Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé
CAPITULO III: SACRIFICIO
Mi padre me ha hablado alguna vez de los saiyajines, de esa raza extinta e indómita, de la sangre guerrera que corre por sus venas, del fulgor fiero en sus pupilas ante la posibilidad de una batalla.
Ahora, por primera vez, eso adquiere significado para mí.
—¡En ese caso iremos a la guerra! —Lo oigo exclamar, quebrado el silencio.
El eco de esta afirmación impacta violentamente en mi cerebro, perdiéndose en los recovecos del mismo. De momento no puedo pensar en nada, aturdida por el colérico matiz de sus palabras.
Lo miro sobresaltada y mi turbación aumenta al percibir la dureza de sus siempre amables facciones. "¿Dónde está Goku?" Me interrogo segura de que el hombre en el que fijo la vista, dista mucho de ser el que conozco.
La voz de ThenShinHan se alza vehemente llegando hasta mis oídos.
—¡Tiene razón! No podemos de ningún modo aceptar las condiciones de ese gusano. —Y camina hasta situarse junto al saiyajin, cuyos ojos negros siguen velados por la ira—. ¡Tenemos que pelear!
Krilim y Yamcha levantan sus rostros y la duda parece disiparse de los mismos. Imbuyéndose de la determinación de sus compañeros, ambos, adelantan un paso con determinación, dando claramente a entender del lado de quién están.
Mi padre y Gyumao contemplan la escena, apesadumbrados, mirándose mutuamente. Quizás son los únicos que alcanzan a entender el verdadero significado de todo. La experiencia es una pesada losa y ellos hace tiempo que dejaron atrás la irreflexiva juventud. Los años les hacen comprender lo que el resto se niega a ver.
—En este caso la guerra no es una posibilidad. —Dice Gyumao clavando la vista en ellos. —No cuando no tenemos ninguna opción de victoria.
—¡Eso no lo sabes! —Exclama exaltado Goku, que parece haber vuelto de nuevo al mundo de los vivos.
—Es lo que tiene la edad… —Contesta murmurando por lo bajo, sorprendido por la dureza de su respuesta—. Te hace saber mucho más de lo que te gustaría.
—¡No somos unos cobardes! —Grita airado, traspasando por primera vez los respetuosos límites que le unen a su general.
—Nadie ha puesto eso en duda. —Es mi padre él que intercede. Hace un corto silencio—. Lo que Gyumao intenta explicar es que la valentía no nos ayudará contra el ejército de Freezer. Declarándole la guerra estaríamos arriesgando el futuro de Chikyuu. La sangre de muchos inocentes será derramada inútilmente en el campo de batalla.
—¡No permitiré que se lleve a Bulma! No mientras pueda empuñar mi espada. —Y es tal la resolución que puede leerse en él que un halo de esperanza inunda a todos los presentes—. ¡Rendirnos, no es una posibilidad en estas circunstancias!
—¡Nos uniremos a Namekusei! —Prorrumpe de nuevo decidido ThenShinHan—. Aún no han sido derrotados. Si nos aliamos con ellos tendremos una oportunidad.
—Namek sufre el asedio de Hyogen hace meses, sus tropas se encuentran muy debilitadas y dudo que puedan resistir mucho más tiempo. —Explica Gyumao dolido por el cariz que están tomando los acontecimientos. Esto no resulta fácil para él—. Ayudarlos significa declarar la guerra a Lord Freezer y no hay que olvidar que sus hombres ya están desplegados a orillas del Antei. La invasión será inmediata.
—El Antei se helará en apenas tres semanas. —Es la primera vez que Krilim habla. Su voz es tranquila, casi un bálsamo para mis oídos. Todos voltean la cabeza para prestarle atención—. Bueno... —reflexiona tímidamente mirando sus botas— …sabéis que la capa de hielo será sólida pero no demasiado gruesa. —Alza la vista—. Ningún ejército podrá salvarla sin que se quiebre, de hecho nadie podrá. Eso los obligará a desplazarse hacia el sur para poder cruzar. Si logramos engañarlo hasta entonces, ganaríamos algo más de tiempo.
