Disclaimer: Todos los personajes y situaciones que conozcan pertenecen a Akira Toriyama, el resto simplemente lo imaginé.

CAPÍTULO V: ¿JUGAMOS?

La puerta se abre y por un instante un pequeño resquicio de claridad se cuela en la habitación. Los pasos precipitados la atraviesan hasta llegar a la ventana, descorriendo las tupidas cortinas y dejando, finalmente, que los rayos de sol inunden el dormitorio.

Parpadeo tratando de acostumbrarme a la luz y me acurruco un poco más entre las mantas. A pesar de apenas haber logrado conciliar el sueño hace días, no es el cansancio lo que me hace reaccionar así, sino esa necesidad de aislarme de todo lo que me rodea. Albergo la absurda confianza de que si logro mantenerme el suficiente tiempo en la cama, despertaré de nuevo en mi apacible existencia y todo será, exactamente, igual que siempre y me aferro con desesperación a esa posibilidad, negándome, otra vez, una realidad que está lejos de desaparecer.

Ignoro el sutil zarandeo y me encojo aún más en el calor del lecho, arañando los últimos minutos de esperanza que aún me quedan.

EL colchón se hunde al peso de alguien que se sienta al borde y escucho su conocida voz.

—Bulma. —Me llama—. Tienes que levantarte. —Emito un ligero gruñido de desaprobación, implorando por no despertar en la misma pesadilla—. Bulma. —Repite, ahora un poco más imperativa—. Los centinelas han avistado a los enviados de Lord Freezer—. Me tenso y abro los ojos instintivamente—. Estarán aquí en apenas una hora.

La lucidez reaparece entre la neblina y las palabras caen sobre mí, aplastándome bajo su pesado significado. Me incorporo, recostándome sobre el cabecero y miro a Chichi con desesperación. Me devuelve la mirada, me entiende y busca mi mano, que se crispa nerviosa sobre las sabanas, tomándola con ternura entre las suyas.

Nos mantenemos unos segundos en silencio. Yo, luchando por superar la angustia que ha decidido cobijarse en mi pecho, ella, perdida en sus propias reflexiones. La observo fruncir el ceño y apretar aún más su agarre. La conozco desde pequeña, es mi mejor amiga y sé que esconde alguna cosa.

—¿Qué pasa, Chichi? —La interrogo cariñosamente al respecto. Fija en mis sus ojos negros, brillantes y expresivos y resopla resignada, levantando parte del flequillo que cae de nuevo lacio sobre la frente.

—He estado pensando… —duda—…y después de discutir con mi padre sobre ello, —por como muda su gesto, adivino que la conversación con Gyumaō no ha debido ser agradable. Calla buscando ordenar sus ideas y vuelve a hablar, lo hace tímidamente, bosquejando cierta alegría—. Está decidido. —Asiente—. ¡Voy a acompañarte a Shakkotsu! —Revela con determinación.

Pestañeo incrédula, sin acabar de asimilar lo que acabo de oír y clavo la vista en ella, que me regala una sonrisa cómplice. En estos momentos me gustaría abrazarla e intento contener el cúmulo de emociones que palpitan en mí. Tenerla a mi lado resultaría un suave alivio pero, aún así, por mucho que pueda reconfortarme, soy consciente de que no debo arrastrarla a mi infierno. No sería justo.

—¡No! —Suelto abruptamente y la veo enarcar las cejas, sorpresiva para, seguidamente, agostar los ojos con cierto enojo. Rápidamente modero mi tono ante su reacción—. Es decir, ¡tú no puedes!… —Balbuceo buscando la mejor forma de hilvanar una respuesta sin volver a herir sus sentimientos—. Es tu futuro, no dejaré que renuncies a…

—¡Oh, vamos! —Exclama de improviso, liberando mi mano un tanto exasperada—. Ya he oído de mi padre ese discurso acerca del sacrificio. Al menos podrías ser algo más original al respecto. —Una sombra de tristeza vela su rostro por la decepción—. Pensé que te alegrarías, que éramos amigas. —Susurra desilusionada.

—¡Y lo somos! —Clamo con vehemencia—. Precisamente por eso, no puedes venir.

