COMO LAGRIMAS EN LA LLUVIA
QUINTA PARTE
1
Los sofisticados sensores de Mermadon barrieron desde una altura inconcebible las vastas e inabarcables extensiones rusas, para adentrarse en las no menos desoladas a la par que hermosas, llanuras mongolas. Hasta ahora, su ardua búsqueda no había arrojado resultado alguno y el intrépido robot, continuó sus pesquisas afanosamente, no tanto por haber recibido órdenes concretas y precisas de Haltoran, para que diera como fuese con el paradero de Mark y de Candy, si no para hacerse perdonar por su, en su opinión, inexcusable comportamiento, al ponerse al servicio del temido barón. Protegido por el poder de su invisibilidad, el robot sobrevoló a una velocidad de Mach 5 el gran país, recorriéndolo de un extremo a otro, en menos de una hora. Como había afirmado acertadamente Haltoran, si Mermadon hubiera intentado hacer lo mismo unos años después, la red defensiva soviética le habría puesto en graves aprietos, dado que aunque Mermadon podía aventajar en velocidad a los sofisticados misiles antiaéreos rusos, si sufría un ataque masivo, la explosión de uno de ellos contra su estructura metálica tal vez no resistiera y terminara derribando al robot. Pero aquel espacio aéreo, aunque constantemente patrullado por numerosas escuadrillas de aviación, no ofrecía mayor peligro para Mermadon. Su objetivo era dar con Candy y Mark costase lo que costase. Miles de datos eran transmitidos a su cerebro a través de sus sensores ópticos, mientras los propulsores gemelos que emergían de su espalda, le hacían volar a una velocidad inconcebible, aun contando con el condicionante de peso. El robot sobrevoló el lago Baikal levantando grandes surtidores de agua a su paso, por efecto de las toberas incandescentes de sus motores y la rapidez con la que se desplazaba por el aire. Sólo unos pescadores que abandonaron atemorizados sus redes y aparejos, saltando a las aguas desde sus frágiles barcas para ganar a nado la orilla, fueron testigos de los grandes surtidores de agua que se levantaban de las tersas aguas, sin razón alguna aparente, debido al veloz y raudo paso del invisible robot sobre sus cabezas. Mermadón lamentó haberles asustado, pero no tenía tiempo de bajar para disculparse y puede, que terminara empeorando las cosas.
2
El tren hospital dejó a Candy y a Mark en un remoto puerto de las costas chinas. Gracias a los acuerdos suscritos con los diversos gobernantes locales, lograron embarcar en un vapor que trasladaría a quienes deseasen quedarse en Estados Unidos, allí, mientras los soldados de Duncan y el propio capitán lo harian en un transporte militar fletado por el gobierno británico y norteamericano. Se pensó que un principio, civiles y militares viajasen juntos en el transporte militar, pero la idea quedó descartada, debido a que la convivencia entre civiles y soldados se había hecho difícil cuando no imposible, y las fricciones eran constantes. Mark y Candy no eran los únicos civiles que se habían unido a la comitiva, ya que diversos occidentales que veían una oportunidad de abandonar aquellas remotas tierras, o que trataban de salir del país por todos los medios a su alcance, habían conseguido por un motivo o por otro, ser aceptados en la expedición de Duncan. Su número fue creciendo hasta tal punto, que se optó por separar a civiles de militares para prevenir nuevos problemas y zanjar así la espinosa cuestión.
Había habido algunos intentos de violación, duramente castigados por Duncan y las autoridades, y afortunadamente, Candy por su condición de enfermera estaba protegida, aunque no completamente a salvo de tales desmanes pero Mark andaba muy pendiente de su hermosa esposa, para disuadir a cualquiera que fuera lo bastante loco o inconsciente como para exponerse a su ira. Aun sin el iridium, Mark podía ser una adversario extremadamente peligroso, lo cual tuvo ocasión de demostrar a su pesar, cuando varios guardias y vigilantes al servicio de los Andrew, trataron de detenerle y echarle de Lakewood, durante su irrupción un tanto desafortunada en el baile celebrado con ocasión de la onomástica de la ceñuda y severa tía abuela Elroy, y al que Candy había sido invitada por Anthony y sus dos primos, los hermanos Cornwell. Muy pronto Anthony comprobaría desalentado y afligido que las promesas de amor que ambos se habían formulado ante el portal de las rosas como inmejorable telón de fondo, quedaban en nada, en sueños rotos e inalcanzables hechos añicos, desde que Mark envuelto en su manto de luz iridiscente le salvase la vida.
Durante el viaje a bordo del tren hospital la muchacha, atendió a diversos heridos, siendo de las primeras en ofrecerse para aportar su experiencia y ofrecer su ayuda desinteresada a los heridos en peor estado de salud, de la comitiva.
Cuando bajaron del tren y fueron conducidos a puerto, tras un viaje que duró otros tantos días, Mark observó desanimado, al igual que su esposa, como pretendían embarcarles en una vieja carraca que se mantenía a flote con más suerte y fortuna que otra cosa. Las planchas del casco estaban completamente oxidadas y herrumbrosas, y el aspecto general del frágil barco era de abandono y decadencia absoluta. Por todas partes imperaba la ruina y la dejadez, y la tripulación, formada por hombres de diversas procedencias que peleaban constantemente entre sí, no ofrecían la menor confianza. Ante la desastrosa apariencia del Ciudad del Cabo, un mercante sudafricano contratado a precio de oro y precipitadamente por el gobierno norteamericano e inglés, muchos viajeros protestaron airadamente y se negaron en redondo a siquiera acercarse al oxidado buque.
Finalmente, Duncan tuvo que emplearse a fondo y utilizar sus dotes de negociador y su encanto personal que habían llamado poderosamente la atención de sus superiores, mientras cursaba estudios en West Point, aunque él hubiera deseado por encima de todo, ir a la Universidad para convertirse en lingüista, otra de sus secretas pasiones, para conseguir que las autoridades locales les buscasen otra embarcación en condiciones. Como no había ninguna capaz de aguantar tan larga travesía, los civiles tuvieron que contentarse con subir al mismo transporte de tropas que iban a utilizar los soldados. Duncan prometió a las atemorizadas y escasas mujeres que formaban parte del heterogéneo grupo, que su integridad sería respetada y que él respondería personalmente con su persona, si a alguno de los civiles volvía a ocurrirle algo. Si sobre los ya de por si sobrecargados hombros de Duncan, había recaído tan gran responsabilidad era porque era el militar de más graduación de la unidad. Tanto el general, como el oficial de mayor rango, habían fallecido como consecuencia de un brote epidémico de cólera que afectó a la unidad diezmándola, a su paso por una pestilente laguna donde peligrosos y grandes mosquitos de vivos colores, zumbaban estridentemente entre los cañaverales que emergían de las marrones y estancadas aguas a la búsqueda de alguna nueva presa a la que extraerle la sangre, y desafortunadamente, lograron hacerse con su botín alimenticio pese a todas las precauciones adoptadas, sirviendo de vectores a la temida enfermedad que le costó la vida al general Endrich y al oficial Millers.
3
Mientras los agotados civiles, que se habían ido sumando a la columna de Duncan Jackson, decidían o no, subir al lastimoso barco, más apropiado para el desguace, que para una travesía oceánica, Candy, cansada del bullicio y las encendidas discusiones a viva voz, entre los partidarios de embarcarse en el transporte militar o arriesgarse a subir a bordo del destartalado barco, le rogó a Mark que se apartasen de aquel griterío insoportable. Duncan mientras, intentaba poner orden con ayuda de algunos oficiales sin demasiado éxito. Cada cual velaba por sus intereses particulares y todos querían regresar a casa, pero sin ponerse de acuerdo, a través de que medios hacerlo. Mientras, Mark y Candy se alejaron brevemente internándose por una calle poco frecuentada donde había un pequeño café regentado por una matrona de oscuros cabellos, y ojos claros que conformaban un contraste demasiado llamativo como para ser pasado por alto. Los labios de la mujer eran de un exagerado color rojo, fruto de su afición al carmín, y en sus mejillas ligeramente grasientas, se habían ido asentando gradualmente, diversas capas de colorete que la mujer se aplicaba mediante un laborioso proceso. Aparte del exagerado y abigarrado maquillaje de la dueña del pequeño local, nada más allí llamaba excesivamente la atención. Un par de ancianos jugaban al ajedrez en una de las precarias y toscas mesas de piedra, situadas en un rincón sumido permanentemente en la penumbra. Aparte de los dos compulsivos jugadores de ajedrez, el café estaba completamente vacío y la dueña pasaba un grasiento trapo sobre la barra de madera descolorida y con un eterno e inmutable gesto de aburrimiento, extendiendo más la mugre, que contribuyendo a retirarla del mostrador.
Lung min, se caracterizaba por ser una pequeña localidad donde lo más destacable era la estación de ferrocarril que albergaba un intenso tráfico de trenes y viajeros y las instalaciones militares, que los chinos habían construido recientemente. Por lo demás, el pequeño núcleo urbano tenía un par de calles, un parque apenas frecuentado por algunos apresurados transeúntes y el solitario café donde Candy y Mark entraron a falta de un lugar mejor, para decidir que es lo que harían. Mientras la pugna entre los que estaban a favor de subirse al buque militar o a la embarcación, carne de chatarra que solo mediante un ejercicio de compasión, podía calificarse como barco se resolvía, lo mejor sería esperar. De vez en cuando, Mark iría al muelle para informarse de cómo iban las deliberaciones y en base a ello, optar por una u otra opción. Mientras Candy, recordó la carta que el abatido y apenado Duncan Jackson le hiciera entrega en el tren hospital mientras atendía a varios soldados heridos, durante una refriega sostenida con bandidos que habían emboscado a la unidad de Duncan. Las tropas lograron rechazar al enemigo pero sufrieron varias bajas de consideración. De haber continuado durante mucho tiempo aquella situación, el lento pero erosivo proceso de desgaste, al que los hombres de Duncan eran sometidos por parte de partidas de bandoleros habrían terminado por minar definitivamente la escasa moral, que aquellos hombres conservaban.
Mientras Candy y Mark caminaban por las estrechas y abarrotadas calles de Lun-Ming, un niño de unos ocho años de edad que andaba con pasos cortos y vacilantes, con otro más pequeño de la mano, de aspecto famélico y cansado, les salió al paso.
El mayor extendió la mano izquierda y avanzó lentamente hasta Candy, mientras en un inglés que a ambos les costó entender dijo con voz queda y vacilante:
-Señorita, una limosna por favor, mi hermano no ha comido nada desde hace una semana.
Candy, conmovida se echó mano al bolso para entregarle al pequeño algunas monedas, pero cuando estaba a punto de abrirlo, su hermano tosió con fuerza desmayándose casi al instante. Candy alarmada se arrodilló ante el infortunado pequeño. Palpó su frente con la mano y la retiró asustada al comprobar que la piel del niño estaba ardiendo. Mientras permanecía arrodillada en el suelo, junto al pequeño, la gente continuó caminando a su lado con total indiferencia como si no existiesen. Cada una de aquellas personas bastante tenía con ocuparse de sus propios asuntos como para ocuparse de un par de mocosos vagabundos que lo único que hacían era molestar a los indiferentes y ceñudos transeúntes. Candy cogió al niño entre sus brazos, preocupada por la alarmante fiebre del chico que subía por momentos. El más mayor se asió a las faldas de Candy llorando, rogándola que hiciera algo por él.
-Señorita, Zanish está muy enfermo. No tengo dinero para pagarle una habitación en el hospital y los medicamentos son muy caros. Somos huérfanos y nadie se quiere ocupar de nosotros. Por favor, tiene que ayudarnos.
Candy aguzó el oído para captar el significado de las dramáticas palabras de Kemp, que así se llamaba el chico que le había rogado una limosna apelando a su generosidad. Tras unos instantes de desconcierto, aunque Kemp tuvo que repetir su desesperada súplica por segunda vez, Candy y Mark consiguieron descifrar lo que el niño les había dicho.
Mark dirigió una significativa mirada a Candy impregnada de tristeza. Ahora que no disponía de sus poderes, no le era posible ayudar al niño y su estado parecía tan preocupante y serio que demorar por un instante más los cuidados que necesitaba, podría resultar fatal. La joven asintió. En todos aquellos años al lado de Mark, había aprendido a conocer tan íntimamente a su esposo que de inmediato había averiguado que el aire triste que desprendía sus ojos, que por lo que a él se refería, no podría hacer nada por el infortunado niño.
Pero no era momento de lamentaciones. Candy hizo acopio de todo su aplomo y no dejándose llevar por el nerviosismo o la precipitación preguntó a Kemp de repente:
-¿ Sabes donde está el hospital más cercano ?
El niño asintió con visibles gestos de cabeza, esbozando una gran sonrisa porque una nueva oportunidad se presentaba ante él. Si aquella bella señorita extranjera, elegantemente vestida y su marido les acompañaba a él y a su hermano, esta vez le dejarían entrar en el hospital. Hasta ese momento, todas las tentativas que había realizado intentando aplacar el duro corazón del vigilante de la puerta, habían conducido al fracaso. Las primeras veces, el pretexto era el dinero, por lo que el vigilante les expulsaba a patadas de allí, sin que nadie hiciera nada por los dos infortunados hermanos, en especial por el más pequeño, que estaba muy enfermo. Las siguientes, aun habiendo conseguido reunir el dinero suficiente a muy duras penas, el portero no contento con confiscárselo y quedándose con él, había actuado de igual manera, prohibiéndoles la entrada al hospital bajo la excusa de que allí no se admitían mendigos ni vagos harapientos. Si había un calificativo que no casara en absoluto con Kemp y Zanish era el de ser unos vagos precisamente.
Kemp cuyas ropas eran puros harapos y estaban tan andrajosas que apenas cubrían su piel, ya que se desprendían a tiras, caminó animosamente delante de los dos extranjeros, mientras Candy llevaba en brazos a Zanish que se había dormido en el regazo de la joven. El niño, que era cuatro años menor que Kemp, se agitaba tembloroso entre los solicitos brazos de Candy que no dejaba de arrullarle y susurrarle palabras tranquilizadoras. Ambos hermanos no habían conocido más que miseria y penurias en toda su corta vida. Al poco de nacer, su madre, entre lágrimas y remordimientos, tuvo que confiarlos a un miserable y ávaro anciano de enteco aspecto y conciencia aun más retorcida que su sarmentoso y purulento cuerpo, dado que la extrema pobreza de la familia era tal, que no permitía alimentar a su numerosa prole. Kemp y Zanish dejaban atrás un hogar depauperado y miserable donde sus otros cinco hermanos sobrevivían como podían, con el escaso dinero que sus padres conseguían llevar a casa. Pero salieron de un destino desgraciado para ir a parar a otro aun peor. El viejo les maltrataba y les hacía trabajar sin descanso, pidiendo limosna junto con otros niños a los que acogía haciéndose pasar por su abuelo unas veces, o el padre en otras. Las autoridades locales de sobra conocían los tejemanejes de aquel hombre, pero una generosa propina por parte del viejo en forma de sobre mensual al codicioso jefe de policía, y la indiferencia y desprecios más absolutos, hacían que aquellos desheredados no contasen para nadie más que sí mismos, y a veces ni eso.
Tras una larga caminata durante la que se alejaron cada vez más de Lun Ming, siempre guiados por el preocupado e impaciente niño, que no veía el momento de llegar hasta el hospital, arribaron hasta las estribaciones de un monte pelado y desprovisto prácticamente de vegetación donde solo moraban algunas cabras montaraces que balaron estridentemente, al divisar al reducido grupo que se acercaba hasta aquellos perdidos contornos. Afortunadamente para Zanish, la caminata no fue demasiado larga y en media hora, consiguieron alcanzar el lugar. A los pies de las grandes montañas, que se alzaban como descomunales gigantes ante ellos, había una especie de poblado formado por algunas casas de madera de aspecto desangelado y a las que no le vendría mal una mano de pintura, aparte de otros arreglos que por el momento tendrían que esperar a un momento más propicio para ser llevados a cabo. Una intrincada red de vías vetustas y que adolecían de falta de mantenimiento se extendían en torno a aquella especie de poblado o comuna. Al fondo se escuchaba el rumor de una cascada que por el estruendo que producía el agua al precipitarse en el lecho del río al que desembocaba, debía de ser bastante imponente Mark parpadeó perplejo, mientras sostenía el niño enfermo con cuidado de no lastimarle, entre sus recios brazos, para que su esposa descansara un poco, ya que aunque la distancia entre Lu Ming y aquella especie de poblado, no era excesiva, el trayecto efectuado por caminos de herradura y muy tortuoso, a través de escarpadas laderas le había pasado factura.
-No veo ningún hospital –dijo Mark sorprendido. Por más que giraba la cabeza a los lados, no consiguió detectar nada que le recordase remotamente a alguna instalación médica u hospitalaria.
Al fondo, y provenientes de una especie de cantina destartalada un grupo de hombres hoscos y no muy aseados se dirigieron hacia ellos. Mark temió que pudieran albergar intenciones hostiles, y se interpuso entre su esposa y los niños para protegerles. Candy le aferró el brazo con tanta fuerza, que sin darse cuenta le clavó los dedos en la piel, dejándole unas diminutas marcas.
-Cariño –susurró Candy en el oído de Mark- no te precipites. Puede que no traigan intenciones hostiles.
Mark gruñó levemente y frunció el ceño. Candy había observado aquella expresión una vez, preludio de la tragedia que se desencadenaría, no mucho después cuando unos hombres parecidos a aquellos, intentaron forzarla y el joven desató un huracán de fuego que les fulminó a todos.
-Tranquila amor mío –le tranquilizó Mark frotando suavemente las manos de su esposa aferradas a sus hombros –no voy a perder el control, pero tampoco permitiréa que nos cojan con la guardia baja.
Un brillo peligroso titiló en las pupilas oscuras de Mark. Candy que conocía bien aquel gesto, se sobrecogió momentáneamente.
Kemp se intranquilizó al percatarse de que un hombre de rasgos orientales, bajo, fornido y de largos bigotes, con un pequeño bonete sobre la cabeza, se aproximaba hacia ellos con cara de pocos amigos.
-No, el portero, ya nos ha visto –dijo el niño temblando y fijándose en el garrote que el portero portaba entre sus grandes y encallecidas manos.
-No pasará nada cariño –le dijo Candy acuclillándose para abrazarle y confortarle –ya verás como tu hermanito se cura –comentó, cada vez más acostumbrada a la rápida y no siempre fácil manera de hablar del niño.
Entonces de un edificio de ladrillos, con un endeble cártel de madera sujeto precariamente con cuerdas a la techumbre, en el que se podia leer la palabra CLINICA en inglés, y en el que hasta entonces no habían reparado, de estructura menos precaria que las construcciones que le rodeaban y de planta baja salió una mujer envuelta en una bata blanca que se abrió paso entre los hombres que observaban con acendrado interés. La observaron en silencio y se apartaron respetuosamente a su paso, inclinando la cabeza para saludarla.
Era alta, pelirroja, de ojos color violeta, y tenía rasgos decididos. Sin titubear, se dirigió hacia el vigilante y se plantó delante suyo:
-No Chang, yo me ocuparé de estas personas. Puedes seguir con tu trabajo.
Chang asintió haciendo exageradas genuflexiones y se retiró caminando a grandes zancadas mientras dirigía una aviesa mirada a los niños. Kemp le sacó la lengua, consciente de que nada podría hacer contra él esta vez, al estar bajo la protección de la bella señorita extranjera y su esposo.
-Soy la doctora Diane Darrell –dijo en un perfecto inglés y tendiéndoles afablemente la mano izquierda aun enfundada en unos guantes estériles. Un gran estetoscopio negro pendía de su cuello. Su impecable dicción, hizo que Mark y Candy se quedasen sin pretenderlo, boquiabiertos por la sorpresa.
4
Lo primordial y urgente era ocuparse del niño cuanto antes. Sin tiempo para presentaciones y una vez que Mark y Candy, expusieran la tensa y preocupante situación de Zanish, Diane sin pérdida de tiempo, hizo que Candy, con el niño en brazos pasara inmediatamente a la enfermería, mientras Mark permanecía en el exterior haciendo compañía a Kemp al que intentó tranquilizar lo mejor posible. Los hombres que habían observado con cierta hosquedad la llegada de los forasteros, se le acercaron con mejores intenciones e incluso como si quisieran disculparse. Uno de ellos que parecía hacer las veces de cabecilla tocado con un casco amarillo, tuerto del ojo derecho, y con una gran y poblada barba oscura se adelantó y tendió una amistosa mano a Mark, que la estrechó, más tranquilizado por la actitud amigable del hombre. En aquellos momentos, desprovisto de poderes, lo único a la que podía recurrir era a su arma de asalto pero tampoco podía atacar a aquellos hombres sin conocer previamente que pretensiones tenía con respecto a ellos.
-Me llamo Mac Coy y soy escocés –dijo con un vozarrón que asustó a Kemp y que hizo que el chiquillo se refugiase tras él y haciendo que la mano de Mark, pareciera de juguete entre sus callosos y anchos dedos- no pretendíamos ser descorteses, pero recibimos pocas visitas, por aquí y casi ninguna trae nada bueno, no señor –dijo desviando la cabeza y lanzando un largo escupitajo que casi alcanza a un perro de pelaje oscuro e imponente aspecto, que dormitaba junto a un abrevadero. El animal abrió un ojo y continuó durmiendo indiferente a la conversación que los ruidosos humanos mantenían entre ellos.
-¿ Qué lugar es este ? –preguntó Mark tendiendo la vista en derredor, en lo que parecía el fondo de un seco y árido valle encajonado entre las altas y agrestes montañas.
-Una mina de carbón, explotada por la compañía norteamericana Tuckson. De ahí que buena parte del personal que trabaja aquí –dijo haciendo un ampuloso gesto para abarcar a la totalidad de sus hombres- seamos extranjeros, aunque hay también un buen porcentaje de chinos, rusos e incluso algún que otro japoné, concretamente soy el capataz de esta sección –dijo golpeándose la deslucida tela de una camisa blanca que se había tornado negra a causa del carbón, las manchas de comida y la suciedad ambiental reinante en el desastrado lugar. Sobre la ennegrecida prenda, llevaba unos recios pantalones de peto confeccionados con tela burda cuyas perneras iban embutidas en unas botas altas de color negro.
Mark asintió esperando que no tuviesen problemas allí. La belleza de Candy había atraído algunas miradas lascivas inquietándole, aunque parecía que la presencia de la doctora Darrell a la que debía asistir el mencionado Mac Coy contribuía a mantener una tensa y precaria paz entre aquellos hoscos y rudos hombres.
5
El interior del edificio era austero y espartano, estando dotado de los medios indispensables, como para que aquel lugar pudiera ser digno de ser llamado clínica, porque tanto el mobiliario como los medios puestos a disposición de la doctora Darrell eran tan parcos y escasos que la designación de aquel barracón reformado, como edificio hospitalario estaba cogida con alfileres. Candy depositó al niño sobre la mesa de operaciones, y la doctora empezó a reconocerle con su estetoscopio. Como Candy empezase a ejercer de enfermera, casi sin darse cuenta, la mujer pelirroja enarcó las cejas y preguntó a Candy mientras seguía auscultando al niño:
-¿ Tiene usted conocimientos de enfermería acaso, señorita ?
-Soy enfermera titulada. Yo…
Al escuchar aquello, la doctora sonrió levemente como si tuviera en mente otras cuestiones que la agobiaban y la providencial llegada de Candy a aquel lugar dejado de la mano de Dios, contribuyesen a aliviarlos. Señaló a un biombo que había en una de las esquinas de la clínica y dijo:
-Le agradecería que se cambiara de ropa, si no le importa. Hay un uniforme de enfermera tras ese biombo.
Candy se quedó parada un momento ante la insólita instrucción, pero no rechistó y obedeció a Diane. Se dirigió al biombo y tras recoger el gastado uniforme que tenía aspecto de haber pasado por más de una mano tiró de él. El vestido blanco desapareció por el borde del biombo y al cabo de unos instantes, Candy emergió por el borde del mismo, ataviada de enfermera. Sus ropas de calles habían quedado en una percha que el biombo ocultaba. Diane sonrió y haciendo un gesto con la cabeza le pidió que la asistiera:
-Venga aquí. Sujete al niño mientras procedo a hacerle una exploración.
Candy siguió las instrucciones de la mujer pelirroja. El vestido le quedaba ligeramente estrecho y estaba un poco corto de sisa, pero se podía apañar con él. Era muy parecido a la indumentaria que había utilizado durante la Gran Guerra en Charmotieres o en la escuela de enfermeras de la anciana Mari Jane. Incluso tenía hasta una gorra blanca con la característica cruz roja incrustada sobre la visera. Candy encontraba algo pasados de moda e incómodos los grandes volantes que jalonaban el delantal que se había puesto, pero se encogió de hombros y se afanó en ayudar a la doctora Darrell. Fuera, la espera era tensa y larga. Kemp no dejaba de dar vueltas en torno a Mark, y el joven empezaba a impacientarse. Habían perdido demasiado tiempo y temía que no fueran a abandonar nunca aquellas ignotas y lejanas tierras, pero no podía hacer otra cosa que aguardar. Al cabo de dos horas, la doctora Darrell emergió del interior de la clínica con el pequeño en brazos y una expresión satisfecha en su rostro ovalado.
-Todo ha ido bien. El niño tiene una anemia producto de todo el tiempo que ha estado ayunando.
Diane observó a Kemp. El chico tenía unos grandes ojos oscuros y tez ligeramente tostada. Se apiadó de sus mugrientas y deshechas ropas. Eran niños de la calle y si volvían a ellas, probablemente, el pequeño Zanish no sobreviviría. Hasta entonces habían tenido mucha suerte, dado que ambos eran fuertes y estaban relativamente saludables para su edad y sus tristes condiciones de vida, pero las penosas jornadas a la intemperie, y los rigores de la calle les habían pasado factura. Si continuaban de esa manera, probablemente el niño que había atendido, y que ahora estaba mejor gracias a los medicamentos que le había administrado empeoraría irremisiblemente, de volver a ejercer la mendicidad. Diane lanzó un suspiro y se rascó el mentón. Sus ojos violáceos parecieron quedarse fijos en las nubes grises que se cernían sobre el campamento minero, como si tratara de buscar una salida.
La doctora entregó a Zanish a su hermano, que se deshizo en lágrimas y en halagos hacia Candy y Mark, a los que abrazó con fuerza, mientras apretaba a su pequeño hermano contra su torso. Aquel niño pese a su corta edad tenía mirada de anciano, de persona entristecida y curtida, acostumbrada a los golpes de la vida.
Como si estuviera leyéndole el pensamiento, Candy le preguntó a Kemp si tenían parientes o alguien que pudiera ocuparse de ellos. El niño negó con la cabeza y le contó su triste situación.
La doctora Diane pareció volver de su ensimismamiento y dijo con voz dura y enojada:
-Están bajo la custodia del viejo Tong, un avaro miserable, un usurero que explota a estos pobres niños, a cambio de cobijarles en un mísero cuartucho y un plato de sopa sucia y mohosa. Les hace mendigar durante horas y si no le llevan una recaudación determinada los maltrata y los deja sin comer.
-Como si ese viejo tacaño les llegase a alimentar adecuadamente –observó Mac Coy mientras volvía a reubicar el casco de protección amarillo sobre su cabeza y que amenazaba con desprenderse de sus sienes.
-Tenemos que hacer algo –protestó Candy vivamente, porque temía que los niños volverían a su triste vida y que el viejo Tong no renunciaría a ellos tan fácilmente si decidían esconderlos allí, en el poblado minero.
-La cuestión no es fácil –dijo Diane rascándose el mentón y caminando lentamente de arriba abajo con las manos a la espalda- ese hombre está respaldado por amigos poderosos. No podemos desafiarle así como así –observó Diane contrariada, a la que tampoco le agradaba en absoluto entregar nuevamente los niños a las garras del usurero –podría resultar muy peligroso. El viejo Tong siempre se cobra sus deudas y las ofensas –observó acremente Diane atusándose los cabellos pelirrojos con la mano derecha.
-A menos que le ofrezcamos algo que un ávaro como él aprecia más que a su propia vida –intervino Mark recostado en la pared de madera de un barracón con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos entornados.
-¿ Está sugiriendo que paguemos por los niños ? –preguntó escandalizada Diane, que creyó que Mark había perdido el juicio- por el amor de Dios, -exclamó- son personas, no reses ni mercancías.
-No creo que tengamos otras opciones –dijo Mark con el mismo tono frío y cortante que parecía irritar a Diane- a menos que pretenda enfrentarse a ese hombre y sus secuaces. Tendremos que jugar a su juego por mucho que nos duela y repela.
Diane tuvo que admitir que Mark tenía razón, por mucho que le repugnara pagar por Kemp y Zanish como si fueran dos objetos en venta, que eso es lo que representaban para el codicioso y astuto anciano, que carecía de cualquier escrúpulo.
-Está bien –claudicó resignada, sin perder aun su indignación que continuaba creciendo por momentos- pero no será barato. El viejo Tong no es de los que hacen rebajas –observó mordazmente la doctora mientras se desprendía de su bata blanca- y aquí, no tenemos nada de valor. Aunque vendiéramos la mina entera con todo su contenido, dudo que alcanzara para pagarle lo que nos va a pedir.
Mark se encontró nuevamente entre la espada y la pared. Si hubiera tenido su poder, convertir un objeto metálico en oro, para él hubiera sido un juego de niños, pero esa posibilidad quedaba descartada por el momento. En cuanto a su dinero, los guardias de Ungern les habían despojado de todo, dejándoles sin un céntimo. Meneó la cabeza contrariado, mientras el miedo se pintaba en los ojos de Kemp que bajo ningún concepto quería volver bajo la esclava tutela del viejo Tong.
Entonces Candy se llevó las manos detrás del cuello y empezó a desatar los cierres del elegante y valioso broche con una esmeralda engarzada que Natasha le regalase hacía ya tanto tiempo. Mark intentó detenerla, pero los dedos de la muchacha continuaron impasibles su labor. Candy observó a su esposo con conmiseración y dijo en voz baja:
-Es un valioso recuerdo Mark, pero no podemos permitir que estos pobres niños vuelvan a pasar más penurias y calamidades.
Mark bajó la cabeza y pasando una mano por los hombros de su esposa asintió y dijo:
-Tienes razón cariño. Si no, no veo como podríamos ayudarles.
6
El viejo Tong regentaba una especie de bazar con tantos cachivaches y mercancías expuestas, tanto a la entrada como en el interior del caótico cuartucho donde tenía la sede de su negocio, que a Mark le costó considerablemente entrar y desplazarse entre tantos objetos desperdigados por doquier sin orden ni concierto. Al fondo del garito, había un mostrador de madera gastada y rayada donde un anciano de barba grisácea, embutido en una larga túnica estampada, con un pequeño solideo sobre su cabeza bulbosa pesaba sus últimas ganancias sobre una gastada y deteriorada romana. El anciano, sonreía de oreja a oreja, feliz a medida que el tintineo del dinero resonaba en sus oídos y se ajustaba continuamente unos ajados impertinentes que enmarcaban sus ojillos acusosos y astutos. A su lado, dos fornidos guardaespaldas, silenciosos y parcos de palabra, pero rápidos de acción si su jefe se lo ordenaba, cuidaban de que nadie importunara o tratase de engañar al viejo Tong. Mark se aproximó cautelosamente al anciano prestamista, acompañado por la doctora Diane, con la que mantenia una relación de ámbito comercial. La doctora realizaba diversas compras al viejo y este a cambio, se cuidaba de que en la mina no tuvieran lugar ciertos y determinados accidentes. De hecho, sin el concurso de la mujer, Mark no habría podido ni acercarse a un kilómetro del prestamista de no haber utilizado la fuerza, pero convenía que todo transcurriera en un clima de cordialidad lo más acentuada posible. Mark contuvo su repugnancia por tener que pagar al prestamista, por dos seres humanos, y extrajo el broche de su esposa con dificultad porque no deseaba desprenderse de un objeto tan querido para ella. No le agradaba empeñar un recuerdo tan entrañable y de alto valor sentimental para su esposa, pero no había otra forma. Como la doctora Darrell ya había puesto en antecedentes al desconfiado y astuto viejo, en unas negociaciones preliminares que exasperaron a Mark, por la tardanza del proceso pero absolutamente necesarias para garantizar el éxito de la infame transacción, no hubo ninguna pega para que los dos corpulentos guardianes del prestamista le permitieran aproximarse a su jefe, eso sí, sin quitarles los ojos de encima. El joven dejó rodar la piedra verde que tintineó ante los codiciosos y ambiciosos ojos del usurero sobre el ajado y destartalado mostrador. El viejo Tong cogió la piedra con avidez y examinándola con una lupa de aumento, que sujetó sobre su cabeza con unas correas gastadas, asintió visiblemente emocionado soltando pequeñas exclamaciones y algún que otro grito de alegría. Tras unos minutos que a Mark se le antojaron eternos, el anciano asintió efusivamente y dijo con voz dulce, casi cordial en un inglés chapurreado que costaba entender y seguir, pero que le permitía desenvolverse en sus negocios turbios, lo cual era más que suficiente para él, dirigiéndose a Mark:
-Los niños son tuyos. Deuda conmigo saldada, tú marchar ya. Y no volver por aquí. Fuera, fuera –dijo realizando amplios aspavientos con las manos e instándoles a salir de allí. Lógicamente, ni Mark ni la doctora Diane se hicieron de rogar. Ahora los niños podrían quedarse en el campamento y aunque las condiciones de vida fueran también duras, no llegaban al nivel de las que los dos hermanos habían tenido que afrontar bajo la férula del prestamista. Mark respiró aliviado, mientras ambos abandonaban la tienda y la mujer pelirroja hacía ampulosas genuflexiones que alimentaron el desmedido ego del viejo. Mark tuvo el buen tino de callar y no decir nada, porque el viejo Tong podría haberse sentido ofendido y quizás hubiesen salido mal parados de allí. Además, por si acaso Mark dejó su arma a buen recaudo no fueran a tener problemas por algo así, ya que les cachearon tanto a la entrada por si llevaban algún arma escondida, como a la salida por si habían tratado de robar algo. Muy pocos habían intentado jugársela al viejo Tong, porque los que habían intentado hacerlo o hurtar algo de su tienda terminaba con varios dedos amputados, a veces una mano o incluso perdían la vida. Afortunadamente, todo fue bien y pudieron regresar al poblado minero sin mayores dificultades.
7
Una vez que los dos pequeños se encontraron relativamente a salvo, faltaba decidir quien se iba a hacer cargo de ellos. Al gerente de la mina no le iba a caer muy en gracia, el que la doctora hubiera "adoptado" a dos menores, pero eso era algo con lo que la doctora Darrell ya contaba de antemano. Había intuído y con razón, que Candy y Mark no podían hacerse cargo de los pequeños, dado que entre otras razones, aunque las leyes locales fueran un tanto laxas, en cuanto ambos tratasen de salir del país con los dos niños, probablemente les darían el alto impidiéndoles continuar viaje. Por ello, aunque Candy se lo hubiera propuesto, la pelirroja estaba decidida a oponerse, porque entre otras cosas, consideraba que dos niños de tan corta edad no estaban capacitados para viajar a lo que prácticamente era un mundo completamente ajeno a los dos. Sobre todo le preocupaba la salud de Zanish, el cual se encontraba ya mejor, pero una singladura tan larga podía agravar sus síntomas, haciendo que se repitieran de nuevo. La doctora tuvo una larga conversación con Candy en la que también estuvieron presentes los niños aunque ambos prefirieron permanecer aguardando en el exterior de la clínica, la cual justo como suponía la mujer, le propuso adoptar a los niños, temerosa de que nadie en la mina quisiera ocuparse de ellos, pero cuando Diane le hizo saber sus propósitos de acogerlos en su vivienda, Candy presintió que estarían mejor con ella. Solo faltaba el consentimiento de ambos hermanos. Kemp que jugaba con una pequeña pelota que alguno de los mineros les había proporcionado, se mostró ilusionado ante la perspectiva de contar con un hogar y alguien que se ocupara de ellos. Zanish que no hablaba ni palabra de inglés, aunque extrañaba a sus padres, y protestó brevemente, terminó por aceptar la propuesta, cuando su hermano mayor, con palabras amables y armándose de infinitas dosis de paciencia, logró convencerle. Si volvían a Lun Ming terminarían por caer nuevamente bajo la malsana influencia del viejo Tong o cualquier otro malhechor sin escrúpulos.
Kemp y Zanish abrazaron a la doctora que desmitiendo la engañosa impresión que todo el mundo sacaba de ella debido a su imponente apariencia, de que era una persona parca en palabras y seca en el trato, los acogió con grandes muestras de cariño abrazando a ambos. Los dos niños se convirtieron en sus hijos de facto y así tendría que ser, dado que en la mina no había más mujeres capaces de cuidar de los dos pequeños y todos los hombres estaban comprometidos con su duro y arduo trabajo que no les dejaba ni ganas ni tiempo para emprender otras tareas. Cuando anochecía, los mineros se alojaban en los abarrotados y malolientes barracones y se sumían en un pesado y profundo sueño del que no despertarían hasta poco antes del amanecer, para reemprender la peligrosa y dura faena de extracción del mineral, que cada vez se adentraba más y más en las entrañas de la tierra, buscando las valiosas y con frecuencia, esquivas, vetas de carbón.
Candy creyó que podría continuar viaje tras agradecer a la doctora sus atenciones y el detalle que había tenido, adoptando a Kemp y a Zanish. La mujer suspiró, entornó los ojos y sonrió levemente. Su sonrisa la hacía parecer más bella y atractiva de lo que sus endurecidos y pétreos rasgos parecían sugerir. No era para menos que las privaciones que había tenido que sufrir a lo largo de su vida, y no solamente en la mina, las humillaciones inflingidas cuando llegó a aquel remoto y escondido lugar en los confines del mundo, por parte de los mineros y de las que tuvo que aprender a defenderse con uñas y dientes, le hubieran pasado factura.
Era una mujer de algo más de treinta años, pero que debidamente arreglada y con un vestuario más acorde y a la moda desvelaría un encanto y un atractivo personal que haría que más de un hombre se parase por la calle para admirar su belleza, pero que en el duro entorno de una mina de carbón, tenía pocas y escasas posibilidades de salir a relucir. Candy la doctora hablaron unos minutos más, mientras los niños continuaban enfrascados en sus juegos infantiles afuera. En ese momento, un hombre enteco y sudoroso, con un gorro puntiagudo rematado por una borla, entró presuroso en la clínica, casi sin dar tiempo a los dos hermanos a hacerse a un lado. El hombre entró sin llamar debido a la urgente noticia que traía y al darse cuenta de que había interrumpido una conversación privada, pareció achicarse, aunque Diane sabía perfectamente que no era momento de remilgos y que el hombre le traía algún tipo de información o aviso importante.
-Doctora, doctora Deller –dijo el hombre con voz entrecortada y luchando por recobrar el resuello- ha habido un accidente en una de las galerías, y un hombre ha quedado atrapado bajo los escombros.
La doctora arrugó el ceño. No había constancia de derribos o explosiones de gas grisú en las negras y húmedas galerías, pero tampoco era momento de cuestionar una petición de auxilio tan imperiosa. Candy se ofreció inmediatamente a ayudar, cuando la doctora que se había puesto su bata blanca de médico, ciñiéndola en torno a su cuerpo, llamó a Candy y le señaló el biombo donde aguardaba el uniforme de enfermera que se hubiera puesto para atender a Zanish y que esperaba no tener que volver a emplear.
Candy se encogió de hombros perpleja. No entendía a que venían esas formalidades cuando la vida de un hombre corría peligro.
-Por dos razones –le dijo la doctora con voz apresurada- la primera, porque ese uniforme es el apropiado para su oficio.
-Pero, pero yo estoy dispuesta a ayudarla desinteresadamente –comentó tímidamente Candy- además no es momento de perder tiempo en…
-Usted ahora es mi enfermera –le dijo Diane en un tono tan cortante y tajante que Candy calló de improviso- por lo que obedecerá mis órdenes. Ahora soy su superiora. Vaya a cambiarse y apresúrese, no tenemos todo el día –le apremió la mujer, cuya presencia era imponente y que sacaba a Candy una considerable diferencia de estatura.
Candy suspiró y se ocultó tras el biombo. Volvió a sustituir sus ropas de calle por el uniforme de enfermera que había esperado no tener que utilizar más.
La doctora tomó su maletín y se dirigió con premura hacia la salida, mientras metía prisa a Candy para que terminara de vestirse. Cuando la muchacha apareció al otro lado del vestidor, tuvo que correr para alcanzar a Diane que prácticamente volaba sobre sus piernas, debido a la veloz carrera que había emprendido. A Candy no le resultaba fácil mantener su ritmo de marcha, pero lo logró, acostumbrada a correr tras de Mark, al cual no le era sencillo alcanzarle cuando se ponía a correr.
-¿ Cúal es la otra razón ? –preguntó Candy notando que se estaba empezando a quedar sin fuerzas. Ya no tenía edad para correr como una chiquilla campo a través, aunque aun no hubiera alcanzado la treintena, siendo una joven extremadamente hermosa esbelta como un junco y ágil, pese a haber dado a luz a dos hijos, con el hombre llegado allende del tiempo, del que estaría perdidamente enamorada mientras viviese.
La doctora la observó perpleja por un instante, y finalmente consiguió establecer el origen de la pregunta de su improvisada enfermera, antes de que Candy tuviera que refrescarle la memoria al respecto.
-Estos hombres respetan más y en no poca medida, las indumentarias sanitarias. Yo, con mi bata y usted con ese uniforme somos una médico y su ayudante, pero sin ellos, solo verían en nosotras, y sobre todo en usted, a dos mujeres solitarias y atractivas. Puede parecer una tontería y algo completamente absurdo, pero los mineros, llevan meses sin tener compañía femenina –la mujer pelirroja carraspeó y entornó los ojos, añadiendo confidencialmente, en voz baja como si alguien pudiera oírla, -usted, ya me entiende, por lo que aunque resulte rocambolesco, Candy, podría encontrarse en dificultades allá abajo, de no haberme hecho caso. Siento haber sido tan tajante con usted, porque no tengo el menor derecho a darle órdenes ni a tratarla con tanta hosquedad –se disculpó-, pero cuando se trata de una urgencia, no atiendo a razones y solo veo el como solucionar los problemas y llegar cuanto antes a los heridos.
8
Diane seguida de cerca por Candy, cruzó apresuradamente el estrecho puente tendido sobre un caudaloso río que bramaba furioso, unos metros más abajo. Por el puente discurrían unos raíles que se unían a las vías que atravesaban el poblado minero y que se adentraban profundamente en las entrañas de la tierra a través de un túnel excavado en la falda de la montaña. Una vez que estuvo frente a la oscura boca de entrada, Candy dio un involuntario respingo que estuvo a punto de hacer que el botiquín que portaba entre sus temblorosas manos, estuviera a punto de precipitarse al vacío. La joven logró sujetarlo por escaso margen, pero como consecuencia de su brusco movimiento, perdió a pie y estuvo a punto de caer por un lateral del angosto puente. Diane haciendo gala de unos reflejos increíbles la sujetó por el talle antes de que Candy fuera de cabeza al río. La doctora estuvo a punto de abroncarla, pero pensándoselo mejor, mudó de parecer y decidió mostrarse comprensiva con la muchacha. Suspiró ante la involuntaria torpeza de Candy y meneando la cabeza dijo, mientras seguía adelante:
-Ten más cuidado para la próxima vez, y no te separes de mí.
Candy advirtió que la estaba tuteando, lo cual no le pareció nada mal en absoluto. Con aquel tratamiento excesivamente formal con el que Diane se dirigía hacia ella, estaba empezando a hacer sentir a Candy como una dama solterona y amargada. Candy se propinó un pequeño coscorrón por su imprevisto traspies y siguió a Diane asintiendo brevemente y asegurándose de aferrar el maletín con suministros médicos lo más firmemente posible entre sus manos, para no volver a perderlo.
Las dos mujeres se internaron en el dédalo de túneles poniendo gran cuidado por donde se movían. Pese a que cada una de ellas portaba un fanal, la galería disponía de iluminación eléctrica que proporcionaba un resplandor tenue permitiendo entrever los interminables raíles que continuaban hacia delante y el suelo rugoso del sinuoso pasadizo. Las paredes estaban cubiertas por encofrados conformados por vigas de madera muy resistentes, que sostenían el peso del túnel. Cientos y cientos de toneladas soportadas por la recia estructura sobre sus cabezas. Candy sintió un sudor frío recorriendo su cuerpo, cuando se puso a pensar en tales cuestiones. Diane caminaba por una especie de pasarela central erigida sobre los railes por donde se deslizaban las herrumbrosas vagonetas cargadas de carbón hasta los topes. Entonces escucharon unas voces lastimosas y la doctora se introdujo por una galería lateral que se abría en un recodo. Candy se distrajo un momento y cuando volvió la vista para hablar con Diane ya no estaba. Temblorosa y mirando con cautela hacia los lados, Candy la llamó por su nombre pero nadie replicó a sus voces. Silencio absoluto. La joven aguzó el oído pero solo se escuchaba el discurrir del agua que se filtraba entre las frías y mohosas piedras que conformaban las paredes de la galería. Para colmo, se escuchó una horrísona explosión que hizo que Candy se echara al suelo instintivamente cubriéndose la cabeza con las manos y cerrando los ojos estruendo espantoso siguió a continuación como un funesto eco, la corta y fuerte detonación que hizo que la montaña entera temblara. Regueros de piedrecillas, polvo y tierra arcillosa se desprendieron de las paredes y del techo sostenido por el encofrado cuyas vigas protestaron y gimieron. Algunas grietas se abrieron en los postes de madera y Candy con ojos lívidos de terror, se apoyó en la pared que tenía detrás suyo y musitó un nombre casi por instinto:
-Mark, ojalá que vuelva a verte –dijo la muchacha como si aquella constituyera un horrible y horroroso presagio.
9
La explosión había provocado un alud de piedras monumentales y grandes rocas que cayeron por la falda de la montaña. La imparable marea de tierra, vegetación arrancada de raiz y peñascos amalgamados en una heterogénea mezcolanza, avanzó arrasando cuanto encontraba a su paso y como una guillotina de piedra, cercenó el puente ferroviario que unía el poblado, con la boca de entrada de la mina cortándolo en dos. Afortunadamente, las piedras fueron a parar al lecho del río pero la mala noticia es que varias personas, incluidas Candy y la doctora Diane habían quedado atrapadas en el interior de la galería sin posibilidad alguna de abandonarla. El puente reducido a un gran amasijo de hierros retorcidos que se desplomó con estrépito sobre las embravecidas aguas del río era la única posibilidad de acceder o abandonar la mina. Husky, el perro del capataz, erizó las orejas y se puso a ladrar frenéticamente dando la alarma, pero no era necesario. La ensordecedora explosión primero y luego, el derrumbamiento que se llevó por delante el puente fueron percibidos perfectamente desde el otro lado. Mark se puso en pie de un salto con el corazón latiéndole aceleradamente y temiéndose lo peor. Cuando fue testigo del dantesco panorama que se presentaba ante él y el resto de los mineros, creyó que perdería la razón. Su esposa estaba al otro lado y sin posibilidad de abandonar aquella trampa mortal. Y no había que descartar que tal vez se sucedieran nuevas explosiones. El mero pensamiento de Candy yaciendo inerte bajo los escombros, tal vez sin vida, le enloqueció hasta extremos insospechados. Se irguió de repente abandonando la partida de cartas que estaba manteniendo con uno de los mineros para pasar el rato, y trató de cruzar al otro lado del destrozado puente que había quedado tan deformado que semejaba las garras de alguna abominación dispuesta a descargar un letal y fiero zarpazo, pero era tarea vana. Sin sus poderes o tan siquiera el jetpack de Haltoran, era un mortal más aunque conservara su fuerza y sus reflejos excepcionales. Varios brazos robustos y recios le inmovilizaron. Mark gritó con rabia y se debatió furiosamente para liberarse, pero los mineros hicieron caso omiso a sus imprecaciones y le aferraron con mayor firmeza.
-¡ Soltadme malditos ¡ -dijo fuera de sí- ¡ mi esposa está ahí dentro, tengo que salvarla ¡
-Y la doctora y varios amigos nuestros –le respondieron airadamente- pero tenemos que esperar a que lleguen los servicios de rescate. El capataz está telegrafiando al pueblo. La compañía mandará pronto una dotación de salvamento.
Pero Mark no estaba por la labor de sentarse tranquilamente a esperar acontecimientos. El gran amor que le ligaba a Candy hizo que, pese a que ni una sola gota de iridium recorriese sus venas su fortaleza aumentase exponencialmente pero procuró que no se notase. Cuando los hombres creyeron que se había calmado y que aceptaba resignado la llegada de los servicios de rescate, bajaron la guardia lo que constituyó un gran error. Mark se movió como un tigre y esquivando como un gato enfurecido a cuantos intentaban cogerle, pero atrapar a Mark era como tratar de sujetar una ráfaga de aire. El iridium le había conferido no solo unos reflejos excepcionales si no la capacidad de intuir de donde vendría la próxima acometida. Mark intentó no lastimar a aquellos hombres siempre que pudiera evitarlo y saltando entre dos fornidos estibadores que colisionaron cabeza contra cabeza cayendo al suelo, desvanecidos con grandes y sendos chichones en la frente, consiguió zafarse de todos ellos. Corrió como un galgo sin que nadie consiguiera atraparlo. Aunque el iridium no había vuelto a manifestarse, su adrenalina conservaba los efectos de la exposición a la volátil sustancia y su organismo duplicó su producción para conferir al joven mayor resistencia física y velocidad. Sin embargo Mark, sabía que no lograría cruzar el gran abismo que se abría entre él y el ominoso túnel que le esperaba al otro lado como una gran boca cavernosa y hambrienta con su sola resistencia física. Entonces divisó una destartalada moto apoyada sobre un poste donde se ataban caballos. Sin pensárselo dos veces, viró hacia el herrumbroso y deslucido vehículo concibiendo un desesperado plan, sin hacer caso de la media docena de mineros, que sin resuello le perseguían para detenerle. Mark dio un salto y montó sobre la moto acomodándose en el asiento lo mejor posible. Conducir motos no era su fuerte, pero tenía una ligera idea de cuando su prima le prestaba la suya para dar unas vueltas en el interior del aparcamiento de un centro comercial. Mark mascuyó una imprecación. Tenía que haber aprovechado mejor aquellas clases que Sabrina le impartió, pero tampoco sabía que terminaría atravesando el tiempo involuntariamente como que tendría que saltar un abismo cortado a pico para salvar a una hermosísima muchacha. Mark intentó arrancar la moto pero esta se negó tozudamente a seguir las órdenes del joven. Por el rabillo del ojo vio como los mineros le rodeaban intentando cazarle. Hizo un segundo intento descargando con rabia una patada sobre el oxidado pedal pero la arcaica motocicleta, que su dueño había comprado de segunda mano, como excedente de la Gran Guerra y por otro lado su nulo mantenimiento no contribuían a que el vehículo estuviera a punto, mostrando una alarmante incapacidad de rodar con un mínimo de seguridad. Tras una tercera patada al pedal, mientras intentaba no perder la calma y que sus lágrimas no delatasen el estado de tensión y nerviosismo en que se encontraba, Mark consiguió ponerla en marcha. Procuró recordar las lecciones de su prima y enfiló hacia una recta donde consiguiese imprimir a la venerable moto la suficiente velocidad. Se situó al largo de la vía férrea que iba a extinguirse en el abismo y antes de acelerar con determinación, suspiró:
-Candy amor mío, allá voy.
Aceleró a fondo rogando no equivocarse de mando y con la mano derecha imprimió gas, esperando que aquella reliquia de dos ruedas no le dejara tirado en el momento más crucial. Mientras el dueño de la moto, que resultó ser el vigilante al que tanto temían Kemp y Zanhir, se aproximaba esgrimiendo un garrote seguido por los mineros, el tubo de escape de la moto tosió y el petardeante vehículo se portó con Mark mejor de lo que lo había hecho con su descuidado y exigente dueño, desde el año 1917 hasta el momento actual. La moto cogió velocidad y Mark enfiló decididamente hacia el borde del precipicio. La motocicleta daba bandazos y se desviaba hacia los lados, escorándose peligrosamente hacia el suelo, amenazando con derribar a Mark del curtido e incómodo sillín de un momento a otro, vibrando como si fuera a desarmarse totalmente. A intervalos se escuchaba un sonido metálico y al girar la cabeza por un instante, Mark advirtió con horror que algunas piezas se iban desprendiendo desde el herrumbroso y ennegrecido motor de la máquina que chirriaba como una bisagra oxidada. Su conductor decidió no plantearse si eran componentes vitales de la moto o por el contrario, carecían de la menor importancia. Con tal de que pudiera ganar la otra orilla del precipicio se daba más que satisfecho.
El cárter tenía fugas de aceite y de seguir a ese ritmo, el motor pronto se griparía. Mark apretó los dientes. Sólo necesitaba unos instantes más antes de que aquella chatarra rodante, se ganara el derecho a convertirse en una indefinida y abigarrada colección de piezas oxidadas si esa era su intención, pero antes tenía que ayudarle a sortear el barranco para poder merecer desemblarse a placer por completo, si le apetecía.
El vehículo había dado de sí todo lo que podía dar. La vida útil de la motocicleta había llegado a su fin, y el sobreesfuerzo que Mark la había exigido fue demasiado para su fatigado motor y endeble estructura.
Mark vio las traviesas desgarradas, que colgaban retorcidas y arrancadas de cuajo, partidas bruscamente por la mitad sobre el borde del barranco. Suspiró y metió la moto sobre los raíles. Mark y el vehículo traquetearon al unísono pero el joven no cejó y aprovechando uno de los raíles que había sido segado limpiamente y que se curvaba acusadamente hacia arriba como rampa de lanzamiento, se precipitó al vacío. Los mineros se quedaron asombrados y totalmente perplejos. Algunos incluso elogiaron la loca iniciativa y la audaz valentía de aquel hombre. Uno de ellos, un individuo calvo de corta estatura, musculoso, tiznado de carbón y con una gran nariz roja, masculló entre dientes:
-Mucho debe de querer a esa enfermera para hacer lo que ha hecho.
Tras un interminable planeo sin nada más que el encrespado río que bajaba agitado por una furiosa corriente bajo las desgastadas ruedas de la vieja máquina, Mark cruzó limpiamente al otro lado. El aterrizaje fue un tanto brusco y supuso el definitivo fin de la abnegada máquina como vehículo, que terminó por partirse por la mitad, pero exceptuando algunos rasguños, aunque Mark salió despedido, se encontraba totalmente ileso y de una pieza. Se sumió en la penumbra corriendo a grandes zancadas, mirando en cada bifurcación y voceando el nombre de su esposa sin cesar:
-¡ Candy ¡ -la desesperada voz de Mark clamaba exasperada resonando a través del laberinto de pasadizos y galerías. Por el momento solo el eco de sus acuciantes gritos respondió a su llamada.
11
Mark avanzó cautelosamente a lo largo de la galería con el corazón palpitándole furiosamente, mientras ponía sus cinco sentidos en localizar a Candy y por ende a cualquiera de los infortunados atrapados dentro de la mina. Llevaba todo el rato la mano sobre el botón de desplegado de su arma de asalto, por si tenía que utilizarla, pero reparó en que seguramente no contaría con enemigos dentro de los tenuemente iluminados pasadizos aparte que utilizar una carga hueca dentro de un recinto tan peligroso y sensible a las sacudidas y los temblores podía hacer que la montaña, horadada por completo como un queso de Gruyere se viniera abajo por completo, aplastando a las personas que aun permanecían dentro incluyéndole a él, aparte de que su aguzado olfato detectó el acre e inconfundible olor del grisú. Pese a la violencia de la explosión que había hecho temblar la mole gris de la gran montaña de arriba abajo, que albergaba la mina de carbón, la instalación eléctrica había resistido, aunque las lámparas eléctricas que pendían de las vigas de los encofrados, dispensaran menos luz. Mark comenzaba a desesperarse, porque temía que la búsqueda de su esposa y de posibles supervivientes se demorase en demasía. Cuanto más tiempo permaneciesen allí, más aumentaba la probabilidad y el riesgo de que una nueva explosión hiciera que los encofrados cedieran o que algún desprendimiento terminara de cegar la única salida disponible. Arqueó las cejas pasándose la mano por la sudorosa frente y apretó el paso. Había tenido la precaución de realizar algunas incisiones sobre la dura pared de roca viva con la ayuda de un herrumbroso pico de minero que había encontrado tirado junto a las vías. Estaba afanándose en crear una nueva muesca, cuando le pareció percibir una sombra vacilante seguida de una voz apagada, como un susurro. Dobló una esquina y se topó con la doctora Diane que casi se quedó tiesa del pasmo al encontrarse de cara con aquel joven moreno de intensa mirada y movimientos felinos que la reconoció enseguida. Pero la pelirroja salió enseguida de su asombro recobrando la compostura.
-Perdí de vista a tu esposa un instante y cuando me quise dar cuenta...-Diane se había dejado de formalidades desde el momento en que comprendió que su situación era desesperada y que no se encontraba en un salón de te o en una de las salas de baile que había frecuentado hacía no tantos años, cuando aun formaba parte de la alta sociedad. La mujer soltó un breve suspiro apartando aquellos misteriosos recuerdos de su mente y calló de repente cuando Mark, realizó un imperativo gesto de su mano, alzándola ante su rostro. El joven oteó a los lados inclinando la cabeza como si tratara de detectar algo.
-Silencio por favor –le rogó Mark encarecidamente- me ha parecido oir algo.
Diane se mesó el mentón, preocupada. Creía que Mark estaba empezando a perder la razón como le estaba sucediendo a ella y le afectaba la larga permanencia rodeado de aquella semioscuridad y el goteo constante de las filtraciones de agua cuyo goteo, repicaba sobre los gastados raíles de las vías. Tal vez aquel hombre llevase horas allí, deambulando sin conseguir nada, topándose de bruces una y otra vez con los mismos pasadizos recorridos nuevamente, sin conseguir orientarse, sin hallar la salida, totalmente desesperado y abrumado por la imptencia. Mark movió la cabeza de nuevo porque estaba intentando localizar la procedencia del débil sonido que al parecer solo conseguía percibir él, dado que la doctora no conseguía captar nada de nada.
-Por allí –dijo Mark con determinación echando a correr tan velozmente, que Diane no era capaz siquiera de igualar sus largas zancadas.
"Yo no he oído nada" –pensó desalentada, pero no tengo más opción que seguirle. No puedo quedarme aquí sola" –se dijo al borde de la desesperación. Su aplomo y seguridad se estaban resquebrajando revelando que bajo su valor, que lo tenía había un ser humano normal y corriente con los mismos miedos y temores que cualquier otro. Mark tuvo que aflojar un poco el paso para que la mujer pudiera seguirle. Llevaban corriendo cerca de veinte minutos y Diane estaba sin resuello, pero Mark parecía tan tranquilo y fresco como si nada.
-He escuchado la voz de mi esposa. Ya estamos cerca –le dijo el joven con un raro e inquebrantable sentido de seguridad y confianza en si mismo. Cuando Diane iba a protestar, harta de deambular como un alma en pena, por los interminables y monótonos pasillos de piedra con las mismas vías ferreas que reptaban por el suelo, un par de ojos verdes, como dos esmeraldas de fuego bajo unos cabellos de oro dispuestos en coletas adornadas con lazos, les salieron al paso tras doblar una nueva bifurcación. Candy abrazó a Mark con tanta efusividad que creyó que se fundiría con su marido, tirándole involuntariamente al suelo por el impulso de su acometida, y por su parte Mark, tuvo que refrenar y controlar su propia fuerza para no lastimar a su esposa. Se besaron apasionadamente, rodando levemente por el suelo, sin importarles que otras personas les estuvieran observando en tan indecorosa postura. Diane carraspeó ligeramente para atraer la atención de la pareja y ocuparse inmediatamente del estado de los heridos y de su evacuación. No es que ambos pretendieran ser frívolos o desmerecer el dramatismo de una situación tan crucial como aquella, pero no podían evitarlo. A nada que se separaban incluso brevemente, sus reencuentros cuando se producían, incluían tales muestras de afecto y amor.
Mark y Candy se levantaron, sonrojándose levemente y sacudiéndose las ropas para dedicarse a ayudar a los heridos que les observaban entre intrigados y curiosos. Nadie protestó o realizó comentario jocoso alguno. Ninguno obscenidad se extendió por el aire. Aquellos hombres parecían abrumados por algo que les impedía expresarse como habitualmente solían hacerlo. Era como si una pesada culpa les abrumase con su peso.
-Lamento tener que interrumpir vuestro arranque de pasión –dijo Diane con mal disimulada envidia entreverada en su voz- pero os recuerdo que tenemos gente que atender y sacar de aquí.
-Y no es para menos –coincidió Mark esbozando una sonrisa de circunstancias a modo de disculpa- la explosión que escuchamos antes, ha derribado parte de la montaña destrozando el puente de acceso a la mina.
Al escuchar aquello, tanto su esposa como Dianne, al igual que la media docena de mineros que presentaban diversas heridas que no obstante no les impedían andar, se estremecieron. Mark se preguntó como aquellos hombres habian resultado heridos si hasta esa horrisona explosión no se detectaron detonaciones o corrimientos de tierra.
Mark se fijó en los restos de una fogata sobre el que había un espetón en torno al cual aun podían entreverse los restos de un lechón asado, del que prácticamente solo quedaban los huesos, y del que alguien había dado buena cuenta del mismo, acompañando el festin con varias botellas de licor, a juzgar por los recipientes de cristal vacíos, que rodaban por el suelo de la galería tintineando levemente al entrechocar entre sí cada vez que alguien tropezaba con ellos. Diane se encaró con el hombre que parecía el jefe de la cuadrilla, un irlandés de elevada estatura y grandes bigotes oscuros y ojos enrojecidos, tocado con una gorra a cuadros. Aquellos hombres habían organizado un banquete en el interior de la galería, cosa que no podían negar en absoluto, a tenor de las pruebas diseminadas por el pedregoso suelo, que les incriminaban. El irlandés, incapaz de mentir por las evidencias que le delataban a él y a sus hombres, lanzó un corto gruñido seguido de un suspiro y dijo:
-Decidimos...organizar una fiesta porque la mujer de Lee –señaló a un joven de unos veinticinco años de pelo moreno y revuelto, de rasgos agradables y marcados, que bajó la cabeza cohibido- ha dado a luz a su tercer hijo. Se enteró por carta y decidimos festajarlo por todo lo alto –dijo desviando la mirada hacia el suelo. El homenajeado asintió lentamente mientras repetía una y otra vez, que no pretendían hacer daño a nadie ni molestar a otros.
-Y claro, os emborrachasteis –dijo Diane cruzando los brazos y resoplando con enojo clavando sus ojos violeta en todos ellos.
-Sí...y nos peleamos. Nada serio. Fue más bien en broma que otra cosa–observó otro hombre delgado, pálido y calvo que mostraba unas grandes ojeras en su cara cetrina, que evocaba la de un ratón –pero nos hicimos algunas heridas y...
-Y llamasteis por el teléfono de emergencias para pedir ayuda cuando os distéis cuenta de lo que habiaís organizado, poniendo en peligro las vidas de la enfermera y de este hombre –dijo refiriéndose a Candy y a Mark- además de la mía, y las vuestras propias, debido a vuestra insensatez –declaró la doctora con los brazos en jarras y recorriendo de uno en uno, los cariacontecidos rostros de los hombres con los ojos, mirándoles con reprobación
-La verdad –dijo otro hombre con una barba tan poblada e hirsuta que apenas se distinguían sus rasgos tachonados de arrugas, tras la misma – no fue así exactamente, señora doctora. La propia llamada fue una broma…Nos aburríamos y después de la pelea y algo achispados como estábamos tras bebernos ese vino tan rico de Provenza…-dijo relamiéndose aun con el sabor del licor reciente en sus labios y en su mente sin concluir la frase.
Al escuchar aquello, la cara de Diane se transmutó completamente. Creyó que le daría un pasmo, y que terminaría por liquidar a alguno de aquellos desvergonzados crápulas, allí mismo. Sin embargo, gritar y gesticular no solucionaría nada, todo lo contrario, y tampoco resolvería el problema más urgente de cómo dar con la salida de aquel intrincado laberinto de túneles y galerías que a veces no daban a ninguna parte.
-En fin, ya no tiene remedio.-admitió Diane resignada y procurando rehacerse de la impresión, mientras la expresión de su cara recobraba la normalidad o al menos lo intentaba - A ver como salimos ahora de aquí.
Mark sonrió y señaló algunas muescas que había ido realizando en las paredes del túnel para lograr orientarse a modo de hilo de Ariadna y como si aquel lúgubre lugar de enrarecido ambiente, fuese el laberinto del Minotauro. La silenciosa y avergonzada comitiva de mineros siguió al grupo formado por Mark, Candy y la doctora que encabezaban la marcha, manteniendo una cierta distancia con ellos, y logrando ganar la salida en relativamente poco tiempo. Por el camino, Candy apenada por el porvenir de los imprudentes mineros, intentó interceder por aquellos hombres que seguramente perderían su empleo, si llegase a filtrarse lo que realmente había sucedido. Diane se encogió de hombros y consideró tener en cuenta los ruegos de la hermosa enfermera rubia. A fin de cuentas no se habían producido mayores daños y gracias a la broma, al haber movilizado los servicios de rescate de la compañía, se pudo evacuar a todo el mundo con prontitud ante el peligro de nuevas explosiones de gas, que casualmente coincidieron con la falsa llamada de auxilio. Mark hablaría en su favor plegándose a los deseos de su esposa, pero correspondía a la indecisa doctora tomar partido. Cuando se abriera la investigación correspondiente, y de eso no le cabría la menor duda y la interrogasen de su testimonio podía depender que aquellos hombres continuaran trabajando allí o fuera despedidos fulminantemente, por poner en peligro la vida de varias personas, debido a su imprudente negligencia.
12
Cruzaron el profundo abismo gracias a la disposición de un sistema de poleas a modo de teleférico improvisado que les permitiese evacuar la mina lo antes posible. Afortunadamente solo quedaba el grupo de juerguistas, la doctora Diane, Candy y Mark. El resto del personal había sido evacuado lo más ordenadamente posible gracias a otro acceso fuera de servicio y que fue rápidamente habilitado, aunque Candy y el resto tuvieron que salir de esa manera porque de lo contrario tendrían que dar una impresionante vuelta para acceder a la otra salida. Cuando finalmente Diane, y el último hombre del imprudente grupo estuvieron a salvo, Mark y Candy cruzaron a continuación por expreso deseo de ambos. Y también porque Candy sentía vértigo ante aquel aterrador vacío que se abría bajo sus pies por lo que prefirió demorar cuanto pudo el cruce al otro lado. Era una actitud desconcertante, y Mark arqueó las cejas mientras la sujetaba fuertemente ciñiéndola el talle:
-Pero cariño, no lo entiendo, trepas a los árboles como si tal cosa y esto no debería ser mayor problema para ti.
-Pero lo es –dijo Candy con la voz deformada por las naúseas que le subían por la garganta debido al vértigo que padecía- aquí hay diez veces más altura que desde la copa del Padre Árbol y puede que me quede corta, Mark.
-No mires hacia abajo y sujétame con fuerza a mí. No entiendo como has viajado conmigo a alturas mucho mayores y esto te impresiona tanto, mi vida –dijo besándola en los rizos que se removían inquietos sobre su frente.
-Allí solo había nubes, pero aquí, percibir tan cerca ese río, quiero decir tan nítidamente, la sensación de altura es mayor –comentó mareada y haciendo un esfuerzo por no vomitar. Tenía el estómago revuelto y una amarga bilis subía por su garganta empujando con fuerza, y pugnando por salir.
-Date prisa Mark –le rogó ella metiéndole prisa- no creo que aguante mucho más, bbrrbrrjg.
La joven contuvo el exabrupto y Mark decidió no demorarse más. Se deslizó a través del cable de acero que los ingenieros de la compañía habían atado a una especie de harpones, que disparados por un cañón especial, se clavaron sobre el dintel de la entrada a la mina. Ambos pendían de un arnés que el joven logró que Candy se pusiera, pese a estar pálida y lívida de miedo. Durante todo el trayecto que se deslizaron con el burbujeante río bramando bajo ellos, enterró la cabeza en el pecho de su marido para evitar mirar hacia abajo. Si lo hubiera hecho, posiblemente no habría conseguido serenarse lo suficiente como para salvar el espacio entre la mina y el otro lado, con éxito.
Cuando llegaron finalmente al extremo contrario, recibidos con una fuerte ovación, Candy respiró cuando sus pies volvieron a hollar tierra firme de nuevo, pero las naúseas eran tan acuciantes que tuvo que retirarse tras unas piedras acompañada por su marido. Finalmente vomitó manchando parcialmente la cazadora del joven, aunque estaba tan ajada y cuertada que una mancha más no se notaría. Mark ayudó a su esposa a recobrarse desabrochando los botones que la oprimían el cuello y abrazándola para confortarla. Su cara era todo un poema y sus mejillas habían perdido algo de color, pero gracias a los solicitos cuidados de Mark, se fue recobrando.
-¿ Estás mejor ? –preguntó Mark preocupado.
La joven asintió y se incorporó lentamente, más preocupada por el lamentable estado que presentaba la ropa de Mark, que su propia salud.
-Oh no –se lamentó atribulada- te he puesto perdido cariño –dijo intentando limpiarle aquellas manchas tan inoportunas- yo…yo…-dijo la joven con expresión de embarazo.
-Tú nada, Candy –dijo Mark limpiando su vestido, que apenas se había ensuciado con su pañuelo- tú tienes que recobrarte y ponerte bien. Nada más y nada menos.
Candy le miró con ojos encendidos. Había una expresión de nobleza y bondad en aquellas pupilas tan oscuras como la más insondable de las noches, que no pudo evitar sentir una punzada de admiración y ferviente amor por el valeroso y desprendido joven. Le besó levemente en los labios, mientras la doctora Diane, preocupada por la tardanza de ambos, los encontró detrás de la roca que le habían indicado algunos de los hombres rescatados. La acompañaba un hombre maduro de pelo negro fino, impecablemente trajeado de negro tocado con un sombrero de ala ancha a rostro era afable y un pequeño bigote oscuro orlaba su labio superior. Llevaba una capa española sobre los hombros y sostenía un bastón de caoba con empuñadura de oro, imitando la cabeza de un león.
A Mark, al igual que Candy, le recordó inmediatamente a George el silencioso y eficiente secretario de Albert, que por razones desconocidas abandonó precipitadamente Lakewood dejando un tortuoso misterio de amores no correspondidos y paternidades sin reconocer, que era mejor no remover ni intentar desentrañar. Desde entonces, un pesado velo de silencio había caído sobre aquel asunto del que nunca más se supo.
Diane iba a efectuar las presentaciones, cuando el hombre, con apariencia de persona acaudalada y porte regio, retiró el sombrero de sus sienes y comentó con voz pausada y armoniosa:
.-Me llamo Harold MacMillan, y soy el propietario de la compañía que administra esta mina, entre otras muchas claro está –dijo con marcado orgullo mientras retorcía con fruición, en un gesto que le encantaba realizar, una de las puntas de su bigote.
13
El propio Harold, casualmente de visita por sus múltiples propiedades repartidas a lo largo y ancho del mundo encabezó personalmente la investigación. Candy y Mark no tenían nada que temer, muy al contrario porque además habían sido parte determinante en el complicado rescate. El problema estaba en la excesiva suspicacia y la formidable intuición de aquel hombre, que no tenía un pelo de tonto. No le eran desconocidas las francachelas y juergas de aquel grupo de mineros rescatados a los que reconoció al momento. Meneó la cabeza y les preguntó con condescencia, como si estuviera regañando a una pandilla de niños revoltosos que hubieran sido sorprendidos en plena travesura, que había sucedido realmente en la mina. Lógicamente, los cinco hombres realizaron un pacto de silencio que ni Candy ni Mark, tenían previsto quebrantar por lo que todos ellos contaron la misma versión, como era de esperar. Ninguna voz discordante, ningún despiste por parte de alguno de ellos que pudiera atraer la sagacidad del millonario y que permitiese descubrir un resquicio en su relato de los hechos, porque de una cosa estaban seguros, y es que su jefe, su mayor superior jerárquico, el que ocupaba la cúspide del organigrama, no se fiaba, y por eso faltaba el testimonio más decisivo, el de Diane, que sin duda pondría los puntos sobre las íes. Candy y Mark contaron su relato, una vez que la doctora atendió a Candy y determinó que aparte de las arcadas que había sentido al cruzar sobre el pronunciado abismo, no tenía nada más, estando perfectamente. Una vez que ambos se asearon y se mudaron con ropa limpia, comparecieron ante el afable millonario que solo les entretuvo unos minutos. Cuando le tocó el turno a Diane, se produjo una reacción muy extraña en ella. Sus ojos emitieron un par de lágrimas furtivas que pasaron desapercibidas, pero no para Mark que comentó en voz baja al verla pasar, camino del despacho de Harold.
-Está llorando –susurró Mark para que no le oyese Diane.
-¿ Qué ? –preguntó Candy extrañada.
-Está llorando y estoy seguro que ese hombre tiene relación con su llanto –sentenció Mark, mientras Candy le observaba con atención.
14
La conversación entre la doctora y el magnate no duró demasiado. Diane ocultó la verdad de lo que sabía para proteger los empleos de aquellos hombres y Harold, sentado tras una mesa desvencijada en un vagón que hacía las veces de despacho del administrador de la mina, que en esos momentos no estaba presente, se dio por satisfecho, cerrando el cartapacio oscuro que tenía entre sus manos.
-Caso cerrado –dijo el hombre con una tenue sonrisa- no es que me fíe mucho de esos borrachines, pero si tú afirmas que no hubo ninguna irregularidad en su trabajo, te creeré, pero solo porque tú me lo aseguras,Diane.
La familiaridad del hombre con la doctora era harto sospechosa. No cabía duda que había existido algún tipo de relación entre los dos, algo muy profundo que había dejado huella tanto en ella como en él. Y que manera más indicada para ello que una turbulenta y profunda relación que les unió hacía ya algunos años y que terminó abruptamente cuando ninguno de ellos estuvo dispuesto a renunciar a sus sueños. Diane era de buena familia pero se había peleado con los suyos porque jamás admitieron que la joven siguiera la carrera de medicina, y Harold por aquel entonces su prometido, tampoco aprobó sus sueños. Diane aun le amaba, pero estaba demasiado ofuscada como para reconocerlo. Cuando se graduó siendo una de las primeras de su promoción, buscó trabajo en diversas clinicas donde ejerció pero el recuerdo de Harold la perseguía allá donde estuviera, por lo que optó por desempeñar su trabajo en el lugar más recóndito del mundo al que fuera capaz de ir, aceptando una plaza en una mina perdida en algún lugar de China. Nunca se había enterado de que la mina perteneciera a su antiguo amor hasta ese día. Nunca se lo planteó y tampoco se hablaba de ello en la comunidad minera.
Hasta ese día, en el que le vio allí, delante de ella. Diane evocó los vals, los días de vino y rosas, las veladas en compañía de hombres aristocráticos y poderosos, pero ninguno como él, ninguno como Harold. El la encadiló y la amó, y seguramente habría sido su esposo de no haber él mostrado ese inveterado y maldito orgullo que le impedía reconocer que una mujer era algo más que una figura atractiva y una cara bonita. Harold se irguió repentinamente y la abrazó atrayéndola hacia sí. Habían pasado quince años, pero continuaba amándola como el primer día.
-Déjame –protestó ella sin demasiada convicción- lo nuestro se acabó ya, Harold, ¿ acaso lo has olvidado ?
-¿ Y tú ? ¿ acaso no estarías dispuesta a perdonarme y concederme una nueva oportunidad ? –dijo estrechándola contra su pecho y rodeándola con sus brazos.
Diane dudó. Podría haberse echado de allí fácilmente porque cuando más tiempo permaneciera con él, más difícil le resultaría separarse de su antiguo amor. Alzó la mano para abofetearle, pero suspiró y la posó en la mejilla del hombre dedicándole una lánguida sonrisa. Aun le seguía amando y él había reconocido su error, disculpándose sinceramente.
Meneó la cabeza y le atrajo hacia sí besándole largamente. ¿ Qué sentido tenía continuar odiando ? ¿ para qué seguir cerrando la puerta a la felicidad por una simple cuestión de acendrada cerrazón y empecinamiento ? Harta de sentirse sola, cansada de lidiar con un mundo gris y lejano del que ella acostumbraba a amar y venerar, pero que no podía abandonar y menos que ahora debía hacerse cargo de dos criaturas, a las que había arrebatado de las garras de un taimado prestamista, decidió concederle una nueva oportunidad. Harold no se había casado, lo habría sabido de inmediato porque entre otras cosas, se le daba mal mentir, por lo menos mentirla a ella. En ese instante se abrió la puerta del barracón de improviso y dos niños de corta edad entraron en tromba saludando respetuosamente a Diane:
-Buenos días señorita Deller, nos alegramos mucho de verla.
Los niños emplearon un tratamiento tan formal y educado que Harold supuso que no eran hijos en modo alguno de la mujer, aunque ese pensamiento se le pasara fugazmente por la cabeza. Kemp y Zanish se quedaron mirando al elegante caballero, que para alborozo de Diane sonrió abiertamente y les devolvió el saludo:
-Buenos dias pequeños –dijo francamente conmovido- supongo que la señorita Deller tendrá a bien explicarme que hacen estos dos caballeretes aquí.
Su tono era distendido y cordial. Diane empezó a hablar recobrando la sonrisa que había perdido desde hacía tanto tiempo, cuando Harold incapaz de retenerla a su lado, tuvo que dejarla marchar rompiendo así su compromiso. Ambos habían tenido algo que ver, Diane por negarse altivamente a responder a las desesperadas súplicas de Harold para que lo perdonase, y ´ella por no haber transigido un poco más. Hablaron largo y tendido y cuatro meses después celebraban su boda en Londres tras regresar unas semanas antes juntos desde la apartada mina y adoptaron a ambos niños. Los trámites fueron largos y penosos. Hubo que localizar a la familia de los pequeños, que expresó su más que rotunda conformidad de que ambos fueran adoptados por los Mac Millan, resolver un montón de procedimientos burocráticos y penales, porque la forma en la que los niños pasaron a custodia de Diane también presentaba aspectos turbios, pero finalmente todo terminó por resolverse satisfactoriamente, integrándose ambos niños en su nueva familia. Al cabo de un año, Diane le dio dos hijos a Harold aumentando así el tamaño de la familia.
Afortunadamente, el final de aquel largo día, pródigo en emociones y hechos sobresalientes se vio coronado por un feliz desenlace, únicamente empañado por las reclamaciones del vigilante de la mina, que esgrimiendo un papel donde había una serie de anotaciones, reclamaba algo a Mark. El joven que continuaba abrazando a Candy, fue sacado del dulce refugio que constituían los brazos de su esposa, por una voz gutural que en chino, le estaba recriminando algo. Mark reconoció al hombre de inmediato, y aunque no podía entender ni palabra de lo que le decía, dado que el iridium no le permitía a Mark adquirir los conocimientos suficientes como para desentrañar los secretos de idiomas tales como el chino o el ruso, supuso que se estaba referiendo a la destrozada motocicleta, que vio como se hacía pedazos, justo a la entrada de la mina. Candy, abrió los ojos lentamente porque estaba besando a su esposo, y se enfadó porque aquel vociferante chino había interrumpido el romántico momento.
-¿Qué quiere este hombre, Mark ? –preguntó la joven intentando dominarse dado que el estridente volumen de su voz, estaba resultando hiriente para los sensibles oídos de Candy. Las atronadoras quejas del hombre estaban haciendo que le dolieran los tímpanos.
Mark se encogió de hombros y suspiró. Aunque su esposa no corría peligro, porque el vigilante estaba más pendiente de saber quien le iba a pagar el arreglo de su moto o un vehículo nuevo en su defecto, que era lo más probable dado que la vieja moto no volvería a rodar, aun así, no le perdió de vista ni un solo instante.
-Creo…que se refiere a su motocicleta, Candy –dijo Mark desviando la mirada como si intentase disimular al ser sorprendido in franganti en algo ilegal.
-¿ Qué ? ¿ qué le pasa a su moto,Mark ? cada vez entiendo menos –declaró la joven rubia exasperada agitando las manos y cubriéndose los oídos porque la interminable letanía del hombre. que iba subiendo in crecendo la estaba levantando dolor de cabeza.
-¡! Cállese! –protestó Candy indignada, aunque reconociera que el hombre tuviera razones más que sobradas para estar tan enfadado y no era para menos.
-La…utilicé para pasar al otro lado del puente y se destrozó justo cuando alcancé la entrada de la mina. No tenía más remedio, cariño. Sin iridium no puedo volar ni utilizar mis poderes.
Mark se sentía en deuda con aquel hombre dado que gracias a su viejo vehículo había logrado entrar en la mina, pero sin un intérprete no podría entender nada de lo que el hombre estaba vociferando sin hacer caso de los requerimientos de Candy para que bajase la voz, pese a que se lo dio a entender por elocuentes señas.
Candy se asomó a la amarillenta hoja de papel que esgrimía entre sus gruesos e hirsutos dedos. Por más que la examinó atentamente no logró descifrar nada de su contenido porque estaba en chino,pero supuso que sería una especie de relación de daños. Mark llegó a la misma conclusión y se preguntó como había podido evaluar desde esa distancia los restos de lo que en tiempos había sido una motocicleta militar, comprada por el vigilante a precio de saldo en Estados Unidos. Años más tarde, regresó a su país natal llevándose consigo la moto que había pintado de un vivo y chillón color amarillo y encontrando trabajo en la mina como vigilante. Cuando Mark trataba de razonar con el hombre, tranquilizándole y garantizándole que le abonaría el importe de otra moto, en ese mismo momento, un hombre maduro pero apuesto, vestido con un impecable traje negro, de cuyo brazo derecho iba una sonriente y alegre mujer pelirroja de ojos violeta que coqueteaba con su acompañante, continuamente, se aproximó lentamente hasta el vigilante que no había cesado de gritar señalando el astroso y sucio papel por enésima vez. Tan pronto como el señor MacMillan llegó a su altura y el chino le reconoció, Chang enmudeció de repente mostrándome de lo más comedido y tranquilo, deshaciéndose en reverencias. Harold rió complacido y para sorpresa de todos, incluida la propia Diane y el vigilante, el magnate habló en chino con una impecable soltura y excelente fluidez. Habló con el mohíno vigilante que ahora se mostraba más calmado y obediente y tras unos instantes de conversación, Harold se giró hacia Mark y Candy y dijo con una sonrisa:
-Dice que espera que alguien le pague los destrozos en su moto.
Antes de que alguien de los presentes pudiera argumentar nada, Harold extrajo una cierta suma de dinero del bolsillo derecho de su abrigo y contando los billetes, los fue depositando sobre las manos del asombrado y eufórico Chang que se deshizo en elogios, hacia la generosidad de su jefe. El hombre palpó los crujientes billetes sin dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo. Eran dólares y representaba una pequeña fortuna para el adusto responsable de la seguridad y el orden en la mina.
-Con esto podrá comprarse una moto nueva –declaró Harold retirando el sombrero de ala ancha de sus lustrosos cabellos negros- tiene razón en exigir lo que es suyo. Y la verdad, aunque Mark la haya dejado para el arrastre –bromeó- lo hizo por una buena causa –comentó observando a Candy que había vuelto a abrazar a Mark.
-Le advierto señor que tenía intención de pagarle una moto nueva, pero perdimos todas nuestras pertenencias y equipajes incluido nuestro dinero –comentó Mark ofendido, creyendo que Harold se estaba burlando de él o reprochándole algo.
El hombre levantó las manos conciliador y declaró afablemente:
-No me cabe la menor duda y por eso, debido a que gracias a su intervención para salvar a su esposa y a mi prometida –comentó mirando de forma elocuente a Dianne- y que también propició la evacuación de la mina, ante una serie de explosiones de gas grisú, que aunque no fueron a mayores afortunadamente, logramos que todos los mineros fueran puestos a salvo por si acaso, me siento en deuda con usted y su esposa, y por esas dos razones de peso, prefiero pagarle a Chang el coste de una moto nueva porque reparar su viejo cacharro es misión imposible.
Candy abrió unos ojos como platos, ante la imprevista revelación de que el acaudalado y poderoso magnate era ni más ni menos que el novio formal de la doctora Dianne, además de su prometido. Perpleja, dirigió sus ojos de esmeralda hacia los de su marido como si buscara una explicación plausible, pero Mark alzó los hombros y poniendo las palmas de las manos hacia arriba, dio a entender a Candy, que estaba tan sorprendido como ella, si no más ante la grata y sorprendente noticia, de la que tenía conocimiento por vez primera. Diane y Harold que iban cogidos de la mano, rieron de buena gana y revelaron a Mark y a Candy como había surgido la relación que les ligaba aclarándoles que no se debía a un flechazo repentino, y de paso les contaron la historia de su desgraciado amor, mientras el rechoncho y calvo Chang se alejaba monte abajo, con paso presuroso, y contando los billetes con dedos ansiosos y temblorosos pensando en como se compraría la moto más barata, estropeada y desmadejada que lograra encontrar y que además costase una miseria, para embolsarse el resto del dinero, del que Harold le había hecho entrega, para sí.
15
Finalmente, tras los agitados días que habían vivido, repletos de intensas emociones, y una vez que se despidieron de la doctora Diane y los niños, Mark y Candy pudieron reemprender su largo viaje de retorno tantas veces anhelado e interrumpido, pero antes de partir hicieron alta en un pequeño y escondido café de la minúscula ciudad de Lun Ming para reponer fuerzas. Candy reparó entonces que aun guardaba en su inseparable maleta de viaje blanca, con la gran franja roja que circundaba su perímetro, la carta que Duncan le entregara y que aun no se había atrevido a leer por no haber hecho acopio del valor suficiente para hacerlo. Se había olvidado casi por completo de la misiva y al efectuar una inspección rutinaria de sus cosas para comprobar que no faltase nada, la descubrió, haciendo que recordase el doloroso trance de haber tenido que despedirse de su padre de forma tan triste y desafortunada.
Duncan había advertido a Candy, que tal vez prefiriera no leer el contenido de la misiva. Sin que el curtido y endurecido militar se lo hubiera dicho de antemano, la joven rubia ya sabía de sobra, a quien atribuir la carta que aguardaba en el interior del sobado y ajado sobre de color sepia, que el capitán había depositado entre las manos menudas de Candy, directamente proveniente de las suyas, anchas y firmes. Poco después, el capitán se retiró sin decir nada, creyendo que Candy se pondría a leer la carta casi de inmediato.
Pero hasta ese momento no la había abierto, ni tan siquiera había observado el sobre, pero sabía positivamente que la había escrito su propio padre. Y ahora en el interior del local, sopesaba si hacerlo o no. Las manos le temblaban, pero finalmente, haciendo un acopio de valor, rasgó el sobre y extrajo el papel de estraza donde James había redactado de su puño y letra, aquellas líneas dirigidas a su hija:
"Candy, hija mía:
Para cuando leas esta carta, seguramente ya me encontraré lejos con destino desconocido. Aun no tengo claro a donde iré, pero lo único que sé, es que intentaré purgar todo el mal que os he causado a tu querida y bondadosa madre y sobre todo a ti, mi pobre y dulce niña. Solo quería decirte que te quiero, pese a todo el dolor os he causado, a Eleonor y, sobre todo a ti. Espero que puedas perdonarme algún día, y sepas disculpar esta última cobardía mía de marcharme sin haber tenido el valor suficiente para despedirme de ti, pero no he logrado reunir el valor suficiente como para, mirándote a los ojos, esos ojos verdes tan hermosos que has heredado de mamá y
ponerte al corriente de mi partida, contarte lo arrepentido que estoy, por haber malgastado mi vida, mientras destrozaba la tuya y la de tu madre, a la que nunca he dejado de querer, pero ya es tarde para enmendar tantos despropósitos.
Espero que seas feliz, tanto como lo fui yo, antes de cometer el mayor y más estúpido error de mi malhadada vida, que fue renunciar al amor de Eleonor y a ti, mi hermosa hija. Cuando veas a Katia, dile que también la quiero, de hecho siempre os llevaré a las dos en mi corazón.
Tu padre, que te sigue queriendo:
James"
Candy no pudo evitar que algunas lágrimas dejaran su huella sobre el arrugado papel, sobre el que James plasmó sus desesperados pensamientos, a falta de otro pliego mejor para hacerlo. Mark estaba a su lado, esperando a que la displicente y remolona dueña del establecimiento les sirviera los dos cafés que le había pedido hacía ya rato. El silencio en el local era tan denso que ya el mero hecho de que Candy, abriera el sobre rasgándolo con dedos impacientes, hizo que los dos ancianos levantasen sus cabezas del tablero de ajedrez y se la quedasen mirando unos instantes, para volver a enfrascarse en su solitaria partida. Aquellos dos parroquianos eran de ascendencia rusa y habían emigrado a tan lejanas y solitarias latitudes, en su juventud. Se habían establecido en Lung min, y aparte de haberse casado, vivido, procreado y cubierto todas las etapas propias del ciclo vital de un ser humano, allí terminarían sus días.
Mark se percató que en el aire flotaba un ligero aroma a tabaco barato que se mezclaba con el te que los dos viejos bebían, sirviéndose directamente desde un samovar. Jugaban lenta y pausadamente. Era como si el tiempo se hubiera detenido para siempre en aquel oscuro y recóndito lugar, ubicado en los confines del mundo. Seguramente muy poca gente, exceptuando los habitantes de Lun ming, supiera de la existencia de aquel sitio varado definitivamente en las arenas del olvido, como un barco que se deshiciera lentamente en el silencio de las profundidades marinas que lo envolvían tras haberse hundido en su seno, hacía ya demasiado por causas desconocidas y probablemente olvidadas.
16
-Cariño, no llores, sabes que no soporto verte triste –le dijo Mark ofreciéndole un pañuelo. La muchacha lo tomó agradecida, y restregándose los párpados, guardó la carta en el bolsillo derecho de su abrigo rojo. El joven frunció el ceño y dijo:
-Se trata de esa carta, y sospecho que te la ha escrito tu padre a modo de despedida.
Candy asintió levemente, mientras finalmente el te, pedido hacía ya largo rato humeaba en el interior de dos aparatosas tazas de porcelana gruesa y decoradas con colores chillones que agredían a la vista con sus estridencias, delante de ambos. Candy tomó el suyo y sorbiéndolo, aunque lo encontró demasiado dulzón, sirvió para reconfortarla y ayudarla a sentirse mejor. Mark probó un sorbo del suyo y ambos bebieron en silencio, mirándose a los ojos. Cuando Candy depositó su taza sobre el plato que aguardaba en la barra del bar, meneó la cabeza entristecida, haciendo que sus rizos se desplazaran en todas direcciones. La dueña esbozó una mueca de disgusto, probablemente de envidia. Era como si la presencia de Candy, pese a su tristeza, iluminara el tétrico y decadente ambiente del sórdido local.
-Estoy harta de todo esto Mark –dijo finalmente entornando los ojos- quiero volver a casa, cuanto antes. No entiendo de que modo y manera, me he visto arrastrada a los rincones más recónditos de la Tierra, buscando a un hombre que pese a ser mi padre, me resulta un completo extraño, y eso que Katia me lo advirtió por activa y por pasiva.
Mark lanzó un suspiro y desvió incómodo la vista. Sin sus poderes, poco podía hacer para acortar las enormes distancias que les separaban de Estados Unidos, y por ende de su hogar. Mark dejó algunos rublos, junto a las tazas vacías. La dueña sonrió aviesamente pensando que el extranjero no era muy listo, al no haberse percatado de que le estaba cobrando de más por un par de tazas de té de mala calidad, cuyo sabor acre disimulaba agregándole ingentes cantidades de azúcar . Realmente, Mark lo sabía, pero prefirió no discutir. Unos pocos rublos de más, que la desconfiada hostelera recogió enseguida entre sus ávidas manos, no eran justificación para armar una escena. No valía la pena. Salieron del café, cogidos de la mano. Mark había replicado a la desesperada súplica de Candy, que las cosas terminarían por arreglarse, pese a que cada vez, se empantanaban más. En ese preciso instante, un sonido neumático que reconocería en cualquier parte les sobresaltó. La calle estaba vacía. Los pocos habitantes de la localidad, habían hecho un alto en sus rutinarias vidas atraídos por la curiosidad hacia los extranjeros occidentales, soldados y civiles, que abarrotaban el sencillo muelle del poblado costero, por lo que nadie fue testigo de la siguiente escena. Candy se llevó las manos a los labios, no sabiendo si reír o llorar. Delante de ella, a pocos pasos, aguardaba la imponente figura de Mermadon, que finalmente les había encontrado tras una larga e intensa búsqueda.
17
Candy notó una punzada de miedo al evocar la agresiva forma en la que el robot la había aprisionado y conducido a presencia del intrigante barón. Por un instante, pese a las evidencias de que ya estaba plenamente recuperado, temió que el robot fuera nuevamente a intentar algo, y se situó instintivamente detrás de Mark. El joven, apreciaba a Mermadon, pero no estaba dispuesto a tolerar que volviera a apoderarse de Candy otra vez. Extrajo su arma de asalto y deslizó sus dedos sobre el botón de desplegado sin pulsarlo aun. Si el robot decidía atacarles, la única posibilidad de pararle sería acertando entre ambos sensores ópticos, que brillaban siniestramente en la penumbra de la solitaria calle, lo cual probablemente conllevaría su destrucción. Pese a que el rostro de Mermadon estaba protegido por un visor acorazado, Mark confiaba en hacerlo pedazos con las ojivas de punta reforzada que llevaba separadas del resto en previsión de encontrarse con algún enemigo u obstáculo duro de pelar. Mark alzó lentamente el arma. Odiaba tener que hacer eso, pero si Mermadon no le daba ninguna otra opción, no dudaría en destruírlo. Antes que su amistad con Haltoran, antes que el aprecio que tenía al robot estaba la seguridad de su esposa.
-No me obligues a hacerlo amigo –trató de razonar Mark con él- lamentaría mucho tener que obrar así, y Haltoran aun más.
Desde su espalda, la voz amortiguada de Candy le rogó:
-Por favor, querido, no le hagas daño, quizás si yo intentara…
-No, ni hablar –le espetó Mark bloqueándo la visión del robot con su cuerpo- antes lo destruyo si…
Afortunadamente, Mermadon empezó a hablar, con su voz almibarada y dulzona demostrando ser el de siempre:
-Por favor, señor Anderson, no me destruya, soy yo, el de siempre, he venido a rescatarles, por orden del señor Hasdeneis.
Al escuchar aquello, Mark bajó el arma que no habia llegado siquiera a desplegar, y Candy corrió al encuentro del coloso de acero, abrazándose a su cintura:
-Mermadon, querido amigo, me alegro tanto de verte, tanto –suspiró la muchacha. El robot se agachó para que Candy pudiera depositar sus manos sobre los macizos hombros y la rejilla que hacía las veces de boca, se iluminó intermitentemente.
-Yo también me alegro de verla sobremanera, señorita Candy, lamento tanto las cosas horribles que hice…-afirmó bajando la cabeza y moviéndola con pesar para demostrar su sincero arrepentimiento.
-Ya pasó amigo, ya pasó –le dijo Mark palmeando su espalda y notando el frío contacto del acero con sus manos.
Afortunadamente, nadie les vio. Los acontecimientos en el puerto del villorrio suscitaban más interés que las cuitas personales de dos extranjeros, concentrando a la escasa población de Lun ping alli. Soldados chinos de permiso de la cercana guarnición, y paisanos desocupados asistían entre atónitos y divertidos a las discusiones de los occidentales, entre las que trataba de imponer paz a duras penas, Duncan Jackson.
Las airadas voces llegaban tan claramente audibles hasta allí, que hasta la recia y adusta dueña del café seguida por los dos ancianos, que habían interrumpido su partida de ajedrez, abandonaron el local para averiguar que pasaba.
-He venido para llevarlos hasta Norteamérica, siempre que la señorita Candy, no tenga reparo, por supuesto –dijo el robot tímidamente, aun presa de los remordimientos que las consecuencias de su acción debida a su temporal pérdida de memoria, hábilmente aprovechada por Ungern, había provocado.
Mark miró a Candy esperando una decisión de su esposa. El joven observó sus muñecas disimuladamente, que continuaban sin mostrar la luminiscencia propia de la actividad del iridium en su sistema circulatorio.
Candy dudó por unos instantes. Observó el desolado y anodino lugar en que se hallaban, con sus dos polvorientas calles y el pequeño y tétrico puerto, pensó en la larga y probablemente horrible travesía a través del Océano Pacífico y tras sopesar los pros y los contras, miró al robot. Aun no se le había pasado el susto que supuso para ella, verse arrebatada del lado de Mark y aparecer en el otro extremo del mundo, en presencia del aristocrático y astuto barón. Alzó la cabeza haciendo que sus cabellos dorados cayeran hacia atrás y preguntó al robot:
-¿ Cuánto tardaríamos en llegar a casa Mermadon ?
El robot realizó un rápido cálculo mental y añadió:
-Entre veinte y veinticinco minutos –respondió.
-Bien –dijo Candy para asombro de Mark- ¿ podrías llevarnos a los dos ?
-Para mí será un placer, señorita Candy.
Mark clavó sus ojos oscuros en los de su esposa, como si esta hubiera perdido el juicio. Cuando Candy se situó dócilmente al alcance de la mano izquierda del robot, este ciñió su talle con sumo cuidado, una vez que la muchacha le autorizó a hacerlo.
-Nos vamos a casa querido, estoy tan harta de deambular por el mundo, que iría a Lakewood agarrada a la cola de un cometa si fuera preciso, así que no me mires con esa cara, amor mío –le dijo risueña, mientras Mark la imitaba y se ponía junto a la otra mano del robot. Mermadon envolvió a Mark con sus dedos de acero, cuando este le permitió hacerlo y Mark sonriente asintió sin dar crédito a la facilidad con la que su esposa aceptaba tan peculiar manera de viajar, cuando siempre le había parecido, y no era para menos, totalmente inusual y muy peligrosa.
-Lo veo y no lo creo –dijo Mark sin poder evitar romper a reír de alegría- vayámonos pues.
En ese momento se escuchó una agitada conversación en chino. Una patrulla de soldados, que había echado en falta a Candy, tras un recuento de los extranjeros y enviada en su búsqueda, fue atraída por el rumor de pasos y voces que provenían del callejón.
-Nos han visto –exclamó Candy señalando hacia los soldados que corrían hacia ellos, con las armas en ristre y formulando advertencias que como era de esperar, no podían entender. Candy miró a Mark con un interrogante en sus ojos verdes, y este se encogió de hombros dando a entender que no dominaba ese idioma.