—¡¿Crees que Freezer no lo sabe? —Contesta el general con desesperación. —Precisamente por eso sus enviados estarán aquí en pocos días. ¡No hay nada que podamos hacer! —Y hay cierta impotencia en sus palabras. Es un hombre valiente, acostumbrado a no rendirse nunca. Arrodillarse ante el enemigo y agachar la cabeza no es su estilo. Y sin embargo, en esta ocasión lo está haciendo. Poniéndose incluso en evidencia ante los demás. Tiene que hacerlo. Es su deber.
—En ese caso, debemos prepararnos para lo peor. —Declara Goku. De nuevo me fijo en él. La tensión de sus poderosos músculos se adivina en la rigidez de su cuello y en sus puños, apretados con tanta fuerza que pienso que, de un momento a otro, comenzarán a sangrarle las palmas de las manos—. Porque no voy a rendirme.
El silencio se hace eco, una vez más, entre rostros expectantes. Todos han dado su opinión pero ahora es el rey, que parece sumido en la más profunda de las reflexiones, él que debe pronunciarse. Las arrugas de su frente se acentúan por el esfuerzo, está tomando seguramente, la decisión más difícil de todas.
De él dependen demasiadas cosas, demasiadas vidas, demasiadas esperanzas y siento como propia, la pesada responsabilidad que ha recaído sobre sus hombros.
—No puedo entregar a mi hija. —Dice al fin en un susurro amargo y mira a Gyumao antes de proseguir. Éste baja sus ojos al suelo y asiente imperceptiblemente con la cabeza—. Mandaré un emisario a Namekusei, ofreciéndoles una alianza.
Veo como una sonrisa satisfecha adorna el semblante de Goku que vuelve a adquirir el mismo aspecto despreocupado de siempre. En cambio, hay tanta inquietud en el de mi padre, tanto remordimiento. Acaba de arriesgar el destino de Chikyuu y lo ha hecho por mí y sé que la culpa lo atormenta, y también sé que no debo permitirlo. No debo.
Mi corazón late desenfrenado en un vano intento de que el escaso oxigeno que insuflo en mis pulmones llegue a todo mi cuerpo. La caliente ira se escampa, vertiginosa, en mí. Nunca he sentido la rabia como en este preciso momento. No quiero estar aquí, no quiero escuchar las voces de los que tengo a mi alrededor, no quiero observar la ansiedad en sus caras, pero, por sobre todas las cosas, no quiero volver a ver ese miedo en sus iris azules.
Todos hemos mostrado nuestras cartas y ahora, aguardo impaciente por una decisión que se me hace eterna."¡Es su padre! Tiene que velar por ella", me convenzo, tratando de calmar la angustia pero, enseguida me asalta la duda. "¿Y si no lo hace? ¡Es el rey!" Y de nuevo la furia burbujea en mi sangre. No importa, pienso. No voy a rendirme.
—No puedo entregar a mi hija. —Dice al fin y lo veo mirar Gyumao antes de proseguir. La vergüenza, me golpea al recordar el modo en que me he enfrentado a él, mis duras palabras que no merecía en absoluto—. Mandaré un emisario a Namekusei, ofreciéndoles una alianza.
Alivio. Eso es lo que experimento mientras normalizo mi respiración y mi cuerpo se relaja. Abro y cierro las manos repetidamente tratando de desentumecer los dedos y mi mandíbula, agarrotada por la tensión, se afloja permitiéndome esbozar una vaga sonrisa mientras la estancia vuelve a dibujarse a mi alrededor.
Suspiro. Ya ha pasado todo.