—¡¿No me quieres contigo? —Acusa resentida sin dejar de mirarme.

—¡Por supuesto que sí! No es eso…

—¿Ah, no? —Ataja alzando la voz con enfado—. Pues yo diría que es precisamente eso de lo que estamos hablando. —Respira profundamente, tratando de calmarse aunque no relaja su ceño—. La decisión ya está tomada —afirma—. Y no hay nada que puedas hacer o decir para hacerme cambiar de idea. —Concluye con rotundidad, cruzando sus brazos delante del pecho, alzando el mentón y desviando la vista ofendida.

"Terca como una mula". Pienso mientras aprieto mis labios y estrujo las sábanas entre los dedos. Es demasiado temprano para pelear y no tengo las fuerzas suficientes para hacerlo, así que, me afano en encontrar la mejor manera de reconducir la conversación y convencerla de su error.

—¿Sabes por qué quiero ir contigo? —Pregunta de repente, enfrentándome.

—¡¿Por qué estás completamente loca? —Ironizo sin poder evitarlo. Ríe discretamente ante mi ocurrencia.

—Además. —Contesta ya grave. Niego con la cabeza—. Me necesitas. —Afirma. La miro desconcertada—. Es cierto, —sonríe dulcificando su semblante—. Tú no lo sabes, pero me necesitas. Llevo días observándote, apenas comes, no duermes. ¡Por Dios! Jamás había visto unas ojeras como las tuyas. —Levanta mi cara por la barbilla. —Te has rendido. —Censura tristemente—, y nunca antes te había visto hacerlo.

Bajo mis ojos y un nudo atenaza mi garganta.

—Quizás, porque nunca antes había sentido la derrota de esta manera. —Respondo apesadumbrada—. No hay nada que yo pueda hacer. —Digo, notando como mi voz se quiebra ante la verdad.

—¡Siempre hay algo que hacer! —Contesta, levantando de nuevo mi rostro—. ¡Siempre! —Nuestras miradas se encuentran y veo sus pupilas centellear comprensivas—. ¿Recuerdas cuando éramos pequeñas? —Abro mucho los parpados asombrada por la pregunta. Ella ignora mi reacción—. Yo quería formar parte de tu equipo en cada juego. Invariablemente, jugáramos a lo que jugásemos. Incluso lloraba si algún otro me escogía y pataleaba y gritaba hasta que finalmente lograba que tú me nombrases. —La miro con ternura y una punzada dolorosa se clava en mi corazón al rememorar aquellos momentos felices de la infancia, ahora tan lejanos que, parece no hubieran existido—. ¿Nunca te has preguntado el porqué?

—Ya sé el porqué. —Mis labios se curvan con cierta malicia que no puedo evitar—. ¡Goku, también formaba parte de el! —Veo el rubor cubrir sus marcados pómulos haciéndolos destacar, aún más, entre los largos mechones de pelo negro que escapan de su moño cayendo a ambos lados de la cara.

—¡Cómo si él me importará lo más mínimo! —Exclama fingiéndose indignada—. ¡No se trata de eso! —Miente sobreponiendo su turbación—. Tú siempre ganabas. Sin importar el juego, las dificultades o el esfuerzo que conllevara, siempre encontrabas la manera de salir airosa.

—¡¿Sólo querías ganar? —Le reprocho divertida—. Pensaba que lo hacías por lealtad y todo era por interés… —Declaro con aparente desilusión.

Sonríe ante mis palabras.

—¿Qué le vamos a hacer? —Encoge los hombros a modo de disculpa—. ¡Me gusta la victoria!

Le devuelvo la sonrisa y nos mantenemos un rato en silencio, disfrutando de los recuerdos de aquellas tardes de despreocupación, diversión y meriendas. De niños viviendo fantasías, de imaginarios combates y rescates de princesas. De balón prisionero y peleas en la nieve del invierno. "¡Como ha pasado el tiempo!" me digo, disfrutando, por primera vez en muchos días, de la calma apaciguando mi espíritu.

Pero el momento es pasajero.

—Chichi… —La nombro, trayéndola de vuelta al presente. Tomo sus manos y la hago mirarme tratando de asegurarme su atención—. Esto no es un juego.

