Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé

CAPÍTULO IV: RENACER

La noche se ha cernido sobre mí, sin apenas percatarme de ello. Es tarde para ir a ver Bulma. Lástima, me hubiera gustado compartir unos momentos junto a ella, quizás porque tengo la certeza que dentro de muy poco, eso ya no será posible. Noto como mi cuerpo se tensa al dibujar este razonamiento y trato de relajarme; "Eso no va a suceder", me digo. La sola idea de perderla se hace insoportable. "No se puede perder lo que no se tiene", reflexiono y aunque resulte cruel, ésta es una verdad que no puedo negarme a reconocer.

Me descubro en medio del patio de armas, inconscientemente he encaminado mis pasos hacia aquí, el lugar desde donde puedo ver su ventana. Levanto la vista hacia ella y sé que no esta allí. No trato de sondear mi mente en busca de una respuesta, algo que me haga comprender la confianza con la que me dirijo a los talleres, donde estoy seguro de encontrarla. Mientras camino arropado por el manto de la oscuridad, divago con la idea absurda de que todo esto no sea más que un mal sueño; una pesadilla de la que pronto despertaremos para volver a nuestra tranquila vida de siempre Y me armaré de valor para decirle lo que tanto tiempo he callado y podré tenerla entre mis brazos, y estos la asirán seguros y será como si nada hubiera pasado.

Frunzo una sonrisa amarga en mis labios y saboreo la hiel de estos pensamientos. Eso jamás sucederá. No ante la realidad inmutable que nos rodea.

Atisbo a ver una luz escapar entre las rendijas de la madera y asomo mis ojos por la fina hendidura de la puerta entornada. El corazón se acelera y la sangre comienza a fluir demasiado deprisa.

Ella está allí, sentada frente una mesa destartalada. La lámpara de aceite sobre ésta, ilumina sus facciones entre las sombras en un juego de claroscuros asombrosos. Parece un ángel. Mi ángel. Sostiene el pincel delicadamente, moviéndolo con precisión y muerde abstraída su labio inferior, en ese gesto tan suyo que la hace irresistible. Ha trenzado su melena y algunos mechones escapan de la misma, cayendo desordenadamente sobre la frente despejada. Ni tan siquiera se ha percatado de mi presencia y continua absorta, concentrada en el delicado trabajo, ajena totalmente a todo lo que la rodea.

Con cautela me acerco, mirando por encima del hombro lo que la tiene tan ensimismada. Es una empuñadura forrada de cuero negro, en la cruz se inserta un medallón de plata sobre el que ha cincelado dos dragones entrelazados, que encajan representando el Tao. El Yin es de color azul y el Yang, todavía por acabar, de color rojo.

—Sé que tú eres el azul, pero dime ¿quién es el rojo? —Pregunto en voz baja para no asustarla.

Ella levanta la vista clavando sus pupilas directamente en mí. He errado al pensar que no sabía que estaba aquí, ahora me doy cuenta de que hace rato que lo sabe. Una amplia sonrisa se delinea en sus labios. No es una sonrisa alegre, es más bien una de aquellas de compromiso que se transforma con rapidez en una mueca triste. Debo haber fruncido el ceño ante ese gesto, porque enseguida dulcifica su rostro.

—¿Cómo sabías donde encontrarme? —Interroga curiosa.

—¡Oh! Ha sido difícil, no vayas a pensar. ¡Llevo horas buscándote! —Ironizo.

Ríe ante mis palabras y su semblante se ilumina divertido.

—Supongo que soy demasiado predecible para ti.

Sonrío.

—No has contestado a mi pregunta. —Insisto

Desvía la vista a la empuñadura y su cara adquiere una expresión reflexiva. Se hace un silencio incomodo y no sé donde está pero sé que no es aquí, junto a mí.

—No existe el rojo. —Dice al fin, apesadumbrada—. No existirá nunca. —Y esta afirmación es pronunciada en un susurro triste que apuñala mi pecho dolorosamente.

Por unos segundos, las palabras se hacen innecesarias.

—De todas maneras es magnífico. —Digo rompiendo la tensión que flota en el ambiente.

—Sí, lo es. —Sentencia. Vuelve la vista al medallón con ambas figuras y una de sus manos se cierra sobre el cuero de la empuñadura, levantándola hacía mí—. Pruébala. —Dice ofreciéndomela.