-Es igual, no hay tiempo para averiguar que están diciendo, pero es evidente. Mermadon, sácanos de aquí.
-Aun no me he apantallado señor Anderson. Yo…
-¡ Haz lo que te digo ¡ -rugió Mark.
Los estatorreactores emergieron de la espalda del robot y empezaron a emitir un chorro de fuego. Se produjo un fuerte siseo, y una sacudida que hizo que los soldados rodaran por tierra. Candy que acusó los efectos de la sacudida, reprimió sus deseos de gritar y cerró los ojos, crispando los puños para dominarse, mientras Mermadon levantaba el vuelo con sus dos pasajeros a cuentas. Los soldados se miraron asombrados y retrocedieron gritando y corriendo despavoridos, mientras abandonaban sus fusiles en el suelo del callejón entre suciedad y desperdicios.
Al poco alcanzaron una altitud de cinco mil metros. Mermadon dejó de ascender vertiginosamente, para proceder a realizar un vuelo horizontal, rumbo a Estados Unidos. El caparazón de iridium, basado en los mismos principios que el de Mark, les proporcionaba protección suficiente contra la falta de oxígeno y los efectos de la elevada aceleración, dado que Mermadon volaba a Mach 7.
Candy no percibía más que nubes que parecían de algodón, pero no dejaba de ser una hermosa vista a fin de cuentas. De ser ciertas las afirmaciones del robot, pronto llegarían a casa, volverían a abrazar a sus hijos y a su madre, aparte de ver a su familia adoptiva. Mermadon maniobró por encima del manto de nubes y puso rumbo a Norteamérica.
18
Helen estaba en el jardín de su casa, reclinada en un banco de color blanco en compañía de Eleonor, mientras Brian y Ernest departían como buenos amigos, paseando por los jardines. Desde que la afamada actriz cuyos ojos eran idénticos a los de Candy, visitara a Helen Legan, poco después de que la muchacha partiese a los campos de batalla europeos, siguiendo a Mark por amor, lo mismo que Haltoran y Annie, se habían hecho buenas amigas. La señora Legan había tenido que lidiar con algunas crisis en su familia, aparte de tener que luchar ya de por si, con la tristeza que la invadía por la ausencia de Candy. Los problemas conyugales entre su hijo Neil y su esposa Susan, la habían obligado a tener que desplazarse varias veces entre su casa y la de su hijo, para intentar apaciguar los ánimos. Tras una extraña historia de la que prefirió no saber nada, en la que Susan había huído del lado de su esposo y este había salido en su búsqueda, logrando recuperarla, una vez que resolvieron sus diferencias con la ayuda de Helen, las cosas parecían haber vuelto a calmarse nuevamente. Helen, tranquilizada por nuestras recientes noticias, lo mismo que Sarah, la madre de Annie que como era de esperar también demandaba nuevas de su retoña, no podía creer que finalmente, estuviéramos de regreso.
Eleonor vestía un sencillo pero elegante vestido de raso azul y llevaba los hombros al descubierto, protegidos por un sencillo chal a juego con su vestido. La bella mujer realizó una confidencia a Helen, que rió encantadoramente celebrando la ocurrencia de su amiga. Maikel y Marianne jugaban juntos, cerca de ambas damas y se acercaron a ellas, corriendo con toda la vitalidad que sus jóvenes cuerpos rebosantes de energía les conferían, mientras gritaban al unísono, corriendo en reñida competición:
-Abuela Eleonor, abuela Helen –corearon los niños, atronando el aire con sus alegres voces infantiles. Sobre el hombro derecho de Marianne, se balanceaba un pequeño ruiseñor que no dejaba de emitir sus melodiosos trinos, feliz de estar en compañía de los dos niños.
Los niños llegaron a la altura de las dos distinguidas mujeres y las abrazaron efusivamente. Abuela, se dijo para sus adentros Helen, esa palabra tan entrañable como hermosa, tenía una connotación nostálgica que no tenía porqué ser en absoluto negativa. Significaba, que Helen aunque aun era hermosa y joven, estaba empezando a envejecer lentamente. La señora Legan se pasó la mano por su cutis y emitió un leve suspiro. Era feliz, cuidando de sus nietos que demandaban constantemente sus atenciones. Lo que Eleonor aceptaba con total naturalidad, el hecho de ser abuela, ella aun le costaba un poco asumirlo. Supuso que era natural y que todo era cuestión de aceptarse como era.
Helen se inclinó hacia Marianne y tomándola entre sus brazos, la sentó en sus rodillas y la meció lentamente. La niña rió alegremente, mientras su amigo el ruiseñor, acompañaba sus risas con su canto. Helen se rascó el mentón y se preguntó como era posible que un ave tan tímida y huidiza como un ruiseñor, se hubiera convertido en un compañero inseparable de su nieta, siguiéndola a todas partes.
-Flappy también está feliz de verte, abuelita –le dijo la niña besando su mejilla dulcemente y mostrando al ave que pió con más fuerza, batiendo las alas alegremente para asombro de la señora Legan.
Helen miró en derredor temiendo que su gata Silvia rondara por allí. La última vez había estado a punto de devorar al indefenso pájaro, cosa que la propia Helen evitó en último momento, apartando a la gata de un manotazo. Pero esa apacible tarde primaveral no estaba por allí, tal vez, se hubiera ido a jugar con Clean, aunque el coatí, algo más anciano que la gata ya no estaba para demasiados trotes, pero de vez en cuando aceptaba las demandas de juego de su pequeña amiga felina.
A veces le preocupaba Maikel. Los prolongados silencios del inteligente y reflexivo niño, a veces le causaban miedo. Pero esa tarde parecía feliz, jugando junto a su hermana a la que protegía y quería con locura. En ese momento, Marianne señaló hacia el cielo y empezó a gritar:
-Mamá. Mamá. –repitió.
Se bajó del regazo de Helen y echó a correr hacia delante. Helen se levantó y se dispuso a seguirla, aunque la niña era más rápida que ella. La mujer lanzó otro suspiro. Recordó como había tenido que correr en pos de Neil cuando era pequeño, pero entonces era casi veinticinco años más joven y sus piernas mucho más ágiles. A sus casi cincuenta años, no estaba para esos trotes. También temió apesadumbrada, que el esplendoroso vestido azul claro de volantes, que le había regalado y hecho confeccionar a medida, que llevaba puesto su nieta, terminara manchado y arrugado como la otra vez, cuando se cayó desde la rama de un árbol afortunadamente sin mayores consecuencias, que terminar con la ropa arruinada y cubierta de lodo, imitando la costumbre de su madre de subirse a las copas de los mismos, que había adquirido de ella y que Candy se había ocupado personalmente de enseñar a sus hijos, pese a la opinión en contra de su madre adoptiva. Marianne demostraba una habilidad innata para trepar por los añosos y no siempre accesibles troncos, de los diversos árboles del bosque que circundaba el gran lago, que precisamente confería nombre a la gran propiedad, transferida a Mark por decisión de la tía abuela, desde el momento en que su sobrino cayera en desgracia.
-Marianne, ven aquí, no me hagas rabiar –clamó Helen intentando cogerla sin éxito mientras el ruiseñor volaba en torno a ella piando alegremente y posándose de cuando en cuando y alternativamente, sobre su hombro y la cabeza de Helen que se agitaba hacia los lados para espantarlo, aunque sin demasiado éxito, porque el pájaro había tomado querencia a toda la familia –obedece a tu abuela –clamaba haciendo imperativos gestos con el brazo izquierdo, para que se detuviera.
Eleonor, divertida, se puso en pie dispuesta a echar un cable a su querida amiga. Normalmente, Marianne solía obedecer sin rechistar, pero a veces había que ponerse seria con ella.
-Mamá, papá, están llegando –exclamó la niña, sin dejar de correr –papá, mamá –insistió mientras Flappy, llamado así por el batir de sus alas picoteaba los zapatos de charol rojo de la niña, para atraer su atención.
-¿ Qué está diciendo ? –inquirió Eleonor intrigada -¿ insinúa que Candy y Mark vienen hacia aquí ? ¿ cómo es eso posible ? –preguntó a la perpleja Helen, que se encogió de hombros para dar a entender a la antigua actriz, que sabía tan poco como ella, acerca de que estaba ocurriendo.
Entonces Marianne se detuvo, palmoteando frenéticamente, mientras daba pequeños saltos sobre la hierba. Maikel llegó jadeante a su lado, dispuesto a regañarla cuando miró hacia arriba sorprendido porque su hermana tenía la vista fija en lo alto.
-¿ Qué ocurre Mary ? –preguntó el niño angustiado, llamándola por su diminutivo- ¿ que has visto ? –repitió.
-Mamá y papá están llegando hermanito –dijo por toda respuesta.
En ese momento, una forma vagamente humana maciza y amazacotada se hizo visible. Suspendidos de ella, junto a la imprecisa forma había otras dos, cuyo perfil era indiscutidamente humano y muy familiar para cuantos les contemplaban perplejos. Mermadon se posó suavemente sobre la hierba y abrió los brazos permitiendo que Candy, corriera hacia sus hijos, lo mismo que Mark. La joven extendió los suyos y los cerró en torno al pequeño cuerpo de Marianne, a la que mojó con sus lágrimas.
-Mi pequeña, mi niña, -dijo arrepentida de haber estado tanto tiempo ausente- mis pobres niños, os he echado tanto de menos…tanto –dijo abarcando entre sus brazos, a Marianne.
Maikel, menos dado a las expansiones emotivas que su hermana, no obstante se abrazó a su padre con fuerza.
A continuación, Candy avanzó hacia Eleonor y Helen. No sabía a cual de las dos abrazar primero porque temía desairar u ofender a la otra, si escogía entre una de las dos. Pese a que Eleonor era su verdadera madre, seguía considerando a Helen, como tal. Se acercó a las dos y las procuró acoger entre sus brazos por igual.
Sin embargo Helen se retiró discretamente con una excusa banal, permitiendo que Eleonor gozara del cariño de su hija sin su injerencia, pese a que nadie le hubiera echado en cara una cosa. así en ningún momento.
-Luego me reuniré con vosotros. Tengo que supervisar unos asuntos en la cocina con el servicio –mintió para alejarse de allí, intentando ocultar sus incipientes lágrimas.
Eleonor asintió y miró a Candy. Estaba tan hermosa y radiante, que no pudo evitar sentir un estremecimiento de orgullo por tener una hija tan bella como valiente. La abrazó con fuerza, y Candy musitó en su oído:
-Mamá, mi querida y dulce mamá –dijo como si fuera una niña pequeña. No pudo evitar reprimirse. En esos momentos, necesitaba llorar y desahogarse en compañía de su verdadera madre.
-Cálmate, hija mía, cálmate –dijo Eleonor feliz de poder recuperar parte del tiempo perdido, con Candy y sin conceder la menor importancia a la inusual manera en la que el matrimonio había arribado a la finca - cuéntame que te pasa, Candy.
Mermadon se retiró a un segundo plano discretamente, poniéndose a disposición de Mark por si requería de sus servicios. El robot pasó con andar pesado y lento delante de la antigua diva del teatro, saludándola cortésmente. Eleonor sonrió, devolviéndole la reverencia. Aunque Eleonor se hubiera acostumbrado a las extraordinarias circunstancias que rodeaban a su yerno y a la extraña gente que había llegado con él, Helen pese a que había topado con todos nosotros mucho antes que la actriz, no terminaba de asimilar tan brutales y a la vez maravillosos cambios obrados en su hasta esos momentos, ordenada y vacía vida.
-Le he visto, mamá, le he visto –dijo Candy sin poder contener por más tiempo la liberación de cuantos sentimientos encontrados, le abrasaban el alma.
-He visto…a papá, finalmente…después de todo. Yo…no sé como empezar –dijo desviando la vista con prevención, hacia su esposo en busca de consejo. Mark la animó a sincerarse con su madre, con un enérgico gesto de su cabeza y una expresión de serenidad, que pareció devolver la confianza, a la cariacontecida joven.
Eleonor acarició cariñosamente los bucles dorados de su hija, mientras los que remataban su larga y frondosa cabellera eran removidos por una suave brisa primaveral, y dijo conciliadora:
-Cálmate hija, y simplemente empieza desde el principio. Cuentámelo. Desahogarte te hará bien, mi pequeña –le dijo besándola en los cabellos rubios, mientras Marianne consolada por su padre y su hermano, creía que algo malo le pasaba a Candy y se acercaba a ella lentamente.
-¿Mamá ? ¿ por qué estás tan triste ? –preguntó la niña timidamente y temerosa.
Candy la abrazó notando que el contacto con su hija la reconfortaba. De esa manera, tres generaciones se unían en un estrecho abrazo para aplacar mutuamente sus penas.
19
La travesía por el Mediterráneo resultó de lo más apacible. No hubo ningún incidente digno de mención durante los dos días que el Estrella del Norte, transatlántico entrado en servicio hacía muy poco tiempo y basado en la tecnología del Titanic, dado de baja recientemente pero más modernizado empleó para cruzar todo el Mare Nostrum y dirigirse haciendo breves escalas en algunos puertos de la costa francesa de Normandía, antes de dirigirse hacia Southampton. Durante una de las últimas escalas del Estrella del Norte, propuse descender a tierra para hacer un poco de turismo y visitar un bello pueblo llamado Mount Saint-Michel, enclavado en un risco completamente rodeado de agua, convirtiendo a la localidad en una especie de isla, cuando la marea subía hasta aislarlo del resto del territorio francés. Lo más destacable del pueblo era su famosa abadía consagrada al arcángel San Miguel, y que confería su nombre al enclave. Pero Annie tras las desagradables experiencias sufridas, y que Haltoran me narró con mucho tacto, sobre todo cuando no estaba ella delante, hizo que la muchacha desechara la idea prefiriendo quedarse en el barco o si tenían que desembarcar, por lo menos, cerca de él. Haltoran simpatizaba con la idea de visitar el pintoresco pueblo, pero como su esposa no quería ni oir ni hablar de alejarse en demasía del buque, al final tuvo, muy a su pesar que renunciar a venir conmigo, pese a que la chica no le había puesto ningún impedimento para ir al pueblo.
-Me tengo que quedar con ella Maikel, lo siento –me dijo Haltoran lanzando un prolongado suspiro- ve tú si quieres. Pero no tardes demasiado. Ya sabes, que partimos en dos horas.
Asentí. Mount Saint Michel era un pueblo que podía recorrerse perfectamente en ese plazo de tiempo, por lo que estaría de vuelta antes de que el Estrella del Norte zarpara con destino a Southampton. Era un lugar apacible y hermoso, recorrido por miriadas de turistas que ya en aquellos primeros años del siglo XX, empezaban a convertirlo en un referente del turismo. Annie se disculpó por no descender a tierra, y yo le resté importancia, rogándola que no se sintiera responsable. Por otro lado, la joven tenía un poco de jaqueca, nada serio, pero su prevención a que su regreso a Estados Unidos se frustrara nuevamente y la ligera migraña que la afectaba, fueron motivos más que suficientes para que se quedase a bordo, en compañía de Haltoran que no se separaba ni un solo instante de ella, dado su temor a que algún imprevisto pudiera ponerla en aprietos otra vez.
Por ello, me dirigí hacia una de las pasarelas, puestas a disposición de cuantos viajeros desearan bajar a tierra, que unían el buque fondeado en el puerto, con el muelle. Un joven y amable marinero de unos veintidós años, de rostro afable y agradable, encargado de vigilar la escala para que no ocurrieran contratiempos, nos fue advirtiendo a mí y a los caballeros y señoras que aprovechaban aquella escala para visitar el afamado lugar:
-Recuerden que deben de estar de vuelta antes de dos horas. Transcurrido ese tiempo, el Estrella del Norte zarpará sin más preámbulos.
Crucé la un tanto precaria pasarela, feliz por disfrutar de un reconfortante paseo sin estar acuciados por algún peligro, o tener que mirar por encima de mi hombro, para averiguar si nos acechaba algún peligro. De paso, tal vez escribiese alguna carta a Candy y a Mark, y la enviaría antes de embarcarme de nuevo. Había conseguido hablar hacía poco con la mansión de Lakewood en una conferencia de larga distancia, que volvería a costarme un ojo de la cara, y quizás el otro, pero no me importaba, ya que escuchar la voz alborozada y apremiante de la señora Legan, no tenía precio. Fue de esa manera que me enteré, que Candy y Mark, a lomos de Mermadon habían retornado hacía poco desde Asia, y ya estaban en Lakewood. Cuando hablé con ella, se alegró sobremanera de escucharme, aunque su voz sonaba infinitamente triste. Intenté sonsacarla con disimulo que es lo que podía afectarla tanto, pero la joven no soltaba prenda y era evidente que ocultaba un secreto. Luego hablé con Mark, que gritaba tanto a través del auricular, que pensé que me dolerían los tímpanos si no bajaba un poco la voz. Estaba tan eufórico de saber que estábamos bien, y camino de casa que, no pudo evitar elevar la voz, sin percatarse de ello. Cuando iba a preguntarle por la razón, de la tristeza de Candy, Mark me informó de las razones de la tristeza que aquejaba a su esposa. Arqueé las cejas cuando Mark me contó muy por encima los detalles del increíble encuentro entre Candy y su padre, pero no quiso ahondar en detalles. Ya me los revelaría cuando llegásemos. Mark me ofreció enviarme a Mermadon, para traernos de regreso lo antes posible, pero negué con la cabeza. Por mi no había problema, pero Annie no aceptaría ni en sueños, otro viaje por los aires, por breve y rápido que resultara, y como Haltoran por razones obvias, no iba a separarse de su esposa, y yo tampoco deseaba abandonarles y empezaba a disfrutar de los viajes por mar, ahora que había conseguido dominar los adversos efectos de los mareos que me entraban, cada vez que subía a un barco, como me ocurrió en el USS Lancastria, en nuestro viaje a las embarradas y ensangrentadas trincheras del frente occidental. Me habría ido por la borda abajo, de no ser porque Mark estaba al quite y me rescató al momento.
Bajé del barco con una sonrisa de oreja a oreja. Hacía una tarde apacible, el sol calentaba ligeramente sin hacerse molesto y hasta soplaba una fresca brisa. Aquellas tardes soleadas, donde se daban todos esos elementos, me parecían los momentos de dicha más irrepetibles de este mundo.
20
Mientras Candy continuaba sincerándose con su madre, que no podía dar crédito a cuanto le estaba refiriendo su hija, Mark se puso a pasear por los extensos y ubérrimos parajes verdes de Lakewood. Tras saludar a su padre y a Ernest, y aunque Brian tras abrazarle, le rogó que le dejase acompañarle, Mark prefería estar solo. Necesitaba reflexionar sobre su vida y encontrar la manera de proporcionarle a su familia una existencia lo más placentera, feliz y segura posible. Se dijo que cada vez que intentaba llevar a la práctica tan loables propósitos, un imprevisto con el que no había contado, lo impedía echando por tierra todos sus cuidadosos intentos por lograrlo. Deambuló sin rumbo fijo, hasta alcanzar el templete de mármol donde Candy hizo oficial su adopción por parte de la familia Andrew ante numerosos invitados a una cacería, que transformaría sus vidas para siempre y no solo, las de Mark y la de su esposa.
Mark subió las escalinatas y se situó en el centro de la sencilla pero armoniosa construcción. Allí mismo el presidente Wilson había escuchado su increíble historia, proporcionándole todo el apoyo necesario, para evitar que el curso de la Gran Guerra, y por ende de la Historia, fue sustancial y radicalmente modificado. Y allí se habían casado Haltoran y Annie, poco antes de partir hacia el frente, allende del Océano.
El joven apoyó sus anchas manos en la balaustrada de mármol reluciente, y que había sido recientemente limpiada por el servicio, junto al resto del monumento y deslizó la vida en derredor suyo, extasiándose con los verdes paisajes y el cuidado césped que rodeaban al templete por doquier. Unos metros más allá, observó a Mermadon ayudando a Wittman que se afanaba en transplantar un árbol joven a una nueva ubicación, donde recibiera mejor la luz solar. El anciano jardinero que continuaba al servicio de los Legan, enfundado en su consabido pantalón de peto, tan ajado y arrugado como él, del que casi nunca se separaba, había envejecido como era obvio, por el paso de los años, pero aparte de que su espalda se había encorvado algo más que de costumbre y sus movimientos eran más lentos y pausados de lo usual, su aspecto jovial, con los sempiternos bigotes blancos bajo sus cabellos encanecidos y las gruesas gafas redondas, era prácticamente, con ligeras variaciones, el mismo de siempre. Mermadon nada más llegar del larguísimo viaje, había empezado a trabajar sin más, como si nada extraordinario hubiera ocurrido, retomando sus tareas y labores habituales, y se puso a disposición del viejo jardinero, que se alegró sobremanera de la vuelta de su ayudante, una vez que se encontró con él.
Mark sonrió levemente. Miró su reloj de pulsera y pensó que ya era hora de regresar. Maikel y Marianne iban a demandar muchas explicaciones a cuenta de la prolongada ausencia de sus padres, y no era cuestión de dejar sola a Candy ante tan ingrata pero necesaria labor.
En ese momento, cuando estaba consultando la hora y las manecillas del reloj señalaban casi las cinco, un destello de luz clara, que alcanzó su rostro hizo que parpadease ligeramente. Mark se subió la manga de su chaqueta, ahogando una imprecación, y contempló con una mezcla de rabia y no del todo aceptada conformidad, como los familiares temblores en la fina piel de sus muñecas, bajo la cual discurrían sus venas, producidas por el iridium a su paso por las mismas habían vuelto, así como la leve y característica luminiscencia que se filtraba desde el interior de sus venas, provocada por el iridium entreverado en su torrente sanguíneo, a medida que la sustancia se desplazaba a lo largo y ancho de la corriente circulatoria.
-De modo que has vuelto –dijo Mark con sorda ira, observando su mano y haciéndola girar a la altura de sus ojos oscuros, mientras meneaba la cabeza con resignación. Había aprendido a aceptar lo inevitable y aquel hecho no le había pillado de sorpresa. Sabía que el iridium, tarde o temprano volvería como un recurrente problema sin solución y aquel era un momento tan bueno o malo, según se mirase, para hacerlo.
La sustancia anaranjada le lanzó un guiño dorado y Mark asintió, sabedor de que no podía hacer nada, más que permitir que sucediera. Con el iridium recorriendo su cuerpo, se sentía nuevamente desdichado, pero sin él, perdería la vida, haciendo a su vez, desdichada a Candy y a sus dos hijos, de suceder tal.
21
Caminé por las pintorescas y preciosas calles de Mount Saint Michel fascinado por la arquitectura de sus antiguas casas y la silueta de la abadía dedicada al arcángel San Miguel, que dominaba todo el conjunto desde lo alto. Sin embargo no estaba habituado a realizar largas marchas y la caminata hasta lo alto del edificio religioso, me iba a suponer un esfuerzo que mi cuerpo iba a acusar especialmente, debido a mi obesidad. No es que me avergonzara de estar gordo y lo llevaba lo mejor que podía, pero esta circunstancia, unida a mi facilidad para cansarme a nada que realizaba un trabajo que requería de cierta energía, me obligaba a detenerme a descansar de cuando en cuando y coger aire, para reemprender mi marcha escaleras arriba.
Finalmente, me adentré en las angostas y recogidas calles de la ciudela medieval donde me crucé con un sin fin de gentes, casi todos turistas seguramente provenientes de todos los rincones de Europa y contemplé los puestos y paradas de un mercadillo que se desarrollaba en una alargada plaza, franqueada por edificios de estilo gótico bajo la sombra de algunos frondosos árboles cuyas ramas entrelazadas entre sí, conformaban una especie de galería de techumbre vegetal. Antes de subir a la abadía, lo cual me llevaría un buen rato, visité el mercado y me mezclé con el bullicio de la gente, que abarrotaba sus estrechos pasadizos. Me fijé en un puesto de golosinas donde se vendían rosquillas recien hechas y buñuelos que desprendían un suave aroma. Procuraba dominar mi glotonería, pero a veces, ante la visión de tan suculentos manjares, no era capaz de reprimirme por lo que me animé a comprar algunos para mí y guardar otros tantos para Haltoran, que a buen seguro le encantarían. Annie, seguramente declinaría amablemente el probar bocado. Mi francés dejaba mucho que desear, pero el dinero constituye un idioma universal, mediante el cual no es difícil entenderse, por lo menos para adquirir cosas básicas. Le indiqué al orondo y amable repostero que estaba al frente del puesto los dulces de los que me había encaprichado, y él solo tuvo que indicarme una cifra, y naturalmente, pagarle a continuación. Extraje un buñuelo y empecé a comérmelo con delectación, mientras intentaba abrirme paso con cuidado entre la muchedumbre intentando no atraer ninguna mala cara sobre mí, ni llamar la atención. Entonces le ví. Un individuo con expresión que me recordó a la de un ratón, tocado, con un gorra raida y de baja estatura me estaba siguiendo todo el rato. Aunque al principio, no le concedí mayor importancia, empecé a preocuparme al darme cuenta de que no se despegaba de mí y que me seguía con una habilidad innata. Traté de darle esquinazo, pero el hombre no me perdía de vista y yo no tenía forma de despistarle. Finalmente eché a correr, o por lo menos intentarlo, aunque colisioné con varias personas que me recriminaron en francés, suponía yo que fuera con más cuidado. Doblé una esquina y metiéndome bajo una galería de arcos que se abría bajo un edificio con aspecto de posada, me pegué a la pared de piedra todo lo que pude sin apenas respirar. No es que aquel hombrecillo en sí, fuera una amenaza para mí, porque le doblaba en altura, pero una persona de tan escasa estatura no actuaría así, suponía yo, en contra de alguien que aunque obeso, podría imponerse en caso de tener que mantener un enfrentamiento físico, sin estar respaldado por otras personas. Y no me equivoqué, porque cuando tras aguardar unos minutos, temeroso de que aquel hombre fuera un malhechor, y esperar a que se fuera, al no percibir ningún sonido o movimiento sospechoso, abandoné la relativa seguridad de mi escondrijo, solo para darme de cara con dos hombres, que esta vez si que eran más altos, corpulentos y ágiles que el de la cara de ratón que me venía siguiendo acechante. Aquellos dos hombres, de cabellos desgreñados y piel tiznada de suciedad y granos me sujetaron por los brazos levantándome del suelo. Los dos sonreían, pareciendo una pareja de hermanos gemelos y su gesto no era hosco ni hostil, pero era evidente que aquello no iba a deparar nada bueno en absoluto. Al cabo de unos instantes apareció el cara de rata y se puso delante de mí, con los brazos en jarras y esbozando una mueca de plena satisfacción. Miré a los lados en busca de ayuda, pero la calle estaba desierta y no pasaba nadie por allí en esos momentos.
Messie –me habló con un acento marcadamente francés –denos su cartera y todo será más fácil.
Lancé un suspiro. Sentía miedo pero confiaba en que el jefe de las dos montañas humanas que me estaban manteniendo en vilo, asiéndome cada uno por un brazo, estuviera de buen humor y se contentara con el botín, y me librara de que me molieran a palos.
-Cójala, -dije intentando no transmitir el miedo que estaba adueñándose de mi voz por momentos- en el bolsillo derecho de mi gabardina.
El hombrecillo metió su mugrienta mano de uñas sucias y roídas en el fondo del bolsillo y encontró lo que buscaba. Abrió la cartera mirándome con desconfianza, como si estuviera tramando algo, aunque en esos momentos, sostenido por dos malhechores como castillos y completamente inmovilizado por sus dedos de hierro, no es que tuviera posibilidad alguna de hacer nada. El jefe de aquellos dos, extrajo una buena suma de francos que hizo que asintiera visiblemente satisfecho, y tras chasquear los dedos, hizo que los dos gorilas me depositasen en tierra nuevamente. Cuando mis pies hollaron el empedrado de la calle, el de la gorra sonrió de nuevo y dijo:
-Puede marcharse. No tiene nada que temer de nosotros. El dinero que llevaba encima es más que suficiente para que no le rompamos los huesos –dijo con un tono afable y simpático, como si estuvierámos departiendo de cuestiones banales y sin importancia, en vez de verme sometido, a la incertidumbre de un atraco.
Sentí un violento temblor y algunos escalofríos recorrieron mi cuerpo. Cuando mi último y fallido amor, aquella preciosa doncella que fue atacada por los dos esbirros del gansters que se encapricharía más tarde de Candy, me pidió ayuda, saqué fuerzas de flaqueza y logré defenderla. Pero en aquella ocasión no estaba solo, y ahora era exactamente todo lo contrario. Resistirse era una locura, por lo que claudiqué y me alejé lentamente, temeroso de suscitar la cólera del hombre de baja estatura y sus dos esbirros que se limitaron a reírse a carcajadas. Sin dinero ni documentación, temí que aquello fuera un obstáculo para embarcar en el Estrella del Norte nuevamente. Confiaba en que Haltoran pudiera interceder por mí. Ya me estaba imaginando tener que quedarme en tierra, y esperar a que alguien viniera a rescatarme, dado que sin pasaporte, no podría subir al barco en modo alguno. Mientras, los ladrones satisfechos con su botín se alejaron tranquilamente calle abajo y con parsimonia, yo vagaba por el pequeño pueblo, asustado y mirando hacia cada esquina. Opté por bajar al puerto y aguardar a que Haltoran estuviera en cubierta y me viera, dado que sin pasaporte no me dejarían subir. Aun quedaba hora y media y en la explanada que había delante del puerto, estaría relativamente seguro, dado que allí, a diferencia de la oscura callejuela donde me habían atracado, había más gente y recordé haber divisado algunos gendarmes, que paseaban continuamente de arriba abajo, controlando que no sucediera nada sospechoso en torno suyo. Cuando me dirigía hacia el puerto para efectuar una denuncia, me tropecé con un adoquín que sobresalía más que los demás y que no alcancé a distinguir. Me precipité sobre el empedrado, lanzando un breve grito de sorpresa, y luego ya, no percibí nada más. Todo se hizo oscuridad de repente y la realidad se desvaneció imprevistamente.
22
Abrí los ojos lentamente, notando como la cabeza me dolía levemente. Me llevé la mano derecha con cuidado a las sienes y noté como algunos vendajes fajaban mi frente. Cuando mis dedos rozaron lo que parecía un enorme chichón, la engañosa sensación de que había salido idemne del tropiezo y subsiguiente golpe contra el suelo se desvaneció rápidamente. Ví las estrellas cuando el dormido dolor que había aquejado aquella parte de mi cabeza, se despertó violentamente al contacto con las yemas de mis dedos. No pude evitar reprimir un aullido de dolor atrayendo la atención de alguien que me había estado observando, desde el fondo de lo que parecía una habitación o algo por el estilo. Era evidente que alguien me había recogido y ayudado, curándome las heridas y ciñiendo mi cabeza con aquellos vendajes tan primorosamente realizados. Una voz como un susurro acarició mis oídos, atrayendo mi atención:
-Parece que ya estás despertando –dijo el desconocido, cuya dicción me resultaba vagamente familiar. Intenté emular a Duncan Jackson, tratando de averiguar por mi mismo donde podía haber escuchado aquella voz, pero fue en vano. Dejé de intentarlo, cuando la migraña producida por el coscorrón fue en gradual aumento, por lo que esperé a que el desconocido me revelase su identidad. Por el momento, no tenía ganas de hablar. Temía haber perdido la memoria, pero afortunadamente, ese extremo parecía completamente descartado, cuando rememoré en mi mente, la sucesión de acontecimientos que me habían conducido hasta aquella misteriosa persona que parecía cuidarme. Noté que me habían acostado en una cama blanda y mullida y sobre mi cabeza, percibí un artesonado de madera en el techo. Me hallaba en una habitación espaciosa totalmente forrada de madera. Unos armarios, una sencilla mesa con sus sillas junto con una biblioteca repleta de libros, completaban el austero moblaje de la estancia.
-Sí –dije haciendo un esfuerzo por hablar y de paso mostrarme amable con mi samaritano- gracias por ayudarme. La verdad es que fue un tropezón tonto.
La oculta figura avanzó hacia mí un poco más. Percibí unos cabellos largos, quizás no tanto como los de Mark, y un atuendo oscuro, rematado por lo que parecía un alzacuellos. Quizás fueran apreciaciones mías, porque la persona que me había rescatado, no terminaba de revelarse del todo. Sin embargo, sus adémanes pausados, su voz ligeramente melodiosa y sus maneras, recordaban vivamente a un religioso. Por otra parte, tuve la impresión de que se trataba de una persona joven o por lo menos que aun no se había adentrado excesivamente en los procelosos caminos de la madurez. Por otro lado, el hecho de que me tuteara me resultaba ya de por si sospechoso. O era una persona tremendamente afable como para tomarse semejantes confianzas con un desconocido, o a lo mejor no resultaba tan extraño como en un principio podría parecer.
-Te diste un buen golpe , en efecto, pero ya pasó. No tienes un daño significativo, por lo que tu cabeza no corre peligro –comentó asegurando el vendaje que se había movido, durante la agitada duermevela que precedió al momento en que recobré el conocimiento.
Se aproximó aun más. Ahora podía apreciar con total claridad sus atuendos eclesiásticos, así como el crucifijo que pendía de su cuello. Unos ojos claros me observaron con afecto. Cuando finalmente el rostro del enigmático sacerdote se reveló totalmente, estuve a punto de caerme desde la cama al suelo. Dí un respingo tal que el joven religioso tuvo que sostenerme por los hombros para que no me precipitara al suelo de madera.
-Tú –dije confuso y sin terminar de asumir que fuera realmente él.
El joven sacerdote asintió lentamente. Los ojos claros de Archie Cornwell me estaban observando con interés y curiosidad. Realmente estaba yo más asombrado de haberme topado con Archie, que él conmigo.
23
Me sentía incómodo en presencia del antiguo aristócrata, no porque el joven mostrase hostilidad o aversión hacia mí, si no por el recuerdo de que antes de tomar los hábitos, había vivido una difícil etapa sumido en los callejones sin salida de su adición a las drogas, que había echado a perder su prestigiosa y brillante carrera como abogado en alza. Tras un prolongado periodo de reposo en un balneario y un no menos agitado periodo de reflexión, Archie sintió una repentina vocacion que no obstante, meditó con calma y humildad, llegando a la conclusión que debería ordenarse sacerdote. Todo eso sumado a su frustrado amor por Candy, que no llegó a nada concreto, porque de hecho, el atribulado muchacho no había llegado realmente a declararse y su fallido noviazgo con Karen Kleiss y Annie, hacía que en cierto modo me sintiera culpable y compadeciera su suerte.
Opté por salir de allí lo antes posible. Parecía sentirme bien y la herida de la cabeza era poco profunda y superficial, pese a que hubiese sangrado aparatosamente.
-Tengo que irme –dije intentando abandonar la cama, cosa que el sacerdote me impidió- debo de reunirme con mis amigos. Yo…
Archie se asomó por la ventana. Entonces reparé que nos encontrábamos en lo más alto del promontorio rocoso que albergaba el mítico y bello pueblo. Y solo había un edificio que ocupaba una posición tan predominante, presidiéndolo todo.
-Ahora no es posible Maikel –me dijo Archie intentando tranquilizarme y volviendo a arroparme con las mantas, que en mi precipitación había lanzado hacia atrás y los costados, deshaciendo la cama –la marea ha subido totalmente y Mont Saint Michel está completamente aislado del continente –dijo el joven con naturalidad.
Me erguí de un salto y me precipité hacia el ventanal. Reparé que en torno nuestro, en los edificios adyacentes se abrían bellas vidrieras coloreadas y una esbelta torre de piedra, rematada por un ornamentado campanario se erguía hacia lo alto. Miré a Archie confundido y el joven, como si estuvier adivinando mis más secretos pensamientos asintió y dijo:
-Sí Maikel, estamos en una de las alas de la abadía destinadas al alojamiento de peregrinos y religiosos. El padre abad me ha autorizado a traerte hasta aquí para cuidarte.
No presté atención a sus palabras y dirigí mis ojos hacia abajo. Gozábamos de unas magníficas vistas, en las que pude verificar, desalentado, que la península donde se asentaba el pintoresco pueblo dominado por la abadía dedicada a la advocación del arcángel San Miguel, se había convertido en una isla. Movi la cabeza en derredor buscando un reloj y al final, centré toda mi atención en un carrillón ricamente decorado, que desde un rincón iba desgranando lentamente las horas, al compás del pausado movimiento de su péndulo, encerrado en una vitrina de fino cristal. Cuando temí ver en el horizonte, los penachos de humo provenientes de las chimeneas del Estrella del Norte, comprobé aliviado que el gran buque seguía allí. Si no conseguía llegar a tiempo, Haltoran vendría a rescatarme, pero no veía como conseguiría pasar desapercibido entre los cientos de personas, que viajaban en el barco ni el gentío que abarrotaba Mont Saint Michel y el muelle, si utilizaba su jetpack para salvar la creciente distancia existente entre el barco y el pueblo de Mont Saint Michel y volver conmigo a cuestas. Ni tampoco acertaba a concebir como le explicaría al capitán, y al pasaje el hecho de que pudiera volar como los pájaros, o casi dado que su imprevisible invento se desplazaba dando bandazos y tumbos mientras se desplazaba con dificultad por el aire.
Levanté los brazos y los dejé caer a ambos lados de mi cuerpo con desesperación. Suponía que tendría que quedarme allí, a la espera de que Haltoran lograra volver por mí, o enviar a Mermadon a rescatarme. Por lo menos, el robot pasaba desapercibido gracias a su poder de apantallamiento, lo mismo que el propio Mark, que tal vez, puesto al corriente por el preocupado pelirrojo, estuviese ya camino de Francia para ayudarme. Pero conociendo a mis desprendidos, pero a veces imposibles de predecir amigos, el rescate podía demorarse varios días o ser prácticamente instantáneo. No tenía ni un duro, ni pasaporte ni nada, aunque las sorpresas no habían hecho más que comenzar.
Archie avanzó hasta un armario de grandes cajones y aspecto recio y sencillo. Extrajo una llave de su bolsillo y tras introducirla en la cerradura y girarla, abrió el cajón y tras rebuscar en su interior extrajo un documento que enseguida captó mi interés. El sacerdote me lo tendió lentamente y dijo:
-Tu pasaporte. Los hermanos Frantini han cometido su última fechoría. Digamos que –observó a los lados como si tuviera que confesarme algo que no debía de oír nadie más que yo- y dijo divertido –tuvieron el inconveniente de que yo pasara por allí.
Ante mi estupor, porque me estaba figurando algo que no me atrevía a confirmar, Archie me guiñó un ojo y sonrió con franqueza dándome a entender que había acertado de pleno. Era él quien había recobrado mi documentación, además de mi cartera, de la que no faltaba ni medio franco y que me ofreció alargando la mano.
Antes de convertirse en abogado y posteriormente en sacerdote, el joven había sido un magnífico espadachín y practicante de esgrima, además de entrenarse como boxeador, habiendo escogido la disciplina inglesa, la más aristocrática a la vez que dura, de todas las disciplinas de dicho deporte.
No tuve que hacerme demasiadas cábalas, de la forma en la que Archie había "convencido" a los tres malhechores para que le entregaran mis pertenencias,a efectos de restituírmelas, tan pronto como me recobrase.
-No pude evitar que te tropezaras, porque cuando me encaré con ellos, ya te habías marchado y les dí alcance un poco más tarde. Si vas a preguntarme como habiendo tomado los hábitos puedo compatibilizarlo con el ejercicio de cierta violencia, te diré que ni les pegué tan siquiera. Me limité a esquivarles. Los dos gigantes se noquearon entre ellos al atacarme al unísono, y en cuanto a su jefe, el de menos estatura de los tres, sin la protección de sus hermanos y no teniendo a donder ir, optó por entregarme tu cartera viendo que no tenía mejores opciones. Les até con una cuerda que un tendero que había visto todo, me facilitó amablemente para reducirlos, con su ayuda, y avisé a la Gendarmería. En estos momentos, deben de estar camino de la Comisaría de Cheburgo. Han cometido tantos delitos, que se van a pasar una buena temporada a la sombra.
-Y no te preocupes por el barco. Aun falta media hora para que zarpe. Afortunadamente, te has recuperado con rapidez –me dijo con una sonrisa.
Asentí y procedí a vestirme, aunque comprobé que Archie solo me había retirado los zapatos de los pies, por lo que solo tuve que calzarme de nuevo. Tomé mis cosas y antes de irme, le miré y le lancé a bocajarro una pregunta tan repentina como inesperada que hizo que su afable sonrisa perdiera un poco de consistencia.
-¿ No, nos guardas rencor Archie ? –pregunté a media voz, con cierta reticencia, temiendo una seca y cortante contestación y mirándole de soslayo.
El joven sacerdote tomó unos instantes antes de responder y dijo lejos de ofenderse:
-No puedo odiar Maikel, no debo de hacerlo por mi humilde condición de cristiano y sacerdote. Un día amé a Candy, ciertamente pero eso ya pasó, ya quedó atrás. Y también un día llegué a sentir rencor, no tanto por ti Maikel, si no por Mark, pero ¿ cómo podría competir yo con él ? ¿ de que manera y con que derecho iba yo a interferir entre dos personas que se aman sinceramente ? No, Maikel, puede que diese un rumbo equivocado a mi vida, pero aun me quedaba la suficiente dignidad como para no acabar como Albert, aunque si te soy sincero –dijo entornando los ojos y contemplando su reflejo en el vidrio del ventanal con ojos melancólicos- estuve cerca de malgastar también mi vida, pero afortunadamente eso ya pasó.
No estaba seguro de que Archie fuera totalmente sincero, pero sus hábitos y su actitud abierta y humilde, me inclinaron a descartar esa impresión mía y coincidir en que lo que me estaba refiriendo, era la pura verdad.
Me giré dispuesto a marcharme. Antes de salir, le hice una nueva pregunta. El joven seguía manteniendo la misma tranquilidad que dominaba cada uno de sus calmados y pausados movimientos y formas, menos cuando se enojaba violentamente. En el Real Colegio San Pablo de Londres llegó a tener algunos fuertes choques con Terry Grandschester que no llegaron a más por cuestiones que jamás quiso revelarnos.
-¿ No me vas a preguntar que hago aquí ? –le interrogué- ¿ no te gustaría saberlo.
Archie negó con la cabeza levemente y dijo:
-Si te soy sincero, para mí encontrarte en mitad de la calle, fue toda una sorpresa, pero no es necesario que me lo cuentes. En cambio, te diré, porque estabas más asombrado de encontrarme aquí, que yo a tí, que he sido nombrado secretario personal de arzobispo de Cheburgo y que ahora, su ilustrísima se aloja en esta abadía durante unos días, en que visitará Mont San Michel para estar al corriente de las necesidades de esta parroquia, y de paso, saludar a los feligreses.
Asentí y como vio que tenía una prisa importante y que me acuciaba no habló más y se limitó a decir:
-Bajando por esa calle –me indicó señalando con su dedo índice derecho, una empinada bajada que parecía comunicar directamente la abadía con el puerto, atravesando todo el pueblo –llegarás enseguida al muelle. Y no temas, Maikel llegarás a tiempo. Subir es más laborioso, pero bajar, son apenas diez minutos, comprobado –dijo Archie sonriente.
Me despedí de él, sin apenas tiempos para cumplidos. Sentía cierta lástima por el joven de ojos claros y cabellos ligeramente rubios, pero ni yo ni más amigos, teníamos porqué sentirnos culpables ni avergonzarnos de nuestra procedencia ni de cómo nuestra irrupción había modificado su vida y la de algunas personas más, como los Legan o la propia Candy y Annie, probablemente para siempre, a menos que dicha culpabilidad hubiera que buscarla en mí o rastrear su origen, hasta todas aquellos proyecto que mantuve en el pasado, que por el enrevesado y tergiversado curso, que habían adoptado nuestras vidas sería un futuro que supuestamente aun no había tenido lugar. Decidí no ahondar más en semejantes cuestiones que solo me procurarían un buen dolor de cabeza.
Bajé los escalones apresuradamente, entre el asombro y la indignación de los turistas entre los que me abría paso sin demasiados contemplaciones, que vieron a aquel orondo hombre moverse más rápido de lo que su apariencia denotaba, por lo menos en esa ocasión calle abajo. Por un par de veces, creí que volvería a tropezarme al transtabillar en algunos de los peldaños de piedra y lancé sonoras y un tanto soeces imprecaciones en español sin importarme que me miraran. Comprendí que tardaría algo más de los diez minutos que de forma tan optimista, me había asegurado Archie. Finalmente, un amable joven de pelo castaño alborotado bajo una gorra a cuadros, de unos veinti y pocos años, que conducía una motocicleta con sidecar algo destartalada de un color amarillo chillón y desvahído, tal vez conmovido por mis apuros, se detuvo ante mí y me invitó a subir al sidecar de su vehículo con amables gestos. Por supuesto no me hice de rogar. Me acomodé en el estrecho habitáculo lo mejor que buenamente pude, y tras una corta carrera, la petardeante pero agil moto, cubrió el trayecto hasta el puerto en mucho menos tiempo de lo que yo habría tardado en hacerlo, de haber bajado andado. Debido al empedrado de las enpinadas calles del pueblo, el sidecar traqueteaba continuamente, haciendo que acusara los efectos de las sacudidas. Era como estar metido dentro de una batidora puesta a funcionar a toda velocidad, pero no era momento de ser un tiquismiquis o de quejarse por fruslerías. Tal y como Archie había vaticinado, estuve en el muelle en diez minutos, pero gracias a mi inesperado bienhechor, mientras un apresurado y gesticulante Haltoran, me llamó agitando los brazos repentinamente y me recriminaba con nerviosismo al distinguirme precariamente acomodado en el interior del sidecar. Indiqué al joven motorista, que hiciera el favor de dejarme a la altura del joven pelirrojo que me hacía señas moviendo al unísono ambos brazos.
-Maikel ya era hora, Annie y yo estábamos muy preocupados por ti. Ya estaba a punto de dar aviso a la Gendarmería, porque no aparecías. La marea ha subido y solo gracias a la insistencia de Annie y a la buena predisposición del capitán, el Estrella del Norte no ha zarpado aun. El capitán está que muerde cerillas. Llevamos casi media hora de retraso –dijo con cierta impaciencia, señalando con pequeños toqueteos la esfera de su reloj de pulsera.
Dí un respingo. Al parecer, había estado más tiempo inconsciente de lo que había creído en un primer momento. No creía que Archie me hubiera mentido adrede, sobre todo teniendo en cuenta la naturalidad con la que parecía haber encajado el encontrarme allí de improviso tal lejos de Lakewood. Más bien parecía como si hubiera intuido o supuesto que el barco continuaría allí, aunque tardase un poco más de lo previsto en llegar al puerto.
Bajé del sidecar tras darle las gracias al joven francés, del que me despedí con un firme apretón de manos, y mientras el hombre se alejaba tras dar media vuelta con su vehículo, me acerqué hasta el irritado Haltoran que no cesaba de meterme prisa.
Sonreí y palmeando el hombro derecho de Haltoran, e imitando su veta irónica, repuse:
-Afortunadamente, nada de eso ha sucedido –dije con aplomo y afabilidad - ya podemos marcharnos.
-Si llegas a tardar un poco más, el pasaje nos lincha. Menos mal, que el capitán ha logrado con sus buenos oficios calmarles lo suficiente –dijo Haltoran mientras me ayudaba a subir a la motora, manejada por el mismo marinero que tan amablemente me había saludado, poco antes de bajar a tierra.
Pero no dejaba de preguntarme con cierto pesar, si realmente, Archie habría dejado atrás esos duros momentos de su vida, pertenecientes al pasado, superándolos con carácter definitivo. El sacerdocio parecía haber apaciguado los impetuosos sentimientos que bullían hasta no hace demasiado tiempo, en lo más recóndito de su alma.
Haltoran había conseguido ir hasta la explanada porque el capitán del barco además, en el colmo de la generosidad, accedió a que una motora del barco, lo trasladase hasta allí para reunirse conmigo, dado que la marea había subido tanto, que hacía imposible el acceder por tierra hasta la misma. En cuanto a la gente que ocupaba la explanada, se habían retirado, avisados con la debida antelación por un servicio de megafonía instalado en los alrededores de la explanada, para prever semejantes situaciones. Mientras tanto nos alejábamos de Mont San Michel transformado ya en una isla, que al cabo de unas horas volvería a recobrar su nexo con el resto de Francia, a través de un estrecho istmo, mientras miraba hacia atrás el hermoso pueblo, que por culpa de aquellos canallas no había podido visitar en su totalidad, aunque estuve en el interior de la famosa abadía, no dejaba de darle vueltas a mi inopinado encuentro con Archie. Era curioso. Primero me había cruzado con Terry en París, sin que llegase a advertir mi presencia escondido entre los arbustos de los jardines de Luxemburgo, y ahora me topaba con Archie. Ambos habían amado a Candy sin esperanza, como yo continuaba haciéndolo con todas mis fuerzas, aunque lograba disimular mejor mis verdaderos sentimientos hacia la muchacha, que ellos.
Decidí no contar nada por el momento, sobre todo para no entristecer a Annie, que después de romper con Anthony había intentado rehacerse junto a Archie, cosa que tampoco logró. Sus pensamientos, al igual que los de Candy estaban con Mark, y volaban constantemente hacia el indómito y socarrón pelirrojo, que no pudo a su vez expulsar la dulce imagen de Annie de su mente.
El barco se iba haciendo más y más grande llenando completamente mi campo de visión, mientras en la cubierta distinguí la gracil y esbelta figura de Annie, que en compañía del capitán, enfundado en un uniforme oscuro, nos saludaba agitando repetidamente ambas manos. La motora iba dejando una alargada y espumosa estela a su paso, a medida que iba surcando las aguas del Atlántico cortándolas con su afilada proa,, y reduciendo la distancia, que restaba entre la pequeña embarcación, y el gran buque de línea.
24
Terry estaba sufriendo un violento y furibundo ataque de ira. Aprovechando su gira europea, había ido a visitar a su padre, con el cual la relación había mejorado obstensiblemente, pese a ciertas tiranteces ocasionales y había decidido quedarse un par de días en la propiedad familiar. Cuando entró en su antigua habitación, encontró una reproducción a escala del Mauritania, el barco donde coincidiera con Candy y tras observar en silencio la maqueta, por unos instantes, la emprendió a golpes con la misma, provocando tal revuelo, que un hombre con una barba canosa y expresión tranquila, que ahora se había tornado preocupada por el deprimente estado del joven actor y dramaturgo, entró en la estancia sujetándole por los brazos a duras penas.
-Terry –le espetó el hombre con voz autoritaria- ¿ te has vuelto loco acaso ?
Terry contempló al abogado de la familia y dijo hipando con voz aguardentosa y arrastrando las palabras:
-Siiiií, pero de celossss –dijo exhalando un aliento que apestaba a alcohol y que hizo que el letrado girase la cabeza, entre abochornado y apenado. Era evidente que se había emborrachado y ahora se tambaleaba por toda la habitación, amenazando con acabar de destrozar la bella maqueta del majestuoso transantlántico.
Marwin Steward conocía la malograda historia de amor entre Terry y Candy, sobre todo, para él, porque Candy en ningún momento hizo ademán de prentender corresponderle o haber contribuido a crearse falsas ilusiones que luego el joven, las tomaría como evidentes e irrefutables pruebas de que Candy lo amaba, cuando era precisamente al revés. Y no era la primera vez que sorprendía a Terry borracho, pero esta vez, la intoxicación etílica iba más allá de unos ocasionales tragos de los que pronto se repondría. No, aquello era mucho más profundo e importante. Y todo se debía a que la joven que se había convertido en su esposa, no se llamaba Candy Anderson Legan. El abogado sorteó como pudo algunas botellas de whisky vacías, que tintineaban al rodar, empujadas por sus pies, sobre el suelo de linóleo. de la habitación presidida por una gran chimenea, y encabezada por el escudo de armas de la familia Grandschester. Sobre la repisa de la misma, había reposado la representación a escala del barco, hasta que la ira del joven actor, terminó por precipitarla al suelo. Terry estaba fuera de sí, y tan pronto reía como sollozaba, ponía expresiones histriónicas, recitaba pasajes de algunas obras dramáticas con exagerado énfasis, o se refería así mismo con una inflexión de tristeza y autocompasión en su voz engolada:
-Todo lo que tengo, fama, dinero, un apellido ilustre, todo, esto no vale nada de nada, nada sin ella –dijo el joven entristeciendo al leal empleado con su verborrea trágica y lastimosa, que se repetía, como una larga y penosa letanía que a Marwin se le hacía harto difícil escuchar, porque no solo apreciaba sinceramente al duque de Grandschester, si no a su hijo con especial intensidad, así como a su talento sobre las tablas en compañía de Louise, su esposa y algunos de sus hijos, que le ayudaban en sus representaciones.
-Vamos Terry, vamos –le dijo Marwin conciliador, intentando calmarle y aferrándole por los hombros- eso que dices no es cierto, no debes de ver las cosas tan a la tremenda.
Terry clavó sus ojos azules brevemente en los del abogado, de un raro color claro, casi rozando lo albino y rió entrecortadamente, para tras soltarse sin demasiada dificultad, de las manos del hombre, dejarse caer en el diván y dormirse profundamente, por efecto de la borrachera que arrastraba consigo, y que tenía encima. El letrado se encogió de hombros y suspirnado, procedió a recoger las botellas y apilarlas sobre una mesa, por si hacía acto de presencia, el padre del apenado joven. Por lo menos, que el duque de Grandschester no encontrara la bella y suntuosa dependencia, una de sus preferidas, convertida en un remedo de taberna barata. si hacía su entrada en la estancia. Cuando hubo acabado, arrojando las botellas a un cubo de basura tras un breve paseo a las cocinas, Marwin fue a buscar una manta y cubrió al joven que roncaba estridentemente, resoplando de vez en cuando y procedió a recoger la maqueta del Mauritania completamente tirada por el suelo y volcada sobre un costado, como si hubiera naufragado contra unos imaginarios escollos en plena mar.
La limpió lo mejor que pudo con la manga de su chaqueta a falta de un paño mejor para hacerlo, y la depositó con el mayor cuidado que fue capaz de desplegar, en su correspondiente vitrina de la que Terry lo había sacado imprevistamente, de un puñetazo que aplicó contra el cristal astillándolo y provocando la caída al suelo, de la maqueta junto con su vitrina. Debido al impacto sufrido, el barco a escala salió violentamente desprendido de su alojamiento terminando en la posición que lo hallara Marwin al acceder a la estancia. Aparentemente, la réplica del Mauritania estaba en perfecto estado, pese a haber tenido que soportar los furibundos embates de Terry, que ahora roncaba plácidamente sobre el canapé, hecho un ovillo sobre si mismo, con las piernas encogidas y los brazos doblados, contra su cuerpo, en posición fetal. Sus cabellos castaños reposaban displicentemente sobre uno de los reposabrazos, del canapé donde había apoyado la cabeza, a modo de improvisada almohada.
25
El Mauritania entró en la rada del puerto de Nueva York, dos semanas más tarde. El viaje fue especialmente apacible y el trasbordo que realizamos en Southampton, una vez que bajamos del Estrella del Norte particularmente rápido. Después de tomar un breve refrigerio y reírnos los tres hablando de temas intranscendentes y haciéndonos confidencias y bromas en un restaurante cuya terraza se abría directamente, al puerto de la gran ciudad portuaria, procedimos a subir al venerable pero bien conservado buque. Me fijé en su casco brillante pintado de brillantes tonalidades donde destacaban los grandes caracteres blancos que enunciaban su nombre. Lancé un silbido de admiración y Haltoran depositó su mano derecha en mi hombro y asintiendo me dijo:
-Sí Maikel, es un barco admirable. Y te puedo decir que la primera vez que lo ví desde el aire, en compañía de Mark, mi primera impresión fue precisamente como la tuya ahora mismo.
Recordé la historia que Mark me relató a su regreso de Inglaterra con Candy, de cómo la había rescatado con la ayuda de Haltoran, descendiendo sobre la cubierta del lujoso barco que la trasladaba, a un lejano internado allende del mar, por imperativa decisión de Albert, espoleado por los tremendos celos que sentía hacia Mark. Y de cómo George su secretario, encargado de velar por Candy y protegerla para que llegase sana y salva hasta su destino salió mal parado en su lucha contra Mark. Menos mal, me decía para mis adentros que Mark no hubía utilizado las llamaradas nucleares que el iridium era capaz de desatar en sus muñecas a plena potencia o de lo contrario el barco podía haber saltado por los aires. Subimos al gran barco, contemporáneo del mítico Titanic, que había sobrevivido a la Gran Guerra en la que sirvió como transporte de tropas, pintado en tonos miméticos militares. El Mauritania, no había sido finalmente militarizado, por lo que su estructura no se vio sometida a los mismos esfuerzos que su adversario el Titanic, y podía seguir por tanto, en activo, dado que el transporte de material y mercancías desgastó la resistencia de un buque concebido para llevar pasajeros y no pertrechos ni municiones. El Mauritania era una reliquia de otro tiempo, pero continuaba navegando, aunque pronto sería dado de baja y era posible, que como había sucedido con el Titanic, se salvara del desguace siendo reconvertido en museo flotante o destinado a alguna otra aplicación que estuviera acorde con el venerable barco.
Hasta que subimos a bordo, Haltoran no me perdió de vista ni un instante, temeroso a que me ocurriera otro percance que pudiera poner en peligro nuestro regreso a los Estados Unidos, por lo que inmediatamente me dejó muy claro que no habría más visitas turísticas en tanto y en cuando no estuvieran supervisadas por él, y eso valía para su esposa, no porque no confiara en ella,si no porque ya estaba curado de espanto y no deseaba pasar por más contratiempos. En cierta forma, en opinión de Haltoran, Annie y yo nos parecíamos más de lo que en un principio y a simple vista parecía. Nuestra congénita timidez hacía, en opinión de Haltoran, que tal semejanza fuera posible.
Finalmente, para alivio de todos, pero en especial de mis amigos, navegábamos en dirección a casa, sin escalas. Durante la larga singladura no ocurrió nada digno de mención, si acaso mi encontronazo de costumbre con las personas más inadecuadas y poco gratas que pudiera imaginarme. Mientras estaba observando el mar, caminando a lo largo de la cubierta de paseo, sin darme cuenta tropecé con un hombre emjunto que llevaba una chaqueta cruzada de color café, pantalones oscuros y una pajarita a juego con su chaqueta. Llevaba unas grandes gafas que dejaban entrever sus ojos oscuros. Sus cabellos eran de una tonalidad más clara que las de sus cejas y un pequeño bigote rizado de puntas separadas, se alzaba sobre su boca de labios fruncidos. Su pelo, exageradamente echado hacia atrás, tenía unas acusadas entradas con un mechón central terminado en punta, que le confería el aspecto de un vampiro. Debido al topetazo, sus gafas salieron despedidas de su tabique nasal y se habrían ido por la borda de no estar yo al quite, y recogérselas por la patilla in extremis. El hombre, que era el médico de a bordo empezó a vociferar en voz alta, no atendiendo a mis disculpas y por un momento temí que aguzados colmillos surgieran de su boca ligeramente entreabierta. La escandalera duró hasta que el capitán del barco, acompañado por Haltoran y Annie que me estaban buscando, una vez puesto al corriente del motivo de la trifulca, soltó una alegre carcajada para perplejidad del facultativo y puso paz, argumentando:
-Vamos, vamos doctor Johanson, no sea tan cascarrabias, a fin de cuentas el señor Parents, lo hizo sin querer y ha recuperado sus gafas.
El atildado médico me las arrebató con sequedad de mis dedos y girándose con gesto altivo, y alzando su rostro, con aire de desdén e ignorándome se retiró sin despedirse siquiera. El capitán se encogió de hombros y sonrió diciendo para disculpar el desabrido comportamiento del irascible médico:
-Es un excelente profesional, pero se ofende enseguida. Una vez, una muchacha rubia le suplicó que curase a una gaviota herida y reaccionó más o menos como ha hecho con usted. La señorita se puso más roja que la grana y decidió no insistir más. De hecho, curó al pobre pájaro por su cuenta logrando la recuperación de su ala rota –me dijo mirándome con sus afables ojos grises.
No sé porqué tuve la viva impresión de que el marino estaba hablando de Candy, pero como no nos dio más información, no conseguí confirmar ese extremo, hasta que decidí preguntarle si la joven a la que se refería llevaba el cabello recogido en coletas con grandes lazos decorativos y si sus grandes y expresivos ojos, eran verdes. Cuando iba a hacerlo, el segundo de a bordo se presentó ante él, saludándole y pidiéndole que le siguiera al puente de mando, donde su presencia se hacía necesaria. Se excusó con nosotros y se encaminó hacia allá siguiendo a su subalterno, atusándose sus cabellos canos, pidiéndonos antes de irse, que disfrutásemos del resto del viaje.
26
Un mes después de estos acontecimientos, y tras el recibimiento prácticamente apoteósico que Mark, Candy y todos los demás nos dispensaron en el puerto, retomamos nuestras condiciones de vida habituales. Como de costumbre, el relato de nuestras extrañas y sorprendentes aventuras dividió a nuestros allegados y amigos, pero nuevamente tuvieron que asumirlas como completamente verídicas y ciertas. El reencuentro entre Candy y Mark con sus hijos, quizás fue lo más duro de asumir, ya que ambos de una forma u otra les echaban en cara sus largas ausencias y prolongados periodos en los que los confiaban al cuidado de sus abuelos sin que tuvieran noticias de ellos. Tenían razón y por lo tanto estaban en su derecho a enojarse y a pedir explicaciones, pero Marianne quería tanto a su madre que fue capaz de perdonarla sin que el subsiguiente drama interior por el que atravesaba Candy, debido a sus acendrados remordimientos consiguiese apartar a la hermosa joven rubia de su querida hija. En cuanto a Maikel, tan reflexivo y callado, tanto que en palabras de su abuela la señora Legan, a veces daba hasta miedo, por cariño a su hermana y amor a sus padres, convino en que sostener una soterrada guerra de sentimientos contra ellos, le haría un terrible daño a todos, empezando por Marianne, por lo que los cuatro terminaron unidos en un multitudinario abrazo formando una piña, ante las emocionadas miradas de Helen, Ernest, Eleonor y todos los demás. Poco a poco, las agitadas aguas volvieron a su cauce y nuestras existencias fueron aquietándose gradualmente, pero percibí en Candy un poso de amargura que continuaba adueñándose de sus más íntimos pensamientos. Aunque la muchacha, parecía tan vital y alegre como siempre, yo intuía que toda aquella jovialidad no era más que una fachada y que las cosas no iban tan bien para mi amiga, como intentaba darnos a entender, ocultando sus verdaderas penas. Naturalmente, yo tampoco me encontraba mejor, sobre todo después de que el taimado e intrigante barón sacase a relucir una parte de mí que creía dominada y controlada definitivamente para siempre, pero no era así. Continuaba amando a Candy sin poder evitarlo, pero era consciente que no era más que un bello sueño inalcanzable. Candy solo debía ser amada por hombres perfectos, apuestos y sin ninguna tara o defecto apreciable. Esa era mi equivocada percepción de las cosas, aunque hasta los más enconados rivales de Mark en la dura batalla sostenida por su corazón, eran guapos y gentiles, de porte aristocrático y maneras y apariencia elegantes. Yo no era más que un pobre gordo, mal vestido y de hombros cargados, pese a que hubiera logrado reconstruir mi maltrecha fortuna que, desapareció en el momento en que un puñado de dementes al mando de otro que los superaba a todos, asaltaron la sede de mis empresas, dando origen a mi forzado exilio allende del tiempo. Me miraba al espejo y negaba con la cabeza y esos ramalazos de realidad, admitiendo lo que era y lo que no podría llegar a ser, me ayudaban a mantener controladas mis emociones, hasta que un día, Candy que se sentía sola acudió a mi habitación para hablarme. Se disponía a llamar a la puerta, alzando su pequeño puño derecho, cuando detuvo la progresión de su mano en el aire. Había olvidado cerrar la puerta y a través del quicio de la misma, Candy me oyó suspirar y decirme a mi mismo, mientras observaba mi aspecto reflejado en la pulida luna del gran espejo enmarcado:
-Candy, Candy, pensaba que algún día dejaría de amarte pero…
Se disponía a irse con cuidado hasta que tropezó y su cuerpo se precipitó sobre la puerta que se abrió de par en par. Candy cayó hacia delante aunque pude sostenerla a tiempo tras interrumpir mi soliloquio. La mantuve por un momento aferrada contra mi cuerpo abrazándola estrechamente, hasta que nos separamos lentamente. Yo no sabía si habría oído mis últimas palabras pronunciadas en voz alta, y ella a su vez fingía que no había escuchado nada.
Empezamos a hablar de diversos temas, hasta que finalmente salió a relucir la cuestión de su verdadero padre. No es que no hablase de esos temas con Mark, pero a veces, Candy tenía la necesidad de sincerarse con otras personas como Annie o yo. Conversamos durante una hora, tiempo al cabo del cual, pareció sentirse mejor. Era una apacible tarde primaveral y por increíble que pudiera parecer, no había nadie en la mansión. Mark había llevado a sus hijos a una excursión campestre y Candy prefirió no ir pretextando que estaba aquejada por una ligera pero persistente migraña. Los Legan habían ido a visitar a sus hijos, primero a Neil y a su esposa que esperaba un segundo hijo y cuyo estado de buena esperanza se hacía más que evidente, y luego irían a casa de Eliza y de Tom. En cuanto a Eleonor y Bryan estaban de vacaciones en Canadá. Aparte de nosotros dos y el servicio la gran mansión de los Legan estaba deshabitada y su verdadera madre tampoco se encontraba en la suya, ni el amable médico, padre de Mark, que se había convertido en su esposo, tampoco. Como estábamos ligeramente aburridos, de repente me propuso ir a pasar el resto de la tarde en la cercana ciudad donde me invitaría a comer. Intenté negarme, pero me lo pensé mejor. Una cita con Candy. Por supuesto que era más que nada, una inofensiva salida entre amigos, pero opté por imaginar lo contrario. Eso aplacaría un poco el dolor que anidaba en mi alma. Candy me pidió que no me moviera de allí y fue a arreglarse. Al cabo de diez minutos, bajó las escaleras mientras yo aguardaba pacientemente en el recibidor, envuelta en un vestido muy vaporoso de volantes, confeccionado en organdí, que no por sencillo, dejaba de sentarle como un guante.
-Ya podemos irnos Maikel –dijo tomándome del brazo izquierdo y riendo alegremente. Me sentí el más feliz y a la vez, el más desdichado de los hombres.
Salimos al exterior y me propuse llamar a Stuart, cuando Candy me detuvo y fue a las cocheras a buscar un pequeño vehículo que había adquirido recientemente. Desde que tuviera aquel accidente con el pesado camión militar en plena Gran Guerra, tratando de llevar a los heridos que transportaba de vuelta a Charmotieres, poco antes de dar a luz a Marianne, se propuso firmemente solventar ese asunto pendiente de su vida, esa carencia como ella lo definía y perserveró no cejando, hasta obtener el permiso de conducción. Mark parecía un tanto reacio al principio, pero finalmente la apoyó sin reservas, animándola a obtener el preciado carnet. Poco después se compraría un pequeño utilitario que apenas si había conducido en un par de ocasiones. Candy había conseguido el permiso después de varios intentos fallidos, pero cuando lo logró, lo celebramos por todo lo alto. Yo evoqué mi juventud cuando con dieciocho años, obtuve el mío y de cómo de doce aspirantes, solo suspendió uno por entrar por una calle en dirección prohibida en mi país de origen, antes de emigrar a otro país, y tras una serie de adversas y duras vicisitudes, convertirme en un magnate de las finanzas y fundar un gran emporio comercial, que ya no me pertenecía.
Candy sacó el coche del garaje con cuidado y especial prevención. El automóvil tenía el característico aspecto de los coches antiguos, con sus prominentes guardabarros carenando las ruedas y los faros semejantes a grandes ojos abiertos, emplazados sobre los mismos. Una capota de cuero de color mate cubría el automóvil y me fijé en su pescante que recorría toda la parte inferior del mismo. Era un Oldsmobile del año 1925 y era un coche precioso de color crema de líneas compactas y discretas no teniendo nada que ver con los ostentosos modelos que se veían de vez en cuando, verdaderos anatemas en contra de la más conservadora aerodinámica, pero a mí todos los coches de aquella época me parecían similares. Curiosamente, Candy cuando estuvo en el año 2010, me participó que ella opinaba lo mismo respecto a nuestros automóviles.
Subí un poco temeroso al coche y como aun no me acostumbraba a viajar en aquellos pretéritos automóviles, intenté ponerme un cinturón de seguridada inexistente y ajustar un reposacabezas, que solo existía en mi imaginación. Candy me observó perpleja y rió ante mis excentricidades. Giró la llave, una relativa novedad en los coches de serie, aunque esa nueva forma de arrancar un vehículo en vez de a manivela, ya se iba imponiendo entre los nuevos automóviles salidos de fábrica, cada vez más.
El coche dio un ligero tirón cuando Candy metió primera y soltó el embrague conduciendo hábilmente, para dirigirnos hacia la cercana ciudad. Me recliné en la suave tapicería de cuero del vehículo y asentí complacido, al comprobar la destreza que la muchacha había ido adquiriendo en la conducción, a lo largo de todo ese tiempo transcurrido desde que llegásemos a casa, enfilando decididamente la serpenteante carretera en dirección a Greenville. Durante aquel mes que había pasado desde que, por diferentes caminos y provenientes de destinos distintos tanto ella como Mark, por un lado, y yo, Haltoran y Annie por otro, nos reuniésemos finalmente festejando como nunca nuestro reencuentro, Candy había emprendido una serie de acciones y planes que por una razón u otra había dejado pendientes, sin llegar nunca a convertirlos en realidad. Uno de esos planes e intenciones aplazadas constantemente, y nunca concretadas, fue la de retomar la conducción de su pequeño vehículo, que había logrado dominar a fuerza de tesón y voluntad, conduciendo un rato todo los días, siempre que sus obligaciones como madre y esposa, y demás asuntos, se lo permitían.
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Candy aparcó el pequeño vehículo entre una limousina, a cuyo lado montaba guardia un atildado y envarado chófer que aguardaba pacientemente la llegada de sus señores para llevarlos de regreso a casa, o tal vez continuar con una aburrida e interminable jornada repleta de eventos sociales o compras de alto nivel, y un ómnibus completamente vacío, a cuyas puertas hacían colas varios viajeros con caras largas y expresiones tan aburridas como la del chófer rígidamente embutido en un uniforme, que saltaba a la vista le venía estrecho resultándole incómodo y sofocante. Bajé del vehículo y como si Stuart hubiera estado allí, con nosotros, abrí la portezuela del conductor, tras rodear el pequeño coche, antes de que Candy descendiera del mismo, aprovechando que se estaba retocando el maquillaje, tras contemplarse en el espejo incorporado en la guantera del salpicadero. La joven sonrió gratamente sorprendida por mi acendrada galantería, y aceptó el brazo que le ofrecía tan educadamente. Cerró el vehículo y nos encaminamos hacia un restaurante del que Candy me había hablado tan animadamente, durante el trayecto de ida a la ciudad, que no pude por menos que decirme a mí mismo, que tal vez valiese la pena entrar.
Nuevamente intenté anticiparme y franquearle el paso a mi amiga, pero esta vez, fue uno de los camareros el que se ocupó de hacer tal cosa por nosotros. Al fijarme mejor en su aspecto impecable, vestido con aquel frac oscuro, con una banda azul que le cruzaba de izquierda a derecha sobre su oronda figura, me percaté que era el maitre. El hombre nos saludó ampulosamente saliéndonos al paso tras plantarse ante nosotros:
-Bienvenidos señores, bienvenidos –nos dijo con una exagerada cortesía- permítanme recomendarles la mesa del fondo, allí estarán más cómodos y además es un lugar muy íntimo, -dijo con aire de complicidad.
Un leve rubor tiñió las mejillas de Candy y casi al unísono las mías. Cuando estaba a punto de sacarle de su error, Candy me dio un leve codazo y posó sus deslumbrantes ojos sobre los míos, realizándome un guiño cómplice.
-Por aquí, por aquí señores, ya verá caballero, como usted y su bella esposa estárán como en su casa –nos dijo el insistente y solicito maitre que no cesaba de prodigarnos sus pegajosas y almibaradas atenciones.
No dije nada, porque parecía que tenía ganas de seguirle el juego al equivocado maitre, por lo que asentí complacido. El que Candy se convirtiera en mi esposa, aunque solo fuera durante un breve lapso de tiempo, de fingida comedia, me llenaba de satisfacción, aunque sabía que pese a mis ilusiones, jamás se produciría nada semejante. El maitre impartió breves e imperativas órdenes a sus empleados, y los jóvenes camareros se apresuraron a acomodarnos en la mesa que el maitre nos había recomendado con especial énfasis. Al momento apareció también un muchacho larguirucho y con apariencia despierta, con uniforme de botones que se hizo cargo al instante de mi gabardina y el largo abrigo rojo con botones dorados de Candy. Mi amiga estaba especialmente deslumbrante y hermosa aquella tarde, aunque se pusiera lo que se pusiera, seguiría estando tan arrebatadora y bella como siempre. Ahora entendía, porqué Albert había perdido la cabeza por ella, y su fortuna y prestigio, al acabar encarcelado por graves y horrendos delitos. Candy y yo tomamos asiento, mientras un cheff de largos bigotes y el característico gorro de cocinero sobre su cabeza, llegaba casi a la carrera, instado por el maitre, para recomendarnos personalmente sus mejores platos. Arqueé las cejas y comenté divertido:
-Vaya, cuanta amabilidad. Yo creo, que hoy ha salido a recibirnos la plana mayor del restaurante.
-No es de extrañar –dijo Candy sonriéndome y mostrando sus hombros torneados, embutida en el bello vestido que se los dejaba al descubierto- no olvides que como condesa de Andrew, soy relativamente conocida, y el maitre ha querido lucirse especialmente para una ocasión que tiene clientes tan ilustres.
Condesa. Ya no me acordaba que tanto Mark como Candy habían sido ennoblecidos con dicho título por el propio Albert, poco antes de que intentara alejar a ambos enamorados, mediante una sútil artimaña, enviándola a estudiar a un prestigioso y severo internado al otro lado del Océano Atlántico. Al parecer, el título nobiliario seguía vigente y dado que la única que podía impugnarlo, la propia tía abuela, no lo había hecho por evitar un nuevo escándalo seguramente, extremo que no había podido ser confirmado ni desmentido, debido al hermético silencio de la ceñuda anciana, mis amigos seguían perteneciendo a la más rancia y egregia nobleza. Sin embargo, aquel buen hombre de faz sudorosa sobre la que se cimbreaba peligrosamente un bisoñé oscuro que amenazaba con desprenderse de sus sienes de un momento a otro, o estaba mal informado o me había confundido con Mark. Me encogí de hombros, riendo alegremente mientras un pequeño ejército de camareros empezaban a traernos las fuentes y los diversos platos, que el propio cheff iba sometiendo a nuestra aprobación. Yo creo, que prácticamente pusieron a nuestra disposición todos sus platos estrella. Iba a quejarme porque prefería que nos trajesen la carta, a fin de poder elegir con tranquilidad, cuando Candy aferró mi brazo derecho y negó brevemente con la cabeza. Noté una corriente eléctrica que atravesó todo mi ser. Desde hacía tiempo, no experimentaba algo así.
-No Maikel. No le quitemos la ilusión al maitre –me dijo en voz baja.
Volví asentir. Cuando elegimos los cubiertos que resultaban de nuestro agrado, los camareros semejantes a envarados pinguinos, se fueron retirando con discreción. Empezamos a comer entre bromas y confidencias, hablando de trivialiades, dispuesto a pasar una gradable estancia hasta que nuevamente, fuimos el centro de atención de todas las miradas cuando una orquesta formada por cinco músicos rigurosamente vestidos de etiqueta se personó ante los dos y empezó a tocar sin más, sus instrumentos dispuestos en semicírculo en torno a nuestra mesa. Resoplé negando con la cabeza, mientras Candy entre carcajadas, intentaba que viera el lado positivo del asunto. Candy pidió mediante señas, al que parecía el director de la orquesta que se aproximara. El hombre, que lucía una desgreñada cabellera cana y con aire de sabio despistado, se acercó inmediatamente y escuchó con visible interés lo que Candy estaba bisbiseando en su oído.
-¿ Podría interpretar esta melodía que le he pedido ? a mí y a mi esposo nos haría mucha ilusión poder bailar a sus acordes, de nuevo –alcancé a escuchar notando como mis mejillas se arrebolaban nuevamente sin poder evitarlo. Nuevamente traté de desmentir aquella afirmación de Candy, pero "mi esposa" me silenció nuevamente con una rápida y fulminante mirada, decidida a mantener la cháchara.
El hombre asintió y accediendo gustoso a la petición de la muchacha, alzó su batuta, y cogiendo aire empezó a dirigir a los integrantes de su orquesta.
Los músicos interpretaron una melodía que conocía muy bien, y que era el evocador vals que había sonado en el baile durante el que, atribulado Mark había intentado en vano, reunirse con ella. Candy se puso en pie y asiendo mis manos tironeó de mí para animarme a que me incorporase. Aunque en un primer momento, quise mostrarme firme y reacio, porque temía que aquella en apariencia, inocente farsa llegara demasiado lejos, acepté y la tomé por la cintura con delicadeza empezando a deslizarme por todo el salón comedor ante las miradas de interés y envidia de los comensales. Aquel recinto no estaba preparado ni habilitado para celebraciones de esa índole, pero el maitre, deseoso de que los señores de Andrew, se llevaran una inmejorable impresión de su restaurante, no puso trabas a que ambos convirtiéramos el comedor en un improvisado salón de baile. Me sentía un tanto avergonzado, hasta que algunas parejas y matrimonios, animados por nuestra iniciativa, se sumaron al improvisado festejo haciendo que me sintiera menos abochornado por danzar dentro del restaurante. Estaba claro, que el maitre no había reparado ni en gastos ni en atenciones para que nos sintiéramos lo más cómodos posibles dentro de su local. De donde salieron los músicos, a menos que trabajaran allí formando parte del personal del lujoso y caro restaurante, era para mí, un absoluto misterio, aunque no debería de ser tal, dada la categoría y el postín de aquel establecimiento, donde tal vez no era descabellado pensar que contase con una orquesta propia para tales eventos y ocasiones.
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Los acordes del hermoso y evocador vals sonaron por toda la sala, haciendo que Candy se arrancara a bailar, y obligándome a imitarla. No es que fuera muy ducho en el arte de la danza, como en casi ninguna otra cosa que no versara de negocios y cuentas contables, pero desde que llegamos hacía varios años atrás a aquella época tan sugerente y atrayente, dando comienzo a la más maravillosa y mayor aventura de nuestras vidas, había tenido tiempo más que suficiente de aprender algunas de las más selectas y rimbombantes costumbres de aquella alta sociedad, aun anclada en el pasado y que conservaba las aristocráticas y refinadas maneras de antaño. Candy se había convertido para mí en algo más que una amiga, era como si fuera mi hermana pequeña y estaba completamente seguro, aunque jamás me había atrevido a confirmarlo o confesárselo a ella, que en una hipotética escala de afecto, tan solo estaría por debajo de Mark, y que tal vez compartiese un presunto segundo puesto, en reñida competición con Annie. Pero aquellos años al lado de la pecosa, como solía llamar a veces Haltoran, habían engendrado en mi corazón, en lo más recóndito e íntimo de mi ser, un creciente e inextinguible amor, que no había logrado reconducir en modo alguno. Se daba la circunstancia, cuanto menos curiosa de que los cuatro hombres que habíamos irrumpido en la vida de Candy, nos habíamos enamorado de ella, de un modo u otro. Y en los cuatro casos, Mark había obtenido la codiciada llave del corazón de la muchacha. Tanto Haltoran, como Carlos habían conseguido reconducir sus sentimientos, al lado de otras muchachas a las que querían y que si les correspondían, pero de esos cuatro viajeros del tiempo, de aquellos crononautas solo uno, no había aceptado el status quo, planteado a partir de que, Mark y Candy consumaran su amor. Sin contar a Albert y algunos corazones destrozados y que se habían quedado, por el arduo y tortuoso camino hacia ella, yo aun continuaba queriéndola y me negaba a aceptar mi derrota, pese a que mantenía un resignado y callado silencio al respecto. Y ella lo sabía. Por eso, cuando mi mano derecha ciñió su talle flexible como un junco y la izquierda acarició la suave piel de su mano izquierda, noté como una nueva descarga de electricidad o lo que fuere aquello, me recorría el cuerpo otra vez. Candy bailaba con destreza arrancando los suspiros de hombres más apuestos que yo, y suscitando su envidia, así como la de las damas que contemplaban como aquella criatura parecían flotar etereamente sobre el suelo de mármol del restaurante. Yo por mi parte, temía los maliciosos comentarios de la gente, acerca de mi rechoncha figura y mi apariencia despistada y un tanto desastrada, pero con tal de no separarme de ella, hubiera sido capaz de danzar sobre las afiladas puntas de hileras de lanzas bajo mis pies. Evolucionamos por toda la pista, si es que se podía llamar así al restaurante reconvertido en sala de baile y la miré con ojos encendidos, pese a que mis gafas ligeramente empañadas ocultaban algo mis pupilas marrones.
Cuando terminó la melodía, Candy se fijó que una lágrima furtiva se escapaba bajo el borde redondeado de mis anteojos. Fue un instante, en que mis ojos suplicaban, demandaban amor, pero consciente de que lo que le estaba pidiendo a mi amiga, era inalcanzable, además de constituir una necedad peligrosa, desvié la cabeza e intenté sonreír para disimular la suplicante mirada de aire desesperado que había posado en los deslumbrantes ojos de Candy.
-Vaya, parece que terminó el baile –dije por terminar con aquella embarazosa situación, lo antes posible- será mejor que apuremos nuestra comida.
Una cerrada ovación siguió a nuestra improvisada demostración de afecto. Todos estaban realmente convencidos de que éramos marido y mujer, hasta yo, por un instante me lo figuré, hasta el momento en que la música cesó, y me devolvió a la atroz realidad. En ocasiones anteriores, había sufrido esas crisis, si se podían llamar así a los episodios de desamor que me asaltaban de vez en cuando, al estar en compañía de Candy, pero aquella vez era diferente, lo cual hizo que me asustara sobremanera. Candy lo notó en la febril llama que brillaba en el fondo de mis ojos y como mi corazón palpitaba más deprisa.
-Prefiero salir a tomar el aire, si no te molesta Candy –dije- el calor de este sofocante ambiente me está empezando a afectar.
Mis mejillas se habían tornado coloradas, pero no precisamente por la caldeada atmósfera del restaurante, si no por su cercana presencia. Su esbelta figura y su belleza resultaban realzadas por el precioso vestido de volantes. Llevaba los cabellos rubios recogidos en una única cola de caballo, con un sencillo pero a la vez decorativo lazo prendido, donde la coleta comenzaba su proyección descendente sobre la espalda de piel nacarada.
Candy notó que estaba tenso y tomándome del brazo me preguntó preocupada:
-Maikel, ¿ qué te ocurre ? ¿ te encuentras mal ?
Insistí en abandonar el local y sonreí levemente. Al igual que Mark, disimulaba muy mal mis emociones y Candy, tan sensitiva y receptiva a tales indicios leía en mis ojos como si de un libro abierto se tratara.
Pagamos la cuenta y tras despedirnos del obsequioso maitre, prometiéndole retornar otro día y alabando la calidad del servicio de su restaurante, salimos a la calle. Comenzamos a dar un paseo, sumidos en un pesado silencio. Finalmente Candy, harta de mi parquedad de palabra se detuvo. Caminábamos cogidos de la mano, como si fuéramos una verdadera pareja de enamorados.
-Maikel, te pasa algo que no me quieres referir y me tienes muy preocupada. ¿ qué es querido amigo ?
Posó sus manos sobre mis mejillas. Al hilo de aquel inocente gesto, creí enloquecer. No podía contenerme por más tiempo. Ya que iba destruir probablemente, la confianza y hermosa amistad que había reinado entre ambos durante tantos años, decidí, que por lo menos, lo llevaría de la forma más digna posible.
Retiré sus manos lentamente de mi rostro y me separé de ella unos pasos. Caminé un poco distanciándome de ella, dándola la espalda. Cuando juzgué que era suficiente, la miré e intenté no desviar la vista. Necesitaba mirarla a los ojos, para pedirle aquello que tenía en mente.
-Candy…yo…-dije empezando a tartamudear y sintiéndome muy torpe y tosco ante aquella delicada e imbatible criatura a la vez…
-Candy –repetí por segunda vez su nombre. Era tal la sonoridad de aquella palabra que no me cansaba de repetirla.
La muchacha aguardó intrigada a que hablase, pero me limité a decir:
-No, nada. Quería saber que hora es, no quiero que se te haga tarde. Mark estará al llegar.
En mi fuero interno, iba desgranando las palabras que tendría que haber pronunciado y que no me atreví a hacer:
"¿ Candy, recuerdas la conversación que tuvimos después de que luchásemos contra los hombres de Norden ? " –tenía previsto haberle dicho, si hubiera conseguido, deshacer el nudo que se me había formado en la garganta.
Seguramente lo recordaba. Había ocurrido hacía mucho, una eternidad, pero aun podía rememorar, estaba convencido de ello, los pasajes más importantes de la misma. Habíamos hablado de mi situación de perpetua soledad, de mis verdaderos sentimientos que habían aflorado otra vez, aquella larga y bella tarde, que hubiera querido que durase para siempre.
Yo lo recordaba perfectamente. Fui cuando ella cometió aquella locura.
Candy sintió entonces un sentimiento de verguenza, haciendo que yo me contagiase de su rubor. Desde aquel día, ambos teníamos un secreto, que solo compartíamos nosotros dos. En aquel momento, me mostró su total y plena desnudez, una visión tan increíble y adorable, que aunque solo fue durante unos escasos instantes, quedaría grabada en mi memoria a fuego, de forma ideleble para siempre hasta que la cubrí pudorosamente con mi gabardina, para terminar con aquel despropósito retirando la vista inmediatamente de ella.
Candy había intentado hacer realidad mis descabellados sueños de amor, y su compasión hacia mí, por mi soledad y pena, era tal, que cometió aquel acto, sin pensar detenidamente en lo que hacía.
-Me tenías asustada Maikel –dijo ella visiblemente aliviada- no, Mark aun tardará en regresar con los niños. Vendrán tarde, así que aun tenemos tiempo y podríamos…
La tomé por los hombros con una rapidez y una celeridad inusitadas en mí. Antes de que la muchacha pudiera reaccionar, la atraje hacia mí temblando como una hoja. Mientras vivía los últimos instantes de una hermosa y entrañable amistad, me dije que además de un miserable era un imbécil incorregible. Hasta ahora había mitigado mi pena de amor, estando cerca de ella, viéndola a diario prácticamente y manteniendo una relación con ella cercana a lo filial, pero todo eso se haría añicos, se rompería totalmente en pedazos por mi torpeza y mezquindad. Como escribiera Oscar Wilde, arrojé al fuego la estatua de la "Amistad que dura toda la vida", para con sus restos cincelar la del "placer que dura un solo instante". Estreché a Candy entre mis brazos y aproximé mi rostro al suyo, besándola pasional, que no apasionadamente. Robé un beso de mi amiga que me contempló atónita e incapaz de reaccionar. Durante un instante rocé el paraíso y me sentí inconscientemente feliz e ingrávido, aunque pronto retornaría a la tierra. Candy me apartó a duras penas, ahora que el imprevisto y fugaz acopio de fuerzas y de coraje me estaban abandonando. Tenía el rostro bañado en lágrimas, incapaz de creerme capaz de semejante y vil traición. Levanté mi faz, brillante de llanto y cerré los ojos mientras decía:
-Pégame Candy, por favor, pégame y terminemos con esto. Me lo merezco, pero…pero…yo…han sido tantos momentos de soledad, tanto amor acumulado que no he podido evitarlo.
De hecho había alzado la mano para dejarla caer con violencia sobre mi cara, pero detuvo su progresión y la fue bajando, hasta que reposó laxa, a un costado de su cuerpo.
-Pégame, por favor, porque nunca más podremos volver a ser amigos yo…
En vez de eso, avanzó lentamente hacia mí y me abrazó, mientras yo, sumido en un arrepentimiento tardío no cesaba de reprocharme a mí mismo, lo estúpido e inconsciente que había sido.
-No, Maikel, no…no puedo pegarte. A alguien tan bueno y dulce como tú, no.
-Pero, pero, pero –dije ladeando la cabeza para no encontrarme con su rostro- he abusado de tu confianza y amistad. Te he robado un beso…yo…yo…
-Tú no has hecho nada malo, Maikel. Eres mi mejor amigo, un hermano para mí, y no voy a romper nuestra amistad, porque me sigas amando. La culpa ha sido mía. Debí intuir que es lo que te estaba pasando y no insistir con esa comedia de que éramos un matrimonio. No caí en la cuenta de que avivaría tus sentimientos, Maikel, perdóname, yo…
Terminamos por pedirnos mutuamente perdón los dos. Candy entonces me miró con ardor y dijo:
-Una vez, Maikel, una vez te dije que haría cualquier cosa por no verte triste. Por eso, aquel día hice aquello y descubrí mi intimidad para ti. Y ahora estoy dispuesta a hacer lo mismo, si con ello, consigo aplacar esa aflicción que te está devorando. Amo a Mark, y jamás dejaré de quererle, pero tampoco puedo seguir asistiendo impasible, al sufrimiento del hombre artífice de mi felicidad. Es justo que comparta un poco de esa felicidad con él. Querido Maikel, quiero que te lleves un buen recuerdo de mí. Busquemos un sitio discreto, yo…
-No, de ninguna manera –protesté airadamente- he sido un canalla contigo Candy, pero no formaré parte de que me estás sugiriendo, yo…
-Lamento interrumpir su tórrido romance –dijo una voz gruesa y que no auguraba nada bueno- pero, debo pedirles que ambos me hagan entrega de sus objetos de valor.
Nos giramos asustados. Dos hombres de mala catadura, que hacía rato que nos venían siguiendo y espiando cada uno de nuestros movimientos, nos estaban observando con aviesas intenciones. Uno de ellos, era alto y sus cabellos castaños terminaban en un exagerado flequillo que le caía sobre la frente plana y despejada. El otro, moreno y bajo, algo más corpulento que su compinche, tenía unas facciones pesadas y pétreas, que superaban en fealdad, a las de su compañero de fechorías y unas descomunales patillas. Su nariz era roja y bulbosa, como un pimiento. El más alto mascaba chicle y lo infló tanto que terminó por explotármelo adrede en la cara a modo de desprecio. Esgrimían sendos revólveres plateados, por lo que todo acto de heroicidad quedaba descartado o esa era la confiada opinión que ambos delincuentes tenían al no prever resistencia de una muchacha asustada y menos de su obeso acompañante. Les entregamos nuestros monederos y aunque Candy intentó protestar, la silencié con una rápida y fulminante mirada. El de las largas patillas y protuberante nariz, se fijó en la cadena dorada de Candy y antes de que se lo arrancara violentamente con un seco tirón, ella misma se lo entregó por propia voluntad para evitar males mayores. Pero no contento con ello, intentó hacerse además con la cadena de la que pendía una cabeza de águila, regalo de Mark. Candy se negó rotundamente resistiéndose a las pretensiones del malhechor, y como ambos hicieron ademan de atacarla, no me lo pensé dos veces y me lancé contra ellos, olvidándome de mi prevención inicial:
-Cobardes, canallas, yo…-grité fuera de mí, mientras me abalanzaba inconscientemente contra ellos con las manos abiertas como garras y los brazos tensos como cuerdas de piano, y proyectados hacia delante, presa de una feroz rabia que me impelía a defenderla con uñas y dientes, más que a mí mismo. Mi rostro se había transmutado en una mueca de odio extremo y un coraje sin límites, se había adueñado de mí, impulsándome a actuar sin pensármelo dos veces, para defender a la mujer de mis sueños, mis infaustos e inalcanzables sueños, fugaces escenas de un día de un verano, que ya se había terminado indefectiblemente.
-¡! No, Maikel no, no lo hagas ¡!
Pero la advertencia de Candy llegó demasiado tarde. Sonó un seco estampido, seguido de un horrorizado y desgarrador grito de mujer. Proferí un leve quejido de incredulidad, más que de dolor, y salí despedido hacia atrás como consecuencia del impacto de bala. Me desplomé exánime en los brazos de la muchacha, impregnando de sangre que rápidamente formó un charco a mis pies, en el suelo, su suntuoso vestido y sus manos, mientras los ladrones huían precipitadamente y muy nerviosos con el botín, al sentir voces que llegaban desde todos los ángulos. Se iban reprochando, discutiendo a gritos su mutua insensatez e improvisación, que uno le achacaba al otro, sin reconocer la culpa que el otro le atribuía, porque se suponía que iba a ser un golpe fácil, sin víctimas graves. Y ahora todo se había complicado. Varios testigos habían conseguido fijarse en su aspecto y describirían pormenorizadamente el aspecto de ambos ladrones tan pronto como la Policía les tomase declaración. Junto con el testimonio de Candy y el mío, cuando me restableciese, no resultaría demasiado difícil dar con ellos, y capturarles.
Las lágrimas de mi amiga mojaron mi rostro, pero por más que me sacudía por los hombros, chillando desgarradoramente, conminándome a abrir los ojos, yo no me movía. La bala me había alcanzado de pleno, aunque afortunadamente, sin mayores consecuencias. Al calor de los desgarradores gemidos de Candy y el atronador estampido del disparo, se personaron varios transeúntes, que nos ayudaron rápidamente. Yo fui trasladado malherido y urgentemente, en el interior de un coche que uno de mis auxiliadores había conseguido que se detuviera a mi altura, tras hacerle señas. Durante todo el trayecto fuí velado por Candy, constantemente, mientras íbamos lo más rápidamente posible, camino del hospital más cercano.
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Deliré profiriendo incongruencias en español y en inglés, presa de una intensa y profunda fiebre, durante horas, pero salí adelante. La bala, afortunadamente, si se podía decir así, no había rozado ningún órgano vital y me encontraba dentro de lo que cabía, indemne. Había perdido mucha sangre, pero Candy logró contener la hemorragia aplicándome un vendaje que apretó firmemente durante todo el tiempo sobre la herida. Cuando los médicos me extrajeron la bala, uno de ellos comentó que había tenido mucha suerte. Un poco más arriba, y puede que no estuviera ya entre los vivos.
El hospital al que me habían llevado, mientras el tiempo corría en mi contra, aunque afortunadamente se conseguirían invertir las tornas, registraba una intensa actividad tanto médica como a nivel de pacientes. Los pasillos estaban atestados de camillas, gente doliente y que convalecía de alguno de sus anteriores achaques y personal sanitario y facultativo que se movían a un ritmo frenético, no deteniéndose más que lo indispensable, para dar cumplida atención a su trabajo. Visitantes y familiares de los allí ingresados, muchas veces, sobre todo al terminar su visita, y disponiéndose a irse a sus respectivos hogares, daban vueltas en vano, perdidos y desorientados hasta que alguien les informaba amablemente de hacia donde tenían que ir, para alcanzar la salida o la planta y habitación donde ver a sus amigos o familiares, en tratamiento o convalecientes.
Abrí los ojos despertando en una aséptica habitación blanca de hospital. El mobiliario de la estancia era austero y sus lujos y comodidades, las justas. Una cama con cabecera de barrotes de hierro, una mesilla sobre la que reposaba un florero que albergaba un ramillete de flores blancas y algunos cuadros de bodegones colgados de las paredes pintadas en un suave tono azul, era todo cuanto se precisaba para conferir a la habitación, de la calidez y confort necesarios. Huelga decir que en la habitación no existía ninguno de los modernos aparatos médicos del siglo XXI, como scanners, o sistemas de monitorización alguno, ni nada que se le pareciese remotamente.
Candy me había velado todo el tiempo haciendo valer su condición de enfermera ante los facultativos, para quedarse conmigo, sin separarse de mi lado ni un solo instante. Cuando la intensa fiebre bajó y el dolor remitió un poco, recobré la lucidez, alcanzando a escuchar algunas de las desgarradoras palabras que me dirigía, creyéndome aun sumido en la inconsciencia. Se echaba la culpa de no haber sabido ver a tiempo mis verdaderos sentimientos y de no haber hecho nada para devolverme un poco de paz. Pero ahora Candy no estaba a mi lado. Descansaba en una sala de espera contigua vencida y rota por el dolor de llorarme y las horas empleadas en velarme. Se había negado en redondo a retornar a Lakewood para continuar junto a mí, accediendo solamente a reposar por unos minutos en una dependencia, anexa a mi habitación. En su lugar había un montón de gente que me resultaba familiar, y me miraba con semblante preocupado y desencajado. A medida que mi cabeza se iba aclarando, discerní a los preocupados señores Legan, a Eleonor y su esposo, el padre de Mark, y por supuesto a todos mis demás amigos que rodeaban la cabecera de mi cama. Mark intentaba disimular sus lágrimas pero le era harto imposible contenerlas.
-Maestro, no hay palabras para expresar cuanto te agradezco el que defendieses a Candy, pero te arriesgaste demasiado al exponerte así. Si te hubiéramos perdido, no sé que habría hecho –dijo Mark estrechando mi mano izquierda entre las suyas.
Gracias a las dramáticas indicaciones de Candy, que rogó encarecidamente que todos fuesen gradualmente avisados, tan pronto como nuestros amigos y allegados se enteraron a través del teléfono, salieron precipitadamente hacia el hospital para interesarse por mi estado. Haltoran intentaba bromear para restar importancia al dramático suceso, pero no era fácil ni era el momento propicio para hacerlo. Un pesado silencio había caído sobre todos como una cortina de acero inamovible, ante la perspectiva de que hubiese estado tan cerca de perder la vida. Un poco más arriba de por donde entró atravesando mi cuerpo de parte a parte, y la bala habría terminado conmigo de haber tenido el asaltante mejor puntería.
Mientras las palabras de aliento y ánimo se sucedían incesantes en mis cansados oídos, un par de hombres que vestían gabardinas cruzadas y de rasgos macilentos y maduros, preguntaron por mí, disculpándose por su irrupción. Eran inspectores de policía que venían a tomarme declaración a mí y a Candy tras mostranos sus acreditaciones. Poco antes de que terminaran su ronda de preguntas conmigo y tomar sus apuntes, y de que Candy fuera reclamada por los policías, para interrogarla a su vez, una inquietante y descabellada idea iba ganando firmeza y terreno en su mente.
