adentrarse nuevamente en las vastas inmensidades de Rusia, en vez de dirigirse hacia Europa Occidental.

31

Armand Graubner se movió por sinuosas y angostas calles semejando una especie de furtivo espíritu, que se deslizase velozmente, sin delatar apenas su `presencia, ante el común de los mortales. Portaba entre sus flacos pero nervudos brazos, el cuerpo tembloroso y pálido de Annie, cuya consciencia mantenía un mínimo y débil contacto con la realidad, y cuya vida tal vez pendiese igualmente de un fino hilo. Detrás de ambos, un enamorado y abatido joven de cabellos rojos les seguía de cerca, preguntándose abrumado, si no habría cometido la mayor de las locuras, al confiar la vida de su querida esposa a un sacerdote que tal vez hubiera perdido el juicio, o alguien que se hiciera pasar por religioso, con el agravante además de que quizás estuviese ido. Optó por apartar aquellos negros pensamientos de su mente. Ya era tarde para echarse atrás. Si retornaba al hospital, con Annie a cuestas tal vez no sobreviviera. La hermosa muchacha sumida en una fiebre que amenazaba con consumirla, abrió los grandes y expresivos ojos azules como flores que recibían los primeros rayos del alba, y no obstante a pesar de su confusión le reconoció al instante.

-Haltoran, cariño, no te separes de mí lado, por favor.

-Estoy aquí amor mío –le respondió el abrumado joven mientras apretaba con fuerza entre sus dedos, la mano derecha que había quedado libre y que se movía desmayada en un continuo vaivén, mientras el padre Graubner se esforzaba por apretar el paso, y llegar cuanto antes a la casa que tenía en uno de los barrios residenciales de Odesa, no muy lejos del bulevar Primorsky de donde arrancaba la legendaria y archiconocida escalinata.

-Tenemos que apresurarnos –dijo el religioso con un deje de preocupación en la voz- aunque ya estamos cerca.

-Espero que sepa lo que hace padre –dijo Haltoran con una mezcla de advertencia y velada amenaza en la voz.

El hombre le sonrió tenuemente infundiendo calma en la agitada alma de Haltoran, volviéndose un instante para mirarle e inmediatamente, centró su atención en una gran puerta de madera de roble oscura, de aspecto recio y tachonada de artesonados. La vivienda a la que pertenecía aquella puerta tan gruesa como elaborada, era una casa de dos plantas, de macizos muros encalados de blanco y con una techumbre de tejas marrones de la que se destacaba una gran y prominente chimenea de ladrillo rojo. Sobre el remate superior de la misma, había adosada una veleta de hierro con la figura de un gallo enteramente negra con la típica simbología de índole meterológico dirigida hacia los cuatro puntos cardinales, que en esos momentos estaba apuntando en dirección hacia el mar. Un balcón cerrado con un mirador, se abría a la calle en plena fachada principal. La vivienda estaba encajonada entre otras similares, en una callejuela estrecha pero de agradable y pintoresco aspecto, pavimentada con adoquines conformando un pasaje algo angosto de empinada cuesta que iba a parar justo detrás del parque, donde Armand había coincido con Haltoran y Annie por vez primera. Al fondo destacaba una iglesia ortodoxa, cuyas cúpulas de cebolla brillaban ligeramente bajo la luz lunar.

-Aquí es –comentó el anciano a media voz, mientras rebuscaba entre los pliegues de su sotana para extraer una llave metálica, que le tendió a Haltoran y él se afanaba en sostener a Annie de forma que fuera lo más cómoda posible. Haltoran introdujo la gruesa llave en la cerradura y giró frenéticamente la misma escuchando el sonido quejumbroso de los perezosos y oxidados cerrojos, al ser accionados por la antigua llave. La puerta se abrió con un chirrido, al moverse sobre sus gastadas y herrumbrosas bisagras, y el padre Graubner asintió maniobrando con cuidado para que Annie no se tropezara con el marco de la puerta al entrar, y dijo avanzando a tientas en la oscuridad:

-Tendré que acordarme de engrasar estas viejas bisagras algún día.

Entonces accionó el interruptor de la luz revelando un interior austero y humilde, de abovedados techos y con lámparas un tanto aparatosas colgando de los mismos. No obstante, las estancias de la casa estaban amuebladas con gusto y no carecían de cierto encanto, resultando cómodas al mismo tiempo que funcionales. Las paredes de piedra estaban adornadas con cuadros de bodegones, marinas, acuarelas que plasmaban primorosos paisajes franceses, y fotografías enmarcadas, en las que se podía vislumbrar al padre Graubner en diferentes lugares del mundo y de cuando era más joven. Dos en concreto atrajeron poderosamente la atención de Haltoran. En una de ellas, un joven y exultante Armand con el uniforme de la institución, posaba para la cámara con gesto divertido, en compañía de un grupo de condiscípulos, tal vez sus amigos más íntimos, en un campus universitario, con el imponente edificio de la Universidad de la Sorbona, como telón de fondo, en un instante congelado en el tiempo, de un día soleado, tal vez perteneciente a algún momento sin determinar, de finales del siglo anterior. En la otra se podía distinguir a un hombre considerablemente más mayor y con sotana, con la característica barba castaña que empezaba a adquirir notables dimensiones, y que posaba con otros compañeros en medio de una imponente extensión helada que se perdía hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Al fondo se apreciaba claramente la típica vegetación de la taiga siberiana y algunas características construcciones propias de aquellas lejanas regiones. A Haltoran a pesar del inmenso y desgarrador drama que estaba viviendo por la preocupante suerte de Annie , se le heló la sangre al apreciar junto al grupo de religiosos, sin duda misioneros católicos, a un muchacho de intensos ojos oscuros y cabellos negros, que sin duda, conocía muy bien. Entonces la voz del padre Graubner le reclamó pidiéndole que le siguiera.

Sin tiempo que perder, los dos hombres trasladaron a Annie a una gran habitación situada en la parte baja de la casa.

El religioso guió al confuso Haltoran, a través de las diversas dependencias de la casa hasta un austero cuarto, donde había una espaciosa cama y una mesilla de noche, como únicas concesiones a una supuesta comodidad.

-Ayúdeme a desvestirla, tenemos que actuar cuanto antes –declaró el sacerdote en un tono autoritario, que no admitía réplica.

Haltoran movió la cabeza, mientras algunas lágrimas resbalaron por sus mejillas restallando sobre el suelo de madera de la alcoba, mientras hacía lo que el anciano le pedía. No tenía tiempo para indignarse por el pudor de su mujer, porque por otra parte, resultaría ridículo actuar así, más teniendo en cuenta que estaba ante un anciano sacerdote que solo pretendía ayudar a Annie.

En pocos instantes, Annie estaba enfundada en un camisón y una bata, que según el padre Graubner procedían de una feligresa que las había donado junto con otras prendas, que otros devotos fieles depositaban en la puerta de la casa del sacerdote. Annie fue tendida sobre el mullido colchón con sumo cuidado, y abrigada bajo varias cálidas y confortables mantas.

Mientras el padre Graubner se volvía hacia un aparador donde guardaba diversos medicamentos, agujas hipodérmicas, vendas y otros utensilios propios de la ciencia médica, Haltoran sostenía la mano derecha de su esposa intentando consolarla.

-Amor mío vas a ponerte bien –dijo el joven intentando contener su creciente desesperación, ante la aparente lentitud del religioso en hacer algo.

A espaldas suyas y de la exánime muchacha que acariciaba débilmente las mejillas del rostro de su querido esposo con sus dedos fláccidos, el padre Graubner trabajaba frenéticamente, preparando una aguja hipodérmica que inyectó en un frasquito transparente, donde flotaba una solución líquida de color claro. Llenó el contenido de la inyección tirando del émbolo y cuando estuvo lista, se aproximó a la cabecera de la cama donde entre ambos, habían acomodado con rapidez a la infortunada joven después de cambiarla de indumentaria, y le pidió a Haltoran que le descubriese la manga izquierda. Haltoran obedeció rodeando el brazo de su esposa con una banda de tela gris, como el religioso le indicó que hiciera también, a continuación.

Cuando el padre Graubner se disponía a inyectar la solución que se agitaba despidiendo reflejos ambarinos, en el interior traslúcido de la jeringa hasta llenar las tres cuartas partes de la misma, en la sudorosa y cetrina piel de Annie, Haltoran, aferró de repente la mano de Armand Graubner con la suya. El contacto de los dedos del joven pelirrojo era como el hierro y sus ojos verdes, dirigieron una fría y atemorizante mirada al hombre.

-Padre, si mi esposa fallece esta noche, puede que no responda de mis subsiguientes reacciones –comentó con voz ronca, intentando dominarse-, aunque sea usted un hombre de Dios. Tenga esto en cuenta antes de proceder.

Armand Graubner pasó por alto el velado sentido de la amenaza que Haltoran le estaba dirigiendo, y deshizo la presa de la mano del pelirrojo con un suave pero firme tirón que sorprendió al propio Haltoran, ante la vitalidad, que parecía desprenderse de las extremidades del hombre. Asintió y dijo:

-Debemos confiar por encima de todo en el Señor, y algo en la ciencia médica, joven –comentó el religioso con afabilidad, mientras aplicaba la aguja contra la carne y la insertaba en el interior del organismo de Annie, empujando lo más suavemente de que fue capaz. Apretó el émbolo con decisión y el contenido de la solución que debía salvar a la enferma pasó a su cuerpo, comenzando a librarse una dura batalla dentro del mismo, por la supervivencia de Annie.

-Ahora solo nos toca esperar. Está en manos de Dios –aseveró gravemente, con gesto serio el padre Graubner –mañana por la mañana, veremos si hemos llegado a tiempo.

-Eso espero, -declaró Haltoran con cierta hosquedad- eso espero, padre.

32

La primera claridad del día penetró a través de las rendijas que los postigos entreabiertos de la ventana formaban. Haltoran notó un cosquilleo en la nariz y en torno a las comisuras de los ojos cuando la luz del amanecer enfocó sobre sus ojos semi cerrados. Había permanecido velando a Annie durante toda la noche, hasta que el cansancio le había vencido en las horas previas al amanecer, durmiéndose profundamente y teniendo ensoñaciones donde se entremezclaban de forma confusa la suerte de su esposa, su efímero pero profundo amor por Candy y el propio Mark, al que había descubierto sorpresivamente en una antigua foto junto al padre Graubner y un grupo de miembros del clero. Se irguió lentamente, notando como algo cálido y ligeramente pesado estaba echado sobre sus hombros. Palpó a tientas y sintió el tacto rugoso de una superficie cálida. Era una manta que indudablemente, el padre Graubner le había echado sobre los hombros para abrigarle. El joven se desperezó lentamente y cuando sus pupilas verdes se adaptaron a la claridad, lo primero que se encontró fueron unos ojos que de tan azules, casi resultaban violetas, mirándole con amor y preocupado gesto. De los mismos emergía una catarata de lágrimas. Haltoran abrazó a su esposa que le miraba con preocupación, incapaz de atreverse a despertarle. Había recobrado la consciencia hacía una media hora y su tersa piel presentaba una coloración sonrosada totalmente normal. Ambos jóvenes se besaron apasionadamente pese a estar en la casa de un sacerdote, mientras el llanto de ambos se entremezclaba con los suspiros y ardientes palabras de amor.

-Mi vida, mi ángel –sollozó Haltoran acariciando las mejillas y los cabellos morenos de su esposa- estás curada, te has salvado, te has salvado –repetía Haltoran en una interminable y larga letanía, mientras el padre Graubner les observaba complacido, con una gran sonrisa, de pie en el umbral de la habitación y proveniente de una pequeña capilla privada en la que había estado orando durante toda la noche por la salvación de la muchacha, yendo de vez en cuando de puntillas, de un lado a otro, para controlar la evolución de la enferma. Annie, aun pálida y ojerosa y algo demacrada, iba recobrando rápidamente su lozanía y radiante belleza habituales. Haltoran posó su mano derecha sobre la frente de la joven y constató que la fiebre había desaparecido por completo, aunque como era lógico, Annie aun estaba débil y desmejorada como consecuencia de la tremenda lucha en la que su cuerpo había batallado contra la enfermedad, derrotándola por completo.

Haltoran reparó en que los ojos oscuros del religioso les estaban mirando y aunque Annie, intentó interrumpir pudorosamente el contacto, el amable anciano les rogó que continuaran como estaban. No obstante, fue el propio Haltoran el que tranquilizando a su esposa, y contándola por encima como habían ido a parar a lo que parecía según la estimación de Annie, un monasterio o alguna iglesia, dado que la muchacha sumida en un profundo delirio en los que se alternaban momentos de lucidez, no había podido saber en ningún momento que el padre Graubner le había salvado la vida. Y al verle allí, se figuró que debería estar en algún recinto religioso, o por lo menos en alguna dependencia aledaña. Haltoran avanzó contrito hacia el anciano y dijo inclinando la cabeza, dolido por su comportamiento de la noche anterior:

-Padre, yo…-dijo sin saber como empezar para disculparse por sus desafortunadas manifestaciones, fruto de su desesperación - nunca le habría hecho daño, y lamento el haberme portado tan rastreramente con usted, pero…

Armand Graubner prorrumpió en carcajadas que hicieron que el sorprendido Haltoran dejase de hablar casi de inmediato parpadeando rápidamente, al igual que Annie, de la sorpresa. Al ser interrumpido, decidió permanecer en silencio para escuchar lo que muy probablemente, el sacerdote tendría que decirle acto seguido:

-No hijo, no, no tienes porqué pedirme disculpas –declaró el sacerdote alzando levemente las manos-. Aparte de que un cristiano deber de perdonar siempre, quizás yo en tu lugar, quien sabe si habría procedido de igual manera –declaró mudando rápidamente la expresión de su afable rostro para adoptar un gesto serio y comedido - estaba en juego la vida de la persona que más amas y confiársela a un desconocido aunque fuese un humilde siervo de nuestro Señor, es algo que quizás haya que meditar con cuidado.

33

-Padre Graubner, ¿ cómo he ido a parar aquí ? –preguntó Annie aceptando con una media sonrisa y una ligera inclinación de cabeza, la taza de chocolate humeante, acompañada de una abundante fuente de pastas y dulces, que el amable sacerdote le llevó hasta la cabecera de su cama, y dispuesta en una bandeja de porcelana decorada con motivos campestres, y a la que acompañaba un jarro de cristal, del que sobresalían dos delicadas rosas blancas. Annie observó el desayuno con fruición. En otras circunstancias, quizás se habría abstenido a probarlos, no porque no le gustasen los dulces, si no porque la estricta educación que había recibido para ser una perfecta dama, censuraba la gula y reprobaba dichos comportamientos en público. Pero ni la muchacha se encontraba en un acto de la alta sociedad, ni el propio padre Graubner respondía al arquetipo de clérigo serio y silencioso, que observaba el mundo con un permanente ceño fruncido y con cara de enfado. Era un hombre dicharachero, alegre y optimista cuando procedía y tocaba adoptar tales aspectos de la personalidad.

-Vamos hija, come primero, que se te va a enfriar el desayuno, y mientras te lo iré contando.

Annie no se hizo de rogar. Entre la debilidad que había pasado por su repentina y temible dolencia y el hambre que por consiguiente se había acumulado en su estómago, no se lo pensó dos veces y cogiendo una pasta de coco la untó en el chocolate, degustándola con verdadero apetito ante la mirada preocupada y alegre de Haltoran, que había vuelto a sonreír nuevamente al comprobar como su esposa recuperaba la vitalidad y las fuerzas perdidas.

Mientras Annie alternaba pequeños sorbos del humeante chocolate, con la degustación de los dulces, el padre Graubner, sonriente y conmovido a un tiempo por la suerte de la pareja, narró a la muchacha, como mientras el clérigo daba un paseo nocturno para estirar las piernas un poco antes de irse a dormir, la actitud de la pareja había suscitado sus sospechas. Contó como había percibido las desesperadas súplicas de Haltoran cuando se acercó un poco más para investigar, el rostro cansado y pálido como la cera de Annie y su apurada situación, de forma que decidió actuar lo antes posible. Y afortunadamente, porque su afortunada aparición no podía haber llegado en mejor momento.

-Gracias a él, estás hoy entre nosotros cariño –dijo Haltoran que nuevamente notó una punzada de bochorno al rememorar su comportamiento de la noche anterior con el sacerdote, en referencia a la delicada salud de Annie, lo cual le hizo bajar la cabeza avergonzado. Pero el anciano comprendía que todo había sucedido en un momento de tensión e incertidumbre, donde el apurado esposo se temía lo peor y había pronunciado palabras de las que ahora se arrepentía haber dejado salir de sus labios.

A su vez, Annie había ido relatando al sacerdote los diversos contratiempos y eventos que les habían conducido hasta esa situación de indefensión y desconcierto a la que se habían visto irremisiblemente abocados, silenciando como era lógico, las partes más escabrosas y morbosas de tales hechos. Cuando la chica se fatigaba porque aun estaba algo débil, Haltoran continuaba por ella, pendiente mientras de sus más mínimas necesidades y no pudiendo apartar sus ojos verdes de aquellas pupilas azules tan inmensas que le capturasen indefectiblemente, pese a que por un breve lapso de tiempo había sentido algo muy fuerte por Candy, desde el momento en que la vio desde el aire, a lomos de una yegua desbocada por los jardines de Lakewood. Por su parte Annie, no quería separarse de su amado ni un solo instante, pero el sueño la estaba venciendo nuevamente, porque parte de la noche no había logrado pegar ojo debido a la fiebre, hasta que el eficaz remedio que el sacerdote le administrase fue haciendo efecto. Armand Graubner, retiró la bandeja una vez que Annie dio muestras de haber saciado su hambre y dijo en voz queda:

-Será mejor que nos retiremos porque por lo que veo, señorita, necesita descansar y le conviene recuperar fuerzas. Por cierto, por si no lo había dicho, pueden quedarse por todo el tiempo que sea necesario, hasta que hallan conseguido reorganizar un poco esta azarosa vida que les ha tocado vivir –dijo el sacerdote riendo brevemente y guiñando un ojo.