Puedo rozar sus dedos cuando la tomo entre los míos y ese simple contacto hace que un escalofrío baje por mi espalda. Aprieto la mandíbula, tratando de contener las sensaciones que me recorren. No es sencillo, pero siempre lo logro, aunque he de reconocer que cada día se me hace más difícil, más tedioso.

Dibujo una mueca de sorpresa y corto el aire trazando varias figuras con la espada imaginaría.

Es ligera, mucho.

—¡Vaya! —exclamo—. No sólo es apariencia. ¿De qué está hecha? —Pregunto cortando el aire con el filo inexistente.

Ella me sonríe de nuevo. Y esta vez, es una sonrisa sincera.

—Es una nueva aleación. La hoja es del mismo material y la ensamblaré pasado mañana, por eso tenía que terminarla esta misma noche. Ya no me queda tiempo. —Un deje de amargura reverbera en su voz.

—¿Resulta resistente? —Interrogo curioso, moviéndola, al tiempo que simulo un enfrentamiento con un rival imaginario, blandiéndola con decisión, atacando y retrocediendo ante las embestidas invisibles de mi supuesto contrincante.

—Más que el acero. —Contesta mientras observa entusiasmada mi particular combate. Me detengo mirándola incrédulo—. Llevo más de un año trabajando en ello. —Explica—. Esta espada resistirá el embate de la tuya en una lucha sin problemas. Con la diferencia de que a mí me costará la mitad de esfuerzo que a ti sostenerla. ¡Al fin podré ganar nuestro próximo encuentro!

—Eres un caso, Bulma. —Río entre dientes—. ¿Tanto esfuerzo sólo por vencerme? ¡No creo ser merecedor del mismo!

—Nunca subestimes lo que es capaz de hacer una mujer por triunfar. —Dejo escapar una sonora carcajada y ella se une a mí jocosa—. ¡No te reirás tanto cuando mi espada atraviese tu corazón! —Dice sin dejar de reír.

Y en ese momento pienso si se habrá dado cuenta de cuán absurda resulta su afirmación. Ella hace tiempo que atravesó mi corazón y no necesitó un frío metal para eso. Bastaron sus ojos azules, su rostro sereno y esa sonrisa que ahora esboza mientras me mira con dulzura.

—Es tarde. —Digo devolviéndole su empuñadura—. Vamos, te acompañaré a tu cuarto.

—Aún tengo que terminarla. —Responde, tomándola de entre mis manos para volverla a colocar sobre la mesa.

—Pareces cansada. —Y basta observarla para saber que soy sincero en esta afirmación—. Mañana tendrás tiempo de hacerlo.

Ella me mira resignada y asiente con la cabeza.

—Está bien, pero con una condición. Tendrás que hacer algo por mí.

—Lo que quieras. Siempre y cuando no se trate de compartir la comida. —Bromeo.

El sonido de su risa resuena de nuevo alegre a mi alrededor.

—Prométeme, que me darás la oportunidad de probar mi espada contigo cuando esté terminada.

Tomo sus manos entre las mías y la ayudo a incorporarse al tiempo que contesto.

—¡La hiciste para poder vencerme! Cuando esté lista, lucharemos. Pero eso no será esta noche, así que vamos.

Ella se cuelga del brazo que le ofrezco recostando la cabeza sobre mi hombro y caminamos hacia la puerta. El calor de sus mejillas atraviesa mi kimono hasta llegar a la piel y pienso lo cerca que estamos el uno del otro, sonrojándome. Cierro por un instante los ojos para deleitarme en su aroma y ralentizó mis pasos, consciente de que es lo único que puedo hacer esta noche para prolongar el momento.


Amanece. Por la pequeña abertura exterior de mi habitación, demasiado pequeña para poder ser considerada una ventana, se filtran los primeros rayos de un sol que despierta en la mañana. A través de la misma, pierdo la vista en el romper sereno de las olas, en la línea que el agua traza sobre la arena negra que absorbe la espuma con lentitud.

A veces deseo ser como el mar sobre la playa y que el mundo diluya la tierra bajo mis pies, dándome la oportunidad de desaparecer. Pero eso no sucederá.

¡Él nunca me dejará escapar!