"Maikel" –pensaba dolorida y acuciada por unos extraños remordimientos mientras se restregaba los ojos enrojecidos para secar su llanto, con el dorso de su mano derecha- "no volverás a sentirte solo jamás. Yo, me ocuparé de que tus sufrimientos terminen de una vez por todas, lo prometo" –pensó crispando los puños, y los dientes de pura rabia y dolor, pellizcando la tapicería de su asiento hasta quedarse casi sin fuerzas ni para continuar sufriendo. Aferró con tal violencia la tapicería de la butaca, que sus nudillos adquirieron un tono blanquecino quedando marcados en su fina piel. Candy restregó su rostro contra el respaldo de la butaca de cuero blanco, que ocupaba en la sala de espera desierta, y de la que emanaba un ligero olor a desinfectantes, que se hacía extensivo a la extensa red de pasillos y habitaciones, del gran complejo hospitalario donde me habían ingresado de urgencia. Se sentía responsable de lo que me había sucedido y estaba dispuesta a enmendar un presunto daño del que no tenía ninguna culpa, pero que erróneamente atribuía a su propia negligencia, falta de previsión e insensibilidad para conmigo al no haber detectado mis sentimientos hacia ella, pese a estar al corriente de los mismos y lo más grave, según su equivocada estimación, no haber hecho nada para ayudarme.
Entonces se acordó, angustiada de la premonición de Denejei. Las palabras del anciano, que presidía y administraba la comunidad que nos había acogido, una vez que huímos del insidioso barón gracias a Dogedin, resonaban en su mente.
"Un día, Candy, tendrás que elegir".
Quizás, ese momento hubiera llegado a fin de cuentas, antes de lo que ella creía y temía.
Mientras, yo dormía completamente ajeno al intenso y terrible drama que estaba a punto de desatarse y que había provocado con mi torpe e innecesario gesto.
30
En los pasillos del hospital todo era silencio y quietud. Los Legan ya se habían marchado a su hogar, al igual que Eleonor, Brian y cuantos habían venido a verme. Incluso Marianne y Maikel habían pasado a visitarme, aunque como era natural, sus padres les ocultaron el verdadero motivo de mi ingreso. Mark quiso quedarse a hacer compañía a Candy y relevarla en los largos turnos que la joven hacía, para cuidarme y velar por mí, pero la joven fue categórica y envió a su familia de vuelta a la mansión, prometiéndole a Mark que estaría bien. Por un instante me pareció observar en los ojos de Candy un poso de amargura y tristeza, de manera que cuando Mark intentó besarla en los labios, esta ladeó la cabeza sonriendo a Mark y rogándole que tuviera paciencia.
-Estamos en un sitio público, querido, entiéndelo –le dijo.
Mark pareció hacerse cargo y no sospechó nada detrás de aquel inocente gesto por parte de su esposa. Aquello me dio que pensar. Normalmente Candy no rechazaba a Mark, incluso aunque estuvieran entre otras personas. Observé la extraña escena a través de la abertura que la puerta entreabierta de mi habitación, me permitía entrever, sin que ninguno de los dos se diera cuenta de que les estaba viendo. En principio, yo tampoco tenía nada que argumentar respecto a aquello, pero creí descubrir una frialdad en Candy hacia Mark, que hizo que me temiera estremecido, que estuviera relacionado con aquella insensatez que cometí al besarla. En cuanto entrase en mi habitación, intentaría aclararlo todo con ella, esperando que no hubiese creado un terrible problema, tal vez imposible de solucionar.
Mark se despidió de Candy. Llevaba sujetos de cada una de sus manos a sus hijos. De la izquierda pendía la somnolienta y cansada Marianne, que rogaba a su padre que fuesen a casa, y de la otra, Maikel contemplaba la puerta de mi habitación con gesto pensativo. Mientras Marianne le pedía a su madre que retornara a casa junto a ellos, empezando a hacer pucheros, porque la joven había decidido permanecer a mi lado, Candy se arrodilló hasta que su rostro quedó a la altura del de su hija y acariciando sus cabellos le dijo:
-Cariño, sé que me echáis mucho de menos, como yo os echo a vosotros y que apenas hemos podido estar unos pocos días juntos, pero debo de cuidar de tío Maikel, tenéis que entenderlo.
Al escuchar la mención de mi nombre, Marianne se puso tensa e inmediatamente volvió a acordarse del motivo por el que se encontraba allí. La niña intentó entonces quedarse con su madre, rompiendo a llorar. Sus sollozos fueron subiendo de tono, escuchándose en toda la planta del hospital, hasta que su hermano depositó sus manos en los hombros de Marianne. La niña parpadeó sorprendida, dejando de llorar, momento que Maikel aprovechó para hablarla:
-Mary, cariño, el tío Maikel está mucho mejor, pero mamá ha decidido quedarse con él para cuidarle. Y mamá nos ha dicho que volvamos a casa, que no nos preocupemos. Hasta papá ha intentado ayudarla, pero ella prefiere que nos marchemos a casa. Tienes que entenderlo, hermana.
Candy asintió y dirigió su mirada hacia una enfermera entrada en carnes, de severa mirada, embutida en un uniforme tan ajustado que parecía que las costuras de su traje terminarían por saltar de un momento a otro, incapaces de seguir soportando el ingente esfuerzo de continuar ciñendo su cuerpo. La mujer señaló a un reloj de pared que presidía el pasillo situado sobre un tablón de anuncios, cuajado de avisos y demandas de diversos servicios, dando a entender a la familia, que la visita haber terminado inequívocamente. Aunque la mujer intentaba poner un tono dulce en su voz, sobre todo por los niños, para no parecer brusca, lo cierto es que sus palabras sonaban chirriantes y severas, pese a sus intentos por disimular su impaciencia y desagrado:
-Decídanse ya. Solo puede pecnortar un acompañante por paciente en la habitación, y naturalmente, los niños –dijo mirando de soslayo a Marianne y a Maikel- están excluidos. No pueden quedarse aquí, lo siento.
Mark trató de que su esposa recapacitara su decisión, pero fue en vano. Candy no daba su brazo a torcer, y de hecho la propia enfermera que le estaba recordando que el horario de visitas había finalizado, deseaba en su fuero interno que Candy se quedase, ya que así, no tendría que ocuparse de mí en las siguientes horas, que conformaban su turno de guardia.
-Ya está decidido –afirmó Candy con rotundidad- me quedo con Maikel. Mi esposo y mis hijos ya se retiraban.
Incapaz de conseguir que su bella mujer, diera su brazo a torcer, Mark terminó por claudicar y cogiendo en brazos a Marianne, que se había quedado dormida cayendo completamente rendida, tomó de la mano a Maikel, que no tuvo nada que objetar a la decisión de su madre, y la familia emprendió el camino de salida del gran centro hospitalario, a cuya puerta le estaría esperando Stuart con el coche familiar a punto. Tras despedirse con dolor, de los suyos, Candy suspiró y entró nuevamente en la habitación, donde yo, fingía dormir profundamente, pese a que no había perdido detalle de la conversación. La enfermera rolliza asintió y notificó a Candy que si necesitaban algo, no tenían más que tocar el timbre. De sobra sabía que Candy ejercería como enfermera, aunque no estuviera desempeñando su profesión, y que por lo tanto, no la importunaría con una llamada a deshora.
31
Candy me tomó el pulso y la temperatura. Suspiró con alivio al comprobar que sus mediciones arrojaban resultados normales, y que parecía estar descansando, gracias al suave sedante que el médico me había prescrito. Sin embargo, hacía ya algunas horas que sus efectos se habían esfumado, lo cual no me impidió en absoluto descansar perfectamente. La bala había sido ya retirada tras una breve intervención durante la cual, Candy no cesó de demandar información casi desesperadamente, y de forma continua, cada vez que una enfermera o un celador abandonaban o entraban en el quirófano. La respuesta siempre era la misma.
-Aun no sabemos nada señorita, pero no debe temer nada. Su amigo, está en manos de los mejores y más profesionales cirujanos de Chicago. Tiene que mantener la calma.
Era facil decirlo, pero cuando finalmente emergí de las profundidades de la sala de operaciones, una vez que las puertas de hierro con grandes ojos de buey se abrieron de par en par, faltó poco para que Candy me abrazara delante de todo el mundo. Afortunadamente, todo había salido bien y las radiografías indicaban que no se había producido ninguna complicación.
Muy pronto me pasaron a planta, a una habitación en la que por el momento estaba yo solo. Los inspectores de la policía me habían visitado un par de veces, interesándose por mi estado y haciéndome algunas preguntas más. Al parecer, la investigación estaba muy avanzada y el cerco se estrechaba en torno a nuestros asaltantes. Los agentes fueron de lo más amable y atento. Siempre había creído que los policías eran gente taciturna, escéptica y de vuelta de todo, debido a todo aquello con lo que debían de convivir y lidiar en su trabajo. Pero el detective Jacobs y Power desmentían esa imagen que me había formado de su profesión, tal vez influenciado por el cine y las novelas negras que solía leer desde hacía tiempo.
Candy arregló el enorme ramo de flores que la familia Legan había encargado para mí, deseándome una pronta y satisfactoria recuperación. La joven las había desenvuelto del celofán que las envolvía y puesto en agua, en un florero que había encontrado de casualidad en la habitación con un par de flores mustias y marchitas que retiró de inmediato, para sustituirlas por las que los Legan me habían regalado, más lozanas y vistosas.
Acto seguido, procedió a abrigarme con las mantas y tras supervisar con ojo experto el estado general de la habitación, convino con una sonrisa mientras mantenía los brazos en jarras, que su inspección podía tildarse de satisfactoria.
Sin embargo, ahora venía la parte más difícil, la más dolorosa y terrible. Se inclinó sobre la cabecera de la cama y aproximó su rostro a escasos centímetros del mío.
Pude percibir el aroma a lavanda y canela, que se desprendía de sus cabellos rubios recién lavados y su aliento a menta fresca. Estaba tan cerca de mí, que podía escuchar su respiración ligeramente agitada y como su corazón latía un tanto rápido. Sin embargo, el mío, estaba desbocado y respiraba entrecortadamente de forma agitada. No sabía lo que significaba aquello, y temía que mis sospechas se hicieran realidad.
Candy alargó la mano y envolvió suavemente con dos dedos de su mano izquierda, la patilla de mis gafas, que no había retirado para guardarlas en el cajón de la mesilla como solía hacer, antes de dormir. Las levantó con sumo cuidado retirándolas de mi nariz y tras doblar las patillas, me sostuvo las mejillas con ambas manos, aproximando su rostro al mío, hasta que nuestros labios se encontraron, rozándose levemente. Abrí los ojos y retiré mi cara de la suya, oponiéndome con rotundidad a los esfuerzos de Candy de que volviera a mirarla.
-No, Candy, no quiero –dije tercamente, pese a que la joven trataba de besarme con insistencia.
Finalmente, viendo que no iba a conseguir nada, se detuvo y me dio la espalda. Un leve temblor agitaba sus hombros y entonces percibí como rompía a llorar.
Me incorporé en el lecho y salté lentamente de la cama. Estaba claro que pretendía resarcirme por tantos años de desamor y tristeza, durante los cuales había anhelado un momento como aquel, a solas con ella. Pero ahora que mis sueños estaban al alcance de mi mano, me negaba a hacerlos realidad. Caminé casi de puntillas sobre el aséptico suelo de mármol de la habitación y me situé a su espalda. Era un poco más baja que yo y mi barriga presionaba contra su torso. Deposité mis manos a ambos lados de su cuello y dije con la voz más dulce, que conseguí esbozar:
-Candy, escúchame, no me debes nada, no quiero que hagas algo de lo que puedas arrepentirte. Lo que hice, fue una inmensa tontería de la que estoy profundamente arrepentido. No sé porqué te besé, no debí haber cedido a mis impulsos, pero jamás consentiría que me amaras solo por compasión. Piensa en Mark, piensa en tus hijos. Tú no eres culpable de nada, querida amiga, absolutamente de nada, si acaso soy yo, el principal responsable de que ahora estés soportando esta pena que tan arduamente te afecta por mi culpa.
Candy se giró tan repentinamente que dí un respingo. Sus hermosos ojos verdes desprendían chispas. Por un instante temí haberla ofendido y no era para menos. Su matrimonio y felicidad pendían de un hilo, que la estupidez que había cometido, podía terminar cortando de un momento a otro.
-¿ Tú culpable Maikel ? ¿ tú ? ¿ un hombre bueno y tan dulce como tú ?, no solo me has salvado la vida, si no que eres el principal responsable de mi felicidad. ¿ Es justo que yo la disfrute, mientras tú te deshaces día a día de pena y amargura ? ¿ acaso crees que no me doy cuenta Maikel ?, ¿ acaso crees que tengo una piedra por corazón, para no sentir esta pena y dolor por ti ?
Candy se había aferrado a mi antebrazo derecho con tanta fuerza, que sin pretenderlo sus dedos quedaron marcados en mi piel. Me abrazó sorpresivamente y me susurró al oído:
-Pero ahora será diferente, Maikel, estaré contigo y calmaré tu dolor. Podrás tenerme...si ese es tu deseo.
Percibí claramente un asomo de duda en su vacilante voz. No era aquel un ofrecimiento hecho desinteresadamente, si no bajo el influjo de una profunda compasión, suscitada por remordimientos que en modo alguno, Candy tenía porqué sentir.
Suspiré y aclarándome la garganta, y tras tomar su hermoso rostro por el mentón con gran delicadeza fijé mis ojos marrones en los suyos, y dije:
-No, cariño, no, no quiero esto, solo quiero que seamos siendo amigos como hasta ahora...siempre que puedas perdonarme por lo que hice. No volverá a ocurrirme Candy, solo deseo que seamos amigos, hermanos si acaso, pero no fingamos algo que no funcionaría, porque aunque yo, sin pretenderlo, lanzase a Mark a través de las eras para encontrarse contigo, jamás te apartaría de él. Solo quiero que me perdones –repetí con voz lejana, como una letanía.
Sin saber como, terminé arrodillado ante ella. Candy me miraba perpleja sin saber que responder. Mi arrepentimiento era sincero y mi dolor por el suyo propio, no dejaba lugar a dudas. Puso sus dedos bajo mis axilas y me obligó a levantarme.
, al convivir contigo, a ser tu compañera, no entiendo como ahora te echas atrás.
Me rasqué el mentón y el cuello ligeramente barbudos y dándole la espalda dirigí la vista hacia el retrato al óleo, de una enfermera de rasgos decididos y con el cabello moreno recogido bajo una pañoleta, y peinado con raya al medio, que se ocupaba solicitamente de un soldado malherido, asistida por otras compañeras, en medio del fragor, de lo que parecía un lejano campo de batalla. Bajo la realista escena, incrustada bajo el borde inferior del marco de madera de enebro, alcancé a leer una placa dorada, con una inscripción que rezaba:
" Florence Nightingale en Crimea, 1854".
Tomé aire y arqueé los hombros dando a mi ya de por si, cargada figura, un aspecto aun más agachapado. Me volví a observarla y acaricié su mejilla izquierda declarando:
-Porque amas a Mark, y porque si te coaccionara a dejarle, a él y a tus hijos, jamás me lo perdonaría. Lo que hice estuvo mal y por eso, necesito que me des tu perdón Candy –declaré desesperado, volviendo a postrarme por segunda vez ante ella.
Candy suspiró. De repente, ya no sentía deseo alguno de romper su matrimonio, ni de destrozar su vida. Amaba demasiado a Mark como para hacer algo así y mis palabras de honesto arrepentimiento, habían hecho una luz en el interior de su mente.
-No hay que perdonar querido Maikel, nada, muy al contrario, soy yo la que te ruega el tuyo, por no poder hacer realidad tus sueños.
-Ya los hice al comprobar que podemos seguir siendo amigos. Candy, no quiero hacerte desgracia ni que arruines tu felicidad por un insentato momento de locura que tuve. Me basta con que podamos seguir manteniendo nuestra amistad, me basta con eso.
Aun así, a pesar de mi firme declaración de principios, Candy me envolvió entre sus brazos, y antes de que pudiera reaccionar a tiempo, me besó en los labios pillándome completamente por sorpresa. Durante un fugaz y dulce instante, me sentí transportado a un paraíso. Por un momento maravilloso e irrepetible, sentí lo que era tenerla solo para mí, aunque aquel beso hubiera sido tan robado y efímero, como el que conseguí arrebatarle a ella, nada más que ambos dejamos el restaurante, unos segundos antes de que aquellos ladrones nos pusieran en su punto de mira. Se apartó de mí con lentitud, con infinito cuidado como si temiera que fuera a venirme abajo, a consecuencia de su acción.
La contemplé azorado y sorprendido, presa de una fascinación de la que no era capaz de sustraerme. No era costumbre en mí exteriorizar mis sentimientos, ni ser proclive al llanto, pero en aquel instante, todo merecía la pena y daba igual al mismo tiempo.
-¿ Por qué Candy ? –pregunté casi sin aliento, mientras un correoso nudo se asentaba en mi garganta –no me lo merezco, yo...
Candy puso un dedo en mis labios e hizo que callase. Me sonrió y me dijo:
-Porque he querido hacerlo, querido amigo. Es lo menos que puedo hacer para aplacar un poco de la pena que te invade.
Como no dijera nada, la muchacha llevó sus manos sin titubear hacia los tirantes de su vestido. Deslizó uno hacia abajo, y cuando se disponía a deshacerse de sus vestiduras, la detuve a tiempo, como aquella vez.
-No Candy, no lo hagas –le supliqué encarecidamente- ese beso, para mí ha sido más que suficiente, por favor, créeme.
Me miró con atención. Por lo menos, conseguí que detuviera la progresión de sus manos. Ya no lloraba, pero en su deslumbrante semblante se apreciaba una preocupación y un pesar, que hizo que nuevamente me sintiera culpable por haber empezado yo con aquella situación. Realmente ella, se sentía aun más responsable que yo, al haber hecho creer mediante un inocente juego de despistes, que estábamos casados. Quizás había llevado la en apariencia inofensiva broma, demasiado lejos. Dándose cuenta de lo que había estado a punto de suceder entre nosotros, se estremeció de pies a cabeza y dijo:
-Amo a Mark, Maikel, por encima de todo, pero eres para mí, una persona tan especial, que si haciendo esto, consiguiese que volvieras a sonreír, no me importaría ni dudaría un segundo en llevarlo a la práctica. Ya te lo dije una vez, pero renunciaste a tus sueños, como haces ahora.
No Candy, no es necesario. Estaba equivocado. Creí que si conseguía forzar una situación como la que me has propuesto, encontraría la felicidad, pero al besarte...-guardé un azorado silencio, porque aun estaba avergonzado de lo que había estado a punto de hacer, y desvié la cabeza hacia la pared y añadí abatido –me dí cuenta de que este no era el camino, que así no se consigue la felicidad. No se puede obligar a nadie a amar contra su voluntad, sencillamente no se puede.
Estábamos tan enfrascados en nuestra turbulenta y tensa conversación, por llamar de alguna manera, aquel tira y afloja entre Candy y yo, en un intento de clarificar de una vez por todas, cuales eran nuestros verdaderos sentimientos mutuos, que no reparamos como una mujer delgada y enteca,de cabellos desgreñados, y apariencia desagradable y enfundada en un anodino vestido plisado de color arena, abrió la puerta justo en el momento en que ella me había besado tan imprevistamente como yo lo había hecho con ella, robándole aquel fugaz beso que ahora me devolvía, sintiendo que debía resarcirme aunque fuera en parte de mi dolor. Fue apenas un instante, pero Candy clavó sus ojos verdes, en la mirada vacua y cetrina de la enfermera, que sonrió aviesamente cerrando la puerta sin hacer ruído. Se había equivocado de habitación y entrando sin llamar nos sorprendió en aquella cariñosa actitud. Sus gélidos ojos azules se entrecerraron malévolamente ante el inesperado hallazgo que había hecho. Se pasó una mano por los cabellos castaños recogidos bajo una redecilla, y rascándose la aguileña y gran nariz que sobresalia de su semblante poco agraciado, se dijo para sus adentros:
"Vaya, vaya, la princesita aquí, que pequeño es el mundo, y en menuda compañía".
Candy no le concedió la menor importancia, pensando que era una mala pasada de su enfebrecida imaginación, hasta que, yo, que también había atisbado a la mujer por un momento, le pregunté:
-Candy, ¿ no te ha parecido ver a alguien en la puerta, hace nada ?
Candy asintió notando una desagradable sensación que se había ido apoderando de ella, al ver plenamente confirmado, lo que había tomado por un juego de su mente, demasiado alterada ante mi repentina crisis de tristeza, en la que la demandaba desesperadamente su amor. Entonces, aquel extraño y tenso ambiente que flotaba en la habitación se hizo más oscuro y asfixiante. Candy entornó los ojos e hizo memoria. Había algo familiar en el rostro de aquella enfermera, que había hecho saltar un resorte dentro de su mente.
32
Finalmente, Candy hizo memoria.
-Ya sé quien era aquella mujer –dijo con un desagradable cosquilleo, agitando su estómago- es Nancy Thorndike. Fuimos compañeras en la escuela de enfermeras de la señora Mari Jane. Nunca se relacionaba con nadie, siempre estaba sola y tuvimos algunos roces sin importancia, pero no sé porqué me cogió manía y trató de desacreditarme ante la señora Mari Jane, la directora de la escuela. Terminaron echándola, cuando se descubrió que sustraía material sanitario para revenderlo ilegalmente, además de que la sorprendieran robando dinero, del despacho de la directora.
-Y me apuesto algo, a que desde entonces te ha echado a ti la culpa de su caída en desgracia, Candy –dije cruzando los brazos sobre mi pecho y sentándome en el borde de la cama, mientras un sudor frío, bajaba por mi frente, empañando mis gafas.
Me levanté como impulsado por un resorte. Ahora lo que más me interesaba por encima de todo, era encontrar a aquella intrigante mujer, para impedir que contara nada de lo que había presenciado. Ya no me importaba haber desperdiciado la oportunidad de conseguir que Candy se hubiera convertido en mi compañera, aunque desconocía que verdadero significado encerraba aquella palabra en boca de Candy, ya me daba lo mismo. Aunque la hubiese tenido entre mis brazos, aunque tal vez sin renunciar a Mark, hubiera llevado una doble vida conmigo, todo aquello me traía sin cuidado.
Lo único que anhelaba por encima de todo, era impedir que la felicidad de Candy se hiciera añicos, y que todo volviera a ser como antes, entre nosotros.
33
Salimos al pasillo pero no localizamos a nadie. Nancy Thorndike no había dejado el menor rastro. Era como si se la hubiera tragado la tierra. Candy me pidió que volviera a mi habitación para no empeorar aun más las cosas, y se acercó hasta el mostrador de recepción, para indagar discretamente acerca de la escurridiza y malintencionada enfermera. La joven que atendía la recepción del hospital, se mostró muy amable y atenta con Candy en todo momento, y accedió a comprobar si la mencionada Nancy, figuraba entre el personal del hospital.
-Es una vieja amiga mía –mintió Candy, notando que aquellas palabras se resistían a deslizarse de su garganta- y me haría mucha ilusión verla de nuevo.
La muchacha, una joven morena de anteojos oscuros y ojos color café, con el pelo recogido en una coleta con un llamativo lazo decorativo, consultó diversos impresos y papeles revisándolos minuciosamente y, cuando terminó de hacerlo, miró a Candy y le dijo encogiéndose de hombros:
-Lo siento, señorita, pero aquí no trabaja ninguna Nancy Thorndike.
-Por favor –insistió Candy con terquedad, haciendo que la muchacha de la recepción comenzara a resoplar ligeramente. Sus dedos tamborilearon sobre la superficie de caoba del mostrador y, nuevamente revisó los archivos de personal, así como las fichas que había extraído del pesado archivador gris que se alzaba a su derecha. Tras unos minutos, su respuesta fue la misma:
-Lo siento señorita, pero aquí no figura ninguna enfermera con ese nombre, y he revisado los archivos por lo menos tres veces. Lo he hecho, como una atención especial hacia usted, porque realmente tenemos prohibido desvelar datos personales de nuestros pacientes o empleados. Puede que esa persona viniera de visita, pero yo no ha quedado constancia de que alguien con un nombre así, haya visitado a algún paciente.
Candy asintió brevemente y tras darle las gracias con voz apenas audible, por haberla atendido, se despidió de la joven, que se enfrascó nuevamente en sus quehaceres.
33
Nancy Thorndike abandonó el hospital con paso presuroso, mirando de vez en cuando sobre su hombro, por si su más odiada y enconada rival, o aquel hombre gordo y desagradable que estaba con ella, la estaban siguiendo. Como no percibió a nadie sospechoso en torno suyo, se relajó respirando acompasadamente y se detuvo en medio del bullicio para recobrar la calma. No es que su actitud llamase la atención, pero necesitaba tranquilizarse para pensar, y de que manera lograr sacar rédito de cuanto había presenciado. Había ido a visitar a un tío suyo, más por el interés de una pequeña herencia, que esperaba percibir, si el hombre fallecía finalmente que por afecto filial alguno. Pero para su desazón y disgusto, el hombre gozaba de una salud de hierro, y se estaba recuperando bien del ataque de gota que le había aquejado con fuertes y recurrentes dolores. Y eso contando, que la dejase algo en herencia, debido a que las relaciones entre ambos eran de absoluta y extrema tirantez.
Al equivocarse de habitación, se encontró con una visión que en un primer momento le chocó sobremanera, sobre todo al reconocer a Candy. Tuvo la suficiente sangre fría como para retirarse a tiempo, antes de que nos diéramos cuenta de que estaba allí, aunque Candy lograrse reconocerla en el último momento.
Nancy rozó con dos dedos la gran y ganchuda nariz que remataba su rostro poco definido y agraciado. A sus treinta y tres años, no había logrado todavía mantener una relación seria y formal con ningún hombre y sus noviazgos habían sido por frustrados y breves, desafortunadas experiencias a enviar cuanto antes, al saco del olvido. Mucho menos había conseguido encontrar un pretendiente que la llevase al altar. Debido a sus circunstancias personales, su carácter se había ido avinagrando y tornándose más huraño cada vez que sufría una nueva decepción. Y debido a las retorcidas reflexiones y planteamientos, que había ido construyendo en torno suyo, debido a su sempiterna soledad y su poco agraciado físico, terminó odiando a todo aquello que representara un ideal de belleza, por achacarle la culpa de sus males.
Candy brillaba con luz propia, y representaba ese ideal de belleza deslumbrante ante la cual palidece cualquier intento por imitarla o medirse con ella, por lo que desde un primer momento, la resentida enfermera la hizo blanco de sus maledicentes habladurías y su enconado odio hacia ella. No es que su hostilidad se mostrara tan abiertamente como la de los hermanos Legan, antes de que nuestra llegada hiciera que sus corazones se abrieran a los buenos sentimientos, pero aquel era un rencor que iba larvándose y creciendo como una oscura amenaza, en lo más recóndito de su no menos oscuro corazón. Flammie también se había mostrado en un principio hosca y beligerante con Candy, pero su comportamiento obedecía más bien a su desestructurada familia y sus humildes orígenes. Más tarde, la amistad que Candy le brindaba tan franca como espontáneamente y el amor de Juan Pablo, lograron reconducir su triste temperamento, fruto de su enquistada situación personal. Y aunque Candy procuró hacerse amiga de Nancy, esta se mostraba siempre remisa, negándose a alternar con la joven rubia.
Finalmente fue expulsada debido a que había copiado en algunos exámenes, y sustraído dinero de la caja de caudales del despacho de la directora, y bienes y valioso instrumental medico, de la escuela de enfermeras. Mari Jane, la echó con cajas destempladas, delante de todas sus alumnas para que sirviera de escarmiento sin atender ni a sus súplicas ni razonamientos, y antes de abandonar el centro de estudios, Nancy dirigió una fría y amenazante mirada hacia Candy, proveniente de sus ojos azules, de expresión tan gélida, que Candy creyó que terminaría por encerrarla en un bloque de hielo eterno e indestructible. De haber podido hacerlo, no le habría cabido ninguna duda, de lo que lo habría llevado a la práctica.
Nancy no pronunció palabra aquel día, pero su mirada lo decía todo.
La mujer alisó los pliegues de su anodino vestido de color arena y se pasó la mano derecha por los cabellos de color castaño, desgreñados y a medio peinar. Desde que su vida había empezado a convertirse en una espiral de desengaños amorosos y de interminables tardes vacías, cenando sola en casa, hablando consigo misma y llorando o riendo, también en soledad, había dejado de cuidar mínimamente su aspecto. Quizás más arreglada y con otra actitud, aunque no tenía la deslumbrante belleza de Candy, hubiera resultado lo suficientemente atractiva como para que algún hombre decidiera acercarse a ella. Pero entre los amargos y profundos desengaños que había sufrido y su mala suerte en diversos aspectos de su vida, había optado por no acicalarse más abandonándose, a la más completa ruina y molicie. Contempló su recargado y apelmazado sombrero, adornado por plumas y flores que se desprendían como hojas secas, debido a la extrema vetustez de la prenda. Su anticuado y ajado vestido no estaba en mejores condiciones, con aquellos horribles y más que evidentes remiendos que se veían incluso a distancia, aplicados a la zurcida y descolorida tela. Nancy envidiaba además la posición de Candy, ya que su día a día era tan humilde y su economía tan paupérrima, que no podía permitirse el lujo, de costearse un vestuario más decente y apropiado, por lo que entraba en un círculo vicioso del que no conseguía escapar. Al ser su apariencia tan desastrada y poco cuidada y aseada, nadie, pese a su vasta experiencia y experimentados conocimientos de enfermería, quería contratarla.
Trabajaba de sol a sol, en una clínica tan precaria que por no tener, carecía del instrumental y los medios apropiados como para ser digna de ser llamada así. El sueldo era bajo y las condiciones de trabajo deplorables, pero no había conseguido encontrar un empleo más ventajoso y decente que aquel que le ofrecieron en el destartalado centro médico, situado en los arrabales de la ciudad y que tuvo que aceptar, acuciada por las deudas y su extrema pobreza, rayana en la indigencia y en la miseria.
35
Aun debería permanecer en observación unos días más. Aunque mi recuperación iba siendo lenta, estaba realizándose de forma satisfactoria y gradual. Durante el día recibía la visita de mis amigos y allegados y por la noche, ahora que ya me encontraba mejor, Candy regresó junto a los suyos, con harto dolor. Temía dejarme solo, pero le rogué encarecidamente que volviera junto a Mark y sus hijos, ya que estaría bien atendido y cuidado en el hospital. En cuanto a lo que había sucedido entre nosotros, lo mantendríamos en secreto de mutuo acuerdo. Solo una sombra emborronaba el horizonte de nuestra amistad y por ende, la felicidad de Candy, la alargada e imprecisa sombra de una mujer de aspecto humilde pero inquietante que fue testigo por un instante del imprevisto beso que Candy me dio, mientras una tormenta de sentimientos nos había atrapado a los dos, bajo su penumbrosa incertidumbre. Por el momento no le otorgamos mayor importancia. Nancy Thonrdike no disponía de pruebas, no tenía forma alguna de demostrar la veracidad de lo que sabía y aunque contase la verdad, aquello no significaba nada. Un beso entre dos personas adultas en un hospital, nada más. Aunque Candy era una persona muy conocida, dada su condición de heredera del inmenso emporio económico de los Andrew, yo siempre había procurado mantenerme al margen de las veleidades de la prensa del corazón, porque no me interesaban aquellos juegos de intriga ni conjuras palaciegas que se desarrollaban, en el seno de la alta sociedad de Chicago. Bastante teníamos con mantener a salvo el secreto de nuestro verdadero origen y conseguir que no trascendiera al mundo exterior, que entre los magníficos muros de mármol de Lakewood, vivían tres y un robot de dos metros de altura, procedente de una remota realidad futura que estaba aun por venir. En cuanto a Haltoran, vivía con su esposa en un palacete no muy lejos de Lakewood y Brian, el padre de Mark, desposado con la hermosa madre de Candy, ocupaba una magnífica propiedad aledaña a Lakewood. El único que conocía nuestro secreto y que nunca se había decidido a hablar, era el antiguo padre adoptivo de Candy, Albert que aun permanecía en prisión. Sospeché de cierta visita de Mark al otrora poderoso magnate, porque desde entonces no había soltado prenda, aunque lo más seguro es que nadie le creyese. Si harto difícil iba a ser que alguien diera crédito al testimonio de una enfermera con apariencia desaliñada, menos iban a hacerlo si Albert empezaba a hablar de robots, viajeros del tiempo capaces de desplegar una capacidad de vuelo y ordenadores que mostraban retazos de otros mundos.
Aquel día, vencido por las últimas emociones vividas, me quedé profundamente dormido a media tarde. Como siempre, antes de retornar a la mansión Legan, Candy se quedaba un poco más, una vez que todos los demás visitantes se habían marchado. Y como siempre, el atento y comedido Stuart que mantenía el antiguo automóvil con la divisa de los Legan, en un estado impecable, aguardaba pacientemente a que su señora bajase las escaleras del hospital, franqueara el frontispicio de estilo neoclásico y subiendo al imponente vehículo, la trasladase a casa. Mark solía acompañarle para recibir a su esposa, pero aquel día se había quedado con sus hijos, para ayudarles con los deberes del colegio, aunque la prodigiosa inteligencia de ambos niños, desarrollada aceleradamente gracias al influjo del iridium, hacían que casi aventajasen a su padre en la resolución de las tareas que les imponían en el colegio donde estudiaban.
Candy estaba sentada junto a mi cama, en una silla de madera. Acariciaba mis cabellos morenos cortos y que empezaban a ralearme por la coronilla, mientras me observaba con sumo interés. Nunca se lo había confesado a nadie, pero en algunos momentos, se había sentido atraída por mí, aunque fuera de forma fugaz. Convino con un escalofrío, que si en vez de Mark, yo hubiera ocupado el lugar de este, tal vez, yo hubiese sido su esposo. Sacudió la cabeza brevemente y me observó. Las mantas que me cubrían ascendían suavemente, mecidas por mi pecho que se abombaban con cada una de mis inspiraciones. De vez en cuando, se me escapaba algún esporádico ronquido y tras arrugar la nariz y chasquear la lengua, me tendía de costado y continuaba durmiendo. Con mis movimientos, removía las mantas y las sábanas, que Candy se apresuraba a recolocar de nuevo.
"Maikel, Maikel," –se dijo para sus adentros- "no eres culpable de amarme, como me amas. A veces me pregunto si tú y yo podríamos..."
Detuvo la progresión de sus pensamientos. No es que tuviera miedo a concretarlos, y se preguntó si mi aspecto físico y la diferencia de edad que existía entre ambos habrían sido óbice para, que hubiésemos unido nuestros destinos. La muchacha se pasó dos dedos sobre su nariz respingona, frotando sin darse cuenta las pecas que moteaban su tabique nasal.
Le vino un estornudo que contuvo a duras penas, para evitar despertarme.
Exhaló un brevísimo suspiro. Yo, mientras soñaba con Candy, imaginándome como hubiera sido ser su marido y si habría podido funcionar. Mis sueños no desvelaban si tal extremo se producía, pero todo parecía apuntar a una conclusión feliz para mí, al menos, pero aquello no eran más que ensoñaciones producto de mi mente.
Candy comprobó entonces con prevención, que todas las cualidades que había encontrado en Mark, y que había hecho que se enamorara perdidamente de él, también de una manera u otra, las había visto reflejadas en mí.
Permaneció conmigo hasta que me desperté con un estentóreo bostezo estirando mis brazos y abriendo la boca desmesuradamante, mostrando una dentadura casi perfecta, aunque me faltaban algunas piezas dentales debido a mis visitas al dentista entre finales del siglo XX y los primeros años del siglo XXI. Para colmo, mi infructuoso intento de defender a la señora Pony y a la hermana María, de un matón perteneciente a la banda, cuyo jefe se había encaprichado de Candy, y que intentó agredirlas, me costó dos dientes más, y una nueva visita al odontólogo.
-Hola Candy –dije medio adormilado y buscando a tientas mi móvil. Mi amiga había tenido la prevención de guardarlo, para que nadie lo encontrara. Finalmente, decidí no preguntar por él, suponiéndolo a buen recaudo.
-Hola Maikel, por cierto –dijo encogiendo los hombros debido a una repentina risa sin maldad alguna, que la agitó repentinamente- no deberías despertarte así. Por un momento, me has parecido un oso –dijo sin intención de ofenderme imitando la característica pose de un oso erguido sobre sus cuartos traseros y proyectando las afiladas garras hacia delante. Que mejor que ella para saberlo, cuando Mark la tuvo que salvar de las embetidas de una osa en Escocia, cuando Candy se acercó a sus oseznos para acariciarlos, interpretando erróneamente la madre, las intenciones de la muchacha, aunque el animal lo único que hacía era defender a su prole de posibles amenazas.
Me rasqué la nariz en uno de mis perpetuos e incorregibles tics, que Candy me había afeado constantentemente, sin que conseguiera desterrar esa costumbre de mí, y suspirando añadí divertido:
-Bueno, tu hermana Eliza me comparó una vez con un bruto de la Prehistoria, creo, fue poco antes de que retornaséis tú y Mark de Inglaterra.
Hablamos de cuestiones intrascendentes y no volvimos a sacar a colación el tema de mi aciaga confesión, pese a que Candy estaba perfectamente al corriente de mis sentimientos, solo que esta vez habia comprobado definitivamente y con alivio, que no me sentía nada feliz ni tan siquiera satisfecho forzando a Candy a fingir unos sentimientos por mí, que me gustase o no, profesaba a Mark, pero no a mí.
En el momento en que iba a hablarle de mis impresiones acerca de la tal Nancy, se abrió la puerta de la habitación, y una enfermera de almidonado uniforme, con volantes en su delantal y una pronunciada cofia sobre sus cabellos rubios, acompañada por el doctor Lee, el médico que se ocupaba de supervisar mi convalecencia, hicieron acto de presencia en la habitación.
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El doctor Lee no tendría más de cuarenta años, usaba gafas de montura redonda y peinaba sus cabellos morenos con reflejos rojizos, hacia atrás. Era un hombre que irradiaba afabilidad y simpatía por los cuatro costados, transmitiendo esa misma alegría a los pacientes. Tras saludarnos a Candy y a mí con una sempiterna sonrisa que no se borraba fácilmente de su rostro, teniendo que inclinarse al entrar por el hueco de la puerta debido a su elevada estatura, comenzó a auscultarme con su estetoscopio, realizándome diversas pruebas. Finalmente asintió visiblemente satisfecho y dijo esbozando una de sus más optimistas sonrisas:
-Bueno, bueno, amigo Maikel, esto está muy bien. La herida ha cicatrizado muy bien y si no surge ninguna complicación añadida, tal vez podamos darte el alta hoy mismo.
Al escuchar aquello abrí unos ojos como platos y estuve a punto de gritar de felicidad. Llevaba una semana recluído en el hospital, aburrido y desolado sobre todo por mi torpe comportamiento hacia Candy, y ansiaba cuanto antes, pisar la verde hierba de Lakewood y descansar en mi habitación de la segunda planta, muy cerca del cuarto de Mark y de Candy. En cuanto reemprendiera nuevamente mi vida, me propondría firmemente por encima de todo, no volver a atizar el fuego de una pasión que no tenía razón de ser ni el menor sentido, por el simple hecho de que jamás funcionaría. Me bastaría con ver a Candy a diario y compartir tan buenos momentos con ella, como si fuera una especie de hermano mayor suyo. Estaba tan nervioso por la posibilidad de abandonar el hospital que fui incapaz de articular palabra y me retorcía las manos continuamente, aunque Candy procuraba tranquilizarme. El doctor Lee, tras intercambiar unas breves impresiones con la enfermera que le acompañaba, asintió y dijo:
-Una vez que firmes estos papeles, no creo que el alta se demore más de dos horas.
El doctor Lee tenía la inveterada y para algunos escandalosa costumbre, de tutear a todo el mundo, en especial a los pacientes que estaban a su cargo, pero como su desbordante optimismo y su buena mano con las personas ingresadas allí, aparte de su habilidad como médico conseguían ganarse rápidamente su confianza, era algo que la mayoría, pasaban por alto sin problema alguno, pese a que alguno de los pacientes, sobre todo ancianos de cierta edad, acostumbrados a un trato más rígido y distante se indignaran ante sus irreprochables, pero un tanto informales maneras. Candy estaba realmente contenta y sin darse cuenta me abrazó con efusividad profiriendo un grito de júbilo, que hizo que la joven enfermera que asistía al médico, arqueara las cejas y carraspeara levemente para denostar nuestro comportamiento. Candy se sonrojó violentamente llevándose las manos a las mejillas, al igual que yo, y ambos nos separamos de inmediato pero sin dejar de sonreir, aunque el doctor Lee se tomó a broma aquel, por otra parte inocente gesto entre amigos. Si hubiera conocido la verdad, de los turbulentos momentos por los que habíamos pasado los dos, hacía tan solo unos días…
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Después de la consabida bienvenida de rigor, por parte de todos mis amigos y allegados, entre los que estaban Haltoran, Mark y hasta Carlos, y de festejar mi llegada, Candy decidió adelantarse y preparar mi habitación, pese a mis protestas y la de la propia Dorothy, que intentó realizar esa labor que le competía a ella, pero la joven rubia se salió con la suya y yo, retenido por los hijos de Mark y de mi amiga, los de Carlos y las atenciones de los Legan y la propia Eleonor y Brian, permanecí en los jardines de la mansión Legan, mientras Candy ascendía las lujosas escalinatas del salón, rumbo a los pisos superiores. Entró en mi cuarto. La cama estaba hecha y realmente poco había que hacer allí, porque el servicio se había ocupado de mantener todo en excelente estado, pero la muchacha estaba empeñada en supervisarlo bajo su atenta mirada y empezó a revisarlo todo, fijándose en las maquetas de ingenios bélicos, que adornaban la alcoba. Candy sintió un súbito y concentrado interés en la figura a escala de un gran avión cuatrimotor plateado, de construcción y apariencia metálica y color gris, en cuyo fuselaje leyó un nombre: Enola Gay, que en un principio no le decía completamente nada. Lo único que sacó en claro, fue que el aparato era norteamericano, a tenor de las grandes estrellas que se entrevían en las escarapelas de sus alas, y en la del empenaje de cola. Mientras ahuecaba mi almohada y comprobaba que las mantas de mi cama, no se salieran de su sitio, se dijo que en cuanto se acordara, me preguntaría acerca del significado de aquel nombre y que tipo de aeronave tan voluminosa, era, o más bien sería aquella.
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Poco antes de acostarme, rendido por prácticamente todo un día de felicitaciones y agasajos, me encontré nuevamente con Candy. Ahora que aquellos peligrosos y confusos momentos vividos entre los dos, en el restaurante y poco después de que aquellos dos delincuentes nos asaltaran, habían pasado indefectiblemente y ya no significaban nada para mí, podía hablarla con total naturalidad y manteniendo la calma. Pero eso creía yo. Bastó la contemplación de la deslumbrante belleza de la muchacha, para preguntarme a mí mismo, si no habría vuelto a mentirme descaradamente a mí mismo, y sobre todo a ella, al insistir por activa y por pasiva, que continuaríamos siendo amigos. Nuevamente estábamos solos. Marianne y Maikel estaban a punto de acostarse y aunque normalmente era costumbre de ella, conducir a sus hijos hasta sus alcobas y desearles las buenas noches con un beso en la mejilla de cada uno, como Mark nos vio hablando, decidió respetar la supuesta privacidad de nuestra conversación y optó por acompañar él mismo a Maikel y a Marianne a sus cuartos.
-¿ Por qué no viene mamá con nosotros, papi ? –preguntó la niña con una vocecita que a Mark, se le antojó el más hermoso de los tesoros y que tal vez hubiera estado a punto de perder por su continuo deambular hacia ninguna parte, aunque esa vez hubiera viajado al otro extremo del planeta por Candy.
-Ahora vendrá cielo, enseguida, no te preocupes –le dijo Mark solicito mientras la cargaba entre sus brazos. A su lado, caminando lentamente y agarrado a la mano de su padre, Maikel me miraba reflexivo y con aire compasivo.
Mark se fijó en Candy y en mí, al darse cuenta de que su hijo dirigía sus ojos hacia su esposa y yo, y notó algo en mi expresión temblorosa que hizo que una indefinible sensación, se agitara en lo más recóndito de su interior.
-Maestro –musitó con voz tan queda que casi ni se escuchó así mismo –estás sufriendo lo indecible. Si supiera como ayudarte…
-Papaaaaá –la voz de su hija demandando sus atenciones le sacó de su ensimismamiento. Marianne protestaba porque su madre aun no había llegado para trasladarla a su cuarto, pero el sueño terminó por vencerla, apagando gradualmente sus exigencias.
Finalmente la pequeña se quedó dormida en brazos de Mark, mientras su hermano susurraba quedamente, notando mi desazón, cada vez que miraba a Candy:
-Papá, tío Maikel está muy triste, aunque trate de aparentar fortaleza –dijo el niño contrito, porque me admiraba y estimaba sobremanera.
Mark suspiró y removiendo los cabellos de su hijo, dijo con una inflexión de pesar en la voz:
-Lo sé hijo mío, pero tiene que superar su amargura. Ya sabes, que lo que pretende no es posible.
Maikel miró fijamente a su padre. Los ojos verdes del niño, heredados de Candy contrastaban vivamente con sus cabellos negros y se clavaron en las pupilas oscuras de Mark. Hacía tiempo que padre e hijo se habían dejado de medias verdades y secretos. Maikel tenía una prodigiosa inteligencia que iba aumentando con la edad, a medida que crecía, debido al iridium, por lo que Mark, le trataba como a un adulto. El niño se había dado perfecta cuenta del pesar que me afligía y que no era otro, que el aun no superado amor que sentía por Candy.
-Lo sé papá –convino Maikel- pero me da tanta pena verle así…
Mark suspiró y dijo:
-Ya lo sé, querido hijo, pero si Candy no siente nada por él, tendrá que aceptarlo. Tu madre nos ama profundamente y por eso espero, que prevalezca su sensatez, porque en caso contrario, podría destruir esta familia –dijo ante el horrorizado muchacho, que contuvo sus lágrimas a duras penas, porque no sabía si derramarlas por mí o por la terrible perspectiva de que sus padres terminaran separándose tal vez con carácter definitivo terminaran haciéndose realidad.
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Lo había aceptado. Me había costado pero lo aceptaba, aunque aun el sabor acre de mis lágrimas y el recuerdo del embriagador aroma de los dos besos que deposité en los labios de Candy, continuaba haciendo que me resistiera tenazmente a la idea. Por eso, respiré hondo y traté de mantener una conversación formal con ella. Candy me observó con gratitud. Una llama de piedad hacia mi estado junto con otra de gratitud, ardía en sus deslumbrantes ojos de esmeralda.
-Gracias querido Maikel –me dijo besándome en la mejilla derecha y depositando sus pequeñas manos en mis hombros- me salvaste la vida, y aun no he tenido ocasión de decírtelo.
Levanté una ceja y miré en derredor mío. Estabámos en el gran salón de baile donde Candy danzara con Anthony por vez primera, y en cuyo exterior un desesperado y entristecido Mark, reclamaba a gritos y golpes en los grandes ventanales, que Candy le hiciera caso. Habíamos cenado en la casona solariega de Lakewood y preferí quedarme a dormir allí, porque era ya de noche cerrada y no me apetecía caminar en la penumbra hasta la mansión de los Legan, atravesando la larga avenida franqueada de cipreses y estatuas que comunicaba ambas mansiones. Para que no me quedase solo, Candy convenció a Mark y a sus hijos de que pecnoctaran en la enorme mansión y así hacerme compañía. Candy envuelta en un chal de raso sobre el largo vestido de organdí que llevaba puesto, se estremeció ligeramente al reparar en la estancia en la que nos hallábamos. La excelcente acústica del enorme salón de baile, ahora vacío, completamente revestido de mármol hacía que nuestras palabras reverberasen contra sus paredes. Del techo colgaban fastuosas arañas de cristal y pedrería que si no acumulaban polvo, porque la mansión a excepción de la tía abuela, había estado deshabitada desde el encarcelamiento de Albert, se debía a la callada y nunca suficientemente tenida en cuenta labor de los sufridos sirvientes. En el fondo de la estancia había una doble escalinata que daba acceso a los pisos superiores de la mansión de Lakewood. Grandes cortinajes de raso rojo, cubrían los enormes ventanales y de las paredes decoradas con filigranas de oro, pendían llamativos candelabros dorados depositados en repisas especialmente dispuestas. Me situé en el centro del salón, cuyo suelo de mármol azul, proyectó mi reflejo. Era la primera vez que en todos aquellos años visitaba esa estancia y me pareció descomunal.
-No tienes porqué agradecerme nada Maikel. Arriesgué mi vida por ti, y volvería a hacerlo si fuera necesario, ya conoces el motivo –le dije mirándola intensamente por un instante.
Como veía que Candy parecía creer que le estaba echando en cara que ella era feliz, mientras yo, continuaba solo, me apresuré a rebajar la inintencionada dureza de mis palabras:
-Pero no temas. Sólo quiero que todo siga como hasta ahora entre los dos, nada más.
Candy sonrió. Recordó el día en que bajó las escalinatas del brazo de Anthony y bailó con él, hasta que Mark, proveniente del futuro, apareció ante ella como un recurrente recuerdo que retorna desde las sombras del pasado, en este caso, de tiempos venideros, aunque para Mark conformaran en verdad su pasado.
Entonces llevaba un vestido cuya falda era de color blanco y el ajustado corpiño de una tonalidad oscura, con un llamativo lazo color rojo sangre.. Me observó y de repente tomándome de las manos, intentó que bailase con ella, siguiendo el ritmo de una música imaginaria. Me dejé llevar riendo alegremente. Evolucionamos por la antigua pista de baile y aunque por un momento temí, que aquel baile desencadenara una situación que quería evitar a toda costa, como en el caso del restaurante, respiré tranquilizado porque esa perspectiva no parecía que fuera a producirse, al menos por el momento.
-Maikel, siempre serás como un hermano para mí –me dijo Candy apartando algunos mechones de cabello oscuro que me caían sobre la frente. Sus dedos juguetearon con mis cabellos - yo, no te voy a abandonar, mi querido amigo, mi buen hermano –dijo uniendo su frente con la mía mientras acariciaba mis ardientes mejillas - y aunque efectivamente, un romance entre nosotros jamás llegaría a ninguna parte, ni dudaría, que como hermanos, nuestra relación lo hará para siempre. Si algún día estás triste y me necesitas, acude a mí Maikel, siempre seré tu amiga, y más que eso, tu hermana.
-Hermana –dije vertiendo algunas lágrimas que rebotaron contra el pavimento de mármol, disgregándose enseguida. Me las quedé mirando y repuse –suena tan hermoso. ¿Como has podido perdonarme, Candy, después de lo que hice, cuando salimos del restaurante?
Observé el producto de mi llanto y musité:
"Todos esos momentos se disolverán como lágrimas en la lluvia." –pensé evocadoramente y moviendo la cabeza tristemente. Me estaba refiriendo a mi frustrado e imposible amor por Candy, pero nuestra amistad sobreviviría a esa lluvia de cruda realidad, volviéndose cada día más fuerte y segura. Sin embargo, pese a todo, no podía dejar de verter mis lágrimas por ese malogrado amor que pudo haber tenido una oportunidad, y que quizás, la hubiese merecido.
Candy retiró las lágrimas que aun salían de mis ojos con el dorso de la mano y dijo mirándome con dulzura:
-Amar no es ningún delito, querido Maikel. No has hecho nada malo. Es más, me siento muy halagada porque profesaras tales sentimientos hacia mí, pero ya sabes, que lo último que querría sería lastimarte o hacerte daño. Porque el verdadero amo de mi corazón es Mark, bien lo sabemos los dos. Pero tu nobleza y tu bondad hacen que me retuerza de dolor cada vez que percibo como sufres. Por eso actué de esa manera, tan insensata también por parte mía, y no pretendí infundir en ti falsas esperanzas, pero te ví tan desesperado y amargado que, concebí la descabellada idea de estar contigo de esa insensta forma, pero menos mal que tú me abriste a tiempo los ojos, con tu limpia negativa. Porque no habría dejado a Mark, aunque hubiera mantenido una doble vida contigo. Y no habría funcionado, aparte de que tarde o temprano, alguien nos hubiera terminado descubriendo.
Iba a hablar, cuando Candy alzó la mano derecha y me rogó que permaneciera en silencio, por un solo instante más. La amplia manga de encaje de su vestido, se estremeció ligeramente agitada por el repentino movimiento que el brazo de la joven le imprimió, al levantarse airoso y etereo en la penumbrosa soledad del salón de baile súbitamente, para rogarme que la dejase continuar hablando.
-Pero el hecho de que seas en última instancia, el origen de mi felicidad, no es tan decisivo para que te quiera como a un hermano, como la bondad que anida en tu corazón, Maikel.
Antes de que pudiera reaccionar, avanzó hacia mí y me abrazó otra vez. Sus pasos resonaron con un característico y acentuado eco, sobre las grandes baldosas rectangulares azules, que lanzaban reflejos dorados a su paso, como si la estuvieran homenajeando.
-Por eso, quiero que sepas que no debes de sentir miedo. Yo voy a estar a tu lado, siempre que me necesites Maikel y nunca me cansaré de escucharte o de consolarte. Yo no me voy a ir, Maikel, voy a estar contigo siempre, porque ahora he descubierto la verdadera razón de esa pena que te quemaba el alma y que te hacía actúar así, y que no te atrevías a confesarme.
-Y que no es otra que el miedo que sientes a no volver a verme más, pero eso, te vuelvo a insistir, mi dulce y maravilloso hermano, no va a suceder jamás –me recalcó mientras clavaba sus dedos con emoción, en mis mejillas bañadas en lágrimas para cautivarme con la fastuosa belleza de sus pupilas de esmeralda.
Me quedé ligeramente envarado y sin habla, incapaz de moverme, con los labios entreabiertos y expresión enbobada. Mis gafas se habían empañado como consecuencia del llanto, que volvía a aflorar de nuevo, en mis ojos. Candy había acertado plenamente al describir la verdadera naturaleza de mis sentimientos. Y no era tanto el hecho de no tenerla entre mis brazos como esposa, si no a no volver a verla bajo ningún concepto, ni siquiera como amiga o hermana.
Y eso no iba a suceder. Nos despedimos cordialmente, yo más tranquilo y sabedor que aunque fuera como amiga y hermana, seguiría estando cerca de mí.
Ya no albergaba la menor duda. Entre periodos de relativa calma, en los que compartía una hermosa amistad con la muchacha, se alternaban otros de turbulenta e inquietante actividad durante los que, el antiguo y tumultuoso amor que sentía por ella dejaba de ser un bello y entrañable recuerdo, para transformarse en una brumosa y oscura amenaza, que crecía en silencio como un monstruo al acecho, alimentándose de mis miedos, anhelos y resentimientos esperando a hacer acto de presencia, causando un hondo pensar y dolor a su paso.
Me dirigí a mi habitación y Candy se ofreció a acompañarme, insistiendo en permanecer junto a mí. Caminamos en silencio, cogidos de la mano, aunque yo esta vez, lo hacía reconfortado por sus cálidas y hermosas palabras, concretadas en una promesa que la muchacha se afanaría de ahí en adelante en cumplir firmemente. Sin darme cuenta iba silbando una de las canciones emblemáticas de los futuros y míticos años ochenta. "With or without you", cuya hermosa y evocadora letra, se ajustaba como un guante a mi actual estado de ánimo, haciendo que me estremeciera hasta lo más hondo de mi ser, y al mismo tiempo llenándome de una infinita paz.
-Cómo lágrimas en la lluvia –susurré lanzando un suspiro, calándome la fina montura dorada de mis gafas, sobre mi rechoncha nariz y pasándome los dedos por mis mofletes, mientras bajaba la cabeza, observando el bruñido suelo de mármol de la gran estancia palaciega para luego, contemplar los recargados capiteles y columnatas de estilo rococó, que adornaban las paredes del salón.
-¿ Decías, Maikel ? –preguntó la joven, preocupada porque hubiera vuelto a recaer en otro ataque de tristeza.
-No, nada, Candy, no es nada –musité intentando aparentar una forzosa alegría que aun me costaría sentir y que Candy trataba de alentar por todos los medios posibles a su alcance.
40
Nancy Thorndike recorrió varios periódicos intentando que algún avezado e inquieto periodista, con ganas de medrar, a costa de lo que fuera y como fuera, tuviera los suficientes arrestos como para escucharla y narrar la jugosa y sensacional exclusiva, que la mujer de gélidos ojos azules y cabellos castaños creía atesorar celosamente, como un preciado trofeo codiciado por muchos. Pero las reacciones de los profesionales de la prensa abarcaron un amplio espectro, desde la incredulidad más absoluta, hasta el desprecio y la indiferencia más acusados, no arrojando los resultados que Nancy esperaba obsesiva y desesperadamente obtener.
Por un lado buscaba vengarse de Candy, dañando y minando considerablemente su reputación y honor personales. Por otro, la mujer intentaba mejorar como fuere su angustiosa situación económica, ya que las deudas la acuciaban más a cada día que pasaba. Su casero había amenazado con echarla a la calle, haciendo que desocupara el cuartucho en el que mal vivía, de no hacer efectivo el pago de las mensualidades atrasadas, lo antes posible. Por eso, cuando en el último periódico que visitó, fue echada con cajas destempladas, ya que su aspecto desaliñado, donde la higiene personal brillaba por su ausencia hacía que nadie la tomara en consideración, o creyeran que estaba aquejada de algún trastorno mental. Pero si de algo andaba sobrada la intrigante Nancy, era de una férrea voluntad y un tesón encomiables. Estaba decidida a salirse con la suya como fuese, por lo que recordando repentinamente, la dirección de un hombre que había conocido cuando había trabajado de camarera, antes de plantearse seriamente obtener el título de enfermera, se encaminó hacia allí con la esperanza de que el hombre, un periodista de fortuna, como le gustaba definirse, mal vivía en una sucia y destartalada buhardilla situada en uno de los barrios más lóbregos y peligrosos de la ciudad. Nancy caminó hasta el otro extremo de la populosa urbe sin prisa, dado que por no tener, no disponía ni del suficiente efectivo para tomar un taxi o un coche de punto. Durante el largo e interminable trayecto, se fijó en las caras de los traseúntes, que parecían apartarse de su lado, instintivamente, como si la mujer produjese un rechazo que, se evidenciaba en cada uno de sus movimientos, y su apariencia. Sin embargo, fue una sensación subjetiva, producto de su acendrado rencor hacia todo y todos, porque la gente caminaba en dirección a sus respectivos quehaceres sin fijarse en ella, tan siquiera, y la hubieran ignorado igual, que lo hubieran hecho, con una persona bien vestida, acicalada y saludable.
41
Anduvo durante horas. Cuando finalmente atravesó los indefinidos límites del agreste y abandonado barrio, notó un escalofrío al dirigir la mirada a su alrededor. Todo era gris, zafio y decadente, sobre todo decadente. Por todas partes había cubos de basura volcados o a medio llenar, dejando entrever su repugnante y hediondo contenido cuando los desperdicios no estaban esparcidos por las agrietadas aceras o directamente eran arrojados a la vía pública, ya fuera desde las desvencijadas ventanas de los grises bloques de hormigón que algunos denominaban hogar o bien, dejados en mitad de la calle sin más. Se veían vagabundos sucios y hoscos que cuando no estaban directamente tendidos por el suelo, bajo los efectos de la más absoluta embriaguez, dormían en bancos destartalados o rebuscaban algo que llevarse a la boca, en el lóbrego y nauseabundo interior de los oxidados cubos de basura. Se cruzó también con hombres de aspecto peligroso y malencarados que la miraban con lascivia y le salían al paso para realizarla horribles y deshonestas proposiciones. Aunque Nancy no destacara precisamente por su belleza, en aquellas olvidadas y arrinconadas calles cualquier mujer podía ser objeto de los bajos instintos de los peligrosos individuos que por allí se movían. Uno de aquellos desarrapados hombres, malvestido con harapos que se deshacían debido a la mugre y humedad que acumulaban desde hacía tanto tiempo que ya había olvidado, donde había conseguido el sucio y desastrado vestuario, intentó sujetarla jalando el descolorido vestido de color arena, mientras le arrojaba su aliento a alcohol a la cara.
-No, déjeme, maldita sea –protestó Nancy revolviéndose furiosa para quitarse a aquel sujeto de encima.
Pero el hombre era más fuerte y estaba impaciente. Amordazó a Nancy tapándole la boca con la peluda e hirsuta mano y la inmovilizó con la otra, ciñéndola el talle para arrastrarla hasta la grosera intimidad de un callejón infestado de ratas y excrementos que tapizaban el suelo y las paredes del mismo.
-No –intentó musitar la mujer con los ojos azules desorbitados de terror, mientras las desgreñadas barbas pelirrojas cosquilleaban contra la piel de Nancy y las torpes y rugosas manos del hombre, manoseaban torpemente el cuerpo de la aterrada enfermera. El hombre no había pronunciado aun palabra alguna, pero su salvaje mirada no dejaba lugar a dudas en cuanto a sus intenciones más directas. Sus ojos eran de color gris y los ralos y deslucidos cabellos como estopa, cargados de piojos, sobresalían de un pequeño gorro de lana tan mugroso como su propietario. Su boca sobresalía entre las descuidadas e infectas greñas de su poblada y descuidada barba, como una amenazante trampa al acecho de su confiada presa. El vagabundo hizo fuerza y consiguió desplazar a Nancy hasta la entrada del recóndito callejón, pese a que la mujer continuaba debataiéndose con desesperación. El hombre, lejos de enojarse parecía disfrutar con la resistencia de la mujer y su excitación fue en aumento. Aunque Nancy le arañó en la cara y le clavó las uñas en el cuello y en las mejillas, el individuo parecía insensible al dolor y era como si se tornara más fuerte y resistente por momentos. Hubo un momento en que se cansó de que Nancy siguiera esquivando sus embates de lujuria y la abofeteó para ablandar su resistencia. Gruñó como un animal salvaje, dejando entrever una cariada y destrozada dentadura cuyas piezas estaban manchadas de un amarillo sarro que se enseñoreaba de sus dientes.
-Está bien, está bien –dijo Nancy temerosa de que su agresor pudiera esgrimir un cuchillo que tal vez llevase oculto o que ejerciera mayor violencia en su contra, acusando los efectos del bofetón y escupiendo algo de sangre –está bien, haré lo que quiera –dijo lívida de terror- pero no me haga daño, por favor, por favor –musitó quedamente.
El hombre continuó sin hablar, pero asintió dando muestras de que había entendido sus palabras. Señaló con el mentón hacia el fondo de la callejuela y Nancy inclinó la cabeza, llorosa y asustada, dejándose conducir mansamente por el vagabundo, caminando silenciosa a su lado, hasta que una mano recia y amplia, se alzó sobre la cabeza del individuo sin que ni la propia Nancy, ni su captor, se percataran de nada. La mano empuñaba un arma por el corto y abultado cañón exhibiendo la culata de madera, y dejó caer un contundente y poderoso golpe sobre las sienes del hombre, que exhaló un gutural gruñido, cayendo como un fardo a los pies de la temerosa y asustada Nancy, que no dejaba de temblar y acurrucarse contra la desconchada pared de ladrillo rojo, que le cerraba el paso.
Un hombre de rasgos decididos y angulosos apareció tras la mano que sostenía el revólver y caminó con paso firme hasta el vagabundo para comprobar su estado. Se arrodilló a su lado y le tomó el pulso. El hombre respiraba con regularidad y la herida de su cabeza era superficial. Nancy temió que no pudiese eludir el horrible desenlace que le aguardaba y que tan solo hubiera cambiado de artífice. Se sintió como una mercancía barata, que cambiaba alegremente de mano en mano. El hombre llevaba un sombrero de ala ancha y una cazadora tejana de ante, con flecos colgantes sobre unos pantalones de montar, embutidos dentro de unas botas de piel. Levantó el rostro de mandíbula cuadrada, en dirección a la mujer y cuando el ala de su sombrero se alzó acompañando el movimiento de su cabeza, Nancy descubrió, perpleja, un par de penetrantes ojos oscuros que la observaban con cordialidad. El hombre que estaba en cuclillas junto al vagabundo, se puso en pie y caminó cautelosamente hasta la asustada Nancy:
-¿ Está usted bien señora ? –preguntó solicito- no debería caminar sola por estos andurriales. Están infestados de basura –comentó dirigiendo una elocuente mirada al hombre inconsciente que yacía a sus pies- y no solamente del tipo de la que se deposita en los cubos correspondientes.
Al escuchar la voz amable y recia del desconocido, Nancy se echó a llorar y le abrazó. Tal vez fuera otra trampa, pero le daba igual. Había estado tanto tiempo sola, luchando contra el mundo y su soledad que la primera voz amiga que oía después de tantos años, hizo que olvidara sus prevenciones hacia el desconocido. El hombre dejó que se desahogara, que liberase su dolor y los sentimientos largamente reprimidos y cuando la mujer pareció tranquilizarse, estudió detenidamente su lamentable y patético aspecto.
-No tenga miedo señora –le dijo nuevamente conciliador- no voy a hacerle daño, y como veo que está en apuros, si usted me lo permite, me gustaría invitarla a comer, y de paso, cambiar esas ropas tan pasadas de moda que lleva, comprándola otras nuevas. No pretendo ofenderla, pero me apostaría algo a que hace mucho que no come algo caliente y que no renueva su vestuario –dijo en un tono amable, entreverado con algo de sútil ironía.
-Yo, yo...-balbuceó aun bajo los efectos de la confusión, Nancy Thorndike –no soy quien usted se está figurando. No…no, soy ese tipo de mujer. –dijo dirigiendo una elocuente mirada hacia una joven que no sería mucho mayor que ella, embutida en un ajustado vestido, mostrando sus encantos, que dejaban entrever a través de un generoso escote. La meretriz permanecía acodada en una farola, realizando exagerados mohínes que pretendían ser cariñosos y seductores, mientras algunos hombres la rondaban con gestos lascivos y profiriendo toda suerte de obscenidades, e iban mostrándola algunos billetes. La mujer sonrió lánguidamente, a un hombre gordo y sucio con una camisa de manga corta mugrienta, y que sujetaba sus artrosos pantalones con unos tirantes, que se le acercó lentamente. Tras ofrecerle más dinero que los demás, ella accedió a acompañarle hasta un ruinoso y destartalado edificio que amenazaba con desplomarse de un momento a otro, y sobre cuyo oscuro portal podía leerse un rótulo medio caído y borrado por el paso del tiempo y el extremo abandono, de la destartalada estructura, que rezaba, "Pensión Clemont".
-No me juzgue mal señora –volvió a insistir el enigmático hombre surgido de repente, en mitad de aquellas tétricas callejuelas – no pretendo nada malintencionado con usted, tan solo deseo ser amable, pero si no le agrada mi compañía, lo entenderé. Buenos días señora –dijo realizando un leve saludo a modo de reverencia, quitándose el sombrero de sus sienes y revelando una mata de pelo brillante y negro que se removía inquieto al ser liberado del sombrero que lo cubría.
El hombre dio media vuelta y comenzó a alejarse, cuando Nancy le reclamó, llamándole tímidamente, y dijo inclinando un poco la cabeza, sintiéndose por primera vez, en mucho tiempo avergonzada de su descuidada y desaliñada apariencia en contraste con el saludable aspecto del hombre, de apuesto porte pese a que frisaría una edad en torno a los cuarenta años.
-Espere...por favor, yo tampoco pretendía ser descortés con usted.
Tras una corta pausa, añadió:
-Mi nombre es Nancy –dijo retorciéndose nerviosa la descolorida falda de su vestido entre sus manos inquietas- Nancy Thorndike.
El desconocido, que se había detenido, esperando semejante reacción sonrió afablemente y respondió a su vez:
-El mío es Duncan, Duncan Jackson.
Entonces Nancy reparó que su gastado sombrero de flores y plumas que cada vez eran menos, porque iban cayéndose a medida que caminaba, no estaba sobre su cabeza.
-Oh, no –se lamentó- mi sombrero, he debido perderlo mientras ese cerdo intentaba propasarse conmigo.
Duncan cargó un petate de lona blanca y algo descolorido echándoselo sobre el hombro izquierdo, y que había dejado en el suelo, para auxiliar a la mujer, tan pronto como advirtió que algo extraño sucedía al otro lado de la calle entre Nancy y el vagabundo, y enfundó su voluminoso revólver en la cartuchera que pendía de su cinturón de cuero.
-No se preocupe, Nancy –dijo con una nueva sonrisa que pareció encadilar a la perpleja y confundida mujer- también arreglaremos eso. Agreguémoslo a la lista de la compra –dijo guiñándola un ojo con picardía. Desarmada por el descaro y atrevimiento del hombre, Nancy había olvidado momentáneamente sus deseos de venganza. Ahora ya no le parecía tan perentorio ni urgente tratar de consumar su nebulosa revancha. Quizás, con un poco de cariño y afecto por parte de alguien amable, su retorcido carácter se habría ido enmendando gradualmente. Quizás ahora tuviese ocasión de comprobarlo.
-Vamos –le pidió Duncan tomándola deferentemente del brazo, extremo al que la aun sorprendida Nancy no se opuso en absoluto- aquí no tenemos nada que hacer, y no se preocupe por esa escoria –dijo mirando de soslayo y con rabia al inerte sujeto- está vivito y coleando. Cuando se recobre se despertará con un buen chichón y un gran dolor de cabeza, pero sobrevivirá. Eso le enseñará a pensárselo dos veces antes de agredir a nadie, y a usted, señora, a no adentrarse más en sitios tan poco recomendables como este.
-Yo, yo...-volvió a tartamudear Nancy- buscaba a un amigo...yo...
Duncan meneó la cabeza y esbozó un rictus divertido en su semblante curtido y atrayente.
-Pues menudo sitio para hacer amistades. En fin, lo dicho, vámonos de aquí, su amigo, por el momento tendrá que esperar.
-¿ A dónde pretende llevarme ? –inquirió Nancy aun suspicaz, con una inflexión de desconfianza en la voz, que Duncan captó de inmediato.
-A un sitio mejor que esta cloaca –dijo escupiendo con rabia al agrietado pavimento cubierto de lodo y bajo el que el alcantarillado había dejado de cumplir su función hacía ya mucho tiempo. Una cebada y gruesa rata de pelaje gris salió silibando de una alcantarilla fuera de servicio, lo que hizo que Nancy diese un grito y se refugiase en Duncan nuevamente.
-Supongo que coincidirá conmigo, en que no debemos permanecer ni un minuto más aquí –dijo el hombre pasando su largo y fibroso brazo derecho por los hombros de Nancy para tranquilizarla.
-Sí, desde luego –dijo Nancy retrayendo sus manos sobre su pecho y asintiendo visiblemente afectada y con los nervios a flor de piel –sáqueme de aquí cuanto antes, por favor, Duncan, se lo suplico.
El amable Duncan no se hizo de rogar.
42
Duncan había retornado tras un largo y dificilísimo viaje durante el cual, muchos de sus hombres perdieron la vida. Primero, a través de las ardientes y candentes arenas del abrupto y árido desierto, donde por casualidad encontraron a Candy y a Mark, completamente perdidos en mitad de la nada. Candy había pergeñado una historia que sonaba convicente para explicar su presencia allí, pero que el capitán no había terminado de creerse, aunque poco deseoso de discutir o de entablar una inteligente conversación, pese a que lo deseaba tanto como una buena partida de ajedrez, optó por no indagar en la veracidad de las palabras de Candy ni bucear en el trasfondo que a buen seguro se encontraba detrás. Lo único que deseaba era llegar lo antes posible a su hogar, olvidando el horror que esperaba dejar muy pronto atrás.
El viaje en el tren hospital no fue tan desagradable, pese a lo que el aspecto herrumbroso y desvencijado del vetusto ferrocarril podía dar a entender de un primer golpe de vista. La única nota desagradable fue el tener que entregar la carta de despedida de su amigo James a la muchacha, sin contar claro está, la amarga despedida entre ambos hombres. Cuando llegaron a Lumping, perdió la pista de Mark y de Candy que tan sorpresivamente como habían aparecido en medio de las soledades del desierto de Gobi, ahora se esfumaban sin dejar la menor pista. Indiferente a todo lo que no fuera salir de aquel lugar de condenación, Duncan embarcó en el transporte militar junto a lo que restaba de sus hombres, y los civiles que decidieron proseguir viaje junto a los soldados mientras el resto, subía a bordo de la decrépita chatarra que tampoco tardaría en zarpar, y el USS Pensacola, se hizo a la mar una vez que las últimas formalidades de rutina finalizasen. Duncan poco o nada acostumbrado a los viajes por mar, se mareó varias veces y tuvo que ser ingresado en la enfermería del barco, otras tantas hasta que consiguió recuperarse y unirse al resto de sus hombres, que pese a las bajas sufridas por los ataques de los bandidos y el inclemente calor del sofocante desierto, continuaban respetándole y obedeciéndole, sin que su autoridad hubiese perdido ni un ápice de la confianza que sus hombres depositaban en él. Lo que más le preocupaba a Duncan, era como les notificaría a las familias de los soldados caídos, la tremenda pérdida sufrida. Pero no tuvo que ocuparse de semejantes asuntos. Poco antes de que, tras un interminable viaje a través del Pacífico, donde también tuvieron sus más y sus menos con la Marina Imperial Japonesa, al penetrar de refilón, el USS Pensacola en las aguas jurisdiccionales del archipiélago nipón, por un error en el rumbo que no obstante fue finalmente corregido, llegasen a vislumbrar tierra, el puente de mando del barco, el capitán recibió un cable procedente de la comandancia de la coste Este del Pacífico. Un sudoroso marinero que se cuadró rígidamente al reconocer sus galones, pese a que Ducan no tenía rango militar alguno en el barco, se lo entregó informándole que era un asunto urgente. El joven marinero dio un taconazo que hizo que Duncan riera jocosamente.
-No me debes ninguna obediencia muchacho, -dijo el capitán encendiendo un cigarro e invitando al recluta, el cual rechazó el pitillo con cierta lástima. Estaba prohibido fumar a bordo y a quien era sorprendido haciéndolo, se le castigaba severamente, con reclusión en el calabozo del barco, aparte de quedarse sin permisos.
-No gracias, mi capitán, tenemos prohibido fumar en el barco, y en cuanto a mi comportamiento hacia usted –dijo mirando hacia los lados, y asegurándose de que nadie podía verles -, mi hermano sirvió bajo sus órdenes durante la batalla de Argona. Sobrevivió a la guerra y fue distinguido con honores, aunque le quedó una cojera de por vida, debido a que la esquirla de un proyectil de artillería le rozó de refilón la pierna. Usted le salvó la vida al apartarle de la trayectoria del proyectil y alejarle cuanto pudo de él. Siempre habló con evidente respeto de usted, y hasta me mostró un retrato suyo cuando apareció mencionado en los periódicos en una breve reseña, con motivo de ser condecorado con una mención especial, mi capitán. De hecho –añadió bajando el tono de su voz- nos han prohibido confraternizar con usted y sus hombres. Me huelo algo gordo y le prevengo capitán para que esté alerta –comentó el joven marinero.
Duncan se mesó el mentón y sus sospechas de que ocurría algo extraño en todo aquello, empezaron a tomar cuerpo. Lo que Peter Wells, el joven marinero que le había prevenido, le había comentado, no hacía si no confirmar sus impresiones, y reafirmarse en ellas.
Tras una breve e intensa conversación, el marinero se retiró para continuar haciendo su trabajo, y Duncan observó el sobre de color verde oscuro, con el matasellos del Ejército estampado sobre el anverso y, que cruzaba toda la superficie del sobre, de derecha a izquierda, con la palabra URGENTE en grandes caracteres de un color rojo tan intenso, que hacía daño a la vista con solo mirarlo brevemente. Intrigado, Duncan rasgó el sobre con sus dedos y extrajo el papel dividido en infinidad de dobleces, que mostraba los asépticos y estilizados caracteres de un telegrama. Leyó la fría y monótona caligrafía en un instante, echando una rápida ojeada a los escuetos párrafos que abarcó prácticamente su totalidad.
" Capitán Duncan Jackson, jefe del Segundo Batallón de Reconocimiento del Ejército de los Estados Unidos de Norteamérica., en ausencia de una autoridad superior.
Desde este momento, queda licenciado, al igual que el resto de sus hombres y dispensado de sus deberes militares. Cuando lleguen a tierra, no obstante estaremos orgullosos de dispensarles el merecido reconocimiento que tanto usted, como sus hombres deben de recibir, por sus distinguidos y valiosos servicios prestados a su país.
Los Estados Unidos agradecen su contribución".
Duncan cada vez entendía menos. El texto del extraño y misterioso cable no parecía estar redactado en el usual y fríamente cortés lenguaje militar al uso, ni hacía mención a ninguna de las penalidades por las que el batallón de Duncan, empezando por él mismo, habían tenido que sobrellevar, superando calamidades de todo tipo.
No fue hasta cuando pisó tierra cuando comprobó en su totalidad, el significado que encerraban aquellas palabras, más propias de una reunión informal, que de un sesudo y para nada cortés, organismo militar.
No solo fueron licenciados antes de tiempo, si no que se les obligó a guardar silencio de cuanto habían hecho durante todos esos años en Rusia, bajo pena de cárcel y otros contundentes castigos, si no se avenían a razones y guardaban silencio. Se concedieron algunas medallas para acallar conciencias y compraron voluntades con diversos emolumentos y prebendas. Duncan, asqueado dejó el ejército licenciándose, aunque no se libró del rígido código de silencio que tendría que aplicarse así mismo, como si fuera una censura permanente, bajo pena de dar con sus huesos en la cárcel, acusado de espía y agitador al servicio del enemigo, calumnias que la prensa oficial se encargaría de propalar si contaba algo de la presencia de las unidades estadounidenses, y sus actividades en suelo ruso. Se hablaba de hechos poco éticos, en contra de la población civil hostil al nuevo gobierno del país.
No hubo reconocimientos militares, ni homenajes ni nada de lo que les habían prometido. Muy al contrario, una vez que los rígidos y envarados militares que le juzgaron, tras someterle a agotadoras sesiones más parecidas a un consejo de guerra que otra cosa, le dejaron ir tras efectuarle severas y para nada veladas advertencias, de lo que le ocurriría y las penas que le deparaba la ley militar, si contaba algo de lo que sabía, aun en su nueva condición de civil, Y la misma suerte corrieron sus hombres con los que no le permitieron hablar. Hasta los pocos civiles que llegaron a bordo del USS Pensacola junto con las tropas con las que mantenían una precaria convivencia, fueron duramente amonestados, aunque con menor rigor que a los militares, al objeto de asegurarse igualmente su silencio. Duncan se dirigió hacia el interior y no cejó hasta encontrar una ciudad que creyó sería lo suficientemente tranquila como para acogerle, mientras decidía que hacer con su vida, de allí en adelante. Con el dinero que había percibido en concepto de finiquito, podría llevar una vida relativamente desahogada, y sin estrecheces, siempre que no incurriera en mayores gastos, durante unos meses, mientras encontraba trabajo. Quizás retomase su viejo y largamente acariciado sueño de dedicarse al estudio de las lenguas que no pudo cumplir porque su severo padre le apartó del mismo, ordenándole ingresar en la academia militar de West Point para que siguiera la carrera de las armas. Pero lo prioritario era encontrar un empleo, una vez que volviera a su hogar y recobrase su vida anterior. Luego ya decidiría. Por el momento se tomaría una semana sabática, y después emprendería la ardua búsqueda de un trabajo con el que ganarse la vida. Una vez recien llegado a aquella ciudad, se internó por casualidad, en un barrio de mala reputación y por allí caminó sin rumbo fijo, hasta que dio con Nancy, que debatiéndose suplicaba ayuda desesperadamente, la cual no dudó en dispensarle en cuanto tuvo oportunidad.
43
Finalmente, su pretendida venganza no se llevó a cabo. Halagada por las atenciones de Duncan y fascinada por su cortesía y exquisita educación, Nancy Thorndike llegó a olvidar incluso los motivos que la había llevado a adentrarse entre los peligrosos confines de aquel sórdido y olvidado barrio, situado en una de las zonas más deprimidas de la ciudad. Pero que la peligrosa idea de Nancy no se hubiera llevado a la práctica por su parte, no significaba en absoluto, que alguien más no llegase a concebirla y tratar de sacarle provecho. En el restaurante donde Candy y yo habíamos cenado, y convertido el salón comedor en otro improvisado de baile, figuraba un avezado periodista, Charles Ellis, al cual aun le escocía la humillación que había sufrido a manos de Terry Grandschester, cuando llevó sus preguntas demasiado lejos, cruzando unos límites que mejor hubiera sido no traspasar. Terry se mostró comedido y atento hasta que el joven y audaz reportero empezó a hurgar en el pasado del joven actor inglés, como quien hunde los dedos en una llaga demasiado profunda, que no termina de curarse y cicatrizar. Charles trató de llevar la entrevista, que hasta ese momento se iba desenvolviendo dentro de unos cauces normales y distendidos, al terreno del escándalo y el sensacionalismo, mencionando al joven actor, un nombre que era mejor no recordarle. Tras mencionarle a Candy en unos términos cada vez más soeces y menos correctos, y seguir insistiendo pese a las serenas advertencias del joven, Terry terminó por propinarle un puñetazo y sacarle casi a patadas del café donde se estaba llevando a cabo la malograda exclusiva. Charles juró venganza, pero la actitud hostil por parte de la clientela del establecimiento, y su posicionamiento favorable al actor, terminaron de disuadirle de materializar sus amenazas. Pese a que por el momento, conservó su empleo, el director del diario para el que trabajaba, terminó por enterarse de su reprochable actuación y llamándole a su despacho un día, le extendió un sobre con el finiquito, señalándole con el dedo índice de su mano derecha, la puerta de salida, y por ende, la del diario.
-Estás despedido Charles –le dijo su jefe mirándole aquel día a través de las gruesas gafas de sus lentes y atusándose el poblado mostacho, mientras degustaba con deleite un grueso puro habano.
Charles se quedó mirando el voluminoso anillo que brillaba en torno al dedo con el que su jefe le estaba poniendo en la calle, sin más. El joven periodista, perplejo e iracundo intentó protestar, pero el señor Jester fue categórico y no le dejó tan siquiera abrir la boca.
-Estás despedido Charles –repitió Jester lanzando una voluta de humo que sobrecargó aun más si cabía, el tenso ambiente del despacho- ahí tienes tu finiquito. Aquí no queremos gente que se extralimita en sus funciones.
-¿ Es por lo de Grandschester, no es así ? –preguntó rojo de ira, mientras intentaba contenerse, pero aun que se hubiera lanzado sobre su exjefe y emprendido a golpes, habría salido mal parado, porque aunque el señor Jester rondaba en torno a los sesenta años, era el doble de corpulento que Charles y en su juventud había practicado boxeo inglés y diferentes estilos de lucha. Aparte de que sus propios compañeros de trabajo, alertados por los gritos de Charles se había asomado al pasillo para ver que pasaba.
Paul Jester asintió lentamente y acercó el sobre de color morado a su antiguo empleado con un displicente gesto de la mano.
-El sueldo de tres meses. Y suerte has tenido, de que el señor Grandschester no haya presentado denuncia contra ti. Podrían haberte empapelado fácilmente, Charles. Afortunadamente, el señor Grandschester ha tenido en cuenta la irreprochable trayectoria de esta institución –carraspeó ligeramente y se ajustó las gafas sobre la nariz por enésima vez- y no presentará una querella contra el periódico. Pero yo si he decidido tomar cartas en el asunto, y esta es mi decisión.
Paul Jester se reclinó en su sillón giratorio de suave tapicería de cuero azul y cruzó los dedos sobre sobre la mesa de caoba, encima de la cual había un montón de papeles, que representaban trabajo pendiente para el editor. Charles no acertó a articular palabra y deslizó la mirada por las estanterías repletas de libros, que amueblaban las paredes del despacho. Cogió el dinero con rabia incapaz de controlar el temblor que agitaba sus sudorosos dedos y antes de marcharse, aun tuvo que escuchar una última puya de su otrora jefe.
-Dudo que nadie quiera contratarte después de esto, mi querido e inconsciente amigo. Estás marcado, manchado. Debiste informarte que en esta ciudad, al menos, no nos gusta ese tipo de periodismo amarillista y ramplón. Y ahora, si me disculpas, puedes irte. Tengo un montón de trabajo pendiente, a menos que quieras agregar algo más en tu defensa, claro está.
Charles Ellis recordó aquellos aciagos instantes con un ramalazo de ira, que endureció la expresión de su rostro.
Puede que en aquella ciudad no aceptaran sus métodos de trabajo, según el presuntuoso y pagado de si mismo, de Jester, pero habría otros periódicos, cuyos directores no tendrían tantos escrúpulos para publicar la exclusiva que estaba preparando, y de paso, se vengaría de Terry atacando a quien menos culpa tenía en toda aquella enrevesada historia.
44
Lo que comenzó como una inocente e inofensiva broma, se había transformado en un drama de considerables proporciones. Cuando ya todos habíamos olvidado el hecho, los periódicos y tabloides de Chicago y otras importantes ciudades publicaron la falsa noticia, de que Candy y yo manteníamos un romance secreto. Naturalmente y en diversas ruedas de prensa, que muy a su pesar, se vio obligada a convocar, Candy desmintió que fuera su esposa, y que tanto ella como yo, solo éramos buenos amigos, y que todo había sido una farsa urdida entre dos amigos que estaban pasando una agradable velada en compañía. Pero hubo quien no se lo creyó y todo ello, junto con las fotografías que Charles nos había sacado discretamente oliendo una jugosa noticia en todo aquello, mientras bailábamos contribuyó a que la mentira terminara por pasar por una verdad incómoda que estábamos tratando de desmentir como fuese. Para colmo, Charles había obtenido el trofeo más codiciado y anhelado que todo periodista sin escrúpulos, pudiera aspirar a alcanzar, una fotografía que demostraba que cuanto sostenía era cierto. Charles había tenido la prevención de abandonar el restaurante, tan pronto como yo y Candy salimos de él y seguirnos, poniendo gran cuidado de que no le descubriésemos. Lo que presenció colmó sus más desmedidas ambiciones. Sin poder contener su júbilo, tiró una foto tras otra captando el preciso momento, en el que yo, movido por una pasión que hubiera debido desterrar ya hacía mucho, robé aquel beso a Candy, antes de que hubiera podido siquiera verlo venir. Aquella estampa puso a Mark y a Candy al borde del abismo, porque el joven pese a sus intentos por creer en cuanto su desesperada esposa y yo, intentábamos relatarle, sus celos y la presión de los medios estuvieron a punto de conseguir que se planteara solicitar el divorcio. Sin embargo, Mark decidió reflexionar y antes de tirar por la borda su matrimonio, se reunió con Candy y habló largo y tendido con ella durante toda una tarde. El amor que se profesaban era demasiado fuerte como para que, los infudios de un periodista ávido de gloria personal y sin la menor consideración rompieran así como así su matrimonio. En vez de dejarse llevar por la ira y las discusiones acaloradas, Mark decidió creer a su esposa y dar otra oportunidad a su felicidad. Ambos esposos terminaron por besarse apasionadamente en el gabinete de trabajo de Mark, arrojando al fuego dado que era una noche relativamente fresca aunque la primavera hubiera hecho ya su entrada, desde hacía mes y medio, uno de los periódicos donde aparecía en primera plana, la sensacionalista y escandalosa noticia.
-Me importa bien poco esas mentiras, amor mío –le dijo a Candy mientras ceñía su talle besándola con pasión- confío en ti y en mi querido maestro, porque sé que aunque siempre te ha amado, yo podía estar seguro de que no sucedería nada.
Candy abrió los ojos desmesuradamente. Se diría que un par de grandes esmeraldas se habían materializado de la nada, en la penumbra del despacho.
-Tú, tú lo sabías… –exclamó Candy con voz ligeramente chillona debido al impacto que le había causado descubrir algo así de labios de su esposo.
Mark asintió lentamente mientras atraía a su esposa hacia sí, besándola en los rizos rubios de su cabellera totalmente desplegada en torno a sus hombros torneados y el blanco cuello de cisne de la joven.
-Sí, Candy. Desde el primer día en que ví como mi maestro posaba sus ojos sobre ti, con ese aire de tristeza y ternura. Jamás dije nada ni me interpuse entre vosotros, lo mismo que él tampoco lo hizo en nuestro amor, pero si tú le hubieras preferido a él, lo hubiera aceptado, como aquel día en Escocia, cuando Terry intentó obtener la llave de su corazón.
-Pero yo, no se la pienso a entregar a nadie más que no seas tú –dijo riendo pícaramente mientras besaba los labios de su esposo una vez más, echándole los brazos al cuello. Mark la correspondió temblando de deseo y amor. Se tendieron en el diván de cuero que a veces Mark, utilizaba para dormir cuando se quedaba trabajando en el papeleo de los negocios del clan familiar hasta las tantas, y abandonándose a las caricias, entre suspiros y leves gemidos fueron despojándose de sus ropas para amarse.
Se durmieron, el uno en brazos del otro hasta que los primeros rayos del sol penetraron a través de las rendijas de la persiana, haciéndoles cosquillas en la piel de sus respectivos rostros. También habían hablado de mí con calma y consideración. Mark optó por olvidar el beso robado. Entendía que la belleza deslumbrante de su esposa era tal, que hubiera llegado al extremo de sucumbir a la misma, no pudiendo refrenar mis impulsos.
Fue entonces cuando unos desesperados y recios golpes en la puerta de roble, tachonada de artesonados les sacaron de su dulce sueño. Mark, medio adormilado aun, se envolvió en un albornoz de seda incorporándose de un salto, y Candy se apresuró a cubrirse con una bata de raso, por si entraba alguien de improviso. El joven moreno entreabrió la puerta de su despacho con tiento, y el rostro cariacontecido y preocupado de Carlos le salió al paso, asomando por el quicio del doble batiente.
-Mark, se trata de Marianne, no la encontramos por ningún sitio. Ha desaparecido –se lamentó quejumbroso el pequeño mayordomo entornando sus grandes ojos verdes, de muñeco de ventrílocuo, que miraban al incrédulo joven moreno, con aire apenado.
45
Antes de que los desgarradores sollozos de Candy, le hicieran perder los estribos, Mark encabezaba la búsqueda de su hija, al frente de todos los sirvientes y vigilantes de Lakewood, por toda la basta e inmensa propiedad. Haltoran, informado rápidamente por Carlos, no tardó en unirse a la batida, mientras su esposa se había desplazado rápidamente a la mansión de los Legan para hacer compañía a Candy, y tratar de consolarla.
Cuando la joven morena llegó hasta el imponente pórtico de entrada de la casa de los Legan, Dorothy ya estaba al tanto para recibirla y la condujo al salón principal, donde su amiga, sollozaba en los brazos de su madre, mientras Helen Legan, permanecía en un discreto segundo plano, para no entrometerse en aquellos momentos de difícil pero necesaria intimidad entre madre e hija. Maikel permanecía junto a su madre y su abuela, observándolas con sus grandes ojos verdes, idénticos a los de Candy.
-Mi pobre pequeña, mi querida hija –se lamentó Candy notando como una gran congoja similar a una pesada losa de piedra, se aposentaba sobre su pecho- debí de prestarle más atención, estoy seguro de que se ha marchado por mi culpa –sollozó Candy restregándose los párpados con un pañuelo de encaje, que Eleonor le había ofrecido.
-No digas eso Candy –declaró Annie tímidamente- eres una buena madre, estoy segura de que todo se trata de una travesura infantil y que aparecerá de un momento a otro.
Eleonor acarició los cabellos de su hija, mientras Candy acogía entre sus brazos a Maikel. Los tres conformaban un hermoso cuadro familiar de no haber sido empañado por la súbita desaparición de la pequeña.
Entonces Candy notó como una oleada de coraje ascendía desde lo más recóndito de su corazón y la impelía a ponerse en pie. Deshaciendo el abrazo de su madre y apartando con cuidado a su hijo, se incorporó y dirigiéndose hacia Dorothy, le dijo con voz decidida y firme:
-Dorothy, prepara mi ropa, voy a salir.
Eleonor intentó que recapacitara, tratando de convencerla pero no lo consiguió.
-No mamá –dijo mirando a Eleonor de soslayo mientras retiraba de las comisuras de sus deslumbrantes ojos de esmeralda las últimas lágrimas que habían asomado a las mismas –llorando y esperando aquí, no voy a hacer nada. Lo que si voy a hacer es ir en busca de mi hija, sea como sea, por favor –dijo abriéndose paso entre las criadas que agurdaban expectantes y con expresión temerosa, no sabiendo que partido tomar –no me lo impidáis. Encontraré a mi hija como sea.
Helen escuchó como Candy llamaba mamá a Eleonor. Bajó la cabeza fingiendo que observaba concentradamente por los grandes y luminosos ventanales que daban a los ubérrimos jardines que rodeaban la mansión, y procuró que sus emociones no trascendieran. Ahora lo importante era encontrar a Marianne sana y salva. Su marido, el de Eleonor y todos los hombres disponibles en la mansión habían conformado un equipo de búsqueda aparte. Yo, me había unido al de Mark y Haltoran, y caminaba apartado de ellos, con la cabeza gacha, avergonzado de mi comportamiento con Candy. No sabía muy bien porqué, pero sospechaba que la ausencia de Marianne bien podía deberse al revuelo mediático que aquel malhadado periodista había desencadenado, vendiendo aquella información que no debió de haberse producido nunca, al mejor postor. La niña, influenciada por el escándalo, debió sentirse horriblemente mal, aquejada por la tristeza y la desesperación más absoluta, y no sabiendo como calmar su dolor, tal vez, hubiera optado por fugarse. Pero no eran más que especulaciones, meras conjeturas que no me atrevía a expresar en voz alta. Pese a que ni Mark, ni Haltoran me habían realizado el menor reproche, sentía que sus miradas me traspasaban la piel y se cernían sobre mí acusadoras y destilando un profundo odio. Haltoran mantenía la esperanza de que los sofisticados sensores de Mermadon, que había puesto a punto poco después de que hubieran llegado a su hogar, temiendo que la maléfica influencia de Ungern hubiera causado un daño considerable a su programación, consiguieran dar con la pequeña. Pero por el momento, el robot que caminaba junto a Stear, colaborando juntos, codo con codo, no había conseguido hallar el menor rastro o pista de Marianne.
Candy bajó las escaleras atropelladamente, casi a medio vestir, pese a que Dorothy la hubiese ayudado para que pudiera iniciar la búsqueda por su cuenta lo antes posible. La joven desoyó las peticiones de su madre para que se adecentara un poco más antes de dejar la mansión, y Candy aceptó, pero en cuanto estuvo más presentable, atravesó rauda el frontispicio de la mansión y bajó las escalinatas pasando entre los dos querubines que tocaban la trompeta desde su pedestal, uno a cada lado, imperturbables como siempre. Eleonor y Helen se sumaron a la muchacha, que no tuvo inconveniente en que las dos damas la acompañasen. Incluso el servicio encabezado por el anciano y venerable Wittman, formó su propio grupo de rastreo. Se podía decir que prácticamente, todo el clan familiar se había volcado en localizar cuanto antes a la niña.
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Mientras se movían frenéticamente registrando minuciosamente todo Lakewood, Carlos nos fue explicando atropelladamente, que había ido como siempre, a avisar a los niños de que se levantaran para ir al colegio, mientras Stuart sacaba el auto de los Legan de la cochera para trasladarlos hasta allí. Normalmente era Candy la que se ocupaba de despertar a sus hijos y prepararles el desayuno que tomarían entre bromas, poco antes de dirigirse a la escuela, pero aquella noche, debido a que se había quedado con su esposo en el gabinete de trabajo, y se habían quedado dormidos, fue Helen quien acostó a sus nietos deseándoles las buenas noches. Cuando por la mañana, a Candy se le pasó ir a llamar a sus hijos, fue el propio Carlos el encargado de hacerlo, a instancias de la señora Legan, que se encontraba ya levantada y departiendo con su marido, desayunando. La sorpresa y el horror de Carlos fue mayúsculo, cuando tras tocar la puerta suavemente y al no obtener respuesta, descubrió que la cama de Marianne estaba vacía, aunque su hermano continuaba durmiendo profundamente en la de al lado.
Los gritos de horror del mayordomo le sacaron bruscamente de su sueño y no tardó en sumar los suyos a los de Carlos, al comprobar que su hermana no estaba. Debía haberse marchado durante la noche y ahora se reprochaba no haber estado más alerta y vigilante para prever algo así.
-No es culpa tuya, cielo –intentaba consolarle sin resultados Candy, antes de que ella misma necesitase ser confortada por alguien- no podías saberlo, ni siquiera intuirlo.
Pero el reflexivo niño callaba y meneaba tristemente la cabeza. Y con cada movimiento de su cabeza, algunas lágrimas se vertían a su alrededor.
Quiso acompañar a su madre, y pese a la seca negativa de Candy, finalmente se salió con la suya. Pese a que un muchacho dócil y noble, había heredado la testarudez y el empecinamiento de su madre, y aunque pocas veces hacía uso de ambos, aquella era una de las escogidas ocasiones en que estaba justificado, recurrir a tal.
Candy terminó por claudicar y con el niño cogido de su mano derecha, se lanzó a los bosques de Lakewood dispuesta a localizar a su hija costase lo que costase.
La joven, seguida de Annie, su madre y de Helen, y con su hijo cogido a su mano llegó sin darse cuenta a un paraje que conocía muy bien, pero en el que no habia reparado. Era una vasta extensión verde, con suaves ondulaciones y algunos frondosos árboles, que ocasionalmente salpicaban el fértil y bello paisaje, donde crecía una frondosa y vigorosa hierba. A los lejos el grupo encabezado por Candy, percibió los cascos de varios caballos que atronaban el suelo con su monótono sonido. Candy se detuvo sorprendida y observó como varios jinetes se acercaban apresuradamente hasta donde se hallaban. Cuando el hombre que parecía encabezar a los demás llegó a su altura, se detuvo sorprendido tirando con firmeza de las riendas de su caballo, un hermoso alazán blanco de imponente estampa que pifió nervioso bajando la cabeza y golpeando el suelo con su pata delantera derecha. Un par de intensos ojos azules, bajo un cabello rubio la observaron sorprendida, casi tanto como ella devolvió la mirada a aquel apuesto joven.
-A…Anthony –murmuró nerviosa.
El joven, que seguía manteniendo aquel aire juvenil y alegre pese a los años transcurridos y la abisal depresión en la que cayese tras su ruptura con Candy hasta el punto de abandonarse así mismo y todo deseo por mantener una vida mínimamente civilizada, retuvo a su nerviosa montura y dijo desde lo alto de la misma, con los pies firmemente anclados en los estribos:
-Candy, nos hemos enterado hace una hora y me he puesto en movimiento, tan rápido como he sido capaz. No temas, daremos con Marianne como sea.