Annie se ruborizó cuando un breve bostezo escapó de su garganta y entonces se llevó una mano a los labios exclamando con aprensión al acordarse repentinamente del buque de línea francés, que finalmente no habían podido abordar por razones que les sobrepasaban ampliamente:

-No, el Jules Verne, debió zarpar…

-Hace ya día y medio, amor mío –dijo Haltoran tomando sus manos entre las suyas-, pero eso no tiene la menor importancia. No nos moveremos de aquí hasta que estés totalmente recuperada.

-Pero cariño, no podemos…-empezó a quejarse Annie apretando levemente sus puños, temerosa de demorar por más tiempo su siempre aplazado y nunca concretado regreso a casa, pero la manifiesta debilidad de la joven, aun convaleciente de su dolencia, desaconsejaba emprender por el momento el retorno, a la sazón, un viaje tan largo como arduo.

-No insistas pequeña dama, -argumentó tajante Haltoran adelantando el cuerpo hacia delante para situarse a escasos centímetros de ella, y haciendo que Annie se sintiera levemente cohibida por su vehemencia -nos quedaremos aquí hasta que estés restablecida del todo. Y ahora, deberías intentar dormir un poco. Yo y el padre estaremos aquí al lado por si nos necesitas.

El padre Graubner arqueó las cejas, y esbozó una mueca divertida, al escuchar el curioso sobrenombre que Haltoran dedicaba cariñosamente a su mujer.

-Cariño no me llames así delante de extraños –repuso la joven un tanto azorada, sacudiéndose algunas migas de bizcocho que se habían depositado sobre su regazo.

No obstante, la muchacha se calmó al ver el gesto distendido del padre Graubner y acogió favorablemente la idea de volver a dormir nuevamente. Annie, asintió gratamente confortada, por el sincero apoyo de su marido que la arropó con cuidado. Finalmente, apagaron la luz mientras Annie intentaba dormirse, lo cual no tardó demasiado en hacer, porque muy pronto quedó sumida en un profundo sueño debido al cansancio acumulado. Luego, en el salón contiguo Armand y Haltoran quedaron solos, mientras el religioso invitaba a su huésped a tomar asiento en una de las butacas de cuero repujado, situadas frente a la chimenea apagada, y se servía una taza de te, acompañada por una generosa copa de brandy que escanció de una pequeña petaca plateada.

34

Tal y como le había prometido, Armand Graubner fue satisfaciendo la curiosidad de Haltoran, a medida que este le formulaba preguntas cada vez más concisas y ambos iban entablando conversación.

-Cursé estudios en la Sorbona –dijo el sacerdote señalando hacia algunas de las muchas fotografías que cubrían las paredes de la sala de estar- y antes de sentir mi vocación, -explicó pasándose las yemas de los dedos por el barbudo mentón ante Haltoran que escuchaba con interés cada palabra de aquel hombre tan extraordinario como especial –me apliqué con especial dedicación en la carrera de medicina, que por razones que en seguida le detallaré, no llegué a terminar para disgusto de mi familia.

Armand interrumpió su relato para ofrecer a Haltoran una copa de brandy, pero el joven declinó amablemente su ofrecimiento levantando la mano derecha y diciendo mientras sonreía:

-No gracias padre, soy abstemio –declaró el joven. Era la primera vez que sonreía desde que Annie había caído enferma. Por un momento, el entristecido joven se temió lo peor, pero ahora que su esposa descansaba plácidamente en la habitación contigua, podía finalmente relajarse y disfrutar de la grata compañía del habil conversador y mejor anfitrión que era el padre Graubner.

-Hace usted bien joven, el alcohol te atrapa con sus tentáculos de hierro si no sabes rechazar sus cantos de sirena a tiempo. Yo, afortunadamente no me dejé coger lo suficiente –bromeó el religioso riendo quedamente.

Poco después, se reclinó en su butaca y reemprendiendo su relato, continuó hablando:

-Aquí donde me ve, no siempre fui un hombre mesurado, tranquilo y a veces un poco propenso a la chanza. De hecho, de joven, sería más o menos de su misma edad, me dediqué a vivir la vida en la plena extensión de esa dulce palabra. Me entregué a una serie de pasatiempos como el juego y la conquista de hermosas damas, que ocuparon la mayor parte de mi tiempo, desviándome de los estudios de medicina, y es más, tuve que afrontar más de un lance debido a esa desenfrenada etapa de mi vida.

El anciano dejó su copa sobre una pequeña mesa circular que mediaba entre él y Haltoran y descubriéndose el hombro izquierdo, mostró a Haltoran una cicatriz tan diminuta que solo el propio Armand sabía de su existencia y que se hallaba situada muy cerca del corazón.

-¿ Ve esto ?, pues fue como consecuencia de un duelo.

Ante el rostro de perplejidad de Haltoran, Armand Graubner asintió y sonrió añadiendo:

-No, joven, no ponga esa cara. En mis años mozos, esa forma de resolver pleitos, especialmente de tipo amoroso era más que efectiva y habitual. Por lo menos, a mí se me quitaron las ganas de intentarlo de nuevo –aseveró con sinceridad.

-¿ Qué ocurrió padre ? –preguntó Haltoran sobresaltándose levemente, porque creía haber oído a Annie, pero nada se percibió desde el otro lado de la puerta. Annie continuaba descansando tan plácidamente como un bebé en su cuna.

-Pues lo que pasó fue que tuve un altercado en un bistro, un pequeño bar para que me entienda con un caballero que tenía mal beber. Yo era más joven, impulsivo y un tanto despreocupado. En vez de pelearnos, mi adversario optó por una solución más aristocrática digamos, para resolver nuestras diferencias, y me retó a un duelo, y yo, como un tonto acepté –declaró con un suspiro.

-Día y medio después, nos encontramos en un parque al amanecer. Era un duelo a pistola, y yo, nunca antes había manejado un arma de fuego y el tipo era mejor tirador que yo, dejándome esta cicatriz de recuerdo –comentó señalándole el lugar. No perdí la vida porque el Señor no quiso, y eso me hizo reflexionar, haciendo que cambiase mi forma de ver las cosas y tras varias cavilaciones decidí que mi lugar no estaba entre los conspicuos pasillos y aulas de la Sorbona, no, desde luego que no.

-Y fue cuando se hizo sacerdote –apostilló Haltoran mientras el carrillón situado en un rincón de la sala anunciaba con once campanadas, la hora correspondiente.

-Eso es joven, Me dirigí hacia Roma y seis años después, hablamos de 1889, por supuesto, me ordenaron sacerdote. Y mi primer y desafortunado contacto con la profesión médica, no porque me repeliera, si no por el doloroso proceso de convalecencia que tuve que soportar debido a ese maldito trozo de plomo y mi insensatez que casi me cuestan la vida, explicaría mi capacidad para manejar agujas hipodérmicas, realizar ciertos diagnósticos de dolencias no excesivamente complicadas de detectar y preparar algunos brebajes. Eso y mis viajes alrededor del mundo, donde iba y continúo desplazándose, siempre que soy destinado a una misión lejos de la civilización, de ordinario. En Africa entré en contacto con las prácticas naturalistas de muchas tribus o por ejemplo en China, donde me versé en el conocimiento de su milenaria medicina tradicional, joven, y puedo asegurarle que funciona. Pero todo eso palidece ante la grandeza del Creador. El en su infinita misericordia, ha salvado a esa adorable niña que reposa en el cuarto de al lado.

Al escuchar aquello, Haltoran, impresionado por la modestia y humildad de aquel venerable religioso, se irguió y estuvo a punto de arrojarse a los pies del padre Graubner, pero este intuyéndolo enseguida, se lo impidió aferrándole por los hombros y obligandolo a que se levantase con una fortaleza, a la que el propio Haltoran le hubiera costado sustraerse, en caso de persistir en su empeño de hincarse de hinojos ante su anfitrión y samaritano.

-No, muchacho, eso no, lo que hice fue porque es lo que nuestro Señor dispone, no para recibir adoración, ni envanecerme por ello. Si a alguien debe expresarle su gratitud no es a mí, si no al Señor.

Haltoran se dio cuenta de que estaba hiriendo los sentimientos del padre Graubner si continuaba con esa forma de actuar y se disculpó, quedándose de pie justo casualmente al lado de la fotografía, desde la que Mark en compañía del padre Graubner y otros religiosos envueltos en gruesos abrigos, forrados en piel de oso, y la descomunal capucha echada sobre el rostro, observaban a la cámara sonrientes, en medio de un desolado páramo azotado por gélidos y cortantes vientos en mitad de ninguna parte.

Entonces, de uno de los bolsillos de Haltoran, que se habían desilachado por el trajín que sus ropas habían sufrido durante toda aquella cadena de acontecimientos durante la que no había tenido ocasión de cambiarse de indumentaria, , su reloj digital de pulsera se desprendió por un agujero en el forro de su chaqueta. Al padre Graubner, no le hizo falta más que acordarse de que Mark llevaba casualmente, otro idéntico en la muñeca, para atar cabos. Viéndose descubierto, y renegando por su torpeza, masculló algo entre dientes. Recobró su aplomo y suspirando, coincidió en que no sería la primera vez que le revelaban a alguien el secreto de su auténtico origen. Haltoran optó por contarle la verdad, aunque dando un rodeo antes de revelarle su verdadera identidad, aunque a esas alturas, el inteligente y sagaz anciano debía de haberle relacionado más que de sobra, con el joven moreno de largos cabellos y ojos como la noche, enfundado en una ajada cazadora de cuero oscura.

-Padre –le preguntó imprevistamente Haltoran mirándole con sus ojos verdes y recogiendo su inoportuno cronómetro del suelo de madera apresuradamente, pero ya era tarde, porque el religioso se había fijado ineluctablemente en el inusual reloj digital -¿ conoce usted al chico de la fotografía ? quiero decir, si sabe cual es su procedencia o donde puede estar ahora.

Armand Graubner dio un respingo. Intuía algo extraño y demasiado irreal en torno a la figura del joven pelirrojo. Recordó la enigmática historia de su encuentro con Mark y como este en agradecimiento a sus atenciones, había accedido a hacerse una foto de recuerdo con los miembros de la humilde y alejada misión antes de marcharse nuevamente. Pese a todo, no eludió la cuestión y relató a Haltoran las circunstancias en que le conoció siendo fiel a la verdad, menos en los detalles demasiado fantásticos como para ser tenidos por ciertos o admitir que eran reales. Haltoran sonrió tristemente y se dio cuenta, de que hasta ese momento no había pensado seriamente ni en Mark ni en Candy, ni en ninguno de nosotros, desde que Annie enfermara gravemente, demasiado absorbido por el afán de aliviar el sufrimiento de su esposa.

-Yo…le conozco. –acertó a decir Haltoran notando que sus ganas de sincerarse eran demasiado fuertes como para ser ás estaba hablando más de la cuenta, tal vez se estuviera metiendo en un descomunal lío de impresibles consecuencias si continuaba revelando tales secretos, pero no podía detenerse, pese a que aun no fuera tarde para enmendar su error. Pero siguió desgranando su relato.

-Padre, ¿ él le contó una historia excepcional, algo así relacionado con los viajes en el tiempo, grandes poderes y una sustancia…que no se parece a nada conocido?

Armand Graubner ya no sonreía. Sintió que un escalofrío le bajaba por la médula espinal, negándose a admitir lo que la lógica más incontestable, una vez atados todos los cabos sueltos y encajadas las piezas del rompecabezas, le estaba dictando. Pero como Haltoran había abierto la puerta a lo imprevisible, y picado por la curiosidad, esta pudo más que su miedo a saber y pronunció una palabra que confirmaría definitivamente sus sospechas:

-Iridium, lo que…le permite desplazarse…no…es una locura…no es posible –dijo el anciano, tras rebuscar en su memoria y sintiéndose muy cansado de repente. Se dejó caer sobre la butaca exánime con las extremedidades totalmente extendidas, mientras negaba con fuerza, incapaz de aceptar la realidad. Su frente estaba completamente empapada y perlada de sudor, mientras luchaba contra los feroces temblores que agitaban sus brazos y piernas, clavando sus uñas con fuerza en los reposabrazos del sillón. No es que Armand Graubner, que había estado en una guerra mundial impartiendo consuelo y auxiliando en la medida de sus posibilidades a hombres desesperados y totalmente rotos, al igual que en otros duros entornos, donde la esperanza era lo único que muchos aun continuaban conservando, fuera precisamente un pusilánime o un cobarde, pero aquella confesión superaba y con mucho, los límites de lo humanamente tolerable. Haltoran corrió a auxiliarle temiendo que hubiera sufrido un shock, pero Armand le contuvo con un imperativo gesto de su mano izquierda extendida, a la altura del pecho del joven. No cabía duda de que el padre Graubner era un hombre íntegro y muy fuerte, porque consiguió sobreponerse a aquella tamaña noticia, pese a los tremendos y convulsos pensamientos que se agitaban en su mente.

-Sí padre, conozco a Mark y es amigo mío, y al igual que él, yo también procedo de un tiempo futuro, más concretamente de comienzos del siglo XXI, aunque sea difícil de admitir por no decir imposible.

-¿ Por qué, por qué me ha contado todo esto, Haltoran ? –preguntó el hombre clavando una mirada no exenta de cierto terror en la fotografía que había dado pábulo a semejante revelación.

Quería creer que todo era una broma, un engaño urdido por el joven pelirrojo a saber con que aviesos y arteros fines, pero sabía que Haltoran estaba relatando la verdad.

-Quizás…-Haltoran dudó un momento antes de proseguir y guardó silencio unos instantes para tras buscar las palabras adecuadas, continuar hablando una vez estudiado el efecto de cuanto había dicho, en el sacerdote- porque me he sentido en la obligación de confirmarle que su cordura no ha sufrido ninguna merma durante estos diecisiete años, padre Graubner. Usted se encontró con Mark en 1908, cerca de Tunguska. El me contó que estuvo allí, pero no que usted le hubiera ayudado o en que circunstancias. Y respondiendo a su pregunta, es lo menos que podía hacer para mostrarle mi gratitud por todo cuanto ha hecho por mi esposa y no solo por mi tonto error, de no saber guardar mejor mis pertenencias, sin perderlas por ahí, desperdigadas en cualquier parte. Y en ningún caso he pretendido causarle mal de ninguna índole padre, ni física ni psicológica, tiene mi palabra. Ni ahora ni antes de que…-se mordió los labios pero continuó hablando poco después, haciendo acopio de valor- mi esposa se curase gracias a usted.

Armand iba recuperando paulatinamente el control de si mismo. Entonces recordó a una joven enfermera que había conocido en los campos de batalla del frente francés, y como Terry Grandschester le había hablado de ella en una desesperada y también imprevista confesión. Tras agradecerle su sinceridad, preguntó vehemente a Haltoran:

-La esposa de ese joven, ¿ se llama Candy por un casual ?

Haltoran asintió vivamente. El padre Graubner se sirvió otra generosa dosis de brandy y tras apurarla de un solo trago, dijo:

-Entonces…la muchacha que está en la habitación contigua, su esposa quiero decir, es ni más ni menos…-dijo el sacerdote intentando no perder de nuevo el control de sus emociones, aunque no le era nada fácil mantener la compostura, lo cual conseguía a duras penas.

-Sí, padre, Annie es amiga de Candy, prácticamente una hermana para ella. Ambas se criaron juntas en el mismo hospicio, un lugar muy especial y querido para las dos, donde transcurrió su infancia, una infancia feliz –remachó Haltoran con especial énfasis- y conocido como el Hogar de Pony. Allí fue donde Mark y Candy se conocieron por primera vez.

-Debo reconocer que la esmerada educación que recibí de mi padre, que procuró inculcarme toda suerte de conocimientos que contravenían los rígidos principios morales de mi época, pese a la oposición de mi querida madre, temerosa de que perdiera la fe que ella intentaba enseñarme, y que entonces se tenían por subersivos, ha hecho que siempre me haya comportado de manera que los que me rodean, afirmen que soy contestatario y una contradicción andante y supongo, que ese espíritu mío, siempre dispuesto a aceptar nuevos desafíos y formas de ver la vida, han hecho que no perdiera el juicio, después de que me confesase semejante secreto, querido amigo. No todos los días se conoce a dos viajeros del tiempo –afirmó el religioso recobrando su buen humor, como si estuviera hablando de cualquier chismorreo o cuestión banal, para alivio del preocupado Haltoran.

-De todas maneras, en el instante en que su reloj se precipitó por el roto en el bolsillo de su chaqueta, ya me supuse de donde venía usted realmente, nada más acordarme de que su amigo tenía otro igual, y veo que he acertado de pleno, sobre todo cuando empezó a hablarme acerca de Mark –dijo señalando la fotografía que estaba a su espalda colgada de la pared, con el dedo índice de la mano derecha.

35

Armand Graubner examinó por última vez a Annie, antes de darle "el alta" definitiva. Habían transcurrido dos días desde que la adorable joven enfermara gravemente y cada vez se sentía más fuerte y restablecida. Por expresa recomendación del sacerdote, metido a improvisado médico, y por respeto a su persona, Haltoran no durmió con Annie durante esos días, a efectos igualmente de que se recuperase mejor, al disponer de una habitación para ella sola. Afortunadamente, la espaciosa casa del sacerdote disponía de habitaciones de sobra y el joven se acomodó en otra destinada a invitados. Durante esos días, el sacerdote terminó por despejar algunas incógnitas que Haltoran se había planteado y que no se atrevía a preguntarle, hasta que la mutua confianza establecida entre ambos, que derivó rápidamente en amistad, limó esas asperezas permitiendo que Haltoran le hablara abiertamente y con franqueza.

-Le extraña que un sacerdote católico, haga gala de sus atributos y dignidades eclesiásticas, si prefiere entenderlo así, en unos tiempos tan duros y revueltos para un gran país, que siempre se ha destacado por su devota y profunda religiosidad, además de espiritualidad. Bueno, joven, permita que le aclare, que las cosas se han suavizado un poco desde 1917, y que sobre todo, en esta hermosa ciudad mejor conocida como la Perla del Mar Negro, al estar digamos también, más en contacto con Europa, sin desmerecer al resto de las grandes y más eminentes ciudades rusas por supuesto, las autoridades locales, digamos también, que toleran la presencia de miembros de distintas confesiones religiosas siempre que no ocasionen problemas, más bien, al contrario. Y como la gestión de la ciudad por parte del llamemóslo cabildo está siendo lo suficientemente eficaz y provechosa, el Kremlin, al no tener queja de la relativa armonía que reina en las calles de la ciudad, tampoco se insmicuye demasiado en los asuntos locales, siempre que se siga acatando la ley. Aquí en Odesa, hay por supuesto sobreabundancia de popes –bromeó el anciano sin ánimo de ofender - unos pocos clérigos católicos y algún que otro pastor protestante, y le puedo asegurar que la relación entre nosotros, es lo suficientemente cordial y fructífera, como para no llegar a las manos –el padre Graubner hizo una pausa y asintió en silencio mientras reía quedamente, agitando los hombros, ante su nueva ocurrencia.

