EN PODER DE LA DESESPERACION
CUARTA PARTE
1
Los hirsurtos bigotes cosquillearon contra mis mejillas. Notaba una persistente y fría humedad que me entraba hasta la médula de mis huesos, haciendo que tiritara de frío, pero tenía miedo de abrir los ojos y encontrarme un dantesco panorama de pesadilla, que tal vez no me gustara descubrir. Sin embargo no podía continuar con los párpados abatidos continuamente y para siempre, aunque lo hubiera preferido de esa manera. Exhalé un suspiro y el rugoso tacto de aquellas cerdas, que se restregaban contra la piel de mis mejillas, se le sumó un aliento fétido y un hedor tan desagradable como repugnante. Hice acopio de valor, reuniendo mis escasas fuerzas de flaqueza disponibles y cuando abrí los ojos, los de una rata grande como un gato y feroz como un lobo hambriento, me contemplaron inyectados en sangre. Lancé un grito descomunal y sin saber aun como conseguí hacer aquello, la así con ambas manos antes de que me mordiera y la lancé contra un muro de roca, por cuya superficie se filtraba de manera permanente una cortina de humedad. El roedor, no hizo ademan de atacarme y se limitó a salir corriendo, mientras chillaba con un quejido desgradable y silibante, que me resultó estremecedor. Pero lo peor estaba por llegar. Me refugié en un rincón y empecé a vomitar, preso de una imparable sensación de asco, mientras una bilis amarga como la hiel me subía por la garganta, confiriéndola un regusto amargo y metálico. Cuando me recobré un tanto de mi penosa y tremebunda impresión, al toparme cara a cara con aquel animal de pelaje marrón y dientes afilados, miré en derredor sujetándome el estómago con la mano izquierda. Aquello parecía una especie de prisión, y lo que en un primer momento había tomado por una gruta o caverna subterránea habilitada como cárcel, no era más que una lóbrega y húmeda celda, donde otros infortunados parecían compartir ya indiferentes, mi mismo trágico destino. Entonces, cuando mis ojos se fueron acostumbrando a la semioscuridad de tan opresivo y claustrofóbico ambiente, distinguí un ventanuco minúsculo, practicado en uno de los gruesos muros y al otro lado, algunos guardianes con uniformes que no había visto nunca, ni sabría reconocer como pertenecientes, a ningún ejército en particular.
Por el momento necesitaba respuestas, y era obvio que no disponía de ellas, aunque no tardarían en llegar muy pronto.
Me senté en un camastro adosado a la pared con cadenas chirriantes conteniendo mis ganas de llorar. Más que el hecho de haber pasado de las luminosas calles y bulevares de París, al interior de una fría y horrible prisión, que también, me afectó impresionándome sobre manera, que hubiera sido el propio Mermadón el que me hubiera arrebatado la libertad, a saber con que fines, pero una cosa parecía evidente. A simple vista, su conducta no obedecía a su propia voluntad, si no que parecía actuar por mandato de alguien, alguien lo suficientemente poderoso como para haberme internado en aquel sucio y oscuro agujero, alguien que había hecho atravesar a Mermadon toda Europa, con el único y exclusivo propósito de capturarme.
-Alguien me quiere por un fin que no alcanzo a comprender –musité intentando serenarme, cosa harto difícil por otro lado –y sospecho, es más quiero creer que ese misterioso alguien terminará por revelar su identidad y que hasta entonces me mantendrá con vida.
Intuía que estaba en Rusia, porque venciendo mi persistente miedo a las alturas, abrí los ojos brevemente durante mi viaje aéreo y alcancé a vislumbrar algunas cúpulas en forma de cebolla, bulbosas y recargadas, pertenecientes a diversas iglesias y otros edificios religiosos, pero eso no quería decir nada. Podía estar en cualquier parte de Europa Oriental, por esa clase de arquitectura no era patrimonio exclusivo de Rusia. En cualquier caso, solo me restaba esperar. La sola idea de intentar evadirme, pasó por mi cabeza, pero la descarté por varias razones.
La primera, era que no disponía ni de los medios ni del arrojo suficiente para intentarlo, y menos hacerlo sin que me descubrieran.
La segunda, porque aunque lograra escapar, no podría sobrevivir, sin dinero, sin documentación, sin saber donde me hallaba, sin dominar el más que probable idioma extranjero de aquel ignoto país.
La tercera, porque tal vez me matasen, si lo intentaba.
Como no disponía de muchas opciones, por no decir ninguna, opté por esperar a que alguien viniera a buscarme y me condujera a presencia de la importante persona que tenía en sus manos, la decisión de que viviera o fuera ejecutado en algún ignoto lugar del otro extremo del mundo.
Me acosté en el incómodo y destartalado camastro e intenté conciliar el sueño lo suficiente. Tenía que recobrar fuerzas y de paso, si conseguía dormir, a pesar de las ratas que se deslizaban por el suelo, a pesar de los lamentos desgarradores que parecían provenir de hombres torturados, pese a los espectros humanos que compartían su celda conmigo, y de los que no me podía fiar, no sabiendo si eran amigos o enemigos, aun a sabiendas de todo eso, decidí intentar dormir aunque el sueño se resistiera a acudir a mis cansados y doloridos sentidos.
-Que ironía –me dije a mí mismo- Mermadon, que se supone que es mi amigo, me ha traído hasta una prisión situada, quien sabe en que confín del mundo.
-Yo puedo responder a tus preguntas, mi querido y asustado prisionero –me respondió una voz grave y modulada, al tiempo, que por puro acto reflejo me erguía haciéndome un ovillo sobre el camastro, tratando de procurarme una débil e inexistente protección.
Cuando enfóque la vista hacia el lugar de donde provenía la armoniosa voz, me topé con un hombre relativamente joven, con una magnética mirada de la que era casi imposible sustraerse y una cuida y recortada barba que se unía a sus cabellos pulcramente recortados. El hombre, con apariencia de militar estaba franqueado por dos guardianes, ataviados con uniformes oscuros, y cuyos rostros de rasgos orientales, denotaban un feroz y temible aspecto.
Aquellos hombres sostenían grandes y amenazadores fusiles entre sus manos, con los que me apuntaban todo el rato.
El militar, al que supuse el jefe de todo aquel tinglado, o por lo menos, la mano derecha del que lo presidía, me sonrió de forma afable y se expresaba en un inglés correctísimo y sin apenas fallos destacables, y con un ligero acento eslavo.
-Bienvenido a Mongolia, señor Parents –me dijo aquel hombre, que rió divertido, ante mi más que evidente desconcierto.
2
Sacudí la cabeza intentando no dejarme llevar por el pánico, pero evidente que resultaba tarea vana. Allí, ante aquel hombre de maneras impecables y seductor gesto, franqueado por los que parecían ser sus guardasespaldas personales era imposible que la mente no divagase hacia destinos innombrables y desesperados, como el que suponía me aguardaba en manos de aquellos militares. El que parecía llevar la voz cantante avanzó lentamente hacia mí y se llevó la mano al bolsillo derecho de su pesado y largo abrigo militar, con parsimonia. Un sudor frío recorrió mi espinal dorsal, al tiempo que empezaba a temblar sin poder evitarlo, imaginando lo peor. Intenté retroceder, pero detrás de mí, como por ensalmo, aparecieron otros tres hombres uniformados, y tocados con gorros de piel oscura. Sus rasgos eran también orientales y sus semblantes, brutales y hoscos. No sabía que hacer, aunque tenía muy pocas probabilidades, por no decir ninguna. Si intentaba huir, los hombres que estaban situados a mi espalda me atraparían y si me quedaba quieto, tal vez me matasen de todas cualquier caso, intenté aparentar serenidad, pero no tenía el temple necesario ni el aplomo suficiente como para mostrar firmeza y determinación. Podía ocurrir cualquier cosa, que mi captores se enojasen y terminaran conmigo inmediatamente, o que dedicieran alargar mis padecimientos, mediante largas y refinadas torturas. Con aquella desazón que me invadía, no reparé en que el hombre de la sonrisa cautivadora y los enigmáticos y atrayentes ojos verdes, no me habría hecho traer cautivo desde Francia, hasta los confines de Asia, solo para matarme inmediatamente, a no ser, que fuera, el objeto principal de una taimada y ladina venganza. Repasé mentalmente la lista de adversarios que habíamos tenido, e incluso, llegué a imaginarme que aquel hombre actuaba por cuenta de Albert, pero aquel razonamiento era absurdo. No podía creer que el largo brazo de Albert lo fuera tanto, y menos desde la prisión en la que aun cumplía condena. De todas maneras, dejé de hacerme cábalas. Podía ser cualquiera, hasta un antiguo enemigo de Mark, del que no me hubiera hablado nunca. Los viajes en el tiempo otorgan una amplísima perspectiva de muchas cosas, y dan para mucho. Mark podría haberse ganado enemigos en todas las épocas de la Historia, aun sin pretenderlo, porque solo deseaba vivir en paz, pero sus facultades, resultaban demasiado tentadoras y codiciadas para cualquiera con ansias de dominio y poder ilimitado. Ser capaz de cambiar el curso de los acontecimientos, para obtener resultados en provecho propio. No sabía cuan cerca estaba de dar con la verdad, aunque no podía ni imaginar la manera en la que el astuto y ladino personaje que se pavoneaba ante mí, había sabido de Mark y de todos nosotros. Hizo un gesto y al instante, dos soldados me sujetaron con fuerza. Sus dedos eran de acero y no tenían nada que envidiar a los de Mermadon. El hombre se acercó a mí y terminó de extraer el objeto que guardaba entre los pliegues de su atuendo castrense.
-No por favor, no –supliqué horrorizado, imaginando ya el frío contacto del cañón de un revolver sobre mi frente –no, dije desviando la vista, aterrado.
Sin embargo, sentí la caricia de un tejido tan suave que se diría que parecía hecho de materia eterea e intangible. Me atreví a mirar, y sudando profusamente, comprobé aturdido que el hombre estaba enjugando la sudoración que perlaba mi frente y sienes, y que goteaba sobre mis hombros.
-Tiene usted demasiado imaginación, mister Parents, -dijo sonriendo benevolente- no voy a matarle, por lo menos, por ahora, ya que me es necesario para atraer a alguien que usted conoce muy bien.
Entonces chasqueó los dedos y una forma imprecisa y vacilante se recortó en la entrada a la lóbrega celda en la que había sido confinado. Su sombra se proyectó ante mí, mientras dos puntos de luz rojo ardían en lo que parecía ser la cabeza de aquella mole construído en acero y kevlar.
-Mermadon –musité perplejo. Empezaba a entender algunas cosas, y cuando mi mente hilvanó una hipótesis tan aterradora como crudamente posible, mi rostro adoptó una expresión de infinito pesar.
No me atrevía a expresar en palabras, lo que estaba pensando y que me negaba a aceptar.
-Ahora se llama Temujín –dijo el siniestro personaje guiñándome un ojo. Empezaba a entender muchas cosas y me suponía, sin posibilidad de equivocarme o por lo menos dejando muy poco margen para suponer que todo aquello no fuera más que una farsa, o una broma muy elaborada urdida a saber por quien y con qué siniestros fines, que me hallaba ante un nuevo aspirante a ocupar el trono del mundo.
3
Arqueé las cejas mientras era conducido a un ambiente menos lóbrego y acogedor. Aquel sitio, parecía una especie de base o campamento militar muy bien organizado y por todas partes, se veía una intensa actividad castrense donde varios cientos, quizás miles de hombres, que parecían haber nacido para la guerra y haber hecho de la misma su forma de vida, saludaban con un ceremonioso respeto y veneración a mi molesto y temible captor, que se afanaba en transformarse en un anfitrión ocurrente y amable. Tratando de no mostrarme insolente o poco colaborador, decidí seguirle el juego, porque por otro lado, no tenía otra alternativa. Así, que fuertemente custodiado y precedido por el barón, detalle que él mismo me reveló, nos dirigimos hacia una especie de salón con un servicio de te y varias butacas de cuero, con apariencia de ser muy cómodas y mullidas. Cuando entramos en la estancia, nuestros guardianes nos dejaron solos, y Mermadon, ahora identificado como Temujín, se situó detrás del militar que se sentó frente a mí, invitándome a mi vez, a tomar asiento.
-Mi nombre es Urgern von Sternberg y como ya le he comentado –me dijo amablemente mientras cruzaba las piernas, y hacía lo mismo con sus brazos, sobre el pecho en el que brillaba, prendida del mismo una condecoración militar- usted, por el momento me resulta de mucha utilidad para mis planes.
Miré a Mermadon. No sabía que podía haberle ocurrido al amable robot para actuar así, pero era más que evidente que había cambiado por completo. No era el mismo y desde que me había secuestrado arrebatándome de las concurridas calles de París, en medio de un gran tumulto provocado por su llegada, no había pronunciado ni media palabra.
-Vaya directamente al grano barón –dije acremente, y sin medir las presuntas consecuencias de mis palabras. Si aquel hombre se enojaba, o lo resultaba descortés, según el particular baremo, que él tuviera para evaluar las acciones que podían resultar correctas de la que no lo eran, en una presunta escala de medidas podía pasarlo muy mal, o incluso hasta caerle en gracia.
El barón rió brevemente y sonrió, sirviéndose una copa de vodka de un mueble bar cercano. Aunque Temujin iba a hacerlo, anticipándose a los deseos de su nuevo amo, Urgern le contuvo con un seco gesto de su mano enguantada y abandonando su confortable sillón, lo hizo él mismo. Me ofreció una copa, pero la rechacé, declarando que era abstemio.
El barón retornó a su butaca, situada junto a una chimenea donde ardía un acogedor fuego y dijo:
-Es usted un hombre inteligente, señor Parents, lo intuyo en sus ojos, y estoy seguro de que se infravalora en extremo, no tomando conciencia del verdadero potencial que se encierra en usted.
Cruzó los dedos sobre su rodilla derecha y asintió. Aquel enigmático y astuto noble, si es que era realmente un barón, estaba adivinando lo que en esos momentos, me pasaba por la cabeza.
-Temujin era el nombre de Gengis Khan, cuando no era más que un muchacho, antes de ser entronizado como emperador de todos los mongoles -afirmé haciendo memoria de donde había oído hablar de aquel nombre tan particular, mientras no replicaba a los elogios del barón.
Urgern batió palmas, complacido por mis conocimientos y haciendo un gesto al robot, este comenzó a proyectar sobre una pantalla de cine dispuesta al efecto, las mismas imágenes que se revelaran ante él, cuando el disparo que realizó contra Mermadon, activó por una suerte de casualidades que solo podían ocurrir, una vez entre un millón, el monitor oculto en las entrañas del robot y me mostró a mí mismo, junto a Mark y a Candy, en otras circunstancias más felices y afortunadas que aquellas.
-No, mis amigos, mis amigos –dije derramando algunas lágrimas sin poder contenerme- pretende utilizarme para atraer a Mark.
-Y servirme de su poder para restaurar el legado del conquistador del mundo –me dijo señalando enfáticamente hacia una pintura idealizada de la efigie del gran y legendario guerrero, situada sobre la chimenea.
Sus gestos eran delirantes e histriónicos. Pese a su evidente encanto y forma de expresarse cortés y educada un tanto engolada, junto con sus maneras exquisitas y su porte aristocrático, nada me hacía ya dudar de que estaba frente a alguien que había perdido completamente la razón. Lo siguiente que dijo, no hizo más que me reafirmara en mi opinión:
-Porque yo mismo –dijo elevando la voz al referirse así mismo, mientras se señalaba el pecho de su guerrera, cuajada de medallas, y gesticulando exageradamente - soy la encarnación viviente del gran Genghis Khan.
En ese momento, en las imágenes proyectadas por el robot sobre la pantalla, aparecía Candy. Noté un estremecimiento que hizo que me hundiera en el respaldo del sillón que ocupaba. Estaba tan aterrado y perplejo, que no me dí cuenta de que mi interlocutor había abandonado su asiento y se había situado detrás de mí, posando sus ágiles y diestras manos sobre mis hombros, al tiempo que se inclinaba hacia mí y me susurraba al oído:
-Sé que estás enamorado de ella –dijo pasando a tutearme de improviso, de buenas a primeras mientras dirigía su quasi hipnótica mirada hacia la pantalla y luego me observaba a mí directamente - lo he leído en tus ojos, querido Maikel, no hay más que ver la devoción con la que contemplabas su rostro en la película, y que a diferencia de tus otros amigos, no has podido superar nunca esa pasión, ese amor que te consume por dentro como un fuego abrasador.
No supe reaccionar ante la imprevista y descarnada confesión del barón. Mis ojos marrones se quedaron prendidos en las cautivadoras pupilas verdes que parecían sonreírme desde el otro lado de la pantalla. Odiaba a aquel canalla sin escrúpulos, pero no podía negar, que había tocado una fibra sensible dentro de mi ser acertando de pleno, en su diagnóstico. Desvié la mirada y extendiendo una mano hacia delante musité con voz apagada y trémula:
-Por favor, apague eso, no puedo soportarlo.
El barón se situó junto a mí y me susurró al oído. Su voz era tan insinuante y acariciadora, que no conseguí sustraerme a su influjo:
-Yo podría hacer que fuera tuya para siempre. Si tanto la amas, podrías tenerla solo para ti, si cooperas conmigo. Esto no tiene porque terminar con tu ejecución. Podrías ser un valioso colaborador en el nuevo mundo que ha de surgir de los rescoldos y cenizas de este otro que caduca. Me resultas afín y cercano, y me eres simpático. Una vez que gobernase, podría acordarme muy bien de todos aquellos que me sirvieron lealmente y me apoyaron sin contemplaciones, ni fisuras en mi arduo, pero predestinado camino hacia mi legítimo trono. Puedo convertirte en rey de una tierra que ni en tu más remota imaginación, hubieras podido sospechar ni que existiera ni concebir, aun con los ojos de tu imaginación. Si atraes a Mark hasta mí, apoyándome en todo y convirtiéndote en mi leal vasallo, te haría rey, tan pronto como yo fuese coronado emperador, y Candy sería tu reina.
Hizo una pausa para estudiar el efecto de sus palabras sobre mí. Independientemente de que considerase una canallada o no, semejante propuesta, tenía que reconocer muy fríamente que era una oferta muy tentadora. Sin embargo, el recuerdo de Buzzy Jonson haciendo daño a Candy y sus brutales hombres maltratando los niños y a las buenas mujeres que regentaban el Hogar de Pony, hizo que nuevamente me aferrase con desesperación a la realidad, por horrible y descarnada que resultara. Pensé en el bofetón de uno de los matones del gangsters, que me costó varios dientes y unos cuantos puntos de sutura, al interponerme entre él y la hermana María y un coraje inusitado invadió mi alma, insuflándome nuevas energías, aunque tal vez estuviese cometiendo una locura de consecuencias tan irreparables, como demoledoras.
-Vete al cuerno –le dije sin pestañear ni titubear, sosteniendo su mirada, aun a riesgo de que mataran allí mismo como a un perro, tuteándole. Si iba a ejecutarme, tanto daba andarse con florituras y formalidades como si no, por el miedo a que mandara a sus hombres, que me eliminasen. Callé por un momento, observando decepción y rabia contenida en las pupilas verdes del barón. Decidí recrearme en mi pírrico y efímero triunfo y le advertí severamente, con el desesperado y postrer coraje, del que supone que no tiene nada que perder u ofrecer nada más en esta vida:
-A Candy no la involucres en esto, en ningún modo, ni se te ocurra –le dije, revolviéndome furioso, situando mi rostro a muy pocos centímetros del suyo, y dándome igual que me fusilaran o me permitiesen seguir viviendo.
Entonces chasqueó los dedos. Mermadon, ahora rebautizado como Temujin, asintió y saliendo lentamente al exterior, activó los dos propulsores gemelos que llevaba a la espalda produciendo el familiar y atronador rugido que se desprendía de sus motores, cuando estaban a plena potencia. Lancé un grito estremecedor y me precipité al exterior, justo a tiempo para ver como Mermadon se disponía a alzar el vuelo, pero sin poder hacer nada para evitarlo. Urgern hizo un gesto a sus guardias, impartiéndoles una tajante orden, de que no obstaculizaran mi supuesto intento de fuga. De sobra sabía, el astuto barón que no iría muy lejos, sin ayudas de ningún tipo.
-Detente, por favor, Mermadon, detente -exclamé entre lágrimas de impotencia, y los puños contraidos por la rabia, reclinándome sobre mis rodillas y golpeando la tierra, con mis manos furiosamente, pero el robot hizo caso omiso a mis desesperadas súplicas. Unos instantes después, abandonaba el suelo y partió velozmente hacia Odesa, para salir al encuentro de Mark y de Candy, cerrando así la capciosa y traicionera trampa, tendida por Urgern en torno a mis amigos, sin que esto se percataran en lo más mínimo, de nada.
-Es inútil, querido amigo –dijo Urgern sonriendo aviesamente y con delectación -cuando se encuentre con Mark, y le ponga al corriente de la situación, no dudará ni un solo instante en venir a rescatarte, solo para descubrir que hizo tan largo viaje para rendirme pleitesía y entrar inmediatamente, a mi servicio como un fiel y leal instrumento de mis planes de conquista, a cambio naturalmente, de mantenerte con vida.
4
Resignado a lo inevitable, ya todo me daba igual. Me dejé conducir dócilmente por los guardianes de Urgern, el cual me trató con la más absoluta y cortés deferencia, mostrándose en todo momento como un anfitrión habilidoso y gentil, pero nada podía quitarme de la cabeza, que por un motivo u otro, nuevamente, yo iba a ser el cebo que atrajera a Candy y a Mark hasta una trampa mortal. Nuevamente, un oportunista, un iluminado que se creía con derecho a ostentar el poder supremo sobre el planeta, trataba de consolidar sus sueños de conquista y hacerlos realidad a través de Mark. Sospechaba, que a Urgern, no le interesaba tanto yo como rehén, si no lo que pretendía era atraer a Candy, porque sabía de sobra, que con ella en su poder, Mark se plegaría más fácilmente a sus exigencias. Ignoraba lo que tardaría Mermadon en ir y venir hasta Odesa, llevando el fatídico mensaje hasta Mark, pero si lo hacía a la misma velocidad, con la que habíamos cubierto la distancia entre Francia y Mongolia, si es que estábamos realmente allí, porque no me fiaba ni un pelo de aquel hombre, sería relativamente breve. Por otra parte, el astuto barón había previsto cualquier contingencia y siempre iba a todas partes, escoltado por dos hombres que estaban pendientes de mis más mínimos movimientos. Tal y como me había informado el propio Urgern en el transcurso de nuestra conversación, el objetivo de ponerme bajo vigilancia permanente, no era evitar que pudiera fugarme. Dadas mis condiciones físicas y mi baja forma, así como mi poca habilidad para sobrevivir en entornos hostiles y la imposibilidad de escapar de un recinto amurallado, controlado por guardias armados las veinticuatro horas del día, no iría muy lejos. La verdadera finalidad de la molesta y cargante escolta que me seguía a donde quiera que me desplazara, era frustrar cualquier tentativa de suicidio por mi parte, y de esa forma, propiciar que Mark desatara todo su poder sobre el barón y sus hombres consumando una terrible venganza, si a mí me ocurría algo. Debido a la estrecha custodia a la que era sometido por parte de dos cosacos, grandes como armarios y de rasgos feroces que reflejaban su indudable ascendencia oriental, y que no me dejaban ni a sol ni a sombra, el barón había consentido en que me moviera sin grilletes ni cadenas de ninguna clase, dándome cierta libertad para visitar lo que parecía un castillo, que constituía la sede de su principal base de operaciones. Me pidió a cambiar mi promesa de no intentar escapar a cambio de no cargarme de cadenas. Estuve a punto de echarme a reír, pero decidí no hacerlo, no fuera que el voluble y cambiante barón, se sintiera ofendido por mi hilaridad. La razón de que encontrase tan graciosa una situación a la postre tan desesperada, se debía a que, aun careciendo de cadenas, los dos cosacos me echarían el guante en un suspiro, y aunque lograse perderles de vista, ¿ a dónde iría ?, rodeado de cientos, sino miles de kilómetros cuadrados de áridas estepas e inclementes desiertos. ¿ A quién pediría ayuda ? si solo sabía hablar inglés y español, y chapurreaba algo de francés. Descarté la idea de mi mente, por irrealizable, que no por descabellada, y por pura curiosidad le pregunté en que ciudad estábamos y me respondió refiriéndome que nos encontrábamos en la capital de Mongolia, que el barón, al frente de sus tropas, había según sus propias palabras liberado para restaurar una monarquía universal.
-¿ Quieres saber como conquistamos la ciudad ? ¿ cómo se la arrebatamos a los chinos ?
Asentí mirándole fijamente, mientras observaba de reojo y con desagrado, mi nuevo vestuario. Mis ropas originales estaban tan sucias y echadas a perder que había tenido que entregarlas a una silenciosa mujer, que el barón puso a mi disposición como asistenta doméstica, pese a mi negativa inicial, para que las lavase y restregara, teniendo que conformarme con un kaftan de colores chillones y de tela áspera y curtida, cuyas mangas me venían demasiado grandes, aunque la prenda me estaba estrecha de sisa. Mi apariencia causaba risa entre los guardianes de Urgern, el cual les hizo callar con una severa mirada. Los soldados bajaron la cabeza y volvieron a sus rutinarios quehaceres y labores dando por zanjado el incidente.
Miré a la asustada mujer y realicé grandes aspavientos dando a entender que me complacían sus servicios, y que todo estaba conforme y de acuerdo para mi gusto. La campesina sonrió nerviosa y se adentró en una especie de cuartucho, que hacía las veces de lavandería, donde se encargaría de adecentar en la medida de lo posible, las arrugadas y descoloridas prendas.
Tuve que aceptar la imposición del barón de asignarme una sirvienta, porque de lo contrario habría ordenado ejecutar a la temblorosa y humilde campesina empeñada en caerme en gracia y no quedar mal delante de su señor, porque le iba en ello la vida, que para Urgern era tan prescindible como un pañuelo usado.
El barón retomó el hilo de su monólogo, y asintiendo con orgullo, dijo:
-La ciudad era prácticamente inexpugnable y al estar tan bien defendida, sufrimos demasiadas bajas, lo suficientemente elevadas como para que empezásemos a preocuparnos. Entonces ordené disponer una serie de hogueras rodeando el perímetro de Urga, allí, allí y allí, en esas montañas que circundan la capital –me iba indicando con un gesto de su mano extendida- lo cual les hizo creer de inmediato, que les superábamos en número, aventajándoles claramente, y que habíamos recibido refuerzos recientemente, por lo que no dudaron en rendir la ciudad, enseguida. Huelga decir que tan pronto como entramos en Urga, realicé un pequeño escarmiento con aquellos descreidos e infieles que se negaban a aceptar mi autoridad, la autoridad de su señor, la deidad viviente –declaró elevando la voz, ligeramente al final de su discurso.
Aparté asustado la vista de sus ojos, que ardían como ascuas de luz, temeroso de que intuyera el temor que se reflejaba en los míos. Sentía escalofríos ante la imagen de pavorosas matanzas sin igual, indiscriminadas y espantosas, que mi mente imaginaba, sembrando de cadáveres, las calles de la populosa ciudad, en la que habían ardido grandes piras funerarias durante días, proyectando el hedor de la carnicería a muchos kilómetros de distancia de allí y por cuyas calles empedradas, la sangre de miles de personas había corrido, como las aguas embravecidas de un río desbordado, a consecuencia de la violenta represión ejercida sobre la inerme población civil de la ciudad.
Ahora comprendía perfectamente, el temor que se reflejaba en las huidizas pupilas de la sencilla y silente campesina, a la que habían abocado, a trabajar para mí mediante amenazas, sin remuneración alguna. Definitivamente, aquel hombre excepcional, que era brillante y notable de no ser por su acendrada megalomanía y peligrosos delirios de grandeza, estaba completamente ido.
5
Les costó orientarse a través de la intricada red de calles de la ciudad. Odesa era una urbe tan deslumbrante y acogedora, que Candy, en ocasiones creía que no se había movido de París. Afortunadamente, consiguieron entrar en contacto con algunos amables ciudadanos ingleses, de paso por la ciudad y que les indicaron donde se encontraba la calle en la que, el padre Graubner vivía. Según las descripciones de Haltoran, era una callejuela estrecha y angosta, a la que la luz del sol le costaba iluminar, debido al tupido entramado de viviendas antiguas, muy próximas unas a otras, que dificultaba que la claridad natural llegase a hollar su pavimento empedrado.
Candy estuvo a punto de preguntarle a Mark si también dominaba la compleja lengua vernácula de Dostoiesky y de Leon Tolstoi, pero sus preguntas quedaron plenamente contestadas y sus consiguientes dudas despejadas, cuando Mark salió al paso con educación y cortesía de una pareja de jóvenes que venía caminando en sentido contrario al suyo, y les requirió por la escondida y recóndita calle. El joven, sonrió levemente y le dijo en ruso que no le entendía, mientras su acompañante, una muchacha rubia con trenzas le dio a entender por señas que le ocurría lo mismo que a su novio. Mark asintió y tras un cortés cruce de agradecimientos mutuos, cada uno continuó su camino.
-Creí que también dominabas el idioma ruso –dijo Candy riendo quedamente, mientras Mark la atraía hacia sí, para besarla en la mejilla derecha.
-No, Candy, se trata de un idioma muy complicado. El alfabeto cirilíco siempre se me ha resistido, aunque de vez en cuando intento leer algo de Leon Tolstoy por ejemplo en ruso, y voy progresando, me temo que el iridium no consigue hacerme aprender su gramática, más rápido que con otros idiomas, por lo menos en el caso de este.
Se internaron por un estrecha y umbría callejuela, siguiendo las últimas indicaciones dadas por algunos ciudadanos ingleses, que estaban en Odesa por asuntos de negocios, y finalmente consiguieron dar con la vivienda. Era una casa de dos plantas, de estructura recia, con una gran puerta de madera, muy recia y pesada. Sobre el techo de tejas, destacaba una veleta pintada enteramente de negro, con la silueta de un gallo posado sobre la cruz, que indicaba los diversos puntos cardinales y en esos instantes, estaba apuntando hacia el norte, aunque la veleta no se había movido desde hacía algunos días, debido a la total ausencia de viento.
Mark había conseguido que Haltoran, abusando de la hospitalidad del anciano sacerdote, permanecieran en la vivienda de este, hasta su llegada, aunque ignoraba que afortunadamente, lo peor para Annie había pasado. No eran momentos para bromear, pero la tensión a la que se estaban viendo sometidos ambos, era tal que, pese a estar atravesando un trance tan duro como penoso para los dos, sobre todo para Candy, el hacer alguna inocente confidencia no tenía porqué desmerecer ni muchísimo menos, la honda preocupación que ambos jóvenes arrostraban en lo más recóndito de su alma. La puerta principal estaba entreabierta, y en el espacioso y un tanto oscuro zaguán, una mujer entrada en la cuarentena, que recogía sus cabellos prematuramente grises en un moño sujetado por grandes horquillas, estaba barriendo rítmicamente mientras tarareaba una vieja canción francesa. La señora estaba vestida enteramente con ropas oscuras, pero sus ojos parecían destilar una alegría y una vitalidad que no se correspondían con su severo y adusto aspecto. Mark, que había tenido la previsión de guardar sus ropas, pese a la precipitación de su partida, en una mochila que resistía los embates del iridium, se cambió antes de entrar en Odesa en un bosque cercano, situado en los aledaños de la gran ciudad. No habría sido de recibo, pasearse por las calles de la urbe, con una indumentaria inapropiada para aquellos años. Lo único que temían es que alguna patrulla de policía les pidiera la documentación y que a partir de ahí comenzasen nuevamente las dificultades. Mark debería haber prestado más atención a esas cuestiones tan aparentemente triviales, y que Candy le recordaba constantemente, pero con las prisas, había dejado olvidado su pasaporte en la mesita de noche de la habitación, que los du Lassard les había asignado, gozosos de tenerlos entre ellos y que les honraran con su presencia. Y el hecho de que Candy, si llevara entre sus pertenencias su pasaporte, no solucionaría el problema, porque evidentemente un hombre como Mark, sin documentos acreditativos de su identidad, en compañía de una muchacha tan hermosa y llamativa, podía despertar las sospechas de cualquier agente de la ley y sugerir todo tipo de interpretaciones y dudas, a cual más retorcida o generar embarazosas preguntas, difíciles de responder. Afortunadamente, no tuvieron ningún encontronazo con las autoridades de Policía, y la Milicia Local no estaba realizando ningún control de sospechosos, por las calles que atravesaron, hasta dar con la casa del religioso.
La señora dejó un momento de barrer y se apoyó sobre la escoba a modo de bastón. Sonrió y preguntó en ruso que deseaban. Al escuchar a Mark, expresarse en inglés que no entendía sus palabras, la mujer se disculpó y esbozó otra sonrisa de circunstancias, pasando a hablarles en francés, idioma que Mark, si dominaba.
-Quisiéramos ver al Padre Graubner, si no es molestia. Una amiga nuestra se acoge en su casa y sospechamos que está gravemente enferma.
Mark intentaba que su voz sonara natural, intentando no delatar la impaciencia que le consumía para llegar cuanto antes al lado de Annie, mientras Candy se asomaba sobre su hombro asintiendo brevemente, y con la incertidumbre más absoluta, pintada en sus hermosos ojos de esmeralda.
Pero no fue necesario que la señora Drouet, fuera en busca de la mencionada joven, porque esta salió caminando por su propio pie, en compañía de Haltoran y del religioso. Al verla, los ojos de Candy se iluminaron, anegándose de lágrimas y abriéndose paso precipitadamente, entre su marido y el ama de llaves del sacerdote, la llamó a voz en grito por su nombre. Annie corrió al encuentro de su amiga, entre asombrada y maravillada por escuchar su voz, donde menos esperaba hacerlo, y las dos muchachas se fundieron en un largo y emotivo abrazo, mientras Mark y Haltoran hacían lo mismo, palmeándose la espalda mutuamente, mientras el padre Graubner les observaba con gesto confundido pero afable, no tanto, porque unos viejos y queridos amigos de sus protegidos se hubieran personado allí, si no porque, después de tantos años, había vuelto a reencontrarse con Mark, pese a que tal hecho no constituía una sorpresa, una vez que él y Haltoran hablasen largo y tendido, sincerándose completamente, acerca del inusitado y para nada convencional primer encuentro entre el sacerdote y el viajero del tiempo errante, que tuvo lugar en una helada planicie de Siberia, hacía ya tanto, que el padre Graubner no recordaba todos los detalles de aquel hecho.
6
Mark, se había sorprendido gratamente de encontrar a Annie plenamente restablecida y haciendo gala de tan buena salud. Una vez que todos se serenaron un poco, y decidieron continuar la conversación en el espacioso interior de la casa del padre Graubner, las explicaciones a tantos y tan sorprendentes hechos no tardarían en llegar, en torno a una apetitosa comida, que la señora Drouet preparó enseguida, para festejar tan grato y entrañable encuentro entre ambos matrimonios. Haltoran explicó con ojos encendidos, como el bondadoso y valeroso anciano había salvado la vida de Annie, que aferraba la mano izquierda de su esposo, mientras la señora Drouet iba y venía entre la cocina y el salón trayendo diversas y variadas fuentes de las que se desprendía un apetitoso aroma y atestando de comida la ya de por si, repleta mesa que presidía el salón principal de la casa.
-Le debo la vida Candy –dijo Annie, posando sus hermosos ojos azules en el sacerdote que trataba de quitar importancia a su generoso y altruista gesto- de no ser por él, no lo habría contado –repuso Annie, estremecida por el recuerdo de los pesares que su dolencia le había acarreado y que deseaba olvidar cuanto antes.
-Vamos, vamos, queridos amigos –dijo el padre Graubner sonriendo y moviendo las encallecidas manos de atrás hacia delante- yo no hice nada. Debéis agradecérselo a El –dijo señalando con la cabeza que inclinó humildemente, hacia un crucifijo que destacaba en el interior de una capilla privada, la misma en la que el sacerdote había orado durante toda la noche por la salvación de Annie, mientras Haltoran velaba el inquieto y turbulento sueño de su esposa con idénticas aspiraciones.
-Es usted un hombre excepcional padre –dijo Mark inclinando la cabeza en señal de respeto.
La comida se prolongó hasta bien entrada la sobremesa, en la que la conversación amena y amistosa fue la tónica dominante. La propia señora Drouet tuvo que ceder a los insistentes requerimientos del sacerdote y de sus invitados, y sentarse a comer en su grata compañía, pese a que insistía en ir directamente a la cocina, porque aun tenía mucho trabajo pendiente por hacer.
-Ya lo hará querida señora Drouet, hoy es un día feliz, porque unos buenos amigos han encontrado a otros que creían extraviados definitivamente.
Haltoran contó los incidentes que habían atravesado en su inicialmente placentero y tranquilo viaje, hasta que asistieron a aquella aciaga fiesta en la mansión del noble italiano. Por respeto al padre Graubner, y por supuesto para evitar que su esposa sufriera lo indecible, Haltoran se guardó para sí los detalles más escabrosos de aquel triste incidente y narró a sus amigos como el Donatelli, un barco de línea italiano, había naufragado por culpa de una mina errante, justo en frente de Yalta, localidad situada en las costas de Crimea, como habían sido hechos prisioneros por una comnidad cosaca itinerante, y que después de fugarse con el sorprendente beneplácito del atamán cosaco, habían recalado en Odesa, hasta que a punto de embarcar en el Jules Verne, la imprevista enfermedad de Annie, había dado al traste con sus planes de emprender el camino de regreso hacia los Estados Unidos.
-¿ Y Maikel ? –preguntó Haltoran acordándose imprevistamente de mí.
-Prefirió retornar a Estados Unidos, él solo, donde aguardará nuestro regreso. Creo que a estas alturas ya habrá llegado o estará a punto de hacerlo –repuso Candy, dubitativa experimentando un alfilerazo de inquietud al haber tenido un repentino y mal presentimiento.
-Lo mismo que Mermadon, al que le dí instrucciones de que cesara la búsqueda de James, para avisarte lo antes posible de lo mal que lo estaba pasando Annie –repuso Haltoran.
Al escuchar la mención a su padre, Candy notó una repentina tristeza y Mark la abrazó preguntándole inquieto:
-Cariño, ¿ te encuentras bien ? si es porque Haltoran ha mencionado a tu padre…quiero decirte que ahora, que las cosas se han encauzado lo suficiente, podríamos continuar buscándolo.
Candy negó enérgicamente con la cabeza sacudiendo sus rizos dorados. Por un instante a Mark le pareció que la oscura estancia, se había llenado de luz con aquel inocente gesto de su esposa.
-No, Mark –dijo la joven extendiendo la mano izquierda para aferrar la de su esposo- ya no es necesario. Lo único que quiero ahora es que volvamos todos juntos a nuestros hogares y podamos olvidarnos de estas amargas experiencias lo antes posible.
Haltoran preguntó con un deje de inquietud a Mark, si cuando se había encontrado con Mermadon, le había visto en buen estado. Pese a la fortaleza y corpulencia del robot, a Haltoran no le agradaba en absoluto, que vagabundeara por medio mundo, a merced de cualquier desaprensivo. El robot, en el fondo era como un niño con la fuerza de un toro, impresionable y muy influenciable, al que alguien con pocos escrúpulos y la suficiente astucia podía llegar a engañar, aprovechándose de sus debilidades, más aun, si el robot había sufrido algún accidente, encontrándose en situación de desamparo e indefensión. En un intento por eliminar cualquier rasgo de agresividad en su personalidad, Haltoran le había imbuido de un carácter demasiado cándido e inocente, dejándole solo las premisas básicas y fundamentales para su autoconservación.
Mark negó con la cabeza. Creía que el robot ya se había puesto en contacto con Haltoran, el cual se llevó las manos a la cabeza espantado, al enterarse de que en ningún momento, Mermadon se había encontrado con Mark, Candy o conmigo.
-¿ Cómo supistéis entonces de nuestra situación ? –preguntó horrorizado el joven pelirrojo, intuyendo que algo malo le había ocurrido al robot, mientras su esposa le rogaba que mantuviera la calma y la compostura.
-Mi maestro me informó de que había recibido un mensaje suyo, pero que la comunicación se cortó de repente y que ya no se supo nada más de él.
-Maldita sea –exclamó Haltoran abandonando precipitadamente la mesa, para salir a la calle, temiéndose ya lo peor.
El padre Graubner suponía que se estaba refiriendo a una persona de carne y hueso en vez de un robot de acero y kevlar, aunque pronto habría que contarle la verdad relativa a tal hecho, dado que ya de por sí, conocía los principales secretos de Mark y de Haltoran.
En ese preciso instante, una forma imprecisa y maciza se materializó en el exterior de la casa, mientras el sonido amortiguado de unos motores que se apagaban, hicieron que Haltoran saltara como impulsado por un resorte.
-Es él, es él, ya ha retornado, ya está aquí –dijo Haltoran feliz de reencontrarse con su amigo, sano y salvo.
Haltoran avanzó con grandes zancadas hacia la gran puerta adornada con artesonados, mientras todos le seguíamos, y el padre Graubner que no entendía nada de nada, apretó el paso para acompañarles. Cuando abrió la puerta, el robot permanecía ante Haltoran estático y sin decir nada. El joven pelirrojo sonreía, mientras el religioso miraba a Mark interrogante.
-Yo se lo explicaré, padre –dijo el joven que apenas había tenido tiempo de saludar al amable religioso que le diera cobijo y apoyo hacía ya tanto tiempo.
-Tenemos mucho de que hablar hijo –le espetó el sacerdote- desde lo de Tunguska, creí que no volvería a encontrarte, y tu aspecto…-dijo rozando la mejilla derecha del joven con sus manos- no has cambiado nada. Me negaba a creer que lo que me contaste era cierto, pero veo que no.