Candy observó a los guardias y sirvientes que seguían a su jefe el cual haciendo un gesto les indicó que continuaban cabalgando. Antes de que la joven rubia lograse articular palabra, Anthony hizo galopar a su caballo y se perdió en la lejanía seguido de sus hombres. Fue entonces, cuando la atribulada muchacha reparó que aquel era el lugar exacto, donde el caballo de Anthony, el mismo que ahora montaba, había introducido la pata en la fatídica trampa y que allí mismo poco después Mark le salvaría creyendo de esa manera restituir la felicidad que Candy había perdido. En eso no se equivocaba en absoluto, pero lo que ignoraba por completo es que la pérdida de Anthony no era el causante del pesar de Candy, si no su propia ausencia. Que poco sospechaba que a partir de ese crucial instante, comenzaría la de Candy y la suya propia.
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Registramos todo Lakewood de arriba abajo pero no conseguimos hallar el menor rastro de Marianne. Entonces Candy escuchó el rumor de la embravecida catarata, a la que iba a desembocar el río que atravesaba Lakewood de este a oeste y exclamó angustiada:
-¡! No, mi pequeña, mi niña, está, está en…!
Intentó echar a correr en dirección a la cascada presa de un pánico cerval, con su bello rostro contraído por la desesperación. Una horrible imagen se había formado en su mente al imaginar, el cuerpo destrozado y machacado de su hija en el fondo del ensordecedor torrente, entre las rocas que se hallaban en el lecho del río unos metros más abajo. Ella misma había estado a punto de sufrir tan trágico y horrendo destino al subir a aquella barca que desatracó, creyendo que la alejaría de sus problemas resolviéndolos de un plumazo. Se había quedado dormida dentro de la embarcación hasta que el creciente rugido de la cascada la despertó. Nada podía hacer, más que observar impotente como la frágil barca se aproximaba al dintel de la catarata, cuando Mark envuelto en aquella iridiscente y maravillosa luz, bajó a una velocidad increíble y sobrevolándola la tomó entre sus brazos para alejarla de allí, mientras el bote se hacía añicos al estrellarse contra los escollos que la fuerza de la cascada golpeaba inmisericorde. Candy intentó inútilmente que Mark se quedara a su lado, jurándole que estaba profundamente enamorada de él, pero el destrozado Mark, correspondiendo a sus sentimientos se alejó de nuevo para no interferir en su supuesta felicidad al lado de Anthony. Y ahora corría despavorida rogando a Dios que su pequeña no estuviera allí. Eleonor dio un grito y logró sujetarla, pero era tal la fuerza de su hija que hizo falta que Helen y Annie la ayudasen porque Candy estaba empeñada en asomarse al borde del precipio.
-Iré yo –dijo Maikel con voz sorprendentemente clara.
-No, hijo mío, no, no –rogó sollozante su madre.
Pero Maikel apretando los puños para no escuchar los lastimosos lamentos de su madre, se aventuró decididamente hasta el borde del río que discurría encajonado entre las paredes de roca viva de un impresionante cañón, que se alzaban imponentes a ambos lados del mismo. No se atrevió a mirar, pero cuando lo hizo en un arranque de valor, descubrió aliviado que el cuerpo de su hermana no se hallaba en el fondo del lago al cual iba a parar, el río que daba su nombre a la inmensa propiedad. Pese a que la altura era tal que no se podía apreciar a simple vista si había o no alguien flotando entre las aguas, aparte que la violenta cortina de agua ocultaba la visibilidad de ese alguien, la visión de Maikel, potenciada hasta extremos insospechados por el iridium, le permitó apreciar que no era así. Parecía que estaba desarrollando los mismos poderes de su padre, pero por el momento quería mantenerlo en secreto. No quería que nadie más se enterase aun y por si él fuera así sería de por vida, pero presentía que tarde o temprano llegaría el fatídico momento en que tendría que revelar su secreto de un modo u otro. Y ciertamente temía ese día, más que por si mismo, por su familia, en especial por su madre.
Candy llegó con el corazón en un puño hasta su hijo, al que envolvió entre sus brazos apartándole de inmediato del borde del afilado risco cortado a pico, llorando desconsoladamente y recriminándole que hubiera cometido algo tan peligroso, cuando el niño sonrió levemente y acariciando las mejillas húmedas de Candy le dijo con voz serena y dulce:
-No llores mamá, no está ahí. Y tengo la firme impresión de que Mary está viva y cerca.
48
Una fina y persistente lluvia se había desatado, anteponiéndose lo que parecía una apacible mañana soleada. Las nubes fueron cubriendo todo hasta que un plomizo y grisáceo tono se extendió gradualmente sobre nuestras cabezas. Yo, mientras continuaba incansable mi labor de búsqueda junto con Mark y Haltoran mirando a todas partes, registrando detrás de cada roca, apartando cada arbusto que me salía al paso o removiendo la vegetación por si la niña pudiera encontrarse entre la espesura, pero nada. Mark estuvo tentado de utilizar sus poderes para agilizar la búsqueda, pero Haltoran le disuadió. Con la cantidad de gente que participaba en la misma era más que suficiente para cubrir todo Lakewood aparte de que alguien podía ver o descubrir algo que no convenía que se supiera. Bastante teníamos con ocultar nuestro secreto y que no traspasara los límites de Lakewood, pese a que el anterior y fallecido presidente Wilson estuviera plenamente al corriente y al tanto de la naturaleza del mismo.
El desesperado Mark, estaba convencido de que su hija no había traspasado los límites de Lakewood, pero se extrañaba sobremanera que nadie de las decenas de personas que la buscaban afanosamente, peinando con sumo cuidado cada recoveco y rincón de Lakewood hubieran dado aun con ella.
Ni siquiera los sofisticados sensores de Mermadon, protegido por su invisibilidad, conseguían ningún avance por pequeño que fuera.
Agotado por el considerable esfuerzo que representaba para un hombre tan gordo como yo, semejante caminata por una propiedad tan grande que abarcaba varios cientos de hectáreas, con algunos grandes bosques dentro de sus límites, me dejé caer rendido sobre un tocón reseco y agrietado que aun se sostenía como podía al borde del sendero de grava que estábamos atravesando. Respiré agitadamente tratando de recobrar el aliento, mientras Mark intentaba ayudarme, pero le animé con voz entrecortada a seguir con la búsqueda.
-Seguid, seguid –declaré haciendo gestos con la mano izquierda para que continuaran sin mí- en seguida os alcanzo –dije no muy convencido de mis palabras.
Mark asintió y siguió llamando a su hija mientras el grupo recorría el sendero que ya habían cruzado varias veces en ambos sentidos, sin éxito. Se habían cruzado con la gente de Anthony con este a la cabeza y tras intercambiar algo de información se separaron, continuando sus pesquisas.
Observé la escena con interés creyendo que tal vez surgiera alguna rivalidad entre Mark y Anthony pero solo eran figuraciones mías. El joven tal y como vaticinara Mark, había logrado enamorarse de Natasha y fundado una familia bien avenida, pero de una cosa estaba completamente seguro tanto Mark como yo, y es que Anthony no la olvidaría jamás, algo que yo conocía muy bien y por experiencia propia además.
Recliné mi barbilla sobre mis antebrazos entrecruzados sobre la corteza del tocón. Quiso la casualidad que otro tronco caído me sirviera de improvisado asiento, donde me senté utilizando el tocón a modo de casual reclinatorio. Estaba tan cansado y abrumado por mis propios cargos de conciencia, aunque tal vez fueran infundados que no tardé en quedarme traspuesto pese a la lluvia que iba engordando por momentos. No me fijé de ese modo, en como un pájaro, de sedoso plumaje de vivos colores se posaba frente a mi rostro, dando cortos saltos y recorriendo la superficie del tocón, muy cerca de mi cara. El ave picoteó mi nariz suavemente y en el cristal de mis gafas produciendo pequeños toques, piando con fuerza y alegremente, batiendo las alas, y logrando que me despertara. Abrí los ojos, sorprendido al divisar un diminuto pájaro de vivos colores, ejecutando una especie de danza, a escasos centímetros de mis fosas nasales. Era como si el ruiseñor, me estuviera dando su aprobación por haber salido de mi corto e imprevisto sueño, para recibir justo a tiempo, su imperativa y urgente petición de ayuda,
-Pero, pero, ¿ qué ocurre aquí? –me pregunté rascándome la cabeza y el mentón, medio adormilado y bostezando.
Entonces me fijé en el pequeño ruiseñor que saltaba nerviosamente de un lado a otro y se posaba ora en mis hombros, ora sobre mi cabeza, tratando de llamar mi atención. Entonces caí en la cuenta.
-Eres, eres Flap Flap, no –me corregí a mi mismo dándome un suave golpe en la frente, con la palma de la mano, al recordar el cariñoso nombre que Marianne había impuesto a su nuevo amigo- Flappy, el ruiseñor de Marianne.
-Debo de haber perdido el juicio definitivamente –me planteé sacudiendo la cabeza con pesar, en medio de la floresta que me rodeaba, al hallarme hablando con un pájaro. No era la primera vez que me hacía esa temida pregunta, no atreviéndome a adelantar, la igualmente tan temida respuesta a la misma. Pero el ruiseñor continuaba allí, observándome con sumo y concentrado interés, clavando sus pequeños ojos oscuros ovalados, sobre los míos e insistiendo en que le siguiera. Por lo tanto, por kafkiana y rocambolesca que fuera la situación, no cabía la menor duda que era completamente real.
-A fin de cuentas –me dije a mi mismo- ¿ que supone el hecho de que un pájaro esté tratando de comunicarse conmigo, y me esté enviando un sútil mensaje para que le acompañe, comparado con el haber viajado en el tiempo, casi cien años hacia el pasado desde el año 2010 ? –pregunté sonriendo cínicamente y dirigiéndome a la esplendente y colorida naturaleza que me rodeaba.
Suspiré y decidí apartar esos pensamientos mezcla de autocompasión y filosofía de segunda fila. Lo prioritario era localizar a Marianne y si un pájaro cantor era la clave para ello, iría detrás suyo sin vacilar. No había perdido la razón por mucho que me empeñara en lo contrario, y me gustase o no, tenía que adaptarme a la nueva realidad que me había tocado vivir, y de la que era responsable en última instancia. Si no hubiera sido tan ambicioso, si no hubiera tratado de ocupar un lugar en la Historia, a costa de lo que fuese, trastocando las vidas de gente inocente empezando por Mark, empujándole a través de las eras, despertando los ingentes y peligrosos poderes del iridium. A mi mente acudió el viejo dicho de las películas de serie B, cuando el protagonista alertaba a todos los ambiciosos buscadores de riqueza y poder, cuando no era el mismo, de las consecuencias de sus actos, reprochándoles: "No debimos despertar poderes que mejor deberían haber permanecido dormidos". Ya era tarde para lamentarse por tales minucias, por lo que me concentré en lo que el ruiseñor pretendía indicarme con tanta urgencia observando al animal que trazaba movimientos inteligentes a modo de danza. El iridium debía estar presente en la descendencia de Mark de un modo u otro, y de alguna manera había creado una especie de empatía entre Marianne y el ave. Me pregunté con un escalofrío si Maikel, no habría desarrollado alguna capacidad parecida a la de Mark, y que tal vez permaneciese latente dentro de su joven cuerpo aun por desarrollar.
El pájaro agitó las cortas alas balanceando la cola amarilla moteada de puntos negros, mostrando las ordenadas hileras de plumas que las conformaban, y me miró con sus ojos oscuros alzando y bajando la cabeza, como si estuviera asintiendo aprobadoramente. Antes de que lograse reponerme de la sorpresa y avisar a gritos a los demás para comunicarles que creía tener algún indicio del paradero de Marianne, Flappy echó a volar, posándose de vez en cuando sobre alguna rama de un árbol cercano, como si me estuviera invitando a seguirle. Cuando me acercaba al pájaro, este saltaba a otra rama, piando con fuerza y moviendo las alas, celebrando suponía, el que hubiese entendido el mensaje de su comportamiento.
-Quieres que te siga –musité esperanzado. Tal vez me llevase hasta la situación de la niña.
Así lo hice y el ave me fue guiando hasta un apartado promontorio donde destacaba la oscura boca de una cueva. Se trataba de una distante zona de Lakewood que no conocíamos, ni siquiera después de tantos años transcurridos. Llegué no sin esfuerzo hasta la entrada y escuché un gemido ahogado. Flappy se movía sin parar de arriba abajo, como instándome a hacer algo. No estaba seguro de que aquello resultara, pero aun a riesgo de perder la poca cordura, que en mi opinión me quedaba, hablé al pájaro, como si pudiera entenderme:
-Flappy, busca a Mark, a Candy, a quien sea, pero ve a por ayuda, rápido.
El ave me observó con sus inescrutables pupilas oscuras torciendo la cabeza y alzó el vuelo. Reí nerviosamente al pensar que si por lo menos hubiera sido un loro, tal vez me hubiera respondido algo.
Con un suspiro y encogiéndome de hombros entré en el lóbrego pasadizo. Como era de suponer había murciélagos que pasaron chillando a muy escasa distancia de mi cara y ratas, que correteaban por el suelo del angosto túnel. Ignorando el uno y el otro, me arrastré lentamente lanzando sonoros anatemas e impreaciones en español, porque me había desgarrado los pantalones con alguna estalagmita. Me movía a tientas, guiado por el sonido de la voz, que suponía pertenecería a Marianne. Cuando consegui tras algunas contusiones, abrirme paso hasta una especie de sala abovedada que se hallaba tras el estrecho y ahusado pasadizo, donde temí con un sudor frío, quedarme atascado en cualquier momento, bajé lentamente algunos escalones naturales y percibí una figura frágil y menuda llorando en un rincón, abrazada a sus piernas y con la cabeza apoyada sobre las rodillas. La había encontrado. Avancé lentamente para no asustarla musitando palabras cariñosas que surtieron efecto. La niña, al reconocerme, se abalanzó a mis brazos llorando sin cesar.
-Tío Maikel, tío Maikel –dijo hipando y reclinando su rostro de muñeca en mi pecho –los hombres malos, los hombres malos –se interrumpía constantemente pero reemprendía a duras penas sus entrecortadas frases- han escrito cosas feas de mamá y de ti. Yo no les creía, pero al final, yo…yo…no pude más y decidí esconderme para no escuchar esas historias tan feas. Yo…
Tal y como sospechaba, la niña había huído despavorida por culpa de esas malditas historias sensacionalistas. La abracé con fuerza y le dije mesando sus cabellos rubios y clavando mis ojos en los suyos, vivo retrato de los de Mark:
-Eso son mentiras, embustes, niña mía –le dije pellizcándole con afecto las mejillas y guiñándole un ojo - tienen envidia de tus padres, sobre todo de mamá y por eso han puesto esas cosas tan horribles, pero no debes hacerles caso Mary, son como los monstruos con los que soñabas de más pequeña y que te asustaban tanto. Si no crees en ellos, desaparecen y esto es lo mismo cariño, tienes que hacer caso a tu tío Maikel que sabe de esto.
No estaba seguro de que mi piadosa mentira fuera a surtir efecto, pero lo hizo. Tras unos minutos más de conversación, Marianne arrepentida de su travesura, accedió a regresar conmigo. Entonces escuchamos unas voces apresuradas que nos llamaban a gritos. Distinguí el timbre de voz de Candy y de Mark, así como de más personas que estaban aprestándose para el rescate. Flappy había cumplido con su cometido. Pero no era momento para el asombro ni para maravillarse. Cogí firmemente a Marianne entre mis brazos e intenté deslizarme con ella a través de la sinuosa y estrecha galería pero era imposible. No podía pasar con ella en brazos, por lo que la niña me dijo tras sonreírme:
-Ve tú delante tío. Yo te seguiré. Ya no soy una niña. Papá dice que soy toda una mujercita.
Asenti conmovido. No solo se convertiría con el paso de los años en una hermosa mujer, con una belleza a la altura de la de su bella madre, si no en una persona decidida y valiente. Siempre recordaría aquel momento en que vine en su ayuda y la convencí para retornar. Caminé a gatas por el angosto túnel y percibí como la luz del día al final del mismo iba aproximándose, mientras el volumen de las voces iba en aumento a medida que íbamos ganando la salida.
-Vamos tío Maikel, vamos en seguida estaremos. Un poco más y lo consigues tío –me animaba de forma constante, Marianne sin desfallecer en sus entusiastas gritos de júbilo. Parecía haber olvidado de repente todo el sufrimiento y la tristeza, que aquel hombre sin escrúpulos, que se hacía llamar periodista, había desatado y que la había impulsado a esconderse en el angosto interior de la cueva.
Candy reconoció al instante la voz de su hija entremezclada con la mía. Cuando se disponía a internarse ella misma en el túnel, emergí cubierto de lodo y raíces subterráneas, por la entrada de la cueva asomando medio cuerpo fuera. Entre Mark y Haltoran me ayudaron a salir tirando de mí con sumo cuidado. Detrás de mí apareció Marianne sana y salva saludándonos tímidamente a todos, e inclinando la cabeza temerosa de recibir cuanto menos una severa reprimenda por su huída.
-Lo siento,…lo siento mami…yo…
No pudo seguir hablando. Candy la abrazó estrujándola contra su pecho y cubriéndola de besos y mimos.
-Mi pequeña, mi niña, estás a salvo, mi muñequita –sollozaba Candy mientras su esposo y su hijo, se unían a ella en los mismos términos, celebrando que dentro de tanta fatalidad, todo hubiera terminado bien. Los cuatro se abrazaron constituyendo una hermosa imagen. Cuando los ánimos se aposentaron un poco, fue mi turno de recibir las felicitaciones, halagos y muestras de afecto y cariño de mis amigos, por haber conseguido dar con la pequeña.
-El mérito no es mío –dije con modestia y humildemente- si no de él.
Señalé con el dedo índice al ruiseñor que se dirigió raudo a saludar a su amiga tan pronto como se percató de que la niña, aparte de todos los allí congregados, le estábamos observando. Marianne meció alborozada al pequeño animal entre sus manos besando con delicadeza la frágil y emplumada coronilla del pájaro, y luego este se posó sobre su cabeza dando cortos saltos sobre el pelo de la niña, batiendo las alas y piando con especial intensidad, enfrascado en lo que parecía una hermosa melodía para celebrar su reencuentro con ella.
Observé la cueva ya desde la tranquilidad que da, saber que estás en el exterior bajo la acogedora y envolvente luz del día, y a salvo y me estremecí pensando en cuanto había visto. No era extraño que ni los sensores de Mermadon hubieran podido dar con el paradero de la niña, porque las gruesas paredes de roca caliza, absorvían las ondas provenientes de sus sistemas de radar eliminando su reflejo, y por tanto el eco de las mismas. Ni siquiera los poderes que el iridium le reportaba al robot hubieran servido de mucho para localizar la cueva debido al espesor de las paredes de la cavidad, y con ello a Marianne, por los que aunque Mark hubiera empleado los suyos, no habría conseguido nada. Afortunadamente, el inteligente ruiseñor, amigo de Marianne nos había puesto sobre aviso buscando ayuda urgente, independientemente de los ruegos de la niña, para que no la dejase sola en medio de la oscuridad de la caverna donde se había refugiado. Además, la pequeña empezaba a acusar los efectos de la sed y el hambre por las muchas horas de forzado y prolongado ayuno al que había sometido a su pequeño y joven cuerpo.
A medida que la lluvia arreciaba, algunas lágrimas que huían furtivamente de mis pupilas, se disolvían en la lluvia, cuando esta las arrastraba ineluctablemente.
"Cómo lágrimas en la lluvia" –me dije a mí mismo, sonriendo tenuemente al pensar en la celeberrima película de culto, de la cual procedían aquellas evocadoras palabras, que estaba parafraseando, como parte de un diálogo, más bien monólogo, más largo y verdaderamente profundo y que se me antojó como uno de los momentos más bellos y dramáticos de toda la historia del séptimo arte, cuando el desesperado protagonista, un androide, las formula consciente de que su tiempo, se termina inexorablemente ante el hombre encargado de darle caza, precisamente por mor de su exacerbada y desarrollada humanidad, indistinguible a simple vista, de la de las demás personas de carne y hueso.
"Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia" –añadí para mis adentros al mirar a Candy que vino enseguida a abrazarme y a colmarme de elogios y halagos por haber rescatado a Marianne sana y salva, y con vida mientras las pesadas gotas de lluvia, restallaban sobre mi piel, empapándome gradualmente a medida que alcanzaba furiosas y heladas, mi cuerpo.
"Cómo lágrimas en la lluvia" –repetí mentalmente con furia, intentando que mis verdaderas emociones no terminaran por aflorar, estropeando aquella tarde de animada celebración, encontrando especial satisfacción en inflirgirme aquella especie de tortura, mientras pensaba en los dos besos que había conseguido de Candy, el primero por iniciativa mía y prácticamente a traición, y el segundo por decisión de la muchacha y en el imposible amor que representaban y que como mis lágrimas, la lluvia del olvido se encargaría de arrastrar consigo.
49
Charles Ellis caminaba con paso presuroso y con tiento, sin abandonar no obstante una acentuada cautela que no le había dejado, desde el día que un editor rival de Paul Jester se animó a publicar su historia, respaldada por la fotografía que había conseguido robarnos a Candy y a mí besándonos nada más dejar el restaurante. Era como si presintiera algo malo que le rondaba, algo que le superaba y que no era capaz de definir con términos apropiados. Pese a que trataba de reírse de sí mismo y de sus infundados miedos, se temía que quizás no fueran tan imaginarios como en un primer momento se había figurado, y trataba de creer desesperadamente para alejar la extrema tensión que le invadía y que le hacía saltar a cada momento, al menor síntoma de alarma. Había cobrado una considerable suma por su trabajo y por lo menos, tendría dinero suficiente para una buena temporada, siempre que se administrase bien y no volviera a jugarse los cuartos en interminables timbas donde había llegado a perder hasta la camisa, y en algunas ocasiones, estado a punto de dejarse la vida literalmente sobre la mesa de juego, por razón de las deudas acumuladas. Por eso, lo primero que había hecho, nada más recibir un más que generoso cheque por su falaz actuación fue ir a ver a Franchesco Borzinni, a quien todos llamaban familiarmente "El Tuerto", debido a que había perdido su ojo derecho durante una pelea contra otro rival. Pero no fue una pelea cualquiera, si no un duelo de honor. A principios de siglo, las pendencias entre malhechores de cierto renombre se resolvían con lo que se había dado en llamar duelos de honor librados a golpe de navaja barbera. Francisco Boriznni fue más diestro y rápido con la afilada navaja de filo recto y rectangular, aunque Pelaggio su rival era diestro y paciente en su dominio de la hoja. En un momento en que Francisco bajó la guardia, Pelaggio le convirtió en el "Tuerto", pero aquel fue su primer y último triunfo durante el tenso y prolongado duelo que ya estaba durando demasiado. Francisco le alcanzó en un punto vital al seccionarle una arteria y poco después, el combate había concluido con su completa victoria. "El Tuerto" se quedó con el garito que Pelaggio regentaba y la calle que sus hombres administraban, apoderándose de todo el cotarro. Y cuando Charles pagó lo que le debía descansó y el Tuerto sonrió con evidente satisfacción. Su ojo sano observaba a Charles con una mezcla de complacencia y advertencia. Complacencia porque el periodista hubiera saldado sus deudas de juego, y advertencia de lo que podría haberle sucedido de no hacerlas efectivas en el plazo correspondiente. Charles miró con un escalofrío la larga cicatriz que le cruzaba la cara arrugada de derecha a izquierda en diagonal, y que le había costado su ojo, pero a su adversario, como solía contar, la vida. Se alejó de allí atravesando calles oscuras, sin apenas iluminación y con rostros hoscos y malencarados acechando en cada esquina. Una voz cascada le pidió un cigarrillo pero como no se detuvo, porque quería salir cuanto antes de allí, unas risotadas se superponieron a la primera voz que le había demandado un pitillo. Apretó el paso. Acostumbrado a ambientes luminosos y refinados donde las damas rivalizaban entre sí para lucir sus mejoras galas y competían para comprobar quien era capaz de derrochar los mejores encantos antes los hombres que también imitaban a las féminas aunque hablasen de negocios millonarios y se jactasen de sus habilidades, el deambular por aquellos lóbregos suburbios, se le antojó el peor de los avernos. Cuando estaba a punto de dejar aquellos barrios infestados de peligros y de incertidumbre donde podía acechar la más insospechada de las trampas, se topó con tres hombres. El más alto, con la cara picada de viruela llevaba un sombrero hongo y un chaleco sobre la piel desnuda de su torso, junto a unos pantalones que sin duda habían conocido tiempos mejores. Los otros dos esbirros llevaban una indumentaria tan astrosa que prácticamente se reducía a harapos. Sus caras eran planas y sus ojos saltones bajo unos cabellos desgreñados y ralos. Charles advirtió que eran gemelos. Charles era lo bastante avezado e inteligente para suponer que gritar, resistirse o tratar de salir huyendo solo contribuiría a que fuese una víctima más en la larga lista de gente caída en aquellos dominios del olvido y los actos más execrables. Además conocía a aquellos hombres, si quiera de vista. Eran los gemelos Bozza y su primo Kahel al que apodaban "el chacal" por sus pocas contemplaciones a la hora de hacer realidad las órdenes del Tuerto.
-El dinero y puede que el Tuerto te deje salir de aquí con vida, y nada de protestas –le recomendó el hombre del sombrero hongo. Los gemelos asintieron moviendo sus cabezas deformes mientras acariciaban lentamente el filo de sus grandes navajas, soñando tal vez con poder utilizarlas de nuevo.
Charles se llevó las manos despacio a los bolsillos de su trinchera y fue sacando los billetes que se había ganado limpiamente tras una serie de adversas rachas que no terminaban de remontar. Y ahora que lo hacían, tenía que devolver todo lo recaudado.
Charles no era ningún suicida ni estúpido, y fue amontonando sobre las codiciosas manos de aquellos tres hombres el dinero que había ganado en aquella partida. Maldijo la hora en que se le ocurrió quedarse un rato más animado por el alcohol y el festivo ambiente que reinaba dentro de la clandestina sala de juegos, situada en los sótanos del garito del Tuerto, y jugar una partida más. Había obtenido una buena suma de dinero, equivalente al importe de lo que adeudaba al Tuerto, el cual no encajó muy bien aquella imprevista ayuda de la fortuna. El Tuerto no encajaba con demasiada deportividad el que le tocase perder, por lo que ordenó a algunos de sus hombres de confianza que siguieran al periodista para recuperar lo que consideraba suyo, aunque tuviera un peculiar concepto de la propiedad.
-No le matéis a menos que os lo ponga difícil. Me cae simpático ese chico –dijo mientras saboreaba un habano entre los labios, moviéndolo de un lado a otro de su descomunal boca.
Una vez que el último billete hubiese pasado a manos de Chacal, Charles temblando como una hoja, pasó por delante de los peligrosos y hoscos sujetos que le permitieron avanzar hasta que Chacal, le retuvo ciñiendo el brazo derecho del joven con especial fuerza. El contacto de los dedos de Chacal eran como una tenaza de hierro al rojo y Charles temió que su vida hubiera concluído allí definitivamente.
-No, no me matéis, por favor –rogó el joven llevándose el otro brazo al rostro en ademan protector.
-No vamos a matarte, si no a hacerte una pequeña recomendación –dijo uno de los gemelos Bocha hablando por vez primera. Su voz era rasposa como la lija y silibante como el siseo de una serpiente. Charles observó con horror al pequeño hombre que no levantaría más de metro y medio del suelo, junto a su hermano, copia exacta del mismo, con sus grandes cabezas bamboleándose como grotescas gárgolas y sus bocas entreabiertas mostrando los dientes ennegrecidos, como las sonrientes fauces de un tiburón a punto de devorar a su presa.
-Un caballero muy influyente se ha sentido molesto últimamente por algunos artículos de prensa acerca de cierta dama amiga suya. A nosotros ni nos va ni nos viene, pero ha pagado generosamente porque te hagamos saber su malestar.
Antes de que Charles lograra hablar, un puño del tamaño de un mazo y con la contundencia de un tren se estrelló en su estómago haciendo que el reportero boqueara. Charles creyó que se desmayaría pero los Bocha le sostuvieron en vilo sorprendiendo al joven de cuanta fuerza podía anidar en unos cuerpos tan pequeños. Chacal se inclinó hacia Charles y añadió con voz neutra:
-Te vamos a dejar vivir, pero no queremos verte por este estado en los próximos diez años por lo menos. Si alguno de nuestros chicos te ve rondando por aquí, te mataremos, y otra cosa, ni se te ocurra volver a publicar nada más acerca de esa mujer, ¿ lo has entendido ?
Charles asintió tratando de llenar de aire sus pulmones, y luchando porque el aliento retornara a su garganta.
-¿ Y si alguien publica algo y no he sido yo ? –preguntó despavorido en cuanto consiguió hablar con una inflexión ronca y agitada, notando como su voz salía de su garganta entre espasmos, deformada por el además subía desde la boca del estómago en forma de amarga bilis.
-Lo sabremos. –dijo el hombre del Bombin con parsimonia- El Tuerto tiene mucho poder e influencia. No te dejes engañar por las apariencias –dijo Chacal en referencia al sucio garito que regentaba y a la triste calle, que parecían constituir todos sus dominios.
Los Bocha le dejaron libre, tras propinarle un puntapié en el trasero y saliendo precipitadamente de allí, no esperó al día siguiente para abandonar la ciudad. Se subió a un tren nocturno que le llevaría a un destino situado en el extremo contrario del país, cuidándose de allí en delante de no escribir nada referente a Candy jamás. Tal vez, Charles hubiera caído presa de una sugestión enfermiza haciendo que un pánico cerval le atenazara, como el pájaro que se queda inmóvil, lívido de terror, ante la serpiente que le observa con sus dilatadas pupilas antes de engullirlo, quizás la alargada sombra del Tuerto no lo fuera tanto como aparentaba o decía ser, pero lo cierto es que Charles Ellis nunca más escribiría ni una sola línea más centrada en Candy o en su entorno.
50
Todo parecía haber vuelto a la normalidad después de los agitados y luctuosos hechos que habían acontecido hacía pocas semanas. Primero aquellas calumniosas noticias que por espacio de dos semanas, coparon las principales portadas de la prensa más sensacionalista del país. Hizo falta toda la diplomacia que Mark logró desplegar, múltiples ruedas de prensa, demostraciones públicas del amor existente entre Candy y Mark y el más absoluto desprecio y olvido a tales execrables falacias para que la gente se olvidara paulatinamente del asunto, perdiendo gradualmente interés en los Anderson. Por mi parte, no volví a acercarme a Candy por un tiempo, temeroso de que volviera a las andadas, aunque la muchacha intentaba desesperadamente ponerse en contacto conmigo. Finalmente, un día en que tenía que salir para resolver unos asuntos se plantó ante mí cerrándome el paso. Era un día ventoso y especialmente lluvioso por lo que accedí a hablar con ella en un lugar más apropiado.
-Ven Maikel, acompáñame. Tengo mi coche aparcado aquí a la vuelta.
El viejo Olds Mobile de Candy había permanecido aparcado durante horas en el mismo sitio, en donde lo habíamos dejado para ir a cenar, debido a que con la excitación del momento poco después de recibir el disparo de aquellos malhechores nos habíamos olvidado completamente del pequeño y simpático automóvil pintado en un agradable tono crema. Tuvo que ser el propio Stuart el que se acercara hasta la ciudad, y lo condujera de vuelta a la mansión Legan, mientras Candy, sus señores y la mayor parte de mis amigos estaban en el hospital, aguardando preocupados en la sala de espera a que algún facultativo les pusiera al corriente de mi estado.
Subí al automóvil con un gesto de resignación mientras Candy rodeaba el vehículo y subía por el otro lado. Puso en marcha en motor tras acomodarse en el asiento y regular los espejos, conduciendo lentamente entre el creciente tráfico de la ciudad.
-Stuart me dijo donde podía encontrarte –comentó la muchacha mientras los limpiaparabrisas del coche entraban en acción para repeler la incesante lluvia que caía a raudales sobre los parabrisas del coche –y me dije que de hoy no pasaba, Maikel. Somos amigos, más que eso hermanos, y no quiero que te sientas culpable por nada.
Me miró por un instante apartando la vista de las atestadas calles. Sus ojos eran de un verde tan intenso, que puede que jamás hubiera visto en toda mi vida una coloración semejante en nada, ni en una persona, ni en un animal, ni siquiera en una planta o un objeto.
-Te besé de repente –dije desviando la vista. La lluvia formaba una intensa cortina de agua que provocaba reverberaciones sobre el cristal de las ventanillas –y eso no estuvo nada bien. Fui un tonto, me debiste haber dado una bofetada.
Candy se detuvo ante un semáforo en rojo y al instante, miriadas de peatones de andar presuroso, enfundados en gabanes y protegidos por paraguas de todos los tamaños y colores, cruzaron ante nosotros. Candy agarró el volante y metiendo primera, reanudó la marcha tan pronto como la luz verde se encendió destacando vivamente a través de la bruma inducida por la intensa lluvia.
-No seas tonto Maikel, ni me molestó ni me enojé. Fue un gesto inocente que no pudiste reprimir. Eso no merece un bofetón, ni mucho menos.
Suspiré. Un camión nos rebasó por la derecha y se perdió entre la intensa corriente de tráfico que se encaminaba en dirección hacia el centro de la ciudad.
-Y mira lo que provoqué –dije con desánimo, apoyando mi mejilla derecha sobre la palma de mi mano. Tenía el brazo doblado y acodado sobre el borde de la ventanilla –lancé sobre ti a toda la prensa rosa –dije soltando un resoplido de fastidio.
Candy rió quedamente ante el curioso nombre que se había deslizado de mis labios.
-¿ La qué ? –nunca he oído semejante nombre.
-Los periódicos y revistas, dedicados a ese tipo de noticias. En mi tiempo…en el año 2010 se le llama así. Prensa rosa o del corazón.
51
Pese a la incesante lluvia, nos dirigimos hacia un parque que contaba con una gran galería cubierta donde podríamos pasear protegidos del pertinaz aguacero que no daba señales de remitir. Candy estacionó su coche en un lugar relativamente cercano a la galería por lo que no tuvimos que caminar, más bien correr, demasiado bajo la fuerte tromba de agua, como para que nuestras ropas llegaran a calarse de agua. Una vez dentro de la galería de mármol de forma circular, que rodeaba todo el parque nos pusimos a andar uno al lado del otro. Candy llevaba un vestido de color rosa pálido y una pamela a juego, bajo la que se escapaban algunos de sus rizos rubios. Traté de evitar mirarla, aunque por el momento dominaba perfectamente mis emociones y no temía una nueva recaída motivada por el irracional amor que me asaltaba a veces como si un viento racheado y fugaz se abatiera sobre mi ser de cuando en cuando.
La herida de bala había cicatrizado muy bien y apenas si me quedaría un leve rasguño producto del disparo. En cuanto a los dos ladrones, la Policía los había cogido durante una redada, gracias a un chivatazo justo cuando se disponían a venderle a un perista cerrando un ventajoso trato, el botín obtenido con motivo de sus últimos y más recientes robos. Según los inspectores que llevaban el caso, había pruebas más que suficientes como para encerrarlos durante una larga temporada en la penitenciaría estatal. Pronto se celebraría el juicio, y lo más probable es que nos llamasen a ambos a declarar como testigos.
Tras un embarazoso y tenso silencio, durante el que ninguno de los dos nos animamos a romper el hielo, iniciando algún tipo de conversación fue Candy la que me sacó de mi pronunciado y cerrado mutismo, mientras paseábamos entre las columnas de estilo neoclásico cruzándonos con otros paseantes que abarrotaban la galería cubierta.
-Maikel, no puedes continuar torturándote así. Una vez te dije que amar no es ningún delito –me exhortó Candy exasperada por mi indiferencia.
-Ni tampoco puedes mantener cerca de ti a un hombre que continúa enamorado de ti Candy y menos estando casada y siendo madre de dos niños –salté con el dedo índice derecho levantado y apuntando a muy escasos centímetros de su cara. La gente empezó a mirarnos y tratamos de disimular lo mejor posible. Candy pasaba desapercibida con aquellas discretas prendas y yo no era tan conocido por lo que pudimos mantener cierto anonimato. Los paseantes debieron figurarse que aquello era una típica escena entre enamorados, ya que tuve que soportar frases dichas a media voz como:
"Que lástima. Una muchacha tan hermosa saliendo con esa bola de sebo" –dijo una voz masculina a mi espalda, a la que otra le replicó en tono de chanza y envidia:
"Qué envidia, querrás decir, compañero".
Nos alejamos cuanto antes de aquellos lugares comunes y mentideros que nos hacían sentir mal, situándonos fuera del alcance de sus murmuraciones, sobre todo a mí, y cuando llegamos a un sitio más tranquilo, Candy replicó a mis últimas palabras:
-Durante mucho tiempo has sido un leal amigo. Y además, te ofrecí la posibilidad de intentar arreglar esto…
-Fingiendo ser mi novia –meneé la cabeza y me dejé caer sobre un banco de mármol situado frente a la estatua de un joven atleta ataviado a la usanza de la antigua Grecia, que se disponía a arrojar una jabalina por encima de su cabeza. Me fijé en la tensión contenida en sus poderosos y torneados músculos, como si realmente fuera a liberarla terminando por arrojar el venablo hacia adelante. Así me sentía yo, como una olla a presión necesitada de liberar la ingente carga de emociones que a duras penas, daba cabida en su interior antes de que estallase con estrépito.
-Así no hacemos nada Candy –dije entrelazando las manos y encorvando el cuerpo hacia delante, mientras bajaba la cabeza para contemplar las baldosas de mármol del suelo. La lluvia continuaba repiqueteando contra las paredes y el techo de la galería, mientras el resto del parque y sus jardines permanecían desiertos. Todo el mundo se resguardaba a cubierto para protegerse de la intensa lluvia.
-Procuro controlarlo, pero no es fácil. Y no, no tampoco es un amor tan fuerte y ciego –me quedé cortado al expresarme así con tanta naturalidad, pero continué hablando- pero a veces, siento esa nostalgia, ese querer saber si un amor entre tú yo, Candy, hubiera funcionado.
-No lo sé Maikel, y no quiero que te sientas ofendido, porque esto no tiene que ver con tu aspecto físico, pero tal vez te hubiese visto como un amigo, como ahora. Me pides un ejercicio de imaginación que no sé que resultado habría arrojado –dijo mientras apartaba algunos rizos que se deslizaban sobre su nariz amenazando con hacerla estornudar si llegaban a alcanzar la sensible zona de su nariz respingona moteada de pecas.
No obstante, pese a que la proximidad de Candy me turbaba hasta extremos insospechados, su inhumana belleza también ejercía un efecto sedante en mí aquietando los furiosos latidos de mi corazón, que se desbocaba cuando estaba cerca de ella, para luego irse calmando gradualmente.
-Es extraño –dije con una media sonrisa- pero siempre había escuchado que la amistad entre un hombre y una mujer es algo meramente imposible.
-Ya ves que no, querido amigo y me alegro que estemos aquí, juntos, ahora hablando a fondo de ello.
Amigo. Cada vez que Candy pronunciaba esa palabra, aunque lo hacía sin mala intención sentía que la lanza de los celos se ahondaba un poco más en mi carne. Observé a un cisne de un blanco deslumbrante, que amerizaba sobre las calmas aguas de un lago pese a la lluvia con las alas desplegadas y dije con amargura:
-Supongo que debe hacerse difícil aguantar los desvaríos de un gordo imbécil como yo –comenté cayendo en la autocompasión.
Al instante noté como la cabeza de Candy se reclinaba en mi hombro derecho y los brazos de la muchacha rodeando mi orondo cuerpo.
-No vuelvas a hablar así jamás Maikel –ya te lo dije una vez- sollozó mojando con sus lágrimas la manga derecha de mi camisa –me hace daño oírte decir esas cosas, mucho daño –recalcó con un suspiro.
Clavó sus pupilas de esmeralda en las mías y acercando su rostro al mío me dijo:
-No sabes lo importante que eres para mí, Maikel, no sabes las noches y días que he llorado reprochándome no haber podido amarte como te mereces.
Palmeé su espalda disculpándome vivamente. Por el momento, el sordo dolor que experimentaba en mi alma por mi amor no correspondido, se calmaba con aquellas demostraciones de afecto.
-Lo siento Candy –dije mesándome la frente salpicada de pequeños y esporádicos granos- no pretendía ofenderte ni hacerte llorar, perdóname.
-Eres muy importante, Maikel, más de lo que tú crees. Deberías estimarte un poco más a ti mismo. Yo nunca podría despreciar a alguien tan maravilloso como tú. Me salvaste la vida y encontraste a mi hija sana y salva. No eres en absoluto secundario para mí, Maikel –dijo cogiéndome las manos con las suyas, cubiertas por suaves guantes de encaje que le ascendían hasta el arranque de sendos antebrazos.
La conversación estaba tomando unos derroteros peligrosos aparte de haber llegado a un punto muerto. Era hora de regresar a nuestros respectivos quehaceres. Consulté mi reloj de pulsera y me puse en pie de un lluvia había dejado de arreciar sin cesar del todo, aunque se podía transitar bajo el encampotado y grisáceo techo de nubes sin calarse hasta los huesos, y entonces le exhorté a Candy:
-Vamos Candy, hemos de volver, se nos está haciendo tarde –dije tendiéndole una mano para ayudarla a levantarse, la cual tomó gustosa, incorporándose grácilmente en contraste con mi pesados y lentos movimientos.
Candy asintió y me acompañó despacio hasta la entrada de la galería, para luego encaminarnos de allí hasta el cercano automóvil que nos aguardaba estacionado, en uno de los extremos del gran aparcamiento que discurría paralelo al recinto vallado del parque.
Tropecé con un adoquín un poco sobresaliente y caí hacia delante:
-Joder, me cagüen…, -exclamé desabridamente en español, sin completar el exabrupto, mientras pese a los esfuerzos de Candy por evitarlo, terminé en el suelo sin mayores consecuencias, boca abajo con la barriga presionando contra las baldosas de mármol del pavimento y las manos apoyadas contra la pulida superficie de las mismas como consecuencia de extender por puro acto reflejo, los brazos hacia delante.
Golpeé con rabia el suelo, apretando los dientes, y maldiciendo en voz baja, mi suerte. Para colmo, mis gafas habían estado a punto de estrellarse contra las baldosas haciéndose añicos. Sólo mi rápida intervención para protegerlas con mis dedos, evitó que los cristales quedasen destrozados y hechos pedazos sobre el pavimento de la transitada galería, aunque poco faltó para que algunos de los caballeros y damas que caminaban por allí, sin fijarse en donde ponían los pies, las triturasen bajo su calzado. Algunos, en lugar de ayudarme a levantarme me evitaron como si fuera un desagradable obstáculo a esquivar lo antes posible aunque el inoportuno traspiés hubiera sido responsabilidad mía, al no haber descubierto a tiempo el inusual adoquín que destacaba entre las baldosas, seguramente olvidado de alguna otra reforma anterior de la galería.
- Maldita sea mi estampa, mierda, mierda y mierda –repuse entre dientes al borde de las lágrimas, golpeando el suelo con mis puños cerrados cada vez que soltaba una sonora imprecación, por el papelón que estaba haciendo delante de la bella muchacha, que pese a pretender lo contrario, negando la evidencia, continuaba queriendo intensamente, sin poder hacer nada para evitarlo. Algunos transeúntes se me quedaron mirando igualmente con gestos de desaprobación unos, y de conmiseración otros, pero para mí, eso carecía de importancia. Sólo me llenaba de rabia el haber ofrecido semejante espectáculo ante los ojos de Candy. Lo que los demás pensaran u opinaran de mí, me daba absolutamente igual. Pero no lo el tocante a lo que pensase Candy acerca mío, eso no.
Candy me oyó y sintió una gran congoja que le oprimía el pecho por mis apuros, pero no dijo nada fingiendo no haber escuchado mis reproches, para evitar que me sintiera aun más miserable, de lo que a mí me parecía que ya era de por sí.
Me puse en pie con esfuerzo, tambaleándome hacia los lados, debido a mi peso y sudando profusamente por mi torpeza. Una mujer de cabellos grises recogidos en un aparatoso moño, que pasó por mi lado, ataviada con una capa de lana sobre su vestido oscuro y acompañada por su sirvienta murmuró algo acerca de la bebida y el nefasto vicio que conduce a ella, evitándome como si tuviera la peste. Me quedé con ganas de replicarla, pero ya había pasado de largo y se alejaba junto a la doncella que me contempló con compasión cuando alcancé a oír de sus labios:
-Pobre hombre, tan joven y ya ha caído en las garras del alcoholismo –repuso la sirvienta observándome de soslayo, dándole la razón a su señora.
Mi móvil, que debería haber dejado en mi habitación, pero que me guardé encima sin darme cuenta, se deslizó desde el bolsillo derecho de mi gabardina yendo a parar a los pies de un niño, que caminaba en compañía de sus padres. Afortunadamente Candy logró recobrarlo, antes de que la familia descubriera aquel objeto fuera de su tiempo tirado a su paso. Solo faltaba que hubiera sonado, alertando a los paseantes como consecuencia del golpe sufrido contra el suelo.
Recobré la compostura tras levantarme como pude, y traté de hacerme el fuerte aparentando que no me había pasado nada, pero de sobra sabía Candy, lo mal que me sentía mostrándola constantemente mi atolondramiento y debilidad. Candy, por su parte intentó ayudarme, preocupada por mí, pero me aparté lentamente de su lado, para no resultar demasiado rudo o brusco con ella, sonriendo, aparentando que no había sucedido nada.
-Maikel –musitó ella con pesar entrelazando con temor las manos sobre los volantes que orlaban el escote de su vestido, mientras yo iba unos metros por delante suyo, y me sacudía como podía, la gravilla adherida a las perneras de mis pantalones y a mis codos, sorbiéndome las lágrimas de impotencia, mientras fingía reírme de mi tropiezo para no alarmarla. Entonces Candy, reparó asustada, que me sangraba la mano derecha ligeramente. Me había producido una pequeña herida por encima de los nudillos. Extrajo un pañuelo de encaje bordado con sus iniciales, y me lo anudó en torno a la mano presionando sobre el corte, hasta que dejó de sangrar.
Entonces notó como una cálida humedad se extendía gradualmente sobre sus nudillos. Candy contempló su mano, advirtiendo los rastros de algunas lágrimas que no eran suyas, y que se iban deslizando con rapidez por la ladera del dorso de su mano, evaporándose aceleradamente.
52
Las voces de los dos jóvenes resonaron a nuestras espaldas, cuchicheando cruelmente. Uno de ellos era alto y bien parecido y lucía una abundante cabellera ondulada de color castaño. El otro era algo más bajo y su pelo rubio se agitaba incesantemente cada vez que respondía con un breve movimiento de cabeza a cada frase jocosa que su amigo le dirigía en referencia a nosotros, aunque no sabíamos bien donde podía hallarse la supuesta gracia, a menos que nosotros fuéramos el chiste. Candy trató de ignorarlos, y yo procuré imitarla para no estropear aquella agradable y entrañable velada que pasábamos en mutua compañía. La joven me había invitado al teatro ofreciéndome una invitación que en un principio parecía dispuesto a rechazar. Desde hacía días, a raiz de mi absurdo tropiezo y consiguiente caída al suelo en la galería cubierta del parque, una extraña y persistente melancolía se estaba cebando en mí, produciéndome una añoranza que no sabía como explicar ni a que atribuirla. Lo único que parecía calmar mi tristeza era la compañía de Candy, que harta de mi aislamiento y preocupante mutismo, entró en tromba en mi habitación dispuesta a sacarme a rastras de allí si fuera preciso. Me encontró sentado ante mi escritorio afanándome en el montaje de un diorama donde un tanque Tigre avanzaba dificultosamente en medio de un poblado en ruinas y con algunas secciones de infantería protegiendo sus flancos. Las expresiones de los granaderos acorazados eran tan reales que Candy notó un estremecimiento al fijarse en la dramática escena, sabedora de que aquella imagen se produciría en el futuro, en el contexto de una nueva guerra mundial, aun más atroz que la primera. Desvió contrariada sus ojos de los uniformes desgarrados y ensangrentados, de los rostros feroces y curtidos de unos hombres que todavía eran niños y, que aun no habían quemado su juventud en nuevos y sangrientos campos de batalla, de una infantería que se pasearía triunfante por media Europa hasta que la tornas se cambiaran, y avanzó hacia mí. Había entrado en mi cuarto con tanto sigilo y tiento que ni la oí franquear el umbral de mi habitación y enfrascado como estaba, en terminar la escena no sentí su presencia hasta que su familiar y evocador aroma a rosas y a lavanda envolvió mi sentido del olfato embargándome de felicidad y una acuciante añoranza de algo que me faltaba y que no lograba identificar, a partes iguales. Sonreí gratamente al encontrarla allí a mi lado y la invité a tomar asiento:
-Siéntate Candy, precisamente estaba terminando este diorama –comenté mostrándome orgulloso de mi laborioso pero vistoso trabajo a tenor del resultado. La muchacha contempló la secuencia bélica con el ceño fruncido y sus pupilas verdes se fijaron en un letrero tronzado por una explosión seguramente, durante el fragor de los combates donde se podía leer aun sobre la chapa metálica de la señal, retorcida por el fuego un nombre: Montecassino.
Iba a explicarle en que consistía aquella imagen, cuando Candy me suplicó encarecidamente que no lo hiciera. Le bastaba con saber, que algo terrible iba a suceder en algún lugar de Italia en una fecha no concretada, algo tan terrible que sumiría nuevamente al mundo en el horror y la vorágine de la guerra.
-No lo entiendo Candy –dije perplejo y rascándome el tabique nasal y haciendo que la joven afeara mi gesto con una mirada admonitiva, por lo que retiré inmediatamente la mano consternado - hay gente que daría lo que fuera por conocer el futuro, pero tú, por lo que veo…
-No quiero saber nada más de guerras ni de armas, Maikel –dijo enojada y cruzando los brazos sobre su pecho, realizando una característica pose de desdén- bastante tuve con la guerra europea, y además esa clase de futuro no me interesa –declaró con sinceridad.
-Además venía para darte una sorpresa –dijo esgrimiendo una entrada impresa ante mis ojos y esbozando una gran sonrisa que iluminaba su hermoso rostro.
Tomé el ticket de color pálido entre mis manos manchadas de barro y pintura, tras dejar las herramientas de modelado junto al diorama en la mesa, y examiné la entrada brevemente.
-Romeo y Julieta –leí lentamente ante la atenta y complacida mirada de Candy, que como era de esperar no aceptaría una negativa por mi parte para abandonar mi refugio. Desde que había retornado de los confines de Europa, y más aun a raiz del penoso espectáculo que había dado en la galería cubierta del parque, la semana anterior, no sentía demasiado apego por salir de la mansión de los Legan por lo que el número de maquetas que adornaba mi cuarto, y en las que transcurría mi tiempo de ocio, fue creciendo exponencialmente. Pero como no me atrevía a desairar o suscitar la tristeza de Candy, no puse mala cara y ni una sola palabra malsonante salió de mis labios, por lo que una hora después estábamos en el vestíbulo de mármol de un imponente teatro de fachada neoclásica, aguardando a que la representación comenzara. Yo llevaba un traje de chaqué y ella estaba preciosa, enfundada en un vestido de raso rojo y con un sombrero de flores a juego. Mark no nos acompañó porque tenía que hacer unos encargos pero en el fondo, conociendo como conocía mi pena creía que el mejor remedio contra ella era permitir que Candy saliera conmigo, y permitía dichos actos. Si hubiera sospechado que su esposa estaba con la persona menos indicada, si no hubiera sido tan incauto, fiado de mi amistad con Candy, si se hubiera planteado que tal vez yo no hubiese superado el estadio de las turbulentas emociones que atormentaban mi alma y que era como plomo derretido para mí, quizás habría procedido de otra manera, pero yo presentía que conocía de sobra, el tipo de pesar que se había adueñado de mi alicaido ánimo.
Aquella sería la primera de una serie de salidas y paseos a solas que tal vez fueran el principal desencadenante de la extraña dolencia que me aquejaría no mucho tiempo después, cuando perdiera mi larga batalla contra mis sentimientos, y el denodado pulso que mi cordura aliada a la razón y la sensatez sostenía contra mis inveterados deseos de avanzar traspasando la delgada línea fronteriza que separaba mi amistad hacia Candy, de sentimientos y emociones mucho más profundas y trascendentes. Me resistí y logré vencer por el momento aunque me pregunté si esa pírrica victoria era lo que yo realmente deseaba.
Mi afán por ser su amigo chocaba con mi anhelo por convertirme en algo más para ella. Por eso cuando aquellos dos petimetres empezaron a faltarnos al respeto, mientras fue a mí, no me importó:
-Eh, gordinflón, esto no es la feria de los horrores –declaró jocosamente el más alto.
-A lo mejor el pobre cree que esto es una sociedad gastronómica –dijo imitando la redondez de mi abultado vientre y aludiendo a mi supuesta voracidad por la comida. Si aquellos dos sujetos me hubieran conocido tan solo un poco mejor, habrían comprobado quizás con perplejidad, que durante esos difíciles días la menor de mis preocupaciones era alimentarme adecuadamente y que probaba el bocado justo para mantenerme en pie, siendo como era, Candy mi obsesión, el centro de todos mis pensamientos, aunque no pasaba hambre y mi escaso apetito no se notó demasiado.
Candy les fulminó con la mirada, pero yo tironeé de su mano musitando por lo bajo:
-No Candy, déjalos, no merece la pena.
Siguieron metiéndose conmigo hasta que cometieron el error de cambiar el blanco de sus desagradables y totalmente faltas de gracia, chanzas.
-¡Eh rubia ¡, deja a ese gordo y vente conmigo. Seguramente lo pasarás mejor junto a mí, que con él. –comentó uno de ellos en tono supuestamente confidencial- te gustará mi compañía.
-No lo creo –respondió gélidamente Candy pasando de su escandalosa propuesta, que le ignoró con un rotundo gesto de desdén.
-No, vente conmigo –intervino el rubio.
-No, conmigo –replicó el otro hablando más alto.
Parecían a punto de pelearse como dos colegiales por una chuchería. Semejaban dos gallos de pelea, pomposos y superficiales a punto de destrozarse mutuamente en un duelo mortal. Entonces uno de ellos la reconoció recordando haber visto su rostro en alguna parte. Su amigo citó el nombre un diario que cubría habitualmente eventos de sociedad, haciéndose eco de todos los actos benéficos, inaguraciones, fiestas y demás eventos sociales a los que acudía la bella joven en compañía de su marido. El otro joven evocó haberla visto en el acto de amadrinamiento de un hospital recién inagurado, pero el hombre obeso con expresión tímida que iba con ella no le sonaba de nada. Ambos sentían un profundo rencor a aquella advenediza que según se rumoreaba se había criado en un hospicio y había utilizado sus malas artes para hacer caer en desgracia a Albert Andrew y hacerse mediantes malas y retorcidas artes con la fortuna de la familia. Era costumbre entre aquellas gentes opulentas e instaladas en el lujo desde el nacimiento, criados entre algodones y que no habían emprendido el menor esfuerzo en su vida, menospreciar a la gente corriente por el hecho de no disfrutar de su riqueza, pero a quienes odiaban de veras, con mayor intensidad era a los nuevos ricos, a los debutantes y advenedizos que se atrevían a poner un pie en su particular y selecto paraíso de los elegidos. Y si eran de extracción social baja como Candy, lo cual era considerado como deshonroso y de la peor estofa según su retorcido criterio, más aun. Había notables excepciones pero por desgracia no eran demasiado abundantes ni se prodigaban en exceso.
-Es la heredera de los Andrew, esa gente tan acaudalada –masculló el de cabellos castaños.
-Ya decía yo que me sonaba su cara –convino el otro.
Entonces sus descalificativos subieron de tono y las obscenidades contra la joven no tardaron en hacer acto de presencia.
-Parece que la señorita millonaria se ha hartado de su marido –dijo el más alto elevando deliberadamente la voz, cuando pasamos junto a ellos.
-Que asco –aseveró el otro- tan promiscua y parecía una mosquita muerta.
Aquello fue demasiado y girándome me les quedé mirando con los dientes apretados y frunciendo el ceño. Jamás antes había sentido tanta ira como hasta ese momento.
-No les hagas caso Maikel –me rogó Candy tratando de apartarme de los dos brabucones y tironeando de las mangas de mi chaqueta. Ahora era ella quien trataba de no concederle mayor importancia de la que se merecía a aquel incidente –no te pongas a su altura.
-No lo conseguiría ni con un taburete –intervino jocoso el de cabello castaño subestimándome.
Opté por seguir el consejo de mi amiga. No era el caso enzarzanos en una riña tabernaria, hasta que volvieron a la carga, furiosos por nuestra poca predisposición a seguirles el juego.
-A lo mejor, a la señorita le encanta retorzar con cerdos –añadió el más bajo, formulando una grosera alusión que no pude ignorar por más tiempo y que por supuesto no podía ni debía quedar sin respuesta. Pese a no involucrarse, algunos caballeros y sus esposas o acompañantes protestaron airados ante la más que evidente falta de modales de los dos jóvenes, que parecían pertenecer a una buena familia, porque alguien sacó a colación su origen al reconocerles. Un anciano de cabellos blancos y smoking que caminaba sosteniéndose dificultosamente sobre un bastón de caoba con empuñadura de plata, afeó su conducta, pero los dos amigos se rieron despectivamente de él en su misma cara.
Me encaré con los dos jóvenes y les eché en cara su actitud. Dos breves palabras y un forcejeo durante el que, sufrí varios golpes. Un puñetazo que no ví venir y que no supe ni donde procedía me tiró hacia atrás, sangrando profusamente de la nariz. Candy detuvo la progresión de mi cuerpo como pudo, a duras penas. La gente se apartó de nuestro lado, temiendo verse involucrada en la reyerta. Sentí las manos de Candy en torno a mis hombros y el aliento de su agitada respiración en mi nuca, mientras me suplicaba encarecidamente.
-Vámonos Maikel, déjalos. No les hagas caso.
Pero yo no me rendí. Me erguí como pude, mientras me limpiaba la sangre que me caía de mis fosas nasales con el dorso de la mano, espoleado por el papel que cual caballero medieval protegiendo a su dama, me había adjudicado al defenderla. Puede que fuera un pensamiento un tanto pueril y trasnochado, pero noté un arrojo y un orgullo sin parangón, cuando sus ojos de un verde como jamás hubiera visto en toda mi vida, se posaron en mí, pendientes hasta de mis más mínimos movimientos. Me abalancé nuevamente contra ellos sin reparar que era dos y más ágiles y atléticos que yo, recibiendo un puñetazo en un ojo que volvió a tirarme hacia atrás. Esta vez, Candy no lo soportó más y salió en mi defensa lanzándose con tal ímpetu sobre el más alto, que pese este la sacaba unos cuantos centímetros, terminó por derribarle por el suelo. La joven le arañó la cara, fuera de sí.
-Canallas, malditos –vociferó mi amiga, cegada por una inmensa rabia al ver como se metían conmigo. El tumulto subió de tono, transformando el hasta hacía unos breves instantes, selecto y relajado ambiente del vestíbulo del teatro en una especie de tugurio y reñidero de aves de corral, a modo de arena, donde las conductas más reprobables y soeces se daban cita. Aquello se transformó en un monumental alboroto en el que tenían cabida, desde gritos y carreras, a desmayos, dado que algunas de las emperifolladas y encopetadas damas que frecuentaban las regias antesalas del teatro, se desvanecieron impresionadas por el feo cariz que estaban tomando los acontecimientos. Finalmente alguien tuvo el buen criterio de avisar a la Policía, aunque la seguridad del teatro, representada por dos fornidos vigilantes que no habían hecho acto de presencia, hasta ese instante por ninguna parte, ataviados con sendos smokings, se hicieron cargo de los camorristas, aunque en un primer momento quisieron aprehendernos tanto a Candy como a mí también creyendo que formábamos parte de los alborotadores, hasta que algunos testigos de los aciagos incidentes, se decidieron intervenir en nuestro favor, señalando a los dos pendencieros jóvenes como causantes iniciales de la pendencia.
Finalmente, los dos jóvenes fueron llevados a unas dependencias anexas al escenario donde serían custodiados estrechamente por los dos vigilantes hasta que llegase la Policía. Candy se fijó que los dos empleados de seguridad no estaban en las mejores condiciones posibles, porque tendían a caerse hacia los lados y pronunciaban incoherencias que el dueño del teatro intentó disimular llamando a la calma y poniendo orden con su aflautada y estridente voz, hasta quedarse casi sin resuello. Luego se dirigió hacia nosotros y nos informó de que la Policía estaba en camino. Entonces, Candy se giró sorprendida cuando una bella joven rubia ataviada con un largo y vaporoso vestido rojo de época, que denotaba su condición de actriz principal del reparto de la obra, pasó por su lado a escasos centímetros suyo. Le pareció intuir algo familiar en la chica pero como el propietario del edificio nos instaba a dirigirnos hacia una minúscula sala de espera, se desentendió del asunto. Susan Marlow se detuvo perpleja unos instantes, porque le había parecido reconocer a su cuñada. El joven que la acompañaba, su compañero de reparto le preguntó si le sucedía algo. Susan enarcó las cejas y negando brevemente con la cabeza dijo:
-Nada, nada, sigamos, debemos darnos prisa. La representación debería haber dado ya comienzo pero con este jaleo –dijo refiriéndose a la disputa acaecida en el vestíbulo y del que apenas se había enterado de nada, ya que iba con mucha prisa -todos nos hemos retrasado –apostilló Susan recogiendo la falda de su vestido y caminando apresuradamente hacia el escenario.
De no haber ido contrarreloj, Susan habría averiguado que los principales protagonistas de la tangana éramos Candy y yo. Después de la representación, la joven se enteraría de lo sucedido y lamentaría no haber podido hacer nada para ayudarnos aunque cuando la joven visitase a Candy una semana después de aquello, y se preocupase por trasmitirle su más firme y cálido apoyo.
Lógicamente tanto Candy como yo, tuvimos que quedarnos en una especie de sala de espera aguardando a que los agentes de la ley, llegasen para tomarnos declaración, lo cual supuso que nos perdiésemos la representación, dado que el dueño del teatro no podía demorar más su comienzo. Después de media hora de estar allí sin hacer nada, más que permanecer sentados en silencio en incómodas butacas que debían tener sus años, e intercambiar alguna que otra mirada casual, dos inspectores llegaron finalmente y nos hicieron unas preguntas. Cuando uno de ellos, con voz monocorde nos preguntó si presentaríamos denuncia, yo negué con la cabeza alegando que no era necesario. Candy iba a intervenir, cuando optó por seguir mi consejo. Lo único que deseábamos era que aquello terminara lo antes posible. Sin embargo no pudo por menos que mostrar su indignación cuando le preguntó al dueño del teatro que se dejó caer por allí para interesarse por nosotros, porque la seguridad del mismo, no había intervenido antes.
-Verá señorita –dijo poniendo cara de circunstancias, desviando la mirada y retorciéndose las manos con evidente nerviosismo cuando se percató de que otras personas empezaban a recriminarle también, por no haber acudido a las constantes demandas de la gente, que estaba dando aviso del altercado -estaban…realizando otras tareas de vigilancia en un lugar diferente del edificio, y claro está, el teatro es tan grande que no pueden llegar a todas partes a tiempo. Lo siento. Lamento de veras este lamentable incidente profundamente. Tienen mi promesa de que esas personas serán debidamente amonestadas por su incalificable proceder.
Candy iba a replicar escandalizada. Sentía que aquel hombrecillo de nariz alargada y cabellos finos peinados con raya al medio, que apenas le llegaba a ella a los hombros le estaba mintiendo. Entonces deposité una de mis cuidadas manos sobre su hombro derecho, y mirándola, negué con la cabeza.
Realmente ambos hombres habían estado durmiendo una monumental borrachera ocultos en uno de los pasillos del edificio, junto a la puerta de entrada de un camerino. Susan Marlow que actuaría como Julieta, pasó escandalizada y mortificada sobre ellos al abandonar su camerino y dirigirse hacia el escenario para representar su papel en la obra. Realizó una mueca de repugnancia al discurrir sobre los cuerpos de ambos vigilantes, evitándolos como pudo. Ambos hombres roncaban estridentemente entremezclados en confusa amalgama, y con una respiración silibante mientras algunas botellas vacías alfombraban el suelo del pasadizo. Solamente el monumental escándalo formado por la pelea y sendos cubos de agua que algunos actores les lanzaron encima a petición del preocupado dueño del teatro, consiguieron que se pusieran en pie maquinalmente. Por eso, cuando Candy les vio tambaleantes y mojados hasta los tuétanos, balbuceando incoherencias y con expresiones completamente idas, al hacerse cargo de los camorristas, sospechó la razón por la que no habían acudido rápidamente cuando los dos jóvenes empezaron a meterse con nosotros.
Optamos por marcharnos de regreso a casa acordando no comentar nada de aquel desagradable suceso. En cuanto a la posibilidad de que tales hechos llegasen a oídos de la prensa, quedó completamente descartado porque las influyentes personas que asistían a la representación de la obra presionaron para que nada trascendiera, aunque el suceso se transformaría inevitablemente en un rumor que correría como la pólvora, de boca en boca, uno más de tantos que se estilaban en torno a la archiconocida y hermosa heredera de la gran fortuna de los influyentes Andrew.
Candy revisó mi ojo. La lesión era menos aparatosa de lo que en un primer momento pareció y el morado no se notaba demasiado. Para no alarmar a Mark y al resto de nuestros allegados, la joven disimuló el moretón con algo de maquillaje que extrajo de su polvera.
-Soy un desastre –me lamenté mientras exponía mi cara para que la joven pudiera realizar lo mejor posible su labor- mira que me lo advertiste, pero cuando se metieron contigo…no pude resistir más, lo siento Candy.
-Ya no tiene remedio –suspiró la muchacha mientras aplicaba con sumo cuidado el polvo blanco sobre mi piel tratando de disimular lo mejor posible el morado- ahora tenemos que serenarnos y no hablar más de ello, sobre todo tú, Maikel. Cuando te ocurre algo negativo, por nimio que sea, lo rememoras hasta el infinito.
Asentí y deposité mis manos sobre el banco de granito, donde ambos nos habíamos sentado, y que servía a Candy como improvisado tocador. Nos encontrábamos en un parque que a esas horas de la tarde estaba poco frecuentado por lo que nadie nos importunó. Yo, después de aquella ingrata experiencia esperaba ver despuntar por las esquinas tropeles de camorristas y gamberros que se dirigían hacia nosotros con la única intención de molestarnos nuevamente. Afortunadamente no sucedió nada.
53
Candy casi había concluido la tarea. Temí que me hubiera empolvado todo el rostro confiriéndome la apariencia de un payaso, aunque de forma destructiva me sintiera así en cierta manera. Cuando me reflejé en el espejo circular de su polvera, comprobando que el moratón apenas se notaba dejé de considerar el maquillaje como algo superfluo y frívolo. Afirmé satisfecho y Candy procedió a retirar los restos de maquillaje sobrante con su pañuelo de encaje. A través de la fina tela del pañuelo sentí el tacto de sus dedos y la dirigí una intensa mirada. Ella continuó afanándose en quitar las capas de maquillaje sobrante y de repente se detuvo y me preguntó:
-Maikel, ¿ por qué me defendiste con tanta vehemencia ? normalmente, siempre has evitado la violencia.
Y era cierto. Candy era lo suficientemente sagaz e intuitiva para adivinar que me había movido algo más que una simple cuestión de amistad. Es mas, de hecho, ella era quien me había defendido una vez cuando caminando a su lado, unos gamberros callejeros que estaban importunando a todo el mundo la emprendieron conmigo, aunque no les quedaron ganas una vez que Candy se las vio con ellos.
La miré por segunda vez. Era increíble que mis gafas hubieran sobrevivido a la refriega y dije intentando no venirme abajo:
-De sobra conoces la respuesta a tu pregunta, Candy –dije secamente poniéndome en pie y dándole a entender de que no deseaba que la conversación discurriese por tan espinosos derroteros mientras me calaba el sombrero.
Regresamos a casa. Durante todo el trayecto de vuelta no nos dirigimos la palabra y permanecimos encerrados en un permanente mutismo, aunque a veces, Candy me mirase de reojo. La solución del interrogante que la joven había planteado, se le había presentado sin palabras, evocada en su mente, tan clara como un diáfano cristal y de una lógica tan aplastante, que hacia que Candy temblara imperceptiblemente. A su mente acudieron las palabras del anciano asceta mongol que buceando en su mente, y sin que ella le hubiera contado en ningún momento nada de su vida, formuló aquella enigmática y temida profecía:
"Puede que algún día tengas que elegir Candy, entre Mark o Maikel".
Estaba enamorado de ella y ella lo sabía. Tarde o temprano tendría que tomar una determinación al respecto, lo mismo que yo, que aunque pretendiese lo contrario no me libraría de la pena que me embargaba. En cuanto a Candy temía que no bastaría con una negativa formulada con tacto y gran cuidado por su parte. Candy había tenido una serie de improvisados y espontáneos pretendientes, que prendados por su belleza, se la habían acercado con ocasión de bailes y diversos eventos de gala a los que eran invitados ella y Mark, y que la muchacha había rechazado con palabras tranquilas y amables tales intempestivas declaraciones de amor, cuidando de poner gran delicadeza en sus negativas. Sólo Ive´s Bonnot, un joven médico militar francés había reaccionado airadamente ante su rechazo durante un incidente poco aclarado que tuvo lugar en el transcurso de una fiesta ofrecida por un alto mando francés, con ocasión de su ascenso. Pero en mi caso no sería tan sencillo. Candy intuía que sucedería algo, que la obligaría a tener que hacer algo más que declinar amablemente mis tentativas amorosas hacia ella.
Si después de aquella tumultuosa y agitada velada los principales diarios no publicaron nada al respecto, se debió a que poderosos y encumbrados personajes de las finanzas, las altas esferas y otros ámbitos realizaron una serie de llamadas a sus directores para que no saliera a relucir nada de lo acaecido en el vestíbulo del teatro. No lo hacían por deferencia hacia Candy o altruismo, si no para proteger sus reputaciones, aunque no hubieran tenido nada que ver con el hecho y porque Candy, como esposa del administrador de la fortuna de la familia Andrew podía sentirse mortificada por el nulo apoyo de esos caballeros durante los momentos previos a la obra, y dado que la bella joven podía influir negativamente en el ánimo de su esposo, quizás este rescindiera algunos jugosos e importantes contratos que tenía ya suscritos con muchos de aquellos que no habían movido un dedo para salir en su defensa y en la mía. Por lo demás, los dos jóvenes permanecieron arrestados en dependencias policiales, hasta que sus familias pagaron una cuantiosa fianza por su libertad, siendo amonestados duramente por el comisario y luego tuvieron que enfrentarse a las reprimendas familiares en sus respectivos hogares, las cuales les quitaron las ganas de volver a provocar nuevos altercados durante mucho tiempo. Y salieron relativamente bien librados de todo aquel feo asunto. Si Candy o yo, les hubieramos denunciado, debido a la acusada influencia de los Andrew, habrían tenido que ir a juicio y sentarse en banquillo, pasando por una serie de apuros a cual peor y más vergonzante. Desde el oprobio de verse sometidos al repudio y rechazo general, a la vista de todos, al rechazo de los de su clase, casi peor que el desprecio del pueblo llano. Todo ello sin contar, que los periódicos sensacionalistas se cebarían sobre ellos y su familia convirtiendo sus vidas en poco más que una experiencia traumática, y el tener que cumplir la sentencia que se les impusiera, que por más liviana que fuera siempre sería una rémora para ambos en sus vidas. Que un aristócrat o alguien perteneciente a la alta sociedad se viera delante de la justicia, aunque solo fuera para testificar se consideraba como algo deshonesto y deshonroso, porque se suponía que el protagonista de dichas situaciones era alguien abyecto y despreciable por manchar su honor o el de su familia con un acto delictivo, además de hipotecar definitivamente su futuro al caer en desgracia. Solo los pobres y el común de los mortales, que seguían considerados como plebeyos por la nobleza, pese a ser ciudadanos con los mismos deberes y obligaciones ante la ley, al menos sobre el papel, se veían involucrados en pendencia con la Justicia. No entraba en sus cálculos que un noble o algún miembro de alguna poderosa saga familiar fueran seres humanos que cometían los mismos errores que los demás, y que algunas veces terminaban ante un juez y cumpliendo sentencia, pero no formaba partes de sus planes. Sinceramente, ni se lo planteaban hasta que caían en desgracia por una razón u otra.
. Si Candy hubiese querido podría haberlos abocado a una suerte para nada deseable, pero se abstuvo de denunciarlos. Sólo deseaba que el hecho quedara definitivamente en el olvido.
En cuanto a mí, logré contenerme pero aquella noche soñé que la tenía entre mis brazos y al amanecer de un nuevo día, mis lágrimas ardientes, habían empapado la almohada por completo. Cada vez me era más difícil y harto complicado no verla más que como una amiga, aun dándose la circunstancia de que Candy estaba al corriente de mis verdaderos sentimientos hacia ella.
Por otra parte, aunque jamás busqué algo así deliberadamente, mi mente recreó además esa misma noche, una vivida y hermosa ensoñación erótica con ella, pero inconfesable y abominable a todas luces, bajo mi retorcida opinión basada en el bajo concepto que tenía de mí mismo, algo verdaderamente inconcebible, pero muy humano a fin de cuentas.
Un violento y clamoroso orgasmo me sacudió de pies a cabeza llevándome a la cúspide del placer, sin que pudiera evitarlo, mientras la imaginaba abrazada a mí, amándonos lentamente, e hizo que terminara llamándola débilmente en sueños, estremecido de placer y de miedo, poco antes de abrir súbita y bruscamente los ojos, ansiándola para mí, envidiando inmensamente a Mark y maldiciendo mi adversa suerte y mi acerva soledad, por lo que desperté envuelto en lágrimas en mitad de la noche, bañado en sudor y muy avergonzado de lo que me había sucedido, por lo que inmediatamente hice desaparecer cualquier indicio de todo aquello. Me consideraba rastrero y vil por dar rienda suelta a mis más primarios instintos, pese a haber sido un acto totalmente involuntario e imprevisto. Me veía a mi mismo, como alguien sucio y rastrero, un sujeto de una bajeza moral, y de una vileza repugnante, un ser amoral e indigno de la peor especie. Me senté junto a la cabecera de la cama, diciéndome que estaba yendo demasiado lejos mientras escondía mi cara entre las manos, y me reprochaba mi conducta, cuando no era más que un hombre profundamente enamorado de una criatura angelical, que a su vez, tampoco dejaba de ser otro ser humano. Sus luminosos ojos verdes bajo los cabellos dorados se clavaron en los míos, mirándome desde un retrato suyo enmarcado, con el Hogar de Pony, como telón de fondo, que me había regalado con una dedicatoria para mí, escrita de su puño y letra en su elegante e impecable caligrafía de trazos rectos y finos. Tumbé el retrato procurando ocultar su turbadora imagen. Ese era mi gran error, aparte de haberme prendado sin esperanzas de ella. Considerarla como un ser etéreo y luminoso en vez de cómo a una bella y atrayente mujer. Pero aun así, aun tratándose de personas, las criaturas hermosas no se fijaban en los feos. Las princesas de los cuentos de hadas, besaban a las ranas con la secreta esperanza de que se convirtieran en príncipes con los que desposarse al final del cuento, lo cual como era de suponer no sucedía en la cruda e insoslayable realidad, por lo que la rana seguiría igual de solitaria y afectada por su fealdad. Reflexiones de alguien a los que los viajes por el tiempo y verse abocado a una existencia que no era la suya, tal vez le hubieran trastornado irremediablemente. Miré la hora en el reloj de pared y considerando que permanecer despierto no me ayudaría en mis tribulaciones, me tendí en el lecho de costado procurando coger postura nuevamente, intentando no plantearme por enésima vez, si había perdido la razón, y aunque me costó dormirme, volví a sumirme en un sueño muy ligero e inquieto, pero sueño a fin de cuentas. Al día siguiente actué como si nada, pero durante unos cuantos días no me acerqué a ella. Ni tan siquiera me atrevía a mirarla y procuraba evitar tener que encontrarme con Candy, suscitando su lógica preocupación y angustia. La oí llorar amargamente, desde la intimidad de su habitación cuando pensaba que ni sus hijos o Mark, ni nadie más la veía o escucharía, creyendo que me había ofendido en algo, aunque no sabía en qué, hasta que conmovido, hablé nuevamente con ella y logré que dejara de sentirse culpable. Aunque en ese momento no habría sabido dilucidar quien de los dos experimentaba más remordimientos.
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Candy estaba leyendo un libro en el jardín, sentada un balancín de jardín que la mecía dulcemente, induciéndola a un suave y plácido sopor. A pesar de estar tremendamente preocupada por mí, necesitaba distraer su mente de alguna manera en los escasos momentos de ocio, que el cuidado de su familia al que había tenido que añadir el mío, le permitían. Con los cabellos rubios sueltos sobre los hombros y envuelta en un sencillo vestido de popelina verde seguía luciendo aun así espléndida, pese a que en esos momentos llevase ropa supuestamente informal. Unas pisadas amortiguadas y suaves, seguidas de unos zumbidos eléctricos procedentes de giróscopos estabilizadores, atrajeron su atención. El silencioso y fiel Mermadon, que también estaba preocupado por mí, traía el te como cada día de forma eficiente. Pese a que aquella tarea correspondía habitualmente a Carlos, Mermadon se había convertido en una especie de auxiliar para él y aquel día ocupado como estaba en cuidar de una de sus hijas que tenía un poco de fiebre asistiendo a Dorothy, el robot había tenido que sustituirle. Depositó con sumo cuidado la bandeja de plata con tazas elaboradas en cristal de Bohemia y cogiendo la tetera dorada vertió el humeante líquido con tal delicadeza, que Candy no pudo por menos de admirarse de la destreza del hombre artificial y felicitarlo cálidamente.
-Celebro que aprecie mis servicios señorita Candy –dijo el robot con su engolada y almibarada voz- y debo puntualizarle que yo también agradezco sus gratos elogios.
-El sentimiento es mutuo –observó Candy riendo y notando un estremecimiento al reparar en que el hombre que había hecho posible, que un robot procedente del futuro le estuviera sirviéndo el té hablando con ella con total naturalidad aparte de otras muchas cosas, estuviera descansando en una habitación de la segunda planta sobre su cabeza.
La muchacha cogió el te entre sus manos cuidadosamente acicaladas y tratadas por la manicura y sopló sobre el oscuro y dulce líquido antes de llevárselo a los labios y tomar un buen sorbo. Lo encontró un poco soso para su gusto y le añadió unas gotitas de limón exprimiendo la rodaja que tan cuidadosamente había dispuesto el robot junto a la taza y las pastas. Candy sonrió evocando la prueba que la imaginativa mente de su hermana adoptiva ingenió para desacreditar al robot ante los ojos de su nueva familia. Para su alborozo y disgusto de la muchacha de cabellos cobrizos que había sido su mayor rival, y que solo el amor de Haltoran había conseguido reconducir su carácter, descubriendo a una buena persona que había dado la espalda a los buenos sentimientos durante demasiado tiempo, el robot salió airoso de la difícil prueba de habilidad. Eliza no sabía que una servomano robótica, capaz de ejercer presiones de varios cientos de julios por centímetro cúbico, podía llegar a ser tan delicada como la de una bailarina, fiada solo del tosco aspecto de la mano del robot.
Candy lanzó un breve suspiro y continuó leyendo el libro. Contrariamente a su costumbre, no estaba deleitándose con un libro de poesía, si no con uno de mis tebeos que describían historias inverosímiles tratando de entender mejor, pese a haber estado ya en él, en mi mundo de procedencia. Una involuntaria carcajada escapó de su garganta cuando el hombre de los dos pelos, escondido entre la hojarasca que cubría un hoyo practicado en el pavimento de una carretera, era pisoteado en tropel por varios soldados que marchaban en fila india, creyendo que solo tendría que vérselas con uno de ellos, el que abría la marcha y ocultaba al resto de sus compañeros con su orondo cuerpo. A continuación perseguía a su ayudante calvo que huía de él disfrazado de urraca por no haberle avisado a tiempo de ello, para acto seguido, cuando finalizó la lectura, visionar en mi ordenador una película de viajeros del tiempo, con robots asesinos y que mostraba un futuro apocalíptico donde aun había sitio para la esperanza porque un hombre intentaba salvar desesperadamente a una mujer, cuyo futuro hijo sería clave en el oscuro porvenir que se avecinaba, de la mano de días duros e inclementes.
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La idea de montar a caballo, no había sido precisamente mía, si no de Candy. Entre las múltiples estrategias, que la inquieta y predispuesta joven había ideado para sacarme del abismo de tristeza, a cuyo interior había caído y del que no tenía la menor intención de salir, ni aunque una mano amiga asiera la mía para ayudarme a escalar por sus verticales y resbaladizas paredes, se encontraba la de invitarme a un paseo a lomos de un caballo. No era ducho en las artes ecuestres y siempre había considerado a tales nobles animales, como parte indisoluble de las películas del oeste o cualquier otra cinta de aventuras, pero lo que nunca habría supuesto es que yo llegase a montar uno. Resistirme al entusiasmo de Candy solo podía significar dos cosas:
O bien me negaba suscitando el consiguiente disgusto y tristeza de la muchacha, ya que pensaría que su plan para mejorar mi estado de ánimo no estaba dando el menor resultado, o por el contrario aceptaba mal que me pesara, evitando que mi amiga entrara igualmente en un estado de aflicción.
Cuando Candy llegó de repente, como una imparable ráfaga de viento, haciendo gala de su jovialidad y contagiosa alegría, estaba leyendo un libro de aventuras, reclinado sobre un banco de mármol blanco situado bajo un gran sauce, cuyas ramas colgantes me cosquilleaban de vez en cuando en la nariz y en las mejillas. El dulce tedio que me invadía, rodeado de aquella exuberante a la vez que plácida naturaleza, entre árboles frutales y con una suave y fresca brisa soplando en torno mío, hizo que me quedase dormido de manera que la novela terminó por posarse sobre mi rostro, cubriendo mis facciones. Casi al unísono, mi barriga empezó a subir y a bajar rítmicamente, a medida que me abandonaba en los brazos de la improvisada siesta. No era la primera vez que me ocurría y aunque no me quedaba dormido durante el día en cualquier sitio, aquel lugar tan hermoso y tranquilo invitaba de cualquier forma a sumirse en un dulce y reparador sueño. No me lo pensé dos veces y al rato, me tumbé sobre el banco cuan largo era mientras algunos ronquidos esporádicos espantaban a un grupo de gorriones que había intentado posarse sobre el respaldo del banco, siendo disuadidos de ellos por mi presencia allí, ocupando cual espantapájaros la superficie pétrea y rugosa del asiento.
Candy me estaba buscando con especial dedicación, mirando hacia todos los lados y oteando entre las veredas del parque que se extendía en derredor de mi provisional aunque duro lecho, por si me encontraba. Llevaba un traje especialmente diseñado para montar, confeccionado en una tela áspera pero a la vez cómoda y resistente. Pese a que el acabado de su indumentaria pudiera parecer un tanto basto, Candy se veía muy elegante enfundada entre las prendas que no carecían de una especial y singular elegancia, aunque puede que todo se debiera realmente al natural atractivo que Candy irradiaba a cada paso que daba, y que me había hechizado al igual que al resto de mis amigos. Llevaba una pamela de tul con varias plumas de faisán prendidas a modo de adorno en uno de sus laterales y la sujetaba con una banda de tela traslúcida que filtraba la luz de aquel atardecer primaveral, formando una miríada de claroscuros sobre su cuello albo y esbelto. Parecía cansada, porque se había recorrido a pie buena parte de Lakewood, para encontrarme y también se estaba empezando a irritar, porque la suerte no colaboraba en nada con ella, ya que no conseguía localizarme por ningún lado.
Tenía la intención de invitarme a cabalgar y que pasara una tarde distendida y relajada en su compañía, al objeto de que me distrajera de cualquiera que fuese la pena que me aquejaba. Candy no encontraba ninguna explicación a mi desánimo y la muchacha lo atribuía quizás a mi ruptura con Clara, la doncella a la que había salvado de ser asesinada por aquellos dos maleantes al servicio del ganster que se había encaprichado de Candy. La joven detuvo sus pasos en lo alto de una suave colina que le recordó casi de inmediato a la que se alzaba frente al Hogar de Pony. Se recostó en el tronco de un árbol que casualmente coronaba su cima y retiró el aparatoso sombrero de su cabeza descubriendo sus rizos rubios. Lanzó un largo suspiro y dijo para sí, escrutando los alrededores alfombrados de verde con sus maravillosos ojos verdes:
-Este Maikel…no hay forma de encontrarle –exclamó refunfuñando mientras el sol relumbraba sobre la bruñida superficie metálica de Mermadon, que pasó por allí, empujando un curioso artilugio mecánico provisto de ruedas, que devoraba el césped a su paso. Haltoran lo había "inventado" recientemente, comentándole que se trataba de un aparato para segar el césped, del que tomaba su nombre. El robot avanzaba con paso mesurado y poco a poco, empujando el aparato con aspecto de carrito y nivelando la hierba que era seccionada por las afiladas cuchillas situadas en la parte inferior de la segadora dispuestas en una especie de hélice que giraba rápidamente, mientras era expelida por la parte posterior, proyectando un reguero vegetal que se estrellaba contra el robot, pero este continuaba caminando, impertérrito como si nada, sin que le importase en lo más mínimo, mancharse con la hierba que era expelida a presión por detrás de la segadora.
El motor de la segadora producía un ruido que aunque no era demasiado fuerte, si que era lo suficientemente molesto como para dificultar una conversación sostenida en torno normal. Candy bajó rápidamente por la loma de la colina recogiéndose la falda, mientras llamaba a gritos a Mermadon. El robot detuvo la máquina y se giró hacia donde procedía la voz femenina que le había interpelado.
-Mermadon, Mermadon –le llamó Candy haciendo que el robot girase la cabeza con un zumbido eléctrico- ¿ has visto a Maikel por aquí ?
-No señorita Candy –dijo la mole metálica con suavidad e inclinándose para que la joven no tuviera que alzar demasiado la cabeza, a fin de mirarle- pero en cuanto le vea, le diré que le está buscando, no se preocupe, aunque si lo desea, puedo interrumpir mi tarea e ir en su busca. Espero que los decibelios de la segadora no hayan resultado excesivos.
Candy sonrió levemente. La curiosa y afectada forma de hablar del robot, a veces la cogía un poco a contrapunto. Sentía un especial cariño por el robot desde el día en que adivinara el sexo de su primer hijo en gestación. Agitó las manos levemente y dijo:
-No, no es necesario, ya le encontraré Mermadon. Sigue con tu trabajo.
El robot asintió y accionando los mandos de la segadora, la puso en marcha y siguió nivelando el césped de Lakewood. Tal cual era la extensión de la finca, le llevaría todo el día y puede que el siguiente culminar el trabajo que Wittman le había confiado.
Candy empezaba a enfadarse. Aprovechaba los días que Mark tenía que ocuparse de la gestión de los múltiples negocios de los Andrew y que los niños estaban en el selecto colegio en el que cursaban sus estudios para poner en práctica su plan, consistente en intentar remover la tristeza que me aquejaba mediante paseos, picnics y cuantas actividades su creativa mente era capaz de concebir. Pero de un momento a otro, Mark retornaría de sus obligaciones como nuevo patriarca al frente del clan familiar, lo mismo que Marianne y Maikel y lógicamente no quería desatender a los suyos. No obstante decidió prolongar su búsqueda un poco más. Pasó junto al templete de mármol donde habían ocurrido algunos de los acontecimientos más importantes que marcarían su vida y cuando estaba a punto de tirar la toalla, escuchó unos esporádicos ronquidos que surgían detrás de unos arbustos, junto a una estatua de mármol que representaba a un antiguo atleta griego. Se abrió paso entre la espesura y cuando me vio recostado en el banco de mármol, sonrió y justo en ese momento me desperté. Dí un respingo aunque aun estaba medio adormilado y en pleno bostezo, mientras me desperezaba aparatosamente y parpadeando exclamé:
-Candy, que sorpresa –dije gratamente sorprendido por su compañía y sonriendo abiertamente.
Maikel –me dijo cruzando los brazos sobre el pecho y meneando la cabeza desaprobadoramente ante mi aspecto desgreñado y desastrado pero esforzándose por sonreír y contagiándome de su desbordante alegría- he venido para mostrarte una sorpresa. Vamos, vamos, levántate –dijo batiendo palmas y animándome a ponerme en pie- lo cual hice lo más rápidamente que pude aunque con cierta dificultad.
-Está bien, está bien Candy –exclamé divertido y rogándola paciencia mientras la seguía. Ella iba delante animándome con alegres gritos y agitando los brazos a que me apresurase. Apreté el paso y traté de mantener su ritmo. Finalmente se llegó a mi altura y me tomó de la mano izquierda tirando de mí para hacerme caminar más deprisa.
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Tras una corta caminata, que a mí se me hizo infinitamente larga Candy y yo, llegamos a la vista de sendas construcciones de madera semejantes a barracones, cubiertas por una techumbre de pizarra, ante las cuales se destacaba un abrevadero situado al pie de unos postes que servían para amarrar caballos. Candy me guió hasta el barracón de la derecha, que realmente era un establo y nos detuvimos ante la gran puerta de doble batiente sobre la que destacaba un ventanuco practicado con evidentes funciones como tragaluz. Me fijé en el establo de la izquierda. Era prácticamente idéntico. Por los relatos que me había referido, sabía que aquel lugar había servido como vivienda de la muchacha, como castigo a la preponderancia que adquirió durante el baile, al que tanto Anthony como sus dos primos la habían invitado. No era posible saber si la imprevista irrupción de Mark agravó la delicada y tirante relación que mantenía con los Legan, y me pregunté que si Mark no hubiera sido tan impulsivo quizás la situación de Candy en aquel entonces no hubiera empeorado más de lo que ya de por si lo había hecho. Algo me decía que no, que hubiera hecho lo que hubiera hecho la muchacha rubia, los Legan estarían empeñados en recluírla en el establo como castigo a su osadía por asistir a una fiesta en la que no tenía cabida por su humilde origen no solo social, si no de nacimiento.
"Como si ella tuviera la culpa de haber nacido huérfana, o al menos, crecer en esa creencia" –me dije mientras Candy me hablaba animadamente y me invitaba a penetrar en el penumbroso interior del establo una vez que la joven empujó la puerta, que se abrió con un chirrido al girar sobre sus oxidadazos goznes. Tras una valla de protección había dos caballos que relincharon alegremente al reconocer a Candy. Caminé lentamente hasta uno de los póstigos de madera que se abrían hacia arriba y que se mantenía abierto gracias a una estaca clavada en la fachada exterior y que podía retirarse para cerrarlo si era necesario. Me quedé mirando fijamente el lugar, lo cual suscitó el interés de Candy:
-¿ Qué ocurre Maikel ? –preguntó perpleja ante mi mutismo.
-Nada Candy, solo que…-miré en derredor mío y arqueé las cejas preguntándome que gente tan cruel podía relegar a una criatura como Candy a un lugar tan mohoso y cruel
-Sólo que me preguntaba, como pudiste resistir vivir aquí, en semejante lugar y soportar el desprecio de los Legan.
Candy sonrió y asintió avanzando hacia los caballos a los que acarició en los belfos y en la zona comprendida entre sus largas e enhiestas orejas. Por un momento temí haber metido la pata yendo demasiado lejos y que la joven comenzase a llorar, pero ella tras exhalar un corto suspiro me dijo sin dejar de hacerles carantoñas a los caballos.
-Si resistí fue por Mark, -me dijo observando la luz que se filtraba a través del ventanuco abierto- temía que si me marchaba de aquí, no pudiera encontrarme y tal vez no le viese más. Y la verdad, este sitio –declaró hablando con verdadero afecto del espartano establo, tan poco propicio para que viviese en él una persona- despierta a pesar de todo, bellos recuerdos en mí, Maikel. César y Cleopatra fueron una grata compañía, mucho mejor que la de los Legan, antes de que descubrieran que en sus corazones había algo más que tinieblas y rencor –refirió poéticamente.
Noté un estremecimiento. Si Mark no hubiera turbado la vida de Candy y de todas aquellas personas, aunque habría que preguntarse si no habría sido yo realmente el merecedor de esa responsabilidad, con mis tejemanejes sobre fuerzas que escapaban a mi control y con las que no hubiera debido jugar nunca, probablemente Candy habría amado a Anthony hasta el fatal desenlace que mi amigo evitó in extremis. Detenido en la misma ubicación donde había reposado la cama de Candy, la joven depositó sus manos sobre mis hombros. Yo estaba de espaldas a ella y me giré de soslayo para mirarla.
-Y conocí a unas maravillosas personas, entre las que aunque esté mal que haga distinciones, tú destacas con especial intensidad, querido Maikel. Eres mi hermano, mi querido hermano, pero ya basta de hablar de cosas tristes. Mira, ahí está la sorpresa de que te hablé.
Me señaló a los dos caballos de pelaje oscuro y con una mancha blanca entre ambos ojos que descendía a lo largo de sus cabezas triangulares. Los dos animales pifiaban inquietos por mi presencia, ya que les resultaba ajeno a su entorno pero Candy los tranquilizó palmeando el cuello de los corceles sobre el que caía displicentemente las hebras de las sedosas crines.
-Estrella, Nenfis, no os asustéis, Maikel es un buen amigo y os caerá bien enseguida.
Me aproximé a la yegua por indicación de Candy. Temía que Estrella fuera a cocearme o propinarme un buen mordisco con esas dentaduras tan fuertes y prominentes que suelen tener los caballos, pero afortunadamente no sucedió nada negativo. Ofrecí un dulce que Candy me tendió al animal, y la yegua se puso a relinchar alegremente frotando su cabeza contra mi mano.
-Le caes bien Maikel. Y además hace un hermoso día para dar un plácido paseo a caballo.
Me quedé parado. El solo hecho de imaginar que estaría sobre un animal que se movía como un barco en una tormenta y a una considerable altura del suelo, me echaba para atrás. A diferencia de otros hombres acaudalados, cuando aun no había perdido mi fortuna, -y ahora que lo seguía siendo, aunque menos que durante el siglo XXI- no tenía una selecta y exclusiva selección de purasangres. No es que no me gustaran los animales, pero los caballos no entraban dentro de mis previsiones, aparte de que ni sabía montar ni me había planteado hacerlo. Sacudí la cabeza nervioso y dije a Candy, mientras mis pies hollaban el suelo alfombrado de heno levantando algunas briznas con mis zapatos:
-Verás Candy…no se montar a caballo. Nunca lo he hecho.
La joven rió alegremente como si esa noticia representara un contratiempo fácilmente salvable.
-No tienes nada que temer. Estrella es muy mansa. Además yo te iré guiando todo el rato y estaré muy pendiente de que no te pase nada.
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Candy no tuvo el menor inconveniente en ensillar y preparar todos los arreos necesarios para que los dos caballos estuvieran listos lo antes posible, para nuestro paseo. No obstante, la ayudé a ensillar a la yegua siguiendo sus instrucciones y disponiendo los estribos tal y como me explicó. Pese a haberse transformado en una gran dama y en una mujer de extraordinaria belleza, la muchacha no se avergonzaba de sus humildes orígenes y no sintió reparo alguno en hacer algo que para otras personas de elevada cuna era como si tuviesen que cortarse un dedo. Normalmente, la gente de dinero quitando algunas notables excepciones no eran muy dadas al trabajo manual, el cual consideraban deshonroso y humillante en grado superlativo. Afortunadamente, Candy no estaba afectada por la ridícula afectación de tales lugares comunes. Sacamos a los caballos del establo tirando suavemente de las riendas. Para mi grata sorpresa, Estrella me siguió dócilmente no intentando romper las riendas o encabritarse para escapar de mí. La pega era conseguir encararme a lomos de la yegua. Mientras Candy la tranquilizaba y yo trataba de hacer fuerza sobre el estribo para alcanzar el escurridizo lomo de mi presunta montura, noté que no conseguía encararme hasta arriba. Resollé como un condenado y puse todo mi empeño, pero no conseguía alzarme lo suficiente como para ubicarme en la silla. Mis esfuerzos fallidos empezaban a molestar a Estrella, que daba signos de ponerse nerviosa, haciendo que a Candy le resultase cada vez más difícil y arriesgado sostenerla por las riendas y tratar de calmarla.
-No te agites tanto Maikel –me suplicó con voz deformada por el esfuerzo de mantener calmado al animal- vas a asustarla.
-Que más quisiera yo que…-fruncí el ceño porque resbalé sobre el estribo y me fui para atrás, aunque pude sujetarme en el último instante a las crines de la yegua que relinchó dolorida al sentir el imprevisto tirón que había propiciado a sus crines al intentar asirme a algo para no desmorrarme- pero…no sé si será por mi peso…pero…no puedo subirme…mierda –dije desalentado y casi sin aliento debido a mis ímprobos intentos por ocupar la escurridiza sillar de montar. Finalmente Candy coincidió conmigo hasta que se le ocurrió una idea que tal vez funcionase. Cambiando de táctica, obligó a Estrella a arrodillarse sobre sus cuartos traseros consiguiendo que finalmente me ubicara en la tan disputada silla.
-Ahora sí Maikel. Aferra las riendas mientras hago que Estrella se levante.
Una de dos. O Candy tenía un don especial para con los animales o es que la yegua estaba tan bien entrenada, que no tardó en alzarse a una señal suya, sobre sus cuatro patas haciendo que de estar a ras del suelo me encontrara algo más de un metro y pico por encima del mismo.
Sonreí con satisfacción y comenzó nuestro paseo. Me fijé que Candy había atado un extremo de una cuerda a la silla de Estrella y el otro a la de Nenfis. De esa manera, se aseguraría de tener bajo control en todo momento, a ambos animales. Según Candy, César y Cleopatra eran algo más indómitos hasta que su provecta edad hizo que se fueran tranquilizando gradualmente. Ambos llegaron a ancianos y cuando fallecieron, su pérdida constituyó un motivo de duelo tal en la familia Legan, que hizo que Ernest adquiriese casi sin demora otro par de ejemplares que les ayudasen a sobrellevar mejor la pérdida de los tan queridos y apreciados corceles. No pudo haber hecho una compra mejor. Ambos caballos eran de temperamento dulce y sosegado. Nuestro paseo fue bien y nos recorrimos buena parte de Lakewood en poco tiempo. Cuando llegamos a la altura del templete donde además de la adopción de Candy, se fraguó una insólita alianza que cambiaría el destino del mundo y se celebrase la fastuosa boda entre Haltoran y Annie, Candy detuvo la progresión de Nenfis y dijo mirando evocadoramente la bella y airosa construcción que tantos recuerdos le traía. No muy lejos de allí se encontraba el portal de las rosas y pese a su importancia, reparé que no había ocupado un lugar tan determinante en la vida de Candy, como aquel humilde y solitario templete situado en mitad de unos maravillosos y tranquilos parajes.