Su optimismo resultaba contagioso y Haltoran, nuevamente se sintió como un auténtico miserable por haberle amenazado de manera velada, si bien, estaba bajo unas circunstancias de presión y tensión insoportables que le estaban destrozando el alma, por el sufrimiento de su esposa y el propio Armand le había perdonado, y justificado su forma de actuar hasta cierto punto.

36

Otra de las incógnitas que fueron despejadas aquella larga y apacible mañana transcurrida en compañía del padre Graubner, ya con Annie restablecida y en pie, dando cortos paseos por la casa y luego alrededor de la misma, sin alejarse demasiado de la vivienda del sacerdote, fue como el inquieto y emprendedor religioso había terminado por recalar en una ciudad situada a orillas del Mar Negro. Cuando Haltoran le formuló la pregunta, el padre Graubner sonrió e hizo gala de otra de sus impenitentes aficiones, la de fumar una gran y tallada cachimba de origen escocés, que según sus propias palabras había sido un regalo personal de un joven actor inglés, que se había alistado en el Cuerpo Expedicionario de los Estados Unidos, destinado al frente europeo, y que independientemente de los dramas de la guerra, estaba atravesando una mala racha.

-Mal de amores, según me confesó –arguyó intercambiando una significativa mirada con Haltoran, teñida de un aire de cierta pesadumbre. Ambos sabían perfectamente a quien se estaba refiriendo el anciano, por lo que decidieron no sacar a relucir el tema y continuar hablando de cómo había ido a parar hasta aquella hermosa y acogedora ciudad.

-Es una larga historia, que intentaré resumir lo más posible, para no aburrir demasiado a nuestra amable concurrencia.

Annie, que se había incorporado a la conversación, se sentó junto a Haltoran entrelazando su mano derecha con los dedos de la izquierda de su marido. Se había comprado un nuevo vestuario en una tienda de ropa, siendo acompañada por la señora Drouet, una matrona que por diversas circunstancias de la vida, había coincido con el trotamundos que era el padre Graubner en Odesa y había decidido trabajar para él. Se ocupaba de las labores domésticas, aunque muchas veces era el propio Armand el que afanaba en ayudarla, suscitando una leve irritación de la señora Drouet.

-¿ Para qué estoy yo si no para ayudarle padre ?, para eso me paga –solía sermonearle, aunque el religioso, inasequible al desaliento la ayudaba igualmente.

-Una vez terminada la guerra, decidí establecerme en Francia, para poder ayudar a los infortunados heridos y algunas de las cientos de miles de víctimas de este espantoso conflicto.

Entonces se santiguó y cambiando su tono de voz cordial por otro mucho más triste sentenció gravemente:

-Malditas sean las guerras por siempre –dijo desviando la mirada hacia la cocina, atraído por un delicioso aroma proveniente de la misma. La señora Drouet, había empezado a preparar la comida tras incorporarse a su trabajo, una vez que accediese al interior de la casa por la entrada de servicio, situada detrás de un solitario y poco frecuentado callejón.

Entonces retomando el hilo de su relato, les comentó que había estado realizando labores de auxilio tanto espiritual como de cualquier otra índole, siempre que se le permitía hacerlo en una institución benéfica, durante tres años. En 1920, su inmediato superior jerárquico le propuso una nueva tarea no exenta de grandes riesgos por cuanto era ejercer su ministerio de forma clandestina, en una Rusia que aun se debatía bajo las sangrientas garras de un feroz y cruel guerra civil. Estuvo viajando sin descanso durante cerca de tres años, a lo largo y ancho del inmenso país, viviendo un sin fin de hechos y vivencias que darían para llenar varias vidas, hasta que finalmente se dirigió hacia el sudeste asiático, donde regentó diversas misiones hasta 1924. Allí contrajo la malaria y estuvo a punto de morir, logrando salvar la vida gracias a unos monjes budistas que se ocuparon de cuidarle, cuando un Señor de la Guerra local, clausuró por la fuerza la misión.

-Eso sucedió cerca del Yangtzé, un gran y caudoloso río chino –comentó ante la extrañeza de Annie, que arrugó la nariz, al escuchar tan peculiar y sonoro nombre y oír hablar de semejantes lugares, que ni siquiera sospechaba que pudieran existir.

Y finalmente, retorné a Europa tras un viaje muy accidentado y peligroso, pero me quedé en Odesa. Esta ciudad me ha cautivado y no creo que sea probable que vuelva a iniciar una nueva vida aventurera. Para este anciano, ya son demasiados kilómetros sobre sus espaldas. Ha llegado el momento de echar raíces queridos amigos.

Otro de los interrogantes que fueron contestados, fue como era posible que un simple sacerdote, como el padre Graubner se definía hubiera podido detectar una peligrosa y letal variante de la escarlatina, poniéndole remedio cuando los médicos del hospital de San Nicolás, no habían sido capaces de dar con el remedio, desahuciando a la muchacha.

-Mi mentor, un sabio anciano que vivía en el monasterio budista donde me curaron, me transmitió su saber. No fui capaz de acordarme de todo –repuso frotándose la nuca con la mano izquierda- pero afortunadamente, conservé las suficientes nociones, que unido a lo que aprendí en la Sorbona parece que sirvieron de mucho, querida señorita –dijo mientras Annie posaba sus grandes ojos azules en el sacerdote y se erguía para abrazarle, depositando un emocionado y sentido beso de agradecimiento en la mejilla derecha del anciano.

-A veces algunos médicos no ven más allá de lo evidente –declaró Armand- no estoy diciendo que sean malos profesionales, pero buscan una explicación rebuscada cuando tal vez la tengan delante de sus ojos. En otras palabras, quizás estaban mirando en la dirección equivocada. Cuando le administré el medicamento, Annie no pretendía ser superior a nadie, ni envanecerme ni por supuesto, disponer de tu vida. Simplemente apliqué lo que mis humildes, parcos y pobres conocimientos me dictaron, dentro de mi modestia y humildad, porque urgía sobremanera hacer que la fiebre bajase cuanto antes para conseguir que el mal remitiera. Quizás no debí hacerlo, lo admito, un sacerdote debe ocuparse de las almas, más que de los cuerpos, pero decidí hacer una excepción porque, querida niña, no era justo que si algo se podía hacer para apoyar humildemente a nuestro Señor, debía de intentarse.

37

Annie escuchó visiblemente impresionada, el relato de la dramática experiencia por la que había vivido, desde que enfermara, justo a punto de embarcar en el Jules Verne en compañía de Haltoran, su infructuoso paso por el hospital de San Nicolas donde la ingresaron gracias a la mediación del doctor Dummont, el médico del barco, y los desesperados intentos de Haltoran por salvarla y buscar ayuda donde fuese. Una vez que el joven, informó a Annie de esa parte con gesto pesaroso, el padre Graubner entró en escena carraspeando levemente y tomó la palabra, narrando la conclusión de la historia antes de que Haltoran pudiera hacerlo.

-No entiendo como pude enfermar de semejante manera –comentó Annie restregándose los ojos y pasándose una mano por la frente. Aun tenía una ligera migraña residual como consecuencia de la altísima fiebre que la había aquejado, pero se encontraba plenamente restablecida, y el terrible ataque de escarlatina no era ya más que un mal recuerdo.

-Por las descripciones de uno de los barrios del extrarradio, que me habéis dado –el padre Graubner tuteaba ya a ambos jóvenes que consideraba como sus amigos, por expreso deseo de Annie, a la que también le satisfacía que el anciano les honrase con su amistad - parece que os adentrastéis sin daros cuenta, en el distristo de Chernokswa, una zona con una alta tasa de pobreza y con un elevado índice de enfermades infecciosa por desgracia. Las autoridades están luchando por reducir esas dramáticas estadísticas, pero no es tarea fácil, desde luego que no. Y si no fue allí, lo más seguro es que esa desdichada muchacha que estuvo a punto de perder, a su hijo en las escalinatas proviniera de allí y padeciera por tanto la enfermedad, contagiando a Annie sin pretenderlo. No creo que fuera adrede, y menos después de que Haltoran detuviese la alocada carrera del cochecito de su hijo, escaleras abajo.

-No lo entiendo padre –dijo Haltoran mientras se apresuraba a ayudar a su esposa a enfundarse en un abrigo, porque se estaba notando cierto relente en el ambiente- entonces, ¿ por qué yo no fui afectado ? esa chica, no parecía especialmente afectada por ello.

El religioso dio una larga calada a su pipa escocesa y tras entornar los ojos, reflexionando brevemente, alisó algunas arrugas en la manga derecha de su sotana y dijo tras observar como una mosca revoloteaba en torno a uno de los quinqués, cuya tulipa estaba decorada con motivos florales, y que resposaba sobre un samovar:

-Puede que ni ella misma supiera que estaba infectada. Es más, de hecho no sería nada improbable que la escarlatina no tuviera el menor efecto sobre su organismo. Quiero decir, que tal vez tanto ella, como su marido y el niño estuviesen completamente inmunizados.

38

-Le toca mover, cabo.

El distraído e interpelado Smith esbozó una sonrisa de circunstancias, al darse cuenta de que su superior le estaba hablando. Fijó sus ojos oscuros en el pequeño tablero de ajedrez que tenía en frente, dispuesto sobre un barril, con una plancha de madera, encima, a modo de improvisada mesa, Los ojos del cabo Smith recorrieron el campo de batalla en miniatura, donde las figuras de ambos bandos, estaban dispuestas unas frente a la otras semejando las apretadas y ordenadas filas de un disciplinado ejército, dispuesto para la batalla. De hecho, a ojos del capitán Duncan Jackson, el ajedrez representaba la más refinada y excelsa de las estrategias, una de las más altas cotas de la civilización, que el ingenio humano había concebido. Jackson solía firmar que una cultura que no había sido capaz de desarrollar y llevar a la práctica el juego del ajedrez, no podía considerarse como tal. Su subordinado tenía una opinión muy diferente, pero ambos hombres respetaban las ideas del otro sin iniciar absurdas discusiones de pareceres que solo podían conducir a un callejón sin salida. De hecho, Duncan Jackson solo aceptaba la batalla dialéctica cuando era productiva y enriquecedora, de lo contrario, aprovechando su mayor graduación, cortaba la conversación al primer instante en que el inteligente militar detectaba que no llevaba a ningún sitio.

Hacía una fría noche, pero no muy desapacible, siempre que se tuviera a mano un buen fuego para calentarse del relente de la intemperie. Todo era silencio en torno al campamento militar. Una gran luna blanca y plena, de una redondez quasi perfecta presidía el firmamento tachonado de estrellas. Junto a Jackson y Smith, ardía alimentado por el cabo de cuando en cuando, que arrojaba un leño que cogía de un pequeño rimero, cuando este daba síntomas de menguar, un acogedor fuego. Las llamas rojas y ondeantes danzaban dentro del hogar improvisado con un círculo de piedras, en torno a la fogata y ambos hombres se arrimaban de vez en cuando, para procurarse calor. Duncan Jackson observó el tablero con gesto concentrado y su mano derecha se aproximó a un caballo situado en una peligrosa posición para moverlo a otra más segura. Tomó la figura blanca y tras elevarla sobre el tablero la depositó en otra casilla, eliminando una más de las piezas negras de su rival.

-Cabo, tiene que poner más atención –le dijo Duncan, mientras extraía un cigarrillo de un paquete arrugado y medio vacío que compartía con Smith- está usted hoy muy distraído, se diría que tiene la mente puesta en otros mundos –bromeó.

Smith asintió. Duncan le ofreció un cigarrillo y el cabo alargó el brazo para cogerlo y ponérselo entre los labios. Una vez que Duncan Jackson encendió su cigarro con una cerilla, a la que hizo arder rascando contra una roca la cabeza de fósforo, le tendió al joven moreno de penetrante mirada que había aceptado ser su rival en una intensa partida de ajedrez, una caja de cerillas. Smith asintió en señal de reconocimiento y prendió lumbre a su pitillo.

-Sí, capitán, tengo que reconocer que no me estoy aplicando demasiado últimamente, en el arte del ajedrez, pero como bien afirma usted, mi mente no deja de vagar hasta Inglaterra, donde me aguardan mi esposa y mi hija.

El capitán exhaló una prolongada voluta de humo que se expandió en el ambiente frío de la noche. Aunque con el fuego no se estaba tan mal y era posible permanecer a la intemperie, sin que los dientes castañeteasen continuamente.

-Lo sé Smith, aunque yo no hecho de menos tanto como usted, la vida civil. De hecho, cuando terminó la guerra, me reenganché y he permanecido hasta hoy en el ejército británico. Nada que reseñar o destacar en estos ocho años, desde que en 1917 terminase la Gran Guerra.

-Bueno, yo llegué a licenciarme –dijo el joven cabo pasando una mano por sus cabellos castaños y peinados hacia atrás- pero me he vuelto a reincorporar a filas, a falta de otro trabajo mejor. Mi esposa y mi hija me ruegan que vuelva constantemente, y en sus cartas ponen todo el énfasis para convencerme. A veces me siento como un canalla por desoir las peticiones de mis seres queridos, pero cuando me alisté de nuevo, firmé un contrato por cuatro años.

-¿ Y le quedan cabo ? –preguntó Duncan Jackson, ladeando la cabeza y apartando de un manotazo una especie de ciervo volante, que se había posado sobre las solapas de su guerrera. El enorme y oscuro insecto salió volando, produciendo un intenso zumbido que hizo que el capitán esbozara una mueca de asco.

-No me acostumbro a estos bichos, están por todas partes, se diría que este país está cuajado de ellos.

-Seis meses todavía, capitán –respondió Smith- Espero que con el finiquito que perciba por mis años de servicio, y un poco de dinero que mi Mery tiene ahorrado, podamos montar un pequeño negocio, algo así como un taller de reparación de automóviles. Desde que terminó la guerra, su uso y difusión se han disparado enormemente.

Duncan Jackson asintió complacido. Un joven honesto, simpático y emprendedor, y que además de ser un eficiente ayudante, era un magnífico jugador de ajedrez. Sólo el padre Graubner le había sorprendido con su destreza en la estrategia ajedrecística, sin contar si acaso, a un joven actor de teatro británico, de ojos azules y cabellos castaños del que no había vuelto a tener noticia alguna. Lo último que supo de él por terceras personas, fue que un teniente general tejano, de encendido y vivo genio, le había amonestado por quedar rezagado durante un combate, en el que prácticamente sólo, capturó un bunker enemigo, ya que habían estado a punto de matarle tontamente.

-Yo acepté esta misión de intercambio con nuestros aliados y amigos rusos por ver mundo. Me estaba aburriendo soberanamente con la vida cuarteleria en Kingston –dijo Duncan mientras apuraba su cigarro y lo aplastaba contra la misma roca donde prendiera la cerilla, con la que lo había encendido- y solicité un destino exótico, aunque quizás demasiado para mi gusto.

-La verdad no se que vamos a cartografiar aquí –dijo el joven apartando un mechón de cabello que le caía sobre la frente y mirando en derredor, aunque solo percibió las tiendas de lona de color oliva, del ejército británico, sobre las cuales ondeaba sujeta a un asta, la enseña de la Unión Jack. El campamento estaba rodeado por una empalizada de madera reforzada con alambre de espino y torretas de vigilancia dotadas de ametralladoras, y contaba con otra sección aparte, donde los rusos habían montado otro similar. Dicha colaboración nacía de un reciente acuerdo entre el Gobierno de su Majestad, y las nuevas autoridades de Rusia para procurar asesoramiento, o realizar labores de cartografía entre otros diversos cometidos entre los ejércitos de ambos países. Las relaciones entre ambos contigentes de tropas, a excepción de alguna que otra esporádica pelea, normalmente producto de alguna riña de borrachos, eran sumamente cordiales, constituyendo tales desagrables hechos, episodios anecdóticos y aislados.

-Lo sé. Estamos en una región prácticamente ignota de Asia Central, y nos han pedido ayuda para plasmar en los mapas un territorio del tamaño aproximado de Bélgica, por lo menos. Además, le doy la razón cabo. Hasta ahora, no he visto más que unos pocos nómadas, rebaños de yaks, y esa interminable extensión de color de arena que se expande por doquier. Pero ese es nuestro trabajo y debemos tratar de llevarlo a la práctica, lo mejor posible.

En el momento en que Peter Smith perdía una torre bajo los inteligentes y decididos embates estratégicos de Duncan, una estela de fuego rompió la tranquilidad del campamento. No es que viniera acompañada de algún indicio de su llegada, como un fuerte estruendo o un calor abrasador, pero la cegadora luz que se desprendía a su paso hizo que dos soldados que estaban compartiendo una petaca de whisky entre chanzas y chistes picantes que se intercambiaban con alegres y jubilosas exclamaciones, alzaran sus armas instintivamente apuntando hacia lo alto y que otro tanto de lo mismo, sucediera en el resto del campamento.

Duncan levantó los ojos hacia arriba y se tiró al suelo por puro acto reflejo, siendo imitado por su subordinado. A pesar de que ambos hombres rodaron muy cerca del tónel que servía de soporte a la plancha de madera, ninguno llegó a derribarlo y con ello, al tablero de ajedrez que continuó aguardando con sus piezas entreveradas, en una serie de movimientos interrumpidos, a que ambos jugadores reemprendieran la partida, si es que tenían humor para ello, después de pasar por tal experiencia.

-¿ Qué ha sido eso ? –preguntó Smith aferrando su carabina y poniéndose el casco de acero, que afianzó en torno a sus sienes ajustándose el barboquejo bajo la barbilla, contemplando la luminosa estela que había llenado de luz todo el área del recinto militar.

-No lo sé Smith, no lo se –dijo Duncan, fijando sus ojos oscuros en la lejanía, mientras el haz de fuego o lo que fuera aquello se iba perdiendo en lontananza- pero no me gusta.

