Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé
CAPÍTULO I: GÉNESIS
El sol se va poniendo con lentitud, perdiéndose tras la línea que traza el final de este mar turquesa que observo, extasiado por la sobrecogedora sensación de libertad que me embarga. Creo que es la primera vez en mi corta existencia que soy libre, completamente libre y eso me supera. No sé como lidiar con ello, es extraño, pero es así.
Estoy de pie, sobre el alto acantilado de abrupta roca erosionada por siglos de lucha continua contra los elementos. Las olas golpean con bravura las paredes de sólida piedra, irguiéndose orgullosas para estrellarse fuertemente contra esta muralla infranqueable, dejando tras de sí, un halo de espuma blanca que rasga el azul cristalino del agua.
Levanto la mirada, pero no registro nada y mi pensamiento se hunde en el recuerdo, en este mismo lugar, en el preciso instante en que todo comenzó. Una presión comprime mi pecho desde la boca del estomago, ascendiendo rauda hasta la garganta, dejando a su paso un sabor amargo. ¡Angustia! Y no quiero experimentarla, porque no tiene sentido que esté ahí, ya no.
Cierro los ojos y todo vuelve a mi mente con absoluta nitidez. Como si tan sólo hubieran transcurrido unas horas, como si el tiempo ralentizara su perenne correr. Soy Vegeta Ougi, príncipe de los saiyajins y poco podía imaginar que aquel día era el principio…
"El emisario de Lord Freezer llegó al campamento justo después de la batalla. Cuando aún la sangre fluía de los cadáveres desmembrados, calentando la carne sin vida de los caídos en la lucha. Pronto el rigor hará su aparición, enfriándolos, inundando la atmósfera del olor putrefacto de la muerte. Sé lo suficiente de la guerra para saber que entonces el aire será irrespirable, por eso he ordenado armar las piras cuanto antes. El fuego, se encargará de borrar cualquier vestigio de lo sucedido y las cenizas de los caídos se escamparan sobre esta tierra baldía, en el ciclo eterno y constante de la vida. Siempre ha sido así
Rompo el sello que lacra el pergamino que me ha enviado: "Mi Señor". Con una calma aparente, que está lejos de ser real, estudio el contenido del mismo. Frunzo el ceño, releyendo otra vez entre líneas. Apenas puedo creerlo, tengo que volver a Hyogen, "…inmediatamente…" Mi mano se crispa nerviosa, estrujando fuertemente el papel entre los dedos, mientras el desconcierto hace mella en mi cerebro que trata de enfocar el significado de la misiva. La rabia bulle por dentro, haciendo más difícil la reflexión e impidiendo hilvanar un pensamiento coherente.
Me giro alejando mis pasos del mensajero, antes de que el pobre infeliz, pague con su vida la ira que me concome por las noticias de las que es portador. El hedor penetrante de la sangre, acompaña mis pasos mientras camino entre cuerpos inertes, que en ocasiones tengo que apartar con los pies, trayendo a mis oídos el chapotear de las botas sobre los charcos tibios que tiñen de rojo mis huellas. Nada de eso me afecta, he aprendido a ignorar. Tan sólo pienso en encontrar a Nappa y prepararme para la partida.
Lo atisbo a lo lejos, buscando entre los muertos, supervisando las tareas de limpieza. Apenas me presta atención cuando me ve llegar. Absorto en sus pensamientos. Lo conozco lo suficiente para saber que está evaluando los resultados del combate, haciendo un sencillo cálculo metal.
Finalmente reacciona mirándome.
—Hoy hemos sufrido muchas bajas. —Anuncia con la calma que da la costumbre—. Aunque ellos llevaron la peor parte. —Pasa los ojos a su alrededor—. Uno de los nuestros, por tres de lo suyos.
Recorro con la vista los despojos escampados entorno a mí que cubren una vasta extensión de terreno y sé, que si fuera posible contar las victimas, éstas le darían la razón.
—Tenemos otros problemas. —Desvelo volviendo al asunto que me ha llevado hasta él—. Me mira inquisitivo. Adivinando por la inflexión de mi voz que se trata de algo importante—. He recibido órdenes. Lord Freezer, me manda regresar inmediatamente a: Shakkotsu. —Hago una pausa para dejar que asimile mis palabras, más continuo hablando antes de darle tiempo a preguntar nada—. No tengo idea de qué se propone, no da más detalles en su escrito. —Atajo.