-Este lugar fue determinante en mi vida –evocó soñadoramente Candy- aquí fui presentada formalmente a los Andrew y adoptada por ellos –evitó tener que pronunciar el nombre de Albert que por aquel entonces aun purgaba sus delitos en prisión- y poco después, poco después...-iba a decir que su amor por Mark se consolidó definitivamente pero yo terminé la frase por ella.
-Encontraste a Mark y ambos sellastéis vuestro amor –dije intentando que mis emociones no me delataran, pero no era bueno fingiendo ni ocultando mis sentimientos. El temblor que impregnaba mi voz, terminó por delatarme.
Tuve la tentación de espolear el caballo y salir huyendo de allí. Bajo la luz primaveral Candy se veía más hermosa y radiante que nunca y si allí se había afianzado el lazo que la ataba a Mark de por vida, tornándose irrompible, el mío estaba creciendo por momentos. Sentía que no era capaz de dominarlo. Bajé la cabeza y me calé el sombrero sobre los ojos para ocultar las lágrimas furtivas que resbalaban desde sus comisuras.
-Maikel, yo…no pretendía hacerte daño, ni herirte –declaró Candy pesarosa llevándose las manos a los labios, mientras el pesar aumentaba por momentos, desdibujando su semblante risueño, para bosquejar otro de expresión triste y contrariada. Intentaba remediar su involuntario error, pero ya era tarde. De todos modos, yo era el intruso, el hombre que hacía que Candy sintiera remordimientos por un amor del que no tenía que custodiar nada, y menos su plena y rotunda legitimidad.
Pero el corazón no entiende de tales consideraciones y el mío anhelaba a Candy aunque ella ya estuviese comprometida. Sin embargo me mantuve sereno y conservé la calma, recurriendo a una sangre fría que ni yo mismo sospeché que pudiera llegar a tener:
-No se de que me estás hablando Candy –mentí, esbozando una sonrisa vacía y hueca, desprovista de toda alegría, pero que cumplió a la perfección su papel de fingir una despreocupación y alegría que no eran más que una carcasa hueca y vacía. Y Candy lo sabía, pero no dijo nada al respecto.
-Será mejor que regresemos, -comentó ella- es ya muy tarde y mis hijos estarán al llegar del colegio aunque Mark vendrá cuando el sol se ponga totalmente.
Asentí aliviado. Era la mejor decisión que podía tomar –convine, aunque por otro lado, la sola idea de regresar a nuestras vidas habituales me producía un cierto resquemor de nostálgica tristeza. Finalmente emprendimos el retorno a las caballerizas, y durante el camino de vuelta, nos cruzamos con Mermadon que continuaba afanado en su titánica labor de recortar toda la hierba de Lakewood, sirviéndose únicamente de la ayuda de la segadora construida por Haltoran, que le asistía en la difícil tarea de recortar la verdeante y rebelde hierba que había crecido por encima de lo tolerable, hasta convertirse en una maraña espesa y difícil de arrancar con los medios tradicionales, debido a la poca disposición de la tía abuela Elroy que continuaba viviendo en las plantas superiores de la casona solariega de Lakewood a destinar ni un céntimo más al cuidado de los grandes jardines, que en tiempos habían sido una de las principales aficiones y cuidados de su sobrino Albert. Quizás la verdadera razón se hallaba en que tales extensiones verdes le recordaban al magnate caído en desgracia y por eso no quisiera ni oír hablar del tema. El robot nos saludó con una mano interrumpiendo su trabajo, y fue entonces cuando noté como Estrella se estaba poniendo muy nerviosa. Comprendí inmediatamente de que se trataba:
-No, Mermadon, no te acerques más a nosotros –dije extendiendo el brazo izquierdo a modo de aviso- el iridium de tu planta de potencia puede…
Mi aviso llegó tarde. Tal y como me temía, las emanaciones de iridium hicieron que la dócil yegua, se volviera como loca, presa de un furioso frenesí nervioso que la agitaba, por lo que se encabritó tanto que llegó al extremo de terminar por derribarme de la silla. Candy lanzó un estremecedor grito temiendo que se repitiera la trágica escena de Anthony, pero rehaciéndose avanzó hacia mí intentando alcanzarme, mientras surcaba el aire, aterrado. Candy no llegaría a tiempo y aun en el caso de lo consiguiera, no podría soportar mi peso con la sola ayuda de sus manos desnudas. Finalmente fue Mermadon, y no ella o Mark los que me salvaran, aunque en última instancia y sin saber como, fui capaz de asirme a una de las ramas más bajas de una gran encina, ante la que fui a parar, pero la rama se partió con un crujido seco y nuevamente bajé a tierra con la velocidad y la contundencia de una pesada piedra hasta que los brazos metálicos de Mermadon, detuvieron mi alocada carrera, frenándome en seco.
El robot me depositó con extrema suavidad sobre la hierba y tras recomponer mi maltrecha apariencia, me dispuse a tranquilizar a Candy. Antes de intentar siquiera articular palabra, se abalanzó sobre mí, abrazándome con tanta fuerza que noté como pese a ser más baja que yo y por ende tener al menos en teoría, unos brazos menos fornidos que los míos, llegó a cortarme la respiración momentáneamente. Candy acarició mis cabellos mientras musitaba en mis oídos:
-Tonto, creí que te perdía –susurró con voz entrecortada- eres tan importante para mí, que me volvería loca si llegase a pasarte algo.
Noté el roce húmedo y delicioso de sus labios en el lado derecho de mi cuello. Me había besado entreabriendo levemente sus sonrosados y carnosos labios en un gesto totalmente inocente.
-No es nada Candy, no es nada, ya pasó –dije mirando admonitoriamente a Mermadon, aunque caí en la cuenta de que no tenía sentido regañarle por algo que en el fondo solo podía atribuirse a la mala suerte- ahora, si que creo que es momento de regresar.
Candy realizó un movimiento afirmativo de cabeza sacudiendo sus esplendidos rizos dorados en torno a su rostro. Era como si el sol hubiera descendido hasta el nivel del suelo para alumbrarnos. Me quedé tan maravillado y boquiabierto ante la hermosa visión que no se me ocurrió otra forma de describirlo. Retornamos hasta la mansión de los Legan, aunque por el camino Candy mudó de parecer y decidió ir a saludar a su verdadera madre y a su suegro, aunque primero me acompañó hasta la señorial entrada de la casa Legan. Luego, tras devolver al caballo macho al establo, montó en Estrella para encaminarse hacia el palacete de Eleonor y Brian, mientras se despedía de mí, agitando la mano sobre su cabeza.
-Luego te veré Maikel. Mientras no hagas tonterías –bromeó guiñándome un ojo.
Pero yo solo podía pensar en aquellas palabras:
"Si supieras lo importante que eres para mí, Maikel" –me dijo mientras me preguntaba en que sentido lo habría dicho.
-¿Cómo amigo o como algo más ? –me pregunté en voz alta. Planteé el interrogante que quedó flotando en el aire como forma de mortificarme. De sobra sabía yo cual era la respuesta a esa penosa y lastimosa pregunta.
Mermadon creyó que me refería a él y se dispuso a entablar un largo monólogo acerca de las probabilidades de que Candy y yo fuéramos algo más que amigos, hasta que le hice callar con una seca instrucción:
-Cállate Mermadon. No me importunes ahora –dije sin girarme y lanzando un corto gruñido.
Estuve bastante duro con el apacible y cándido robot, el cual se limitó a dar media vuelta mientras decía:
-Si no me requiere para nada más, preferiría continuar con mi trabajo, señor Parents.
Hice un displicente gesto con el brazo dándole a entender que podia irse cuando quisiera, y el robot se movió lentamente, en busca de la segadora que había dejado aparcada al pie de un árbol para continuar con sus labores de jardinería. Observé como su mole se perdía de vista mientras entraba en la mansión dispuesto a recluirme en mi alcoba. Al poco escuché el potente rugido del cortacésped proveniente desde algo más allá del Portal de las Rosas, en el que estaba trabajando Anthony, ayudado por Wittman. El joven de cabellos rubios y ojos azules temía que cualquier día, el petardeante artilugio devorador de hierba pudiera ensañarse con sus rosas. No era la primera vez que Mermadon, se aproximaba al portal de las rosas con la segadora en ristre, para ver si el joven aristócrata precisaba de sus servicios, y las cuchillas de la misma, peligrosamente dirigidas hacia los tallos tachonados de espinas, de las rosas que trepaban por el artístico enrejado, formando una densa y tupida maraña sobre la que se alzaba el airoso arco vegetal franqueado por las dos grandes y características ánforas de las que emergían más flores. Tenía la costumbre de cargar con la segadora al hombro como había visto a hacer al anciano Wittman cuando portaba alguna azada o herramienta de jardinería, por lo que Anthony tenía que disuadirle de que no se aproximara tanto a las rosas con la segadora aun en marcha y cargada sobre su hombro y que la apagara o que por lo menos, lo hiciera con cuidado. Además el amable anciano le había enseñado a silbar y lo hacía tan bien que no tardó en superarle confundiendo a veces a Anthony que creía estar dirigiéndose al servicial y anciano jardinero cuando era el robot imitándole.
Atravesé la impresionante portalada de la casa y salió Carlos a recibirme. Llevaba unas aparatosas gafas de sol, que no sabía de donde las había podido sacar, aunque había escuchado alguna amarga queja de Helen al respecto, acerca de las mismas, que odiaba que su mayordomo se paseara por la mansión con aquellas estrambóticas lentes que no permitían entrever sus ojos verdes, confiriéndole un aspecto cuanto menos peculiar que hacía reír a Dorothy, por lo que Carlos las utilizaba a escondidas, retirándolas de su rostro, tan pronto como su señora podía llegar a sorprenderle in franganti con ellas puestas. Carlos me saludó amablemente y me franqueó la entrada. Me sorprendió no verle rodeado por el tropel de chiquillos que le seguía a todas partes, y no hallar a Dorothy cerca de él abrazándole constantemente, se me hizo también extraño. Entré en el imponente y regio salón dominado por el color azul, lo cual se notaba sobre todo en las brillantes baldosas de mármol de esa tonalidad que contrastaban armoniosamente con el tono pastel de las paredes adornadas con elaboradas filigranas. Las baldosas eran tan pulimentadas y habían sido limpiadas con tanto esmero por parte del servicio, que la luz del atardecer que entraba a través de los grandes ventanales divididos en secciones rectangulares, se reflejaba en las mismas de forma casi cegadora, produciendo unos curiosos y vistosos efectos de claroscuros sobre las paredes del salón, confiriendo a la estancia un aspecto particular y acogedor.
Helen que estaba bordando, reclinada decorosamente en un canapé de tapicería bostoniana, me saludó con una encantadora sonrisa, y tras intercambiar algunas palabras de cortesía con ella, me dirigí a mi habitación para sumergirme en alguna absorvente lectura o enfrascarme en mis maquetas.
58
La nueva pista de hielo artificial, recientemente inaugurada era la sensación del momento. Que a las puertas del verano, se pudiera patinar era una irresistible novedad a la que Candy no podía permanecer ajena y a la que, como con su idea de que diese un paseo a caballo terminó por arrastrarme, obligándome a secundarla, creyendo que me estaba sacando del forzado aislamiento en el que, cual anacoreta, me había recluido. Cuando me propuso el que la acompañase, di un involuntario respingo que hizo que los papeles que estaba analizando minuciosamente se desparramaran por la habitación. Pero no fui capaz de sustraerme al poderoso influjo de sus arrebatadores ojos verdes y su sincera y pícara sonrisa. Cuando iba a proponerle que fuera con Mark, o con alguno de sus hijos, Candy, que parecía leerme el pensamiento con una increíble precisión se me adelantó y dijo situándose muy cerca de mí:
-Mark ya me acompañó la semana pasada y Marianne y Maikel no les atrae demasiado la idea –dijo Candy desviando la mirada.
Me quedé atónito. Unos niños a los que les disgustaba o no llamaba demasiado quizás, la idea de deslizarse sobre el hielo. Marianne, según su madre, argumentaba que tenía un pánico cerval a caerse, pese a que trepaba a los árboles con un desparpajo y habilidad propias de un mano y Maikel ponía como excusa que el patinaje le parecía "cosa de críos", no encontrando ningún aliciente a moverse sinuosamente sobre una resbaladiza superficie atestada de gente. Y como ambos estaban en la escuela y Candy aprovechaba cualquier momento que Mark no estaba en casa o tenía que atender a los negocios familiares, deduje que mi amiga continuaba firmemente decidida a sacar adelante su plan de sacudir el tedio y la apatía que me invadían. Lo hacía con la mejor de las intenciones pero de esa manera, lo único que conseguía era acrecentar el amor que sentía por ella. En cada una de aquellas salidas lúdicas mi corazón protestaba enojado y se lastimaba contra las espinas que involuntariamente Candy situaba muy cerca del mismo, de forma totalmente involuntaria. Pero como no conseguí zafarme del encanto de la joven rubia, suspiré resignado y media hora después, estaba embutido en un incómodo y ridículo abrigo con el consiguiente gorro de borla y una larga bufanda que envolvía mi cuello y cuyos extremos pendían fláccidos, bajando a ambos lados de mis hombros. Candy me había prometido y asegurado que patinar era relativamente fácil y que la fina cuchilla de los patines no solo soportaría mi peso, si no que haría mi desplazamiento más fácil. Negué con la cabeza, imbuido de un permanente pesimismo que nunca me había abandonado del todo, desde que tuve uso de razón. Tras pagar la entrada en la taquilla donde nos atendió una señora mayor de cabellos caños recogidos en un moño, que me recordó vagamente a la señora Pony entré mientras Candy tironeaba alegremente de mi brazo mientras escuchaba a la señora de la taquilla reír quedamente y comentar para sí:
-Ah, estos enamorados…
Sentí que mis mejillas se enrojecían, pero como Candy no había alcanzado a escuchar el inocente comentario de la anciana, lo atribuyó al frío reinante dentro de las instalaciones. Aquel tinglado consistía en una enorme carpa de lona blanca, sostenida por un armazón metálico bajo la cual, se había habilitado la pista colocando grandes bloques de hielo que encajaban milimétricamente en su sitio. El gélido y para nada acogedor ambiente helado, era mantenido dentro de la carpa, gracias a unos enormes refrigeradores alimentados por generadores de generoso tamaño. No supe porqué pero achaqué aquellos avances más propios de mi época, que del año 1925, al enorme salto dado por la tecnología y la ciencia influenciado por la carrera armamentística emprendida debido a la recién terminada guerra. Ví tras aquellos aparatosos y costosos aparatos la larga sombra de Haltoran, aunque fuera de manera indirecta. De lo que no cabía duda desgraciadamente, es que el progreso avanzaba enormemente con las guerras, aunque fuera para peor. La única nota positiva, es que luego, tales adelantos, normalmente encontraban múltiples aplicaciones en la vida civil cuando los largos conflictos que los habían propiciado, terminaban.
-Vamos, vamos Maikel, salgamos a la pista, no te hagas el remolón –me animó Candy con sus alegres gritos y moviendo las manos de atrás hacia adelante. Obviamente, no podía negarme. Se veía encantadora con aquel vestido de tela oscura, rematado por esponjosos y suaves bordes de algodón tanto en la falda como en el corpiño del mismo, así como en las bocamangas. Se había puesto una boina oscura a juego con la tonalidad del vestido, rematada por un enorme pompón blanco. Sus cabellos rubios sobresalían bajo el borde de la boina saltando tan alborozados e inquietos como su dueña. Nadie diría que aquella vital y eufórica joven era madre de dos encantadores niños y una de las damas más distinguidas y elegantes de Chicago, y probablemente de todo el país. Candy se movía con una agilidad y destrezas inusitadas mientras sostenía mis gruesas manos con las suyas, tan finas y delicadas. Entonces, entre risas, le pregunté donde había aprendido a manejarse con tanta soltura sobre el hielo, a lo que me respondió guiñándome un ojo:
-Practicaba todos los inviernos en lago situado junto al Hogar de Pony. La hermana María y la señora Pony tenían que vigilarme muy estrechamente, poniendo especial cuidado, para que no me escapase e hiciera de las mías, porque a la menor ocasión que tenía, me escabullía para patinar –concluyó Candy con una sonrisa.
A nuestro alrededor las parejas así como las diversas personas que disfrutaban de aquella tranquila a la vez que frenética actividad del patinaje, se esforzaban por esquivarnos, sobre todo por mí, ya que aunque iba cobrando cada vez más confianza y en buena parte ello se debía a que Candy iba muy pendiente de mí, guiándome en todo momento e ilustrándome como debía moverme, la visión de alguien tan inestable y voluminoso como yo, pugnando por sostenerse sobre el resbaladizo hielo, debió de suponer para muchos, una molestia y un peligro a evitar en lo posible. La gente se portó razonablemente bien y aunque nadie emitió comentarios jocosos o hirientes, se apartaban tan pronto como me divisaban, cual mole imparable desplazarme sobre el hielo con ademanes torpes y patosos. En esos momentos decidí intentarlo por mi cuenta y le rogué a Candy que me soltara las manos. La muchacha se mostró dubitativa e intentó que mudara de parecer, pero ante mi creciente entusiasmo y renovada confianza, fue ella esta vez la que se quedó sin argumentos y completamente desarmada por mi recién adquirida confianza en mí mismo. Candy asintió y permitió que le demostrara, sonriendo y abriendo los brazos, de lo que era capaz.. Intenté realizar un cerrado girado y aunque en un primer momento salió bien, las cosas fueron torciéndose gradualmente. Resbalé y perdiendo pie, los patines se convirtieron en mis enemigos jugándome una mala pasada tras otras, extraviando el control de mis acciones. Como en los tebeos que solía leer, me encontré deslizándome erráticamente y rogando a los patinadores que despejaran el camino a mi paso.
-Socorro, socorro –voceé cada vez más asustado y temeroso de que aquello terminara mal, braceando ostensiblemente- que alguien me pare, que no se como hacerlo.
Candy, acudió rápidamente en mi auxilio, mientras algunos jóvenes haciéndose eco de mis desesperadas peticiones de auxilio se prestaron a ayudarme gustosamente. Estaba a punto de colisionar contra una señora entrada en carnes, pero que a diferencia de mí se sostenía mucho más ágilmente sobre el precario punto de apoyo que ofrecían los patines de delgadas y afiladas cuchillas sobre el hielo, cuando unas manos firmes y nervudas detuvieron mi precipitada carrera sobre el hielo. Observé a mi salvador y el rostro sonriente de un hombre corpulento y barbudo vestido enteramente de oscuro, con una gran calva, al que seguía un tropel de chiquillos de diferentes edades, evitó por poco que la atemorizada señora se convirtiera en una improvisada barrera de contención.
-Tiene que tener más cuidado señor –me dijo el hombre con un fuerte acento extranjero- pero no se preocupe, a todos nos ha pasado alguna vez –me dijo envolviéndose en el gabán oscuro que le mantenía abrigado. Entonces llegó Candy que se hizo cargo nuevamente de mí. Nos saludó a ambos con una sonrisa y procedió a agrupar a su numerosa prole:
-Grigori, Irina, Ivan, Katia, Mihail –no os despistéis y procurad no separaros. Mamá llegará enseguida con los bocadillos.
-Sí, padre –respondieron varias voces infantiles a coro.
El hombre, que rondaría en torno a los cincuenta años, se incorporó nuevamente a la pista y reemprendió su patinaje con una envidiable destreza y agilidad para su edad, mientras una mujer joven que llevaba un vestido de tweed, con la cabeza envuelta en una caperuza se aproximó presurosa y jadeante a los niños y a su marido con varios bocadillos que portaba en una canastilla de mimbre sujeta a su antebrazo derecho por las asas.
-Vamos Elena, nuestros niños terminarán comiéndose los unos a los otros si tardas un poco más en llegar –bromeó esbozando una gran sonrisa, mientras su esposa celebraba la ocurrencia de su marido con algunas quedas y encantadoras carcajadas y sorteando algunas personas que se agolpaban en los márgenes de la pista.
El afable hombre, saliendo nuevamente de la pista para ir al encuentro de su mujer, giró la cabeza por un instante hacia nosotros, y le comentó a Candy en tono confidencial:
-Su marido no lo hace del todo mal señorita, pero tiene que insistir con el asunto del equilibrio. Persevere señor –comentó dirigiéndose esta vez a mí- No se desanime y verá como lo consigue. No es tan difícil como parece.
Entonces como si fuera un general que impartiera órdenes a sus tropas, alzó el mentón, y exclamó solemnemente mientras batía palmas, refiriéndose a sus hijos:
-Vamos, vamos, vamos niños, mamá ya está aquí con la merienda.
Los niños se agolparon felices en torno a sus padres mientras estos iban distribuyendo los bocadillos entre sus vivaces e inquietos retoños que pugnaban por centrar la atención de sus progenitores. El cabeza de familia besó a su esposa en la mejilla, la cual se sonrojó ante el inocente gesto de su marido, aunque a ella se le antojara demasiado atrevido, que la besase delante de todo el mundo. Poco después, la numerosa y bien avenida familia, se dirigió hacia el exterior de la carpa, para disfrutar de su refrigerio, sentados en uno de los bancos que jalonaban la explanada del parque, donde había sido instalada la carpa que albergaba la pista de hielo.
Candy y yo nos miramos perplejos por un momento mientras el arrebol más intenso teñía nuestras mejillas. Permanecimos silenciosos por un rato y finalmente terminamos estallando en alegres y estruendosas carcajadas, aunque mi corazón no cesaba de sangrar por dentro. Muy pronto aquellos inocentes actos, traerían importantes consecuencias, no solo para mí. Nos dirigimos hacia el automóvil de Candy que permanecía estacionado a poca distancia de allí, sin que me percatara de que un hilillo de sangre corría a lo largo de mi brazo. Cuando lo descubrí no le concedí la menor importancia, atribuyéndolo a algún rasguño o rasponazo producido en un momento que no conseguía recordar. Dada la banalidad del hecho, lo olvidé enseguida. Mi despreocupación pronto me pasaría factura.
59
A veces los recuerdos son tan poderosos y recurrentes que encuentran un resquicio en nuestra aparentemente ordenada existencia como para atormentarnos, regresando una y otra vez sin concedernos la menor tregua. Desde el día que había destrozado la maqueta del Mauritania que su padre atesoraba con tanto mimo y veneración, y que desató una violenta discusión con el duque de Grandschester que a punto estuvo de desheredarlo por su terca determinación a no olvidar a una mujer que se encontraba más allá de su alcance y que no le amaba no había vuelto a protagonizar ningún incidente relacionado con la bella muchacha. Desde que la viera a bordo del Mauritania, en aquella noche cuajada de estrellas y evocadores aromas, pese a la densa bruma que les envolvía a ambos supo que la amaría para siempre, pero el joven inglés no había contado con un imponderable tan insuperable como imposible de soslayar o apartar del camino. Lo que vio le dejó sin habla e hizo que permaneciera confuso por espacio de varios días, sin atreverse a compartir la tremenda experiencia con nadie. Aquellas llamaradas que surgían de la carne del hombre que había accedido a su corazón, sin dañarla, esa fortaleza, esos reflejos que tendría ocasión de probar en Escocia, cuando en lo que parecía una nueva broma del destino, su camino volviera a cruzarse nuevamente con el de Candy. Y esos sueños, esas ensoñaciones de mundos y realidades que nunca se producirían, le impulsarían a alistarse para olvidar, poniendo un mundo de distancia, allende del océano, en el fragor de una guerra bárbara y cruel que devoraba las vidas de los seres humanos como una cruel deidad, siempre sedienta de sangre, siempre insatisfecha porque las ofrendas no eran lo suficientemente abundantes como para saciar su voraz apetito o quizás no fueran de su gusto. Y como una inevitable pesadilla que le perseguía sin tregua, nuevamente se encontró con ella, y allí trataría de hacer realidad sus anhelados y lejanos sueños. Pero el amor que Mark y Candy sentían el uno por el otro era demasiado poderoso, demasiado vinculante como para romperlo así como así.
Retornó de la guerra sano y salvo, condecorado y ascendido a sargento, convertido en un héroe, pero con la amargura más absoluta, remansada en el interior de su corazón. Además había tenido que soportar mortificado, como el hombre que más odiaba sobre la faz de la Tierra le salvaba la vida en un par de ocasiones de las balas enemigas, teniendo que admitir, a la luz de la natural bondad desplegada por Mark, que Candy le amara como lo hacía.
No había ningún envanecimiento ni soberbia en aquel joven moreno que se le parecía ligeramente, si acaso una profunda tristeza, que le asaltaba cuando no era capaz de culminar sus propósitos. Así mismo, Terry fue testigo involuntario de cómo Mark se reprochaba, invadido por los remordimientos, aunque no tuviera porqué sentirlos en absoluto, en medio de la espectral calma del amanecer en la tierra de nadie, el no haber conseguido salvar la vida del buen doctor Duvall. Y allí, presenció como Mark renegaba de sus poderes aunque jamás pudiera librarse de ellos. Lo que habría dado Terry por disponer de sus facultades, volver atrás en el tiempo y suplantarle sobre el árbol de la Colina de Pony. Había pensado en sobornarle, tentarle con la mitad de su fortuna si fuera preciso, cuando la heredase para que se alejara de Candy, pero observar sus ojos negros, cargados de una determinación rayana en lo imbatible, junto al relato de Albert de cómo quemó ante sus propios ojos un billete de cien dólares, con unas imposibles pero toalmente reales, llamaradas que emergían de sus muñecas y el dorso de sus manos rechazando el millón de dólares que le ofrecía para que se alejara con carácter definitivo de Candy, le disuadieron de intentarlo por su cuenta, siquiera.
Pese al tremendo dolor que le aquejaba el alma haciendo que el corazón le doliese de pena, Terry había quedado marcado por los horrores vividos en las trincheras del frente francés, sobre todo en las batallas de Argona y Passendale que por su crudeza y horror estuvieron a punto de conseguir que el joven actor perdiera definitivamente la razón, pero por algún motivo que tal vez nunca llegase a dilucidar, quizás la esperanza de que Candy reconsiderase su parecer y terminara por corresponderle, le dio fuerzas para sobrevivir y alcanzar a ver el final de la guerra en Septiembre de 1917.
Cuando regresó del frente, tras pasar una corta estancia en la mansión de su padre, con el que se había reconciliado, aunque el elegante y distinguido duque de Grandschester, si bien estaba orgulloso de que su hijo se hubiera cubierto de gloria y honor durante la guerra, no le perdonaría fácilmente que se alistara sin avisarle de ello o consultárselo primero, Terry buscó sosiego y tranquilidad para su temperamento nervioso e inquieto en las suaves y verdes lomas de Escocia, tras un frustrado intento de culminar sus estudios en el Real Colegio San Pablo de Londres, donde pese a su edad, fue admitido de forma excepcional.
Y como no podía ser de otra manera, Candy entró abruptamente en su vida por tercera vez. Y en aquella ocasión no pudo dominarse y atacó a Mark cuando el joven interrumpió sus desesperados intentos por hacer a Candy suya por la fuerza, en el sentido platónico más que carnal de la palabra. Aun evocaba incrédulo la suma facilidad con la que Mark evitó sus demoledores golpes, haciéndose a un lado y sin devolvérselos siquiera. Al tercer intento se dio por vencido y sostuvo una extraña y reveladora conversación con el joven al que le debía la vida, hasta que conoció a Louise.
Desde aquel día, se separó en contadas ocasiones de la joven que se había convertido en su esposa y en la madre de sus hijos. Terry amaba a la joven de cabellos castaños, pero algo en su seno se removía inquieto negándose a olvidar a Candy.
"Ella me ponía todas las noches una flor en agua, cuando fui herido y en pago a sus atenciones estrellé aquel florero contra la pared" –dijo con una media sonrisa mientras embutía sus manos en el fondo de su elegante gabán de tweed a cuadros, semejantes a los de un tartán escocés. Sin embargo, en el fondo del bolsillo reposaba un objeto de aspecto amenazador, frío al tacto y tan pesado que tenía que ser empuñado por una mano de pulso firme, como la suya.
Pese a haber bebido, Terry se encontraba lo suficientemente sereno como para llevar a cabo sus descabellados planes. El joven permanecía en las fronteras de un estado en el que no era plenamente dueño de sus actos, pero si lo suficientemente consciente como para llevar a cabo un acto que no podía por menos que ser definido como una ejecución, bajo su retorcida lógica, pero que para la justicia y la ley no dejaría de constituir un execrable asesinato condenado con la pena capital si le cogían y no desistía a tiempo de sus descabellados planes.
En París, en los jardines de Luxemburgo había estado a punto igualmente de perder los estribos durante una gira. Por un momento se le había ocurrido abandonarlo todo y correr al encuentro de Candy, aunque supiera de antemano que era una causa perdida, porque la muchacha nunca le amaría como le dejó muy claro en Escocia, asegurándole que no iba a corresponderle.
Terry pasó las yemas de los dedos sobre el tambor y el gatillo del revólver que abultaba en las profundidades de su bolsillo. El arma estaba cargada, aunque desconocía si seis balas serían más que suficientes para abatir a alguien tan especial como Mark. Tendría que pillarle desprevenido y apuntar a la cabeza. No sabía porqué, pero tenía la certeza, que pese a sus facultades excepcionales, Mark no era inmortal. Si conseguía llevar a cabo sus terribles propósitos, Candy aun estaría mucho más lejos de él de lo que se hallaba ahora, pero por lo menos, su enemigo dejaría de constituir una insoportable obsesión en el fondo de su mente.
Iría a la cárcel, puede que le ejecutasen en la horca. Ni tan siquiera su ilustre e influyente apellido podría librarle de las garras de la pena capital y los embates de la deshonra que sacudiría a su familia, socavando el prestigio de los Grandschester. El duque nunca le perdonaría tamaña afrenta ni ignominia. Le daba lo mismo, por lo que tambaleándose, pero manteniendo el suficiente dominio de si mismo, consiguió llegar hasta las proximidades de Lakewood, respirando pesadamente cuando sus manos acariciaron casi con veneración, el frío metal de la cancela oscura que rodeaba la inmensa propiedad.
De paso, vengaría a su amigo Albert, caído en desgracia y encarcelado por culpa de ese Mark, que además se había apropiado indebidamente de su fortuna pese a que no había ninguna prueba al respecto de tal cuestión que seguramente serían infundios, pero a Terry lo que realmente le importaba era tomar revancha por si mismo.
60
El esbelto y musculoso cuerpo de Terry Grandschester consiguió pasar airosamente por encima de la cancela. Pese a estar bajo la nefasta influencia de los vapores etílicos, consiguió burlar la vigilancia de las patrullas de guardias que recorrían el recinto, en especial la de uno especialmente gigantesco y que se tambaleaba tanto que parecía que fuera a caerse desplomado cuan largo era, de un momento a otro. Pese a la luz de la luna, Terry confundió a Mermadon con un hombre bastante robusto y muy torpe, que portaba un enorme fanal, escondiéndose a tiempo. Sonrió burlonamente y dijo haciendo gala de un negro sentido del humor teñido de un mordaz y acusado sarcasmo:
-Ese aun está más borracho que yo. Normal que no me descubriera.
Finalmente se movió rápida y sigilosamente. Apretaba contra su costado la pesada pistola con la que esperaba disparar a Mark, vaciando todo el cargador si fuera preciso. Conocía Lakewood gracias a un somero y pormenorizado estudio que había llevado a cabo con vistas al diseño de unos decorados para una nueva obra que estaba perfilando, y que tendría lugar en una supuesta mansión cuyos interiores estarían claramente inspirados en los de la casona de Lakewood, lo cual unido, a las visitas que había realizado en compañía de su amigo Albert que le sirvió de Cicerone, para explicarle hasta el último detalle de los secretos de la que tal vez, fuese la más preciada de sus propiedades y la joya de la corona de su imperio, permitió que conociera exhaustivamente la finca además de la casa señorial. Se preparaba para encaminarse hacia los aposentos de Mark y de Candy, cuando se topó conmigo, aunque yo esta vez, no fui consciente de su presencia. Nuevamente se repetía, en cierto modo, la tensa y dramática de los jardines de Luxemburgo pero con los papeles intercambiados. Esta vez, era Terry quien me espiaba en vez de yo a él.
Se ocultó tras unos espesos arbustos y asomó su rostro cuidadosamente entre la verdeante vegetación. Sus intensos ojos azules se endurecieron al reconocerme. Ante él se encontraba el hombre que más que Mark, había contribuido a socavar los cimientos de la verdadera felicidad que debería haberle correspondido a él por derecho propio, en vez de a un aventurero sin escrúpulos, y sin oficio ni beneficio llegado de un lugar inconmensurable, o por lo menos difícil de imaginar. No cabía la menor duda, de que yo había sido el responsable indirecto, pero responsable a fin de cuentas, de que la historia de su vida se hubiera torcido tan dramática como drásticamente. Terry alzó el revólver y me apuntó silenciosamente intentando que su pulso fuera firme y calmado, aunque no estaba seguro de conseguir mantenerse sereno. Nunca había matado a nadie, y por ello no podía permitirse el lujo de fallar, no solo por el hecho de que fuera descubierto por mí, y buena parte de los habitantes de la mansión Legan y las patrullas que vigilaban incesantemente el recinto, en cuanto sonara el primer disparo, rasgando el silencio de la plácida y tranquila noche, si no porque tal vez no encontrase los arrestos necesarios para hacerlo de nuevo. Sus escrúpulos y cargos de conciencia no se lo hubiesen permitido. Tenía que ser algo rápido y limpio, qurúrgico, visto y no visto para no darle tiempo a la cordura y a la razón imponerse sobre la locura y la irracionalidad de un hecho semejante. No debía haber otro intento, no podía ni planteárselo por asomo, tan siquiera. Aun en medio de la oscuridad reinante, la penumbrosa claridad de la luna le permitiría hacer blanco. El joven actor, había sido aristócrata antes que dramaturgo, por lo que recibió la esmerada educación propia de su encumbrado rango, y en otras disciplinas y materias, le fue inculcado el manejo de las armas, tanto de fuego como blancas. Era un consumado espadachín y un más que correcto tirador, aparte de que se hallaba a no menos de treinta metros de distancia de mí, por lo que no tendría problema alguno en alcanzarme, siempre y cuando el abrumado joven no delatara su presencia involuntariamente, poniéndome en alerta. Constituía un blanco perfecto, sobre todo a tan corta distancia. Incapaz de continuar en mi habitación, no porque no acudiera el sueño a mis párpados, si no porque el estar entre cuatro paredes pensando en Candy, me agobiaba, decidí salir al exterior para intentar aliviar un poco mi melancolía. No era una noche demasiado fría y la luz de la luna, resultaba incluso acogedora. Me senté en un banco de piedra bajo la custodia de una estatua que representaba a un arquero y dejé que los sonidos de la noche me envolvieran. Justo cuando Terry amartilló el arma, un espasmo nervioso me sacudió y me doblé hacia delante estando a punto de caerme al suelo desde el banco. Un chorro de sangre brotó de mi hombro derecho formando un pequeño charco a mis pies. Solté un corto gruñido y entonces mis lágrimas y mis sollozos hicieron que se iluminara una de las ventanas de la segunda planta. Tuve un violento acceso de tos que pasó pronto, pero que fue lo suficientemente ruidoso como para despertar a las personas que dormían en una de las habitaciones de la segunda planta. Mascullé un reniego en español, por lo bajo que llegó hasta oídos de Terry, mientras me doblaba sobre mi mismo tratando de recobrar el aliento. Respiraba tan agitadamente que Terry estuvo tentado de ayudarme y empezó a avanzar hacia mí. Nuestros ojos se encontraron un instante, quedándome boquiabierto. Ninguno de los dos nos decidíamos a hablar y permanecimos así en silencio unos largos y tensos instantes, hasta que, se escucharon algunos sonidos y una conversación sostenida entre dos personas que hablaban en voz baja y con nerviosismo. Terry que aun no había extraído el arma, pero que continuaba aferrándola con su mano derecha sudorosa, detuvo la progresión de su dedo índice sobre el gatillo al reconocer a Mark que en compañía de Candy, corrían en mi auxilio. Finalmente, Mark accedió a seguir las recomendaciones de su esposa y permaneció en un segundo plano, mientras Candy enfundada en una bata de seda que llevaba puesta sobre su camisón de encaje se llegó hasta mí. Acarició mis cabellos y retiró las lágrimas de mis ojos marrones hablándome cariñosamente. Con los cabellos rubios sueltos y totalmente desplegados sobre los hombros y la espalda constituía una deslumbrante visión de una belleza inigualada. Por un momento Terry se quedó perplejo no sabiendo que hacer. Si disparaba probablemente mataría a Candy, lo cual, bajo una más que tortuosa óptica no dejaba de tener sentido, para llevar a cabo su revancha. Pero Terry no deseaba matar a Candy, ni a nadie cuando contempló la dedicación y afecto con que cuidaba de mí, ayudándome a incorporarme y volver a mi cuarto. Soltó un corto suspiro y girando sobre sus talones dio media vuelta para retirarse, tan subrepticiamente como había llegado. Supo que no tendría la menor posibilidad, porque hasta el cariño que desplegaba por mí, superaba con creces todo lo que él habría aspirado a obtener de ella. Embozado en la oscura capa española que ceñía su cuello, saltó nuevamente la cancela de Lakewood sin que nadie, por lo menos aparentemente reparara en algo extraño o fuera de lo común. De camino a su casa donde Louise y sus hijos le aguardarían sin sospechar nada, tiró el revólver en una vereda del camino tras descargarlo, no fuese que alguien perdiera la vida debido a su imprudencia de dejar tirada un arma, y encima cargada en mitad de la calle. Lanzó las balas a un pequeño estanque junto al que caminó presuroso como si temiera que alguien le hubiera visto y conociera sus intenciones y se dirigió sin más preámbulos a su hogar. Por el camino de vuelta, su organismo se fue sobreponiendo a la influencia del alcohol hasta eliminar por completo cualquier rastro del mismo. Terry disimuló su aliento degustando frenéticamente, algunos caramelos de menta que guardaba en uno de los bolsillos de su abrigo para quitarse de encima el sabor acre y el regusto metálico del licor que aun se enseñoreaba de su paladar, y notó como sus sentimientos por Louise se reforzaban haciendo que apretase el paso, para llegar a su casa cuanto antes. En cuanto a mí, fue acostado rápidamente en la cama, sin que opusiera resistencia, con la ayuda de Candy y de Mark. Candy no abandonó mi alcoba hasta no estar completamente segura de que dormía nuevamente de forma plácida en mi cama. Por fortuna no vieron el charco de sangre que había brotado en uno de mis hombros, manando y goteando hasta el suelo. La extraña hemorragia, aunque aparatosa no parecía revestir mayor gravedad, y se había detenido por completo tan pronto como Candy me abrazó lamentándose por mi estado, pero yo seguía experimentando una fuerte atracción por ella difícil de explicar o de asimilar, a no ser que se atribuyera a hondos sentimientos similares a los que habían asaltado a Terry, habiendo estado a punto de cometer una locura incitado por los mismos, o más bien los celos que sus encontradas emociones inducían en él. Naturalmente no revelé a nadie mi fugaz encuentro con Terry Grandschester porque a fin de cuentas comprendía mejor que nadie, las razones que le habían impulsado a ir hasta allí. El también amaba a Candy pero lograría sobreponerse al dolor con la ayuda de su familia, lo cual tal vez no fuera mi caso. Mis pupilas marrones estaban perdidas en el inmenso mar que eran las de Candy y anhelaba el contacto de sus manos sobre las mías. Mientras Mark me llevaba de regreso a mi habitación, rogaba para mis adentros que Marianne y Maikel no se hubieran despertado y me hallaran en tan lastimoso estado.
61
Los días fueron transcurriendo apacibles y veloces, pero el dolor que laceraba mi alma y no terminaba de abandonarme porque había regresado para quedarse aposentando sus afiladas garras sobre mi torturado corazón, iba en gradual aumento. Creí que aquella conversación con Candy, en la galería del parque habría puesto las cosas en claro, pero no. Desde el anochecer al amanecer no hacía más que soñar con ella, imaginar como sería su amor, y su incondicional entrega a mí. Lo que en un primer momento, Mark más había temido, la pesadilla que se enseñoreaba de sus más recónditos y arraigados temores, se había alejado definitivamente de él, para hacer blanco en mí. El desamor, tan temido como amado, cantado por los poetas y repudiado por los que sufren por la persona amada hacía sus delicias a costa de mi tristeza y pesar. Cada día que pasaba se transformaba en una atroz tortura, porque el mero hecho de tener tan cerca de mí a Candy, de que estuviera a mi lado sin poder hacer realidad mis sueños de amor, me volvía loco, y hacía que mis lágrimas fueran cada vez más pesadas e insostenibles, tanto que el mero hecho de contenerlas no era comparable a haber alzado en vilo una voluminosa y abultada carga que hubiera amenazado con aplastarme de no continuar ejerciendo la fuerza necesaria para levantarla.
Candy, Candy, su nombre despertaba en mí una poderosa evocación, un estímulo tan grande que me costaba mantener el control de mí mismo. Y aunque exteriormente, ocultaba lo mejor que podía mis emociones, por dentro se libraba una batalla tan ardua y salvaje que muchas veces tenía que retirarme a mis habitaciones alegando cansancio. Sólo el empapar la almohada de encaje y suave plumón con mis lágrimas me proporcionaba un leve y pasajero consuelo. Y además Candy no era tonta. Tenía un raro e innato don para captar las fluctuaciones en el ánimo de una persona, por leves y tenues que estas fueran. No podría esconderme eternamente de la intuición de Candy y eso era algo, que me aterraba. El día que ya no pudiera más, el día que la necesitara para continuar viviendo como el aire que respiraba o el agua que bebia, ese día ella tendría que elegir entre Mark y yo, o yo…marcharme definitivamente para no romper la felicidad de la adorable muchacha.
No había podido soportar estar tan cerca y a la vez tan lejos de ella. Viéndola en compañía de Mark, tan alegre y alborozada, caminando lentamente entrelazados de la mano, susurrándose palabras cariñosas a cada momento e intercalándolas con breves abrazos fue demasiado para mí. Candy no podía dedicarme todo su tiempo, porque entre otras razones, estaba casada con Mark y tenía una familia de la que ocuparse. Aquellos paseos a solas con ella, me hacían mucho bien pero en esa ocasión no fue posible. Lógicamente no dije nada, no hice nada, más que marcharme de Lakewood para caminar sin rumbo fijo. Entonces reparé que hasta para alguien sumido en profundos pensamientos, al que le daba lo mismo una cosa u otra, la ciudad estaba lo bastante lejos como para cubrir el trayecto entre la misma y la gran propiedad de los Andrew a pie. Aventurarse por esos caminos sin rumbo fijo tampoco era plan, por lo que de mala gana, recurrí a los servicios de Stuart, porque hacía tiempo que había despedido a mi chofer. No había necesitado de un coche hasta ese momento, ya que durante los últimos meses, con la aquiescencia de Ernest había traslado mi oficina a la mansión Legan y desde allí realizaba mi trabajo, pero últimamente mi labor dejaba bastante que desear. Entregaba mis balances tarde y apenas tenía ingeniosas indeas como antaño para presentar ante el afable y paciente señor Legan, que toleraba mis excentricidades y que incluso me había permitido tomarme unas largas vacaciones para tratar de recobrarme de la apatía que me asaltaba. Apatía creían todos que era. Pero sólo yo, Candy y con toda probabilidad Mark, sabían lo que me cruzaban por la mente y atenazaba mi corazón. Desde que conociera a Candy, aquel sentimiento había ido creciendo y haciéndose más poderoso, afianzando sus raíces en mi alma, hundiéndolas en mi carne y destrozándome con las puntas de sus afilados y nudosos esquejes. La última vez que Candy y yo hablamos tan claramente de mis sentimientos fue poco después de la batalla contra las tropas de Norden, donde este encontrara un trágico final a manos de Carlos, que ahora era feliz casado con la antigua doncella de Candy, cuidando de su numerosa prole y no teniendo nada más que ocuparse de desempeñar lo mejor posible su trabajo como mayordomo de los Legan. Desde entonces no había experimentado ninguna otra emoción diferente o contradictoria que hiciera sospechar, siquiera a mi mismo, que mis locos propósitos de procurar que Candy se fijara en mí, en algo más que como amigo iban a eclosionar en una vorágine de sentimientos luchando confusamente en mi interior. Nunca sabría si Mark pasó por lo mismo que yo cuando la conoció por vez primera sobre el impresionante árbol que coronaba la colina de Pony, tal vez no llegase ni a aproximarme ni una ínfima parte de lo que ambos, arrebatados por un súbito y encendido amor, se prendaron mutuamente el uno del otro sin poder evitarlo. El propio Mark me contaba confundido que los flechazos y los amores a primera vista son demasiado irreales como para ser considerados precisamente como reales y tangibles. Irónicamente, yo había experimentado lo mismo, pero la flecha que ensartó mi corazón era de actuación retardada, porque cuando conocí a Candy una creciente fascinación por ella se apoderó de mí, pero nada inusual, nada que una persona depositaria de semejante belleza no despertara en otros hombres, pero amor…
Y ahora el veneno lento pero implacable que destilaba la punta del venablo, que el dios del amor había disparado sobre mí estaba haciéndome efecto. Nunca supe en que momento realmente había empezado a actuar tal sustancia, pero yo creo que fue desde el momento en que llegué a 1912, por segunda vez huyendo de un lunático que aparte de mi imperio económico deseaba terminar con mi vida, y vi a Candy en compañía de Mark. Tal vez me había pasado lo mismo que a Albert, que su naturaleza amable y comprensiva mutó a algo más siniestro. Quizás se cansó de hacer de padre adoptivo, bienhechor en la sombra y buen samaritano no correspondido. Tampoco Candy se lo había pedido, pero en el fondo entendía hasta cierto punto su transformación, que de una manera similar me había ocurrido a mí. ¿ No sería que el iridium tenía la propiedad de cambiar, de tergiversar la naturaleza de las personas y las cosas ? o tal vez, se tratara de que realmente había sacado a relucir nuestro verdadero ser. Lo cierto es que habían sucedido algunos hechos realmente sorprendentes: los hermanos Legan, célebres por su maledicencia e intrigas se habían transformado en buenas personas, Albert en exactamente lo contrario de lo que en un principio fue, Archie se había ordenado sacerdote, con el que había mantenido un breve encuentro en Mount Saint Michel.
Decidí no pensar más, justo en el momento en que la voz amable y un tanto metálica de Stuart me anunció que habíamos llegado. Abrí los ojos puesto que estaba dormitando con los brazos cruzados, al mismo tiempo que reflexionaba mientras mi frente entrechocaba de vez en cuando contra el cristal de la ventanilla. Asentí calándome el sombrero y bajando del coche, tan pronto como el amable y servicial Stuart me abría la puerta para que descendiera del vehículo. No le rogué que no lo hiciera o tuve alguna palabra amable para él. Había vivido la misma escena infinidad de veces, mucho antes de que el iridium trastocara mi vida y la de algunas personas más y por lo tanto, la tónica dominante entre alguien como yo y un empleado era simplemente una fría cordialidad, en la que se mantenían las distancias y cada uno conocía perfectamente cual era su ubicación y el papel que le correspondía. Desde la perspectiva que otorga el dinero y el poder que confiere a su afortunado poseedor, según se mire, aquellas personas eran para mi, meros trabajadores, gentes con su dignidad a las que respetaba pero nada más. Tal vez estuviese un peldaño por encima en la consideración que los demás me merecían, que la que los Legan, o mejor dicho los antiguos Legan dispensaban a otras personas, pero en el fondo había sido un orgulloso y opulento magnate, aburrido y anodino. Y no hay nada más contradictorio que poder gastarse una fortuna diariamente si te placía y al mismo tiempo, sentirse vacío y esquilmado por dentro. Mucha gente común no lo entendía y pensaban en lo que harían con tanto dinero, pero yo, no tenía ni que planteármelo. Me despedí de Stuart y le dije que viniera a buscarme en una hora. No consideraba más tiempo necesario para que un higiénico y relajante paseo distrajera un poco mis penas. Me adentré en un parque frecuentado por familias con niños, parejas de enamorados y ancianos que pasaban su tiempo observando el devenir de la gente y arrojando cortezas de pan a las palomas. Sin otra cosa que hacer, que disfrutar a mi libre albedrío del plazo de tiempo que me había auto impuesto me senté en un banco de hierro colado, pintado de un color negro tan brillante que el sol se reflejaba en sus lamas, hiriéndome en los ojos. Aparté la vista y con un suspiro eché el cuerpo hacia delante entrecruzando las manos en el aire, mientras apoyaba mis codos en las rodillas. Permanecí un rato observando el alegre alboroto del concurrido parque, mientras un anciano desastrado, vestido con un gabán descolorido y lleno de remiendos pasaba por delante de mí. Entonces se detuvo y me miró por un momento. Me fijé en la descomunal boina negra que remataba sus cabellos grises y el largo bigote que pendía sobre sus labios gruesos. El hombre sonrió brevemente sin descubrirse al modo de aquella época cuando alguien tocado con un sombrero saludaba, pero me pidió permiso educadamente para sentarse en el banco a mi lado, pese a que había otros libres en los alrededores. Asentí. El banco era lo suficientemente grande como para que ambos cogiéramos en él sin estrecheces. Extrajo una gran barra de pan que llevaba envuelta en unos papeles de periódico de una especie de mochila y empezó a desliar el envoltorio con parsimonia, haciendo tiras delgadas y rectas hasta que la mitad superior de la barra de pan quedó al descubierto. Pensé que iba a desgajar el pan para ofrecérselo en forma de migajas, a las bandadas de palomas que hacían sentir sus reales por todo el gran y cuidado parque cuando empezó a masticar con parsimonia. Era un bocadillo que lentamente fue menguando entre sus manos al pasar directamente a su estómago. Siguiendo una vieja costumbre de mi país, le dije retirando mi sombrero de la cabeza:
-Que aproveche.
Se detuvo un instante y me observó con unos intensos ojos azules en los que chispeaba la más pura esencia de la vida. Antes de que el jovial hombre comenzara a hablar, ya había adivinado que algo me aflijía. No había más que verme. En comparación, yo parecía el anciano pese a ser mucho más joven que aquel hombre, cuya edad frisaría en torno a los setenta años.
El anciano sonrió. Para mi sorpresa no parecía faltarle ni un solo diente y además me atrevería a asegurar que era la dentadura más sólida y perfecta que hubiera visto nunca, aunque tampoco recordaba haber observado otras similares. No es que me fijase demasiado en esos detalles.
-¿ Quiere usted un trozo, joven ? –me preguntó ofreciéndome un buen pedazo. Intenté negarme, pero el hombre ya había dividido su tentempié o aperitivo, en dos mitades de forma salomónica. No es que la comida fuera últimamente mi mayor afán o preocupación pero el aroma que desprendía lo que el bocadillo guardaba en sus entrañas me atrajo ineluctablemente. Acepté complacido la amable invitación del anciano y me puse a comer lentamente mientras él me ganaba sacándome una considerable ventaja y masticando a dos carrillos.
-Estos bocadillos que me pone mi nuera –dijo con la boca llena y riendo- son tan grandes que siempre necesito ayuda para terminarlos.
Afirmé lentamente con la cabeza, mientras mantenía una mano en el bolsillo derecho de mi gabán y la otra sosteniendo el trozo de pan. Aquel bocadillo estaba realmente rico y cuando curioseé en su interior, me encontré que las rebanadas estaban untadas de foagrás, acompañadas por algunas lonchas de jamón serrano y chorizo muy delgadas moteadas de puntos blancos, que en mi país llamaríamos "de Pamplona".
El hombre, ya fuera por encontrar un improvisado y agradecido interlocutor en mí, tal vez porque su optimismo le invitaba a compartir sus ganas de hablar con otras personas, empezó a hablarme de su vida, sus nietos y sus aficiones. Indudablemente, era un hombre feliz que no parecía pedir a la vida más de lo que esta le había dado y eso le bastaba, colmándole según sus propias palabras. Yo le escuchaba con indiferencia, casi con fastidio. Las personas melancólicas, en mi opinión, solemos ser tan egoístas porque nos encerramos tanto en nuestro interior sobre nosotros mismos, que no soportamos que otras más alegres y vivaces nos cuenten sus cosas mientras solo sentimos deseos de que nos dejen a solas, rumiando nuestras heridas en un rincón.
En un momento dado, la mano del viejo rozó ligeramente mi antebrazo izquierdo y me dijo en un tono confidencial que atrajo mi atención:
-Tienes pinta de estar muy triste, amigo –declaró tomándose excesivas confianzas, pero no tuve valor para detener el audaz avance de su curiosidad o tal vez fueran solo ganas de ayudar malinterpretadas por mi parte. No quería hablar con nadie, pero dado mi interés en ver en que podía desembocar todo aquello, le dejé hablar. Quizás a fin de cuentas, no estuviese aun totalmente desconectado del mundo que me rodeaba y necesitase alguna mano amiga, aunque proviniera de un desconocido.
Dejé escapar un corto gruñido y mantuve la vista fija en las miriadas de palomas que a modo de alfombra viviente, cubrían buena parte de los senderos del parque hechos a base de losas de piedra entre cuyas junturas crecía una hierba altiva y desafiante dado que sus tallos pugnaban por elevarse lo más que podían.
-Tomaré eso por un sí –dijo el anciano terminando de engullir los últimos restos de su almuerzo y sacudiéndose las migajas de pan que le habían caído sobre la ropa, mientras el mío aun bailaba indeciso entre mis dedos. Luego se rascó la nariz con dos dedos y dijo mientras mantenía la vista fija en una ardilla que se deslizaba rápidamente entre las ramas de una encina a la búsqueda de unas hermosas bellotas que habían llamado la atención del inteligente y vivaracho animal de hermoso pelaje rojizo:
-Mal de amores –sentenció el viejo mientras se quitaba la boina para rascarse algunos pelos enhiestos que circundaban su calva, a modo de mudo testimonio, de la poblada cabellera que en sus años mozos había cubierto su cabeza.
-¿ Cómo dice ? –pregunté mirándole brevemente, aunque de sobra sabía que el anciano había acertado de pleno. No tuve más que observar su expresión plácida y socarrona, que no obstante encerraba una gran sabiduría vital que atesoraba con cierto orgullo, para intuir que era de esas personas que con solo mirarte, adivinan muchas cosas de ti, y que luego incluso te dan consejos o te proponen soluciones.
-Mal de amores, muchacho –insistió pasando con remarcada rapidez del tratamiento formal y distante del usted, al tuteo más desinhibido - lo veo en tus ojos. Mi nieto Paul que tendrá en torno a veinte años, pone la misma cara y adopta esa mirada de aire enamorado, como tú, pero en su caso, sus ojos son alegres, brillan con la ilusión de la juventud porque ha encontrado a una buena muchacha, sencilla y hacendosa, pero en los tuyos, amigo –me dijo con sentida conmiseración- no detecto esa chispa de vida. Ella no te corresponde, ¿ me equivoco ?
Como tardase en contestar el anciano se encogió de hombros y dijo comedido y respetuoso:
-Si no quieres responderme lo entenderé. Soy un viejo metomentodo y un tanto pelmazo. Lo entiendo hijo, mejor me voy. Y disculpa mi insaciable curiosidad.
Cuando se estaba incorporando para marcharse, aunque tal vez fuera una treta para instarme a que le rogara que se quedase, como así sucedió, le pedi que permaneciera allí un poco más a mi lado, reteniéndole del antebrazo como había hecho él conmigo:
-Espere, necesito hablar con alguien, ¡que narices¡ –exclamé un tanto desabridamente- siéntese y se lo contaré.
No se hizo de rogar y ocupó su sitio en el banco. Asentí, esta vez más predispuesto a colaborar en mantener una conversación con el hombre.
-Sí, así es, y la verdad es que no es para menos.
Exhalé un profundo suspiro, síntoma inequívoco de un incipiente y agudo ataque de autocompasión. Extraje una foto de mi bolsillo y se la tendí al anciano. Cabellos rubios peinados primorosamente y dispuestos en largas coletas con lazos decorativos, deslumbrantes ojos verdes y nariz respingona con pecas fueron estudiados profusamente por los ojos azules y joviales del anciano. Miró detenidamente por largo rato, la foto a color de la joven de la que estaba enamorado perdidamente y sin esperanza, y mi interlocutor asintió, devolviéndomela. El hombre creyó que la razón de que la muchacha me diera calabazas, era no solo la evidente diferencia de edad entre ella y yo, si no mi aspecto físico.
-Es una muchacha preciosa, pero creo que hace mal en rechazarte, aunque en los asuntos del corazón no puede mandar nadie –dijo el hombre sacando una pipa con tapadera de plata y agitándola para vaciar los últimos restos de picadura seca y reemplazándola con tabaco de nuevo cuño que escanció directamente, desde un pequeño bote de hojalata que llevaba en un bolsillo. Saqué un encendedor de plata que me había regalado Candy, pese a que no fumaba y prendí lumbre en el apelmazado montón de tabaco que rebosaba por el borde de la cachimba.
-No es tan sencillo abuelo –le dije temiendo que tal vez se ofendiera por mi familiaridad, aunque él se había tomado algunas conmigo, que no me desagradaron y al parecer la mía hacia él, tampoco.
-Cuéntamelo, siempre que quieras, por supuesto. Tal vez te pueda dar algún consejo útil, aunque me imagino que vas a decirme que es de buena familia, noble cuna y que sus padres se oponen a vuestro romance, tal vez por la acusada diferencia de edad, o quizás la diferencia de clase social entre ella y tú.
Arqueé las cejas. Aquel anciano tenía algo de brujo y adivino, aunque no hubiera acertado de pleno, hasta que le oí carraspear tras una breve pausa y decir con la mirada fija en algunas nubes rojizas que se desplazaban lentamente sobre nuestro vertical.
-O quizás...ella esté casada.
Dí un respingo. A tenor de mi reacción, el anciano movió afirmativamente la cabeza, sintiendo que había dado en el clavo. Procedí a narrarle los hechos a los que se estaban acercando peligrosamente.
Le describí las trágicas e insalvables circunstancias que rodeaban aquel amor tan imposible como irrealizable.
El anciano se mesó los bigotes en un gesto de concentrada reflexión y asentía brevemente con una ampulosa inclinación de cabeza a cada palabra que salía de mis labios, de manera que por un par de veces la boina negra resbaló de sus sienes. Formaba grandes y artísticas volutas de humo a medida que mi relato se prolongaba. Naturalmente omití aquellos detalles que debían quedar ocultos y a salvo de la curiosidad de los demás mortales, ajenos a nuestro gran secreto. Cuando terminé de hablar, aguardé a que él hiciera lo mismo ya que se había quedado en completo silencio, como pensando que contestación darme. Me recordó a esos oráculos de la Antigüedad, o esos grandes y solemnes hombres de ciencia o versados en las artes filosóficas, que recurren a tales ampulosos gestos antes de pronunciar sus grandes y demandadas sentencias que permanecían en la memoria popular y pasaban a la Historia.
-No lo veo fácil amigo –dijo negando con la cabeza- si está casada, malo para ti, pero si además ama a su marido, doblemente malo. No voy a entrar en consideraciones morales de si haces bien o mal interponiéndote entre dos personas que se aman, porque si estás tan enamorado de ella, y no es para menos –dijo asintiendo al recordar la foto que le había entregado- nada de lo que te diga servirá para hacerte cambiar de opinión. El amor es como el hambre, amigo, que no entiende de frenos morales o grandes palabras, y lo mismo sucede con los grandes motivadores, los principales impulsos más atávicos del ser humano, por eso he mencionado el hambre. No puedo aconsejarte –dijo sacudiendo su pipa contra una esquina del banco para arrojar al suelo los restos de picadura consumida y quemada- porque tú debes tomar esa decisión, pero si yo fuera tú, amigo –me dijo apuntándome con un dedo sarmentoso y recubierto de venas azules- me alejaría cuanto antes de esa muchacha, porque solo sacarás en claro llanto y tristeza, al igual que ella obtendría lo mismo en una hipotética relación contigo. Por lo que me has contado, ella te aprecia tanto que puede que estaría dispuesta a sacrificar su matrimonio por ti, pero no tardaría en ser muy desgraciada y tú con ella, amigo.
-El amor basado en la compasión no es una buena inversión –recité un tanto desalentado.
-Scott de Fisher, es uno de mis poetas favoritos –me dijo sonriéndome de oreja a oreja, para volver nuevamente a retomar su perorata interrumpida por mi observación. Me quedé sorprendido ante sus conocimientos de poesía. Scout de Fisher no era precisamente conocido que pudiera decirse.
-Tú lo has dicho, amigo, pero en cualquier caso, uno de los dos tendrá que sacrificarse llegado el momento. No puedo decirte más. Ojala ambos encontréis la mejor respuesta posible –dijo depositando sus manos en mis hombros y mirándome fijamente.
-Aunque debo reconocer, -declaró con cierto tono ceremonioso -que hay algo de héroe en ti, aunque más bien tendría que decir de anti-héroe, pero ¿ que es un anti-héroe, más que un héroe que lo es aun más si cabe porque tiene que sacar adelante su condición de tal, por mucho que le cueste, aunque todo se le ponga contracorriente, demostrando ya solo por eso, que lo es ? los amores sin esperanza e imposibles, son los más meritorios porque todo conspira en su contra para que puedan llegar a buen puerto, ¿ pero en algunos casos merece la pena realmente si el precio a pagar puede llegar a ser tan elevado ? Solo tú y Candy, tenéis la respuesta, solo vosotros dos –dijo enzarzándose en otro de sus largos pero notables discursos, si se sabía escuchar y entresacar entre líneas, la sabiduría que se encerraba en ellos.
Acto seguido, consultó su reloj de chaleco y dijo recobrando su tono alegre y confidencial:
-Cielos, se me hace tarde, si no me doy prisa me perderé el cumpleaños de mi nieto el pequeño. Todos mis demás nietos y familiares asistirán y no me lo perdonarían si me lo pierdo.
Me ofrecí a llevarle en el coche de los Legan, y él a su vez me invitó a la celebración. Ambos declinamos amablemente nuestros respectivos ofrecimientos y nos deseamos lo mejor. Observé como se alejaba lentamente, sin prisas, sendero abajo. Me quedé largo rato pensando en sus palabras hasta que Stuart, enfundado en su impecable uniforme de gamuza azul, con gorra de anteojos incluída vino a buscarme para avisarme de que ya había pasado una hora.
Asentí y le seguí lentamente hasta el imponente e impasible automóvil que aguardaba aparcado junto a una de las entradas del parque, practicada en una vereda del mismo.
62
Nunca me han gustado las fiestas ni las aglomeraciones. El mero hecho de figurarme en medio de un grupo de personas desconocidas que me rodean y me asaetean a preguntas sin conocerme de nada, ya es para mí suficiente aliciente para renunciar a ir.
Pero había otro mucho más poderoso que contrarrestaba los efectos del anterior.
Candy y Mark habían sido invitados a un baile de gala, que organizaba un importante hombre de negocios, amigo de Ernest para celebrar el éxito de un importante acuerdo comercial entre ambos hombres. Aunque el señor Mannet había insistido especialmente en que asistieran los Legan, Helen no se encontraba muy bien esa noche, aquejada de una de sus jaquecas. No es que fuera nada serio o preocupante, pero Ernest no deseaba que su esposa se sintiera incómoda o a disgusto por lo que decidió cancelar su asistencia a la fiesta. Pero como Fracois Mannet se había tomado tantas molestias en dirigir y llevar a buen término el evento, más que nada para agradecer a Ernest su buena disposición para que el acuerdo se cerrara con tan buenos pronósticos, el señor Legan no quería por otra parte desairarle, por lo que cuanto el caballero se presentó personalmente en la mansión Legan para recordarle su invitación, fue el propio Ernest el que puso al corriente al distinguido empresario, que alzó sus tupidas cejas negras en un característico gesto de contrariedad.
-Vaya, mi querido amigo, lo lamento –declaró sinceramente Mannet, mientras aceptaba una copa de Borgoña que su amigo el señor Legan le ofrecía- pero me hubiera gustado tanto que acudiéseis a mi fiesta…-dijo lanzando un prolongado suspiro- pero lo importante es que Helen se recobre y vuelva a estar tan encantadora como siempre.
Entonces Ernest tuvo una idea. Quizás no fuera el mejor momento, pero por probar no se perdía nada. Tocó una campanilla de plata que reposaba sobre el marco de la gran mesa de billar, con tapete verde oscuro que presidía la biblioteca privada de Ernest y al cabo de unos pocos instantes, un joven pelirrojo de ojos verdes y corta estatura se personó ante los dos hombres:
-¿ Llamaba el señor ? –preguntó Carlos haciendo una exagerada reverencia, que hizo sonreír al señor Legan.
Normalmente, Ernest dejaba las formalidades de lado y trataba a Carlos y al resto del servicio con cierta familiaridad, sin caer en excesos de confianza, pero cuando tenía invitados, el servicio debía de volver a hacer gala de la fría y respetuosa distancia que mediaba entre los criados y sus señores, y eso era algo que Carlos se lo tomaba con mucho celo profesional cuando era necesario. Ernest se extrañó que el pequeño mayordomo no fuera seguido ni asediado por el cortejo que conformaban sus hijos, demandando el cariño de su padre o los frecuentes besos y abrazos de Dorothy que la joven doncella prodigaba a su marido, siempre que tenía ocasión cada vez que le veía.
Ernest asintió y le encargó que avisase a su hija adoptiva, para que conociese a su amigo. Pese a las protestas de Francois, que no pretendía molestar a nadie, Carlos fue presto a cumplir el encargo, mientras uno de sus hijos, un niño de unos diez años que guardaba un sorprendente parecido con su padre, dio un silbido reclamando la atención de sus hermanos y hermanas. Al instante, el pasillo se llenó de alegres risas y gritos infantiles que atrajeron el interés del magnate francés. Cuando este se asomó al pasillo, vio como un tropel de chiquillos subidos encima del mayordomo le tironeaban de los pantalones y de las mangas de su chaleco, demandando su cariño.
-Papá, papá –sonaban las voces de los niños entreveradas con las protestas de Carlos que intentaba apartar a sus hijos.
-Ahora no niños, ahora no –se quejó Carlos con un resoplido de resignación- papá tiene que trabajar.
Finalmente, la intervención de una bella sirvienta de cabellos castaños recogidos en una larga y ondulante trenza, puso orden en la algarabía de los pequeños.
-Hijos, dejad a papá, no le molestéis –dijo Dorothy intentando contener la risa. Carlos, tenía el uniforme arrugado y descolocado por lo que su esposa le ayudó a recomponer su maltrecho aspecto.
-Anda ven aquí, a veces pareces más crío que ellos, -dijo exhalando un suspiro.
Libre del sitio infantil Carlos sonrió y se dispuso a irse, no sin que antes un sonoro beso se estampara en sus labios y en sus mejillas. El joven manoteó mientras su esposa le besaba con pasión, obligándole a doblarse hacia atrás. Cuando Dorothy le soltó, Carlos boqueó para recobrar el aire y dijo algo asfixiado:
-Cariño, no seas tan efusiva, estos besos me cortan la respiración –explicó con voz entrecortada mientras intentaba recuperar el aliento. Francois tuvo que cubrirse los labios con una mano para impedir que le diera un ataque de risa.
-Pues vete preparándote para otros aun más intensos que te esperan para, cuando termines tu trabajo –le dijo con voz melosa, sosteniéndose la trenza con la mano izquierda y guiñándole pícaramente un ojo.
Carlos alzó las cejas y se dispuso a cumplir con el encargo de su señor, mientras el corazón le latía apasionadamente. Se sintió tan ligero y pletórico que se puso a silbar una tonada mientras recorría el largo pasillo con largas zancadas.
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Pese a que la fiesta tendría lugar en breve y a que la noticia había cogido a Candy por sorpresa, la joven aceptó encantada, aunque previamente buscó la aprobación de su esposo. Mark, que también había acudido a conocer al señor Mannet, avisado por Carlos, asintió complacido, aunque el joven intentaba intervenir lo menos posible en el libre albedrío de su esposa. El señor Mannet quedó encantado por el carisma y la gracia que Candy desplegaba con cada paso que daba. Aparte de su deslumbrante belleza, la elegancia natural con la que había sido agraciada, y que la hacían brillar con una inusual fuerza, Candy desplegaba una sencillez y simpatía tales que el señor Mannet no tardó en caer rendido a sus pies, impresionado por sus innatas cualidades. El millonario francés le insistió que le encantaría que acudiera a su fiesta junto a su marido, en lugar de los Legan.
-Pero naturalmente nada más lejos de mi intención, que condicionarla u obligarla a nada que no sea de su agrado señorita –dijo Francois besándola la mano con galantería.
Candy, encontró divertida la insistencia del francés que era ligeramente más alto que Carlos y un poco más bajo que ella y aceptó tras una breve consideración. El bigote rizado del potentado se estremeció levemente y sus ojos claros esbozaron un rictus de satisfacción. La muchacha fue a elegir un vestido apropiado para la fiesta, acompañada por Dorothy pero antes se giró tras ocurrírsele una idea, que no obstante debería someter como era lógico, a la aprobación previa del anfitrión.
Y su idea no era otra que rogarle a Francois que me permitiera a mí también ir a la fiesta.
A la proposición de Candy, de si era factible invitar a un amigo a la fiesta, Francois entornó los ojos brevemente y tras atusarse las largas patillas que emergían del escaso cabello que le crecía en las sienes, asintió y dijo:
-Naturalmente que su amigo puede venir, señorita, pero como es obvio, deberíamos consultarle su opinión previa.
El propósito de Candy era sacudir la peligrosa modorra que venía afectándome desde hacía algún tiempo. No es que me comportara como alguien depresivo o una persona de ideas obsesivas. Mi estado no había alcanzado las cotas de desesperación a las que llegó a descender, cuando rompió con Candy, debido al regreso de Mark, pero me identificaba plenamente con el joven rubio de ojos azules, cuya vida, Mark salvase al evitar que se desnucara cuando su caballo se encabritó lanzándole por los aires. Necesitaba aires nuevos, salir del estado de catatonia en el que me iba sumiendo. Cuando recibí el recado de mi amiga, -que duro se me hacía por momentos seguir llamándola así y aun más tener que considerarla de esa manera- estaba leyendo en mi habitación, rodeado por las maquetas y dioramas que me servían de pasatiempo. Carlos tocó la puerta suavemente y me informó del imprevisto cambio de planes en lo que se anunciaba como una velada más apacible y tranquila en la mansión Legan. Suspiré y me dije que no estaba para fiestas, pero quizás me sirviera como revulsivo para destilar parte de la bilis que me recorría las entrañas. Cuan equivocado estaba. Buscaba una catarsis que aquietara las turbulentas pasiones de mi alma y en lugar de eso, lo único que conseguí fue agitarlas todavía más, como la tormenta acrecienta con su furia desatada, las aguas calmas de un océano, tornándolas salvajemente bravías y peligrosas.
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Cuando Candy, seguida a corta distancia por Dorothy que la había ayudado a arreglarse, descendió las escaleras y se presentó ante Mark y yo, no pudimos por menos que lanzar una exclamación de asombro. Candy descendía las escalinatas con paso airoso y regio, enfundada en un largo vestido estilo imperio de muselina blanca y drapeados, cuyos pliegues caían armonícamente a lo largo de su cuerpo silueteando su esbelta forma. El escote redondeado y ribeteado por una orla plateada, al igual que las cortas mangas realzaba su busto sin resultar demasiado escandaloso ni exagerado. Una larga cinta dorada que rodeaba el contorno de su esplendido talle, caía al largo de la falda del vestido. Candy se había puesto unos largos guantes de encaje que subían hasta su antebrazo y los cabellos rubios habían sido recogidos en un moño rematado por una cinta roja en su parte más alta. Mark y yo, que ya nos habíamos vestido para la ocasión con unos elegantes fracs de color oscuro y camisa de seda blanca con pajarita a juego del frac permanecimos boquiabiertos por espacio de unos instantes, cuando observamos como Candy iba descendiendo los peldaños lentamente, recogiéndose con la mano derecha, la falda de su vestido, que arrancaba un poco por debajo de su regazo. Tenía el porte de una reina y sus pies parecían flotar etereos en el aire, en vez de caminar por la tierra. Mark la observó inmóvil y arrebatado por un súbito ramalazo de amor, que Candy debió sentir al unísono junto con él. Lo que no estaba previsto, es que yo también experimentara dicha sensación, que si para Mark era beatifica, a mí particularmente, me resultaba molesta y me hacía un inmenso daño. Candy besó brevemente a su marido en los labios y se alegró de que yo hubiera decidido asistir a la fiesta, aunque lo hiciese a regañadientes, más que nada para no dejarla a ella y a Mark en mal lugar, delante de Francois. Intenté girarme ligeramente para que la deslumbrante imagen de Candy, que se me antojó similar a la de una rosa de albo candor quizás por la tonalidad de su vaporoso vestido, no terminara por desgarrarme el alma por dentro con sus afiladas espinas, aunque ella ni sospechara que estaba suscitando semejante dolor en mí, pero estaba seguro que mi estado de ánimo no le era totalmente ajeno.
Sentía el frac como una incómoda y pesada armadura que me impedía moverme con libertad, aparte de picar y hacer que pasara un sofocante calor que me estaba agobiando sobremanera. Sus pendientes de oro reflejaron el irisado brillo proveniente de la araña de cristal que nos alumbraba. Francois, que aguardaba en el exterior, junto con su chofer a pie firme, al lado de un imponente Rolls Royce para llevarnos a su mansión de Chicago, una de las muchas que tenía repartidas por buena parte del mundo, no pudo por menos que lanzar un murmullo de aprobación y beneplácito ante la arrebatadora apariencia de Candy.
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Durante el viaje de ida, procuré no interrumpir ni a Mark ni a Candy, que aunque se mantenían en digna compostura, por la proximidad del risueño y lenguaraz Francois y su envarado chofer que conducía en silencio a través de las abarrotadas calles de Chicago, entrelazaban sus manos con una frenética ansia que recorría sus dedos, y se dedicaban mutuas y ardientes miradas de amor. Yo fingía observar el bullicio de Chicago, tratando de poner coto a mis sentimientos que pugnaban por desbordarse, y de vez en cuando Francois entablaba conversación conmigo, o lo intentaba dado que me distraía con facilidad. El magnate francés celebraba el talante y el carácter abierto y afable del padre adoptivo de Candy, dado que Francois admiraba sinceramente a Ernest Legan y no dejaba escapar ocasión alguna para alabarle y ensalzar sus virtudes.
Finalmente el gran automóvil de color rojo y ampulosas formas que llamaban la atención, aun en el despliegue de lujo y ostentación que se presentaría ante nosotros golpeando mis retinas con toda la fuerza de su grandeza y magnificiencia, se detuvo ante un palacete barroco de mediados del siglo XVIII y que Francois, habiéndolo adquirido en estado de total abandono y la más decadente ruina enseñoreándose por sus antaño concurridas y lujosas estancias por un módico precio, se había gastado una pequeña fortuna en restaurarlo y devolverlo a su antiguo esplendor. A las puertas del edificio dos ujieres ataviados con libreas de época y pelucas empolvadas iban anunciando a los invitados mientras hacían entrechocar sus bastones de plata contra el suelo, a medida que los distinguidas damas y ampulosos caballeros iban accediendo al interior, recorriendo la gran alfombra roja de satén que se extendía desde la entrada de la enorme finca al frontispicio de la mansión y sus altas escalinatas de mármol veneciano. Bajamos del Rolls una vez que el coger de Francois, abrió la puerta, y me percaté que estábamos rodeados de varias decenas de ostentosos automóviles. A nuestros alrededor se movía un considerable gentío, conformado por hermosas mujeres vestidas de forma similar a Candy y con los cabellos recogidos en peinados ampulosos y adornadas con joyas y diamantes que refulgían poderosamente, del brazo de sus acompañantes masculinos que lucían con orgullo su estatus, ostentando su posición con desmedida arrogancia. Eran del tipo de gente que miraba con acentuado desprecio, y por encima del hombro a aquellos que nunca serían sus iguales y a veces ni eso.
Lejos de caer en la más exagerada y snobista ostentación, Candy llevaba únicamente la gargantilla con un pequeño broche en forma de flor en torno al cuello que ya luciera a bordo del Mauritania, cuando Mark secundado por Haltoran, frustró los planes de Albert de enviarla a estudiar a Inglaterra para alejarla de él, y en el dedo anular derecho, la alianza que el malogrado doctor Marcus Duvall le hiciera entrega en el frente occidental, poco después de ser alcanzado por una granada de artillería enemiga sin posibilidad alguna de sobrevivir. Había preferido guardar la cadena con la cabeza del águila en el bolsillo derecho, pero seguía conservándola encima, no separándose prácticamente de ella ni un solo instante.
Tras pasar junto a una gran fuente ornamental que proyectaba cuatro chorros de agua, desde las bocas de varios peces de piedra que nadaban en un imaginario mar, esculpidos en torno a una roca de basalto que se alzaba en mitad de la fuente y que les servía de soporte, entré detrás de Candy y de Mark una vez que el ujier les anunciara con voz engolada y largamente ensayada:
"Señores de Anderson, condes de Andrew".
El timbre del ujier me produjo un leve sobresalto, porque me había distraído contemplando la fuente. Cuando me disponía a pasar, el ujier me cerró el paso y preguntó con voz nasal:
-Lo siento señor, pero si no viene acompañado por una dama, no puedo dejarle pasar. Órdenes del señor Francois, lo siento.
Tampoco me importaba mucho. Para mí era casi más un alivio que un inconveniente, hasta que Candy se giró sobre sus pasos e intercambió algunas palabras con Francois que ya se había reunido con su esposa, una mujer de cabellos grises y ojos azules, que proyectaban una inteligente y encendida mirada, y que pese a haber franqueado la puerta de la madurez hacía algunas décadas, seguía reteniendo buena parte de la serena belleza y la refinada elegancia de las que había hecho gala en su juventud, y que enamoraran a su marido, entonces un hombre que sin resultar apuesto, tenía un especial atractivo y una simpatía que encadilaron a Eleonora, su mujer.
Del brazo de su mujer, escuchó las palabras, casi súplicas de Candy respecto a mí. Francois, divertido, llamó a un aparte al ujier y modificó las rígidas y estrictas normas de admisión a su fiesta para que pudiera entrar. El ujier me reclamó discretamente y dijo un tanto contrariado, porque había esperado poder echarme de la fiesta:
-Lo lamento señor, ha habido un malentendido. Puede usted pasar.
En vez de preguntarle cual había sido la repentina razón de su brusco cambio de parecer, asentí y entré en silencio sin plantear ningún interrogante. Entré al ampuloso y lujoso salón de baile, casi tan grande o puede que más, que el de la mansión de Lakewood. Me moví torpemente como un pingüino fuera de su habitat natural, el agua, y tropecé con algunos caballeros y empujando con mi barriga a algunas señoras que se giraron para observarme molestas. Esbocé breves y apuradas disculpas y decidí quedarme quieto, para no llamar la atención. Había asistido a muchas fiestas, pero del tipo de las que se celebraban a principios del siglo XX, muy pocas. Aun desconocía la rígida etiqueta social, de aquellos comienzos de siglo por lo menos imperante entre la alta sociedad de Chicago, y desconocía por tanto, casi por completo, que normas de comportamiento y educación debían aplicarse en aquel tipo de reuniones sociales.
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Todo fue relativamente bien, hasta que sonó un evocador y sugerente vals que conocía de sobra, tal vez a petición de Candy. Dos de los músicos de la orquesta de cámara se miraron por un instante, e intercambiando una mirada cómplice asintieron y comenzaron a tocar los acordes del vals, haciendo que el resto de sus compañeros se sumaran con sus instrumentos a la interpretación. Mark y Candy comenzaron a bailar evolucionando diestramente por el salón de baile, no tardando en constituirse en el centro de atención de todas las miradas de los asistentes a la fiesta. Yo, por mi parte intentaba no prestarles atención, y sorbía lentamente una copa de champan que un camarero me había servido amablemente y al punto. Era abstemio y lo más fuerte que había probado en material de alcohol, era alguna que otra ocasional cerveza o una copa de champan, como esa noche, por lo que decidí sorber el espumoso y claro líquido con parsimonia, quizás para distraer mis pensamientos de la pareja que evolucionaba al son de la música sobre las baldosas de mármol. Cuando la melodía terminó, Candy abandonó la pista de baile, entre los aplausos de los invitados. La joven me vio entre el bosque de cabezas y torsos que se interponían entre ella y yo y le dijo a su marido con voz queda, susurrándole al oído:
-Espérame aquí un momento querido, voy a ver si localizo a Maikel, no tardaré en volver.
Mark asintió besándola en el lado izquierdo de su cabello rubio y dijo:
-Ve y no te preocupes por mí Candy.
La joven se movió con destreza por el salón de baile. Era como si aquel medio social fuera su habitat natural. Estaba sentado sobre un sillón de cuero repujado degustando a duras penas mi copa de champan, porque el regusto amargo de la bebida me hacía sudar y poner caras extrañas que intentaba contener. Candy se abrió paso entre algunas mujeres que se abanicaban frenéticamente y llevaban plumas de faisán prendidas de sus cabellos y en sus vestidos de gasa. Tenía la vista fija en los dibujos de las baldosas del suelo, y cuando levanté la vista, intuí una esbelta forma femenina enfundada en un vestido blanco de muselina. Alcé los ojos y Candy extendió las manos cogiendo las mías entre las suyas.
-Vamos Maikel, ahora me toca bailar contigo. Vamos, no puedes pasarte el resto de la velada ahí sentado, -me espetó alegremente con un guiño de sus ojos verdes.
Si que podía, y de hecho debería haber procedido así, pero el desparpajo de Candy y la alegría que impregnaba cada uno de sus movimientos, terminaron por contagiarse, logrando que el inamovible y ceñudo obeso que rumiaba sus penas en compañía de una copa de champan, que no terminaba por beberse en su totalidad, aceptara.
Dejé de intentar aquietar mis más negros humores, observando fijamente los posos del contenido de mi copa cada vez más vacía y seguí dócilmente a Candy, poniéndome a bailar. Sonó nuevamente la misma melodía, dado que al público le había entusiasmado tanto que pidieron a los músicos que la interpretaran por segunda vez, y estos aceptaron.
Bailar no se me daba mal, pese a que torpeza y gracilidad casaban bastante mal, pero por el momento salí airoso de la prueba no llegando a machacar los pies de Candy, o soltando algún regüeldo ni haciendo nada inapropiado o fuera de lugar. Las manos de Candy acariciaban mi piel con su suave tacto y el aroma a lavanda y menta proveniente de su pelo, llegaba a mis fosas nasales haciéndome sudar, introduciéndose en mi mente hasta el punto de querer olvidarme del mundo y de nuestras circunstancias para besarla apasionadamente, sin importarme ni la reacción de Candy ni de cuantos nos rodeaban, pero como era lógico y de esperar,no hice nada. Sin embargo saltaba a la vista que, animicamente, no me encontraba bien. Los intentos de Candy por animarme no surtían los efectos deseados y terminé el baile a duras penas. No necesitaba un parche si no una solución definitiva. Quería que Candy fuera mi esposa, mi compañera, pero sabía que era imposible, un bello e inalcanzable sueño. Me aparté de ella antes de que terminara el vals, y con la excusa de tener sed me alejé unos pasos en busca de un camarero para pedirle otra copa de champan. Me giré brevemente y contemplé como la muchacha me dirigía una sonrisa y me saludaba agitando brevemente la mano derecha, resplandenciente en el vestido blanco liso y con cortas mangas. Apreté el paso, procurando perderla de vista. Candy se reunió nuevamente con su marido que estaba departiendo con un almirante cuyo uniforme blanco estaba cuajado de medallas. Debido las dimensiones del salón y el aforo del mismo que en ese momento, sería de en torno a quinientos invitados, perdi de vista a Candy y a Mark y de camino me agencié una botella de whisky escocés. Salí entonces a una de las terrazas exteriores que jalonaban el perímetro de la fachada del palacete porque necesitaba aire y ahogar mis penas en alcohol. Me recliné en la balaustrada de mármol y consideré la idea de arrojarme al vacío, pero que descarté por parecerme horrorosa y que por otro lado, no iba a solucionar mi problema. Aunque no había probado con anterioridad ni gota de alcohol de forma digamos más en serio que hasta ese instante, decidí romper mi inveterada costumbre y desenroscando el tapón, me eché un largo trago al gaznate, directamente proveniente del gollete de la botella. El abrasador y fuerte líquido recorrió mis entrañas poniéndolas al rojo. Notaba la lengua como el yunque de un herrero después de que hubiera estado trabajando en su fragua y debido a mi poca costumbre con el alcohol, me empecé a tambalear de un lado a otro, aumentando considerablemente el riesgo a caerme por el borde de la balustrada y precipitarme al vacío.
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Candy me estaba buscando frenéticamente. Preguntó a varios invitados sin éxito ni resultado alguno, pese a que fuera fácil de identificar. En una estancia prácticamente repleta de esbeltos y cuidados cuerpos, el ´mío debería destacar como una luz en medio de las tinieblas más cerradas y absolutas. Cuando finalmente emprendió mi búsqueda ella sola, para no alarmar a Mark, y porque quería investigar por su cuenta cual era la causa de mi extraño comportamiento que la tenía muy inquieta, me localizó tras los batientes entornados de una puerta, que daba a una amplia terraza semicircular, se llevó las manos a los labios y sus hermosos ojos de esmeralda, adoptaron una expresión contrariada.
Estaba tambaleándome como consecuencia del medio litro de whisky que pude trasegar a pulso, y bebiendo a morro. La botella se había deslizado de mis dedos vacilantes y torpes y se había hecho añicos al estrellarse contra las baldosas del suelo aunque debido al bullicio interior y a que la puerta estaba entornada, nadie de los asistentes a la fiesta pareció haberse percatado de nada. Balbuceaba incoherencias y sobre todo, lloraba y reía a un mismo tiempo, presa de un extraño delirio.
-¿ Se puede saber que tonterías has hecho Maikel ¿ qué te ocurre ? nunca antes te había visto bebido ni comportarte así –me riñó Candy poniendo los brazos en jarras al percibir los pedazos rotos de vidrio esparcidos por todo el balcón. Sonreí bobaliconamente y caí al suelo, pataleando de forma patética. Candy se arrodilló y me ayudó a incorporarme como pudo.
-¿Qué qué me pasa ? –repetí hipando con voz gangosa. ¿qué que me pasa ? –exclamé indignado porque ella no terminara de reparar en lo que ocurría realmente conmigo, y que mis padecimientos provinieran del amor, en vez de la media botella de licor que había ingerido forzando a mi cuerpo a admitir aquella sustancia exógena que mi organismo nada habituado al alcohol por otra parte, no quería asimilar pugnando por expulsarla de mí.
Guardé silencio y meneé la cabeza tristemente. Cerré los ojos por un instante y dije, animado por los efluvios del alcohol, habiéndose desatado mi lengua por efecto de los mismos:
-Lo que me pasa eres tú, Candy –dije recobrando repentinamente la lucidez y acariciando sus mejillas frenéticamente- me pasa, que estoy perdidamente enamorado de ti, que ya no puedo continuar negando la evidencia, que me abrasa el alma, pero no temas, no voy a volver a las andadas porque yo…
Me puse en pie torpemente. Candy temió que saltara repentinamente al vacío.
-Maikel, no hagas tonterías, por favor –exclamó asustada Candy intentando frenarme- hablemos con calma, por favor, tienes que escucharme cariño, tienes que escucharme –repitió Candy- soy como una hermana para ti, recuérdalo –me dijo con voz cariñosa que hizo que mi alma, junto a la contemplación de su belleza, sangrara de dolor. Aquello pronto dejaría de ser una metáfora.
Dí un traspies y me doblé hacia delante tosiendo y contorsiándome de dolor. Un chorro de sangre se desprendió de mi boca, yendo a impactar sobre el suelo de baldosa del balcón, mientras iba perdiendo el conocimiento gradualmente. Candy retrocedió asustada, sujetándome entre sus brazos, y preguntándome fuera de sí, y extremadamente nerviosa, que me pasaba.
-Te quiero Candy, te quiero tanto que yo…yo…no necesito que seas mi hermana, si no mi…mi…compañera.
Me mordí instintivamente la lengua cuando pronuncié esas palabras, pero ya era tarde para rectificar. Candy tenía muy claro que me sucedía.
Entonces perdí el conocimiento. La sangre manaba ahora de mis hombros, rodillas y antebrazos. Nunca antes había visto nada semejante y como aparentemente una piel sana, pudiera ulcerarse y llagarse de esa forma sin una razón aparente, como no fuera por la desazón que me invadía de pies a cabeza, sumiéndome en un frío que penetraba hasta la médula de mis huesos.
Antes de desmayarme, entre los brazos de Candy musité lentamente:
-Te quiero Candy, te quiero, jamás podré olvidarte, yo…
Mi mano exangüe acarició su mejilla antes de caer desplomada al lado de mi cuerpo.
Candy, entre lágrimas, repasó brevemente sus conocimientos de anatomía tratando de identificar los complicados y raros síntomas que me aquejaban, lo antes posible y tras hacer memoria acerca del día que la señora Maria Jane habló de las enfermedades psicosomáticas ante sus alumnas en una atestada y estrecha aula de la escuela de enfermeras, en su mente se hizo una luz y a sus labios acudió una palabra que hacía mucho tiempo que ni había pronunciado ni escuchado en adelante.
-Amorlepsia –se dijo, francamente preocupada en voz baja, mientras observaba sus manos ensangrentadas presa de un shock nervioso y la suntuosa tela de su vestido, sorprendentemente apenas impregnada de rojo.
La misma enfermedad que contrajo Neil y que estuvo a punto de lograr que el entonces taimado primogénito de los Legan, se hubiera desposado con Candy, arrancándola la promesa de que sería su mujer, estaba recorriendo todo mi ser, con diversos y peligrosos efectos secundarios.
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Aquella fue una velada triste. Aquella fue una de esas ocasiones a olvidar lo antes posible. Candy entró nuevamente en el suntuoso salón, reclamando ayuda a gritos. Estaba completamente histérica y llorando, totalmente fuera de sí. Mark acudió rápidamente a tranquilizarla, tratando de descifrar que estaba diciendo con voz entrecortada y la mirada totalmente perdida. Se limitó a señarla hacia la puerta entreabierta del balcón, por donde asomaba parte de mi cuerpo. La música se detuvo instantáneamente y los invitados retrocedieron horrorizados al comprobar como el vestido de Candy presentaba algunas manchas de sangre.
-Ese hombre con el que estaba hacía unos instantes –sonó la voz clara y aguda de una mujer, con el cabello adornado con plumas y un vestido de color amarillo claro- la ha atacado, la ha atacado –exclamó en clara referencia a Candy.
La muchacha pareció salir del shock en el que estaba sumida y reaccionó rápidamente diciendo:
-Esta sangre no es mía, Maikel…está muy mal…muy enfermo tenemos que…tenemos que…
Antes de que Mark saliera precipitadamente al balcón para examinar mi lastimoso estado, un médico ya se dirigía presuroso hacia el rincón donde yo yacía sin sentido. Aunque el hombre iba vestido de rigurosa etiqueta, y parecía un invitado más a la fiesta sin ningún indicio exterior que delatara su condición de médico, vigilaba atentamente el desarrollo del baile por si alguien sufría algún desmayo o percance de salud. El doctor Lassard había sido contratado ex profeso por el magnate francés para que velara por la salud de sus amistades e invitados, durante la celebración de sus fastuosas fiestas, y de paso, al convencerse plenamente de su eficiencia y lealtad, le había convertido en su médico personal. El facultativo, de elevada estatura, ascético aspecto y cabeza completamente calva se abrió paso amablemente entre los asustados y preocupados invitados, imbuido de una calma que se transmitía a todos aquellos, antes los cuales caminaba con paso lento pero firme. El doctor Lassard extrajo de su inseparable maletín de cuero, un estetoscopio y diversos adminículos propios de su oficio y empezó a examinarme con gesto grave y concentrado. Todas las miradas estaban puestas en mí, mientras Candy, histérica trataba de reanimarme teniendo que ser apartada de mi lado por Mark.
-Por favor señorita –le dijo el doctor Lassard mirándola con sus penetrantes e inteligentes ojos grises- comprendo que la salud de su amigo le preocupe, pero si entorpece mi labor, me lo pondrá más difícil.
Candy estaba lívida. No hacía más que mirarse las manos y las manchas de sangre que salpicaban su suntuoso vestido. El médico realizó su examen en silencio y meneó la cabeza, lanzando un suspiro.
-Este hombre está muy mal. Hay que trasladarlo a un hospital inmediatamente –dijo escuetamente retirando el estetoscopio de sus oídos.
Entonces se giró hacia Candy y estudió a la muchacha atentamente:
-Doctor, no pierda el tiempo conmigo. Es a Maikel a quien debe atender. Yo…me encuentro perfectamente.
-Eso lo determinaré yo –dijo el hombre sin asomo alguno de emoción en su voz grave- tengo que asegurarme primero.
-¿ Asegurarse, por qué ? –preguntó Candy confundida.
-De que este hombre no la haya atacado.
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Finalmente no fue necesaria la intervención de las autoridades. Sebastián Lassard determinó que Candy no había sufrido el menor rasguño y que físicamente, se encontraba bien, aunque lo que acontecía en lo más profundo de su corazón era harina de otro costal. Además, varias damas y caballeros atestiguaron, jurando por su honor que había contemplado la dramática escena escenificada, entre Candy y yo en la terraza y aseguraron fehacientemente, que en ningún instante me habían visto atacar a Candy o sacar algún arma que pudiera llevar oculta entre mis ropas. El doctor Lassard determinó además que la sangre encontrada era solamente mía y que procedía de mi cuerpo. Lógicamente Candy y Mark tuvieron que marcharse precipitadamente tras pedir disculpas al apenado y contrito Francois, que lamentaba de veras lo que me había pasado.
-No os preocupéis por mí queridos amigos, lo importante es que Maikel se recobre cuanto antes.
En ese instante alguien tocó la puerta. Los ujieres empujaron los batientes del gran salón una vez que Francois les autorizó a entrar, y penetraron en la estancia precediendo a dos camilleros completamente uniformados de blanco. Alguien había telefoneado al hospital. Poco después nos enteraríamos que había sido el propio Francois tras conferenciar brevemente con Sebastián.
Me cargaron sobre la camilla tras sacarme del balcón y me llevaron en volandas hacia la ambulancia que esperaba en la puerta del palacete. Mark sospechaba que era lo que me ocurría pero no se atrevía a confesárselo a Candy. Estaba llorando y caminaba a mi lado, mientras Candy sostenía mi mano izquierda. Las hemorragias parecían haberse detenido pero una intensa fiebre estaba ahora adueñándose de mí gradualmente. Fue un penoso espectáculo. Una fiesta tan memorable y especial para Francois y su familia se vio empañada y arruinada por mi desconsiderada costumbre de enfermar por amor, precisamente en ese momento. Pese al delirio, conservaba mi lucidez bajo las brumas que la intensa fiebre inducía en torno mío. Ya en el exterior de la mansión, próximo a entrar en la ambulancia que me aguardaba, me sobrepuse al embotamiento que amenazaba con hacerse con mis sentidos y dije con voz ronca, arqueando el cuello y mirando fijamente a Candy, con ojos consumidos por la fiebre:
-Candy –la llamé con dificultad. Tenía un nudo en la garganta y me costaba vocalizar.
-Estoy aquí, cariño, estoy aquí –me dijo acariciando mi piel sudorosa y situándome a la cabecera de mi improvisado lecho.
Los camilleros se miraron entre sí. Tenían que darse prisa y llegar cuanto antes al hospital, porque mi estado lo demandaba, aunque no yo.
-Candy…-repetí alzando la cabeza todo lo más que pude –llevadme a Lakewood, no…no quiero ir a un hospital…mi dolencia no puede ser curada por la ciencia.
Candy sostuvo mi cuello pasando una de sus tersas bajo mi nuca. Los camilleros volvieron a intercambiar otra mirada de perplejidad, que se acentuó cuando Mark, reaccionó finalmente y dijo con pleno convencimiento, observando fijamente a su esposa:
-Tenemos que hacer lo que dice, Candy. Tiene toda la razón. En un hospital…no sobrevivirá.
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No costó demasiado convencer a los camilleros de que me confiaran al cuidado de mis amigos. Una generosa propina, si se podía tildar así, al soborno por parte de Mark, y la fehaciente promesa de que tanto él como su esposa, hablarían en su favor, descargándoles de toda responsabilidad, fueron suficientes para que en vez de dejarnos en el hospital, nos llevasen directamente hasta Lakewood.
El revuelo que se organizó a mi llegada a la mansión fue apoteósico. Helen Legan no cesaba de llorar, reconfortada por Ernest, mientras Eleonor y Brian que se ofrecieron enseguida para cuidar de mí, tuvieron que ceder ante las desesperadas súplicas de Candy, para que la dejasen a solas conmigo. Mark ceñudo, e inmóvil sabía perfectamente que me sucedía. La curación de mi dolencia no dependía de la medicina moderna si no de la sanación de mis exhaustos y atormentados sentimientos.
Costó mucho convencer a los Legan, que cumplieran los deseos de Candy de que la dejasen a solas conmigo. El propio Brian intentaba desesperadamente acceder a mí, para examinarme y tratar de encontrar un remedio eficaz a mi estado. Tuvo que ser su propio hijo el que se lo llevara a un aparte y le dijera algo tan penoso y directo, que Mark hubiera preferido no tener que revelar jamás.
-Padre, la medicina no puede hacer nada por él –exclamó Mark intentando no pensar demasiado en lo que tenía que pronunciar a continuación- mi maestro no tiene una enfermedad física, si no del alma.
-Pero, pero –dijo Brian intentando no hacer demasiado caso a lo que en apariencia parecían locuras sin sentido, aun cuando surgieran de los labios de su propio hijo -¿ y las hemorragia ? y la fiebre. Mark, ese hombre se encuentra muy mal. Si no me dejáis atenderle…
Mark interrumpió a su padre bruscamente.
-Padre, mi maestro, Maikel se está consumiendo literalmente de amor y esa es la forma que tiene su alma de demandar que ese sentimiento sea correspondido –dijo Mark con la mirada perdida, y temblando, ante la enormidad de lo que acababa de sugerir.
Brian creyó que había oído mal. Un sudor frío recorrió su frente y se pasó una mano por los cortos y lustrosos cabellos negros. No hacía falta elucubrar demasiado para identificar a la persona, razón principal de ese pronunciado ataque de amor.