Cierro los ojos a la ligera brisa, preguntándome cuánto tardará Nappa en aparecer y liberarme de esta forzada espera; y me adentro de nuevo en la penumbra, contemplando los muros entre los que me encuentro prisionero, los mismos que pude ver el primer día que llegue aquí. Extenuado por el largo y difícil camino, intruso en un mundo que no conocía, aterrorizado frente a un futuro, hoy pasado, que estaba por venir.

Aborrezco este sitio que lacera mi memoria. Cada una de las grietas, cada muesca en la piedra guarda un recuerdo doloroso, una humillación, un desgarrón en mi orgullo. Quizás, la animadversión radique precisamente en eso, en encontrarme ante el último vestigio del niño que un día fui, del niño que no volveré a ser nunca.

Nada en esta vida me atormenta tanto como este lugar. La angustia es casi insoportable, espesa, concentrada; y si tuviera que decidir un primer momento, ese segundo en que mi espíritu infantil se quebró para siempre, sé, exactamente, cual sería mi elección.

Y no es como sí pudiera evocar los detalles con precisión, pues muchos se confunden en mi pensamiento, quedando relegados a un rincón tan profundo del mismo, que han perdido el camino de regreso. No sabría decir, por ejemplo, si era de día o de noche, si era otoño o verano, apenas si vislumbro los rostros a mi alrededor.

¡A excepción del suyo! Que se presenta ante mí con precisión, como si apenas hubiera transcurrido el tiempo.

Fue la primera vez que vi las entrañas de Shakkotsu, la primera vez que vi en que puede convertir a los hombres, la primera vez que supe en que me iba a convertir a mí.

"Nos detenemos ante la puerta, tan sólo la reja tras la misma, la diferencia de las demás. Ésta, se abre para dar paso a una escalera de caracol estrecha que desciende con demasiada pendiente a las mazmorras. El final no es visible desde aquí, la luz de las antorcha sobre las paredes apenas llega a los escalones y el aire trae rumores indescifrables.

Lord Freezer ha regresado de su campaña contra los Tsufurs. Según me explicó, antes de marchar, considera una obligación vengar la muerte de mi padre, su aliado, su "amigo". Las tropas de Hyogen no llegaron a tiempo para la última batalla y ante la falta de apoyos, los saiyajins sucumbieron finalmente al enemigo.

Ahora, me ha mandado llamar, tiene algo importante que comunicarme y pienso, con la inocencia que da la edad, que tal vez podía haber escogido otro lugar para hacerlo.

A medida que nos adentramos en las profundidades, los rumores se vuelven verdaderos alaridos, gritos espantosos que sobrecogen el alma. El agua, rezuma por las paredes excavadas en la roca y la humedad hace transpirar la piel, empapando, poco a poco, las ropas, saturando la atmósfera y dificultando enormemente la respiración.

Tras el último recoveco, la escalera se abre a un pasillo oscuro con una entrada al fondo. Los carámbanos de salitre cuelgan de los techos en espectrales formaciones entre las sombras y el calor comienza a ser sofocante.

Una rata enorme huye despavorida por nuestra presencia y su cola serpentea perdiéndose con rapidez en la penumbra. Los balbuceos incoherentes y los lamentos retumban en la piedra, envolviéndome. Trago gruesamente y me obligo a no mirar a mi alrededor, pero no puedo evitar fijarme en las manos implorantes que se asoman entre los barrotes mohosos de las celdas que bordean el corredor.

Son blancas, muy blancas y entonces me doy cuenta de que la sal se ha adherido a la piel de los que se encuentran allí; y me pregunto cuánto tiempo hace desde la última vez que pudieron inhalar aire limpio o ver la luz del sol. Acelero el paso y aguanto la respiración tratando de ignorar el olor de podredumbre, algas y excrementos ante el que mi estomago se revela, violentamente, dejando escapar varias arcadas.

Al fin logro alcanzar la puerta, pero la visión que se ofrece ante mis ojos no ayuda demasiado a que el color vuelva a mis mejillas. Sentado en un sillón de terciopelo rojo, que está totalmente fuera de lugar, y con una modesta copa de plata entre las manos, Freezer, contempla ensimismado el cuerpo desnudo de un hombre, arrodillado, con los pies prisioneros en un cepo y las muñecas sujetas por grilletes a una argolla que cuelga del techo.

Está siendo fustigado sin piedad, con una cadencia lenta, dejando que el dolor de cada golpe anticipe el siguiente. El chasquido del látigo sobre la carne provoca un sonido blando y la piel de la espalda salta en jirones a su contacto. No hay gritos, apenas un gruñido y eso es un alivio.