Lleva su mano a la barbilla y extiende los dedos pulgar e índice sobre ésta, dejando cada uno a un lado de su bigote, al tiempo que alza una de sus cejas. Su mirada se pierde sin dificultad por encima de mi hombro. Es mucho más alto y corpulento que yo, incluso su calvicie se alía con él, acentuando aún más sus músculos.
Se decide a hablar, lo hace despacio, como si hubiera hecho un gran esfuerzo en su reflexión. Soy consciente de que es así.
—¿Para qué querría verte ese reptil justo en este momento? —Pregunta nervioso—. Esto no me gusta, no me gusta nada. No es normal.
—Vernos. —Corrijo con rapidez—. El mensaje es claro. Yo debo partir inmediatamente y tú, debes seguirme en cuanto puedas dejar el campamento en manos de Dororia.
Lo veo esbozar una mueca de contrariedad, para seguidamente, curvar sus labios en una sonrisa burlona.
—En ese caso —dice—, creo que tendré que retrasar mi viaje. —Estalla en una carcajada—. ¡Pasarán semanas antes de que ese inútil pueda hacerse cargo de nada!
—¡No es momento para bromas! Podemos estar en problemas y el sarcasmo no nos ayudará en esto.
—No pretendía ser una broma. —Y recupera su semblante serio—. Constato una realidad. ¡Con Dodoria al mando perderemos esta guerra en apenas unos días! —Angosto los ojos mirándolo fijamente y basta sólo ese gesto para que cese en su empeño de irritarme. Me conoce demasiado bien y percibe claramente que no debe ir más allá, no en el estado de nervios en que me encuentro—. Me pondré a ello enseguida. —le oigo decir al fin —, y te seguiré en cuanto sea posible. Mañana, a más tardar pasado.
—Bien, entonces dejo todo bajo tu control. Voy a ensillar mi caballo, cuanto antes me vaya mejor.
Le doy bruscamente la espalda y encamino mis pasos al campamento. Apenas he avanzado unos cuantos metros, cuando le oigo.
—Vegeta. —me grita. Me vuelvo hacia él y veo la sombra de la preocupación cruzar su rostro—. Ten cuidado. —Murmura entre dientes.
Asiento con la cabeza.
—Nos vemos en unos días. —Respondo retomando mi camino.
Nappa tiene razón, dejar a Dodoria al mando es un error que retrasará, sino el final de la guerra, si el de este asedio. Yo lo sé, y estoy convencido de que Freezer también lo sabe, quizás por eso todo resulta tan insultantemente inquietante…"
El sol se oculta lentamente entre los confines de un cielo que se pinta de rojo por el influjo del ocaso. Contemplo como los últimos rayos de luz desaparecen entre las primeras sombras de la noche. Hubo un tiempo en que mi corazón también palpitó en la oscuridad.
Evoco aquellos días, en que la esperanza se extravió entre las tinieblas que asolaron nuestra plácida existencia. Ahora, albergo la creencia de que todo estaba escrito y que nuestros pasos recorrieron, ineludiblemente, un camino trazado por el caprichoso destino.
Soy Kakarotto, hijo de Bardok. Goku, el saiyajin que creció en Chikyuu y por más que busco en mi memoria, no logró alcanzar a ver cómo, podía en ese momento adivinar, que todo había comenzado a cambiar…
"Mi caballo galopa, aplastando a su paso la hierba de verde intenso que cubre los bordes del camino. Las torres del castillo se vislumbran ya a lo lejos, erguidas, orgullosas. Con sus pendones azules ondeando al viento, enmarcados por las altas montañas coronadas de nieves perpetuas que conforman la línea del horizonte.
La respiración se acelera ante la visión del que considero mi hogar; porque eso es Chikyuu para mí. No en vano mi vida ha trascurrido en esta tierra desde los tres años, desde el día que mi padre decidió enviarme aquí, tratando de alejarme de la guerra que por aquel entonces libraban los saiyajins con los tsufurs.