-No es posible, hijo, eso no es posible –comentó el médico posando sus anchas manos sobre los hombros de Mark. El joven moreno asintió en silencio, comenzando a llorar mansamente, y se echó en brazos de su padre. Brian le acogió palmeando su espalda, entendiendo de una vez por todas cual era el único remedio capaz de devolverme la salud.
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Estaba durmiendo, aunque sacudido por espantosas pesadillas. Me encontraba tan sumido en mi pesado y agitado sueño, que no advertí como una mano blanca y tersa giraba lentamente el picaporte de la puerta abriéndola con tiento. Una figura esbelta y menuda con el cabello rubio desplegado sobre sus hombros y cuello, apenas vestida con un ligero camisón, que esbozaba sus perfectas formas femeninas, entró furtivamente en mi alcoba. La joven que semejaba una maravillosa aparición, tomó mi mano lentamente y se inclinó sobre mí, susurrándome al oído:
-Vas a curarte mi querido y dulce hermano, vas a curarte, te lo prometo.
Estaba tendido de lado, pero pude percibir muy claramente el sonido de cada una de sus palabras. Su voz era como una acariciadora y susurrante brisa que me llamaba ineluctablemente.
Candy apartó lentamente las sábanas, con un susurro casi inaudible. Me estremecí levemente cuando un beso muy suave y fugaz se depositó en mis labios agrietados y resecos.
-No Candy –me oí decir con voz trémula y asustada, con los ojos firmemente cerrados, porque temía mirar sus pupilas de esmeralda y tal vez enfrentarme a sus reproches –no, no lo hagas, por favor.
Pero la joven retrocedió quedando en pie en mitad de la alcoba. Sonrió lánguidamente, intentando reprimir sus lágrimas, y empezó a deslizar los tirantes de su camisón a lo largo de sus torneados hombros. Una vez libre de sus ataduras, la prenda íntima cayó a los pies de su dueña, con un sordo y mudo temblor. Bañada por la luz de la luna llena, Candy caminó lentamente hasta mí más hermosa que nunca, tendiéndose con sumo cuidado a mi lado. Intenté resistirme, plenamente consciente de lo que la joven se proponía hacer, pero no pude. Una parte de mí gritaba, ansiaba ese íntimo contacto con ella superando a la otra que, me imponía calma y que prevaleciera la razón. Demasiado cansado para sustraerme a aquel poderoso influjo, demasiado agotado para continuar luchando, dejé a un lado mis escrúpulos y miedos. Los frenos morales fueron cayendo uno a uno, sin que pudiera hacer nada para evitarlo, o tal vez no quisiera impedirlo.
Candy acarició mis mejillas, retirando mis lágrimas. Me ayudó a desprenderme del pijama que fue quedando a los pies de mi cama, hasta que nada más cubrió mi cuerpo, interponiéndose entre mi piel y la suya.
-No Candy, por favor, no es necesario que hagas esto –dije sinceramente, conservando aun un resto de cordura, girando la cabeza sobre la almohada, mojando su superfice con mi llanto, tratando de oponerme a sus besos y caricias, en un último y fútil intento de resistencia.
-Pssssss – replicó ella por toda respuesta, imponiéndome silencio, depositando un dedo sobre sus labios y luego en los míos, besándome de nuevo, lo que terminó de desarmarme por completo, dejándome sin más argumentos que oponer. Yo, temblaba como una hoja, inmóvil, sin saber que partido tomar y respirando entrecortadamente.
-Todo estará bien querido mío. No tienes nada que temer. Yo me ocuparé de todo. No tiembles más cariño, por favor, estoy contigo, a tu lado y no voy a dejarte solo –su dulce voz llegó hasta mí como una irresistible letanía, como un canto de sirena sanador y atrayente que inundaba mis sentidos haciendo que todas las fibras de mi ser gritasen al unísono, rogando, clamando desesperadamente que ella viniera hacia mí de una vez, por todas. Acarició mis cabellos cortos y ásperos y deslizó sus manos por mi piel con devoción y afecto.
Luego, me besó apasionadamente rodeándome con sus flexibles y suaves brazos y atrayéndome hacia su cuerpo vibrante y hermoso que tomé entre mis manos, mudo de admiración, hambriento de cariño y afecto. Percibí su embriagador aroma, recibiéndolo como el agua que se derrama ansiosamente en la garganta de un sediento, una vez que este consigue saciar su sed, sin terminar de aplacar, aun así, el ansia que me devoraba. Se entregó a mí sin reservas, con total y plena dedicación. Sabía que obraba mal, pero no me sentía con fuerzas ni deseos de detener a aquella maravillosa criatura. Incapaz de seguir oponiéndome, terminé sucumbiendo. Un instante después o quizás fuesen minutos, no sabría precisarlo con exactitud, escuché los gemidos de ella, y yo creo que alcancé el éxtasis casi al unísono que Candy mientras la aferraba contra mí, porque ya no recordé nada más que un efímero momento de suprema felicidad, durante el que gemí desesperadamente, como si me fuera la vida en ello abrazándola, y así era realmente, un instante que me transportó hasta un lejano paraíso donde mis dolores y padecimientos dejaron de atormentarme. Toda el ansia, todo el amor que la profesaba en silencio y sin esperanza, y que se habían acumulado durante todos esos años en lo más recóndito de mi corazón, se liberó en un instante tan hermoso como sublime. Poco después de fundirnos en un abrazo de pasión, nos dejamos caer sudorosos sobre las sábanas, completamente rendidos. Ella se durmió entre mis brazos, poco antes de que yo la imitase. Quizás hubiese cometido algo irreparable, pero ya daba lo mismo, no importaba. Pero por esa noche me sentí el hombre más afortunado del mundo. Esa noche tenía su amor y eso, nadie podria arrebatármelo jamás. Por esa noche, ella sería mía y yo inmensamente feliz.
72
Lo que tanto había temido y deseado al mismo tiempo, había terminado por ocurrir. Vencido y postrado por una dolencia que iba larvándose en lo más hondo de mi alma y de mi corazón, Candy apiadada de mí, terminó por cumplir mis más locos e insensatos sueños. Pero no me sentía bien ni feliz por aquel triunfo que se me antojaba harto doloroso y amargo. Candy no se había marchado de mi lado y continuaba abrazándome, transmitiéndome su calor y la suavidad de su tersa piel. Había alcanzado el paraíso rozándolo con las puntas de mis dedos, pero no era feliz. Y después de remontarme hasta el paraíso, caí en las más profundas y abisales simas de la desesperación, pero no lo manifesté, esta vez no. Por un capricho del destino, o quizás un anhelo demasiado poderoso e insoslayable de mi propia alma, al no encontrar eco a sus demandas por parte mía, había terminado por maltratar mi cuerpo haciendo que se produjeran en él las huellas físicas de todo el dolor que mi alma estaba sufriendo. Y debido a esa razón, para impedir que las dolencias de mi alma terminaran matándome, Candy accedió a los más recónditos deseos que dormían en lo más profundo de mi ser. Pero no había sido por verdadero amor, si no por lástima, por compasión si así lo consideraba más apropiado de calificar, aunque parecía haber dado resultado. No sangraba desde el día anterior y mis dolores parecían haber remitido como por arte de magia. Me encontraba bien y fuera de peligro, al menos por el momento pero dos grandes temores me asaltaban en esos momentos, haciendo que me sintiera incómodo y entristecido, pese a que no tuviera ni fuerzas para enojarme conmigo mismo.
Uno de ellos era el que hubiera podido concebir descendencia con Candy. Esa idea me atormentaba y me llenaba de terror, no tanto por tener que ejercer mis posibles responsabilidades como padre, si no por lo que de abismo insondable supondría entre Mark y Candy, si es que aquel execrable acto auspiciado por mí, no lo era ya de por sí.
El otro era que Candy se convirtiera en una especie de alivio a mis males y que las recaídas fueran nuevamente constantes, forzándola a tener que aplicar aquel desesperado y hosco remedio. Me sentí aun más miserable y mezquino por esta segunda reflexión.
También temía por supuesto, que nuestra relación de amistad, hubiera fenecido en el momento en que ella se desnudó ante mí, y consumamos aquello, aunque eso era lo de menos. Me sentía tan infecto y despreciable que si Mark hubiera decidido terminar con mi vida en esos momentos, hasta me habría parecido algo normal y lógico, como castigo a mi comportamiento.
Cabía así mismo la posibilidad de que todo fuera como antes, constituyendo aquella noche de amor, si se podía aplicar esa definición a una acción forzada no directamente por mí, pero que emanaba de mi mismo como responsable directo de la misma, nuestro secreto. Aquello era un arma de doble filo. ¿Hasta cuando duraría la farsa? ¿qué tardaría mi alma y mi cuerpo en volver a hacer que mis dolencias regresaran para forzar la ayuda de Candy, a través de su compasión hacia mí?
También podría darse el caso, de que mi alma, mi voluntad o lo que fuera que manejase mi destino a su antojo, se diera por satisfecha con lo de aquella noche. A fin de cuentas, la compasión también es una forma de amor. Quizás esa intangible fuerza que había guiado nuestras acciones hasta culminar en ese momento crucial, solo hubiese querido provocar ese momento.
O podría ser, que Candy decidiera dejar a Mark para vivir conmigo. ¿ Qué sucedería con Marianne y Maikel ? ¿podrían llamarme padre sin sentir desprecio por mí? ¿sin repudiarme ? ¿tendría el valor de mirarles a la cara? ¿ y a los Legan y cuantos nos rodeaban ? ¿podrían hacerlo sin escupirme en el rostro ?
Preguntas que me atormentaban, preguntas que solo me sugerían una respuesta válida. Marcharme de allí para no volver. Si continuaba allí, la brecha que esa noche habría abierto de seguro entre Mark y Candy, se haría tan insondable y ancha que ningno de los dos podría cruzarla tal vez jamás.
Yo los uní, pero no sería quien los separaría. Entonces me quedé pensando en la curiosa analogía, en el paralelismo que había establecido casi sin darme cuenta. Yo, el que dio comienzo a aquella maravillosa y triste historia, yo el que le daba término. Meneé la cabeza, asqueado. Los primeros rayos del alba se filtraban a través de los póstigos de madera entreabiertos formando arabescos y raras formas sobre nuestros cuerpos, mientras los pájaros piaban con tesón, anunciando un nuevo día de primavera que se anunciaba como espléndido, uno de esos días que te hacen amar la vida más que nunca y sentirte verdaderamente vivo, pero para mí era el extremo contrario. Pensé en levantarme, vestirme y escribir una nota para Candy, Mark y los Legan y alejarme de allí cuanto pudiera. Lo primordial era poner distancia entre Candy y yo. La idea de apartar a Mark de su lado, se me antojaba espantosa e infame. Me moví lentamente, pero no era fácil salir de la cama. Candy seguía abrazándome, reteniéndome con firmeza. La miré por unos instantes. Estaba tan hermosa que tuve que vencer la tentación de besarla y hacerla el amor de nuevo. Finalmente conseguí deshacer la presa que en torno a mi cuerpo realizaban sus flexibles brazos. Abandoné el lecho con pesar y dificultad. Aunque me había sentido muy ligero, entre sus brazos, la realidad había hecho que mi cuerpo volviera a acusar el peso que habitualmente le correspondía. La realidad, en toda su crudeza y descarnada realidad, valga la redundancia. Pero al igual que mi obesidad no me había abandonado, tampoco mi habitual torpeza y falta de cuidado. Al alejarme de la cama, me enrollé el pie derecho en los flecos de la sábana que remansaba fuera del colchón, colgando sobre el suelo como una cortina flotante y tropezándome me caí al suelo. Candy abrió lentamente los ojos. Por un extraño sentido del pudor, me envolví en un albornoz que alguien había depositado sobre una silla, quizás algún sirviente y conseguí cubrir mi cuerpo desnudo antes de que la adorable muchacha se despertara del todo.
-Buenos días querido Maikel –me dijo con acento musical y muy alborozada al descubrir que no quedaba ni rastro de las supurantes llagas y las hemorragias que habían salpicado mi cuerpo, tan solo unas horas antes –supongo que tendrás hambre. Voy a prepararte algo de comer, espérame aquí mientras…
La interrumpí súbitamente con unas palabras cortantes y frías Mi voz sonaba más dura y enojada de lo habitual, no por ella, si no por mí mismo.
-Candy…-dije apretando los puños e intentando no mirarla porque no podía reunir el valor suficiente como para hacerlo- lo que te obligué a hacer anoche…fue algo despreciable, por parte mía claro, no por la tuya. Y lo más horrible es que…no solo me dejase llevar, si no que disfruté y gocé por ello.
Candy entreabrió los labios con una mueca de contrariedad. Se había envuelto en una esplendorosa bata de encaje con brocados y recamados cediendo también a la llamada del pudor. Quiso hablar, pero le impuse silencio alzando la mano derecha en un cortante ademán que no admitía réplica alguna.
-Candy –comenté yo mientras las lágrimas resbalaban de mis ojos sin elegancia. Algunas personas como Mark y Candy son capaces de verter su llanto con clase y en completo silencio, pero yo no. Me sorbía los mocos y me rascaba los párpados porque tenía los ojos enrojecidos e irritados, lamentándome a cada paso -¿ por qué lo hiciste ? te pedí que te estuvieras quieta –comenté tomando sus manos súbitamente procurando no hacerla daño –esto…no tenía que haber sucedido. Éramos amigos y yo admito, que soy el único culpable por haber propiciado una situación así, pero no era necesario –dije en un susurro.
Candy intentó abrazarme, pero me aparté unos pasos musitando a modo de justificación por mi rechazo a sus muestras de afecto:
-No Candy, por favor. Aun me duele todo el cuerpo. Mi piel se está regenerando y sus terminaciones nerviosas son aun muy sensibles –mentí. Candy no estaba segura de que le estuviera refiriendo la verdad, pero no alegó nada o arguyó algo al respecto.
-Si no me hubiera acostado contigo, habrías perdido la vida, Maikel. Sufriste la misma enfermedad psicomática que Neil cuando pretendió casarse conmigo, poco después de que me salvara de aquellos malhechores arrojándose junto a mí, por un barranco de improviso para protegerme –comentó Candy a media voz mientras me miraba vehementemente.
Me rasqué el mentón barbudo y contemplé mi reflejo en un espejo ovalado con marco de madera de acacia por el que trepaba una delicada hilera de hiedra primorosamente tallada y tan real que casi hasta se podía sentir el suave tacto de las perennes hojas. Sonreí tristemente al observar mi prominente barriga y mis rasgos abultados y mi silueta redondeada y rechoncha. ¿ Cómo iba la hermosa Candy a amar a un ser como yo, si no fuera por compasión ? En esos momentos, me vinieron ganas de bromear acremente y comenté haciendo gala del humor más negro y sórdido:
-La bella y la bestia, o Cuasimodo y Esmeralda, una vez más el círculo se cierra y la leyenda se hace realidad –exclamé riendo sin gracia. La propia Candy me lo hizo notar:
-Eso no ha tenido ninguna gracia Maikel, ha sido un golpe bajo, porque yo jamás te consideré como un monstruo o me reí de ti. Es más de hecho…-Candy miró hacia la puerta con incrustaciones de plata y pequeños adornos dorados- no tuviste ninguna culpa de nada. Te trasladamos a Lakewood como era tu deseo, pero antes te examinaron varios médicos de renombre sin que lograran hayar otra solución a tus síntomas que…-se hacía evidente que le costaba hablar, pero siguió haciéndolo pese a todo- desahuciarte.
Hablé con Mark y hasta con Haltoran y la única solución para curarte…era esta.
-Neil logró salir con vida de esto. Ni siquiera hizo falta…-dejé de seguir hablando porque era evidente lo que intentaba significar. No pretendía ser grosero, pero Candy realizó un mohín de desagrado que no pudo reprimir ante la evidencia de lo que intentaba expresar, aunque agradeció mentalmente que no lo reprodujera con palabras, porque resultaba violento y embarazoso.
-Lo sé Maikel, pero para entonces se había enamorado de Susan o empezaba a hacerlo, por lo que su atracción por mí, dejó de surtir efecto. El mismo admitió que todo había sido una obsesiva pasión, que no conducía a ninguna parte.
-Como la mía –dije encogiendo los hombros y rascándome la cabeza.
Candy se puso en pie y comenzó a caminar por toda la habitación. El permanecer inactiva la ponía aun más nerviosa e irritable de lo que por si ya lo estaba.
-No Maikel. Tú te enamoraste de mí de veras. Ha sido un largo proceso contra el que trataste de luchar, pero al cabo de todos estos años ha terminado por imponerse y que ha ido madurando lentamente durante todo este tiempo. Tú no tenías ni tienes ninguna culpa por ello, Maikel.
-Sigo opinando lo contrario Candy –dije levantando levemente la voz, porque cada vez me sentía más irritado y enojado conmigo mismo, por mi débil carácter y la falta de una voluntad más firme y asentada.
Candy comprobó que por la vía de la conciliación no iba a conseguir nada. Lanzó un breve suspiro y se sentó ante el espejo del tocador empezando a peinarse y a recoger sus largos cabellos rubios en sus características colas de caballo.
-Mark y yo hablamos de este asunto hace días. Fue muy arduo y penoso tener que abordar algo así, pero no hubo más remedio. Si no hacía esto, estabas sentenciado, Maikel. Esperamos hasta el último momento, hasta que se hizo inevitable, que tuviera que hacerlo para salvarte, Maikel, y créeme –dijo con cierto tono de cansancio y hastío en la voz que ya no era tan musical como antes- fue extremadamente duro para los dos tomar esta decisión, sobre todo para Mark. Tú por tu parte, no habrías hecho nada Maikel y tarde o temprano, te habrías consumido literalmente, por amor.
Caminó en círculos por la alcoba. El sonido de sus pisadas retumbó en el silencio del cuarto trasmitiéndose a través de la tarima de madera y las paredes, a otras estancias de la mansión adyacentes a las dependencias gubernamentales. Candy se detuvo y mirándome fijamente repuso:
-De hecho, preparamos todo a conciencia y cuando tuvimos la completa certeza de que estabas solo, Maikel, me introduje en tu habitación.
El resto…ya lo sabes –repuso Candy cariacontecida retorciéndose las manos sobre los adornos repujados de su bata de seda.
-Y ahora está en mi mano, supongo, permitir o denegar que tú y Mark continuéis juntos –dije pesaroso tomando un cepillo del tocador y empezando a intentar domeñar algo mis escasos pero rebeldes cabellos.
No hizo falta que Candy me respondiera nada. El elocuente silencio que mantuvo y que resultó ciertamente embarazoso para ambos, me dio la respuesta.
Me erguí todo lo que pude, y respiré hondo diciendo:
-Por lo que a mí respecta, quiero y es mi deseo que tú y Mark continueis juntos, Candy. Yo…no pretendía que esto resultara así, no lo pretendía –repetí tristemente, maldiciendo mi suerte.
Candy intentó abrazarme, pero me distancié de ella y dije:
-Te amo Candy, te amo desde el día que te conocí en el Hogar de Pony, y por eso debo dejarte libre para que puedas elegir, porque si te retengo a mi lado, a menos que permanecieras por tu propia voluntad conmigo, siempre tendría la convicción de que me quieres solo por compasión y eso no es así.
Candy se me quedó mirando. Corrió hacia mí y hundió la cabeza en mi pecho. Sus cabellos rubios cosquilleaban en mis mofletes, y toda la parte inferior de mi rostro, de la nariz para abajo.
-Maikel, no quiero que sufras, pero, pero, yo…yo…amo a Mark y a mis hijos, y no podría abandonarle como tampoco podía dejarte morir anoche.
No repliqué a su último comentario y la pregunté posando mis manos sobre sus hombros:
-¿ Qué opina Mark de esto último ? –pregunté con prevención temiendo un estallido de dolor y llanto por parte de la hermosa muchacha.
-Me dijo poco más o menos, lo mismo que cuando Terry intentó declararse, cuando estuvimos en Escocia para ver a mi madre, que si realmente te amaba o decidía permanecer contigo para curarte, respetaría mi decisión, y que no nos guardaría rencor, ni a ti, ni a mí, Maikel. De hecho, esta tarde a la cinco he quedado con él en el templete donde fui adoptada por los Andrew, y una vez allí, tendré que darle una respuesta definitiva. Yo, quisiera permanecer con él para siempre, pero si tú quieres que me quede contigo, lo entenderé y seré tu compañera para el resto de mis días, tienes mi palabra Maikel –comentó apretando con firmeza mi mano derecha.
Parpadeé para asimilar cuanto me estaba confesando. Suspiré y realicé una nueva pregunta a la muchacha:
-¿ Y tus hijos Candy ? ¿ qué sucederá con Marianne y con Maikel ? ¿ que será de ellos si te divorcias de Mark ?
-Sería un golpe muy duro para ellos, pero lo aceptarían, tarde o temprano, terminarían por asumirlo. Naturalmente, Mark y yo nos divorciaríamos y no volvería a verle más para quedarme contigo, Maikel. Y si lo deseases, quizás con el tiempo, pero tendría que transcurrir un periodo suficiente, para que me recobrase de algo tan doloroso y horrible, accediera a convertirme en tu esposa, Maikel si me lo pidieras, pero eso sería más hacia delante.
-¿ Por qué estarías dispuesta a hacer todo eso por mí Candy ? ¿ por qué ibas a sacrificar tu felicidad por la mía ? –pregunté con prevención y todo el tacto que conseguí desplegar aquella larga y embarazosa mañana de primavera, en que ambos después de haber desnudado nuestros cuerpos, hacíamos lo mismo a continuación, con nuestras almas.
Hice una pausa un tanto embarazosa antes de seguir hablando, cuando Candy se me adelantó y me explicó con voz clara y firme:
-Porque tú fuíste el artífice de mi felicidad, Maikel, y que menos que corresponder a un sacrificio tan hermoso y altruista como hiciste por tu parte, querido Maikel, por otro de similares y parecidas características. Pero creo que nunca podré igualar todo lo que hiciste por mí.
-Yo no quería llegar a esto Candy, no era esto lo que yo quería ni buscaba –dije abatido y con la moral por los suelos mesándome los cabellos con tanta desesperación, que llegué a arrancarme algunos que quedaron prendidos ente los intersticios, de los dedos de mi mano derecha. En cuanto al sacrificio al que se refería, no fue motivado más que por dinero y afán de notoriedad y protagonismo. Aparte del beneficio económico, buscaba ansiosamente alcanzar la inmortalidad que proporciona el alcanzar una empresa singular que se graba a fuego en el corazón y en la mente de los hombres. Quería remontarme sobre el tiempo, que se me erigieran estatuas y se me citara en los libros de texto escolares y universitarios, que se hablara de mí en todas partes, trascender los límites del anonimato y el olvido, pero todo se truncó por una banda de ladrones que por codicia, liberaron al iridium 270 y transformando nuestras vidas para siempre. El sacrificio al que se refería Candy surgió de un sueño menos idealista y más práctico, que resultó seriamente truncado aquel lejano día, en que Mark se convirtió en un viajero del tiempo, muy a su pesar, por lo menos hasta que descubrió que era lo que se ocultaba tras las eras e inmensidades temporales que recorrió confuso, presa de un indescriptible terror que le impedía pesar con claridad, hasta que fue intuyendo la enormidad de lo que le había sucedido realmente. En cuanto a mí, todas mis aspiraciones y anhelos se esfumaron como nieve al sol, tan pronto como trascendí los límites del tiempo, pero no como yo esperaba. De hecho, cuando huí en la cápsula temporal de los esbirros de Norden, me estaba condenando a un anominato aun mayor del que creía dejar atrás tan pronto como el iridium fuera explotado como fuente de energía alternativa a los combustibles fósiles de no haberse truncado todo en un instante de locura, pero ya todo aquello importaba bien poco o nada en absoluto.
-No te martirices más Maikel. Te lo dije hace poco. Amar a alguien sinceramente, siempre que no se convierta en algo execrable y malsano, no es ningún delito ni un acto reprobable, ni sucio. Tú no tuviste la culpa de enamorarte de mí, como tampoco de que el iridium condujera a Mark hasta a mí, a través de las eras, Maikel y que ambos nos enamorásemos el uno del otro. Nadie es culpable por querer amar, ni aun en los casos más trágicos y desesperados.
Guardé silencio. Sentía sobre mis hombros la pesada carga de los remordimientos hasta que ella entrelazó sus brazos detrás de mi cuello y me susurró:
-Yo también te amo Maikel, por eso hice lo que hice –me dijo mientras sus maravillosos ojos de esmeralda se reflejaban en los cristales algo ajados y rayados de mis gafas.
-Porque estaba en las últimas –dije desabridamente y desviando la mirada hacia la chimenea, suscitando en ella un rictus de desaprobación.
-No Maikel. Fue por amor. –dijo ella con convicción separándose levemente de mí, manteniendo cierta distancia entre ambos - Aunque nunca podré quererte de la misma forma que a Mark, tú también tienes y tendrás siempre cabida en mi corazón.
Luego depositó un suave beso en mis labios que me supo a miel, mientras la amargura de sentir que aquellos sentimientos eran tan forzados y robados como aquel beso, me recorría como fuego candente, las entrañas a placer. Compartir su corazón con otro hombre no era la opción que yo esperaba, pero sabía que no tenía la menor posibilidad de desplazar a Mark para quedarme como único señor de la plaza fuerte en que se había convertido aquel oculto receptáculo de su amor, que suscitaba tantas emociones encontradas en mí.
Luego, se retiró tras asegurarse un sin fin de veces que estaba bien, y yo garantizándole que así continuaría cuando me hiciera su próxima visita de inspección.
-Me quieres por compasión únicamente –me dije cuando quedé a solas, rozándome los labios levemente con dos dedos, sintiendo aun el suave y cálido tacto de los suyos sobre los míos y pensando en la posible solución que había formulado para resolver de una vez por todas, aquella adversa y tensa situación que me torturaba el alma, atormentándomela.
73
Me encontraba ante un dilema de difícil solución, al menos para mí. Candy me había ofrecido la posibilidad de quedarme con ella para siempre, aunque eso causara invariablemente su ruptura con Mark y por ende, el fin de su matrimonio, lo cual conllevase aparejado la ruina de su familia. Si aceptaba esa posibilidad, sabía que Candy cumpliría su promesa y que no se echaría atrás, pero esa solución no me satisfacía. Candy no me amaba a mí, no por lo menos, en el pleno sentido de la palabra, pero por otro lado si renunciaba a esa solución de compromiso, pero solución a fin de cuentas, me preguntaba cuanto tardaría mi organismo en recaer, cuanto tiempo podría estar sin que la nostalgia y el amor, me empujasen a ella de nuevo.
Miré el reloj de cuco, colgado de una de las paredes recubiertas con papel de motivos florales y guirnaldas. Las manecillas de color oscuro indicaban que eran las diez en punto de la mañana, y justo en ese momento la efigie pájaro de madera, pintado de verde claro apareció traspasando unas pequeñas puertas practicadas sobre la esfera del reloj con caracteres romanos, y entonando su particular y archiconocido canto. El ave mecánica avanzó y se retiró varias veces, impulsada por el mecanismo en forma de mecano extensible que la sujetaba y finalmente se ocultó en las entrañas del reloj hasta, que tuviera que cumplir nuevamente con su cometido, para señalar otra hora en punto, reclamada por los engranajes de la compleja maquinaria del reloj, que hacían que entrara en acción.
-Las diez –dije en voz queda sin que nada me respondiera u oyese. Candy había abandonado mi habitación para tomar un poco de aire y descansar algo. Pero yo suponía que iba a encerrarse en su habitación, probablemente para llorar su desdicha, o tal vez por mí, o incluso por ambos motivos a la vez.
Caminé en círculos cada vez más nervioso y preocupado, sin saber que decisión tomar. Era como una fiera enjaulada y lo único que hacía era ahondar mi desdicha, propiciando un círculo vicioso que se repetía incesantemente. Cuantas más vueltas le daba a todo aquello, más difícil veía yo, conseguir llegar a una solución efectiva y lo suficientemente válida, si es que era factible hallar una salida a aquella enrevesada y triste situación que había propiciado sin medir las consecuencias.
Tenía siete horas para tomar una decisión. Mark y Candy se amaban tanto, que en vez de cerrar en falso su amor, cortando el vínculo que les unía, habían optado de mutuo acuerdo darse una oportunidad más, por si yo a mi vez, les dejaba a ellos una salida factible. Naturalmente, Candy vendria antes a conocer mi decisión para saber a que atenerse. Mark y su esposa habían hablado largo y tendido y aunque su decisión pudiese parecer chocante y forzada, no deseaban sacrificar sus sentimientos ni su matrimonio sin concederse una oportunidad.
Porqué eran capaces de arriesgar tanto, porqué el propio Mark quería llegado el caso apartarse del camino, para franquearme a mí el paso, hacia el corazón de Candy se debía a que yo, involuntariamente había creado las condiciones precisas para que ambos jóvenes se conocieran y se enamoraran. Y como para bien o para mal, yo era el artífice, el que dio origen a su felicidad, Candy consideraba que quizás tenía más derechos que el propio Mark, a participar de esa dicha.
No quise ni imaginar las lágrimas, quizás los gritos y reproches que Candy y Mark debieron cruzarse antes de adoptar esta trágica y dramática opción de concederme unas horas para que reflexionara en que decisión tomaría, quizás confiando en la bondad implícita de mi corazón para permitir que su amor continuase sobreviviendo. Tampoco preferí indagar en si Mark habría superado ya lo de mi encuentro amoroso con Candy, más bien desencuentro, aunque me figuré que debió asumirlo como mal menor, para que mi salud se restableciera otra vez.
Por otro lado, si yo renunciaba a Candy, aquel hecho que me estaba torturando y probablemente a Mark, más que a mí, bien valdría que se hubiera producido si con ello aseguraban su matrimonio para el resto de sus días.
Por el momento, mis hemorragias, escoriaciones y pústulas habían remitido recobrando plenamente la salud. No había sufrido ninguna otra manifestación de mi extraña dolencia de indudable origen psicosomático, desde el día en que mi larvada tristeza estalló con toda su virulencia acumulada y guardada durante años en mitad de la esplendorosa fiesta a la que el atento y servicial socio y amigo de Ernest, nos había invitado tan deferentemente. Pero ello no quería decir en absoluto, que no tuviese lugar un nuevo episodio o brote en un futuro, por desgracia no demasiado lejano. Esa posibilidad real existía y no era fácil sobrellevarla o pensar en otras cuestiones diferentes.
Por otro lado, si me quedaba en Lakewood, aunque mantuviera mi ritmo de vida normal y apacible, aunque no volviera a producirse un rebrote de mi afección, y mi comportamiento fuera normal y sereno, ello no garantizaba que en un futuro quizás no demasiado lejano, tales hechos no volviesen a repetirse, esta vez, quizás con mayor virulencia.
Salir huyendo tampoco era solución, aunque había barajado la posibilidad de realizar un largo viaje, pero descartando la peregrina idea de una fuga precipitada que tal vez no hiciese más que agravar las cosas. La mejor opción que se me ocurrió, fue rechazar de pleno el ofrecimiento de Candy. Cuando llegase la hora en cuestión, se lo haría saber a ambos y una vez que les informara de que no pensaba entrometerse en su matrimonio, me marcharía de Lakewood durante una larga temporada. Ver mundo me vendría bien, y quizás retornarse con más ánimos e ideas y sentimientos renovados. Lo que jamás consentiría sería condenar a Candy a una vida a mi lado de sufrimientos y lágrimas silenciosas, porque aunque la tratase respetuosamente y ella asumiera resignada, su papel de compañera y esposa sin reproches ni una sola lágrima, sabía que tarde o temprano terminarían por aparecer.
No, yo no me serviría de mi posición privilegiada, injustamente privilegiada diría yo, por los últimos hechos que habíamos vivido, para doblegar la voluntad de Candy y que se plegara a mis caprichos.
Traté incluso de encontrar a Candy antes de la hora prevista caminando por todo Lakewood e incluso acercándome hasta la mansión Legan, pero aunque conseguí localizarla un par de veces, ella me rehuía tan pronto como intentaba sacar a colación el espinoso tema de lo que había sucedido entre nosotros, durante la noche anterior. No insistí más. Fuera lo que fuera lo que decidiese, el desenlace de esta enrevesada y complicada historia de amor a tres bandas, no tardaría en resolverse, de una vez por todas, para bien o para mal.
74
Mark era tan culpable de enamorarse de Candy como yo, en resumidas cuentas, nada. Si bien, yo era responsable último de que todas nuestras imprevistas aventuras hubieran echado a andar desde que el furgón conteniendo el peligroso y explosivo iridium fuera atacado y el contenido del arca que transportaba sacado a la luz con las consecuencias que todos conocíamos, dado que yo financié y promoví su extracción con vistas a su explotación como fuente de energía viable. Además no había previsto los imponderables, como aquella banda de ladrones que torcieron el destino de Candy, de Mark y el mío propio para siempre, o que Mark fuese a materializarse justo en aquella época, a principios del siglo XX y en las circunstancias que concurrieron en su inesperado encuentro con Candy.
Lo que no esperaba yo, es que un amor no correspondido fuera a traerme complicaciones de índole física, y no solamente anímicas. Había estado a un paso de perecer por amor, y aun no estaba seguro de hallarme completamente libre de los efectos de tal rara e infrecuente enfermedad psicológica, lo cual no significaba que estuviera loco, aunque en más de una ocasión, dados los particulares acontecimientos que iban surgiendo según mi vida se iba desenvolviendo en tales circunstancias, me hubiera planteado más de una y de dos veces si estaba perdiendo la razón sin que consiguiera hacer nada para evitarlo.
Por el momento, la tensa agitación que se había apoderado de nuestro ritmo cotidiano parecía haberse desvanecido concediéndonos una tregua. Durante el resto de la mañana y parte de la tarde, por consejo de Candy, los Legan actuaron con respecto a mí, como si no hubiera sucedido nada de nada y desde luego Ernest fue lo suficientemente bondadoso y considerado como para no restregarme que hubiera empañado la esplendorosa fiesta a la que su amigo, Francois Mannet nos había invitado tan generosamente.
Por su parte Francois, entendía y disculpaba que causas ajenas a mi voluntad hubieran propiciado mi precipitada salida del palacete del magnate francés, seguido desesperadamente por Mark y de Candy. Afortunadamente, nadie llegó a intuir la terrible y trágica verdad que latía tras mis aparatosas heridas y mi aspecto demacrado y ojeroso. Ni siquiera Mermadon argumentó nada cuando me vio pasar muy cerca de su lado, paseando por Lakewood distraidamente. El robot se hallaba en compañía de Wittman trasplantando unos rosales y ambos me saludaron alzando casi al unísono sus manos. Sonreí aunque no tuviera ganas de hacerlo. Era como si el anciano jardinero se hubiera contagiado de las maneras y la afectada forma de ser del gigantesco robot.
Por un momento creí que me encontraría con Haltoran, que tal vez me vigilase disimuladamente, para controlar que no me sucediera nada, pero no hallé ni rastro de él. Sin embargo noté que alguien me seguía. Cuando me giré intrigado, me encontré con que Maikel, el primogénito de Candy y de Mark me estaba observando fijamente. El niño avanzó lentamente hacia mí y clavó sus intensos ojos verdes heredados de su madre en los míos. Intuía que el inteligente y reflexivo muchacho sabía algo y me preparé para soportar y encajar lo mejor posible, sus más que justificados reproches, pero no sucedió nada de eso.
Siguió mirándome durante largo rato. Sus ojos no denotaban ni ira ni reprobación, solo una callada y palpable compresión. Finalmente sonrió levemente y dijo:
-Tío Maikel, quisiera pedirte que no separes a mamá y a papá, pero si eso llegase a suceder, quiero que sepas…que jamás te guardaré rencor.
Luego añadió algo que siempre quedaría grabado a fuego en mi memoria:
-Aparte de papá, solo ha habido una persona que ha amado a mamá con más fervor y cariño que nadie: tú, querido tío. Por lo tanto, si decides quedarte con mamá, quiero que sepas que lo entenderé y Marianne lo mismo. Si algún triste y terrible día me dieran a elegir entre papá y otro hombre al que tuviera que llamar padre, de forma inevitable, no tengo la menor duda de que te escogería a ti.
Abracé al niño desahogando mi pena en su pequeño hombro, impresionado por su honestidad e inteligencia:
-Jamás he querido causaros daño, pequeño, ni a ti, ni a Marianne y menos a Candy o a Mark –declaré con voz desgarrada por la emoción sin poder contenerme.
-Lo sé tío, lo sé –dijo el niño con voz queda y cálida.
Permanecimos abrazados durante unos instantes más, antes de que decidiéramos distanciarnos el uno del otro.
75
Llegó el momento que tanto Candy como Mark temían, en especial yo. A las cinco en punto me encaminé hacia el templete de mármol blanco donde la adorable muchacha fuera adoptada hacía ya tanto tiempo, o donde Mark obtuviera el apoyo del difunto presidente Wilson, tras impresionarle con su triste y singular historia, la historia de su vida.
Allí también se habían casado Haltoran y Annie, invitados por Candy y a instancias de los Legan.
Además, cerca de allí Mark había salvado la vida de Anthony impidiendo que se desnucara contra el suelo en el último momento, creyendo salvaguardar de esa manera la felicidad de Candy, cuando esta aun no había comenzado siquiera, aunque estuviera a punto de hacerlo a partir de ese instante.
Candy me aguardaba con los brazos cruzados sobre el pecho y actitud expectante. Mark, esperaba unos metros más atrás con los brazos cruzados y expresión ceñuda, observando la hierba que una ligera brisa mecía a sus pies. Sabía que no traicionaría la decisión que yo tomase respecto a Candy, ni que la joven se echaría atrás. Ninguno de los dos boicotearía la opción que escogiese, pero una cosa estaba muy clara: ambos deseaban que les desvelara de una vez, los pensamientos que bullían en mi mente.
Candy clavó en mí una intensa mirada, mientras su corazón latía desbocado.
Amaba a Mark por encima de todo, pero estaría dispuesta a sacrificarse por mí, si esa era mi decisión definitiva.
Suspiré. Retiré de mi cabeza el sombrero de ala ancha que ceñía mis sienes, y dije con voz clara y firme:
-Ya he tomado una decisión, Candy.
La respiración tanto de ella como de Mark, parecia que iba a detenerse invariablemente de un momento a otro. El ambiente era tan tenso que casi podía escuchar por separado cada latido de sus temerosos corazones.
Guardé silencio por unos instantes, no adrede si no para reunir las fuerzas necesarias y hacer acopio del valor necesario, para pronunciar las palabras que ya estaban preparadas en mi mente, dispuestas a salir a través de mi garganta. Alcé la cabeza y esbocé una tenue sonrisa mientras decía:
-No puedo separaros Candy. No sería justo. Solo quiero que seas feliz junto a Mark, Aquel día al salvar a Anthony, Mark intentó procurarte esa felicidad creyendo erróneamente que tu lugar estaba junto a él, pero se equivocó. Afortunadamente, se equivocó –recalqué- y tanto tú, Candy como Mark –dije dirigiéndome a los dos que me escuchaban intentando no dejar traslucir su lástima por mí, porque era lo último que deseaba entrever en sus semblantes - unisteis vuestros destinos. Y así debe de continuar.
Un sollozo mitad de alivio, mitad de emoción salió de la garganta de la muchacha. Candy me abrazó y mientras Mark, incapaz de contener su llanto se acercaba a los dos, Candy no dejaba de darme las gracias murmurando incesantemente:
-Gracias mi dulce Maikel, gracias, por ser tan bondadoso y dulce, gracias.
76
Al anochecer de aquel día pensé en todo aquello a lo que había renunciado y que podría haber sido mío y obtenido, si no le hubiera dejado a Candy otra alternativa posible sin posibilidad de elección. Lancé un suspiro muy largo y pronunciado. Últimamente me había convertido en todo un experto en esa difícil y tan expresiva forma de comunicación, porque a través de los mismos se podían expresar muchas y muy diversas emociones. Contemplé mis manos y las encontré completamente intactas y libres de cualquier herida que hubiera podido erosionar su superficie. Un tanto temeroso, bajé la cabeza y examiné con tiento mis piernas tras arremangarme los pantalones. Idéntico resultado. No había ni rastro de llagas supurantes ni de heridas abiertas que desprendiesen reguero de sangre alguno. Contemplé mi reflejo en las aguas del lago, ayudado por la luz de la luna que rielaba sobre las ahora calmas aguas. No es que no pudiera dormir, pero aun era temprano y me apetecía dar un paseo, animado por las suaves temperaturas de aquella noche primaveral y los efluvios que el bosque desprendía en torno mío. Caminé lentamente junto a la orilla, de la misma manera que Candy lo hiciera una vez, siguiendo el curso de una botella con un mensaje que le enviara a Albert pidiéndole ayuda, y que el magnate ni se dignó en leer, poco antes de que Candy fuera enviada a Méjico, falsamente acusada de un robo que no había cometido. Me había contado la historia y ahora me encontraba reproduciendo sus pasos a mi manera. Realicé otra minuciosa evaluación de mi cuerpo. No había huella alguna visible de los estragos y padecimientos que habían convertido mi cuerpo en un lugar de lamentaciones y temblorosas convulsiones. La fiebre había descendido hasta desaparecer y mis dolores eran ya un recuerdo del pasado. Pero las heridas del alma aun no habían cicatrizado. Ya no sentía ese amor que me había devorado, como la sed a, aquel que no consigue acceder a aguas transparentes y cristalinas para aplacar su tormento, pero notaba una leve nostalgia de la muchacha, como si hubiera perdido algo muy querido o que se encontrara ya lejos, fuera de mi alcance.
Escuché unos pasos a mi espalda. No temía que fuera un intruso porque Mark había reforzado la vigilancia de Lakewood, mejorándola y escogiendo gente más competente que aquel brutal capataz que estuvo a punto de terminar con su vida y la de su esposa. El único que podría estar a esas horas haciendo alguna ronda de inspección por el bosque que circundaba el lago y el caudaloso río, donde la barca de Candy había sido arrastrada como si fuera de juguete con ella dentro, o bien era alguna de las patrullas aleatorias que los vigilantes realizaban por toda la finca, o Mermadon que continuaba con esa costumbre de realizar un recorrido de reconocimiento por todo Lakewood. Cuando me volví, unos ojos de un verde tan intenso que solo una vez hallé una tonalidad similar en una indescriptible puesta de sol que contemplé una vez desde unos acantilados al borde del mar, me miraron con gratitud y admiración.
Candy avanzó hacia mí, temerosa de que hubiera sufrido otra recaída, pero se alegró al comprobar que no había sido así. Me envolvió entre sus brazos, de improviso, apoyando su barbilla sobre mi hombro izquierdo y musitando constantemente las gracias en mi oído.
Me sentí un poco violento, sobre todo teniendo en cuenta lo que había sucedido entre nosotros, la noche anterior. Quise retirarme de su lado, cabizbajo, pero ella me lo impidió aumentando la presión de sus brazos en torno a mi cuerpo.
-No Maikel, no debes de avergonzarte de lo que hubo entre nosotros. Fue algo muy hermoso e indescriptible –dijo acariciando mis mejillas y dedicándome una sonrisa encantadora.
Permanecí muy próximo a ella. Aunque hubiera perdido para siempre la oportunidad de tenerla solo para mí, no me importaba. Podía escuchar su respiración suave y un poco acelerada y apreciar el rubor que teñía sus mejillas de nácar.
-Lo hiciste por compasión –dije un tanto desabridamente y aun con el recuerdo de esa noche pesando sobre mi conciencia- pero te aseguro que jamás quise forzar nada parecido. No sé que me ocurrió y si esas heridas, y toda la sangre que derramé en la fiesta se debió a estos sentimientos que crecieron en mí tanto, que quizás mi alma maltrató a mi cuerpo para demandar tu atención, Candy.
-Maikel, debo admitir que lo hice para salvarte la vida, sí –dijo la muchacha mientras caminaba a mi lado. Habíamos interrumpido nuestro abrazo y optamos por andar lentamente el uno junto al otro, en íntima unión. Ella había tomado mi mano y nos desplazamos entre la hierba que crecía en torno a los dos, y que se combaba lentamente a medida que nos abríamos paso a través del manto verde, aunque los espigados tallos de las plantas, no sobrepasasen el nivel de nuestras rodillas.
-Maikel, yo…-prosiguió Candy deslumbrada por la magnificiencia de la luna plena y totalmente llena, en aquella hermosa noche cuajada de estrellas y a la que dedicó una intensa mirada, que luego posó en mí- hubo algo más esa noche. Llegué a sentir un amor muy intenso por ti, como el que me une a Mark y me dejé llevar –dijo la muchacha algo arrobada mientras apoyaba el talón de su pie izquierdo contra la otra pierna- pero cuando llegamos al climax…y nos dormirmos en brazos el uno del otro, el rostro de Mark volvía una y otra vez a mi mente. No quiero hacerte daño, Maikel pero lo nuestro nunca funcionaría. Yo…
-No tienes nada que temer Candy. No voy a echarme atrás en mi decisión y puedes confiar en que respetaré lo acordado. Aunque llegases a quererme como a Mark por un instante, no cabe la menor duda de que en tu corazón, siempre estará él –declaré rozando su mejilla izquierda y pasando una mano por su sedoso pelo. Y ahora, aunque me agrada tu compañía, desearía estar a solas si no te parece mal. No te preocupes por mí Candy, estaré bien.
Candy sonrió. En cierta forma, puede que fuéramos almas gemelas porque intuyendo que me encontraría deambulando cerca de la cascada, en los bosques de Lakewood decidió dejar la mansión para asegurarse de que estaría bien. Mark la dejó hacer, entendiendo que aquellos momentos de sinceridad entre ambos era un precio muy pequeño a pagar, por la amarga copa de desamor que había decidido apurar hasta el último trago, para salvar el indisoluble vínculo de amor que ataba a Mark y a Candy de por vida, y que solo ellos dos, de mutuo acuerdo, podrían haber roto. La muchacha asintió posando las manos tersas y finas sobre mis desmadejados hombros y declaró:
-Si te hubiera conocido a ti antes que a Mark, Maikel, es más que probable que ahora fuésemos marido y mujer.
Candy se llevó la mano a los labios dando un respingo como si hubiera dicho alguna inconveniencia. Asentí y lejos de incomodarme dije:
-Yo también estoy convencido de ello, Candy.
Se despidió de mí, con la comezón de que una silente y secreta pena me estuviera devorando por dentro. Y aunque aun me notaba adolorido y aflijido por mis sentimientos no correspondidos, la extraña dolencia había remitido hasta casi desaparecer. Aun notaba sus efectos, pero muy mitigados y difusos. Puede que ese instante, ese momento en que Candy confesó que me había amado, le hubiese bastado a mi alma, porque no se me ocurría otro instigador alternativo de aquellos síntomas tan desconcertantes, para que decidiese levantar el castigo que había inflingido a mi cuerpo.
Pero no iba a quedarme allí mucho tiempo. En mi intempestivo paseo nocturno, en una cueva cuya entrada estaba cubierta de maleza y raíces hice un singular descubrimiento. Atraído por un resplandor que me resultaba vagamente familiar, localicé mi cápsula del tiempo, esa que según Albert, junto a otras habían sido destruídas y saboteadas por orden suya. Examiné con prevención el casco ovalado y sin ningún aderezo exterior de la máquna del tiempo y un audaz pero quizás necesario plan, tomó forma en mi mente.
77
De irme, tenía que hacerlo esa misma noche, porque de lo contrario quizás ya no pudiera hacerlo si demoraba mi partida. No le comenté nada a Candy de mi fortuito hallazgo, y opté por marcharme cuanto antes. Pero no podía hacerlo sin dejar una nota de despedida a mis amigos. Quizás fuera una decisión cobarde y precipitada, pero si le revelaba a Candy y a Mark, mis propósitos tal vez no me permitieran partir. Tuve que regresar a la mansión Legan porque no llevaba encima nada para escribir como era de esperar y aunque perdería un tiempo precioso, debía de redactar esa última nota de despedida. Y aunque hubiera podido escribirla sobre la marcha, tenía que dejarla en un lugar visible y fácilmente accesible donde Candy o cualquiera de mis amigos diera con ella. No fue fácil deslizarse subrepticiamente por los largos y oscurecidos pasillos de la mansión que hasta ese momento había sido mi hogar y a cuyos jardines llegase en una cápsula temporal, huyendo de los fanáticos y enardecidos seguidores de Norden, tras una primera y corta visita a aquellos comienzos de siglo.
No fue fácil entrar a tientas en el salón principal de la casa y escribir una nota con mano trémula e insegura mientras algunas lágrimas goteaban sobre el papel satinado haciendo que la tinta oscura se corriera en varias ocasiones.
No fue nada sencillo manejar aquella pesada y díscola pluma de ave que se negaba a seguir mis instrucciones deslizándose entre los dedos contiuamente.
No era nada sencillo depositar la nota en la mesita que rodeaba el diván y los butacones de orejas azules, desde donde la señora Legan había obligado a Candy a pedir perdón por algo que no había hecho, y mucho menos hacerlo bajo la atenta y dolorida mirada de Mark. Los ojos oscuros de mi amigo escrutaron mis torpes movimientos a través de la penumbra que invadía la casa. Había bajado al salón para dirigirse a la cocina y beber un trago de agua. Se topó conmigo y por un momento me quedé parado, sin saber que hacer ni que decir. Temía que Mark frustrara mis planes. Sus ojos negros se deslizaron hacia la carta en la que había terminado de redactar en el sobre con trazo inseguro y dificultado por la falta de luz, un escueto "Para Candy".
Mark comprendió y situándose a mi altura me dijo:
-Supongo que es inútil intentar hacer que cambies de opinión.
Asentí brevemente sin articular palabra. Mark me rodeó con sus brazos palmeando mi espalda. No era necesario nada más. Una despedida se reduce a lo esencial, a lo mínimo y con un simple gesto, se pueden dar a entender muchas cosas.
-Buena suerte querido maestro. Allá donde vayas, cuentas con mi bendición y la de Candy.
-Adios Mark. Viajaré muy lejos de aquí, y aunque podrías traerme de vuelta si quisieras, te agradecería que no lo hagas –le dije con los ojos humedecidos y que brillaban en la oscuridad.
-Así será, no temas. Respetaré tu decisión, como tú has respetado la continuidad del amor entre Candy y yo.
-Me alegro de haberte conocido, Mark, despídeme de Haltoran, Carlos y Mermadon.
-Así lo haré. Cuídate Maikel –me dijo haciendo que mis ojos se abrieran como platos gratamente sorprendidos. Era la primera vez, que dirigiéndose a mí, me llamaba por mi nombre.
78
Tras salir por la puerta, caminé a buen paso hasta que alcancé la cueva donde escondí la prodigiosa máquina, hacía ya tantos años. Entré por el estrecho pasadizo, seguro de que no me había seguido nadie ni de que ojos indiscretos serían testigos de mis próximos hechos, aunque tampoco me importaba. Por un momento me había parecido distinguir los sensores rojos de Mermadon clavados en mi espalda, pero cuando me volví, justo cuando estaba a la entrada de la cueva que había despejado con no poca dificultad de maleza y ramas no había nadie. O quizás solo lo hubiera soñado.
Sin embargo mis recelos de que alguien me estuviera observando, oculto entre la espesura que me rodeaba no eran del todo infundados. Antes de que me introdujera por la boca de la cueva en su lóbrego interior, un par de ojos verdes atrajeron mi atención, mientras un rumor de pisadas apresuradas y hojas que se apartaban al contacto de unas manos blancas como la nieve, con un leve susurro golpearon mis oídos. Candy estaba allí mirándome fijamente, o quizás lo soñase. Por un momento, su figura esbelta y elegante sobresalió por encima de los arbustos y moldeada por los flotantes y etéreos tejidos del camisón que portaba y realizó ademán de avanzar hacia mí, extendiendo sus brazos y llamándome por mi nombre:
-Maikel –susurró. El viento nocturno trajo hasta mí su dulce y desesperada voz.
Era ella, no cabía la menor duda. Candy continuó moviéndose hacia mí intentando que desistiera de mi loco e impulsivo viaje, tal vez hacia ninguna parte.
-No te marches, por favor –declaró sorbiéndose las lágrimas- encontraremos una solución. Todo irá bien.
No, no iría bien. La única solución factible pasaba por la destrucción de su felicidad y la de su familia. La amaba, la amaba más intensamente de cuanto podía haber querido a cualquier otra persona a lo largo de mi anodina vida, hasta que ella vino a llenarla con su luz y su presencia maravillosa. Tuve la tentación de quedarme, volver otro día y poner fuera de servicio la máquina para disuadirme a mí mismo de marcharme otra vez.
Si hacía aquello condenaría la dicha de Candy, a menos que me fuera. Intentando rehacerme, calé mi sombrero hasta los ojos y me pasé la mano por los ojos restregándome las lágrimas que me caían como si fuera un mocoso en plena infancia que se hubiese caído y hecho daño en una rodilla o lastimado como consecuencia de alguna travesura.
-No avances más Candy –dije con voz deformada por la tristeza y por algunos gallos que afearon la inflexión grave que pretendía imprimirla. Mi voz no sonaba habitualmente así, pero en esos momentos me daba lo mismo.
-No, no te vayas por favor –insistió ella. Tenía que marcharme rápidamente. Si me estrechaba entre sus brazos otra vez, no sería capaz de irme jamás. Hice acopio de valor y enfilé la angosta entrada de la cueva mientras decía sin volverme a mirarla:
-Perdóname Candy, pero tengo que hacerlo. Algún día lo entenderás.
-No, no, no –intentó correr hacia mí para impedirme que me fuese, pero unas manos firmes y fuertes la sujetaron desde atrás. Candy se giró de repente y se encontró de cara con su esposo que la abrazó con devoción contra él.
-Abrázame amor mío, abrázame, -suplicó Candy intentando encontrar consuelo en el refugio que Mark le ofrecía- me siento…tan triste y abatida.
No era para menos. Mientras, yo, me interné en la cavidad pugnando por llegar a la máquina del tiempo cuanto antes, temeroso de que Mark me interceptara. Sin embargo, con o sin máquina del tiempo, si mi amigo se proponía detenerme, nada podría hacer yo contra su poder, derivado indirectamente de mí. Sonreí por la ironía. Yo empezaba aquella historia y yo, por lo menos, en lo que a mí se refería, cerraba el círculo.
Gateé hasta la cápsula temporal y tras accionar el mecanismo de apertura me acomodé en su angosto interior. Volví a cerrar la cubierta de burbuja sobre mí y manipulé los controles, rogando porque mi memoria no me traicionase y me permitiera recordar el enrevesado manejo de aquellas palancas y botones que no habían vuelto a ser contemplados por ojos humanos desde hacía más de una década. Afortunadamente el conocimiento necesario fluyó a través de mí, concentrándose en mis dedos y disponiéndolo todo, la cápsula empezó a vibrar y producir un creciente zumbido, mientras un resplandor irisado se desprendía de su estructura con forma ovoide. Todo tembló y me sujeté lo mejor que pude, hasta que finalmente tras unas cuantas sacudidas, la cápsula desapareció tras iluminar el lóbrego interior de la gruta por unos instantes, así como los alrededores de la misma.
No tenía muy claro a donde me dirigiría, pero si que no iba a retornar.
Mientras, en el exterior de la cueva una pareja de enamorados restañaban sus heridas mutuamente. Candy besaba a Mark apasionadamente, intentando justificar mi partida intentando odiarse así misma por no haber sabido sanar mi dolor moral, pero no lo conseguía. El amor de Mark era mucho más poderoso que el que ella hubiera intentado dispensarme a mí, aun habiendo querido hacerlo. Más tarde, ella comprendió que también me amaba, pero de una forma diferente que nunca haría que sustituyese a Mark en su corazón por mí. En cuanto a Mark, deseaba fervientemente que el afecto y el amor de Candy sirvieran para aplacar la tristeza que le embargaba por la pérdida de un gran amigo y maestro, sobre todo, amigo.
-Nos ha hecho el regalo más grande que jamás hubiéramos podido soñar o desear tener –susurró Candy algo más calmada y uniendo su frente con la de Mark, mientras sus manos acariciaban frenéticamente las mejillas del joven y Mark correspondía a sus caricias - Maikel, nuestro Maikel se ha sacrificado para que nuestro amor continuase existiendo. Sabía que el uno sin el otro –dijo ella refiriéndose así misma y a Mark- no somos nada.
-Lo sé amor mío –dijo Mark con pesar atrayéndola hacia sí y haciendo que sus rizos rubios descansaran sobre su torso –gracias a él nos conocimos, y…-le costaba hablar pero haciendo un esfuerzo se sobrepuso y concluyó la frase- gracias a él, estaremos juntos para siempre.
-Para siempre Mark, amor mío –coincidió ella.
-Para siempre –dijo en voz queda Mark renovando sus votos de amor con aquella solemne promesa, tantas veces formulada y hasta el momento, cumplida.
Mientras, los últimos resplandores del maravilloso brillo iridiscente proveniente del interior de la cueva, y que tenían su origen en la cápsula del tiempo al girar precipitadamente sobre sí misma, para dirigirse hacia el futuro, obediente a mis órdenes se iban apagando gradualmente a medida que iniciaba su largo periplo y se desvanecía, Mark y Candy tomados de la mano caminaron con lentitud y un reverencial respeto hacia la gruta. Contemplaron el oscuro interior mientras Candy, dirigiéndose hacia un prado cercano, recogió varias flores de los alrededores, improvisando una maravillosa guirnalda formada por amapolas y lirios como solía hacer cuando era niña en compañía de Annie, depositándola en el umbral de la gruta, a modo de homenaje. Retornó junto a su marido y entrelazó sus manos sobre la falda de su camisón de raso blanco, mientras Mark la aferraba por los hombros. Candy se mesó los cabellos y dijo en voz baja y apenas audible:
-Que seas feliz allá hacia donde te dirijas querido Maikel. Siempre te recordaré, mi amigo, mi hermano. Ojalá hubiera podido amarte como te merecías y te mereces realmente.
Mark la besó en los cabellos y susurró en su oído:
-Y eso es lo que hiciste cariño, pero él te quería tanto, de hechos nos quería tanto a los dos y a nuestros hijos, que no hubiera sido capaz de verte sufrir lo indecible, alejada de mí, lo mismo que yo, o tener que sentirse culpable por las lágrimas de Marianne o de Maikel por llamar forzosamente padre a un hombre que no lo era realmente, por eso tomó esta decisión, que para él ha sido realmente cruenta, pero necesaria.
Mark tenía toda la razón aunque no lo sugiriese. De haber hecho caso a Candy y haberme quedado, ella habría terminado por aplicar el único remedio posible para aplacar mis sufrimientos, destrozando su matrimonio y las vidas de todos ellos de forma irreparable. Quizás alejándome de ella, mitigase mi dolor que se recrudecería si continuaba cerca de Candy.
Candy más confortada y serena, asintió y ambos quedaron observando en completo silencio la cueva durante largo rato mientras la guirnalda permanecía en el suelo hasta que una repentina ráfaga de viento la deshizo esparciendo las flores que la formaban por todo el interior de la cueva haciendo que su penetrante aroma impregnara el aire.
79
Desperté con la sensación de haber estado hibernando o sumido en un profundo sueño durante milenios. Y tal vez hubiese sucedido así, porque aunque tenía previsto retornar al siglo XXI, después de meditarlo muy cuidadosamente, muy pronto comprobaría que no había vuelto al año 2010 ni de casualidad. Manipulé el mecanismo de apertura de la puerta de la cápsula. Como tardaba en responder, temí un tanto asustado que me fuera a quedar allí encerrado, pero afortunadamente, cedió a mis embates tras insistir con unos cuantos golpes asestados con firmeza contra la cubierta de plexiglás.
Me erguí lentamente, rogando también porque no me hubiera materializado en un área densamente poblada, o rodeado de curiosos o gente que tuviera aviesas intenciones o mostrase hostilidad hacia mí. Creí estar rodeado por los soldados de algún ejército que tal vez hubieran levantado un cerco de acero en torno al sospechoso objeto, como solía suceder en las viejas y granuladas películas de ciencia ficción. Las escenas de uno de aquellos films "Ultimatum a la Tierra" poblaron mi mente. Pero no fue así. Me encontré en mitad de un bosque densamente poblado de árboles y vegetación. Y al fondo intuí una estructura que me era familiar. Una verja, con rosas trepando entre sus barrotes y elaboradas formas decorativas.
-No, no es posible –me dije desconcertado.
Pero no había tiempo que perder.
Empujé la cápsula hacia la cueva donde había iniciado mi supuesto retorno, y que afortunadamente no estaba muy lejos de allí. La máquina flotaba con un leve zumbido sobre un campo de fuerza a escasos centímetros del suelo y se deslizaba con la misma facilidad que un trineo sobre la nieve. No había que hacer mucho esfuerzo para moverla. Hasta un niño habría logrado desplazarla con suma facilidad, por lo que conseguí introducirla dentro de la cueva antes de que alguien me sorprendiera transportando un objeto fuera de su tiempo. Ooparts creo que era el acrónimo que algunos entendidos en la materia, otorgaban a ese tipo de incongruencias. Era curioso. Mientras estuve en mi, digamos primer tiempo de acogida, me importó un pimiento que los que nos rodeaban conociesen nuestro secreto, en tanto y cuando no saliera de los muros de Lakewood, pero ahora ponía gran cuidado y empeño en que no fuera así. Cuando terminé salí de la cavidad gateando y me erguí para mirar, más calmado el paisaje que se extendía en derredor mío, sin plantearme por el momento que haría y diría si algún vigilante armado o los dueños de la propiedad me encontraban allí. En ese universo paralelo era un completo y absoluto desconocido, aunque el hecho de que fuera familiar para mí, no significaba en absoluto que yo jugara con cierta ventaja al saber de antemano quien era quien. Aquellas personas podían tener vidas diferentes, identidades nuevas aunque conservasen el mismo aspecto. Incluso yo podría estar ya rondando por allí, o Mermadon o incluso Haltoran, que quien sabe, quizás fuese el esposo de Candy en esa realidad. Deseché esas ideas e intenté reconocer el terreno. Ya pensaría en que hace cuando llegase el momento de dar explicaciones, que no tardaría demasiado en hacerlo.
Había vuelto al mismo sitio, aunque no al mismo momento. Entonces, escuché una voz femenina quejumbrosa y triste. Una muchacha rubia con coletas adornadas por grandes lazos de colores y ataviada con un vestido un tanto burdo de tela verde y con un delantal blanco de volantes, rodó a mis pies, topándose conmigo. Iba a llamarla por su nombre, cuando sus ojos verdes se encontraron con los míos y me contuve a tiempo, antes de meter la pata. La sorpresa y la curiosidad hicieron a un lado su dolor por un momento.
-¿ Quién eres ? –me preguntó intrigada, fijándose en la redondeada y rechoncha forma de mi silueta, en mis ojos marrones tras las gafas de montura dorada y los cabellos ralos y morenos cortos, y un tanto desgreñados. Mi ropa, en especial mis pantalones holgados, tendían a caer fláccidos a lo largo de mis piernas, abandonando mis caderas, lo cual hizo reír a la chica.
Me dí cuenta, con una mezcla de cautela y alegría, de que aquello era otra realidad alternativa. Arqueé las cejas y sonriendo cuanto pude dije tragando saliva e intentando no delatar que sabía más de lo que en apariencia mostraba:
-Mi nombre es Maikel –dije disimulando el temblor que sacudía violentamente mi cuerpo.
-El mío Candy.
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Han pasado cinco años desde mi primer encuentro con Candy. Aunque habría que matizar ampliamente ese concepto un tanto simplista, pero para mí es mejor definirlo como la primera vez que me encontré con ella. Me ayuda a conservar la cordura y a mirar hacia delante. Tuve noticias de su dolorosa separación de Terry. Una joven actriz, enamorada de él, y que había perdido una de sus piernas al salvar in extremis al reputado y joven actor de teatro de ser aplastado por un pesado foco de iluminación, y su intento de sucidio había sido la razón para que Candy y él rompieran definitivamente. Conseguí ganarme la vida en aquel mundo tan familiar a la par que distinto para mí, entrando a trabajar para la familia Andrew como contable. George fue encargado por el señor Albert Andrew, el poderoso patriarca en la sombra de la adinerada familia, de realizar una serie de entrevistas para contratar nuevo personal administrativo. Me presenté a las pruebas de selección consiguiendo ser admitido. Fue ascendiendo puestos de responsabilidad y confianza hasta hallarme al nivel de George, el eficiente y discreto secretario de Albert, que en este mundo no es taimado ni vengativo, si no bondadoso y protector para con Candy.
El como conseguí acceder hasta Candy sin que nadie descubriera prácticamente que estaba allí, hasta que anunciamos nuestro compromiso, siempre constituirá un enrevesado misterio, incluso hasta para mí. El cómo conseguí labrarme una posición lo suficientemente encumbrada como para impresionar a la severa y adusta anciana tía abuela fue otra cuestión diferente. Cuando llegué a este mundo, pensando que estaría en el siglo XXI, ni me planteé que pudiera retornar a Lakewood aunque en otro escenario alternativo posible. No obstante, antes de marcharme recogí un buen puñado de fondos que me permitirían vivir desahogadamente aunque hubiese retornado al siglo XXI. Esos billetes antiguos son muy codiciados por los coleccionistas y habría conseguido venderlos a buen precio obteniendo una considerable suma con la que habría podido ir tirando hasta establecerme por mi cuenta. Soy habilidoso en los negocios y ade algo me serviría este atributo mío. Aunque en este nuevo contexto, que a la vez, es tan familiar para mí, he ido escalando posiciones a la sombra de Albert, que complacido por mi trabajo y mi carácter emprendedor y sincero ha ido otorgándome misiones de mayor responsabilidad. La tía abuela se opuso a que fuera ganando cada vez mayor influencia en el seno de la familia, pero la anciana está a las órdenes de mi jefe y tiene que acatar sus instrucciones mal que le pese.
Durante el último baile al que fui invitado por mi jefe personalmente, pude observar como la rabia teñía sus mejillas de una encendida coloración roja. De si ella hubiera dependido, me hubieran echado de allí a patadas, pero no podía hacer nada y menos contravenir las estrictas órdenes de Albert. La anciana no podía concebir que alguien más joven que ella, estuviera por encima de su autoridad en la escala social.
Mi amistad con Candy fue creciendo desde el día en que nos conocimos –por segunda vez podría decirse- y procuré siempre que me fue posible, protegerla de las iras de los Legan hasta donde me era factible sin exponerme demasiado y transformándose en algo mucho más profundo. Durante esos cinco años, desde 1912 hasta ya bien avanzada la Gran Guerra temí que un nuevo Mark hiciera su aparición por el horizonte, en lontananza envuelto en el fuego nuclear del iridium frustrando mis aspiraciones, aunque ya de origen, contaba con que ese amor secreto y prohibido, tan imposible como improbable con esta otra Candy, quizás no llegase a prosperar. Pero estaba muy equivocado.
81
Contemplo el gran árbol que se alza sobre la colina de Pony. El Padre Árbol lo llaman los niños y sin duda hace honor a su nombre. Es el árbol más grande y frondoso que haya descubierto jamás antes. Bajo sus ramas alcanzo a entender porqué es llamado de esa manera. A mis pies, bajando por la suave ladera de la colina, sobre la cual el árbol extiende su protectora sombra, distingo un humilde edificio encalado, con un pequeño campanario y rodeado por una cerca de madera rústica. Hay varios niños jugando a la puerta del mismo bajo la atenta mirada y supervisión de dos mujeres. Se trata de un hospicio y ambas lo regentan. Una de ellas es una religiosa con un hábito azul y una toca blanca, la otra es una señora de cabellos grises y rasgos bondadosos que me observa complacida desde abajo, dirigiendo sus ojos hacia mí, mirándome con aire sonriente, a través de sus gafas redondas.
Me rasco el mentón y retiro el sombrero de mis sienes. Una ligera y fresca brisa sopla en torno mío. Me sorprendo que en este universo, mi inveterada y molesta costumbre de perder cuantos sombreros me ponía no haya hecho acto de presencia ni una sola vez. El sombrero de ala ancha, con una cinta oscura rodeando su perímetro y un pequeño lazo a juego decorativo, ha permanecido conmigo desde hace cinco largos años, prácticamente desde que llegué aquí. La cápsula quedó destruída tan pronto como la abandoné. Un cortocircuito en sus sistemas eléctricos que sobrecargó sus delicados sistemas hizo que ardiera lentamente dentro de la cueva, con una llama tranquila y sin furia cuando pensaba en conservarla o no, por si nuevamente emprendía otra huída, a saber hacia donde. No lamenté en absoluto que mi único medio de salir de allí se perdiera definitivamente.
Mark no ha aparecido hasta hoy. Candy rió, lloró amargamente, tuvo que afrontar la trágica pérdida de Anthony y Stear, y ahora la de su adorado Terry. Tuve la convicción de que ya no podría entrar en su vida en modo alguno, pero estaba resignado a ser un perdedor, en la dura carrera entablada hasta su corazón. Si de alguien dependía que se diera ese extremo, no cabía la menor duda, de que era ella quien debía dar ese paso. Yo no era más que un mero observador, un amigo al que acudir, un hombro sobre el que llorar y en mi papel de tal, fue impregnado, empapado por las lágrimas de mi amiga, ahora mi esposa, muchas veces. Estuve a su lado, cuando perdió a Anthony, la consolé lo mejor posible, enjugando sus lágrimas cuando el trágico fallecimiento de Stear, golpeó como un rudo mazazo nuestras conciencias, empezando por la de Patty, a la que también tuve que ayudar en lo que pude, en la medida de mis humildes posibilidades. Aquí no soy más que un simple recién llegado, alguien normal y corriente sin el poder para remontar el vuelo o la proyección de llamas, con los que Mark para bien o para mal, si contaba. Ni siquiera tengo un robot a mi servicio que me asista y ayude. Hubiera querido salvarles e incluso traté de advertir a Anthony de su trágico destino, pero no pude acercarme hasta el templete donde Candy, rodeada de los invitados y los principales miembros de la familia Andrew fue adoptada. Mientras la muchacha pronunciaba su discurso para bochorno de la tía abuela Elroy, cuando quise dar un solo paso más, hombres armados, malencarados me lo impidieron. Los vigilantes armados no me permitieron ni asomarme por allí. Con palabras, corteses pero tajantes me hicieron retroceder. En ese momento escuché la señal emitida por un agudo cuerno de caza que un hombre ataviado con el kilt escocés hacía soplar entre sus labios, mientras el sonido de la jauría de sabuesos atronaba el aire con sus ladridos, espantando a los pájaros al ser liberada.
En una ocasión si que tuve la posibilidad de acercarme a Anthony y contárselo. Me miró con sus ojos azules tan intensos, entre reflexivo y divertido. Por un momento creí que me haría caso, pero echando la cabeza hacia atrás, lanzó una corta y alegre carcajada desestimando amablemente mis comentarios. Se removió los cabellos rubios con la mano, se ajustó el gran lazo rojo que adornaba su traje de impecable corte, y siguió cultivando sus rosas como si nada. Yo no era por aquel entonces, más que un discreto empleado doméstico, un administrativo más al servicio de los Andrew. ¿ Por qué tendría que escucharme o creerme? Nada de lo que hice sirvió para cambiar su destino. Y finalmente, el joven perdió la vida trágicamente, cayendo del caballo. Cuando se dio cuenta, espantado e incrédulo, de que había estado relatándole la verdad, intentando prevenirle, su cabeza iba ya camino de impactar contra el duro suelo, de forma irreparable.
Con Stear otro tanto de lo mismo, y aun resultó más difícil. Desoyendo todos los consejos y recomendaciones se alistó voluntario en el Royal Fliying Corps. Moriría en las postrimerías de la guerra, a los mandos de un caza francés, abatido por la caza alemana. Lloré junto a Candy y a Patty en su funeral. Comprobé lo amargo y duro que resultaba asistir a acontecimientos que conocías de antemano, pero que sin los medios apropiados no podías cambiar en modo alguno. Y así sucedió a lo largo de la vida de Candy. Todo se desarrolló tal y como hubiera pasado de no irrumpir Mark y ninguno de nosotros en aquella realidad. Y hablando de Candy…
Tras su estancia en el severo Internado religioso de San Pablo, y su graduación como enfermera la ví en contadas ocasiones. Pienso en ella, cuando de repente una voz suave, clara y cristalina me llama por mi nombre, reclamando mi atención. Me giro y allí está ella, con un vestido de lino blanco, largo hasta los pies que entalla su silueta realzándola maravillosamente. Me llaman la atención los volantes y la orla roja de su larga falda que produce un leve murmullo cuando la joven se mueve con tanta soltura, con adémanes casi felinos.
-Maikel –repite mi nombre, dirigiéndome una lánguida mirada que hace que me estremezca y no precisamente por el ligero viento que se ha levantado.
Avanza hacia mí y al llegar a mi altura extiende los brazos rodeando mi cuello con ellos. Entrelaza las manos detrás de mi nuca y acerca lentamente su rostro al mío, cerrando los ojos. Me atrae hacia ella y deposita un suave beso en mis labios.
Percibo sus lágrimas cálidas y ardientes que impregnan mis mejillas y mi piel. No me importa. Nunca me he sentido tan feliz.
-Maikel, -declara desgranando lentamente las palabras –perdóname por no haber sabido ver lo mucho que me amabas, y ahora yo, siento lo mismo por ti, pero puede que sea demasiado tarde para hacerlo realidad.
La beso con mayor pasión, desmintiendo sus últimas palabras. Quizás haya sido demasiado atrevido, exponiéndome a perder su amistad para siempre y que me cruce la cara, pero decido correr el riesgo. Candy vibra y se agita y corresponde a mi beso con efusividad. Terminamos fundidos en un largo abrazo. Separamos nuestros rostros, y desligamos los labios, pero seguimos manteniéndonos en estrecho contacto, apoyando ella su frente contra la mía. Algunas gotas de sudor corren por la piel de mi frente. Ella respira entrecortadamente. Puedo percibir el suave aliento que se escapa de su boca, cosquilleando en mi rostro. Está tan cerca de mí, que escucho su respiración ligeramente entrecortada. Me fijo en los dobleces de los grandes lazos que adornan su blusa y en los pliegues del ligero tejido de su vestido que la brisa ciñe a sus piernas, moldeando su forma. Sonrío y le digo con el corazón latiéndome aceleradamente:
-Nunca es tarde Candy. De hecho, yo he sido el que creía que jamás te fijarías en alguien tan insignificante como yo. Me enamoré de ti desde el primer día que te conocí, llorando y huyendo de alguna maldad de los hermanos Legan.
-¿Tú insignificante, Maikel ? -me pregunta dirigiéndome una mirada airada, por el desprecio hacia mí mismo, del que hago gala tan abiertamente- ¿el hombre del que he descubierto tardiamente estar también perdidamente enamorada?, en absoluto cariño, en absoluto. ¿Podrás perdonarme por mi ignorancia ? –recita. El llanto da paso a una contagiosa alegría. Ríe quedamente ante mi tácita afirmación. Ambos estallamos en risas, pletóricos de felicidad y dicha, mientras el gran árbol es testigo de nuestro nuevo e incipiente amor.
82
Han pasado dos años más. La Gran Guerra ha terminado dejando un rastro de devastación y locura. Candy y yo nos casamos, pese al morbo y el escándalo que sobre todo para la prensa sensacionalista, suscitó que alguien tan obeso y desgreñado como yo según sus acerbos y mordaces comentarios, hubiera podido llevar a tan maravillosa criatura al altar. Asistieron numerosos invitados, entre ellos como no, la señora Pony y la hermana María que lloraron mucho, sobre todo cuando estrecharon entre sus brazos, los que la habían criado con tanto amor y cariño al unísono a la novia. Candy, sin poder contener la emoción se sumó a su abrazo prometiéndolas que en breve les haríamos una visita. De los Legan, como era de suponer, ni rastro. Por un instante me pareció observar un par de ojos azules que escudriñaban entre el numeroso gentío asistente a la ceremonia, pero no estoy seguro, como tampoco de haber creído percatarme de cómo un joven de cabellos castaños y aire triste nos observaba con nostalgia, casi con envidia para esfumarse rápidamente entre los invitados. Miré a mi esposa. Su rostro traslucía emoción bajo el velo de encaje. El maravilloso vestido blanco no hace más que realzar infinitamente su gran belleza y sus cabellos lucen espléndidos bajo la corona de rosas. El ramillete de rosas blancas que portaba entre sus manos, temblorosas y nerviosas hacía juego con el color de su traje de novia. Deslicé la alianza de oro en su dedo anular, una vez que ella hiciera lo mismo previamente. Las palabras del sacerdote resonaron solemnes y magníficas, elevándose en el recogido y sagrado interior del templo, donde flotaba un embriagador olor a incienso y la llama de las velas titilaba débilmente. Todo era silencio. Nadie hablaba ni siquiera en susurros. Los invitados recibían las palabras del sacerdote en total recogimiento, embelesados por la magia y la belleza de aquel sublime instante irrepetible, ocupando ordenadamente los lugares que se les habían asignado en los bancos de madera de la iglesia. Solo se escuchaba al clérigo recitando aquellos pasajes tan evocadores impregnados de sabiduría. La tamizada luz otoñal que se filtraba a través de las coloreadas vidrieras incidió sobre la tersa piel de mi esposa, confiriéndola una radiante por su belleza, apenas tenía ojos y oídos más que para ella, mientras el vicario continuaba desgranando con voz grave los sagrados votos matrimoniales. Las llamas de los cirios y los grandes velones titilaban en la penumbra del templo, alumbrando las imágenes sagradas en sus hornacinas. Candy me observó por un momento. Percibí como se estremecía con un rubor que arrebolaba sus mejillas ligeramente maquilladas, lo mismo que ella notó la misma emoción que me embargaba, cuando el sacerdote dijo persignándose, aquellas sobrecogedoras, a la par que maravillosas frases:
-Yo os declaro marido y mujer, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Puedes besar a la novia –dijo el sacerdote bendiciendo nuestro matrimonio, haciendo la señal de la cruz.
Levanté el velo lentamente, y aproximé mis labios a los de mi esposa. Naturalmente, no nos hicimos de rogar.
Realmente fue ella quien consiguió concertar este enlace y fue quien me dio fuerzas para ignorar todos esos maledicentes comentarios son fruto de una insana y morbosa envidia. Albert no puso ningún reparo a la hora de autorizar nuestro enlace, como tutor legal y padre adoptivo de Candy, aunque para esas fechas, ella ya había rebasado la mayoría de edad ampliamente. Candy espera nuestro primer hijo. Hemos estado discutiendo afablemente que nombre le pondremos. Sin saber porqué, en mis labios ha surgido un nombre que a ella no le dice nada, pero a mí sí. Demasiado.
Mark he pronunciado de repente, casi de sopetón. Ella inclina la cabeza interesada y tras meditarlo unos instantes, asiente convencida tras mesar con su mano esos maravillosos rizos rubios que de tan dorados, casi parecen aureos. La maternidad ha hecho que su ya de por si deslumbrante belleza, lo sea aun más, favoreciéndola. Se frota el abultado vientre. Está de siete meses y por una extraña convicción que sigue a rajatabla, está plenamente segura de que nuestro primer hijo será varón. Esperemos que todo vaya bien y que el Señor bendiga nuestra unión con nuevos y sucesivos hijos que alegren nuestro hogar. Estamos muy esperanzados, y deseosos de que el niño venga al mundo sano y fuerte.
Nuestra boda fue todo un acontecimiento. Aparte del leve inconveniente de mi apariencia física, la tía abuela está satisfecha de la elección de Candy. Un hombre adinerado, protector y solicito que constituirá un buen padre y esposo, a su juicio. Afortunadamente, Candy se libró de un casamiento que ya estaba en marcha y que no le atraía en modo alguno, con Neil, el primogénito de los Legan gracias a la intercesión de Albert, cuyas órdenes ni siquiera la influyente tía abuela podía desafiar así como así. En este mundo, la bondad que Mark consiguió inspirar en su alma brilla por su total ausencia, lo mismo que en el corazón oscuro y envidioso de su hermana. A veces me asomo temeroso a la ventana, oteando el cielo, esperando, aguardando, escrutando. Mi esposa no entiende la razón de ese comportamiento tan obsesivo que a veces llega a sacarla de quicio. Me disculpo diciendo que observo las estrellas y que me atrae la contemplación de los bellos atardeceres que disfrutamos desde nuestro hogar, aunque ella ríe ante mis prólijas y larga explicaciones escuchándome no obstante con concentrado interés. Tengo la fuerte impresión a veces, de que mi esposa sospecha que le oculto algo, pero por el momento parece que se lo toma como una curiosa y excéntrica manía mía. No sé si algún día haré acopio del valor suficiente como para contarle la verdad de mi procedencia y si me creerá y cual será su reacción. Espero que sea favorable y no se lo tome demasiado a pecho, pero aun no le diré nada. Tengo que estar bien seguro y meditar muy bien cuanto tenga que referirle acerca de tan delicado y espinoso asunto.
Observo la ventana y me pregunto mientras mis ojos siguen el vuelo bajo de una bandada de golondrinas en busca de sustento, porque yo, porque de todos los hombres a los que ella podría haber optado y tenido acceso, más jóvenes, apuestos y adinerados que yo, me había escogido a mí. Se aproxima lentamente hasta mí y lo hace tan despacio que ni la oigo llegar, como envuelta en un un manto de silente quietud. Mi esposa rodea mis hombros con su brazo izquierdo y me susurra al oído la respuesta, como si hubiera leído mis pensamientos:
-Eres un hombre bueno y maravilloso Maikel. Siempre estuviste a mi lado, apoyándome en todo, incluso en los peores momentos. Jamás te interpusiste en mis frustrados amores. Cuan tonta fui, porque el verdadero amor siempre había estado a mi lado, sin hacer ruído, sin apenas delatar su presencia ni con el más leve susurro –manifiesta con un deje de amargura en la voz.
-Tu aspecto es algo secundario para mí, algo que carece de la más mínima importancia –afirma con total sinceridad y convicción.
Candy lleva mis manos hasta su vientre. Puedo sentir las contracciones de nuestro hijo agitándose en su seno. Recuerdo el momento en que ella y yo lo concebimos. Candy tuvo que insistir en que me amaba y que deseaba estar conmigo, porque yo aun, anonadado por su declaración de amor, no me lo creía. El asumir que alguien como yo, podía optar al favor de una criatura tan maravillosa como ella, era algo de lo que la propia Candy tuvo que convencerme, no sin cierto esfuerzo. Sufrió mucho creyendo que la rechazaba, que su amor no era suficiente para mí. Un miedo terrible a que me distanciara de ella la invadía, hasta que la disuadí de lo contrario, besándola y abandonándonos a la pasión. Candy se planteaba a su modo y a menudo, la misma pregunta que yo me formulaba constantemente, a la inversa.
-¿Como puedo merecer a un hombre tan dulce y bueno como tú Maikel ?, ¿cómo?
-No lo sé Candy –digo acariciando sus cabellos. Deposita su cabeza en mi pecho y mientras masajeo su piel, añado –puede que a fin de cuentas, hayamos sido almas gemelas que tras un largo proceso, del que ni siquiera hemos sido plenamente conscientes ni nos percatamos, nos hayamos encontrado finalmente, tras pasar por miles de pruebas y de vicisitudes. No lo sé cariño, -digo besándola en las mejillas y en los labios sonrosados brevemente -lo único cierto es que nos amamos y que nuestro matrimonio saldrá adelante, pese a los malos augurios que algunos envidiosos nos vaticinan.
Me mira con el amor pintado en esos maravillosos ojos de esmeralda, cuyas pupilas reflejan el intenso brillo de la luna suspendida en el firmamento jaspeado de estrellas. Un par de lágrimas corren por sus mejillas. Acto seguido, nos besamos apasionadamente.
83
La cruceta de la mira telescópica se había posado sobre las sienes de un hombre elegante y distinguido, de porte apuesto y aspecto juvenil. El dedo índice del hombre, perfectamente camuflado y dispuesto a abrir fuego esperó tranquilo, frío como el acero e indolente como su dueño. Un robot de aspecto bruñido y brillante aguardaba a unos pocos pasos de él, escondido entre la maleza. El hombre pelirrojo subido en un árbol cuyo denso y frondoso follaje le ofrecía un perfecto camuflaje tenía el rostro tiznado con franjas negras alternas y vestía ropas oscuras. Se encontraba frente a una humilde pero confortable vivienda de dos plantas, y había logrado colarse en la propiedad sin ser descubierto. Contuvo la respiración y aprovechó el momento necesario para apretar el gatillo. Normalmente no era del agrado de Haltoran recurrir a métodos tan expeditivos como poco caballerosos, en su opinión, pero si se enfrentaba a Alessandro a cara descubierta, tal vez no saliese vivo de allí y sus únicas probabilidades de acabar con él, era de esa manera. Alessandro tenía buena memoria, y unos cabellos como los de Haltoran sumado a sus deslumbrantes pupilas verdes, con las que solo el color de las de Candy podían competir no le pasarían desapercibido. Su numerosa escolta le haría pedazos antes de que lograra siquiera aproximarse a él. Aunque se había sorprendido de que su rival y objetivo de su revancha, estuviera solo y morase en una casa tan humilde y totalmente impropia de su rango. Haltoran elucubró que tal vez alguien más hubiese tenido la misma idea que él, y el hombre se encontrara allí para despistar y confundir a sus posibles verdugos intentando destacar lo menos posible para pasar desapercibido.
Aunque había sido duramente reprendido y castigado por su tío, el joven no tardó en recuperar sus privilegios y volver a hacer de las suyas allá por donde pasaba, hasta que tuvo la imprevista e inesperada idea de enamorarse de una muchacha de cabellos castaños y delicada apariencia llamada Violet. Ella, le correspondía por lo que terminaron casándose algunos meses después de que hubiera estado a punto de forzar a Annie de no ser por la afortunada intervención del primer ministro.
Violet era viuda de un veterano soldado de alpinis que había caído en Caporetto, durante la Gran Guerra, comerciante en la vida civil. Aldo era unos años mayor que ella, pero Violet lo amaba profundamente. Fruto de su unión habían nacido un par de niños, un niño y una niña que guardaban un asombroso parecido entre sí, aunque también atesoraban las características más remarcadas de sus dos progenitores. Cuando Violet recibió la noticia de que su marido había perdido la vida luchando contra los austríacos, como era de esperar, su mundo se vino abajo, aunque resistió por sus dos hijos. Maria y Aldo era su sostén y su fuerza, hasta que conoció al descarado y taimado Alessandro.
Podría haberla tomado por la fuerza y haberla hecho suya a la desesperada, pero Alessandro, cautivado por aquellos melancólicos ojos violeta, no solo respetó a la mujer si no que se fue enamorando gradualmente de ella. Le llevó como cerca de un año ablandar la lógica reticencia de Violet que debía hacer frente a dos grandes obstáculos que limitaban su capacidad para amar. Del excepcional color de sus pupilas provenía como era de esperar su sonoro y musical nombre.
Por un lado, su miedo a volver a enamorarse y que nuevamente su felicidad quedase truncada por un imprevisto. Por otro, la tremebunda fama que Alessandro atesoraba tras de sí. Finalmente tras varios tiras y aflojas, regalos devueltos, sueños rotas y promesas quebrantadas, Alessandro venció las lógicas resistencias de la joven y consiguió sus besos un brillante atardecer de verano, en un campo de trigo cuyas espigas doradas reflejaban la luz del sol como nunca antes hubiese presenciado, en toda su corta vida.
Alessandro cambió, cambió tanto que ni su asombrada familia podía creerlo. Ganó en humildad, humanidad y buenas maneras. Se transformó en otro hombre redimido de sus faltas y pecados por el amor de la muchacha. Por amor cambió radicalmente, por amor accedió a renunciar a sus privilegios y por amor aceptó a los hijos de su prometida como si fueran suyos, y estos le aceptaron a él. Por eso, cuando el rostro risueño de una niña de en torno a diez años cruzó por delante de la fría e inexpresiva lente de la mira telescópica, a Haltoran se le heló la sangre. El hombre de cabellos plateados cogió a la niña en brazos, mientras su hermano llegaba de la mano de su madre y daba un beso al hombre, al que había aprendido a llamar padre. La esposa de Alessandro avanzó lentamente hacia él y besó a su marido mientras Maria observaba feliz la escena situada entre ambos. Haltoran meneó la cabeza y lanzó un corto y agitado suspiro acompañado de un gruñido de reproche. Como era de esperar, el amenazante cañón del arma fue descendiendo lentamente hasta apartarse totalmente de la ventana iluminada desde el interior, que le permitía observar nítidamente la entrañable escena familiar, sin que sus protagonistas sospechasen lo más mínimo del peligro que acechaba a unos escasos metros de todos ellos. Colgó el rifle de francotirador de su hombro en posición vertical, con el cañón apuntando hacia abajo, y desencedió lentamente del longevo y añoso árbol que le había servido como improvisado puesto de observación. El instrumento de su venganza, finalmente aplazada sine die, colgaba de la correa de cuero deslucido que lo aferraba a su hombro desmañadamente y convertido en algo inerte y ya carente de sentido.
Cuando llegó al suelo, arqueó las cejas y se dirigió hacia el robot, que ni sospechaba el propósito que su creador se disponía a llevar a cabo y que le había encaminado hasta allá.
-Nos vamos Mermadon –dijo Haltoran con voz cansada pero satisfecha- volvemos a casa. Ve preparando los propulsores –comentó en voz baja, mientras retiraba de su cabeza el gorro oscuro rematado por una borla, tirando de él y arrojándolo sobre la hierba.
El robot asintió y sin hacerle preguntas le siguió lentamente con los sensores ópticos fijos en la espalda del joven pelirrojo. Haltoran suspiró de nuevo. Había sido un largo viaje en secreto desde los Estados Unidos. Había aprovechado que su esposa se hallaba en una visita de cortesía en casa de los Legan para ausentarse, por decirlo de alguna manera. Annie deseaba ver y abrazar nuevamente a su amiga Candy lo cual le proporcionaba el momento adecuado para perpetrar su venganza. Desde que yo partiese con rumbo desconocido, la joven rubia estaba mustia y alicaida. Me echaba de menos y lloraba desconsoladamente a veces por nada, pero el apoyo de sus allegados y amigos, empezando por su familia, habían impedido que se sumiera en una larga y depresiva caída hacia la desesperación más absoluta. Alan estaba aun en el colegio, por lo que viajar al otro extremo del mundo, no resultaba mayor dificultad que realizar un corto paseo, sobre todo disponiendo de la ayuda de un robot que podía alcanzar velocidades extremas, más allá de la barrera del sonido. Con un poco de suerte, llegarían antes de que Annie o su hijo, regresaran a su hogar.
-¿Encontró a su amigo señor Hasdeneis ? –preguntó Mermadon con solicita educación.
El joven se pasó una mano por los cabellos pelirrojos, y dijo esbozando una sonrisa un tanto triste:
-Sí, y además he visto que se ha casado y tiene dos preciosos niños. Me alegro mucho por él –comentó el joven con un deje de ironía en la voz, no por la situación de Alessandro, si no porque él iba a acabar con su vida, y aquel imprevisto cambio del destino, había detenido la progresión de su dedo sobre el gatillo del arma.
Mermadon registró el sútil cambio en el timbre de voz de su creador pero no dijo nada. Ciñió con cuidado la cintura del hombre y los propulsores empezaron a desprender el combustible sólido que en breve les elevaría en dirección a casa. Habían escogido un paraje poco frecuentado y despejado para iniciar el despegue y aun así, el robot por indicación de Haltoran, había activado su protección de invisibilidad. Se escuchó un breve siseo y un repentino fogonazo fueron los únicos indicios de que allí, hasta hace unos instantes, hubiera estado un hombre pelirrojo aferrado a un robot más alto que él. Mientras ascendían Haltoran observó brevemente el rifle y descolgándolo de su hombro lo arrojó al vacío. El arma bajó silbando desde una pronunciada altura girando erráticamente sobre si misma, y cuando llegó al suelo, se partió en varios trozos al impactar contra unos riscos que la aguardaban unos metros más abajo.
"Ya no me hará falta, a partir de ahora, ni esta ni ninguna otra arma, nunca más" –pensó el joven esperanzado mientras el robot ganaba en altura y ambos se perdían entre las nubes rumbo hacia Estados Unidos.
Haltoran no podía saber que Alessandro purgaría sus anteriores desmanes no solo a través del amor, si no batiéndose en los primeros combates de la Segunda Guerra Mundial. Luchó en Grecia y en Africa donde demostró un probado y renombrado valor despertando la admiración hasta de sus enemigos por su temerario arrojo en no pocas ocasiones, aunque no vería el fnal de la guerra. Una bala perdida le alcanzó segando su vida, terminando por abatirle sobre las ensangrentadas y ardientes arenas del Alamein mientras defendía una posición junto a sus camaradas de la división Folgore, poco antes de la victoria inglesa. Cayó heroícamente de pie sobre el parapeto de sacos terreros, agitando su fúsil por encima de su cabeza e instando energícamente a sus hombres a continuar resistiendo y avanzando, dando ejemplo como el que más.
Se llevó las manos al pecho donde se abría una gran herida, y sonriendo levemente parpadeó sorprendido y expiró sin apenas exhalar un quejido. No le pilló de sorpresa. Sabía que algo así formaba parte de cualquier guerra, aunque no hubiera mostrado ni el menor asomo de fatalismo en ningún momento.
Su familia recibió la noticia impávida y entristecida. Aunque con los años, sus hijos formarían sus propias familias, Violet no volvió a casarse de nuevo. Permaneció soltera tras quedarse viuda por segunda vez, llevando una vida humilde y recogida, velando los retratos de sus dos maridos y llevando flores a sus sepulturas, hasta que falleció a una edad avanzada rodeada de los suyos, tras guardar luto hasta el fin de sus días. Sus hijos y sus numerosos nietos la lloraron intensamente, por espacio de varios días.
84
Candy estrujó incrédula y muy apenada la carta que tenía entre las manos. Sus ojos de esmeralda vertían algunas lágrimas que pronto se transformaron en un torrente desbordado. Detrás de la muchacha, su marido aferraba sus hombros pasando el brazo izquierdo por la espalda de su mujer infundiéndola valor. Candy releyó nuevamente la misiva donde mi familiar y particular caligrafía me despedía de ella, en mi nombre.
"Querida y apreciada Candy
Cuando leas esta carta, ya me habré marchado muy lejos. No me voy porque tema recaer o porque los remordimientos me acucien, no no se trata de eso. He decidido vivir mi propia vida y seguir mi camino, por mí mismo. Aun se conservaba una cápsula del tiempo, de la que yo ni tenía constancia y por la descripción de mi medio de transporte, puedes intuir y suponer hacia donde voy a dirigirme, aunque Mark te dará los detalles que precises. Sé que podrías pedirle a Mark que me busque, y que él no te defraudará. Pero le he rogado que no lo haga, ya que no tengo pensado retornar y por eso, te ruego que respetes mi decisión y no le ruegues que me encuentre. De sobre sé que podría hacerlo y traerme de vuelta, pero espero que ambos respetéis mi decisión. Es todo lo que os pido. No temáis por mí. Allí donde me dirija estaré bien, podéis creerme y confiar en mí. Candy, jamás te olvidaré. Durante estos años has sido como una luz para mí. Siempre guardaré un grato recuerdo de ti y sobre todo de Mark, para el que he dejado de ser su maestro y pasado a convertirme en su amigo. Despedidme de Haltoran y de los demás. Dadle recuerdos a Carlos del que también me acuerdo.. Si veo a su abuelo, le hablaré de él y donde se halla, aunque no creo que ese cascarrabias quiera creerme y no es para menos.. Decídselo, él lo entenderá.
Espero que seáis tan felices como yo lo he sido a vuestro lado, en especial junto a ti, mi dulce e inolvidable Candy.
Gracias a todos, por todo. Hasta siempre.
Con cariño: Maikel".
Candy necesitó de todo el apoyo de su familia. Rodeada de sus dos hijos y acompañada por su esposo, consiguió hacerse poco a poco a la idea. Tal y como supuse, Mark aguardó a que Candy le diera alguna instrucción al respecto. De motu propio, y por su propia voluntad Mark no contravendría mis instrucciones, pero si Candy se lo pedía encarecidamente partiría en mi busca, porque era incapaz de verla sufrir. Afortunadamente no lo hizo, porque tal vez su reacción habría resultado imprevisible al encontrarme casado con aquella otra Candy.
En cuanto a la primera Candy que yo había conocido y amado intensamente en silencio durante tantos años, lloró mucho, pero finalmente salió adelante sobreponiéndose al dolor gracias al apoyo de su familia, así como de su madre, con la que compartió largas tardes en su compañía que contribuían a mitigar su sufrimiento. Los Legan se sumaron a esa noble labor, lo mismo que todos los que rodeaban y velaban por la adorable muchacha de ojos verdes y cabellos dorados.
85
La señora de Duncan Jackson mecía a su primogénito sobre sus rodillas. El niño había comido hacía unos minutos y ahora dormía plácidamente en brazos de su madre. Nancy se incorporó lentamente y se observó en el gran espejo del tocador, llevando a Kevin en brazos. Sonrió. No era tan fea y desagradable como en un primer momento había sospechado. Desde que su actual marido, poco después de librarla de aquel vagabundo, le hubiese comprado nuevo vestuario, llevado a que remodalasen su anticuado peinado, acicalándola y maquillada debidamente, Nancy Thorndike resultó más atractiva y bella de lo que en un primer momento habría logrado sospechar o siquiera imaginar. No es que alcanzase la deslumbrante belleza de otras mujeres, pero había aprendido a sacar partido y provecho de su recién descubierto atractivo personal, sin que su nariz un tanto larga, fuera óbice para lucir su recién adquirido encanto y renovado aplomo. En compañía de Duncan, que fue aumentando gradualmente la frecuencia de sus visitas al humilde domicilio de la mujer, aprendió a valorarse y a apreciar a su nuevo amigo. La amistad se transformó gradualmente en amor y unos meses después de que el caballeroso y antiguo capitán la rescatase de aquel sórdido barrio, contrajeron matrimonio en una pequeña parroquia, dando inicio a una nueva vida, que Nancy jamás ni sospechó que pudiera existir o concebir que fuera posible.
Unos suaves golpes en la puerta de la vivienda interrumpieron sus reflexiones. Nancy fue a abrir acudiendo al recibidor, y la figura corpulenta y familiar de su esposo la recibió con un ramo de rosas rojas, que el hombre deslizó por el quicio de la puerta mientras esbozaba una gran sonrisa dirigida a su familia. Ambos se besaron amorosamente mientras Kevin dormía tranquilamente junto al regazo de Nancy.