Se giró hacia Smith y le tendió la mano, mientras se rascaba el puente de su prominente y aguileña nariz.

-¿ Está usted bien, cabo ?

-Perfectamente mi capitán, pero, pero ¿ qué ha podido ser eso ? –preguntó Smith, aun confuso, arqueando las cejas y retirando el casco de su cabeza, una vez que parecía que el presunto peligro había pasado.

-Ni idea, y me imagino que los chicos se hacen la misma pregunta –dijo señalando por encima de sus anchos hombros, a docenas de sorprendidos y atemorizados hombres que agitaban las manos o señalaban hacia las estrellas. De la parte rusa, se escuchaban airadas voces junto a diversas imprecaciones y anatemas, y los militares allende de la pared divisoria entre ambos campamentos, se hacían prácticamente las mismas cábalas y preguntas, y compartían idénticas inquietudes que sus colegas británicos. Duncan se puso en pie ayudando a Smith y se sacudió las briznas de hierba y el polvo que se había adherido a su uniforme. Era tan alto que, cuando se erguía por completo, había hecho a más de un hombre, tener que levantar la barbilla para poder mirarle a los penetrantes ojos oscuros, desde abajo. Se contaba una anécdota de que el propio Petain poco antes de que finalizara la guerra, había ido imponerle personalmente una condecoración, por sus hazañas y méritos de guerra, de las que había oído hablar, y cuando fue a prender la medalla de su pecho, tuvo que pedirle que se agachara un poco. Naturalmente, las altas jerarquias militares reunidas con ocasión de tales fastos, disimularon como pudieron y los soldados tuvieron que contener la risa, para no ser arrestados o privados de sus permisos, advertidos y reprendidos severamente, por sus sargentos y oficiales.

Aparte de la brillante y aurea luminosidad iridiscente que convirtió la noche en día durante un par de minutos, nada más se reveló del misterio que había tras el prolongado y alargado penacho de luz que abarcaba una extensión de varios metros. Nadie podía sospechar que un robot de dos metros de estatura, propulsado por iridium y hecho de acero y kevlar, manoteando furiosamente y gritando todo el rato con voz deformada por el pavor que le invadía, que tenía miedo, surcaba el aire a velocidades increíbles, rogando una ayuda que por el momento no iba a llegar. A pesar de la fuerte impresión recibida, Mermadon no había sufrido el menor daño físico, aunque el iridium violentamente expelido hacia el exterior por efecto del rayo, se había inflamado al contacto con el aire, produciendo una alargada estela de fuego y luz que fue vista por muchas otras personas y algún que otro ocasional y solitario rebaño de yaks, cuidados por su displicente y somnoliento pastor, que por lo menos tendría una historia que contar a su numerosa prole cuando llegase a su hogar, al haber roto la sempiterna y prolongada monotonía que reinaba en la estepa, y que se hacía extensiva a su aburrido y aislado trabajo.

Duncan se quedó mirando el cielo por largo rato, mientras el campamento volvía gradualmente a la normalidad y dijo para sus adentros, sentándose ante el tablero de ajedrez sorprendentemente intacto, dado que para su grata sorpresa, el cabo Smith aceptaba continuar la partida interrumpida apresuradamente por la agitación que como una gran ola, había recorrido todo el campamento:

"Menudo acontecimiento. No lo había pasado tal mal, desde que me tocó realizar mis primeros entrenamientos con munición real, en West Point". –pensó medio serio, medio en broma. Para su desagrado, pese a su reputado valor, advirtió que había estado temblando porque aun tenía la carne de gallina. Entonces para sacudirse esa molesta sensación de encima, ocupó su mente en una deducción que había estado elaborando en torno a su subordinado. Duncan Jackson, convino en que había descubierto por el particular acento del joven Smith, que probablemente procedía de una región al sur de Gales, o prácticamente lindando con tal demarcación. Ahora que estaba seguro de ello, ya que había estado analizando las inflexiones de la voz y la dicción, de su oponente durante la partida con detenimiento, antes de la irrupción del haz flamígero, se propuso averiguar si había acertado o no preguntándoselo a Smith directamente.

39

El hecho de que un teléfono móvil a comienzos del siglo XX era un objeto inoperante y totalmente fuera de lugar, era una verdad tan irrefutable como absoluta, pero para un viajero del tiempo de la categoría a la que tanto yo, como Mark y todos los demás que nos vimos abocados a esta aventura tan maravillosa como sobrecogedora, incluyendo al bueno de Mermadón, ese precepto, por lo demás incontestable, no se cumplía en nuestro caso. Había conservado mi móvil como una especie de recuerdo de mis verdaderos orígenes. Para un ser humano no es del todo fácil romper con su vida anterior, sus recuerdos o sus esperanzas cuando se ve abruptamente abocado a cambiar de vida y de existencia. Y como había olvidado que Haltoran aplicó todo su ingenio e inventiva en modificar mi teléfono y el suyo, ahora el minúsculo vestigio de otro tiempo futuro sonaba insistentemente mostrándome una especie de caricatura de Mermadon en la pantalla digital. Sólo que la penosa experiencia que el robot estaba atravesando no tenía nada ni divertida ni de atrayente. Cuando pulsé el botón de recepción una voz metálica y dulzona deformada por un atroz miedo, salió del altavoz. Mi interlocutor se hallaba inmerso en llamas como me relató apresurada y atropelladamente, surcando los cielos de Rusia a una velocidad inconcebible.

-¡!Tengoooo miedo señor Parrennntsss ¡ -exclamó el robot a pleno volumen, dejándome casi medio sordo.

Estaba a punto de salir a la calle para hacer la correspondiente llamada a casa Legan desde un café situado en la esquina de la calle Vaugirard, a muy poca distancia de la mansión de los du Lassard, cuando pasé por mi habitación a recoger unas cosas cuando el móvil había sonado insistentemente. Afortunadamente, había anulado aquel tono que casi nos puso a todos en evidencia en el tren, camino a Nueva York.

Me quedé parpadeando perplejo por espacio de varios instantes, mirando el auricular, hasta que finalmente reaccioné. Agarré el teléfono con fuerza y elevé la voz, de manera que Candy, que casualmente pasaba por delante de mi puerta, me escuchó repentinamente:

-Calma Mermadon, muchacho, calma, estás hecho de kevlar y acero, eres prácticamente invulnerable, tienes que tranquilizarte.

Estuve a punto de pedirle que respirase hondo, cuando me propiné un coscorrón en la nuca. Estaba hablando con un organismo cibernético, y no con una persona pero la voz sonaba tan espantosamente real, tan humana que el que estuvo a punto de echarse a gritar fui yo.

Entonces, el robot quizás tranquilizado por escuchar una voz amiga en medio de un cielo encapotado y sin ninguna referencia ni norte geográfico, empezó a imponer orden, en la profusa y caótica anarquía que campaba a sus anchas por los microcircuitos del robot. Poco a poco Mermadon, comenzó a recobrar el control gradual de si mismo, y por ende, la calma que tanto necesitaba para dominar aquel insuperable miedo, que tan genial como sobrecogedoramente, había logrado recrear en él Haltoran, al igual que otras emociones humanas. Muy pronto escuché el tranquilizador sonido de los impulsores de Mermadon disminuyendo la velocidad y comenzando a trazar una trayectoria recta en vez de erráticos cambios de posición en el aire.

-Señor Parents, tenía que ir a buscar al señor Anderson para poder curar a la señorita Annie, pero, pero –se lamentó el robot volviendo a entrar en pánico otra vez- no me ha sido posible. Un rayo hizo que el iridium de mi planta de potencia me desviase de mi ruta. Creo que estoy muy cerca del Mar de Aral pero no puedo precisarlo con exactitud. Mis telémetros y sensores están trabajando para darme las coordenadas de la posición geográfica correcta.

Mermadon hablaba tan alto, y yo estaba tan concentrado en tratar de tranquilizar a un robot bajo los efectos de un ataque de pánico, a más de diez mil kilómetros de allí, que no me percaté para nada que Candy había entrado silenciosamente en mi habitación, y permanecía a mi lado escuchando con el corazón en un paño y conteniendo la respiración, sobre todo cuando escuchó mencionar por parte de Mermadon, a Mark.

Candy se aferró a mi brazo izquierdo sobresaltándome y demandando que le dijera que estaba pasando. Me encogí de hombros, mirándola rápidamente y comenté:

-No lo sé Candy. Mermadon parece estar en apuros y no sé que pretende decirme de Mark.

En muy pocos instantes, las dudas que nos atenazaban a ambos quedarían despejadas. El robot gritaba las frases con tal potencia que se escuchaban claramente, amplificadas además por la acústica de la habitación, al ser dependencias abovedadas.

-Tenía que ir a buscar al señor Anderson, porque la señorita Annie…se puso muy enferma y yo no podía hacer nada por ella –sollozó el robot con un tono de voz entre melifluo e infantil. A estas alturas, no sé si se habrá salvado o no. El señor Hasdeneis está con ella, pero no consigo comunicar con su móvil. El rayo debió afectar al receptor que recibía la señal de su celular.

Al escuchar aquello, Candy se quedó blanca, y prácticamente, se abalanzó sobre mí con tanto ímpetu que estuvo a punto de derribarme por el suelo. Pese a que era un poco más baja que yo, su agilidad y fuerza casi me tiraron.

-¡! No, Annie, no…¡ ¿ qué le ha ocurrido a mi amiga ? ¿ y a Haltoran ? ¿ dónde están ahora, dónde ? –preguntó Candy mientras sus cabellos dorados se esparcían en todas las direcciones. Debido a la vehemencia con que se había agitado, las ataduras de sus lazos de lunares azules sobre fondo blanco se aflojaron y sus rizos se liberaron remansando sobre sus hombros.

Candy se retorcía de dolor, suplicándole a Mermadon que le dijera donde se hallaba Annie en esos momentos. El robot empezó a hablar de nuevo, pero sus palabras sonaron entrecortadas e inteferidas, por un creciente ruido de estatica que saturaba los emisores de Mermadon. Muy pronto se rompería el contacto entre nosotros y el robot, por lo que este quedaría incomunicado.

-En Odesa –acertó a decir el robot, antes de que una oleada de interferencias entreveradas con agudos pitidos y un desagradable sonido crepitante, cortase nuestras comunicaciones con el robot que ya no pudo seguir hablando.

Corté la llamada, porque ya nada se podía hacer. A miles de kilómetros de distancia, por mucho que nos doliera, Mermadon se las tenía que apañar y componer él solo. Hicé varios frenéticos intentos de reestablecer el contacto con él, pero no hubo manera. Candy, mientras se había separado de mí sentándose en un diván y escondiendo la cabeza entre las manos, a punto de echarse a llorar amargamente.

-No, pobre Annie, perdida y enferma –repetía desalentada una y otra vez. Corrí a su lado y la abracé para procurarla consuelo.

-No, Candy, no está perdida. Está en compañía de Haltoran, lo cual es una noticia estupenda ya de por sí. Y estoy seguro de que ella está bien, siendo atendida debidamente y recobrándose.

-Ya, -dijo agradeciendo mi apoyo y enjugándose sendas hileras de lágrimas que partía de sus esplendorosos ojos verdes -¿ pero en esa ciudad sin duda desconocida para los dos…tal vez en Italia, o en Alemania.

Negué con la cabeza. Era evidente que Candy jamás había oído hablar con anterioridad de aquella populosa urbe.

-No Candy…-tragué saliva previendo que iba desatarse un huracán de emociones por parte de la muchacha, contenidas a duras penas por Candy - esa ciudad se encuentra en el sur de Rusia, en las costas del Mar Negro.

-No, no llegaremos a tiempo –sollozó Candy llevándose ambas manos a los labios. Al hacerlo, las finas y amplias mangas de encaje de su vaporoso vestido blanco de tres piezas confeccionado en organdí, temblaron ligeramente. Me fijé azorado, que el escote dejaba los bien torneados y albos hombros de Candy al descubierto y que de su cuello, pendía un crucifijo de plata, junto a la cabeza de águila que Mark extraviara inopinadamente, después de que Candy perdiera el conocimiento en la colina de Pony, tras una desafortunada hemorragia producida por el iridium, y que encontraría más tarde. Aparté la vista incómodo, posándola en las baldosas del suelo e intenté hallar nuevas palabras de consuelo y aliento pero no me salía ninguna. No había tenido en cuenta, que Mermadon no se podía poner en contacto con nosotros, por lo que tampoco podíamos tener una información veraz de la situación que Haltoran y Annie estaban atravesando. Tampoco nos habría servido de mucho, porque Mermadon se hallaba a juzgar por sus palabras, camino de las regiones más recónditas del gran país. La cara de Candy, era un poema y estaba a punto de prorrumpir en llanto, cuando la puerta se abrió nuevamente y entró Mark. Lo había oído todo, tal y como Candy lo hiciera conmigo. Sin mediar palabra, el joven se fue despojando de su chaqueta y pantalones de excelente paño, dejando al descubierto sus ajadas y deshichadas prendas de otro siglo, las únicas que podían soportar los furiosos embates del iridium al mezclarse con el aire. Candy corrió a su lado llorando con desesperación y aferrándose a él con furia, como si la vida le fuera en ello. Y realmente aquella expresión, bien mirado no tenía nada de metafórica.

-No, no, no, no lo consentiré, no –dijo clavando sus uñas en la espalda del joven que no dejaba de acariciar los cabellos rubios de su adorada esposa –no quiero perderte a ti también.

Mark suspiró y la atrajo hacia sí. Su corazón latía tan deprisa que Candy creyó que terminaría por salírsele del pecho.

-No hay otra manera cariño. Haltoran es mi amigo, es como un hermano realmente para mí. De no ser por él cuando Albert trató de vengarse de mí, utilizando a Karen Kleiss como su mano ejecutora para que me envenase, yo no estaría aquí. Le debo mucho, me ha cubierto las espaldas en infinidad de ocasiones y tengo que estar a su lado, lo mismo que tú ansías correr junto a Annie. Lo leo en tus ojos, Candy..

Candy se debatía furiosamente entre la lealtad hacia la amistad de Annie, y el profundo e inquebrantable amor que sentía por Mark. Recordó horrorizada las veces que había estado a punto de perderle y aquel penoso pensamiento hizo que un escalofrío le recorriera por todo el cuerpo.

-Tenemos que ir Candy, yo por lo menos…hemos perdido a Mermadon y no podemos permitirnos perder a nuestros mejores amigos.

Al escuchar aquellas palabras Candy le abrazó aun con más vehemencia. Buscó los labios de Mark y los besó apasionadamente tratando de calmar la sed de amor que la devoraba mientras algunas lágrimas que se transformaron en un verdadero torrente que rodaba libremente por la ladera de sus mejillas, brotaban nuevamente de la comisura de sus esplendentes ojos de esmeralda.

-No, no irás solo, dónde tú vayas, yo iré contigo, Mark –dijo Candy con voz entrecortada y entre jadeos.

-No, no te lo permitiré –exclamó Mark enérgicamente- te quedarás con mi maestro. Es muy peligroso y no quiero exponerte a…

No fue capaz de terminar la frase. Un segundo beso más fuerte y prolongado que el anterior, selló sus labios. Mark decidió dejar de protestar e imponer a Candy sus imperitativos deseos. Sabia que la rotundidad del tórrido beso que Candy había depositado en sus labios nuevamente, era exponente de la indómita voluntad de su esposa que no se echaría atrás jamás. Mark asintió cuando sus rostros se separaron unos centímetros, suscitando la alegría de Candy, si es que embarcarse en un viaje de miles de kilómetros, y utilizando como fuente de energía una caprichosa y cambiante sustancia nuclear tenía algo de placentero.

-Está bien, te llevaré conmigo. Estoy muy enamorado de ti, como para negarte nada, porque sabes que por ti, Candy daría mi propia vida un millón de veces.

Candy asintió preferiendo ignorar la última parte de la frase, que hacía referencia al sacrificio de la vida, si se hacía necesario.

-Te amo tanto, tanto, tanto que jamás podría separarme de tu lado –dijo Candy con una voz melosa y muy dulce –si te perdiera…no sé lo que haría, no quiero ni pensarlo –exclamó hundiendo las yemas de sus dedos, en la espalda de Mark mientras se respondía mentalmente a si misma:

"Probablemente me mataría".

-Juntos para siempre amor mío –dijo Mark siguiendo el camino de las hebras de plata de la ensortijada cabellera de su esposa con sus dedos, que deslizaba entre los sedosos y suaves cabellos dorados.

-Juntos amor mío. Por ti sacrificaría todo lo que tengo, todo –dijo Candy insistentemente.

-Pero también nos debemos a nuestros amigos y la gente que nos quiere y ellos también merecen nuestro sacrificio, si fuera necesario –sentenció Mark girando la cabeza, esperando encontrarme en el rincón en que había permanecido observando la escena - como mi maestro que…

Cuando Mark se dispuso a hablar conmigo, reprochándose mentalmente que se hubiera olvidado de mí, tan absorbido como estaba, por la proximidad de Candy y su ardiente encuentro con ella en mi cuarto, yo ya me encontraba al otro lado de la puerta de la alcoba, que a la sazón era la mía, pero que dadas las circunstancias, más bien pertenecería a Mark y a Candy, por lo menos por esa noche. No queriendo pertubar aquel especial e íntimo momento de amor entre ambos, aferré la manija plateada de la puerta, y salí al pasillo discretamente mientras volvía a cerrar la puerta con sumo cuidado lanzando un sonoro suspiro. No cabía duda, que el lastre del pasado era demasiado voluminoso como para deshacerse de él, de buenas a primeras como había razonado hacía unos pocos instantes.

40

-Voy a ir hasta allá, no puedo dejarlos en la estacada.

-No, no te lo consentiré –exclamó Candy desesperadamente mientras se aferraba con todas sus fuerzas a las solapas de su ajada cazadora negra, mientras la gastada camisa mostraba su deslucido tejido a través de la abertura que la oscura prenda dejaba entrever.