-Ahora debo acudir junto a mi amigo padre, le prometo que seguiremos hablando –le dijo Mark lanzando nerviosas miradas hacia la puerta, y sospechando que algo no iba bien.
-Lo comprendo, Mark, ve, luego hablaremos.
Cuando Haltoran iba a aproximarse a su amigo para abrazarle, las manos de Mark aferraron el hombro de Haltoran, como si fueran de hierro. El joven pelirrojo se volvió airado hacia su amigo, y le preguntó mirándole extrañado:
-¿ Qué te ocurre Mark ? ¿ has perdido la razón ?
-Esto no me gusta Halt, -dijo Mark con una nota de advertencia, en su tono de voz serio y cortante- no es el mismo. Ha cambiado. Por si acaso no te acerques a él, hasta que averiguemos que le ha ocurrido.
-No digas tonterías. El nunca…
Cuando iba a zafarse de los dedos de Haltoran, las compuertas acorazadas del torso del robot, se abrieron de par en par emergiendo un monitor, que se iluminó sorpresivamente, apareciendo mi imagen, esposado y custodiado por dos guardianes que me apuntaban con sus armas.
-¡! No, maestro, no! –exclamó Mark fuera de sí, siendo él ahora el que se abalanzaba sobre Mermadon. El robot hizo un gesto y una cortina invisible se alzó en torno suyo, rechazando a Mark como si fuera un pelele.
-¿ Qué ? –preguntó extrañado el joven llevándose la mano izquierda a la frente al notar el contacto húmedo y caliente de su sangre en contacto con su piel. Retiró los dedos ensangrentados, como consecuencia de la herida que se había hecho, al rebotar contra el intangible, e impermeable muro de iridium.
-Un escudo de iridium, esto no es normal…-dijo Haltoran echando mano a su arma de asalto y preparándose para desplegarla por si el robot intentaba hacer daño a Mark, o atacarles, a cualquiera de ellos. Entonces, las escenas que me mostraban cautivo e indefenso, desaparecieron y en su lugar, la siniestra y atemorizante efigie de un hombre de aire distinguido y con barba cuidadosamente recortada, de magnética y atrayente mirada, y que parecía llevar una especie de uniforme militar con una vistosa condecoración prendida del mismo, les habló con voz clara y profunda:
-Mark Anderson, soy el barón Ugern von Sternberg, y si en algo estimas la vida de tu querido maestro, deberás encaminarte hasta la capital de Mongolia donde te daré nuevas instrucciones. Te doy dos días para que te persones ante mí, y sé que llegarás a tiempo, nunca mejor dicho, porque de sobra conozco tu portentoso poder. Niégate y la vida de tu amigo se extinguirá como la luz de una vela sin aire. Tú decides, Mark.
Antes de que pudiera reaccionar o dar crédito a cuanto estaba observando, aprovechando la sorpresa de todos, Mermadon, se hizo con Candy aferrándola con fuerza como había hecho conmigo y tan rápidamente, que nadie tuvo tiempo de reaccionar, y fue preparando sus toberas para despegar. Antes de hacerlo, el barón añadió un nuevo e inquietante mensaje a su discurso anterior.
-Para animarte a tomar una decisión, me llevaré también a tu esposa, como garantía de que además no intentarás nada contra mí o te desentenderás de mis peticiones. No temas, no les haré ningún daño ni a ella, ni a tu maestro y serán bien tratados, siempre que te avengas a razones. Temujin la llevará sana y salva hasta mi palacio y si cumples con lo que tengo pensado proponerte, los recuperarás a ambos, palabra del barón Ugern von Sternberg.
-Canalla –rugió Mark fuera de sí, llorando desolado y con los ojos fuera de las órbitas mientras golpeaba impotente el muro de luz iridiscente, que ni él mismo podía traspasar sin emplear, una cantidad tal de energía que podría poner en peligro la vida de su esposa - si les haces algún daño…-dijo sin poder seguir hablando, abrumado por el dolor, y crispando los puños con rabia.
El barón no respondió y la imagen se apagó, volviendo el monitor a su posición inicial, replegándose dentro del robot. Candy chillaba desgarradoramente intentando liberarse propinando patadas a las piernas del robot y forcejeando con todas sus fuerzas, pero era tarea baldía y vana. Por su parte, Mark no podía atacar a Mermadon porque temía que el iridium de su planta de potencia estallase en una atronadora y potente explosión si lo hacía, como resultado de su liberación en el aire, pudiendo llegar a matar a Candy. Por lo tanto, tuvo que observar impotente y llorando, mientras Annie le abrazaba, como el robot se la llevaba secuestrada, tras alzar el vuelo repentinamente, pese a que Haltoran intentaba desesperadamente desactivarle de alguna manera, cosa que desgraciamente no logró.
7
Mark no se quedó demasiado tiempo llorando la pérdida de Candy. Sin mayor dilacción, y haciendo gala de una impresionante sangre fría, se despojó del elegante traje de chaqueta y pantalón a juego que llevaba puesto, y sus desgajadas ropas salieron al descubierto una vez que el traje cayó al suelo como si fuera la mudada piel de un reptil. Extendió su lanzagranadas al tocar el botón, comprobando que sus piezas estuvieran bien ensambladas y en su sitio, volteándolo para amartillarlo. La siniestra arma realizó un ominoso chasquido que no se había oído desde hacía mucho tiempo, y que ahora, por culpa de un nuevo demente, debería empuñar a su pesar. Haltoran con los brazos cruzados sobre el pecho, le observaba apoyado en el quicio de la puerta, mientras Annie, por consejo de su marido y del propio padre Graubner permanecía a su lado, tratando de recobrarse del shock sufrido, en compañía del heróico sacerdote.
-Déjame ir contigo Mark. No sabemos a que nos enfrentamos.
Mark no respondió y se limitó a dirigirle una gélida mirada. Era la misma expresión que había adoptado cuando pretendió matar a Albert, y entre él y Candy le disuadieron en el último momento in extremis.
-No Halt, -respondió finalmente Mark, mientras comprobaba que el resto de la munición de su RPG-12 estuviera dispuesta en la mochila cerrada herméticamente –agradezco tu amistad, pero debo de ir yo solo. Esto, es entre él, quien quiera que sea y yo.
Haltoran no insistió, aunque de un modo u otro sabía que acabaría siguiéndole, porque la amistad entre ambos era demasiado fuerte como para dejarle partir solo hacia la boca del lobo.
-Ten cuidado con él Mark –dijo Haltoran pasándose la mano por los cabellos rojizos e intentando mantener la serenidad, para no denotar ante su amigo, las tremendas ansias que tenía de sumar sus fuerzas a las suyas, para escarmentar al barón –acabo de recordar quien es, al verle. Estudié su biografía en la academia militar en la que estuve y cuando escuché como había nombrado a Mermadon.
Al oír el nombre del robot Mark crispó los puños. Las venas de su cuello se hincharon de rabia y su rostro adoptó una expresión feroz, pero terminó por dulcificar sus salvajes rasgos. A fin de cuentas, Mermadon era tan víctima de aquel demente, como su propia esposa o yo. No sabía lo que hacía y de algún modo había conseguido hacerse con la voluntad del robot.
-Le llamó Temujin, que era el apodo de Gengis Khan cuando era apenas un muchacho, y unificó todas las tribus dispersas de Mongolia bajo su única autoridad indiscutible, antes de lanzarse a la conquista del mundo. Ese hombre, está completamente loco, Mark. Pretende reconstruir el antiguo imperio mongol, sirviéndose de ti.
-Liberaré a Candy y a mi maestro de ese loco y entonces…-Mark alzó una mano y las llamaradas igneas del iridium, que ardía al entrar en contacto con el aire, se elevaron como voraces lenguas de fuego en el cargado y tenso ambiente de la habitación. Haltoran se abalanzó hacia él conminándole inmediatamente a que las extinguiera:
-¿ Te has vuelto loco ? apaga eso inmediatamente –dijo intentando no alzar la voz en demasía y lanzando nerviosas miradas hacia la puerta del salón contiguo por si su esposa o el propio padre Graubner les daba por entrar de improviso irrumpiendo en mitad de la crispada conversación que ambos estaban manteniendo.
Mark aplacó las danzantes lenguas ígneas con un siseo y pasó por delante del Haltoran, mirándole brevemente. Ambos jóvenes se observaron por unos instantes y Mark le dijo escuetamente a modo de despedida:
-Volveré con los dos o no volveré.
Haltoran no dijo nada y se apartó a un lado, franqueándole el paso. Poco antes de que desapareciera por la puerta, Mark se detuvo y añadió:
-No destruiré a Mermadon, a menos que no me quede otra alternativa.
Cuando Mark se hubo marchado, Haltoran se dirigió hacia su habitación, y miró bajo la cama. Sacó una maleta de piel, y rebuscó frenéticamente en su interior. Hasta que encontró lo que buscaba hábilmente disimulado en un doble fondo, donde escondía un cinturón, que albergaba un secreto. Se lo puso y oprimió un botón. Unas pequeñas toberas a escala de las de Mermadon emergieron bajo las trabillas y garabateando una nota apresuradamente para Annie, la dejó encima de la cama mientras intentaba contener las lágrimas que se le escapaban a borbotones por las comisuras de sus ojos:
-No es propio de mí llorar, -dijo mientras se restregaba el llanto de sus ojos verdes, y abría la ventana de par en par. Se subió al alfeizar, dio un salto en el aire, y pulsó el botón del mecanismo que hacía que las toberas cobraran vida. Para haber estado tanto tiempo inactivo, su caprichoso invento funcionó bastante bien. Aquel cinturón se había librado de terminar en el fondo del Mar Negro, junto con sus demás pertenencias y las de Annie, porque su esposa tuvo la prevención no prevista de separar aquel cinturón de la restante impedimenta de su marido, por parecerle poco apropiado y mal conjuntado con el resto de la indumentaria de su marido. El cinturón había quedado olvidado en la única maleta que habían podido salvar del naufragio del Donatiere.
Mientras Mark, envuelto en la luz aurea del iridium se abría paso hacia las estepas de extremo oriente, con una idea fijada de forma obsesiva en su mente, que no podía ser otra que la de matar a Urgern con sus propias manos, procurándole un lento y doloroso final. Se sentía culpable, por no haberse mantenido firme para haber rechazado las intenciones de su esposa de acompañarle, pero ya no había vuelta de hoja. Desechó cualquier otra emoción que no fuera la de ejecutar su venganza contra aquel hombre, porque de lo contrario se distraería de su objetivo principal y probablemente, perdiera el escaso juicio que había logrado conservar intacto.
8
El barón no podía estar de mejor humor. Temujin había cumplido su misión brillantemente y ahora seguramente, su enemigo, ciego de rabia se dirigía hacia Urga a toda velocidad para ajustarle las cuentas. Mientras, observaba a una hermosa muchacha que yacía en un diván, semejando una princesa encantada por obra del sortilegio de algún maléfico taumaturgo, y sonrió evocando los sucesos inmediatamente anteriores a la llegada del barón. Hacía escasos minutos que Mermadon la había traído y cuando la depositó en las manos de algunos de los soldados de su señor, se retiró a sus dependencias sin pronunciar palabra. Los hombres tenían órdenes de conducirla lo antes posible a presencia de Urgern nada más, teniendo estrictamente prohibido dirigirse a nosotros de palabra, y menos tener contacto físico conmigo o con Candy. Uno de aquellos brutales hombres, no pudo resistir la tentación de sentir la suave piel de la hermosísima muchacha entre sus toscos y torpes dedos y dijo a su compañero, chistándole:
-El amo no la verá hasta dentro de dos horas y estas dependencias de palacio, ahora están prácticamente vacías. Podríamos aprovechar el tiempo –dijo palpando el rostro de Candy, que se había desmayado desde que Mermadon la raptara en Odesa, arrebatándola tan brutalmente, del lado de Mark y de los demás.
-No debemos –dijo el otro esbozando una mueca de terror al pensar en las horribles torturas que su señor les inflingiría, si eran sorprendidos, para luego ser ejecutados –el amo nos desollará vivos si lo hacemos o le tocamos un solo cabello. Ha advertido expresamente a todos los hombres, que la integridad de los extranjeros debe de ser respetada escrupulosamente, y que el que desobezca sus órdenes, lo pagará con la vida.
-Pero no se enterará –dijo el otro atusándose los recios y grandes bigotes que temblaban cuando hablaba, sobre sus afilados y marcados pómulos. Una gran cicatriz, producto de la certera estocada de un sable enemigo, acaecida durante una cruenta batalla anterior, le bajaba desde la cuenca del ojo izquierdo hasta la mandíbula, atravesándole toda la cara. Por muy poco, había estado a punto de perderlo.
-Piénsalo Odai, -insistió- no volverás a ver a una mujer así en tu vida, y menos poder hacer con ella lo que te venga en gana. Piénsalo, porque si no quieres, yo sabré aprovechar el tiempo –dijo sonriendo aviesamente y mostrando una hilera de dientes picados y ennegrecidos.
El otro titubeó. Se quitó el gorro de fieltro que cubría sus grasientos y enmarañados cabellos y asintió, riendo a carcajadas, dando a entender que secundaba finalmente, pese a sus reticencias iniciales, los propósitos de su camarada.
-Pongámosla allí –dijo uno de los dos, señalando hacia un diván situado junto a la pared, bajo el cuadro de una bucólica escena campestre, como brutal e irónico contrapunto, a la terrible escena que estaba a punto de desencadenarse. La trasladaron hasta el diván y la tendieron allí con sumo cuidado, mientras empezaban a desprenderse atropelladamente de sus mugrientos uniformes y cuarteadas botas de campaña. En ese instante se escucharon las pisadas amortiguadas de unas botas. Odai extrajo un gran revolver negro que siempre llevaba al cinto y se aseguró de que sus cananas cruzadas sobre la grasienta pelliza de piel estuvieran en su sitio, junto con las granadas de mano. Cuando se encaró con su supuesta víctima, sintió que se le helaba la sangre en las venas. La imponente figura de su señor le salió al paso, mirándole reprobadoramente por lo que ambos habían estado a punto de consumar. Urgern había regresado antes de lo previsto, impelido por sus deseos de contemplar cuanto antes, con sus propios ojos a Candy, en vez hacerlo a través de la fría pantalla, situada en el interior del robot, una vez que fue informado puntualmente, de que el robot había regresado sin mayor novedad al castillo, con su adorable presa a cuestas, desmayada por la impresión.
-Amo, yo, nosotros…-dijo congelando un grito de horror en sus gruesos y desdibujados labios. Sin mediar palabra alguna, el barón extrajo su arma de reglamento y sin titubear, amartilló el revólver, y apretando el gatillo con pulso firme, le voló la cabeza a Odai. Poco después de la ensordecedora detonación, mientras el cuerpo agonizante del guardían caía tembloroso, aun con vida, a plomo hacia atrás sobre el suelo de mármol, iba formándose un gran charco de sangre a su alrededor. Entonces el barón avanzó con amplias zancadas, pasando indiferente sobre el cuerpo inerte, hacia el otro hombre que intentó excusarse, y salvar su vida a la desesperada, pidiendo clemencia, extendiendo las manos hacia delante y postrándose de rodillas ante su señor.
-No amo no por favor, -clamó sollozante y tembloroso- no, fue idea de él, le dije que no quería, ni siquiera la hemos rozado un pelo de…
No pudo terminar de hablar. Otra bala disparada prácticamente a quemarropa, segó su vida, y con ello, sus últimas palabras. Urgern batió palmas mientras guardaba la pistola aun humeante en la cartuchera suspendida de su cinturón, y al momento, dos hombres de corta estatura, vestidos con sencillos atuendos similares a kimonos con un ceñidor, entraron con la cabeza gacha y haciendo reverencias, para llevarse los dos cadáveres ensangrentados. Cuando lo hubieron hecho, volvieron para limpiar la sangre vertida, antes de marcharse de nuevo, tan ceremoniosa y sigilosamente como habían llegado y dejarlo todo brillante y limpio, tal como estaba, momentos anteriores a que el barón perpetrara, el brutal doble crimen.
Urgern se fijó en la muchacha, envuelta en un vestido de tafetán de color crema con un discreto escote, cuyos pliegues remansaban fuera de los límites del diván, reposando sobre la mullida superficie del mismo, y sonrió aviesamente. Los brazos de Candy estaban cruzados sobre su pecho, con las manos entrelazadas sobre su regazo, en una pacífica y serena visión que cautivó al taimado y astuto barón. Tenía previsto permitir que la muchacha se reuniera con Mark, por unas pocas horas una vez hubiera cumplido con el horrible cometido de destrucción, que tenía pensado asignarle antes de requerirle de nuevo, manteniéndome a mí como rehén, para evitarle la tentación de volverse en contra suya, pero cautivado por su hermosura, los largos y sedosos rizos rubios que le caían en cascada a ambos lados de la suave piel de su esbelto cuello, y sus armoniosas y perfectas formas, mudó de parecer, y decidió que tendría nuevos planes para ella, abrumado por un súbito y repentino interés por Candy, rayano en un obsesivo amor. Una vez que Mark, hubiera establecido su dominio sobre Asia, y de allí a todo el planeta aplastando a quien osara alzarse en armas contra el barón, y consolidando su dominio sobre el orbe, Urgern encontraría la forma de deshacerse de Mark, para que no constituyera una amenaza latente contra su recién adquirido poderío.
Sonrió aviesamente refrenando sus impulsos carnales hacia la muchacha, cuya perfecta belleza era incluso realzada por la respingona nariz moteada de pecas, y dijo susurrándola al oído con voz sugerente mientras repasaba algunos rizos dorados, con las yemas de sus dedos que atrapó con gesto de satisfacción:
-Algún día no muy lejano, serás mi emperatriz, Candy, y tú y yo juntos, daremos origen a una dinastía que no tendrá parangón en la Tierra. Reinaremos como dioses sobre este planeta, los dos, y nadie se atreverá a cuestionar nuestra voluntad, nadie –repitió como un lúgubre eco, poniendo especial énfasis en sus más recientes frases que aun sonaban, como un mal sueño, en los oídos de Candy.
Candy, mientras había recobrado el conocimiento, pero fingió continuar desmayada para tratar de averiguar todo lo que pudiera, acerca de aquel siniestro hombre. Sus palabras hicieron que temblara, retorciéndose de asco y de dolor, y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para dominarse y no ponerse en evidencia ante el barón que proyectaba extender su poder sobre toda la Tierra como un siniestro y ominoso manto.
9
Me habían confinado en unos confortables alojamientos, lujosamente amueblados, donde podía disfrutar de algo de intimidad, aunque sospechaba que el barón me tendría constantemente sometido a vigilancia. De hecho, en la entrada de lo que no dejaba de ser un recinto cerrado y completamente aislado del exterior, a manera de lujosa celda, había dispuesto una guardia permanente, que era relevada cuantas veces hiciera falta, para mantenerme controlado. El barón había permitido que mantuviera una especie de semilibertad, al permitir moverme sin restricciones por el castillo, pero eso sí, con la inefable y constante escolta que me seguía prácticamente a todas partes. Era un hecho innegable, que Urgern era muy astuto, y el que estuviera ido, no restaba ni un ápice a su prodigiosa inteligencia, y capacidad de controlarlo todo y a todos. Tenía miedo por Candy, dado que al haber descubierto la arrebatadora belleza de la muchacha, como había descubierto mi existencia y la de mis amigos, aquel demente era capaz de secuestrarla para sí, como ya había sucedido con aquel ganster, o haber tenido que lidiar con los tejemanes y ardides de Albert. Lancé un hondo suspiro y dejé de dar incesantes vueltas por toda la espaciosa habitación, que el barón me había asignado y me tumbé en la mullida cama de dosel, preguntándome como era posible que un simple encuentro entre ella y Mark, por muy extraordinario y excepcional que hubieran podido ser las circunstancias que rodeaban a Mark, hubiese desencadenado tal cúmulo de hechos y acontecimientos increíbles.
-Desde influir en la Primera Guerra Mundial, a viajar a otras épocas, o vernos ahora metidos en este atolladero –dije en voz alta, sin pararme a pensar que tal vez, hubiesen sembrado la alcoba de micrófonos y que Urgern pudiera estar escuchando.
Callé de improviso, al haberme respondido a mí mismo a esa cuestión que me quemaba el alma, desde que toda aquella historia excepcional había dado comienzo, iniciando su particular andadura. Yo era esa respuesta. Cuando estaba al frente de mis empresas, y era más orgulloso e insconciente que ahora, se me ocurrió, entre otros diversos desvaríos, producto de mis ambiciones sin límite, jugar con los secretos del átomo y tratar de subvertir el orden natural del Universo, y este en respuesta a mis maquinaciones, y con el concurso de la codicia de aquellos hombres que abrieron la caja de Pandora, creó a Mark tal y como le conocíamos, siendo aquel suceso, el punto jumbar que nos llevaba hasta ahora, hasta ese preciso momento en que yo, tendido sobre una cama, en una habitación de un palacio salido de Las Mil y una Noches, situado en el otro extremo del mundo, bajo la amenazante férula del inquietante barón, me preguntaba a mí mismo, como habíamos alcanzado ese inpas.
Mark, al igual que Candy, me había perdonado, prácticamente mostrándome su gratitud en vez de su desprecio y aversión, por aquello que a mí me repelía y resultaba odioso, Me ajusté las gafas de montura dorada sobre mi gruesa nariz, que se resbalaban continuamente por el tabique de la misma, y me tendí de costado, temeroso del final de todo aquello. En ese momento, las dobles puertas blancas de la habitación, más semejante a una ostentosa suite, se abrieron de par en par y una vacilante figura conducida por dos hombres armados hizo su entrada en mis aposentos. Una muchacha temblorosa y asustada, envuelta en un suntuoso vestido, avanzó poco a poco hasta mí, haciendo que me quedase paralizado. Salté del lecho todo lo aprisa que pude y corrí a su encuentro. Candy me abrazó mojándome con sus lágrimas, mientras los batientes se cerraban tras de nosotros con cuidado.
-Maikel, mi querido Maikel –susurró, cubriéndome el rostro de cariñosos besos - ¿ qué te ha hecho ese canalla ? ¿ estás bien ?
Tardé un momento en responder. Las palabras de Urgern resonaban en mi mente, hipnóticas y atrayentes, a la par que las muestras de afecto de Candy, hicieron que por un fugaz instante, me planteara plegarme, a la tentadora oferta del barón.
"Podrías tenerla solo para ti, si colaboras conmigo, si me ayudas a conseguir que Mark se avenga a razones, y trabaje para mí".
Pero descarté ese pensamiento inmediatamente, y casi con furia. Aparte de ser una reflexión mezquina y horrible, bien sabía yo que el amor que Candy y Mark sentían el uno por el otro, no se rompería jamás, y si ni Albert, ni Anthony o Terry habían conseguido llegar plenamente y con éxito hasta su corazón, menos iba a pretenderlo yo, al menos de esa manera.
-Estoy bien Candy, estoy bien –dije admirando su belleza y secando sus lágrimas con el dorso de la mano- ¿ y tú ? ¿ que te han hecho, querida ?
-Nada, no me han rozado ni un solo cabello, pero ese hombre…ese hombre barbudo…se me acercó y me susurró al oído, creyendo que aun permanecía desmayada, no sé que de una dinastía y que reinaríamos sobre el mundo, no lo sé –Candy estaba aun en estado de shock. Pese a que casi no había transcurrido ni un día desde que fuera abruptamente separada de Mark, creía que llevaba una eternidad en poder de Urgern. Me abrazó nuevamente, posando su mentón en mi hombro y traté de calmarla, revelándola lo que sabía acerca del militar:
-Pretende reconstruir el imperio de Gengis Khan, Candy, y tratará de servirse de Mark para lograrlo, teniéndonos a ambos como rehenes.
Acto seguido, le fui narrando a mi amiga, los retorcidos y criminales planes del barón, mal que me pesara, intentando que no se desanimara más de lo que ya de por si estaba. Candy se estremeció al evocar el frío tacto de los dedos del barón sobre sus sedosos cabellos rubios y su mente se retrotrajo a la vez que Buzzy Johnson la había secuestrado de forma similar, pretendiendo convertirla de grado o por la fuerza, en su amante. Sintió un miedo cerval y reclinando su cabeza en mi pecho, me dijo:
-Maikel, no…no permitas que me convierta en su concubina, por favor. Mi pobre Mark, sé que viene hacia aquí, lo presiento, estoy segura de ello, y si ese maldito me ve con él, o le mata o me lo arrebata yo…yo…
Arqueé las cejas sorprendido. Normalmente, el carácter indómito y rebelde de Candy se crecía con la adversidad, pero en esa ocasión, noté que sus ánimos declinaban, hasta el punto de estar por los suelos y que su moral iba decayendo también, peligrosamente. Nunca supe porqué dije aquello, quizás fue por verla tan derrotada, tan adorable aun en medio de su sufrimiento, pero noté mi corazón y mi alma hechidos de energía y determinación. Cogí las manos de Candy y tiré hacia arriba de ella, mirándola directamente a sus preciosos ojos verdes:
-Candy, tenemos que escaparnos. No podemos quedarnos aquí sin hacer nada. Que Mark nos libere, depende en buena medida de que lo consigamos.
-Pero, pèro, ¿ cómo Maikel ? hay guardias por todas partes y seguramente ahora están viendo todo lo que hacemos y escuchando cuanto decimos.
Sonreí enigmáticamente. Yo también me crecía y me sentía lleno de orgullo ante Candy. Sabía que nadie podría reemplazar a Mark en su corazón, pero estando cerca de ella, podía hacerme la ilusión que por unos instantes los papeles entre Mark y yo, se habían intercambiado.
No tenía ningún plan y estaba tan asustado y temeroso como ella. Aunque Urgern nos necesitaba para llevar a cabo sus tortuosas y maquiavélicas intenciones, estaba completamente convencido, de que nos mataría sin mayores miramientos, si intentábamos escaparnos y nos sorprendía en el intento, pero no teníamos otra opción. Si conseguía manipular la voluntad de Mark a su antojo, a través de la devoción que el joven moreno me profesaba y el gran amor que sentía por su esposa, el mundo estaría irremisiblemente perdido y a merced de Urgern y sus acólitos. No había nada en la Tierra capaz de oponerse con éxito, al poder desatado de Mark, y menos en 1925.
10
Candy narró detalladamente, la forma en que había conseguido acceder a mi habitación, de otro modo, imposible. En el momento en que el barón terminó de formular su inesperada y tácita declaración en el oído de Candy, la joven abrió lentamente los ojos, cautivando con su mirada a Urgern. En un primer momento, estaba asustada y temerosa, hasta que el militar sonrió y cruzando los brazos sobre el pecho, dijo con una evidente satisfacción:
-Vaya, querida, veo que ya has recobrado la consciencia. Espero que el viaje en compañía de Temujín, no haya sido demasiado, digamos…incómodo –dijo mientras se giraba dando la espalda a Candy y dirigiéndose hacia un bien surtido mueble bar, de caoba en el que, franqueado por varias matrioskas decorativas reposaban varias botellas de diversos licores, que el barón atesoraba con auténtica dedicación. Uno de los pocos placeres que aquel hombre ascético y espartano, podía permitirse, en tanto y en cuando, no completase la meta que se había marcado, de conquistar el mundo, era el de disfrutar de una buena copa solazándose en la contemplación de algo o alguien que le resultara hermoso. Y en aquella especial ocasión, dicho privilegio, en opinión de Urgern, había recaído nada más y nada menos que en Candy. El hombre, pese a ser considerablemente mayor que la joven, no había entrado en la madurez y no carecía de un especial y magnético atractivo. Muchas mujeres habían pasado por los brazos de Urgern intentando ocupar una posición predominante en la vida del militar, pero ninguna de ella podía competir con Candy ni por asomo. El barón se sentía prendado de ella y utilizó todo su encanto masculino y recursos varoniles, para conquistarla. Le habló de sus planes, de las intenciones que tenía de reconstruir un nuevo imperio, que la sociedad actual estaba corrompida y que solo una monarquía universal de raingambre cristiana podía salvarla de su fatal desenlance, de que estaba buscando una emperatriz que le ayudara a gobernar el vasto imperio que se estaba fraguando entre sus hábiles y doctas manos, fruto de su prodigioso intelecto. Candy pensó rápidamente. Pese al miedo que la atenazaba, sintió que debía hacer algo y tal vez, pudiese servirse del hinchado ego de Urgern en su contra. En uno de los momentos de su largo e interminable monólogo, habló a Candy de mí, y la joven arrodillándose ante él, le suplicó con una encantadora y melosa voz, que hizo que Urgern creyese que un ángel de deslumbrante belleza se estuviera dirigiendo a él, en vez de un ser humano, común y corriente:
-Poderoso señor, el hombre que habéis mencionado, es amigo mío, ¿ tendría vuestra alteza el privilegio de permitirme entrevistarme con él ?
Urgern se sintió halagado por los cumplidos de Candy y notó como su corazón luchaba contra una especie de sexto sentido que le advertía poderosamente que no se dejara engañar por las apariencias, pero la visión de aquella deslumbrante criatura, envuelta en un vestido de tafetán verde que le hacía semejar una auténtica emperatriz ante sus ojos, bañada por la luz del sol que, empezaba a despuntar entre las altas montañas que circundaban Urga, pudo más que sus recelos y su instinto. Sin poder evitarlo, tomó a Candy sacudido por una emoción que no experimentaba desde su más temprana juventud, y dijo complacido y con una nota de temblor en la voz:
-De acuerdo, pero te vigilaré estrechamente. No hagas ninguna tontería –le advirtió severamente.
Candy asintió y antes de dirigirse hacia mi alcoba, custodiada por los sempiternos y ceñudos guardianes, realizó una reverencia muy ampulosa, recogiéndose ligeramente la larga falda de volantes de su vestido y entornando los ojos, dirigiendo una significativa mirada hacia el militar.
-Volveré enseguida excelencia, -dijo Candy haciendo un notable esfuerzo por mantener la pantomima.
Tan pronto como Candy, desapareció de su vista, Urgern se acarició la cuidada barba que crecía sobre su prominente mandíbula y dijo asintiendo con solemnidad:
-Tiene el porte de una auténtica reina. Estoy seguro de que me hará el hombre más feliz de la Tierra.
11
Cuando conocí el plan de Candy intenté oponerme, pero la muchacha hizo que me callase con una rotunda y contundente frase, que hizo que enmudeciera de inmediato:
-Maikel, tenemos que hacer algo y ya, tú mismo la has dicho, y no podemos depender siempre de Mark o de Haltoran. Y me temo, que por mucho que me repugne, esta va a ser la única manera factible de poder escapar.
Naturalmente, no veía nada claro el propósito de Candy. No me gustaba que estuviera en brazos de aquel intrigante y caprichoso hombre. Si en un momento dado, sufría un violento cambio en su personalidad podía hacer daño a Candy o incluso ordenar que la matasen sin más contemplaciones.
-Me parece muy peligroso Candy –le advertí, mientras contemplaba como un lujoso carrillón chapado en oro, situado en frente de la cama, daba las doce campanadas –ese hombre puede tener un acceso de locura y actuar de forma imprevisible. Estarás totalmente indefensa ante él.
-No si sé como manejarle. Ya se me ocurrirá algo. Deséame suerte querido Maikel.
Volvió a abrazarme. Cada vez que lo hacía, mi corazón latía aceleradamente, lo cual Candy percibía perfectamente. Me observó con tristeza y dijo acariciando mis mejillas con afecto:
-Maikel, siempre serás como un hermano para mí, y si no quisiera tanto a Mark, tal vez…
Se interrumpió. No quería terminar la frase, y yo tampoco deseaba que lo hiciera.
-Ve y no temas por mí –dije estrechando sus manos.
-Volveré a por ti, Maikel, no temas.
Candy tocó la puerta. Al instante, un guardia tocado con un gran gorro de piel con orejeras respondió a su llamada y la escoltó situándose detrás de ella y otro de sus compañeros, que les estaba aguardando hizo lo mismo. Ninguno de ellos se atrevió ni a mirar a los ojos a Candy. El astuto barón había dispuesto que los cadáveres de los dos infortunados soldados que habían intentado abusar de Candy, aprovechándose de su indefensión fueran mostrados en público a todos sus fieles, colgando de siniestras y balanceantes sogas, como escarmiento y medida disuasoria ante nuevos desafíos a su poder incontestable. A partir de ese momento, nadie se atrevió ni a rozarnos siquiera, a menos que fuera imprescindible para mantenernos bajo su control.
Por si acaso, registré lo más concienzudamente que supe mi habitación, por si hubiera micrófonos ocultos, aunque no encontré ninguno. O eso, o no fui capaz de dar con sus hábiles escondrijos. De todas maneras, aquella materia no me resultaba del todo desconocida. Cuando nadaba en millones y tenía una de las primeras fortunas del planeta, codeándome con los más ricos y poderosos, pese a que apenas asistía a fiestas y actos sociales, debido a mi acendrada timidez, ya me había enfrentado a problemas similares. No eran pocas las veces, que había registrado personalmente, mis dependencias privadas y mi despacho en busca de algún micrófono hábilmente disimulado, por si alguna oreja indiscreta al otro lado del hilo, intentaba captar los secretos industriales de mi imperio económico para hacerse con ellos, aprovechando algún desliz por mi parte, o que mi locuacidad, por lo general, no demasiado excesiva que pudiera decir, me jugara alguna mala pasada, aunque no dí con rastro alguno, de aquellos pequeños y eficientes aparatos que podían derribar entramados comerciales de la noche a la mañana, o cambiar las vidas de cualquier persona para siempre, si sus vastas posibilidades, eran debidamente aprovechadas, y si no eran descubiertos. Me agaché para buscar bajo la cama, miré detrás de los cuadros y registré cualquier rincón que pudiera resultar lo suficientemente sospechoso, como para merecer mi atención. Ni el fondo de los cajones de la mesilla se libró de mi minuciosa inspección. Si Urgern estaba observándome a través de un falso espejo, tanto daría si me sorprendía adoptando tal comportamiento, que tomaría como un rasgo de mi carácter paranoico y desconfiado, y puede que hasta le resultase divertido. Temblé al pensar que ejerciera sobre él, el efecto contrario y seguí revolviendo la habitación sin encontrar indicio de nada. Cuando terminé decidí descansar un poco. Entonces reparé que había actuado indebidamente, hablando de un supuesto plan de fuga, que puede que en esos mismos instantes ya obrara en conocimiento de Urgern antes de proceder a buscar los supuestos micrófonos. Me dí una palmada en la frente por mi despiste, rogando que efectivamente no hubiera ningún micrófono y me tendí en la cama, aguardando el resultado de los planes de Candy.
Afortunadamente, habíamos hablado en voz baja y los guardianes de Urgern no parecían entender ni palabra de inglés, aunque puede que solo fuera una pose, y estuvieran fingiendo para que nos confiásemos y hablásemos sin tapujos, teniendo ellos solo que esperar a que se nos soltara la lengua y comunicarle a su señor, la valiosa información obtenida.
12
Tenía miedo por Candy y no era para menos. Las dos detonaciones ahogadas que había escuchado poco antes de su llegada, pero claramente audíbles, hicieron que mi piel se tornara del color de la cera en unos instantes. Recobré el control de mí mismo como buenamente pude, y preferí esperar. A todo esto, me habían confiscado el móvil y algunas otras pertenencias que llevaba encima. Mientras, la joven había sido conducida nuevamente a presencia de Urgern que aguardaba nervioso y enfadado, el regreso de Candy, picando el suelo de mármol con su zapato derecho.
Cuando Candy retornó a su lado sonriéndole de forma encantadora, el barón, impaciente pero feliz, tomó la mano que tan displicentemente le ofrecía la muchacha, y Urgern se la besó con delicadeza. En ese instante, incapaz de continuar esperando el momento propicio para tenerla entre sus brazos, tiró de la muñeca de Candy con firmeza atrayendo a la muchacha hacia sí, aunque procurando no hacerla daño. La joven, confundida notó como su cabeza reposaba en el pecho del barón, y como su mano derecha palpaba una especie de medalla o condecoración de la que el barón no desprendía nunca.
-¿ Te gusta mi medalla Candy ? –preguntó sonriente y pasando su mano por la espalda de la muchacha. Candy notó nuevamente el helado tacto de sus dedos, pero se contuvo. Por mucho que le doliera, tenía que continuar la farsa hasta el final, mientras su amor por Mark, le ayudaba a sobrellevar tan amargo trago. Mientras el barón se acerca a ella para estar en estrecho contacto con la joven, la muchacha se preguntó angustiada como Mark podía tardar tanto, pero por otro lado, temía que su esposo pudiera sufrir algún percance irreparable. No conocía aquel hombre de nada, tal vez hubiese preparado una horrible e ingeniosa trampa a su marido, de la que ni siquiera podía llegar a sospechar de su existencia.
-La gané en un duro combate contra los bolcheviques, del que creí que no saldría con vida, y de hecho sufrí una herida en el costado izquierdo, de la que pude recuperarme. Lo primero que haré –dijo rodeando el talle de Candy con sus firmes y pétreas manos- es erradicarlos de una vez por todas. La joven tuvo el repentino impulso de abofetearle con todas sus fuerzas, pero refrenó sus ansias. Tenía que encontrar un agujero en las defensas del hombre, y la única forma de hacerlo era conseguir que bajara la guardia. Por otra parte, ningún hombre que se precie, en compañía de una encantadora mujer querrá que le molesten para nada o tener una escolta permanente a pocos pasos de ambos, porque rompería el hechizo supuestamente surgido entre la pareja. Candy le dejó que continuara sus impetuosos y nada disimulados avances, mientras sonreía intentando dominar sus nervios. Sus lágrimas pugnaban por desprenderse de sus ojos, pero tenía que contener sus verdaderos deseos. Pensó en su marido y a duras penas consiguió superponer el rostro amable de Mark, al de Urgern para continuar teniendo las fuerzas necesarias para seguir adelante. Urgern ya la estaba abrazando sin tapujos ni disimulos, apretándola con fuerza contra él, y musitando palabras apasionadas y cariñosas:
-Eres tan hermosa…tan dulce…tan maravillosa…si tú quisieras, te convertiría en mi reina, la soberana de este mundo preso del caos y de la locura –le dijo en voz baja tomada por el deseo y completamente fascinado por ella. Candy fingió corresponder a sus caricias, palpando la cintura del barón por si llevaba algún arma como una daga ceremonial o un revólver suspendido del abultado cinturón. Urgern besó el cuello de la joven y Candy tuvo que tragarse sus lágrimas y fingir que se estaba dejando arrastrar por una incipiente pasión que no experimentaba en absoluto. Si no encontraba alguna salida a tan apurada y comprometida tesitura, puede que ya no pudiera parar al apasionado e impetuoso barón.
Candy rozó el revólver de Urgern aunque lo descartó, porque tal vez el arma resultase demasiado pesada para sus menudas manos, o el potente retroceso hiciera que al disparar, errara el tiro. Tampoco podía descartar, que el barón en su paranoia de creer que estaba rodeado de traidores y saboteadores, lo hubiese descargado, en previsión de que alguno de sus muchos enemigos, intentara arrebatárselo para abrir fuego sobre él, atentando en su contra. Por otra parte, la muchacha jamás había manejado un arma de fuego, aunque si comprobado sus devastadores efectos, al atender a jóvenes soldados heridos, procedentes de los cercanos frentes de batalla franceses, cuando ejerció como enfermera de guerra en el hospital militar de Charmotieres. Más de una vez buscó el refugio y el consuelo en Mark, al asistir a tantas tragedias personales y colectivas, y al inútil y fútil derramamiento de sangre. Como sentenciara un conocido y afamado autor dramático, lo mejor y más preciado de toda una joven generación vigorosa e ilusionada, se perdió para siempre en los campos embarrados y atormentados de Flandes, de Ypres, de Verdun, del Marne, de Argona o de Caporetto , entre otros muchos, y ya emblemáticos nombres, de lugares repartidos por buena parte de la torturada geografía de Europa y del mundo, sus más valiosos e irrepetibles hijos yacían entre el lodo o enterrados en enormes y pulcros camposantos militares, donde reposarían eternamente, bajo ordenadas y simétricas hileras de cruces blancas, como habían hecho en vida, desfilando hacia la terrible tragedia que les aguardaba, cuya barbarie sin límites, no tardó demasiado en desengañarles, a ellos y a cuantos habían creído que la Gran Guerra sería rápida, quirúrgica, y que incluso hasta tendría una vertiente divertida y romántica.
Entonces palpó la cincelada empuñadura de márfil, recubierta con relieves, de la daga del hombre, enfundada en una vaina de cuero y sujeta a su cinturón, intentando tirar de ella para hacerse con el puñal, pero Urgern frustró su propósito al retirar el arma blanca de su cintura, pensando que molestaba a Candy, y arrojándola sobre una cómoda, fuera del alcance de la atribulada muchacha que estiró la mano inútilmente, intentando recogerla.
El barón estaba empezando a sospechar, porque Candy rehuía algunas veces sus besos, pero no obstante, no se intranquilizó, porque lo atribuyó a que estaba muy tensa y necesitaba tiempo para aceptarle y olvidar a Mark. Desde que la había visto por vez primera en aquella pantalla, tal y como se la había mostrado Mermadon sin saber ni que era aquello que emergía de su pecho, ni para que servía, se había enamorado de ella. Debido a que el robot aun conservaba las muestras de adn de Candy, y la mía desde que nos hiciera sendos chequeos, a ella, en la mansión de los Legan por petición suya, y a mí, en mi despacho, tan pronto como el robot estuvo operativo, por insistencia de Haltoran para demostrarme sus capacidades, nos pudo localizar con tanta rapidez y eficiencia y debido a la elevada velocidad que sus propulsores, eran capaces de desarrollar, a mí me llevó hasta Urga en media hora, y a Candy en poco más de veinte minutos. La joven tuvo que pergeñar rápidamente un plan de actuación, porque Urgern, habiendo enterrado su rostro en el cuello de la muchacha le preguntó acercando su rostro al de ella, tanto que Candy pudo percibir el especial aroma proveniente del perfume que empleaba.