—¡No lo permitiré! —Oigo de repente. Vuelvo instintivamente la cabeza hacia la voz. Me había olvidado completamente de ella. Ha salido de su escondite y camina decidida hasta nosotros. Sus pies apenas rozan el suelo y su rostro es una amalgama de emociones encontradas.
Se detiene frente a su padre que enarca una de sus cejas desconcertado. En realidad, todos están sorprendidos por su repentina aparición, incluso yo. Éste da un paso al frente y, sobreponiéndose al estupor, le regala una mirada de reproche.
—¿Qué haces aquí, Bulma? —Articula serio, a la vez que consternado—. No recuerdo que hayas sido invitada a esta reunión.
Ella clava en él sus pupilas, que titilan con rabia.
—Precisamente por eso, tengo que andar ocultándome en mi propia casa como una vulgar espía. —Le reta, censurándole al tiempo el hecho de que haya decidido ignorarla—. ¿Acaso no soy digna de tu confianza? —Pregunta altiva.
El rey baja sus ojos apesadumbrado, sin resistir el certero golpe que acaba de encajar.
—No se trata de eso. —Murmura dubitativo.
—¡¿Ah no? —Cuestiona—. ¿Entonces de qué se trata? —Interroga de nuevo, segura de no obtener respuesta. Pasa la vista sobre cada uno de nosotros y noto la fuerza de su reproche—. Estáis decidiendo mi futuro y ni tan siquiera os habéis tomado la molestia de consultarme. Así que dime, padre. —Hace una pausa y vuelve a fijar su mirada en la menuda figura del monarca—. ¡¿Qué tengo que pensar?
De nuevo ese incomodo silencio. Ninguno quiere responder, ahora que, seguramente, la culpa taladra individualmente la conciencia. No entiendo porqué diablos tengo que abrir la boca pero, sin poder evitarlo, oigo mi voz.
—Tan sólo tratamos de hacer lo más conveniente. No es justo que debas… —intento explicar. Ella me enfrenta, enfadada. No se mueve pero bajo el peso de su escrutinio agacho la cabeza y enmudezco repentinamente.
—¡Justicia! ¡¿Habláis de justicia? —Se revuelve furiosa contra mí. ¡Tenía que haberme callado!—. Entonces dime: ¿Es justo que mi vida valga más que la de mi pueblo? ¿Es justo que miles de inocentes paguen por preservarla? ¿Es justo arrastrar a Chikyuu a una guerra en la que no existe la posibilidad de la victoria? Porque eso es lo que acabáis de decidir y no lo permitiré.
Alzo mi rostro. La ira regresa de nuevo en violentas oleadas y quiero gritarle que sí. Que es justo. Que su vida vale para mí más, mucho más. Que incluso está por encima de la mía propia. Las palabras se niegan a brotar de la garganta. Aprieto los puños con desesperación, con impotencia. Ella se aproxima y me observa, dulcemente. Porque me conoce, porque sabe que estoy a punto de estallar.
—Goku. —Susurra tratando de calmarme—. Sé que intentas hacer lo mejor para mí, pero no puedes cambiar las cosas. —Mi nombre en sus labios es un suave alivio—. No dejaré que nos arrastres en esta locura. —Me olvido de todos y es ella lo único que percibo alrededor. La neblina de la furia se disipa lentamente bajo el aura de su presencia—. No deseo ver cómo mueren aquellos que quiero y sé que tú tampoco lo deseas. Déjame hacer lo correcto.
Nuestras miradas se encuentran.
Sólo ella y yo.
Exige comprensión y es, precisamente en este instante, cuando tengo la certeza de que he perdido, que no hay nada que pueda hacer. Sencillamente asiento con la cabeza ante su irrevocable determinación.
—Bien. —Dice sonriéndome con infinita ternura. —Quiero hablar a solas con mi padre. —Pide volviendo la vista al rey.
Con una reverencia nos disponemos a abandonar la sala del trono.
Triste, derrotado, consciente de su sacrificio, consciente de mi perdida.