Sin embargo, Candy no podía dejar de dirigir sus pensamientos hacia su amiga, prácticamente una hermana para ella, así como hacia Haltoran. Si tenían que llegar hasta allá lo antes posible, porque la vida de Annie peligraba, la única forma factible de conseguirlo era recurrir a los tremendos y no siempre fiables poderes de Mark, por mucho que le doliera y la llenara de pavor, imaginar por un solo momento, que Mark se empozoñara nuevamente. El recuerdo de la piel amoratada de su marido y el coma en que había caído, le producía un pánico cerval, pero no tendría más remedio que ceder si querían salvar a Annie.

Mark y Candy se habían enzarzado en una agria discusión, porque Mark habiéndolo reconsiderado, decidió en el último momento, dejar a su esposa a mi cuidado en casa de los du Lassard hasta que lograra retornar con Haltoran y Annie, o por lo menos con noticias de ambos.

-Es un viaje demasiado largo, tu cuerpo no aguantará tanta presión. Tu sangre te envenenará, tiene que haber otra forma.

Mark lanzó un resoplido. Acodado en el balcón de su alcoba, observó el trajín diario del cercano bulevard que discurría bajo la ventana. Pero si él era terco, Candy tampoco iba a dar su brazo a torcer, aunque finalmente la joven claudicó, pero con una condición que no admitiría más réplicas por parte de Mark.

-En ese caso, iremos juntos. No voy a dejar que emprendas esa locura tú solo.

Candy continuaba agarrada a la desgastada y descolorido tejido sintético de la cazadora de Mark, que sobresalía sobre el vaquero azul que se había ido tornando de un tono casi blanquecino debido a la acción constante del iridium sobre el mismo. Demasiados saltos en el tiempo, demasiado trote para unas prendas cuyas costuras empezaban a darse de sí tras largos años de utilización de las facultades del peligroso y voluble iridium. Mark lanzó un suspiro. Intentar hacer que Candy entras en razón, era como pretender detener un tren en plena carrera ,con las manos desnudas. Pero su coraje la tornaba más hermosa, más deseable, más atrayente. Sin poder evitarlo, Mark la besó nuevamente y ella le correspondió sin oponer ninguna reticencia.

-Está bien, amor mío –le dijo él, incapaz de hallar otra solución para alegría de la muchacha, cuyo corazón latió aceleradamente ante la anuencia de Mark - pero no sé como se lo vamos a decir a mi podemos llevarle con nosotros. Su peso podría hacer que se repitiese lo que me ocurrió cuando retornamos de Sarajevo, cuando el esfuerzo para traeros a ti y Haltoran de vuelta…-se mordió los labios pero decidió concluir la frase que tenía en mente- emponzoñó mi sangre, al forzar los límites del iridium.

-No será necesario, Mark –dije haciendo mi entrada de forma un poco teatral y fingiendo que no había escuchado la última alusión no intencionada de Mark, relacionada con mi peso - no pretendía escuchar lo que estabáis diciéndoos, lo siento, pero así aprovecho para comunicaros, que he bajado al café de la esquina y he telefoneado a los Legan. Mañana partiré hacia Cheburgo en tren, y de allí tomaré pasaje en un barco hasta Nueva York. El señor du Lassard se ha ofrecido muy amablemente a hacer todas las gestiones necesarias para preparar mi retorno a Estados Unidos, y Helen ya le ha pedido a Stuart que esté preparado para recogerme a su debido momento. Por el momento, ya he más que suficiente, con tantos viajes.

41

La noticia de que Annie probablemente estaba en grave peligro, no pareció afectar tanto a Candy como la posibilidad de estar en trance de perder a Mark si recurría a sus formidables poderes para llegar hasta ella y tratar de curarla. Finalmente, pese a la inicial oposición de la muchacha, Mark se preparó para el largo y peligroso trayecto comenzando por despedirse de los du Lassard. Habíamos pasado una semana en su casa, y no era cuestión de abusar de su hospitalidad demorando por más tiempo nuestra partida. Una vez que Candy se hubo percatado de su presunto egoismo lloró amargamente durante toda una tarde, por no haber tenido en más consideración a Annie. Temerosa de perder a Mark, comprobó azorada que había estado a punto de darle la espalda a su mejor amiga, la que había sido como una hermana para ella durante los años transcurridos felizmente en el Hogar de Pony, pero como no iba a permitir que Mark viajase solo, que hubiera sido lo indicado, hizo de tripas corazón y tuvo que claudicar ante la opción de desatar la furia del iridium una vez más. Si Annie estaba tan gravemente enferma, como el incompleto y escueto mensaje del robot daba a entender, el único capaz de devolverle la salud tal vez fuese Mark. El joven se sentía abrumado y triste. Ahora que Candy había tomado una sensata decisión, que era dejar la búsqueda de su padre en manos de Mermadon, surgía otra complicación que le impelía nuevamente a adentrarse en los lejanos confines de Rusia. Candy pretendía llegar a su habitación para desahogarse, creyendo que había obrado mal al poner por encima de Annie sus propias prioridades. Afortunadamente, yo aun no me había marchado y me encontré con ella, mientras Mark iba a salir a escondidas de la mansión de los du Lassard, con la intención de poner a punto la peligrosa sustancia, en un apartado y discreto bosque a las afueras de París, donde nadie pudiera verle y al que Anette le había indicado como llegar. La solicita y bondadosa dama, tuvo el detalle de no indagar en el propósito de Mark para salir a las afueras de la ciudad, sin la compañía de su esposa, pese a que Mark solo acrecentó el misterio preguntándole únicamente por un paraje tranquilo y con la menor afluencia de gente posible.

Hacía meses que no la utilizaba y para evitar sorpresas desagradables, Mark debía hacer una especie de calentamiento previo, liberando lentamente la sustancia para acostumbrar a su cuerpo a las violentas reacciones del compuesto naranja. Cuando el iridium permanecía inactivo durante largo periodos, su emisión de forma violenta podía producir desde un envenamiento masivo de la sangre de Mark, hasta una reacción adversa, como una explosión o un incendio de proporciones devastadoras. Y para colmo, tenía que realizar su entrenamiento rodeado de vegetación. Le desagradaba completamente despertar a la capciosa y caprichosa sustancia, pero no quedaba más remedio. En esos instantes, él era la forma más veloz de desplazamiento posible, porque Mermadon, seguía sin dar señales de vida, perdido en algún páramo de las estepas asiáticas de Rusia. Mark sintió como un sudor frío recorría su cuerpo. Odiaba marcharse sin despedirse de Candy, odiaba utilizar el iridum, odiaba no saber nada de Mermadon o de Haltoran o Annie, pero tendría que establecer una especie de hoja de ruta. Primero sanar a Annie, luego intentar buscar a Mermadon, pero aunque el robot sabía defenderse y protegerse, Mark temía que algo malo le hubiera ocurrido y que le incapacitara para ponerse en contacto con ellos o comenzar a su vez, a buscarles a ellos. Mark exhaló un largo suspiro y tras despedirse de la señora du Lassard que no había olvidado su formidable e incomprensible encuentro, una vez que le devolviera a su hija, Ivette sana y salva de las aguas del Atlántico a las que se precipitó durante una fuerte tormenta en altamar, se marchó de allí para ir hacia el bosquecillo. No le hacía ninguna gracia ni desatar el iridium que pulsaba levemente en sus venas y menos correr el riesgo de incendiar todo un bosque, pero ningún otro paraje próximo a París reuniría ni la mitad de condiciones de tranquilidad y aislamiento que el bosque de Saint Germain. Los demás sitios estaban demasiado frecuentados por paseantes y gentes de diversa procedencia que se dirigían a sus trabajos, como para exponerse tanto.

Entonces se le ocurrió una cosa. Sabía que Candy le odiaría por ello, pero su periplo hasta Rusia lo realizaría solo.

Había prometido a su adorable esposa, llevarla con él, pero no quería poner en peligro la vida de Candy. Jamás se lo perdonaría. Tendría que cubrir tan elevada e inabarcable distancia solo. Además, Candy le retrasaría ineluctablemente haciendo que su ritmo de marcha fuera considerablemente más lento, si se le podía llamar así, surcar el aire envuelto en un aura de luz iridimdica, y dejando una estela de llamas a su paso.

Candy, confiada en la promesa de que Mark, la avisaría en cuanto todo estuviera dispuesto para el viaje, se fio de su palabra y optó por retirarse a su habitación a descansar, hasta que llegara el momento. Candy también quería encubrir otro secreto. Necesitaba llorar, reprocharse así misma lo egoísta y cruel que había sido, al anteponer su felicidad al bienestar de Annie. Y se encerró en su habitación, justo en el momento en que se cruzaba conmigo. Yo retornaba de poner mis conferencias de larga distancia en el café, a casa Legan y mantener informados a los padres adoptivos de Candy, los cuales se encargarían de poner al corriente al resto de las personas que de un modo u otro, estaban ligadas a la hermosa muchacha, como Eleonor, Brian el propio padre de Mark, o los Brighten.

Justo en el momento en que Candy y yo nos encontramos de cara, en el momento en que Mark, llevando puestas sus inusuales ropas, camufladas debajo de otras más corrientes, pero elegantes, y acordes con el año 1925, Candy detectó algo inusual. Me hizo a un lado y fue directamente hacia él, sorprendiéndole en el momento en que abría la puerta de la calle, para dirigirse hacia el bosquecillo.

-Ibas a marcharte sin mí, ibas a dejarme aquí Mark, ¿ por qué ? –preguntó adelantando el cuerpo hacia delante y poniendo los brazos en jarras, mientras algunas lágrimas resbalaban por sus nacaradas mejillas.

Mark bajó la cabeza y negó repetidamente. Sus cabellos negros cayeron hacia delante, sobre su frente y ocultando sus ojos oscuros que brillaban levemente porque estaban humedecidos. El joven alzó nuevamente el rostro y nos mostró sus pupilas arrasadas de lágrimas. Avanzó hacia Candy, pero esta le detuvo, molesta porque había intentado engañarla.

-No, no te puedo llevar conmigo, Candy, no porque no lo desee. De hecho también te llevaría a ti maestro, pero no quiero perderos a ninguno –comentó entristecido, mientras clavaba una intensa mirada en Candy, una mirada de aire enamorado que hizo que la muchacha se estremeciera hasta lo más hondo de su ser.

-Te quiero tanto Candy, que si te perdiera por mi culpa, si nuestros hijos quedasen huérfanos, jamás me lo perdonaría.

Candy hacía verdaderos esfuerzos por mantenerse distante y fría. Trataba de ser fuerte, de no sucumbir a sus sentimientos, porque sentía que Mark le había traicionado al pretender engañarla, pero al mismo tiempo, otro tipo de traición estaba asaltándola a ella misma, la de sus propias emociones que no podían dejar de fijarse en el expresivo rostro de Mark. La muchacha se llevó las manos al pecho, entrelazándolas por encima del corpiño de su vaporoso vestido y dijo con voz entrecortada:

-Mark, ¿ se trataba de eso querido ? ¿ acaso querías irte para no hacerme daño ? –preguntó Candy confundida y conmovida a un tiempo. Avanzó hacia su esposo y rodeándole con sus brazos, le besó en los labios y dijo dirigiendo sus deslumbrantes pupilas de esmeralda hacia él, que la observaba fascinado:

-Allí donde tú vayas iré yo. Te lo dije una vez, nada más pisar la arena de aquella playa inglesa, cuando nos íbamos a refugiar en una cueva, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, y como aquella vez, te ruego que no me hagas pronunciar la última estrofa, Mark.

Mark no pudo resistirse más y terminó a su vez, sucumbiendo a sus sentimientos. Candy había cruzado el tiempo con él por amor, y por amor le protegió echándose encima suyo para cubrirle con su cuerpo, cuando aquel rayo le alcanzó proyectándole hacia el futuro, y por ende a Candy, poco después de liberarla de las garras de aquel demente que aspiraba a tener a Candy solo para él, de grado o por la fuerza. La joven evocó la forma en la que su marido la protegió del capataz y sus secuaces, desatando una tormenta de fuego, o de que manera evitó que aquellos bandidos, que les salieron al paso durante el largo e inmerecido viaje a Méjico la secuestraran para venderla. Pero desde el día en que sus asustados y confundidos ojos de esmeralda se encontraron con aquellos otros oscuros, tan tristes y hermosos ya por el solo hecho de reflejar una tristeza infinita, producto de haber visto como su madre era atropellada ante él, sin que pudiera hacer nada, supo que pasaría el resto de sus días junto a aquel hombre atormentado y maravilloso a partes iguales. Se fundieron en un nuevo beso y Candy sonrió susurrando en el oído de Mark, entre caricias y suspiros:

-Lo que tenga que venir, lo afrontaremos juntos, cariño. Debemos apresuranos. Nuestros amigos nos necesitan.

Sin embargo, no repararon en que yo, incapaz de soportar la contemplación de aquella escena de reconciliación que se supone debería haberme llenado de felicidad, me había retirado sin hacer ruído, cosa sorprendente en un hombre de mi constitución. Mientras bajaba a la calle, procurando que Anette no me viera, contenía mi llanto a duras penas.

-¿ Y Maikel ? –preguntó Candy asustada, al no hallarme por ningún rincón de la habitación. Entonces, Mark se dio cuenta de que sobre la mesilla de noche alguien había depositado un sobre de papel satinado con una nota inscrita en el anverso, que rezaba:

"Para Candy, de parte de Maikel".

Candy rasgó el papel con dedos temblorosos mientras Mark seguidod e cerca por Candy, intuyendo lo que había sucedido, registró varias dependencias adyacentes para tratar de dar conmigo, pero no hallaron rastro de mí. Era curioso que un hombre tan obeso como yo, lograra pasar desapercibido si se lo proponía.

Entonces la joven extrajo mi carta del sobre y empezó a leer, mientras a medida que sus ojos recorrían los renglones, algunas lágrimas bajaban nuevamente por su cara:

Querida Candy y Mark:

En estos momentos, he decidido que lo mejor es retirarme a tiempo, porque si continúo junto a vosotros, no solo retrasaría a Mark, sino que ello podría tener serias consecuencias para llegar hasta Annie con la debida antelación. Regresaré a Lakewood donde aguardaré a que regreséis junto con nuestros queridos amigos Annie y Haltoran. No temáis por mí. No me perderé ni erraré el camino. Cuando esté en presencia de los Legan, les tranquilizaré, lo mismo que a vuestros hijos, y espero que para entonces, esteís de regreso.

Hasta pronto, vuestro fiel amigo que os quiere:

Maikel.

PD: Siento de corazón que al final, no vayas a poder conocer a tu verdadero padre en persona a corto plazo, querida Candy, pero quien sabe, tal vez en el futuro antes de lo que te imaginas, suceda lo impensable.

Siempre os llevaré en mi corazón, Mark, y a ti Candy, especialmente a ti. Perdóname por sentir lo que siento.

Como era de esperar, Mark respetó la privacidad de la carta portándose cabellorasamente con él, aunque había tenido ocasión de leerla sin que Candy se enterara, pese a que la había escrito dirigida hacia los dos, aunque luego reparé que se me olvidó anotarlo en el anverso, porque solo lo dirigí a Candy.

-Maikel, pobre Maikel, y yo delante de él todo este tiempo, sin darme cuenta de…sin darme cuenta de…

Entonces Candy corrió a la ventana y alcanzó a divisar mi espalda cubierta por la familiar y astrosa gabardina y mis grandes pantalones, que tenía que sujetarme constantemente con ambas manos para evitar que se me cayeran a los tobillos. Pero ya estaba demasiado lejos como para que la voz de la joven llegara hasta mí, aunque tampoco gritó mi nombre.

No pudo acabar la frase. Mark que se había distanciado unos pasos de su esposa, mientras leía la carta la sacó de su ensimismamiento. Mark posó una mano sobre los hombros de su esposa y dijo:

-Ya podemos irnos cariño, ya estoy preparado.

Mark había activado el iridium con enérgicos bombeos de la sustancia por su sangre. Descubrió que podía regular mentalmente la potencia del iridium sin tener que desatar las atroces llamaradas para despertar al rugiente dragón, que dormitaba en sus venas.

Candy asintió, enjugándose las lágrimas. Cuando se disponían a salir, apareció la señora du Lassard sonriente y les dijo:

-Cuanto me alegro que hayas reconsiderado tu decisión de ir solo al bosque de Saint Germain, me alegro tanto de que Candy te acompañe finalmente.

Candy sonrió y la besó en las mejillas. La dama se extrañó. Aquello sonaba a despedida, pero no dijo nada y recibió el abrazo de Candy con sumo agrado:

-Sí, Anette, yo también –dijo Candy mirando a Mark repentinamente.

Finalmente ambos abandonaron la señorial finca cogidos de la mano. Candy se sintió nuevamente mal, porque no podía dejar de amar a Mark, y lamentaba que a mí me sucediera lo mismo, respecto a ella.

Anette suspiró. Tenía un extraño presentimiento de que no les volvería a ver, que quedó confirmado cuando Candy le dijo con voz queda:

-Anette, realmente no vamos a dar un paseo, mi marido y yo tenemos que regresar a nuestro hogar urgentemente. Lamento tener que decírtelo en estas circunstancias, pero no podemos demorarnos por más tiempo. Se trata de algo relacionado con nuestros hijos. Espero que lo entiendas y nos despidas de tu marido y de Ivette. El tiempo que hemos pasado en vuestra compañía ha sido maravilloso, y te prometo que volveremos a visitaros otra vez, tienes mi palabra, querida Anette.

-Sí, si claro, querida, claro que lo entiendo –acertó a decir Anette, algo sorprendida por la repentina comunicación de Candy, de que ella y su marido tenían que marcharse apresuradamente.

Marcus no estaba porque nuevamente había tenido que salir de viaje de negocios, y en cuanto a Ivette, se había marchado a un viaje de estudios que duraría alrededor de dos semanas, a las costas de Normandia, de modo que solo quedaba Anette en la gran mansión familiar y el servicio doméstico encargado del cuidado y mantenimiento de la misma. Se trataba de un acontecimiento largamente esperado por la joven, porque al mismo se sumaría el apuesto profesor de religión, del que se había prendado. La cuestión no tendría mayor importancia si solo fuera un pasajero capricho juvenil, el típico sueño de adolescentes, pero no solo no lo era, si no que ese sentimiento crecía a cada día que pasaba, arraigando con mayor fuerza, en el joven corazón de Ivette. Y aun siendo un gran obstáculo, el hecho de que ella fuera una alumna, y el un profesor, había otra barrera que prácticamente era aun más infranqueable e insalvable que la anterior: él era un religioso.