Cierro los ojos un instante, mareado. No soy del todo conciente del horror que me rodea pero no soporto el hedor que impregna ya mi cuerpo y a estas alturas, respirar se ha convertido en toda una tortura.

"Mi pequeño príncipe ya está aquí". —Dice melosamente al percibir mi llegada—. Ven acércate, quiero mostrarte algo.

Trato de caminar erguido, de superar las nauseas y ruego por que la niebla se disipe en mi mente y cuando quiero darme cuenta mis temblorosas piernas han logrado llevarme hasta él. Justo en ese momento me percato de la presencia de Dororia a su lado. Me estremezco. No había vuelto a verlo desde que me trajo aquí. Sus ojos se clavan burlones en mí, desvelando la impaciencia de lo que está por llegar.

Freezer da un trago a la bebida que sostiene, paladeándola largamente, con un imperceptible gesto indica al verdugo que cese en su trabajo y el látigo deja de sacudirse en el aire con un último siseo.

¿Conoces a este hombre? Pregunta prestándome atención.

La voz se niega a salir de la garganta por lo qué, con la cabeza gacha, hago un gesto de negación.

Deberías mirarlo antes de responder. Dice sarcástico. Aún sin verlo, estoy seguro de la sonrisa que se perfila en sus labios. Se levanta y apura la copa que arroja a un rincón de la sala, estrellándose contra el suelo en un tintineo metálico. Recorre la distancia que lo separa de su victima y se detiene. Hace un corto silencio antes de volver a hablar. Sé que me está observando—. ¡Hazlo!Ordena imperativo alzando la voz—. ¡Míralo!

Aprieto los labios y tardo un poco en obedecer, finalmente, levanto la vista. Aún en el supuesto de que supiera de quién se trata, estoy seguro de que me sería imposible de reconocer ese rostro informe, desfigurado por los golpes y desencajado por la tortura.

Y bien. Se impacienta—. ¿Lo conoces? —Interroga de nuevo sin dejar de estudiar cada una de mis reacciones.

No. Respondo en apenas un murmullo audible. Frunce el ceño enojado, pero con asombrosa rapidez, recompone su semblante y ladea los labios, mordaz. Agarra al pobre infeliz por su cabello, obligándolo a mostrar completamente su cara y en ese momento me doy cuenta del porqué la ausencia de gritos. La lengua y los dientes han sido arrancados y la sangre reseca, se acumula alrededor de la boca resbalando en gruesos goterones, ya secos también, por su barbilla.

Pues déjame informarte de que te encuentras ante: Kumquat, el caído rey de los Tsufurs. ¡El asesino de tu padre! ¡El responsable de que tu pueblo, haya sido aniquilado!Lo suelta asqueado y sacude de su mano el mechón de pelos arrancados. Se aproxima, rodeándome hasta quedar justo a mi espalda. Ceso de respirar un instante cuando se inclina y siento su aliento sobre uno de mis oídos - No tienes dónde volver, susurra—. ¡Ya no quedan saiyajins en las tierras altas! En realidad ya no quedan saiyajins en ninguna parte. Aprieto los puños con rabia. El tono de su voz denota el regocijo que esta afirmación le produce. Se mueve de nuevo enfrentándome y alza su palma hasta uno de mis hombros—. No debes preocuparte, puedes quedarte aquí, hace una pausa y clava sus uñas negras en mi—. Conmigo. Sentencia. Lo miro intensamente, horrorizado por sus palabras—. Cuidaré de ti… prosigue—,es lo mínimo que puedo hacer por la memoria de tu padre eso y… rebusca entre sus ropas para extraer una daga afilada que me ofrece con la mano que le queda libre. Darte la posibilidad de vengar su muerte. Su cara adquiere una expresión perversa. ¡Acaba con el exterminador de tu raza!

Mi cuerpo se crispa y dudo mientras sus palabras no dejan de retumbar en mis oídos.

"¡Ya no quedan saiyajins en las tierras altas! En realidad ya no quedan saiyajins en ninguna parte."

Todo se desvanece a mí alrededor, excepto su voz que, como un martilleo incesante, taladra mis sienes.