—Lo sé. —Contesta seria, demasiado seria tratándose de ella—. Pero te conozco y me necesitaras a tú lado cuando decidas presentar batalla. —Abro la boca para replicar, pero ella se suelta y me abraza inesperadamente, ignorándome a conciencia—. No lo digas, no voy a creerte. —Susurra cerca de mi oído y cierro los ojos, correspondiendo a su abrazo mientras contengo las lágrimas. Es lo único que puedo hacer. Me separa sujetándome por los hombros—. ¡Eres mi mejor amiga! —Confiesa, mientras sus pupilas destilan optimismo y fuerza—. ¡Tan sólo quiero estar ahí para ayudarte!

—Chichi… —Murmuro y la voz se niega a brotar de mi garganta.

—Llevamos juntas toda una vida, no sabría que hacer sin ti. No me pidas que te abandone. No sería justo. —Suplica mirándome directamente. El silencio nos envuelve y ella, en seguida, interpreta la falta de palabras como un consentimiento. Sonríe de de nuevo. La alegría devuelve el color a su rostro y aunque trato de mantener la sensatez, no puedo evitar dejarme llevar—. Ahora levántate, vístete y procura disimular esas bolsas—. Ordena con energía, incorporándose rápidamente—. ¡Ah! Y no olvides comer alguna cosa.

—¿Y tú qué harás mientras? —Interrogo, antes de que salga atropelladamente de la habitación.

Se gira con el pomo de la puerta ya en la mano y me observa, perpleja, como si no entendiera la pregunta.

—Obviamente, preparar el equipaje. —Responde tranquilamente, traspasando el umbral—. ¡Nos vamos a Shakkotsu!


Me sorprendo a mí mismo atisbando otra vez inquieto alrededor, con todos los músculos en tensión, tratando de adivinar en el paisaje algo fuera de lugar. Hace tres días que dejamos atrás las tierras de Hyogen para adentrarnos en Chikyuu. El sonido de los cascos de nuestros caballos sobre el camino y el mecer pausado de las ramas, sin hojas ya, de los árboles es lo único que turba la quietud del ambiente.

Todo ocurrió de improviso, tras atravesar el Antei donde las tropas de Freezer, con Zarbon al mando, siguen concentradas.

A fin de evitar a toda costa un casual y desagradable encuentro, decidimos acampar en la orilla opuesta del río. La luna se filtraba en plenitud entre las nubes que se desplazaban con rapidez arrastradas por el viento. Aún así, la noche en la pradera era tranquila y no amenazaba lluvia.

Encendimos el fuego y cenamos en silencio. A Nappa le tocó el primer turno de vigilancia por lo que debía llevar apenas un par de horas durmiendo, cuando desperté súbitamente, empapado en sudor y con la respiración agitada, bajo la presión de unos ojos acechándome en la oscuridad. Me incorporé bruscamente y corrí desesperado de un lado a otro en un intento vano de localizar la presencia en la penumbra. No había nada, no se oía nada, si exceptuamos el ulular de las lechuzas entre los árboles y las potentes carreras de las liebres en busca de alimento.

Miré cómo Nappa dormía placidamente durante su guardia y lo pateé con rabia en el suelo. Éste se desperezó sobresaltado y yo, intenté sin lograrlo, conciliar nuevamente el sueño. En ese momento achaqué el hecho a una simple pesadilla, de esas que, implacables, suelen perturbar mi descanso.

Cuando a la mañana siguiente el rastro de huellas, apenas visibles, me demostró lo contrario un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Realmente alguien había estado ahí. Lo peor es que ha seguido ahí desde entonces, persiguiéndome, crispando poco a poco los nervios, llegando a obsesionarme.

Me espía entre las sombras, lo sé, lo presiento y no me gusta.

A pesar de tener los cinco sentidos puestos en ello y no haber vuelto a pegar ojo, la monotonía de nuestro viaje no se ha visto alterada desde entonces. No he comentado con Nappa nada al respecto, sería inútil, invariablemente lo achacaría a mi habitual paranoia o quizás, a que Freezer quiere asegurarse de que sus órdenes se cumplen y, como en otras ocasiones, ha enviado alguno de sus secuaces a vigilarnos.