-¿ Sigues teniendo miedo de mí ? jamás te haría daño, jamás alzaría una mano contra mi futura emperatriz, porque tan pronto como te demuestre que solo quiero el bien de la Humanidad, y el tuyo, Candy estoy convencido de que me amarás, como yo te amo a ti.
Candy desvió la vista y se preguntó que pasaría si el barón triunfaba. La respuesta solo era una, además de ser totalmente concisa y terrible, el advenimiento de una realidad cruda y difícil de admitir donde muy pocos sobrevivirían, en una era de terror sin límites ni comparación. Miró por unos instantes a los ojos verdes de Urgern, y entonces tuvo una visión, la de un mundo donde la población mundial se había reducido drásticamente debido a matanzas indescriptibles, y los pocos que quedaban sobrevivían en condiciones infrahumanas, esclavizados por la élite dominante al frente de la cual estaba el propio Urgern y ella, desposada con él, asistiendo a sus ceremonias y actos con la mirada perdida, sin el brillo que caracterizaba sus hermosos ojos de esmeralda. Para Urgern solo era un bello trofeo al que exhibir y del que alardear orgulloso. Se preguntó donde estaría Mark, muy asustada y entonces, con los ojos de la mente le observó, envuelto en un féretro de antimateria que se había endurecido hasta convertirse en un pétreo bloque de algo parecido al diamante. Candy estuvo a punto de perder la razón, no sabiendo si todo era producto de su mente, como consecuencia del terror que la invadía, o realmente, estaba asistiendo al inquietante futuro que estaba por llegar, a menos que lo modificase. Mark no había venido aun, pero lo haría tarde o temprano, y si el barón lograba controlarle primero para que construyese su imperio, y luego se deshacía de él, no cabía la menor duda de que terminaría por acaecer. Urgern se complacía en la contemplación del que había sido su más noble y duro enemigo, que estuvo a punto de vencerle tras revelarse contra su voluntad, harto de que le hiciera cometer tantas atrocidades contra un mundo inerme, que pese a todo, se negaba a dejar de luchar por su libertad, hasta que fortuitamente descubrió lo que podía detenerle y cuando le hubo vencido, ordenó que su cuerpo fuera conservado en aquel bloque traslúcido e irrompible, ubicándolo sobre un pedestal de mármol, en el centro una gran sala de su palacio, donde pudiera observarle y honrarle a su manera. Aquellas fugaces visiones bien podrían ser juegos de su mente, y aunque solo duraron un instante, Candy cerró los ojos, tomando aquellas visiones por ciertas. Cuando los abrió, atrajo al barón hacia sí posando sus manos en las mejillas del hombre y le obligó a reclinarse sobre ella, para besarle lánguidamente, mientras musitaba el perdón de Mark. Ungern creyó que había vencido por fin, las últimas resistencias de la muchacha, hasta que la joven logró asir una estatuilla de Napoleón, hecha en bronce, tras palpar frenéticamente y a tientas a sus espaldas en la misma cómoda donde Urgern había depositado su daga, y le golpeó la cabeza procurando no ensañarse. Temía haberlo matado y cuando el hombre se desplomó con un gemido con una mueca de incredulidad en su rostro, comprobó aliviada que respiraba, tomándole el pulso y percibiendo su respiración. Pero no había tiempo que perder. Registró el cuerpo del inconsciente Ungern que había caído de costado, como un guiñapo y hecho un ovillo, con manos temblorosas por lo que acababa de hacer, y le arrebató sus armas y algunos manojos de llaves que tal vez le hiciesen falta. No sabía cuanto tardaría el barón en recobrar la consciencia, pero cuando lo hiciera, seguramente su primera aspiración sería dar con ellos para matarles, aunque tuviera que registrar toda Urga y Mongolia para dar con ellos. Por el momento, había ganado un tiempo precioso, durante el cual, los esbirros del barón privados de su liderazgo, tal vez estuviesen demasiado desorganizados para emprender su búsqueda y captura.
Iba a salir al encuentro de los dos hombres, que la esperaban fuera cuando estos la sorprendieron con la estuilla aun en la mano, y el cuerpo de su señor a los pies de la joven. En la nuca de Ungern había restos de sangre y lo que parecía un aparatoso hematoma, realizado con un objeto contundente. La estuilla de Napoleón presentaba manchas de sangre y aun estaba en las manos de Candy, cuando los dos soldados abrieron la puerta sin darle tiempo ni a reccionar, preocupados por la suerte de su señor, al haber escuchado un débil gemido detrás de la puerta de la estancia. Candy dejó caer la estatua a sus pies, con un repiqueteo sordo, cuando uno de los soldados alzó su rifle para apuntarla y manipulando el cerrojo del arma se aprestó a abrir fuego. Cuando se disponía a disparar, su compañero le abatió de un culatazo, haciendo que rodara por el suelo de mármol. A diferencia del de Candy, el golpe asestado por el soldado, fue más fuerte, y aunque pudo ser mortal de necesidad, solo le noqueó. El soldado respiraba con la misma regularidad que su jefe, inconsciente a unos metros de él. Perpleja y asqueada, creyó que sería la siguiente, hasta que el soldado, extrajo unas gruesas cuerdas y un pañuelo de su mochila y dijo en un inglés sin apenas acento:
-Ayúdame a atar al barón y amordazarle. Cuando lo hayamos hecho, debemos marcharnos de aquí lo más rápido que podamos. No tardarán en buscarnos.
Aun no repuesta de la conmoción, que le había supuesto el descubrir como uno de los guardianes de Ungern hablaba su idioma, y lo más sorprendente, se ponía de su parte, obedeció maquinalmente y trabajando en equipo, muy pronto el barón estuvo inmovilizado tan férreamente que solo podría soltarse con ayuda de otras personas. Candy le miró perpleja, pero finalmente salió de su azoramiento, tan pronto como el joven soldado tiró de su muñeca tras aferrársela con fuerza, y obligándola a caminar detrás suyo. La joven estuvo a punto de caer al suelo, como consecuencia del imprevisto tirón que el soldado imprimió a su mano.
-Conozco un pasaje secreto que nos llevará a las afueras de la ciudad.
-No, antes tenemos que salvar a Maikel. Es un…
Para su sorpresa, mi voz proveniente desde la espalda del joven combatiente, estuvo a punto de hacer que se desmayara. El soldado se llevó un dedo a los labios y nos urgió a seguirle.
-Vámonos, no podemos perder el tiempo charlando. Dejad los abrazos para más tarde. Pronto, tenéis que seguirme los dos, ahora –nos conminó con una voz tan autoritaria que no admitía réplica.
-Pero, pero –comenté nervioso mirando de reojo al inerte e indefenso Ungern que gemía débilmente con su voz deformada por la gruesa mordaza que rodeaba su boca, sólidamente atado por las maromas y cuerdas que el joven soldado había traído consigo, para inmovilizarle con la ayuda de Candy, mientras yo me quedaba junto a la puerta para vigilar por si se aproximaba alguien –podríamos llevárnoslos. Nos serviría como garantía para escapar, y lo tendríamos ya en nuestro poder.
El joven resopló visiblemente fastidiado, porque bastante tenía con ocuparse de mí y de Candy vigilándonos de cerca para que no nos ocurriese nada malo, como para encima, cargar con el prisionero, pero la idea parecía lógica y hasta tentadora. Si dejaban allí a Ungern pronto sería localizado por sus fieles y su venganza sería terrible y desastrosa, pudiendo ordenar en su irracional ira, cegado por el odio de haber sido derrotado de forma tan absurda por una mujer, el que fuesen ejecutados unos cuantos cientos si no miles de habitantes de Urga. Además con él en nuestro poder, sus hombres no sabrían como reaccionar faltos de liderazgo y de órdenes claras y contundentes, y si éramos sorprendidos por el enemigo, siempre podríamos jugar la baza de la coacción. Nadie se atrevería a tocarnos, mientras les amenazásemos con hacer daño al barón, si se les ocurría obstaculizar nuestra huída, y además ahora que le habíamos hecho prisionero, podría ser juzgado debidamente.
13
Nos movimos frenéticamente por un dédalo de callejones, guiados por el experto ojo de Dogedin, que nos avisaba cuando podíamos continuar o detenernos, si su fino instinto le advertía de un próximo peligro en ciernes. A veces era inevitable cruzarnos con alguna que otra patrulla, y el joven saludaba a sus compañeros de armas, entre risas, afirmando que conducía dos prisioneros, que habían intentado fugarse, ante el barón para que les administrase el castigo más conveniente, junto con otro, al que había tenido que dar una dura lección por no mostrarse tan dócil como la hermosa joven y su rechoncho acompañante, y oponer una furiosa resistencia. Que poco podían sospechar aquellos hombres que el hombre que se lamentaba, intentado alertar de su presencia a los soldados, y que iba embutido dentro de un saco de arpillera, para no despertar sospechas, era nada más y nada menos que el mismísimo barón Ungern. Dogedin llevaba el pesado fardo al hombro como si fuera de papel, mientras con el fúsil nos apuntaba a Candy y a mí, para hacer más creible la pantomima.
Ungern intentó desesperadamente llamar la atención de los guardias, pero cuando se agitó frenéticamente dentro del saco de tela basta y cubierto de remiendos, los dos soldados, estallaron en carcajadas ante un jocoso comentario que Dogedin les había realizado acerca del reo que iba cautivo, dentro del saco.
Continuamos camino hasta llegar a un pasillo de piedra, que terminaba abruptamente en un callejón sin salida. Dogedin palpó la roca con sumo cuidado, tras confiarnos a Ungern a mí y a Candy, y desenfundando su cuchillo, empezó a desenterrar una losa suelta que permanecía hábilmente disimulada bajo una pátina de arena y guijarros. La asió entre sus dedos e hizo fuerza. El joven no tardó en mover la pesada losa con sus nervudas manos, dejando al descubierto un túnel que se adentraba profundamente en las entrañas de la Tierra y a cuya pared había adosada una vetusta y oxidada escala de hierro. Dogedin hizo que bajásemos en primer lugar, Candy y yo, y luego nos siguió procurando situar la losa en su emplazamiento original, de forma que nadie sospechase nada en absoluto. Me asombré del magnífico equilibrio del joven para, evitar por un lado que Ungern, o él cayeran al vacío, y por otro, alzar en vilo la pesada losa con sus manos para colocarla en su lugar exacto. Cuando llegamos abajo del todo, comprobamos desalentados, Candy y yo, que a nuestro alrededor, se extendía una enmarañada e inextricable red de pasadizos, pasillos y galerías excavadas en la roca viva, de la que probablemente nunca conseguiríamos salir, debido a su laberíntica configuración y nuestro escaso sentido de la orientación, aunque la verdad, nadie con dos dedos de frente se internaría en semejante laberinto, a no ser que se tratara de alguien que los conociera como la palma de su mano, pero con la suficiente habilidad para no perderse y la sangre fría necesaria para no dejarse llevar por el pánico si eso sucedía. Dogedin prendió fuego a una pequeña tea, consistente en un hato de estopa seca, fijado a un corto mango de madera, que llevaba en su mochila y que incluso ardían, hasta bajo el agua, gracias a que la estopa había sido tratada con una resina especial que permitía que prendiera, sumergida en las aguas más procelosas, por un corto periodo de tiempo.
Seguimos al joven a través de estrechos pasadizos donde las estalagmitas y la humedad fueron nuestras permanentes compañeras, a través de las serpenteantes galerías que parecían no terminarse nunca. Dogedin había venido primero a buscarme a mí, logrando deshacerse de sus compañeros que continuaban custodiándome, convenciéndoles de que era su relevo y que su compañero no tardaría en llegar. Acto seguido, me sacó de allí, fingiendo llevarme custodiado a punta de fusil e informando a todo el que le paraba, que el baron había solicitado que fuera conducido a su presencia. Lo mismo hizo con Candy, que se le había adelantando, habiendo dejado inconsciente a Ungern antes de que Dogedin se ocupase de ello. Mientras nos movíamos a través de la oscuridad en la que el joven mongol, parecía orientarse como un gato, en el interior de la lóbrega negrura que nos rodeaba, nos fue explicando su historia.
-Ungern se ha cobrado la vida de mucha gente, entre ellas la de mi hermano.
Hizo una pausa y dejó de hablar. Candy quiso consolarle, pero el joven rechazó el contacto de la mano de la joven, en su hombro y le instó a que no perdieran el tiempo, y continuara moviéndose detrás suyo.
-Me alisté voluntario en su ejército, de los primeros cuando entró en Urga, tan pronto como me enteré de que habían matado a mi hermano en la represión subsiguiente. El resto de mi familia pudo huir a tiempo refugiéndose en las montañas, junto con otros, pero Degai no logró hacerlo. Ahora yo os conduciré hasta allí, donde estaréis a salvo. El barón no se atreverá a desviar el grueso de sus fuerzas hacia las montañas para castigar a los rebeldes, porque de hacerlo dejaría la capital desprotegida, frente a un posible ataque rebelde, y eso no le conviene. Si pierde la capital, perdería buena parte de sus apoyos, porque su aureola de invencibilidad, y su reputación como caudillo militar, descansa sobre la ocupación de la capital, y se vería seriamente afectada, resintiéndose bastante si llegara a perderla.
-¿ Por qué nos estás ayudando ? –le pregunté de pronto, aun receloso de que tal vez aquello no fuera más que otra trampa urdida a saber con qué ocultos fines, pero el joven se giró y mirándome con sus penetrante ojos claros, se atusó el lacio pelo que le caía sobre la frente y me dijo:
-Ayudo a todos los que puedo, a escapar de las garras del barón. No estoy solo en esto –dijo volviendo la vista al frente, mientras esquivaba a algunos murciélagos que pasaron chillando en vuelo rasante muy cerca de Candy, que dio un respingo hacia atrás, arrimándose a la pared del angosto pasadizo, pero no perdió el control, y mantuvo la calma, intentando no asustarse.
-Existe toda una red clandestina que lucha contra Ungern en secreto, y que hasta ahora no ha podido desarticular. Y si vais a preguntarme porqué no le maté, en cuanto tuve la oportunidad de hacerlo,pese a haber asesinado a mi hermano, es porque debe ser juzgado y condenado con arreglo a nuestras leyes.
Extrajo un pequeño sello de plata que llevaba suspendido del cuello mediante una cadenilla dorada, y que relumbró a la luz de una minúscula tea que el joven había encendido para orientarse mejor y que apenas producía humo. Guardó el sello entre los pliegues de su camisa y dijo:
-Lo cual no significa que a veces, haya tenido que matar para proteger a otros, solo en casos de fuerza mayor, y creedme, los remordimientos no me dejan reposar durante días. Y aunque eliminando al barón tal vez se salvasen miles, presiento que sus días de poder están contados.
Entonces sacó de entre sus ropas una especie de colgante que llevaba en torno al cuello y señaló con el dedo índice derecho, el elaborado dije, consistente en un disco dorado central, en torno al cual, habían sido grabados, los alargados y elegantes caracteres, de una desconcertante y extraña escritur en el contorno, de un borde hecho a base de platino, que circundaba el disco plateado. El dije se movía al ritmo de su agitada respiración y lo sostenía con dos dedos mientras nos iba explicando algunas cuestiones acerca del mismo:
-Esta joya es el símbolo de mi clan nómada, y en él, se alberga nuestro código de leyes, expresado en estos signos escritos, aunque no espero que lo entendáis. Aunque en mi país existen muchas tribus y clanes diferentes, cada uno con sus costumbres y creencias, todos obedecemos a la misma ley.
Dogedin nos aclaró que dominaba el inglés gracias a que su madre, originaria de uno de los clanes más antiguos del país, se había casado con un extranjero que encontraron perdido en el desierto y que llevaba deambulando por esas tierras desde hacía más de veinte años, atraído por la belleza de aquellos increíbles y hermosos parajes. David Oldfield lo había tenido todo en la vida, una posición social, el prestigio del acaudalado apellido familiar, el porvenir asegurado, pero ansiaba recorrer los vastos espacios abiertos de Asia, de los que su abuelo, un malogrado explorador que tuvo que dejar su verdadera vocación, para casarse por presiones de su familia, le había hablado. Con apenas veinte años recien cumplidos, partió hacia esos remotos y maravillosos lugares, dejó una carta a su familia, su madre lloró y su padre le desheredó, pero ya no había vuelta atrás. Perdido en el desierto, el clan de su futura esposa le localizó, le dio de comer, sanaron sus heridas y con el tiempo fue aceptado entre los Urgish, como uno más. Y aunque, aquella agreste, aunque hermosa tierra era igual, los paisajes no se diferenciaban los unos de los otros, constituyendo la misma y monótona masa de tierra ocre y gris, plagada de manadas de avestruces salvajes, que corrían libremente por las estepas produciendo un sordo rumor cuando sus cascos golpeaban la tierra reseca, que se extendía hasta más allá de donde la vista alcanzaba, existían matices que David aprendió a valorar y a apreciar de la mano de su mentor y amigo, el padre de Alexin, su esposa. A veces, las manadas de avestruces y búfalos, eran tan numerosas que levantaban una polvareda tal a su paso, que oscurecían el cielo durante días, impidiendo ver nada que se encontrara a más de dos metros de distancia del observador. Pero David antiguo conde de Maxford, pronto se acostumbró a ello también. Una historia, típica, tópica quizás también, demasiado manida, la del hombre o mujer que se reencuentran así mismos, tras atravesar por una crisis personal, después de dejar una existencia en apariencia cómoda y despreocupada, pero vacía de contenido y carente de emoción alguna. La vida del padre de Donegin seguía esa pauta y en cierta forma, quizás la de Mark, respondiera a los mismos esquemas, salvando las diferencias, porque Mark no buscó expresamente semejante cambio en su vida, pero del que no se arrepentía en absoluto.
-Poco más hay que contar. Nuestra vida no fue sencilla ni plácida, pero todo cambió a peor cuando ese hombre, al frente de su división de caballería oriental, como él llama a sus tropas, se presentó en mi país, afirmando que nos liberaría del yugo del adversario. Se hizo pasar por libertador y le funcionó hasta que reveló su verdadero rostro tras la careta de buena disposición, progreso y paz, que según sus propias palabras nos traía.
-Se pretende un dios y se mantiene en el poder a base de las peores sevicias e ignominias. Es tan temido, que muchos de mis compatriotas le creen una manifestación de la deidad de la guerra, y por eso no terminan de revelarse contra él. Pero otros muchos están convencidos de que se trata de un auténtico dios viviente, y por eso le secundan –exclamó, escupiendo con rabia hacia el saco, en cuyo interior el barón se debatía furiosamente intentando soltarse. Candy comprobó que Dogedin hablaba en presente, como si temiera que los rumores que corrían de boca en boca acerca del barón fuesen ciertos, y que aun pudiera liberarse y retomar el poder, desatando una sangrienta y terrible revancha.
Dogedin meneó la cabeza procurando no seguir hablando de él, ya que le producía verdadera aversión hacerlo. Pese a que pudiendo haberlo eliminado al tenerlo a su merced, y más teniendo en cuenta que había mandado ejecutar a su hermano, optó por no hacerlo, debido a que las leyes de su clan, se lo prohibían, y presentía que el barón sufriría un final mucho más horrible y doloroso del que el propio Dogedin, pudiera dispensarle.
Hacía ya tiempo que la nueva maquinaria militar soviética se estaba aprestando para el asalto. Hasta ese momento, no habían podido dar cuenta de Ungern debido a la urgente reconstrucción que el vasto país necesitaba, sobre todo después de la guerra que había terminado recientemente y que había asolado grandes porciones y territorios de Rusia, y porque daban por sentado que su antiguo enemigo había muerto en la vorágine de la guerra, hasta que una misteriosa fuente informó a sus autoridades de que no era así. Dogedin lo sabía porque uno de sus hermanos, asistente de uno de los generales que participarían en la gran ofensiva sobre Mongolia, en contra de Ungern, se lo había confesado de forma un tanto imprudente y este, había hecho llegar un mensaje tan secreto como la intención del Gobierno de poner fin de una vez por todas, a los delirios de grandeza de Ungern, por los medios más insospechados y a veces, hasta peregrinos, para que alertara a los líderes de la Resistencia, a efectos de evacuar el mayor número de civiles posible, antes de que las tropas soviéticas invadieran el país, a gran escala, a cuyo frente, Ungern había situado en el trono de Mongolia, a un soberano títere llamado Bogd Khan, siendo él, el que realmente gobernaba en la sombra, constituyendo el verdadero poder tras el trono, que hacía y deshacía a su antojo.
14
Mark cortaba el aire a una velocidad indescriptible. Ignorando las necesidades de su propio organismo de depurar su sistema circulatorio, continuó forzando los límites del iridium hasta más allá de lo tolerable y no se detuvo siquiera, cuando una punzada de dolor sacudió todo su cuerpo. Había intentado saltar en el tiempo para llegar cuanto antes hasta Mongolia, pero había ocasiones, en que dicha facultad no respondía, negándose a obedecer a sus órdenes, por lo que desesperado, no tuvo más remedio que recurrir al vuelo asistido por su aura iridiscente. No había cubierto ni la mitad del camino, cuando observó espantado, como sus manos se iban tiñiendo del color de la púrpura y como, de continuar quemando iridium a tal ritmo, sin permitir que la sangre empozoñada fuese expulsada de su organismo, no tardaría en extenderse al resto de su cuerpo. Lanzó un suspiro y decidió aterrizar, antes de que su cuerpo colapsara, buscando un lugar relativamente seguro para efectuar la delicada operación. Descendió en picado sobre una llanura de escasa vegetación y algunos árboles dispersos, donde no parecía haber ninguna otra presencia humana, más que algunos alces pastando indiferentes, que finalmente se espantaron ante las emanaciones del iridium. La sustancia tenía el afecto adverso de alterar el instinto de algunos animales, suscitando en ellos reacciones de miedo o de rechazo. No pudiendo aguantar más, y llorando de pura rabia por tener que interrumpir su desesperada carrera contrareloj en pos de su esposa, bajó con celeridad posándose entre algunos helechos que se cimbrearon bajo el peso de su cuerpo. Nada más tocar tierra, empezó a expulsar grandes chorros negros que emergían de su espalda, expulsados a alta presión. Como había ignorado algunos avisos de su cuerpo al respecto, tenía que evacuar un mayor volumen de sangre empozoñada, pero la piel de sus manos recobró su color natural, mientras los calambres que le habían asaltado iban desvaneciéndose gradualmente. Cuando finalmente, su sangre se tornó roja nuevamente, y descansar un corto periodo de tiempo, echó a correr de nuevo para reemprender su camino interrumpido. Muy pronto, una estela de fuego surcó el aire de un horizonte a otro, mientras Mark lanzaba furiosas llamaradas en un intento de ganar la estratosfera lo más rápidamente posible, dado que allí la fricción era menor, y el iridium le permitía alcanzar mayores velocidades. Debajo de él, en un campamento militar, un hombre de rasgos muy marcados, mandíbula prominente y una gran nariz, se afanaba por ganarle una partida de ajedrez a un hombre solitario y poco hablador, que habían recogido aterido de frío y desorientado, durante una ventisca, no muy lejos del campamento. El hombre, cuyo acento le sonó al capitán como familiar, no porque conociera al viajero que había estado a punto de perecer bajo la tormenta de nieve, si no porque lo creía oriundo de Gales, movió un caballo, mientras Duncan Jackson intentaba atraer al remiso hombre a su tema de conversación favorito, aparte de adivinar la procedencia de su interlocutor, por su manera de hablar y de expresarse, y que era sonsacarle algo de su pasado. Le fascinaban las personas con pocos deseos de conversar, porque ello añadía un grado de dificultad extra, a su afición a desentrañar secretos sin entromerse de forma demasiado evidente en las vidas de los hábilmente interrogados, ya que Duncan sabía perfectamente hasta donde podía llegar, y que límites de ética y de saber estar, no debía traspasar, principios que aplicaba con gran tiento y cuidado para, no molestar o herir los sentimientos de su interlocutor.
El hombre había demostrado ser un más que digno rival para el capitán, una vez que su anterior adversario, el cabo Smith fuera finalmente licenciado, aunque aun no hubiese finalizado su tiempo de servicio, debido a que fue herido durante una de las patrullas que, se realizaban en torno al campamento para prevenir desagradables sorpresas, que finalmente terminaron por acaecerle al cabo. La unidad del capitán Duncan Jackson, había sido transferida a extremo oriente, muy cerca de la frontera con Mongolia, donde existía una permanente actividad insurreccional en forma de escaramuzas y golpes de mano, para capturar armas, municiones y víveres en las cercanas guarniciones rusas, así como toda suerte de pertrechos militares. Al Kremlin se le estaba agotando la paciencia, y ahora que la tensa situación del país se había ido estabilizando lo suficiente, quizás fuera tiempo de dirigir sus miras hacia tan remotos lugares a efectos de pacificar de una vez por todas, algunas de sus fronteras asiáticas. Afortunadamente, Smith estaba fuera de peligro, pese a que la bala le había entrado por un costado del cuerpo, pasando limpiamente entre las costillas y saliendo por el otro extremo, sin tocar ningún órgano vital. Un cosaco de certera puntería, hábilmente camuflado entre la nieve, merced a su uniforme de invierno y el conocimiento que tenía del terreno habían deparado tan amargo trance al joven británico. Antes de que sus camaradas pudiesen reaccionar, el cosaco, uniéndose a otros compañeros, desapareció tan rápidamente como había hecho acto de presencia. Duncan, que se apresuró a socorrer a su subordinado que boqueaba, presa del miedo y del shock, se preguntó si aquellos curtidos y avezados hombres, acostumbrados a los peores rigores invernales, no serían realmente fantasmas invisibles, o espíritus, porque hasta la fecha, en todos los encontronazos que habían tenido con ellos, un buen puñado de balas inglesas, americanas y rusas habían sido disparadas, haciendo más ruído que otra cosa.
-Tiradores siberianos –había sentenciado gravemente y de forma escueta Duncan, a sus hombres, mientras los camilleros procedían a evacuar lo más rápidamente posible al infortunado Smith- esos hombres, se funden con el entorno, y viven tan frugalmente sobre el terreno, contando con lo poco que pueden reunir, que a veces, me pregunto si son verdaderamente humanos.
Los soldados, le rodeaban en semicírculo y asintieron en silencio, mientras procedían a retornar a la base, tras efectuar un recuento y asegurándose de que no tuvieran más bajas entre sus filas. Los siberianos formaban parte del contigente de tropas mandado por el legendario e inaccesible barón Ungern Von Stemberg, del que habían oído hablar, y que pretendía asentarse en el trono de China y de Mongolia, para desde allí, una vez logrado sus planes, resucitar el imperio de Gengis Khan.
Duncan pensó en el cabo Smith y, aunque por una parte se alegraba sobremanera de que el joven retornara a casa con honores, de vuelta junto a su mujer y su hija, por el otro, lamentaba haber perdido un gran adversario, ducho en las intricadas lides del ajedrez, la más sublime de las artes estratégicas, según su opinión. Meneó la cabeza y se envolvió en su capote de camuflaje, salpicado de manchas ocres y caquis, para intentar sacudirse el intenso frío reinante, cosa harto difícil, pese a estar resguardados de la intemperie, en el interior de una tienda de lona aislante, y contar con una pequeña estufa de queroseno que proporcionaba una temperatura más que adecuada, caldeando el ambiente bajo la lona, que en caso contrario resultaría totalmente imposible de soportar. Aun así, las gélidas rachas de aire helado, que gemían con un triste ulular fuera de la tienda, se colaban por las rendijas de la misma, de cuando en cuando, penetrando hasta la médula de los huesos de los hombres a cubierto. Duncan suspiró. Si algo bueno tenían aquellas ventiscas, es que los siberianos no atacaban en semejantes condiciones, porque preferían dejar que el propio rigor del invierno debilitara a los incautos que habían osado atreverse a penetrar en los dominios de su señor.
En ese momento, se escuchó un gemido ahogado que provenía del exterior. Duncan recogió su fusil, apoyado en un lateral de la tienda y se llevó un dedo a los labios imponiendo silencio al hombre, que asintió, mientras el capitán, salía sigilosamente del refugio. Embozado en su capote militar, con los ojos apenas destacando entre los pliegues embarrados de la incómoda pero útil prenda castrense, y mirando en derredor, se movió lo más lenta y cautamente de que fue capaz, intentando no hacer el menor ruido y oteando a la más mínima señal de alerta. El capitán podría haber ordenado a su pelotón que le secundara, pero el militar prefirió dejar que sus hombres, agotados tras una larga jornada de marchas y reconocimientos, por tierra de nadie descansaran en sus literas, situadas al fondo de la espaciosa tienda. Cuando el centinela que vigilaba le preguntó si deseaba que le siguiera en voz baja, Duncan negó con la cabeza. El joven soldado debería haber estado en el exterior montando guardia, tal y como lo requerían las ordenanzas, pero Duncan jamás expondría la vida de uno de sus hombres si podía evitarlo, ya fuera al intenso y riguroso frío que les envolvía por doquier, o a las balas enemigas. Mantener a un hombre de guardia allí fuera, era poco menos que una locura, el sacrificio inútil de un valioso soldado, de los que la unidad del capitán no andaba precisamente sobrada, y sobre todo un gesto de inhumanidad rayana con la crueldad más extrema. Otros jefes de pelotón mantenían centinelas permanentemente en el exterior, hiciera frío o no, y de esa manera, muchos hombres amanecían congelados y sin vida, convertidos en estatuas de hielo.
El gemido se repitió nuevamente y Duncan esgrimió el arma que llevaba, amartillándola. El cerrojo del fusil se hizo claramente audible en mitad de la noche. Si por allí había algún siberiano o mongol dispuesto a abalancarse sobre él, ya era momento de irse viendo las caras:
-Alto ahí –preguntó en ruso- ¿ quien vive ?
No hubo respuesta. Repitió la pregunta tras una pausa y como nadie le contestase, apuntó cuidadosamente si es que entre el frío, la oscuridad y los copos de nieve zarandeados por las inclementes rachas de viento congelado, conseguía hacer blanco.
Entonces se produjo una especie de explosión y una luz cegadora muy viva. Duncan fue arrojado al suelo como si fuera un pelele, mientras todo el campamento se ponía en pie, creyendo que estaban sufriendo un ataque de la artillería de Ungern que precedía como la otra vez, a una ululante y aguerrida carga de la caballería e infanterías cosacas contra las posiciones del campamento, como la otra vez, donde Duncan y sus hombres, junto con sus compañeros de armas rusos, consiguieron contener a las tropas del barón, a duras penas, hasta que estas se replegaron más allá de la frontera, a sus dominios de Mongolia para restañar sus heridas.
Muy pronto, Duncan Jackson se vio rodeado de decenas de hombres que prorrumpían en grandes voces llamándose unos a otros y apuntando sus armas en todas direcciones. Junto a Duncan, apareció el hombre que habían rescatado perdido y desorientado en la nieve, caminando con paso lento. Duncan le vio y le conminó a que regresara a la tienda:
-Vuelva a la tienda. Esto es peligroso, señor. Además aun tenemos que…
Iba a añadir para quitar hierro a la tensa situación, que debían concluir la interrumpida partida de ajedrez, cuando el hombre se agachó sobre la nieve, porque algo le había llamado la atención. Alargó la mano y recogió una fotografía que a Duncan le había pasado completamente desapercibida. Los ojos claros del hombre parecían querer salírsele de las órbitas, mientras musitaba un nombre, al reconocer a la persona, cuya efigie mostraba el ajado y antiguo retrato:
-Candy, -dijo el hombre sin poder reprimirse, y cuyos hombros eran sacudidos producto de un violento temblor- Candy hija mía, -repitió ante el perplejo capitán, que sostenía su fusil con dedos laxos, mientras el campamento aun sumido en la confusión, iba retornando gradualmente a la normalidad. Duncan pasó la mano derecha por los hombros de su huésped y guardando silencio, comprendió que esa noche, James O´connor le mantendría ocupado durante largas horas, hasta probablemente el amanecer, sincerándose y abriéndole su alma, tal y como había esperado el capitán, pero no de esa manera. Duncan solo quería poner a prueba sus dotes deductivas, no recibir la desgarradora confesión de un hombre atormentado.
15
Mark había cometido un error que podía haberle costado caro. Al reemprender su extraordinario y nada usual periplo, había remontado el vuelo muy cerca de una especie de campamento o recinto donde parecía haber mucha actividad, pero no podía detenerse. Con la precipitación del momento, la fotografía que su esposa le entregase durante su segundo encuentro, hacía ya tantos años y de la que nunca se había separado hasta ahora, se desprendió del bolsillo de su cazadora y cayó a tierra siendo encontrada por el padre de la muchacha. El joven continuó viajando, adentrándose en los dominios del siniestro barón. Era de noche y hacía un tiempo de perros, por lo que la visibilidad era muy reducida, pero Mark seguía invariablemente una especie de pista o señal que lo guiaba a través de la penumbra en la que danzaban furiosa y vertiginosamente, largas espirales de copos de nieve, que le azotaban el rostro y el cuerpo, pero el calor del iridium le mantenía protegido y lo suficientemente seco como para no perecer de hipotermia. Un hombre común y corriente, enfrentado a los rigores de aquellas soledades no habría tardado en perecer congelado, si es que las bestias y animales salvajes, como los grandes osos pardos o los tigres albinos, no daban buena cuenta suya, pero el término normal, no podía aplicarse a Mark en el pleno sentido de la palabra. La conexión mental, el más errático y aleatorio de sus poderes, había regresado con fuerza, como nunca antes lo había hecho, guiándole hasta Candy como si de un faro en plena noche se tratara. Al calor de su luz, Mark devoraba la distancia en un anhelo que el amor espoleaba hasta extremos insospechados, para reunirse con su esposa. Entonces notó un estremecimiento cuando una señal más fuerte, que todas las demás que recibía, golpeó sus sentidos.
-Candy, mi vida, sé que estás…
No pudo continuar manteniéndose en vuelo y se precipitó como una piedra contra el suelo, sin embargo antes de perder el sentido, sintió que la voz de su esposa le llamaba desde la lejanía resonando en su mente, como aquella vez que le pidió ayuda cuando trabajaba en un hospital de Chicago, o cuando a punto de arrojarse al mar, el joven acudió rápidamente en su ayuda. La llamada de Candy le insuflaba nuevas fuerzas y le hacía seguir hacia delante. Sólo un poco más, un poco más, hasta que distinguió sobre la nieve a una figura que, a punto de desfallecer le hacía señas moviendo los brazos repetidamente.
16
-Mark, Mark.
La voz de Candy me despertó en mitad de la noche. Me tendí de costado y alcancé a divisar su silueta, de pie, erguida frente a la entrada de la tienda.
Dogedin había conseguido guiarnos con éxito hasta las tierras de su clan, enclavadas en lo más recóndito, de las inexpugnables montañas que rodeaban Urga, donde su gente se hizo carga inmediatamente del taimado y astuto barón, que seguía estando amordazado y atado, tal era el inmenso temor que aun en semejantes condiciones de indefensión, despertaba entre aquellas buenas y sencillas gentes.
Bostecé y cuando me dí cuenta de lo que pretendía, salté sobre ella, sujetándola con fuerza desde atrás. Yo era obeso, pero mis brazos eran bastante fuertes y conseguí refrenar sus ímpetus por salir al exterior.
-Suéltame Maikel, suéltame –protestó furiosamente Candy- tengo que salvarle, Mark está ahí fuera, estoy convencida de ello.
Pero fuera de la tienda solo soplaba un viento ululante y tétrico, que agitaba una gran y monumental ventisca. Dogedin, que había estado departiendo con algunos miembros del Consejo de Ancianos, retornó junto a nosotros y gritó despavorido al ver como Candy trataba de abandonar el cálido y confortable ambiente de la acogedora tienda de piel curtida.
-Pretende salir fuera –grité al joven, solicitándole su ayuda desesperadamente- ayúdame Dogedin, si se marcha, morirá congelada.
-Y se perderá en el exterior. Ni un mongol consigue orientarse con semejante tormenta de nieve ahí fuera –sentenció el muchacho, aferrando a la joven rubia que braceaba desesperada, como si estuviera bajo la influencia de algún incontrolable delirio.
Pero Candy se crecía ante la adversidad, sobre todo si el amor espoleaba sus acciones. Pidiéndome perdón en lo más recóndito de su alma, Candy me propinó un puntapié, intentando no destrozarme el pie, y un codazo a Donegin que no podía siquiera imaginar, que una muchacha tan menuda y en apariencia frágil pudiera tener tanta fuerza, tanto física como de voluntad.
-Mark, Mark, -salió corriendo y vociferando en plena ventisca. Dogedin masculló algo y tomando una pesada pelliza de piel de búfalo, y arrojándome otra a mí, salió de la tienda a todo correr. No había que ser muy ducho para entender lo que se proponía.
Envuelto en la pesada pero abrigosa prenda, no obstante creí que perdería la vida. El frío penetraba hasta mi alma como alfilerazos que se me clavaban por todo el cuerpo. De no ser por Dogedin, que había enganchado una cuerda al recio cinturón de mi pelliza, amarrando el otro extremo en torno a su cintura, también me habría perdido irremisiblemente. Avanzamos a tientas, tropezando, jurando y lamentándonos hasta que una luz de color brillante titiló en las proximidades.
Miré a los ojos claros de Dogedin, que apenas destacaban bajo la pesada capucha forrada de piel, y le grité por encima del furioso bramido de la tempestad de nieve:
-Vamos. Tenemos que ir hacia esa luz.
Sin saber si me había vuelto repentinamente muy valiente o tal vez, había perdido el escaso juicio que según el parecer del joven me quedaba, Donegin asintió, farfullando y murmurando algo acerca de mi testarudez y de la de Candy. Cuando llegamos tras una afanosa caminata, durante la que nuestras piernas se hundían hasta la rodilla en la espesa capa de nieve, encontramos a Mark abrazando a Candy, y besándola tiernamente, protegidos por un manto de luz que les guarecía de las inclemencias de la tempestad. Donegin me observó perplejo, mientras Mark sonriente, hacía extensivo el manto de luz hasta nosotros dos.
-No debes temer nada Donegin –le dije al muchacho, que pareció ofenderse por mis palabras, dado que su valor estaba fuera de toda duda y era muy reconocido entre su gente- Mark, es amigo mío, y te lo explicaré todo cuando salgamos de aquí.
17
Ganamos el interior de la tienda con dificultad, pero al estar protegidos por el calor que desprendía el iridium, el camino de vuelta fue menos gravoso que el de ida. Una vez a salvo, Donegin y yo nos despojamos de las zamarras de piel, tras retirar la capucha de nuestras cabezas y fue el propio Mark quien nos explicó como había conseguido llegar hasta allí.
-Perdí el sentido, pero en el último momento, mientras caía, logré remontar el vuelo y posarme de pie sobre la nieve. Nunca sabré si fue una afortunada casualidad o quizás, -dijo desviando la vista hacia su esposa que no dejaba de abrazarle y mirarle con amor- Candy me guió hasta ella, pero saber que estaba allí cerca, me dio las fuerzas que me restaban para haciendo un esfuerzo final, conseguir reunirnos.
Cuando observó en derredor suyo, se fijó en Donegin al que agradeció de corazón sus denodados y desinteresados esfuerzos por rescatarnos. Candy le había ido contando a Mark, por el camino algunos pasajes de cuanto había tenido que soportar y sufrir desde que el trastornado Mermadon, la secuestrara arrebatándola de su lado, para conducirla ante el barón.
Naturalmente, debíamos una explicación al valeroso guerrero, que ya se había deshecho del odiado uniforme de las tropas del barón y lo había reemplazado por su atuendo natal. Me dí cuenta que en torno a él, había unas personas que no había visto antes. Un hombre y una mujer de mediana edad, junto a algunos muchachos y muchachas de su edad, y otros más jóvenes, le contemplaban con admiración y afecto. Habían entrado en la tienda mientras conversábamos con Donegin. Este se giró complacido y observándoles les instó a que nos acercásemos.
-Os presento a mi familia –comentó orgulloso, mientras la mujer sonreía con delectación.
El hombre, de claros rasgos occidentales, avanzó hasta Mark y Candy y les estrechó la mano con fuerza:
-Mi hijo me ha contado todo lo que habéis hecho por nuestra gente. Jamás viviremos lo bastante para agradecéroslo.
-No tiene mayor importancia señor –dijo Mark con su habitual modestia- cualquiera hubiera hecho lo mismo.
En las dependencias contiguas, de un edificio de planta baja construido en adobe se escucharon algunas imprecaciones y anatemas. Mark se abalanzó hacia delante y antes de que Donegin pudiera frenarle, irrumpió en la estancia tras abandonar la tienda. Un hombre de porte aristocrático, fuertemente atado, al que le habían retirado la mordaza para procurarle alimento, rechazaba cualquier tentativa de ser atendido, profiriendo amenazas e improperios, que asustaron a las dos mujeres que intentaban asistirle.
Mark se encaró con él y los fríos ojos oscuros hicieron que los del barón se centraran en la expresión furibunda de Mark, con una nota de creciente interés en sus pupilas verdes. Varios guerreros custodiaban de cerca de Ungern sin perder ni por un instante de vista, el menor de sus movimientos.
El barón dejó de vociferar emitiendo una corta y sonora carcajada que a Mark le resultó ofensiva y desagradable. Retrajo el puño hacia atrás y de no ser por Candy, le hubiera borrado la sonrisa del rostro, pero no esa mirada desafiante y retadora que no auguraba nada bueno.
-No Mark, amor mío, -le detuvo Candy, sujetándole como pudo por el antebrazo que parecía un muelle sometido a demasiada presión, a punto de soltarse -no merece la pena, ya es suficiente por hoy. Ya ha habido demasiada violencia por hoy.
Ungern iba a añadir algo, pero después de pensárselo mejor, calló. Su mente estaba elaborando un plan para escapar, aun a sabiendas de que los guardianes que le vigilaban, no le quitarían los ojos de encima ni un segundo.