Apenas si he tenido tiempo de asearme y cambiarme antes de ser llamado a su presencia. Al parecer el maldito reptil tiene prisa por desvelarme sus intenciones. ¡Mejor! Sea lo que sea necesito deshacerme de los nervios con que la ignorancia me castiga. Ya tengo suficiente con cargar la pesada losa de mi propia angustia.
¡Resulta agotador estar en lucha constante contigo mismo!
Recorro con lentitud los pasillos oscuros. La llama de las antorchas dibuja entre las sombras fantasmagóricas figuras a mi alrededor y el eco de los lamentos acompaña cada uno de mis pasos.
Nunca caminas en silencio en Sakottsu.
Los alaridos se filtran por las grietas de la fortaleza, desde las mazmorras situadas en los cimientos, donde jamás llega la luz y el salitre y el moho de las paredes acaban contagiando la piel de los pobres desdichados que son enviados allí.
El basalto amplifica el sonido, recordando a todos los que moran entre estos muros la efímera frontera que nos separa de la muerte, porque eso es lo que piden los gritos que reverberan en mis oídos.
Una cínica sonrisa aflora en mis labios.
"¡Infelices!"
No saben aún que ésta nunca llega enseguida. Los verdugos se encargan de torturar primero a las victimas, sin tregua, disfrutando del insoportable dolor que infligen. Pasarán muchas horas antes de que alguien los libere de su tormento y sonreirán, al igual que yo, cuando la vida se agote porque habrán rogado por ese instante muchas veces.
Me detengo ante una puerta enorme de doble hoja que parece fuera de lugar. El color dorado de la misma y la riqueza de la madera labrada destacan entre el resto de sencillas entradas que se abren en los corredores. Hay dos guardas frente a ella que ni tan siquiera se inmutan por mi presencia. Respiro profundamente y golpeo con los nudillos. No obtengo respuesta. Vuelvo a golpear y finalmente se abre dándome paso.
Parpadeo y tardo en acostumbrarme de nuevo a la luz. Es extraño. En apenas unos segundos tengo la sensación de haber viajado a otro lugar. Un oasis en medio del mar, con el rumor de las rompientes olas llegando hasta mis oídos. A través de los ventanales que conforman la pared del amplísimo vestíbulo, se filtran los últimos rayos del sol que, lentamente, desaparece tras el horizonte.
—Milord os está esperando en los jardines. —Dice con una reverencia el esclavo encargado de recibirme. Uno de los tantos seres anónimos que habitan en el castillo.
Lo sigo entre los costosos tapices y las molduras áureas de los techos. Las cálidas alfombras que cubren el suelo de pulido granito negro amortiguan el roce de mis botas. Cada vez me noto más inquieto. No es habitual que Lord Freezer te reciba en sus aposentos privados.
Un lugar destinado sólo para él, su harem y sus infortunadas esposas.
El capricho de un tirano.
Pocos son los que han podido contemplar estos jardines que, desde una impresionante columnata, se extienden sobre el océano en terrazas escalonadas a distinto nivel. La exuberante vegetación crea cientos de rincones escondidos entre fuentes y estatuas y se dice que no existe especie vegetal en este mundo que no se encuentre plantada aquí.
Muchas noches he logrado burlar la vigilancia, me gusta perderme entre el pequeño bosque de bambú, en la última terraza, tumbarme junto al arroyo artificial, sobre la hierba, al resguardo de miradas indiscretas, con la brisa acariciando mi piel y el olor del mar. Nappa cree que resulta estúpido arriesgar tu vida por disfrutar de algo así. Pero merece la pena, siempre la merece.
Lo descubro esperándome a la entrada del atrio. Mi corazón se acelera. No es miedo, sino repulsión. Su sola visión revuelve mis tripas, me asquea su presencia, me exaspera. ¡Si supiera cuanto lo odio!
En la distancia clavo mis ojos en él. Creo que lo sabe, es más, creo que su odio es tan acérrimo como el mío.