42

Mermadón abrió lentamente los ojos, pese a que carecía de párpados, pero en su mente, se veía así mismo como a un ser humano, pese a ser plenamente consciente de su verdadera condición.

Se irguió con dificultad, pero pese a que sus articulaciones chirriaban parecían hallarse en buen estado. Inició el programa de autodiagnóstico para detectar algún posible fallo que el tremendo rayo hubiera podido inducir en los sofisticados microcircuitos del robot. La computadora fue desgranando los datos que aparecían proyectados dentro de la mente del propio robot, mientras una voz cantarina iba enumerando los diversos sistemas sin detectar anomalías o fallos dignos de reseñar. La coraza reforzada que Haltoran le había instalado en su momento absorvió toda la fuerza destructiva del rayo evitando que la CPU o las conexiones internas de las entrañas del sofisticado robot, se quemasen. Pero la tormenta le había desviado a mucha distancia de su verdadero objetivo, probablemente el margen de error fuera demasiado como para ser calificado como tal, quizás hubiera viajado miles de kilómetros, en sentido contrario. Se puso en pie trabajosamente y comenzó a caminar, notando como sus pesados pies se hundían en una especie de extensión interminable de blanda arena. En frente suyo, se extendía una enorme masa de agua que parecía un mar interior, donde algunos grupos de pescadores rodeados de mujeres y niños, lanzaban repetidamente sus redes a las plácidas aguas desde la orilla, y otros sacaban el pescado de la misma forma, pero subidos en barcas pintadas de blanco que flotaban mansamente entre las leves y casi inapreciables olas. Tal y como había estimado, sus apreciaciones eran correctas. El mar de Aral, se expandía ante sus sensores en toda su magnificiencia. Con el paso de los años, el mar interior que proveía de riqueza y progreso, a los que vivían a la sombra de sus orillas, recibiendo sus bendiciones se convertiría en un mar muerto, contaminado y desprovisto de vida, que además se iría secando paulatinamente por la imprevisión y la codicia humanas, pero en aquel año de 1925, se mostraba en todo su esplendor y belleza.

Pero Haltoran recordó que tenía una misión que cumplir y procuró salir de allí cuanto antes, para dirigirse nuevamente a Europa y traer a Mark de vuelta para que curase a Annie, sin saber que un religioso católico había conseguido liberar a la muchacha de los espasmos y los atormentadores dolores que la aquejaban sin descanso. Abrió las puertas blindadas de su espalda y aunque el propulsor de doble tobera, emergió de su alojamiento, no funcionó.

Hizo un segundo intento, pero con idénticos resultados. Nada, el propulsor estaba dañado, y si el programa de autodiagnóstico no lo había detectado, era porque solo servía para chequear el interior del robot, no cualquier otro añadido a posteriori como era el doble propulsor que Haltoran le instaló tiempo después. En otras palabras, como el doble propulsor no formaba parte de la estructura original del robot, con la que fue fabricado, el programa de reparación no reconocía al propulsor como parte de Mermadon, simplemente no existía para él. Haltoran tenía en mente actualizar el software de programación del robot, cuando nuestros imprevistos viajes en el tiempo, incluído el del propio Haltoran dio al traste con esos proyectos.

Hizo un tercer intento pero nada. Las toberas continuaron mudas, silenciosas sin que de su interior brotase la más mínima e ínfima chispa de calor o de combustión.

-Nada –dijo el robot desalentado. Se puso a caminar lentamente. Por el momento debía alejarse de allí. Ya pensaría que hacer, porque los pescaores que se hallaban en las playas del mar de Aral faenando, rodeados de sus familias, podrían verle. Para colmo, comprobó que la facultad de volverse invisible a voluntad se había desactivado. Como era un efecto residual del iridium que empleaba como combustible, tampoco el programa de autodiagnóstico y reparación, lo había detectado.

-Vaya –se lamentó moviendo la cabeza mientras su voz meliflua sonaba en aquellos desolados parajes, porque allá donde extendiera la vista, solo se observaba arena y más arena, aunque una amplia área de vivas tonalidades verdes, en torno al mar parecía ser una especie de gigantesco oasis, que hervía de vida y vegetación.

Estaba en un serio apuro. Sin el propulsor no había velocidades supersónicas y el iridium solo le permitía viajar por cortos espacios de tiempo antes de que su estructura se recalentara demasiado y colapasara. A diferencia de Mark, no podía disipar el calor, equivalente al veneno que se formaba en el organismo de Mark, vertiendo sangre, porque lógicamente no tenía sistema circulatorio ni tampoco tenía sistemas que lo irradiasen a la atmósfera. Haltoran, pese a su genial inventiva, no podía prever ni de lejos, que el robot desarrollase una versión más reducida, pero no menos efectiva de los poderes de Mark, debido al iridium. Mermadon no sabía que hacer y estaba alcanzando un estado próximo a la más absoluta desesperación sin advertir que un hombre contrahecho, con una prominente joroba y tuerto, le estaba observando con una mezcla de asombro y terror. Sin embargo, el humilde mujik que apenas tenía algunos cabellos ralos sobre su bulbosa cabeza, no perdió ocasión de seguir al misterioso hombre metálico, tal vez pudiera sacar algún beneficio de aquello, si lograba que su amo se interesara lo suficiente por tal evento. Finalmente Mermadon notó que una especie de sopor le invadía. Sus pasos se tornaron más lentos y torpes, a medida que sus rodillas se doblaron y acto seguido se desplomó tras caminar vacilante algunos metros diciendo algunas palabras aparentemente inconexas y sin sentido:

-Desconexión, desconexión –pronunció rápidamente- agotamiento de las baterías. Se recomienda recargar con electricidad, se recomienda…

Finalmente, el robot se apagó cayendo de bruces sobre la arena. Quedó extendido cuan largo era sobre las dunas y en ese momento, el campesino contrahecho, sonrió y lo examinó con cuidado.

Tras cubrirlo con algunas ramas de los escasos árboles que crecían por allí y taparlo con arena para que no lo encontrara nadie, fue en busca de su amo, adentrándose en el oasis que rodeaba al gran mar de Aral.

43

-Amo, amo –gritó con voz alegre y ligeramente balbuciente mientras entraba apresuradamente en una lujosa estancia, ricamente decorada, situada en el interior de un llamativo y lujoso palacio. En un salón inmenso, un hombre degustaba una apetitosa comida dispuesta en una enorme mesa presidida por él. Nadie más le acompañaba ni conversaba entre sí, nada turbaba el inquietante e impresionante silencio del magnífico salón. El hombre de porte aristocrático, tenía una mirada de hielo. Sus ojos verdes escrudiñaban cuidadosamente cada rincón de lo que parecía su reino, mientras se mesaba una corta y bien cuidada barba, bajo la cual la cuadrada y prominente mandíbula añadía decisión y firmeza, a sus ya de por si, imponentes rasgos centro europeos. Sus cabellos castaños estaban recortados pulcramente a cepillo y sus ropas eran un sencillo uniforme militar de color verde oliva en la que destacaba una única condecoración en forma de cruz de malta. En su magnética mirada había algo de mesiánico y siniestro, algo de lider y de demente, y todo eso era a la vez, el barón Ugern von Sternberg. De ascendencia alemana, aunque oriundo de una región del Báltico perteneciente a Rusia, había nacido en el seno de una familia aristocrática, emparentada por lejanos lazos con el Kaiser y algunas de las dinastías familiares más influyentes del Imperio Austro húngaro. Había intentado participar sin éxito en la guerra Ruso-Japonesa de 1904, y aunque se alistó en un regimiento, su unidad nunca fue movilizada. Su tío, verdadero mentor y padrastro del joven Urgern, le hizo seguir la carrera de las armas, ingresándole en una importante academia militar, para que se conviertiera en un oficial de carrera, sirviendo en el ejército zarista. En 1908 fue destinado a un regimiento cosaco, enclavado en mitad del agreste corazón de Siberia. Lejos de sentir temor o azoramiento, pese a su noble cuna, el joven Urgern, se sintió fascinado por el estilo de vida nómada de los duros y resistentes montaraces que poblaban aquellas hermosas, aunque lacustres y baldías tierras heladas. Desde entonces, una idea se fue forjando en su mente y tomando cuerpo con el paso de los años. Al estallar la Gran Guerra, combatió a las tropas de la Entente, los ejércitos de los que habían sido sus ascendendientes y su carácter arrojado, rayano en lo temerario, junto a una obsesiva idea fue haciendo que su cordura, fuera evidenciando signos de ir flaqueando gradualmente. Poco después vino la Revolución y la subsiguiente guerra civil, donde Urgern siguió combatiendo a los bolcheviques, con tanta determinación como afán sanguinario. Sus excesos y cada vez más evidentes tendencias paranoides, le valieron el sobrenombre del "Barón sanguinario". Urgern debería haber terminado oscuramente sus días ajusticiado por sus enemigos, tras fracasar en sus empeños de recrear algo parecido al imperio de Genghis Khan, pero el prematuro fin de la Gran Guerra auspiciado por el progreso técnico logrado gracias a la intervención de Haltoran, junto con todos nosotros para terminar con la amenaza del Imperio Negro, desató una serie de acontecimientos menores, que permitieron al barón sobrevivir. Debido al predominio de los nuevos elementos acorazados en los campos de batalla, los bolcheviques aplastaron a los rusos blancos, que pretendían restaurar al Zar y a su monarquía en menos tiempo. La Guerra Civil rusa fue un conflicto dominado por las nuevas máquinas, que aceleraron su conclusión al ser fabricadas en masa por el bando que resultaría vencedor a la postre de la cruel contienda civil,y cuyos diseños fueron introducidos en Rusia por espías y empresarios armamentísticos europeos poco escrupulosos y ansiosos por hacer negocio con el nuevo estado, ávidos de beneficios cuantiosos. El almirante Kolchack, lider del bando blanco concentró sus tropas en el centro de Rusia para resistir en un desesperado intento de retrasar lo inevitable, esperando que las potencias extranjeras, intervinieran en su favor, pero Europa y Estados Unidos, había quedado tan horrorizada y asqueada de la guerra, que rechazó de plano, entrar en otra. Los bolcheviques concentraron toda su maquinaria militar en Ucrania y el Caúcaso donde libraron una batalla sin cuartel contra las últimas fuerzas del enemigo. A grandes rasgos se podía decir, que, por lograr una victoria que pusiera fin a la guerra civil, como así sucedería, recurriendo a los abundantes medios mecanizados de los que disponían los bolcheviques, pero de los que carecían sobremanera sus enemigos, al concentrar todas sus energías en tal objetivo, descuidaron los frentes asiáticos, por lo demás ya prácticamente dominados y controlados, por lo que Urgern pudo, al frente de un grupo de incondicionales leales, huir tras combatir duramente contra sus escasos guardianes, estableciéndose en una remota y aislada comunidad cercana al Mar de Aral donde había recreado una suerte de imperio en miniatura, que solo era un pálido remedo de todo el poder que llegó a amasar, y de las extensas tierras que alcanzó a dominar. El nuevo gobierno, completamente absorvido por la descomunal tarea de reconstruir el país, asolado doblemente por la guerra europea, y posteriormente, por la civil, perdió de vista a Urgern y a otros como él. El barón controlaba su feudo con puño de hierro, y su reino era tan minúsculo, que aun no aparecía en los mapas del nuevo estado, aun en plena fase de reconstrucción y nacido del caos que siguió a la caída del anterior.

El barón dejó los cubiertos al lado del plato y se irguió con parsimonia dejando su sillón de cuero repujado. Sabía que Svensko no volvería a engañarle, sobre todo después de la dura reprimenda a base de azotes, que había ordenado a sus guardianes que le administraran. Cuando Svensko hablaba y venía corriendo de esa manera, es que algo importante tenia que comunicarle con toda urgencia. No es que confiara demasiado en el criterio de un jorobado deforme y deficiente mental, pero algo en su interior le decía que se fiase de su intuición. Urgern siguió a su subordinado y dijo con voz tan helada como su glacial mirada:

-Si me estás haciendo perder el tiempo lo lamentarás por interrumpirme, maldito simio.

-No amo no, le aseguro que esto le va a sorprender.

Caminó rítimicamente en pos del campesino hasta que tras un trecho relativamente largo en el que se internaron, en el desierto que rodeaba al vergel que circundaba al mar de Aral, llegaron hasta la inerte mole de Mermadon. Los malévolos y crueles ojos de Urgern, que había jurado venganza desde el día en que logró escapar de sus guardianes, se abrieron desmesuradamente, pero en un primer momento no reconoció el elevado potencial y el valor de Mermadon. Svensko esperaba que su amo le felicitara, pero el barón solo percibía un inerte e inmóvil muñeco de metal, tal vez fabricado por el propio Svensko para fastidiarle. Urgern desplegó su fusta dispuesto a azotar al mujik que solicitó clemencia a su amo, arrojándose a la arena y cubriéndose el rostro con los brazos. Cuando el barón levantaba su fusta para apalearle, Mermadon se irguió lentamente al conseguir reabastecerse de energía gracias a sus células solares, destacando muy por encima de la cabeza del barón. Urgern se giró confuso y perplejo. Aquel autómata estaba imbuido de vida y se movía y articulaba, hablando como si fuera un ser humano. Era más que evidente que no podía ser obra de Svensko como en un primer momento había sospechado, pero por el momento desconocía la respuesta a la más vital de las preguntas,¿ era amigo o enemigo ? ¿ y quien o qué podía controlarlo ?

Mermadon habló lenta y pausadamente, sin embargo parecía no recordar ni quien era ni cual era su cometido auténtico. El programa de autodiagnóstico no había detectado un fallo importantísimo en un primer momento, que pasó desapercibido y provocado por un rayo. La memoria de Mermadon quedó completamente borrada, por lo que padecía una especie de amnesia. Urgern se llevó la mano a la cintura desenfundando un revólver como medida de prevención, que llevaba suspendido de su cinturón. Se preguntó mientras un sudor frío le recorría la frente, si sus balas serían suficientes para detener a aquella mole, si se revelaba finalmente que sus intenciones eran temblando de miedo, se había refugiado tras su señor, que le empujó a tierra con asco.

-No me toques, maldito engendro –rugió el barón.

-Señor, -preguntó Mermadon sorprendiendo a Urgern –no me acuerdo de quien soy, ¿ acaso usted podría ayudarme a descubrir como me llamo ? ¿ guarda usted alguna relación conmigo o mi proceso de creación ?

Mermadon seguía siendo plenamente consciente de que era un robot construido por seres humanos, pero no recordaba quien lo había fabricado y mucho menos, cual era su identidad robótica.

El astuto y taimado Urgern tuvo una descabellada idea, que no sabía si resultaría pero que no costaba nada probar, eso si el robot no le despedazaba finalmente, por un motivo u otro. Tal vez, aquel ser artificial tuviera la clave para iniciar con éxito sus planes para resucitar el imperio mongol, y tal vez, apropiarse del mundo. El barón sonrió seductoramente y aspirando aire dijo en un perfecto y fluído inglés, puesto que Mermadon se había dirigido hacia él en ese idioma, por el rayo había borrado cualquier registro de otras lenguas, que Mermadon hubiera podido llegar a conocer. El barón hablaba varios idiomas con soltura y sin dificultad debido a la esmerada y completa educación aristocrática, que había recibido durante su infancia y parte de su juventud, hasta su mayoría de edad.

-Yo soy tu creador, y al fin te he encontrado. Me alegro tanto de verte querido hijo –declaró el barón con una franca y ancha sonrisa, al tiempo que extendía los brazos en ademán protector. El robot inclinó la cabeza en señal de respeto y sumisión hacia su supuesto artífice, y Urgern tuvo que contener sus ansias de atronar el aire con sus carcajadas triunfales, no fuera a ser que el robot sospechara de aquello y obrara en consecuencia.

44

-¿ Estás lista, amor mío ? –preguntó el joven mirando brevemente sobre su hombro, al volver la vista hacia atrás.

Candy asintió agitando la cabeza durante unos breves instantes. Como consecuencia del movimiento de vaivén, sus cabellos rubios se desparramaron en todas direcciones confiriéndola la apariencia de un ángel de extrema e inhumana hermosura. Mark, dio gracias secretamente al iridium por haberle permitido llegar a conocer a una criatura tan maravillosa y de esplendente belleza como Candy.

Por su parte, ella tampoco podía dejar de recordar el momento que aquel rostro masculino tan apuesto, del que destacaban unos maravillosos y atormentados ojos oscuros, se posaron sobre los suyos, del color de las esmeraldas más puras, desatando una oleada de sentimientos que hasta entonces nunca había conocido o sospechado que pudieran existir.

Se enamoraron en un instante eterno e irrepetible, un instante que cambiaría sus vidas para siempre. Y ahora, estaba allí, con las manos aferrando el torso de Mark, y firmemente sujeta a él, pasando los sedosos y flexibles brazos por debajo de las axilas de Mark y pegada a su espalda. El roce de la cazadora de su marido le molestaba un poco, pero bien mirado era una molestia muy ínfima, incomparable con las sensaciones que Mark despertaba en ella.

-Sujétate fuerte Candy, voy a empezar a correr y liberar el iridium.

Iridium, extraña palabra, bella y terrible a un mismo tiempo, iridium, las dos caras de una misma moneda, la sustancia que les había procurado una felicidad y una dicha quasi infinitas, a la vez que era capaz de infligir en su caprichosa dualidad, los peores tormentos y adversidades. Candy reflexionó en los excepcionales e increíbles acontecimientos que había vivido desde que Mark se materializara sobre el gran árbol que coronaba la colina de Pony, hacía ya tantos años y a pesar de los sinsabores y las desdichas, a pesar de cuantas durísimas pruebas, ambos habían tenido que pasar, y probablemente tendrían aun que afrontar en el futuro, su amor por él, no había disminuido ni un ápice desde aquel día, ni uno solo.

Más bien al contrario.

Mark comenzó a dar largas zancadas y a coger velocidad tal y como le advirtiera a su esposa, mientras echaba el cuerpo hacia delante y movía rítimicamente los brazos en un incesante movimiento de vaivén. Poco a poco, Candy notó como la luz que tanta paz y serenidad la infundía, brotaba de la piel de Mark, y la envolvía en un caparazón protector y transparente, un sólido y quieto refugio frente a la adversidad, frente al devorador fuego que el iridium desataba cada vez que Mark precisaba de sus servicios, por los que siempre debía pagar un tributo.