18
Privados de su jefe, todo era confusión entre los leales de Ungern. Su corte se desmoronaba y ante la repentina desaparición del barón, había dado comienzo una soterrada y violenta lucha por el poder. La sucesión no estaba decantada a favor de nadie en particular, hasta que Bogd Khan se cansó de ser un cero a la izquierda, un mero títere manejado al antojo por las maquinaciones de Ungern, y tras una corta pero violenta lucha, se hizo con el poder, tras eliminar a sangre y fuego, a los pocos partidarios de Ungern que aun quedaban entre los muros de Urga. En medio de aquel laberinto de intrigas, luchas intestinas y asesinatos, un robot parecía despertar de lo que había sido una especie de letargo en el que se había sumido, tras escuchar la cautivadora e hipnótica voz del barón Ungern Von Stemberg, que le había convencido de que era una especie de enviado divino y que pondría orden entre los pueblos del mundo. El barón también le persuadió de que él le había creado, y que se pusiera de su lado, convirtiéndose en fiel instrumento ejecutor de sus deseos. De esa manera, rebautizado como Temujin y con sus circuitos sumidos en una notable confusión mental, el aturdido robot, nos había secuestrado tanto a mí primero, como a Candy después. Mermadon se llevó las grandes manos a su inexpresivo rostro, y se lamentó visiblemente afectado, sentado en un rincón, mientras una caótica confusión promovida por gente que corría, luchaba o simplemente perdía la vida, se desarrollaba a su alrededor.
-¿ Oh ? ¿ qué he hecho ? ¿ cómo he podido hacer algo semejante ? entregar a la señorita Candy y al señor Parents a alguien tan peligroso como el barón.
El rayo había alterado algunas de sus funciones cognitivas, inhibiendo la acción de los microcircuitos, que regulaban lo que podría equipararse en un ser humano, a la confianza y a la prudencia, además de generar su amnesia. En otras palabras, Ungern había podido engañarle gracias a que el circuito que regulaba el filtro de las informaciones que recibía estaba atascado, a lo que además se sumó la natural confianza del robot hacia los extraños. Aunque Mermadon no podía dañar a ningún ser humano, lo cual siguió cmpliendo pese a estar todavía amnésico, su programación le permitía vetar cualquier orden que no proveniese de Haltoran o de cualquiera de nosotros, y ninguno entregábamos tal grado de accesibilidad al robot a la ligera.
Y la bala que había disparado el barón para probar la resistencia de su armadura, había impactado de tal forma, que activó el monitor donde se proyectaron aquellas imágenes que el robot guardaba en su banco de datos. Mermadon monitoreaba y grababa todo lo que veía, y el impacto del rayo, contra el robot había provocado, además de alguna que otra seria desestabilización en sus sistemas, que algunas imágenes de Mark, o de mí y Candy, quedaran inoportunamente a disposición del siniestro e inicuo personaje.
Mermadon se dijo que ya era hora de volver y activó sus propulsores traseros. Lanzó algo parecido a un suspiro. Temía la reacción de Haltoran, pero sobre todo de Mark, por haberle separado de su esposa, y tenerme secuestrado. Mermadon empezó a emitir una estela de fuego entre el fragor de la lucha, que se desarrollaba en torno a él, como el agua de un río enfurecido y desbordado rodeaba un fuerte pilar al que no puede arrastrar con su furiosa e impetuosa corriente, e intentando no dañar en lo posible a los partidarios de Ungern y a los hombres que apoyaban al nuevo rey, se elevó en el aire, lamentando por un lado, no poder hacer nada para detener semejante locura sin dañar a algunos seres humanos, y por otro, feliz de haberse alejado de la carnicería que rugía por todo el castillo y que empezaba a extenderse gradualmente a las calles de altura se dirigió hacia las montañas, siguiendo el rastro de iridium, que Mark había dejado aun reciente a su paso por aquellos lares, y las pistas que le proporcionaba el adn de Candy, y el mío. Mientras algunos rostros se fijaron asombrados en como lo que habían tomado por un soldado con armadura, herido y tendido en un rincón, se abría paso con estruendo, hacia las estrellas, el combate cuerpo a cuerpo con espadas y lanzas, o con disparos efectuados a quemarropa seguía su trágico curso, protagonizando aquella caótica y confusa batalla campal, donde los gemidos de los heridos y las imprecaciones y gritos de los combatientes de ambos bandos, se mezclaban en una mezcolanza difícil de soportar. Mermadon se dirigió sin dilación hacia las montañas que rodeaban la capital, mientras la desatada lucha por el poder, continuaba con violencia y en toda su crudeza.
19
Haltoran abandonó Odesa, dejando temporalmente a su esposa, al cuidado del buen padre Graubner en pos de Mark, porque la amistad que unía a ambos hombres era lo bastante fuerte como para que pudiera ignorarla así como así. Los propulsores que llevaba disimulados en el cinturón, era una versión retocada y levemente mejorada de los que les sirvieron, tanto a él, como a Mark, para atravesar el Atlántico, con la intención de rescatar a Candy del Internado Religioso donde Albert, por celos y en venganza hacia Mark, pretendía internarla, pero ello no quería decir que pudieran llegar a fallar como aquella noche, sobre las sombrías y procelosas aguas del Atlántico, aunque afortunadamente se situaron casi sin darse cuenta sobre la vertical del Mauritania, de donde Mark rescataría a su esposa y dirigirse hacia Inglaterra, pero no como Albert esperaba que hiciera.
-Recorrer cinco mil kilómetros para aprender buenas maneras y ser una perfecta dama –dijo Haltoran en voz baja, mientras rememoraba casi palabra por palabra, una reflexión que Mark había tenido en presencia de su esposa, y que casi degenera en una agria discusión, donde Candy calificó al siglo XXI, "como la época de las mortíferas bombas que borraban ciudades de un plumazo".
El joven pelirrojo meneó la cabeza, mientras el aparato dio un fuerte bandazo hacia la izquierda, haciendo que Haltoran estuviese a punto de perder el equilibrio y precipitarse contra las ramas de un abedul, que crecía a la vereda de un camino, de lo bajo que llegó a descender, hasta que consiguió remontar el vuelo con esfuerzo.
-Mierda, ya empezamos –se quejó Haltoran con un deje de fastidio en la voz –eso estuvo muy cerca.
El propulsor, a diferencia del que utilizaron para cruzar el Atlántico, desarrollaba velocidades de Mach 5 y era capaz de alcanzar picos de hasta Mach 7 por un breve espacio de tiempo, pero era conveniente por razones de seguridad, mantener la velocidad en torno a Mach 3, pero Haltoran decidió forzarlo, aun riesgo de que los motores se sobrecalentaran, llegando a estallar, al objeto de llegar cuanto antes a Mongolia, pero como era de suponer, en semejantes condiciones de precariedad y prisas, algo salió rematadamente mal. Al llevar a los ya de por sí, sobrecargados motores de las toberas hasta más allá de sus límites admisibles, el aparato se descompensó definitivamente y empezó a moverse erráticamente, desviando a Haltoran totalmente de su ruta, y llevándole a adentrarse en la Rusia Europea, conduciéndole hacia el corazón de Moscú.
20
El indiscutido y temido lider de la Unión Soviética, dormía en su cuarto con un ojo abierto y los sentidos plenamente alerta. Aquel hombre poderoso e inaccesible, que había ganado una cruenta guerra civil, transformando el país en una potencia económica, que iba camino de lograr un puesto de preponderancia entre los grandes estados del planeta, temía siempre que los numerosos enemigos que le rodeaban, ya fueran reales o imaginarios, atentaran contra su vida o terminaran deponiéndole. Por eso, a pesar de los constantes esfuerzos realizados para capturar a sus adversarios, aun, con todo el celo que ponía en protegerse, aquel hombre no vivía con la tranquilidad y la confianza de otros mortales. Entonces, un hecho extraordinario vino a turbar su agitado sueño. Sobre las torres de aguja del kremlin, sobre sus cúpulas de cebolla, más allá de sus altos e inaccesibles muros de ladrillo rojo, un hombre suspendido precariamente de un mecanismo impulsor que le permitía volar, era atacado por varias decenas de cañones antiaéreos, que emplazados en diferentes lugares del Kremlin, disparaban contra su potencial enemigo. Haltoran, esquivaba como podía las balas trazadoras que silbaban a su alrededor, rasgando el silencio de la noche e iluminándola con su fulgor de fósforo.
De todos los caminos posibles, había tenido que ir a surcar la capital del país, y de todos los escenarios imaginables, había ido a parar al corazón de la sede del poder soviético. Haltoran tuvo una descabellada y desesperada idea cuando contempló luz en una de las ventanas, situada en la Torre de Constantino y Helena, como era conocida. Recordó que un tío abuelo suyo, que había trabajado como ordenanza para el lider del país, le había relatado con pelos y señales donde y como vivía, y literalmente trabajaba allí, en muchas ocasiones. Puede que no saliera vivo de ese lugar, pero si continuaba moviéndose erráticamente entre los cañones, terminarían por derribarle y posiblemente sería fusilado si sobrevivía al impacto. Por otro lado, el jetpack se había averiado definitivamente y le mantenía en una trayectoria circular y permanente, que como un bucle sin fin se repetía sin solución de continuidad, una y otra vez sobre los edificios administrativos y alojamientos del Kremlin.
La única solución era descender, y entrar en las fauces del lobo. Tal vez, se aviniera a razonar y a parlamentar con él si le ofrecía una información que mereciese la pena, aportándole pruebas fehacientes de que lo que le contaba era cierto. Era una posibilidad entre un millón, sobre todo teniendo en cuenta el carácter desconfiado y obsesivo de aquel hombre, que regía los destinos de Rusia, con mano de hierro. Entrar a saco, a través de una ventana sonaba más a intento de magnicidio, que de aterrizaje forzoso, pero había más alternativas. Los motores se negaban a ganar altura y pronto terminarían por pararse, haciendo que cayese como una piedra contra el suelo. La dulce imagen de Annie iluminó su mente. Se preguntó si su esposa, al leer la nota que le había dejado, lo entendería y si sería capaz de perdonarle, que hubiese vuelto a marcharse de nuevo, sin avisar.
Pero los reproches de Annie eran lo que menos le preocupaba en esos momentos. Lo perentorio ahora, era salir con vida de aquel trance.
Apagó los motores y se precipitó entre el fragor de las balas trazadoras antiaéreas y los deflectores que rasgaban el velo de la noche, contra la ventana que había observado iluminada y desde la que un hombre, de rasgos decididos y pelo oscuro peinado hacia atrás, con un gran bigote le observaba con gesto entre extrañado y fascinado. Finalmente Haltoran colisionó contra la ventana, que saltó hecha añicos a su paso, a penas dando el tiempo justo al hombre que se encontraba detrás, mirándole con calma y frialdad no exenta de perplejidad, para apartarse. Haltoran terminó colisionando contra un estante repleto de libros tras atravesar los espaciosos aposentos privados del mandatario, el cual cayó con estrépito al suelo desparramando su contenido sobre el mismo, y sembrándolo de libros y de papeles.
El hombre apuntó a Haltoran con un revolver que extrajo rápidamente, de entre los pliegues de sus ropas, conminándole a que se identificara. Poco después, atraídos por el estrépito de los cristales destrozados, y la estantería derribada, un grupo de hombres armados hasta los dientes, irrumpió en las dependencias privadas del lider, rodeándole para protegerle, y cercando a Haltoran por todos lados, y haciendo virtualmente imposible, cualquier intento de fuga por su parte. Haltoran dudó de que aquello hubiera sido una buena idea. Si utilizaba su arma de asalto podría salir bien parado de su encontronazo con aquellos hombres, aun a riesgo de volar media torre y ser perseguido por la guarnición cercana, pero si terminaba con la vida del lider del país, tal vez las consecuencias futuras para el mundo y el devenir de la Historia, fueran tan imprevisibles y catastróficas, como cuando impidieron el estallido de la Primera Guerra Mundial, y hubo que deshacer tan tamaño y craso error, con la ayuda de Anthony y la mía, de manera que influyera en el ánimo de Candy, y esta a su vez, en los de Mark y Haltoran, para que no obstaculizaran ni pusieran trabas al asesinato del archiduque y de su esposa, por duro y terrible que fuese consentirlo, pudiendo haber hecho lo contrario.
Haltoran pronunció en voz alta, entonces un nombre que hizo que todos se detuvieran sorprendidos, el primero, el hombre del prominente bigote.
-Ungern Von Stemberg –gritó a la concurrencia y empezó a relatar en un fluído ruso los siniestros y retorcidos planes de aquel hombre, al que muchos daban erroneamente por muerto, ejecutado desde los tiempos de la guerra civil.
El hombre le impuso silencio levantando una mano en un ademán que no admitía la menor réplica. Todos los presentes se echaron a temblar, temiendo que el mandatario decretase la ejecución sumaria de cualquier de ellos.
Contraviniendo su acendrado sentido de la alerta y el peligro, el lider creyó descubrir algo especial en Haltoran, algo que hizo que confiase más en un desconocido que en sus propios ayudantes y seguidores más fieles. Bajó lentamente el arma, pero sin perder de vista a Haltoran ni por un momento, y tras reconsiderarlo exclamó:
-Dejadme a solas con este hombre –rugió- sospecho que tiene algo importante que contarme.
-Pero, pero camarada –titubeó un oficial que había acudido en tromba a defender a su jefe, portando una especie de gran espada entre sus anchas manos, que sostenía con firmeza agarrándola por la empuñadura oculta, dentro de la gran cazoleta que la envolvía.
-Nada de peros, salid todos de aquí, sé que este hombre no atentará contra mí –sus penetrantes ojos se convirtieron en dos finas rendijas y añadió en voz baja y silente, como una oscura advertencia -por la cuenta que le tiene. Lo que tenga que decirme, solo me lo dirá a mí, y a nadie más, ¿ entendido ?
Haltoran asintió y cuando todos se hubieron marchado, tragó saliva intentando no delatar su nerviosismo ante el astuto y poderoso gobernante, y dijo:
-Camarada, no te vas a arrepentir de cuanto tengo que contarte –le interpeló Haltoran con desparpajo y cierta insolencia, preguntándose para sus adentros, si no habría perdido el juicio, al tratar tan deferentemente a aquel hombre. Pocos hombres que se hubieran atrevido a dirigirse al todopoderoso lider del país de esa forma, podían presumir de seguir vivos para contarlo, pero Haltoran decidió correr el riesgo, siguiendo una corazonada.
21
Jamás antes en su vida, Candy había inflingido daño a nadie, ni físico ni espiritual. Lo más cerca que estuvo de causarlo, fue cuando ciñió la mano de Neil con el lazo que volteó diestramente sobre su cabeza, atrapándole por la muñeca y tirando de él con tanta fuerza, que estuvo a punto de echarle abajo, por encima de la balaustrada de mármol del balcón. El motivo, fue el jarro de agua fría que arrojaron sobre la joven desde el balcón principal de la mansión Legan, en su primer y nada afortunado encuentro con los dos hermanos. El contacto del agua helada sobre su cabeza, fue algo más que un mero remojón producto de una broma de mal gusto, porque también lo fue sobre sus más secretas y anhelantes ilusiones.
Aun así, pese a la crueldad de Neil y Eliza que iría arreciando durante los siguientes días, nunca se le habría pasado por la cabeza, precipitar a Neil al vacío, ya que solo pretendía darle una lección por su mal comportamiento. Aparte de ese incidente, había tenido alguna que otra pelea ocasional con varios de los niños recien llegados, que ingresaban en el hogar de Pony, cuando era más pequeña y con los que se terminaba reconciliando finalmente. Y dichas peleas no eran por razón de Candy. Por eso, haber asestado tal golpe en la cabeza del barón, sirviéndose de una estatuilla que consiguió tomar, palpando a tientas de un estante, le produjo unos insuperables remordimientos, pese a que el barón había cometido tal cúmulo de atrocidades que a Dogedin y a muchos de los que las habían sufrido, se les antojaba un castigo demasiado liviano para tanta desmedida ambición.
Haciendo valer su condición de enfermera, Candy consintió que se le diera acceso al depuesto barón, que continuaba firmemente amarrado y custodiado por una docena de hombres armados que, le observaban sin perder detalle de cuanto hacía, si es que firmemente amarrado como estaba, por varias sogas, conseguía emprender alguna acción.
Candy había estado ejerciendo como enfermera, desde que había llegado al campamento de las montañas, contribuyendo a aliviar los sufrimientos de aquella esforzada y humilde gente. Y a pesar de estar agotada, pese a que Mark la ayudaba en todo momento ejerciendo como improvisado asistente sanitario, encontró un hueco en su apretada agenda, si se podía definir así para ocuparse de curar la herida, del barón, que era superficial.
-No me parece buena idea –le sugirió Mark, mientras la asistía en la preparación de los diversos utensilios sanitarios y vendas, que Candy iba depositando sobre una charola de metal –ese hombre está completamente trastornado y obsesionado contigo, Candy.
-Lo sé Mark –dijo Candy restregándose los ojos y dejando entrever el cansancio que la invadía, y que hacía mella en sus fuerzas- pero tengo que hacerlo. Estuve a punto de abrirle la cabeza, y me siento mal por haber tenido que obrar así.
Mark se maravillaba de los sentimientos que su esposa podía llegar a desplegar. Pese a todo lo mal que se lo había hecho pasar, Candy no albergaba el menor rencor hacia Ungern, sino una acentuada y más que evidente compasión.
-No cambiarás nunca amor mío –dijo tomándola por la cintura y besándola en los labios- habría aplastado a esa alimaña con mis manos y si no lo hice fue, porque tú me pediste expresamente lo contrario, pero si te hubiera llegado a hacer daño yo…
-Tú no habrías hecho nada, Mark –dijo pellicázdole una mejilla con afecto y sonriéndole- no te lo habría consentido –dijo entre risas, a medio camino entre la broma y la afirmación más rotunda.
Candy se separó de él para tomar la vacilante bandeja entre sus manos e ir al encuentro del barón, cuando Mark la retuvo por la muñeca derecha.:
-Deberías descansar Candy. Estás agotada. Llevas curando heridas y administrando tratamientos desde que llegamos aquí. Deja que el médico se ocupe. Tiene algunas ayudantes que tomarán gustosas tu lugar, mientras tú reposas un poco.
Mark observó el continuo goteo de hombres heridos que no cesaban de recalar al campamento, y que eran atendidos en varias de las chozas, que hacían las veces de improvisados hospitales.
Al poblado montañés no dejaban de llegar constantemente heridos provenientes de la abierta lucha por el poder que se sostenía en las calles de Urga, entre los partidarios del depuesto barón y el nuevo soberano del país, que se había aupado al poder gracias a la ayuda del primero. Pero la influencia de Ungern era tan grande que, los seguidores de Bogd Khan no se habían atrevido a enfrentarse a él, hasta que sus espías les informaron de que el barón había desaparecido, dejando vacante el poder. De momento, el poblado que también era conocido como el campamento o el refugio, había quedado a salvo de la guerra que rugía dentro de Urga, pero la situación podía cambiar en cualquier momento. Los campesinos confiaban en la inaccesibilidad de sus montañas para frenar posibles ataques enemigos, pero cuando algún soldado herido huía de la ciudad, convirtiéndose en desertor, las gentes del poblado les acogían sin más miramientos, no parándose a averiguar si habían luchado por tal o por cual lider, o causa. Esa tradición de hospitalidad que llevaba vigente en el clan de Donegin desde hacía varios cientos de años, enfurecía a Donegin, pero sus padres le hacían ver que debía respetar la ley de su propio pueblo.
El joven moreno retomó el hilo de sus pensamientos y reflexionó en las recientes palabras que había dirigido a su esposa.
Mark se refería a algunas voluntariosas jóvenes del campamento, que se habían ofrecido para ayudar a Candy en todo lo que pudieran. Tras un rápido y somero entrenamiento, las muchachas del clan ya estaban debutando como enfermeras, dirigidas por Candy, erigida en su improvisada jefa y vigilando que desarrollasen su trabajo, dentro de la precariedad reinante, sobre todo a nivel material, lo mejor posible.
-No puedo cariño –dijo Candy restregándose los deslumbrantes ojos de esmeralda y reprimiendo un bostezo, que finalmente terminó por producirse –debo continuar ayudando a estas personas.
Había cambiado sus ostentosas ropas de fiesta, por la vestimenta más sencilla y recia del pueblo de Dogedin, consistente en una especie de kaftan de vivos colores que le llegaba hasta los pies, y que bailaba en torno a su menudo cuerpo, porque era varias tallas mayor, de la que realmente correspondía a Candy.
22
Candy penetró en la estancia forrada de tapices que representaban escenas de caza y grandes batallas de los tiempos de Gengis Khan y avanzó lentamente, sosteniendo entre sus blancas manos la charola de metal, con gasas y diversos utensilios que relumbraba levemente bajo la luz que entraba por unas aberturas practicadas en las paredes a efectos de ventilación e iluminación. Ungern estaba atado a una estructura en forma de equis, y aunque su aspecto parecía demacrado, no había sido torturado ni golpeado, porque las leyes del clan prohibían infinglir cualquier sufrimiento a nadie, ya fuera un prisionero, un enemigo o un infractor de la ley. Solamente en casos excepcionales, en los que la supervivencia del poblado podía depender de información vital que pudiera obrar en poder del prisionero, cuando no quedaba otra alternativa, previa deliberación del Consejo de Ancianos, se autorizaba arrancar dicha información por cualquier medio válido disponible, a los reos. Pero por el momento, el Consejo de Ancianos, máxima autoridad en el Poblado, y que podía vetar o autorizar la aplicación de la tortura, o cualquier otra cuestión relativa a los habitantes del poblado, no se había pronunciado al respecto, y Ungern aparte de la incomodidad que le suponía permanecer en tan forzada posición, al estar atado a la equis de madera, no tenía ninguna otra herida o daño, exceptuando la que Candy le había provocado con la estatua.
Candy se acercó al silencioso barón acompañada por Siluri, una joven cuyo cabello oscuro recogido en trenzas le confería un aspecto inocente y grácil. La chica, que era la prometida de Donegin, tenía unos grandes y expresivos ojos oscuros, y era un poco más baja que Candy. Iba ataviada con el mismo tipo de kaftan, de tejido burdo y vivos colores que ceñía el cuerpo de Candy. La muchacha se acercó recelosa a Ungern, pese a que este estaba vigilado por varios hombres e inmovilizado por cuerdas y cadenas. Siluri había insistido en permanecer junto a Candy, sobre todo, después de que ambas jóvenes se hubieran hecho íntimas amigas durante el adiestramiento de Siluri como enfermera, y aunque no hablaba el inglés con la suficiente soltura y fluidez, tenía el suficiente nivel como para comunicarse con Candy y hacerse entender. Siluri, instruida por Donegin estaba haciendo rápidos y espectaculares progresos. Ungern no había abierto la boca en todo el día,pero cuando vio llegar a Candy, su corazón se aceleró y dijo con una inflexión de ironía en la voz:
-¿ Vienes a rematar tu trabajo pendiente ? –preguntó a Candy, sonriendo aviesamente.
Candy no respondió y mojando una gasa en una jofaina con agua, se acercó hasta él, para retirar los restos de sangre coagulada. La herida no había tocado centros vitales, pero aunque Candy le hubiese golpeado con todas sus fuerzas, el cráneo de Ungern era lo bastante recio como para soportar un golpe semejante. Sin embargo Candy no pretendió matarle en ningún momento, pese a haber podido hacerlo con la daga que el descuidado barón posó sobre una cómoda cercana mientras permanecía inconsciente.
-No –comentó la joven, mientras Siluri no se atrevía a acercarse más a Ungern y le pasaba los utensilios que su amiga le iba pidiendo, a una distancia prudencial de Ungern- y lamento tener que haber hecho lo que hice, pero no me dejaste más opción.
Ungern se exaltó y trató de aferrar con una de sus manos, la muñeca derecha de Candy, pero un joven soldado que estaba al quite le apuntó con el cañón de su fusil a muy poca distancia de su sien derecha.
-No pasa nada, no pasa nada –intercedió Candy, haciendo significativos gestos. El soldado realizó una reverencia y volvió a ocupar su puesto, reclamado por su oficial al mando.
-Pudiste haberlo tenido todo Candy –dijo Ungern- ladeando la cabeza para que la enfermera pudiera revisarle el vendaje con más facilidad- habrías podido ser la emperatriz de un imperio como nunca se hubiese visto en el mundo.
-No necesito gobernar ningún imperio Ungern –le dijo Candy, con el mismo tono paciente con el que se le habla a un niño protestón, o que no entiende algo por mucho que se le explique, mientras cortaba con unas tijeras las vendas que fajaban la cabeza del depuesto barón- me basta con llevar una vida tranquila junto a mi familia, cuidando de los míos y los demás, en la medida de mis posibilidades.
-En cualquier caso –dijo Ungern mirando a Candy y admirándose de que la joven estuviera tan bella incluso, enfundada en aquel atuendo tribal tan burdo e incómodo- tu marido, tiene un poder inconmesurable, con el que podría hacer realidad cuanto se propusiera. Bajo mi guía, habríamos creado un imperio universal donde los males que aflijen al hombre habrían sido vencidos definitivamente.
-No lo creo Ungern –dijo la joven tendiendo la mano izquierda hacia Siluri para que le pasara más vendas- tus ideas solo pueden terminar en tragedia. El poder por el mero poder solo trae más violencia y sangre, para acaparar más poder aun todavía. Y además Mark, siempre ha intentado esconder el suyo, que le ha reportado más sufrimientos y sinsabores que ventajas. El nunca lo emplearía para lo que te habías propuesto hacer, Ungern, porque su bondad está fuera de toda duda. No siente ninguna inclinación hacia la maldad, como te ocurre a ti, y lo único que codiciamos los dos es criar a nuestros dos hijos y disfrutar de la vida, Ungern.
-Seguro –dijo el barón simulando batir palmas y empleando un incisivo sarcasmo en cada una de sus palabras que a Candy le estaba resultando especialmente molesto- esperas que me creas que estás con ese Mark por amor, no me encaja querida, no me encaja.
-Tú lo has dicho Ungern –comentó Candy en voz baja, terminando de aflojar las apretadas vendas en torno a las sienes del hombre y retirándolas con cuidado. Candy asintió con ojo experto, verificando que la herida no sangrase. Más que una herida, era una rozadura superficial, que a pesar de haberse podido dejar expuesta al aire sin mayores preámbulos, la joven prefirió tratar y desinfectar por si sobrevenía alguna complicación añadida. Arrojó las vendas usadas a una bolsa que Siluri se apresuró a poner ante sus manos para que las lanzase a su interior, y procedió a vendar nuevamente la frente de Ungern, más que nada para tapar la pequeña cortadura que surcaba su frente, a efectos estéticos. Candy miró levemente a Ungern. Se preguntó como un hombre tan culto y de apuesto porte, se había dedicado a perseguir sueños de grandeza, que quizás le vinieran grandes. De hecho se preguntaba muchas veces para sí, porque se les otorgaba la categoría de grande, a quien forjaba imperios a punta de espada.
-Bien que me engañaste –dijo el hombre con una nota de amargura en su voz, más que por haber sido capturado y apeado de su pedestal, por el rechazo de la bella muchacha, a la que ya imaginaba rendida a sus pies.
-No me gusta engañar a nadie Ungern, pero tampoco me dejaste otra alternativa. Y ojalá no hubiera tenido que atacarte, pero mis opciones eran muy escasas, y estaba asustada. Tenías preso a mi amigo Maikel, y no sabía si tal vez Mark estaría también en tu poder.
Ungern clavó sus ojos verdes, en dirección hacia la temerosa Siluri, que a diferencia de Candy no podía afrontar su incisiva e inquisitiva mirada con naturalidad. La muchacha se refugió detrás de Candy, como si el barón pudiera ejercer algún tipo de influjo sobre ella, o fuera a abalanzarse sobre ambas en cualquier momento. Candy sintió que un escalofrío bajaba por su espalda. De no haber estado maniatado y vigilado de cerca, quizás lo hubiera hecho para vengarse especialmente de Candy.
-Ya veo Candy. Más os vale aplicarme una sentencia rápida y contundente, porque de lo contrario, como consiga liberarme vais a lamentar, tú y ese gordiflón lo que me habéis hecho –amenazó veladamente el barón. Siluri tuvo que retirarse porque las piernas le flojeaban, debido al miedo que la atenazaba ante las palabras del barón, y que la impelió a esconderse detrás de Candy.
-Ungern, por favor –declaró Candy terminando de fijar las nuevas vendas con un nudo para que no se movieran o desliaran, intentando no perder la calma ni alterarse por las baladronadas del barón –trata a mi amigo con más consideración. Vale mucho más de lo que crees, en cuanto a tu suerte, tú solo te has buscado esto. Lo que te pueda suceder de aquí en adelante, no depende de mí o de Maikel, si no de las personas a las que has tratado tan duramente. Intentaré interceder por ti, pero dudo que en el Consejo de Ancianos quiera escucharme, o tan solo admitirme en sus sesiones.
-¿ Tu amigo ? eso es lo que tú crees. Está enamorado de ti. –comentó Ungern sarcástico creyendo herir así los sentimientos de Candy, cuando sus propias aspiraciones amorosas habían dado al traste, una vez que Candy le desengañara, definitivamente con aquel golpe inferido con la estatuilla de Napoleón.
-Lo sé Ungern –comentó la joven con naturalidad- pero tanto él, como yo asumimos que algo así nunca funcionaría. Por otra parte, eso que comentas sucedió hace mucho tiempo y entre nosotros no ocurrió nada en ese sentido. Somos buenos amigos, nada más –concluyó Candy, molesta porque Ungern hubiera llevado la conversación acerca de asuntos tan íntimos como personales para ella. Se preguntó si debería replicarle a semejante exhortación.
-Te encanta destrozar los sentimientos de aquellos que tienen la mala suerte de cruzarse en tu camino –comentó Ungern bajando la cabeza y sacudiéndola frenéticamente. Uno de los guardias estuvo a punto de intervernir otra vez, creyendo que amenazaba la integridad de la joven, y Candy le refrenó nuevamente.
-Eso no es justo Ungern, no tienes derecho a decirme algo así. Lo dices tú, que has cometido actos de tal crueldad, que se hace difícil creer que puedas ser perdonado por ello algún día –declaró Candy sinceramente indignada.
Candy consideró oportuno zanjar la tensa conversación, que no llevaba a ninguna parte, en ese mismo instante. Cualquier intento de razonar con aquel hombre, verdadero iluminado que solo creía en su destino de gobernar a toda la Humanidad bajo una monarquía absolutista de la que él debería haberse erigido como su único y supremo soberano, fuera de tales pensamientos estaba abocado al fracaso estrellándose contra el infranqueable muro de su soberbia y megalómana altanería.
-Espero que el Señor te perdone algún día Ungern. Yo por mi parte, ya lo he hecho, y rezaré por ti –dijo Candy, mientras se disponía a abandonar la estancia habilitada como prisión provisional, para evidente alivio de Siluri, a la que la presencia del ofuscado barón, infundía en ella un tremendo miedo que no podía controlar, impediéndola reaccionar.
23
-No puedes marcharte –le dijo el hombre apuntándole con su pesada pistola- y mirándole con unos ojos tan fríos como hostiles. Haltoran creyó que el astuto mandatario, podría haber congelado el aire circundante con su mirada de habérselo propuesto.
-Has hecho un gran servicio a este país, poniéndome al corriente de que ese fantasma del pasado vive, pero podrías resultar peligroso si te dejase salir con vida de esta habitación –declaró el hombre del gran y tupido mostacho, mientras sus cejas grises, tan pobladas como su bigote, se alzaban levemente, dejando entrever sus pupilas de aire astuto y cruel.
Haltoran levantó las manos lentamente, mientras el cañón del revólver le apuntaba hacia el pecho. Acero era el apodo de aquel hombre, y su mirada, y su carácter, no distaban mucho de asimilarse al frío y cortante tacto del metal. Pero Haltoran tenía una vida que vivir, una adorable esposa que le aguardaba en el otro extremo de Rusia, y unos amigos por los que velar. Mientras la guardia del lider, reclamada nuevamente por este hacía su entrada por segunda vez en sus aposentos, Haltoran dio un salto hacia atrás, para saltar a través de la ventana, cuyos cristales destrozados semejaban los afilados dientes de un tiburón. El joven esquivó las cortantes esquirlas, mientras algunas balas seguían la trayectoria de su cuerpo hasta que el hombre alzó una mano y ordenó detener el fuego. Se asomó a la ventana, admirado del valor de aquel desconocido joven pelirrojo, que había osado irrumpir en la intimidad de uno de los hombres más poderosos de Europa y muy probablemente, del mundo. Miró hacia abajo, esperando ver el cuerpo destrozado y envuelto en un charco de sangre del joven, sobre el empedrado de la Plaza Roja, cuando una carcajada alegre y desafiante sonó sobre su cabeza, mientras alguien le saludaba con displicencia y gritaba:
-Lo siento, camarada, pero aun no ha terminado mi tiempo. Tengo una vida por vivir.
Algunos soldados levantaron sus armas hacia arriba y le apuntaron, hasta que su jefe, les detuvo con un gesto leve, pero que debido a su claridad no dejaba pie a interpretación alguna, solo debía ser obedecido al momento.
-Dejadle ir –declaró con una leve risa, que fue subiendo gradualmente -a fin de cuentas, pudo matarme y no lo hizo. Además, me ha suministrado una información muy valiosa –añadió prorrumpiendo en carcajadas. Los hombres se sumaron al buen humor del lider, no porque realmente compartieran con él, su retorcido sentido del humor, si no por el temor a no réir o enfadarse nunca más. Tenía unos cambios de humor tan bruscos como repentinos y era necesario adaptarse cuanto antes y anticiparse, a esos súbitos vaivenes para poder sobrevivir en su peligrosa y resbaladiza corte, y no caer en desgracia ante él.
Tan pronto como su afabilidad, había dado inicio, cesó. El rostro del lider adquirió un aspecto tan pétreo y solemne, que se diría que eran los rasgos de una más de las cientos de estatuas que se habían esculpido, por todo el país, para glorificarle y loarle y colocadas en emblemáticos y céntricos lugares públicos.
Se giró hacia sus temblorosos subordinados, que rogaban en silencio no ser víctimas de sus iras, y que el rapapolvo, paso previo a una más que segura sentencia capital, recayera sobre la cabeza del compañero de al lado, y les dijo con voz potente:
-Avisad a Zhukov. Que venga cuanto antes aquí. Vamos a tener mucho trabajo en las fronteras orientales –sentenció, pasando por alto, los suspiros de alivio que emergían de las gargantas de sus hombres, mientras reflexionaba, acariciándose el mentón y sonriendo aviesamente. Sentía algo de admiración por aquel intruso de cabellos cobrizos y mirada insolente, al que evocó al clavar sus ojos en la ventana sin cristales a través de la cual había entrado de improviso.
Haltoran se alejaba de Moscú lo más que podía. Pese a que el jetpack estaba ya prácticamente fuera de combate, aun le habían restado las suficientes fuerzas, para poner a salvo a su dueño. Y Haltoran se lo había jugado todo a una carta, viendo complacido que el heróico aparato no le había defraudado, y que había ganado…al menos por ahora.
-Espero que este cacharro aguante hasta que me pueda hacer con un medio de transporte adecuado…
Antes de que pudiera concluir la frase, una forma oscura y voluminosa, de líneas pesadas y poco gráciles, avanzó directamente hacia él. El joven estuvo a punto de saltar de alegría, olvidando por un instante que sus pies no se asentaban sobre el suelo, y aceleró el aparato para reunirse con Mermadon, cuanto antes.
24
Argona. El nombre restalló en la mente de Terry Grandschester con harto dolor, haciendo que el joven esbozara una mueca de fastidio, que no pudo reprimir. Había luchado en aquella peligrosa y dura batalla, cuyos últimos compases aleteaban como los coletazos de un insaciable monstruo, cuyas fuerzas iban agotándose gradualmente. Los alemanes se estaban retirando ante el lento pero firme e incesante empuje de los aliados, pero algunos soldados enemigos se defendían en el interior de un bosquecillo, que habían convertido en un nido de resistencia, desde el que hostigaban las vanguardias americanas, en un intento de proporcionar a sus camaradas el tan preciado y necesario tiempo para retirarse a otro punto del teatro de operaciones, donde concentrarse y preparar una nueva contraofensiva. Y en aquella fría e inusual tarde de Septiembre, un pequeño destacamento norteamericano permanecía atrincherado enfrente de aquel grupo de combatientes germanos. Ambos bandos habían tenido considerables bajas, y los heridos norteamericanos se estaban literalmente muriendo de sed. Por esa razón, el médico de la unidad había enviado algunos hombres a rellenar sus cantimploras metálicas con toda el agua que pudiesen recoger de un arroyuelo que corría paralelo, a los pies del bosquecillo donde resistían a ultranza, los alemanes.
Dos de esos abnegados voluntarios, hablaban en voz baja entre ellos, mientras se arrastraban pendiente abajo hacia la corriente de agua, que discurría ajena a la barbarie de la guerra, con un sonido cantarin y relajante.
-Nos podríamos haber pasado sin agua –parloteó uno de ellos, maldiciendo porque una zarza había estado a punto de impactar contra su rostro. Su compañero se llevó un dedo a los labios, pidiéndole que fuera más discreto.
-Puede, pero el médico la necesita para tratar a los heridos, limpiar sus heridas, y esterilizar vendas una vez que es hervida, no solamente para beber, amigo –le replicó el otro.
Su compañero iba a añadir algo, cuando un certero disparo efectuado por un francotirador muy bien camuflado entre la espesura de la cercana arboleda, le voló la cabeza. El soldado cayó hacia delante, sin vida y en una posición forzada. Lejos de asustarse, su camarada apretó los dientes y tomando la cantimplora del otro, gateó lo más rápidamente que pudo hacia el arroyo, mientras las balas silbaban a su alrededor como abejas furiosas.
El médico del destacamento, Ivés Bonnot que había sido testigo de todo, conminó al soldado superviviente a que regresara, pero este le ignoró.
-Maldito loco –masculló el médico- lo van a matar, como no regrese pronto a nuestras líneas.
El revuelo entre los soldados fue subiendo de tono, hasta que una voz grave interrumpió el improvisado conciábulo celebrado entre ellos.
-¿ Qué sucede aquí ? – preguntó alguien a sus espaldas.
Ivés se giró y se encontró con los ojos profundamente azules bajo los cabellos castaños cortados a cepillo del sargento Grandschester.
Cuando fue informado de la situación, el joven inglés frunció el ceño y declaró:
-Y se le ocurre mandar a esos hombres a buscar agua, con esta luna llena –declaró Terry con desagrado- los alemanes les verán con tanta facilidad, que podrán practicar el tiro al blanco con ellos.
Ivés, que no aguantaba lo que tomaba por aires de superioridad del joven sargento, se reprimió pese a todo y dijo ignorando la provocación del inglés:
-Voy en busca de esos hombres. Si alguien desea acompañarme.
-Usted no va a ir a ninguna parte doctor Bonnot –dijo Terry ordenando a algunos de los hombres bajo su mando, que lo sujetasen –es nuestro único médico y si le matan o le hacen prisionero, será como condenar a todos esos heridos –dijo haciendo un elocuente gesto con la mano en derredor suyo, para abarcar a la totalidad de jóvenes y dolientes heridos, que estaban siendo atendidos por sus compañeros lo mejor posible, dentro de sus desesperadas y precarias condiciones. Los soldados, vendados y ensangrentados, soportaban sus dolores estoicamente, sin quejarse apenas, y reposaban desperdigados por el suelo, a lo largo y ancho del recinto del improvisado campamento.
-Iré yo y no se hable más.
Haciendo caso omiso de las imprecaciones del joven médico, cuyos ojos grises lanzaban chispas, Terry bajó rápidamente la colina esquivando como pudo las furiosas ráfagas de ametralladora que le disparaban desde la arboleda. Temió que los alemanes pudieran lanzarle gas, y con la precipitación del momento, no había cogido una máscara antigás, pero tenía que rescatar al soldado Wittman que había sido herido finalmente cuando trataba de llenar frenéticamente su cantimplora y la de su compañero abatido, mientras los proyectiles pesados de 12,7 milimetros, silbaban a su alrededor.
Terry tuvo que tirarse al suelo varias veces, mientras Wittman, consciente de que venían a rescatarle, tras haber logrado recoger algo de agua, se arrastró hasta Terry, con la pierna derecha herida, lacerada por un sordo y continuo, dolor, que reprimió como pudo. Las ametralladoras MG08 germanas continuaban escupiendo ráfaga tras ráfaga, contra los dos heróicos combatientes, mientras sus compañeros hacían fuego de cobertura para protegerles. Pero el mayor peligro, al que hasta la fecha, Terry Grandschester se hubiera enfrentado en aquella guerra, no provendría ni del gas de yperita, ni las verdosas nubes de cloro lanzadas por los ingenieros alemanes en dirección hacia las trincheras aliadas, o las ametralladoras pesadas, si no de un monstruoso ingenio del que el joven inglés había oído hablar, pero al que jamás se había enfrentado en persona hasta ese momento. Cuando había conseguido finalmente, aferrar al soldado Wittman por el hombro para ayudarle a caminar, un espantoso rugido seguido de un chirriar de cadenas, provocando una insoportable cacofonía, les sobresaltó.
-Es un tanque, tenemos que huir sargento, tenemos que salir de aquí –gritó Wittman despavorido.
Una descarga de balas proveniente de una ametralladora situada en un afuste giratorio del lado derecho, hizo enmudecer al heróico joven norteamericano. El panzer enemigo se movía a una velocidad del orden de los cinco kilómetros por hora, resultando extremadamente lento.