Pero no se trata de eso, esta vez no. Conozco a los rastreadores del gusano y no son tan buenos.

Lo veo cabalgar junto a mí, ajeno a todo. Apenas si hemos cruzado algún que otro monosílabo. Es lo habitual entre nosotros, este silencio constante que mantenemos. Me conoce desde la infancia y sabe que aborrezco las conversaciones carentes de sentido así que, normalmente, pasamos horas, en ocasiones días, sin dirigirnos la palabra.

Me gusta escuchar, estudiar las reacciones y los rostros de los que me rodean, su lenguaje corporal, sus gestos, el timbre de su voz, pero no hablar.

Jamás hablo si no es absolutamente necesario.

Con el paso de los años, he advertido que a la mayoría de los hombres suelen perderles las palabras. Es a través de sus voces donde más claramente revelan sus esperanzas. Es por eso que no hablo, no porque carezca de éstas, sino, porque tengo la certeza de que me serían arrebatadas al instante. He aprendido a convivir con muchas cosas, incluidos mis propios y traumáticos fantasmas del pasado; a ignorar la conciencia que un día tuve, a sobreponer mis miedos e inquietudes. La vida me ha enseñado; arrebatándome todo lo que fue importante para mí, a sencillamente no esperar nada de ella. Pero amurallar las emociones y anhelos tras esta coraza de orgullo de la que me revisto, tiene un precio.

Un precio alto.

Soledad. Esa es la mayor victoria de Freezer, mi derrota, su verdadero castigo.

No puedo permitirme un acercamiento con nadie. Miro al hombre que monta tranquilo a mi lado. Ni tan siquiera con él, no sin que eso no le suponga la muerte.

Sonrío amargamente.

Es admirable la lealtad que me profesa a pesar de todo, a pesar de mi falta de interés. ¡Estúpidamente admirable!

El sonido de las trompetas sobre la barbacana anunciando nuestra presencia deshilvana mis pensamientos.

Observo, por primera vez, el colosal castillo que hace rato se vislumbra en el horizonte. Mucho había oído hablar de las altas torres blancas, confundiéndose en la lejanía con las nevadas cordilleras que limitan la basta campiña salpicada de robledales característica de la región. El otoño ha creado un manto de hojas secas que el viento se ha encargado de escampar en los bordes del camino, tiñéndolos en infinidad de tonos ocres, amarillos y rojos que presagian la llegada del invierno. El aire frío y limpio llena tus pulmones con cada exhalación, cargándolos de oxigeno, dejando en la nariz el aroma de la tierra húmeda y de la hierba fresca.

Es extraña la paz que embriaga mis sentidos. No puedo evitar respirarla, disfrutarla, dejar que se cuele hasta lo más profundo y confunda momentáneamente la realidad. Es efímera, un espejismo que desaparece apenas atravesamos el foso y el rastrillo se abre para darnos paso al interior de la fortificación.


Sentado en el trono, fielmente flanqueado por Goku y Gyumaō, mi padre espera impaciente la entrada de los enviados de Lord Freezzer. Esta vez se me ha permitido acudir a la reunión pero, eso no significa que pueda dejar de ocultarme. Nadie conoce las verdaderas intenciones del tirano por lo que, protegida en la penumbra de la sala, aguardo inquieta su llegada.

Resulta extraño no ser más que un espectador de tu propio destino. En tan sólo unos instantes, las puertas se abrirán y comenzará el primer acto del resto de mi vida.

Perturbador.

Entrelazo nerviosa mis manos mientras pienso que Chichi tenía razón. Todo es como un juego, un macabro entretenimiento del azar donde el desarrollo de los acontecimientos puede cambiar en función de lo que estés dispuesto a arriesgar. Bien, pues ahora estoy en la partida y nunca me he rendido a las dificultades.

Sonrío cínicamente cuando veo dos figuras dispares avanzar sobre la alfombra carmesí y detenerse frente al rey. Primera regla de todo buen jugador, analizar con detenimiento el rival. Uno de ellos, él más alto, hace una ostentosa reverencia, el otro, se limita a inclinar imperceptiblemente la cabeza a modo de saludo.

Una chispa prende mi enojo ante ese hecho.