Iridium, extraña y evocadora palabra, de mundos desconocidos, de emociones insospechadas.

Muy pronto los voraces y rugientes haces de llamas rodearon a ambos girando en espirales enloquecidas, y Candy notó sobrecogida como el calor se expandía en torno a ella, amenazando con engullirles en su abrasadora naturaleza, pero el escudo invisible que rodeaba a ambos, impedía que sufriera el más mínimo daño. De hecho, antes que permitir que Candy sufriera el menor rasguño, Mark se inmolaría, para preservarla de todo mal.

Mark la observó brevemente, sonriéndola. Pese a sus ojos tristes, la sonrisa del joven iluminaba su rostro, una sonrisa encantadora que había perdido con el trágico y desdichado final de su madre ante sus ojos que habían adquirido su triste expresión desde aquel trágico y funesto día, y que había vuelto a recuperar con Candy. Mark flexionó las piernas, y extendiéndolas a modo de muelle, saltó. Hubo un momento, en que Candy llegó a estar totalmente perpendicular en relación a la vertical del suelo, como si fuera una bufanda ondeando en torno al cuello del joven moreno. Tras un breve y confuso interludio, los pies de Mark ya no hollaban la tierra, había remontado el vuelto, despegándose del suelo, junto con su adorable y preciada carga.

A medida que Mark ganaba altura, la estela de fuego que formaba a su paso, se iba haciendo cada vez más y más larga. De no ser por el poder de apantallamiento que les hacía prácticamente invisibles, media Francia, o quizás, toda Europa, quien podía saberlo con certeza, podría haber seguido fácilmente su evolución a través del cielo rojizo del atardecer por el rastro de luz, que Mark iba emitiendo tras de sí, al surcar el aire.

Iridium, llevándoles cada vez más alto y más lejos, iridium, buscando los excelsos campos de la inmensidad, al rescate de dos personas muy queridas para ellos.

Antes de penetrar en los etéreos y caprichosos dominios de la dimensión que mediaba entre diferentes épocas y universos, separando unas de otras, Candy pensó en la bondad de Mark, que le había llevado a perder parte de su descomunal estatura, recurriendo a las capciosas y volubles reacciones del iridium, para hacerse más grato y apreciado por parte de ella. Un absurdo sacrificio que cometió por amor a ella. Y para ello, para no perjudicar a nadie, había escogido las yermas y desoladas planicies del Polo Norte, barridas por los rigores de las inclementes ventiscas árticas, donde efectuó el peligroso y horrible experimiento que casi le cuesta la vida, y que fue coronado in extremis, por el éxito.

"No, amor mío, tú jamás me impusiste nada, tú nunca me obligaste a hacer algo, que no fuera dictado por mi propia voluntad".

Candy observó las nubes teñidas de naranja y oro, en una caleidoscópica combinación de imposibles tonos, que ni el más avezado pintor podría reproducir, y reclinando su rostro en la espalda de su esposo, pensó:

"De hecho, si estoy aquí arriba, ahora mismo contigo, es porque te amo tanto, tanto, que te seguiría sin dudar hasta el averno, si fuera preciso".

Iridium, extraña y evocadora palabra que sonaba aun en la mente de Candy, mientras un joven excepcional extendía sus alas de fuego para alcanzar el otro extremo de la Tierra, portando sobre sus espaldas, férreamente unida a él, a la mujer que más amaba, por encima de su propia vida, sobre la faz de la misma. Un estremecedor rugido del que Candy estaba aislada y completamente protegida por Mark y la barrera de iridium, que este generaba para mantenerla a salvo más por ella, que por sí mismo, se dejó sentir en las capas más altas de la atmósfera, mientras Mark alcanzaba Mach 15. Candy observó boquiabierta y emocionada, las estrellas titilando en la negrura del espacio y por un breve instante, le pareció contemplar un globo azul de frágil apariencia, jaspeado de verde que flotaba en la inmensidad de la oscuridad del cosmos. Pensó que se trataba de su imaginación y sonrió levemente, mientras Mark realizaba un salto en el tiempo para que no tuviera que repetirse el penoso espectáculo, que protagonizó durante el retorno a Lakewood, tras rescatar a Stear, de su sangre negra, que se liberaba durante algunos minutos a intervalos, para purificar su sistema circulatorio de toda ponzoña, y no tener que volver a someter a Candy a semejante tormento. Si se hubiera desplazado en sucesivas etapas hasta Odesa sin recurrir al salto en el tiempo, aparte de tarde mucho más con diferencia, habría tenido que detenerse a descansar cada mil kilómetros aproximadamente, y martirizar a su esposa con el penoso trámite de deshacerse de la sangre contaminada, no una vez, si no varias. Saltando en el tiempo, al menos aparte de acortar sensiblemente la duración del largo viaje, solo tendría que evacuar su sangre contaminada una vez, hasta que fuera sustituida por otra limpia y libre de impurezas. Cuando se materializase de nuevo, esperaba hacerlo en el momento adecuado para ayudar a Annie, a preservarla de su dolencia.

Iridium.

44

Candy nunca había estado en Rusia, pero había sabido de aquel misterioso y vasto país, por los libros que había leído en el Hogar de Pony, tan pronto como aprendió a reconocer las letras, que con infinita paciencia, impregnada de un cariño sin límites, la hermana María, secundada por la bondadosa señora Pony, le habían ido enseñando a lo largo de varios meses, turnándose en la labor. De hecho, el hospicio contaba con una pequeña escuela habilitada en una de las dependencias del humilde edificio, donde a los niños se les iban inculcando los rudimentos de las letras y las más elementales y primigenias reglas gramaticales, así como los más básicos conocimientos de matemáticas. Candy había demostrado ser una alumna ejemplar y aplicada, consiguiendo muy pronto leer de corrido y adentrándose en los misterios de mundos que no habría podido ni soñar, de las páginas de los libros en cuya lectura se sumergía intensamente. Aprender a escribir había sido harina de otro costal, porque la técnica de hacer que las palabras cobraran vida en la blanca superficie del papel se le resistió, pero una vez que, gracias a los esfuerzos de sus dos buenas madres, y a su tesón, lo consiguió, la joven adquirió una bonita y elegante caligrafía, de trazos delicados no exentos de firmeza, uno de los rasgos distintivos de su carácter. Pero mientras Candy, de niña, iniciaba su aprendizaje por el arduo sendero de la vida, no podía ni concebir que vería esos mundos de los que le hablaban los libros con palabras que a veces le costaba reconocer y descifrar, de primera mano, junto a un hombre con el que uniría sus destinos de por vida. Y ese momento había llegado.

Mark se abrió paso entre las psicodélicas formas y diferentes entornos, que conformaban el caotico y anárquico espacio que separaba unas eras de otras. De no ser por el manto de luz iridiscente que la protegía, Candy habría perdido el juicio, la vista o tal vez ambas cosas, y aparte de tan horribles efectos colaterales, su nacarada piel hubiera ardido hasta carbonizarse. No existía una combinación de colores y tonalidades tan extrañas y retorcidas en ningún otro lugar de la Tierra, y si un hombre corriente hubiera podido asomarse al intricado laberinto de pesadilla, donde se daban, habría quedado convertido en un vegetal. De no estar Mark, familiarizado con tal anárquica naturaleza, de no haber sido protegido por el iridium, él también habría sufrido un destino similar. Ningún ojo humano podía contemplar aquellos remolinos de colores, las violentas y rugientes tormentas magnéticas que rugían constantemente sin conocer pausa alguna, los intervalos de realidades infinitas que se entreveían a través de aberturas que se abrían y cerraban caprichosamente a modo de puertas, entreverados con masas gelatinosas y pulsantes, sin perder su brillo para siempre, o que la retina se quemara, mientras la mente trataba infructuosamente antes de sumirse en el vacío de la locura, de encontrar un sentido en aquel caos aparentemente desordenado e inextricable, que obedecía a fin de cuentas a un objetivo muy concreto, que no era otro que garantizar el común e ininterrumpido fluir del tiempo.

-Orden en el caos –le había explicado Mark, un día en que hablaron de aquello- el espacio que atravieso para llegar hasta otras épocas, está formado de materia plasmática, Candy, y el iridium lo que hace, es acceder a estas realidades. El iridum es tan denso que me protege de la acción dañina de la dimensión temporal. Esos remolinos, esas espirales son el tiempo en su estado natural. Lo que pasa, es que nosotros en nuestro mundo, no podemos verlas, afortunadamente porque de lo contrario, terminaríamos perdiendo la razón o tal vez la vida.

A veces, Candy no entendía las explicaciones de su esposo, y le costaba alcanzar a entender su significado. Estaba reflexionando en ello, cuando los enloquecidos y difusos remolinos que nunca dejaban de girar, fueron sustituidos de pronto, por un firmamento cuajado de estrellas, en lo que parecía el marco de una plácida y agradable noche. Candy, firmemente sujeta a Mark, distinguió una gran ciudad repleta de monumentos, campanarios y altas torres rematadas por cúpulas de cebolla, que con sus bulbosas formas, le remitían inmediatamente a los relatos exóticos, que había leído en su infancia. Era la primera vez que observaba de cerca, con sus propios ojos, algunos retazos de aquel misterioso e ignoto país, que en sus fantasías infantiles, se le había antojado una tierra repleta de princesas de indescriptible belleza, nobles príncipes, dueños de vastos dominios cuyos límites, la vista no era capaz de abarcar de una sola vez y que gobernaban sabiamente sobre un pueblo humilde y sencillo pero esforzado, profundamente religioso, devoto y temeroso de Dios.

Mark se preparó para el aterrizaje en las proximidades de Odesa, escogiendo un área de marismas, que aparentemente no parecía muy frecuentada. A pesar de estar utilizando su poder de invisibilidad que manipulaba el espectro infrarrojo, permitiendo que pasaran desapercibidos ante miradas indiscretas, siempre que podía, elegía un sitio donde no hubiera demasiada gente, por si algo se torcía. El joven fue descendiendo con gran cuidado para evitar que Candy sufriera el menor daño y cuando sus pies tocaron el suelo, y una vez se hubo asegurado de que no había presencia humana en derredor suyo, desactivó la invisibilidad. En unos instantes, Mark y Candy fueron tangibles de nuevo.

Ahora venía la parte más dura, la más penosa que el joven hubiera querido ahorrar a su esposa a toda costa, pero sabía que sería tarea vana. Candy no se apartaría de él bajo ningún concepto y permanecería a su lado, independientemente del parecer de Mark.

-Cariño –dijo besándola en las mejillas y en la frente –preferiría que no me siguieras. Ya sabes lo que viene a continuación –comentó Mark apenado, mientras tras soltar a su esposa, se dirigió hacia un grupo de abedules, tras los que se destacaba un pequeño claro.

-No, -negó Candy con firmeza- ya sabes tú también que jamás te dejaré solo, y menos ahora.

-Como quieras –dijo Mark con un deje de tristeza en la voz, y entornando los ojos, encogiéndose de hombros, mientras los primeros espasmos recorrían su cuerpo, producto de la sangre envenenada que pugnaba por salir al exterior.

Ambos se adentraron en la arboleda que destacaba al fondo de unas marismas de color ocre donde crecían una especie de cañaverales y las ranas croaban, entre los nenúfares, intentando capturar las libélulas que zumbaban a escasos metros por encima de las aguas marrones.

Mark se situó entre varios árboles de considerable altura y se detuvo. Gritó levemente cuando los chorros de sangre envenenada salieron a presión de su cuerpo, por las heridas que a modo de válvulas, se formaban palpitantes en su carne. Candy no pudo evitar que sus lágrimas nacieran de sus esplendorosos ojos verdes, cada vez que asistía a tan trágica y desoladora visión. Mark se contorsionó, conteniendo sus ganas de gritar, para no hacerle más insoportable, la contemplación de su aspecto, a la muchacha.

Candy le sujetó tan pronto como la sangre negra se tornó roja, y las heridas se cerraron como si nunca hubieran existido. Examinó la piel de Mark y limpió algunos regueros de sangre, ya normal, que descendían por su espalda, sirviéndose para ello de un chal que llevaba envuelto en torno al cuello.

-No, cariño, es tu chal favorito, no lo emplees para enjugarme la sangre –dijo Mark con el rostro aun contraído por el esfuerzo de purificar su organismo y dolido porque su esposa tuviera que sacrificar una prenda tan querida y valiosa para ella - no, por favor.

Pero Candy hizo caso omiso de su petición y procedió a retirar con cariño y gran cuidado los coágulos que habían quedado prendidos sobre la ajada y descolorida superficie de la cazadora negra empapando el tejido de muselina con la sangre de Mark.

La prenda quedó definitivamente arruinada pero a la joven no le importó.

Una vez que hubo terminado, como Mark parecía remiso a besarla, avergonzado de su apariencia, Candy le tomó el rostro con ambas manos obligándole a encararse hacia ella.

-Recuérdalo Mark, como te he dicho muchas veces, me enamoré de ti, no de tus defectos, o virtudes, solo de tí.

Antes de que el joven pudiera argumentar nada, los labios de Candy sellaron los suyos. Mark cerró los ojos al igual que Candy y algunas lágrimas escaparon de los párpados abatidos del joven.

-No llores Mark, -dijo ella intentando evitar que su propio llanto aflorara- cada vez que te beso, te ocurre lo mismo.

-Es…que…me pareces un sueño hecho realidad, una criatura tan hermosa y eterea como tú…a veces creo que no eres de este mundo, Candy –dijo Mark incorporándose lentamente, mientras algunos regueros de sangre se difuminaban en la tierra arcillosa que los pies de Mark, hollaban imprimiendo la huella de su calzado.

-No, -exclamó Candy súbitamente arrebatada y posando sus manos en los anchos hombros del joven -Mark, soy humana, tan humana, que a veces me planteo como un hombre tan bueno y dulce como tú, ha podido llegar hasta mí, a través del tiempo. Como he sido agraciada, con el regalo de tu irrupción en mi vida. Tan humana y vulnerable, que en ocasiones tengo miedo a despertarme o perderte de vista por un instante, y que no estés a mi lado, que alces tu vuelo y emprendas el camino del futuro o el pasado, y no vuelva a verte jamás.

-Sabes que ni en sueños me separaría de ti, nunca –recalcó Mark enfáticamente envolviéndola entre sus brazos.

-Te quiero Mark, te quiero, jamás dejarte de quererte –dijo ella entre suspiros, adelantando el rostro y ofreciéndole sus labios.

-Lo sé mi vida, lo sé –respondió él gozoso y emocionado temblando como una hoja, correspondiendo a sus mudas súplicas de que la besara.

45

El barón dio vueltas en torno al robot, que le había seguido dócilmente y de forma totalmente voluntaria, convencido de que el siniestro y carismático personaje era su creador. Urgern admiró la envergadura de Mermadon y se animó a comprobar la resistencia de su cuerpo metálico, retrayendo el brazo izquierdo y descargando un fuerte y rápido revés de su mano enguantada, sobre el torso del robot. Svensko, el jorobado que le había guiado hasta él, tras señalar un solitario montículo hecho de ramas y de arena, bajo el cual, el robot yacía insconciente, camuflado por el tupido escondite improvisado por el mujik, se escondió tembloroso tras la imponente mesa donde el barón había saciado su apetito, hasta su imprevista y moleta irrupción. Temía que de un momento a otro, el robot descargara su furia primero contra Urgern y luego contra él, pero no sucedió nada. Mermadon permaneció impasible, mirando fijamente al que tomaba por su creador. Su memoria se había desactivado tras el formidable golpe sufrido al colisionar contra la arena de la estepa, una vez que perdió altura tras un largo vuelo en sentido contrario originado por el rayo. Mermadon había conservado sus recuerdos intactos hasta poco antes de desactivarse, y de caer de bruces en mitad del desierto, hasta que Svensko le encontró. El hombrecillo, sobre el que se había cebado la mala suerte, aliada con la pobreza más extrema, impuesta por su humildísimo origen, conservaba pese a su limitada inteligencia, la suficiente astucia como para intuir que Mermadon podía ser importante para el amo. Pobre amo, pensaba Svensko, obsesionado con un poderoso y prominente rey del pasado, empeñado en revivir la antigua gloria de uno de los más poderosos señores de la estepa, que ya no cabalgaba desde hacía más de medio milenio.

Pero Ungern estaba completamente absorvido por el novedoso y sustancioso hallazgo que había constituído para él, el hombre artificial. Sin duda era fuerte. Ni se había inmutado cuando descargó el tremendo impacto contra su torso. Ni un rasguño, ni un solo arañazo, nada. No había acusado el golpe, pero necesitaba más pruebas. Un simple golpe como aquel, nada representaba ni demostraba. Chasqueó los dedos y un hombre de rasgos orientales, tocado con un gorro de piel que había estado montando guardia a la entrada del salón, y enfundado en un pesado uniforme forrado en piel, dio un taconazo con sus lustrosas botas negras y se adelantó hasta situarse a pocos pasos de su jefe, haciendo un saludo militar, quedándose rigidamente cuadrado, en posición de firmes. Urgern extendió la mano y dijo con voz queda, casi silibante:

-Dame tu revólver Piorth.

El soldado obedeció al instante sin mirar en ningún momento a los hipnóticos ojos de su señor. Todo aquel que lo hiciera sin su autorización se enfrentaba a la pena capital. El barón había conquistado recientemente un importante enclave al frente de sus tropas, lo cual había dado alas a su desmesurada ambición y por ende, a su locura. Tomó el arma y la esgrimió apuntando directamente al pecho del robot. Svensko dio un grito y se abalanzó hacia delante para impedirlo:

-No amo, no lo hagas, podría enfadarse.

Pero el soldado que le había confiado su arma al barón le detuvo, ayudado por otro compañero. Svenkso se revolvió furioso, pataleando, pero Urgern no le prestó la menor atención. Amartilló el arma con mano segura y sonrió aviesamente:

-Muy bien, hijo mío, -dijo con sarcasmo- veremos de que estás hecho.