Aun así, con todo, el A7V germano, que tenía una imprecisa forma, que a Terry le recordó a una especie de cajón móvil, con una pequeña joroba encima, avanzó impasible hacia él. En los laterales acorazados, erizados de ametralladoras y aspilleras, habían pintado grandes cruces de malta. Aquel primitivo vehículo de combate, en sí no, exceptuando su poderoso armamento, no era una amenaza real para un hombre sano y en disposición de salir corriendo, si no podía hacerle frente, pero Terry tenía que hacerse cargo de un herido, el cual le retrasaría considerablemente. Terry levantó su fusil y apuntó al tanque. Estaba convencido que sus disparos producirían el mismo efecto que la picadura de un mosquito sobre la coriácea piel de un elefante, pero tenía que intentarlo. Cuando el lento mastodonte enemigo iba a dispararle con su cañón de 57 mm emplazado en la pequeña torreta, escuchó un seco y potente chasquido. Alzó la vista y divisó a otro sargento de ojos negros y tristes, y largos cabellos ondeantes que se movían sinuosos sobre su uniforme verde oliva.
-Pero, pero si es…-balbuceó Terry contrariado, restregándose los ojos, porque se había vuelto a topar inopinadamente, con su rival por el corazón de Candy.
Mark amartilló su RPG-12, ignorando la tácita prohibición de que portara su avanzado y sofisticado armamento del siglo XXI a la vista de todos. Howard le echaría un buen rapapolvo cuando se personara ante él, pero no le importó. Mark, Haltoran y todos nosotros, a efectos legales éramos intocables, ya que contábamos con el respaldo del presidente Wilson, y aunque nos desvíaramos a veces de los rígidos parámetros que controlaban cada aspecto de nuestra misión allí, se hacía la vista gorda, en casos como aquel, en los que la vida de algún joven combatiente peligraba, siempre y cuando nos centrásemos escrupulosamente, en alcanzar los objetivos primordiales de evitar a toda costa, que nuestros enemigos pudieran conseguir que Alemania ganase finalmente la guerra.
Levantó el pesado lanzagranadas y apuntando cuidadosamente, tiró del disparador. Al instante, una granada cónica partió del cañón a alta velocidad, produciendo un siniestro ulular y tras un corto vuelo horizontal, impactó contra el glacis del A7V, haciendo que estallase con fragor, al incendiarse las municiones que transportaba en sus entrañas. Menos un soldado, que se quedó rezagado, falleciendo achicharrado vivo, sus veinte restante tripulantes, pudieron salir con vida del inerme monstruo de metal, inmovilizado por el certero disparo de Mark. Desde las filas alemanas se escucharon frenéticos gritos y alguien ondeó una bandera de color gris, mientras sus compañeros tanquistas, corrían hacia la seguridad de las trincheras alemanas, siendo recibidos por sus compañeros con vividas muestras de afecto y compañerismo.
-Van a decretar una tregua para auxiliar a la tripulación del tanque y por eso han izado esa bandera, así que Terry, recoge a tu compañero y aprovechad para poneros a salvo. Esta pausa en los combates, no durará demasiado –dijo Mark traduciendo las palabras enemigas, mientras volvía a amartillar la pesada arma, volteándola como si fuera una pluma, tras recargarla insertando en el cañón, una nueva ojiva explosiva, de forma cónica y rematada en punta y haciendo que la monstruosa arma, reposara sobre su hombro derecho lista para ser disparada nuevamente.
Terry tomó a Wittman por los hombros, intentando tranquilizarle. Cuando alzó la vista en dirección hacia sus líneas, se percató como sus camaradas le hacían señas de que se apresurase, confirmando palabra por palabra, cuanto Mark le había referido. Observó el tanque humeante, convertido en un amasijo de hierros y el tremendo boquete que la carga explosiva había producido en su coraza de acero, cuyos bordes retorcidos se abrían hacia fuera, como si se tratase de los pétalos de una flor, que recibiera los primeros y vespertinos rayos solares. Las cortas e insuficientes orugas del tanque, a todas luces ineficaces para poder mover de manera eficiente todo el peso de la monstruosa máquina, se habían salido de sitio, semejando esterillas abandonadas. Recordó la pelea que Haltoran había tenido recientemente contra el jefe de un tanque inglés, al que no le habían sentado demasiado bien las críticas, del a veces demasiado locuaz, pelirrojo, y evocó como su amigo comparaba aquellos grandes armatostes con autobuses, debido a la desmesurada tripulación, que albergaban en su interior, constituyendo un despilfarro de hombres y material, en vez de tratar de lograr una economía de medios, realmente válida.
Antes de que Terry Grandschester consiguiera argüir algo, Mark se alejó tan rápida y sorpresivamente, como había aparecido. Otro par de ojos grises seguía su camino, con mal disimulado rencor desde la barricada aliada.
Ivés Bonnot también era otro adversario de Mark, que había intentado disputarle a Candy, pero el amor que la joven rubia de deslumbrantes ojos verdes, profesaba a Mark era tan fuerte que había derrotado las aspiraciones y anhelos de ambos hombres, sin mayores dificultades.
Terry retornó a las líneas aliadas, llevando en brazos al exánime y asustado Wittman. Ivés se apresuró inmediatamente a reconocer al soldado herido. Aparte de una herida de bala que le había atravesado limpiamente la pierna, sin afectar a ninguna arteria, el estado general de salud del joven, parecía bueno. Ivés clavó disimuladamente sus ojos grises en Terry, dirigiéndole una mirada de suficiencia. Se había enterado recientemente, que el actor también estaba intentando asaltar el inaccesible corazón de la bella enfermera rubia, y aunque entre ambos no había surgido el más mínimo roce por tan espinoso asunto, dado que Terry desconocía por completo, que el joven médico bebía los vientos por Candy, Ivés encontraba un malvado y tortuoso placer en saber que no era el único que tenía que sobrellevar, aquel amargo peso de desamor, a cuestas. El sargento Grandschester confió a Wittman al cuidado de los sanitarios y se retiró a su tienda a descansar, tras arrojar de mala manera las dos cantimploras repletas de agua, que habían costado la vida de un hombre, y que quedaron tendidas juntos a los rescoldos de una fogata extinguida, junto a la que reposaban algunos fusiles apoyados los unos contra los otros. Duncan Jackson, preocupado por el obsesivo mutismo del sargento, intentó sonsacarle alguna confesión, pero Terry no tenía ganas de hablar, pese a que el capitán insistiera en conseguir mantener una conversación con Terry. Fue mencionar a Candy, cuando Terry saltó como un poseso dispuesto a asestar un puñetazo contra su superior, pero el capitán Duncan, pese a ser hombre de más edad que Terry, no por ello carecía de experiencia, y de suficientes arrestos como para poner a la gente que tenía bajo su mando, en su sitio. Duncan Jackson le derribó por tierra sin dificultad, y le dijo acercando su rostro a tanta poca distancia del suyo, que Terry pudo percibir su aliento, mientras le aferraba por las solapas de su uniforme:
-¡En pie sargento Grandschester ¡ –le espetó desabridamente Duncan, gritándole en su oido izquierdo. Terry obedeció maquinalmente, por pura inercia, y se cuadró rígidamente, mientras el capitán seguía hablándole en voz alta, pero sin perder el control de si mismo, como les sucedía en repetidas ocasiones, a otros jefes de compañía, cuando perdían los estribos, al abroncar a sus hombres:
-Sargento, debería de denunciarle y que le formaran un consejo de guerra, por comportamiento hostil hacia un superior, pero no andamos precisamente sobrados de buenos soldados. Y como hoy ha salvado la vida de un hombre, digamos que este desagradable incidente, no ha tenido lugar.
Terry no dijo nada y volvió a recluirse en la tienda, una vez que Duncan le autorizó a retirarse. El propio Duncan dispensó al sargento de otra tarea durante el resto de la agitada noche. A fin de cuentas, él había propiciado aquello sin mala intención, al haber intentado confortar al afligido y atribulado joven, pero su visceral reacción no podía quedar sin respuesta, porque si no la autoridad de Duncan Jackson, como capitán ante sus hombres quedaría en entredicho y gravamente cuestionada, a ojos de sus superiores. Dejó a solas a Terry para que rumiara su mal de amores. El joven se había tendido en una litera y permaneció durante horas observando la lona, en la que se formaban algunos pliegues, que el viento agitaba levemente sin poder conciliar el sueño. Poco antes del amanecer, dirigió sus ojos azules a la armónica, que Candy le regalase en señal de amistad, durante uno de sus encuentros en Charmotieres, en los que la joven le creía recobrado de un amor que nunca fructificaría, y saliendo de la tienda en silencio, la arrojó al suelo y la pisoteó con enconada rabia hasta destrozarla, mientras el sol empezaba a alzarse lentamente en el horizonte.
Retornó a la tienda y no volvió a abandonarla hasta que tocó diana, lo cual no tardaría demasiado en suceder. Ninguno de sus compañeros, se atrevió a interpelarle por la razón de tan extraño comportamiento.
25
- Terry, Terry, amigo, ¿ te ocurre algo ?
La voz preocupada de un hombre maduro de cabellos negros, con barba cerrada, le devolvió a la realidad. Robert Hathaway, el director de la compañía teatral, de riguroso negro, le hacía señas con los brazos, desde el foso de la orquesta. Terry, permanecía de pie en mitad del escenario del teatro y parecía despertar de un sueño. El joven sonrió tristemente, mientras su esposa Louise le observaba con preocupación, pero el actor pareció recobrar rápidamente y lanzando un prolongado suspiro dijo:
-No es nada, Robert, perdona me he distraído. Louise, querida, compañeros –dijo tomando la mano derecha de su esposa, y dirigiéndose a los actores- continuemos con el ensayo, por favor.
Terry observó a su mujer, que enfundada en un suntuoso traje de Julieta, y mirándole con aire enamorado, le dirigió una sonrisa.. El joven asintió y continuó declamando su papel, una vez que todos ocuparon sus puestos nuevamente, y el ensayo continuó.
Por un momento, en lugar de ver a su esposa, había creído estar delante de Candy, interpretando el papel de Julieta y al hilo de tal ensoñación, le habían asaltado nuevos recuerdos. Sacudió la cabeza brevemente para desechar tales concesiones a la nostalgia y la representación siguió su curso.
26
El pequeño móvil, cuya carcasa era de un color tan oscuro, que me costó encontrarlo en la penumbra de la tienda, sonó repetidamente. Lo cogí a tientas, mientras una voz llegada desde una inconmensurable distancia, atronó en mis oídos. Por un momento, creí estar en mi oficina, en el siglo XXI, donde a veces me quedaba trabajando hasta tarde, y me daban las tantas, o simplemente me dormía y era la señora de la limpieza, o alguno de mis ayudantes que, se me adelantaban para preparar mi lugar de trabajo y que lo hallara todo dispuesto cuando llegase allí por la mañana, quienes me terminaban despertando, aunque en un principio no se atrevían a hacerlo, temerosos de cual fuera mi subsiguiente reacción. Pero como era yo, el que me avergonzaba considerablemente de quedarme traspuesto en mi despacho, les rogué encarecidamente, que si me sorprendía nuevamente así, me despertasen sin más preámbulos.
En ocasiones era una llamada perdida de mi móvil la que me sacaba de mi agitado unas veces, y profundo descanso, en el que me sumía.
-Empresas Parents, -dígame, respondí aun omnibulado, entre bostezos.
-Maikel, no me fastidies –me replicó la voz estridente y ligeramente nerviosa de Haltoran- y despiértate de una vez. Dile a Mark que voy en camino a ayudarle. Acabo de encontrarme con Mermadon, pero no temas, ha recobrado el juicio, y no deja de desvivirse en disculpas por lo que hizo.
Efectivamente, de fondo, podía escuchar la meliflua y dulzona voz del robot, rogando una y mil veces perdón por sus denohestas acciones, aunque si había un culpable de su compartimiento era el inoportuno rayo que le alcanzase en el pecho, y el taimado y astuto barón que se sirvió de su confusión y desorientación generales, para manipularle a su antojo, y obtener así un valioso colaborador, prácticamente indestructible.
Me restregué los párpados y lancé las pesadas pero cálidas mantas de artesanía hacia atrás, lejos del lecho improvisado con varias capas de lana de yak, y recubiertas con un jergón, mientras pugnaba por retornar a la realidad.
-Haltoran –dije recordando inmediatamente, las excepcionales circunstancias en que nos encontrábamos. En esos momentos, eché en falta la relativa normalidad de mi despacho en la última planta de un imponente rascacielos, enclavado en el corazón de una metrópoli, y que ya no me pertenecía. Hasta quedarse profundamente dormido en una oficina era algo de lo más inocente y normal, que hablar por un teléfono móvil con un buen amigo, que por lo que me contó surcaba el cielo, en dirección hacia nosotros aferrado a un robot.
-Haltoran –repetí mesándome los cabellos –ese demente ya está reducido y por lo que respecta a Candy y a mí, estamos a salvo.
-¿ Cómo ? ¿ quéee?
La voz de Haltoran golpeó mis tímpanos con la fuerza de un ciclón. Tuve que retirar el móvil de mi oído y esperar a que el jubiloso y alegre Haltoran, que no dejaba de lanzar alegres gritos, se serenase.
Le conté rápidamente las circunstancias en que había sucedido todo y como la determinación de Candy, había dado la vuelta a la tortilla, cuando todo parecía irremisiblemente perdido.
Por su parte, Haltoran me advirtió con voz entrecortada algo que me costó entender. Alcancé a entender algo del Kremlin, de un fortuito y tenso encuentro con la autoridad suprema del país y algo de una operación militar. Cuando Haltoran, que aun estaba eufórico, por como Candy había sabido enfrentarse al peligroso barón, mejorando sensiblemente nuestras posibilidades aunque aun distábamos mucho de estar completamente a salvo, logró serenarse, a instancias mía, repitiéndole insistentemente que hablara más despacio, y me explicara lo que había hecho, mis gritos atronaron el interior de la jaima, despertando a Candy, que dormitaba en la tienda contigua, en compañía de Mark:
-¿ Quéeee ? ¿ qué has hecho qué ? ¿ irrumpiste en las habitaciones privadas de Stalin ? ¿ así, sin más ? –pregunté incrédulo abriendo los brazos en un gesto de perplejidad.
-Sí, pero no fue intencionado, yo…-intentó disculparse Haltoran.
-Y ahora se prepara un ataque militar sobre Urga –dije yo, sin dar crédito a lo que acababa de contarme Haltoran.
En el momento en que pronunciaba estas terribles palabras, Candy asomaba la cabeza por la abertura de la tienda, asustándose por el estado de excitación y nerviosismo que me invadía y del que ella se iba contagiando a medida que mis gestos se hacían más ampulosos y mi rostro adoptaba muecas más histriónicas. Hablé con Haltoran unos minutos más, y pronuncié en español algunos anatemas, mientras Mark, aguardaba pacientemente a que me despidiera de Haltoran.
-¿ Qué sucede maestro ? –me preguntó atento y con la preocupación reflejada en su rostro, al igual que sucedía en el hermoso semblante de Candy.
Me pasé un pañuelo de seda que Siluri me había traído, junto con otros útiles y artículos para la higiene, elegantemente dispuestos en una bandeja de madera, y dije mientras me palmeaba el abultado vientre:
-Se trata de Haltoran. Viene hacia aquí.
Al escuchar aquello, Candy se puso a reir alegremente, presa de una incontenible emoción que la embargaba, pero esas eran las buenas noticias. Las malas estaban por llegar. Intenté hablar, pero las muestras de júbilo de Candy, eran tan abrumadoras que sentí lástima por tener que interrumpirla. A duras penas, posando mis manos sobre sus torneados hombros, conseguí que me prestara atención y callara por un momento.
-Candy, escúchame por favor –le espeté con gesto grave y serio, lo cual hizo que la muchacha diera un respingo, temiéndose lo peor.
Tragué saliva y aclarándome la garganta dije cariacontecido:
-Candy, escúchame por favor. Haltoran ha cometido un acto que tal vez sea irreparable.
Les detallé lo mejor que pude, cuanto me había referido Haltoran de forma atropellada, mientras surcaba el espacio aéreo del país, en dirección hacia aquí.
Cuando terminé de hablar, el rostro de Mark reflejaba una honda preocupación y Candy se llevó las manos a los labios, mientras sus ojos verdes, que reflejaban un profundo terror por la suerte de los desdichados habitantes de la capital, se volvieron hacia la ciudad de Urga, que se divisaba perfectamente desde las alturas, debido a las magníficas vistas panorámicas que se disfrutaban desde las elevadas montañas que la circundaban y donde se encontraba el campamento.
-Tenemos que marcharnos de aquí cuanto antes –dijo Mark, porque me temo, que muy pronto, en este lugar va a desatarse una guerra total.
-¿ Qué ? –exclamó Candy atemorizada, abrazando a su esposo y notando como un intenso frío invadía su cuerpo.
27
Debido a un penoso e imprevisible error, el caprichoso invento de Haltoran había vuelto a jugársela otra vez. En vez de continuar decididamente hacia el este, hacia el corazón del extremo oriente, los giróscopos que permitían al jet pack mantener su rumbo, a la vez que le conferían la estabilidad necesaria, para transportar con la debida seguridad a un ocupante, se habían desestabilizado comenzando a funcionar errática y caprichosamente, debido al repentino y desaconsejado aumento de la velocidad, que Haltoran les había exigido. Y por un cúmulo de circunstancias, a cual más penosa y difícil, el heróico joven había sobrevolado Moscú y para colmo de males, el lugar más importante y poderosamente defendido de toda la Unión Soviética, verdadero centro de poder de la misma. Siguiendo con la cadena de casualidades, Haltoran había irrumpido en las habitaciones privadas del principal mandatario del país, y temeroso de que lo mataran allí mismo, trató de ganar tiempo, hablándole de Ungern Von Stemberg. El astuto político georgiano, había mantenido una enconada y mortal rivalidad con el barón durante los días de la guerra civil, durante la que defendió la ciudad que más tarde llevaría su nombre, de las tropas blancas comandadas según se rumoreaba por el propio Ungern. Ambos hombres llegaron a cruzar sus espadas literalmente, en un duelo a muerte, entre las ruinas de la ciudad, mientras los soldados que ambos comandaban, se destrozaban en caótica y cruenta lucha, a su alrededor. Ungern fue herido por su rival, y la llegada de refuerzos puso en fuga a los soldados del barón, que se replegaron en franca desbandada teniendo que renunciar a la conquista de Volgogrado. Desde aquel día, una de las obsesiones del hombre conocido como Acero, o Stalin, era la de terminar con su enconado y más acérrimo enemigo. De todos los hombres, contra los que se había enfrentado, muy pocos habían demostrado el coraje suficiente para estar a su altura, mirándole directamente a los ojos, y Ungern era uno de aquellos hombres. Por eso, cuando Haltoran le habló de él, antes de salir huyendo, aprovechando las escasas y ya prácticamente extinguidas fuerzas, de su jetpack para escapar, los ojos del lider se abrieron como platos, incapaces de dar crédito a cuanto afirmaba.
Por eso, ante la imposibilidad de capturar a Haltoran, y torturarle en una de las múltiples cárceles de su policía secreta, decidió centrarse en otros asuntos, y hacer planes rápidamente, entrando en acción, poniéndose en contacto con algunos de sus jefes militares, acantonados con sus tropas en las lejanas fronteras orientales de Rusia, mediante una línea de radio reservada únicamente a él, y con una potente estación emisora, transmitiéndoles órdenes, codificadas de alto secreto.
Pocas horas después, más de medio millón de hombres, apoyados por una cobertura aérea de tres mil aviones y cuatrocientos carros de combate ingleses y franceses, capturados unos y adquiridos ilegamente otros, durante la guerra civil, se ponían en movimiento hacia Mongolia, con el tácito objetivo de tomar el país, y su capital Urga, para capturar a Ungern y llevarlo cargado de cadenas hasta Moscú, para que su antiguo enemigo pudiera regodearse, contemplándole humillado y vencido a sus pies.
28
A punto de caer a tierra, porque el propulsor no daba más de sí, Haltoran se encontró de improviso, en mitad del aire con Mermadon. Ahorrándose por el momento, toda muestra de afecto y celebraciones, el joven se aseguró de que su fiel amigo, hubiera recobrado sus funciones normales y le pidió que le ayudase a llegar hasta las cercanías de Urga. Cuando el robot le condujo hasta el campamento de las montañas, guiándose por el adn de Candy, y aterrizó en medio de la plaza principal, Cuando oímos su voz, alegre y jovial llamándonos por nuestros nombres, Candy no podía dar crédito a cuanto estaba presenciando. En su precipitación dejó caer la pesada olla que estaba llevando entre sus manos para servir la comida a los niños más pequeños del clan, que de no ser por Mark se habría echado a perder, y abrazó al joven pelirrojo rogándole encarecidamente que nos contase cuanto había acontecido, desde el momento en que abandonó Odesa para dirigirse al otro extremo del continente. Nos puso al corriente de la situación, aunque yo le observaba con gesto hosco y preocupado, mientras permanecía apoyado en una cerca de madera de aspecto rústico, tras la cual, una especie de vacas de grandes cuernos y considerable tamaño, pastaban en compañía de una manada de indiferentes yaks, que hacían lo propio en su espacio. Ambos grupos de animales parecían observar una especie de coexistencia basada en el respeto mutuo del territorio atribuido a cada especie. Si alguno de los animales intentaba entrar en la zona del otro grupo, era rápidamente convencido, para que mudara de parecer y ocupara el lugar que le correspondía entre los suyos.
Haltoran estrechó a Candy contra si durante largo rato. Miré disimuladamente a Mark, pero este no pareció evidenciar señal alguna de sentirse tenso o celoso, pero era evidente que Haltoran seguía sintiendo algo por Candy, pese a que amase profundamente a Annie. Permanecí apesadumbrado, pensando en lo que me había contado acerca de su inesperado encuentro con el lider supremo del país y desvié mis ojos hacia Mermadon, que parecía haber vuelto a ser el de siempre, y jugaba con varios niños, feliz de ser el centro de atención de los mismos. Cuando reparó en mí, avanzó pesadamente hasta mi altura y arrodillándose a mis pies, comenzó a golpearse la cabeza contra la tierra arcillosa del campamento.
-Lo siento, señor Parents, lo siento, no sé lo que me pasó, al escucharle –me explicó refiriéndose a Ungern- fue como si estuviera delante de mi creador. Me convenció de hacerlo, de raptarle a usted y a la señorita Candy, pero yo no quería, yo…
El robot prefirió no seguir hablando. Recordar le hacía daño, y a mí también. Sus lamentos atrajeron a todos, incluída Candy, a la que también le rogó su perdón. Afortunadamente, Haltoran consiguió convencerle de que no se atormentara, porque ninguno de nosotros le profesábamos el menor rencor. A fin de cuentas, había sufrido un ataque de amnesia y no sabía lo que hacía.
Lancé un gran suspiro y levantando las manos, las puse sobre sus antebrazos de un grosor varias veces mayor que los míos y le dije:
-Ya basta Mermadon, no hace falta que sigas disculpándote, no fue culpa tuya, no sabías lo que hacías. Ahora lo importante es ocuparnos de cómo vamos a salir de aquí.
Y no lo decía solamente por la manera en que nos marcharíamos de allí, aunque ya me veía, subido a lomos de Mermadon y sujetándome a él frenéticamente para no caerme, aunque tampoco sería mayor problema. Durante todo el trayecto de Francia hasta allí, había cerrado los ojos con fuerza no atreviéndome a abrirlos, hasta que noté como el robot se detenía y escuchaba voces en un extraño dialecto a mi alrededor, pertenecientes a soldados de rasgos orientales, que me apuntaban con sus rifles.
-Ahora lo que más me preocupa es ese ataque más que probable que los rusos van a lanzar sobre Urga, debido a tu excesiva locuacidad Haltoran.
El joven dejó de sonreir al sentirse interpelado. Por un momento, creí que se enojaría, pero Haltoran asintió bajando la cabeza y afirmando con cierta preocupación:
-Tienes razón Maikel, pero tenía que hacer algo para distraerle hasta que mi jetpack pudiera ponerse en marcha otra vez y sacarme de allí. No reparé en la precipitación del momento, que ese hombre no tolera la menor oposición y que vive en un permanente estado de miedo a ser derrocado. Afortunadamente pude escapar a tiempo del Kremlin, pero por poco no lo cuento –dijo Haltoran acariciando su cuello en un elocuente gesto.
Poco podía sospechar Haltoran, que Ungern debido, a nuestra intervención para mantener invariable el curso de la Historia, y habiendo conseguido acortar la Gran Guerra, adelantando su final en un año, había pasado de ser una oscura y casi olvidada figura en algún rincón perdido del extremo oriente, a uno de los principales adversarios, del indiscutible lider de Rusia, y que por lo tanto, no iba a permitir que volviera a salir ileso de sus intentos por capturarle o eliminarle. De ahí que, tras impartir una serie de órdenes, un ingente contingente militar, se hubiera puesto en movimiento inmediatamente hacia Mongolia para ahogar a sangre y fuego, de una vez por todas, las tentativas del barón para disputar al desconfiado y feroz mandatario, su liderato al frente de los destinos del inmenso país.
-Lo que me preocupa –intervino Mark- es que las tropas rusas no se contenten con tomar la capital y continúen progresando hacia las montañas, hasta aquí mismo. Creo que deberíamos luchar –dijo esgrimiendo su arma, ante la expresión a medio camino entre el enojo y el miedo, de su esposa.
-No debemos intervenir –dije entonces para indignación de Mark y de Haltoran, a quienes la idea de resistir les parecía aceptable- no sabemos que consecuencias futuras podrá tener, no solo para estas personas, si no para el resto de acontecimientos derivados de esta acción. Ya por lo pronto, estoy convencido de que hemos modificado algún aspecto fundamental, que afecta a esta parte del mundo.
-Pero, pero, no podemos dejar a estas personas a merced de ese ejército. No sabemos que les puede pasar. Nosotros…
-No nos sucederá nada –repuso una voz solemne y armoniosa que sonó a nuestras espaldas. Nos giramos sorprendidos y nos encontramos con un anciano de elevada estatura, poblada barba blanca y apariencia regia que nos dirigía una gran y franca sonrisa que asomaba bajo sus tupidos bigotes albos. A su lado, caminaba Donegin y algunas personas más pertenecientes al Consejo de Ancianos. Mis ojos se fijaron en el kaftan de colores grises que ceñía su enjuto cuerpo, y en el aire austero y autoritario que irradiaba en cada uno de sus movimientos. Me resultó sorprendente aunque comprensible que todos los habitantes del campamento se arrodillaran con veneración a su paso.
-Mi nombre es Denejei y soy según estas buenas gentes, el lider máximo de la Asamblea de Ancianos que rige los destinos de esta comunidad, cargo que acepté con agrado y humildad, sin envanecimiento –comentó el anciano mostrando una perfecta hilera de dientes blancos al sonreir.
Candy captó enseguida, que el hombre, efectivamente, no parecía alardear de su labor, ni hacer obstentación alguna de poder, corroborando la veracidad de sus propias palabras. Era como si desempeñara las dignidades de su cargo con resignación y modestia.
Aunque nadie nos impuso silencio, nos sentimos casi obligados a guardar respetuoso silencio y escuchar cuanto tenía que decirnos:
-La capital está en manos de hombres codiciosos y ávidos de poder. Por un lado, los partidarios de ese pobre hombre, víctima de su demencia propiciada por su desmedida ambición –comentó refiriéndose obviamente a Ungern-, y por el otro, los seguidores de un rey que no lo es. Las iras de los hombres del oeste, se dirigirán primero contra Urga. Allí no queda nadie, que de haberlo deseado, no hubiera podido salvarse ya a estas alturas acogiéndose a nuestra hospitalidad. Y aunque los hombres del oeste, optaran por avanzar primero sobre nuestro campamento, las montañas son tan inexpugnables, que nos proporcionarían el tiempo justo para ponernos a salvo.
El curioso término que Denejei utilizaba para referirse a los rusos hizo que Mark, interrumpiera al anciano para preguntarle acerca de su significado. Entonces sus ojos azules, de una tonalidad tan pura, que nunca antes había encontrado en ser humano alguno, se posaron sobre Mark y el hombre hizo ademán de sentarse. Dos jóvenes se apresuraron a traerle una especie de mecedora elaborada con varias tablas de madera de teka, unidas entre sí, mediante cuerdas extremadamente resistentes, trenzadas a partir de los tallos de diversas plantas oriundas de allí. El anciano acomodó su enteco cuerpo con cuidado, agradeciendo efusivamente el presente de los dos muchachos y dijo dirigiéndose hacia Mark:
-He oído hablar de ti, muchacho, te he visto en sueños, mi mente ha presenciado y seguido los caminos de fuego que has trazado hasta el día de hoy. Por eso, no es necesario que expliques nada acerca de ti. Los míos no dirán nada acerca de ti.
29
Decidimos retornar a Europa Occidental, puesto que ya nada más teníamos que hacer allí. Candy aceptó a regañadientes que Mark tuviera que recurrir nuevamente a sus poderes, para poder salir de allí, ya que estábamos en una zona tan aislada, que el mero hecho de concebir un viaje hasta la costa, lo suficientemente seguro, a través del territorio chino o de la URSS, era poco más que un sueño, y pretender tomar pasaje en un barco, en algún puerta de la costa de China suponía poco menos que una aspiración irrealizable. El camino sería terriblemente duro, plagado de bandidos y tendríamos que atravesar agrestes territorios, donde los señores de la guerra imponían su ley, no siempre favorable o proclive, a permitir que los extranjeros deambularan por sus dominios husmeando. Los pocos osados que se aventuraban a intentar una cosa semejante eran fusilados o ahorcados, acusados de espionaje, cuando no simplemente asaltados y desvalijados. Por otra parte, Denejei cuyas palabras iba traduciendo Dogedin nos dejó muy claro que nos acompañarían hasta la frontera de su país, como agradecimiento a haber contribuido a la derrota de Ungern, pero que no irían más allá. Bastante tenían con evitar verse involucrados en la gran ofensiva que se preparaba y que no tardarían en embestir la ciudad.
Haltoran se justificó, explicando que había tenido una corazonada respecto a Ungern y que, sin saber muy bien porqué suponiendo que el mandatario soviético estaría muy interesado en su captura, le reveló cuanto sabía acerca del mismo. El verdadero motivo por el cual, había puesto al taimado barón, al alcance de las iras de Stalin, era porque había intentado hacer daño a Candy, y porque Ungern Von Stemberg, debería haber sido fusilado durante la guerra civil. Si continuaba con vida, tal vez, los acontecimientos futuros sufrieran un vuelco de impredecibles consecuencias.
Pese a que yo y Mark, le reprochásemos el que hubiese conducido al Ejército Rojo contra la inerme ciudad de Urga, no tenía ya mayor sentido discutir entre nosotros, por lo que, la única solución factible era no envenenar más, ya de por sí, las enrarecidas relaciones entre todos nosotros y viajar hacia Europa. Candy y Mark se dirigirían directamente hacia Estados Unidos, y yo, haría el camino contrario con Haltoran, puesto que Mark no podía transportar a dos personas a la vez, debido a que el esfuerzo extra de acarrear con mi no precisamente liviano peso, podría desestabilizar los niveles del iridium y envenenarle. Mermadon, en cambio, tenía la fortaleza suficiente para trasladar a dos hombres adultos, contando con que no se le cruzaran nuevamente los cables. Una vez en Odesa, nos reuniríamos con Annie y de esa manera, salir definitivamente del país.
30
Tras una breve asamblea entre todos nosotros, acordamos salir sin más preámbulos de allí. Dado que el alcanzar Europa mediante medios convencionales, "como lo harían las personas normales y corrientes", según palabras de Haltoran, cuya vena cínica había salido a relucir nuevamente, durante una de nuestras tensas discusiones, era poco menos que imposible, tendríamos que utilizar las excepcionales capacidades que el iridium ponía a nuestra disposición. Poco antes de marcharnos, nos despedimos de Dogedin, su familia y de Siluri su prometida, y el propio Denejei que parecía saber de nosotros más de lo que su aspecto engañosamente frágil daba a entender, nos expresó sus deseos de que alcanzásemos prontamente y sin novedad, nuestros destinos.
-¿ Qué será de usted y de su pueblo ? –preguntó Candy contrita, mientras caminaba en compañía de Mark, imaginando la dura suerte que les aguardaba.
-El combate que se avecina, no va con nosotros. Como ya os anuncié nos pondremos a salvo, alcanzando un paraje más tranquilo, hasta que las cosas se tranquilicen, y huiremos a través de caminos de herradura que solo nosotros conocemos. Así que querida niña –dijo acariciando una de las coletas de Candy con su añosa y curtida mano- no temas por nosotros, sobreviviremos.
-En cuanto a Ungern –dijo imponiendo silencio, y levantando la otra mano, sabedor de que Mark o Candy le iban a interrogar acerca de su suerte más pronto que tarde -le dejaremos libre, para que se reúna con los suyos. En esta tierra agreste, no hay nada más en cientos de kilómetros a la redonda, más que la ciudad de Urga. Ungern ha cometido tantos crímenes, que la sola aplicación de la pena capital, es un castigo demasiado rápido y piadoso hasta para él. Una vez que mi pueblo esté en marcha y camino de lugares más resguardados de la barbarie, que otros han desatado, le libraremos de sus ataduras.
Intenté protestar. Los argumentos del venerable anciano bien mirados, tenían una importante carga de razón, pero no me parecía lógico ni conveniente liberar a aquel lunático para que pudiera volver a hacer de las suyas y probablemente, permitirle de aquella forma que reconstruyera su malhadado imperio.
-Pero, pero se cree la reencarnación de Gengis Khan –grité con voz tal estridente que los soldados que protegían a Denejei se debieron figurar que me disponía a atacarle, porque esgrimieron sus armas dirigiéndolas contra mí. Mark se puso tenso creyendo que iban a dispararme y se dispuso a defenderme, hasta que Dogedin, urgido por Candy que avanzó hacia mí para envolverme entre sus brazos temerosa de que abrieran fuego a quemarropa en mi contra, tradujo mis palabras, aunque el anciano sonrió beatíficamente y alzando las manos, que sobresalían de las flotantes y anchas mangas de su túnica dijo:
-No hará ningún daño, mi querido amigo –me dijo con un aplomo y una seguridad tal, que enmudecí instantáneamente sin saber que decir a continuación, permitiendo que el anciano continuara hablando con un acento sútil y calmado a un tiempo - su castigo vendrá determinado por la misma hoguera que él ha encendido. De hecho, nuestro pueblo era pacífico, no había armas, no había desconfianza, no había soldados, hasta que hombres como Ungern nos trajeron todos esos horrores.
Los soldados habían bajado sus armas y las mantenían en posición de reposo. El tenso ambiente parecía haberse distendido, pero flotaba una sensación de irrealidad en torno a todos. Era como si nuestros conceptos occidentales chocaran violentamente con los de aquellas personas, a las que le parecía natural dejar al azar el castigo que alguien de la catadura de Ungern, debería recibir invariablemente por sus desmanes. Para aquel anciano era de una lógica aplastante que el extremadamente peligroso barón tendría su escarmiento de un modo u otro.
Negué con la cabeza, sin poder entender como aquel hombre que para mí era el paradigma del pacifismo, podía estar tan tranquilo mientras una guerra se preparaba a escasa distancia de donde nos hallábamos, en los valles que se extendían junto a las faldas de las agrestes montañas donde el campamento empezaba a acusar un febril actividad. En un lapso de tiempo verdaderamente increíble, aquellos duros y robustecidos nómadas, acostumbrados a pasar privaciones y estrecheces habían ido desmontando las tiendas y las estructuras de adobe en un santiamén, mientras hablaba con Denejei sin darme prácticamente cuenta de ello.
-Nosotros nos marchamos. Sois libres de ir a donde os plazca. Por nuestra parte, nada más nos liga a estos lugares –dijo el anciano asceta mientras impartía algunas órdenes para que sus ayudantes principales, organizaran la marchas, de las larga hilera de seres humanos, que como disciplinadas hormigas habían comenzado a dirigirse hacia el este bajo la atenta guía de sus jefes y vigilantes.
En cabeza iban los hombres más avezados y fuertes, para proteger a las mujeres, los niños y los ancianos que cerraban la larga e interminable comitiva de aquel grandioso éxodo que, atravesó las montañas para encaminarse hacia el este.
Iba a argumentar algo más, pero preferí guardar silencio. No podíamos hacer nada ni teníamos derecho a interferir en la particular forma de pensar de aquel pueblo nómada. Denejei se despidió de todos nosotros deseándonos lo mejor, mientras un lejano y sordo rumor empezaba a escucharse en la lejanía. Cuando el anciano se situó frente a Candy, su poderosa y atrayente mirada atrapó los ojos verdes de la muchacha. Denejei se inclinó hacia ella y le susurró al oído en un perfecto inglés:
-Querida niña, Maikel me preocupa bastante. En sus ojos he podido intuir una amargura que le consume literalmente. Puede que un día debas de elegir.
Antes de que Candy pudiera argumentar nada, sorprendida por el contenido del enigmático mensaje y la increíble revelación de que Denejei dominaba el inglés, el asceta añadió rápidamente:
-Donegin es un excelente maestro. Hasta un viejo como yo, que no se merece el respeto que los demás me profesan, y la confianza que han depositado en mí, también tiene mucho que aprender, aunque esté ya en el invierno de mi vida.
Tanto Mark, como yo y Haltoran no fuimos partícipes de las palabras del anciano, porque estábamos de espaldas a aquella crucial escena, observando fascinados el espectáculo de fuego y acero que barría la llanura en dirección a Urga.
Como aparecidos de la nada, una impresionante marea de acero formada por cientos de rugientes tanques en movimiento, franqueada por varios cientos de miles de hombres, que avanzaban vociferantes y profiriendo guturales gritos, se dirigían decididamente hacia Urga. Denejei había encaminado sus pasos hacia el borde del terraplén cortado a pico, sobre el que los tres, incluído Mermadon observábamos el ataque soviético contra Urga. Candy se sumó a todos nosotros y apartó los hermosos ojos de esmeralda horrorizada, mientras se lamentaba con voz queda y entristecida:
-No, otra vez esas máquinas infernales, otra vez la guerra, no, no, no.
Mark la abrazó ofreciéndole el resguardo de sus brazos, que la muchacha aceptó complacida. Estuve tentado de pedirle a Mermadon que interviniera para detener aquella masacre, pero como presintiendo mis más recónditos pensamientos, Haltoran me dirigió una mirada cargada de aflicción.
-No podemos hacer nada Maikel –me dijo entristecido- si evitamos esta batalla o nos ponemos de parte de uno de los dos bandos, podría tener consecuencias nefastas.
Luego miró a Candy, que parecía resignada a tener que aceptar que miles de hombres se masacraran nuevamente, arrojándose a la devoradora pira ardiente de la barbarie de la guerra.
Mientras, en las murallas de la ciudad, parecía observarse una intensa actividad. Los partidarios de Ungern y el nuevo rey parecían haber llegado a una especie de forzoso acuerdo y tras establecer una precaria tregua, acordaron aunar fuerzas y esfuerzos para defender la maltrecha y tal vez condenada ciudad.
-No podrán resistir demasiado –observó Mark pesaroso, mientras acariciaba las coletas de su esposa y la confortaba con algunos besos que depositaba delicadamente sobre su frente y mejillas- la proporción de fuerzas se decanta hacia el lado de los rusos.
-Cierto –observó Haltoran, sintiéndose culpable por haber removido aquel avispero desatando cuanto ahora tenía lugar ante los perplejos ojos de todos nosotros.
Pero sabíamos que no quedaba otro remedio. Si las imposibles ambiciones de Ungern continuaban existiendo, tal vez las consecuencias sobre la continuidad de la línea temporal fueran tales, que el devenir histórico quedaría irremisiblemente alterado.
-No podemos, no, de hecho –dije corrigiéndome inmediatamente a mí mismo- no debemos hacer nada, porque para detener la batalla tal vez tendríamos que aniquilar a ambos bandos, y no obtendríamos ningún resultado conveniente o mejor del esperado, apoyando a unos o a otros. –concluí cruzando los brazos sobre mi abonbado torso.
-Debemos dejar que se maten –dijo Candy cuya voz parecía provenir de un lejano punto.
-Eso es cariño –dijo Mark mientras intentaba llevársela de allí, para apartar sus ojos de tan triste y horrorosa visión. La muchacha, aceptó finalmente con sumisión y se dejó conducir mansamente por Mark, mientras yo y los demás les íbamos imitando.
Antes de irme, alcancé a ver como Denejei ordenaba a sus hombres, liberar a Ungern que profiriendo amenazas, y obligado por los fusiles y las flechas que le apuntaban, empezó a deslizarse ladera abajo por una cuerda que los hombres de confianza de Denejei habían dispuesto desde el rocoso promontorio hasta el suelo.
31
Los T-28 avanzaron vomitando fuego desde sus múltiples torretas superpuestas unas a otras, moviéndose lentamente como ominosos y siniestros buques de guerra sobre el mar de la cuarteada y polvorienta estepa, cubierta por un manto blanco. Los soldados rusos, entreverados con sus aliados mongoles avanzaban rápidamente sobre la ciudad, cuyas murallas no eran rival frente a los ingenios de la moderna tecnología bélica, puesta a disposición del macabro y mortífero arte de la guerra. En el aire, escuadrilla tras escuadrilla de bombardero, escoltadas por ingentes nubes de cazas biplanos, lanzaban un ataque tras otro, en contra la ciudad, mientras la artillería emplazada en los alrededores de la capital, machacaba con su incesante martilleo las otrora inexpugnables murallas, que se iban desmoronando y que hizo que Candy evocara sin poder reprimirlo, la imagen bíblica del asalto a Jericó. La ciudad estaba condenada al igual que sus defensores. Sin embargo, tal vez espoleados por la inevitabilidad de su inminente derrota, quizás inspirados por la figura de su lider, que había logrado salvar en un sorprendente y rápido descenso, los centenares de metros desde los altos riscos hasta el suelo, lanzaron una desesperada y a la vez, valerosa carga de caballería una vez que los portones de la ciudad se abrieron, para franquearles el paso. Los jinetes mongoles, legendarios por su destreza con sus pequeños pero robustos caballos esteparios de cortas y peludas patas, se lanzaron en tromba sobre los tanques rusos, vociferando y empuñando sus sables y lanzas, mientras se abalanzaban contra el enemigo mecanizado, mezclado con interminables hileras de infantería adversaria, que se les venía encima.