"—No tienes donde volver…"

Cierro los ojos y dejo de percibir cualquier sonido, olor o imagen. Sólo ira. Eso es lo que soy en estos momentos. Sólo ira que supura por la herida infligida. Furia en su estado más salvaje y primitivo sobrepasando los limites de la cordura. La noto fluir, no es etérea sino sólida, consistente, tensa cada fibra a su paso, borra mi conciencia, se anuda en mi mente.

Y otra vez él.

"No tienes donde volver… ¡Acaba con el exterminador de tu raza!"

Mis parpados se abren y entonces distingo el brillo de la hoja que refleja el odio en mis ojos. Sin pensarlo, la tomo, deambulo despacio hasta Kumquat, que me mira aterrorizado y la hundo profundamente en su pecho, con fuerza, con una fuerza que no sabia que tenía y la cuchilla se afianza en la carne y tengo que esforzarme por sacarla, trastabillando hacia atrás. Su semblante se contrae de dolor y dejo de mirarlo. Entonces, lo apuñalo de nuevo, una y otra vez, desgarrando, ensañándome en cada golpe que asesto. Vaciándome. No soy consciente de su muerte hasta que la rabia, se consume dejando un reguero de realidad que me devuelve el control de mi cuerpo.

Retrocedo bajando la daga, miro la hoja ensangrentada, el pausado gotear de la sangre deslizándose sobre la misma hasta perderse en el filo, y la dejo caer al suelo con animadversión. Mis pupilas se clavan aterrorizadas en mis manos que observo como si no las conociera y entonces, el pánico por lo que acabo de hacer se apodera de mí.

Mareado, respiro rápido y superficialmente, me asfixio y mis piernas flaquean, incapaces de sostenerme.

Nunca había visto morir a nadie… ¡Nunca había matado a nadie!

Unos dedos se cierran sobre mi hombro, giro mi rostro suplicante hacia él, confundido, buscando comprensión.

Sonríe maliciosamente.

Bien hecho, pequeño. Me felicita tranquilamente. Regocijándose. Se está divirtiendo con esto—. ¡El príncipe de los saiyajins, ya es todo un hombre! Anuncia con ironía, dejando escapar una carcajada a la que se unen todos los presentes. Me voltea y deja de reír, contemplando orgulloso su obra. Satisfecho al saberse responsable del despertar de la bestia que hasta ese momento dormía en mi interior—. Has aprendido una valiosa lección hoy. Ya sabes lo poco que cuesta acabar con una vida. Y otra vez ese fulgor cruel en sus pupilas—. ¡Ahora conoces el regusto amargo de la venganza!"

Sacudo mi cabeza devolviendo mi atención a estas cuatro paredes de piedra que conforman mi habitación. Hace diecisiete años que acabe con el último de los tsufurs. Muchas victimas han sobrevenido después de él, y sin embargo, es la angustia de la muerte de Kumquat la que todavía me persigue, quizás, porqué yo también morí aquel día, para renacer convertido en lo que soy.

Me aproximo de nuevo a la ventana y veo un jinete recortarse en la distancia. Respiro profundamente. En tan sólo unas horas saldré de aquí y todo esto volverá a ser lo que siempre fue, un simple recuerdo.


"¡Si yo pudiera olvidar las bromas e insultos!

¡Si yo pudiera olvidar las lágrimas cayendo gota a gota y

Los golpes de los garrotes y martillos!

¡Si yo pudiera contemplar con mirada indiferente mi propia

Crucifixión y mi sangrienta coronación!"

(Hojas de Hierba. Walt Whitman)


Shakkotsu: Cubito

Hyogen: Hielo

Chikyuu: Tierra

Kumquat: Fruta de la familia de los cítricos proveniente de china


Bien, que puedo decir de este capítulo, sencillamente, que es importante para la trama del fic por dos motivos, primero porque nos ayuda a comprender un poco mejor el carácter de mi (y nótese el posesivo) adorado príncipe y segundo…no… ¡El segundo mejor dejo que lo adivinéis! ... XD

Como siempre, gracias a Midory por el beteo. Gracias también a luPiiTha Bri, NOMICA y Marby18 por su reviews. Lo cierto es que siempre tienen una palabra amable para mí.

Gracias a los lectores anónimos.

Según Benjamin Franklin: "La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días".

Así que ya sabéis, prestad atención a esos sutiles guiños de la buena fortuna.

Hasta pronto…