"¿Quién diablos se cree que es para no mostrar el debido respeto?". Me interrogo.

Fijo mi vista en él. En sus perfiladas y espesas cejas desde el fruncido ceño bajo las cuales, brillan atentos unos ojos azabache.

"¡Saiyajins!"

Pensaba que, aparte de Goku, no había saiyajins en las tierras bajas y observo su cabello negro y espeso que, como una flama, se eleva desafiante confirmando mis peores sospechas.

—Bienvenidos a Chikyuu. —Es mi padre quién quiebra el silencio impuesto. Ha sonado cordial dadas las circunstancias, pero lo conozco lo suficiente para reconocer, a pesar de su rostro tranquilo, el ligero sarcasmo con que se ha pronunciado.

—Lord Freezer os presenta sus respectos. —Dice, y podría jurar con cierta burla, el calvo—. Mi nombre es Nappa,—declara altivo— y él es Vegeta, príncipe de los saiyajins. —Anuncia con orgullo desviando la vista a su compañero que, impasible, parece estudiar toda la escena con minuciosidad. Ni tan siquiera hace un gesto de asentimiento y mantiene su hosco semblante. Sus pupilas se clavan de repente en Goku, que, por su expresión, supongo está tan sorprendido como yo por la presencia de dos de sus congéneres. Por un momento tengo la impresión de que el estupor hace mella también en nuestro "invitado", si es así, éste apenas dura un segundo pues, enseguida, sus facciones se endurecen nuevamente y deja de observarlo para prestar atención a la conversación—. Supongo que no es necesario exponer el motivo de nuestra visita.

—Estábamos al corriente de vuestra llegada. —Responde mi padre atajando cualquier explicación innecesaria—. Aunque tenemos tiempo para tratar el asunto. Soy consciente de que habéis recorrido un largo camino y quizás os gustaría descansar antes de…

—¡Eso no será necesario! —Y por primera vez oigo su voz, profunda y áspera. Sin matices, como él, hermética. No sugiere, impone mirando directamente al rey—. Entrégales el tratado—. Ordena, descortés.

El silencio vuelve a hacerse entre los presentes, aturdidos por la rudeza de sus palabras. A todos parece incomodarlos la situación, incluso al tal Nappa, aunque se abstiene de hacer ningún comentario y se adelanta ofreciendo el documento.

—Cómo queráis. —Reacciona mi padre, apartando finalmente la vista y tomándolo para seguidamente, pasarlo a Gyumaō que rompe el lacre y lo despliega examinando su contenido.

Aburrido, el príncipe ha cruzado los brazos a la altura del pecho. Su mirada se pierde justo en el lugar donde me oculto y susiris centellean raspasando las sombras hasta clavarse en mí. Me estremezco, ni tan siquiera debería saber que me encuentro aquí pero tengo la certeza de que lo sabe. Por instinto doy un paso atrás y contengo el aliento, mientras el vacío se hace demasiado rápido en mi pecho, provocándome una leve sensación de mareo. Todo a mi alrededor se desdibuja, dejándome a merced de sus ojos que, me capturan obligándome a leer, curiosa, en ellos. Por alguna desconocida razón dejo de tener miedo y me abandono al extraño revoloteo en mi vientre, mientras intento descifrar la insondable oscuridad.

—Es correcto. —Oigo decir al general. Él desvía la vista y el hechizo se rompe, bruscamente, devolviéndome a la realidad. Mi corazón late desaforado para recuperar la respiración y la razón perdidas. Desconcertada trato de retomar el hilo de la conversación.

—Bien, en ese caso. —El rey se levanta con el pergamino en la mano, para dirigirse a uno de los taquillones adosados a la pared sobre el que hay un juego de escritura—. Lo firmaré de inmediato para evitar malos entendidos. —Dice sin ocultar su enojo.

El sonido de la pluma deslizándose suavemente sobre el papel llega hasta mis oídos, anunciando el principio de todo, o quizás el final, es tan difícil decidir nada en esta locura.

Se aproxima extendiendo el manuscrito, pero él, absorto, no hace ningún ademán de tomarlo. Es Nappa quién lo coge comprobando que todo esté correcto y asiente enrollándolo.