Con esas mismas técnicas, con ese mismo arrojo y valor sin igual, lograron alzar un imperio en el que llegaron a vivir cien millones de personas, bajo la atenta y férrea tutela de Gengis Khan, del cual el barón Ungern Von Stemberg pretendía erigirse en su sumo representante en la Tierra. El propio Bod Khan estaba dispuesto a volver reconocer la autoridad de Ungern, humillándose ante él, si conseguía lograr una imposible victoria contra su común enemigo, pero ya era tarde, porque el propio Ungern no volvería a pisar las calles de Urga ni a caminar más sobre la tierra, que un día soñó con domeñar. Se sumó a la batalla, corriendo con largas zancadas, tanto como sus piernas se lo permitieron, y tomó un sable y un revólver que uno de los seguidores de Bod Khan, aun portaba entre sus manos, mientras agonizaba lentamente, junto a otros compañeros suyos, tras ser alcanzado por el certero disparo proveniente de uno de los imparables tanques. También logró hacerse con un caballo de pelaje oscuro, cuyos cuartps traserps chorreaban sangre, que relinchaba nervioso y perdido, entre el fragor de la violenta batalla, cuyo dueño había muerto aferrado a un estandarte, y tras recoger una larga lanza de otro jinete caído, que aun la aferraba entre sus dedos flácidos y sin vida, espoleó su montura, y con un escalofriante grito se lanzó directamente sin más preámbulos, contra las filas soviéticas atacando a uno de los tanques que iban en cabeza, sirviendo de punta de lanza a la ofensiva enemiga. Astilló la afilada punta de su lanza de madera, contra la coraza frontal del pesado carro de combate y vació el cargador de su revólver que había tomado también del cuerpo inerme del jinete al que habían pertenecido ambas armas, a través de las aspilleras que se abrían en las superficies acorazadas de la imponente máquina de guerra, hasta que una de las ametralladoras frontales derribó su caballo que se agachó violentamente sobre sus patas delanteras, precipitando al barón a tierra tras salir expelido hacia delante. Aun en el suelo, junto a su caballo que expiraba por momentos, Ungern se revolvió furioso contra su inevitable destino, y desenvainó un sable que también había recogido de uno de los numerosos cuerpos que empezaban a alfombrar el campo de batalla, y lanzó estocadas contra el tanque demostrando su destreza con el esgrima, mientras prorrumpía en exclamaciones y desafíos hacia el tanque tanto en alemán, como en ruso. La punta de su acero hedía el metal arráncandole virutas metálicas y haciendo que saltasen chispas con cada estocada. El jefe de la tripulación, observó los ojos inyectados en sangre de Ungern y su expresión desencajada en una mueca de salvaje recocijo y decidió terminar con aquel derroche de valor, tan heróico como fútil, cuanto antes. Impartió una breve orden a su artillero y este accionó los pulsadores de una de las armas defensivas del T-28. La ametralladora vibró escupiendo fuego, y le derribó con varias ráfagas. Su cuerpo cayó pesadamente sobre la nieve, mientras el tanque que estuvo a punto de pasarle por encima destrozándolo, viró a tiempo por un extraño sentimiento de respeto por parte de la tripulación del tanque y su jefe, avanzando en otra dirección. Mark bajó la cabeza, y Candy, pese a todas las penurias inferidas por aquel hombre, lamentó el trágico y a la vez, heróico final de Ungern. Candy lloró mientras reclinaba su cabeza sobre el pecho de su marido, y sus largos y sedosos bucles rubios remansaban entre los dedos de Mark que la aferraba contra sí, mientras un ligero viento removía el áspero tejido de su kaftan de colores.
Mark logró divisarle a duras penas antes de caer en combate, sobresaliendo entre las apretadas oleadas de jinetes, gritando y dirigiendo a sus hombres en una postrera carga, mientras su sable trazaba cerradas evoluciones sobre su cabeza, y dijo con voz queda a modo de reconocimiento y respeto:
-A pesar de su locura, y sus defectos, indudablemente era un hombre valiente, y excepcional, a su manera.
Haltoran asintió mientras depositaba una mano sobre el hombro derecho de su amigo, mientras las fuerzas soviéticas se abalanzaban en tromba,como un huracán sobre la ciudad.
-Vámonos amigos, ya no nos queda nada más que hacer aquí –nos dijo mientras pensaba en Annie, a la que añoraba con toda su alma, y evocaba un tanto pesaroso y sintiéndose culpable por haberla dejado sola, al cuidado del amable padre Graubner, como reaccionaría al encontrarse nuevamente con ella.
32
Un hombre de complexión fuerte y rasgos decididos avanzó lentamente entre los restos de la dura batalla librada tan solo hacía unas horas atrás. Sus pies recubiertos por unas lustrosas botas de cuero negro, andaba cautelosamente entre los restos de cientos de hombres y caballos, entreverados en una espantosa mezcolanza de armas, pertrechos y vísceras humanas, mientras algunos oficiales caminaban a su lado, tan silenciosos como él, y guardando un reverencial respeto hacia su jefe. El militar portaba un uniforme de color oscuro, sobre el que destacaban un par de condecoraciones sobre el bolsillo derecho de su guerrera, y sobre los anchos hombros, una hilera de estrellas denotaban su grado dentro de la jerarquía militar.
-Por aquí camarada general –le indicaron algunos de sus oficiales, señalando hacia un grupo de cosacos de prominentes gorros de fieltro y feroces rasgos, que montaban guardia, con sus armas en alto, protegiendo el cuerpo de su jefe.
El general se aproximó a los cosacos, los cuales tras unas breves palabras por parte de un intérprete, se apartaron respetuosos y saludadando militarmente al general. Zhukov se llevó la mano izquierda a la sien y respondió con otro saludo, seguida de una breve inclinación de cabeza.
Una vez que llegó a su presencia, el general se descubrió ante el cadáver de su enemigo que yacía sobre un armón, mientras los cosacos que se habían erigido en su guardia de honor, velaban los restos del otrora poderoso y temido barón, que soñó con resucitar un día, el imperio del legendario Gengis Khan. Ungern tenía los dedos entrecruzados sobre su pecho y estaba completamente tendido, ofreciendo un digno y más que aceptable aspecto a cuantos le observaban. Junto a Zhukov un hombre de baja estatura, completamente calvo a excepción de algo de pelo que le raleaba en los costados de su cabeza redonda, y perilla, ataviado con una bata blanca y un estetoscopio parecía impacientarse recordándole al general constantemente, las órdenes directamente provenientes del Kremlin.
-Lo sé, lo sé –gruñó Zhukov observando con mal disimulada ira al médico.
El líder había ordenado hacerse con el cadáver de su antiguo rival , durante la guerra civil, a toda costa, para embalsamarlo y conducirlo directamente a Moscú, a su presencia, siempre que los imponderables de la guerra facilitaran tal extremo. De ahí la presencia del médico que no podía disimular su nerviosismo, hacia lo que parecía una fastidiosa reticencia por parte del general para llevar a término sus órdenes. Pero las órdenes de las altas esferas del poder no siempre podían cumplirse, sobre todo si eran un tanto extravagantes y especiales, y menos en mitad del fragor de una espantosa guerra. Zhukov observó a los cosacos que le contemplaban temerosos, acerca de lo que decidiese en relación al cadáver de su jefe, y reflexionó por unos instantes. Le habían referido que la costumbre local era realizar una pira con los restos de aquellos hombres que hubieran caído con bravura en el combate, y aunque Zhukov podía permitirse el lujo de desairarles haciendo valer su posición de privilegio como vencedor absoluto, tomó otra decisión, muy alejada de los deseos del impaciente e insidioso doctor, que no cesaba de recordarle su deber, mermando la paciencia del general, que finalmente terminó por agotarse, tras reconsiderar finalmente sus opciones. Entonces, sin previo aviso, Zhukov extrajo su revólver de la grasienta cartuchera de cuero, prendida de sus correajes y apuntándo al doctor, le dijo:
-Lo siento, doctor, pero el cadáver de Ungern se perdió durante la batalla y no fue posible localizarlo por ninguna parte.
-Pero, pero –parpadeó el facultivo, a medio camino entre la irritación y la sorpresa, sin reaccionar aun ante la amenazante boca del pesado revólver militar dirigida hacia su rostro.
-No hay peros que valgan doctor. Elija. –replicó Zhukov con voz silente- usted o Ungern. No tiene más opciones y las que le quedan, se están agotando rápidamente.
Por si tenía alguna duda, estas se disiparon rápidamente al percibir el sobrecogedor sonido del percutor del arma de Zhukov, al ser amartillada por la firme mano de este. El pulso del condecorado general no tembló, cuando preparó el arma para ser disparada.
-Está bien, está bien –dijo con un sudor frío y entre dientes -haga lo que quiera. Pero a nuestro camarada secretario no le va a hacer ninguna gracia este cambio de planes.
-Yo me ocuparé de esos detalles, y no se preocupe por su pellejo doctor Konstantin, hablaré en su favor ante el lider –declaró satisfecho, bajando el arma. -A fin de cuentas la conducción de la guerra es cosa de los militares, no de los médicos y hoy han caído muchos hombres y otros tantos han desaparecido sin dejar el menor rastro Uno más, no se notará –dijo Zhukov mientras guardaba su pistola para alivio del doctor Konstantin, y hacía señas al intérprete, que aun permanecía silencioso, junto a los cosacos que custodiaban el cuerpo del barón. El traductor acudió presto, nada más darse cuenta de que su jefe precisaba de él, una vez más.
-Dígale a los cosacos –le ordenó- que preparen una pira funeraria. Aunque este hombre no estuviera en sus cabales, como militar que fue y ya solo por el valor que ha demostrado hoy, merece un respeto, y no terminar siendo una atracción de feria –dijo Zhukov mientras echaba un último vistazo a Ungern. Antes de retirarse, tras presentar sus respetos al cadáver añadió para sí en voz baja:
-Aunque en estos tiempos de locos, a saber quien lo está realmente, y quien no.
El intérprete tradujo las instrucciones de Zhukov puntualmente. Los cosacos asintieron tras deliberar brevemente entre ellos, y se dispusieron a ocuparse de los restos mortales de Ungern una vez que el general ordenó que los ritos funerarios de aquellos hombres parcos en palabras y en demostraciones de afecto, no fueran interferidas en ningún momento. La mayoría de las tropas desconocían la identidad del fallecido y pensaron que era un sepelio más, realizado a la peculiar manera de aquella gente, siguiendo sus ancestrales costumbres.
Luego llamó a otro de sus asistentes y le trasmitió algunas órdenes breves pero concisas. Zhukov observó al joven oficial de cabellos finos castaños, que rígidamente envarado le devolvió con sus ojos claros, la gélida mirada que el general le dirigió desde los suyos, oscuros. Aquel hombre le recordaba vivamente a su hijo, pero lo peor que podía hacer un militar, según los principios morales de Zhukov, era ceder al sentimentalismo en medio de una dura guerra, que aun estaba siendo disputada y por tanto evitó tratar al joven con condescendencia.
-Está bien, camarada general –dijo el militar dando un sonoro taconazo y cuadrándose- la banda del XX Ejército estará preparada y lista cuando disponga, así como los honores militares que ha solicitado. Si me permite expresarle mi opinión…-dijo el joven oficial, envarado, aguardando el beneplácito de su superior.
Zhukov asintió lentamente autorizándole a hablar:
-Opino igual que usted mi general. Fui testigo de la forma de combatir de ese hombre, y creo que el valor independientemente de quien lo esgrima, debe de ser honrado.
El general asintió visiblemente complacido. Durante la guerra civil se había enfrentado a militares zaristas, que habían peleado con fiereza y determinación, comandando unidades del ejército contrarrevolucionario blanco. Pese a las severas sentencias a las que se arriesgaba cualquier militar, que dispensara un trato de favor a aquellos hombres, cuando eran tomados prisioneros o les rindiera algún tipo de honor militar, Zhukov había desobecido varias veces las severas y rigurosas órdenes al respecto, no tanto porque no se conocieran tales hechos entre sus superiores, si no porque su creciente prestigio militar y sus dotes de mando y dominio de la estrategia en los campos de batalla, le hacían muy valioso y prácticamente insustituible. En aquellos duros y difíciles tiempos, no se podía prescindir de ningún hombre válido y capaz como áquel, como no se tuviera un muy buen pretexto para hacerlo.
Mientras, la resistencia entre los muros de Urga había ido cesando gradualmente. La enseña de la hoz y el martillo ondeaba sobre los edificios más altos de la ciudad y largas filas de prisioneros deambulaban silenciosas, camino del cautiverio conducidas por sus guardianes a los campos de reclusión en la retaguardia, una vez que Urga fue completada pacificada. Si Zhukov había rendido la resistencia enemiga en los alrededores de la urbe, la ciudad había caído gracias a un destacado jefe mongol, Sükh Baatar, cuyo nombre daría origen a otro nuevo para la ciudad de Urga, que pasaría a denominarse de ahí en adelante, Ulan Bator. En cuanto a Bodg Khan, el antiguo soberano del país, no hubo forma de encontrarle pese a que se le buscó minuciosamente, registrando casa por casa, y rastreando calle por calle, peinando toda la ciudad, pero no hubo manera de localizar su cuerpo, ignorándose si vivía o no.
33
Haltoran contempló el gran río que se deslizaba caudaloso, formando grandes meandros y que servía de demarcación de la frontera entre Rusia y Mongolia. Candy no entendía porqué el joven permanecía silencioso, como mostrando un reverencial respeto a las aguas cuya corriente encajonada en un trazado sinuoso, arrastraba algunos troncos caídos que flotaban indiferentes junto al joven pelirrojo que observaba como el curso del río los arrastraba consigo.
-¿ Por qué está tan silencioso Mark ? –preguntó Candy a su marido, junto al que permanecía sólidamente asida, mientras yo me iba aproximando junto a Mermadon para iniciar el gran y peligroso viaje de regreso hasta casa.
Mark meneó la cabeza negando para dar a entender que desconocía las razones del mutismo de Haltoran. Candy reclinó sus rizos dorados en el hombro izquierdo de su marido, y cuando este se disponía a responder, la voz meliflua de Mermadon nos sacó a todos de dudas.
-Se trata del río Kalinin Gol. Aquí tendrá lugar una gran batalla entre Japón y la URSS. Supongo, que el señor Hasdeneis debe estar sumido en una especie de evocación o de honroso homenaje a esa circunstancia.
Candy arqueó las cejas contrariada. Otra batalla, otra guerra. Iba a decir algo, cuando Haltoran se giró, recobrando su habitual sentido del humor. Ibamos a disculparnos por interrumpr su meditación cuando Haltoran llamó a Mermadon y a mí y nos dijo esbozando una alegre expresión:
-Bueno muchachos, ya podemos irnos.
Como si fuera lo más natural del mundo, Haltoran se situó a la izquierda del robot que ciñió su cintura con delicadeza y cuidado. Luego yo, me situé a la derecha de Mermadon, con un suspiro de resignación y permití que el brazo metálico del robot hiciera lo mismo conmigo. Se escuchó un leve suspiro neumático y dos portezuelas acorazadas se abrieron en su espalda, permitiendo que los propulsores gemelos emergieran al frío aire exterior. Poco a poco comenzó a emerger un incipiente fuego que partía desde las bruñidas toberas que remataban cada propulsor. Candy nos miró por unos instantes, mientras agitaba la mano, deseándonos a voz en cuello, que llegáramos sanos y salvos, mientras se sujetaba firmemente a Mark, ciñiendo su cintura con ambos brazos. Mermadon correspondió al saludo de la joven, agitando su brazo izquierdo con tal frenesí, que temí que la mano del robot terminara por arrancar de cuajo, mis gafas de mi rostro.
-Ten cuidado Mermadon –le pedí observando temeroso a mi alrededor, mientras Haltoran trataba de animarme, garantizándome que este sería el viaje de retorno, más grato de toda mi vida.
-Eso espero, porque…
Mis últimas palabras fueron interrumpidas por el rugido de los motores, que a plena potencia nos elevaron del suelo, después de hacer que experimentásemos una brusca sacudida. Cerré los ojos con fuerza, mientras mi rostro sufría los embates de los huracanados vientos que Mermadon producía a su paso, y cuando los abrí estábamos surcando el aire en dirección hacia las costas del Mar Negro. Creí que había perdido mis gafas, como así había sucedido a consecuencia del zarandeo que el azoroso despegue había supuesto para nosotros, pero Haltoran las había recogido al vuelo y me las devolvió con una sonrisa. Las tomé con cuidado y me las volví a poner, dándole las gracias:
-No tengo otro par de repuesto –dije enjugándome un reguero de sudor que me bajaba por la frente con el dorso de mi mano izquierda- y el último cristal que rompí, me costó sesenta y ocho euros –comenté, aun medio aturdido por el súbito y casi instantáneo despegue, tras pasar de apoyar mis pies en el suelo, a no percibir nada bajo los mismos, dándome cuenta repentinamente de la valiosa utilidad de mis gafas únicas en su género. Si las extraviaba o perdía en aquellos primeros años del siglo XX, tendría que portar uno de los grandes y engorrosos ejemplares que se estilaban por aquel entonces, y que pesaban lo indecible, además de resultar esteticamente poco gratas a la vista.
-Déjate ahora de divagaciones, Maikel y procura no pensar demasiado en el viaje, enseguida llegaremos a Crimea, y de allí, a casa.
Asentí esperanzado. Retornar a Lakewood. Hacía ya tanto que me había embarcado en aquella extraña aventura, desde que accedí a ayudar a Neil para que pudiera alcanzar a Susan, que casi me resultaba extraño que aquel largo viaje comenzara a tocar a su fin. Desde que la hermosa actriz había salido huyendo precipitadamente de su esposo, tras una acre y agria discusión, hasta recalar casualmente, en el mismo tren en el que viajaban Candy y Mark, para mí había transcurrido una eternidad, y aquello solo fue el inicio de nuestras peripecias.
-Menos que Mermadon puede cubrir distancia de miles de kilómetros en poco tiempo –susurré en voz baja.
-¿ Decías amigo ? –me preguntó Haltoran interesado en lo que acababa de decir.
-No, nada, nada.
34
-Nos toca a nosotros, amor mío.
La voz de Mark trajo a Candy de vuelta de sus divagaciones. Se me había quedado mirando, y sus ojos verdes me observaban con una extraña mezcla de tristeza y compasión. Las palabras del anciano Denejei habían calado muy hondo en el ánimo de la joven, que sintió como un súbito estremecimiento recorría las fibras más íntimas de su ser. Candy temía que algo malo pudiera sucederme, pero aquellas no eran sus únicas preocupaciones. Sus dos hijos ocupaban un lugar preponderante entre sus principales inquietudes, que habían hecho que la mayor parte del tiempo se mostrase angustiada y triste. Desde el día que decidió emprender aquel insenstato viaje en busca de un hombre al que no conocía, y que probablemente ya no estaba entre los vivos, se había conducido en su opinión de forma egoísta e inconsciente descuidando a su familia y a sus dos retoños, que sin lugar a dudas, la echarían inmensamente de menos. Pese a contar con el cariño y el afecto de sus padres adoptivos, su propia madre y Bryan y otras buenas personas que los adoraban, Marianne debía estar llorando por ella, y en cuanto a Maikel, siempre tan reflexivo y callado, no exteriorizaría sus sentimientos, pero sus sufrimientos por la prolongada ausencia de sus padres igualmente harían mella en su ánimo. Candy notó que sus lágrimas pugnaban por escapar de sus ojos verdes.
-Cariño, ¿ qué te pasa ? –preguntó Mark angustiado.
-Nuestros hijos, -comentó Candy con un hilo de voz, mientras ocultaba su rostro en el pecho de Mark- me he portado tan mal con ellos y contigo a veces…No sé si podréis perdonarme por ser tan mala…
Mark no la dejó acabar. La besó prolongadamente para impedir que terminara la frase. Cuando separó sus labios de los de su esposa, Mark depositó sus manos en las sienes de Candy y dijo obligándola a mirarle:
-No vuelvas a sugerir algo tan horrible jamás Candy –exclamó Mark sacudiéndola frenéticamente por los hombros, pero procurando no inferirla el menor daño, para sacarla de su abatimiento, -nunca más, eres una madre ejemplar, dulce y cariñosa, además de valiente. Y eres mi amada y bella esposa. Ten eso siempre presente Candy, tenlo presente, porque nuestros hijos están tan orgullosos de nosotros, como los dos lo estamos de ellos.
Mark hizo una pausa. Candy le observaba arrebatada y un poco sorprendida, con los labios sonrosados entreabiertos. Se había despojado de las burdas ropas tribales y se había puesto un vestido de calle para estar presentable cuando arribasen a Francia.
-Como yo lo estoy de ti Candy –concluyó Mark mirándole ardientemente.
Candy le besó de nuevo y le preguntó:
-¿ Cómo es que eres tan bueno y maravilloso Mark ? ¿ cómo haces para enamorarme cada día que paso a tu lado ?
Mark sonrió brevemente y extrayendo un pequeño espejo que uno de los niños del clan le había regalado, se lo entregó declarando:
-Si observas este espejo encontrarás la respuesta.
Candy admiró su reflejo en la pulimentada superficie del espejuelo y sonrió. Intentó contener sus ganas de besar nuevamente a su marido, porque si no, no terminarían nunca de emprender el regreso.
-Me siento mejor Mark. Creo que ya podemos irnos.
-Sujétate fuerte mi amor, porque allá vamos.
Mark comenzó a correr para dar inicio a su inusual modo de desplazarse. Se echó las manos a la cazadora para que las solapas no molestaran a Candy, por su incesante movimiento de vaivén, y notó que había extraviado la vieja y granulada fotografía en blanco y negro, que su esposa, le regalase hacía ya tanto tiempo, con ocasión de su segundo encuentro. Esbozó una mueca de contrariedad, pero no dijo nada y continuó corriendo, con Candy firmemente sujeta a él, mientras el iridium empezaba a tejer su caparazón protector de luz iridiscente, en torno a ellos.
35
Haltoran impartió algunas instrucciones a Mermadon, mientras el vuelo a través de medio país continuaba sin mayor novedad. El joven pelirrojo se fijó en que unos niños nos aplaudían mientras cruzábamos el cielo a una velocidad de Mach 5, según las últimas estimaciones de Mermadon y esbozando una sonrisa dijo:
-Vivir en esta época tiene sus ventajas. Aun no se han inventado los radares, ni los sistemas de alerta temprana, ni la aviación, ni las defensas antiaéreas –levantó la mano izquierda rogándome silencio antes de que fuera a rebatirle tal afirmación- tal como las conoceríamos en el siglo XXI.
-Pero también podríamos escapar fácilmente de ellos –dije agitando las piernas, porque notaba que se me estaban quedando dormidas, pese a que no habían transcurrido más de diez minutos desde el despegue, debido a la altitud y la forzada e incómoda posición en que me encontraba, asido por la cintura, por la mano de hierro del robot. Me sentía como un niño travieso reprendido por su niñera, y al que habían sorprendido en plena trastada.
-No es lo mismo amigo –dijo Haltoran mientras observaba las vastas planicies sembradas de trigo y otros cereales, hasta más allá de donde alcanzaba la vista- podrían rastrearnos, y al ser un tiempo más avanzado que este, podríamos crearnos problemas, como ya nos sucedió alguna vez.
-Querrás decir que nos sucederá –dije en tono un tanto irónico.
-Ya sabes lo que quiero decir Maikel, y lo mejor es que nos dejemos de discusiones absurdas. Mira, estamos sobrevolando Ucrania –me espetó apuntando hacia abajo con el dedo índice de su mano izquierda.
Efectivamente, de los interminables campos de trigo, pasamos a contemplar otros cuajados de girasoles que se cimbreaban mecidos por el viento, como si nos estuviesen dando la bienvenida. Algunas vacas dejaron de pastar, mirándonos indiferentes, junto a pequeñas aldeas formadas por varias isbas agrupadas, de entre las que descollaban los familiares campanarios de las iglesias, rematados por la bulbosa cúpula. Algunos campesinos que laboraban afanosamente en los vastos campos de cultivo, interrumpieron su labor para mirarnos extrañados. Afortunadamente, volábamos tan altos, que no podían precisar que eran aquellas tres extrañas figuras que volaban sobre sus cabezas, a velocidades incalculables.
Me quedé un poco perplejo, porque yo no había iniciado ninguna discusión si no que era Haltoran el que había dado origen a la misma, pero opté por no seguirle el juego y me limité a asentir disfrutando del impresionante paisaje, por lo menos, lo poco que era capaz de percibir dado el impresionante ritmo que llevábamos. Obviando el detalle que volábamos a cinco mil metros de altitud, no notaba nada más. Era un viaje en extremo agradable, donde ni siquiera el horrible rugido de los estatorreactores de Mermadon turbaba la paz que se sentía allí arriba. Era evidente que una vez transpasada la barrera del sonido, este dejaba de percibirse con la intensidad que podía experimentar cualquier observador casual que nos viera pasar. Ni tan solo noté el temido bang sónico que se produce cuando se supera la barrera del sonido. Según algunas leyendas, aun por descubrir, se especulaba que cualquier avión que superase tal crucial barrera se estrellaría contra un muro impenetrable que terminaría con los osados sueños del que se atreviese a intentar forzar dichos límites, en apariencia inamovibles. No fue, o mejor dicho, no sería hasta 1947, cuando Chuck Yeager, un avezado y diestro piloto militar, demostrase lo contrario al pilotar un avión experimental en forma de ahusada bala, el X-1, y que se desprendería desde la panza de un superbombardero B-29, para tras un corto planeo, activar los motores cohete de la bala pilotada, hacer historia logrando romper finalmente la barrera del sonido con total seguridad y posibilidades de éxito.
El propio Yeager llegaría a referir en clave de broma, que hasta su propia abuela podría haber estado con él en la cabina, tomándose apaciblemente una limonada, como acostumbraba a hacer, bajo el porche de su casa.
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El campamento militar fue rápidamente rodeado por tropas soviéticas. De no ser por los acuerdos militares suscritos entre el Reino Unido por un lado, y los Estados Unidos de la otra, y la nutrida presencia de soldados rusos, que realizaban una misión conjunta con los de las otras dos nacionalidades, probablemente la cosa habría terminado realmente mal. Duncan Jackson se ofreció a parlamentar, protegido bajo una bandera de tregua y supervisado por la atenta mirada de sus hombres, que montaron rápidamente sus ametralladoras apuntando en dirección hacia los recien llegados. Las negociaciones se desarrollaron en un ambiente de tensa calma y desconfianza mutua, aunque afortunadamente, los casi desesperados claves entre las distintas embajadas y las constantes llamadas a la calma, impidieron que la sangre llegase al río.
Tras varias horas dentro de la tienda de campaña principal que hacía las veces de puesto de mando y sala de reuniones, y que presidía el campamento, Duncan Jackson, que fue elegido para llevar a cabo las negociaciones por ser uno de los militares de mayor graduación del campamento, en ausencia de sus superiores, que habían sido llamados por los gobiernos de sus respectivos países, emergió bajo a través de la abertura de la tienda de lona, con aire cansado pero satisfecho. Se había conseguido rebajar la tensión, que era lo primordial para evitar una masacre, que habría desencadenado en un grave incidente internacional, y se pactó la marcha de las tropas extranjeras de forma escalonada, durante los siguientes días. James O´connor, que hasta hacía relativamente poco tiempo, había desdeñado su vida, dándole igual conservarla o no, ahora temblaba, temeroso de que sucediera el extremo contrario a sus aspiraciones actuales.
Deseaba vivir, sobre todo ahora, que la fotografía de su hija Candy había llegado a sus manos, de forma tan misteriosa como increíble. Aunque no la había visto desde que prácticamente era un bebé, las vividas descripciones que de ella hacía Eleonor, le sirvieron para identificarla casi inmediatamente. Duncan le pidió que no se precipitara, pero para el atribulado hombre no cabía la menor duda, se trataba de ella. Aquellos enormes ojos verdes, las características colas de caballo con sus decorativos lazos en las que recogía sus largos y sedosos cabellos rubios, su nariz pecosa y respingona, y el simpático coatí albino, a franjas negras y blancas entre sus brazos, y su pícara sonrisa. James suplicó a Duncan que intercediera por él, para que le permitieran quedarse en el país, pero eso era algo que no iban a permitirle. Si se negaba a marcharse, tal vez lo fusilaran sobre la marcha, como escarmiento a los reticentes.
Duncan le había recomendado quemar el salvoconducto, porque tal vez el quisquilloso y suspicaz general soviético, que mandaba la división, a cuyas tropas pertenecían los soldados que habían irrumpido en el campamento con sus amenazantes armas en ristre, tal vez pensara erróneamente que el documento era una falsificación y le tomase por un espía.
-Déjame hacer a mí James –le dijo Duncan mientras se rascaba la prominente y aguileña nariz- y no se te ocurra decir nada, porque solo empeorarías las cosas.
Finalmente, Duncan hizo pasar a James por un cartógrafo civil agregado a la misión topográfica. Como además, la elaboración de mapas y cartas de navegación no era algo totalmente ajeno o desconocido a James, este pasó airoso cuantas pruebas le realizó el ceñudo y desconfiado militar ruso, hasta que se convenció de que James era quien afirmaba ser.
-Puede marcharse –le advirtió el militar- pero que sea la última vez que le veo rondando por aquí. La próxima ocasión podría no tener tanta suerte.
James tuvo que claudicar y aceptar acompañar a Duncan hasta Inglaterra, donde tomaría un barco que le permitiese retornar hasta Estados Unidos. Una vez allí, las posibilidades de encontrar a Candy, en opinión de Duncan Jackson, serían muchos mayores, ya que la muchacha, tendría que terminar por regresar a Lakewood. El como su fotografía había aparecido en los remotos y desolados parajes de Mongolia, constituía un misterio, casi tanto como que el aflijido James hubiera recalado en tan singular lugar.
Mientras los militares soviéticos se retiraban, y sus compañeros se les unían dando por finalizada la misión conjunta con los británicos y estadounidenses, Duncan cuchicheó con James, que tenía la cabeza gacha y los ojos fijos en el polvoriento suelo del campamento. Su expresión era seria y triste.
-Vamos hombre, anima esa cara –le dijo Duncan con tono alegre, pasando un brazo por sus hombros. Ambos hombres habían terminado por hacerse amigos. Las largas y monótonas jornadas, en torno al tablero de ajedrez, cuando las tareas del día, al caer la tarde, dejaban paso a las sesiones de ocio que podían durar minutos u horas según los imprevistos y contratiempos, como los bandidos que intentaban asaltar esporádicamente el campamento, o alguna que otra inusitada estampida de yaks, que cada nuevo anochecer pudiera depararles, soltaban la lengua, y contribuían a unir a dos hombres solitarios como ellos - mataremos el tiempo jugando al ajedrez. Ya verás como no tardas en volver a reencontrarte con tu hija.
-Eso es algo que me causa casi más miedo que el hecho de no haber dado con ella todavía –reconoció James, con una sombra de temor reflejada en su mirada, mientras un estremecimiento recorría todo su ser, lo que no pasó desapercibido para el capitán Duncan Jackson.
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James había conseguido llegar hasta esos remotos y lejanos parajes por pura casualidad. Aunque su intención en un primer momento fue la de tratar de salir del país lo antes posible, una corazonada imposible de explicar, le impelía a continuar deambulando por el inmenso estado. Su salvoconducto le libró de muchas desagradables situaciones con algunos policías y militares recelosos, y en otras ocasiones estuvo a punto de perecer, víctima de intentos de robo o de desaprensivos que pretendían estafarle, aprovechándose de su buena fe. Un día, en uno de esos desafortunados encontronazos, dos individuos de mala catadura que le andaban siguiendo, y a los que intentó despistar sin éxito, le agredieron a traición por la espalda, dejándole inconsciente para robarle, y escondiéndole en lo que parecía un vagón de tren desvencijado y abandonado, aparcado en una línea ferroviaria de una estación de tren, aledaña a una ciudad de provincias de Bielorrusia. James permaneció sin sentido con un notable chichón en la parte posterior de su cabeza, mientras el vagón era enganchado a un tender, y este a su vez, a otros vagones de primera clase, conformando un largo convoy que partió con el inconsciente y desvanecido James hacia el este. Cuando se despertó debido al dolor de sus magulladuras y del golpe que le habían propinado en la cabeza, afortunadamente sin mayores consecuencias para él, comprobó desalentado, que se hallaba camino del lejano extremo oriente, y el tren en el que aquellos dos rufianes, le habían confinado sin saber que ni el vagón estaba fuera de servicio, ni su víctima había perdido la vida, era ni más ni menos que el Transiberiano. Para colmo, al echarse las manos a los bolsillos, descubrió presa de un creciente enfado, que le habían robado su dinero y la documentación, pero su salvoconducto continuaba sorprendentemente con él. Quizás, los dos rateros habían desestimado el valioso documento, tomándolo por una falsificación sin valor alguno. Como ya no tenía remedio, decidió acurrucarse entre algunos cajones de madera, que eran transportados en el interior del oscuro vagón, y procurar descansar y reponer fuerzas. Estaba tan cansado y abatido, que no tardó en caer rendido, sumiéndose en un profundo sueño. Ni se planteó que pudieran sorprenderle allí, como efectivamente llegaría a suceder algo después.
No tardó en ser descubierto por los revisores unas horas más tarde, pese a que los vagones de carga no solían ser revisados a conciencia, aunque en aquella ocasión las rondas de inspección si pasaron por allí. El protocolo era poner inmediatamente cualquier polizón o indigente sorprendido a bordo de un tren a disposición de las autoridades, pero muchas veces, el tema se solventaba haciendo que todo aquel que viajase sin billete, tuviera que apearse en la próxima estación. El problema era que James era extranjero y que su salvoconducto, que hasta ese mismo momento le había evitado sorpresas desagradables, no iba a servirle de mucho en cualquier momento. Sin embargo, James, impelido por su instinto de supervivencia, logró ocultar hábilmente el documento entre los pliegues de sus ropas, y convencer a los dos revisores que le localizaron allí, de que era ruso y que le habían robado la documentación, dejándole allí tirado dándole probablemente por muerto, lo cual era verdad hasta cierto punto. Por increíble que pudiera parecer, los dos funcionarios simpatizaron con James y no solo no le entregaron a las autoridades, ni le obligaron a apearse en el primer andén de la próxima estación en la que recalara el legendario ferrocarril, si no que le permitieron quedarse, a cambio de que sufragase su pasaje mediante trabajos de mantenimiento, realizados a bordo del tren.
Una vez que se apeó del Transiberiano, estuvo deambulando sin rumbo fijo por la estepa, logrando sobrevivir gracias a la caridad de las buenas gentes, que moraban en los escasos poblados que salpicaban aquellos lejanos lares, que ni siquiera el anterior gobierno de los Zares, había conseguido someter del todo. Fue sorprendido al raso por una tormenta de nieve que estuvo a punto de terminar con su vida. James, volvió a dejarse invadir por aquel espíritu negativo y resignado que le asaltase desde que Nadia le echara en cara el daño que había causado a su familia, y que había continuado acosándolo en la cárcel, por lo que se sentó apoyando la espalda contra un muro derruido y allí se quedó. Aguardando al último momento de su vida. Sin embargo, no contaba con que el capitán Duncan Jackson, que había salido a buscar a uno de sus hombres, que no había regresado al campamento, tras una patrulla de rutina, le localizó y cargando con el desvanecido James, que estuvo a un tris de perecer congelado, sobre sus anchos y fornidos hombros, retornó con él, junto a sus hombres, tras tener que renunciar a la búsqueda del soldado desaparecido, muy a su pesar, para no perder al resto de los hombres que conformaban el grupo de rescate.
Una vez en el recinto militar, James consiguió entrar en calor, a base de caldo caliente, generosas raciones de carne regadas con algunos tragos de whisky que Duncan le administraba en su petaca, una gran fogata que ardía permanentemente y que el propio Duncan se encargaba de alimentar y vigilar que no extinguiese. Todo ello junto a los cuidados que el capitán le dispensaba, consiguieron que la vida del desventurado James O´connor, que había pendido de un fino y frágil hilo, quedase firmemente anclada al mundo de los vivos, al menos por el momento.
38
-Vamos, mi niña, vamos, deje usted de llorar así, se está echando a perder. Debe de tener fe y confianza en que él volverá.
La voz de la señora Drouet, imbuida de un fuerte y característico acento francés, que los años transcurridos en tierras rusas, no había conseguido borrar, intentaba infundir ánimos, sin demasiado éxito en la alicaida y entristecida Annie.
Pero la muchacha se negaba a escuchar los requerimientos de la solicita ama de llaves, del padre Graubner, que había intentado igualmente sin lograr resultado alguno, confortar a Annie y sacarla de su ensimismamiento.
Annie sostenía entre sus dedos crispados la breve misiva de su marido, que había releído por cuarta vez, incrédula, incapaz de asumir que Haltoran nuevamente, se hubiera alejado de su lado.
"Pequeña dama.
Sé que vas a odiarme, con razón de sobra para hacerlo, por tener que dejarte sola de nuevo, pero Mark y Candy me necesitan, y no puedo abandonarles a su suerte. Trata de entenderlo cariño, aunque tampoco podré reprocharte nada si a mi vuelta, te enojas conmigo. Lamento inmensamente tener que hacerte daño y ofenderte, pero te ruego que me perdones si te es posible, porque yo, tu marido, que te ama por encima de todas las cosas, voy a regresar a tu lado, antes de que te des cuenta casi de que me haya ido. Confía en mí amor mío. Ten la completa seguridad de que muy pronto volveré a abrazarte, y que regresaremos a casa, de una vez por todas, para reunirnos con Alan y a los nuestros.
Mi dulce Annie, espérame, no tardaré en estar junto a ti de nuevo. Te prometo que os compensaré sobradamente a los dos por cuantas adversidades habéis tenido que afrontar por mi culpa.
Haltoran.
PD: Nunca dejaré de quererte."
Annie dobló la carta guardándola en el bolsillo izquierdo de su sencillo vestido de faena, como si fuera un preciado tesoro. La carta aun mostraba las manchas de humedad producidas por las lágrimas de su destinataria, al impactar sobre el panel satinado donde Haltoran había plasmado su elaborada y angulosa caligrafía.
Pese a que inicialmente había experimentado un creciente sentimiento de rechazo y rencor hacia Haltoran, se dio cuenta de que no podía mantener semejante aversión por demasiado tiempo, en el interior de su alma. Amaba demasiado a su marido como para albergar emociones negativas hacia él, sobre todo, cuando de ordinario había actuado impulsado por ayudar a sus amigos y buscar lo mejor para todos ellos.
La joven enjugó las lágrimas que se vertían desde sus grandes ojos azules y asintió, aceptando finalmente el consuelo de la bondadosa y paciente señora Drouet, que había consolado, aguantado y enjugado su llanto desde hacía dos días, que Haltoran, amarrado a su precario y nunca debidamente perfeccionado invento partiera hacia las inmensidades de Asia. La buena mujer le tendió un pañuelo de encaje y Annie lo tomó entre sus manos con dedos trémulos, mientras permitía que la señora Drouet peinara sus largos y sedosos cabellos morenos que caían en cascada sobre sus torneados hombros. El sol que alumbraba las costas del Mar Negro le había sentado bien, confiriendo a su piel un saludable bronceado, que a duras penas podía conseguir encerrada entre las cuatro paredes de los salones de su casa primero, y luego el severo internado en el que fue a su modo de ver, confinada, hasta que Haltoran la sacase de allí, reemprendiendo una relación que creía perdida para siempre.
Haltoran. La imagen del descarado y a la vez dulce joven, que se había convertido en su marido, se le apareció sobre la bruñida superficie del espejo, en el que estaba contemplando su reflejo. Sus ojos verdes bajo los rebeldes cabellos pelirrojos y su socarrona sonrisa no se iban de su mente. La señora Drouet pasó el cepillo de nácar por sus mechones desenredándolos y no detuvo la progresión de sus hábiles manos, hasta que el cabello de Annie estuvo perfectamente alisado y pulcramente peinado.
-Ya está querida. No ha sido muy difícil –le dijo la mujer con una franca sonrisa.
El padre Gaubner no se encontraba en la vivienda. Habia tenido que ir a oficiar algunas bodas y bautizos, lo cual le llevaría buena parte del día y probablemente regresaría, muy entrada la noche.
Amie Drouet se preocupaba en demasía, cuando el religioso se ausentaba hasta las tantas o tardaba en volver. Temía que en cualquier momento sin previo aviso, las laxas leyes en materia religiosa que se aplicaban en la ciudad, pudieran cambiar repentinamente, endureciéndose exponencialmente, y que Armand pudiese ser detenido por parte de las autoridades o tener algún encontronazo con sus colegas ortodoxos. El religioso respondía con estruendosas risas a los temores de su ama de llaves de los que le hacía partícipe a la menor ocasión que tenía, restando importancia a sus preocupaciones.
-No me va a pasar nada señora Drouet –solía decir el afable sacerdote quitando hierro a las súplicas de su ama de llaves, para que no se expusiera tanto en el servicio que prestaba a sus feligreses -al Kremlin le interesan las ciudades pacificadas y que no causen problemas, y todo aquello que contribuya a mantener el estado de cosas tal como está –decía incluyéndose evidentemente en tal valoración- será bienvenido.
"Y si no es así, será la voluntad del Señor" –añadía con resignación y humildad, mentalmente, intentando no exteriorizar sus sentimientos, para no alarmar más de lo necesario, a la buena señora Drouet.