86
La ventisca de nieve le golpeaba el rostro, azotando su cuerpo con imprevistos y furiosos ramalazos de gélido viento invernal, que se clavaban en su piel como afilados y diminutos puñales de hielo. James O´connor suspiró resignado. Su aliento, uno de los pocos indicios que indicaban que un hilo de vida, continuaba alentando en su cuerpo, surgía de sus labios agrietados y cubiertos de escarcha como nubecillas de vapor que se diluían rápidamente en el helado ambiente que le rodeaba por doquier. Allá donde mirase no existía ningún punto de referencia, nada que le permitiera ejercer ínfimamente su sentido de la orientación. Ni tampoco se divisaba en lontananza ninguna construcción por humilde que fuera. Debió seguir el consejo del cochero que le trasladó en su último viaje a través de los desolados eriales que se extendían en torno a él, cuando llegaron a Kanhash, una pequeña aldea situada justo en los márgenes, de lo que a James le parecieron los límites de la civilización.
-Quédese aquí señor, quédese –le recomendó encarecidamente el hombre de cabeza calva y largos bigotes que le había traído hasta allí- pronto estallará la ventisca, y ningún hombre puede salir con vida de estos inclementes parajes.
Pero James tenía que alcanzar la estación de Burgajov como fuera. Era su última posibilidad de abordar el Transiberiano para regresar a Europa, y de allí, quizás a Estados Unidos.
Tendría que haber escuchado a Orgomai, el hombre de largo kaftan y bigotes tan kilométricos como grises y cabeza completamente calva, a cuyo tosco y pesado carruaje había subido. La idea era haber alcanzado en ese medio la estación de Burgajov, una pequeña ciudad perdida en medio de la nada de no ser por el Transiberiano que la enlazaba con la parte occidental del enorme país. Para los habitantes de aquellos lares, el occidente de la URSS resultaba tan exótico e inaccesible como para aquellos que vivían en el otro extremo del país las vastas y remotas tierras del extremo oriente. Burgajov no estaba demasiado lejano, y aunque la carretera que comunicaba la aldea de Kanhash con la ciudad podía recorrerse en un par de horas en carreta, la nieve había caído prematuramente obstaculizando la ruta entre ambos núcleos de población. Y Orgomai temía el frío, y lo que asociado a este llegaba indefectiblemente detrás suyos: lobos y bandidos esteparios que no dudarían en matarles para robarles sus escasas pertenencias.
Y naturalmente James, no podía poner en peligro la vida de un hombre inocente que no hacía más que velar por su propia seguridad. Orgamai tenía dos dedos de frente, justo los que a él le faltaron, cuando quedó varado primero, y después perdido irremisiblemente en aquel blanco mar de nieve, que amenazaba con tragárselo de un momento a otro. Había tenido relativa suerte al no toparse aun ni con lobos ni bandidos, pero la labor que estos dos depredores no realizasen, la llevaría a cabo el intensísimo frío que sacudía aquellas latitudes, cortante como un afilado cuchillo y totalmente inclemente. James, medio enterrado en la nieve, pese a estar protegido por una gruesa pelliza de lana con una capucha forrada en piel que envolvía su cabeza, no estaba habituado a aquellas bajísimas temperaturas. Un occidental, por muchos años que lleve en Rusia, no termina de aclimatarse al duro y riguroso clima de aquellas agrestes tierras. Su difunta esposa Nadia solía recordárselo constantemente, como un modo más de mostrarle su desprecio:
-Hay que haber nacido en esta tierra para adaptarse a este frío, James. Tú te criaste en un lugar donde el clima es más clemente y complaciente con los hombres. Es tu herencia occidental, lo que te impide aclimatarte a nuestros rigurosos inviernos y eso, es algo que no te abandonará durante el resto de tu vida, James.
-Vaya –resopló, notando como el frío le dificultaba hasta el poder respirar. Luchó por captar algo de aire que enviar a sus fatigados pulmones –tenías razón Nadia, vaya que si la tenías.
El pronunciar aquellas palabras le supuso un esfuerzo notable. James dejó escapar un corto y sordo gruñido al experimentar un agudo dolor en el pecho. No tenía fuerzas para moverse y aunque lo intentó denodadamente, sus piernas se negaron a obedecerle, no consiguiendo avanzar ni un solo metro más.
Curiosamente sus pies si respondían a los desesperados requerimientos de su mente, para que se movieran. Al estar protegidos por valenkis, un calzado tradicional ruso confeccionado en fieltro y que aislaba perfectamente la piel de la humedad y el frío, así como de los estragos de la congelación se mantenían calientes y James los notaba vigorosos y en forma, lo que no ocurría con sus piernas. No había procurado el abrigo adecuado a sus extremidades y ahora estas se lo pagaban, negándose a moverse, a dar ni medio paso más.
No sería la primera vez que James se abandonaba a un fatalista sentimiento de resignación. Sólo que esta vez, quería vivir, necesitaba conservar la vida. Pero esta vez, sus deseos tal vez no se realizasen.
Por otra parte, aunque hubiese logrado caminar, sus piernas se hundían en la nieve de forma continua hasta las rodillas. Fue tan poco previsor que ni siquiera se hizo con unos esquies o unos camprones para no tener que asistir al desalentador y desesperante hecho de ser tragado por el espeso y resbaladizo manto de nieve dos de cada tres pasos que daba, antes de que sus piernas hubieran dejado de sostenerle y seguir sus requerimientos.
Cerró los ojos y cedió a los embates del sueño, otro de los mortales peligros del intenso frío. El cansancio que inducía la prolongada exposición del cuerpo humano a tan bajas temperaturas, hacía que una somnolencia difícil de resistir se apoderase de todo aquel que se aventurase en aquellos parajes sin la debida protección. Y si te quedabas dormido sobre la nieve o el hielo, probablemente ya no volvieses a despertar.
James sacudió la cabeza para disipar esa sensación, pero no era nada sencillo. El sopor que le invadía retornaba recurrentemente y en su enfebrecida imaginación, se le aparecía como una hermosa mujer hecha de hielo con la efigie de Eleonor que envueltos en albos y vaporosos ropajes le susurraba de forma tentadora:
-Ven, James, ven a mí, descansa entre mis brazos, abándonate al olvido. No sentirás nada, ven, ven, a mí.
James se incorporó cuanto pudo, haciendo un esfuerzo que para él, resultó sobrehumano. Se había quedado tendido sobre el improvisado lecho que constituía la gélida nieve y por unos instantes, consiguió sobreponerse a la hipnótica admonición de la voz que sonaba todo el tiempo dentro de su cabeza:
-Ven, ven a mí –le repitió la dama de blanco, con los cabellos desplegados al frío viento polar, sonriéndole tentadoramente, tendiendo sus brazos para que descansara entre ellos para siempre.
-No…yo…no…-balbuceó James medio amodorrado.
-Ven, ven a mí –repitió la insinuante y seductora voz nuevamente- descansa entre mis brazos, James, no busques más. Tu viaje termina aquí. ¿ Por qué continuar resistiéndote al dulce y atrayente beso del olvido ?
Cuando ya se estaba dando por vencido, el rostro de la Eleonor de hielo fue sustituído por una cara peluda salpicada de manchas que le observaba con curiosidad. James se restregó los ojos y el semblante de un perro de las nieves llenó todo su campo visual. El perro mantenía las orejas puntiagudas totalmente erguidas y torcía la cabeza en el característico gesto de los perros para denotar curiosidad o interés. El aliento del animal pareció reanimarle y el perro empezó a lamerle la nieve que se acumulaba sobre la piel del hombre con su lengua húmeda y rasposa, pero cálida. Aquello pareció devolver parte de la consciencia al atormentado James.
-¿ Qué, qué es esto ? –preguntó desorientado y presa del shock -¿ un perro ? ¿ cómo ha llegado hasa aquí ?
El perro se apartó de él y comenzó a rodearle trazando cerrados círculos en torno suyo. De vez en cuando se agazabapa sobre sus patas delanteras y jadeaba mostrando su larga lengua, colgando entre sus fauces. El animal se desplazaba nervioso, de un lado a otro, lanzando cortos y estridentes ladridos. Por un momento, James le confundió con un lobo que se disponía a atacarle, pero los lametones que el amistoso animal le prodigaba, y sus muestras de afecto, le hicieron ver que por lo menos, contaba con un improvisado amigo en aquel erial, barrido por furibundos vientos y alfombrado por nevadas sin fin.
James estudió brevemente la cara peluda del perro. Su pelaje en la zona del rostro era completamente blanco, a excepción de una capa oscura que bordeaba sus ojos azules adoptando una forma triangular, a modo de cómicas cejas sobre las pupilas del perro. Un mechón de pelo oscuro de forma alargada y puntiaguda llegaba hasta cerca del alargado y prominente hocico. Y no estaba solo. Una voz baja y bronca llamó al perro seguida de un agudo y pronunciado silbido.
-Ven aquí Darmish, dichoso perro, se distrae con lo primero que encuentra.
James creyó que sus sentidos le jugaban otra mala pasada. Pero cuando se encontró con el rostro barbudo y curtido de un hombre moreno, de aproximadamente su misma edad, bordeado por la capucha con forro de piel, creyó que era otra alucinación hasta que sintió como las enguantadas y diestras manos del hombre reconocían al semiincosciente viajero perdido, mientras exclamaba:
-Por todos los tesoros de Kazan y Nódgorov la Grande, por todas las maravillas de este inmenso país –dijo en un ruso fuertemente deformado por un cerrado acento que James no logró reconocer, tal vez oriundo de las regiones más interiores de Siberia. Aun así, logró traducir con acierto las palabras del hombre, una vez que se acostumbró a su particular dicción -¿ te encuentras bien, amigo ? –prosiguió su samaritano, con gesto preocupado, asegurándose de que aun respirase, tomándole el pulso en el cuello.
James asintió haciéndole una desmañada señal con la mano derecha, confirmándole, que aun continuaba en el mundo de los vivos.
El hombre, que iba abrigado con un grueso abrigo de fieltro provisto de capucha, y pantalones de piel de oso embutidos en unas botas fabricadas con el mismo material, le ayudó a incorporarse mientras el perro se movía en torno a ambos moviendo frenéticamente la cola, y sin dejar de ladrar.
James gimió débilmente cuando el hombre le alzó en vilo, tras rodearle con sus hirsurtos brazos arracándole del hielo que le aprisionaba.
-Tranquilo, tranquilo, amigo, ya todo pasó –le tranquilizó el hombre envolviéndole en una manta tan tupida y gruesa que ni el terrible frío era capaz de atravesarla, y trasladando a James hasta un improvisado trineo de aspecto desvencijado y destartalado, donde le acostó siempre abrigado por la coriácea y áspera manta –ya estás a salvo…de no ser por Darmish no lo habrías contado, amigo, es el perro más listo de estos contornos –dijo acariciando la cabeza del animal que entornó los ojos satisfecho por las atenciones de su agradecido amo.
-No lo cambiaría ni por varios rebaños de búfalos de la estepa, no señor, no –dijo con su atronadora y estridente voz, entreverada con las carcajadas que salían atropelladamente de su garganta, atronando a escasa distancia del adomercido James.
Como si Darmish hubiera entendido el significado de las palabras de su amigo humano, ladró alegremente un par de veces, mientras su amo cargaba con el trineo, más bien una especie de parihuelas y tiraba vigorosamente de él, echándose los largos y amplios arneses sobre sus fornidos hombros para trasladar a James, que se había quedado completamente dormido, envuelto en varias capas de acogedoras pieles hasta su refugio, no muy distante de allí.
87
Cuando despertó sobresaltado, las manos acogedoras y tranquilizadoras de una mujer delgada, de aspecto frágil y ojos claros, envuelta en un largo kaftan de tela estampada, aquietaron sus temores. Unuri, la esposa de Nicolai mesaba sus cabellos castaños dispuestos en largas trenzas de vez en cuando, mientras sus dedos diestros prodigaban al desfallecido James, los cuidados necesarios, vendando o limpiando sus heridas con un desinfectante obtenido a partir de la destilación del vodka. Nicolai era el cazador siberiano que lo había rescatado de perecer helado en mitad de los desolados yermos, y ahora su mujer, se estaba ocupando de él. Bajo sus expertas manos, y atenta mirada, James volvió a la vida rápidamente, aunque de vez en cuando esbozara una mueca de dolor al sentir el desagradable contacto del fuerte y oloroso desinfectante, sobre sus heridas en carne viva. Era como si le marcaran con un hierro al rojo, pero aguantó estoicamente el dolor, para no ofender a sus cuidadores. Estaba en el interior de una isba de madera de cedro, en una de las habitaciones principales del humilde hogar de Nicolai. Fuera, a través de los cristales traslúcidos de las escasas ventanas de la vivienda, la ventisca desataba todo su mortífero poder, mientras un sobrecogedor viento aullaba en el exterior como si una fiera de descomunales fauces, andase rondado fuera en torno a la casa.
James se incorporó sobre la cama, y aceptó de buen grado el plato de potaje caliente, que otra mujer más anciana y cubierta por una especie de toca oscura, le tendía en un plato de porcelana desportillado directamente proveniente de un perol puesto, a calentar sobre el fogón de una cocina de leña. James comió con fruición. Yemandria, la madre de Nicolai, asistía a su hija política en el cuidado del aun débil y perplejo extranjero. James se fijó sobre todo en los oscuros ojos de la anciana que parecían transmitir una inmensa y vieja sabiduría, rodeados de infinidad de arrugas en las comisuras de los mismos, y que tamizaban el resto de su apergaminada piel surcada de venas azules. La anciana enfundada de pies a cabeza en ropajes oscuros, le sonrió con sus encías desdentadas y dijo amablemente con voz cascada pero sorprendentemente clara, mientras ponía su sarmentosa mano sobre la frente de James para comprobar su temperatura corporal:
-Mi hijo te encontró a tiempo, gracias al Señor –dijo la anciana persignándose y entrelazando los dedos de ambas manos en actitud orante- de lo contrario solo serías una estatua de hielo más. La estepa se cobra su tributo todos los años. Son incontables los desgraciados que han perdido la vida de esa manera.
Entonces se escuchó la puerta de madera de la entrada, abrirse con un chirrido. Una persona entró presurosamente en la isba, embutido entre los pliegues de una pesada y áspera pelliza de piel, trayendo detrás suyo, el gélido y cortante frío estepario, que reinaba en el exterior, hasta que cerró precipitadamente la puerta tras de si.
James buscó con la mirada a su salvador pero no le localizó, hasta que percibió el agudo chirrido de las oxidadas bisagras de la puerta, creyendo que era él. Nicolai había abandonado la isba para traer más leña que arrojar al acogedor fuego que ardía en un humilde hogar, situado en un recodo de la vivienda. También se percató de que había alguien más junto a las dos mujeres. Un joven de unos veintitantos años, de complexión fuerte y apariencia curtida le observaba con interés. Tenía unos ojos idénticos a los de Nicolai, oscuros y decididos y una larga barba pelirroja que se fundía con sus rebeldes cabellos, rodeaba su rostro rubicundo. El joven que portaba una larga escopeta de caza sujeta a su espalda por una correa de cuero grasienta, había acompañado a su padre y a su hermana, y se había adelantado hasta su hogar, precediéndoles en la marcha y pasando al interior de la isba, haciendo creer a James que se trataba del padre. Se aproximó a James y alargando su mano nervuda y ancha estrechó, la del improvisado invitado con enérgica decisión:
-Me alegro de verte con vida –dijo el muchacho afablemente con voz de trueno prácticamente calcada a la de Nicolai -me llamo Mihail y mi padre te encontró en la nieve según me ha referido, aunque el mérito se lo atribuye a Darmish.
James estrechó calurosamente la mano del joven, aunque la suya se perdía entre los dedos de la de Mihail varias veces más grande. ¿ Cómo un muchacho que podría ser su hijo, tenía semejante manaza ? quizás se debiera a los rigores de la vida al aire libre, se dijo James sumamente interesado en sus reflexiones.
Poco después la puerta se abrió otra vez y Nicolai seguido de una muchacha de unos diecisiete años de largas trenzas castañas, el vivo retrato de su madre y de su abuela, en su juventud, penetraron en el acogedor ambiente de la isba frotándose las manos y soplando repetidas veces sobre las entumecidas yemas de sus dedos, mientras se dirigían hacia un samovar rebosante de humeante te, que suspendido por cadenas fijadas a la repisa de la chimenea, era calentado directamente sobre las sinuosas llamas, cuyo fuego de vez en cuando se ocupaba de avivar un miembro de la familia, con un viejo y recauchutado fuelle que había ido pasando de generación en generación, de padres a hijos, quizás desde la época presidida por el reinado de la Zarina, Catalina la Grande. Una historia que corría de boca en boca, que formaba parte del acervo cultural de la familia, y relatada por la bisabuela de Yemandria a su hija, y así sucesivamente, parecía atestiguarlo. Y lo mismo valía para los escasos pero valiosos enseres y pertenencias de la familia que también había ido pasando de generación en generacion, compartiendo el destino del fuelle, el samóvar y cuanto albergaba en su interior la modesta isba, a la cual, tal suerte no le era ajena. La vieja casa, perdida en mitad de ninguna parte había cambiado de propietarios, heredada de una generación a otra, a lo largo de su dilatada y prolongada existencia. Así la había recibido el abuelo de Nicolai, el cual a su vez, se la legó a su hijo Ivan, y de este pasó a Nicolai, que se transformó automáticamente en el cabeza de familia, el día que un enorme oso gris al que intentaba cazar, puso fin a la vida de su padre, aunque Ivan lograse herir mortalmente al plantígado con un disparo efectuado a bocajarro, a muy corta distancia de su pecho, que hizo que cazador y presa compartieran idéntico destino entrelazados en un improvisado abrazo. En esa forzada posición fueron encontrados tras una larga batida, auspiciada por la preocupada esposa de Ivan, y llevada a cabo por los hombres de la cercana aldea. Irina, la abuela de Nicolai, fue a ver al anciano que regía la misma, con expresión compungida, cuando su marido no se presentó en casa, tras largas horas de incertidumbre y tensa espera aguardando su regreso de la larga jornada de caza, tras aventurarse en el denso bosque cercano. El oso, tras irrumpir furtivamente en el establo por enésima vez, se había estado comiendo algunas de las escasas reses y ovejas de la familia tras matarlas a mordiscos y zarpazos, abandonando los restos de los cadáveres por los contornos, e Ivan, cuya paciencia había llegado al límite, decidió cortar por lo sano, desempolvando su vieja escopeta y yendo en busca de su adversario, desoyendo los lastimosos ruegos de su mujer, a la que apartó acremente a un lado, para dejar su hogar precipitadamente. Cada res u oveja que echaban en falta, constituían una onerosa pérdida para la humilde y hacendosa familia, difícil de reemplazar.
-Por todo el oro del Zar –dijo Nicolai con su característica forma de expresarse, mientras se servía una taza de caliente y burbujeante te y escanciando a su vez, otra a su hija - hace un frío que congelaría hasta el averno –exclamó entre carcajadas, mientras Olga, la hija de Grigori celebraba con risas que no tenían nada que envidiar a las de su padre, sus ocurrencias. Salvo por el hecho de que era una mujer no exenta de una belleza que terminaría por florecer en el transcurso de unos pocos años más, era casi una copia idéntica de su padre, en todos los aspectos. También llevaba sujeta a la espalda un arma de caza, lo mismo que Grigori y cargaba sin dificultad, al igual que el fornido y afable cazador, grandes pedazos de leña que pronto se consumirían, crepitando alegremente en la chimenea del hogar familiar.
La silenciosa esposa del cazador se persignó rápidamente ante el poco respetuoso comentario de su marido, imitando a su suegra, que regañó a su hijo por ser tan irreverente. Nicolai rió estruendosamente, y fue a interesarse por la suerte de James mientras Olga no cesaba de atronar la casa con sus alegres gritos:
-Abuela, abuela –llamó la chica, buscándola en el agitado pero cordial ambiente reinante en la casa, mientras su voz juvenil se confundía con los ladridos del perro que no dejaba de saltar de un lado a otro, corriendo hacia la cabecera de la cama de James para lamerle la cara. La chica abrazó a su abuela que, besó brevemente pero con efusividad a su impetuosa nieta, en ambas mejillas. Luego hizo lo mismo con su madre y su hermano.
-Eso es que le has caído bien, amigo mío –le dijo entre risas, el corpulento Nicolai, refiriéndose a su perro que apoyaba sus grandes patas moteadas de manchas blancas y negras, sobre el regazo de James, mientras le lamía con fruición la cara de nuevo, y agobiándole ligeramente con su peso, mientras Mihail le daba una leve colleja en la nuca, para apartarle de la cabecera del lecho exhortándo al inquieto y revolucionado can, a dejar tranquilo al huésped.
-Olga –clamó por vez primera la autoritaria voz de Unuri dirigiéndose a su hija, y que desmentía la aparente fragilidad que su delgadez y la un tanto pálida piel de su rostro sugerían, junto con las profundas cuencas de sus ojos claros - te tengo dicho que no metas a Darmish en casa, que luego lo pone todo perdido con sus patas. Sírvele la comida fuera y que vaya a su caseta –le dijo en tono más conciliador, dando una palmada a su hija, entre los omoplatos y sonriéndola débilmente. La chica obedeció risueña y tomando un gran bol con caldo y trozos de carne de reno, salió de la isba seguida a corta distancia por el gran y ágil perro de las nieves, que ladraba estentoreamente mientras se relamía intentando alcanzar la comida que su dueña llevaba entre las manos, alzándose sobre sus patas traseras, para servírsela en una pequeña caseta habilitada para el animal detrás de la isba.
Aquel fue el primer día de la nueva vida de James, en que entraría a formar parte de la humilde pero alegre y sacrificada familia que le había acogido en su seno, pese a que aun no lo sabía. De esta forma, los días fueron pasando convirtiéndose en estaciones, y las estaciones en años. Se quedó con su nueva familia renunciando a sus propósitos de retornar a Europa algún día. Nuevamente sentía que tenía un hogar. Ya volver a su anterior vida, no revestía el importante carácter que le había atribuído apenas hacía unas escasas horas. Terminaría emparentado con Nicolai al casarse con su hija unos años después, venciendo sus reticencias y miedos para volver a amar otra vez.
88
Candy dormía de costado, abrazada a Mark, mientras la luz de la luna, iluminaba su semblante sereno y tranquilo. Después de haber pasado unos aciagos y duros días durante los que no dejó de echarme en falta y preguntarse sin obtener respuestas, hacia donde me podría haber dirigido, parecía haber recobrado algo de su perdida tranquilidad y optimismo. Pero cuando entró en mi antigua habitación, a pocos pasos de la alcoba de Candy y de Mark, y las de sus hijos, sufrió una nueva crisis al observar las maquetas y dioramas militares que adornaban el silencioso cuarto. Sus quedos sollozos no pasaron desapercibidos a Mark, que entró enseguida a interesarse por ella y consolarla abrazándola contra su pecho.
-Mark, Mark –gemía ella recordándome- se me hace tan duro no tenerle cerca de nosotros...-se desesperaba Candy.
Y Mark asentía, pasando sus manos por los cabellos rubios de su esposa. Aunque había prometido respetar mi voluntad, sabía que a nada que Candy se lo rogase iría en mi búsqueda inevitablemente, de una forma u otra y me traería como fuera. Mark se hallaba dividido entre sus deseos de contentar a Candy y la conveniencia de tenerme allí cerca de ambos. El joven había pasado una de las noches más duras y espantosas de su vida, cuando Candy había acudido a mi cuarto para poner fin a mi dolencia y restablecerme la salud. Mark conocía sobradamente en que consistía ese procedimiento, pero no se opuso. Ni todo su poder, ni la habilidad de Mermadon hubieran sido suficientes para salvarme. Si Candy no hubiera actuado de aquella manera, probablemente no lo hubiera contado. Por esa razón, él no sacó el tema a colación. Por eso y por amor. Por amor, por miedo a perderla, silenció cualquier referencia a aquella turbulenta noche, y Candy tal vez igualmente por amor, o quizás por remordimientos o incluso algún sentimiento de vergüenza, hizo otro tanto de lo mismo. El espinoso asunto jamás fue tema de conversación entre ambos y por ello, al menos en lo que a eso se refería no tuvieron ninguna discusión al respecto.
Ahora Candy, envuelta en un largo camisón de encaje con volantes se apretujaba contra su marido, que vestía un pijama de rayas. Estaba teniendo un sueño, pero a diferencia de otras ocasiones parecía una ensoñación agradable, aunque turbadora.
Se vio así misma en avanzado estado de gestación paseando por el jardín de una gran casa, que no reconoció como la de los Legan. A su lado, caminaba un hombre que no era Mark. Tenía el pelo moreno, ojos marrones y vestía un traje informal de tweed con una visera a juego. Llevaba a Candy del brazo y ella parecía tremendamente feliz en compañía del hombre, que presentaba una abultada barriga que podría haber rivalizado con la de la joven del sueño. Candy rio quedamente por el paralelismo establecido inocentemente, sin pretenderlo. Mark se agitó exhalando un leve ronquido y girándose hacia Candy la abrazó contra él. Aun así Candy no se depertó. El sueño continuó. Vio una especie de cápsula ovalada muy brillante que partía de Lakewood y tras girar vertiginosamente sobre si misma, rodeada por un iridiscente haz de luz, desaparecía materializándose prácticamente en el mismo lugar. Se vio así misma, llorando, intentando contener sus lágrimas cuando tras tropezar fue a parar a los pies del hombre, a cuyo lado andaba por el jardín de esa casa desconocida. Lejos de sentir miedo o remordimientos, Candy hizo todo lo pòsible por concentrarse de modo que el sueño continuara para averiguar lo más posible. Tenía la firme sensación de haber descubierto mi verdadero paradero y que lo que estaba visualizando con los ojos de su mente, era algo más que una mera escenificación onírica al azar. Lo único que no le cuadraba era como se había casado con ella misma…a no ser que aquella Candy fuera otra distinta, en una realidad alternativa diferente.
Candy asintió a mi boda y de sus ojos cerrados brotaron copiosas lágrimas que empararon el rostro de Mark. El joven se despertó sobresaltado, creyendo que algo grave le ocurría a su esposa y la rodeó con sus brazos con más firmeza que antes.
-Candy, amor mío, ¿ qué te ocurre ? –preguntó Mark con la más absoluta y palpable preocupación plasmada en su rostro.
-Mark, querido –le dijo ella a media voz intentando restregarse las lágrimas, que eran de alegría, pero Mark aun no lo sabía –le he visto, he visto a Maikel, y es feliz, es verdaderamente feliz –dijo con la mirada enfilada hacia la luna que se asomaba a los grandes ventanales de la puerta que daba acceso al balcón de mármol- sé que lo que he visto, era real, tenía que serlo –comentó agitando nerviosamente las manos. Mark encendió la luz y aferró cariñosamente sus hombros:
-Anda ven aquí, y cuéntame ese sueño –dijo el joven convencido de que Candy no mentía. Jamás en todos aquellos años de vida en común, había tenido la certeza que Candy le hubiera engañado si acaso una sola vez. Incluso el temido momento en que ella se acostó conmigo para sanarme, era conocido por Mark porque ella misma, empleando palabras suaves y cautas se encargó de ponerle al corriente de ello.
Podría haberse enojado, haberla prohibido hacer aquello, pero no se haberlo hecho, me habría perdido a mí, y a ella, por interponerse entre sus propósitos de salvarme la vida y yo mismo. Mark estaba seguro de que si yo hubiera fallecido por su oposición a que Candy llevase a cabo, aquel descabellado plan, que al final demostró no serlo, ella jamás se lo habría perdonado. Posiblemente, después de Mark, aunque odiaba establecer semejantes escalas de valores como si los sentimentos se tasaran como los objetos expuestos en una subasta, yo era el hombre que más cerca estaba de su corazón. Según reconoció la misma Candy, de no haber llegado Mark antes, quizás yo hubiera estado en esa realidad abrazándola en lugar del joven moreno. Y buena prueba de ello, era como me convertía en su marido, exactamente como hubiera sido de no ser por cuanto ya todos conocíamos. Mark imaginó que debía existir otra realidad paralela donde Haltoran se hubiera desposado con Candy. Apartó el pensamiento de su mente, porque seguir elucubrando acerca de aquella posibilidad le estaba sacando de sus casillas. Haltoran era otro de los hombres que por un breve espacio de tiempo, de habérselo propuesto podría haber conseguido que Candy le correspondiera. En aquella época aun estaba confusa, no tenía muy claros sus sentimientos hacia Mark, y Haltoran y Annie habían roto. Hubiera sido también una sólida posibilidad totalmente pausible.
Cuando Candy terminó de relatarle a su marido el extraño sueño, Mark frunció el ceño y dijo:
-Te creo Candy. Ha debido viajar a otra realidad alternativa sin proponérselo y allí, él ha conseguido lo que tan larga como denodadamente ha luchado por tener. Tu sueño se correspondería con lo que mi maestro ha vivido.
Candy se incorporó sobre el lecho. Hacía una noche templada, presidida por una luna tan brillante y llena que, desvelada por su extraño sueño, convino que ya no la apetecía seguir durmiendo. Se envolvió en una bata de raso con brocados y caminó lentamente por el suelo de baldosas, descalza, para enfundar sus pies en unas pantuflas que aguardaban debajo de la cama. Mark la imitó saltando del lecho con tal energía, que el colchón tembló ligeramente cuando su cuerpo se despegó de la superficie del mismo.
Mark alargó la mano y Candy sonrió ligeramente, extendiendo su brazo. Entrelazaron las manos y descendieron silenciosamente las escalinatas para salir al jardín, procurando no despertar a los niños ni a los señores Legan. Al pasar junto a la puerta de mi habitación, Candy caminó de puntillas, actuando como si continuara durmiendo allí, para no despertarme. Mark la observó con ojos gentiles, dirigiéndola una mirada de ánimo. La joven suspiró y cruzaron las grandes puertas de acceso a la mansión, pasando bajo el imponente frontispicio de mármol, custodiado por las estatuas de los querubines que continuaban soplando sus trompetas, emitiendo una invisible y congelada nota. Se movieron silenciosamente tras pasar bajo el balcón desde el que los hermanos Legan la recibieran de modo tan desconsiderado como elocuente. Aquel jarro de agua fría que arrojaron sobre su sombrero, empapando sus humildes ropas constituiría una perfecta metáfora, acerca de sus sueños rotos e ilusiones perdidas. Recordó con una mueca de desagrado, como en aquel lejano entonces no enviaron ni a Stuart a recogerla. Tuvo que cubrir todo el trayecto entre el hospicio y la imponente mansión a pie, con la sola compañía de su mapache y ninguno de los vehículos que pasaba ante ella y el coatí, levantando espesas nubes de polvo a su paso, se dignó a detenerse para llevarla hasta allí. Casualmente se encontró con Tom y su padre adoptivo, que, a bordo de su carreta la acercaron hasta las proximidades de la finca señorial, tras que su amigo de la infancia la enlazara gastándola una inofensiva broma, como si fuera un res, con su lazo. Tras la consiguiente indignación primero al verse atada como una vaca, y luego alegría de Candy, por reencontrarse con el joven, acordaron efectuar una reñida competición de lazo, en la que ambos quedaron empatados, para luego llevarla hasta las cercanías de la mansión Legan. Candy evocó el semblante preocupado y compadecido del padre de Tom , cuando le puso al corriente del destino hacia el que pretendía dirigirse.
La joven recordó la advertencia que el amable ranchero le hizo respecto a los Legan, y la cautelosa prevención que le recomendó mantener en relación con su trato hacia la acaudalada familia. Entonces Candy no alcanzó a entender el verdadero alcance de las palabras del padre de Tom, aunque no tardaría mucho en descubrirlo en toda la amarga extensión de la palabra, en su propia carne y a costa de muchos momentos de sufrimientos y de lágrimas.
Jugueteó con uno de los largos y sinuosos rizos de sus cabellos aúreos que le bajaban por uno de los lados del albo cuello de cisne de piel nacarada, y que retuvo entre sus dedos enrollándolo en torno a los mismos. Contempló a su marido por un instante, que le devolvió una afable y cariñosa mirada, y pensó turbada:
"De no ser por Mark y todos los demás, -evitó mencionarme, aunque estuviera expresándose para sus adentros, porque sin duda se habría puesto triste otra vez -seguramente no se habría producido ese radical cambio en mi…madre adoptiva y en mis hermanos. Su odio y resentimiento se mantedrían prácticamente intactos hasta el día de hoy, aunque quizás hubiesen terminado por descubrir, si acaso tardíamente, que aun podían amar y desplegar buenos sentimientos".
Mark adivinó por la concentrada expresión de su esposa, que estaba sumida en profundas reflexiones, pero prefirió no interrumpirlas. Quizás estuviera rememorando mi imprevista irrupción a las tantas de la madrugada en los jardines de la mansión, una vez que Carlos hubiera hecho lo mismo, con otra cápsula temporal, precediéndome por un breve lapso de tiempo, que me sacaba de ventaja huyendo de Norden y sus esbirros. Durante aquella larga y tensa noche, despertamos a los Legan y revolucionamos a todos los habitantes de la finca. Candy recordó con cariño las ingenuas meteduras de pata del pequeño Carlos al que todos confundían constantemente con un niño, y mis apuradas explicaciones al amable y paciente Ernest Legan y a su enfurruñada esposa, para justificar nuestra súbita presencia allí que en un primer momento, no sentó nada bien a Helen Legan, y no era para menos que la distinguida y altiva mujer nos considerase personas non gratas. Que un gordo, un enano –como inicialmente nos tildaba la dama, haciéndonos sentir todo el peso de su desprecio - y más tarde, para colmo, un robot, irrumpieran en la intimidad de su hogar, turbando la tranquilidad que había reinado hasta hacía escasos instantes en el mismo, era algo difícil de digerir y que desbordaba a cualquiera, menos a su esposo que se lo tomó con un particular sentido del humor. Nunca olvidaríamos cuanto el buen señor Legan hizo por todos nosotros.
Ambos esposos caminaron lentamente, removiendo la hojarasca que cubría el suelo a su paso. Candy se fijó en un banco de piedra, sobre el que trepaba una densa y tupida maraña vegetal, formada por una hiedra marrón y sinuosa, donde Mark fue tendido por órdenes de Haltoran, cuando el valeroso joven fue envenenado por los tóxicos y adversos compuestos del iridium. Notó un agudo estremecimiento al evocar como Haltoran hacía salir la negra sangre emponzoñada del cuerpo de su marido, practicándole heridas en la piel con sus dedos, haciendo que el oscuro líquido saltase a presión, constituyendo una visión no demasiado agradable. Una incómoda y desapacible sensación recorrió todo su ser, al hilo de sus recuerdos, como si una repentina sacudida eléctrica hubiera entrado en contacto con su piel , erizándole el vello de inmediato.
Y ahora yo. Yo me había marchado para no perpetuar una tensa y quizás insostenible situación entre nosotros, y aunque Candy seguía estando afligida por mi repentina partida, se sentía un poco mejor, desde que con los ojos de su mente, fue testigo de cómo el azar me había deparado un desenlace muy diferente, que en el fondo era el que siempre había pretendido. El que buscaba desde que por vez primera, mis ojos se posaron en los suyos.
Al notar el protector y cálido brazo de Mark sobre sus hombros, asintió gratamente sorprendida.
Mark que parecía leer los pensamientos de Candy, en los esplendorosos ojos verdes de su encantadora esposa, elevó sus pupilas oscuras a la luna y dijo:
-Has debido percibirlo con la conexión mental, Candy. Aunque es un poder tan errático que se manifiesta cuando quiere. Estoy convencido de que lo presenciaste en tus sueños, es la pura verdad.
-¿ Crees que será feliz finalmente, amor mío ? ¿ habrá encontrado la paz que tanto ansiaba ? –preguntó imperiosamente la muchacha reclinando sus bucles dorados sobre el pecho de su marido y entornando los ojos.
Mark depositó un cariñoso beso en la frente de Candy y dijo:
-Estoy completamente seguro de ello, cariño. De hecho, quiero creer, los dos necesitamos creer –recalcó enfáticamente con enérgicos gestos de su cabeza al afirmarlo-, que ha sido así.
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La idea de que yo estuviera con ella, pero al mismo tiempo separado de su lado, pareció turbar a Candy por espacio de varios días. Mark le había explicado en diversas ocasiones y con palabras sencillas, que existían infinitas dimensiones separadas unas de otras, y que cada una de ellas ofrecía una realidad alternativa diferente. El amable y atento joven moreno le insistió en que no le diese demasiadas vueltas, ni tratara de asimilar conceptos tan dispares como casi imposibles de asimilar, pese a la aparente sencillez teórica de su planteamiento. La joven experimentaba una mezcla de tristeza y alegría a partes iguales. Tristeza, porque yo ya no estaba allí, cerca de ella, brindándole mi amistad y haciéndola reír con mis ocurrencias y alegría, porque aunque fuera con otra versión de si misma, había alcanzado finalmente la felicidad. No obstante, experimentaba cierto desasosiego al pensar que su otro yo, tal vez tuviese conciencia de ella misma.
-No tienes nada que temer cariño. El contacto entre realidades paralelas es muy difícil –la tranquilizaba Mark intentando restar hierro al espinoso asunto.
-Pero no imposible. Si Maikel logró llegar hasta una de ellas –dijo Candy cruzando los brazos sobre la blusa con brocados orientales que arrancaban fulgurantes reflejos a la radiante claridad del día, que se colaba a raudales por las ventanas del salón.
-No le des más vueltas, querida –insistió Mark haciendo gala de una infinita paciencia para con su esposa, aunque temía que de un momento a otro, le pidiese que fuera en mi busca. No deseaba hacerlo, pero sabía que no tendría otra alternativa posible, si su esposa optaba por ponerle entre la espada y la pared –él es feliz, no obstante, podríamos mandar a Mermadon para que obtenga la confirmación definitiva de que se encuentra bien- razonó Mark repasando el contorno de sus labios con la mano derecha y dirigiendo sus oscuras pupilas hacia las lujosas y recargadas arañas, que mostraban ostentosamente las miríadas de cristales y pedrería que las adornaban. Parecía como si debido al agobiante peso, las voluminosas lámparas fuesen a precipitarse de un momento a otro al suelo.
Candy meditó la propuesta de su marido. No le parecía nada mal, pero por el momento decidió dejar aparcada esa idea, por miedo a perturbar mi felicidad.
-No querido, por el momento no será necesario. Te agradezco todos tus desvelos por ayudarme –le dijo besándole en ambas mejillas de repente.
Mark sonrió y tras escuchar los alegres gritos de sus hijos que le reclamaban para que fuese a acompañarles a dar un paseo, se incorporó de su silla y tras despojarse del albornoz se dispuso a vestirse. Aunque le rogó a su esposa que les acompañara, Candy prefirió quedarse en la mansión pretextando que deseaba descansar un poco. Mark se mostró de acuerdo y sorprendentemente, Marianne no protestó por la decisión de su madre, como había hecho otras veces. Candy abrazó a sus hijos por largo rato ante la mirada complacida de Mark. Desde que habían retornado del descabellado viaje, que al final no condujo a ninguna meta evidente, no arrojando luz alguna sobre el paradero de James, se había volcado en ambos convirtiéndose en una madre más cariñosa y afectuosa de lo que ya de por sí era en no menos significativa proporción. Pero aquella tarde quiso estar sola. Mark y sus hijos lo entendieron y salieron en dirección hacia las caballerizas para practicar la equitación, una vez que el joven se hubo cambiado de ropa.
Candy no dejaba de sorprenderse de la rapidez con la que su esposo había dominado el arte de lazar, así como demostrando una avezada y diestra habilidad para subirse a los árboles. En cuanto al difícil y no al alcance de todo el mundo, arte de la equitación, Mark conseguía compenetrarse con el animal como si fueran un solo todo.
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Tras despedirse de su familia, Candy se dirigió hacia el salón de te, que sus padres adoptivos habían hecho habilitar hacia tan solo unos meses. Pese a que toda familia de alcurnia que se preciara de serlo tenía uno, sorprendentemente los Legan por razones, mezcla de cierta pasiva dejadez, y la falta de necesidad de disponer del mismo, no habían preparado ninguna estancia al respecto. De hecho ni siquiera se lo habían planteado, pero Ernest contrató a un equipo de reputados decoradores y a una cuadrilla de albañiles para que hicieran realidad uno de sus viejos sueños. Al cabo de un mes de obras y trabajos de albañilería, la nueva estancia estaba ya preparada y se podía dar por oficialmente inagurada. Tras la fiesta de rigor para inagurarlo, el salón de te vio actividad en contadas ocasiones, repitiéndose la misma costumbre de displicencia y lánguida pasividad en su uso, que habían aplazado una y otra vez sine die, la decisión de construírlo.
Candy se dirigió hacia la suntuosa estancia cuyas paredes estaban recubiertas de mármol blanco italiano, al igual que los suelos traídos expresamente del mismo país para constiuir su pavimento. En el techo, reputados artistas hechos venir expresamente de Europa y otros lugares lejanos habían plasmado frescos de incalculable valor y belleza representando escenas campestres y bucólicos paisajes que serenaban la vista al contemplarlos y servían para acrecentar la sensación de paz, que invadía a todo el que entraba en la coqueta y recogida estancia. La iluminación era sencillamente magnífica al disponer de grandes y luminosos ventanales practicados en cada una de sus paredes. Un mobiliario de color blanco consistente en algunas estanterías, una mesa camilla y sillones de la misma tonalidad con mullidos cojines para asegurar la comodidad de sus usuarios completaban la visión general de conjunto.
La muchacha caminó elegantemente en dirección hacia la gran mesa que presidía el centro de la gran estancia. Sus ropas producían un leve murmullo al desplazarse y con una distinción que en ella parecía resultar innata, rodeó la mesa y se acomodó en uno de los sillones ubicados en torno a la mesa. Aunque la construcción del gran salón de te había sido supervisada por su padre adoptivo, Ernest confió al buen gusto de Candy la decoración del mismo y no había resultado defraudado. Simple y funcional rozando lo sobrio, pero elegante y señorial al mismo tiempo, fueron las acertadas palabras del admirado Ernest que aplaudió con entusiasmo la habilidad de su hija adoptiva. Candy depositó el libro que llevaba entre las manos sobre la mesa. El volumen de poesía francesa parecía animarla a que continuase con la interrumpida lectura. Entonces se fijó en otro libro que alguien había dejado inopinadamente sobre la mesa de mármol donde se degustaba el té. Candy recogió el diminuto libro, pensando en lo mucho que le disgustaba a su madre adoptiva, que alguien se dejase las cosas olvidadas en su impoluto y pulcro salón de té, que tanto le había costado que tomase forma, surgiendo desde los tablones de diseño de los profesionales que su marido había contratado al efecto donde no era más que un proyecto.
Entonces reparó al poner más atención, en los estrafalarios personajes de grandes narices y completamente calvos y lampiños que salían en la portada. Candy sonrió tenuemente al evocarme, y se puso a hojear el delgado tebeo al reconocerlo como uno de los comics que solía leer de cuando en cuando y que me había dejado olvidado en una de las muchas dependencias de la mansión Legan. Pensó en mí, por un instante y leyó sus historietas del tirón riendo quedamente ante las ingeniosas pericipecias de sus dos despistados y torpes protagonistas.
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Helen Legan lamentó mi partida, aunque fuese capaz de encajar mejor el duro golpe de mi marcha, disimulándolo con mayor éxito que cualquiera de nosotros. Tuve que ser Mark, asistido por Candy el que le explicara con palabras directas y sin rodeos, cual había sido mi destino. La dama arqueó una ceja y sus ojos ambarinos se endurecieron por unos breves instantes hasta que su expresión rígida se suavizó por momentos. Se hacía más que evidente que me apreciaba, y mi repentina ausencia había sido una decepción y un golpe para ella. Luego me acordaría azorado, en lo que se convertiría en mi nuevo hogar, que no había dejado ninguna carta de despedida para los Legan y me lo reproché, pero ya no había vuelta de hoja. Mi máquina del tiempo se había desintegrado y no podría retornar, aunque no tenía la menor intención de hacerlo, sin la ayuda de Mark o de Mermadon.
Helen había conseguido reprimir sus emociones pero por la noche, cuando los criados se habían retirado a sus habitaciones y ella creía encontrarse sola, pensaba en mí y en lo mucho que había conseguido con algo tan en apariencia insignificante como mi presencia allí.
De no haber sido por mí, se decía constantemente, sus hijos habrían tomado un peligroso y equivocado rumbo, cuyo único resultado posible era que sus vidas quedasen definitivamente truncadas para siempre. Aunque Helen no había sido una mala madre, porque amaba a sus hijos, al igual que a su marido, les había consentido todos los caprichos que un joven de buena familia pudiera concebir y no había corregido algunos de los aspectos más peligrosos y equivocados de su carácter. Pero al mismo tiempo, en ambos hermanos ardía una chispa de nobleza, un afán de superación y de hacer el bien que solo años de egoismos y arrogante despreocupación habían conseguido eclipsar, aunque no borrar del todo.
El primer amor de Eliza, Haltoran la había tornado más dulce y responsable suavizando el mezquino y traicionero temperamento de la hermosa muchacha de cabellos cobrizos.
En cuanto a Neil, por influencia de esa emoción que arrebolaba las mejillas de su hermana y hacía que su corazón latiera más deprisa, junto al hecho de que se enamorase de Susan Marlow, y de que esta la correspondiera, tras su frustrada relación con Mark, habían conseguido lo que parecía imposible: que se transformara en un joven bondadoso y responsable. De hecho el día que saldó sus cuentas con Candy, al salvarla de los malhechores que pretendían forzarla, empezó su transformación definitiva, el cambio que de tan radical y a mejor, llegó a asombrar incluso a la misma tía abuela Elroy que no daba crédito como los díscolos hijos de su ahijada Helen hubieran podido cambiar tanto y de forma tan acelerada como evidente.
Por esas razones, Helen lamentaba mi marcha pero la comprendía, y aceptaba resignada a partes iguales, que uno de los mejores amigos que había tenido últimamente hubiera emprendido un viaje tan largo como imposible. Helen se dio aire con el abanico de plumas y encaje que yo le regalase tras desechar el incómodo y engorroso ventilador eléctrico, que con ayuda de Haltoran, Mermadon y la colaboración de Stear habíamos contruido para regalárselo en su aniversario de boda. Pero el aparato producía demasiado ruido y generaba poco aire, por lo que pronto acabó cogiendo polvo en el desván donde Candy había estado encerrada previamente al baile y de donde Mark la rescató, dado que Helen no quería almacenar trastos entre las paredes de su suntuoso hogar.
Una vez que Candy y Mark se hubieron retirado por expreso deseo de la mujer, Helen continuó haciendo su vida, intentando hacerse a la idea de que había partido definitivamente y que ya no regresaría, hasta que una soleada tarde se refugió en el salón de té, su habitación favorita donde se relajaba y hallaba la paz, que sus preocupaciones se empeñaban en estropear y turbar afanosamente.
Previamente, al pasar por la sala donde recibiera a Candy por vez primera, los ojos de Helen se dirigieron hacia un libro de tapas blandas que reposaba sobre uno de los butacones azules del salón de la planta baja, en cuya portada un soldado enorme y adémanes torpes y pesados, de rasgos brutales y expresión simiesca, casi animal se disponía a lanzar una granada contra un tanque. A su lado un hombre llevando una ridícula chistera amarilla abierta por su parte superior y con un monóculo en su ojo derecho reía realizando grandes aspavientos, mientras apoyaba a su camarada en el ataque. Obviamente aquel libro había quedado allí como los restos fosilizados de un gran animal en un escenario imposible, olvidado por mí, lo mismo que el tebeo que Candy hallase por casualidad en el salón de té. Helen parpadeó y volvió sus ojos otra vez a la portada del libro que tenía entre manos.
Las dos figuras centrales de la portada, estaban rodeadas por otros hombres que parecían ser sus camaradas, con los cascos de acero abollados, tiznados de sangre y suciedad. Obviando su disgusto porque alguien fuera dejándose olvidadas sus cosas por diversos rincones de su hogar, la mujer lo hojeó y comenzó a leerlo. Su autor no le decía absolutamente nada. Pese a que el estilo parecía un tanto vulgar, se sintió atraída de inmediato por la lectura, y decidió reemprenderla en el salón de té donde estaría sin duda más cómoda. Allí se toparía con Candy. Ambas mujeres se miraron sorprendidas y comenzaron a hablar acerca de mí descubriendo que sus mutuas confesiones servían de alivio al dolor que afligía sus almas entristecidas ayudándose mutuamente en la superación de sus respectivos sufrimientos por mi marcha.
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La lectura de la novela me tenía completamente abstraído y absorto. Sentado en un banco de madera, bajo un frondoso sauce que proporcionaba una fresca y acogedora sombra, protegiéndome de los rayos solares, en mitad del fértil y exuberante jardín que rodeaba el palacete de dos plantas, que se había convertido en nuestro hogar, mientras deslizaba con fruición mis ojos sobre los renglones, saltando de uno a otro con voracidad lectora. Al estar tan enfrascado en la lectura, no me percaté de la llegada del robot. El follaje se removió a medida que la imprecisa y tambaleante forma se aproximaba hasta mí. Pero el intruso no era muy diestro a la hora de camuflar su presencia. Alto, pesado y para nada discreto se movió torpemente hacia donde me hallaba. El rumor de la vegetación, agitada por sus intentos por abrirse camino terminó finalmente de interrumpir la lectura. Me llevé tal sobresalto, que arrojé el libro sobre la hierba y me puse tenso, rígido, preparado para la acción, aunque continuase sin ser hombre dado a la misma. Pero ante todo pensé en mi esposa y mi hijo. Si aquel sujeto penetraba en la casa y tenía oportunidad de hacerles daño yo…sin duda jamás me lo perdonaría. Me hice con una azada de mango pesado y áspero que uno de los jardineros había depositado apoyada en la pared de la casa, tal vez en un descanso en su labor, y que quedó allí quizás por olvido o simple descuido. La sujeté entre mis manos con torpeza. El peso de la improvisada arma era algo que mis escasas fuerzas no estaban en disposición de soportar, pero proteger a mi familia era lo prioritario, lo más esencial en aquellos tensos momentos. Durante unos segundos eternos, en medio de un ambiente que se podía cortar con un cuchillo, entre la densa vegetación de los setos que tenía enfrente de mí, percibí un par de puntos rojos, que brillaban intensamente como dos ascuas de luz en la noche más cerrada y oscura.
Aquellas dos luminarias me eran familiares, tremendamente familiares, pero ni aun así, bajé la azada. Estaba temblando y un sudor espeso goteaba por mi frente y mis dedos agarrotados, escurriéndose entre los mismos. Finalmente, tal y como me había temido, el cuerpo de Mermadon, macizo y abultado como una pétrea torre dotada del aliento de la vida, se aproximó lentamente hacia mí, pero no bajé la guardia. El recuerdo de mi secuestro y el de Candy perpretado por él, aun no se había robado de mi mente. Puede que hubiera vuelto a sufrir una especie de recaída o que tuviera órdenes taxativas y tajantes de llevarme de vuelta como fuese, a la realidad que había abandonado con carácter definitivo. Como si interpretara mis pensamientos, el robot se detuvo a una distancia prudencial, porque había registrado mis niveles de alerta y miedo disparados por la desconfianza hacia el otrora fiel amigo y levantó la mano derecha realizando un saludo conciliador:
-Señor Parents, no he venido a obligarle a regresar, si no a cerciorarme de que se encuentra bien. Me envía la señorita Candy y el señor Anderson, nada más. Me marcharé enseguida, tiene mi palabra de que no me inmiscuiré en su vida actual, lo prometo –dijo cortésmente el robot inclinando ligeramente la cabeza en señal de deferencia.
Me quedé observándole entre perplejo y emocionado. No creía que después de tanto tiempo, Mermadon fuera a encontrarme así como así. Arrojé la azada al suelo y le fui relatando algunos aspectos de mi actual y apacible vida. Mientras hablábamos, por el rabillo del ojo, aprecié como una mujer de cabellos rubios sostenía a un niño moreno de corta edad entre sus amorosos brazos. La joven madre llevaba puesto un vestido de lino, cuya falda le llegaba por la rodilla, audacia demasiado escandalosa aun para la época que me había tocado vivir –aquella frase cobraba una especial relevancia para alguien como yo- pese a los nuevos y cambiantes vientos renovadores que empezaban a soplar tímidamente y que la guerra había traído, entre otras muchas cosas. Candy pronunció mi nombre con entonación musical, coreado por una voz infantil que se sumaba a la de la madre del niño. Mi esposa y mi hijo se estaban acercando. Miré nerviosamente y de hito en hito a mi familia y al robot. Si le descubrian allí, se podía producir una situación altamente peligrosa, por lo que le rogué encarecidamente al robot que abandonara mi casa o que por lo menos, se escondiera hasta que pudiera reunirme a hablar otra vez con él. Afortunadamente no me hizo falta insistir mucho. Mermadon se dio media vuelta tras despedirse brevemente de mí no sin realizarme una breve e importante filmación que probaría ante Candy, que me encontraba bien, sano y salvo y lo más importante, feliz. Antes de que se fuera, tomé su manaza derecha entre las mías y me despedí con un abrazo de él.
-Cuídate amigo mío, y…cuéntale a Mark y a los demás lo que has visto.
El robot se tornó invisible. Escuché el sonido cansado y neumático, como si de un largo y quejumbroso suspiro se tratara, de las portillas acorazadas de su espalda abriéndose una a cada lado. No pude verlo, pero intuí que estaba extrayendo el doble propulsor para elevarse. Mi esposa cubría ya los últimos metros de la escasa distancia que mediaba entre ella y yo. Para cuando llegó a mi altura, el robot había remontado el vuelo sin dejar más evidencia de su paso, que un ligero olor a ozono y a quemado que no tardaría en disiparse.
Candy me abrazó depositando un beso en mis labios. Hizo un mohín mientras mi hijo reía y trataba de arrancar mis gafas de la nariz. Como no lo consiguió, se enfadó y se puso a llorar, pero la rápida intervención de Candy acunándole consiguieron calmarle y que se durmiera nuevamente.
-¿ Con quien hablabas amor mío ? –me preguntó Candy mientras me besaba en los labios y acariciaba mis mofletes.
Nunca había experimentado una sensación tan beatífica y dulce como el tacto de sus dedos sobre mi piel, ahora como mi esposa, en vez de cómo amiga y hermana.
-No, con nadie –dije con una leve sonrisa disimulando esta vez con acierto y sin levantar las sospechas de Candy, cuya fina y acusada intuición, pocas veces le fallaba - simplemente comentaba en voz alta que hoy va a ser un hermoso día.
Candy, acostumbrada a mis extravagancias, porque entre otras razones estas nunca adquirían tintes preocupantes, dirigió la mirada hacia el cielo azul sin nubes y completamente despejado sobre el que se recortaban a contra luz algunas bandadas de aves migratorias, y asintió, dándome la razón.
-Desde luego que sí, querido, desde luego –susurró en mi oído.
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Las diestras manos de Stear estaban procurando los últimos toques al ensamblaje de un aeroplano, construído con sus propios medios. El joven inventor se pasó una mano por la frente perlada de sudor. A los pies de una gran escalinata, que daba acceso a la villa del lago, tres mujeres jóvenes contemplaban con complacencia la dura e ingente labor del joven mientras conversaban afablemente entre ellas, reunidas en torno a una mesa de jardín blanca con una gran sombrilla de color blanco, semejante a una flor de pétalos abiertos, situada sobre la misma. En la mesa cubierta por un mantel de lino, reposaban varias tazas de te de porcelana acompañadas por unas fuentes de plata colmadas hasta rebosar, de pastas y otros dulces. La imponente fachada de la villa del lago, restaurada por Mark, como regalo de bodas para Stear y Patty presidía la apacible conversación entre las tres jóvenes. Nada quedaba del estado de abandono y ruina, en el que había permanecido durante años. La restauración llevada a cabo por decisión de Mark, sobre la mansión había sido radical reconstruyéndose casi desde los cimientos, pero conservando el primitivo estilo arquitectónico de la misma y respetando su idiosincrasia original. La vieja casa de estilo colonial construída por orden del abuelo de Anthony, casi a la par que la gran mansión señorial de Lakewood para servir como pabellón de caza, había permanecido en el más completo olvido invadida por la hiedra, el polvo, las telarañas y alguna que otra ocasional plaga de ratas, más que nada, debido a la tacañería de la tía abuela Elroy, que no veía acicate alguno, ni la necesidad de restaurar "aquella hedionda casucha" como ella misma la tildaba con desprecio y horror y mucho menos tirar el dinero en una labor vana e insignificante como arreglarla antes de que se viniera abajo, que no proporcionaba ningún beneficio o rédito alguno. Para la estirada y altiva dama, todo edificio que no tuviese las dimensiones de un colosal palacio o un chateau descomunal, o si no era de proporciones faraónicas, no pasaba de ser, un humilde y sucio chamizo cuyos moradores eran gente sin cultura ni educación alguna. Los astutos ojillos de la tía abuela Elroy no era capaces de ver más allá de su ganchuda nariz, que las personas independientemente de sus orígenes o su lugar en la escala social, podían tener dignidad y vivir conformándose con mucho menos de las ingentes comodidades que su ampuloso y lujoso estilo de vida le proporcionaba. Pero era algo que no podía o quizás quisiera concebir.
Los tejados de pizarra roja brillaban bajo los cálidos y acogedores rayos solares, que pronto dejarían paso a la noche. Un crepúsculo de vistosos tonos anaranjados y rojizos, se iba extendiendo gradualmente sobre la casa y la agradable reunión entre amigas como una gran mancha multicolor, a medida que se desplazaba desde un horizonte a otro.
Una muchacha de cabellos castaños y anteojos redondos observó a Stear con una sonrisa, mientras probaba un sorbo de su te con limón, que el estirado mayordomo de los Cornwell le había traído recientemente. El hombre de gesto altivo, cabeza prominente y una lustrosa calva que brillaba ligeramente, permaneció rígidamente envarado en posición de firmes como si fuera un soldado, enfundado en su impecable y almidonado uniforme de mayordomo a franjas negras y amarillas, hasta que su señora le autorizó a retirarse. El empleado hizo una leve reverencia y se marchó expresando con voz suave, la cortés y consabida fórmula de que si le necesitaban, tocasen la campanilla de plata que reposaba sobre el tapete de la mesa. Patty sopló a intervalos cortos el humeante líquido que bullía en la taza. Estaba demasiado caliente, mientras otra joven de dorados bucles y ojos de esmeralda, entre risas le recomendaba que aguardase un poco a que la bebida se enfriara por si sola, y que no fuera tan impetuosa.
Una joven de cabellos negros, luminosos ojos azules y un gran lazo rojo presidiendo su cabeza, contoneó los hombros hacia delante, sacudida por una queda y repentina risa ante los apuros de su amiga Patty para degustar el delicioso pero hirviente té, que lo situaba por el momento, fuera del alcance de sus labios. Candy realizó una breve confidencia y las tres amigas estallaron en carcajadas. Voces femeninas que parloteaban alegre y bulliciosamente, llenaron el aire de aquel delicioso e idílico atardecer primaveral de Mayo.
Junto a Stear, un muchacho de corta edad, de aspecto despierto y muy espigado para su edad observaba atentamente cada uno de los gestos del joven inventor. Stear se había convertido en un exitoso hombre de negocios, pero su verdadera pasión vocacional era el dedicar su tiempo libre a la invención y a la puesta a punto de máquinas de diversa índole, a cual más compleja y complicada.
Alan clavó sus ojos verdes en los adémanes apresurados y jubilosos de Stear al que consideraba como su tío, y luego en el aeroplano. Era costumbre entre los hijos habidos en los diversos matrimonios, surgidos a raiz de la irrupción de Mark y sus curiosos compañeros, que llamasen respetuosamente tío o tía a todos los adultos prominentes del clan Andrew o Legan, aunque no existiera tal relación de parentesco entre ellos. Así mismo, Alan llamaba por ejemplo tío a Stear o tía a Candy. Eliza inaguró aquel curioso hábito conmigo, dirigiéndome tal tratamiento aunque no existiera el menor parentesco entre nosotros.
El joven de cabellos negros, vivo retrato de Haltoran y Annie, meneó la cabeza y lanzando un suspiro, como si contemplara la entusiasta pero poco efectiva labor del inventor con condescendencia, dijo con voz suave para no herir sus sentimientos:
-La hélice está descentrada tío. Cuando el avión esté en el aire, tenderá a salirse de su eje –comentó el niño divertido pero procurando disfrazar su hilaridad sin malicia ante los apuros de Stear, con un gesto grave y comedido, manteniendo las manos entrelazadas a su espalda.
Stear se secó una mancha de grasa que tiznaba su rostro con el dorso de la manga de su traje del mejor paño escocés, cortado y confeccionado a mano. Aquel en apariencia inocente gesto, hizo que Patty se pusiera en pie horrorizada, llevándose las manos a los labios, mientras exclamaba espantada, abriendo ojos como platos:
-No, otro de sus trajes nuevos…otra vez lo ha manchado.
Su semblante demudó nuevamente y frunció el ceño, adoptando una expresión de enojo:
-Mi esposo es como un crío. No se le puede dejar solo.
Candy palmeó la espalda de su amiga con una risita y guiñándola un ojo comentó:
-Vamos, vamos, Patty no te enojes. Te hace parecer mayor de lo que eres. Esas arrugas en torno a los ojos, no se, no se –le dijo con una piza de malicia -parecen patas de gallo. A este paso tendrás el cutis de una vieja solterona.
-¿ Tú crees ? –preguntó la joven con fingida sorpresa, aunque en su voz Annie percibiera un deje de contrariedad, porque se había tomado en serio, la aseveración de Candy.
Las tres volvieron a reír con ganas. Mientras Stear, desmontaba por enésima vez la aparatosa y un tanto desvencijada hélice remachada hasta decir basta y formada por trozos de metal que apenas casaban, atornillados entre sí, para volver a colocarla según las instrucciones de Alan unos centímetros a la izquierda de su ubicación original. Concluyó su trabajo no sin cierto esfuerzo, pese a que Alan le ayudase a elevar la pesada hélice y unirla nuevamente al largo eje accionado por el motor del avión, y se alejó unos pasos para contemplar su obra. Stear desvió sus ojos hacia el rostro de su "sobrino" y el muchacho asintió visiblemente satisfecho tras estudiar meticulosamente el avión por espacio de varios minutos, caminando en torno suyo, y dar el visto bueno al imprimir un leve giro a la hélice tirando de una de sus largas palas. La concienzuda inspección de Alna , le recordó a Stear, pese a su corta edad, a un celoso y rígido inspector laboral que solía examinar meticulosamente y con lupa todas las instalaciones y alguno de los productos ya acabados, que salían de la cadena de montaje, de la fábrica de patentes de Ernest Legan. Cada año, dicho inspector acudía fiel a su cita de primeros de Diciembre sin faltar ni una sola vez, vestido de gris, un gris tan oscuro como su personalidad y exhibía sus credenciales ante el guardián que, ya de solo escuchar sus pasos mesurados y apagados sobre el suelo, sabía que se trataba de él.
De corta estatura, con un pequeño bigote negro, y de mirada que trataba de hacer pasar por altiva e inquisitiva, llegando tan solo a desconfianza, enmarcada por unas gruesas gafas también oscuras se paseaba por las instalaciones lentamente, sin prisas, realizando mediciones y tomando montones de notas en una libreta de tapas desgastadas y consultando sus papeles. Hasta su voz era anodina y monocorde. Se diría que en aquel adusto y serio empleado, los colores predominantes eran el gris y el oscuro. Hasta su risa, durante las contadas ocasiones en que reía maliciosamente y sin gracia, resultaba hueca y desprovista de toda calidez humana. Ni que decir tiene, que las inspecciones del vocacional funcionario se habían saldado siempre con un resultado positivo para la fábrica tras no encontrar el citado inspector ninguna anomalía o el menor fallo digno de reseñar. Cuando se despedía cortés pero fríamente de Ernest tras un breve apretón de manos, se descubría la cabeza levantando su sombrero de ala ancha que parecía atornillado a su cráneo, y decía con voz monocorde:
-Hasta el próximo año señor Legan –decía escuetamente apretando una cartera de cuero bajo su brazo derecho, para marcharse, encorvado y con paso vacilante tan rápido como sus cortas piernas se lo permitían, mientras iba atusándose el lacio y descolorido pelo, que pocas veces veía la luz. Ni siquiera estrechaba las manos que le tendían. El solo hecho de que saludara y despidiera ya era de por si, para él, todo un triunfo.
Hasta Clean temía su adusta mirada y no se le acercaba a menos de cien metros, porque de lo contrario ya le habría arrebatado el sombrero de un ágil y limpio salto sobre su cabeza, la táctica preferida del mapache cuando su víctima estaba distraída o enfrascada en algo, para deshacerlo tranquilamente en un rincón, como había hecho ya con varios de los míos, a veces en colaboración de Silvia, la gata siamesa de los Legan.
Y a cada año que realizaba sus inspecciones con la secreta esperanza de coger al señor Legan en un renuncio, descubrir algo grave o escandaloso, que le permitiera abrirle un abultado expediente e imponerle una fuerte sanción económica, siempre obtenía el mismo resultado negativo para él, y a favor de la fábrica de Ernest.
-Volará perfectamente tío Stear. Esta vez, el segundo "El Rey del Cielo " se deslizará por el aire como si nada.
Stear retiró la gorra blanca de su cabeza y empezó a deslizarla entre sus manos, mirando la aeronave de destartalado aspecto, y construída con materiales de segunda mano que había ido reuniendo con una infinita paciencia, comprando las piezas a particulares u obteniéndolas en subastas donde el Ejército, daba salida a viejos aviones excedentes de la Gran Guerra y a material militar dado de baja una vez inutilizado, que de lo contrario terminaría vendiéndose a alguna fundición o en el desguace como chatarra. El joven enarcó las cejas y preguntó al niño repentinamente:
-¿ Cómo sabes tanto de aeronaútica, Alan ?
El muchacho se rascó la frente y dijo, disfrutando del súbito interés y fascinación de Stear suscitado en este, por su domino de una tecnología tan puntera y aun incipiente como la de la aeronaútica:
-No sabría explícártelo tío, pero todo lo relacionado con este mundo...-hizo una pausa y pasó una mano por el fuselaje del avión para comprobar su solidez para proseguir hablando- me atrae sobremanera. Supongo que es algo innato en mí.
El chiquillo era autodidacta, lo mismo que Stear en lo referente a sus inventos, solo que los diseños del niño eran más efectivos y funcionaban infinitamente mejor que sus extravagantes y a menudo, ruinosos inventos. Sin embargo, Stear conocía la respuesta a su pregunta, aunque Alan no le hubiese dado la respuesta. Ambos habían trabajado juntos y el muchacho procuraba siempre aprender todo lo más que pudiese, ya fuera por sus propios medios o la ayuda de su padre. Cuando no estaba con Haltoran, del que había heredado su pasión e interés por la tecnología, hacía compañía a Mermadon, el cual siempre a petición del niño le hacía partícipe de su saber y resolvía su insaciable curiosidad científica con una paciencia infinita, como solo los robots humanoides sabían desplegar.
Annie restregó sus mejillas con un pañuelo de encaje. La capa de maquillaje que se había aplicado en el cutis era tan liviana, que tendía a desaparecer por completo, prácticamente al momento de haber sido extendida sobre sus mejillas. La joven optó por retirarlo por completo, aunque la natural y esplendorosa belleza de la joven, hacía innecesario que tuviera que recurrir a recursos adicionales para potenciarla. Observó a su hijo y esbozando un gesto de intranquilidad, exclamó:
-Este hijo mío siempre anda entre máquinas y artefactos. Temo que un día resulte herido –comentó con semblante preocupado.
Candy sonrió y observó a su amiga de la infancia con aire condescendiente:
-No tienes nada que temer, mi…-se dio un pequeño coscorrón y retificó inmediatamente. Iba a decir su sobrino, aunque a Annie le encantaba que se refiera a su hijo en tales términos- Alan es un muchacho muy despierto y diestro. No le va a suceder nada –la tranquilizó mientras aferraba la mano derecha de Annie entre las suyas.
-Ojalá tengas razón Candy –dijo Annie apoyando la mejilla izquierda sobre la palma de su mano y lanzando una lánguida mirada, teñida de resignación a su primogénito. No es que le desagradara que su hijo hubiese desarrollado un talento innato hacia las máquinas, en especial a la que los hermanos Wright habían inventado, por las que sentía verdadera adoración pero le hubiera gustado que se centrara más en sus estudios y cultivase algunas amistades. No era bueno que Alan se pasase tantos días encerrado entre libros, engranajes y piezas metálicas. Para colmo, su padre no solo aprobaba la curiosa e insólita afición de Alan, si no que incluso aplaudía la casi plena dedicación de su hijo a tales ciencias.
Mark y Haltoran venían de pasear, hablando amigablemente entre ellos reuniéndose con Stear que les ilustró entusiasmado acerca de las características y particularidades de su segundo prototipo. Maikel que caminaba entre ambos hombres, saludó a Alan efusivamente. Ambos niños se habían convertido en buenos amigos desde su más temprana infancia. Aquella aeronave era la segunda que salía de su mente y de sus manos, una vez que la concluyera trabajando afanosamente a jornada completa, siempre que sus obligaciones se lo permitían. Cuando abrió las dobles puertas del garaje de la villa, que utilizaba como laboratorio, taller y ahora como improvisado hangar no era capaz de creer que lo hubiera terminado. Ardía en deseos de probarlo y su primera reacción fue en dirigir sus ojos hacia Candy, para convertirla nuevamente en su improvisado y casi forzoso copiloto. Candy notó como los ojos de su amigo se posaban sobre ella. Retiró la copa de zumo de naranja que estaba degustando a continuación del té y que el atildado mayordomo de los Cornwell le había servido y negó con decididos gestos de cabeza que hacían que sus rizos se contonearan en todas direcciones.
-¿ Qué te ocurre mamá ? –preguntó con cierta aprensión Marianne que jugaba a los pies de su madre con una muñeca, que Annie le había regalado, mientras Flappy el inseparable ruiseñor, amigo de la niña, que siempre la acompañaba a todas partes, piaba con gorjeos cortos y miraba a Candy con sus ojos oscuros, inclinando comicamente la cabeza a un lado y dando pequeños saltos de un lado a otro del hombro o sobre la cabeza de Marianne, de cuando en cuando y agitando las coloridas alas para hacerse notar. El pequeño pájaro era muy sensible a los elogios y las caricias, que recibía mostrándose vivamente contento y cantando con mayor fuerza y plena dedicación, esmerándose en agradar y deleitar a su vez, a cuantos le escuchaban extasiados, para demandar y obtener a cambio de sus recitales, más mimos y halagos por parte de su pequeña amiga o de las personas que la rodeaban. A veces, la mesa donde Candy y Mark, o cualquiera que se sentara en torno a ella a tomar el te o degustar una apetitosa merienda, se convertía en un improvisado escenario donde la diminuta ave se transformaba en el protagonista y actor principal, deleitando a la concurrencia con sus hermosos trinos y un canto tan sublime, que a veces Candy le escuchaba tan extasiada que no se daba cuenta que la tarde se había pasado volando o que un par de lágrimas brillaban en sus mejillas sostenidas precariamente de la comisura de sus ojos verdes. El pequeño pájaro cantor recibía aparte de las consabidas ovaciones y alguna chuchería en premio a su actuación, caricias y mimos que hacían que hinchase su pecho y batiese las alas, orgulloso y feliz de merecer las atenciones de sus amigos humanos, sobre todo de Marianne a la que adoraba y de la que no se separaba prácticamente nunca. Incluso cuando iba a la escuela, el ave la seguía de cerca posándose en la rama de un árbol cercano al colegio donde estudiaba y aguardaba pacientemente, a que su pequeña ama terminase las clases para acudir rápidamente a su lado. Flappy recibía a Marianne, con grandes muestras de alegría y la niña le prodigaba idénticas atenciones.
Candy tomó a su hija en brazos y dijo con una sonrisa de circunstancias:
-No es nada cariño, pero Stear quiere que suba a ese avión en el que ha estado trabajando, pero no gracias –dijo llevándose la mano al pecho y luego realizando algunas carantoñas a su hija- con una experiencia tuve más que suficiente.
-No va a pasarte nada Candy –dijo Annie intentando animarla a que fuera al encuentro de Stear- últimamente sus inventos están más perfeccionados y tienen mejores acabados.
Ante la sugerencia de Candy, de que le cedía deferentemente su puesto a bordo del avión que más bien parecía un remedo del monstruo de Frankenstein porque estaba construído a base de piezas de diversos y dudosos orígenes, que un aparato de sólida factura y cuyo tosco acabado no contribuía a disipar esa impresión, Annie entornó los ojos y agitó las manos nerviosa.
Stear se aproximó a las tres muchachas y tras saludarlas amablemente, les preguntó si alguna de ellas estaría interesada en dar un paseo en su aeroplano. Las tres negaron al unísono. Patty que padecía de un acusado vértigo, pese a apoyar incondicionalmente los a veces extravagantes proyectos de Stear, fue la primera en rechazar la oferta de su marido.
La joven lanzó un breve suspiro. Hubiera preferido que sus dos hijos varones estuvieran allí acompañándoles, pero se habían recluído en sus habitaciones porque tenían que preparar una serie de exámenes finales, bastante difíciles y cruciales en sus estudios. Quizás más tarde, a última hora, se pasasen a saludar a sus padres y a sus invitados, pero Mark y Haltoran no podían perder ni un minuto de su escaso tiempo. Los aplicados hermanos se tomaban muy a pecho su educación, para alegría de su madre, y extrañeza de su padre, que no había logrado inculcarles su desmedido amor por el arte de la inventiva, lo cual no quitaba para que fuesen unos excelentes muchachos, atentos y educados. Sin embargo, Alan, que se pasaba el día, siempre que podía, pegado a los talones de "su tío" se empapaba entusiasmado de sus conocimientos y explicaciones. El joven era como una esponja que lo absorvía todo y lo retenía demandando más y más conocimientos y formación. Nunca se cansaba de aprender ni de realizar nuevos progresos. A veces, cuando tardaba demasiado en volver a casa, Haltoran tenía que ir a buscarlo a la villa del lago, porque si había un sitio donde pudiera localizarle, sin duda sería allí, junto a Stear, en su improvisado laboratorio, ayudándole en sus experimentos y empapándose de cuanto el joven de anteojos tenía a bien inculcarle. Donde más a gusto se encontraba era con sus "tíos" Stear y Patty y sus dos "primos", que le recibían siempre con entusiasmo.
Stear suspiró y dando media vuelta se encaminó hacia el avión. Para su sorpresa, Alan se había subido en el puesto trasero y animaba a Stear a que se pusiera cuanto antes a los mandos del biplano. Stear asintió visiblemente contento realizando ampulosos gestos afirmativos con su cabeza, tanto que su gorra blanca estuvo a punto de desprenderse de sus sienes y ocupó su puesto como piloto a los mandos del avión. Extrajo una gastada y un tanto sucia gorra de aviador de cuero curtido con anteojos de la guantera, la misma que había empleado durante la Gran Guerra a bordo de su malogrado Spad XII, y se la puso ajustando las lentes protectoras sobre sus ojos. Los cristales aun conservaban las grietas que el frenesí del combate primero, y luego las maniobras de Mark para salvarle, habían ocasionado en las rayadas lentes, astillándolas. Incluso aun conservaban las partículas de barro y suciedad que se habían ido adhiriendo a su superficie a lo largo de los prolongados y reñidos combates aéreos, sobre el frente occidental. Recordó con aprecio a Mark, el cual le salvó in extremis de perecer en la vorágine de aquella matanza colectiva que era la guerra y volvió a reprocharse así mismo sus desconsideradas palabras y comportamiento, poco después de que el agotado Mark le hubiera traído de vuelta hasta Lakewood arriesgando su vida e integridad para salvarla. Se llevó la mano inconscientemente hacia el pómulo donde había encajado el puñetazo de Haltoran, harto de escuchar sus injustos reproches hacia Mark y Candy.
Pero aquello era cosa del pasado. Accionó un conmutador y el avión despertó vibrando levemente, como si hubiera cobrado vida de improviso. Comprobó los mandos, sacudió algunos golpecitos con sus nudillos enguantados sobre los protectores acristalados de los diversos indicadores incrustados en el panel de madera, para asegurarse de que las agujas respondiesen bien, y volvió a bajarse para imprimir un seco tirón a la hélice y así poner en marcha de forma definitiva, el aparato. Alan le animaba con eufóricos gritos infantiles a que arrancase el normalmente tozudo motor del avión, alzando sus brazos sobre su cabeza:
-Vamos, tío, vamos, tú puedes tío, tú puedes. El avión volará esta vez sin dificultad. Tienes mi palabra –exclamaba Alan saltando sobre el mullido asiento de cuero del copiloto. Pese a ser un brillante y avezado inventor e ingeniero en ciernes, y de hecho se convertiría en un reputado y eficiente ingeniero aeronáutico cuando creciese, no dejaba de ser, en el fondo, un niño alegre y vivaz que disfrutaba de su feliz infancia.
-Ya voy, ya voy –reía Stear moviendo los brazos sobre su cabeza y corriendo hacia la parte delantera del avión tras rodear el fuselaje- no seas tan impaciente, -comentó guiñándole un ojo mientras cogía una de las palas con manos firmes, para imprimirle un seco tirón -Alan. Enseguida partimos.
Desde el día en que el inquieto e inteligente niño, le había ayudado a perfeccionar sus barcos correo, provistos de alas de suave plumaje, y que invariablemente terminaban destrozados contra una pared o el suelo, Stear se sentía en deuda con él y compartía con su joven discípulo cuantos conocimientos había logrado atesorar a lo largo de los años. El defecto se hallaba en el mecanismo impulsor de las alas, que no las batía con fuerza suficiente, y por eso, el navío volador terminaba por caer a plomo precipitándose al vacío, y sus restos diseminados por tierra, para disgusto de Stear. Ni que decir tiene, que el discípulo terminó por superar al maestro, aunque ambos aprendían el uno del otro continuamente. Se habían hecho grandes amigos y compañeros.
Annie creyó que le daría algo, y fue corriendo hasta el avión para ordenar a su hijo que abandonase inmediatamente aquella precaria suma de piezas remachadas precariamente entre sí, y a la que Stear llamaba avión.
Pero cuando llegó sin resuello y seguida a corta distancia por sus amigas, la hélice estaba girando con un suave ronroneo, como el de un gato satisfecho, y el avión rodaba por la pista de tierra que Stear había improvisado para procurarse el despegue el día que el aparato estuviera listo para alzar el vuelo, y ese día, a tenor de cómo iba ganando velocidad mientras se iba separando lenta pero gradualmente del suelo, había llegado.
Pese a las imprecaciones y requerimientos de Annie, el aeroplano despegó tras una corta carrera y apuntando el morro hacia arriba, se dirigió decididamente hacia lo alto. La aeronave, dirigida diestramente por Stear trazó varios círculos sobre sus cabezas, mientras Alan agitaba las manos, riendo alegremente y saludando a sus padres y a los demás desde la estrecha carlinga del pasajero.
-Mamá, mamá –gritó el chiquillo haciendo bocina con las manos y dirigiéndose hacia su apurada madre que les observaba, temerosa desde abajo. Su nariz y los ojos que le brillaban intensamente por la emoción, asomaban a ras del borde de la carlinga. La gorra de aviador que "su tío" le había prestado le quedaba grande y bailaba en torno a su cabeza, pero le daba igual - ¡estamos volando, volamos -recalcó pletórico- ¡ el tío Stear es un genio ¡, ¡ un genio¡
-Baja de ahí inmediatamente –le espetó Annie realizando imperativos gestos a Stear, moviendo las manos en un elocuente ademán de que descendiera, y volviese a aterrizar- ya verás cuando te coja, mocoso, hacer rabiar así a tu madre! –gritó Annie hasta desgañitarse, agitando el canto de su mano derecha, que realmente no sentía la supuesta ira implícita en aquellas palabras.
Se aproximó a su marido. Haltoran, en compañía de Mark, aplaudía batiendo palmas estrepitosamente y animando a su hijo y a Stear. Estaba tan entusiasmado que no vio llegar a su mujer, que envuelta en un vestido de satén azul y los brazos en jarras le observaba con reproche, mientras su semblante normalmente cándido y sereno, adoptaba una fea mueca de enojo:
-Muy bonito querido, muy bonito –le regañó Annie- en vez de impedir que tu hijo suba a ese artefacto destartalado, le ríes las gracias. Deberías apoyarme un poco más querido –dijo con voz más resignada viendo que no iba a conseguir hacer mudar de parecer ni a su hijo, y menos aun, al padre.
Haltoran la tomó por el hombro derecho y la atrajo hacia sí, besándola en la mejilla y en el lazo rojo que adornaba sus sedosos y lustrosos cabellos negros.
-Vamos pequeña dama, no te pongas así, -dijo Haltoran acariciando sus mechones morenos- ese avión ha sido diseñado por nuestro hijo.
Annie exclamó presa de un cierto nerviosismo con voz chillona indignándose vivamente con su marido:
-Y lo dices tan tranquilo. Tienes que hacer que Stear aterrice ese cacharro ya. Por favor –se lamentó buscando el apoyo de sus amigas y de Mark- tenéis que convencerles de que desciendan, es una locura.
Mark dirigió sus pupilas oscuras hacia las de su esposa como interrogándola si debía intervenir o no a favor de la apurada Annie, pero Candy parecía estar disfrutando del espectáculo, al igual que Patty y el propio Haltoran. Finalmente Candy reparó en que Mark la observaba buscando su consejo y la joven llevándose la mano derecha a la barbilla dijo con voz calmada, dirigiéndose hacia su amiga:
-No va a suceder nada malo, Annie. Alan y Stear están disfrutando de lo lindo.
Pero Annie no era de la opinión de su amiga y enfurruñada, cruzó los brazos sobre el pecho realizando un ademan altivo al levantar ligeramente el rostro como si estuviese ignorando a Candy:
-Ya, pero tú lo pasaste bien mal allí arriba y te recuerdo –declaró con énfasis- que aquel otro avión pilotado por Stear, se descompuso perdiendo primero el motor, para a continuación despegársele las alas y por último la cola.
-Está vez será distinto –declaró Candy con una sonrisa- el avión está supervisado por Alan, que no hay duda que es un excelente inventor.
Aquello era demasiado. Su amiga haciendo causa común con su marido, y por lo que parecía, los demás también apoyaban aquella descabellada locura. Annie se echó las manos a la cabeza y comenzó a dar vueltas en torno a su amiga, declarando con voz quejumbrosa:
-Increíble, mi mejor amiga me dice que deje a mi hijo ahí arriba dando vueltas, en un cacharro que puede caerse a plomo de un momento a otro.
-Yo no te he sugerido eso Annie –repuso Candy a la defensiva, pero sin perder la sonrisa- además los dos llevan paracaídas, que también han sido inspeccionados por tu hijo.
Marianne, ajena a los temores de "su tía" –también acostumbraba a llamar a Annie así - palmoteó entusiasmada, aclamando las cerradas evoluciones del biplano sobre su cabeza, dando pequeños botes sobre la hierba, mientras Flappy revoloteaba incesantemente a su alrededor. Sentía un creciente afecto por aquel niño de ojos verdes y cabellos morenos, que con el paso de los años, ya siendo ambos adultos, se transformaría en algo más profundo y definitivo.
Annie resopló visiblemente alterada y a punto de perder los estribos. Levantó los brazos haciendo que la tela de su vestido se ciñiera a su cuerpo resaltando su espléndida figura. Haltoran la encontró tan adorable e irresistible, que no pudo evitar correr a su lado y abrazarla con fuerza atrayéndola hacia sí. La besó en los labios y rozando las cuencas de los ojos de su esposa sonrió y dijo:
-Confía un poco más en la habilidad de nuestro hijo, amor mío –declaró Haltoran lentamente- no va a suceder nada y si así fuera, estoy preparado para salvarles a los dos –señaló el jetpack disimulado en el cinturón que sujetaba sus pantalones. Annie dio un respingo. Conocía la escasa fiabilidad y nula puesta a punto de aquel invento. Aun recordaba, como duró el tiempo justo, como para que abrazada al hombre que luego se convertiría en su marido, ambos pudieran sobrevolar la cancela de hierro del Internado ante el estupor de la hermana Grey, la rectora de la antigua institución, donde estudiaba Annie y escapar definitivamente de aquel asfixiante y opresivo ambiente. El jetpack que había aguantado a trancas y barrancas la travesía sobre el Atlántico trasladando más mal que bien, a Haltoran y a Mark, perduró lo suficiente para permitir que Annie acompañada de Haltoran consiguiesen traspasar los límites del Internado.
Annie se tapó los ojos con las manos creyendo haber divisado un fogonazo procedente de la cola del aparato, pero solo se trató del reflejo de la luz solar sobre el timón de la aeronave que brillaba sobre el mismo, como si se tratara de un bruñido espejo.
-No tienes nada que temer Annie –le animó Patty mientras aplaudía la destreza de su marido a los mandos del dócil y obediente avión- todo marcha perfectamente.
Annie se temía lo peor de un momento a otro, pero el avión continuó dando vueltas y realizando acrobacias, surcando mansamente el aire sin el menor problema. Las evoluciones del aparato, hacían las delicias del niño y de los que le observaban desde tierra.
-Razón de más amor mío –dijo Haltoran aprobando las palabras de Patty, y restando de paso importancia a las preocupaciones de su esposa- Alan es un consumado inventor y un manitas de primera. Será un reputado y brillante ingeniero, de eso no me cabe la menor duda.
Al escuchar aquello, Annie abrió unos ojos como platos. Todos creyeron que se le saldrían de las órbitas, y su boca esbozó un rictus de perplejidad y asombro. Aun turbada, por el hecho de que Haltoran le hubiese llamado pequeña dama delante de sus amigas y de Mark, creyó que su sorpresa no conocería limites cuando ahora su marido le informaba de que Alan no emprendería la carrera de medicina o de la abogacía en su defecto, si no que se convertiría en "un loco inventor de cacharros sin fundamento" como solía definirlo ella, cuando se enfadaba a cuenta de tales discusiones. Iba a protestar vivamente, pero el hecho de descubrir la más absoluta felicidad en los ojos verdes de su hijo, legado de Haltoran, hizo que se replantease sus exigencias. Annie lanzó un corto y tenue suspiro. Su hijo sería ingeniero sin duda. No tenía sentido coartar sus sueños e inquietudes si eso era aquello cuanto deseaba. Asintió ligeramente y tranquilizada por la seguridad y el aplomo que su marido desplegaba, siguió presenciando las maniobras del avión pintado de un blanco brillante sobre el que relumbraba el sol del atardecer.
94
El reloj situado sobre la repisa de la chimenea dio las once. Once campanadas que se fueron extendiendo por el acogedor silencio del salón, y cuyos solemnes acordes se prolongaron hasta que el eco del último de ellos, se extinguió con una nota vibrante. Observé la chimenea en la que crepitaba un alegre y acogedor fuego. Las llamas danzaban como si quisieran escapar del hogar donde se consumían algunos leños que iban tornándose de un color negruzco a medida que el fuego iba dando buena cuenta de ellos. Sentado en mi butaca de cuero rojo, observaba la oscuridad de una inclemente noche de invierno. La lluvia arreciaba con fuerza en el exterior de mi hogar, mientras las gotas de agua repiqueteaban con furia, como el redoble de un tambor, contra los cristales. De vez en cuando un rayo alargado de un color tan blanco y albo que hería la vista y deslumbraba con su sola contemplación, se dibujaba en el horizonte rasgando la negra oscuridad trazando caprichosas formas en el firmamento. Luego se escuchaba el sonido del trueno bajo y bronco primero, pero que iba aumentando de intensidad a medida que pasaban los segundos. Mi esposa había ido a acostar a nuestro primogénito. Mark que contaba ya con tres meses estaba cansado y había empezado a bostezar, por lo que Candy se incorporó y tras besarme en los labios, se dirigió a la alcoba del niño para acostarle. Yo me quedé un rato más, con mis ojos marrones fijos en el hipnótico y atrayente ritmo de las sinuosas lenguas flamígeras. Envuelto en un albornoz de seda con un gran ceñidor me sentía no solo el hombre más feliz de este mundo si no también el más afortunado. Recordé el instante en que Candy, mi hermosa y querida Candy dejó de verme como un buen amigo, para descubrir en mí, a alguien más.
95
Hacía poco tiempo que Candy y Terry habían roto. Conocía la historia completa, porque Mark, me la había confesado alguna vez, ya que mi amigo tenía la facultad de ver en sueños la línea temporal de acontecimientos que hubiesen ocurrido de no haber irrumpido nosotros. Como consecuencia del frustrado suicidio de Susan, Candy se alejó de Terry con el ánimo destrozado y el corazón encogido. Se negó a que el joven actor la acompañase a la estación y desde ese momento, intentó centrarse en su vida para no deslizarse por la pendiente de la tristeza. Para colmo, Neil Legan continuaba su acoso amoroso contra Candy, no dándose por vencido pese a las tajantes negativas de la joven. Normalmente no me había inmiscuido en ninguno de los momentos cruciales de la vida de Candy, para aquella vez sería diferente.
Candy solía contar sus secretos más íntimos a dos personas. Una de ellas era Albert y la otra yo. Solo que Albert se limitaba a cumplir con su papel de padre adoptivo, protector y paciente, pero yo no. Espoleado por el recuerdo del tremendo sacrificio que Candy había efectuado por mí, a un mundo de distancia, en las antípodas del tiempo, a saber, no me la podía quitar de la cabeza, y menos ahora que me había vuelto a encontrar con ella en otra realidad alternativa. Por eso, un día durante el que me estuvo visitando, poniéndome al corriente de sus penas y desdichas, acrecentadas por el hecho de haber visto actuar hacía poco tiempo, al hombre del que aun continuaba enamorada en un antro sórdido y de degradante ambiente, cuando se despidió de mí, decidí seguirla. Lo que hacía no estaba bien, pero estaba firmemente decidido a averiguar hacia donde iba. Era su vida y yo no tenía derecho a inmiscuirme en sus asuntos, pero el amor no entiende de razones o de impedimentos y me dio alas para enfrentarme a lo que fuese con tal de confesarle lo que sentía por ella. Ya lo había hecho una vez y lo volvería a hacer nuevamente. Salí a la calle, procurando embozarme en mi larga capa española de tres picos e intentando pasar lo más desapercibido posible. Candy y yo siguiéndola en la distancia, atravesamos calles oscurecidas, con pocos o ningún transeúntes caminando a aquellas intempestivas horas, hasta que un hombre impecablemente vestido y de apariencia nada sospechosa la salió al paso llamándola por su nombre:
-Señorita Candy –le dijo reclamando su atención y adoptando un tono confidencial con la muchacha- traigo un mensaje para usted del señor Terry Grandschester.
Fue escuchar aquel nombre adorado y sus ojos verdes refulgieron con mil luminarias de esperanza, cuya luz rielaba sobre el mar de sus ojos infinitamente verdes. Yo estaba tan cerca, que logré escuchar las palabras del desconocido, aunque para mi desdicha Candy abordó un lujoso automóvil descapotable en compañía de aquel hombre con aspecto de mayordomo, que estaba aguardando al desconocido. Me desesperé. Si no actuaba rápido, la perdería de vista, aunque no era yo quien para interferir en su felicidad. Si finalmente Candy se reconciliaba con Terry, ¿ que más me daba a mí ? yo solo era su amigo, su confidente y paño de lágrimas. Pero un fuerte sentimiento interior me impelió a cometer aquella locura. Me eché cuerpo a tierra y avancé todo lo sigilosamente que pude hasta situarme detrás del gran automóvil. Era tan largo que el conductor difícilmente podría verme, a menos que me pusiera de pie. Me deslicé todo lo silenciosamente de que fui capaz, y tan rápido como mi barriga y mis torpes movimientos me lo permitieron. Llegué al pie del vehículo y me erguí lo suficiente como para encararme al estribo de coche, sujetándome a una de las ruedas de repuesto laterales, concretamente la del lado derecho. El corazón me latía aceleradamente. Temía más caerme y el quedar atrás que el hecho de que Candy o el hombre que conducía el lujoso coche me descubriesen. El vehículo arrancó y me sujeté precariamente como pude, intentando no hacer el menor ruido. Si la rueda cedía y se desprendía, me iría a tierra como un pesado fardo. Me decía a medida que el vehículo iba recorriendo las calles, y adentrándose en las afueras de la ciudad, circulando por una sinuosa carretera que parecía no tener fin:
-Esto es una locura, una absurda y completa locura.
Una locura de amor que me estaba destrozando vivo. Si mi amistad con Candy tenía que terminar allí mismo, que así fuera, pero tenía que decírselo.
Escuché el sonido del mar o por lo menos de agua golpeando contra un acantilado. Cuando tras un tortuoso viaje durante el que mis agarrotados dedos amenazaban con fallarme y soltarse de la resbaladiza superficie de goma del neumático, donde apenas había donde asirse, el coche se detuvo. El conductor descendió abriendo la portezuela del lado junto a cuya ventanilla iba acodada Candy, soñando quizás con Terry. Por un instante creí que me vería, cuando sus hermosos ojos verdes miraron hacia abajo, pero no logró descubrir mi oronda figura luchando por mimetizarse lo mejor posible y no ser sorprendido allí en tan precaria ubicación. La noche que nos envolvía contribuyó a que todo aquel desvarío no terminase prematuramente. El hombre del traje elegante ayudó a Candy a descender del coche tendiéndola la mano y señaló con la otra hacia un caserón que parecía erguirse sobre un promontorio rocoso, cortado a pico. El auto se deslizaba a lo largo de una larga barandilla oscura, que jalonaba el afilado borde de un pronunciado acantilado.
-Allí, señorita, en esa villa le aguarda el señor Grandschester.
Me pasé una mano por la frente y solté un reniego.
-Me recuerda a las casas colgantes de Cuenca –me oí decir en voz baja y en tono malhumorado. Después del movido e incómodo viaje en precario, como polizón en un lateral del coche asido a una de las ruedas de repuesto, ahora me tocaba lidiar con una casa salida de las más recónditas y temibles pesadillas de Lovercraft. Y dentro puede que me aguardase la peor de todas.
Abandoné mi precario escondite y me deslicé fuera del alcance visual de Candy y del hombre, antes de que el coche arrancara de nuevo. Rodé sobre mi panza y maldije por lo bajo cuando fui a parar a una mata de zarzas que detuvieron mi marcha pendiente abajo, pero que me lastimaron haciéndome sangrar de mil pequeños rasguños, pero no tenía tiempo para lamentaciones o lamer mis heridas. Me puse pesadamente en pie, y con el corazón latiéndome desbocadamente la seguí. Si Terry estaba allí y se reconciliaban nada podría hacer, y de hecho la contemplación de tan amarga y demoledora visión terminaría por concluir el trabajo de las zarzas, abriendo otras profundas heridas en mi corazón y en lo más profundo de mi alma. Pero hice de tripas corazón y la seguí. Fui tras ella, porque el amor había nublado mi capacidad de raciocinio y aislado mi razón tras un grueso muro de terquedad y empecinamiento. Caminé, no más bien volé tras ella. Apenas era capaz de distinguir su vestido rosa de volantes con el gran lazo decorativo detrás, entre tanta negrura, pero conseguí hallar su rastro al vislumbrar el vistoso lazo rojo que lucía sobre su gargantilla. Cuando Candy penetró en la lóbrega y oscura casa que presentaba varios torreones a manera de un viejo castillo feudal, noté una sensación de desasosiego. Apenas conocía al joven y apuesto actor inglés, miembro de una de las más nobles e influyentes familias escocesas del más rancio abolengo, cuyo linaje entroncaba con lo más granado de la aristocracia británica pero no me parecía propio de él, elegir un escenario tan tétrico para una cita amorosa, más digno de una persona de mente retorcida y comportamiento tortuoso y no me equivoqué.
El interior de la villa estaba dominado por la predominancia absoluta del mármol tanto en sus paredes, como en los fastuosos suelos que estaba pisando. Aparte de algunos grandes cortinajes que pendían de las aberturas de las puertas y un sofá aislado no alcancé a vislumbrar más mobiliario, aunque me llamó la atención los artesonados de la trabajada y ricamente decorada puerta de entrada, de doble batiente que Candy abrió precipitadamente. Grandes arañas de cristal pendían de los elaborados techos de la casa. Tras ascender las escaleras de acceso sin resuello, penetré en el velo de oscuridad, que se enseñoreaba del interior de la casa.
Cuando entré en el edificio con aspecto de villa de recreo, intente no hacer ruido. Me escondí tras una herrumbrosa armadura que sostenía una alabarda en ristre, como si montara guardia permanente, y en la penumbra distinguí a un hombre impecablemente vestido con un traje azul de chaqueta y pantalón a juego, y una elaborada pajarita sobre una camisa blanca de volantes excesivamente almidonada. Candy corrió hacia él creyendo que era Terry, pero cuando el joven propietario de aquel rostro se adelantó, la luna iluminó claramente sus facciones. Neil Legan le salió al encuentro con las mismas intenciones que yo esperaba ardientemente hacer realidad, pero solo que más retorcidas y aviesas. Candy dio un respingo y trató de alejarse, pero Neil se mostró tranquilo, frío, impetérrito. Caminó de un lado a otro ante Candy alardeando de su posición social y de sus, según sus palabras, innumerables conquistas femeninas, confesando algo que ya me temía desde hacía tiempo.
-Candy, te estoy diciendo que te amo.
Candy le miró con ojos desorbitados. No podía entender como aquel joven mezquino y cobarde se atrevía a revelarle algo así y tenía la osadía de hacerlo tan abiertamente, sin ambages ni rodeos. Aunque a Candy le sonaba a broma cruel y mordaz, para mí no era tan extraño. Entendía perfectamente el dolor de alguien que no es correspondido, del que ama sin esperanza y aunque aquel Neil Legan no tenía nada que ver con el joven amable, atento y enamorado de su esposa y encariñado con su hijo que había dejado atrás junto con otras tantas cosas, sentí cierta compasión por él. Neil amaba realmente a Candy, como yo lo hacía y pensé que tal vez lo mejor sería marcharse sin hacer ruído. Puede que aquel Neil y ella terminasen casándose en esa realidad alternativa. Puede que la teoría de las cuerdas no fuera clemente conmigo, y quizás con él, sí. Pero me había equivocado.
La gota que colmó el vaso de iniquidades haciéndolo rebosar, y que comenzaron el día que el altivo muchacho, compichado con su hermana Eliza, vertió un auténtico jarro de agua fría sobre la muchacha, fue cuando Neil muy seguro de sí mismo le expuso sus intenciones, dándose excesiva importancia e infravalorando el carácter de Candy:
-De hecho, Candy, el tío abuelo Williams ha dispuesto tu boda conmigo –mintió- Nos casaremos, quieras que no, y entonces me pagarás todos tus desprecios y desplantes –le dijo en voz baja, con crueldad cuidadosamente estudiada y puesta en escena. Los ojos ambarinos echaban chispas sin perder el frío control que mantenía sobre sí mismo y sus emociones, aunque eso cambiaría muy pronto.