Es la curiosidad, lo que siempre le ha impedido acabar conmigo. Soy su creación. La arcilla que intenta moldear a su antojo. Puedes hacerlo añadiendo simplemente agua, pero en cuanto ésta se seca, endureciéndose, ya no hay manera de dar marcha atrás y tienes que volver a mojarla. El problema es que yo, a diferencia de la arcilla, apenas soy permeable. Supongo que algún día se aburrirá de jugar. Pero de momento, sirvo a sus propósitos y le entretengo. Por eso sigo vivo.
Me detengo ante él e inclino mi cuerpo en una reverencia que me da el tiempo necesario para cubrir mi rostro con la consabida máscara de la sumisión.
—Milord. —Saludo tratando de que mi voz suene natural y no como el gruñido que estoy deseando articular.
—Vegeta. —Responde en ese siseo meloso que detesto.
Me alzo al fin y procuro mantener el mentón bien alto. Eso aporta dignidad a mi figura y restituye parte de mi orgullo. Resulta incomodo, pero no importa. Sé que aborrece que lo haga. Así que, simplemente, me doy el gusto de irritarlo.
Frunce el ceño y comienza a caminar bajo los arcos sustentados por columnas de mármol, conmigo a su lado.
—Tienes mal aspecto. —Comenta jocoso sin detenerse, apenas mirándome—. ¿Qué tal el viaje?
—Largo pero sin contratiempos. —Contesto escuetamente.
—¿Y cómo van las cosas por Namekusei? —Interroga con despreocupación.
Pienso qué si me ha hecho venir a toda prisa hasta aquí para preguntarme algo que ya sabe, es que, una de dos: O quiere provocarme hasta que pierda definitivamente el control y trate de ahogarlo o, sencillamente, está dando un rodeo antes de llegar al fondo de la cuestión.
Opto por la segunda opción. Llevo demasiado tiempo tratando de mantenerme a flote, para ahora hundirme por una estupidez. Carraspeo antes de responder.
—Bueno, como ya debéis saber por mis anteriores informes. —Hago una pausa para dar a este punto la importancia que merece—. Los Namekianos están resultando un hueso duro de roer. Llevamos meses asediándolos y todavía no se han rendido. Creo que mantienen la esperanza de que Chikyuu acuda en su ayuda.
Una horrible carcajada escapa de su garganta.
—¡Pues tendrán que seguir esperando! —Exclama con ironía.
En un acto reflejo, enarco una de mis cejas ante su reacción. El asunto no debe ser tomado a broma y me sorprende enormemente que lo haga.
—Si eso llega a ocurrir. —Reflexiono en voz alta—. Tendremos serias dificultades. Sé que hemos desplegado parte de nuestras tropas frente a su frontera, pero no podemos fiarnos de ellos. Deberíamos atacarlos.
—Chikyuu, no es un pueblo guerrero. —Contesta serio. Olvidando la risa
—Lo sé, pero tienen armas. —Y un escalofrío recorre mi cuerpo. El recuerdo de lo acontecido con Vegetasei se hace latente en mi mente—. No debemos subestimarlos.
Se detiene de pronto, clavando en mí sus rasgados ojos que se empeña en delinear con una gruesa raya negra; acentuando, aún más, el blanco de los mismos. Las pupilas se dilatan hasta alcanzar el tamaño de su pequeño iris, de un marrón tan particular, que semeja rojo. Sabe lo que estoy pensando y frunce sus labios.
—De todas formas, ya me he ocupado de ello. —Revela finalmente, transformando su mueca en una malévola sonrisa. —Precisamente por eso estás aquí.
Comienza a andar y yo tras él. No entiendo a que se refiere con sus palabras y la incertidumbre me está matando. Pero por nada del mundo voy a rebajarme a preguntar. Seguimos caminando en un tenso silencio. Forma parte del ritual él que ninguno de los dos quiera dar su brazo a torcer. Al fin, se detiene bruscamente y me encara malhumorado.
