Esta es la primera historia que publico aquí, espero que os guste. Inspirada en el vídeo "Hilo Rojo" del cual me declaro enamorada (?)

Disclaimer: Hetalia no me pertenece, si lo hiciera, sería un drama trágico (aunque con finales felices (?); )y nadie, ni siquiera yo quiere que eso pase. Y el vídeo tampoco es mio.


Aspetterò per tutta l'eternità

Llovía, y a él no le gustaba la lluvia. Se encontraba a salvo, bajo techo, pero Italia se entristecía al ver las gotas de agua caer del cielo. Le traían recuerdos de tiempos pasados; quizá no mejores, pero sí más felices, más inocentes. Porque esa joven y tímida nación que insistía en unirse con él (ella) y volver a formar el Imperio Romano, que le cuidaba cuando estaba enfermo (enferma), le ayudaba a cocinar si Hungría no estaba cerca (pues el joven sentía demasiada vergüenza, demostrar de esa manera su cariño a la joven (el joven) Italia, pese a ser algo conocido por todos), que la consolaba cuando lloraba, asustada (asustado), por la lluvia y la tormenta; ya no volvería.

Sacro Imperio Romano se había ido. Y, con él, su promesa.

Feliciano siempre lo supo y fue consciente de ello. Por eso lloraba todas las noches, procurando que ni Austria ni Hungría se enterasen, si bien nunca supo exactamente por qué lo hacía. Quizá fuera para respetar los torpes intentos de Sacro Imperio Romano de ocultarle a los mayores su amor. Quizá no.

Y, sin embargo, y por absurdo que pareciera, él nunca perdió la esperanza. Le había prometido que le esperaría, y le esperaría por siempre.

Y su paciencia se vio recompensada.

Porque, aunque había perdido sus recuerdos, aunque su aspecto había cambiado ligeramente, aunque su nombre no fuese el mismo, el hilo rojo que había unido sus destinos hacía siglos y que había desaparecido con Sacro Imperio Romano, había vuelto.

Feliciano lo supo la primera vez que le vio (reencuentro), y su alegría fue tan inmensa que no le importó que le apuntase con su arma y le amenazase, no le importó que le secuestrase y, de hecho, no intentó huir (deseaba lo contrario, deseaba quedarse con él, a su lado, y no marchar jamás). Lo cierto era que no soportaría quedarse solo de nuevo. Separarse de él otra vez.

Dejó de llover y, como si se tratase de algo automático, los pensamientos sobre el pasado se alejaron y fueron sustituidos por el presente. El italiano alzó la cabeza ligeramente del gatito que ronroneaba en sus brazos y observó a Alemania, quien lo ignoraba inconscientemente, centrado como estaba en su lectura.

Y un hilo rojo se encontraba anudado a su meñique. Igual que en el del italiano.

Porque Sacro Imperio Romano había cambiado de aspecto, nombre y había perdido sus recuerdos. Porque Feliciano había esperado paciente durante decenas de años que recordase los momentos quizá no mejores, pero sí más felices, más inocentes previos a su partida. Porque le había esperado mucho tiempo.

Pero Feliciano sabía (oh, sí, lo sabía) que le seguiría esperando, que seguiría esperando que cumpliese su promesa.

Qué le esperaría por toda la eternidad