—Ahora sois libres de quedaros a descansar o de partir. —Y se sienta de nuevo en el trono, en espera de una respuesta.

Vegeta frunce sus labios en una cáustica sonrisa de medio lado. Al parecer la situación le resulta divertida.

—Partiremos mañana al amanecer. —Articula con tranquilidad, sin borrar su jocosa mueca—. Por supuesto la mujer viene con nosotros.

Yo ya esperaba algo así, pero no mi padre, que se yergue estupefacto y dibuja un rictus amargo mientras las manos, que caen a ambos lados del cuerpo, se crispan nerviosas.

—Me temo que… eso no va ser posible. —Balbucea, intentando mantener la calma.

—Es parte del trato. —Responde de inmediato el príncipe. Si la situación lo ha alterado mínimamente no lo demuestra y se mantiene firme, sin ningún atisbo de inquietud en su voz, pero veo como sus dedos oprimen por un instante los antebrazos—. ¿O es que acaso pensáis incumplir el acuerdo que acabáis de firmar? —Pregunta insolente, ladeando el rostro.

Resulta insultante y siento una repentina ira crecer dentro de mí. Nadie pone en duda la honorabilidad de mi padre. ¡Nadie! Me fijo como las mandíbulas de Goku y Gyumaō se aprietan con rabia. Éste último, lleva la mano a la empuñadura de su espada para dejarla ahí. Vegeta lo mira desdeñoso y vuelve a esbozar una irónica sonrisa, pero sus músculos se tensan instintivamente, delineando la perfección de los mismos bajo las sedosas mangas de su kimono. Mientras, Nappa, da un paso atrás e imita el gesto del general dispuesto a desenvainar en cualquier momento.

—Conozco los términos de nuestra alianza. —Asegura el rey con dureza—. No debéis preocuparos, yo mismo llevaré a mi hija a Shakkotsu en unos días. —Declara en un vano intento de reconducir la situación.

—Las órdenes de Lord Freezer fueron claras al respecto. La mujer debe venir conmigo. —Contesta hastiado. Al parecer, está empezando a perder la paciencia y su tono constituye ya de por sí una ofensa—. ¡A no ser que hayáis decidido faltar a vuestra palabra! —Acusa.

El sonido de la hoja deslizándose fuera de su funda corta el aire repentinamente.

—¡Guarda tu espada, Gyumaō! —Me oigo decir mientras camino saliendo de las sombras, impulsada por la cólera que recorre mis venas—. ¡No eres nadie para poner en tela de juicio la honradez de mi padre! —Declaró duramente cegada por la furia. Angosto mis ojos centrándolos en él que me enfrenta, atrapándome de vuelta en su mirada profunda y haciendo que una corriente fría me recorra de arriba a bajo.


Atravieso con paso seguro la amplia estancia de muros revestidos de mármol blanco, decorada por sólidos muebles adosados a los mismos, sobre los que descansan ricas porcelanas y adornos. La luz de la mañana se cuela entre los visillos, enmarcados por pesados cortinajes de terciopelo azul, reflejándose en la superficie de los espejos que cuelgan de las paredes e inundando el ambiente de una cálida claridad.

Fijo mi vista en el hombre de cierta edad sentando en el trono y dejo que Nappa se encargue de las reverencias, limitándome a ladear la cabeza a modo de saludo. Yo sólo me inclino ante Frezeer, mi orgullo no me permite más y aún así, pienso con rabia en lo humillante que resulta tener que hacerlo.

—Bienvenidos a Chikyuu. —A pesar de la cordialidad, el rey no puede evitar que la ironía impregne sus palabras.

Es Nappa quién responde, lo hace arrogante, como es él. Lo ignoro, pues no tengo ningún interés en las presentaciones y examino con detenimiento mi alrededor, para, finalmente, fijar la vista en las otras dos figuras que se encuentran en la sala. Cuando veo sus ojos negros y su cabello picudo, no puedo evitar ser presa de un momentáneo estupor. Estoy completamente seguro de que se trata de un saiyajin y por su cara, a él también parece confundirle nuestra presencia. Recompongo mi semblante y dejo de observarlo, preguntándome que diablos hace en este lugar. Ni tan siquiera tenía conocimiento de la existencia de otros saiyajins en las tierras bajas y dudo que Freezer lo sepa. Me regocijo unos segundos imaginando su cara cuando se entere y vuelvo a prestar atención a la conversación.