—Veo que no eres un hombre curioso. —Me reprocha, escrutándome con enojo. Sabe que ha perdido. Tarda en volver a hablar y otra vez su rostro adquiere un aire perverso que hace que me estremezca ligeramente—. No importa, eso es una cualidad. —Capto la ironía—. Dejaré de todos modos que seas el primero felicitarme por mi inminente boda. —La sorpresa es tan grande que ni tan siquiera puedo tratar de disimularla. Ríe satisfecho ante mi reacción. —En unos días, Chikyuu firmará un acuerdo para suministrarnos armas. ¡Es lo mínimo que puede hacer el rey por su futuro yerno! —Una carcajada escapa de su cuerpo y no sé si es, mi cara de incredulidad o la idea de su matrimonio la que provoca la misma. Dedico un breve pensamiento a la pobre desdichada. Cruel es el destino que le espera, prisionera por siempre de estos muros. Su pregunta me hace volver a la conversación—. ¿Y? ¿No te alegra la noticia?
—Por supuesto. —Logro balbucear al fin.
—Sabía que no me equivocaba al escogerte. —Asiente complacido—. He decidido que seas tú quién tenga el honor de recoger a mi nueva "esposa". Mandaría a Zarbon pero no me fío. ¡Capaz de intentar enamorarla y arruinar mis planes! —De nuevo su risa atrona mis oídos. Me uno a él tratando de fingirme divertido por la ocurrencia. Nada más lejos de la realidad. Poco a poco se calma, liberándome de la tortura de tener que reírme como un imbécil—. Bien, —me mira de nuevo serio— partirás con el tratado en cuanto llegue Nappa. Asegúrate de que lo firman y vuelve aquí con esa mujer. ¿Podrás hacerlo? —Cuestiona cáusticamente tratando de ofenderme—. O "¿es demasiado complicado para ti?"
La bofetada a mi orgullo es dolorosa y tardo más de lo deseado en responder.
—Sin problemas, Señor. —Contesto con una voz, que tiembla por la rabia.
—Veremos. —Le oigo murmurar entre dientes sin dejar de observar cada una de las reacciones que intento contener.
Una sombra aparece junto a una de las puertas que se abren al atrio rompiendo la tensión del momento. Miro de soslayo y apenas si adivino el desnudo cuerpo femenino, bajo una vaporosa y transparente túnica, que se esconde rápidamente al percatarse de nuestra presencia. Él también se ha dado cuenta, puedo percibirlo en el brillo lascivo de sus ojos.
—Discutiremos los detalles más tarde. —Dice con cierta precipitación, agitando su mano delante de mí—. Puedes retirarte. —Al parecer en estos momentos humillarme ha dejado de ser su prioridad.
Me inclino en una reverencia y le doy la espalda, caminado hacia la salida mientras siento sus pupilas hundiéndose como dagas venenosas sobre mí, atravesándome con un odio tan intenso que, incluso puedo palparlo alrededor. Me tenso esperando lo peor, finalmente, oigo el rumor de sus pasos alejarse en dirección contraría.
Con un poco de suerte pasarán varias horas antes de que me llame de nuevo.
En el silencio, mi padre levanta la vista hacia mí para volverla a clavar nuevamente en el suelo. Se encamina con lentitud hasta el trono y se sienta, aferrándose con fuerza a los apoyabrazos del mismo, tratando de estrujar la madera entre sus dedos. No me mira, sus pequeños ojos, cuyo azul he heredado, se pierden más allá de lo que nos rodea.
Observo afligida su confusión, la pena que está desgarrando su alma, la misma tristeza que yo siento en estos momentos.