En esos momentos, en el exterior se escuchó el apagado rumor provinientes de unos retrocohetes que estaban decelerando. Annie se levantó como impulsada por un resorte y con el corazón latiéndole con fuerza, se abalanzó hacia la puerta de la alcoba, para dirigirse hacia el amplio umbral de la casa. Su fino oído había captado el quedo rumor, tras los gruesos muros de la casa del padre Graubner, o quizás se tratase solo de su anhelo por ver de nuevo a Haltoran.
- ¡No, espere niña, no se vaya tan rápido, aun no he terminado de peinarla ¡ pero, pero, ¿ qué le ocurre, niña ? –exclamó asombrada la señora Drouet casi sin resuello, sin dejar de utilizar aquel acento maternal tan característico en ella, mientras perseguía a Annie sin entender que es lo que le le ocurría a la muchacha, y que podía haberla alterado hasta ese extremo. Annie corría tanto que a la mujer le resultaba casi imposible mantener su ritmo, por lo que pronto, el ama de llaves quedó atrás, resoplando, y deteniéndose fatigada para coger aire.
Annie atravesó el salón de la casa con tal celeridad que estuvo a punto de tropezarse contra uno de los butacones que rodeaban la mesa camilla, pero al que logró sortear en el último momento. Caminando casi a tientas, por el oscuro interior de la casa, llegó hasta la puerta empujándola vigorosamente con sus dos manos y haciendo fuerza con su hombro izquierdo.
La pesada puerta gimió sobre sus enmohecidos goznes, y Annie sintió una bocanada de aire fresco que impactó en su rostro. Cerró los ojos por un momento y cuando los abrió se encontró ante una visión tan irreal como maravillosa.
Colgando precariamente de un robot de acero y kevlar que estaba aterrizando verticalmente, en mitad del estrecho pasaje de la callejuela, sobre el empedrado, un joven de cabellos pelirrojos y ojos verdes saltó a tierra, sin aguardar a que los motores de su improvisado medio de transporte, se detuviesen del todo. En la otra mano del robot, yo pataleaba quejándome por lo bajo de la incomodidad que tal forma de viajar suponía para mí, pero decidí no estropear aquel hermoso reencuentro entre ambos enamorados. Haltoran corrió hacia la muchacha a la que le faltaba tiempo para llegar a su lado, y se fundieron en un largo abrazo, seguido de un apasionado y prolongado beso. Afortunadamente, Mermadon, que ya se había recobrado plenamente de su temporal amnesia, había activado sus poderes de apantallamiento que le volvían invisible y descendió sin hacer demasiado ruido. Cuando finalmente, se materializó, no había nadie presente que pudiera haber sido testigo de nuestra inusual llegada. Aparte de las insistentes peticiones de perdón y súplicas, entreveradas con exagerados lamentos de plañidera que el quejumbroso robot dejaba escapar de cuando en cuando, por su comportamiento cuando estuvo bajo el dominio del taimado barón Ungern von Stemberg, el relativamente corto viaje desde los confines de Asia, había transcurrido sin mayor novedad. Haltoran se preguntó que tal le habría ido a Mark y a Candy, lo mismo que yo, que rogaba a Mermadon que se callara porque me estaba induciendo levantando dolor de cabeza, y que no había nada que disculpar. Haltoran había hecho todo lo posible por calmarle, pero ni su propio creador consiguió que callase de una vez por todas.
-Te lo repetiré por enésima vez, Mermadon, no sabías lo que hacías, estabas influenciado por una amnesia, inducida por aquel rayo que cayó encima de ti incapacitándote, no pudiste hacer nada, lo cual luego aprovechó el barón en su beneficio, así que deja ya de lamentarte, no fue culpa tuya –dije cruzando los brazos sobre mi pecho, con voz monocorde y en un acusado tono de fastidio, harto de repetirle al lloroso robot que lo que le había sucedido, hábilmente explotado por el astuto barón, fue algo completamente fortuito y ajeno a su voluntad.
Cuando Mermadon me soltó, sacudí las piernas y los brazos, estirándome feliz de volver a pisar tierra firme, aunque solo fuera de forma breve y pasajera, porque pronto tendríamos que reemprender viaje remontándonos por los aires nuevamente, para continuar hacia Europa y de allí, a Estados Unidos. Pero sentir que nuevamente la sangre volvía a fluir por mis venas hizo que me sintiera como nuevo. No es que Mermadon hubiera apretado tanto su brazo en torno a mi cuerpo, que hubiese cortado la circulación de la misma hasta ese extremo, si no que tal vivida impresión mía, se debía al miedo que me atenazaba, a que un nuevo imprevisto, cambiara nuestro destino a peor de nuevo, haciendo que me estremeciera, ante esa nada halagueña perspectiva.
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Mark se había puesto la cazadora y los pantalones vaqueros dispuesto a iniciar el siempre aplazado retorno una vez más, el que les conduciría definitivamente hasta Norteamérica y debido a ello, Candy se mantenía en estrecho contacto con la espalda de su marido, ciñendo la cintura de Mark con sus manos fuertemente entrelazadas en torno a la misma. Por su parte, el joven se sentía reconfortado al notar el suave aliento de Candy en su nuca, y la agradable presión del esbelto cuerpo de su esposa contra el suyo. Experimentar aquellas dos en apariencia, nimias y banales sensaciones, sumergirse en la fragancia que los cabellos rubios de la muchacha desprendían, sentir su piel contra la suya, eran para él, embriagarse del mejor y más poderoso de los perfumes, sumirse en un estado de felicidad y dicha permanente de la que no deseaba ser apartado de ninguno modo. Antes de echar a correr para desatar el poder del iridium, se giró hacia Candy y mirándola preguntó:
-¿ Estás preparada Candy ?
Candy se estremeció cuando sus arrebatadores ojos verdes, se zambulleron en las pupilas oscuras de Mark. Eran tan hermosas como sobrecogedoras, y embriagada en su contemplación tardó un rato en contestar a la pregunta del joven, asintiendo vigorosamente para darle a entender que estaba lista.
Mark acarició con la mano derecha los cabellos y la mejilla de Candy. La muchacha notó el calor que se desprendía de Mark y antes de que el joven volviera la vista al frente, la muchacha le habló con voz melosa y tímida:
-Mark.
El joven asintió y escuchó atentamente.
-Prométeme que cuando volvamos a casa, nunca más tendrás que recurrir al iridium.
Mark desvió la vista. Había formulado aquella promesa tantas veces, y más aun de las que podía contar, la había roto, normalmente forzado por causas ajenas a su voluntad, que se sintió incómodo ante los requerimientos de su esposa, sabedor de que tal vez no pudiera hacerlos realidad.
-Candy yo…-dijo tragando saliva e intentando que las palabras no se quedasen en su garganta sin ser pronunciadas- me gustaría jurártelo, amor mío, pero quiero serte sincero, no sé si podré…
Candy le atrajo hacia sí lentamente mientras le pedía silencio colocando uno de sus dedos en los labios de Mark para besarle brevemente. Cuando los rostros de los dos se distanciaron un poco, Candy apoyó su frente contra la de Mark, y declaró conmovida:
-No tienes que jurármelo, sé que harás todo lo posible por conseguirlo, pero tampoco he debido arrancarte una promesa –dijo Candy- ha sido muy egoísta por mi parte pedirle pruebas a un hombre bueno que no sabe mentirme.
Antes de que Mark pudiera responder a las emotivas palabras de su esposa, esta adelantó su hermoso semblante hasta quedar a la altura del cuello de Mark, momento que aprovechó para susurrarle al oído:
-Por eso sigo tan enamorada de ti, y cada día que paso a tu lado, aun más. Vámonos cariño, nuestros hijos y las personas que nos aman y nos echan en falta, nos esperan.
Mark reconfortado por los ánimos de Candy, afirmó con la cabeza y empezó a correr, concentrándose en desatar las llamaradas del iridium, que muy pronto sería bombeado a alta presión a lo largo y ancho de su sistema circulatorio y emergiendo a través de las heridas que a modo de válvulas, se abrirían en su piel para liberarlo. El iridium 270 era tan volátil al entrar en contacto con el aire, que una remota equivalencia semejante a tal grado de inflamabilidad, podría encontrarse en la de la gasolina, en presencia de fuego o cualquier fuente de calor, pero la sustancia anaranjada reaccionaba cien veces más violentamente que cualquier combustible fósil que fuera expuesto a una fuente de calor. De hecho, el carácter inflamable de la gasolina no era más que un pálido reflejo del que el iridium podía llegar a alcanzar cuando se desencadenaba.
Candy esperaba ver de un momento a otro, como el caparazón de luz iridiscente se iba tejiendo en torno a ambos, para protegerla sobre todo a ella, de los efectos adversos de una prolongada exposición al iridium. Pese a la aversión instintiva que la sustancia provocaba en ella, no dejaba de admirar fascinada los bellos efectos del resplandor que muy pronto envolvería a Mark y por extensión a ella misma. Las llamaradas del iridium empezaron a surgir danzando en el aire como flamígeras serpientes, mientras el escudo de luz se alzaba entre ellos y el iridium ardiente, para protegerles. Mark dio un gran salto y sus pies se separaron de la tierra, mientras Candy notaba como ascendían verticalmente trepando como un cohete dirigido hacia las estrellas, hasta que las llamaradas se apagaron de repente sin más explicación y Mark, asustado comprobó como ambos caían pesadamente a tierra.
-¿ Qué ocurre Mark ? ¿ qué ocurre ? –preguntó Candy a gritos, presa del más profundo terror.
-No lo sé, Candy, mis poderes…se han desvanecido de repente.
Sin las llamaradas del iridium, que le proporcionaban sus alas de fuego, y por ende, sus grandes poderes, Mark no dejaba de ser un humano corriente tan vulnerable e indefenso como el que más, y hasta ese momento, no le había fallado.
Sin el resplandor ígneo del iridium, obviamente Mark no podía mantenerse en vuelo, aunque afortunadamente no habían ganado demasiado altura. Entonces, comprendiendo que el iridium no volvería a activarse, al menos de momento, envolvió a Candy entre sus brazos y procuró caer de espaldas para protegerla con su cuerpo.
-Mark, ¿ qué estás haciendo ? –exclamó Candy horrorizada, intuyendo lo que se proponía -¿ no irás a intentar sacrificarte por mí ?
Antes de que el joven pudiera responder, aunque la respuesta a tan apurada pregunta se hacía evidente por momentos, la pronunciada caída en picado de Mark, fue frenada por algunas ramas flexibles que se combaron hacia abajo bajo el peso del joven, pero que recobraron su posición inicial amortiguando la velocidad con la que se estaba acercando peligrosamente al suelo. Boca abajo, Mark identificó a los árboles tras un corto y somero examen:
"Abedules" –se dijo para sí.
En ese instante, reaccionó. Aunque las facultades mayores, se hubieran desactivado, ya fueran de forma temporal o permanente, confió en que sus reflejos no se hubieran visto afectados por la súbita desaparición de sus poderes. Mark consiguió posar sus pies brevemente sobre uno de los añosos troncos de uno de los centenarios abedules y flexionando las piernas con fuerza, se impulsó a otro árbol cercano, consiguiendo asirse a una de las largas y añosas ramas que partían de la copa más alta del árbol. Una vez que se hubo cogido por muy escaso margen a la rugosa corteza, se balanceó para sentarse sobre la rama junto con Candy. El frenazo fue un tanto brutal, pero consiguieron impedir que se estrellaran contra el suelo, logrando asentarse firmemente sobre la rama que les había salvado la vida.
-Por muy poco –comentó Mark arqueando las cejas y observándose la muñeca derecha por un repentino presentimiento que le había asaltado de repente. Cuando se descubrió la muñeca, en vez de observar la característica y persistente luminosidad que se apreciaba a simple vista, a través de la fina capa de piel de la misma, se percató extrañado, que el tenue resplandor anaranjado inducido por el iridium a su paso por aquella parte de su organismo, ya no existía, como tampoco, los leves temblores que de cuando en cuando, sacudían su piel, debido al vertiginoso recorrido del iridium, a su paso por las venas visibles a través de su muñeca. Asombrado, se lo mostró a su esposa, que tampoco dio crédito a lo que estaba viendo.
-Nada –comentó Candy asombrada, y observando atentamente las venas del brazo de Mark mientras hacía girar la mano de su esposo entre las suyas, examinando atentamente tanto el dorso como la cara superior de la extremidad –ni luminosidad, ni temblores- concluyó Candy negando con la cabeza y dando un respingo. No lo entiendo, cariño.
Mark no sabía si reír o llorar. Tantos años deseando ardientemente aquel momento, tanto tiempo ansiando desprenderse del iridium, como cuando lo intentó en vano destrozándose las venas para verterlo junto con su sangre, poco después de que Marcus Duvall cayese en pleno combate, reprochándose amargamente, no haber podido hacer nada para salvar la vida del exigente pero amable médico, que hubiera sido superior jerárquico y mentor de su esposa, y ahora que tan largamente acariciado deseo se tornaba realidad, comprobaba desalentado que lo hacía en el peor momento, justo cuando más necesitaba del iridium para trasladar sana y salva a Candy, y a él mismo también hasta por lo menos, un lugar civilizado desde el que pudieran intentar salir del país, dado que se encontraban en un desolado páramo, en mitad de ninguna parte y en el continuaban perdidos y solos.
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-¿ Te encuentras bien Candy ? –preguntó Mark, examinándola pormenorizadamente, temeroso de que tuviera algo roto o alguna lesión imposible de tratar en tan dramáticas circunstancias, porque también los poderes curativos del iridium, se habían esfumado como nieve al sol. Si tenía que socorrer a su esposa, en caso de tener algún daño interno o de gravedad, no le sería posible hacerlo. A excepción de sus felinos reflejos, todos los demás dones del iridium, se habían ido como lágrimas en la lluvia.
La muchacha asintió, y más preocupada de la salud de Mark, que de la suya propia, comenzó a su vez a examinarle, ejerciendo como enfermera en la misma copa del árbol como improvisado consultorio médico, poniendo tanto celo profesional en ello, que Mark, visiblemente irritado porque el iridium le hubiese fallado cuando más falta les hacía, pero intentando no transmitir su enfado o pagarlo con su esposa, trató de sonreír quitándole hierro al asunto.
-Estoy bien Candy –protestó levemente Mark- aunque un poco más débil. Al desaparecer las facultades del iridium, mi fuerza ha disminuido un poco, pero nada más, por lo demás me encuentro perfectamente.
-Eso lo dictaminaré yo –sentenció Candy con un deje de exasperación en la voz, porque no quería que su esposo interrumpiera tercamente como otras veces, el somero examen al que, como enfermera, le sometía, después de activar sus poderes y el consiguiente proceso de depuración de la sangre. Candy asintió satisfecha, tras revisar exhaustivamente el cuerpo de su marido, exhalando un suspiro de alivio. Entonces se acurrucó junto al pecho de Mark y le preguntó:
-¿ Qué crees que puede haber sucedido, Mark ?
Mark se pasó la mano por la nuca y los largos cabellos negros y dictaminó tras reflexionar brevemente, durante unos instantes:
-No lo sé cariño, pero ya me pasó en aquel pueblo, donde tuve…-Mark tuvo que hacer un esfuerzo para continuar hablando- que matar a aquellos hombres para defenderte, desapareció sin más, pero retornó al cabo de poco tiempo…cuando…cuando…sucedió todo aquello.
Candy cruzó los brazos sobre su pecho y lanzó un breve suspiro, mientras decía:
-Por favor querido, no saques ahora ese tema. Sabes que me da escalofríos de solo pensarlo. Prefiero ni acordarme de lo que pasó en Waterfield. Ni tampoco te martirices por esto. No ha sido culpa tuya en absoluto –le reconfortó Candy, mientras Mark se mesaba los cabellos con desesperación. Finalmente, el joven negó con la cabeza, y repuso para alivio de Candy, que temía que su marido se hubiera sumido nuevamente, en uno de sus habituales altibajos:
-No sirve de nada lamentarse. Lo hecho, hecho está –dijo encontrando ligeramente irónica la frase, pronunciada casi sin pensarlo- debemos ponernos en marcha y luego ya pensaremos.
Se puso en pie sobre la rama del árbol. Candy tendió los brazos hacia él creyendo que se terminaría precipitando al vacío, pero Mark de un ágil salto se agarró al añoso y resbaladizo tronco del abedul y comenzó a descender ágilmente a tierra, sin perder de vista a Candy ni un segundo, pero la chica no había perdido ni un ápice de su habilidad para trepar por los árboles, aunque como siempre, no podía competir con el nivel desplegado por su marido.
-No corras tanto Mark –dijo Candy resoplando levemente porque no conseguía mantener el intenso ritmo de su esposo- no puedo alcanzarte.
Mark rió alegremente. Candy se congratuló para sus adentros, que pese a la gravedad de su situación, Mark conservara un relativo y moderado optimismo:
"Por lo menos, su agilidad no parece haber sufrido merma" –pensó Candy confortada, intentando que la falda de su vestido no le importunara para descender cuidadosamente "me había olvidado de lo rápido y diestro que es. No pensé que aprendiera tan rápidamente a desenvolverse con tanta soltura entre los árboles, y eso que la primera que le ví subir a uno, según lo que me contó, por lo menos, nunca lo había hecho antes. Mark, esposo mío, ¿ cuántos misterios más guardarás en lo más recóndito de tu alma ? ¿ realmente me habrás contado todo cuanto ha acontecido a lo largo de tu vida ?" ¿ llegará ese esquivo día alguna vez, amor mío ?, ¿ dejará de haber secretos entre tú y yo ?"
Estando como estaba, en los dominios de la instrospección, Candy no calculó bien su siguiente movimiento a la hora de buscar un nuevo apoyo en el nudoso tronco, y resbaló, perdiendo pie, precipitándose al vacío, con un grito. Afortunadamente, Mark ya había llegado al suelo y girándose rápidamente, se preparó para recogerla, extendiendo los brazos, casi sin tiempo para calcular aproximadamente cuando llegaría a tierra. La muchacha aterrizó entre las manos del joven, sana y salva, mientras lanzaba una breve exclamación de sorpresa cuando Mark acudió rápidamente a su rescate, para impedir que se precipitara contra el suelo.
-Debes de tener más cuidado Candy –le dijo Mark solicito, mientras la depositaba con cuidado en el suelo.
Estuvo a punto de reprocharle el que hubiera perdido el control de sus poderes, cuando cayó en la cuenta de que lo ocurrido no era responsabilidad alguna de Mark. Puede que se hubieran visto nuevamente metidos en aquel embrollo, por causa de la capciosa y caprichosa sustancia que parecía dotada de voluntad propia, y que recorría libremente a placer el organismo de su esposo, aunque Candy se cuidó de morderse la lengua y no replicar nada. Si le hubiese echado en cara a Mark el que nuevamente estuvieran perdidos, en mitad de ninguna parte, habría terminado por hundir definitivamente la moral del atribulado joven.
No quedaba otra opción que echar a andar. No se veía ningún poblado, aldea o núcleo urbano en lontananza. Se trataba de una tierra baldía y yerma, un gigantesco erial de polvo y rocas jaspeado de pedregales donde crecían algunos cáctus dispersos, entre los que se movían sinuosas serpientes y reptiles que agitaban sus largas colas, mientras observaban a la pareja con sus fríos ojos de alargadas retinas.
Habían ido a parar a una especie de oasis, donde crecía un pequeño pero denso bosquecillo de abedules, entreverado con palmeras, que crecían en torno a un pequeño, pero profundo manantial de aguas transparentes y cristalinas, donde pastaban algunos yaks aparentemente salvajes, indiferentes a la presencia de aquellos dos humanos, en tan apartados lares.
Tras intentar tranquilizarse, hicieron acopio de agua como buenamente pudieron, utilizando algunos recipientes de plástico que Mark guardaba en su mochila, junto con las municiones de su arma. Por lo menos no pasarían sed ni hambre, y podrían defenderse en caso de ser atacados. Mark conservaba su agilidad, aparte de su arma, que había revisado recientemente.
Sin embargo la situación no tardaría en tornarse desesperada. No se apreciaba ningún asentamiento en lontananza, ni siquiera alguno de tipo tribal o nómada, eso sin contar que tal vez diesen con bandidos o tropas de algún señor de la guerra local. Candy se estremeció ante la sola idea de que la tragedia de Waterfield pudiera repetirse. Si alguien intentaba raptar a Candy, atraído por su esplendorosa belleza, con ocultos y ladinos fines, Mark saldría en su defensa, perdiendo la vida si fuera necesario para defender a su esposa. La joven cerró los ojos espantada ante esa posibilidad.
-De momento nos dirigiremos hacia el este –dijo Mark intentando infundirse ánimos así mismo, sobre todo por su esposa- tarde o temprano daremos con algún asentamiento.
-¿ Por qué no nos quedamos aquí, Mark ? –preguntó Candy de repente tras observar como algunos monos se disputaban con feroces gritos, un datil que uno de ellos había logrado arrancar de una de las palmeras - tenemos agua y comida en abundancia. Sería mejor, que internarnos en este espantoso y árido desierto, sin saber como orientarnos o que es lo que nos aguarda más allá de esas dunas.
Mark convino que la idea de Candy no era mala y decidió reelaborar su plan inicial, estableciendo el oasis como su base de operaciones. Le propuso a Candy los nuevos cambios y la muchacha coincidió con él en llevarlo a la práctica a falta de otra opción mejor. Tampoco podían pasarse los días, dentro del oasis sin hacer nada, ni procurar forzar un cambio en su situación. Tenían que procurar conseguir que les rescataran, pero obviamente, sin perecer en el intento.
Cada día partirían en una dirección aleatoria, hasta una distancia prudencial para no internase demasiado en el temible desierto, que pudiesen cubrir fácilmente, a efectos exploratorios, volviendo al oasis antes de que terminara el día, y pecnortarían allí, hasta el siguiente amanecer. Mark se ocuparía de montar guardia para que nada pudiera cogerles por sorpresa.
Tarde o temprano terminarían dando con alguien que estuviera dispuesto a ayudarles por una razón u otra. O eso, o aguardar a que el caprichoso iridium, le diera por retornar nuevamente, entregando sus dones a Mark, a saber ésta vez a cambio de qué. Candy, sopesó ambas opciones, prefiriendo la primera por encima de todo. Deseaba que el iridium se marchase, para no regresar jamás, dejándoles en paz, sobre todo a Mark.
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La opción más evidente y sencilla también había quedado descartada, por lo menos en lo que a Mark respectaba. Su comunicador de pulsera había quedado destrozado debido al fallido salto en el tiempo, al generarse una serie de campos electromagnéticos, que terminaron por freir los sensibles circuitos del vital y nunca suficientemente valorado por Mark, obsequio de Haltoran. Para colmo, al haber perdido sus poderes, y haberse extinguido todo rastro de iridium en su cuerpo, Mermadon tampoco podría localizarles.
Ni siquiera Mermadon podría rastrearles por su cuenta, dado que su capacidad para seguir su pista mediante la huella del ADN, se había desactivado de forma tan misteriosa e inexplicable, como la bala disparada por Ungern para comprobar su resistencia a los proyectiles, había conseguido desbloquear esa capacidad que Haltoran creía ya eliminada de la matriz del robot, al haber descartado que jamás funcionaría correctamente.
Una opción que ya habían discutido ambos, era aguardar en el oasis, a que Haltoran preocupado por su tardanza en llegar a Lakewood, enviase al robot, en su búsqueda tan pronto como este se encontrara disponible para realizar nuevas misiones. Con sus potentes sensores, que cubría grandes áreas de forma casi inmediata, localizarlos debería de ser un juego de niños, pero por el momento el robot estaba enfrascado en servirnos de medio de transporte hasta Odesa a mí y a Haltoran.
-Deberíamos haber partido juntos –dijo Candy con una nota de cansancio en la voz, mientras recogía algunos dátiles que los furibundos y escandalosos monos, habían olvidado llevarse consigo, ocupados como estaban en continuar peleándose por todo el oasis e incluso fuera de los límites del mismo. Mark descansaba de su frustrado intento de viajar en el tiempo, con la espalda reclinada en uno de los abedules, disfrutando de la fresca sombra que el gran y hospitalario árbol le brindaba. Para alivio de Candy, pero sobre todo del propio Mark, los largos y embarazosos regueros de sangre negra no llegaron a surgir de su espalda y hombros. La emisión de iridium a la atmósfera, había sido tan nimia, que no se produjo combustión alguna, y por ello, tampoco residuos que luego el organismo de Mark, tuviera que depurar a través de los consabidos y embarazosos regueros negros.
-Mermadon no podría haber soportado tanta carga, Candy. Yo podría haber ido sujeto a su espalda, pero ya con tu peso extra, no habría podido ni despegar.
Aunque no había pretendido realizar ninguna broma a costa de su esposa, la muchacha creyó que Mark le estaba tomando el pelo y metiéndose con su peso y sintió que su enojo crecía ligeramente:
-¿ Estás sugiriendo que he engordado, Mark ? –le preguntó lanzándole una mirada cargada de suspicacia.
Mark sonrió y negando repetidamente con las manos, declaró:
-No, desde luego que no, Candy, solo digo, que si Mermadon hubiera tenido que llevar encima cualquier otro pasajero adicional, hubieras sido tú, o cualquier otra persona, no habría sido capaz de despegar. No te des por aludida cariño, ya sabes que jamás realizaría bromas a tu costa.
Aquel era un rasgo distintivo del carácter de Mark, tan acusado y arraigado en él, que siempre le había llamado la atención, desde el primer día que le conociese y empezara a descubrir mejor que se escondía tras aquellos hermosos ojos negros, tan tristes y esquivos, que en ocasiones a Candy se le encogía el corazón de pena por el mutismo y los acentuados silencios de Mark, hasta que él mismo le reveló la principal razón de sus pesares más íntimos. La pérdida de su madre, delante suyo, había sido un durísimo golpe para él del que no se había recobrado aun. Desde entonces, sus ojos habían adquirido ese aire apagado y afligido que tanto la conmoviera y le atrayera, a partes iguales.
A veces, Candy gastaba inocentes bromas a su marido, que este acogía con afabilidad, pero sin embargo, nunca se daba el extremo contrario, pese a que Mark, en los escasos momentos, en que hacía gala de un excelente humor, coincidente con los también escasos momentos de vida en común, en paz durante los que conseguían ser felices, realizaba imitaciones de algunas de las personas de su entorno, como la tía abuela Elroy, que ya le había sorprendido en más de una ocasión, parodiando sus adustos y secos modales y su gesto siempre avinagrado y pétreo. Quizás se debía a que la amaba tanto, que tenía miedo de que una inocente broma sin la mayor importancia ni trascendencia, pudiera hacer que Candy, se sintiera ofendida y decidiera retirarle la palabra e incluso apartarse de su lado.
La muchacha sonrió halagada por la inocente y a veces excesiva prudencia de Mark en relación a ella, y levantándose tras depositar los frutos que había recolectado en el suelo, avanzó resuelta hacia él. Cuando estuvo a su lado, tras dirigirle una elocuente mirada cargada de deseo, se desprendió de algunas de sus prendas.
-Ya sé que jamás me ofenderías a posta, amor mío, pero tienes que ser un poco más alegre. –comentó haciendo exageradas muecas mientras hacía el pino, que hicieron reir a Mark finalmente.
-A veces eres demasiado serio. –declaró recobrando la compostura como si nada –Anda, ven aquí conmigo, hace tiempo que no estamos juntos, así como ahora, quiero decir que no nos hemos sincerado últimamente –le dijo Candy con voz melosa, haciendo que la piel del joven se le erizase, con un grato estremecimiento de placer, de tan solo escucharla.
Luego se puso de rodillas, abrazándole de improviso, y besándole ardientemente, ambos se dejaron llevar. Se fueron desnudando mutuamente, para amarse durante mucho tiempo, sin prisas, como si el tiempo hubiera dejado de existir para los dos.
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Había transcurrido un día desde su accidentada y abrupta llegada al oasis. Tras pasar la noche como mejor pudieron, Candy intentando conciliar el sueño, y Mark, montando guardia con su arma al hombro, por si sucedía algún desagradable incidente, decidieron poner en práctica el un tanto peculiar plan esbozado la tarde anterior, caminando en línea recta hacia el norte. Candy no dejaba de bostezar, porque finalmente pendiente de los movimientos de Mark, que se desplazaba por todo el oasis, temerosa de que le pudiera ocurrir algo, había terminado a su vez, por velar por él, caminando a su lado. Pese a la insistencia de Mark para que descansase al menos, durante algunas horas, todo fue en vano y la muchacha permaneció a su lado, sin apartarse ni un ápice de su lado. Finalmente, ambos, rendidos y cansados, pero decididos a salir de exploración, emprendieron la marcha sin más preámbulos. Para colmo, los insidiosos y molestos monos que les seguían como si se tratara de su sombra, aprovechaban el menor descuido del joven para tratar de robarle sus provisiones, lo que obligaba a Mark a mirar por encima de su hombro cada poco rato. Candy tuvo que espantar a varios empecinados en deshacer sus coletas, tironeando de ellas en cuanto bajaba la guardia. Por eso, la sola idea de perder de vista a aquellos audaces y malencarados simios, por unas horas, aunque tuvieran que adentrarse en los secos y áridos parajes que les rodeaban, se le antojaba un alivio.
Quizás fuese una medida absurda, pero no podían descartar que Mermadon volviese a tener problemas y en previsión de que el rescate por parte del robot o del propio Haltoran, fuese a demorarse, se internaron en los áridos alrededores.
Tal vez no se encontraran con nadie, tal vez tardasen varios días más en conseguir ayuda, pero de una cosa estaban completamente seguros, no podían quedarse ociosos sin intentar buscar alguna salida.
Después de deambular durante una hora sin cruzarse con nadie, empezaron a tener hambre. Candy echó mano a la mochila de Mark y extrajo algunos dátiles, tendiéndole varios a su marido.
-Menos mal que me quedé de guardia –dijo Mark empezando a desgajar uno de los oscuros y apetitosos dátiles para comérselo- esos malditos monos trataron de robarme la mochila, aunque no les perdí de vista ni un momento.
-¿ Cómo impediste que se la llevaran ? –preguntó la joven, temerosa de que hubiera hecho daño a uno de los audaces y furtivos animales.
-Cargando con la mochila a cuestas, y aun así casi nos robaron las provisiones –contestó Mark revisando la gastada mochila cuidadosamente, para comprobar que no faltase nada. Por un momento, creyó que le faltaba una de las ojivas cónicas, pero para su tranquilidad la encontró enseguida.
-Esos monos de la porra…-se quejó Candy, recordando la ajetreada noche que había pasado en vela, desperezándose nuevamente para intentar sacudirse el sueño atrasado y restregándose los ojos con la mano derecha – apenas he podido dormir, con los chillidos que daban.
-Durante la madrugada apenas se les oyó –repuso Mark balanceando la pesada arma sobre su hombro izquierdo- deberías haber aprovechado para dormir, Candy.
La muchacha le tomó por el brazo derecho y dijo esbozando una bella sonrisa:
-¿ Y dejarte a solas en tu romántico paseo nocturno ? –bromeó ella. Ni hablar, amor mío –exclamó Candy colgándose de su brazo derecho. La presencia de la monstruosa arma balanceándose sobre la espalda del joven hizo que esbozara una mueca de contrariedad, pero intentó pasarlo por alto. No obstante, tocando el botón de plegado, hizo que se encogiera hasta quedar reduciada al tamaño de una batuta, que guardó en su bolsillo, mientras Candy batía palmas, celebrando su decisión y cabeceando exageradamente para enfatizar su aprobación.
Mark arqueó tanto las cejas, que Candy se echó a reír, sin poder evitarlo, ante la cómica expresión de su marido.
Finalmente, el propio Mark sumó sus propias carcajadas a las de Candy. La joven enmudeció poco a poco, manteniendo una expresión amable y feliz. Le gustaba tanto oírle reír, había tenido tan pocas ocasiones de escuchar su maravillosa risa y observarle contento, qué más de una vez, había lamentado no haberle conocido antes del trágico accidente que segó la vida de su madre ante sus asombrados y atónitos ojos, convirtiéndole en un ser oscuro y amargado, inmerso en las más lóbregas simas del dolor.
-Me alegro que hayas guardado ese armatoste –le dijo reposando sus rizos dorados sobre la gastada manga derecha de la cazadora negra- verlo solo me produce escalofríos.
Mark intentó argumentar con su esposa, que si lo llevaba desplegado era para poder reaccionar rápidamente ante cualquier potencial amenaza, pero previendo una retahíla de reproches y razones en contra, optó por no seguir por ese camino. A fin de cuentas, si tenía que usarlo, lo haría de todas maneras, por mucho que le doliera a Candy, y a él mismo, por tener que recurrir a la violencia nuevamente. De hecho, si no hubiera disparado el arma, cuando regresaban a bordo del Mauritania a Estados Unidos, el submarino germano que lo atacó, habría hundido al indefenso barco, tras lanzarle una salva de tres torpedos, que Mark consiguió destruir justo a tiempo.
Por el momento se movían por una superficie plana como una mesa y lisa como un espejo. No hacía un excesivo calor, porque el sol aun no se hallaba en su cenit, pese a que se encontraban en pleno desierto y no cesaban de mirar hacia los lados por si distinguían algún movimiento inusual. Habían acordado adentrarse en aquel erial, todo lo que les diese de sí el plazo máximo de dos horas, transcurridas las cuales, retornarían otra vez al oasis. Algunos huidizos reptiles que vegetaban sobre las rocas, aguardando a una desprevenida presa se escondían tan pronto como captaban su presencia y los únicos grandes mamíferos que encontraron en su peregrinar, fue un par de tímidos y asustadizos yaks salvajes, que huyeron tan pronto como detectaron a los dos humanos que se deslizaban entre las arenas con parsimonia y gran prudencia.
A medida que la mañana iba avanzando, el calor apretó cada vez más. Lo que inicialmente había sido una relativamente relajada travesía, no tardó en transformarse en un suplicio. Los rayos del inclemente sol caían a plomo sobre ambos, castigando especialmente a Candy, que pese a su resistencia y fortaleza de ánimo, comenzó a sucumbir gradualmente bajo el sofocante y bochornoso calor.
Mark, pese a no estar protegido por el poder del iridium, debido a que se había extinguido tan imprevistamente como la llama de una vela barrida por una corriente de aire, resistía mejor que su esposa las acometidas del asfixiante calor, aunque no tardaría en acusar los efectos del árido clima que se enseñoreaba de aquellos solitarios lugares.
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-Tengo…sed.
La voz vacilante y apagada de Candy taladró el alma de Mark. El joven moreno cargaba a su esposa en brazos, caminando torpemente, tastrabillando e implorando a todos los hados, por localizar el camino de vuelta al oasis, lo cual le resultaba imposible.
Había sido víctima de un exceso de confianza. Creía que caminando en línea recta, conseguiría orientarse gracias a la posición del sol, pero no era tan sencillo. Mark había adquirido muchas facultades y acrecentado otras, debido a la acción del iridium, que había estimulado algunas de sus funciones cerebrales, y una de ellas era un prodigioso y casi innato sentido de la orientación, pero sin el respaldo de la sustancia anaranjada, se había disipado sin dejar rastro.
Las dos horas que se habían dado de plazo para internarse en el seco y árido desierto bajo un tórrido calor que les hacía sudar profusamente e iba mermando sus fuerzas, gradualmente, se convirtieron en cuatro, y luego en seis, por lo que las escasas provisiones de las que habían hecho acopio, fueron mermando paulatinamente. Mark guardaba su cantimplora intacta para Candy, la cual ya había consumido el contenido de la suya, en previsión de ese momento.
Mark contempló a su esposa intentando que sus lágrimas no delataran el pesar por el que estaba atravesando. Lo más cerca de una situación así que Candy había estado, era cuando fue obligada a viajar a México contra su voluntad, acusada de un falso robo, en compañía del cruel guía caravanero Marcos García. La muchacha conservaba entre sus manos como un preciado tesoro, una de las espléndidas rosas que Anthony le había regalado y para que la flor no se marchitara decidió regarla con la escasa provisión de agua que García le asignaba. Aquella decisión le costó algún que otro reproche y bofetada de García, lo cual casi hizo que Mark entrara en acción para ayudarles. Entonces tenía sus poderes, que pese a lo que ambos los habían denostado, les sacaron de más de un apuro. Pero ahora no tenía nada, nada para saciar la sed de su bella esposa, nada que sirviera para librarla de un trágico desenlance. Y si Candy expiraba, él lo haría con ella. Mark destapó la cantimplora y la inclinó, vertiendo el líquido que surgía de su interior, en los labios resecos de Candy, que bebió con avidez. La joven abrió los ojos y pareció sentirse mejor.
Entonces reconoció a Mark y acariciándole las mejillas sonrió y dijo:
-Mark, no deberías ser tan bueno y empezar a preocuparte un poco más por ti. No has bebido nada desde que salimos del oasis.
El joven la atrajo hacia sí y musitó en sus oídos, intentando no ceder a la desesperación:
-Eso no me importa amor mío, solo quiero sacarte de aquí cuanto antes, porque yo te metí en esto.
Candy sintió como le hervía la sangre, por no poder hacer a su vez gran cosa, para aliviar sus problemas y sobre todo, la comezón que asaltaba a Mark, que se sentía culpable por no haber hecho caso a la sugerencia de su esposa.
-Tenías razón, Candy –añadió Mark apesadumbrado y cediendo a las acometidas de la aflicción- debimos quedarnos en el oasis, aguantando a esos malditos monos –hizo un esfuerzo por bromear, pero le resultaba imposible continuar disimulando su temor a quedar varados en aquel horrible desierto, para siempre- por lo menos allí, teníamos agua y comida, pero aquí, aquí…! Solo hay arena, y vegetación reseca, no hay nada, nada de nada ¡ -exclamó Mark, que había depositado a Candy sobre la arena, comenzando a mesarse los cabellos con desesperación. Candy asustada, corrió hacia él para abrazarle y transmitirle su apoyo.
-No, cariño, no,no,no –le dijo intentando calmarle- tú no tienes la culpa de nada, mi amor, esto no tiene nada que ver contigo. No desesperes, saldremos de esta.
Cuando Mark se giró, dando la espalda a Candy para que no fuera testigo de su incipiente llanto, divisó entre las arenas, a un escorpión de color rojizo que correteaba sobre el marchito suelo, adelantando su temido agijón cargado de veneno, mientras se desplazaba rápidamente sobre sus cortas patas sorteando las rocas y diversos obstáculos que surgían a su paso. Por un instante, a Mark se le ocurrió interponer su mano en el camino del mortífero animal para que este terminara con su vida de una vez por todas, clavándole el temido y aguzado agijón, ahora que el iridium no corría por sus venas ni podía contrarrestrar la toxicidad de su veneno, con su poder curativo, pero si lo hacía dejaría sola a Candy expuesta a los peligros de toda índole, que sin duda acechaban en cada rincón de aquel inmisericorde desierto. Además, el que el iridium, se hubiera agotado, ya fuera porque sus reservas, si es que existía una limitada cantidad del mismo dentro del cuerpo de Mark, habían llegado a su fin, o porque su poder se hubiera consumido después de concluir su ciclo, era algo de lo que Mark era tan culpable, como que por primera vez, la explosiva y formidable sustancia le alcanzase de pleno, matando a todos los que se debatían en una sangrienta lucha a su alrededor, menos a él, o lo que era lo mismo, no tenía la menor responsabilidad de nada, en ambas situaciones, si acaso, de estar en el lugar equivocado en el momento menos indicado. Entonces, creyó divisar un refugio, una especie de cueva que parecía abrirse en las entrañas de aquella reseca y deshidratada tierra. Sin pensárselo dos veces, caminó a trompicones, recogiendo a su esposa nuevamente en brazos. Candy, que se encontraba medio adormilada, por efecto del fuerte calor, chilló levemente y protestó al sentir como Mark, la alzaba en vilo nuevamente.
-Bájame Mark, bájame, puedo caminar sola –protestó Candy, que nuevamente intentó restar importancia a la acusada debilidad, que iba adueñándose de ella.
Sin embargo Mark hizo caso omiso de los ruegos de su esposa y besándola en las mejillas y en el inicio de su nariz, justo por encima de donde figuraban sus pecas, le dijo:
-No Candy. Ahora me toca cuidar de mi valiente y heróica esposa. No te voy a soltar, por mucho que te disguste mi comportamiento.
Mark la transportó con sumo cuidado. Pese a sus aparentes reticencias, a Candy le encantaba que Mark tuviera tales atenciones con ella y había intentado negarse, aunque fuera en vano, a que Mark la llevase en brazos, porque estaba agotado y cargar con ella en volandas, solo haría que se cansase antes. Pero Mark estaba decidido a llegar a la cueva, costase lo que costase.
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Cuando llegaron a la entrada de la cueva, Mark, comprobó un tanto extrañado que no parecía natural, si no, que manos expertas la habían labrado hacía muchos siglos, a juzgar por la pátina de moho y de antigüedad que parecía haberse posado sobre las vetustas piedras.
Mark descendió lentamente los escalones de piedra seguido a corta distancia por su esposa, hasta toparse con un gran bloque de granito que les cortaba el paso en mitad de un largo y sinuoso pasillo. Mark se inclinó ante la roca, más bien una pesada losada rectangular de mármol, que se alzaba ante ambos impidiéndolas la entrada, y en la que el joven pudo leer o adivinar una especie de inscripción labrada, muy probablemente con cinceles y buriles sobre la dura superficie marmórea.
-Es muy curioso…y extraño –dijo deslizando sus dedos sobre los extraños caracteres de la inscripción y mirando a Candy de hito en hito, y que le observaba sin entender nada –estos caracteres, Candy –explicó con detenimiento a su esposa- son griegos. No deberían estar aquí, no en esta parte del mundo.
Mark fue deletreando a media voz cada uno de aquellos símbolos, primorosamente esculpidos en la roca, y largamente escondidos debido a los siglos transcurridos y perdidos entre las brumas del tiempo, hasta que por una imprevista casualidad, Mark y Candy, los habían redescubierto.