Aquello fue más de lo que la hermosa joven rubia podía soportar. Neil reprochándole a ella, precisamente él. La joven templó la voz y levantando el brazo derecho le señaló con su dedo índice sin amilanarse y declaró:
-Bien Neil, voy a decirte lo que opino de ti.
Neil sonrió imperceptiblemente sintiéndose triunfador, aunque un creciente estremecimiento sacudía cada fibra de su ser. Ansiaba oir de labios de Candy, que la muchacha le amaba. Necesitaba abrazarla, besarla, hacerla suya. Solo así podría aplacar aquella abrasadora sed de amor por ella, que le devoraba como un fuego inextinguible, y que le estaba haciendo perder la razón por momentos. Por ella se había enfrentado a la oposición de su familia, que finalmente terminó por plegarse a sus exigencias, buscando obtener la fortuna de los Andrew a través de Candy, como heredera del supuesto bisabuelo Williams que según las estimaciones de su intrigante madre y hermana, estaba próximo a fallecer, sin sospechar ni por asomo, cual era la verdadera identidad del hombre que se escondía detrás de aquella nebulosa y ambigua figura patriarcal que nunca se daba a conocer en público.
-Te odio Neil, te odio, eso es lo que siento por ti, no soy vergonzosa o tímida.
Hizo una pausa y alejándose unos pasos de él, añadió muy alterada:
-¿ Cómo pensaste que podría amarte ? ¿ te crees demasiado seguro de ti mismo acaso ? –le preguntó Candy temblando de ira, indignada por la desfachatez de Neil, que no era más que un insuperable e inveterado amor que había echado raíces en el seco pedregal que Candy suponía que tendría por corazón. Y el propio Neil había descubierto sorprendido que no era así, pero ya era tarde para enmendar sus pasados y mayúsculos errores.
Candy le rechazó violentamente, incapaz de perdonarle todos sus desmanes. Si hubiera sido más amable, más considerado y humano con ella, tal vez hubiese tenido una posibilidad, pero así de ninguna manera. Enojado y gruñendo, con los dientes rechinándole Neil se abalanzó sobre ella intentando abrazarla, mientras acercaba su rostro al de Candy anhelando sentir el tacto de la suave y aterciopelada piel de la joven.
-Candy…yo…yo…-dijo con voz ronca y teñida de ansiedad.
-Suéltame, me haces daño –gimió Candy asustada, comprendiendo que el joven ya no era el niño enclenque y débil, pero cruel y taimado en exceso, al que podía derrotar fácilmente cuando la hacía objeto de una de sus vesanias y que corría a refugiarse detrás de las faldas de su madre. Neil había crecido, tornándose más corpulento y decidido. Estaba empeñado en robar un beso de aquellos labios sonrosados que se abrían temblorosos como los pétalos de una hermosa flor. Si las cuentas no me fallaban, Candy debería haber sido capaz de soltarse y empujándole contra una pared, escapar por uno de los balcones de la villa que daban a un lago, cuyas aguas había escuchado entrechocar contra la falda de un imponente risco al cual se asomaba peligrosamente la casa, lamiendo las rocas que orlaban el inicio de sus estribaciones. Pero mis estimaciones no parecían estar cumpliéndose en modo alguno. Neil ganaba terreno lenta pero firmemente, y pronto doblegaría a Candy por la fuerza, pese a su heróica resistencia. Tras el beso puede que viniese algo más degradante y turbio, por lo que decidí actuar sin más contemplaciones ni preámbulos.
Finalmente no pude contenerme más y salté sobre él. Era más fuerte que yo, pero la sorpresa de encontrarme allí, cosa que naturalmente no se esperaba, le desarmó concediéndome unos instantes de ventaja.
-¡! Corre Candy, corre ¡! –la espeté mientras forcejeaba con el joven que había caído al suelo junto conmigo –vete ahora.
-Maikel –musitó Candy asombrada de descubrir que estaba allí, con las manos contraídas sobre el pecho. Neil y yo rodamos por el suelo enzarzados en una furiosa disputa. Intenté quitármelo de encima pero no fui capaz. Empezó a pegarme mientras me espetaba furioso:
-Maldito gordinflón entrometido, te conozco, trabajas para los Andrew, pero pronto dejarás de molestarme.
No pudo seguir hablando, porque le propiné una patada en la ingle, aprovechando para liberarme mientras Neil se retorcía de dolor. Candy me abrazó pero nuestro regocijo no duró demasiado. Neil se había incorporado cojeando y avanzaba amenazadoramente hacia nosotros. De su chaqueta azul, extrajo un revolver que refulgió siniestramente bajo la pálida luz de la luna.
-Voy a mataros, malditos –nos dijo mientras se encaminaba lentamente hacia los dos, cortándonos toda posibilidad de huída. Entonces Candy se fijó en una doble puerta acristalada, que se hallaba justo a nuestras espaldas.
-Por aquí Maikel, escapemos por ahí.
No me lo pensé dos veces y la seguí, pero cuando irrumpimos en la terraza comprobamos desalentados que aparte de la altura que mediaba hasta llegar abajo del todo, las aguas del lago nos cerraban el paso. Una enredadera oscura y con aspecto de resultar lo suficientemente resistente para lo que me proponía, se enredaba sinuosamente entre los barrotes de la balaustrada de mármol. Sin pararme a considerarlo, cogí a Candy en brazos alzándola en vilo. Mi rostro se crispó en una mueca por el esfuerzo de cargar con ella. La chica me contempló sorprendida, dejando escapar una leve exclamación de sorpresa. La miré. Mis ojos marrones expresaron sin palabras todo lo que me guardaba dentro, todas las emociones contenidas durante aquellos largos cinco años en los que había estado a su lado, en completo silencio sin demandar nada a cambio. Con el corazón latiendo aceleradamente, la besé repentinamente en los labios, sabedor de que mi amistad con ella se terminaba allí, pero me daba lo mismo. Mejor poner fin a aquella tortura que me abrasaba el alma. Si estaba condenado a ser rechazado por Candy para siempre, por lo menos aquella joven sabría los sentimientos que alentaban en mi pecho aunque no me sirviera de nada habérselo dicho de aquella forma. Me quedaría sin su amistad y tendría su desprecio, pero por lo menos sabría que la amaba. Sin embargo, no me pareció notar ningún gesto de desagrado en su hermoso rostro o algún rictus de decepción afeando su semblante. Solo sorpresa…y una especie de compasión hacia mí.
-Maikel…tú…-declaró con voz ligeramente chillona, restregándose los labios levemente con las yemas de los dedos, sorprendida por mi inaudita y explícita declaración de amor. Una lágrima furtiva y delatora, proveniente directamente de mis ojos, resbaló escabulléndose bajo el borde de mis gafas y fue a estrellarse contra la mejilla derecha de la muchacha de la que llevaba tanto tiempo perdidamente enamorado en secreto, y sin la menor esperanza. Si no había salido bien la primera vez, no tenía porque funcionar ni a la segunda ni en intentos sucesivos e infructuosos, que no conducirían a nada. Y además ahora no podría huir. No tenía a donde ir, a menos que me desplazase a un lugar lo suficientemente lejano y apartado de ella donde no pudiera encontrarme, porque estaba casi seguro que emprendería mi búsqueda tan pronto como me marchase, dándome a la fuga, huyendo cobardemente de Candy, para no enfrentarme a mis miedos y mis más secretas esperanzas.
-Luego…me cruzarás la cara...si quieres, Candy –dije con expresión hosca y voz dura y entrecortada, desviando la mirada hacia la puerta tras la que Neil se agitaba frenético, esgrimiendo furioso el arma, y bamboleándose aun por el dolor que le había inflingido mi patada - pero ahora tenemos que salir de aquí. Neil nos persigue con una pistola y no podemos permitir que se case contigo. Tenemos que contárselo a Albert. El es el único que puede ponerle en su sitio y parar esta locura.
Me sentí algo atónito al reparar plenamente en el significado de lo que había dicho. Pedir ayuda a quien había sido nuestro más encarnizado y terrible enemigo. Puede que aquel fuera un comienzo completamente nuevo y distinto sin relación alguna con cuanto había conocido y vivido, pero me costaba hacerme a la idea. Meneé la cabeza y suspiré frotándome la frente con la palma de la mano derecha. Si llegasen a conocer la verdad, lo más probable es que no me creyeran, y Albert hiciera cuanto estuviera en su mano para alejarme con carácter definitivo de su hija adoptiva, ya que seguramente, me consideraría más peligroso y demente que el propio Neil y hasta puede que tuviera el poder suficiente como para hacerme encerrar en alguna aislada y solitaria institución, donde no molestara demasiado y nadie me echara en falta. No quise comprobar de primera mano si su lado más oscuro podía llegar a serlo realmente, tanto como el de su otro yo o puede que más, en una realidad que aquel Albert no podía ni imaginar siquiera, porque estaba seguro de que lo tenía. Por lo menos, hasta ese momento, todas las personas que había conocido disponían invariablemente de uno. Hasta Candy, puede que guardase algún secreto que no debía salir a la luz. Opté por no seguir por ese camino y descarté el pensamiento de mi mente. En el fondo no me arrepentía en absoluto, de que la máquina del tiempo se hubiera deshecho en un fragor de chispazos y cortocircuitos eléctricos, friéndose a fuego lento, sin dejar rastro ni la menor prueba de su existencia anterior.
Candy empezó a hablar, pero no pudo terminar de hacerlo. Antes de que Candy pudiera reaccionar, anonadada por mi beso, tras observanos unos instantes, salté la balaustrada del balcón de forma sorprendentemente ágil, porque Neil avanzaba con la pistola en ristre hacia nosotros. Saqué fuerzas de flaqueza y ciñiendo a Candy por el talle, la obligué a seguirme, llevándola en volandas como si fuera una liviana impedimenta. Candy gritó abrazándose a mi torso. No había tiempo para reproches o aclaraciones. Intenté deslizarme hasta las estribaciones del acantilado con ella suspendida de mi cuello, pero nuestra improvisada cuerda se partió con un crujido seco. La liana de la enredadera se rompió de improviso y ambos nos precipitamos gritando a las aguas, sobre las que rielaba la luz de la luna, ajena a nuestros dramas personales. Las aguas del lago nos recibieron en su seno, dándonos la bienvenida con una gran salpicadura de agua. Noté como mis ropas me empapaban y la humedad llegaba hasta la médula de mis huesos.
Acto seguido nos alejamos nadando de allí, para desesperación de Neil que rumiaba su rabia golpeando furiosamente hasta lastimarse, la balaustrada con sus puños desnudos. Apuntó su arma hacia el lago, pero desistió al no vislumbrarnos por ningún sitio. La oscuridad reinante protegía nuestro huída, aunque la puntería de Neil dejaba afortunadamente mucho que desear y le temblaba el pulso mientras empuñaba la pesada y voluminosa pistola negra entre sus dedos sudorosos, aunque no podíamos saberlo ni nos íbamos a detener a averiguarlo. Por otro lado, no tenía intención de matar a Candy ni a nadie, pero tampoco era el momento más propicio de pararse a investigarlo.
Resoplé y luché por mantenerme a flote y la cabeza fuera del agua con la ayuda de Candy que me sostenía a duras penas, apoyándome sobre uno de sus menudos hombros.
Conseguimos ganar la orilla, empapados y agotados pero sanos y salvos. Candy continuaba mirándome perpleja sin saber que pensar. Pero yo no me daba por aludido y fingía indiferencia pese a que pronto me echaría en cara, suponía yo, mi proceder. Candy iba a hablarme cuando los faros de un coche que se aproximaba hacia nosotros, nos iluminaron de pleno.
Un minúsculo descapotable con un hombre rubio al volante se detuvo ante nuestros frenéticos gestos. Cuando el conductor se bajó del vehículo, ni tanto él como nosotros dábamos crédito a cuanto estábamos viendo. Albert nos salió al paso, preocupado y temeroso de que nos hubiésemos lastimado. Traía un vestido para Candy, aunque no disponía de ropa seca para mí., lo cual hizo que se disculpase encogiéndose de hombros.
Lamenté tener que mojar la tapicería de su coche, pero el amable padre adoptivo de Candy, se negó rotundamente a que retornase a pie a Lakewood, y menos con el trastornado Neil rondado armado por allí cerca, que probablemente nos estaría buscando con desesperación.
Le contamos cuanto nos había ocurrido. Albert reflexionó ceñudo en lo que haría a partir de ese momento, y que resoluciones tomaría respecto al delicado y espinoso asunto, mientras conducía el pequeño coche cuyas luces iluminaban la estrecha y bacheada carretera. Su mente trabajaba a toda velocidad y parecía que iba a entrar en ebullición de un momento a otro. Pese a ser el patriarca de un poderoso clan familiar, y que su reconocida autoridad no se discutía, no sería fácil arrancar a Candy de las garras de los Legan. Por lo menos, aquellos Legan, tan distintos, pese a ser las mismas personas, de los que yo conocía personalmente, no perdonaban fácilmente una afrenta semejante.
Yo en el asiento trasero, reflexionaba como es que Albert y Neil eran tan diametralmente opuestos y distintos a sus otros yos, con los que había tratado, allende del tiempo. El Albert que yo conocía era un hombre transmutado y trastornado por una súbita y arrebatadora pasión mal entendida, y Neil un joven bueno y afectuoso, aunque en sus inicios fuera una persona mezquina y ladina. Recosté mi cabeza en la tapicería del asiento e intenté dormir un poco. Albert me había proporcionado una manta con la que envolverme para que no cogiera frío tras permanecer en las frescas y calmas aguas por espacio de varios minutos chapoteando furiosamente para alcanzar la orilla lo antes posible, aunque al final tuvo que ser Candy quien me ayudase a lograrlo, ya que me estaba quedando exánime, sin fuerzas, al borde de mi resistencia física.. Pensé también en como reaccionaría Candy a mi beso furtivo, pero ahora me daba igual. Estaba tan agotado que terminé por quedarme dormido, mientras Candy enfundada en un vestido azul de volantes que Albert la había proporcionado me observaba de soslayo, al tiempo que conversaba con su protector. De vez en cuando mis pensamientos eran interrumpidos por un inoportuno y atronador estornudo que hizo, que Candy rogara a Albert que detuviera el coche un momento, junto al arcén, para pasar al asiento trasero y atenderme lo mejor posible. Temía que hubiera cogido un resfriado. Finalmente, como consecuencia de toda una larga secuencia concatenada de estornudos, terminé por despertarme.
Contemplé brevemente a Candy y aparté la mirada con rudeza. No percibí en sus pupilas asomo alguno de ira o reproche por mi comportamiento, si no todo lo contrario. Reí quedamente, abrumado por la creencia de que nuevamente se repetiría la situación que viví con ella poco antes de partir hacia un incierto destino, como si hubiera perdido la cordura, suscitando sus preocupaciones y amorosas atenciones hacia mí.
96
Días después de aquel desagradable incidente, cuando ya dábamos todo por perdido y Candy parecía más cerca que nunca, de tener que casarse con Neil invariablemente, Albert intervino a tiempo haciendo valer su influencia y paralizando el compromiso entre Candy y Neil, que habría degenerado en boda, de no ser por él.
Con la familia Legan reunida en una fiesta, a la que Candy se vio forzosamente obligada a asistir, pese a sus naturales reticencias y luciendo sus mejores galas, cuando Neil estaba a punto de hacer público su compromiso formal con Candy, irrumpió un caballero de traje oscuro y elegantes maneras que inmediatamente atrajo la atención de todo el mundo, aunque Candy ya había expresado co voz fime, delante de toda aquella gente cuya presencia le desagradaba infinitamente, que no se casaría con Neil, por la simple y llana razón de que no sentía nada por él.
Pero por otro lado, si era la voluntad de Albert al que debía todo cuanto tenía tendría que aceptar resignada y plegarse a sus exigencias. Candy no podía desobedecerle como hija adoptiva suya que era y le debía respeto y gratitud por estar en deuda con él, debido a cuanto había hecho por ella, dándole su apellido. Por eso, cuando le vio aparecer, se puso a temblar temiéndose lo peor. Inmóvil en su elegante vestido de gasa y muselina blanca, con un tocado rematado por una corona de rosas, no se atrevió ni a respirar, pendiente de cada uno de sus movimientos y de sus próximas palabras. Nadie conocía aquien era aquel hombre apuesto, alto y rubio, de porte regio que observaba con cierto desprecio a los allí congregados. Neil furioso intentó que le echaran de allí, pero su madre y la tía abuela Elroy le impusieron silencio ordenándole callar. La anciana carraspeó y ajustándose el chal de seda que lucía sobre sus hombros anunció a todos los asombrados invitados:
-Este hombre…es realmente el bisabuelo Williams, mi sobrino Albert. Acordamos mantener su identidad en secreto debido a su extrema juventud para dirigir los negocios de la familia –dijo con embarazo la estirada anciana.
Albert completó la parte de la historia que faltaba y su secretario George, un hombre discreto de impecables modales e intachable trayectoria tanto profesional como personal, confirmó cuanto su jefe afirmaba. Nadie dudó en lo más mínimo que Albert estuviera relatando la verdad y la impresión de que se tratara de un impostor pronto quedó totalmente descartada.
-Jamás permitiré que mi hija adoptiva se case sin mi aprobación y sin su pleno se casará con quien desee, y no con alguien a quien no ama.
Sin embargo, la tía abuela aun guardaba un as en la manga. Le recordó a su sobrino que si Candy rompía su compromiso y no encontraba marido en un plazo de una semana, su adopción quedaría en suspenso. Se trataba de una vieja y casi olvidada ley que pronto sería derogada, pero que aun mantenía plena vigencia y que podía ser aplicada hasta por los miembros que ocupaban los puestos más bajos en la jerarquía de la familia. Y ante esa laguna jurídica ni todo el poder de Albert sería suficiente como para impedir que Candy, perdiera todos sus derechos y su status social. Si tal ocurría quedaría inerme ante los Legan, que tal vez la reclamasen como sirvienta para poder humillarla secretamente, y él no podría hacer nada para salvarla. Candy miró con aprehensión a los ojos de su padre adoptivo. Este tenía previsto un recurso desesperado por si los Legan empleaban esa sucia artimaña para contestar a su autoridad y poder vengarse así de Candy. Hizo un gesto a su secretario y el pulcro y eficiente empleado salió un momento para entrar al cabo de unos instantes, seguido de otra persona.
Un hombre grueso, de facciones agradables pero desprovistas de belleza alguna entró en el lujoso salón de baile, siendo precedido por George. Me puse junto a Albert tal y como este me pidió. El smoking me molestaba ligeramente pero aguanté por Candy. Tenía la impresión de aquello no saldría nada bien.
-Candy, ¿ aceptarías a Maikel como un posible pretendiente ? –preguntó Albert mirándola significativamente.
La muchacha sintió que todo le daba vueltas. Pareció marearse, pero recobrando la compostura se recogió la falda de su vestido y salió llorando de allí. Se sentía como una mercancía, como una moneda de cambio manoseada y utilizada por todo el mundo.
La fiesta terminó abruptamente y yo me tuve que marchar, porque sentía que estaba de más allí. Supuse que Candy creía que había urdido todo aquello para hacerme con ella de grado o por la fuerza, y que jamás querría volver a verme, sintiéndose vilmente engañada por mí.
No la volví a ver, hasta al cabo de una semana, el último día en que expiraba el plazo para que su adopción fuera declarada nula legamente, si no encontraba un marido.
Estaba al pie de la colina de Pony, contemplando el pequeño edificio que se alzaba unos metros más abajo, hasta que la ví. Corrió a mi encuentro abrazándome con fuerza, mojándome con sus lágrimas y pidiéndome perdón. No entendía nada de sus atropelladas palabras hasta que se serenó un poco, y me dijo:
-Te quiero Maikel, desde el día en que me besaste mientras huíamos de Neil lo supe, pero el recuerdo de Terry aun pesaba demasiado sobre mí, pero ya no.
-Siempre tuve el verdadero amor a mi lado –añadió sonriendo tristemente- desde el principio pero no me quise dar cuenta. Y estuve a punto de perderte por mi inconsciencia. ¿Podrás perdonarme querido ?
Asentí visiblemente conmovido. Entonces se me ocurrió pedirla en matrimonio.
Ella aceptó de inmediato sin hacerse de rogar. Rodeó mi cuello con sus flexibles brazos y nos fundimos en un largo y apasionado beso que hizo que nuestras lágrimas corrieran juntas al unísono bajo la gran sombra protectora del árbol que presidía la colina de Pony.
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Con nuestro compromiso oficial, anunciado formalmente, los inexorables engranajes de la masiva y ciclópea maquinaria judicial se detuvieron como si un martillo pilón que trabajara a toda marcha aplanando cuando encontraba a su paso, hubiera dejado de hacerlo de improviso. El proceso iniciado para finalizar con la adopción de Candy se paró en seco, pese a que los Legan lo impugnaron recurriéndolo aunque fue en vano. Todos los recursos que presentaron para paralizar la adopción fueron declarados nulos y sobreseidos. Candy y yo nos casaríamos finalmente, pero para evitar que Neil intentara tomarse la revancha, Albert le visitó personalmente amenazándole con convertir su vida en un transuto de desesperación revelando a la prensa sus maquinaciones, y poniendo una denuncia por intento de asesinato contra Candy y yo. Contaba con numerosas pruebas que permanecían a buen recaudo y que le incriminaban. En caso de que el joven diera un paso en falso, Albert no vacilaría en utilizarlas en su contra. Eso bastó para disuadir al taimado Neil de intentar algo contra nosotros. Pero por si acaso, eso no era suficiente, Albert tuvo una tensa y larga conversación con el señor Legan amenazándole con cortar todas sus relaciones comerciales con sus empresas. Si tal decisión se llevaba a cabo, sería la ruina para los Legan por lo que el caballero se ocupó de meter en cintura a su díscolo hijo disuadiéndole de concebir siquiera alguna añagaza contra mi novia o yo mismo. Candy se convirtió en terreno vedado para Neil y así continuó siendo mal que le pesara al vengativo y dolido muchacho, que se sentía herido en su amor propio.
Por si acaso, Albert nos procuró una discreta escolta, pero no fue necesaria. Neil Legan no volvió a irrumpir en nuestras vidas y tuvo que desposarse con una muchacha que no era de su agrado y `por la que no sentía nada, Daisy Thompson, una amiga de su hermana Eliza que bebía los vientos por él, y de buena familia. Tal decisión le fue impuesta por la suya como una ineludible e incontestable orden, no teniendo más remedio que aceptar a regañadientes aquella opción, la misma que había intentado imponer a Candy por la fuerza y a la que ahora él, por ironías del destino, se veía abocado, accediendo, mal que le pesara, a la celebración de una boda de conveniencia.
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Estaba sumido en mis cavilaciones hasta que la voz de mi hijo me devolvió a la realidad. Mark, que contaba con tres años me pedía con insistencia que le leyera un nuevo cuento. Sonreí y tomando entre mis manos su libro de cuentos favorito con coloridas ilustraciones alusivas a las historias que en él se relataban, mientras Candy me observaba complacida desde la puerta de la alcoba, leí uno de sus relatos favoritos. Mi esposa, enfundada en un camisón de seda y encaje sobre el que llevaba una bata recamada hasta los pies, me abrazó desde atrás y me besó en el cabello que empezaba a ralearme algo. Pese a que era sensiblemente mayor que ella, nunca pareció importarle ese detalle totalmente nimio para ella. Con voz emocionada fui desgranando los textos que Mark escuchaba con entusiasmo, mientras ella musitaba en mi oído aquellas dulces palabras, haciendo que me estremeciera de emoción:
-Estoy muy orgullosa de ti, amor mío.
La observé momentáneamente. Estaba deslumbrante, más hermosa que nunca. Entonces ambos reparamos en que nuestro hijo, tras algunos bostezos, se había quedado completamente dormido. Mark se había hecho un ovillo, sumiéndose en un conciliador y dulce sueño. El niño respiraba suavemente mientras Candy y yo, le observábamos embelesados. Una bella sonrisa se dibujaba en su rostro angelical mientras dormía abrazado a su almohada, con su oso de peluche preferido a su lado. Había heredado mis cabellos y los deslumbrantes ojos verdes de mi esposa. Su madre le abrigó con las mantas tras depositar un suave beso en sus mejillas y abandonamos su cuarto con tiento, cerrando la puerta cuidadosamente para no despertarle.
-Se parece más a ti –bromeó ella en voz baja, situándose a mi lado y tomando mis gafas de improviso con gesto travieso, para limpiármelas con una bayeta que recogió de una mesa cercana. A veces mi apariencia era algo descuidada, aunque no fuera intencionado por mi parte, por lo que mi esposa se encargaba de corregirla inmediatamente sobre la marcha y no me permitía salir de casa, hasta que el defecto en mi aspecto, a veces meramente estético, como una camisa mal planchada o ir mal conjuntado, quedaba solventado del todo.
-No, cariño, es clavado a ti –le dije sonriente mientras tomaba los anteojos que mi esposa me tendía nuevamente, y cuyos cristales había dejado impolutos.
-Dejémoslo en tablas –propuse, asintiendo visiblemente satisfecho, pero tenía que reconocer que el niño había herededo la belleza y la gracia natural de su madre.
Candy me abrazó atrayéndome hacia ella y me besó largamente. Cuando nuestros labios se separaron, me guiñó un ojo y me dijo con voz melosa, inclinando la cabeza:
-Creo que ya es hora de que le demos un hermanito a Mark. ¿No te parece, mi amor?
Asentí con los ojos arrebatados de amor, fjos en los suyos. En su mirada limpida y sincera se reflejaba la misma emoción que en la mía.
La tomé de las manos y caminamos lentamente hacia nuestra habitación entre risas y bromas, haciéndonos confidencias todo el rato.
99
Mermadon se materializó al poco de partir hacia su misión a otra dimensión. Candy y Mark aguardaban impacientes su llegada. El robot dudó de proyectar el material que había filmado y reunido. Temía herir la susceptibilidad de Candy y así se lo hizo notar, pero tanto ella como Mark afirmaron estar preparados y apremiaron al robot para que iniciara la proyección de cuanto había filmado.
Así lo hizo y por espacio de media hora, reveló a ambos asombrados esposos la realidad de mi nueva vida. Cuando concluyó Candy comenzó a llorar mansamente. Mark temía que se hubiera sentido herida al ver una réplica idéntica a ella misma, entre mis brazos, escenas que el robot filmó casi clandestinamente con mi consentimiento aunque en un principio me mostrara algo reacio, pero reponiéndose de la sorpresa, esbozó una gran sonrisa y abrazando a Mark le confesó:
-No lloro de tristeza, si no de alegría, porque al fin tengo la plena confirmación de que mi querido y dulce Maikel, mi hermano, es plenamente feliz.
Mark contempló las imágenes y dio la razón a su esposa. Podía afirmarse que así era en verdad.
100
Richard y Katia se desposaron finalmente tras un breve noviazgo durante el cual, ambos jóvenes trataron de recuperar el tiempo perdido durante su separación. Tras estar completamente seguros, ambos se casaron en una pequeña y recogida parroquia de un pueblo de pescadores, donde también pasaron su luna de miel. Al retornar nuevamente a sus quehaceres habituales, Richard se encontró con la sorpresa de su vida, cuando su jefe John Tempest le anunció que estaba planeando jubilarse en breve y que como era de esperar, tenía que elegir un sucesor como era lógico. Lo que no se esperaba nadie y menos el propio Richard, es que le fuera a nombrar a él como tal.
-Tienes instinto y talento, hijo. Aunque tu último viaje a tierras rusas, no salió muy bien que digamos, me reafirmo y mantengo lo que he dicho. Olfateas la noticia y la sigues sin desfallecer hasta encontrarla, hasta dar con ella, sin importar el coste ni el tiempo invertido. Eres uno de mis mejores chicos de la prensa, en serio Richard –le dijo en tono confidencial y guiñándole un ojo con aire cómplice mientras le palmeaba la espalda con afabilidad.
-Por eso, -prosiguió sin hacer caso de los futiles intentos de su empleado de oponerse tenazmente a su decisión -voy a convertirte en mi heredero a la dirección del Wall Street Tribune y no aceptaré una negativa por respuesta.
Richard intentó quitarle a su jefe tal desconcertante idea de la cabeza, pero John se mantuvo firme en sus trece y no claudicó.
Medio año después, tan pronto como John se despedía de una larga trayectoria profesional de más de cincuenta años en la profesión periodística, en un sencillo y emotivo acto ante sus antiguos subordinados y colegas de profesión más influyentes, hizo entrega de las llaves de su despacho a Richard, a quien presentó ante la concurrencia, como su sucesor. Todos le ovacionaron. Ninguna mala cara, ningún gesto de envidia, ninguna palabra o conversación maledicente ante su nombramiento. Dos días después, como flamante nuevo director del diario ocupaba su también para el al menos, nuevo y flamante despacho en la última planta de la sede del periódico desde el que disfrutaba de unas magníficas vistas de la ciudad de Nueva York.
El Halcón Gris se deslizó elegantemente sobre las cabezas tocadas con altos sombreros de copa, aparatosas pamelas con adornos de flores y cintas de seda, elegantemente portadas por las damas sobre cuyas sienes se asentaban, y bombines de color oscuro adornados por lazos. El avión, obedecía dócilmente las órdenes que su piloto le transmitía a través de los mandos y surcaba el aire con seguridad y a gran velocidad, arrancando exclamaciones de admiración de los encopetados caballeros y distinguidas damas que se habían reunido aquella tarde, en las explanadas del aeródromo de Farenbourg, para algo más que pasar una agradable tarde disfrutando de las osadas y arriesgadas acrobacias aéreas que el concentrado piloto se afanaba en prodigarles. Por su parte, John Alcock intentaba impresionar todo cuanto pudiera a aquel pequeño grupo de poderosos y acaudalados inversores a los que intentaba persuadir, que las rutas aéreas transoceánicas eran el futuro del transporte entre continentes, tanto de personas como de mercancías.
Otra pasada rasante a pocos metros del suelo que permitieron a los asombrados y complacidos patrocinadores, apreciar en todo su esplendor la estilizada y bella línea del avión sobre el que relumbraba el sol del atardecer. El corazón de John Alcock se aceleró al máximo cuando sintió como las miradas de aquellas personas estaban fijas en él, pese a que no tuviera tiempo de sostenerlas porque tenía que concentrarse en el pilotaje del avión. Conmutadores, esferas e indicadores absorvían toda su atención y el joven piloto necesitaba de toda su destreza para sacar el máximo partido posible del Halcón Gris.
Gracias a la especial dedicación de su amigo Richard Harris, recientemente ascendido a director de un prestigioso diario que hasta hacía relativamente poco tiempo, había permanecido en el olvido, pero que iba cobrando una vibrante pujanza bajo la diestra mano del periodista, y el prestigio social de Katia, que había movilizado algunas de sus influyentes amistades para favorecer el patrocinio de John y de su proyecto habían conseguido que una serie de ricos y pudientes millonarios se interesaran por su proyecto. La navegación aérea transoceánica e intercontinental podía generar grandes dividendos y abrir la puerta de mercados con los que hasta entonces solo se había podido soñar, al acortar las grandes distancias que separaban a unos hombres de otros. De hecho, si todo discurría como John Alcock imaginaba, el avión se convertiría en un serio competidor del barco, haciendo el mundo un poco más pequeño y accesible. Cuando consideró que la demostración había sido más que suficiente, el joven piloto dirigió el avión hacia tierra haciendo que descendiera gradualmente, mientras extraía el tren de aterrizaje que emergió de la panza del elegante avión. Pasaron unos minutos y finalmente el Halcón Gris tomó tierra con suavidad pese a la precariedad de la pista de tierra que había sido acondicionada con prisas y a toda velocidad para acoger al avión. El aparato, maniobrado diestramente por John, fue perdiendo velocidad gradualmente mientras su hélice se iba deteniendo y sus evoluciones iban perdiendo fuerza, hasta que se detuvo por completo. John abrió la puerta de la carlinga y bajó de un salto a tierra. Se retiró la máscara de aviador con anteojos de su rostro juvenil tiznado de hollín y avanzó con paso resuelto hacia las damas y caballeros que iban a su encuentro, encabezados por Richard y su encantadora esposa. Richard, que tenía mayor facilidad de palabra que su amigo, dijo las palabras necesarias que el joven y tímido piloto, que nunca había destacado precisamente por su elocuencia y que estaba imbuido de una molestia que sorprendía en un aviador, fue estrechando el aluvión de manos adornadas con grandes y llamativas joyas, esmeraldas y anillos de oro mientras su amigo prácticamente hablaba por él. John sonrió levemente cuando un grupo de caballeros y magnates se interesaron por algunos aspectos técnicos del Halcón Gris y fue respondiendo a las preguntas con sencillez. Era evidente que se sentía más cómodo entre monos de vuelo como el suyo de un llamativo color rojo, que rodeado por smokings, chaqués o vestidos de raso estilo imperio. John era un noble a su manera, entre las nubes donde brillaba con luz propia. Allí abajo, el mundo de los negocios y las altas finanzas, el savoir affaire y otras convenciones sociales le resultaban mareantes y confusas, por lo que prefería dejar esos aspectos en manos de Richard y de Katia. John estrechó algunas manos más lamentando que las suyas estuvieran cubiertas de grasa y aceite. Una dama de cabellos rubios y grandes ojos verdes acompañada por dos niños, que asían cada una de sus manos, atrajo su atención. Llevaba un vestido de color verde y una pamela a juego mientras su marido, cabeza visible de uno de los mayores entramados financieros y de poder, de todo Estados Unidos, departía con Richard. John recordó vagamente a Candy y dio un respingo, lo mismo que Katia y su esposo, que repuestos de la sorpresa celebraron con ellos el que hubieran accedido amablemente a asistir a la invitación que la elegante joven había enviado a Lakewood. Habían pasado cuatro meses desde mi partida y Candy parecía notablemente recuperada de la impresión que mi forzada y acelerada marcha, la había producido. Se movía como pez en el agua en el selecto y un tanto frío ambiente aristocrático que impregnaba los alrededores del precario y un tanto abandonado campo de aviación.
Las mujeres la observaban con cierta envidia, realizando comentarios maledicientes acerca de Candy, que la muchacha ignoraba adrede. Candy sabía que jamás terminarían por perdonar su humilde origen y que fuera hija ilegítima de la afamada diva del teatro, Eleonor Baker, pero ambos y vanales cotilleos, le daban lo mismo. La fortuna de los Andrew, que Mark administraba con sabiduría y precaución no había hecho más que acrecentarse pese a los vaivenes de la economía y los negros nubarrones que anunciaban la ya no muy distante e inminente crisis provocada por el crack del año 1929 superando con mucho la de otras influyentes familias que asistían con envidia a como el prestigio de los Anderson, al igual que sus ganancias, crecían exponencialmente, en proporción a su rencor. Además, Eleonor había insistido en acudir al evento, pese a los ruegos de su hija más que nada para que no llegasen a sus oídos los envenenados e ignominiosos comentarios de las chismosas y envidiosas damas que no dudarían en hacerla blanco de sus dardos envenenados. Pero respaldada por su marido y la familia de su hija no tenía nada que temer. No solamente la antigua actriz se prodigó ante aquellas personas si no que permitió que los reporteros gráficos la fotografiasen y la entrevistaran dejando constancia de su elegancia y facilidad de palabra. Ataviada con un suntuoso vestido azul drapeado, con chaqueta y un sombrero del que partía un elaborado penacho de plumas blancas, Eleonor cautivó a todos con su exquisita belleza y atractivo personal. Era por lo tanto natural, que Candy hubiera heredeado tales dones de su bella madre, junto a la que posaba orgullosa. Eleonor observó arrebatada a su bella hija, a la que quería con toda su alma, posando en su hermoso semblante, sus esplendorosas pupilas verdes. Candy le devolvió la mirada mientras sentía que un estremecimiento de devoción filial la recorría de pies a cabeza, aunque siempre guardaría un especial cariño y un lugar en su corazón para Helen Legan. Los presentes se quedaron admirados por unos instantes. Candy era el vivo retrato de Eleonor de joven y de hecho, no cabía la menor duda de que aquellos inmensos y esplendentes ojos de esmeralda, habían sido heredados de la famosa y aclamada actriz retirada.
Marianne observaba admirada al héroe del día que se dirigía a la concurrencia desde una improvisada tarima, y el ambiente festivo que la rodeaba, archivando todo en su memoria mientras su hermano analizaba con ojo crítico el avión y no dejaba de estudiar admirado su pulcra y airosa estructura guardando en su prodigiosa y analítica mente hasta el más ínfimo detalle del Halcón Gris.
Y no solamente Eleonor fue la única que soportó estoicamente los flashes y la voracidad informativa de los profesionales de la información, convocados ex profeso por Richard para dar la mayor cobertura y publicidad posible al asunto. Candy, aunque remisa en un primer momento a ser entrevistada, terminó por acceder siendo apoyada por su marido. Mark concedió también una exclusiva, aunque su padre prefirió mantenerse en un segundo plano. Brian prefería el anominato pero no fue fácil sustraerse al compromiso de dejar sola a su esposa frente a los periodistas. El elegante y sonriente médico asintió y encogiéndose de hombros, se resignó y por un día habló para la prensa. La presencia de los Anderson y la famosa y aclamada Eleonor Baker junto a su esposo, estuvieron a punto de desplazar el foco central de atención de John Alcock y su avión hacia las dos influyentes familias pero los buenos oficios de Candy y la pericia de Richard, lograron reconducir el interés periodístico hacia lo que verdaderamente importaba, pese a que la gran noticia de que una travesía sobre el Océano era más que factible, tendría que compartir primeras planas con los ecos de sociedad protagonizados por Candy y su madre, principalmente.
Eleonor se acarició el vientre discretamente y con dedos amorosos y protectores. Aunque aun no había dicho nada, ni siquiera a su marido hasta no estar del todo segura antes de ponerlo en conocimiento de todos, tenía la eufórica y reconfortante sensación de estar encinta. Cuando se entrevistara con su médico, las próximas pruebas resultarían definitivas y completamente determinantes. La alegría de Brian al saber que sería padre de nuevo, y de Candy por tener un hermano o hermana, sería indescriptible. Un suave calor ocupaba su vientre, extendiéndose gradualmente por todo su ser. Su intuición de madre le decía que no se equivocaba. Eleonor tenía el firme presentimiento de que una nueva vida crecía en su interior por momentos gestándose lentamente. Lamentó que el viejo Peter no continuase a su lado, después de tantos años de servicio. Aquel hombre corpulento y de pocas palabras, pero que había sabido granjearse la amistad y la gratitud de la actriz, había sentido una repentina nostalgia por su Irlanda natal, por lo que aunque Eleonor lo lamentase, coincidió en que tal vez fuese hora de que Peter, que había envejecido añorando retornar a su tierra natal, y pasar el resto de sus días en su lugar de nacimiento hiciese realidad sus propios sueños, por lo que su antiguo guardaespaldas, secretario y ante todo su amigo, se despidió de ella con pesar, para viajar hasta la pequeña aldea situada entre montañas, que le viese nacer. El también lamentó tener que separarse de la actriz, pero Peter sentía la necesidad de detener su largo devenir por el mundo en algún momento determinado. Había visitado muchos países y vivido demasiadas experiencias, desde que siendo apenas un mocoso adolescente se embarcara en un barco mercante como grumete escapando de un opresivo ambiente familiar, pero ninguna de ellas comparable, a haber conocido a Eleonor y haber aprendido a amarla en silencio, resignadamente y sin esperanzas, plenamente consciente de su diferencia de edad con ella, su procedencia humilde y sobre todo, su poco agraciado aspecto de boxeador. Más que la nostalgia y la morriña por volver a sus orígenes, quizás esa fuera la principal razón por la que decidiese echar raíces definitivamente en la aldea de Exxes embarcándose para cruzar el Atlántico, esta vez, de forma definitiva.
En cuanto, al piloto y su avión, al cabo del día, John Alcock tenía prácticamente asegurado el porvenir de su tan largamente acariciado, y nunca llevado a la práctica por falta de los recursos, que no la ilusión necesarios, viejo sueño de comunicar todos los rincones del globo a través de la navegación aérea. Y ese sueño estaba más cerca que nunca de cumplirse y hacerse realidad.
101
La taberna del Cuervo Sediento estaba situada en los bajos de una vieja casona construída en piedra del siglo XVII, provista de una galería en la que se abrían grandes arcos de medio punto. El cartel de madera mostrando el rótulo que daba nombre al local, bajo la imagen de un cuervo revoloteando alegremente, mientras sostenía con su ala izquierda una pinta de cerveza, se mecía sostenido por dos cadenas que mostraban signos de herrumbre, y que pendían de un alero que se abría bajo un balcón. Cada vez que un cliente entraba o salía del local, el cártel se balanceaba continuamente, con un chirrido oxidado hasta que el sonido se iba apagando gradualmente cuando el cártel se iba quedando quieto. Hacía mucho tiempo que el dueño del establecimiento no engrasaba las bisagras que permitían que el cartel se pudiera mover, suspendido de sus cadenas. Otro tanto de lo mismo, podía decirse de los goznes de la vetusta puerta que daba acceso a la oscura taberna. El ambiente dentro del garito era animado y estaba cargado de humo que flotaba parsimoniosamente en grandes volutas sumiendo la taberna en una especie de bruma de un acre aroma, y que era expelido por los grandes habanos o las largas pipas de madera de los parroquianos, que jugaban a las cartas o se reunían a contarse los últimos chismes locales, en torno a una buena jarra de cerveza o un gran vaso de buen vino. Algunos lanzaban los dardos contra la diana y otros dormían su borrachera roncando estruendosamente con la cabeza apoyada sobre la mesa o en el suelo. Sin embargo, dentro del Cuervo Sediento nunca se habían dado casos de multitudinarias peleas o reyertas en las que la sangre llegara al río. Los asuntos y las cuentas personales se resolvían fuera de allí, aunque afortunadamente nadie, ni los más viejos del lugar, recordaban hechos de sangre en la reciente historia de la pequeña y pacífica comunidad o tenía constancia de alguno.
El interior de la taberna estaba enteramente construído de madera. Sus paredes eran troncos superpuestos los unos sobre los otros y clavados entre sí con milimétrica precisión. Junto a la pared norte había adosadas dos largas y grandes mesas sobre las que había dispuestos diversos platos y fuentes con comida, y en torno a las mismas, algunos clientes brindaban haciendo entrechocar sus vasos entre bromas y riendo estruendosamente. El joven religioso estaba sentado sobre un tosco taburete de madera cilíndrico y provisto de cuatro patas unidas por parejas mediante travesaños. Sostenía una sobada y ajada baraja mientras observaba con expresión divertida a su oponente, un hombre maduro pero no lo suficientemente entrado en años como para ser considerado un anciano, y aspecto corpulento que no sabía que carta apostar a continuación. La jugada parecía serle poco propicia y se rascaba la cabeza casi completamente calva, a excepción de algunos cortos mechones de pelo oscuro que aun poblaban sus sienes. El hombre soltó un reniego pero al darse cuenta de que estaba en frente de un religioso, se persignó pidiendo disculpas ante la mirada admonitoria del joven sacerdote, enfundado en sus ropas eclesiásticas oscuras rematadas por un alzacuellos de un blanco impoluto, que contrastaba vivamente con el color de la sotana.
-Lo siento padre, no pretendía…-dijo alzando conciliador una mano mientras agitaba la otra en el aire, portando entre sus dedos algunas cartas.
-No pasa nada, sigamos jugando –observó el religioso condescendiente.
El tabernero, tras un pesado y macizo mostrador de aspecto pétreo y que parecía como si alguien lo hubiera tallado de una sola vez, trabajando un gigantesco bloque de madera, les contempló interesado en el resultado de la partida, mientras limpiaba distraidamente la grasienta superficie de la barra con una bayeta no menos mugrienta que la capa de suciedad que la cubría. Detrás del tabernero, un hombre de unos treinta y cinco años se alzaban algunas estanterías y anaqueles repletos de barriletes en vez de las típicas botellas de licor y sobre la barra había un gran perol con lo que pretendía ser un potaje de alubias listo para ser servido, aunque ninguno de los parroquianos solicitaba que le fuera dispensado un plato. Del techo de madera cruzado por varias vigas y travesaños de través, pendían algunas oxidadas y herrumbrosas lámparas alimentadas con aceite de ballena. El hombre maduro lanzó un as de picas, pero el religioso negó sonriente con la cabeza y le mostró su jugada anunciando en tono triunfal:
-Escalera de color, lo siento Peter, has perdido.
El mencionado Peter se quedó mirándole boquiabierto mientras las cartas que aun sostenía entre los dedos, caían sobre el descolorido y áspero tablero de la mesa. Alguien abandonó apresuradamente la taberna temiendo bronca y otros clientes siguieron con interés la escena, mientras el resto continuó indiferente centrado en sus quehaceres. Entonces Peter rió estruendosamente, y se palmeó los gruesos y abultados antebrazos mientras recomponía su deshilachada camiseta alisando las arrugas que se formaban en su burda tela.
-Lo admito padre Archie, lo admito –dijo levantando ambas manos en señal de resignación- pagaré la cena de esta noche. Me ha vencido con todas las de la ley.
-No será necesario –repuso el jovial sacerdote llevándose la mano al bolsillo de su sotana y extrayendo su cartera- pagaré yo.
-No, de ninguna manera –replicó Peter aferrando su mano y sacando su billetero- yo soy el que ha perdido la apuesta, por lo tanto…
-Por lo tanto pagaremos a medias –declaró el padre Archie para perplejidad de Peter que rascándose la frente repuso:
-Una decisión salomónica. De acuerdo, no se hable más –coincidió entusiasticamente Peter con su característica voz que resonaba en todo el local.
Así lo hicieron. Pidieron otra botella de vino, aunque el padre Archie apenas probó un sorbo, mientras que su alegre interlocutor daba muestras de ofrecer una resistencia asombrosa a los efectos del fuerte licor destilado localmente en la aldea. Hablaron de diversos temas y pronto la discusión derivó hacia cuestiones personales, quizás debido en parte a la influencia del ambiente de camadería entre ambos hombres y en parte a los efectos del vino. Muy pronto, aunque curiosamente ambos hombres eran remisos a hablar de sus respectivos pasados, terminaron haciéndolo. Tampoco tenía nada de extraño. Normalmente, cuanto más oscuro y traumático es el pasado de alguien, más renuente se muestra esa persona a hablar del mismo. Archie recordó muy a su pesar a Candy y la describió tan perfectamente que al rato, Peter dio un respingo y sus ojos se quedaron fijos en una diana clavada en una de las paredes junto a fotografías en blanco y negro de la aldea en épocas anteriores, donde alguien probaba su puntería con los dardos. Como el hombre tardase en reaccionar y se había quedado pálido, el religioso preocupado agitó su hirsurto antebrazo cubierto de vello para conseguir que volviera en sí:
-Peter, Peter, ¿ qué te ocurre ? ¿ le sucede algo ?
Peter tragó saliva y dijo algo que contagió su nerviosismo y agitación al religioso:
-Esa joven, ¿ no se llamará por casualidad Candy ? –preguntó receloso Peter, que intuía que el cura de la aldea tenía más en común con él, de lo que parecía deducirse a simple vista.
Archie notó como su corazón palpitaba furiosamente y pasó una mano por sus recortados cabellos. Había decidido desterrar definitivamente aquella media melena que lucía tan orgulloso en sus tiempos más despreocupados y frívolos, pero que a veces, aun añoraba reconviniéndose posteriormente por ello. Ya no navegaba en barcas mecidas por las tranquilas y calmas aguas de lagos artificiales que la imprudente e ignorante mano de una hermosa joven rubia pudiera vaciar sin querer, abriendo inopinadamente una compuerta que servía como desagüe.
Recompuso su gesto demudado por el asombro como pudo, dando a entender a Peter que la respuesta era afirmativa, y antes de que pudiera replicar, el fornido hombre declaró:
-Durante casi veinte años serví a una distinguida dama muy conocida por su faceta artística. Fue una portentosa y gran actriz de teatro, aunque se retiró hace tiempo de los escenarios. Una pena que lo dejase, en fin.-dijo soltando un breve suspiro. Peter extrañaba a su señora por lo que no pudo ser y el maravilloso arte que desplegaba cada vez que actuaba sobre las tablas poniendo su alma en ello, volcándose en el papel de tal manera, que innumerables veces creyó que el proscenio del teatro se vendría abajo, debido a las atronadoras ovaciones que resonaban desde los palcos superiores hasta los asientos de la platea. El teatro de la Ópera en París, la Scala de Milan, el Liceo de Barcelona, el Metropolitan Opera House de Nueva York, el Bolshói de Moscú…Peter había perdido la cuenta de todos los grandes y hermosos escenarios y palestras donde su señora e imposible amor secreto, había representado los más diversos papeles, escenificando prácticamente todas las grandes obras teatrales, arrancando grandes aplausos y encendidos elogios allá por donde pasara, poniendo literalmente al público de pie que jaleaba sin cesar, su nombre y que acudía en multitudes a verla interpretar sus papeles con entusiástica y ardiente dedicación. Hacía tanto ya que entrara a su servicio desde que la salvó del asalto de unos ladrones que pretendían robarla en un barrio poco recomendable de una pequeña ciudad de provincias…
-Su nombre es Eleonor. –prosiguió, retornando de la evocación de esos grandes momentos- Es la madre de esa muchacha, tan hermosa como ella. Es natural…que Candy haya heredado su belleza, no es nada extraño, no señor –dijo con su vozarrón y mirando fijamente los posos que habían quedado en el fondo de su vaso vacío.
Hizo una pausa, y tras realizar una profunda inspiración mientras el tabernero, desde su ubicación sumida en penumbra, detrás de la mugrienta barra, le miraba con recelo, ya que Peter solía servirse tales tragos que dejaba el barrilete de sobremesa prácticamente vacío, prosiguió hablando:
-Recuerdo el momento en que mi señora le reveló que era su madre después de una de sus más clamorosas actuaciones en Chicago, es uno de esos momentos que no se olvidan jamás, aunque vivas cien años –comentó pensativo mientras volteaba el vaso entre los dedos de su mano izquierda, y apoyaba su mejilla a medio afeitar sobre la palma de la otra, acodado en la mesa.
Peter escanció una generosa cantidad de vino directamente del barrilete de madera provisto de un grifo de llave y se echó al coleto el vaso de cristal, engullendo su contenido de un solo trago. El joven sacerdote parpadeó nervioso sintiendo que los recuerdos llamaban a la puerta de su mente. Desde que le habían destinado a aquella remota aldea irlandesa a petición suya, creyó que en tal inaccesible lugar los hechos de su vida no le perseguirían, pero ahora era un sacerdote, un humilde siervo de Dios, en vez de un joven asustado y perdido entre las brumas de sus adicciones a las drogas y acosado por el recuerdo de Candy. Asintió nuevamente y dijo en tono confidencial a Peter, al que había conocido recientemente, habiéndose hecho amigos debido a que ambos coincidían en diversos proyectos al servicio de la comunidad como reparar las cercas vecinales, o mediar entre las disputas de los aldeanos, aparte del trato diario que se dispensaban, y que Archie había emprendido con especial entusiasmo:
-Creo que será mejor que nos sinceremos el uno al otro. Seguramente nos hará bien, y por lo que veo, amigo mío tú también ardes en deseos de descargar tu alma.
Por un instante sus ojos oscuros se centraron en el retrato al óleo de unos húsares alados polacos que cabalgaban recios y pesados caballos de guerra, lanzados al galope en plena carga de caballería. Archie siguió con su mirada la dirección de la de su feligrés y amigo. Por sus estudios de Historia que tuvo que volver a cursar durante el seminario, sabía que aquellos hombres de brillante armadura decoradas con primorosos bajorrelieves, sobre la que llevaban una corta capa de piel de leopardo, que portaban largas lanzas engalanadas, y que llevaban adosados a unos bastidores curvos por su extremo superior, fijados a su espalda, vistosas plumas de águila, que les conferían su particular nombre, habían sido la mejor caballería pesada de toda Europa durante casi un siglo, llegando a decidir con su sola presencia, el curso de importantes batallas, hasta que el auge del cañón y las nuevas tecnologías armamentísticas junto a tácticas radicalmente nuevas, los dejaron prácticamente obsoletos a comienzos del siglo XVIII. No obstante cobraron merecida fama por su reconocido y probado valor en combate. El dueño de la taberna había comprado el retrato por unas pocas libras a un marchante de arte venido a menos y lo colgó de una de las paredes, para decorar los vacíos muros de su establecimiento, pese a que armonizara tanto con el desangelado aspecto de la taberna como un elefante en una cacharrería, aunque el cuadro estuviera acompañado por retratos de bodegones y marinas. Lógicamente desconocía que tipo de tropas o su nacionalidad, estaban representadas en el realista cuadro que mostraba una dramática escena bélica, y solo sabía que eran jinetes a caballo portando lanzas. Nada más.
-Coincido contigo, padre –dijo Peter que pasaba del tratamiento más formal y ceremoniosamente distante, al tuteo más despreocupado con absoluta naturalidad- hablar…nos hará bien –convino mientras animaba al sacerdote a servirse un vaso de vino. El padre Archie le hizo caso esta vez, pero procurando moderar el consumo de alcohol pese a que Peter hubiera intentado imbuirle de su despreocupación frente a la botella sin éxito. Ambos hombres entrechocaron sus vasos, mientras se disponían a contarse sus respectivas vidas.
Archie también evocó como había estado a punto de colgar los hábitos por una muchacha adolescente, que se había encaprichado de él, cuando le destinaron como profesor de religión a un exclusivo internado femenino. Sin embargo, el joven sacerdote recapacitó e hizo recapacitar a la chica, que tras una semana hecha un mar de lágrimas, mudó de parecer y continuando la senda de su vida, madurando, aprendiendo y convirtiéndose en una reputada y famosa aviadora pese al disgusto de sus padres. En cuanto a Archie, al estallido de la Segunda Guerra Mundial, sintió que debía de estar con los más necesitados, pese a que su contribución fuera mínima para desesperación del joven que lamentaba no poder hacer más. Podría haberse puesto a salvo, haber solicitado un destino menos comprometido, incluso haberse puesto a salvo retornando a Estados Unidos porque las señales de guerra cada vez eran más evidentes y palpables, pero el joven religioso no rehuyó lo que consideraba como su destino inevitable. Aun con todo, se desplazó consciente del peligro que corría a aquellos países donde la barbarie de la guerra volvía a rugir desatada, dejando a su paso un rastro de buenas y humildes obras, con las que alivió en la medida de sus posibilidades, el sufrimiento de cuantos se cruzaron con él y a los que trató de ayudar lo mejor que supo y pudo. Por diversos azares de la vida, el padre Archie terminó recalando en Stalingrado donde su pista se perdió definitivamente en el fragor de la decisiva y terrible batalla. Antes de emprender tales planes, dejó una serie de cartas a su familia y a Mark, que consiguió hacer llegar por los más recónditos e inverosímiles cauces, donde le suplicaba encarecidamente que no acudiera en su rescate de sucederle algo como hiciera con su hermano Stear y con su primo Anthony. Pese a las lágrimas de Candy, Mark respetó su voluntad y su esposa terminó por entenderlo, por mucho que le doliera la dramática y drástica decisión de su marido de no salir en auxilio de Archie por expreso deseo de este.
102
Terry había aprendido a asumir la incuestionable realidad contra la que había luchado valientemente, pero en vano en al menos tres ocasiones, que recordara a lo sumo.
La primera fue cuando conoció a Candy en el barco o por lo menos fue testigo de sus cavilaciones y pensamientos en medio de la fría calima de aquella brumosa noche en mitad del Atlántico, a bordo del Mauritania.
La segunda durante la Gran Guerra, donde sus más recónditos y secretos anhelos afloraron finalmente al exterior y encontró el valor y el momento precisos para declararse a Candy, pero la joven le rechazó con sutilidad pero con firmeza, provocando que el joven buscase su final de modo temerario y obsesivo, pero no solo las balas enemigas se negaron a impactar en él, o quizás la suerte se había prendado de su apostura, si no que su más enconado rival le salvó la vida varias veces, provocando un choque de sentimientos encontrados que sumió a su corazón en una dura lucha interna de la que le costó sobremanera librarse.
Y la tercera y última ocasión fue en Escocia, a donde se había dirigido para reponerse de los horrores vividos durante la Gran Guerra, así como de las profundas heridas que sus frustrados sentimientos habían dejado en él. Y nuevamente se cruzó con ella tratando de conseguir que le correspondiese, pero nuevamente Candy se negó a hacerlo, dado que estaba profundamente enamorada de Mark, y no de él. Entonces recordó con desagrado una frase que Candy pronunció casi sin pretenderlo, y mucho menos con intención de zaherirle o infringirle mayor pesar del que ya le atormentaba:
"Si te hubiese conocido antes…".
Pero no había sido así. Y si de hecho, no había terminado completamente transtornado o perdiendo el juicio sin duda se lo debía a Louise, la cual había conseguido sacarle de la negra y honda sima de dolor en la que se habría adentrado para no salir probablemente jamás, de no ser por la bella y solicita muchacha que se había convertido en su esposa. Y lo que menos deseaba era terminar como Albert o su hermanastro Anthony, con el que había entablado una cordial relación, favorecida tal vez por el hecho de que ambos habían amado a la misma muchacha sin esperanzas. Louise había sido su tabla de salvación cuando aun se debatía en el proceloso mar del desamor. Pensó que había estado a punto de arruinar toda su felicidad por un gesto pueril y peligroso que podría haberle traído funestas consecuencias. Afortunadamente, desistió a tiempo.
Terry lanzó un suspiro. Tenía los brazos cruzados por detrás de la cabeza y las manos entrelazadas sobre la nuca. Reposaba al pie del añoso y corpulento tronco de un gran roble plantado desde hacía tiempos inmemoriales. Según algunas leyendas el venerable y anciano árbol podía superar fácilmente los mil años de antigüedad y cuando Terry alzó sus ojos azules hacia el denso follaje que le cojibaja con una fresca y agradable sombra, concluyó estremecido que tal impresión tenía que ser forzasamente cierta.
Sobre el regazo del joven actor, cuyo éxito no había cesado de aumentar exponencialmente tenía un grueso volumen de tapas rojas, encuadernado en piel, que recogía algunas de las más selectas e importantes obras de Shaskeapeare. El libro primorosamente decorado con coloridas ilustraciones tenía un delgado y fino córdel dorado que hacía las veces de guarda página, el cual se hallaba insertado en mitad de las hojas de la obra, justamente en la página en la que daba comienzo Romeo y Julieta. Terry contempló pensativo el libro y el árbol y se dijo con tono cínico:
-He vivido mi particular drama con una inaccesible Julieta rubia y un ser procedente del futuro. Quizás tú también –comentó dirigiéndose al árbol- atesoras secretos que solo tú conoces. Cuantos dramas, pasiones, vivencias y hechos se habrán desarrollado bajo tus ramas de los que no tenemos constancia. Cómo iba a imaginarme yo, encontrar a primer amor a bordo de un barco y que un hombre que no debería haber nacido hasta dentro de cien años, me lo disputaría.
Se irguió hasta que su espalda quedó completamente recta en relación al tronco del roble. Candy era una criatura excepcional sin duda, y que menos que otro ser fuera de lo común para ser depositario de su amor. El joven dramaturgo había aprendido a ser realista. Louise no era tan excepcionalmente hermosa como Candy, pero seguía siendo bonita y le amaba sinceramente, como él lo hacía por haberle rescatado, como hiciera Natasha con Anthony de la desesperación que empezaba a apoderarse de él. Pensó en su descabellado y terrible plan para matar a Mark que afortunadamente desechó a tiempo. Ya había matado bastante durante la Gran Guerra por lo que aborrecería quitar la vida de otro ser para el resto de la suya. Tendió la vista en derredor suyo. El gran y ubérrimo jardín que rodeaba el palacete de verano de los Grandschester se extendía por doquier. La mansión situada en Escocia en un hermoso paraje, muy cerca de la de su padre, había sido el regalo de bodas del duque. Pese a que Terry intentó oponerse denodadamente, aceptó finalmente por consejo de su mujer. La condesa tenía muy buena mano para esas cosas de reconciliar personas y acercar posturas. Por una vez, Terry accedió al consejo de su esposa y el palacete pasó a convertirse en su residencia de verano para él, su esposa y sus hijos. Se irguió cuan largo era y caminó lentamente por el césped recien cortado y que brillaba levemente debido a que los jardineros lo habían regado hacía poco. En mangas de camisa y disfrutando de unas apacibles vacaciones estivales, se consideraba afortunado. Mantenía correspondencia con Candy y visitaba asiduamente a los Anderson a diferencia de Anthony, que había cortado prácticamente todo vínculo con su antiguo amor. Lo que había pasado entre él y Candy no era óbice ni mucho menos para que ambos mantuvieran una sincera y tranquila amistad. Se acercó hasta un banco de madera ubicado bajo una pérgola en torno a la cual trepaban flores de diversas clases y una hiedra muy olorosa y de un llamativo color verde y se sentó en él. Le gustaba deambular por la intimidad de su hogar recreándose con la contemplación de las cosas sencillas. Se preguntó si habría podido ser feliz con Candy. Eran cuestiones para las que no tenía respuesta. Prefirió no tratar de contestarlas. Entonces se propinó un pequeño golpe en la frente. Había olvidado recoger el libro de tapas rojas que había llevado consigo para leer al pie del gran roble. Cuando se disponía a ir a por él, el roce de una tela suave contra un cuerpo humano llamó su atención. Louise avanzaba lentamente hacia él, con una sonrisa y una mirada enamorada en sus ojos. Pese a que ya no era la muchacha desconsolada y triste que conociese en Escocia cuando su padre entrara en bancarrota, siendo expulsada por ello del selecto Internado donde estudiara, sus facciones seguían conservando el mismo aire de inocencia que perdiese abruptamente cuando su mundo se vino abajo y que recobró en compañía de Terry, y una vez que su abuelo ayudara económicamente a su apurado padre. Había mantenido casi sin interrupción el mismo estilo de peinado que entonces y sobre sus cabellos castaños flameaba un gran y expresivo lazo azul. Louise se acercó a Terry portando el libro entre sus manos. Lo depositó cuidadosamente sobre una mesa de jardín y haciendo un mohín, se acomodó junto a su marido en el banco. Ambos se abrazaron y ella le dijo:
-Cada día eres más descuidado querido. Me recuerdas a mi abuelo. Te vas dejando los libros y las cosas en cualquier sitio.
-Menos mal que mi ángel está para reprenderme por ello –bromeó el joven.
Louise rió con ganas mientras tras un corto intercambio de bromas y caricias, ambos se besaron apasionadamente, bajo los rasgos pétreos e inmutables de la estatua de un antiguo filósofo griego envuelto en una larga y ondeante túnica. Al fondo, el agua de, una fuente ornamental de mármol blanco, rematada por la efigie de un ciervo joven en actitud de saltar, producía al precipitarse sobre su estanque, un relajante y envolvente rumor que invitaba al descanso y a tenderse sobre la hierba ubérrima y vigorosa.
Todo era quietud en la propiedad. Algunos de sus hijos se habían quedado en Norteamérica a pasar las vacaciones allí en compañía del duque que apreciaba sinceramente la compañía de sus nietos, pero dos de los más pequeños, un chico y una chica, que se habían empeñado en acompañar a sus padres hasta Escocia, llegarían pronto después de pasar el día con sus amigos en la cercana y pintoresca aldea, situada a no mucha distancia de la mansión rompiendo con sus alegres y eufóricos gritos la placidez y la monotonía reinante en los jardines de la mansión.
103
Terry Grandschester se dispuso a entrar en su camerino. Había olvidado unos libretos en el interior de la estancia, sobre un aparador que le eran necesarios para perfilar el papel correspondiente a uno de los personajes principales de la obra que estaba escribiendo. Aunque quería retirarse a descansar lo antes posible y llegar a su casa, donde le esperaba Louise y sus hijos, le urgía recoger aquellos libretos. El joven introdujo la llave en la cerradura de la puerta gris. El pasillo estaba desierto y a ambos lados del mismo, se abrían diversas puertas con distintos números, correspondientes a otros tantos camerinos. Aquellas dependencias estaban situadas en los sótanos del teatro donde la compañía Strafford estaba actuando con asiduidad durante las últimas semanas, cosechando un éxito tras otro en su meteórica carrera hacia lo más alto del podium de la fama.
Terry lanzó un suspiro y miró hacia ambos lados del angosto y sinuoso pasadizo, sumido en una penumbra que apenas lograba disolver la luz diurna que entraba a través de un pequeño tragaluz practicado en una de las paredes. Nadie había sido testigo de sus irreflexivos e irracionales planes. Se había planteado matar a Mark, como una forma de vengarse de la joven, cuyo camino se había entrecruzado con el suyo durante al menos tres dramáticas ocasiones, cuando de repente se topó conmigo y sopesó un cambio en sus intenciones. Finalmente el arma había sido abandonada en un rincón donde nadie podría descubrirla a simple vista y totalmente descargada. Terry no tenía humor aquella noche de buscar un río o un curso de agua donde deshacerse del pesado revólver que no había llegado a disparar, o enterrarlo profundamente. Simplemente se deshizo de él y retornó a su vida habitual. Y ahora, no sospechaba que con aquel inocente gesto de abrir una puerta, tal vez su vida estuviese abocada nuevamente a una dramática e imprevista sacudida. Tan pronto como fue a girar la llave, se sorprendió que la puerta cediera fácilmente ante él. De hecho, cuando suspicaz y poniéndose en guardia, tomó el pomo reluciente de la misma, comprobó que estaba entornada y que del interior del camerino provenía el murmullo de alguien, algo así como una respiración entremezclada con unos pasos cortos y continuos. El actor empujó la puerta y se abrió paso descubriendo a una mujer que le observaba lánguidamente y tendida displicentemente en un canapé adosado a la pared del fondo. La mujer, enfundada en un ligero vestido de lino que dejaba entrever sus encantos a través de la delgada tela, le sonrió con coquetería invitándole a acercarse a ella. Sus intenciones eran claras y Terry dio un respingo al reconocerla. Se trataba de Marjorie Dillon, una de las actrices secundarias de la compañía, cuyo talento no era lo suficientemente bueno como para que hubiera pasado de ejercer pequeños papeles marginales en obras de escasa valía. La joven trataba de compensar su falta de dotes dramáticas haciendo profuso uso de sus encantos, coqueteando con actores y directores en un intento por medrar en el competitivo y difícil mundo del teatro, pero hasta ahora sus esfuerzos habían sido vanos. Curiosamente su fama de chica ligera de cascos la había perjudicado más que favorecerla.
El joven, molesto por que la mujer hubiera invadido la intimidad del pequeño cuarto, intentó no denotar su malestar y preguntó a la mujer:
-¿ Cómo has entrado aquí Marjorie ?
La joven no tenía el menor inconveniente en contarle la verdad. Había conseguido encadilar a uno de los ordenanzas del teatro para que le facilitara el acceso al cuarto privado de Terry a cambio de una generosa propina y un apasionado beso, que al joven empleado le supo a poco, aunque no se atrevió a exigir más a la bella actriz, de fuerte temperamento que amendentró al muchacho, bajo la velada amenaza de denunciarle al jefe de personal de haber intentado propasarse con ella. El jefe de personal era un hombre expeditivo, poco dado a los miramientos y a las contemplaciones, que ante la perspectiva de tener un serio problema con la temperamental actriz, con la que terminaría por chocar invariablemente, echaría al joven a la calle sin mayores problemas de conciencia. Y lógicamente, el ordenanza calló temeroso de que Marjorie llevase a cabo su amenaza, abriéndole la puerta del camerino. Sin embargo, Terry prefirió no saber que métodos había utilizado para colarse en el camerino y la impuso silencio cuando la joven con una indolente sonrisa se encogió de hombros, pasando a cuestiones más directas y personales, razón por la que se encontraba allí a hurtadillas. El joven intuyó perfectamente cuales eran las intenciones de su compañera de trabajo. Terry realizó un gesto de fastidio y desviando la vista hacia un lado, declaró con voz grave y enojada, sin mirarla:
-Marjorie, levántate y vete. No tengo tiempo ahora para tus devaneos.
-¿ Y más tarde ? –le preguntó ella melosa e inclinando la cabeza hacia un lado, para observarle con un mohín. El sedoso cabello rubio ensortijado le caía en cascada sobre los hombros y ambos lados del cuello, del que pendía un espléndido dije engarzado en una cadena de eslabones dorados.
La actriz pretendía atrapar al hombre en su telaraña de seducción pero Terry no entró al trapo y eludió hábilmente la trampa. Pretendía conseguir mejores papeles a través de Terry manipulándole, para que hablara en su favor ante Robert Hattaway, aunque también hiciera aquello, atraída por el apuesto porte del joven de cabellos castaños y atrayentes ojos azules. Marjorie sonrió encantada al valorar, lo que para ella era el lado lúdico de la situación.
-Tampoco –dijo el actor lacónico cruzando los brazos sobre su elegante chaqueta del mejor y más fino paño británico -sal de aquí ahora mismo.
Marjorie obedeció pero no para marcharse. Avanzó resuelta hacia el joven y cuando estuvo a su altura, le rodeó el cuello con sus largos brazos. Era una bella joven, consciente de su atractivo y de la influencia que ejercía sobre los hombres que trataban de acercarse a ella para obtener sus favores.
-Vamos, vamos –comentó melosa, acariciando la nuca de Terry- no me seas tan arisco. Somos adultos, y no hay nada de malo en que ambos pasemos un rato agradable. Además, tu esposa no tiene porqué enterarse, nadie sabrá que estuve aquí contigo, te lo prometo.
Marjorie intentó entonces desprenderse del vestido soltando el ceñidor que rodeaba su cintura, pero Terry que se había zafado de la presa que la mujer hacía en torno a su cuello se lo impidió.
-No –dijo autoritario- márchate ahora mismo, o te sacaré yo de aquí si es preciso.
La mujer le observó con furia. Sus ojos turquesas relampaguearon de odio por el desprecio del que el atractivo actor la hacía objeto.
-Eres un grosero –le espetó ofendida y de repente, mientras se disponía a irse, sabedora de que no tenía nada que hacer ante la firme determinación del apuesto actor.
Terry se hizo a un lado para dejarla pasar y cuando la joven estaba atravesando el umbral el joven, le dijo mientras la contemplaba con seriedad:
-En el fondo me inspiras lástima, Marjorie. Vendiéndote al mejor postor para alcanzar un papel en una obra, por el camino más fácil, en vez de intentarlo por tus propios medios.
Escuchar aquello y terminarse la paciencia de la mujer, aunque habría que decir que más bien era Terry el único que tenía derecho a emplear ese argumento, fue todo uno. La mediocre actriz alzó la mano derecha para abofetearle dejándola caer con fuerza sobre la mejilla de Terry, pero este fue más rápido atrapando el brazo levantado de Marjorie que se retorció de dolor tan pronto como los dedos de Terry atraparon su muñeca, pese a que el joven apenas si la rozó.
-No Marjorie, conmigo no te valen tus juegos. Márchate y vete de aquí. Mi esposa y mis hijos me están esperando y estoy cansado. Solo deseo marcharme a mi casa, y tú deberías de hacer lo mismo –dijo Terry mientras retiraba su mano lentamente de la piel de Marjorie. La joven revisó su muñeca por si Terry le había producido alguna lesión, haciendo girar la mano y contemplando alternativamente el dorso y la parte delantera de la extremidad, mientras Terry sonreía divertido pese a la incómodo de la tensa situación. Marjorie le observó furibunda musitando que era un bruto y un patán, además de un grosero.
-Te pediré un taxi para que puedas regresar a casa, Marjorie. Espero que mañana continuemos siendo compañeros de reparto y…
No obstante, pese a haber recibido el más absoluto de los desprecios por parte del hombre, objeto de su oscuro deseo, la mujer realizó una nueva tentativa abalanzándose literalmente sobre Terry, pillándole esta vez por sorpresa y tratando de besarle aunque fuera de forma tan forzada y poco digna pero Terry no solo resistió el embate de la impulsiva actriz, si no que logró mantener sus labios apartados de los suyos. Pese a que Marjorie forcejeó para tratar de besarle, convencida de que una vez que lo lograra, Terry caería rendido en sus brazos, incapaz de resistirse a sus cantos de sirena, el joven actor se mantuvo firmemente anclado en su decisión.
-Vamos, estoy dispuesta a olvidar tus maneras primitivas y tu falta de tacto conmigo. A fin de cuentas me atraen los hombres decididos y ardientes como tú –comentó mientras trataba de estrecharle entre sus brazos, entornando seductoramente los párpados, ribeteados por una espesa y oscura hilera de largas pestañas.
-Ya basta Marjorie. No voy a poner en peligro mi matrimonio por una de tus locuras. Yo no. Ve a buscar a otro. Hay muchos hombres que darían lo que fueran por estar contigo, hasta sacrificarían a sus familias, pero yo no. Yo no soy así.
Marjorie comprendió finalmente que no conseguiría franquear el muro de determinación que su huidiza y remisa presa, había tendido en torno suyo. Despechada y enojada, notó como las mejillas se le teñían de rojo y que la sangre le hervía en las venas golpeándole en las sienes. Una bilis amarga le subía por la boca del estómago. Realizó un gesto de desdén echando su cabellera rubia hacia atrás y dijo con voz silibante:
-Supongo que si hubiera sido esa advenediza de Candy Anderson, seguramente no pondrías tantos remilgos –dijo estudiando complacida la expresión del rostro de Terry, y disfrutando con morboso placer del efecto que sus ponzoñosas palabras habían producido en el hasta ese momento, sereno ánimo del joven. Terry intentó ignorarla, volviéndose para marcharse de allí y dejar sola a la mujer, cuya lengua viperina hasta ese momento no había conseguido hacer mella en su dominio, pero la aparente calma de Terry podía terminar en cualquier momento, junto con su paciencia. La relajada imagen del joven inglés tan solo era un engañoso indicio de sus verdaderos pensamientos.
De ser una persona prudente, Marjorie habría detenido allí su acoso al actor. Ya había conseguido zaherirle y hacer que su tranquilidad saltase hecha añicos y no debió haber tentado su suerte hasta límites insospechados. Ya tenía lo que buscaba, pero la joven no se contentó con esa aparente victoria. Necesitaba verlo hundido, humillado, derrotado a sus pies y prosiguió su ataque:
-Supongo que esa mosquita muerta de Louise no te hace feliz en la cama, porque tu mente está fija en esa hospiciana que te ha sorbido el seso. Ven conmigo. Ven con una mujer de verdad y yo te haré olvidar a las dos, sobre todo a la hospiciana –declaró apretando su cuerpo contra el del hombre, que se apartó asqueado de su lado.
Terry saltó por acto reflejo. No tenía por costumbre reaccionar airadamente y menos por sorpresa y ahí radicaba el peligro que tenía el provocar a un hombre como él. El joven era como un arma cargada que un imprudente e incauto curioso manipulase con despreocupada alegría, y que podía dispararse en cualquier momento, justo lo que le había sucedido a Marjorie que sintió miedo cuando vio a Terry avanzar hacia ella con grandes zancadas. En ese momento, la actriz tuvo un momento de lucidez, preguntándose si no habría ido demasiado lejos. Terry la cogió por la muñeca derecha, esta vez con más fuerza y alzó la mano izquierda que crispó en un puño cerrado dirigido al rostro de Marjorie. La joven desvió la mirada asustada pero sus ojos turquesas volvieron a quedar atrapados por la visión del demoledor puño surcando el aire y dirigido hacia su cara. Sin embargo, Terry logró controlarse, cuando sus nudillos estaban ya a pocos milímetros del semblante de la actriz. Terry respiraba agitadamente pero haciendo gala de una férrea voluntad, hizo que sus músculos se relajaran y bajó lentamente la mano que cayó laxa paralela a su cuerpo.
-Márchate –dijo soltándola- eres un ser tan despreciable, que realmente eres digna de lástima Marjorie. No merece la pena mancharse las manos contigo –añadió despectivo y asqueado.
-No, Terry Grandschester no voy a dejarte tan fácilmente así como así. Esto se sabrá. Me has atacado y hundiré tu carrera tan pronto como me ponga en contacto con algunos periódicos que estarán deseosos de escuchar mi historia. Tienes mi palabra –dijo amenazante alzando el dedo índice derecho ante el rostro del actor.
Antes de que el actor pudiera responderla, una voz profunda y grave sonó a la espalda de ambos. Marjorie se giró furiosa por la intromisión del desconocido, y cuando se adelantó a averiguar quien era el entrometido que les había interrumpido, su piel se tornó pálida como la cera. Blanca como el papel, reconoció la figura paternal y solemne del distinguido Robert Hathaway que sacaba una cabeza a Terry. El corpulento director de la compañía teatral, se mesó la espesa y bien cuidada barba castaña que orlaba su rostro masculino, coronado por una poblada cabellera, y avanzó lentamente hacia Marjorie que retrocedió asustada intentando justificarse, pero la presencia imponente de Robert y el miedo que le profesaba hicieron fracasar cualquier tentativa de expresarse. Tras balbucear una nada convicente excusa, la asustada y temerosa actriz caminó hasta que una de las paredes del camerino impidió que continuase, cerrándole el paso.
-Lo he oído todo Marjorie –le dijo Robert lentamente, con voz tranquila. Su estado de calma contrastaba visiblemente con lo alterado y nervioso que estaba Terry - había regresado para recordarle a Terry que mañana los ensayos empezarían más pronto y de paso ponerlo también en tu conocimiento Marjorie –declaró como si el duro enfrentamiento entre ambos actores no hubiese tenido lugar, a auspicios de Marjorie y fuera algo totalmente secundario y ajeno al sereno y afable Robert.
-Muy amable por avisarme Robert…-dijo la actriz con voz entrecortada y esbozando una sonrisa de circunstancias, mientras respiraba aliviada creyendo que no había pasado nada. Sin embargo, las siguientes palabras de Robert fueron un verdadero jarro de agua fría sobre las aspiraciones de la actriz, que había tirado a la basura definitivamente su futuro, no por intentar seducir a Terry si no por las duras frases que le había dirigido tan injustamente, y el verdadero propósito que se encerraba tras su poco afortunado intento de atraer a Terry con sus encantos.
-No es necesario que vengas mañana Marjorie –dijo Robert arqueando una de sus cejas y sin que la tranquila inflexión de su voz variase en lo más mínimo -estás despedida. Venía dispuesto a asignarte un papel de más relevancia en la próxima obra pero lo que he oído hoy de tus labios, hará que me replantee mi decisión.
Nuevamente la piel de Marjorie adoptó una tonalidad cerúlea. Por un momento, la sangre se congeló en las venas de la temperamental e intrigante actriz.
-Estoy…despedida –dijo con voz débil y la mirada perdida en un cuadro que recogía una escena de caza con un bucólico paisaje campestre como telón de fondo mientras se mesaba furibunda los cabellos y las mejillas con las palmas de las manos.
-Sí, y no solamente eso. No volverás a actuar en ningún teatro. Tu carrera dramática, si es que alguna vez llegó a existir –dijo con incisiva y mordaz ironía- ha terminado. Y no intentes jugar la baza de acudir a ningún medio sensacionalista. He sido testigo de todo, aparte de está, de Terry. Nadie creerá tu versión y menos si es refutada por el propio Robert Hathaway –declaró aludiéndose así mismo- , y además te denunciaría por calumnias y ataques al honor de uno de mis principales actores, aunque Terry decidiera no hacerlo. No tienes ninguna posibilidad Marjorie de salir airosa de esto. Es mejor terminar ahora con dignidad y retirarse a tiempo, que empantanarse en un largo litigio legal que terminaría por destruirte, querida.
Marjorie no podía hacer nada para contrarrestrar la poderosa influencia de Robert Hattaway. Sin su aval y apoyo, nadie querría contratarla, ni ponerla a prueba por lo menos. Ningún empresario teatral o director de compañía alguna por modesta que fuera, querría arriesgarse a un conflicto con un personaje tan poderoso y determinante dentro del mundo de la escena, por contratar a una actriz de segunda fila, y eso era algo que la joven sabía perfectamente. Aquella sentencia había terminado por sellar su destino. Sus días sobre las tablas y los escenarios, habían concluído definitivamente y con ello, sus sueños de triunfar en los mayores y más reputados escenarios de Europa y de Estados Unidos, pese a que desde el principio aunque hubiese contado con el beneplácito de Robert, tampoco habría llegado demasiado lejos, dadas sus limitadas dotes como artista dramática, lo cual habría terminado por salir a relucir tarde o temprano. El público es sin duda muy exigente y no perdona la mediocridad. De cualquier manera, la carrera de Marjorie Dillon estaba condenada al fracaso, aun antes siquiera de haber llegado a comenzar. Robert la evitó quizás de esa forma, mayores vergüenzas y oprobios, porque el utilizar su cuerpo como moneda de cambio para obtener papeles, la estaba reportando además, más sinsabores que beneficios. Su pésima reputación de mujer fácil, la precedía, granjeándola más enemistades que aliados y muchos directores de compañías a cuyas puertas se había acercado a probar suerte, la rechazaban sistemáticamente debido a esa razón, a nada que se informaban mínimamente de su identidad o pedían sucintas referencias a algún colega. El mundo del teatro era un reducido y selecto entorno, pese a su aparente amplitud y enormidad donde todo se sabía y nada pasaba desapercibido a la inquisitiva mirada de los principales actores y actrices o sus valedores, que sostenían soterrados duelos entre ellos por la primacía de la fama, siendo sus campos de batalla los proscenios de los grandes y pequeños teatros donde actuaban. Detrás de las bambalinas se libraban batallas de las que el público normalmente no tenía conocimiento y que decidían muchas veces la suerte de este o áquel artista. Era un terreno peligroso y sumamente resbaladizo, donde no solo bastaba con ser un excelente actor o actriz, si no que se debía ser un maestro en el juego de intrigas que tenía lugar tras los brillantes decorados y los coloridos escenarios, donde los actores escenificaban sus papeles poniendo a prueba sus talentos. Y Marjorie no tenía ni lo uno ni lo otro. Ni talento ni dominio de las intrigas palaciegas fruto de las enconadas rivalidades que surgían entre los actores y cuantos les apoyaban.
La mortificada mujer terminó por claudicar. Bajó la cabeza y se marchó gimiendo silenciosamente, pasando por delante de los dos hombres sin pronunciar palabra. Largas hileras de lágrimas abrían surcos en el maquillaje blanco de sus nacaradas mejillas. Terry intentó seguirla, pero Robert se lo impidió posando una de sus anchas y nervudas manos sobre el hombro de su primer actor y amigo antes que todo. Le observó con sus profundos ojos oscuros y negó enfáticamente con la cabeza.
-Déjala Terry. Ya no puede causarte el menor daño. Ya sabes que yo no suelo hablar más de la cuenta, aunque lamente tener que expresarme en el modo en el que lo he hecho, empleando tales términos, pero no me dejó otro remedio. No podía tolerarlo porque sabía que tú, dejándote llevar por tu bondad natural, no habrías hecho nada seguramente. De hecho, si me permites la observación, has estado muy digno en todo momento, demasiado cortés para alguien como ella. Hasta ahora no tenía pruebas de sus intrigas, pero ahora…ya sí. No me cabe duda alguna.
Terry asintió lentamente, reconociendo para sí, que se podían contar con los dedos de una mano las veces que Robert había lanzado una bravata o una advertencia vacía y hueca, o sin visos de verosimilitud tal era el poder dentro de los ambientes dramáticos estadounidenses, que el afable Robert, a menos que se le importunara, atesoraba entre sus manos. Una sola palabra o decisión suya podían hundir prometedoras carreras u otras que no lo eran tanto, y por ende, vidas con tan solo proponérselo, aunque afortunadamente Robert ejercía sabiamente ese poder. Y eso era algo que sabían muy bien cualquier actor o actriz, sobre todo aquellos que habían intentado hacer avanzar su carrera dramática perjudicando la de otros, tomando hatajos y anteponiendo sus intereses personales al de sus compañeros de reparto. Por lo que respectaba a Robert, tales tentativas y artimañas dentro de la compañía Strattford eran cortadas súbitamente de raiz antes de que ni tan siquiera consiguieran salir adelante si el oportunista no enmedaba su actitud de inmediato. Terry contempló a la apurada mujer que se perdió entre las calles de la ciudad, sin ni siquiera tender la vista atrás. No volvería a saber más de ella. Por un instante, sintió lástima por la frustrada actriz. Y por sí mismo. Las duras palabras de Marjorie habían tocado una fibra sensible en su ser, pero no deseaba separarse de Louise a la que había aprendido a amar, porque después de su duro desengaño con Candy, creyó por largo tiempo que no sería capaz de hacerlo de nuevo, aunque como bien había apuntado para su desgracia, la incisiva actriz, la hermosa joven rubia siempre estaría presente en sus pensamientos, probablemente para el resto de sus días.
104
Mark consiguió finalmente cumplir la siempre aplazada y escurridiza promesa que había realizado a su esposa, de procurarle una vida feliz y dichosa a su lado, sin más complicaciones que las derivadas de ver crecer a sus dos hijos y los altibajos de una anodina y tranquila existencia. A partir de ese momento, el iridium enmudeció definitivamente, quitando algún que otro y esporádico uso al que no tuvo más remedio que recurrir, como por ejemplo evitar que uno de sus hijos pereciese ahogado, un día que fueron a pasarlo en familia a orillas del mar en una playa cercana. Mark y Candy permanecieron juntos de por vida, amándose aun más cada día que pasaban juntos, llegando a alcanzar una avanzada edad. Cuando fallecieron prácticamente a la vez, dado que primero lo hizo Mark, y ella, incapaz de seguir viviendo, expiró al instante abrazada a él, los encontraron juntos, estrechamente unidos. Pese a que ambos eran muy ancianos, nadie fue capaz de separar ambos cuerpos, debido a la fuerza con la que se abrazaban el uno al otro. Finalmente su dolida y entristecida familia, decidió enterrarles juntos en una sepultura común. Según algunos testimonios, un par de rosas, una blancas y la otra de una intensa tonalidad roja, brotan de su sepultura y se entrelazan con fuerza, enroscando sus tallos con tal intensidad que hay que cortar ambas flores casi de raiz para desprenderlas, aunque al poco vuelven a nacer para unir sus tallos, sin espinas nuevamente y con mayor firmeza que antes.
El antiguo piloto John Manfred Locke, ahora retirado y entrando en una bien llevada senectud, visitaba la tumba de sus abuelos, mientras mantenía un respetuoso y quedo silencio. A su lado, una mujer mucho más joven que él, y con la que se había casado hacía algunos años contemplaba con ojos tristes pero serenos las rosas que se elevaban sobre la lápida de mármol con los retratos de Mark y de Candy, incrustados en la misma, de cuando aun eran jóvenes. Pese a la diferencia de edad, John y Sabrina se querían intensamente. Ni los años transcurridos ni el supuesto abismo de edad entre ambos, habían minado ni un ápice su matrimonio. Sabrina se había transformado en una elegante mujer de cabellos prematuramente grises. Todos aquellos meses de sufrimiento, anhelando el regreso de Mark, le habían pasado factura haciendo mella en la joven, hasta que conoció al aturdido y desorientado piloto, al que finalmente aceptó en su vida, ayudándose ambos mutuamente a superar sus fantasmas personales, lo cual no fue nada fácil en absoluto. John había acudido a visitar a sus abuelos poco después del tremendo y absurdo encuentro que había tenido con ellos, en las circunstancias más inusuales que pudieran llegar a imaginarse. Naturalmente, no reveló ni por un instante lo que había vivido unos años atrás en plena guerra, pero algo en la inteligente mirada de la anciana de ojos verdes y hebras plateadas, rodeada de sus numerosos nietos que jugaban en torno suyo, le puso sobre aviso de que algo intuía. John se enjugó los ojos con el dorso de su mano izquierda y su esposa hizo lo mismo, restregando algunas incipientes lágrimas con un pañuelo de tela.
-Cuando me lo contaste, en un arranque de sinceridad –dijo ella mirándole con ojos encendidos- pensé que me estabas tratando de la peor de las formas posibles, pero veo que no. Mi pobre hermano, al que amé sin esperanzas al final, encontró la felicidad que tanto ansiaba.
-Sí querida –dijo John respirando lentamente y apoyándose sobre el bastón con empuñadura de marfil que portaba, mientras se agitaba en el pesado abrigo oscuro que ceñía debido al frío de Noviembre. Aun era un hombre relativamente atlético, pero la edad empezaba a hacer sentir su influencia- y finalmente, así fue. De hecho, aun continúan amándose tanto, que esas dos flores –dijo señalando con su mano enguantada, a las dos hermosas rosas, blanca la atribuida a ella, y roja la que Sabrina pensaba que nacía de él, que se entrecruzaban uniéndose sólidamente la una con la otra- así lo atestiguan –concluyó la mujer con un sonoro suspiro.
La vida en casa de sus padres no había sido nada fácil para ella tampoco, hasta que logró independizarse conociendo a un desorientado y atribulado exmilitar que vagaba de un punto a otro, sin rumbo fijo, tratando de huir de una apabullante historia que le perseguía sin tregua.
John afirmó en silencio moviendo la cabeza. Había conseguido reconstruir la tremenda historia de sus abuelos, gracias al diario que un tal Maikel Parents, que debió de conocerlos muy bien, escribiera a modo de testimonio y guardado en la caja fuerte de una vieja mansión en desuso, que había pertenecido a los Anderson conocida como Lakewood y que su tía Marianne le confió, contándole una descabellada a la par que apasionante historia. Marianne encontró un día mi diario de casualidad, mientras hacía un inventario de todos los objetos y obras de valor que almacenaban polvo en las olvidadas y desiertas dependencias de Lakewood, junto a un viejo y herrumbroso lanzagranadas completamente destrozado y dividido en trozos. Mark lo había destruído a conciencia para no tener que volver a utilizarlo nunca más.
En cuanto a la egregia casona, hacía ya varias décadas que permanecía deshabitada. Casi se podía sentir aun, aguzando el oído y la imaginación, la presencia de la anciana tía abuela Elroy, fallecida años atrás, caminando con pasos solemnes y mesurados por los desangelados pasillos de mármol y los grandes salones vacíos, a excepción si acaso, de los muebles cubiertos por sábanas descoloridas, que solo acumulaban polvo y telarañas. Anthony y su familia se habían mudado a un edificio menos tétrico que la gran casona de Lakewood la cual permaneció silenciosa y vacía por mucho tiempo. Hasta Mermadon, que aun continuaba operativo pero con los achaques propios de su edad, que hasta un robot experimentaba, se habían retirado de allí. El robot continuaba junto a los descendientes más directos de Mark y de Candy, haciendo las mismas tareas que desempeñara para ellos y los Legan. Dicen que el robot permaneció silencioso por espacio de varios meses, cuando se enteró del repentino fallecimiento de ambos, permaneciendo inactivo y silencioso en un rincón, siempre que concluía sus labores, y que solo comenzó a hablar nuevamente, cuando una de las bisnietas de Candy, se lo pidió. La niña rubia, guardaba un asombroso parecido con su bisabuela y sus esplendentes ojos verdes parecieron devolver nuevamente a Mermadon, la ilusión que el robot había perdido.
Sabrina depositó una corona de flores sobre la lápida y musitó una breve plegaria. Entonces una voz cascada y triste sonó a sus espaldas sobresaltándoles ligeramente. Se giraron al unísono, y se toparon con un hombre muy anciano, centenario o puede que rebasara incluso el siglo de vida, que caminaba sosteniéndose sobre dos jóvenes, impecablemente trajeados, que le ayudaban con devoción. El viejo vestía un elegante traje negro de chaqueta y corbata. Pese a su apergaminada faz, y endeble apariencia aquel hombre desprendía un aura de respetabilidad, a la vez que de cercanía, particularmente notables. John se fijó en los intensos ojos verdes del anciano en los que ardía una llama de determinación.
-Fue el mejor amigo que un hombre pueda tener –dijo el anciano con una voz sorprendentemente clara para su edad, mientras sus dos nietos asentían con respeto.
-Y ella, ¡ah¡, ¿ que decir de ella ? –preguntó el hombre solemnemente y en tono evocador –fue tan hermosa como inteligente, tan fuerte como valerosa y dulce. Su abuela fue una dama sobresaliente, y una mujer verdaderamente excepcional, lo mismo que su abuelo.
El anciano sonrió tristemente y sentenció mientras observaba los altos y puntiagudos cipreses que sobresalían muy por encima, sobre la tapia del camposanto:
-Una flor como ella solo florece cada mil años –declaró emocionado.
John dio un respingo. Repasó sus recuerdos y una luz se hizo en su mente. A sus labios acudió un nombre que siempre estaba en boca de su tía Marianne.
-Usted…es…-hizo una pausa y añadió- Santo Cielo –exclamó el antiguo piloto militar sin poder contenerse llevándose una mano a la sien derecha -…es Haltoran…su mejor amigo.
-Así es señor, así es y le conozco a usted, gracias a mi sútil interés por la descendencia de mis queridos amigos y llorados amigos. Espero que no se lo haya tomado a mal, señor. –dijo el hombre acariciando su inexistente mata de pelo rojo ahora reemplazada por una prominente calva sobre la que destacaban algunos cabellos blancos y desperdigados, y sonrió, mostrando unas encías descarnadas y desprovistas de diente alguno. Pese a su decrépito aspecto el venerable anciano, continuaba conservando una notable vitalidad. Había enviudado recientemente, pero al contrario que le pasó a Candy, él permanecia aun en este mundo, aunque presentía que pronto se reuniría con su adorada Annie.
-El mejor amigo que un hombre pueda tener –repitió John con respeto. Haltoran caminó con paso vacilante hasta la sepultura asistido por sus nietos, y dejó sobre la misma un colgante con la cabeza de un águila, engarzada en una cadena dorada a modo de homenaje.
FIN DE HASTA EL ÚLTIMO CONFIN DE LA TIERRA
LIBRO III DE ALMA ATORMENTADA
EPILOGO
El terrible frío reinante hizo que se estremeciera hasta la médula de los huesos. Por doquier, en torno suyo y a la interminable hilera de espectros humanos que se perdía de un horizonte a otro, se alzaban las moles grises y destruídas de edificios a medio derruir, ennegrecidos por el fuego y el humo de las explosiones. Otros bloques de edificios se habían venido a bajo con estrépito y ya solo quedaban ruinas humeantes, despojos de lo que habían sido casas y hogares, atrapando en su interior a innumerables víctimas. Pero a nadie le importaba ya. A esas alturas de la guerra, tanto daban unos cuantos centenares o miles de víctimas más. Archie alzó sus ojos hacia el cielo oscuro donde se recortaban a contra luz las siniestras siluetas de bandadas de bombarderos que se dirigían a atacar al enemigo. El hedor de los cadáveres era insoportable y yacían por doquier, desperdigados sin que nadie se preocupara de enterrarlos o tan siquiera de recogerlos del suelo sembrado de escombros, de las destrozadas calles que mostraban a modo de idelebles heridas, los grandes cráteres abiertos en su atormentada superficie. Los silbidos de las bombas, el tableteo de las ametralladoras y los gritos e imprecaciones de los hombres, eran constantes junto a otros muchos sonidos que hacían que el ánimo, de los no familiarizados con tal horror, se sobrecogiera aterrado, porque los que ya lo estaban habían perdido hasta su capacidad de llorar.
El joven sacerdote notó como sus mejillas hinchadas y tumefactas le impedían casi articular palabra de lo abultadas que estaban. Sus párpados estaban tan abotargados debido a los golpes, que ya el mero hecho de dirigir sus ojos hacia arriba constituyó un tremendo esfuerzo para él. Le habían golpeado, acusándolo de colaboración con el enemigo y condenado a fusilamiento en juicio sumarísimo. Archie movió la cabeza tristemente. Al fondo, se divisaba una fuente emplazada en mitad de un parque arrasado, donde aun podían percibirse los troncos mutilados de árboles cortados de raiz y los columpios y los bancos hechos añicos desperdigados por doquier, debido a las explosiones de la artillería, como si la mano de un descomunal gigante hubiera hecho tábula rasa del otrora bucólico lugar. Las estatuas de varios niños cogidos de la mano, bailaban al corro en torno a lo que quedaba de la fuente, agurejeada y partida por la mitad, debido a la furia de los feroces combates disputados prácticamente casa por casa a lo largo y ancho de lo que había sido una industriosa y pujante urbe. Aquella lejana e irreal escena de paz, duramente contrastada frente a la descarnada realidad de la guerra, a Archie se le antojó una absurda y atroz broma, de tintes infinitamente crueles. Entonces una voz militar, una voz potente y atronadora restalló en sus oídos:
-Preparen armas! –tronó el hombre. Y como un siniestro eco, los cerrojos de veinte fusiles manejados por manos expertas en matar, respondieron al unísono, produciendo un característico y atronador sonido.
"Padre, -pensó Archie abatido- ¿ por qué los hombres tienen que incurrir en estos absurdos ? " –se preguntó desolado, el atribulado sacerdote.
Los soldados del pelotón apuntaron con precisión sus pesadas armas. Junto al joven religioso, varios desgraciados aguardaban su trágico desenlace, unos con resignación, como él, otros suplicando desesperadamente que les dejasen vivir, removiéndose frenéticamente tratando de liberarse de las ligaduras que los mantenían firmemente atados a los postes donde les habían aprisionado. Como una demoledora ola, las descargas de los fusiles del pelotón venían barriendo la fila de prisioneros, de derecha a izquierda. Los hombres iban desplomándose, unos tras otros en rápida sucesión, como si de un siniestro y macabro dominó se tratase.
-Apunten –volvió a sonar la descarnada y aullante voz.
-Padre, ¿ Acaso no hay esperanza para el hombre ? " – preguntó desesperadamente, esta vez, en voz alta.
Como antes, nadie respondió a sus dramáticos interrogantes. El esqueleto de un tanque yacía grotescamente panza arriba con el cañón y la torreta reventados por un impacto directo, detrás de los soldados. Algunos pájaros revoloteaban sobre ellos ajenos a la guerra, como si fuera un espejismo anclado en otro plano de la realidad.
-¡!Fuego!.
Un enjambre de balas furiosas le alcanzó a él y a sus compañeros haciendo que se contorsionaran en posturas imposibles y hasta grotescas. Archie sonrió y expiró casi al instante, bendiciendo antes al soldado que le había disparado, el cual sumamente impresionado por lo que había tenido que vivir, se ordenaría a su vez sacerdote, tras sobrevivir a la guerra tratando de expiar los remordimientos que le atormentaban día y noche.
Archie yacía junto a un montón de cuerpos aun palpitantes, con una sonrisa en el rostro y las manos entrecruzadas sobre el pecho asiendo su crucifijo, creyendo haber encontrado la respuesta a sus desesperadas dudas y súplicas.
FIN
