Hola!
Os dejo otro cap de este fic.
Lucy y Edmund se sintieron algo mareados tras haber viajado a través del portal que había creado Aslan. Edmund sacudió la cabeza para despejarse, pero Lucy no tenía tiempo para ello.
La joven observó a su alrededor mientras se ocupaba de esconder el espejo de Aslan en su abrigo. Estaban en una amplia y bonita plaza, con las casas blancas de tejados rojos, cuyos balcones estaban llenos de macetas de flores que, adormiladas por el invierno, esperaban el momento de florecer. Nevaba, pero el viento estaba quieto, y las nubes blancas tapaban el sol tímidamente, como si no estuvieran acostumbradas a hacerlo. No había mucha gente por allí, sólo unos cuantos transeúntes despistados que miraban a su alrededor con sorpresa.
Lucy ya iba a acercarse a alguno de ellos, pero su hermano se le adelantó. Le tocó el hombro y le indicó con un gesto de mano a una mujer de veintipocos años. Era muy hermosa y pálida, con los ojos de un extraño color violeta. La joven desconfió, recordando lo que Aslan le había dicho acerca de las lentillas y la belleza, pero Edmund la cogió de la mano y la arrastró hasta la mujer.
Ella los miró y sonrió de una forma que hizo que Lucy se estremeciera. La mujer dijo algo en un idioma que Lucy identificó como italiano.
-Disculpe.-dijo con una tímida sonrisa.- No hablo italiano.
-Oh, de acuerdo, pero no me tratéis de usted, me hace muy vieja.-replicó la mujer, ya en su propio idioma.- ¿Qué hacéis por aquí en este día de invierno? A los turistas no les gusta el frío.
-Bueno…-musitó Edmund, mirando a la mujer, extasiado.- No somos turistas exactamente. Puede… ¿puedes decirnos dónde estamos?
-En la magnífica Volterra.-la mujer sonrió ampliamente y les miró de forma extraña.- Ah, y perdonadme, soy Heidi.
-Yo soy Edmund y esta es mi hermana Lucy.-dijo este como un autómata.
-Veréis, hace mucho frío hoy. Los inviernos italianos no suelen ser así, no nieva y no se suele ocultar el sol.-Heidi se deslizó más cerca de ellos.- Vivo en el castillo de los que son algo así como los reyes de la ciudad.-rió levemente.- Me han enviado aquí fuera para rescatar a posibles turistas extraviados y a ciudadanos asustados por la nieve.-les guiñó un ojo.- ¿Y si venís conmigo al castillo a calentaros un rato? Seguro que os gustaría quedaros a comer, ¿cierto?
-La verdad es que…-empezó Lucy, deseando alejarse cuanto antes de Heidi.
-Claro, si no te importa…-la interrumpió Edmund.
-¡Fantástico!-exclamó la mujer, cogiendo a los dos del brazo.- Vámonos.
Lucy le dirigió una mirada asesina a su hermano, pero Edmund estaba demasiado ocupado observando a Heidi como para verla. Lucy sintió los celos corroyéndole el alma. "Ah, muy bien", se dijo para sí, "Vamos con tu nueva amiguita y que pase lo que tenga que pasar, y si es una vampira como dijo Aslan… es culpa tuya".
Lucy se soltó bruscamente de Heidi y se limitó a caminar a su lado, de brazos cruzados. Edmund la miró alzando las cejas, pero no dijo nada. Al poco llegaron a un castillo que, a pesar de tener un aspecto antiguo, estaba muy bien cuidado.
Entraron por lo que debía ser una puerta de atrás. Heidi les llevó a través de la recepción, donde una mujer sacudió la cabeza al verles pasar. Se encontraron en una amplia sala completamente vacía.
-¿Qué hacemos aquí?-inquirió Lucy, desconfiando.
-Oh, veréis…-Heidi rió cruelmente y les bloqueó la salida.- Yo os dije que os quedaríais a comer, pero tal vez se me olvidó comentar que la comida… sois vosotros.
-¿Qué quieres decir?-Edmund estaba perplejo.
-Que vamos a bebernos vuestra sangre.-a Heidi le brillaron los ojos.
-¿Vamos?-musitó Lucy.- Aquí sólo estás tú.
Heidi no respondió, porque en ese momento se abrió la puerta y entraron tres hombres apuestos de mediana edad. Dos de ellos les miraron con decepción, pero el tercero sólo les transmitió indiferencia.
-Heidi, ¿esto es lo único que has encontrado?-dijo uno con voz serena.
-Aro, las calles están nevadas y tanto ciudadanos como turistas está encerrados en casas y hoteles.-se disculpó Heidi, haciendo una mueca.- Bastante me ha costado ya encontrar a estos dos.
-Al menos es sangre joven.-indicó otro de ellos.
-La guardia puede ir a cazar a otros lugares.-comentó pensativamente Aro.- Pero Cayo, Alec y su hermana no pueden salir ahora, les necesitamos aquí.-advirtió al que había hablado.- Y no creo que se conformen con un humano para cada uno.-Heidi le miró rabiosamente.- Ah, y por supuesto, está Heidi, que supongo que tendrá hambre también.