-¿ Entiendes lo que dicen Mark ? ¿ puedes traducirlos ? –preguntó Candy con voz ligeramente chillona, por la emoción del momento.
Como no estaban a demasiada profundidad, y los peldaños estaban al descubierto, la luz del sol inundaba el estrecho pasadizo permitiendo que Mark pudiera distinguirlos sin dificultades, y irlos traduciendo sobre la marcha. Candy asombrada, no acertaba a articular palabra y bisbiseó en el sepucral silencio de aquel olvidado lugar:
-No sabía que también hablaras el griego –dijo Candy abriendo unos ojos como platos.
-No cariño –dijo Mark interrumpiendo su labor para observarla brevemente- entiendo algunos caracteres pero no todos. Y además lo hablo fatal. El iridium me concedió facilidad para aprender algunos idiomas, al poco de escuchar varias palabras, o haberme puesto a estudiarlos, pero unos cuantos, como el ruso o el griego, se me resisten bastante, pero bueno, he logrado interpretar el significado fundamental de estos textos.
Candy se situó a su espalda y le abrazó desde atrás, reclinando su cabeza sobre el hombro izquierdo. Mark se restregó los ojos tras dar un respingo, y arquear el cuerpo involuntariamente hacia atrás. Volvió a verificar la exactitud de la traducción por tercera vez, cotejando algunas notas que había tomado sobre la marcha, arrojando nuevamente, un resultado tan positivo como estremecedor. Mark comenzó a leer la inscripción con voz trémula y emocionada no exenta de un contrapunto de solemnidad:
"Aquí yace Megas Alexandros, el gran conquistador de tierras sin cuento ni parangón,y aunque ahora su cuerpo ocupe únicamente, el exiguo pedazo de tierra que necesita para su eterno descanso, su grandeza y su leyenda, junto con su gloria se extenderán por siempre a todos los lares del mundo conocido".
-No, no puede ser –dijo Candy a media voz, entre asombrada y maravillada de lo que su mente, le estaba sugiriendo, al igual que en el caso de Mark y que tenía miedo de admitir.
Aquello era un sepulcro y en su interior, de ser cierta la inscripción que figuraba en la lápida funeraria, estaría enterrado tras su gruesa superficie, el gran conquistador Alejandro Magno junto a todos los ornamentos reales, la pompa y el boato que le acompañaron en vida.
Las paredes del pasadizo, cuyas escaleras se internaban en las entrañas de la tierra y que habían bajado con tiento y cuidado, estaban decoradas con frescos y bajorrelieves, representando escenas de batallas, transcurridas en algún momento de un lejano pasado, y posiblemente olvidadas. Por todas partes, podían verse representaciones de antiguos hoplitas, soldados de infantería griega, con su típico escudo redondo, el hoplón, que les confería su nombre, y con los rostros cubiertos por unos característicos cascos corintios, que solo dejaban entrever los ojos, y parte de los labios. Cada hoplita, protegido por una sencilla pero efectiva armadura de cuero, iba armado con una larga y afilada sarissa, lanza de varios metros de longitud, que apuntaban hacia delante creando una bosques de afiladas puntas, contra las que sus enemigos se estrellaban indefectiblemente, aprovechando su entrenamiento militar y su legendaria disciplina, consiguiendo muchas veces derrotar a enemigos superiores en número. Sus adversarios estaban representados en otra parte de la galería. Eran hombres de ropajes coloridos y ligeramente acorazados, a diferencia de sus enemigos griegos que cargaban con sus lanzas en ristre. Y presidiendo el fragor de la batalla, un hombre de cabellos rubios y alborotados, con el porte de un rey y el semblante de un héroe clásico de la Mitología, cabalgaba a lomos de su caballo imponiendo su poderosa presencia, a lo largo y ancho del campo de batalla. La escena era tan vivida, su representación tan natural y realista, que Candy notó un estremecimiento como si el rostro del hombre rubio hubiera cobrado vida, y posado sus ojos sobre los de Candy.
-No cabe duda –dijo Mark examinando cuidadosamente los bajorrelieves y frescos, probablemente no vistos por ojos humanos desde hacía más de dos mil años- se trata de una falange macedonia, una unidad de infantería muy temida en la Antigüedad, hasta el nacimiento de la legión romana Candy –dijo a la muchacha- y ese hombre, es sin duda, Alejandro Magno.
Candy miró a su esposo y le preguntó temerosa de recibir una respuesta afirmativa:
-¿ Llegaste a conocerle Mark ?
El joven se pasó una mano por los cabellos ante la embarazosa pregunta y afirmó lentamente, notando un nudo en la garganta que le hacía difícil hablar, aunque finalmente decidió contarle la verdad a su esposa:
-Sí, pero solo le ví desde lejos, no me atreví a salir a su encuentro, porque temía provocar un cambio histórico de consecuencias impredecibles si me inmiscuía en su camino, Candy. Y te puedo asegurar –le dijo con la voz temblando ligeramente de emoción- que tal como le ves aquí, en esta pintura, así era él, Candy, por lo menos, cuando iba a lomos de Bucéfalo, presentaba el mismo aspecto que en los frescos. Iba al frente de sus falanges. Nunca ví nada parecido Candy. Sus tropas, con él a la cabeza, cruzaban de un horizonte a otro, y resultó estremecedor.
-¿ Te vieron, Mark ?
-No, por lo menos, que yo tenga constancia. Me escondí a tiempo aquel día, entre los peñascos de un promontorio rocoso, en lo alto de un desfiladero, y creo que pasé desapercibido. Pienso que aquel lugar, pertenece a Afganistán, es o será, un país desértico, próximo a la India, Candy. Cuando hubieron pasado de largo, conseguí saltar en el tiempo otra vez sin que nadie me descubriera. Ya que estamos aquí, lo mejor será que bajemos, a ver que podemos averiguar. Esto es un momento histórico. La sepultura de este hombre ha sido buscada por gentes de toda índole y condición social a lo largo de los siglos –senteció Mark gravemente.
-Y ahora la encontrado nosotros –afirmó Candy a media voz, mientras Mark asentía mirándola brevemente.
Ante la magnitud de semejante hallazgo, la sed, el calor y las privaciones pasaron momentáneamente a un segundo plano.
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De cómo el gran conquistador, legislador, rey y divinidad viviente había llegado hasta allí era un completo misterio, que solo tal vez, la apertura del sepulcro, pudiera arrojar luz sobre el hecho, al suministrar las claves y pistas que faltaban, para resolver aquel complicado y enrevesado enigma.
Quizás, si hubiese contado con sus poderes, podría haber removido la lápida que les cerraba el paso, utilizando las llamaradas que nacían de sus antebrazos, a modo de improvisado soplete para cortar la piedra y crear una abertura para poder entrar, pero la superficie de la losa era resbaladiza y estaba completamente intacta, no mostrando el menor resquicio, siquiera, que permitiera ejercer fuerza para empujarla y hacerla a un lado, tarea por otro lado, más que imposible, debido al descomunal peso, de la petrea puerta, que de ser abierta o forzada, daría acceso a la cámara funeraria.
Mark empujó e hizo fuerza hasta quedarse sin aliento, pero todo fue en vano. La dura lápida no se movía ni un ápice para franquear la entrada de ambos.
-Según tengo entendido –dijo Candy recordando de memoria, algunos pasajes de libros de historia clásica, que había leído en la biblioteca de la gran casona de Lakewood que por ironías del destino, terminaría perteneciéndola a ella y a Mark, acerca de la mítica figura, cuyos restos se suponían enterrados al otro lado de la losa- Alejandro falleció en Babilonia a la edad de treinta y dos años, víctima de unas fiebres.
-Y su final fue un completo misterio –apostilló Mark- algunos historiadores creen que fue envenenado por Aristóteles, su mentor, porque ordenó ejecutar a su cronista Calístenes, sobrino de Aristóteles, por no postrarse ante el Gran Rey, y dedicarle las alabanzas que deseaba escuchar. Y como Aristóteles, según la leyenda, era experto en venenos, saca tus propias conclusiones, Candy. Pero solo son meras conjeturas, nada sólido o serio, Candy.
-Además, ¿ qué hace aquí ? ¿ en plena Mongolia ? ¿ tan lejos de donde se supone que falleció ? ¿ quién lo trajo hasta aquí y por qué ? –preguntó la muchacha deslizando la vista por los maravillosos frescos y bajorrelieves, que plasmaban con realismo y detalle, la batalla de Gaugamela, donde el poderoso e invencible general, terminó con el milenario imperio persa, al derrotar a las fuerzas del Rey Darío, en una seca y arenosa planicie, donde transcurrió la decisiva contienda.
Mark iba a responder, lo que en su opinión podría resolver aquellas dudas formuladas por Candy, pero sus interrogantes quedaron en suspenso, en el aire, sin respuesta. Los sonidos típicos de una larga caravana que sonaban en las cercanías, tal vez de mercaderes, interrumpieron sus cavilaciones. Candy, esperanzada subió las escaleras de tres en tres, dispuesta a salir al encuentro de los desconocidos viajeros. Mark la retuvo un momento, asiendo su muñeca derecha con cuidado, lo cual no impidió que sin querer apretase un poco más de la cuenta, haciendo que Candy soltara un involuntario grito de dolor.
-Cariño, por favor, –le rogó Candy chillando levemente -no aprietes tan fuerte mi mano, me estás haciendo daño. No temas. No va a pasarme nada. Iré con cuidado.
-Perdóname Candy, -dijo Mark aflojando de inmediato la presión de sus dedos y retirando la suya de inmediato - pero no me fío, podrían ser bandidos o tropas de algún señor de la guerra local. Debemos andarnos con mucho cuidado.
Candy asintió y ambos subieron a la superficie dejando para otro momento, las apasionantes preguntas que se habían formulado hacía menos de dos minutos. Por otra parte, temían que el sepulcro fuera descubierto por aquellos desconocidos y que en su codicia o, dominados por un insano y malentendido afán saber, o de curiosidad científica, pudieran dañarlo y arruinarlo definitivamente. Si tenía que luchar, para preservar la sepultura del conquistador, no le quedaría otro remedio que utilizar su arma pesada para impedir que violasen su integridad, porque les superaban ampliamente en número. Pronto descubrirían que el único interés de aquellos depauperados hombres era sobrevivir por encima de todo, y no obtener beneficio alguno del mítico sepulcro. Por otra parte, venían por una dirección opuesta, de espaldas a la sepultura. Difícilmente podrían haber detectado el umbral de la misma, practicado en la roca viva de la montaña, aunque Mark hubiera logrado dar con ella por pura casualidad confundiéndola con una cueva, porque precisamente estaba mirando hacia donde se encontraba la entrada del sepulcro desconociendo su auténtica naturaleza.
La comitiva, que llevaba todos sus pertrechos a lomos de yaks peludos y que no cesaban de bramar continuamente removiéndose inquietos, y negándose tercamente a seguir dócilmente las órdenes de sus cuidadores humanos, estaba conformada por un sin fin de hombres que caminaban lentamente, en una larga y sinuosa fila, semejando disciplinadas hormigas, siguiendo a otros hombres de semblante oriental tocados con gorros de fieltro, que parecían servirles de guías. Nadie hablaba apenas, o cantaba. Candy siempre recordaría con apresión el contraste entre aquellas expediciones de reclutas y jóvenes voluntarios que se dirigían hacia los horrores de la guerra entonando animadas canciones militares y las que volvían, probablemente integradas por muchos de aquellos hombres, destrozados, silenciosos, mutilados, con el brillo de sus ojos apagados por cuanto habían visto y vivido. La expresión indiferente, casi resignada de aquellos hombres curtidos, evocó en ellas aquellas entusiastas comitivas de hombres que marchaban hacia el frente, y las que retornaban completamente callados, remisos a contar los horrores que habían presenciado y vivido, moralmente hundidos, y con sus ilusiones rotas y deshechas.
Mark aguzó la vista y creyó distinguir sobre las cabezas de los soldados, de gesto cansado y cetrino, que iban enfundados en andrajosos uniformes raídos y desatrados, portando displicentemente sus armas al hombro, la Unión Jack, la bandera británica ondeando junto a la nueva enseña de Rusia. Mark retuvo a Candy para impedir que saliera corriendo a su encuentro, pese a los rasgos occidentales de las apretadas filas de soldados, y sus característicos uniformes verde oliva, que les distinguían como combatientes del Imperio Británico. Finalmente, Candy percibió las decididas y marcadas facciones del capitán Duncan y saliendo de su escondrijo, agitando los brazos llamó la atención de este y algunos de los militares que andaban con andar cansino y pausado, junto a él.
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Los oscuros ojos del capitán Duncan Jackson no daban crédito a lo que estaban viendo. Surgida de la nada, apareció aquella enfermera rubia tan vital y vivaracha, como hermosa y resistente a las adversidades que conociera durante los aciagos días vividos, en los ensangrentados campos de batalla europeos de la Primera Guerra Mundial, y junto a ella, aquel joven soldado de ojos tristes, del que se rumoreaba que era su marido, extremo que quedó plenamente confirmado y demostrado, poco antes de que el llorado doctor Marcus falleciera, cuando tomando las alianzas de oro que ofrecía a Candy, y que habían pertenecido al viejo doctor y a su esposa, las desprendió de la cadena que las engarzaba deslizándola en uno de sus dedos, y la otra en otro de los de su esposa. Poco antes de salir al paso de los militares que caminaban silenciosos y con gesto abatido, Candy le rogó que no revelase nada de su portentoso descubrimiento a nadie. Mark, que era de la misma opinión que ella, asintió y coincidió que lo mejor sería continuar respetando el eterno descanso del conquistador. Cuando Candy llegó hasta Duncan, el cual creyó que le daría un pasmo, mientras la muchacha intentaba tranquilizarle, así como a ella misma, de lo nerviosa que estaba. Pero las sorpresas no habían hecho más que comenzar. Mientras Candy iba contándole muy por encima, como había llegado hasta allí, ocultando ciertos detalles acerca de Mark o de nosotros, por obvios pero no menos ciertos y reveladores, otro hombre se destacó del grupo sin que Duncan o Candy o Mark se percataran, hasta que se plantó ante ellos, jadeante y con evidentes ganas de decir algo, aunque parecía no atreverse a hacerlo. El hombre estuvo estudiando la fisionomía de Candy con disimulo y recato desde un discreto segundo plano, mientras comparaba sus facciones con las de una foto de la joven, que misteriosamente había ido a parar a sus manos, sin atreverse a conversar con ella hasta no estar completamente seguro de que ambas, fuesen la misma persona. Finalmente estalló en lágrimas y le dijo de improviso atrayendo su atención y de los que la rodeaban:
-Candy, me llamo James O´connor, y soy tu padre –declaró sin poder contenerse por más tiempo y casi sin aliento, por la emoción que le embargaba, debido a su inesperado reecuentro con la muchacha.
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Quizás la reacción de James O´connor, en presencia de Candy, no fue la más indicada, pero de cualquier manera, el daño ya estaba hecho. o quizás la insoportable y larga sucesión de remordimientos que venían atenazándole, y la incertidumbre que tanto padre como a hija habían estado sufriendo, tocasen a su fin. Candy vaciló, creyendo que volvería a desmayarse, como cuando Eleonor le refirió que ella era su verdadera madre en el camerinio de aquel teatro de Chicago, pero en esta ocasión Mark estaba a su lado, y su proximidad la confortaba y la mantenía arropada. Duncan Jackson se había quedado sin habla, pero acostumbrado a impartir órdenes y tomar decisiones que atañían a las vidas de los hombres que tenía a su cargo, actuar ante un reencuentro tan dramático como áquel, no costó demasiado. Hizo un gesto a sus hombres, impartiendo una breve orden. Los soldados fueron alejándose, dejándolos solos, permitiendo que James, aunque quizás no lo mereciera, tuviera esos momentos de intimidad con su hija. En cuanto a Mark, Duncan no intervino y dejó que Candy decidiera al respecto. A fin de cuentas, era el esposo de la bella muchacha y era una cuestión que deberían dirimir entre ellos mismos.
Duncan encogió sus amplios hombros y se retiró sigilosamente junto a sus soldados para sentarse en una piedra de color oscuro, frente a la cual se alzaba un espinoso arbusto, de flores de vivos y atrayentes colores, amarillas y blancas. El hombre retiró el casco de acero de sus sienes tras desatar el barboquejo que abrazaba su barbilla y reflexionó con la cabeza apoyada contra el tallo de la planta, una vez que arrancó con cuidado las aguzadas espinas, tal y como un anciano derviche le había enseñado a hacer, en Turquía.
"Que vida esta" –pensó mirando de soslayo a sus hombres cansados y abatidos, cubierto de sangre y de arena -"hace unos años, comandé algunos hombres en la barbarie de la guerra que asolaba Europa, y me crucé con esa encantadora muchacha".
Asintió. Una serpiente moteada, con franjas negras y amarillas pasó silbando a dos metros de sus botas. Duncan la observó indiferente y ni se movió. El reptil no hizo ademan de atacarle, por lo que el capitán hizo otro tanto de lo mismo, respetando la vida de la serpiente.
"Y ahora estoy en los confines de este mundo, al frente de los restos de un batallón, que había sido enviado aquí, por razón de no sé que pactos entre nuestro Gobierno y el suyo. Y por azares que ni me hubiera podido imaginar, me los encuentro aquí a los dos. Dos bocas más que alimentar".
Duncan repasó mentalmente la lista de provisiones que ya se sabía de memoria, tras ordenar inventariar sus escasos y ya de por si mermados recursos. Aunque las autoridades rusas, les estaban dejando pasar sin mayores contratiempos, permitiendo la retirada de toda unidad extranjera del suelo ruso, habían tenido varios encontronazos, con fuerzas leales a señores de la guerra y partidas de bandidos, que les habían ocasionado numerosas bajas. Para colmo, el calor, las fieras, los obstáculos que la inclemente naturaleza ponía en su camino, tampoco contribuían a aliviar su desesperada situación, y que por supuesto, no entendían de acuerdos políticos o negociaciones.
Si no llegaban pronto a Darhasi, un puesto avanzado ruso en pleno corazón de Mongolia, desde donde un tren hospital equipado con la más moderna tecnología médica de entonces, les evacuaría hacia Vladivostok, y de allí, un barco fletado por el Gobierno norteamericano y británico los llevaría hasta Estados Unidos en un largo periplo, probablemente no sobrevivirían.
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-Mark, querido, déjame a solas con él, por favor –rogó Candy, mientras Mark observaba al hombre con expresión enojada. Por lo que sabía de James O´connor, había renunciado a Eleonor y a Candy por presiones de su familia, pero no quiso juzgarle o afear su conducta delante de su esposa. A fin de cuentas, era su padre, y lo que ocurriese entre los dos, pertenecería exclusivamente a su más estricta intimidad. Mark no trataría de sonsacar a Candy nada acerca de cuanto hablase con su padre, a menos que ella decidiera preguntarle.
El joven, afirmó sin decir palabra y besándola en la frente y en las manos, se dispuso a dirigirse hacia un apartado rincón. Antes de dejarla a solas con su padre, Candy retuvo sus manos y le susurró al oído:
-No te preocupes mi amor, estaré bien. Teniéndote cerca, me siento con fuerzas para hablarle –dijo mirando al abrumado James, que no se atrevía a levantar la cabeza para mirarla. Candy besó los nudillos de Mark y ambos se separaron por unos instantes. Mark camino hacia un grupo de soldados que le hacían señas para que uniera a ellos, mientras le mostraban un recipiente de piel curtida hechido de agua. No les hacía mucha gracia tener que compartir su mermada provisión de agua con los recien llegados, pero el capitán había sido tajante al respecto y ninguno de aquellos hombres curtidos, que habían visto y experimentado los peores horrores de los que es capaz el ser humano, discutía una sola de sus instrucciones.
Mientras Mark calmaba su abrasadora sed con el agua de un odre que le entregó un soldado, por orden de Duncan, Candy hacía lo mismo con una cantimplora que el propio James le había tendido. Era muy curioso que tras estar buscando a su padre afanosamente sin éxito, ahora que lo tenía delante, se preocupara de saciar su sed, quizás porque tal vez aquel gesto contribuyera a conseguir que se serenara lo suficiente.
-Sé que no tengo derecho a decirte nada, Candy. No me conoces y nunca antes he ejercido como padre más que durante un breve periodo, cuando tan solo eras un bebé y os abandoné a las dos –comentó el hombre con la vista fija en la arena- pero puede que no tuviera otra ocasión mejor para confesarte todo cuanto debo referirte. Déjame hablar, y luego odíame o despréciame. De hecho, es posible que después de esta conversación nuestros caminos terminen separándose.
Candy le escuchó en silencio. Sus lágrimas se vertían silenciosas sobre la arena, mezclándose con la misma y disolviéndose entre sus granos. No hubo abrazos, no hubo muestras de afecto, ni lágrimas emocionadas. Ni tan siquiera reproches. Candy permanecía sentada frente al hombre que afirmaba ser su padre, y de hecho era cierto. Pese al tiempo transcurrido, la apariencia del hombre que tenía frente así, coincidía plenamente con el de las fotografías. James habló largo tiempo, con voz desgarrada y rota, confesándola todo cuando había ocurrido desde que perdiera a su anterior familia y conoció a Eleonor, cuando había estado a punto de quitarse la vida hasta los trágicos momentos que les ocupaban. Era difícil condensar toda una vida en tan escaso margen de tiempo, pero James resumió lo mejor posible y de forma pormenorizada, todo cuanto bullía en su mente y en lo más recóndito de su corazón. Le habló de su encuentro en prisión con su hermanastra Katia, de la ardua y dificultosa manera, de cómo había llegado hasta allí y lo hacía con la convicción de quien no puede esperar perdón o comprensión por parte de la persona a la que ha ofendido. De hecho, James estaba resignado a que Candy le echara en cara todos los años que como padre, había perdido y desperdiciado al estar ausente de su lado, y que por supuesto no obtuviera su perdón en modo alguno. Candy le escuchó sumida en un denso y hermético silencio, con las manos entrelazadas sobre su regazo. Había cambiado sus ropas por un pantalón de peto de áspera tela de arpillera oscura, que el cocinero de la unidad le había procurado, aunque le estaba un poco grande. Cuando la voz de James se apagó finalmente, Candy avanzó hacia él, sentándose a su lado. Permaneció callada unos minutos, reflexionando y tratando de asimilar cuanto había escuchado y tras poner orden en sus pensamientos, levantó sus hermosos ojos de esmeralda hacia el horizonte que se unía a un cielo rojizo entreverado con tonos plateados porque estaba atardeciendo, y dijo:
-Te perdono….padre –declaró escuetamente la muchacha, mientras abrazaba sus rodillas con ambas manos tras haber encorvado el cuerpo, ligeramente hacia delante.
James la miró asombrado. Quiso añadir algo, pero Candy le interrupió hablando de nuevo:
-No puedo odiarte padre. Fui criada por dos buenas mujeres, a las que considero mis madres, que me inculcaron, que debía amar a mis semejantes, aunque a veces se me haga difícil mantener esa enseñanza –comentó tras girar la cabeza y clavar sus ojos de esmeralda en las pupilas claras de su padre. Has sufrido demasiado, lo veo en tus ojos, y ahora que ha ocurrido lo impensable, que nos hayamos reunido en los confines de este mundo, no tendría sentido prolongar más esta espiral de reproches y odios.
Como le dije a mamá, cuando me reveló su identidad en Chicago, necesito tiempo para asimilar esto –resopló y crispó sus pequeñas manos en torno a las perneras de su pantalón- porque ella, aun cuando me confió al Hogar de Pony, de lo que jamás me arrepentiré, estuvo conmigo durante mi infancia, a intervalos y tuvo el valor de confesarme el secreto de mi origen, pero tú, padre, eres un completo desconocido para mí, y eso es algo, que cuesta admitir.
James conocía el dramático momento en que Eleonor le confesó a su hija quien era, provocando la conmoción y el subsiguiente desmayo de Candy, porque la propia Eleonor se lo había referido por carta. También sabía que la actriz había rehecho su vida, junto al padre de Mark, tras sufrir un duro revés, cuando su anterior marido, Arthur Brandon, su representante teatral la dejase por una muchacha más joven durante un viaje a Nueva York.
Pero lo que ahora ignoraba era como hacerse perdonar, porque pese a las conciliadoras palabras de su hija, intuía perfectamente que pasaría un tiempo antes de que ambos pudieran sentarse a hablar y tratar de recobrar una parte del tiempo perdido, tiempo que afortunadamente para la atribulada joven rubia, nunca fue del todo baldío, gracias al cariño de Ernest Legan, al que si consideraba como su auténtico padre.
-Lo entiendo hija, lo entiendo –dijo James poniéndose pesadamente en pie y retirándose a su tienda a descansar. -Cuando salgamos de esta agreste tierra, tal vez haga un viaje más reposado y calmado que este, para reflexionar. No temas, no voy a hacer ninguna locura –dijo ante el temor reflejado en los ojos de la muchacha, a que cometiera algún disparate irremediable- de hecho, he aprendido a valorar la vida, aunque como te contaría Katia, en un principio la desprecié, pero eso ya pasó.
Observó el incipiente firmamento, que se estaba llenando gradualmente de estrellas a medida que la luz del día se retiraba, para dejar paso a la noche y añadió:
-No se pueden perdonar tantos años de abandono, y el irreparable y tremendo error que cometí, divorciándome de Eleonor, por no haber sabido ser valiente y plantar cara a las adversidades. Si me hubiera quedado a vuestro lado, tal vez ahora las cosas serían de otra manera.
Pero ya no había marcha atrás ni vuelta de hoja, quizás si para Mark, si no se hubiesen consumido sus formidables poderes, pero al no poder servirse del iridium, pese a que dirigió una elocuente mirada al padre de Candy, no pudo detectar en el fondo de sus iris, la señal resplandeciente que indicaba la inmutabilidad de su destino. En este caso, la imposibilidad de cambiar su destino no se refería a que pudiera perder la vida, si no a que no sería capaz de revertir la adversa tortura que para él suponía, permanecer separado de Eleonor por siempre.
Se sacudió la arena de sus pantalones tras musitar un breve y escueto "buenas noches", y caminando hacia la tienda de campaña que Duncan le había asignado, penetró a través de la abertura, y se tendió de costado, haciéndose un ovillo para quedarse dormido casi de inmediato.
Duncan había sido mudo testigo de la tensa escena entre Candy y James. No debió hacerlo, pero el momento era tan irrepetible y especial, que no pudo por menos que satisfacer su curiosidad. Encendió un cigarro tras ponerlo entre sus labios y murmuró mientras apagaba la cerilla hundiendo la cabeza de fósforo en la arena:
-Me temo que voy a perder a un magnífico amigo y adversario –admitió tristemente con atroz sarcasmo.
Candy se quedó mirando fijamente el cielo nocturno y cuando Mark llegó a su lado nuevamente, aguardó a ver cual sería la reacción de su esposa. Si prefería estar sola, lo entendería y respetaría la decisión que fuera cual fuese, tomase Candy.
-Abrázame mi amor –dijo echándose en los brazos de Mark repentinamente. Mark ciñió la cintura de su esposa con delideza y Candy apoyó el mentón de su rostro sobre el hombro irzquierdo de Mark. Un torrente de lágrimas nació de la comisura de sus ojos, que mantenía firmemente cerrados, mientras un ligero viento nocturno, mecía sus largos cabellos rubios sin recoger.
-Ha sido tan duro…-dijo la muchacha agitándose continuamente, pese a los esfuerzos de Mark por consolarla, y que estaba acariciando sus rizos dorados- ha sido tan duro…-repitió Candy, como si se tratara de una cantinela.
-Lo sé, amor mío, lo sé –dijo el joven procurando reprimir sus ansias de abrazarla con más fuerza como si tuviera miedo de perderla, o de salir en busca del atormentado James para, sacándole a rastras de la tienda, echarle en cara el dolor que había inferido a Candy, pero se contuvo por respeto hacia su esposa y porque atacar a un hombre deshecho no solo era una cobardía carente de mérito alguno, si no que no solucionaría nada, más bien al contrario. De hecho, James bastante castigo y penitencia tenía, con los remordimientos que venían asaltándole, desde que rompió su matrimonio por presiones de su familia y convencionalismos sociales, para casarse con otra mujer por la que no sentía nada.
-Si no te tuviera junto a mí, cariño, si en momentos así no pudiera recurrir a ti…-dijo dejando escapar desde sus párpados entornados, algunos regueros de lágrimas blancas, que descendieron impetuosamente por sus mejillas nacaradas hasta el hombro de Mark.
-Por eso siempre estaré a tu lado, Candy, mi dulce y hermosa Candy –dijo Mark, tembloroso y con sinceridad.
-Te quiero Mark.
-Y yo a ti,Candy.
49
Finalmente, Haltoran y Annie pudieron embarcar en un buque de línea que partió desde Odesa, rumbo hacia Southampton. El barco tendría que realizar varias escalas a lo largo de su recorrido, pero no importaba. Tras despedirnos del amable padre Graubner y de su ama de llaves, que nos acompañaron hasta el puerto, y en el que las emotivas escenas de despedida, fueron la tónica dominante, navegamos hacia el Mediterráneo pasando a través del estrecho de los Dardanelos. Annie, que no terminaba de creerse el que por fin estuvieran emprendiendo el camino de retorno a casa, no dejaba de observar recelosa las aguas plateadas, por si entre las olas asomaban los temidos detonadores de una mina naval o si en lontananza aparecía algún submarino dispuesto a torpedear el barco. Tuvo varias pesadillas donde se entreveraba la infausta presencia de Alessandro Paglinari, partidas de bandidos dispuestos a secuestrarla y dolencias que la sumían en un estado de postración casi insuperable. Hizo falta por parte de Haltoran, y mía también, la suficiente mano izquierda, paciencia y cariño para que la asustada muchacha recobrara su aplomo y confianza habitual. Por lo pronto, yo me encargué de mandar un telegrama y poner una conferencia con Lakewood y la mansión de los Brighten, de que esta vez, íbamos hacia allí.
-Espero que esta vez sea la definitiva –dije soltando un suspiro, una vez que abandoné la oficina del telegrafista. Haltoran sonrió y palmeándome el hombro me guiñó un ojo y me dijo con aire de complicidad:
-Vamos hombre, no seas tan negativo. Pues claro que volvemos a casa, estaría bueno.
-No lo se, no lo se, hasta que no lo vea con mis propios ojos no estaré completamente seguro de que dices la verdad, Haltoran.
Haltoran afirmó. No era de extrañar que mantuviera reflexiones tan negativas. Después de todo lo que nos había acontecido, me podía esperar cualquier cosa. Guardamos un breve silencio, mientras observábamos el devenir de los pasajeros, paseando tranquilamente por toda la cubierta. Un niño y una niña jugaban con un pequeño perro de aguas, que ladraba continuamente para atraer la atención de sus amos, mientras sus padres departían con algunos caballeros comentando lo apacible que les estaban resultando la singladura. Algunas jóvenes parejas se acodaban en la barandilla del barco, confesándose sus sentimientos o realizando confidencias íntimas y grupos de emperifolladas damas con sus mejores galas se pavoneaban delante del resto de la gente, haciendo girar sus sombrillas de encaje sobre las aparatosas pamelas adornadas de flores, que cubrían sus cabezas.
Sobre nosotros, algunas gaviotas se mecían aprovechando las corrientes de aire térmicas que ascendían desde las calmas aguas del Mare Nostrum, mientras para, tras realizar un rápido y fugaz picado capturar a algún incauto pez, que nadaba entre dos aguas. Una de aquellas aves, de plumaje blanco y moteado se lanzó sobre mí con ánimo de arrebatarme mi nuevo sombrero, que había comprado en una tienda de modas cercana al domicilio del padre Graubner, aconsejado por este.
Me agaché rápidamente esquivando la acometida del pájaro por muy poco. Su corto y resistente pico de color dorado estuvo a un tris de agujerearlo de parte a parte. Mientras intentaba poner a salvo mi sombrero, Haltoran, estallando en carcajadas se encargaba de ahuyentar al descarado e intrépido pájaro.
-No te preocupes Maikel, yo me encargo de él.
-Maldita sea –refunfuñé, revisando el ala de mi sombrero, volteándolo entre mis manos- ahora un pájaro. Primero Clean aliado con Silvia, la gata de los Legan, en hacerse con mis sombreros, luego aquel perrazo, bueno perra –retifiqué ante la puntualización de Haltoran- de aquel dichoso viejo escocés, y ahora una gaviota –bufé exalando un resoplido.
-No lo pienses más amigo –me dijo Haltoran conciliador- y disfruta del viaje. Yo, voy a ocuparme de Annie, espero que continúe tranquila.
-Ve –le animé- mientras guardaba la prenda en el bolsillo de mi gabardina en previsión de un nuevo ataque aéreo sobre mi sombrero.
-Espero que Mark y Candy estén bien –dije a media voz, mientras acariciaba mi mentón barbudo, y observaba la estela que el barco dejaba a su paso, al surcar las aguas.
Haltoran se detuvo un momento y giró la cabeza levemente, para mirarme. Avanzó nuevamente hacia mí y depositando su mano derecha en mi hombro dijo:
-No te preocupes amigo. Mermadon está en camino y se encargará de encontrarlos. Poco más podemos hacer.
-¿ No puedes comunicarte con él ?, me refiero al robot.
-En mi comunicador no hay más que interferencias. Déjame tu móvil por favor –dijo tendiéndome la mano para pedírmelo.
Miré a ambos lados sobre mi hombro y cuando me aseguré de que nadie nos veía, deslicé el anacrónico objeto del futuro en las manos de mi amigo.
-Déjamelo, a ver si consigo ponerme en contacto con él.
-No sabría decirte –comenté enarcando las cejas- no me extrañaría que también se hubiera estropeado.
La voz de Annie, reclamando a su marido interrumpió nuestra conversación. Haltoran tomó el aparato entre sus dedos y dijo:
-Luego te veré. Ahora debo ir junto a Annie.
La muchacha reposaba sobre una hamaca de madera lacada situada en cubierta, junto a otras ocupadas por viajeros que disfrutaban de los vespertinos rayos solares. Las tumbonas habían sido dispuestas en ordenadas hileras, orientadas hacia las magníficas vistas de las que se disfrutaba desde la cubierta. Annie enfundada en un ligero vestido de lino blanca de manga corta, y tocada con un canotier, de cuyo borde sobresalian sus sedosos cabellos negros, leía con detenimiento, un libro de poesía francesa. Una gran sombrilla a franjas rojas y blancas, la guarecía de la radiante luz que el sol enviaba a raudales sobre el barco. Haltoran compró una flor a una muchacha que tenía un stand de recuerdos y otros artículos de regalo, situado en plena cubierta, y avanzó resueltamente hacia su esposa. Después de todas las calamidades y penurias sufridas, Annie presentaba un aspecto saludable e inmejorable y parecía esperanzada ante la posibilidad de volver a abrazar a su hijo y a sus padres de nuevo.
50
El viaje hasta Darhasi concluyó sin mayores novedades. Fueron escoltados por una unidad de caballería mongola, que el nuevo gobierno del país, surgido tras la caída de Bodg Khan y el efímero mandato del barón Ungern y enfrentado a una titánica y urgente labor de reconstrucción nacional, puso a disposición de Duncan y sus hombres para prevenir más incidentes desagradables. El espinoso asunto de las tropas extranjeras en suelo ruso primero y luego en el territorio de Mongolia que era un país amigo de la URSS, empezaba a incomodar al Kremlin, deseoso de cerrar ese capítulo cuanto antes, por lo que presionó a las nuevas autoridades para que acelerasen la salida de los contigentes foráneos, en la medida de lo posible. Duncan y sus hombres, cruzaron varias planicies desoladas donde no había más que un puñado de nómadas dispersos, grandes manadas de caballos salvajes que atronaban con sus cascos aquellas soledades y las sempiternas manadas de yaks salvajes, que soliviantaban a los de la comitiva con su presencia, ya de por si, tozudos y maledicentes, hasta decir basta. Los rebeldes animales se sentían desafiados por sus congéneres en estado salvaje, por lo que la marcha se frenaba constantemente, debido a que los yaks entablaban combate a la primera de cambio, con sus parientes de las estepas. Hizo falta una férrea disciplina por parte de sus cuidadores mongoles, para conseguir meter a los remisos yaks a medio domesticar, en cintura y evitar que continuaran desmandándose.
Durante la semana que duró el penoso y difícil viaje, James procuró no coincidir demasiado con su hija y, pese a que Candy cambió de idea y decidió darle una primera oportunidad, el solitario y entristecido hombre rehuía constantemente la presencia de la joven, la cual, no insistió más ante la tajante y seca negativa de James a entablar conversación con ella. James temía encariñarse demasiado con Candy, sobre todo después de las insalvables diferencias que les separaban a ambos, por lo menos a juicio de James.
En cuanto a Mark, durante aquellos siete días reflexionó acerca de la posibilidad de informar a Duncan acerca del portentoso descubrimiento que habían realizado por mera casualidad. Pero por otra parte, quizás lo mejor fuera respetar el eterno descanso, del hombre que un día hizo temblar al mundo conocido, y consiguió reunirlo bajo sus estandartes, aunque a su fallecimiento, el imperio se disgregaría, fragmentándose en mil estados, debido a las luchas intestinas que lo sacudieron, auspiciadas por los diadocos, o generales de Alejandro, que se disputaban el poder, dado que el gran conquistador no tuvo la prevención de designar un sucesor efectivo, poco antes de expirar, aquejado por fuertes y abrasadoras fiebres.
Sin embargo, le preocupaba más el estado de ánimo de su esposa, que se mostraba alicaida y triste, que un hallazgo arqueológico de semejante magnitud y categoría. Afanado en consolar a su mujer y conseguir que permaneciera lo más tranquila posible intentó incluso entrevistarse con el remiso y esquivo hombre que procuraba pasar desapercibido, pero Candy se lo impidió rogándole que no removiera más el pasado. Por amor a Candy, Mark renunció a intervenir en la tensa relación que padre e hija mantenían. El día que finalmente arribaron al puesto avanzado y subieron a bordo del tren hospital, perdieron la pista de James, que tomando un rumbo completamente opuesto, desapareció definitivamente de la vida de Candy, tan sorpresivamente como había irrumpido en ella, no sin antes escribir una carta dirigida a la muchacha y que confió a Duncan Jackson, para que le hiciera entrega de la misiva.
-¿ A dónde irás, amigo ? –le preguntó el capitán, tomando el sobre sepia con una breve nota manuscrita que rezaba "para Candy" en el anverso, y renunciando a intentar convencerle, sabedor de antemano que nada haría cambiar de idea a James y que sus intentos por hacerle mudar de parecer, estaban condenados de antemano al fracaso.
-No lo sé, Duncan, supongo que en principio vagaré sin rumbo fijo. Puede que algún día vuelva a Estados Unidos…si es que vuelvo. Aun no tengo claro que voy a hacer con mi vida, pero no temas, he abandonado la idea del suicidio, o de sumirse en un estado de dejadez total. El estar deprimido no está reñido con el cuidado y la higiene personal –dijo, esbozando una tenue y triste sonrisa.
-Cuídate –le dijo el capitán, que rebasaba ampliamente a James en altura. Tuvo que inclinarse ligeramente, para envolverle entre sus brazos recios y fibrosos y palmearle con afecto la espalda. Le deseó lo mejor, mientras guardaba cuidadosamente la carta que su amigo, le había confiado.
Ambos hombres se despidieron en el andén de la estación en medio del bullicioso ajetreo, que el tráfico de personas y mercancías generaba dentro de la misma, mientras los agotados soldados británicos iban embarcando en el tren hospital que les conduciría hasta las costas de China, y de allí a Gran Bretaña, realizando escala en diversos puntos. Se trataba de una larga y tediosa travesía a través de medio mundo, pero no había otra opción mejor, pero a aquellos hombres les daba exactamente igual, con tal de retornar a su hogar como fuese. La única posibilidad de acortar un poco, tan tremendo recorrido, sería atajar a través del Canal de Panamá.
Candy pasó por allí cerca, del brazo de Mark, camino del tren hospital tras recibir unas parcas indicaciones de un sargento médico de cómo llegar hasta el ferrocarril, abriéndose paso lentamente, entre las abigarradas muchedumbres, que llenaban el andén de la estación y sus alrededores, sin percatarse de que su padre se estaba despidiendo de Duncan. El gentío precisamente, la impidió ser testigo de ello. Si no, tal vez de haberse dado cuenta a tiempo, hubiera tratado de impedir la silente y triste partida de su padre, aunque puede que sin resultado concreto alguno.
-Dásela cuando estéis ya en el tren. Y no trates de aconsejarme que me despida de ella tan siquiera, porque no te haré caso.
-Ya lo he tenido en cuenta James, porque supongo que no lo vas a reconsiderar –dijo el capitán, con una inflexión de pena en la voz.
-No, Duncan –repuso James escuetamente, y deseoso de terminar con aquel penoso trance cuanto antes.
James comenzó a caminar, alejándose de Duncan cada vez más. Un tosco carruaje de pesadas líneas, tirado por dos musculosos caballos de corta alzada, le estaba aguardando. Al pescante, un hombre de mediana edad, calvo, largos bigotes grisáceos, y rasgos orientales esperaba pacientemente, a que su cliente subiera al angosto interior del vehículo.
Una vez que James se hubo acomodado en el asiento, el cochero, enfundado en un kaftan oscuro chasqueó el látigo por encima de su cabeza, y se alejó de allí con dirección desconocida. James se giró sobre si mismo, para observar la estación de Darhasi, por última vez.
"Puede que algún día, hija mía…" –se dijo, contrito para sus adentros –"puede que algún día, Candy…" –pensó dejando inconclusa la frase mientras algunas lágrimas resbalaban por sus mejillas, provenientes de las comisuras de sus ojos claros.
FIN DE LA CUARTA PARTE