—Estábamos al corriente de vuestra llegada. Aunque tenemos tiempo para tratar el asunto. Soy consciente de que habéis recorrido un largo camino y quizás os gustaría descansar antes de…

—¡Eso no será necesario! —Atajo secamente—. Entrégales el tratado. —Ordeno impertinente, cansado ya de tanta palabrería y gestos inútiles. La paciencia no es, por así decirlo, una de mis virtudes.

Clavo la vista en el rey y hago caso omiso a la silenciosa recriminación de Nappa que, parece salir de su aturdimiento para ofrecer el pergamino.

—Cómo queráis. —Responde el monarca tomándolo y entregándolo al guerrero que se encuentra a su derecha.

Aburrido, cruzo mis brazos delante del pecho mientras espero con mal disimulada impaciencia. Un sutil aroma invade de improviso mi nariz y fijo mis ojos más allá de las sombras que se extienden justo detrás del trono. Presiento el miedo en la oscuridad y mi mirada, se pierde en el vacío tratando de adivinar la silenciosa presencia. Una sensación desconocida tensa mis músculos y dejo que el tenue perfume se adueñe de mi respiración, perdiendo en ese instante, cualquier atisbo de realidad. Sólo unas brillantes pupilas que intuyo observándome, vulnerando mi voluntad de no mirar.

—Es correcto. —Escucho, obligándome a desviar la vista hacia la voz.

—Bien, en ese caso, lo firmaré de inmediato para evitar malos entendidos. —No trata ya de disimular su enojo.

Mientras lo veo aproximarse a un taquillón cercano con el manuscrito en la mano, las imágenes y las voces se suceden ante mí como si yo no formará parte de la escena así que, me concentro en superar la confusión, con el tenue aroma aún cosquilleando en mi nariz. Cuando lo logro, es Nappa quién tiene el documento en su poder, confirmándome, con un leve asentimiento, que todo es correcto.

—Ahora sois libres de quedaros a descansar o de partir. —Dice sentándose de nuevo.

Divertido, frunzo una sonrisa irónica. Esto no termina aquí. ¡Aún queda el escabroso tema del matrimonio por resolver!

—Partiremos mañana al amanecer. —Anuncio con la calma que da el sentirse vencedor—. Por supuesto la mujer viene con nosotros.

La aflicción que dibuja su rostro al levantarse me hace disfrutar aún más el momento.

—Me temo que… eso no va ser posible. —Oigo el penoso balbuceo y mis dedos se aferran con fuerza a los antebrazos. La situación empieza a resultarme molesta.

—Es parte del trato. —Respondo firme—. ¿O es que acaso pensáis incumplir el acuerdo que acabáis de firmar? —Pregunto, seguro de haber dado en el clavo.

Al parecer, mis palabras causan cierto enojo y veo, cómo el intento de guerreros que flanquean al rey se ahogan en la rabia. En un acto reflejo, mis músculos se tensan ante una posible amenaza cuando uno de ellos hace ademán de sacar su espada. Cómo siempre ahí está Nappa dispuesto a cubrirme las espaldas.

—Conozco los términos de nuestra alianza. —Asegura el rey con dureza—. No debéis preocuparos, yo mismo llevaré a mi hija a Shakkotsu en unos días. —Declara en un vano intento de reconducir la situación, aunque tratar de engañarme no es, definitivamente la mejor manera de hacerlo. ¡No me gusta que me tomen por un imbécil!

—Las órdenes de Lord Freezer fueron claras al respecto. La mujer debe venir conmigo. —Contesto perdiendo la poca paciencia que me queda—. ¡A no ser que hayáis decidido faltar a vuestra palabra! —Acuso preparándome para lo peor y siendo consciente de que mi declaración será entendida como un insulto. Tampoco pretende ser otra cosa.

El sonido de la hoja deslizándose fuera de su funda corta el aire repentinamente.

—¡Guarda tu espada, Gyumaō! —se oye.