Apretó el gatillo haciendo gala de un pulso firme y una puntería impecable. La bala dirigida, hacia el bruñido pecho del robot alcanzó su objetivo al cabo de milésimas de segundo. Urgern sonrió satisfecho, bajando el brazo y haciendo que el revólver aun humeante, descansara junto a la pernera izquierda de su pantalón con el cañón dirigido hacia el suelo de baldosas. Estaba orgulloso de su puntería, adqurida gracias a su paso por el ejército zarista, y que había empezado a ejercitar con uno de los mejores tiradores de origen germánico, que el antiguo Reich, había visto nacer, durante su educación aristocrática. La bala, como era de esperar rebotó con estruendo, zigzagueando por todo el salón hasta que se detuvo finalmente, una vez que el casquillo metálico cayó a tierra, rodando por el suelo con un tintineo como de metal. Los dos soldados que custodiaban al jorobado ni se inmutaron, permaneciendo de pie, sin pestañear tan siquiera, pero Svenkso temblaba de miedo entre ambos y silenciosos hombres.

-Formidable –dijo el barón batiendo palmas, al tiempo que avanzaba pausadamente hacia Mermadon- estás hecho a prueba de balas. Me gustaría ahora comprobar…

Iba a declarar que pretendía poner a prueba su fuerza, cuando una especie de puerta se abrió en el pecho del robot, que seguía sin reaccionar, y dejando paso a una pantalla.

Naturalmente, Urgern se había planteado que aquello podía ser una suerte de engaño, pero era evidente que pese a sus trastornos era muy inteligente, lo bastante como para suponer que nadie se molestaría en introducir una película dentro de un robot, solo para gastar una broma o confundir o engañar a otros. Demasiado absurdo, tanto como haber dejado en mitad de la nada, al portentoso ser. A Urgern solo le cabían dos hipótesis. O el robot se había escapado del control de su inventor, o se había extraviado de alguna manera. Antes de que tomara una decisión, el monitor empezó a hacer interferencias, mostrando una serie de imágenes que rápidamente atrajeron la atención del barón.

Urgern se aproximó lentamente, cautivado por las imágenes que se sucedían en esa especie de bola de cristal, que el autómata guardaba en su interior y sonrió fascinado. Primero se sorprendió por la belleza de una joven rubia de ojos verdes, que caminaba junto a un joven moreno de rasgos decididos. La escena de índole campestre transcurría en una especie de jardín. La muchacha llevaba una sombrilla blanca que hacía girar en torno a su hombro mientras tomaba el brazo de su acompañante y reían quedamente ante alguna confidencia que ambos se realizaban, bajo los plácidos rayos solares de una tarde de primavera. La escena era de lo más banal y no tenía nada de especial o interesante para él, si acaso, la esplendente belleza de la joven enfundada en un vestido blanco de muselina drapeada que parecía bromear con su acompañante. Estaba a punto de considerar, que pese a lo fascinante del hallazgo, no tenía nada más de interés para él aunque sospechaba que las personas de la película guardaban relación con el ser metálico, cuando las imágenes cambiaron radicalmente Ahora el mismo joven de antes, emitía llamaradas de sus muñecas y era capaz de volar como un pájaro por el cielo. Pese a sus delirios, Urgern era consciente de los mismos y se preguntó si no habría perdido la poca cordura que le quedaba. Otra broma absurda y carente de logica, pero el robot era real, alguien lo había construído y puede que lo que estaba presenciando a través de la pantalla también lo fuera, aunque siguiera sin dar crédito a cuanto estaba visionando, precisamente él, que afirmaba ser la encarnación viviente de Ghengis Khan, y su sucesor,

Entonces apareció en pantalla otro plano de esas personas, riendo apaciblemente sentados frente a una mesa camilla, en compañía de un hombre grueso y con anteojos, o sea yo, mientras el robot les servía algunas bebidas. Naturalmente, su imagen no aparecía pero si sus manos expuestas ante la cámara que las había filmado, mientras manejaba diestramente las tazas de te, los vasos con refrescos, y los platos con pastas y otras viandas, disponiéndolas ordenadamente delante de aquellas personas desconocidas, cuyos rasgos felices y complacidos parecieron arrancarle una sensación de odio e incomodidad, desde lo más hondo de su retorcida y oscura alma. A continuación hubo un fundido en negro y apareció un breve pero elocuente plano, en el que la hermosa muchacha de ojos verdes, cuyos rizos dorados estaban recogidos en coletas adornadas con lazos, y el joven de las imposibles y sobrehumanas facultades, si es que todo aquello no era un elaborado montaje, se besaban largamente mientras hileras de lágrimas procedentes de ambos pares de ojos, se entremezclaban, al unísono, suscitando la desaprobación del barón, que movió la cabeza enojado, ante semejante muestra de sentimentalismo. La filmación carecía de sonido, excepto en aquel tramo final, donde el joven musitaba en voz queda, pero claramente audible:

-Candy, mi dulce Candy.

Poco después, la imagen desapareció de repente, dejando una serie de interferencias que producían un ruido de estática, en la pantalla, la cual volvió a replegarse en su alojamiento mientras las compuertas acorazadas practicadas en el pecho de Mermadón, volvían a cerrarse sobre ella.

Urgern se quedó pensativo, sin saber que opinar o que decir al respecto. Era más que evidente que la bala había desencadenado todo aquello, pero cuando le preguntó al robot, conminándole a que contara la verdad, por la identidad de todas aquellas personas, el robot no supo que responder.

-Lo siento, excelencia –Urgern le había instado a llamarle así- pero no les conozco de nada, al menos mientras algunos de mis bancos de memoria, continuen bloqueados. Ignoro como sus imágenes han ido a parar hasta mí. Puede que guarden alguna relación conmigo, pero lo desconozco.

Entonces sonó un ruido procedente de la espalda del robot, un sonido como de algo que pugna por abrirse camino al exterior. Urgern le hizo un gesto de que se girase, con dos dedos, y cuando lo hizo, el propulsor que se había atorado en su alojamiento, por efecto del brutal impacto que hizo que el robot perdiera el conocimiento, emergió afuera. Al poco rato emitió algunas llamaradas que elevaron a Mermadon unos centímetros del suelo, para luego volverse a posar inmediatamente. Un descabellado plan empezaba a tomar cuerpo en la brillante, pero ofuscada mente del barón.

Haciendo un gesto teatral pidió al robot que le siguiera hasta unas dependencias privadas que había habilitado como despacho y gabinete de trabajo, y de cuyas paredes, entre estantes repletos de libros y mesas atestadas de referencias al gran caudillo mongol, fundador de uno de los imperios más extensos de los que el orbe, tuviera conocimiento, pendían mapas de Rusia y de Asia, con varias flechas que representaban movimientos de tropas y ofensivas.

-Ven hijo mío, sígueme, tú y yo tenemos mucho de que hablar.

El robot obedeció dejándose guiar dócilmente hasta las estancias privadas de Urgern, cuyas puertas estaban disimuladas tras una falsa pared.

Svensko temió que ya no volvería ver más a su señor con vida y se precipitó tras él, pero los guardianes, que teóricamente, deberían de haber hecho lo que el campesino estaba a punto de emprender, se lo impidieron mirándole con el ceño fruncido. Piorth, cuyo revolver continuaba en poder del barón, le dio un empellón que le hizo rodar por tierra, y encarándose con el desconcertado jorobado que se dolía del violento impacto contra el suelo mientras trataba de ponerse en pie, le advirtió:

-Nuestro dios, sabe muy bien lo que hace. No se te ocurra molestarle más –dijo esgrimiendo su fusil y amartillando el cerrojo, produciendo un ominoso sonido que llenó de terror a Svensko, cuando Piorth le apuntó con el cañón del fusil en plena cara y haciéndole creer que su vida se terminaba en ese preciso instante.

-Bien, señor, bien, -decía levantando las manos en señal de sumisión cuando vio que Piorth no iba a dispararle - no le molestaré más, lo juro –declaró atropelladamente temiendo por su vida.

Al cabo de una hora, la sección de pared que disimulaba hábilmente el umbral a su despacho, se movió con un pesado rumor de piedras deslizándose contra otras piedras, movidas por extraños e ingeniosos mecanismos y de la penumbra de su despacho, emergió el barón Ungern von Sternberg triunfante seguido de la bamboleante mole de Mermadon. Tras conferenciar brevemente con su nuevo e inesperado aliado, el robot hizo emerger el propulsor de doble tobera de su espalda y salió al exterior. Se escuchó un creciente rugido y Mermadon, alzó el vuelo propulsado por toda la fuerza de los motores cohete de sus toberas alimentados por oxígeno líquido. Piorth se echó al suelo, haciendo que su frente hollara la tierra, cuando su señor pasó por su lado, y al igual que él, otros soldados que el barón había reclutado entre los miembros de la tribu Buryat, nómadas siberianos que al igual que Prioth estaban convencidos de que el barón era una divinidad viviente y le rindieron pleitesía, más ahora que había conseguido la ayuda de un mensajero celestial, según el parecer de sus supersticiosos seguidores. Urgern lanzó una corta y sobrecogedora carcajada. Tras poner en práctica su plan, no demasiado convencido de su éxito, temeroso de que el robot le matase allí mismo, no obstante, comprobó muy complacido, que las cosas iban mejor que nunca. Había ordenado a Mermadon capturarme y como en principio, tal opción no se contradecía con sus directrices de preservar la vida humana por encima de todo, le obedeció inmediatamente al punto.

46

El afortunado y nunca suficientemente valorado, balazo por Ungern, que el barón disparó contra el pecho de Mermadon, había activado otra función además del monitor, que Haltoran había previsto inicialmente para el robot y que al cabo de poco optó por eliminar de la programación del Mermadon, por considerar que nunca funcionaría, pese a haber llegado a experimentar con dicha medida.

Se trataba de un cometido tan surrealista como genial, que hasta para el histriónico y carismático barón, al que el mismísimo Dalai Dama había llegado a calificar como Mahakala, poco menos que un ser malvado, debido a sus atrocidades y supuestos actos de canibalismo, habría resultado demasiado irreal y grotesco, de haber llegado a entender los avanzados conceptos biogenéticos en los que se basaba.

Se trataba de seguir el rastro de cualquier persona a través del adn, empleando sensibles detectores que podrían rastrearlo incluso a miles de kilómetros de distancia. El mismo Haltoran abandonó la idea de seguir adelante con sus investigaciones, convencido de que nunca funcionaría tras algunas pruebas infructuosas y de que estaba malgastando el tiempo y los recursos de Empresas Parents, por lo que acabó desactivando dichos detectores. Como eran circuitos que podían realizar otras funciones útiles, no los había desmontado, pero si bloqueado la señal que hacía operativa esa función y ahora, el disparo efectuado con la Luger de su subordinado, contra el robot, lo había desbloqueado, permitiendo que me siguiera la pista.

En cuanto a las muestras de Adn que necesitaba para poder seguirme la pista, las obtenía de sus detallados y largos chequeos médicos que había realizado a algunos de nosotros, como a Candy y a mí.

47

Me dirigía tranquilamente y confiado hacia la estación de tren, para tomar el ferrocarril que me conduciría hasta uno de los puertos franceses de Normandía, donde embarcaría con destino a Estados Unidos. Me acompañaba al servicial y atento señor du Lassard, dado que no conocía París y ni siquiera sabía donde podría tomar un taxi o un coche de punto que me condujera rápidamente hasta la gran Terminal de la Estación de París Norte, una de las más grandes y lujosas de Europa, de donde partiría mi tren. Justo cuando íbamos a abordar un carruaje, cuyo cochero leía tranquilamente el periódico, sentado al pescante, mientras se fumaba un grueso habano, una forma maciza y voluminosa nos cerró el paso, tras salir de la nada de entre las sombras de un callejón. Sonreí prorrumpiendo en expresiones de alegría ante la extrañeza de mi acompañante, al reconocer a Mermadon, pese a que estábamos rodeados de gente por todas partes, y algunas personas, empezaron a mirarme como si hubiera perdido el juicio. Entonces, reparé en que estaba en una de las principales arterias de París, y que me encontraba saludando, como un descosido a un robot de dos metros de altura, que destacaba como una llama en plena oscuridad, y noté que se me subían los colores, pero ya no había vuelta de hoja y decidí arreglar aquel desaguisado, producto de mi indiscreción, lo mejor que pudiera. Lo primero sería contarle al señor du Lassard, la parte de nuestro secreto que podía revelarle, sin dejar entrever demasiados detalles y luego ya veríamos. A todo esto, el cochero, asustado y completamente desencajado por la súbita e inopinada aparición del robot, chasqueó el látigo desoyendo nuestros gritos de que nos esperase, y emprendió una veloz carrera que a poco supone el atropello de algunos peatones, que le increparon tras apartarse a duras penas de su camino. La histeria general fue subiendo de tono, y alguien avisó a una pareja de gendarmes, que porra en ristre uno de ellos, y su compañero con el revólver en la mano, se abrían paso hasta el tumulto, siendo guiados por varios ciudadanos que, me estaban señalando con el dedo:

-Es ese monstruo –dijo un hombre con sombrero hongo mientras alargaba el brazo, apuntándome con su bastón.

-Ese hombre de ahí, el gordo es el responsable de todo, él lo ha traído –exclamó a voz en cuello una mujer pelirroja con los cabellos recogidos en bucles, de unos cuarenta y tantos años, empolvada y con un vestido oscuro, que contrastaba vivamente con el llamativo y un tanto estrafalario, maquillaje de su rostro, refiriéndose a mí, evidentemente. Muy pronto, la hasta entonces tranquila y casi placentera convivencia de aquellos parisinos, se transformó en un revoltijo de carreras alocadas, gritos, imprecaciones y caídas por el suelo empedrado de la calle, tan pronto como Mermadon aterrizó ante todos nosotros casi sin hacer ruído. Debía haber activado su poder de invisibilidad.

En cuanto a mí, viendo que la gente me culpabilizaba de la llegada del robot, debido a mi imprudente saludo, pensé que tenía que poner pies en polvorosa y no iba a quedarme a charlar con quienes me acusaban, por lo que como decía un viejo dicho de mi país, de perdidos al río. Opté por aplicar esa taxativa filosofía, y avancé hacia Mermadon, para ordenarle que remontara el vuelo y nos alejara de allí. Ya se lo explicaría al señor du Lassard, en otro momento más propicio para charlar con tranquilidad. No era aquel el método más idóneo para escapar, ni activar unos estatorreactores de dos mil kilogramos de empuje cada uno, en medio de una muchedumbre vociferante y hostil, pero no veía otra solución, aparte de tener que lidiar con mi casi insuperable miedo a las alturas.

-Mañana, seré portada en todos los diarios parisinos. A ver como se lo digo a Candy, a Mark y a los Legan en cuanto esté delante suyo –dije con un suspiro de resignación a media voz, dispuesto a acometer tan estrambótica y peligrosa huída, pero por el momento, mis preocupaciones eran otras.

Venciendo mis nauseas al imaginarme a varios cientos de metros de altura, e intentando dominar el vértigo que ya iba sintiendo de antemano, resoplé y corrí cuanto pude, llegando medio agotado, hacia Mermadón, abrazándome a su cuerpo metálico tan pronto como estuve a su lado esquivando los embates de los que intentaban detenerme, mientras los gendarmes me conminaban a que no me moviera de donde estaba, haciendo sonar sus estridentes silbatos y blandiendo sus porras en ristre, que agitaban repetidamente en el aire. Entonces me giré hacia Mermadón y le grité:

-Vamos, Mermadon, remonta el vuelo, ¿ estás preparado ?

Pero el robot no respondió. Si ya de por sí, no expresaba emoción alguna, aquel exacerbado silencio me escamó. Parecía distinto, cambiado. Su amable voz no contestó a mis palabras. Antes de que pudiera prever nada, me rodeó con sus brazos sin que mis sonoras y furiosas invectivas para que me soltara, dieran resultado. El señor du Lassard intentó ayudarme, pero Mermadon lo apartó a un lado sin ser consciente de su propia fuerza, haciendo que se lastimara contra una farola. Afortunadamente, solo sufrió rasguños leves, pero el susto que se llevó, fue considerable. Antes de que mi confundido y aterrado amigo, alcanzase a entender que estaba pasando, Mermadon extrajo los propulsores de su habitáculo acorazado y empezó a emitir un denso y candente haz de llamas, que hizo que la multitud arracimada a nuestro alrededor, saliera chillando despavorida en todas direcciones.

-Mermadon, suéltame, ¿ te has vuelto loco ? –grité intentando liberarme, forcejeando contra una tenaza invencible, pataleando furiosamente y con el bueno del señor du Lassard tirando de la manaza de kevlar y acero que me retenía, con todas sus fuerzas, tras rehacerse y levantarse, pero era tarea vana- ¿ qué pretendes hacer, ? ¿ qué ?

El robot no respondió a mis requerimientos, era como si su personalidad original hubiera sido borrada de un plumazo, y me secuestró sin más miramientos, sin que ni Marcus ni ningún otro asombrado y asustado transeúnte de los que pasaban por allí, pudieran hacer nada o intentarlo tan siquiera, aunque tampoco habrían conseguido liberarme de las manos metálicas del robot, que me atenazaban como garras de acero. Aumentó el volumen del chorro propulsor que nacía de sus toberas, y salimos expelidos hacia arriba, impelidos, por la enorme potencia impulsora, de los motores de las toberas retráctiles,mientras el gentío se dispersaba atropelladamente y sin control, alguno desparramándose por las calles aledañas. Afortunadamente, si se podía tildar así semejante desaguisado, no hubo que lamentar heridos o víctimas graves, como más tade me enteraría, por boca del propio du Lassard, si acaso algún que otro contusionado, y varias damas desmayadas y ateridas de miedo, presas de crisis nerviosas y varios niños asustados, que se abrazaban a sus padres, asustados, de que "el hombre de hierro", como le llamaban, volviera volando para atemorizarles. En poco más de veinte minutos, alcanzamos el espacio aéreo de Rusia, tras atravesar media Europa y continuamos volando hacia el este, más allá de la gran cordillera de los montes Urales, en dirección a las quasi infinitas estepas asiáticas, del extremo oriente. Finalmente, ante la imposibilidad de variar ni un ápice mi incierta suerte, opté por cerrar los ojos y dejar que Mermadon me condujera hasta un destino desconocido y tal vez fatídico, sin saber si el robot que me transportaba entre sus brazos, continuaba siendo mi amigo o había dejado de serlo definitivamente.

FIN DE LA TERCERA PARTE