Las imágenes de aquel momento están gravadas a fuego en mi memoria. Es curioso cómo a pesar de la cortedad de edad, a pesar de no ser más que un niño que apenas levantaba un palmo del suelo, puedo rememorar con claridad lo acontecido y revivir las sensaciones que me abrumaron aquella noche.
Aún veo la espalda ancha de mi padre, a la que me aferraba desde hacía horas para no caer de la grupa del caballo que cabalgaba demasiado deprisa; oigo el sonido de los cascos sobre el sendero farragoso, siento el tacto del viento cortando mi cara, el olor de la tierra mojada por la lluvia y la sal de mi propio llanto, derramándose por las mejillas hasta alcanzar los labios.
Recuerdo, qué a punto estuve de perder el equilibrio cuando detuvo el trote, tirando fuertemente de las bridas, arqueando un poco su cuerpo hacia atrás. Parsimoniosamente descabalgó y durante largo rato extravió la vista en las mismas torres que ahora yo contemplo, y que la luna iluminaba en la lejanía. Se giró al fin y asiéndome de la cintura me depositó en el suelo, llevando una rodilla a tierra para intentar quedar a mi misma altura, sin conseguirlo. Inclinó la cabeza hacia delante y noté su palma abierta sobre mi hombro, mientras que, con su mano libre levantaba mi cara por la barbilla.
Hipé tratando de contenerme y sequé las lágrimas con el reverso de la mano, esforzándome por mantenerme firme. Quería que él se sintiera orgulloso de mí. Revolvió mi cabello, alborotándolo por un instante, aunque éste se resistió, adquiriendo de nuevo sus picudas formas sobre mi cabeza.
—No llores. —Me dijo—. No debes llorar. ¡Eres un saiyajin! —Y su voz no fue severa como en otras ocasiones, había cierto deje de amargura, cierta rabia contenida que yo solamente podía adivinar entre la oscuridad que nos rodeaba—. Eres un saiyajin. —Repitió arrastrando las palabras. Sus ojos reflejaban la misma dignidad de siempre pero su mano apretó mi hombro con suavidad—. Sangre de guerreros audaces corre por tus venas. El valor debe acompañarte siempre; allá donde vayas, planta cara a tus enemigos. No olvides nunca tu origen. Que nadie diga jamás que vio lágrimas resbalar por las mejillas de Kakarotto, hijo de Bardock.
El silencio nos rodeo, roto sólo por el sonido de la lluvia que seguía cayendo. Irguió su figura imponente frente a mí, tomó las riendas, puso uno de sus pies en el estribo y montó de nuevo.
—Camina en línea recta hacia el castillo. —Ordenó señalándolo en la distancia; giró, espoleó el caballo y se perdió rápidamente entre las sombras.
Eso fue todo. Ni tan siquiera una vez volteó para mirarme, o quizás lo hizo y yo no pude percibirlo en la penumbra.
No he vuelto a verlo, no sé si sigue vivo, o como la mayoría de los de míos, fue aniquilado. Nunca volvió a buscarme y nunca lo busqué. De él me queda: el vivo recuerdo de aquella noche y el eco de sus palabras.
Sacudo de mi cabeza estos pensamientos. Hace tiempo de todo, diecisiete años ya, y no sé porque ha venido justo ahora a mi memoria. Quizás el peligro de una guerra cercana me ha hecho revivir las vivencias de aquella otra guerra de la infancia.
Miro a mí alrededor. Yamcha cabalga junto a mí y Gyumaō lo hace justo delante. Éste último, ha sido el encargado de la negociación como: general del ejército de Chikyuu y enviado especial de su majestad.
El tratado que el rey debe firmar es un misterio para todos nosotros. No sabemos que exige el tirano a cambio de preservar un poco de la paz que en los últimos tiempo nos ha sido arrebatada.
Gyumaō no ha comentado nada al respecto, simplemente se limita a encoger los hombros ante nuestras preguntas y a mirarnos a través de ese casco, rematado por dos cuernos, que le cubre los ojos. Presiento sus pupilas centellear con furia y la mandíbula, se aprieta visiblemente a pesar de la poblada y corta barba que adorna su cara. Cuentan historias terribles de su pasado, relatos de viejas para asustar a los niños. Supongo que carga en sus espaldas los errores de una juventud ajetreada, pues jamás he logrado entrever en su sonrisa afable un sólo resquicio de las atrocidades que se le atribuyen.