-La solución es simple.-les interrumpió el último de ellos con voz aburrida.- Ellos no llevan mucho tiempo sin alimentarse, así que les bastará. La calidad de la sangre compensará su poca cantidad. Y Heidi, recuerda que esta misma mañana te has alimentado, hacerlo de nuevo sería un desperdicio, por mucho que te apetezca la sangre joven.
Aro la miró con reproche y dirigió la mirada hacia Lucy y Edmund, que estaban acurrucados en un rincón.
-Heidi, vete a buscarles y tráelos aquí.-se quedó pensando un instante.- No, mejor llévalos a la sala de tortura, seguro que ella estará deseando descargar su frustración, por no poder salir, con algún humano.-Aro sonrió levemente.
Heidi asintió y salió con la cabeza gacha, como una niña avergonzada. Aro miró a Cayo y se colocaron frente a la puerta:
-Marco, ¿podrías llevarles a la sala de tortura?-pidió amablemente Aro.
Marco asintió con desgana y les agarró con fuerza de los brazos, mientras los otros dos salían. Edmund y Lucy se debatieron para soltarse, pero Marco apretó su agarre sin ningún esfuerzo y les guió pacientemente hasta la sala de torturas. Luego les soltó allí: en una sala con unas cuantas sillas, un par de cuadros, y poco más. Lucy le miró:
-Si esta es la sala de torturas, ¿por qué no hay ninguna máquina de tortura?-le preguntó esperanzada.
-Pronto vendrá alguien mejor que una máquina de torturas.-respondió Marco sin ningún interés.
-No te preocupes, Lu, no ocurrirá nada.-la intentó calmar Edmund. Pero ella se limitó a alzar las cejas y a darle la espalda.
Esperaron apenas media hora, y entonces la puerta se abrió…
Entraron dos figuras a las que Marco observó con evidente placer e interés, contradiciendo a su anterior indiferencia. Avanzaron lentamente. Las dos llevaban capas negras, eran muy menudas, y se desplazaban cogidas de las manos.
-Por favor, mostraos.-exclamó Marco con una gran sonrisa complaciente.
Las figuras se bajaron las capuchas al mismo tiempo. Fue entonces cuando Lucy les miró atentamente y su corazón se puso a saltar despavorido.
Una de ellas era una joven de no más de quince años, más bella que cualquier persona que hubiera visto jamás, incluida Heidi. Se adivinaba que su cabello era rubio, a pesar de que estaba recogido en una apretada trenza. Sus ojos… sus ojos eran azules, y aunque la joven parecía querer esconderlos tras la negrura fingida de su alma, Lucy veía la hermosura de sus sentimientos luchando por escapar.
La otra figura era un muchacho de facciones exactamente iguales a las de la joven, debían ser gemelos. El muchacho la cogía de la mano tranquilamente.
Y entonces Lucy comprendió. Supo que, sin saber cómo, había encontrado a la joven que buscaba, pero algo en ella se resistía a creerlo. Para empezar, aunque había desentrañado el misterio del reflejo y demás, no comprendía aún lo de los ojos. A ella no le parecía que tener los ojos azules fuera incorrecto de ninguna forma. Sacudiendo la cabeza, apenas oyó lo que el muchacho decía:
-Marco, es un poco pronto para desayunar.-observó.
-Oh, Aro tenía la esperanza de que tu hermana querría torturarles un poco antes para descargar su ira retenida.-sonrió este.
-Realmente, ahora mismo no tengo muchas ganas.-suspiró la joven.- Es extraño. No importa, mañana se va casi todo el castillo de misión. Odio cuando está tan silencioso. Mañana ya les torturaré.
-¿Podrían quedarse aquí hasta mañana?-inquirió el muchacho.
-No veo grandes inconvenientes.-respondió Marco.
El joven asintió levemente, y junto a su hermana se deslizó fuera de allí, cerrando la puerta suavemente con un chirrido que imitó la desesperación de Edmund y Lucy. Marco les observó desinteresadamente, y Lucy aprovechó:
-Disculpe.-musitó.- ¿Cómo se llamaban ellos?
-Supongo que, dado que pronto moriréis, no importará demasiado que os lo diga.-indicó alzando las cejas.- Él es Alec y ella es Jane.-Lucy dio un respingo.- No penséis que son humanos y que por ello os van a ayudar. Aunque sus ojos sean azules, un curioso misterio que no hemos logrado desentrañar, son vampiros.- Marco suspiró distraídamente y les miró.- Bien, me voy. Pasad buena noche, mañana no duraréis mucho.
Marco pasó tranquilamente junto a ellos y salió antes de que ninguno de los dos pudiera hacer nada, cerrando con llave cuidadosamente. Lucy enterró el rostro entre las manos y se echó a llorar. Jane, a pesar de ser sin duda alguna la joven que estaba buscando, no parecía tener mucha paciencia o ganas de escuchar, así que ella estaba casi segura de que no iban a conseguirlo. Edmund rodeó suavemente los hombros de su hermana pequeña. Y los dos se dispusieron a esperar hasta el día siguiente.