Me aproximo a él y me dejo caer a sus pies, acunando mi mejilla en su regazo como cuando apenas era una niña. Su mano descansa de pronto sobre mi cabello que acaricia con infinita ternura. Contengo las lágrimas, sé que no debo llorar. Trago gruesamente para suavizar mi garganta antes de hablar, cualquier quiebro sólo hará que aumentar la angustia que siente y eso es algo que debo evitar a toda costa.
—Papá. —Susurro ténuemente, segura de no poder engañarlo en un tono más alto—. Todo va a salir bien. No hay de qué preocuparse. —Y trato de sonar tranquila.
Su cuerpo se tensa y su mano aprieta aún más la madera mientras la que sostiene sobre mi cabeza cesa en su caricia.
—No sabes de lo que dices. —Declara en un débil murmullo—. No conoces a Freezer, no conoces Sakkotsu. —Sé que está al borde del llanto y mi corazón se aprieta un poco más. No puedo responderle, no enseguida. Una especie de gemido se alza en el silencio—. ¡¿Qué clase de hombre ni tan siquiera puede salvar a su propia hija? —Exclama—. ¡¿Crees que ella, me perdonaría robar tu felicidad? —Y su puño se cierra sobre los temblorosos labios.
Cierro los ojos un instante ante la clara alusión a mi madre, muerta años atrás. Es doloroso el recuerdo. Me incorporo, quedando de rodillas para poder mirarlo fijamente. Noto las lágrimas acumularse y aprieto los párpados para contenerlas. Tomo su cara que evita mis ojos a toda consta, obligándole a enfrentarme.
—El mejor hombre de todos. —Y ahora no puedo evitar que mi voz se quiebre, pero ya no importa—. ¡El mejor de todos! —Repito vehementemente—. Aquel que enseño a su hija que la supervivencia de su pueblo no tiene precio, aquel que me insufló la fortaleza suficiente para tomar esta decisión, aquel que me inculcó que la felicidad no puede sustentarse en el sacrificio de otros—. Respiro y hago una pausa tratando de calmarme. No puedo verlo así—. Ella lo entiende. —Afirmo sonriendo tristemente. Lo suelto y vuelvo a recargar mi mejilla en su regazo—. Lo entiende. —Aseguro en un siseo apenas audible.
Siento de nuevo su mano sobre mi cabello, y ni tan siquiera soy consciente del rato en que me mantengo así, junto a mi padre; consolándonos mutuamente en el silencio, pues las palabras ya no son necesarias para apaciguar el dolor, para aceptar la realidad.
"¿Has oído que está bien ganar la batalla?
Yo afirmo que perderla está bien, las batallas se pierden con el
mismo coraje con que se ganan."
(Hojas de Hierba. Walt Whitman)
Shakkotsu: Cubito
Hyogen: Hielo
Chikyuu: Tierra
Bien, hasta aquí el capítulo tres. Siento decepcionar a aquellos que pensaron y desearon que Vegeta fuera el elegido…Como siempre aquí estoy, dispuesta a contestar a sus preguntas, si es que las tienen…
Soy consciente de que este fic puede desconcertar un tanto al principio. La mayoría de lectores se aburren en el prólogo o en el primer capítulo, por eso hoy quiero dar las gracias, en primer lugar, a quienes le están, al igual que yo, dando una oportunidad. ¡Gracias a todos los lectores que se mueven entre las sombras!
Gracias también a Midory por el beteo, por confiar en esta historia y animarme a continuar. Gracias a NOMICA y Marby18 por sus reviews y por su apoyo.
Para los que se pregunten por el título aclarar que "Ab imo pectore" literalmente significa: "Desde lo profundo de mi corazón"
Fue Schopenhauer quién dijo: "El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos". Así que, sólo me resta, desearos buena mano en la partida de esta semana
Hasta pronto…
Me olvidaba, en la anterior actualización, aún no entiendo muy bien como, cambió el rated del fic. Para el próximo capítulo, volverá a la M inicial, donde siempre debió estar. No lo hice en éste porque preferí avisar primero.