Sé que se siente abrumado por las noticias, lo supe en el mismo momento en que acabaron las conversaciones; cuando salió de aquella tienda que habían armado en medio del campamento y a la que, sólo él y el emisario de Lord Freezer, tenían acceso. A pesar de su rostro semicubierto parecía haber envejecido en unas horas, sus labios no se curvaban hacia arriba, simplemente se dibujaban inmóviles, tensionados por la presión de los dientes al chocar fuertemente. Pero fue su cuerpo, esa mole inmensa de músculos y carne que le confiere el aspecto de un gigante, él que me dio la pista definitiva. Era como… no puedo explicarlo… como si hubiera menguado. Quizás la espalda un tanto encorvada o el hecho de tener la cabeza gacha, encajada entre sus caídos hombros, producían ese efecto óptico.
Ahí, los nervios si se anudaron en mi estomago, no he logrado dormir bien desde entonces y el desasosiego ha ido haciendo mella también en Yamcha. Pero debemos esperar, porque mi general tiene razón cuando dice que nadie debe saberlo antes que el rey.
La gente que encontramos a nuestro paso, levanta los ojos curiosos hacia nosotros, todos son conocedores de la misión, al menos nuestro regreso presagia que no todo está perdido, que aún queda una remota posibilidad. El hecho de volver vivos lo demuestra. Y no puedo evitar imaginármela plantada frente a una de las ventanas, con la impaciencia impresa en su rostro, esperando nuestra llegada.
Demasiados días sin verla, sin presentir su presencia, sin la ansiedad habitual de encontrarla en cualquier momento. No importa que haga años que la conozco, que ella sea mi confidente, mi amiga, mi maestra. Nada es importante excepto la piel erizándose por efecto del roce más sutil, la falta de oxigeno en mis pulmones, el sudor de mis manos o la voz que nunca acaba de brotar.
"¡Te he echado de menos, Bulma!"
Tanto, que ni tan solo en los escasos momentos de sueño, he logrado sacarte de mi pensamiento. Porque siempre estás ahí. Siempre conmigo.
Me sorprendo ante las fluidas palabras que soy capaz de hilar. Lastima que, invariablemente, se perderán mucho antes de abandonar mis labios y como tantas veces, me conformaré con esbozar una sonrisa a la que ella corresponderá sincera."
El sol se pierde entre los primeros vestigios de una luna que anuncia su presencia y miró ensimismada la muerte del astro en el horizonte, y el lento renacer de su eterna compañera. Así, al igual que ellos, nosotros morimos y nacemos incesantemente en nuestra corta vida. Yo sucumbí mil veces para resurgir entre las sombras, como el sol resucitará mañana.
Los recuerdos no dejarán jamás cicatrizar las heridas de mi alma, estarán siempre latentes, presentes en mi mente porque ya forman parte de mí. Ellos soy yo. Un escalofrío recorre mi cuerpo, al evocar aquellos aciagos días y miro al hombre que se encuentra a mi lado, y pienso que no me importa. Pequeño es el precio que tengo que pagar por tenerlo y ¡mil veces más moriría para lograrlo!
Mi nombre es Bulma Briefs, heredera de Chikyu; el más hermoso de los lugares y poco podía imaginar aquel día, al final del otoño, que todo comenzaría a cambiar…
"Sentada en el alfeizar, observo a través de los cristales como el sol de esta tarde otoñal tiñe de dorado las hojas secas de los árboles. Más allá de los bosques, mi mirada se pierde en el verde manto de la pradera. La hierba retoma los colores brillantes que las primeras lluvias han hecho renacer. Adoro la vista que mi ventana me regala, adoro la tierra que contemplo, el lugar que me vio nacer.
Pero hoy, no estoy simplemente deleitándome con el paisaje que se ofrece ante mis ojos, y eso puedo percibirlo en la manera persistente en que miro al horizonte, buscando, esperando inquieta la silueta de los jinetes recortándose en la lejanía.