Cuando sale de entre las sombras, dirigiéndose directamente a mí, apenas puedo creerlo y un escalofrío involuntario recorre mi espalda. Su pelo azul, se derrama en sedosas ondas sobre los hombros, rodeando un rostro de labios rosados y pómulos definidos. Pero son sus ojos, esos iris azules que titilan con furia bajo largas pestañas, los que me atrapan al instante y mientras camina decidida, no puedo evitar preguntarme si será consciente de la sensualidad que irradia en cada uno de sus movimientos. Se detiene cerca, demasiado cerca y sus palabras acarician mi rostro.

—¡No eres nadie para poner en tela de juicio la honradez de mi padre! —Fijo mi vista en ella y podría jurar que ha temblado ligeramente. Me pregunto porqué, quizás a consecuencia de la ira que refleja cada una de las arrugas de su ceño.

—¡Entonces, que no trate de engañarme! —Exclamo furioso. Es lo bueno de pasarte la vida rodeado de odio. Ni tan siquiera tienes que sentirla para que la rabia fluya con naturalidad en ti. De otra forma, no podría haber articulado palabra, tan absorto como me encuentro, en estos momentos, en su mirada.

Veo como aprieta los puños y en un gesto que me fascina, muerde con fuerza el labio inferior que se blanquea justo en el lugar donde clava sus dientes. Puedo observar, ahora con más detenimiento, las mal disimuladas ojeras y el cansancio acumulado en su rostro cuyas facciones se crispan nerviosas.

—¡Nadie está tratando de engañaros! —Dice sin bajar el irritante y alto tono de su voz—. ¡Estoy aquí para cumplir los compromisos de mi padre!

—En ese caso… —y hago ademán de relajarme, esbozando una ácida sonrisa y dando un paso atrás. Alejarme de ella es fundamental para tratar de recuperar la serenidad que su perfume me está robando—,…debo entender que estáis dispuesta a partir mañana mismo. No podemos arriesgarnos a que las primeras nieves del invierno hielen la superficie del Antei y arruinen vuestro casamiento. —Y a pesar de la mordacidad que impregna mis palabras, no puedo evitar cierto deje de resentimiento en las mismas.

La sorpresa se dibuja momentáneamente en su semblante al saberse descubierta, pero no aparta los ojos del duelo que hace rato mantienen con los míos. Finalmente, abre sus manos y cierra los parpados en un pestañeo inusualmente largo.

Sabe que ha perdido y lo acepta pero, orgullosa, mantiene su barbilla alta a pesar de todo.

—¡Por nada del mundo llegaría tarde a mi propia boda! —Contesta sarcástica y por un instante, por una breve fracción de segundo, me gustaría no poder leer ese desprecio escrito en sus pupilas.

"Que me importa", me digo desdeñoso, lo único cierto es que en apenas unos días estaré de vuelta en Namekusei y todo esto, no será más que otro juego macabro del hombre que rige mi destino.


"Un niño preguntó: "¿Qué es la hierba?", mostrándoseme

con sus manos colmadas;

¿Qué podía responderle? Yo ignoro, como él, qué es la

hierba.

Supongo que debe ser la bandera de mi índole, urdida con

la verde sustancia de la esperanza."

(Hojas de Hierba. Walt Whitman)


Shakkotsu: Cubito

Hyogen: Hielo

Chikyuu: Tierra


Bien, a todos aquellos que han tenido la paciencia suficiente para llegar hasta aquí, espero que les haya gustado este primer encuentro. Ya dije en el prólogo que éste es un fic romántico con Bulma y Vegeta como protagonistas, así que puede decirse que esto es el principio de la historia. ¿Entonces…? Se preguntarán, ¿por qué vamos ya por el capítulo VI? Bueno, sencillamente… ¡No se puede empezar a construir la casa por el tejado!

Gracias a Midory por el beteo y por su inagotable paciencia XD. Gracias a Marby18 y LuPiiTha por sus reviews. Gracias también a los que se han animado a leer.

Como dijo Gilbert K. Chesterton: "Lo que da esplendor a lo que existe, es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina." Así que os deseo muchos choques frontales con la buena fortuna durante mi ausencia...

Hasta pronto…