La sombra de la guerra planea sobre nuestras cabezas. El avance del imperio de los Cool, se cierne sobre nosotros como una amenaza velada largamente anunciada. Hace días que se fueron con la misión de negociar la paz. Partieron con la esperanza de poder frenar la marcha implacable de un ejército, cuya crueldad inspira la peor de las pesadillas en los niños, y la más dolorosa de las realidades en los adultos.
Chikyuu no es un pueblo de guerreros. Nunca lo ha sido. No nos gusta la lucha, preferimos cultivar otro tipo de artes. La ciencia, la artesanía, la orfebrería y sobretodo la metalurgia. ¡Ahí radica el problema! Ha sido precisamente ésta última la que nos ha puesto en el ojo de mira del tirano.
Los soldados no ganan por sí solos una batalla, no sin buenas armas con las que ofrecer resistencia a su oponente.
Hyogen teme una alianza con sus enemigos. Sabe, que eso no cambiaría seguramente el curso de las cosas, pero si retrasaría su inminente victoria y la guerra podría prolongarse durante años. Es por eso que ha desplegado parte de sus tropas en nuestras fronteras y no nos ha dejado otra salida más que intentar llegar a un acuerdo.
Resulta irónico pensar que aquello que ha provocado la posibilidad de una invasión sea, al mismo tiempo, lo único que puede librarnos de ella.
He discutido con mi padre acerca de esto. Vendernos es nuestra última salida para escapar del conflicto y de una invasión segura. Pero no dejo de pensar en el derramamiento de sangre que esta decisión provocará. Los tormentos que infligirá, un ejército de asesinos que se alimenta de los gritos desesperados de los caídos, del dolor de los supervivientes que logran escapar a la orgía de destrucción que acompaña cada batalla.
"—Entregar nuestras armas lo hará invencible y, tarde o temprano, incluso Chikyuu caerá bajo el manto de sus dominios. —le digo—. ¿Qué obtendremos de rendirnos al enemigo? —Y mi voz es una súplica velada, un ruego, un último intento de hacer que entienda.
Él me mira a los ojos, creo que comprende bien como me siento, quizás porque mis pensamientos son los mismos que rondan desde hace días en su cabeza.
—Tiempo, hija mía. Tiempo. —Me contesta tristemente.
—¿Tiempo para qué? —Pregunto con desesperación.
Reflexiona antes de hablar; a pesar de conocer bien la respuesta. Perdiéndose en la desesperanza de sus palabras.
—Para esperar un milagro…"
Y justo en ese instante he logrado comprender la cruda verdad, porque tiene razón y tan sólo un milagro podría salvar a aquellos que, como a mi pueblo, les espera un aciago futuro bajo el yugo opresor de Lord Freezer.
Una nube de polvo en la distancia me devuelve a la realidad. Ninguna noticia ha llegado desde que se fueron. Nadie, ni tan siquiera mi padre, es conocedor del rumbo que han tomado las negociaciones. Y mientras las trompetas anuncian la proximidad de los jinetes mi pecho se alivia con su vuelta. ¡Están vivos, están aquí!"
Miró por última vez a través de la ventana, sin dejar de preguntarme por nuestro destino, y antes de dirigirme atropelladamente a la puerta, ruego en silencio por una esperanza."
"He oído lo que hablaban los habladores, la fábula del principio
y del fin,
Pero yo no hablo del principio ni del fin.
Nunca hubo más principio que ahora,
Ni más juventud y vejez que ahora,
Ni habrá más perfección que ahora,
Ni más infierno ni cielo que ahora."
(Hojas de Hierba. Walt Whitman)
Chikyuu: Tierra
Hyogen: Hielo
Shakkotsu: Cubito
Hasta aquí el primer capítulo. Poco que comentar, como siempre prefiero saber vuestra opinión.
Gracias de nuevo a mi querida Midory por el beteo.
Según Plutarco: "La fortuna no está hecha para los sillones: para alcanzarla, antes que mantenerse bien sentado hay que correr tras ella".
Así que sólo desearos una buena carrera en mi ausencia… Nos vemos en la meta.
Hasta pronto…
